sábado, 24 de junio de 2023

Que todo cambie para que todo siga igual... o peor

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Con lo que ha pasado en estos diez meses de gobierno de Gustavo Petro queda demostrado que el problema no era la derecha, o por lo menos no exclusivamente los políticos corruptos de derecha de los que tanto se quejó la izquierda durante décadas. Esos mismos que, según la narrativa, nos han gobernado toda la vida y nos han dejado un saldo cada vez más nefasto. Es por ello que once millones de colombianos celebraron —hace un año exactamente— que la izquierda hubiera llegado “por primera vez” al poder en Colombia. Por fin se acabarían la mentira y la corrupción.

    Lo paradójico es que en esa fabulesca lista de “gobiernos de derecha durante más doscientos años” meten hasta al libertador Simón Bolívar, que apenas tenía la incipiente noción de la díada izquierda/derecha que asimiló de la Revolución Francesa, en la que la burguesía liberal estaba del lado izquierdo, y él, por supuesto que también.

    Pero esos eran otros tiempos en que las definiciones políticas se decantaban de otra manera. El error histórico en el que incurren las izquierdas contemporáneas en Colombia solamente les ha servido para decir que la derecha lleva gobernando doscientos años en este país y que todo se lo ha robado. En lo de los robos, digamos que eso puede obedecer a una enfermedad congénita del político colombiano, fuere cual fuere su orientación ideológica, porque con tanta corrupción que tenemos en nuestro país, hasta uno les da la razón a los izquierdosos: aquí todo se lo han robado. En lo de que solamente los de derecha son los ladrones, ahí sí permítanme reírme a carcajadas, pero reírme con la más irónica de mis tristezas. Si la derecha roba por ambición, la izquierda roba porque llega con hambre al poder, suponiendo que en verdad nunca hubiera gobernado un presidente de izquierda en Colombia, cosa que es rebatible.



    Lo otro es el cuento de la oligarquía. Cuando a los zurdos les desvirtúan el argumento de los doscientos años de la derecha gobernando, cambian la palabra por una que se ajusta mejor a las características de los que han estado en el poder, y la reemplazan por la palabra “oligarquía”: el gobierno de unas pocas personas pertenecientes a una clase social privilegiada. De esto, pues, es de lo que se ha venido quejando la izquierda, incluido el presidente, porque coinciden en que Colombia siempre ha sido manejada por oligarquías poderosas. Lo contradictorio es que ahora que son ellos los que están en el poder, se les ha olvidado que también pasaron a convertirse en una oligarquía más. Nunca antes un gobierno se había visto tan déspota, tan despreciativo, tan clasista… tan oligarca. Petro y su corte no son para nada un cambio que beneficie a los desprotegidos. Al contrario, ellos usan a los que no tienen nada para ser también otro grupo de privilegio al que no le importan las carencias de su pueblo. La izquierda ha llegado al poder en Colombia, no para gobernar bien, sino para apoderarse de toda una nación.

    Porque como todo político corrupto, al señor Petro se le olvida lo que prometió en campaña y hace exactamente lo contrario. Ahora sale con que hizo mal los cálculos, que se le despiporró la cuenta; que el Congreso no le deja hacer las reformas para su pueblo, que el empresariado, los banqueros, los grupos de poder y la oposición son los que están manipulando a una “clase media arribista” para que se pongan en su contra; que los medios de comunicación son los que ordenan a las otras ramas del poder público; que el cambio climático es culpa de los colombianos; que el capitalismo es el que ha destruido el planeta, que los combustibles fósiles son una maldición y por eso hay que subirle el precio a la gasolina, y ojalá que nadie vuelva a utilizarla. No tiene en cuenta que el problema de la inseguridad y el narcotráfico está desbordado, que las masacres han superado en el mismo lapso a las de su antecesor, que este es un país en el que aumenta el hambre por causa de sus políticas regresionistas. Petro prometió una “Colombia humana”, pero está deshumanizando el país. Otorgando prebendas a los criminales y asfixiando a la gente honesta y trabajadora lo único que va a lograr es quebrar la moral de una nación que otrora se preció de estar consagrada al Sagrado Corazón de Jesús. Ya nada de eso queda, pues con las ideas de Petro le hemos regalado nuestra alma al diablo. Ni siquiera vendido. Son las ideas que van en contra de toda lógica económica, política y moral.  



