viernes, 29 de mayo de 2020

Me están enloqueciendo

Por Juan Felipe Giraldo Trejos


Que Dios me de luces porque no sé a quién creerle. Cada día surgen teorías tan extrañas y de carácter tan conspirativo acerca del Covid-19, que me da la impresión de estar viviendo en un mundo creado por algún autor de ciencia ficción y de terror a la vez: una mixtura de Bradbury con Stephen King y HP Lovecraft.
    La imaginación desbordada, además, difunde toda clase de mitos y falsas soluciones para el Covid-19. A pesar de todo, el problema sigue en aumento, en especial en el continente americano, que es el nuevo foco de la pandemia: en el norte con Estados Unidos encabezando el ranking de los contagios. En el sur con Brasil, en segundo lugar.
    Pero ninguna teoría es comprobada, ningún descubrimiento es portador de la verdad científica, y los tratamientos siguen siendo paliativos: la vacuna todavía está en proceso mientras la humanidad sigue padeciendo las consecuencias que ha dejado la pandemia, no sólo a nivel físico, sino a nivel económico, social, y a nivel mental.
    Es temprano todavía para evaluar las secuelas del virus en este último punto de la salud mental, pues hay que tener en cuenta que los peores efectos posiblemente se vean a mediano y a largo plazo, y que en Latinoamérica apenas estamos en el ascenso hacia lo peor de la enfermedad. Sin embargo ya venimos presentando algunos trastornos menores que nos dejan confundidos. Una salida al supermercado, por ejemplo, resulta deviniendo en un comportamiento paranoico que nos acompaña durante varios días, sobre todo si fuimos conscientes de que en esa diligencia alguien se nos acercó más de lo debido, o que pudimos cometer algún error en el protocolo de limpieza.
    Aparte, escuchamos una sobrecarga de noticias y con eso tenemos para incrementar nuestro nerviosismo. El tema del día sigue siendo el mismo del mes pasado, sólo que en proporciones más catastróficas, y la palabra más escuchada es esa odiosa que quisiéramos erradicar de nuestro diccionario: Coronavirus. Será la última vez que la escriba, al menos en este artículo.
    Entonces me pongo a pensar que después de casi cinco meses en los que el planeta ha tenido que convivir con el enemigo, aún no sabemos ni de dónde viene ni para dónde va. Escasamente lo reconocemos por sus estragos, pero eso no es suficiente. Que viene de los murciélagos. No, que viene de los pangolines a los que mordieron los murciélagos. Que se escapó de un laboratorio en China por accidente, o que lo dejaron escapar con intención. Que es por culpa de las antenas 5G (existen investigaciones al respecto, y de allí se desprende la teoría de que la radiación electromagnética de estas antenas afecta al sistema inmunológico del ser humano y causa el virus). Que es una conspiración de los chinos para ganarle la guerra económica a los Estados Unidos. Que es un complot del cónclave socialista para que el capitalismo se derrumbe de una vez, y establecer así su nuevo orden mundial que vienen preparando desde la caída del Muro de Berlín. Que es un plan de la poderosa orden masónica presidida por Bill Gates  infundiendo miedo a la población, haciéndola encerrar en sus casas, para vendernos luego una vacuna que los hará multimillonarios. Que es una prueba que están realizando los gobiernos para controlar la demografía, a ver cómo se comportan las estadísticas poblacionales en esta primera fase de la pandemia, con miras a desencadenar otras enfermedades que en conjunto nos vayan mermando a todos, y que ya vienen haciendo eso desde los años ochenta. Que es un mecanismo de la naturaleza que cada tantos años golpea al planeta buscando regenerarse. Que es un castigo divino porque la humanidad, perdida en su soberbia y su maldad, necesita de una lección. Que no hay medicina. Que sí hay,  pero que no la quieren sacar, que toca seguir esperando. Que lo mejor es guardarse en casa y protegerse. No, que lo mejor es salir y crear anticuerpos para que el virus no nos vulnere con facilidad. Que no hay por qué temer, porque es un mito que otros crearon, quién sabe con qué intención. Que al contrario, hay que tenerle miedo al enemigo, que cada vez se hace más resistente porque está mutando y no sabemos qué otro daño puede hacer. Que a los niños no les da. Que a los niños sí les da. Que a los animales, que a las plantas de pronto. Que dejarse hacer la prueba es contaminarse porque el contagio se hace por vía sanguínea. Que si hay síntomas vayan al hospital. Que mejor no vayan porque allá les inoculan el virus a propósito, así estén enfermos de otra cosa. Que lo mejor es el tapabocas, pero también es lo peor. Que el cloro no sirve. Que el alcohol desinfecta pero te jode la vista y los riñones. Que la Hidroxicloroquina es la cura, porque si la está tomando el presidente de los Estados Unidos, imposible que un señor tan rico y que debe ser tan preparado se vaya a poner a tomar porquerías sin que antes los expertos no le hayan informado que sí sirve. ¿Entonces lo de inyectarse cloro también será malo? Dios mío, qué clase de líderes tenemos. Que el director de la OMS dijo que no hay cura reconocida, y pues si es un doctor tan prestigioso, habrá que creerle. Que no, que no se le puede creer a un ex comunista que seguramente está aliado con los chinos y se está prestando a la manipulación mundial; por tanto la OMS tiene intereses de que la gente siga enferma. Que se cura o se previene con gárgaras de agua salada, con jengibre, con Remdesivir, con el pelo crespo de una mujer hallado en mitad de la biblia (que hay que buscar por el lado de El cantar de los Cantares). Que mejor esperar la vacuna. Que ni riesgos, porque la vacuna es una trampa para inocularnos a todos la marca de la Bestia, con la cual nos podrán manipular y seguir esclavizando; que lean el libro del Apocalipsis. Que…
    Ya uno no sabe qué pensar con tantos rumores, mitos, mentiras, desinformación. Me están enloqueciendo. En últimas, nadie sabe nada, y los que saben no lo dicen, o tal vez no les creemos. Yo por mi parte he decidido apagar el televisor, desconectarme de las redes, no hablar con nadie que me recuerde esta debacle por las próximas setenta y dos horas. Me voy para mi biblioteca personal, en la cual los libros están por ahí apilados en el suelo, y en medio de la barahúnda de novelas escojo una al azar, porque quiero recrearme en una ficción un poco más amable y olvidarme de esta cruda realidad.
    Y si me faltaba poco para perder el juicio, aquí me encuentro intranquilo, delirante, sofocado, respirando con dificultad mientras leo la novela elegida aleatoriamente. El turno fue para La Peste, de Albert Camus. He comenzado a toser.

