sábado, 25 de diciembre de 2021

El fantasma del patriarcado

Por Juan Felipe Giraldo Trejos








Honor al hombre,

a esa obra maestra de la naturaleza,

a ese rey de la creación.

 

Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo

 

 

    Nos dice el portal Economipedia en su definición técnica acerca de la palabra patriarcado: “es una forma de organización social en la que el hombre ostenta la autoridad y ejerce su posición dominante sobre la mujer”.[1]

    En el artículo titulado “Patriarcado” del 5 de noviembre de 2020, el columnista Alfredo Marín García, citando a la historiadora Gerda Lerner, nos cuenta que este ordenamiento social se produjo, no tanto por la superioridad física del hombre sobre la mujer, sino por un conjunto de factores “demográficos, culturales, ecológicos e históricos”[2] que dieron lugar a esa jerarquización.

    El factor religioso, por ejemplo, sentó las bases conservadoras en las que los roles del hombre y la mujer fueron asignados casi como una especie de división del trabajo. El primero quedó supeditado al sustento económico y a la defensa del hogar, y la segunda al cuidado de la casa y la educación de los hijos. Esta noción, sin duda, obedece a ciertas sociedades inspiradas en las religiones de la antigüedad que han perdurado por siglos. Luego el cristianismo tomó mucho de ese modelo para mantenerse en pie, direccionando todo el asunto de la autoridad hacia la figura paterna.

    El apóstol Pablo lo señaló así por inspiración divina en una de sus epístolas: “la mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio”. (1 Timoteo 2:11-12). Bueno, algunos historiadores dicen que ese pasaje bíblico no se corresponde con el mandato de Dios, y que más bien fue una opinión personal del propio apóstol Pablo. Otros sostienen que esa frase fue modificada luego por escribanos machistas, pero no pretendo ahondar en esa discusión, de por sí demasiado arriesgada para esta época. Aquí solo estoy reflejando cómo la religión, y en este caso el cristianismo, ha sido uno de los puntales para mantener vivo el patriarcado.



    Y sí, resulta que las sociedades que mayoritariamente mantuvieron la cristiandad como su eje, en consecuencia, conservaron por más tiempo la justicia, la fortaleza, la templanza y la prudencia como directrices de la familia. En todas ellas también operó el sistema patriarcal, que no sólo iba de la mano con el cristianismo, sino con otras religiones que lo llevaron incluso a un nivel extremo. (El Corán, por ejemplo prohíbe a las mujeres la participación en la vida pública y el derecho a la propiedad).

    Pero es en Occidente, cuna del cristianismo, donde mayormente se ha erradicado ese “temible demonio” del patriarcado, al que se le debe el fortalecimiento de ciertos valores que en su momento fue necesario cultivar para afrontar las guerras y contrarrestar las amenazas externas contra la familia y la propiedad, pero que ahora es un fantasma.

    Por fortuna la humanidad avanzó y la mujer dejó de ser un mero botín de guerra para convertirse en la célula fundamental de la familia y la sociedad, y gracias a los sistemas de participación democrática de los países occidentales fue donde se valoró más su papel. La mujer se equiparó en derechos con el hombre, lo cual fue justo y debió ser así desde un principio si la imposición religiosa no hubiera metido las narices en esto. Menos mal las cosas cambiaron y la mujer es hoy la protagonista de las transformaciones, ya que nada hay en la ley que le impida realizarse personal y profesionalmente como su corazón se lo indique.

    No lo quieren entender así las feministas. Ellas aducen que sigue existiendo ese sistema de dominación que las mantiene en una condición de desigualdad frente al hombre. Culpan al capitalismo de ello, a pesar de que el patriarcado es muy anterior, que viene prácticamente desde la época del hombre primitivo: ellas no lo saben situar en el contexto histórico. Y es verdad que mientras duró el patriarcado, este oprimió a la mujer y la subyugó a una posición inferior, pero ese sistema es ahora un mito.



