sábado, 25 de noviembre de 2023

Y rugió el león

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Con el 55,69% de la votación total en las elecciones presidenciales de Argentina, el economista Javier Milei llegó a la presidencia de la república el pasado domingo 19 de noviembre. Su contendor, el actual Ministro de Economía de ese país, Sergio Massa, obtuvo el 44,3% de los comicios y reconoció su derrota.

    Una derrota que no sólo es de Massa, sino de todo el oficialismo argentino y de toda la izquierda latinoamericana. De ahí que el motivo de felicidad sea grande, pues es un golpe que se asesta al corazón del Socialismo del Siglo XXI, la doctrina degradante que se ha encargado de llevar miseria, violencia y corrupción a los países donde ha sido implementada. Gracias al cielo, el domingo 19 ganó la libertad en Argentina; por lo tanto, ganó el pueblo.

    Javier Milei se dio a conocer en la palestra pública por ser un economista —con un estilo muy particular y original— que daba conferencias y entrevistas acerca de la superioridad del capitalismo como sistema económico. De allí pasó a ser invitado permanente en los programas especializados en economía, y en no pocas veces apareció en televisión despotricando de la “casta política”, como él la llama.

    Fue también, durante varios años, un profesor universitario que se hartó de ver cómo su país se hundía en la miseria por los malos manejos que le dieron los políticos izquierdistas y socialdemócratas de centro que durante 25 años estuvieron gobernando a la Argentina. Por su estilo aguerrido, su mirada de fuego, su melena indómita, su espíritu combativo y su lengua sin filtros para con los políticos de la casta, Milei caló en lo más hondo del sentimiento del argentino promedio, víctima de las absurdas medidas económicas que tomaba el kirchnerismo y que lo tenían cada vez más empobrecido y dependiente del gobierno, así como sustraído de la libertad y la iniciativa que necesitan todas las personas para emprender el camino de su prosperidad y felicidad.


     Por esta razón se animó a lanzarse a las huestes de la política, y en poco menos de tres años alcanzó la presidencia de la nación, pasando solamente por el cargo de diputado, a donde llegó siendo uno de los más votados, además de queridos. Estando en el parlamento argentino decidió donar su sueldo a través de una rifa mensual que se ganaba un ciudadano cualquiera previamente inscrito, lo que lo llevó a ser todavía más odiado por la casta política de su país: Milei utilizaba la misma estrategia que utilizaron ellos por años, que fue apelar al sentir del pueblo. Por eso se dice que Milei es un populista, no porque sea un mentiroso y un demagogo, sino porque su forma de hacer política fue llegarle al pueblo y transmitir con franqueza el pensamiento de muchos de esos anónimos que no tienen voz ni voto, pero que se sienten representados con su discurso.

    Milei ascendió vertiginosamente en su corta carrera política porque se identificó con el pueblo, y el pueblo se identificó con él. Su pensamiento se sintetizó en la búsqueda de la libertad, y con ella la generación de oportunidades para todos a través de la iniciativa privada combinada con libre mercado. Se considera un liberal-libertario y no es un político profesional como aquellos que llevan toda la vida viviendo de la política y usufructuando de ella, que son los mismos a los que él llama “la casta”: no son otra cosa que los burócratas que aspiraban a mantenerse en sus cargos mientras el kirchnerismo oficialista pudiera continuar en el poder.



    Pero Milei es un hombre decente, al parecer sincero, que no se valió del pueblo para instrumentalizarlo y sacar provecho político de sus necesidades, sino que supo traducir las penurias del ciudadano: lo que necesita la Argentina es un estado austero; un manejo de la moneda no inflacionario como la dolarización, que en este punto es inevitable; y una dinamización creciente de su aparato productivo para contrarrestar la deuda, la inflación y el hueco fiscal. En otras palabras, para Milei y la mayoría de los argentinos, lo que necesita el país es recuperar su economía y retornar a un capitalismo competitivo en el que se suprima la intervención del Estado y se frenen los monopolios: competitividad pura y dura.

    También necesita de una batalla cultural para desenmascarar todas esas ideologías victimistas que le han costado billones a la nación y que han servido para generar más burocracia pagada con el dinero de los contribuyentes. La cantidad de presupuesto que debiera invertirse en calmar el hambre del pueblo con generación de empleo, con educación tecno-científica, con obras públicas, etc., en este momento se está yendo para las arcas de los ideólogos a través de ministerios inoperantes, imprácticos y derrochones, con los cuales el presidente electo también está en completo desacuerdo. La mentalidad del Estado benefactor llega a su fin con Javier Milei.  



     Todo hay que decirlo: si otro hubiera sido el contexto, Milei no hubiera sido nunca presidente. Pero es que la izquierda lo ha hecho tan mal en el país del sur, que la gente ya se encuentra cansada de todos esos politiqueros tradicionales que llevan décadas devengando del Estado y lo único que han hecho, aparte de robar, es empeorar la calidad de vida de los ciudadanos. Por eso, esta vez, han preferido a un hombre proveniente de la academia, no importando su estilo pendenciero y sus palabras agresivas contra los políticos de izquierda. Al contrario, esa soflama, que era como una declaración de guerra, fue lo que enardeció a muchos argentinos que estaban tan o más indignados que Milei, y por ello le dieron su voto de confianza. El fracaso de la izquierda socialista y de la derecha cobarde y rancia supusieron el triunfo de una nueva derecha, lo cual es otra muestra más de que los gobernantes que se empeñan en imponernos ideologías nefastas y economicismos tibios, lo único que consiguen es llevar a sus países al más estruendoso fracaso y a la más terrible hambruna, como en efecto lo hace el socialista mayor de Latinoamérica, el guerrillero Gustavo Petro, quien poco a poco va destruyendo los cimientos sobre los que se edificó su propia nación con una impunidad vergonzosa.