    ¿Para qué quería esta legión izquierdista llegar al poder? Recuerdo la campaña de hace un año, el despliegue de gran parte del sector de la cultura y el deporte, los artistas, los estudiantes, los artesanos, los jóvenes y los viejos decepcionados, el gremio de los educadores, de los taxistas, de los trabajadores informales; todos apostando por la campaña petrista y denigrando a los contradictores; todos esperanzados en un cambio que fue producto de su deseo y no el razonamiento frío de su cerebro. ¿Para qué todo ese despliegue de idolatría por un sujeto que al final de cuentas los iba a defraudar? Porque nada puede esperarse del que nada ha cosechado en su vida. Ningún bien puede derivarse de una energía en la que se ha concentrado el mal, el resentimiento, el odio por una patria. Si se vota por alguien con un pasado criminal del cual nunca se arrepintió, no puede esperarse otra cosa que la reivindicación de esos crímenes. Por eso Petro es bondadoso con los grupos terroristas y les otorga concesiones, mas no así con quienes de verdad solamente se han dedicado a empuñar las herramientas de trabajo en lugar de las armas. Por eso a este gobierno le gusta justificar el mal y condenar a las instituciones que se encargan de perseguirlo. Petro nunca quiso llegar al poder para servirle a los demás, sino para servirse a sí mismo. Todos veíamos su narcisismo, su egolatría, su megalomanía. Todos, excepto los petristas que se encargaron de minimizar sus defectos.



    Así que, perdedor como es nuestro presidente a pesar de que haya ganado (dudosamente) las elecciones, no queda más que esperar que al país también lo suma en la desesperanza y nos haga perder a nosotros mismos.

    ¿Por qué insistimos en cosechar lo que no hemos sembrado, en esperar buenos resultados cuando no hemos hecho méritos para ganar nada? ¿Por qué creemos que la paz total se va a lograr romantizando la guerra y el crimen? ¿Por qué se tiene fe en que se saldrá de la pobreza satanizando la riqueza de otros? ¿Por qué pensar que el éxito está de nuestro lado cuando seguimos actuando desde el fracaso? ¿Por qué se elige a un ex guerrillero para que nos gobierne sólo porque aquellos oligarcas de abolengo nos han gobernado tan mal? Somos producto de una lógica retorcida, facilista, subversiva. Nos han corrido tanto la línea del bien y el mal que nos parece loable que un hombre con odio en su corazón y sangre en las manos pueda dirigirnos.

    Eso fue lo que eligieron los colombianos hace un año, por eso votaron. ¿Por qué esperar, entonces que en un bazar de idiotas se pueda encontrar una mente brillante a precio de remate?   

    Vuelvo a mi idea inicial. El problema no era que estuvieran mandando los políticos de esta u otra ideología, que si los de derecha, que si los de izquierda. El problema está en el ADN de quienes nos gobiernan, en la naturaleza de sus ambiciones. Con el “gobierno del cambio” nada cambió, y si cambió algo no fue para bien. Gustavo Petro pasará a la historia como otro más de los peores presidentes de Colombia. Hasta ahora el peor, siendo sólo superado en esa penosa distinción por el que vendrá después de él.



    Más vale que hayamos aprendido la lección para que no volvamos a creer en los discursos de cambio que nos venden los demagogos. Ya lo decía el personaje de “El gatopardo”, la célebre novela de Giuseppe Tomasi Di Lampedusa: Es necesario que todo cambie si queremos que todo siga igual”. Pues bien, todo ha seguido igual… o peor.


 



 

 


sábado, 17 de junio de 2023

Todo es parte de la Agenda

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Uno se pregunta por qué es que los políticos de izquierda que apuntan por la vía democrática[1] a convertirse en presidentes de las naciones latinoamericanas tienen tanto éxito a nivel electoral y luego son un fracaso en la ejecución de sus políticas una vez que han ascendido al poder. ¿Por qué esa ola roja de gobiernos “socialistas-demócratas” (no socialdemócratas) que últimamente viene tiñendo el continente, y de la cual ni el propio Estados Unidos se ha salvado?

    Uno toma el mapa de América y no tiene mucho para escoger con relación a los países en donde el progresismo, o el socialismo “cool” (que a la larga son la misma cosa) no hayan esparcido sus tentáculos. Desde Canadá hasta la Argentina, todo pareciera contaminado por el virus de la progresía. Se salvan unos pocos, pero son países pequeños que no tienen peso político ni estratégico dentro de la región. Parece que fuera cuestión de tiempo para que la totalidad de este lado del hemisferio estuviera manchada con el rojo-sangre del socialismo. Porque eso es, en el fondo, lo que se encuentra en la médula de todos estos gobernantes izquierdistas disfrazados de hombres de avanzada al tiempo que ofrecen la solución para los grandes problemas ambientales del planeta. El verde-naturaleza, por supuesto, es el color de su disfraz, pero por dentro son del mismo color de la bandera de la China comunista o de la antigua Unión Soviética. Como la sandía: verdes por fuera, rojos por dentro.    