    En todo caso las desigualdades entre hombres y mujeres en la actualidad no se deberían explicar por un vicio sistemático, sino por unas coyunturas de muy variada índole en la que tienen que ver otros factores, y por supuesto que el mercado está entre ellos. Pese a ello, no perjudica exclusivamente a la mujer. La “desigualdad” de la época contemporánea afecta a los dos sexos por igual, qué irónico decirlo así.

    Fue en la década del setenta cuando una feminista radical llamada Kate Miller hizo del patriarcado su objeto de estudio y su caballo de batalla, cuando en su libro escribió que era un sistema de dominación central que estaba implícito en todos los sistemas de opresión, como si fuese el padre de toda la tiranía. Articuló un discurso político que es la base del discurso feminista de la actualidad. Con él, y con el aporte de otras ideólogas de este movimiento se ha logrado fundar una secta que recluta a mujeres jóvenes, en su mayoría estudiantes universitarias y hasta de secundaria. La complicidad de los claustros educativos y de las organizaciones internacionales que las financian es irrebatible. Cada día se hace más poderoso este movimiento, más radical, más violento, más absorbente. Captan militantes —a veces pobres hombres deconstruidos— de todas las nacionalidades y le dan sustento a su teoría en la batalla contra ese enemigo mortal: el patriarcado.

    Pero es bueno que nos detengamos a pensar si en realidad, en pleno siglo XXI, segunda década, los hombres tenemos esas prerrogativas que dicen las feministas que tenemos; si es cierto que nuestra condición de machos nos permite gozar de privilegios aplastando la dignidad femenina; si en realidad somos los amos del universo, los reyes de la creación.

    Les soy sincero. Ser hombre en el mundo de hoy es cada vez más complicado. No las tenemos todas con nosotros, y ya no somos los consentidos de un sistema que si bien oprimió a la mujer, en parte también la protegía.



    Somos los hombres los que tenemos que pelear las guerras, los que mayoritariamente debemos morir asesinados si un ladrón ataca nuestra casa: el 79% de los homicidios a nivel global son de hombres. Nuestra esperanza de vida con respecto a la mujer es cinco años menor, pero debemos esperar cinco años más para pensionarnos, por lo menos en Colombia. Aparte, cuando los problemas no tienen solución, nos vemos avocados al suicidio en una proporción tres veces mayor. Sufrimos más accidentes laborales, por cuanto los  trabajos más peligrosos son ejecutados por hombres. No todos tienen mi suerte de trabajar detrás de un computador, y aun así, cuando un hombre poco aventurero aspira a un cargo de oficinista, pues ¿qué creen?, las mujeres tienen preferencia. En un país como Estados unidos el 65% de los bienes le pertenecen a las mujeres, y a nivel global, el rubro de los servicios, que es el que más ingresos genera, está ocupado por mujeres en un 54%. En cuanto al flagelo de la drogadicción, las víctimas son mayoritariamente hombres, y el 75% de la indigencia del mundo está compuesta también por hombres, pues una cosa está en relación con la otra.[3]

    Con estas estadísticas, no es un privilegio ser hombre, y de aquel sistema patriarcal que en el pasado nos favorecía apenas queda el humo que todavía aspiran las feministas para tener con qué atacarnos, pues sin esa obsesión del patriarcado su discurso se cae. De modo que si el patriarcado existe, nos está jugando en nuestra contra, pues no puede ser que el opresor, en este sistema, sea el que más muere y el que más se perjudica.



    En el plano sentimental todavía somos los hombres quienes tenemos que tomarnos el trabajo de conquistar a la mujer, hacerle propuestas halagadoras, ser galantes, pagar la cuenta, demostrar solvencia, ofrecer entretenimiento, seguridad y protección. En últimas, somos nosotros quienes nos ganamos el derecho a ser amados mientras ellas escogen a quien aman, porque además tienen bajo su dominio el poder que mueve al mundo: el poder del sexo.   

    Dirán que de todas maneras existen corporaciones que discriminan, que se le paga menos a la mujer por el mismo salario, que la balanza sigue siendo desfavorable para ellas y que por tanto se necesitan las políticas de cuotas buscando que todo sea equitativo. Yo les digo que sí, que me parece justo, que la ley de cuotas se establezca para todos los cargos, incluyendo los trabajos menos apetecidos en el mercado,  que son casi siempre realizados por hombres: recolección de basura, limpieza de cañerías, construcción en las alturas, manejo de herramientas peligrosas; cosas que implican algún riesgo de muerte o de indignidad. Supongo que no solo para los cargos administrativos es que debe proponerse la ley de equidad de género, ¿o sí?