    Y es que son los socialistas del siglo XXI los únicos que lloran el triunfo de Milei porque saben que es una derrota contundente para ellos. Llora la izquierda en Argentina y en Latinoamérica porque se les acaba de dar uno de los peores golpes de su historia. Por fin se ha derrotado al Foro de Sao Paulo y al Grupo de Puebla (por lo menos momentáneamente en Argentina); esos dos engendros socialistas y parasitarios que venían de triunfo en triunfo colocando presidentes en la región a dos manos e imponiendo su visión de las cosas con sus falsas narrativas: esa visión de que los victimarios son las víctimas, y las víctimas los victimarios. ¿Les suena eso en algún país conocido?

    Fue la misma Cristina Kirchner, vicepresidente de Argentina y prácticamente la dueña del país, quien le envió hace unos años un mensaje a sus opositores que criticaban el modelo socialista, en el cual les decía: “Si no les gusta el modelo, armen un partido y ganen las elecciones”. Pues bien, eso es lo que ha hecho Javier Milei: armó su partido, ganó las elecciones y le ha callado la boca a los zurdos de mierda, como él también los llama. ¡Y qué callada les metió!

    Sólo esperamos que Milei cumpla con lo que prometió y no se tuerza en el camino; no se venda a la agenda globalista ni a la progresía mundial que en el fondo no es más que el disfraz renovado del comunismo internacional. En otras palabras, que gobierne con los postulados de la nueva derecha, la única y verdadera derecha, porque ya sabemos que cualquier atisbo de la izquierda en su gobierno echaría al traste todas las ejecutorias y reformas que Milei tendría que realizar. 


    Si permite nuevamente la filtración de la ponzoña izquierdista, Argentina tendrá que olvidarse para siempre de salir del fango en el que la dejaron los socialistas; de “comenzar el fin de su decadencia”, como el mismo Milei lo ha proclamado. Si se permite pactar con la casta, tener siquiera en cuenta su opinión, que se olviden los hermanos argentinos de recuperar algún día su país: con la izquierda a metros. Ellos, cuando han tenido el poder se han dedicado a despilfarrar, a llenarse los bolsillos, a silenciar la opinión disidente, a empobrecer al pueblo coartándole su iniciativa y despojándolo de su propiedad. Que se hagan las cosas como Milei lo dijo en su discurso: “Dentro de la ley, todo. Fuera de la ley, nada”.

    Esperamos que este nuevo presidente electo en Argentina se dedique a reducir el Estado y a ofrecer alternativas de solución para devolverle la esperanza a los argentinos de que en su tierra sí se puede lograr la prosperidad y el progreso económico a través del trabajo, el emprendimiento, la empresa privada, el comercio libre; y no de los subsidios, la burocracia, el nepotismo, los empleos públicos como única vía para progresar; es decir, nada que los haga depender de la voluntad de un Estado leviatán y sus gobernantes. Que Milei haga prevalecer las ideas de la libertad.

   

    ¡VIVA LA LIBERTAD, CARAJO!



sábado, 18 de noviembre de 2023

El triunfo de Colombia es la derrota del presidente

Por Juan Felipe Giraldo Trejos



Las situaciones y personajes aquí descritos son producto de la ficción. Si alguien considera que lo que aquí se dice está basado en hechos reales, se le respeta su punto de vista, pero deberá demostrar que esto no es una fantasía. Yo me hago cargo de mi cuento, que los demás se hagan cargo de su realidad.





    Cómo tuvo que sufrir el presidente Greco cada que el habilidoso y menudito jugador Monchito Pérez, la estrella de la Selección Colombia, se levantaba como impulsado por un resorte y cabeceaba al arco, y luego anotaba en lo que fue la primera victoria de Colombia frente a Brasil por las eliminatorias al mundial. Cómo miraba con preocupación el partido pidiendo que Monchito no convirtiera un tanto para que nadie recordara, de momento, el secuestro del padre del futbolista a manos de los guerrilleros amigos de Greco, tan sólo veinte días atrás.

    Y Monchito no sólo convirtió uno, sino dos goles, y la gente los celebró a rabiar, y mostraron al padre del jugador pletórico de alegría celebrando el triunfo de su hijo y el regreso a su hogar sano y salvo. Hubo quienes se atrevieron a bautizar ese partido como el partido de la libertad, y a proponer los goles que el jugador anotó como los goles contra el secuestro. Por ende, serían también los goles contra los secuestradores, y en últimas, contra el propio presidente de la república, amigo íntimo de tales delincuentes. Por eso él sufrió con el triunfo de la Selección; con las anotaciones de Monchito; con la celebración del padre de este; con la apoteosis de un pueblo que gritó el nombre de Greco para vituperarlo cada que tuvo la oportunidad.



    Monchito fue un despliegue de talento, de sacrificio, de entrega para darle alegría a ese pueblo que hacía apenas una semana se había unido en un solo clamor por la liberación de su padre. Por fortuna no se llevaron también a la madre, liberada por los secuestradores minutos después del rapto para no correr riesgos con ella. Para un secuestro extorsivo, con un solo miembro de la familia bastaba.

