sábado, 21 de marzo de 2026

Las castas políticas que atormentan a Colombia

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Si hay algo tan peligroso como la mafia que gobierna a Colombia, hoy encumbrada como la élite de extrema izquierda, es la mafia política de los que se hacen llamar de centro-derecha, que en realidad son tibios sin principios. Muchos de ellos ni siquiera se podría decir que sean de centro, sino abiertamente izquierdistas en cuanto a lo cultural, trajeados con ese disfraz al que le llaman progresismo que, contrario a lo que predican, es la más regresiva de todas las ideologías. Si hay algo más peligroso, repito, que la élite de los sectarios comunistas, es la de los politiqueros sin ideología; la de las castas políticas, los apellidos y los clientelismos. De eso, Colombia está plagada.

     Porque el comunista Iván Cepeda, amigo de los narcoterroristas, malvado por antonomasia, destructor de la familia, la economía y la patria, ya se sabe a qué va. Si por obra del diablo este canalla llega a la presidencia, es seguro que pondrá en práctica todo el manifiesto que dejaron en mala hora Marx y Engels para arrasar con la nación y reducirla a un país de opereta tipo Cuba, o peor, porque a Cuba la han sostenido toda la vida sus benefactores, y a Colombia no la sostendrá nadie.

     La primera de las castas es la comunista, fiel reflejo de esa perspicaz fábula de Orwell llamada Rebelión en la granja, en la que finalmente los cerdos se toman el poder y comienzan a gobernar, dando como resultado una dictadura atroz en la que todos, menos ellos, salen perdiendo. 




     Pues bien, Iván Cepeda, en este ejemplo, sería como el cerdo Napoleón de la historia, el tirano mayor, el Stalin de una nueva Colombia devenida en régimen dictatorial. De eso no tengamos duda, además porque él mismo no ha negado sus orígenes. Así como Petro nunca renegó de su procedencia ni de su pasado criminal, sino que, por el contrario, antes lo exaltó, Cepeda va por el mismo camino, enorgulleciéndose de su militancia, de su formación en la Cortina de Hierro, de sus actos de rebeldía en la juventud, y ahora proponiendo más acuerdos de paz mientras se alinea del lado de los asesinos y narcotraficantes. Si camina como pato, nada como pato y grazna como pato, no esperemos que sea un halcón. Si se toma fotos con los delincuentes, los apoya, los excusa de sus fechorías, los acompaña, los defiende, se identifica con ellos y persigue al que los combatió, ¿qué esperamos que vaya a hacer cuando sea presidente? Pues obvio, representarlos más férreamente de lo que ya hizo Petro.

     Más chocante aún resulta que después de este suplicio de los últimos cuatro años; de esta dosis de socialismo que nos han regalado como una prueba de degustación, el votante colombiano esté dispuesto a repetirla, pero ya adquiriendo el producto completo. Increíble que haya un pueblo tan masoquista y tan vendido. ¿O acaso las encuestas se están equivocando al inflar a los candidatos que le convienen al establecimiento? ¿Acaso las firmas encuestadoras también hacen parte su propiedad? 




     Entonces, si uno no entiende por qué este sujeto Cepeda —que representa todo lo que está mal en el país— lidera las encuestas, tampoco entiende la ignorancia o la falta de astucia política, ya no digamos del votante raso, muchas veces poco formado en estas materias cívicas, sino de los expertos, los medios de comunicación, los influenciadores y en general de todos aquellos cuyo criterio tiene algún peso en la opinión pública. No puede uno ser tan ingenuo de pensar que la otra fórmula, la de la otra casta política, la de los no alineados y no comprometidos, la de los queda-bien con todo el mundo, es la que va a derrotar a las fuerzas violentas que acompañan a la extrema izquierda y que no dudarán en salir a quemar el país en caso de que por un error de cálculo (porque ya todo lo tienen fríamente calculado) no ganen las elecciones de antemano preparadas para el fraude.

