sábado, 27 de noviembre de 2021

Nostalgia por el equipo de sonido

 Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Sería finalizando la década de los ochenta cuando invité a un compañero del colegio para que realizáramos una tarea de inglés en mi casa. La tarea consistía en grabar un diálogo, de modo que el profesor pudiera evaluar qué tanto progreso habían tenido sus alumnos en materia de pronunciación. Yo estaba alistando la potente grabadora Silver doble cassette que teníamos sobre el bifé  y un pequeño micrófono de cable que hacía poco mi mamá me había conseguido, cuando el compañerito me preguntó sorprendido.

    — ¿Y dónde está el equipo de sonido?

    Hasta ese año todavía no habíamos conseguido uno en la casa. No lo necesitábamos. Fue la presión social, la moda, la vergüenza por no quedarse relegado ante la tecnología lo que hizo que mis padres al fin compraran un aparato potente un año después. Mi madre, sobre todo, fue la que más se animó y la que convenció a mi padre para que lo comprara. Es un Goldstar modular del año 92. Cada uno de sus componentes se conecta por aparte, y todo su funcionamiento depende de un ecualizador que canaliza el sonido. Y hablo en presente porque el equipo todavía existe. Está en el cuarto de las cosas en desuso, y la verdad es que hace más de dos décadas que no lo pongo a funcionar.




    El primer módulo es el del tornamesa, para escuchar los discos de acetato. Todavía está puesto el último disco que seguramente estuvo rodando por la época en que empecé a preocuparme por no saber bailar: se trata de una recopilación de los años setenta donde hay salsa, porros, cumbias y merecumbés que eran de mi madre y con los que seguramente ensayé frente al espejo. La aguja hace años se dañó y ya no se podrán escuchar discos nunca más, pues la empresa que fabricaba las agujas de los tornamesas, Normah, ya desapareció.

    Luego venía el módulo del tunning, o sea el que sintonizaba las emisoras. Ese aparato nunca funcionó muy bien para la amplitud modulada porque no supimos cómo se colocaba la antena, pero para el F.M., o frecuencia modulada, sí que sonaba bueno. Por primera vez sintonicé las emisoras pulsando un botón que se encargaba de buscarlas con la mayor rapidez y nitidez, a diferencia de lo que había que hacer con la ruedita manual de la grabadora y los viejos radios.

    El módulo que reproducía el CD (compact disc) tampoco pudimos hacer que funcionara muy bien, pues al parecer venía con un defecto de fábrica que hacía que los discos se rayaran. No importaba. En aquella época eran muy pocos los discos compactos que existían, y además eran muy caros. Cuando comenzó el auge del CD y tuve algunos, le eché la bendición al reproductor, y milagrosamente funcionó.

    Pero yo me bandeaba con mi colección de cassettes, y por ello el módulo al que más le saqué provecho fue el del cassette recorder, con el que no sólo grabé los hits de las emisoras, sino que además grabé mis propias canciones con un micrófono más moderno. Sí, fue por aquella época en que me sentía un cantautor y componía en una organeta Yamaha las peores canciones que se hubieran podido escuchar sobre la tierra, no sólo porque eran malas composiciones, sino porque aún tenía el descaro de grabarlas con mi voz barrancosa de “adolescente tierno”.




    Han sido buenos tiempos los que he pasado con el equipo de sonido. Casi nadie en la casa lo disfrutó tanto como yo. A mi hermanita le gustaba más jugar en la calle, mi mamá lo utilizaba solo en las reuniones, y mi papá no tuvo tiempo ni siquiera de aprender cómo funcionaba. Pero yo sí, y todavía conservo ese vetusto componente como si fuera una reliquia.

    Me he desprendido de televisores, grabadoras, cámaras digitales, DVD’s, y cuantos dispositivos de audio y video tuve después del equipo de sonido, pero no me atrevo a salirme del viejo Goldstar modular. ¿La razón? todavía tengo una colección de más de ciento veinte cassettes originales que tampoco me atrevo a tirar. Cargo con tres caseteras de diferentes colores más una caja de discos de larga duración. Cuando pienso que es inútil seguirlos conservando si ya la tecnología ha cambiado, y además no los necesito teniendo internet para encontrar cualquier canción, me sobrecojo. No sólo pienso en el dinero que me han costado, sino en el valor sentimental que todas esas cintas tienen para mí, incluyendo mis propias creaciones que están ahí grabadas y que algún día aspiro a volver a escuchar aunque apenas sea para sentir compasión por el imberbe que perdió su tiempo de forma tan vil.