jueves, 28 de mayo de 2020

Por una Colombia sin matarifes


Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    
La serie que todos estábamos esperando. Ya salió al aire por las redes sociales. Me senté juicioso a verla, creyendo que por fin encontraríamos las irrebatibles pruebas que le conferirían la prisión a Álvaro Uribe Vélez, de la cual ni el más santista de los jueces de la Corte Suprema que tanto quieren al ex presidente, pudiera absolverlo. La serie sería contundente, porque según tengo entendido, está basada en un trabajo muy serio de investigación de unos periodistas que llevan años siguiéndole la pista a Uribe. Los motes de asesino, paramilitar, genocida, y por supuesto el de matarife, quedarían entonces revalidados ante la ley por las evidencias de las cuales ya no se podría salvar el personaje en cuestión.
    Pero qué gran sorpresa me he llevado cuando encuentro que la palabra de connotación negativa que le endilgan al Álvaro Uribe está respaldada por un fallo que le dio un juez a un periodista (Gonzalo Guillén) para que pudiera referirse al señor como quisiera, en respuesta a una demanda por difamación que interpuso el hoy Senador. Así lo explicó el abogado de Guillén, el también periodista Daniel Mendoza, creador de la serie. De manera que el uso de las palabras asesino, matarife, paramilitar, homicida, entre otras, para referirse a cualquier personaje de la vida pública, quedará expresamente autorizado: la condición de igualdad ante la ley que debemos tener todos los colombianos impedirá que nos censuren si a algún congresista del partido Farc lo llamamos guerrillero, terrorista, secuestrador, violador de menores, rata miserable; o si a algún Premio Nóbel de Paz le queremos decir traicionero vendepatria, pues entiendo que en aras de la libertad de expresión, la rama judicial le quitó todo el poder de ofensa y peligrosidad a estos adjetivos, y no se podrá requerir ante los estrados a nadie por eso. No debería obligarse a la rectificación, porque si a otro lo avaló la justicia, ¿por qué a mí no? Señores, con esta serie, se acabó el delito de Injuria y Calumnia en Colombia.
    Sí, ya me imagino que para mí también habrá lluvia de improperios con la palabra que los antiuribistas creen más letal: Uribestia. Piensan que con eso voy a saltar de la ira. Pero es más bien un mal chiste que en vez de risa da lástima por quienes lo promulgan. A mí la suerte del señor Uribe no me preocupa, ni para bien ni para mal. Lo que me preocupa, sí, es que la rama judicial del poder público, que debe ser la más imparcial, no administre justicia para corroborar o desmentir, si es del caso, las injurias que atenten contra el buen nombre. Esto aplica para todos.   
    No me considero Uribista. Nunca lo he sido. No voté por el hombre las dos veces en que fue presidente. En ese tiempo no me interesaba la política. Y si hace casi veinte años lo vi con alguna simpatía, hoy lo veo con cierta sensación de… ¿hastío? De hecho pienso que al ex presidente lo obnubiló el poder que un día tuvo entre sus manos, creyendo que Colombia debería aferrarse a su imagen como si fuera un salvador. Y en verdad que logró perpetuar esa sensación entre sus seguidores. En algún momento fue una esperanza para este país carente de líderes y caudillos. Le reconozco sus logros, su acción combativa contra los intentos de la extrema izquierda por imponernos un modelo socialista en nuestro país, su lucha contra la subversión comprobadamente terrorista que tanto daño nos hizo; lo que quiera que haya hecho, pero ya no debería incursionar más en los estamentos de la política. Por su propio bien debió haberse retirado, porque hasta que él no se retire de la palestra pública, no lo van a dejar en paz sus detractores, quienes ven en su figura al mismo demonio encarnado, responsable de todos los problemas del país y de sus propios problemas personales. Para ellos el juego es muy simple: culpar a Uribe de todo lo malo que pasa, como si aquí no hubiesen problemas más graves. Viven por él y para él: lo necesitan para perpetuar su odio. Porque si hay quienes se benefician de verlo sentado en el Congreso, son sus mismos enemigos, porque ganan votos a costa del menosprecio de otros, tan matarifes y carniceros como dicen que es él. Es una simbiosis de dos microorganismos mutuamente incluyentes, porque donde está uno está el otro.
    Si Uribe, como dice Mendoza, montó una gran corporación criminal a su servicio, mucho más poderosa que cualquiera otra, ¿por qué entonces no obran los jueces y los magistrados que tantas ganas le tienen? ¿Será acaso que las pruebas no son tan claras como lo dice el señalador y que están basadas en testimonios o en opiniones? O definitivamente no hay piso jurídico para una condena, o el señor Uribe es un zorro para saberse defender de más de doscientas imputaciones que le han hecho sin que en ninguna caiga. Santos y las Farc por lo menos montaron su propia justicia, pero uno no entiende cómo los magistrados de las cortes colombianas, que no son propiamente simpatizantes de Álvaro Uribe, que no pertenecen a su aparato de poder, no actúan para administrar justicia. En ese caso no culpo a los promotores de la serie por querer hacer un tipo de justicia moral, pero me parece que ellos, como portavoces de esa moral de la que se creen dueños, también deberían realizar series sobre otros personajes oscuros de la vida política, y que son de la tendencia que a ellos tanto les simpatiza.
    Lo que sí es cierto es que el señor Uribe anda tan desprestigiado, que su opinión no pesa, contrario a lo que están haciendo creer desde la orilla opuesta. Si fuera el titiritero mayor, a este gobierno lo alabaría la derecha, que fue la que lo eligió. Sin embargo, no hay un sector más desinflado con el bizoño de Ivan Duque, que el ala más radical del uribismo, quienes miran con cierta tristeza y mucha decepción al pupilo: más bien pareciera prolongar un tercer reinado del farsante Santos.
    El juego, entonces, se llama “odiar a Álvaro Uribe”. Y a todos nos exigen alinearnos con ese supuesto. Si no lo haces, te cae la violencia pacifista de la izquierda encima y te gradúan de fascista. Eso sí, no es odiar a la delincuencia entera, con sus corruptos y bandidos de la contraparte que este señor en su calidad de mandatario persiguió. No. A ellos se les debe respetar y llamarlos Honorables, con H de hijueputas, aunque pesen sobre ellos más de quinientos años de condenas, esas sí comprobadas y confesas. Con los enemigos del Patriarca no se metan, que no es correcto. Ellos ya están en paz, tramando cómo serán en el futuro los despojos que realizarán a su manera. Porque aquí los matarifes son de todos los partidos, las tendencias, las clases sociales. Hagamos democrático el señalamiento. Popularicemos los crímenes de parte y parte, ahora que está de moda señalar a las personas sin que haya un veredicto de por medio. Porque son tan lamentables los muertos de la guerrilla como los del paramilitarismo, y la podredumbre de la izquierda como la de la derecha, si es que en eso se va a centrar la discusión.
    Mi conclusión es que la serie me deja un mal sabor de boca, no porque hable mal del ex presidente, sino porque no me cuenta nada nuevo. Es lo que siempre se ha sabido: verdades a medias, secretos a voces, rumores, sospechas, pero ni una sola prueba irrefutable. Los detractores insistirán en que al ser mayoría son dueños de su verdad. Uribe, por su parte, exhortará su defensa con el argumento de siempre: es un ataque político. Al final los ciudadanos quedamos en el mismo limbo: no podemos tildar de matarife a Uribe si no hay una sentencia ejecutoria, pero tampoco podemos abogar por su inocencia. Y la serie se quedará en un memorial de agravios bastante subjetivo que conviene para seguir enlodando una imagen a la que ya no le cabe una salpicadura más de barro. Será un éxito en rating, no lo dudo. El título vende. Pero aparte de un espacio para entretener a los espectadores desocupados en esta cuarentena, no hará más que seguir promoviendo el odio y la polarización de esta Colombia violenta, mezclando sus pasiones personales con las periodísticas, extraviados ya de toda imparcialidad. Desde luego que no la tienen, porque lo que muestran es sólo su opinión. Afortunadamente todos tenemos miradas distintas sobre el mismo fenómeno, qué le vamos a hacer.
    Se me olvidaba decirles que en derecho existe la figura de la “presunción”, y sobre eso iba a hablar, pero no me alcanzó el espacio. Se las dejo de tarea.    

