Con lo que ha pasado en estos
diez meses de gobierno de Gustavo Petro queda demostrado que el problema no era
la derecha, o por lo menos no exclusivamente los políticos corruptos de derecha
de los que tanto se quejó la izquierda durante décadas. Esos mismos que, según
la narrativa, nos han gobernado toda la vida y nos han dejado un saldo cada vez
más nefasto. Es por ello que once millones de colombianos celebraron —hace un
año exactamente— que la izquierda hubiera llegado “por primera vez” al poder en
Colombia. Por fin se acabarían la mentira y la corrupción.
Lo paradójico es que en esa fabulesca
lista de “gobiernos de derecha durante más doscientos años” meten hasta al
libertador Simón Bolívar, que apenas tenía la incipiente noción de la díada
izquierda/derecha que asimiló de la Revolución Francesa, en la que la burguesía
liberal estaba del lado izquierdo, y él, por supuesto que también.
Pero esos eran otros tiempos en que las definiciones políticas se decantaban de otra manera. El error histórico en el que incurren las izquierdas contemporáneas en Colombia solamente les ha servido para decir que la derecha lleva gobernando doscientos años en este país y que todo se lo ha robado. En lo de los robos, digamos que eso puede obedecer a una enfermedad congénita del político colombiano, fuere cual fuere su orientación ideológica, porque con tanta corrupción que tenemos en nuestro país, hasta uno les da la razón a los izquierdosos: aquí todo se lo han robado. En lo de que solamente los de derecha son los ladrones, ahí sí permítanme reírme a carcajadas, pero reírme con la más irónica de mis tristezas. Si la derecha roba por ambición, la izquierda roba porque llega con hambre al poder, suponiendo que en verdad nunca hubiera gobernado un presidente de izquierda en Colombia, cosa que es rebatible.
Lo otro es el cuento de la oligarquía.
Cuando a los zurdos les desvirtúan el argumento de los doscientos años de la
derecha gobernando, cambian la palabra por una que se ajusta mejor a las
características de los que han estado en el poder, y la reemplazan por la
palabra “oligarquía”: el gobierno de unas pocas personas pertenecientes a una
clase social privilegiada. De esto, pues, es de lo que se ha venido quejando la
izquierda, incluido el presidente, porque coinciden en que Colombia siempre ha
sido manejada por oligarquías poderosas. Lo contradictorio es que ahora que son
ellos los que están en el poder, se les ha olvidado que también pasaron a
convertirse en una oligarquía más. Nunca antes un gobierno se había visto tan
déspota, tan despreciativo, tan clasista… tan oligarca. Petro y su corte no son
para nada un cambio que beneficie a los desprotegidos. Al contrario, ellos usan
a los que no tienen nada para ser también otro grupo de privilegio al que no le
importan las carencias de su pueblo. La izquierda ha llegado al poder en
Colombia, no para gobernar bien, sino para apoderarse de toda una nación.
Porque como todo político corrupto, al señor Petro se le olvida lo que prometió en campaña y hace exactamente lo contrario. Ahora sale con que hizo mal los cálculos, que se le despiporró la cuenta; que el Congreso no le deja hacer las reformas para su pueblo, que el empresariado, los banqueros, los grupos de poder y la oposición son los que están manipulando a una “clase media arribista” para que se pongan en su contra; que los medios de comunicación son los que ordenan a las otras ramas del poder público; que el cambio climático es culpa de los colombianos; que el capitalismo es el que ha destruido el planeta, que los combustibles fósiles son una maldición y por eso hay que subirle el precio a la gasolina, y ojalá que nadie vuelva a utilizarla. No tiene en cuenta que el problema de la inseguridad y el narcotráfico está desbordado, que las masacres han superado en el mismo lapso a las de su antecesor, que este es un país en el que aumenta el hambre por causa de sus políticas regresionistas. Petro prometió una “Colombia humana”, pero está deshumanizando el país. Otorgando prebendas a los criminales y asfixiando a la gente honesta y trabajadora lo único que va a lograr es quebrar la moral de una nación que otrora se preció de estar consagrada al Sagrado Corazón de Jesús. Ya nada de eso queda, pues con las ideas de Petro le hemos regalado nuestra alma al diablo. Ni siquiera vendido. Son las ideas que van en contra de toda lógica económica, política y moral.