    La primera ola del Socialismo del Siglo XXI nos llegó gracias al Foro de Sao Paulo en el que Lula Da Silva y Fidel Castro reunieron a todos los líderes de izquierda de la región para saber por dónde podían orientar su Revolución una vez que en 1991 se desintegró la vieja URSS, que fue la potencia que sostuvo a Cuba por muchos años para enfrentar una guerra hegemónica contra los Estados Unidos y de la cual salió perdiendo. Disuelta la Unión Soviética, las izquierdas latinoamericanas replantearon el modelo y se reinventaron con aquello del Socialismo del Siglo XXI. Fue por Venezuela por donde comenzó a hacer mella esta fallida política, unos siete años después de llevado a cabo el Foro de Sao Paulo, y de allí se diseminó como una plaga por varios países latinoamericanos: Argentina, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Brasil, Nicaragua, Honduras, entre otros. Cuatro países, los de la llamada Alianza del Pacífico, se mantuvieron incólumes frente a la primera ola del Socialismo del Siglo XXI, pero caerían después, en la segunda ola, producto de un golpe perfectamente orquestado y calcado sistemáticamente en un lapso de menos de cuatro años. Esos países fueron México, Perú, Chile y Colombia, y en ese orden sucumbieron a gobiernos de extrema izquierda. Para este efecto, la estrategia fue una redefinición de la izquierda a través de lo que se llamó el Grupo de Puebla, que fue la renovación del Foro de Sao Paulo: la izquierda, así, se recargaba con nuevos bríos importados desde las organizaciones internacionales, nuevos sujetos revolucionarios, nuevas formas de dividir a la ciudadanía apelando a dinamitar el sistema, instrumentalizando para ello a las minorías. La izquierda retoma el vuelo y se gesta la segunda ola del Socialismo del Siglo XXI en Latinoamérica, llenando el vacío dejado desde la otra orilla por una derecha sin propuesta política sólida ni conexión con las bases sociales.



    Los vientos del progresismo revolucionario resurgieron con una propuesta engañosa, ya no solamente en Latinoamérica, sino también en Estados Unidos y en Canadá. El partido Demócrata de los Estados Unidos encarnó el mal y apresuró la caída de la potencia luego de que la administración Biden implementara puras medidas de corte socialista: emisión monetaria, subida de la tasa de interés, intervencionismo estatal, subida de impuestos, políticas de fronteras abiertas, subsidios, financiación a grupos privilegiados, entre otras. Claro, hay medidas que no necesariamente tienen por qué ser socialistas, o no tienen nada que ver con esto, pero aplicadas a rajatabla, conllevan al debilitamiento de la soberanía y al detrimento económico, social y cultural del Estado-nación. Pues bien, ese resquebrajamiento de las naciones es lo que en últimas configura el grueso de las agendas de organizaciones tales como la Internacional Comunista, Naciones Unidas, o los foros económicos mundiales como el Foro de Davos: el mundo se conduce hacia una gigantesca corporación global, de modo que para qué países soberanos.



    El hecho es que todos los países del mundo cumplen con una agenda y no hay ninguno que pueda quedarse por fuera. Se llama Agenda 2030, y es el conjunto de lineamientos políticos, sociales, demográficos, ambientales, culturales y de toda índole que enmarcan el modelo de lo que debería ser el mundo para el año 2030. Lo llaman “Objetivos de Desarrollo Sostenible”. Los miembros de Naciones Unidas han firmado para seguir la pauta de acción que impone la agenda. Desde luego, esta se implementa de diferentes maneras, según el gobernante de turno de cada país, quien la ejecuta con mayor o menor intensidad; variando los niveles de su aplicación, pero por ningún motivo contemplando la posibilidad de renunciar a ella.

    En el caso colombiano tenemos a un presidente que romantiza el ideal marxista al tiempo que habla de cambio climático y dice defender el planeta Tierra. De un lado quiere ejecutar las políticas para llevar a Colombia a un socialismo sin precedentes, con su respectivo empobrecimiento y la pérdida de identidad nacional que esto conlleva; y de otro, hace caso de los puntos de la agenda propuestos por los poderes que lo gobiernan a él, así como a otros mandatarios en todo el mundo: los presidentes son tan solo unos capataces que obedecen, y de acuerdo a esa obediencia serán compensados. El presidente Petro quiere recibir las compensaciones y los reconocimientos a toda costa. Él es megalómano, y por tanto vive de la venia y del aplauso.