    Y pensar que son ellas, las mujeres, las que tienen en sus manos el futuro del mundo, porque son quienes traen los hijos y dan vida a las nuevas generaciones. Muchas ya no los quieren tener por decisión propia, lo cual está muy bien. No obstante, pienso que eso de ir por mitades en lugar de hacerles bien, las perjudica. Yo le digo a las mujeres que no se conformen con poco y que vayan por más, no sea que por una ley absurda se desperdicie el 50% del talento humano en la escena laboral: ustedes ya nos han superado con creces y perfectamente pueden hacer mayoría, y eso también está muy bien, pues no les faltan méritos.

    De resto, que las feministas no se preocupen del patriarcado, que ese es un fantasma que ya no asusta a nadie.



[1] https://economipedia.com/definiciones/patriarcado.html

[2] Ibíd.

 

[3] Estadísticas suministradas en el ensayo aparecido en https://prensarepublicana.com/patriarcado-no-existe-agustin-laje/

 y en el video  de www.youtube.com, Videoserie 3: El patriarcado no existe – Agustín Laje

sábado, 18 de diciembre de 2021

La cosificación del hombre (Tú eres Dios, pero Dios no existe)

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







 

    Los estudiosos de las ciencias sociales nos hablan de tres variables sobre las cuales se constituye el ser humano desde el punto de vista antropológico: la variable psicológica, que es aquella que está relacionada con el funcionamiento de lo mental; la variable física, que atañe al cuerpo; y finalmente la variable espiritual, que es la más difícil de desentrañar por cuanto depende en gran medida de la cultura, la fe, la educación, y otras complejidades extrínsecas.

    El aspecto espiritual del hombre, que es el que me interesa para este artículo, es el que pasa por su peor momento. Si bien la humanidad ha evolucionado en conocimientos y la expectativa de vida ha mejorado, así como la calidad de vida en la mayor parte del globo terráqueo (a pesar de todo, hoy la mayoría de la gente vive mejor que en los siglos pasados), es la falta de dimensión espiritual lo que la tiene sumida en la oscuridad. Es el eslabón más frágil de la cadena, pues al haber abandonado el cultivo del espíritu, el hombre no tiene valores ni principios a los cuales asirse. No hay raíces, no hay trascendencia, se encuentra más en el afuera que en el adentro. De ahí que sienta angustia, se sienta desvalido, luchando solo contra el mundo.

    Entonces surgen esas ideas reveladoras y muy tentadoras que lo llevan a pensar que su falta de fe no tiene que compensarse con la búsqueda de Dios a través de la iglesia o el ejercicio de la creencia que practica; ni a través del estudio bíblico, ni el recogimiento, ni el ayudar al prójimo. No. La búsqueda del ser superior se vuelve innecesaria porque según la nueva filosofía, este ser ya habita en el interior de todo hombre, y ni siquiera se ha dado cuenta. “Dios existe dentro de cada uno de nosotros”, aconseja la sabiduría moderna, pero se atreve a ir mucho más allá: “Dios somos todos los hombres”, “Dios eres tú”.




    No pretendo abrir el debate teológico ante la idea de un Dios que a nadie de este mundo terrenal le consta cómo es en verdad, pero no tengo dudas de que si en alguien no está Dios, es en el hombre. La Biblia nos enseña que fuimos creados a su imagen y semejanza, no que somos Él. De todas formas no antepongo un argumento religioso que apenas se basa en una creencia occidental cristiana, pero vamos a la evidencia: si algo hay imperfecto y dual en la creación, es el ser humano. Por tanto la idea de que Dios habita en cada uno de nosotros se invalida, puesto que si ello fuera así, este mundo sería un paraíso de perfección, cosa que sabemos, no es cierta.

