Honor
al hombre,
a esa
obra maestra de la naturaleza,
a ese
rey de la creación.
Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo
Nos dice el portal Economipedia en su
definición técnica acerca de la palabra patriarcado:
“es una forma de organización social en la que el hombre ostenta la autoridad y
ejerce su posición dominante sobre la mujer”.[1]
En el artículo titulado “Patriarcado” del 5
de noviembre de 2020, el columnista Alfredo Marín García, citando a la
historiadora Gerda Lerner, nos cuenta que este ordenamiento social se produjo,
no tanto por la superioridad física del hombre sobre la mujer, sino por un
conjunto de factores “demográficos, culturales, ecológicos e históricos”[2]
que dieron lugar a esa jerarquización.
El factor religioso, por ejemplo, sentó las
bases conservadoras en las que los roles del hombre y la mujer fueron asignados
casi como una especie de división del trabajo. El primero quedó supeditado al
sustento económico y a la defensa del hogar, y la segunda al cuidado de la casa
y la educación de los hijos. Esta noción, sin duda, obedece a ciertas sociedades
inspiradas en las religiones de la antigüedad que han perdurado por siglos. Luego
el cristianismo tomó mucho de ese modelo para mantenerse en pie, direccionando
todo el asunto de la autoridad hacia la figura paterna.
El apóstol Pablo lo señaló así por
inspiración divina en una de sus epístolas: “la mujer aprenda en silencio, con
toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre
el hombre, sino estar en silencio”. (1 Timoteo 2:11-12). Bueno, algunos
historiadores dicen que ese pasaje bíblico no se corresponde con el mandato de
Dios, y que más bien fue una opinión personal del propio apóstol Pablo. Otros
sostienen que esa frase fue modificada luego por escribanos machistas, pero no
pretendo ahondar en esa discusión, de por sí demasiado arriesgada para esta
época. Aquí solo estoy reflejando cómo la religión, y en este caso el cristianismo,
ha sido uno de los puntales para mantener vivo el patriarcado.
Y sí, resulta que las sociedades que mayoritariamente
mantuvieron la cristiandad como su eje, en consecuencia, conservaron por más
tiempo la justicia, la fortaleza, la templanza y la prudencia como directrices
de la familia. En todas ellas también operó el sistema patriarcal, que no sólo
iba de la mano con el cristianismo, sino con otras religiones que lo llevaron
incluso a un nivel extremo. (El Corán, por ejemplo prohíbe a las mujeres la
participación en la vida pública y el derecho a la propiedad).
Pero es en Occidente, cuna del
cristianismo, donde mayormente se ha erradicado ese “temible demonio” del
patriarcado, al que se le debe el fortalecimiento de ciertos valores que en su
momento fue necesario cultivar para afrontar las guerras y contrarrestar las
amenazas externas contra la familia y la propiedad, pero que ahora es un
fantasma.
Por fortuna la humanidad avanzó y la mujer dejó de ser un mero botín de
guerra para convertirse en la célula fundamental de la familia y la sociedad, y
gracias a los sistemas de participación democrática de los países occidentales
fue donde se valoró más su papel. La mujer se equiparó en derechos con el
hombre, lo cual fue justo y debió ser así desde un principio si la imposición
religiosa no hubiera metido las narices en esto. Menos mal las cosas cambiaron
y la mujer es hoy la protagonista de las transformaciones, ya que nada hay en
la ley que le impida realizarse personal y profesionalmente como su corazón se lo
indique.
No lo quieren entender así las feministas.
Ellas aducen que sigue existiendo ese sistema de dominación que las mantiene en
una condición de desigualdad frente al hombre. Culpan al capitalismo de ello, a
pesar de que el patriarcado es muy anterior, que viene prácticamente desde la
época del hombre primitivo: ellas no lo saben situar en el contexto histórico.
Y es verdad que mientras duró el patriarcado, este oprimió a la mujer y la
subyugó a una posición inferior, pero ese sistema es ahora un mito.
En todo caso las desigualdades entre
hombres y mujeres en la actualidad no se deberían explicar por un vicio
sistemático, sino por unas coyunturas de muy variada índole en la que tienen
que ver otros factores, y por supuesto que el mercado está entre ellos. Pese a
ello, no perjudica exclusivamente a la mujer. La “desigualdad” de la época
contemporánea afecta a los dos sexos por igual, qué irónico decirlo así.
