Mi corazón ha querido salirse
de mi pecho y corretear como si fuera un niño deslumbrado en la juguetería mágica
del cuento infantil de Pedro y sus juguetes. Mi corazón, acostumbrado tan poco
a la explosión jubilosa, y endurecido tanto tiempo por el escepticismo de aquel
que no se deja sorprender, ha caído por fin en la redada que le tendió su
propia (y desfachatada) conciencia, porque aunque no parezca, el corazón también
tiene su raciocinio: muy poquito pero lo tiene.
Si les contara en dónde estuve
metido estos últimos seis días, de dos a ocho, los pragmáticos del capital me
tildarían de imbécil por perder mi tiempo de una manera tan infructuosa; sin
haberle sacado ningún rédito económico a la situación, y en lugar de ello haber
comprometido una importante suma de dinero con el riesgo inminente de la
pérdida: podrían tener razón. Por su parte, los condenados irremediables al sistema
opresor que los obliga a vivir en la esclavitud de un puesto para sostener el status quo por el que tanto han luchado,
dirán que soy un triste desocupado sin oficio ni beneficio, y también podrá ser
cierto. Finalmente, los amantes del hedonismo y el goce puro de la entidad corpórea
me tildarán de aburrido, de amargado, y también lo puedo ser, qué carajo. Cualquiera
dirá, en todo caso, que no tenía otra cosa mejor que hacer o que soy un vago
irredento al que el virus de la ociosidad lo ha infectado. Les admito todo lo
que quieran, porque sus opiniones no me quitarán la felicidad del alma, al
menos por lo que aconteció la semana anterior. Ya no doy más vueltas y me
confieso de una vez. Mi refugio del 1 al 6 de octubre del presente año se llamó
Feria del Libro del Eje Cafetero: Paisaje, Café y Libro 2019, en su quinta
versión, en Expofuturo. “Qué cosa más bella”, como diría un amigo al que no le
gusta leer.
Sí, ese evento es lo que me ha
hecho tan feliz y le ha devuelto a mi corazón la alegría que en algún lejano
recodo del pasado dejó olvidada, quién sabe cuándo: seguro el día en que dejó
de latir como si fuera el de un niño para latir con el agrio pálpito de la
adultez. La Feria del Libro, fue pues, ese evento fascinante que sólo se ve una
vez al año en mi ciudad y al que asistí por primera vez, tratándolo de vivir
con la mayor intensidad posible. Por eso esta versión resultó para mi inolvidable,
emocionante; como si a los cinco o seis años hubiera cumplido el sueño de estar
en un almacén rodeado por todos los juguetes del mundo sin la presencia de
adultos importunando ni vigilantes prohibiendo lo que es divertido, y con toda
la noche por delante.
Como no tuve la oportunidad de
asistir a las versiones anteriores, por el momento me quedo con la emoción
reciente de esta última, felicitando de paso a las instituciones que la
hicieron posible como la Cámara de Comercio de Pereira y a sus aliados y
patrocinadores que son las empresas y estamentos gubernamentales que se vienen
adhiriendo a esta iniciativa cada año desde el 2015. Esta feria, aunque más
pequeña en tamaño que la de Bogotá, no tiene nada que envidiarle en calidad y
en el nivel de los invitados a la que se hace en la capital de la república.
Los stands de las editoriales y las librerías exhibieron una extensa oferta de
clásicos y novedades; de ediciones de lujo y ediciones económicas; de temáticas
de toda índole, para todos los gustos y todas las edades. El que no lea es
porque no quiere, definitivamente.
Pero como no sólo de libros
vive el hombre, también en esta feria hubo espacio para la caricatura, el
dibujo, la pintura, el cine, la música, la gastronomía, la reflexión, el comic,
los negocios, y otras cosas. Como si fuera poco, las conferencias y los conversatorios
definitivamente fueron los que impulsaron el grueso de la compra.
De España, que fue el país
invitado, me quedo por ejemplo con dos muy buenos escritores que no había
tenido la oportunidad de leer y que ahora estarán encabezando los anaqueles de
mi pequeña biblioteca. Javier Moro es uno de ellos, autor de novelas históricas
de temática diversa y en la que la documentación rigurosa es el requisito principal
de su obra, pues él afirma que no ha necesitado sacar sus personajes de su
cabeza, que la Historia misma se los ha proporcionado, y él sólo ha contribuido
a enriquecerlos e inmortalizarlos en sus páginas. El otro español que me quedó
en la retina fue el escritor José Manuel Fajardo, autor de varias obras
conocidas en España y Latinoamérica, y que me dejó con ganas de comprar su más
reciente novela Mi nombre es Jamaica
porque según me contó, los problemas de logística impidieron que sus libros
llegaran a la feria, lo cual fue lamentable.