jueves, 21 de mayo de 2020

Privados de la privacidad


Por Juan Felipe Giraldo Trejos



    Es una realidad: ya uno no puede tener una pelea a puño limpio en una calle con tranquilidad sin que lo estén grabando. No hay privacidad una vez que se ha abierto la puerta de la casa. Un pie afuera y comienza el protagonismo de una película desconocida que sólo se hará famosa según su comportamiento. No es sino tener la menor discrepancia con un vecino que nos hace la vida imposible, con el socio que nos viene timando hace tiempo y ha sido descubierto,  con el portero del edificio que reveló nuestro peor chisme, con el policía de tránsito urgido de hacer su cuota y quiere cuadrarse con uno, con el truhán que desvergonzadamente pretende seducir a nuestra mujer en nuestra propia cara, o hasta con la mujer misma por hacerle caso; y ya está alguien encima con el celular apuntando, en medio de los dos contendientes, oficiando como un testigo que nadie llamó y otorgándose la licencia de intervenir en el problema, o azuzar, según el caso. Hace el papel de relator de los hechos y toma posición para que sus seguidores en la red vean el canalla que le refuta acalorado a su prójimo. Porque en este país, cuando a uno le toca hacer valer sus derechos y exigir respeto, infortunadamente toca hacerlo con unos decibeles mayores a los permitidos que no dan fe de una buena educación.
    Al mínimo reclamo, a la mínima subida de voz, el lente de una cámara que antes nadie había percibido ya está operando para refrenar nuestra posible agresión o evidenciar nuestra falta de control cuando el problema se ha salido de madre. En otras palabras, alguien nos mira. Y nos graba. Y nos exhibe sin autorización. Pero ni siquiera ese es el objetivo de que nos den nuestros quince minutos de deplorable fama, en nuestro peor momento. El objetivo, sin duda, será la popularidad del que graba. Sabe que su video se hará viral, que le darán muchos likes, que colmará las expectativas de los adeptos al morbo por los problemas y las desgracias ajenas. Porque ante todo, el ser humano posee una neurona que salta de euforia cuando es testigo de las peleas de los otros. Aquella neurona se relame con la violencia que exhiben quienes han agotado sus argumentos. Goza además con esos videos que aparecen en las redes, en los que existe un conflicto serio de por medio, que es real, pero en el que poco interesan las situaciones previas que llevaron las acciones hasta ese punto. Bastará entonces titularlo de una forma llamativa, y se habrá creado una noticia amarillista amateur.
    Algunos titulares que mi neurona maléfica se ha detenido a mirar, dicen cosas como “hombre maltrata a un perro que lleva amarrado en el platón de su camioneta”, ó “abuso policial contra mujer indefensa”, ó “por gritón recibe la muñequera de su vida”, ó “mira cómo están matando en los hospitales”, ó “paramilitares detienen y maltratan a un hombre por no llevar tapabocas”, cualquier cosa por el estilo.  Pero nadie explica que el perro en la camioneta iba amarrado para que no se fuera a tirar y de pronto maltratarse; que iba viajando cómodo, tranquilo, a lo mejor sintiéndose libre a pesar de la cadena. Ni tampoco dicen que el hombre que gritaba a otro, y que al fin fue golpeado, lo hizo porque su verdugo había estado a punto de atropellar a su anciana madre por la brutalidad de ir conduciendo mientras manipulaba el móvil. Mucho menos la mujer indefensa había sido tal. Fue una escena en donde la autoridad tuvo que hacer uso de la fuerza para retenerla, pues pretendía saltarse la ley y poner en peligro a otros ciudadanos con su agresividad. El video de los hospitales que vi se trataba de una mujer gritando y corriendo con el celular en la mano, sin enfocar nada en concreto, sino apenas unas imágenes difusas de un anfiteatro que no aclaraban nada. Y qué decir de los supuestos paramilitares que maltrataron al hombre sin tapabocas en estos tiempos del virus. Eran simplemente ciudadanos ofuscados, que dejados llevar por el miedo y la desinformación, optaron por cerrarle el paso y exigirle el uso de protección y el respeto a la cuarentena. De una forma indebida, es cierto, pero a la que le faltaba demasiado para calificarse como una conducta paramilitar: ni siquiera lo tocaron. De haberlo hecho, los habrían catalogado de… ¿militares?  
    Y así por el estilo vamos cayendo en un entramado de engaños que se prestan para confundir, al tiempo que les proveemos a los aficionados del registro el material que necesitan para seguir llenando la red con basura deliciosa.