    La cuestión es que los metacapitalistas que aportan para la Agenda son los mismos que tienen injerencia en los distintos países y también son los que financian las campañas de esos candidatos populistas que se lanzan con propuestas de cambio. Soros, por ejemplo, es una muestra palpable de que el gobierno de Petro se le ha arrodillado a sus deseos. No se nos olvide que parte del viajecito de Francia Márquez a África fue financiado por Open Society, y la señora les agradeció públicamente. A tipos como George Soros y su emporio de fundaciones es que los políticos le deben sus favores. No es casualidad que el presidente colombiano asista a cuanto foro climático haya en el planeta y se comprometa a desindustrializar el país en pos de contribuir con la reducción de las emisiones de CO2, así Colombia no sea un aportante significativo en la contaminación mundial. Por ello las políticas de gobierno están amarradas a una agenda que soterradamente le sirve a una pequeña élite que se encarga de promoverla. Petro, por supuesto, quiere hacer parte de esa élite. Y también el resto de los mandatarios que se pintan de socialistas, progresistas y ecologistas.

    Así que no nos extrañe que los gobernantes latinoamericanos, en especial los de izquierda (pero también los que decían ser de centro y muchos de derecha cobarde), sean los que más pujen por promover un narcosocialismo ecologista. Al tiempo que dicen defender la ecología sostienen que las drogas “recreativas” deben ser legalizadas, que los cultivos ilícitos deben ser lícitos y que, en el caso colombiano, por ejemplo, el petróleo y el carbón son venenos, mientras que la coca es una planta ancestral que no necesariamente tiene por qué ser nociva si se elige consumir libremente en forma de cocaína.



    Por ello tampoco nos sorprenda que las medidas políticas que se están adoptando tiendan a restringir cada vez más nuestras libertades y principios, y a limitar todo intento de prosperidad. Ya lo advertía en su tiempo el escritor satírico irlandés Jonathan Swift: “Un pueblo habituado durante largo tiempo a un régimen duro pierde gradualmente la noción misma de libertad”. Que no se diluya nuestra libertad.

    Las economías nacionales se deterioran, la soberanía desaparece, las fronteras se vuelven simbólicas, la élite gana, los políticos se benefician si pagan los favores utilizando su poder… el pueblo pierde. Todo es parte de la Agenda.  



[1] Salvo los casos de Cuba, Venezuela y Nicaragua, donde no podemos tapar el sol con un dedo, puesto que en esos países no hay democracia. Si acaso lo que existe son simulacros de participación ciudadana en los que le hacen creer a la comunidad internacional que son repúblicas garantes de la democracia, pero no hay nada más allá de eso. En Cuba, por ejemplo, ya ni siquiera existen elecciones. El régimen se ha eternizado en el poder, y ni siquiera el cambio de gobernante obedece a un cambio de gobierno.






sábado, 10 de junio de 2023

Aquí no va a pasar nada

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Las situaciones, nombres, y lugares que se mencionan en esta columna son producto de la ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura...
    Mierda. 
    La realidad hace rato superó a la ficción. Por eso la historia que sigue no impresiona tanto como la verdadera historia de este país. ¿A quién vamos a engañar? Lo que se vive en Colombia es una gran película de Gangsters, y es peor verla en la vida real que en la literatura. Ojalá esto sólo fuera un cuento.



    El presidente Greco aspiró impaciente la raya de cocaína que minutos antes había distribuido en línea recta sobre su escritorio, aprovechando la intimidad de su despacho que a esa hora de la madrugada se hallaba felizmente desolado, luego de que en el día hubieran transitado por allí un sinnúmero de asistentes, ministros y viceministros del gabinete, directores de entidades, líderes gremiales y sindicales, emisarios de los grupos armados y uno que otro actor representando a la comunidad de artistas que cada tanto iba a solicitarle apoyo económico para una cantidad de proyectos cinematográficos que al presidente ni le interesaban.

    En aquella ocasión, por fortuna, ningún funcionario de gobierno osaría llamar o tocar la puerta de la oficina del presidente. En primer lugar, era domingo y todos estaban descansando y seguirían descansando aún después de que saliera el sol del lunes. En segundo lugar, Greco le tenía prohibido a sus asistentes que lo importunaran cuando quería estar a solas en su despacho, so pena de una sanción disciplinaria o una pérdida de investidura. Así era el presidente.  

    A esa hora, sin embargo, se sentía libre y redivivo, cuando nadie deambulaba por los pasillos de Palacio y él podía, por fin, reencontrarse con sí mismo, con la coca y con el whisky.

    La primera dama continuaba ensayando una coreografía con su profesor de baile en los pisos superiores, en donde los pasos carnavalescos hacían retumbar la plancha de cemento que se tambaleaba cada vez más con los escándalos de la historia patria. Las chiquillas hacían una fiesta en el salón principal. Los ecos de un reggaetón destemplado y los gritos de un selecto grupo de jóvenes era lo único que turbaba la paz del Palacio de Nariño. Definitivamente allí tampoco reinaba la paz total.