    A Monchito lo llamaron a Inglaterra y le dieron la nefasta noticia: su padre yacía en poder de los Melenos (Milicia de Emancipación Patriótica, MEP), ese grupo terrorista con el que el presidente Greco insistía en sostener conversaciones de paz a pesar de que ellos mismos habían afirmado que pedirían sus privilegios, pero jamás dejarían las armas.

    Lo cierto es que por obra de un milagro (¿o el pago de un rescate extorsivo?) los Melenos liberaron a don Moncho Pérez (más conocido como Garrincha, por su admiración por la vieja gloria del fútbol brasileño) en medio de un show mediático al que ya los guerrilleros tienen acostumbrado al país desde la época de las “pescas milagrosas”.

    El hijo rogó al cielo todos los días, y hasta le dedicó un gol que hizo en Inglaterra a su padre, alzándose la camiseta para pedir por su liberación. Al fin don Garrincha fue liberado y Monchito vino a jugar el partido contra Brasil con una motivación tremenda como agradecimiento por la solidaridad que mostraron todos los colombianos frente a la situación que tuvo que atravesar. Y lo pudo hacer. Con sendos golazos de cabeza, le devolvió la esperanza a un país, no sólo de clasificar al próximo mundial, sino de salir del fango en el que lo tiene sumido un gobierno que ya muestra tintes dictatoriales.



    Pero Monchito lo único que hizo fue jugar bien y darle un triunfo a la Selección. Se abstuvo de dar respuestas políticas a pesar de que algunos periodistas lo picaron. Hizo bien en no hacerlo. Lo de Monchito es el fútbol, no la política. Del tema político se encargó la gente en el estadio cuando miles de asistentes gritaron al unísono: “fuera Greco, fuera Greco”. El presidente, desde su casa, se arrellanaba en su sillón muerto de la ira, no con Monchito, sino con toda esa multitud que lo quiere fuera del poder. Sólo que con cada gol de Monchito el público se envalentonaba con más furia contra él.

    Nada más democrático que un estadio de fútbol. Allí se encuentran simpatizantes de todas las vertientes políticas. Lo que sucedió la noche del jueves 16 de noviembre fue un pequeño plebiscito, una opinión casi unánime de lo que piensan los colombianos de su presidente. Los únicos que no aceptan la realidad de las cosas son los grequistas consumados: “es que no todos piensan lo mismo”, manifestaron aquellos. “Los que insultaron al presidente fueron gente pagada por Tico Martínez y Alexis Kar, que allá estaban manipulando a las masas”, se defendieron los fanáticos de Greco, pero la verdad es que por lo menos el 90% de los asistentes estaban de acuerdo con el clamor.

    Y si no les convence una petición al unísono en un estadio de fútbol, al menos deberían creer en las encuestas, en donde el mandatario ya remonta el 60% de impopularidad.

    Como si fuera poco, Marianella, la hija menor de Greco, tuvo la desfachatez de asistir al estadio. Nadie gritó contra ella, nadie pronunció siquiera su nombre. Al que detestan los colombianos es a su padre, pero a ella no le quedó más remedio que retirarse del estadio, no sin antes dejarnos saber con un insulto ardido lo que piensa de los que quieren ver fuera del poder a su progenitor: “hijueputas”.

    Greco, visiblemente afectado porque la tribuna miró a su hija mientras pedía a gritos su renuncia, los tildó de cobardes por dirigirse a una menor indefensa. Pero nadie se metió con Marianella, sino que más bien con ella le mandaron la razón para hacerle saber que el pueblo lo rechaza. Tuvo más culpa el padre por permitir la exposición pública de la niña sabiendo el desprecio que inspira él en el ciudadano del común. ¿O acaso pensaba Greco que todavía era un presidente popular y querido?



    Por si al presidente no le quedó claro el mensaje, también se lo mandaron a decir con su señora esposa, Mónica Alcázar, quien tuvo que salir prácticamente escoltada, porque contra ella sí iba dirigida la rechifla y los insultos. También a ella la detesta el pueblo, y tiene todo el derecho de hacerlo, porque es con justa razón.  

    Hagamos especulaciones. Si Monchito Pérez no hubiera convertido ningún gol, si hubiera jugado mal y la Selección Colombia hubiera sufrido una derrota apabullante, el presidente habría pasado inadvertido. La gente se habría enfadado con los jugadores, excepto con Monchito, que habría estado más que justificado su bajón futbolístico. A Greco igual lo hubieran chiflado un rato, pero lo político habría pasado a un segundo plano. En ese caso su popularidad se hubiera mantenido en los niveles vergonzosos en los que anda desde que decidió hacerle la vida imposible a los colombianos con sus alzas y sus reformas.

    Pero la Selección ganó con dos goles de Monchito, y el triunfo de Colombia es la derrota del presidente, porque sin querer, este partido adquirió un matiz político. Su popularidad se terminó de hundir y se volvió prácticamente irrecuperable. Salieron a flote los temas del secuestro, de sus vicios, del fracaso de su paz, del aumento de la inseguridad y de la hipocresía con la cual se han conducido los funcionarios de este gobierno, comenzando por el presidente. El fútbol fue el caballo de batalla para que los colombianos afloraran la rabia por su mandatario. Sólo el hecho de haber dobleteado el precio de la gasolina y haber encarecido el costo de vida para los más pobres es motivo suficiente para sacarlo a patadas de un cargo al que nunca mereció llegar. Y no hablemos de todas las corruptelas y hamponerías que se presume que ha cometido.