    Por otro lado, existe otro tipo de seguimiento sobre nuestras cabezas, y es el que nos hacemos a nosotros mismos. En ocasiones tampoco tiene uno privacidad en su propio hogar, con tantos oídos en las paredes y tantos visores en las esquinas. Y mucho menos si se pertenece a ese selecto grupo de los que contratan empresas que ofrecen servicios de vigilancia privada, quienes para garantizar una supuesta seguridad del cliente, instalan un complejo circuito de monitoreo con cámaras y sensores que se tornan en enemigos íntimos del mismo dueño de la propiedad. Sin saberlo, unos guardianes silenciosos, a muchos kilómetros de distancia, están en capacidad de escudriñar los aposentos más privados de una vivienda en donde sus habitantes ya se han convertido en hombres públicos. Carecen de intimidad; ese sagrado derecho que tenemos los seres humanos y que ya no pertenece al fuero interno.
    Siendo así las cosas, el ser humano, en su afán de controlar el comportamiento de sus congéneres, sus empleados y hasta de sus mascotas, ha decidido poner una cámara en cada ángulo como parodiando la fisgona labor del Gran Hermano, como bien nos lo refiriera George Orwell en su novela titulada 1984. Y como si fuera insuficiente exponerse al lente con el pretexto de la seguridad, también posa para su propia película, con el ánimo de mostrar más de lo debido en las redes sociales, que por lo general son el espacio de los narcisos, los exhibicionistas y los emplazados a dar ejemplo de perfección: no encuentran otra forma de inspirar envidia que exponiendo su intimidad de forma grotesca, inventándola si es necesario. Elaboran así su teatro de los sueños bajo la inocua etiqueta de “compartir”. ¿Para qué entonces exigimos los seres humanos respeto por nuestra privacidad si nos hemos encargado de exhibirla tan descaradamente?
    En ambos casos, cuando nos graban en la calle por nuestro mal comportamiento, o cuando lo hacemos nosotros mismos en pos de demostrar nuestro laureado bienestar, le damos la oportunidad a los terceros para que nos juzguen según sus criterios de moral y se formen una opinión de nosotros sin conocernos. No es que me parezca muy importante lo que piensen los demás de uno, pero a propósito del escándalo que se destapó hace poco en el ejército, existe en el mundo moderno algo llamado perfilamiento. Lo hacemos siempre, con nosotros mismos y con los demás. Es una técnica para procesar los datos personales con los que se evalúa y se cataloga a un individuo con el fin de enmarcarlo dentro de ciertas pautas y establecer predicciones sobre su comportamiento. El concepto es mucho más profundo que esto, aunque digamos que más o menos esa es la idea del perfilamiento. Lo hace todo el mundo: los bancos, los departamentos de talento humano, el gobierno, las centrales de crédito, Facebook, las empresas de marketing, y por supuesto el ejército. Yo lo llamaría más bien inteligencia. Es mala según como se utilice la pesquisa. Si es violatoria de los derechos fundamentales, desde luego es peligrosa, pero entonces el problema ya sería el qué hicieron con la información y no la información per sé. El peligro, entonces, es que nos perfilen con base en unos criterios erróneos, obtenidos por medios públicos que atentan con nuestro derecho a la intimidad. Si fuimos nosotros los que dimos puntadas en nuestras redes, o nos grabaron incurriendo en conductas que se pueden prestar para malos entendidos, no importa: todo sirve para el perfilamiento, para vernos privados de una privacidad cada vez más inexistente. Ellos saben todo de nosotros, ¿y qué?
    En mi caso no hay mucho que mostrar. Nada que pueda interesar a los maestros del espionaje: unas arcas vacías, una vida aburrida, un anonimato lastimero, una opinión inofensiva, un poder de convencimiento intrascendente, una soledad enfermiza, un mal cliente potencial del consumismo, una nulidad en casi todos los aspectos; que quien decida perfilarme habrá perdido su tiempo. Y mi pensamiento amargo es de sobra conocido en estos textos que se habrán de comer los gusanos cibernéticos.
    Salvo una irascible reacción que pueda dar para que me tomen un bufonesco video teniendo uno de mis ataques coléricos (que no llegan a materializarse), nada habrá digno de llamar la atención. Aquellos que se precian de tener algún grado de importancia para las sociedades secretas, les aconsejo que se cuiden: en todas partes están dejando sus huellas.