    Ahora, potencialmente tenemos muchas cualidades de Dios, y en unos están más desarrolladas que en otros. No dudo que en cada persona se aloja la semilla de la bondad y el virtuosismo, pero eso no hace a nadie perfecto. Si Dios habitara dentro de nosotros, cada uno de los hombres haríamos parte de la misma totalidad. Ya no seríamos individuos dentro de la creación, sino individuos ejerciendo como dioses creadores. Esa última idea es precisamente la que ha germinado en la espiritualidad moderna. Que todo lo podemos hacer porque también tenemos el poder creador de Dios, y con este poder, prácticamente no lo necesitamos.

    Se alude una vez más al viejo dilema de si es el hombre creación de Dios, o Dios creación del hombre. Porque en el pasado nos impusieron un Dios castigador que tenía ojos en todas partes, y en el siglo XX un filósofo loco hasta se atrevió a decir que teníamos que matarlo: matar por lo menos la concepción de Dios.

    Bajo esta premisa, ¿qué sentido tiene creer en un ser superior? ¿Cuál es el fin de la espiritualidad? ¿Acaso si el hombre todo lo puede, tendría algún provecho seguir alimentando una mística religiosa?



    Por ello nos convirtieron en pequeños y soberbios dioses; omnipotentes, orgullosos, vanidosos, egocéntricos. Hasta nos han dicho que esto que vivimos es un sueño y que somos de otro mundo, y que por tanto no tenemos por qué identificarnos con esta realidad, ni con nuestro cuerpo siquiera. Así, ignorando que somos menos que un punto en la inmensidad del universo, vamos por la vida preocupados tan sólo de bebernos el momento presente hasta la saciedad, convencidos de que hay que vivirlo todo porque no hay mañana, porque “la vida es un ratico”. 

    Y como ninguno tiene un poder ilimitado, sino que somos finitos y tan mortales como cualquier otro ser vivo, el miedo al sufrimiento nos lleva a inventarnos tretas para evitarlo. No a la muerte como tal, sino al terrible acto de morir: al momento de la transición.

    Antes bien, esta es una sociedad que adora la muerte como principio eterno, pero no ha encontrado mecanismos indoloros de llegar a ella. Si así fuera este sería un planeta de suicidas (¿Acaso ya no lo es?).

    Por ello, para hacerle el quite a los tormentos, se tergiversa el lenguaje de manera que podamos convertirnos en cosas que se pueden desechar al menor descuido, y como las cosas no sienten, no hay lugar al remordimiento.



    Lo primero es borrar a Dios como la fuente de todo bien supremo, como “el Camino, la Verdad y la Vida”. Para deshumanizar al hombre hay que atacar esa verdad, reemplazar el conocimiento con la fantasía, disfrazar la realidad y que no se indague mucho: en la era de la posverdad cualquier creencia es cierta, pues todos tienen razón y no hay lugar para cuestionamientos.

    Lo segundo es atacar el libre albedrío, constreñir a la persona a que tome la decisión errónea, imponer decisiones por la fuerza, sugerir u obligar a hacer lo que no se quiere hacer. Así se interfiere con la voluntad.

    Lo tercero es el ataque siniestro a la vida en sociedad para romper los lazos afectivos. Lo hicieron más evidente con el virus del globalismo. De este modo nos hicieron perder el contacto, nos prohibieron abrazar a nuestros seres queridos, nos segregaron y nos graduaron entre los hombres como enemigos unos de otros.

    Finalmente nos engañan utilizando el demagógico recurso de las emociones. Entonces se busca la sensibilización al extremo para conmovernos. La naturaleza y el arte son formas de lograr esa sensibilización: nos venden paisajes, nos hacen ver belleza en donde no la hay, nos tocan los sentimientos, nos instan a dejar salir las emociones y a no contenerlas porque en lugar de inculcar la inteligencia emocional y el control, nos dicen que “lo importante es lo que tú sientas”.



    Un momento. ¿Acaso el objetivo no es la cosificación? ¿Acaso no quieren que seamos entes que no sienten, cosas simplemente? ¿Por qué entonces nos instan al sentir, al despliegue emocional? Ahí está el cebo que conduce hacia la trampa. Porque esas emociones desbordadas deben canalizarse hacia aquello que los poderes impongan como paradigma de vida, y no hacia la idea de Dios.