     La otra élite está ahí, siempre al acecho, de dientes para afuera diciendo representar al pueblo, pero abrazando y recibiendo a los politiqueros de toda la vida que no están dispuestos a renunciar a sus privilegios y que, en caso de verlos en riesgo, preferirán pactar con los enemigos de la patria antes que desacomodarse de sus poltronas. En esta casta aparece un cerdo como Snowball en la historia de Orwell, no tan idealista en la vida real, pero igual de estratega y jugador. En la política colombiana es un cerdo de alcurnia que se codea con realezas y principados. Digamos, por ejemplo, un Juan Manuel Santos, fiel representante de la clase política santafereña. Así como él, muchos que llevan años viviendo de su tradición política y sus apellidos son los que dicen encarnar la oposición. Otros no poseen el nombre, pero han sido los fieles siervos de la majestad que los tuvo en cuenta para algún ministerio y con eso los catapultó. No por nada la mayoría de los que se unieron a la llamada Gran Consulta por Colombia eran unos santistas redomados: Pinzón, Cárdenas, Luna, Oviedo, Gaviria, Galán, todos formados en la misma escuela socialdemócrata y tibia de los acomodaticios. 
     



     Y cómo no, está la casta encabezada por un patriarca similar al personaje de Old Major en la fábula: el cerdo que les infunde ánimo y los reúne a todos para insuflarles su visión. En la vida real, a este patriarca se le agradecen sus años dorados al frente del país como si el agradecimiento tuviera que ser eterno, pero hay que jubilarlo pronto para que no nos haga más daño con la designación de sus posibles sucesores. Y no porque se equivoque por ingenuo, sino porque su liderazgo político envejeció tan mal, que el patriarca terminó haciendo parte de la misma cofradía que por tanto tiempo conformaron sus enemigos, hasta el punto de que hoy su pupila ha recibido al perro y al gato en sus huestes por una cuestión de mero cálculo electoral. Y en esta casta aparece un partido como el Centro Democrático, que nunca fue de derecha real, y que lo poquito que tuvo identificado con ese espectro ya ha salido en desbandada cuando la candidata elegida decidió aliarse con quien no representa los principios de sus bases. O mejor dicho, cuando demostró su verdadero talante y el de su mentor: que no tienen ideales fundacionales y que lo suyo es más de la misma politiquería que gobierna de espaldas al pueblo: casta, apellidos, intereses, cargos públicos, burocracia, privilegios, plata en vez de patria. Esto es lo que mueve el poder en Colombia. 




     Nos dicen entonces que para las próximas elecciones no hay que dividirse si de lo que se trata es de evitar que se instale definitivamente un sistema socialista que comenzó a mostrar sus primeros efectos en el gobierno actual. Demasiado tarde. La división ya está trazada desde que decidieron atacar a un candidato como Abelardo de la Espriella, que de entrada tuvo la identificación de un gran sector del pueblo llano. Es la falsa derecha uribe-santista la que está dividiendo y no él. Es, entonces, la casta política la que una vez más quiere impedir que alguien por fuera del establecimiento les llegue a tumbar sus privilegios.

     De la Espriella, en este contexto, representa al outsider que está por fuera del régimen. Del mismo régimen del que en su momento dijo Álvaro Gómez que había que tumbar, y lo asesinaron por ello.

     Un gobierno de Paloma y Oviedo, en cambio, sería la repetición del mandato de Duque, pero sin testosterona. Ni un poquito. No cambiaría nada, pero se le abriría otra vez la puerta a la izquierda para que retorne con un apetito más voraz en 2030, o incluso antes. Un gobierno donde cabrían todos, como dice ella, pero para repartirse la tajada del Estado, porque seguiría gobernando la casta histórica del establecimiento. Un gobierno progre, woke, aflautado, acobardado, lleno de luces y banderas multicolores, pero incapaz de combatir a las hordas violentas del petro-cepedismo. En últimas, terminaría sentándose a manteles, una vez más, con la criminalidad: ustedes me entienden.









sábado, 14 de marzo de 2026

Ganaron las maquinarias

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Uno analiza lo que fueron lo resultados de las elecciones legislativas en Colombia de hace ocho días, y no puede evitar llegar a la misma conclusión: ganaron las maquinarias.