    Pero al presidente Greco no le atormentaban los ruidos de la fiesta ni los pasos de baile de su señora tanto como le acongojaban sus problemas estomacales. Su médico le había dicho que la úlcera gástrica estaba cada vez más complicada de tratar si no le ponía freno a la ingesta de alcohol, pero el presidente era terco y no aceptaba por ninguna razón el sacrificio de dejar de beber. Optó mejor por destituir a su médico y hacerse a los servicios de uno que lo aliviara sin tantas objeciones científicas.

    De objeciones, debates, oposiciones, contrariedades y discusiones estaba harto, máxime cuando era por eso que en el Congreso no le habían querido pasar sus reformas tal cual él las había propuesto, sin cambiarles ni una coma. “¿Qué más querían esos pícaros parlamentarios?”, se preguntaba con indignación. Su equipo de trabajo ya les había ofrecido todo el dinero que tenía para planes sociales; todos los puestos y las cuotas burocráticas que tenía para repartir, y aún así los lagartos querían más, porque eran políticos insaciables y estaban vinculados a clanes de mucha tradición oligárquica. Peces gordos, como el director del Partido Liberal, la directora del Partido de la Unión, el presidente de los conservadores, algunos sátrapas del Giro Racional y de los verdes, que eran verdes por fuera y rojos por dentro, y estaban metidos en todo lado, criticando a la derecha cuando les convenía y a la izquierda cuando no les iba bien en el botín burocrático. Tal vez estos tibios eran, a su juicio, los más complicados de tranzar, pues no se sabía nunca de qué lado estaban, aunque siempre se habían reconocido como centro-izquierda. Al fin y al cabo, todos políticos hambrientos como lo fue él en sus tiempos de parlamentario.

    Pero en sus tiempos se transaban por algo menos. No se explicaba él por qué razón, ahora que la izquierda había llegado al poder, los de la vieja derecha se habían puesto dignos y habían ampliado el rango de sus peticiones. Conforme la corrupción se fue normalizando, ya no era necesario hablar con eufemismos como “auxilios parlamentarios”, “mermelada”, “platos de lentejas” ni “participaciones burocráticas formales”. Lo que se usaba ahora eran los aportes para conformar “la gran coalición”.

    La coalición, por supuesto, debía parecer rota a los ojos del público. Los jefes de los partidos tenían que decir que ellos iban a tener disciplina de partido y se declararían como independientes o en oposición. Los parlamentarios, a nivel individual, votarían las reformas como les diera la gana. El partido no pesaba, y si no se salían unos pocos del redil, los grandes acuerdos con la casta política no llegarían a buen término. Ahora que el presidente era casta política y estaba en el poder y no en la oposición, entendía lo duro que era gobernar bajo las leyes democráticas salvaguardadas por una constitución política. Más le hubiera valido comenzar a gobernar con los poderes especiales que pensaba solicitarle al Congreso para no tener que contar con la voluntad de otros. Él bien podía ser autónomo y soberano sin necesidad de división de ramas: la democracia lo había favorecido, y así debía ser hasta su muerte y más allá.  



    En esas cavilaciones andaba el presidente, apurando un nuevo trago de whisky, cuando intempestivamente sonó el teléfono. No podía ser el de su asistente principal y jefe del gabinete, Aura Saavedra, pues esa misma semana había tenido que prescindir de ella por el escándalo de las chuzadas ilegales a su empleada del servicio por la cuestión de un dinero personal que a esta se le perdió. Miró el número de la extensión y se dio cuenta que era de la oficina de su jefe de prensa. Levantó el teléfono para regañar a su funcionario. A esa hora no quería saber siquiera que él era el presidente.

    — ¡Gonzáles, le he dicho que los domingos no me joda con entrevistas!, ¡Mire la hora!

    Pero Gonzáles no se disculpó. La frase que le soltó al presidente bastó para justificar su interrupción.

   —Vendetti está hablando. Ponga el canal de 7 Días.

    Greco abrió la página del medio y se enteró de lo que estaba pasando. Sabía lo que se le venía: la tormenta que estaba desatando Vendetti, su embajador en República Bolivariana, sería otro escándalo más para su gobierno. Ya se imaginaba a esa periodista que él tanto detestaba, la que le hacía tanta oposición, la tal Jaqui Dávalos frotándose las manos con la chiva que le estaba soltando al país. Vendetti se escuchaba como un energúmeno hablándole a la ex jefe de gabinete del gobierno y amenazando con contar de cómo había conseguido el dinero para financiar la campaña de Greco.