     Si le va mal al presidente, le va bien a Colombia. Si le va bien a Colombia, le va mal al presidente. Todo ello porque quien dirige los destinos de la nación está haciendo lo posible por entregarla a sus enemigos: a la criminalidad, al globalismo del catastrofismo climático, a la dictadura socialista de sus vecinos aliados.

    Por eso hay que orar para que a Colombia le vaya bien, excelente, supremamente bien. Y no sólo en el fútbol.

    No importa que eso signifique la ruina y la derrota de su principal enemigo. No importa que para ello haya que sacrificar a un presidente.


sábado, 11 de noviembre de 2023

Viaje al interior

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Viajar: aspiración suprema para aquellos cuya rutina se ha vuelto insípida y están urgidos por romperla. Se asocia con la ganancia del placer, con el antídoto para el estrés, con la captura del horizonte, con el cambio y la reinvención del ser, con el nuevo punto de partida desde un ambiente descontaminado del tedio y la repetición.

    Viajar supone, para muchos, la posibilidad de enfrentarse a situaciones de riesgo y conocer personas con las cuales entablar relaciones que serán semilla para cosechar en el futuro. También de conocer el amor, aunque sea efímero; de renovarse por dentro; de hacer las paces consigo mismo. Porque es gusto de la abrumadora mayoría salir de la zona de confort e indagar las regiones ignotas de un universo exterior que trae consigo toda clase de sorpresas y aventuras en cada uno de sus recodos.  

    Es el ser humano, por su naturaleza errante e inestable, viajero de tiempo completo a través de los siglos y su historia. De no ser por la arcaica manía de viajar no se hubieran descubierto continentes como el americano, ni conquistado territorios, ni fundado pueblos, ni avanzado la civilización hasta el punto de no bastar ya la inmensidad del planeta como límite de las más ambiciosas expediciones, porque el hombre ha expandido las fronteras de su conocimiento y ahora precisa de otros mundos para acometerlos.

    Y precisamente eso es viajar: arremeter contra la distancia, asaltar el tiempo y su cuenta regresiva; embestir la paz; apresurar el comienzo de lo que no se sabe qué es; azuzar las piernas y la mente para provocar el movimiento; apurar la despedida y prolongar una bienvenida que en cuestión de poco será un nuevo adiós. Viajar, como lo dice un poema que talvez nunca he leído, es vivir una nueva vida, pero también es darle sepultura a costumbres antiguas con las que llevamos tiempo conviviendo. Todo dependerá de lo que se necesite encontrar: algunos buscan la locura porque se sienten asfixiados de tanta cordura, y por ello emprenden la travesía por caminos, cielos y mares. Otros, más nostálgicos, simplemente añoramos el regreso, para lo cual hubiera sido mejor no salir de casa.      



    Sólo aquellos cuyo ánimo convive bien con la soledad, con la quietud, con las aguas calmas y con un espíritu sedentario que no se desespera por la levedad de la vida, pueden resistir la tentación de viajar, que en el fondo no es más que las ganas de emprender la huida temporal hacia un paraje en el que de todas maneras los demonios de la cotidianidad perseguirán al viajante a donde quiera que vaya.

    Cierto día le preguntaron a Sócrates acerca de un hombre que se quejaba por la inutilidad de sus incontables viajes, pretendiendo este encontrar en ellos un bálsamo para sus amarguras. Al ver que ningún cambio de lugar le era provechoso a este viajero, Sócrates concluyó que aquel resultado infructuoso era de esperarse. Le dijo así al hombre: “No sin razón te ha sucedido esto, ya que viajabas en compañía de ti mismo”. El problema no es la ubicación del alma, sino la angustia de quien la contiene y la hace padecer.

    Séneca, por su parte, aducía que el hecho de no poder viajar no implicaba que existiera una pobreza implícita, que por demás era falsa en comparación con quienes sí podían aventurarse a la expedición. De nada servía poseer muchos bienes y haber conocido infinidad de sitios si al individuo le parecía que esos otros que ostentaban más y conocían más tenían la parte de felicidad que a este le faltaba. En otras palabras, que quienes podían surcar los mares y los cielos, atravesar las montañas y los caminos, no necesariamente tenían por qué ser más afortunados que aquellos que no lo hacían. “¿De qué te aprovechará haber escapado de tantas ciudades griegas y haber logrado huir a través de los enemigos?”, preguntaba el sabio, y luego agregaba: “Hasta la paz te procurará motivos de temor”. El juicio del filósofo con respecto a los viajes para el aspirante a la sabiduría es negativo, puesto que “el continuo cambio de lugar es un obstáculo para el aprendizaje”, y ese cambio implica falta de continuidad, inconstancia e interrupción arbitraria del proceso por el cual se llega a la perfección. 



    No obstante, muchos se empeñan en buscar distintos lugares y dirigirse allá con la esperanza de ser otros al regreso. Casi nunca lo logran. Retornan ávidos de repetir los placeres encontrados en el viaje reciente, desenfrenados en su pasión, incontenidos en su ira, presos de los impulsos lascivos y violentos del amor, acrecentados los vicios, confundidos en la toma de las decisiones importantes. A duras penas el viaje ha servido para recrearse por un breve tiempo, porque la mayoría de esos desplazamientos los conciben las personas para obtener placer. Y ya sabemos del carácter efímero de este. Efímero e intrascendente, pero marcado a fuego en el hemisferio de las emociones que se quieren repetir. De ahí lo que reafirmaba el político romano de que “para el enfermo hay que buscar un médico, no un país”.