    Mi equipo de sonido y mis cassettes van siempre a donde yo voy a pesar de que ya ninguno cumple con el propósito para el que fue creado. Mucho peor: me he vuelto un hombre que ya no escucha música. Si es moderna, con mayor razón no la escucho. A mí el arte de las musas me llegó hasta el cambio de milenio, pues entre más envejezco, menos me gusta lo que oigo ahora. Es natural. Hoy sólo veo conferencias e intento leer libros, pero la música ha sido un tema superado para mí, tanto que la organeta será el próximo artilugio de museo en esta casa y muy pronto estará haciéndole compañía al equipo de sonido en la misma habitación.



    Yo siento una gran nostalgia por el equipo de sonido, no sólo por el mío, sino por el invento en general. En los últimos años lo vino a reemplazar ese artefacto arrogante al que le llamaron mini componente; el mismo que después mutó en un parlante con conexión inalámbrica, casi siempre de marca Bose, y luego quedó supeditado al tal Alexa, el pequeño altavoz inteligente de la compañía Amazon. Y hoy basta descargar en el celular una aplicación online vía streaming, tipo Spotify, y ya está. Si me preguntan por todos esos términos de la tecnología, les diré que por cosas como esas es que le perdí el gusto a escuchar música: hoy día los aparatos literalmente me hablan y no me hacen caso. Solicito una canción y su respuesta es:

    —Si deseas escuchar canciones en específico, deberás suscribirte al servicio prime, donde tendrás más de dos millones de reproducciones a tu disposición por un valor de…

    Y así se volvió esto, que tiene uno que pagar por un servicio virtual cuando lo lindo era ir a La Feria del Disco y palpar los trabajos musicales de los artistas con la imposibilidad de llevarlos todos porque sólo se podía comprar uno. Aquello sí era una verdadera pasión musical.

    A mí me sigue gustando más la forma tradicional de escuchar música, con los viejos adminículos, cuando en verdad uno disfrutaba a placer aunque no contara con muchas alternativas como hoy. No por nada a los nostálgicos del disco de vinilo de 45 y 33 revoluciones les parece que el sonido digital se tiró la magia de escuchar un clásico con ese relajante defecto de siseo.

    Pero ya es muy poco lo que se utiliza el equipo de sonido, a menos que todavía se conserve el añoso espíritu de parrandero residencial. Ni qué decir del viejo radio de pilas. La otra vez le quise regalar uno al celador para que se entretuviera oyendo las noticias, pero me dijo que él con su celular y su inscripción a Youtube Premium tenía manera de escuchar lo que quisiera, y hasta de verse una película antes que lo cogiera el sueño. Ni modo. Tampoco se usa la grabadora de cassette, accesorio tan deslumbrante en los ochenta cuando los jóvenes la llevaban al hombro a todo volumen. Luego en los noventa el walkman, más individual, quiso quitarle su lugar, más fue poco lo que le duró el reinado con la llegada de su hermano el Discman, que tampoco fue gran cosa. Y ni qué decir del cavernario gramófono de por allá de mediados del siglo pasado: ya es una pieza clásica en los museos.



    Sin embargo, sucede que el mundo no para de dar vueltas, y no acaba uno de comprender la mecánica de un dispositivo cuando ya llega otro nuevo. Yo me quedé en el equipo de sonido y ahí quiero parar, pero a este paso bastará invocar el sonsonete de una canción en la memoria para que llegue a nuestro cerebro el sonido real de aquello que queremos escuchar, acompañado de unos mensajes de publicidad y una voz robótica sugiriendo ascender en la membresía por una módica cuota mensual.

    Para entonces la telepatía será otra estrategia más de mercadeo, regida por una gran BigTech que exigirá el pago de los derechos de autor.

sábado, 20 de noviembre de 2021

Niños conduciendo un país

Por Juan Felipe Giraldo Trejos



Por estos días se debate en el Congreso de la República un proyecto de ley que modificaría los artículos 172 y 177 de la Constitución Política colombiana. Está por definirse la fecha para sesionar el tercer debate de esta iniciativa de acto legislativo, que consiste en que cualquier persona mayor de dieciocho años pueda ser elegido como congresista. En síntesis, lo que se busca es bajar la edad para que los jóvenes puedan ser parte integrante del Poder Legislativo de la Nación.