     Uno se pregunta por qué, si el gobierno presidido por el Pacto Histórico ha sido tan terriblemente malo, volvieron a ganar las elecciones en el Congreso. No solo eso, sino que aumentaron su participación a veinticinco escaños, teniendo en cuenta que este año se acabaron las curules que por ocho años tuvieron de gratis los criminales de las Farc gracias al proceso fallido de paz de Santos. La bancada de gobierno, que no merecía absolutamente nada, otra vez vuelve a ser mayoría en el recinto y otra vez arrasó en las elecciones, como si de verdad representaran el ejercicio real de la democracia. Desde luego, uno sabe cómo es que esta gente llega al poder y se sospecha cómo debió de haber sido la repartija de dinero tan tremenda. La compra de votos, que se registró en algunos lugares del país como si fueran casos aislados de unos pocos corruptos y que no pasó de ser un lunar en unas elecciones limpias y efectivas por parte de la Registraduría, estuvo a la orden del día, como siempre, porque para eso el gobierno tenía los recursos del presupuesto, los jurados de Fecode, los testigos electorales a raudales; en fin, la maquinaria bien aceitada poniendo plata dos manos con tal de mantener a sus sucios emisarios en el poder.

     Y les funcionó el tráfico electoral, porque ayuda también el hecho de que en Colombia exista tanta gente con hambre y sin conciencia —pues lo primero hace perder lo segundo—, y que ya carentes de escrúpulos a la hora de vender su voto, contribuyan a cambio de un nimio ofrecimiento para constituirse en una clientela ávida y fácil de manipular, como es el caso de la minga indígena, por ejemplo, para engordar el número de las curules de izquierda en el parlamento. 




     En las regiones en donde mandan las FARC y el ELN, para la muestra, ni siquiera hay que ofrecer cincuenta mil pesos por voto o un tamal con gaseosa. Nada de eso. Allí, para ahorrar los recursos, es suficiente la boca fría del cañón en el cuello y con eso logran movilizar a miles de ciudadanos, que no quieren saber nada de política, a votar por los candidatos que los jefes de los frentes les ordenen. Así las cosas, se entiende que la izquierda extrema y miliciana haya ganado una vez más las mayorías en el Senado y en la Cámara de Representantes; la izquierda carnívora, guerrillera, socialistoide y marxista. Esa izquierda que encabezan Petro y sus secuaces, y que ahora está representada en la figura del “simpático” Iván Cepeda con miras a las elecciones presidenciales de mayo.

     El Pacto Histórico, gran triunfador de la jornada, es el sector político que, al parecer, representa la voz de millones de colombianos a pesar de su nefasta gestión en estos cuatro años de pesadilla. Eso quiere decir dos cosas: o que Colombia se izquierdizó definitivamente y que la gente se comió el discurso de la utopía socialista, o que surtieron efecto las medidas que tomó el gobierno para incrementar el número de sus votantes: aumentar la burocracia en unos quinientos mil puestos de trabajo, para empezar, no es una mala idea si de ganar simpatizantes se trata. Otra idea para comprar conciencias fue poner el salario mínimo en dos millones de pesos aun a costa del detrimento del aparato productivo de la nación, solamente para generar la sensación de que este gobierno sí fue el único que pudo mejorar las condiciones de los trabajadores más pobres. Claro, los efectos de este incremento no se verán sino hasta dentro de uno o dos años y por ahora todo es una novela rosa que recién comienza, pero eso a Petro no le importa mientras sus esbirros conserven sus puestos y mantenga viva la posibilidad de que un sujeto como Iván Cepeda lo suceda, ya que es elegirse en cabeza ajena y de paso asegurarse su impunidad. De alguna forma se apoltronará en el poder y es seguro que por esa vía volverá a ser reelegido, ya con una nueva Constitución, a no ser que Cepeda resulte ser otro narciso salvador de la humanidad que después de probar las mieles del poder tampoco lo quiera soltar. Pero eso ya es especular demasiado. 




     Lo que sí no es especulación, sino una amarga realidad, es que tendremos Pacto Histórico para rato: mamertos jorobándole la vida a la patria, empobreciéndola mientras hablan de defender a los pobres y sembrando odio y resentimiento en los corazones de los inermes ciudadanos, a los que se les seguirá diciendo que ellos son pobres por culpa de los ricos, del capitalismo, del imperio; en fin, nadie aprende en socialismo ajeno, y la ruta que nos trazó Petro para convertirnos en la nueva Venezuela, será continuada por la mayoría zurda del Congreso de la República, de modo que, en caso de que el país elija un presidente distinto, le sea imposible gobernar con un aparato legislativo que le rechazará todos sus proyectos. De Petro dijeron que no le habían permitido implementar todas las reformas para lograr su cambio. “Es que no lo han dejado gobernar”, lo excusaban sus seguidores zombis, pero si con todo el daño que ha hecho dicen que no lo han dejado, cómo será que lo dejaran.