    Para Dickinson, el mejor viaje es la lectura. “Para fugarnos de la tierra un libro es el mejor bajel; y se viaja mejor en el poema que en el más brioso y rápido corcel”, escribió en su poema titulado “Ensueño”. Yo también soy de este pensamiento, aunque muchas veces, por no entender de metáforas ni de alegorías; por no comprender la retórica de los buenos escritores; por tomar la lectura a la ligera, los corceles de mi viaje se terminan estrellando.



    No conozco hasta este momento a ninguna persona que diga que no le gusta viajar con frecuencia, salvo quien escribe esta entrada, y uno que otro temeroso de los peligros del desplazamiento. Sin embargo, cuando pregunto a los dromómanos por qué no viajan más, la respuesta suele estar asociada a dos factores incontrolables: no hay tiempo ni dinero suficiente. Y no nos prestemos al engaño, pero en este sistema de cosas donde todo cuesta dinero, el factor económico es sumamente decisivo a la hora de emprender el viaje.

    De ahí la frustración por la imposibilidad del sueño propio y la envidia por la concreción del sueño ajeno que tienen muchos al ver que unos sí logran lo que otros no han podido realizar. Máxime cuando existen esas vitrinas burlescas para refregarle al infeliz y al resentido la dicha que sí alcanzó el prójimo: las redes sociales.

    También ahí está la explicación del por qué en estos tiempos se viaja más en los fotomontajes que en la realidad. Los viajes falsos engañan a los internautas desprevenidos; generan un aparente prestigio social aun cuando todo lo que se mueve alrededor de las imágenes y los videos publicados es parte del gran teatro del engaño.



    Sea cual sea el motivo por el que se desea viajar, no hay que olvidar que el ánimo debe mantenerse sereno aún si no se viaja. Los miedos, las amarguras y las preocupaciones no se quedarán a esperarnos en el sitio de partida, ni se curarán las enfermedades si no ayudamos al cuerpo cultivando la virtud. Porque todo lo malo irá con nosotros a donde quiera que vayamos. Y al regresar nada desaparecerá por arte de magia, sino que estarán las tristezas en el mismo lugar en el que las dejamos momentáneamente; es decir, en nuestro corazón. Nos puede suceder como al hombre que Sócrates aconsejó que dejara de viajar consigo mismo, pues resultaba una muy mala compañía.

    Vuelvo a Séneca —el estoico preferido—, para cerrar esta entrada con una reflexión final en la que se aconseja no emprender ningún viaje si antes de lugar, no se cambia es de pensamiento, ya que… “El andar de acá para allá no te aportará ayuda alguna; viajas, en efecto, con tus pasiones y tus vicios te siguen. Por cierto, ¡ojalá te siguieran! Estarían más alejados: ahora los llevas contigo, no tiras de ellos.1

    Por ello quisiera recomendar un viaje a un lugar oscuro y lleno de imperfecciones en el que no la vamos a pasar nada bien, pero del que seguramente volveremos transformados: un viaje al interior de nosotros mismos.



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1. Lucio Anneo Séneca. Cartas a Lucilio. Capítulo: Los viajes no procuran ni la sabiduría, ni la virtud. Santo Domingo. Biblioteca digital. Minerd Dominicana-Lee. §18, pág. 165 de la Edición electrónica.








 










sábado, 4 de noviembre de 2023

Las oscuras tentaciones

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Aquella noche fresca en la ciudad de Pereira, luego de un aguacero torrencial, Rupertino Díaz se puso su mejor camisa, se perfumó, se peinó con gel y se aventuró a la vida nocturna de la “trasnochadora y morena” con intenciones de mitigar en algo su soledad.

    Se dirigió caminando a la zona rosa, y luego de sopesar las diferentes alternativas que le ofrecían los pregoneros de las mejores discotecas y bares, optó por entrar a un sitio llamado “Las Oscuras Tentaciones”, una discoteca de medio pelo que era la única que se ajustaba a su presupuesto, y en donde podía beberse una cerveza sin la obligación de consumir un mínimo establecido de licor fuerte. Entró al bar para tomarse solamente dos cervezas, relajarse un poco, escuchar la presentación del grupo musical y luego marcharse para su casa antes de las doce de la noche, con el convencimiento de que su mente estaría despejada para la jornada de escritura que lo aguardaba al día siguiente.

    Necesitaba dispersar su cabeza convertida en un hervidero de ideas sin ninguna posibilidad de concreción en el papel. El “bloqueo del escritor” se le estaba haciendo frecuente desde hacía bastante tiempo, y ahora su pluma dubitativa se negaba a regalarle una mísera línea de calidad. Ello provocó el estancamiento de su novela durante los últimos cuatro años. Cuando por fin decidió sacarla del cajón y retomar la escritura, se dio cuenta de que aquello era un galimatías que habría que restructurar si quería contar con una mínima posibilidad de publicación. Su vida como escritor en ciernes se desplomaba como un edificio implosionado, y el desespero lo condujo aquella noche a ese bar en el que creyó que encontraría un chispazo de inspiración para continuar adelante.



