Que Dios me de luces porque no sé a quién creerle. Cada día surgen
teorías tan extrañas y de carácter tan conspirativo acerca del Covid-19, que me
da la impresión de estar viviendo en un mundo creado por algún autor de ciencia
ficción y de terror a la vez: una mixtura de Bradbury con Stephen King y HP
Lovecraft.
La imaginación desbordada,
además, difunde toda clase de mitos y falsas soluciones para el Covid-19. A
pesar de todo, el problema sigue en aumento, en especial en el continente
americano, que es el nuevo foco de la pandemia: en el norte con Estados Unidos encabezando
el ranking de los contagios. En el sur con Brasil, en segundo lugar.
Pero ninguna teoría es
comprobada, ningún descubrimiento es portador de la verdad científica, y los
tratamientos siguen siendo paliativos: la vacuna todavía está en proceso
mientras la humanidad sigue padeciendo las consecuencias que ha dejado la
pandemia, no sólo a nivel físico, sino a nivel económico, social, y a nivel
mental.
Es temprano todavía para
evaluar las secuelas del virus en este último punto de la salud mental, pues
hay que tener en cuenta que los peores efectos posiblemente se vean a mediano y
a largo plazo, y que en Latinoamérica apenas estamos en el ascenso hacia lo
peor de la enfermedad. Sin embargo ya venimos presentando algunos trastornos
menores que nos dejan confundidos. Una salida al supermercado, por ejemplo,
resulta deviniendo en un comportamiento paranoico que nos acompaña durante
varios días, sobre todo si fuimos conscientes de que en esa diligencia alguien
se nos acercó más de lo debido, o que pudimos cometer algún error en el protocolo
de limpieza.
Aparte, escuchamos una
sobrecarga de noticias y con eso tenemos para incrementar nuestro nerviosismo.
El tema del día sigue siendo el mismo del mes pasado, sólo que en proporciones
más catastróficas, y la palabra más escuchada es esa odiosa que quisiéramos
erradicar de nuestro diccionario: Coronavirus. Será la última vez que la
escriba, al menos en este artículo.
Entonces me pongo a pensar que
después de casi cinco meses en los que el planeta ha tenido que convivir con el
enemigo, aún no sabemos ni de dónde viene ni para dónde va. Escasamente lo
reconocemos por sus estragos, pero eso no es suficiente. Que viene de los
murciélagos. No, que viene de los pangolines a los que mordieron los murciélagos.
Que se escapó de un laboratorio en China por accidente, o que lo dejaron
escapar con intención. Que es por culpa de las antenas 5G (existen
investigaciones al respecto, y de allí se desprende la teoría de que la radiación electromagnética de
estas antenas afecta al sistema inmunológico del ser humano y causa el virus).
Que es una conspiración de los chinos para ganarle la guerra económica a los
Estados Unidos. Que es un complot del cónclave socialista para que el
capitalismo se derrumbe de una vez, y establecer así su nuevo orden mundial que
vienen preparando desde la caída del Muro de Berlín. Que es un plan de la poderosa
orden masónica presidida por Bill Gates infundiendo
miedo a la población, haciéndola encerrar en sus casas, para vendernos luego una
vacuna que los hará multimillonarios. Que es una prueba que están realizando los
gobiernos para controlar la demografía, a ver cómo se comportan las estadísticas
poblacionales en esta primera fase de la pandemia, con miras a desencadenar
otras enfermedades que en conjunto nos vayan mermando a todos, y que ya vienen
haciendo eso desde los años ochenta. Que es un mecanismo de la naturaleza que
cada tantos años golpea al planeta buscando regenerarse. Que es un castigo
divino porque la humanidad, perdida en su soberbia y su maldad, necesita de una
lección. Que no hay medicina. Que sí hay,
pero que no la quieren sacar, que toca seguir esperando. Que lo mejor es
guardarse en casa y protegerse. No, que lo mejor es salir y crear anticuerpos
para que el virus no nos vulnere con facilidad. Que no hay por qué temer,
porque es un mito que otros crearon, quién sabe con qué intención. Que al contrario,
hay que tenerle miedo al enemigo, que cada vez se hace más resistente porque
está mutando y no sabemos qué otro daño puede hacer. Que a los niños no les da.
Que a los niños sí les da. Que a los animales, que a las plantas de pronto. Que
dejarse hacer la prueba es contaminarse porque el contagio se hace por vía
sanguínea. Que si hay síntomas vayan al hospital. Que mejor no vayan porque
allá les inoculan el virus a propósito, así estén enfermos de otra cosa. Que lo
mejor es el tapabocas, pero también es lo peor. Que el cloro no sirve. Que el alcohol
desinfecta pero te jode la vista y los riñones. Que la Hidroxicloroquina es la
cura, porque si la está tomando el presidente de los Estados Unidos, imposible
que un señor tan rico y que debe ser tan preparado se vaya a poner a tomar
porquerías sin que antes los expertos no le hayan informado que sí sirve.
¿Entonces lo de inyectarse cloro también será malo? Dios mío, qué clase de
líderes tenemos. Que el director de la OMS dijo que no hay cura reconocida, y
pues si es un doctor tan prestigioso, habrá que creerle. Que no, que no se le
puede creer a un ex comunista que seguramente está aliado con los chinos y se
está prestando a la manipulación mundial; por tanto la OMS tiene intereses de
que la gente siga enferma. Que se cura o se previene con gárgaras de agua
salada, con jengibre, con Remdesivir, con el pelo crespo de una mujer hallado en
mitad de la biblia (que hay que buscar por el lado de El cantar de los Cantares).
Que mejor esperar la vacuna. Que ni riesgos, porque la vacuna es una trampa
para inocularnos a todos la marca de la Bestia, con la cual nos podrán
manipular y seguir esclavizando; que lean el libro del Apocalipsis. Que…
Ya uno no sabe qué pensar con
tantos rumores, mitos, mentiras, desinformación. Me están enloqueciendo. En últimas,
nadie sabe nada, y los que saben no lo dicen, o tal vez no les creemos. Yo por
mi parte he decidido apagar el televisor, desconectarme de las redes, no hablar
con nadie que me recuerde esta debacle por las próximas setenta y dos horas. Me
voy para mi biblioteca personal, en la cual los libros están por ahí apilados
en el suelo, y en medio de la barahúnda de novelas escojo una al azar, porque
quiero recrearme en una ficción un poco más amable y olvidarme de esta cruda
realidad.
Y si me faltaba poco para
perder el juicio, aquí me encuentro intranquilo, delirante, sofocado,
respirando con dificultad mientras leo la novela elegida aleatoriamente. El
turno fue para La Peste, de Albert Camus. He comenzado a toser.