    —Si nos hundimos, nos hundimos todos, ¡no joda, hijueputa! —aullaba el embajador salido de la ropa, hablando enrevesado también por una borrachera monumental, pero dolido hasta las entrañas con su antigua socia, la señora Saavedra, a quien él mismo había llevado a Palacio para que Greco la contratara y la convirtiera en la segunda mujer con más poder en el país (después de la primera dama, por supuesto), y por quien se sentía traicionado al ocupar esta el cargo que él hubiera querido para sí. Pero Vendetti era un verdulero, un bocón, un buchipluma, y por más que se hacía el guapo con una mujer, Greco sabía que no iba a poder sostenerle nada cuando lo tuviera en frente.

    —Este es mucho perro traidor —murmuró el presidente mientras escuchaba cómo Vendetti amenazaba a Saavedra y le recriminaba por haberle dado la espalda.

    — ¡Yo les conseguí quince mil millones! ¡Ustedes son unos caremondás, y si ganaron esas elecciones fue por mí, hijueputa! —seguía vociferando Vendetti en los audios filtrados a 7 Días.

    “Aquí no va a pasar nada”, pensó Greco. “Esto lo soluciono con un trino”. Enseguida llamó a su hija, quien cantaba a todo pulmón y se oía, también borracha, desde el despacho presidencial. Al tercer llamado la joven asistió.

    —¿Qué pasó, padre? ¿Estamos haciendo mucho escándalo? —preguntó la niña desde las escaleras.

    —No, ¡sube! —ordenó el presidente sabiendo que escándalo era el que se iba a armar al día siguiente.



    La niña entró al despacho, y entonces Greco le pidió que se tomaran una selfie. Luego subió la foto al twitter con un mensaje que dejaba traslucir que él no tenía miedo. En realidad, le estaba temblando hasta la conciencia, no tanto por las consecuencias, que sabía que no se iban a presentar, sino por el golpe a su ya mermada imagen, que era algo que no podía tolerar. El presidente era un narcisista que no soportaba que alguien pensara mal de él. Odiaba que el pueblo ya no lo quisiera como lo quería un año atrás, cuando fue elegido. La foto con su hija era para simbolizar que su hogar estaba fuerte y unido, que ni el huracán más potente derribaría su gobierno ni su familia. Qué gran padre, qué gran hombre se sentía. Colombia lo tendría que querer por la razón o por la fuerza. Si los escándalos de su hijo y de su hermano de los que sí se hallaron pruebas de que estaban pactando con criminales no removieron los cimientos de su poder, lo de Vendetti sería apenas una leve brizna en una región desértica. Vendetti, cuyo apellido procedía de Italia, quería desatar una vendetta, pero Greco también tenía sus raíces en aquel país del Mediterráneo; también conocía la manera en que los capos de la cosa nostra sabían ajustar sus cuentas, y ese problema se solucionaría a la mayor brevedad. Hora de sacar su gente.

    Dos semanas después, el escándalo, que había sido emitido hasta en las cadenas internacionales, se había desvanecido como si fuera una noticia de farándula y había sido reemplazado por otro episodio que colmaba los titulares: esta vez se hablaba de los niños desaparecidos en la selva hacía cuarenta días y que ¡oh milagro!, habían sido rescatados con vida por el ejército. Y justo después se producía esa noticia luego de que Greco regresara de Cuba, en donde estaba negociando el país con el grupo terrorista de la Milicia de Emancipación Patriótica. La opinión pública se alegraba de que los niños estuvieran sanos y salvos, pero se sentía defraudada porque, al parecer, los niños no estuvieron perdidos en la selva, sino secuestrados por la MEP. O en poder del mismo Ejército Nacional, no se sabía bien. En todo caso aparecieron por orden de Greco, con lo cual este pretendió tapar el escándalo de su embajador Vendetti.



    Pasaron muchas otras cosas en esas semanas, pero en realidad no pasó nada. El país seguía cayendo en el abismo y Greco seguía siendo el presidente. El día de la marcha que él convocó para que apoyaran a su gobierno se despachó con un discurso en el que culpó a la prensa de todos sus fracasos. La marcha no fue del pueblo, sino de los empleados públicos, de los contratistas del Estado, de los sindicatos, de los educadores zurdos que llevaron a sus estudiantes menores de edad, y cómo no, se hizo presente la “guardia campesina”, que fue traída en buses que alguien puso a su disposición. No faltaron tampoco los terroristas de ese movimiento urbano denominado “Línea de combate”, quienes atacaron a la Policía con papas bomba, como si obedecieran las órdenes de un presidente que no quiere a la propia fuerza pública que lo protege y que protege a la ciudadanía.