México tuvo a Mario Bellatin en
conversación con Rodrigo Argüello promocionando su más reciente libro Cartas sobre los ciegos para uso de los que
no pueden ver, el cual plantea una historia muy interesante acerca de los
problemas de comunicación de las personas ciegas y sordas, y sobre cómo estos
impedimentos, mediante un complejo proceso de pedagogía logran ser superados;
un libro que deja un mensaje que sin duda pone a pensar al lector. Y por otro
lado se pudo apreciar la charla de Guillermo Arriaga, el guionista de cine mexicano,
conocido por la novela El búfalo de la
noche y por la película Amores Perros,
y que nos dejó para la biblioteca personal su novela El Salvaje, que aunque es un mamotreto de 700 páginas, promete ser
una aventura fascinante de crimen y venganza en la colonia Unidad Modelo de
Ciudad de México.
Otro invitado internacional
que pude conocer fue el escritor argentino Eduardo Sacheri, autor del libro que
inspiró la película ganadora del Premio Óscar a mejor película extranjera en el
año 2010, El secreto de sus ojos, y
de emocionantes cuentos sobre fútbol; ahora vino a promocionar su más reciente
novela, La noche de la Usina, una
historia que se derivó de la problemática argentina vivida a inicios de la década
de los dos mil, cuando se dio lo que se conoce como El Corralito, aquella medida económica del gobierno en la que los
ciudadanos no podían retirar su dinero de los bancos, provocando una falta de liquidez
y una crisis general que afectó a millones de argentinos. Además dio un conversatorio
fenomenal sobre la escritura creativa, de la cual es todo un maestro Sacheri.
De los escritores colombianos
de trayectoria, no tengo necesidad de hablar de ellos. Su solo nombre es
garantía de aforo completo, y habla muy bien del nivel alto de esta feria. Así
se logró comprobar en las charlas que dieron hombres y mujeres como Piedad
Bonnett, Marvel Moreno, Pilar Quintana, Héctor Abad Faciolince, William Ospina,
Santiago Gamboa, Miguel Torres, Róbinson Quintero, Rodrigo Argüello, Mario
Mendoza (a quien no pude ver porque se llenó el auditorio), Fanny Buitrago, entre
otros. No puedo dejar pasar por alto a las dos figuras más importantes del cine
en nuestro país: Sergio Cabrera y Víctor Gaviria, quienes nos estuvieron contando
acerca de sus experiencias en la dirección del séptimo arte. Y no hay que
olvidar tampoco que el arte de la caricatura estuvo representado por dos
grandes como Vladdo y Matador. No alcanzaría en este artículo a exponer el inmenso
aporte que hicieron los invitados a esta feria del libro. Ya ustedes los conocen
y saben lo que pueden despertar en los lectores y espectadores.
Y cómo no, hay que hablar de
los escritores regionales que también dejaron el nombre de la ciudad muy en
alto. Me sorprende lo mucho que se está escribiendo en la ciudad y en el Eje
Cafetero en general, y la buena calidad de los libros que se están produciendo,
así algunos amargados todavía piensen que en Pereira no hay cultura ni
literatura y mucho menos escritores. Esta versión de la feria les quitó la
razón, porque les puedo mencionar personajes que esta semana deambularon por
los corredores de Expofuturo y que en sus conversatorios le dieron gran realce
al panorama de las letras a nivel regional y hasta nacional, sea porque fueran pereiranos de
nacimiento, porque vivan o hayan vivido en la ciudad, o porque siendo de otro
lugar hayan escrito sobre la región; oficiando como escritores, historiadores o intelectuales. Entre ellos cabe destacar los nombres de Julián Chica Cardona, Víctor
Zuluaga Gómez, Rigoberto Gil Montoya, Cecilia Caicedo Jurado, Wilmar Ospina, Javier
Alfonso López Morales, Alfredo Cardona Tobón, entre otros que
no menciono porque aún no los retengo en mi cabeza. De las figuras jóvenes que
prometen en el mundo de la escritura puedo mencionar a Hernán Mallama Roux, Diego
Alexander Vélez, Santiago Guevara, Andrea Mejía, Santiago Cardona, William
Vega, Juliana Javierre, y otros tantos que se me quedan, que a pesar de su
corta edad para ser escritores, ya están asomando y reclamando un lugar en el
panorama de las letras.