    Pidió una cerveza a una joven agraciada, la cual le ofreció la carta del lugar con una amabilidad confusa, tanto, que por un momento Rupertino se sintió turbado con la sonrisa afable que le ofrecieron. Su ego se animó, y mientras la joven se dirigía a otra mesa para atender a una pareja, se percató el escritorzuelo de que ese trato simpático y afectivo era el mismo para todos los clientes. Alcanzó a ilusionarse en lo que fueron los cinco segundos más felices de toda la semana. En verdad, el desespero de este hombre por encontrar el amor habría hecho que confundiera la aparente cortesía con un atisbo de insinuación. Cuando la mesera regresó y le dejó su cerveza, Rupertino vio con desdén que ya no le sonreía, ni le sonreiría más el resto de la noche: ella había notado la orfandad de aquel pobre desamparado.

    Entonces comenzó a mirar en torno suyo, a ver si veía un rostro conocido. Absolutamente ninguno. Se fijó en la pareja que tenía al lado de su mesa: un extranjero cincuentón y bien portado y una mujer espectacular de redondas curvas que seguramente no debía ser su esposa. La chica estaría rondando los 25 años a lo sumo, vestida con ropa de marca, exhalando un perfume delicado y seductor por el que a Rupertino se le despertaron unas ganas inmensas de intimar con aquella hembra de semejante calibre. Pero claro, era consciente de que una mujer así no se fijaría nunca en él. Habría que ser extranjero y de bolsillo abultado, un empresario próspero y reconocido, un profesionista exitoso; o en el peor de los casos, que para estas mujeres resulta ser el mejor, un anónimo de origen misterioso, vestido con galanura, arriesgado, divertido; de aquellos que no dejan duda sobre su profesión, pero que en esos casos es mejor simular que no se sabe la procedencia de sus recursos, y que tampoco interesa.

    Pero Rupertino apenas estaba aspirando a ser escritor, que es la profesión menos apetecida por hembras voluptuosas y juveniles como aquella. Ni con el equivalente a un año de su subsidio de renta básica podría complacer los caprichos de semejante damisela cuyo hombre no paraba de hacer reír. Sabía que era extranjero porque hablaba en un idioma mitad español y mitad enrevesado de no se sabe qué país, y le contaba a la mujer algún cuento gracioso sin darle tregua a sus carcajadas. 

    


    Con el paso de las horas el calor aumentó. La música moderna, la atmósfera de sensualidad, el perfume hechizante de la mujer y la ingesta del licor invadieron los sentidos de la concurrencia. Casi todos bailaban, excepto Rupertino, quien bebía absorto su cerveza en su rincón olvidado y no quitaba la vista de aquella belleza poseída por el espíritu de una pasión febril; animando al extranjero, seduciéndolo, besándolo, halagándolo, dándole entrada para que desentrañara los secretos de sus carnes tersas. Cómo hubiera querido Rupertino ser ese turista.

    En el momento más esplendoroso de la rumba sonó una canción de banda mexicana y los chiflidos de la gente no se hicieron esperar. Alguien la había solicitado, tal vez el grupo del centro conformado por varios hombres de panza prominente y uno que otro con sombrero. Nada raro fuera si alguno de ellos hubiera sido del país centroamericano. El extranjero y la mujer se sentaron en su mesa. El hombre bebió un sorbo de su whisky en las rocas, se sobó los ojos y se paró para ir al baño, dejando por un momento a su hembra exótica en propiedad visual del escritor de al lado.

    Rupertino decidió entonces observarla sin temor a ser descubierto, aprovechando la ausencia momentánea del galán, deseándola con lascivia, viéndola de perfil mientras ella escribía en su celular. Discurría en pensamientos ardientes al tiempo que su mente se adhería a un sistema de estructuras tan racionales y lúcidas como las de un psicópata en la intención de acometer un crimen pasional. Pero esa intención tan sólo estaba en su cabeza, pues Rupertino carecía de la sangre para matar a una simple mosca. Fue entonces cuando aquella criatura cósmica lo miró y a él se le heló la sangre. La mujer le sonrió coqueta, pero el psicópata de papel se acobardó, no creyó en esa sonrisa inalcanzable, no pudo siquiera sostenerle la mirada. Desvió los ojos hacia otro lado sin poder darle crédito a lo que ahora escuchaban sus oídos.

    —Buenas noches, caballero —lo saludó la dama.      

    Por supuesto, no pensó que el saludo fuera para él, aunque la miró por reflejo y vio que las dos llamas de unos ojos voraces lo calcinaban azarosamente. Sólo por temor de ser tomado como un estúpido contestó el saludo:

    —Buenas noches, señorita.

  —Me di cuenta hace rato que me está mirando —lo increpó desafiante.

    —No, señorita. No la estoy mirando.

   —No mienta, señor. Pero no se preocupe, no me molesta. Tampoco lo culpo, porque modestia aparte, yo sé que la mayoría de los hombres me miran. Al contrario, me halaga mucho que un hombre como usted fije sus ojos en mí.

  — ¿Un hombre como yo? —se interesó Rupertino.

    —Sí, un hombre como usted que parece ser muy inteligente —respondió tajante la mujer.

   — ¿Acaso el señor que está con usted no es su pareja? —preguntó ofuscado, temiendo la llegada pronta del extranjero a la mesa.

  —Sí, es un amigo. Él me pretende, yo a veces le correspondo porque mi amigo es un gran tipo, pero voy a ser muy franca, y antes de que él venga, espero que sea discreto.