martes, 19 de mayo de 2020

Quiero más arroz , pero colombiano


Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Como esta es una época en donde los alimentos están escaseando en Colombia, y como este es un país en el que a pesar de tener las tierras suficientes para la producción agrícola, se sigue importando la comida (solamente si sembráramos una extensión de tierra equivalente al departamento del Meta, tendríamos forma de alimentar al mundo entero), yo quisiera alertar a mis compatriotas para que nos preparemos desde ahora a comer menos arroz. Es posible que nos corten el suministro de afuera. Sí señores, casi todo nuestro arroz es importado, de mala calidad, y por supuesto, más caro; porque de lo que se trata es de cumplir con los compromisos adquiridos a raíz de los tratados comerciales con otros países. En especial con Estados Unidos, país al que le tengo gran cariño, pero que nos está mandando cien mil toneladas de arroz, y no es por cuestión humanitaria. Y de nuestro vecino, que está viviendo unas circunstancias peores que las nuestras a raíz de la pandemia, nuestro queridísimo Perú, estamos trayendo sesenta mil toneladas. Es que definitivamente los colombianos sí comemos mucho arroz. Lástima por un país tan rico, pero tan pobre al mismo tiempo. Lástima por este país que se va a morir de hambre con la despensa llena, o por lo menos con la capacidad para surtirla.
    Aquí no importa que se quiebren los arroceros nacionales, ni los cafeteros. Porque café también estamos trayendo del Brasil y de Bolivia, qué increíble. Aquí lo que importa, como lo mencionó recientemente en una entrevista el presidente de Fedearroz, el señor Rafael Hernández, es dar cumplimiento a los compromisos. Por supuesto, de la misma manera irónica como lo estoy escribiendo, lo afirmó el doctor Hernández. “Hay compromisos firmados”, manifestó. Y agregó que por el Tratado de Libre Comercio (TLC), en donde se utiliza al arroz como comodín, la importación del cereal aumenta y seguirá aumentando gradualmente en un 4.5% anual gracias a unas contingencias que afectan directamente la producción nacional. Y resulta que con los países andinos firmamos un tratado que ya cumple cincuenta años, el famoso Pacto Andino, en el que por una cuestión de favorabilidad se beneficiaba a la nación menos desarrollada, que en ese momento eran Perú y Ecuador, porque ¡qué nostalgia!, en aquel tiempo bendecido nosotros estábamos muy bien y ellos no tanto. Resulta que las cosas cambiaron. Ellos ahora tienen excedentes para exportar y nosotros perdimos nuestra soberanía alimentaria.
    “El producto más caro es aquel que no se tiene pudiéndose producir”, fue una frase que me quedó sonando de lo que dijo el presidente de Fedearroz. Ahí está la causa de que los colombianos, muchas veces sin percibirlo de manera alarmante, paguemos tres o cuatro subidas del precio del arroz durante el año, y con esta tragedia de salud pública que ha golpeado en todo el mundo, mucho más. ¿Y por qué no se produce? Pues la respuesta es obvia. Si entran camionados como arroz desde Ecuador; y si además llegan en forma ilícita, es decir contrabando, sin que autoridad alguna lo controle; al productor colombiano no le queda de otra que dejarlo de lado. Es que no tiene cómo competir. Primero tiene que limitar su área productiva. Segundo, el costo de sacarlo al mercado es tan alto, que será bobada endeudarse para producirlo y después no tener con qué pagar. Tercero, el flete. Nuestra geografía montañosa, nuestras carreteras a medio construir o sin construir del todo, nuestro combustible tan caro, han hecho que sea más oneroso llevar el arroz de Villavicencio a Barranquilla que a la China. Siendo así las cosas, no nos queda de otra que comernos el arroz cultivado en tierras extranjeras. Como la crisis que provocó el problema mundial de la pandemia ha obligado a todos los países a asegurar primero la alimentación de sus propios pueblos, nos veremos avocados un poco a prescindir del alimento blanco. Y lo bueno es que nosotros podríamos producir mucho más de lo que se está produciendo. Y no sólo arroz, sino café, cacao, frijol, maíz, cualquier otro cereal y alimento. Con la tierra que tenemos, los climas, el agua, los minerales, podríamos producir comida para calmar el hambre del mundo. Pero no lo hacemos.
    Mi amiga Cata, la marxista, me dijo un día que eso se debía a que los gobiernos que nosotros elegíamos no se preocupaban de invertir en el campo y sólo se habían dedicado a vivir del petróleo… y a robar. Que se habían robado toda la plata. En parte tiene razón, porque no se reinvirtieron los dineros de la bonanza petrolera en mejorar la infraestructura del campo para que este fuera más competitivo, sino que fueron a parar a los bolsillos de cuanto politiquero corrupto se lucra del presupuesto nacional. “Por eso hay que cambiar este sistema”, me reiteró con su consabida monserga en defensa del socialismo. Me quedé pensando y he llegado a una conclusión: el hecho no es cambiar el sistema para cerrar las importaciones y volvernos una isla económica. Creo más bien que con tanta ventaja comparativa deberíamos aprovecharla y volvernos nosotros más fuertes en producción de comida que el Perú, que Ecuador, que Estados Unidos, como para citar esos tres casos de donde nos está llegando la mayor cantidad de arroz. El capital, la tecnología, la mano de obra calificada al servicio de la producción agraria nos contaría otra historia: nos haría una potencia agrícola, la despensa de la cual se surtiría el mundo. Y nos convertiría tal vez en el responsable de que los precios de la comida fueran tan baratos, y de que el hambre en el mundo no existiera. ¿Se imaginan el paraíso? Entonces nos ganaríamos también la antipatía de algunos vecinos porque fuimos más competitivos que ellos. Nos tildarían de explotadores agrícolas, pues habríamos invadido al mundo de comida, así como en otro tiempo las potencias nos invadieron de carros, de dispositivos electrónicos, de chatarra tecnológica, de todo lo que no es vital para vivir. Nos quedó claro que en medio de todo, lo único de lo cual el hombre no puede prescindir para sobrevivir como especie, es de la comida y del agua. Todo lo demás está sobrando. Y desde luego la comida la encontramos en el campo que no hemos sabido valorar.
    Si con esto que le pasó al mundo los colombianos no descubrimos que el agro es el futuro, entonces no merecemos los privilegios con los que la naturaleza nos premió en estas tierras. Despotricaron de las potencias porque se hicieron fuertes y supieron salir adelante en un sector que supieron explotar. A lo mejor todo eso se acabó y tocará recomenzar. Es el momento del campo, como ningún otro en la historia de la humanidad. En Colombia no hemos querido aceptar nuestro destino de país rural y queremos vivir con el nivel de vida de Suecia, país que tanto le sirve de modelo a quienes reniegan de su patria. Y se olvidan que el tal socialismo que pregonan no existe en el país nórdico. Allá no todos son iguales de ricos.
    Si no queremos que vengan los chinos a colonizarnos, como algunos estarán pensando (y hasta alentando) que va a suceder, tendremos que pellizcarnos, y dejar de estar aspirando a conocer Disneyworld y la torre Eiffel, y la moda de Milán. A ponerse las botas pantaneras, porque el campo es el futuro. El resto es prescindible.