     Por otro lado, volvieron a ganar las otras maquinarias: las de la vieja politiquería; la de los mismos con las mismas. Las castas aparecieron nuevamente en el Partido Liberal, en el Conservador, en el Partido de la U, que no sé qué espectro de la ideología representan, porque hace rato estos partidos debieron de haber desaparecido. Allí no hay otra cosa que caudillos y gamonales tramposos que están, no por representar los intereses de un sector del pueblo, sino para tener un puestico que les reporte cincuenta millones de pesos al mes: nada mal por hacer apenas presencia en los debates. 




     Y es que uno no entiende cómo vuelven a quedar electos personajes como Wadith Manzur, Martha Peralta, Karen Manrique, Julián Peinado, Liliana Bitar, Nadya Blel Scaff, David Barguil, entre otros políticos controvertidos que no deben tener un solo voto de opinión y sí muchos votos de maquinaria. Si uno mira la nueva lista del Senado se dará cuenta de que esos nombres no representan a nadie, no tienen ideario político, no se conducen por una doctrina ideológica ni unos principios fundamentales. Casta pura y dura que toda la vida ha chupado la teta del Estado. Esas sanguijuelas seguirán succionándose los recursos de los colombianos por los siglos de los siglos.

     Y está, por otro lado, el Centro Democrático, que como su nombre lo dice, es centro tibio e indefinido, no digamos ya derecha, pues este es un partido al que han movido tanto a la izquierda, que abiertamente le hace guiños a los progres sin inmutarse. La inclusión de Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia, candidata presidencial del Centro Democrático, fue la tapa de la olla, para decirlo en términos coloquiales. Esta designación provocó la estampida de lo poco que se consideraba de derecha en el partido de Uribe. Le fue bien en las elecciones parlamentarias, es cierto, porque aumentaron su participación en cuatro congresistas, pero mucho me temo que después de lo que pasó esta semana, los uribistas pura sangre quieran seguir apoyando a Paloma, ganadora de la consulta que agrupaba a varios candidatos de centro y de corte santista. Si pensaban que Uribe era de derecha o que su partido lo era, se han equivocado. El verdadero rostro quedó al descubierto y los ideales de dicha organización se han venido desliendo como azúcar en el agua. 




     Pocas curules obtuvo, en cambio, el partido del candidato presidencial que en este momento es apoyado por la derecha más real, la de la extrema coherencia: Salvación Nacional. Aunque, desde el punto de vista numérico, lograr cuatro escaños después de no haber tenido nada en su primera participación como lista, se considera un éxito total. Ese partido irá creciendo de a poco y por el momento, sus votos sí son votos de opinión.

     Se puede decir que una parte del electorado quiere algo diferente, vota a conciencia y se preocupa por elegir a candidatos que están mostrando una nueva manera de hacer política basados en principios morales y en el sentido común. Pero sigue siendo muy poco en comparación con el abrumador peso de las maquinarias políticas que siguen mandando en el país. Y esta vez las maquinarias son de izquierda, pues allí es donde está la compra de votos con la chequera del Estado.

     Lamento tener que decirlo, pero estadísticamente el que gana el Congreso, gana la presidencia. El Pacto Histórico y sus maquinarias obtuvieron la mayoría. Y mucho me temo que le quedó expedito el camino al comunista Iván Cepeda para ganarse las elecciones. Tiene todo a su favor. Es urgente salir a votar en masa por Abelardo de la Espriella para que eso no pase, pero hay gente que no entiende que lo que se está jugando aquí es el futuro del país. Todavía andan soñando con sus cuentos de país incluyente, diverso, políticamente correcto, progresista, cuando no saben que están a punto de perderlo todo: perder el sueño y perder la realidad.










sábado, 7 de marzo de 2026

La consulta no se vota

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)








     Dicen que en una democracia las opiniones de los demás son tan respetables e importantes como las propias, porque el voto de cada cual vale lo mismo y todos tenemos el mismo derecho a pensar diferente. Que al final, el ejercicio democrático nos insta a llegar a un consenso para que prevalezca la opinión de la mayoría. Que precisamente de eso se trata la democracia: de que cada uno pueda decidir su preferencia política y la pueda materializar a través del sufragio.