    Por ello buscamos respuestas inmediatas, satisfacer nuestros deseos con fórmulas mágicas e instantáneas. Queremos obviar los procesos, los duelos, el esfuerzo. Tampoco toleramos la crítica porque en todo vemos discurso de odio.

    Pretendemos ser pastores sin olvidar que conservamos la mentalidad de oveja. Queremos el papel protagónico sin siquiera entender la obra ni conocer al personaje, porque nos importa el momento, la gloria, los quince minutos de fama, los likes, la inmediatez, el titular, la foto llamativa. Pensamos que la omnipotencia de Dios nos pertenece, y por ello no asumimos que él existe como entidad independiente en alguna región espiritual del universo, sino que está en nosotros… nosotros somos Él. Y que siendo nosotros Él, no hay un Dios con personalidad individual; por ende este no existe. Y si no existe, hay que desterrarlo de nuestras creencias.

    ¡Ah!, ahora lo entiendo: el silogismo se devuelve, el atentado en últimas es contra el hombre, a quien le dicen: “Tú eres Dios, pero Dios no existe; por lo tanto tú no existes”.

    Ahí comenzamos a ser cualquier cosa.

sábado, 11 de diciembre de 2021

La cosificación del hombre (Sociedad enferma)

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Fue algún racionalista del siglo XVII el que por primera vez acuñó el término de sociedad enferma al entorno que lo rodeaba. El mismo Rousseau sostenía que el germen de la degradación está inserto en el colectivo cuando hablaba de cómo los hombres nacen buenos y la sociedad se encarga de depravarlos. Contando con suerte, apenas unos cuantos elementos aislados de esa sociedad podrían permanecer sin contaminarse. El resto serían individuos patológicos, tristemente condenados a la perversión del sistema.

    Cuando los seres humanos estamos al servicio de una gran maquinaria productiva que nos trata como instrumentos de transformación de energía, como piezas dinamizadoras de la información, o como agentes de consumo servil; inevitablemente la psicología del grupo social se ve afectada: unas sociedades estarán más perturbadas que otras, según el grado de desarrollo industrial al que hayan llegado, porque la tecnología crea nuevos subordinados que con el tiempo pasarán a ser parte de la infinita legión de esclavos. La relación amo-esclavo implica que unos se someten a las decisiones de los otros, y estos otros son los que se adjudican la sabiduría y el poder. Así, el hombre es esclavo de los dispositivos y los dueños de las corporaciones tecnológicas son los que determinan sus gustos y preferencias, y por ende su elección.

    En otros tiempos el poder estaba concentrado en manos de la religión, y era ella con sus ritos, sus dogmas, sus protocolos, quien se encargaba de definir en qué Dios había que creer. Con el humanismo iluminista se perdió la idea de dicho Dios: el hombre llegó para sustituirlo. Si lo humano superó el antiguo paradigma teocéntrico, el nuevo desafío es pensar en cómo ello debe ser nuevamente superado. Así, el hombre resulta siendo un producto insignificante, una consecuencia de su medio social, un residuo de la evolución, un ente enfermo y sin remedio. La sociedad enferma, ahondando en su decadencia, le puede ofrecer una alternativa que va más allá de sus posibilidades limitadamente humanas: el transhumanismo, por ejemplo, resulta una salida bastante cosificada.


    Lo primero para pervertir a la sociedad es adueñarse del lenguaje. Es así como en este consenso de aberración, un niño por nacer no es un niño, sino un puñado de células; o los viejos no son seres provechosos para la comunidad, sino seres improductivos que le cuestan demasiado al sistema y que están sufriendo injustamente. Y en lugar de que la ciencia obre en pos de descubrir nuevos paliativos para mitigar sus dolores, lo que se les ofrece es la “muerte con dignidad”, porque se les vendió el discurso de que la vejez es indigna. No hay el mínimo esfuerzo por atender sus necesidades y hacerles más grata la existencia. La eutanasia se aplaude como un gran avance.