viernes, 15 de mayo de 2020

Coronavirus, la excusa para volvernos socialistas


Por  Juan Felipe Giraldo Trejos



    Tan ilógico como encontrar un judío integrando las filas de un regimiento nazi, me resulta a mí la propuesta de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) con miras a enfrentar el impacto de la crisis producida por la enfermedad del Covid-19. La organización, en su sana intención de combatir la pobreza, propone que los gobiernos realicen transferencias monetarias para satisfacer las necesidades de los más vulnerables; lo que ellos consideran crucial en el camino de una reactivación rápida de la economía. Esto se realizaría con perspectivas a permanecer en el tiempo, como lo afirma su portavoz, la Secretaria Ejecutiva Alicia Bárcena, a través de un ingreso básico de emergencia que sería por unos seis meses (¿contradicción?), o por lo menos el tiempo que dure la pandemia, dado que habrá que convivir con ella y que por ahora no se vislumbra una solución definitiva que permita superarla.
    Hasta ahí uno diría que en verdad es necesario que en esta debacle económica, en donde no es posible trabajar con normalidad (de hecho es imposible pensar siquiera en salir a trabajar por la cantidad de limitantes que existen), el Estado deba meterse la mano al bolsillo y sostener a los más pobres; a quienes ven en peligro su supervivencia ante la imposibilidad de generar ingresos. Me parece, incluso, que en el caso de Colombia, no se ha debido utilizar la banca privada como intermediaria para realizar los desembolsos, cuando sabíamos que esto podía llegar a ser un arma de doble filo y convertirse en otra estratagema de los dueños del capital para seguir enriqueciéndose a costa de la desgracia ajena. ¿Acaso a los bancos les interesa ayudar? El subsidio debió habérsele entregado directamente a la gente que no tiene ni para comprarse una libra de arroz; a los dueños de pequeños negocios que por acción del cierre no pudieron derivar su sustento de los mismos y se quedaron sin el pan diario, a los miles de informales y ambulantes que viven de lo que hacen en el día, y que a condición de que se quedaran en la casa, el Estado les proveyera lo necesario para su manutención mientras durara esta plaga. En eso me parece que el gobierno en Colombia fue errático a pesar de sus muy buenas intenciones, porque apelar al sistema bancario para que nos diera una mano en la emergencia fue como dejar a los ratones cuidando el queso.
    Y hay que ayudar, como sea, porque se trata es de combatir no sólo al coronavirus, sino también al hambre. No podemos dejarnos enfermar, pero tampoco podemos dejar que se nos caigan las empresas, ni el empleo, ni tirar por la borda lo poquito que hemos construido. Lo único que toca tirar en este momento es la ortodoxia económica, a la que tanto se quieren apegar los financistas de este país, como el Señor Ministro de Hacienda, quien todavía tiene la desfachatez de proponer una reforma tributaria cuando estamos con el agua al cuello. Aquí valen un rábano las metas estadísticas, y que se vaya al diablo el crecimiento y la nota de las calificadoras de riesgo que son las que dicen si un país es viable para invertir o no. Aquí lo que tenemos que hacer es empezar a producir comida a dos manos, para nosotros y para el mundo, porque tierra tenemos, y sería de la única manera como no acosaría el hambre: no olvidemos que un país con hambre es un país en guerra. Ya dejemos de proyectar nuestros ingresos basados en los capitales extranjeros, en el petróleo, que hoy vale poco y que seguirá bajando, para bien de la naturaleza. Hasta ahí, repito, estaría yo de acuerdo en que el Estado nos sostenga, pero sólo y únicamente mientras nos levantamos y salimos de esta, como dicen los optimistas. ¿Y si no se termina el virus qué hacemos? Me preguntó un día mi amiga Cata. Ni modo, habrá que salir y tomar las medidas de prevención por nuestra propia cuenta y riesgo. Ya el problema serían los irresponsables y los inconscientes que no quieren hacer caso. El Estado no tiene forma de controlar a cada uno, ni recursos infinitos, tampoco. No comparto la posición de mi amiga Cata, La marxista, cuando dice que el gobierno es el que tiene que mantenernos indefinidamente. Yo digo que lo que tiene que hacer es invertir bien lo poquito que hay, en lugar de gastar del presupuesto para mejorar la imagen, comprar camionetas blindadas o pasajes aéreos, que eso sí es un pecado terrible.
    Por otro lado, me preocupa la notoria contradicción de la señora Alicia Bárcena, porque primero habla de que el Estado benefactor operaría por seis meses, luego por el tiempo que dure la crisis, pero lo más grave es cuando habla de las perspectivas a permanecer en el tiempo. Aquí la Alta Funcionaria de las Naciones Unidas tiró el zarpazo para proponer un socialismo disimulado y como tal, peligroso. Veamos:
    La CEPAL reitera que es el momento de implementar políticas universales, redistributivas, solidarias, cambiar el modelo económico, proponer un Estado de bienestar. Un momentico, señora Bárcena, que una cosa es que los gobiernos tienen la obligación de velar porque su gente no aguante hambre, y otra muy distinta es que el Estado se convierta en la superestructura que tanto promulga el mamertismo. Eso sí que no. Lo que soterradamente, como quien no quiere la cosa, como con alma dadivosa y caritativa, propone la funcionaria Alicia Bárcena, es prácticamente un modelo de economía Socialista. Ya decía yo que aquel que dice defender tanto a los desfavorecidos, en el fondo es quien más los necesita para mantenerse en su zona de confort. Eso de coger al coronavirus para decir que todo estaba funcionando mal y que tenemos que volcarnos al modelo opuesto me parece un ardid muy peligroso con el que no comulgo, porque en vez de promover alternativas para que los pobres generen riqueza, lo que propone es que Papá Estado los sostenga, y qué tan bueno al principio cuando nos dan todo porque somos unas criaturas hambrientas, pero qué tan malo después, cuando el Estado se hace grande y fuerte, y no hay quien lo controle, y se vuelve dueño de nuestra libertad, nuestras aspiraciones, nuestro pensamiento; y termina, igualmente, dejándonos morir de hambre.
    Esta CEPAL se queda corta en la proposición. Le sugiero, que más que un ingreso básico indefinido, cosa que tampoco es viable en ningún país latinoamericano, proponga la creación de riqueza a través de proyectos en los que todos podamos trabajar. Que impere un nuevo orden mundial, pero igualmente productivo. El problema de que empecemos a recibir un ingreso básico de emergencia se evidenciará a largo plazo, cuando por cuenta de un Covid-19 descontrolado y una pobreza que haya invadido hasta el espíritu, nos hayamos vuelto unos incompetentes y no nos quede otra alternativa, esa sí nefasta, que la de seguir ateniéndonos a lo que digan los gobiernos. Y bien sabemos que en Latinoamérica no es que contemos propiamente con líderes dechados de virtudes. Conocemos por la historia que nuestros gobernantes sólo necesitan de una pequeña gabela para resultar convertidos en unos caudillos dictadores, si es que no es la misma cosa; tanto de un lado como del otro, porque no se crea que la tiranía viene sólo de los capitalistas ultraliberales, no señor. Miremos que por causa del totalitarismo del gobierno chino fue que se extendió este flagelo que nos jorobó la vida a todos. Eso de esconder el problema, y que no alertemos al mundo porque no es políticamente correcto, si mal no recuerdo, provino de ese régimen comunista totalitario, quien en contubernio con el director de la OMS se aseguró de salvaguardar su buen nombre en caso de que lo señalaran a él de haber creado el virus. Acuérdense lo que dijo la Organización Mundial de la Salud, cómplice en todo esto: “No existen pruebas de que el Covid-19 se haya fabricado en un laboratorio”. Y yo le digo que tampoco hay pruebas de que haya salido de un murciélago. No sé por qué me late que a un puñado de manipuladores le conviene culpar al capitalismo de esto; que por el consumismo desmedido, por el exceso de globalización, por la explotación de los recursos de la tierra, por la avaricia, la soberbia, la vanidad, y una serie de antivalores que deberían ser responsabilidad de cada individuo, porque a nadie están obligando a antojarse de cuanto bien y servicio ofrecen en las vitrinas de los centros comerciales. Eso sí, le recuerdo a doña Alicia Bárcena que precisamente de un país comunista fue que salió el virus, y que muy probablemente de allá mismo vendrá la vacuna (me atrevo a profetizarlo), si es que ya no la tienen lista, esperando un poquito más de muertos para sacarla al mercado. Como sospechoso, ¿no?