Finalmente quiero destacar el
homenaje que se le brindó por parte de la Secretaría de Cultura de Pereira a la
escritora pereirana Alba Lucía Ángel Marulanda, a través de la reedición de
toda su obra, en una colección de sus principales libros que ella autorizó sin
fines comerciales. Muy bueno para quienes podrán tener esta colección en sus
bibliotecas de colegios, de universidades o particulares, pero muy malo para
quienes, al igual que en el pasado, nos quedaremos otra vez con las ganas de
adquirir los ejemplares de la autora, que no se consiguen en Pereira. Es una
pena que ahora que existe el interés de publicar y comercializar los libros de
Alba Lucía, ella responda con el mismo desplante que otrora le hicieron las
editoriales que no tuvieron la visión suficiente de publicarla y difundirla,
pues ya no le interesa que sus libros sean vendidos. Con eso nos cercena las posibilidades
a los lectores que no pertenecemos a ningún círculo especial ni a ninguna institución,
de poder tenerla. Nuevamente un pequeño grupo será el que gozará de conocer y disponer
en propiedad de su obra.
Sé que se me quedan muchos escritores,
artistas, músicos, promotores culturales, conferencistas de peso y otros por
mencionar, y les pido disculpas por no hacerlo, pero es que la lista es muy
extensa y la verdad no alcancé a escucharlos a todos y mucho menos los he
podido leer: ya les llegará su momento. La programación fue tan nutrida
que en ocasiones tenía que renunciar a unos eventos por asistir a otros, y por
ello es que tuve que dejar muchos nombres importantes por fuera. Sólo espero
que para el próximo año no me crucen las conferencias de interés como lo
hicieron este año, que pusieron a competir en el mismo horario y en diferentes
auditorios a dos figuras llamativas, y uno tiene que escoger sólo a uno, con la
lástima del padre que debe elegir a cuál de sus dos hijos siameses debe
sacrificar.
De modo que la semana que pasó,
repito, será inolvidable para mí, y no me imagino cómo será la próxima feria a
la que asistiré, que será en Bogotá si no me muero antes de seis meses.
La razón de tanto alborozo la
puedo sintetizar en una sola frase: para mí los libros son un fetiche de mis
ambiciones literarias, son mi motivo de felicidad. Ahora entiendo perfectamente
lo que siente un adicto cuando se encuentra en pleno disfrute de su droga,
porque debo reconocer, no sé si para mi ventura o mi desgracia, que soy un
bibliófilo. Sí, ya sé que la cosa puede resultar peligrosa, que más que una
adicción, puede tornarse en una aberración, pues para los mortales que no leen
debe ser extremadamente raro —al punto casi de rozar con lo enfermizo—, aquel
tipo que se la quiere pasar metido entre las páginas de un libro, y que llega
al clímax de un placer intelectual cuando descubre en los cajones de las
librerías y en los estantes de las bibliotecas algún ejemplar perdido, de esos
que se habían camuflado en el agotamiento de las editoriales; o cuando sale al
mercado una novedad imposible de ignorar, una nueva colección, o el descubrimiento
de un autor que lo motiva a ejercer su legítimo derecho a la imitación de su estilo.
Porque en últimas esa es la esencia deliciosa de la escritura: nutrirse del
plagio, consciente o inconsciente. Felicidades a quienes hicieron
posible esta quinta Feria del Libro del Eje Cafetero 2019, y muchas gracias por
el sabor de boca literario que nos dejaron. La próxima debe ser superior, porque
aún falta mucho por mejorar en este recorrido infinito de la construcción de la
cultura.
Por mi parte no queda más que
sentarme a leer, si es posible, en lo que resta de mi vida. He invertido una
suma considerable que debo recuperar en forma de lectura; con lo cual tendré
que abstenerme de comprar bagatelas o privarme de satisfacer los placeres requeridos
para llevar una existencia medianamente decente. Ahora que he decidido que definitivamente
no voy a ser escritor, me encerraré por muchos meses y me perderé del encuentro
con viejos conocidos. Espero me comprendan. Me acabo de meter a otra profesión
mucho más necesaria: soy ahora lector, y tengo mucho que ejercer en este oficio.
06/10/19