    Nada más ver cómo los consultorios psicológicos y psiquiátricos están llenos de pacientes con carencias afectivas, reflejando la problemática de la sociedad enferma. Ellos son el campo fértil para que germinen las pseudo ideologías, la masonería, los cultos a la naturaleza y a los animales, el sincretismo religioso, todas las creencias en contravía con el cristianismo, y hasta el mismo cristianismo exacerbado y radical. Y si las filosofías son de procedencia oriental, mucho mejor para estos pacientes desventurados que pueden encontrar en el New Age o en la reencarnación la cura para sus heridas psicológicas. No importa en qué se crea con tal de que se piense que se está encontrando la trascendencia, aunque sea por caminos falsos.  

    Lo segundo para cosificarnos en esta sociedad enferma es la ingeniería social. Nada como manipular la mente para hacerle creer al convaleciente que su mal no existe. La ciencia, la política, la cultura, el arte, todos los aspectos de la vida estriban en la corrección política para no importunar a nadie. Esta es una sociedad que no se quiere ofender ni incomodar, que no está dispuesta a soportar el dolor ni a padecer el sufrimiento. Todo aquello que se perciba doloroso se tiende a evitar, y será culpa del individuo si no es capaz de controlarlo: la felicidad, así mismo, es responsabilidad individual.

    Y parte de esa ingeniería se encuentra en la filosofía del desprendimiento, no sólo de las cosas materiales, sino de la esencia y de la identidad. Dese el Foro de Davos nos dicen que “no poseeremos nada y seremos felices”, pero la verdad agazapada es que “no seremos nada”, porque despojándonos del ser es que pretenden hacernos creer que se puede alcanzar la felicidad: mientras más atomizado esté el hombre —sin patria, sin hogar, sin libertad, sin propiedad, y hasta sin Dios—, solamente le quedará ser un ciudadano del mundo que se dedica al consumo de lo efímero, de cualquier droga para no sentir dolor, igual que una cosa que no siente. Por eso estamos reducidos al objeto. Y siendo objetos de un eterno presente, sin pasado y sin futuro, ¿a qué trascendencia podemos aspirar? ¿A la de los lemas publicitarios de “el presente es lo único que hay”, “tú lo puedes todo”, “sé tu propio jefe”?




    Así, el ciudadano del mundo deambula por todos lados sin echar raíces en ninguna parte, solamente buscando la vaguedad del presente que piensa que no se agotará, temiendo al sufrimiento, bregando por desterrarlo de la realidad a través de la artimaña de las pantallas en donde los algoritmos ofrecen millones de elecciones, no para encontrar nada, sino para seguir en la búsqueda frenética de lo que no sabemos qué es.

    La sociedad enferma necesita liberarse, pero que la liberación sólo pueda lograrse a través de la cooperación y los valores fraternos, es una falacia gigantesca: la humanidad se niega a propiciar su alivio, no tiene  la intención. No hay razón para pensar que la sanidad nos llegará con otro orden mundial, pues me temo que el objetivo es empeorar para provocar la auto-aniquilación.

    ¿Por qué en lugar de aliviarse la sociedad tiende a enfermarse y a enfermarnos cada vez más? Porque está deshumanizada. Todos lo estamos. La deshumanización es una consecuencia directa de la pérdida de trascendencia. No se aspira a la superación porque se piensa que a través de la ciencia todo es posible, todo se puede modificar, cada uno puede convertirse en lo que desee.

    Después de todo, vivimos inmersos en una cultura que aborda la existencia con base en los objetos que rodean el entorno, hasta el punto de asumirnos nosotros mismos como el objeto. Así les resulta mucho más fácil a los grandes poderes controlarnos y eliminarnos cuando ya no nos necesiten; cuando dejemos de ser un elemento de producción y de consumo.

    Y dejaremos de serlo en el momento en que se apague nuestra vida. Muchos habrán trascendido a través de la fe, de los hijos, de las acciones que sembraron en ellos, de la guía espiritual que proporcionaron al prójimo. Pero el hombre tiene límites. La sociedad enferma considera que esos límites se pueden transgredir.

    No es así.