  —No me asuste, señorita —respondió el escritor ya un poco más confiado. La señorita le sonrió, tomó su vaso de whisky y le dedicó el trago a Rupertino.

   —A mí, en realidad, me gustan los hombres que se ven misteriosos e interesantes como usted, y por eso me gustaría conocerlo.



    Acto seguido estiró la mano para dejar en la mesa de Rupertino una tarjeta con su nombre y su teléfono: “Yolima Rendón, 3006659833”. Luego se volteó para seguir disfrutando de la noche, justo en el momento en que el extranjero salía del baño y se dirigía hacia ella. Llegó a besarle el cuello un instante, le tomó las manos y se bebió de un sorbo el resto del vaso. Mientras la abrazaba, la muchacha le guiñó un ojo a Rupertino a espaldas de su pareja, como indicándole que guardara la tarjeta discretamente y la llamara un día de estos. Este tomó la tarjeta con disimulo y se la metió en el bolsillo de su camisa. Estaba pletórico de felicidad, no lo podía creer. Nunca se imaginó que un día la vida le iba a sonreír con las mujeres, y aunque sabía que este tipo de hembras no era para enamorarse ni mantener una relación afectiva, se daría por bien servido si por lo menos concretaba para la siguiente semana una cita que terminara en una batalla de cama con esa esplendorosa creación. Bien podía marcharse a su casa tranquilo: había encontrado lo que deseaba y no haría falta ya una segunda cerveza. ¿Para qué? La inspiración le había vuelto, estaba ansioso por llegar, encender el ordenador y escribir de largo toda la noche para sacarle provecho a su mente turbada por el episodio.

    Acababa de pagar la cuenta a la joven mesera cuando notó que la mujer y el extranjero realizaban movimientos extraños. De un momento a otro, el hombre comenzó a sentirse mal, a perder el sentido, a verse cansado y somnoliento, frotándose los ojos una y otra vez. La mujer le decía alguna cosa al oído, pero este parecía no reaccionar. Ambos intentaron ponerse de pie, y el hombre flaqueó, casi yéndose al piso. La mujer, ya con una actitud frívola, se dirigió a Rupertino y le solicitó ayuda.

    —Señor, ¿me podría ayudar a llevar a mi esposo hasta la salida? Se ha excedido de copas.

    Pero Rupertino no supo en ese momento qué era lo que debía hacer. Hacía poco menos de cinco minutos el extranjero parecía estar bien; de hecho, había acabado de bailar una canción con su acompañante, y no entendió cómo en un santiamén el sujeto se veía agarrado por la ebriedad. La mujer le guiñó nuevamente el ojo a Rupertino, y con ese guiño fue el escritor el que perdió la voluntad. Se paró de inmediato, se echó el brazo del tipo a su cuello y lo ayudó a salir.

    —Qué vergüenza —decía ella como excusándose con los meseros y la gente del bar—. A mi esposo siempre se le va la mano con el whisky. Gracias por ayudarme, caballero.

    Lo raro es que cuando el caballero se fijó en la mesa vecina, notó que había tan solo dos vasos de whisky desocupados. Muy poca cantidad para embriagarse. ¿Esposo? ¿No dizque eran amigos?



    Ya todo esto le olía mal a Rupertino Díaz cuando salió a la puerta del bar con el extranjero semi inconsciente y la mujer siguiéndolos. Afuera los esperaba un carro particular estacionado al frente.

    —Es el Indriver que pedí —le dijo la mujer para que Rupertino condujera al borrachito hasta allí y lo acomodara. Dentro del vehículo, un hombre joven saludaba como si ya conociera a la muchacha.

    —Se emborrachó —le explicó ella —. Vamos a dejarlo en el hotel y después volvemos.

    Luego le señaló a Rupertino para presentarlo.

    —Es un amigo que acabo de conocer en el bar. Muy gentil, me ayudó a sacarlo.

    El conductor asintió sin siquiera mirar al nuevo amigo ni ayudarlo a que acomodara al ebrio. La mujer le habló al oído a Rupertino.

    — ¿Me quieres acompañar?

    — ¿Cómo dice?

    —Acompáñame. Lo dejamos en la casa y luego hablamos tú y yo.

    Pero algo se removió en las entrañas del escritor que lo hizo retroceder con desconfianza. También estaba sintiéndose mareado y somnoliento.

    —No, no, vaya, yo la espero. —le dijo todavía con ingenuidad, aferrado a la esperanza de la aventura fácil.

    —Vamos ya —ordenó ella.

    —Vaya y vuelva, yo la espero… me siento mareado.

    No insistió más. Le dio la orden al conductor de que arrancara al percatarse de que varios curiosos los estaban mirando, y al parecer uno de los guardias de la discoteca se acercaba. La mujer se montó adelante y el carro arrancó de inmediato haciendo chirriar las llantas. Allí se quedó Rupertino sosteniéndose la cabeza mientras un hombre del personal de seguridad le preguntó si se sentía bien.

    —Sí, estoy bien. Creo que la cerveza me hizo daño. —respondió abrumado por la borrachera extraña.

    — ¿Desea que le pida un taxi?

    —No, gracias, yo me voy caminando, mi casa queda cerca —respondió mientras se enfilaba rumbo al barrio Corocito, donde vivía en un cuarto rentado.