viernes, 1 de mayo de 2020

Conspiración, lo sé


Por Juan Felipe Giraldo Trejos





 
    Definitivamente el ser humano tiene la capacidad de aprender muy rápido, con una seguridad tan sorprendente que yo me aterro. Ahora todos los habitantes del planeta somos expertos epidemiólogos y opinamos por las redes sociales (ese invento fatal que tanto culto le hace al yo) como todos unos eruditos en el tema. No nos hizo falta estudiar medicina, ni tener especializaciones de las mejores universidades, ni mucho menos contar con maestrías, doctorados, o con los estudios superiores que de ahí se siguen. El Coronavirus nos equiparó a todos en la ignorancia, porque de nada le ha valido a la ciencia todo el esfuerzo y los años de arduo trabajo de hombres con indiscutibles títulos en el campo de la medicina, la física, la química, la economía, la sociología, la rama que sea. De nada los premios Nobel, de nada la academia. Está la humanidad completa metida en la misma bolsa del desconocimiento frente a su verdugo; da lo mismo un hombre común y analfabeto que el más docto de los científicos. Por tanto, todos somos expertos. Ya sabemos lo que se debe saber acerca de la plaga maldita que está matando al mundo. Y si todavía quedan descubrimientos por hacerse, no se molesten, que cada quien en su fuero interno completa a su manera la información que falta por desvelarse. Ya sabemos lo que debió haber hecho el gobierno en su momento, las medidas que tuvo que tomar y no tomó, la forma como debemos y no debemos combatir la pandemia. Damos cátedra a los médicos y a los políticos acerca de cómo tratar la enfermedad y manejar la economía; y si se descuidan, le quitamos el puesto a los motivadores, porque soluciones tenemos a dos manos. Cada quien desde su pequeña tribuna de la virtualidad, y muchas veces aliado con el anonimato, se convierte en persona importante e influyente. Que si la hidroxicloroquina, que si las infusiones de eucalipto y jengibre, que si los baños con límpido, que si la inmunidad de rebaño, que ya está la vacuna casi lista pero que no quieren sacarla al mercado todavía. Todo lo sabemos. Incluso, como ya llevamos varias semanas conviviendo con el virus, nos atrevemos a desafiar su poder devastador, amparados en el profundo conocimiento que tenemos de él.
    Al principio nos hizo encerrar ateridos de pavor porque nos hicieron creer que aquello era un ajuste de cuentas del cielo para con la humanidad: el Armagedón, posiblemente. Entonces hicimos del miedo el aliado fundamental para combatirlo, y vaya que nos sirvió a muchos que nos mantuvimos a salvo de sus garras (hasta ahora). Pero llegó la infinita espera, y con ella el horror de la crisis económica, del desempleo que se avecina. El miedo al contagio se ha ido transformando en miedo a la física pobreza, al desabastecimiento, a perder nuestra mediocre pero anhelada zona de confort. Y ya teniendo que enfrentarse a dos enemigos, la humanidad se tuvo que dividir entre los que pueden seguir acuartelados para evitar el contagio, y los que tienen que salir porque no pueden dejar que la falta de alimento y medicinas los aniquile. La nube de grillos de los malos pensamientos nos cernió en una latente preocupación, pero tenemos la esperanza de que todo estará bien y que esto pronto pasará. Luego sale una autoridad en la materia a dar declaraciones y a decir que el mal no se acabará por lo menos hasta finales del año entrante, como quien dice, hay que resistir unos setecientos días sin comer, que esto será temporal.
    Apenas iniciamos mayo y no sabemos lo que va a pasar. Los pronósticos auguran cosas malas, y en medio de nuestro resquemor, le hemos ido perdiendo respeto al germen y nos estamos atreviendo a asomar las narices fuera de nuestras madrigueras. La economía, que en principio tuvo que pasar a un segundo plano, poco a poco recupera su protagonismo, pues el hambre pudo más. Aún no han levantado la cuarentena, pero a mi casa ya están llegando a tocar los vendedores de mango, de aguacate, los que están requiriendo donaciones, los que ofrecen algún producto de primera necesidad, y especialmente los que dejan las facturas de los servicios públicos con una puntualidad escabrosa. (Estoy pensando que deberían analizar el ADN de las empresas de telefonía celular, de los bancos, y de otros servicios básicos. Veo que se mantienen inermes y sólidos ante esta crisis y serán los últimos en caer; no tienen que arriesgar un pelo ni aportar cuota alguna de sacrificio. Ellos deben alojar la sustancia de la inmunidad con la que se podría fabricar la vacuna, ¡examínenlos ya!). En fin, si no estamos saliendo del problema, por lo menos estamos saliendo de nuestras casas. Sé que no es una idea responsable, pero creo que va a ser un mal necesario.