    Si no hay respeto ni conocimiento de los límites, mucho menos hay posibilidad de superación, porque la superación no está en la transgresión, sino en la libertad: la que se tiene para hacer el bien tanto como para hacer el mal. Sobrepasar los límites por la vía del "todo vale", sin el menor atisbo de una ética virtuosa, es cruzar el umbral que conduce de vuelta a la esclavitud de nuestras propias pasiones.

sábado, 4 de diciembre de 2021

La cosificación del hombre (La existencia vacía)

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Rupertino Díaz siempre se ha visto como un hombre normal mientras no tenga que entrar en contacto con los otros. El problema comienza al momento de la interacción. De un tiempo para acá viene sintiendo que ha perdido su condición de ser humano y que es ahora algo menos que un animal: es simplemente un objeto.

    Su vida en el almacén de cadena donde trabaja como vendedor externo está supeditada a un solo concepto: cumplir la cuota. Teniendo en cuenta que detesta socializar, es fácil inferir que Rupertino odia su trabajo. Su actitud permanente es la de albergar un sentimiento de impotencia por el aislamiento continuo al que se ve sometido. Cabe anotar que Rupertino, a sus 45 años, sigue siendo soltero y que le es indiferente a las mujeres.

    En el almacén tiene varias compañeras de trabajo cuya relación con él es meramente de carácter instrumental. Ellas sólo le dirigen la palabra cuando ven que Rupertino les puede ser de utilidad en la consecución de alguno de sus objetivos. A Rupertino le gusta mucho una de ellas, Xiomara, la secretaria, pero no se atreve a manifestarle su sentimiento. Teme que si ella le concede una cita romántica, tal vez la arruine como le sucedió la última vez que salió con una mujer: el éxito que Rupertino tuvo para llevarla a la cama se convirtió en fracaso cuando este no logró un buen desempeño sexual. Porque Rupertino no siente nada, su cuerpo no reacciona a los estímulos; ha sufrido una pérdida progresiva de los vínculos afectivos.

    En aquella ocasión la mujer a la que creyó haber conquistado no tuvo interés de cooperar ni ser solidaria. Ella buscaba un gozo erótico y Rupertino no se lo pudo prodigar. Simplemente había que pasar la página.




    El día de elecciones Rupertino no sabía por quién votar. Uno de los candidatos proponía libre mercado a ultranza. El otro proponía intervención estatal en todo y para todo. A él los medios de comunicación y los debates en redes sociales lo convencieron de decidirse por el segundo, a ver si el Estado se encargaba de compensarle su desazón a través de cualquier beneficio gratuito. Estaba cansado de pagar tantos impuestos para nada, de respetar las leyes y ser buen ciudadano.

    Su ideal de vida, el que le habían dicho que era el apropiado, ahora está completamente desdibujado. Anda dividido, lejos de su potencial, de su pensamiento. Dos meses seguidos lleva sin poder lograr la meta de ventas y ya su jefe le dio un jalón de orejas. La semana siguiente ajustará el tercer mes y sabe lo que eso significará: probablemente pierda su trabajo. En síntesis, Rupertino hace parte de la clase de hombres que carecen de dignidad, de identidad, de aprobación: está cosificado.

    Así como Rupertino, millones de personas en el planeta se consideran una mercancía transferible, cualquier cosa intercambiable. Muchos lo somos sin darnos cuenta. Se dice que este fenómeno —la cosificación—es propio de la vida moderna y capitalista; un método que vuelve rutinarias las actividades cotidianas, que deviene en pobreza de espíritu, que deja de lado la conciencia, olvidando que la función primordial de esta última es preservar la especie humana. Nada que amenace tanto a la especie como la falta de razonamiento, de conexión con el universo. Y sí, hay que decirlo sin vergüenza, la falta de Dios. Así, la sociedad de consumo como producto del capitalismo salvaje le impuso a Rupertino un rol diferente al que él hubiera querido ejercer en el mundo: el rol de ente productivo y consumidor. En el sistema de vida presente no se necesita más. En el futuro, bastará con que solamente sea consumidor.