Fue en la década del setenta cuando una
feminista radical llamada Kate Miller hizo del patriarcado su objeto de estudio
y su caballo de batalla, cuando en su libro escribió que era un sistema de
dominación central que estaba implícito en todos los sistemas de opresión, como
si fuese el padre de toda la tiranía. Articuló un discurso político que es la
base del discurso feminista de la actualidad. Con él, y con el aporte de otras
ideólogas de este movimiento se ha logrado fundar una secta que recluta a
mujeres jóvenes, en su mayoría estudiantes universitarias y hasta de
secundaria. La complicidad de los claustros educativos y de las organizaciones
internacionales que las financian es irrebatible. Cada día se hace más poderoso
este movimiento, más radical, más violento, más absorbente. Captan militantes
—a veces pobres hombres deconstruidos— de todas las nacionalidades y le dan
sustento a su teoría en la batalla contra ese enemigo mortal: el patriarcado.
Pero es bueno que nos detengamos a pensar
si en realidad, en pleno siglo XXI, segunda década, los hombres tenemos esas
prerrogativas que dicen las feministas que tenemos; si es cierto que nuestra
condición de machos nos permite gozar de privilegios aplastando la dignidad
femenina; si en realidad somos los amos del universo, los reyes de la creación.
Les
soy sincero. Ser hombre en el mundo de hoy es cada vez más complicado. No las
tenemos todas con nosotros, y ya no somos los consentidos de un sistema que si
bien oprimió a la mujer, en parte también la protegía.
Somos los hombres los que tenemos que pelear
las guerras, los que mayoritariamente debemos morir asesinados si un ladrón
ataca nuestra casa: el 79% de los homicidios a nivel global son de hombres.
Nuestra esperanza de vida con respecto a la mujer es cinco años menor, pero
debemos esperar cinco años más para pensionarnos, por lo menos en Colombia.
Aparte, cuando los problemas no tienen solución, nos vemos avocados al suicidio
en una proporción tres veces mayor. Sufrimos más accidentes laborales, por
cuanto los trabajos más peligrosos son
ejecutados por hombres. No todos tienen mi suerte de trabajar detrás de un
computador, y aun así, cuando un hombre poco aventurero aspira a un cargo de
oficinista, pues ¿qué creen?, las mujeres tienen preferencia. En un país como
Estados unidos el 65% de los bienes le pertenecen a las mujeres, y a nivel
global, el rubro de los servicios, que es el que más ingresos genera, está
ocupado por mujeres en un 54%. En cuanto al flagelo de la drogadicción, las
víctimas son mayoritariamente hombres, y el 75% de la indigencia del mundo está
compuesta también por hombres, pues una cosa está en relación con la otra.[3]
Con estas estadísticas, no es un privilegio
ser hombre, y de aquel sistema patriarcal que en el pasado nos favorecía apenas
queda el humo que todavía aspiran las feministas para tener con qué atacarnos,
pues sin esa obsesión del patriarcado su discurso se cae. De modo que si el
patriarcado existe, nos está jugando en nuestra contra, pues no puede ser que
el opresor, en este sistema, sea el que más muere y el que más se perjudica.
En el plano sentimental todavía somos los
hombres quienes tenemos que tomarnos el trabajo de conquistar a la mujer,
hacerle propuestas halagadoras, ser galantes, pagar la cuenta, demostrar
solvencia, ofrecer entretenimiento, seguridad y protección. En últimas, somos
nosotros quienes nos ganamos el derecho a ser amados mientras ellas escogen a
quien aman, porque además tienen bajo su dominio el poder que mueve al mundo:
el poder del sexo.
Dirán que de todas maneras existen
corporaciones que discriminan, que se le paga menos a la mujer por el mismo
salario, que la balanza sigue siendo desfavorable para ellas y que por tanto se
necesitan las políticas de cuotas buscando que todo sea equitativo. Yo les digo
que sí, que me parece justo, que la ley de cuotas se establezca para todos los
cargos, incluyendo los trabajos menos apetecidos en el mercado, que son casi siempre realizados por hombres:
recolección de basura, limpieza de cañerías, construcción en las alturas,
manejo de herramientas peligrosas; cosas que implican algún riesgo de muerte o de
indignidad. Supongo que no solo para los cargos administrativos es que debe
proponerse la ley de equidad de género, ¿o sí?
Y pensar que son ellas, las mujeres, las
que tienen en sus manos el futuro del mundo, porque son quienes traen los hijos
y dan vida a las nuevas generaciones. Muchas ya no los quieren tener por
decisión propia, lo cual está muy bien. No obstante, pienso que eso de ir por
mitades en lugar de hacerles bien, las perjudica. Yo le digo a las mujeres que
no se conformen con poco y que vayan por más, no sea que por una ley absurda se
desperdicie el 50% del talento humano en la escena laboral: ustedes ya nos han
superado con creces y perfectamente pueden hacer mayoría, y eso también está
muy bien, pues no les faltan méritos.
De resto, que las feministas no se
preocupen del patriarcado, que ese es
un fantasma que ya no asusta a nadie.






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