    Estamos tan airados con ese maléfico Covid-2019, que asumimos el riesgo de enfrentarlo cara a cara (con tapabocas, desde luego), y cuestionar su verdadera peligrosidad. Ya no vamos a poder escondernos más del enemigo. Toca salir con las armas que tenemos (mascarilla, gel, guantes, gorro, desinfectante, desconfianza, distancia social), qué más da. Y es que en el cuestionamiento descarado que le hacemos a su origen, vamos a tener que difamar a ese perverso monstruo, que para eso sí somos buenos. Quitarle la honra y el prestigio a ese desgraciado. Yo, por ejemplo, pienso que los científicos se equivocaron sobre cómo surgió el nuevo coronavirus. Tal vez no nos han querido decir toda la verdad. Me siento tan conocedor del tema, que resulta un tanto frustrante no poder alimentar la teoría conspirativa. Yo me inclino por esa que dice que el virus fue creado en un laboratorio y que lo liberaron accidentalmente (o de pronto con intención) para jodernos a todos. Obvio que no tengo pruebas al respecto, pero si las redes sociales lo dicen ¿para qué información científica? Además nadie la entendería ni la apreciaría tanto como aquella noticia que se vuelve un rumor viral. Ah, esa sí que es interesante y deliciosa, y cuánto jugo se le puede sacar. 
    Sin embargo, tomando como referencia una noticia proveniente de una fuente seria, me remito ahora a hablar del doctor japonés Tasuku Honjo, quien manifestó que el Covid-19 no es natural, es decir, no pudo haberse originado en las entrañas de un murciélago ni en las de ningún animalejo de consumo doméstico en la China por muy repugnante que sea. En otras palabras, fue creado por el hombre con quién sabe qué oscuras intenciones. El doctor Honjo es inmunólogo, ganador del Premio Nobel de Medicina por sus investigaciones en la inhibición de la regulación inmune negativa, que es un proceso para el tratamiento del cáncer, y yo le creo. Si lo dice él, que es un hombre de ciencia tan reconocido, sus razones tendrá. La más sólida es que en el análisis de los datos del genoma se encontró evidencia de que la estructura fue manipulada y creada a partir del patrón de otros virus, y que fue replicada para potenciar su poder, como si fuera una fakenews, para ponerlo en términos informáticos. Sospecho que habrá otras voces autorizadas que coinciden con el doctor Honjo, pero que no se atreven a manifestarlo abiertamente. Hay muchas cosas en juego. Yo, que no soy voz de nada en la materia, ni tengo audiencia, ni tengo seguidores, me suscribo a esa teoría porque de lo que sí conozco es de la naturaleza perversa del corazón del hombre.
    Está cantado que el comunismo quiere reinar en un nuevo orden mundial, que su objetivo es derrotar al capitalismo y a su principal precursor, que es Estados Unidos. Necesitan la ruina de occidente para imponerse. No me extrañaría que China, quien tiene una guerra comercial abierta con Estados Unidos, en alianza con Rusia, Corea del Norte, Irán, Siria, y otros países totalitarios del Medio Oriente, hayan encontrado la forma de modificar las relaciones de poder a través de la creación de este virus. Una guerra habría sido demasiado costosa e injustificable para declararla, pero ¿una pandemia? Ahí estaba la forma de lograr sus macabros objetivos: ante la naturaleza no hay nada que hacer. Ya encontrarían en la OMS un organismo que los absolvería de toda culpa, especialmente al gobierno chino, que fue el que se prestó para generar esta tragedia mundial. No me extraña, la verdad, porque del comunismo se puede esperar cualquier cosa. El capitalismo es un monstruo que te arrasa y te deja fuera del mercado, del acceso a bienes y servicios si no tienes cómo insertarte en él, eso está claro. Pero su antípoda no es mejor. Hace lo mismo, con la diferencia de que no tienes libertad ni para empobrecerte con la frente en alto. No me queda duda, la teoría de una conspiración es evidente, ¿no creen?
    Perdón, me acaban de informar que las afirmaciones que se le atribuyen al doctor Honjo son falsas. Emitió un comunicado en el que desmiente estas declaraciones que provienen de una cuenta falsa de Twitter. “Mi nombre y el de la universidad de Kyoto se han utilizado para difundir acusaciones falsas y desinformación”, dijo el doctor.
    Así las cosas, mi teoría se me acaba de caer, maldita sea. Esta columna también se fue al diablo, pero no voy a perder el trabajo que me costó escribirla. Igual sigo pensando que en todo esto está metida la mala mano del hombre, no me van a convencer de lo contrario.   

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...