    Recordemos las edades que están definidas en la Constitución para ocupar ciertos cargos públicos: para ser Presidente se necesita ser mayor de treinta años. Para la Alcaldía de Bogotá, mayor de treinta años. Para el Senado se requiere tener mínimo treinta años, y para la Cámara de Representantes, veinticinco, y es en estos dos últimos donde se quiere bajar el umbral a dieciocho. Por cierto, con esa edad, uno podría aspirar a ser Concejal, Diputado o Alcalde de cualquier municipio del país. Y estamos hablando de lo único que se necesitaría para ello, como si los años vividos dieran por sí solos la erudición.


    “Es que esa institución podrá estar muy desprestigiada por el pueblo, pero se pagan tan buenos salarios…”, escucho que la gente comenta en la calle, algunos a favor del proyecto, otros en contra. “Es que son muy imberbes para aspirar a semejante distinción”, reniega alguien mientras sorbe un tinto en la Plaza de Bolívar. “¿Y qué han hecho los viejos?”, pregunta un artista enérgico que pinta cuadros en el suelo de la plaza. El viejo que sorbe el café y se acaba de quemar el bigote vuelve a la réplica: “si los muchachos no saben qué hacer con su vida, ni qué van a estudiar, mucho menos van a saber qué hacer con un país”. “Pero hay jóvenes que están mucho mejor preparados que los que llevan años allá mamando de la teta del Estado, y algunos apenas con bachiller, como ese tal M…”, responde el pintor, que se ve interrumpido abruptamente por un funcionario de la Secretaría de Gobierno y Dirección de Espacio Público, quien le pide no pintar ahí porque los espectadores de su arte están generando obstrucción en la vía.

    El tema ha dado para mucha polémica. Los mismos congresistas que impulsan el proyecto de ley no deben creer de a mucho que un recién desempacado del colegio pueda llegar a ocupar su puesto. Se le reirían en la cara viéndolo llegar a una sesión plenaria como si estuviera llegando a una clase en la universidad. Pero les daría ejemplo, pues muchos de esos mozalbetes sí que asistirían a las sesiones puntualmente, de lunes a viernes, a diferencia de tantos legisladores actuales que brillan por su ausentismo.



    Debe ser que redactar las leyes de un país como Colombia es algo tan trivial que hasta un muchacho de dieciocho años sin experiencia puede realizarlo. Debe ser que el cargo de Senador o Representante no implica lidiar con la presión de todo un pueblo, de la prensa, de los opositores, en fin. Será que no es necesario asumir el compromiso con responsabilidad. Será que es como un juego de niños en donde gana el que más quebrante las reglas.

    ¿Algunos de estos jóvenes que aspirarán a ser congresistas, en caso de que aprueben el proyecto, se habrán leído la Constitución, la Historia de Colombia; sabrán cómo se tramita y se presenta un proyecto legislativo? ¿Tienen madera para hacer un debate político? ¿Si a los dieciocho años ya es difícil ser padre de un hijo, no será más difícil ser padre de toda una patria?

    Creo que no sólo habría que aumentar la edad para ocupar ciertos cargos públicos, sino la exigencia de requisitos que no se consiguen siendo tan joven. Como mínimo el aspirante debiera acreditar la experiencia y la educación para demostrar que está en capacidad de dirigir así sea una Junta de Acción Comunal. Peor aún si se trata del Congreso de la República, en donde se supone que se diseñan las reglas de juego para cincuenta millones de colombianos.

    Es curioso que mientras la sociedad colombiana rechazó los desmanes que algunos muchachos cometieron durante la pasada toma guerrillera que azoló al país en forma de “protesta social”, desde el Estado se esté promoviendo que sean ellos los que tejan los hilos de la patria. Obvio, la mayor parte de la juventud colombiana no tiene nada que ver con vandalismo ni actos delincuenciales. Si algo quieren los muchachos es poder acceder a la educación, formarse y salir a ejercer una profesión u oficio en bien de la sociedad. Si algo reclaman estos valerosos colombianos no es que se les entregue un cargo político como contraprestación a la falta de oportunidades de trabajo y a la crisis que están sufriendo por el alto desempleo juvenil, sino que puedan vislumbrar futuro en su país.



    Al contrario, soy yo el que quiere sacar la cara por la juventud colombiana que sí desea superarse y lograr sus metas con esfuerzo. Eso de dejarlos participar en política sin la preparación adecuada, y que lleguen a ocupar cargos en el Congreso, me parece más bien una iniciativa populista, oportunista, y sobre todo un contentillo para que ciertos grupos de connotación negativa, como el llamado Primera Línea, dejen de incendiar el país.