    Finalmente, nadie pudo saber nada. Vendetti, el que podía contar y a lo mejor comprobar ciertos hechos escabrosos, se marchó furtivamente a Turquía, posiblemente bajo amenaza de muerte. Dijo que regresaría el martes, pero nunca regresó. Un teniente coronel, pieza clave en la investigación por las chuzadas a la niñera de Aura Saavedra, y quien manifestó a la Fiscalía su intención de declarar sobre el caso, apareció misteriosamente “suicidado”. Nadie pudo testificar contra Saavedra ni contra Greco. A una periodista le allanaron su apartamento y se lo destrozaron sólo para advertirle que estaba jugando con fuego, que más le valiera callarse.



    El caso de las chuzadas quedó en el limbo, porque no se supo quién dio la orden; la muerte del teniente fue un misterio sin resolver y se decretó como suicidio, aunque todo indicaba que él jamás tuvo esa intención; la prensa opositora al régimen de Greco comenzó a informar con miedo, y algunos periodistas salieron del país. Los grequistas intensificaron su trabajo en las bodegas para lavarle la cara al presidente, desprestigiando todos los días a los medios y a los opositores.

    Al final no pasó nada, nunca pasa nada. No pasó nada en los escándalos de otros gobiernos, y en este tampoco pasará nada. Greco puede estar tranquilo, la Comisión de "Absoluciones" es su garantía.



 

sábado, 3 de junio de 2023

Límites

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    El youtuber del que hablaré a continuación se viste de rosa, usa colitas del mismo color a ambos lados, y a pesar de que tiene una chivera prominente, que su voz es gruesa y su fenotipo es totalmente masculino, habla y se conduce con ademanes infantiles y amanerados. Valga decir que me genera un poco de lástima por el poco criterio que tiene al no entender el sentido del ridículo.

    No juzgo eso, aunque sí lo critico. Desde luego, cada quien puede ser como quiera y asumir la conducta que quiera asumir, siempre y cuando no atente contra los derechos y la libertad de los demás. Cada quien puede ejercer su sexualidad como le dicte su instinto mientras no incurra en irrespeto y trasgresiones contra el prójimo o caiga en conductas delictivas como por ejemplo la pederastia. Al fin y al cabo, las orientaciones y el ejercicio de la sexualidad se supone que hacen parte del fuero personal, ¿no?

    El hombre del video se identifica como una persona trans, no binaria, “más específicamente, demigirl”. Dice que su orientación sexual es polisexual, pero su orientación relacional es poliamorosa y demisexual. Según esta verborrea inentendible, las personas demigénero como él se sienten sin género, pero al mismo tiempo manifiestan “detalles de algún género y edad específica”.[1] Él (porque es ÉL) se siente agénero pero declara tener detalles que lo hacen sentir (¡y ver!) como una niña de nueve años. Una ternurita.



    Lo peor es que toda esa cuestión identitaria no se la inventó él, sino que hace parte de la teoría del enfoque de género o la teoría queer. Todo ello es un compendio avalado por las Naciones Unidas y esas oficinas que dicen ser no gubernamentales, que simulan trabajar por la igualdad de los derechos sexuales de las minorías, aunque lo cierto es que su objetivo específico es ganar dinero y adquirir poder como resultado de meterle cuentos en la cabeza a obnubilados como este youtuber.

    Volviendo al galimatías de los géneros, nos refiere el sujeto en cuestión que como él es polisexual, le pueden gustar “gran cantidad de géneros, más no todos los géneros”, y que también puede enamorarse de más de una persona a la vez, es decir, puede tener muchas relaciones en paralelo. En síntesis, el personaje que se presenta en las redes y funge como modelo a seguir para los jóvenes, es todo un poliamorose, y tal parece que esto hay que celebrarlo.

    En mi entendimiento, todo esto de lo poli, de lo variopinto, de la abundancia, de la cantidad, de lo mucho, llevado a la dimensión sexual, no es otra cosa que una excusa para poder garcharse al que se le dé la gana sin miramientos de edad, sexo, género, capacidad física, condición mental, especie, etc. En otras palabras, este tipo se etiqueta así porque parece estar desesperado por tener relaciones con cualquier cosa, aunque según él, también necesita tener un vínculo amoroso para tener intimidad: en castizo, meterlo donde sea, pero con la idea de sentir amor.



    Pero no lo juzgaré tan duro. La compasión es una de las virtudes que nos enseña Cristo, y debemos tenerla para con todos los hombres. A este pobre ser lo compadezco, pues claramente lo han confundido. El sólo hecho de autopercibirse como trans y no binario al mismo tiempo es una contradicción en los términos. Y para completar se etiqueta como agénero, ¿al fin qué? Luego dicen que los que etiquetamos todo dentro de lo masculino o lo femenino somos los heteronormativos. Quién diría que también se puede estar por fuera de dichas categorías, ser las dos al unísono, o no ser ninguna, y todo al mismo tiempo. Es la feria de las identidades sexuales.