     Por ello las opciones son numerosas y casi inagotables entre la amplia baraja de partidos y candidatos que se tienen a disposición. Que incluso la opción de no elegir a ninguno de ellos también vale, por cuanto existe la casilla del voto en blanco como una forma de participar de la democracia manifestando inconformidad por los nombres en contienda. También, que esa inconformidad llevada al extremo se puede manifestar con el voto nulo, que es una forma de protesta pacífica en la que el votante hace que su elección no cuente para ningún candidato, incluyendo el voto en blanco, sino para la mera estadística.

     Hacer anular el voto adrede, aunque no es muy correcto políticamente, tampoco es ningún delito, y es perfectamente válido cuando el sufragante no quiere escoger a ninguno de los candidatos en pugna, pero sí les quiere enviar un mensaje mediante su participación reñida con las convenciones electorales: que no solamente no los apoya, sino que los repudia hasta el cansancio. Que está cansado del engaño, de la farsa electoral, las promesas incumplidas, la verborrea politiquera de siempre. Por eso tacha el tarjetón completo con una equis gigante, les hace bigotes y parches a las fotos de los candidatos, dibuja un monigote obsceno, caritas tristes o felices según el estado de ánimo, o escribe de su puño y letra lo que realmente piensa, a veces con una palabrota o a veces con el apellido del que le gustaría que ganase y no está en el tarjetón. 




     Esto podría ser lo que suceda el domingo 8 de marzo en las elecciones legislativas que se llevarán a cabo en Colombia, cuando los jurados de votación le entreguen la hoja de las consultas a quienes no están interesados en votar por ellas, o a quienes por insistencia o sugerencia de los mismos jurados (no todos imparciales), resulten con el papel en el cubículo y se vean tentados a hacer anular el voto de una forma original. Esto, en el caso de los que ya eligieron a su candidato, pero este no aparece participando en ninguna consulta. Tal es el caso de Iván Cepeda, Sergio Fajardo, Abelardo de la Espriella, Daniel Palacios u otro. Y no se encuentran sus nombres allí por diversas razones: unos porque no quisieron, otros porque no fueron admitidos por efectos de la ley, y a otros porque los rechazaron de plano y no los dejaron entrar. Así las cosas, lo más seguro es que el votante decidido por estos aspirantes fijos no quiera marcarle la equis a ningún precandidato de las consultas para no ponerle un contrincante directo a su candidato favorito en la primera vuelta, en especial a alguno de los dos que van punteando: Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, al parecer los únicos que llegarían a una eventual segunda vuelta, según las encuestas.

     Se preguntarán ¿por qué, si las consultas son un medio válido para seleccionar de entre un ramillete de aspirantes al que representará a un determinado sector político en la primera vuelta presidencial, un gran porcentaje de los electores podría no votarlas y más bien hará lo posible por anular su voto o no pedir el tarjetón? La respuesta es muy simple: las consultas no representan al grueso del electorado. Por lo menos no en este 2026, cuando estamos ad portas de una de las elecciones más cruciales en la historia de la nación. 




     Hace cuatro años dijimos que eran las elecciones más importantes porque definían si queríamos cambiarnos a un modelo estatista antidemocrático, o seguir intentando con la democracia liberal. En esta ocasión la historia se repite, y otra vez nos ponen a decidir si queremos ahondar en ese modelo socialista que ya comenzamos a transitar, o si revertimos el proyecto nefasto y retornamos a la senda de la democracia y no al simulacro de esta. Estamos ante la última disyuntiva de elegir entre la tierra o el infierno, porque el cielo en política no existe. La polarización está en su máximo esplendor y parece que el país se encuentra dividido entre dos extremos ideológicos que, aunque los quieran catalogar como doctrinas sectarias de izquierda o de derecha, realmente son una abstracción que se simplifica en la díada dictadura/libertad. Eso es lo que nos jugamos este año en el país. A eso se reduce el futuro de la patria. Una vez que sellemos nuestro destino con un proyecto totalizador y estatista, no habrá marcha atrás, y probablemente no vuelva a haber elecciones como las hemos conocido hasta ahora, con todos los desperfectos de nuestra democracia, para cambiarlos por la perfección sistemática de la dictadura.