    Crónica judicial




   En la mañana del 27 de mayo de 2023, una bandada de gallinazos alertó sobre la presencia de un cadáver en la ribera del río Cauca, cerca al municipio de La Virginia. Los pescadores y lugareños que avistaron el cuerpo flotando en medio de dos troncos avisaron a las autoridades, y una hora después hicieron presencia los técnicos forenses para hacer el respectivo levantamiento de un cuerpo blando y putrefacto sin identificar.

    La semana pasada se dio la alarma por la desaparición del señor Theodorus De Vries, un turista de origen holandés que había estado en la ciudad de Pereira por asuntos de trabajo, y que, según testigos, fue visto por última vez en el bar “Las Oscuras Tentaciones” de la ciudad de Pereira, en compañía de un hombre de unos cuarenta y ocho años de edad, de aspecto descuidado y presumiblemente de nacionalidad colombiana, y de una mujer joven y bonita que al parecer ofrecía sus servicios como dama de compañía. Hasta ahora se sospecha de ambos, pero no se ha dado con el paradero de ninguno. El último reporte de la Policía Nacional es que están buscando a los dos presuntos asesinos. Ya pareciera que al hombre lo tuvieran identificado, pues los indicios sugieren que se trata de un desempleado que reside en el barrio Corocito y que se hace pasar por escritor, o por lo menos eso responde cuando le preguntan a lo que se dedica. Al parecer es un escritor de poca monta, ya que no tiene ninguna publicación conocida en el ambiente literario, y menos un reconocimiento de importancia. El sospechoso responde al nombre de Rupertino Díaz. Se ha autorizado un operativo para dar con su captura, pues podría tratarse de un psicópata en ciernes; un impostor que se hace pasar por escritor, pero que en realidad no ha escrito nada, y ya se sabe que un falso escritor es tan peligroso para la sociedad como el más abyecto delincuente.  

     Del extranjero se supo tiempo después que estaba prestando servicios de asesoría para una empresa petrolera muy reconocida en Colombia. Era un ejecutivo de la “Oil Company”, y había venido para realizar capacitaciones sobre refinamiento de petróleo. Luego de unos días en los Llanos Orientales, decidió realizar una corta visita a la ciudad de Pereira porque alguien le dijo que allí conocería a las mujeres más bellas del mundo. Él mismo comprobó que era cierto desde el momento en que aterrizó en la ciudad. Amaba a Colombia porque disfrutaba de la comida, de la música, del baile, del clima, y sobre todo de las mujeres colombianas. Se hospedó en el Hostal El Nogal, un exclusivo hotel de la zona de la Circunvalar, pequeño, pero muy refinado y confortable, atendido por su propietaria, la señora Casandra López. Fue a ella a quien el turista le preguntó en dónde podía encontrar un bar cercano para tomarse una cerveza de forma segura antes de irse a dormir. Ella le sugirió la terraza del Centro Comercial de la Circunvalar, la cual era bastante concurrida, y dos o tres bares de buena calidad. Allí podría estar seguro y bien atendido. Al parecer, el señor no siguió las recomendaciones de doña Casandra, y no se sabe por qué razón fue a parar al bar en cuestión.

 


   También se supo que al turista le habían extraído todo el dinero de las cuentas bancarias, junto con su celular y sus documentos personales. Que fue víctima de una droga llamada Benzodiacepina, la cual produce efectos sedantes y actúa sobre el sistema Nervioso Central. Es una sustancia química muy traficada por la delincuencia sin ningún control. Esa noche no regresó al hostal de doña Casandra, y a esta se le hizo muy extraño. Dos días después se puso en contacto con el cuadrante de la Policía, pues el señor no aparecía y su maleta y sus pertenencias no habían sido reclamadas. Sabía que algo le había sucedido, pues este le había dicho que solo se tomaría una cerveza en la terraza del centro comercial, que no abre hasta muy tarde. Lo cierto es que jamás regresó.

    Se especula que le preguntaron la clave de las tarjetas y de las cuentas de las aplicaciones del celular, y que el señor De Vries las dio sin oponer resistencia, puesto que la droga anula la voluntad. Sus cuentas aparecieron sin fondos, y las joyas y el reloj también le fueron robados. Se especula que la alta dosis del fármaco que le suministraron le produjo la muerte. Que el vehículo en el que se lo llevaron no era un servicio de Indriver, sino un cómplice de los ladrones. Que el sujeto que lo introdujo en el carro era parte de la organización y que hizo como que llegaba por su cuenta para después fingir que le ayudaba a la mujer a sacar a su “esposo”, y que luego se hacía el mareado y se iba solo. Que aún con vida, arrojaron a la víctima a una quebrada que desembocaba en el afluente del río Cauca, por los lados del municipio de La Virginia, donde finalmente murió ahogado o infartado. 

   


    Rupertino Díaz, por su parte, amaneció al día siguiente del suceso con un agudo dolor de cabeza, pero a salvo de la emboscada que pretendieron tenderle. No supo cómo llegó a su casa, y no recordó nada después de que tomó la tarjeta con el teléfono de la mujer y se la guardó en el bolsillo. Su escaso dinero estaba completo, sus documentos también. Nada le faltaba, pero temía volver a tocar el papel con la mano, así que usó un guante de caucho para ver si acaso estaba impregnado de alguna sustancia. Lo llevaría como prueba a la fiscalía.

    Y la verdad es que iba a necesitar muchas pruebas de su inocencia, pues ignorante de todo lo que se fraguaba en su contra, desconocía el verdadero motivo por el cual unos policías fueron a requerirlo a su casa con la intención de capturarlo.

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...