    Es la inclusión, queridos lectores; es el mundo comprensivo, diverso y plural que nos está vendiendo como narrativa la ideología que campea a sus anchas en el mundo, respaldada por el músculo financiero de los grandes emporios económicos y de los gobiernos globales. Es la era contemporánea, es el posmodernismo ajustando sus tuercas, es la avanzada, el progresismo que llegó para quedarse y desbancar todo indicio de religiosidad y conservadurismo que para ellos sólo ha sido útil para controlar a las masas y propiciar el servilismo.

    Que viva la libertad de pensar como se quiera pareciera ser una consigna que nos debe mover a todos, pero resulta que no se puede apoyar ese clamor si ese pensamiento libre se rebela contra lo que dicta el sentido común. Peor aún, si se ensaña contra las libertades ajenas. Porque se entiende que exista la libertad de pensamiento, de creencia, de autopercepción, de lo que se desee en el ámbito personal, pero a nadie se le puede obligar a compartir, alabar, coincidir con la libertad que tiene el otro de creerse lo que quiera.



    Lo paradójico es que las anclas que elevaba la religión en tiempos antiguos en aras del control del pensamiento, la represión y el castigo a quien se saliera de la pauta, son las mismas que hoy eleva toda esta corriente que depravó la sexualidad y se inventó sus propias categorías para complejizarnos el mundo y dividirnos como civilización: al pensamiento disidente se le censura, se le critica, se le hace escarnio social y se le cataloga como fóbico. Esta última es la salida más fácil, pues es el equivalente al hereje de la edad media, y si bien todavía no se les está quemando en la hoguera, ya falta poco para que revivan la práctica inquisitorial. Vivimos en los tiempos del nuevo oscurantismo amparado por la declaración de una libertad sin límites.

    Límites: aquello que precisamente nadie se atreve a imponerle a este maremágnum de relativismo que nos está tendiendo una celada. Porque si se pierde la objetividad a la hora de adquirir el conocimiento y solamente aprehendemos lo que está bajo nuestra óptica personal, desde luego se pierde la verdad, y con esta última el alma humana, la vida misma.

    Si no limitamos la subjetividad a lo que en realidad es (una mera opinión, un vacuo sentimiento), sino que por el contrario la sacralizamos, no nos quejemos entonces por la Sodoma y Gomorra que hemos provocado. Lo peligroso de no poner límites, por ejemplo, es dejar que un gordiflón de 45 años se autoperciba como niña y que los demás le hagan el juego. Luego el gobierno le expide una identificación en la que modifica su edad, y la nueva niña podrá ingresar a un jardín infantil junto con otros niños que, en lugar de sus compañeritos, serán sus futuras víctimas. Por ese camino es que legalizamos el abuso contra los menores. Ya lo decía la abominable ministra de la igualdad de España, la despreciable Irene Montero, que “los niños, las niñas y les niñes tienen derecho a tener relaciones sexuales con quien quieran, siempre y cuando sea un acto consentido”. Hay que ser un ente despreciable para declarar algo así. Y claro, que no falte el esperpento del lenguaje inclusivo, que es otro atentado contra el sentido común.



    Por ello después resultan farsantes haciéndose ricos en las redes a costa de unos seguidores idiotas que no parecen pensar por sí mismos, como este influencer, o para decirlo en español, influenciador de tres pesos que es un producto pago por el establecimiento de la progresía. Sabemos a simple vista que se trata de un hombre adulto. De ninguna manera una mujer, de ninguna manera una niña. La realidad es lo que está afuera para decirnos a todos que una persona, se identifique como se identifique, no es lo que sus deseos descabellados dicen, sino lo que dictan las determinaciones naturales. La ciencia, que ahora pasa a ocupar el lugar de la blasfemia, lo sabe explicar a través de sus métodos, entre los cuales se encuentra la observación: hay verdades tan evidentes que con un vistazo ligero se pueden encontrar, se atrapan al vuelo.

    Así las cosas, si este mundo insiste en andar patas arriba y seguir el dictado de absurdidad, no me queda de otra que suscribirme por entero al comentario de Emmanuel Danann, otro youtuber que analizó el video del youtuber demiamoroso, y que se puede ver en el enlace citado abajo: pueda ser que Cristo venga pronto, a ver si le pone fin a toda esta chifladura.



[1] Danan. [Emmanuel Danann]. (24 de mayo de 2023). Se autopercibe como niña de nueve años.[Video].  https://www.youtube.com/watch?v=vSqtxUCfW

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