    Por eso cuando él llega a su casa, que en realidad es una habitación que tiene rentada a una familia en un barrio de clase media, su primer acto es comerse las frituras que compró al salir del trabajo con un refresco de cola, al tiempo que ve los capítulos atrasados de su serie favorita en la plataforma streaming de moda, porque todos en la oficina hablan de esa serie tan emocionante y él no quiere quedarse atrás. Aunque no tiene mucho con quién hablar, y de hecho no le gusta, él de todos modos quiere estar preparado por si en algún momento tiene que aportar algo emocionante a la conversación. Y ruega que así sea. Le gustaría que Xiomara, la secretaria, le preguntara si se vio la noche pasada la serie “X”, o la “Y”, porque él se las conoce todas, y entonces podría hablarle de lo que vio y decirle con cuál personaje se identifica. De todos modos no sería el héroe, ni el más valiente. Rupertino se identifica con el antihéroe, que es el que en estos momentos alaba la sociedad.

    Cuando hombres como Rupertino, que están totalmente enajenados en una colectividad automatizada, asoman su cabeza al mundo y se toman un minuto para la reflexión, se dan cuenta que muy poco queda por hacer: sin conciencia no puede haber moral ni ética.

    Anota Capi Vidal, autor de la columna de la Cosificación del hombre en el Portal Libertario, que “la conciencia existirá cuando el hombre se escuche así mismo y no se vea como una cosa o una mercancía”.[1] Para no caer en la cosificación se incentiva mejor a que se proclame la concientización. Dos estados mentales mutuamente excluyentes.



    Fromm enfatizó en la necesidad de moldear y transformar la naturaleza externa del hombre para que este se moldeara y cambiara así mismo.[2] Él, hijo de la escuela de Frankfurt, heredera del socialismo en comunión con la teoría freudiana, no dudaba en culpar a la sociedad capitalista de todos los males del hombre, lo cual no es del todo falso, pero tampoco del todo cierto. Considera que el proceso productivo grande y complejo hace que el trabajo pierda su carácter de actividad humana con sentido. Que el trabajador está aislado mentalmente del objeto de su trabajo y de la industria a la que pertenece, como una pequeña pieza que no encaja. Así que el único sentido que el sujeto le ve al trabajo es el de obtener dinero y no el de realizar una actividad social con beneficio para su vida.

    Pero ¿de qué le sirve al hombre transformar lo material, el entorno, el exterior, si no hay un cambio en su interior, si no adquiere conciencia de su trascendencia? No podrá modificarse la sociedad, ni podrá haber un ideal liberador mientras ello no opere individualmente. El éxito “aparentemente embriagador” del que hablara Fromm es solo un espejismo cuando se ha sacrificado el sentido de la vida. En eso estamos de acuerdo, pero más que del sistema económico, político o religioso, el cambio debe provenir de los esquemas mentales de los hombres que ahora están cosificados. Porque la cultura le ha vendido ídolos y este los ha comprado. Le ha vendido identidades, y este ha pagado por ellas.



    Pero volvamos al hombre de esta historia, a Rupertino, para no hacer de este relato una mera disertación filosófica de la que yo tampoco entiendo mucho. Rupertino termina de ingerir su comida chatarra, de ver sus series basura de Netflix o de cualquier plataforma, y a continuación, antes de dormir, destina la mejor parte del día para su auto contemplación. Es su manera de prodigarse afecto y replantearse como un ser que todavía siente. Sintoniza el canal porno en el televisor, a bajo volúmen para que no escuchen los señores de la casa, y se masturba compulsivamente hasta saciarse, pensando en Xiomara, que nunca lo verá como un prospecto. En ese acto está condensado su pírrico momento de felicidad.

    Por esta noche Rupertino podrá dormir tranquilo, pues cuando amanezca estará listo para enfrentarse a los desafíos de su existencia vacía, que al fin y al cabo es la única que tiene, y aún no llega el momento de desprenderse de ella.



[1] https://www.portaloaca.com/articulos/anticapitalismo/6547-la-cosificacion-del-hombre.html

[2] La enajenación en la sociedad capitalista. Una aproximación a las tesis de Erich Fromm", publicado en Germinal. Revista de Estudios Libertarios núm.8.

 

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