¿Para qué quería esta legión
izquierdista llegar al poder? Recuerdo la campaña de hace un año, el despliegue
de gran parte del sector de la cultura y el deporte, los artistas, los
estudiantes, los artesanos, los jóvenes y los viejos decepcionados, el gremio
de los educadores, de los taxistas, de los trabajadores informales; todos
apostando por la campaña petrista y denigrando a los contradictores; todos
esperanzados en un cambio que fue producto de su deseo y no el razonamiento
frío de su cerebro. ¿Para qué todo ese despliegue de idolatría por un sujeto
que al final de cuentas los iba a defraudar? Porque nada puede esperarse del
que nada ha cosechado en su vida. Ningún bien puede derivarse de una energía en
la que se ha concentrado el mal, el resentimiento, el odio por una patria. Si se
vota por alguien con un pasado criminal del cual nunca se arrepintió, no puede
esperarse otra cosa que la reivindicación de esos crímenes. Por eso Petro es
bondadoso con los grupos terroristas y les otorga concesiones, mas no así con
quienes de verdad solamente se han dedicado a empuñar las herramientas de
trabajo en lugar de las armas. Por eso a este gobierno le gusta justificar el
mal y condenar a las instituciones que se encargan de perseguirlo. Petro nunca
quiso llegar al poder para servirle a los demás, sino para servirse a sí mismo.
Todos veíamos su narcisismo, su egolatría, su megalomanía. Todos, excepto los
petristas que se encargaron de minimizar sus defectos.
Así que, perdedor como es
nuestro presidente a pesar de que haya ganado (dudosamente) las elecciones, no
queda más que esperar que al país también lo suma en la desesperanza y nos haga
perder a nosotros mismos.
¿Por qué insistimos en
cosechar lo que no hemos sembrado, en esperar buenos resultados cuando no hemos
hecho méritos para ganar nada? ¿Por qué creemos que la paz total se va a lograr
romantizando la guerra y el crimen? ¿Por qué se tiene fe en que se saldrá de la
pobreza satanizando la riqueza de otros? ¿Por qué pensar que el éxito está de
nuestro lado cuando seguimos actuando desde el fracaso? ¿Por qué se elige a un
ex guerrillero para que nos gobierne sólo porque aquellos oligarcas de abolengo
nos han gobernado tan mal? Somos producto de una lógica retorcida, facilista, subversiva.
Nos han corrido tanto la línea del bien y el mal que nos parece loable que un
hombre con odio en su corazón y sangre en las manos pueda dirigirnos.
Eso fue lo que eligieron los
colombianos hace un año, por eso votaron. ¿Por qué esperar, entonces que en un
bazar de idiotas se pueda encontrar una mente brillante a precio de remate?
Vuelvo a mi idea inicial. El problema no era que estuvieran mandando los políticos de esta u otra ideología, que si los de derecha, que si los de izquierda. El problema está en el ADN de quienes nos gobiernan, en la naturaleza de sus ambiciones. Con el “gobierno del cambio” nada cambió, y si cambió algo no fue para bien. Gustavo Petro pasará a la historia como otro más de los peores presidentes de Colombia. Hasta ahora el peor, siendo sólo superado en esa penosa distinción por el que vendrá después de él.
Más vale que hayamos aprendido
la lección para que no volvamos a creer en los discursos de cambio que nos
venden los demagogos. Ya lo decía el personaje de “El gatopardo”, la célebre novela
de Giuseppe Tomasi Di Lampedusa: Es necesario que todo cambie si queremos que
todo siga igual”. Pues bien, todo ha seguido igual… o peor.





