     Por ello las elecciones parlamentarias son la primera piedra para reconstruir este edificio institucional que el desgobierno del “cambio” nos ha hecho añicos en estos cuatro años. De ahí que si no comenzamos por elegir un buen congreso, por más que nos hayamos alineado con una figura presidencial a la que le vemos potencial, será en vano su triunfo si al final no contará con el apoyo para sacar adelante sus proyectos, todo por haber votado a partidos que no eran los que impulsaban realmente al candidato. 




     De ahí también que, si ya el pueblo eligió a su candidato y no se siente representado en los politiqueros de la consulta, no tiene ningún sentido votarla para engordar a un contendor que después exigirá prebendas y negociaciones, entorpeciendo de paso la independencia que se necesita en estos casos para llegar a un puesto de poder. Caso concreto, hablo de la Gran Consulta por Colombia, o la mal llamada “consulta de la derecha”, porque la de la izquierda no vale la pena ni mencionarla, y la que ofrece “soluciones” apenas es un pretexto para que una oportunista llamada Claudia López gane plata por reposición de votos.

     Para comenzar, de derecha no hay nadie en esa primera consulta. Tres son ex ministros de Santos. Otro es hijo de un candidato asesinado que no ha hecho otra cosa que vivir del nombre de su padre. Dos exalcaldes de centro y una periodista sin ideario político se agregan a la lista, y la cierra un progresista pro-agenda inclusión y falsa diversidad, y una títere de un expresidente que jamás se definió a sí mismo como de derecha, y cuyo partido se inscribía con la palabra centro. En serio, ¿se puede llamar a eso consulta de derecha o centro derecha?

     Las bases de los que nos definimos como de derecha, hace rato que estamos tratando de liberar a un tigre, por lo que no nos representa esa consulta ni le vemos utilidad alguna votarla. ¿Votar por quién allí? ¿Por Paloma Valencia, para que cuando gane con un número respetable de votos quiera ponerle las condiciones al candidato de la derecha real? No valdrá su condición de nieta de expresidente para hacernos creer que es la verdadera oposición a Petro cuando en realidad lo que busca es perpetuar un partido convertido en casta que solo vive de la imagen de un líder desgastado y venido a menos. Ya tuvieron su turno, y el país, ni de derecha ni de izquierda, quisiera repetir otro mandato de Iván Duque, pero en versión mujer. Muchas gracias, pero no. Ni para qué hablar de los demás candidatos que no van a sacar gran cosa en esa consulta donde, como se dice coloquialmente, no hay de qué hacer un caldo. 




     Uno intuye que detrás de todo eso está metida la mano nauseabunda de Juan Manuel Santos, que representa a la élite política y corrupta de toda la vida. Santos gana con la consulta de Roy Barreras, quien le sacó adelante su proceso de paz; con la de Claudia López, siempre servil y acomodada; y con la consulta de sus exministros, sus alcaldes de centro, su monigote diverso, su periodista que finge ser enemiga y su nueva ficha del Centro Democrático con la que pactaría una alianza jamás imaginada en el país: el Uribe-Santismo. Todo para impedir que llegue el candidato que en este momento es el único que tiene el favor del pueblo, o por lo menos eso indica la plaza pública. Pero también gana con Cepeda, el monstruo, el apátrida, porque es quien garantizará que se mantenga su falsa paz y el establecimiento que hoy está en manos de la izquierda.

     Por eso no está mal decir que la consulta no se vota. Invitar a no votarla no es antidemocrático; es todo lo contrario: la posibilidad de rechazar un mecanismo por el que le van a poner palos en la rueda a la decisión de las mayorías. Ya que los políticos no se unieron, que lo haga el pueblo, que clama justicia, salud, seguridad, un proyecto de país viable en el que se pueda trabajar y en el que se pueda conseguir trabajo. No queremos nada regalado. Y la mejor manera de hacerlo es votar por las listas de Salvación Nacional para Cámara y Senado, donde se está dando la batalla cultural contra la izquierda; por el tigre Abelardo de la Espriella para presidente en mayo; y descartar de plano la tal consulta, embeleco veleidoso de unos aspirantes cuya aspiración no es otra que recuperar un poco de lo que ya han invertido en sus campañas estancadas.
















Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...