    El Estado ha cedido a las presiones, y ahora pretende él mismo cambiar la ley para que quienes infunden miedo y no representan el verdadero deseo de la juventud, tengan su curul asegurada. Ya sabemos que la estrategia funcionó con otros actores armados, ¿por qué no implementarla entonces en nombre de los jóvenes para calmar los ánimos aguerridos de unos cuantos y así seguir echándoselos al bolsillo?

    Es paradójico que en Colombia, para aspirar a puestos de salario inferior como el de barrendero, recolector de basura o limpiador de vidrios, sea preciso tener el cartón de bachiller, el certificado de alturas, o un curso de manejo de residuos. Y como mínimo un año de experiencia. Para el puesto de Presidente de la República, de Senador, de Alcalde, y de Gobernador, no hay que ser profesional: basta con tener la cédula de ciudadanía. Y ganar las elecciones… hasta ahora.



  Y mientras se discute si la problemática de los jóvenes se soluciona dándoles curules en el Congreso, nada se habla de los temas que sí deben formar parte de la alta política del país. Para los problemas reales como el desempleo, los cultivos ilícitos, el micro-tráfico, los grupos narcoterroristas, la inseguridad, la desmedida corrupción, la inflación, el déficit fiscal, la devaluación de la moneda, la reducción de la pobreza, la falta de vías, etc., etc.; para esos problemas no se agilizan los debates ni se escuchan las propuestas. 

    En eso estamos, perdiendo el tiempo creyendo que así vamos a salvarnos de la debacle que se nos avecina. Majaderías, diría un patriota de los de antaño. Y es verdad. De razón que somos un país leguleyo, caricaturesco, un monumento a la estulticia. Con razón algunos creen que los niños conducirían mejor el destino de esta gran república bananera.

sábado, 13 de noviembre de 2021

El Homo stultus

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    A propósito de la marcha de “los que caminan hacia atrás” que se presentó hace unos días y de la que me ocupé en un artículo anterior, quise abordar el día de hoy un concepto muy poco original (y me temo que muy martillado por la Ciencia con palabras más técnicas), pero que a mí me resulta muy útil y sonoro para describir a una cofradía de sujetos que van por ahí dando tumbos en el mundo sin saber ni qué son ni para qué están aquí: el concepto del Homo stultus, o del hombre estulto.

    La estulticia es una palabra que se deriva del latín stultitĭa y que significa necedad, estupidez, ignorancia. Ese es pues el término con el que yo defino a una nueva categoría de hombre en la escala evolutiva, y que al contrario de su predecesor, el Homo sapiens, de sapiencia no tiene mucho. Más bien es un hombre que ha dejado de pensar para entregarse de lleno al goce que le produce la exploración de sus sentidos. El “pienso, luego existo” que tanto nos recalcó Descartes en el período de la Ilustración, viene ahora a ser reemplazado por el “siento, y no sé si existo”, porque en últimas a la realidad post-moderna también hay que ponerla en duda, no sea que todo lo que veamos a nuestro alrededor tan sólo forme parte de un sueño, al mejor estilo de la filosofía Renardiana de La desaparición del universo.

    Es que el hombre contemporáneo, el que ha devenido en Homo stultus y que de algún modo todos hemos representado, prácticamente le ha entregado el poder de su vida al elemental acto de sentir. De nada valen para él las facultades racionales ni el discernimiento cuando no hay en ello el placer implícito. La escuela del hedonismo se encuentra aquí deformada a un extremo tal, que incluso el propio Epicuro se echaría la bendición al ver lo que han hecho con la noción que él enseñaba del placer como bien supremo de la vida, entendido este como algo que no excitara los sentidos ni provocara un mal luego de haberse prodigado en principio lo que pareciera ser un bien: sacrificar el bienestar posterior por tener placeres momentáneos no hacía parte de sus formulaciones. Para el Homo stultus sí, y de hecho ha confundido y entremezclado el placer con la felicidad, convirtiéndose en un esclavo de sus deseos. Lo peor de todo es que se muestra orgulloso de su comportamiento, como si con ello bastara para alcanzar el virtuosismo. Porque tampoco sabe lo que significa este último ideal: el virtuosismo.



    El Homo stultus considera los conceptos occidentales del trabajo y el ahorro como un “esquema vulgar y alineante” en el que se ha perdido la grandeza y la “conexión con el misterio”. Lo que para el virtuoso es sagrado y único a través de su fe religiosa, para el Homo stultus la conexión espiritual se logra con los psicoactivos que propende porque los gobiernos legalicen. No tiene religión, más que su credo de valores post-modernos que defiende y respeta bajo el postulado de la libertad, que es al fin libertinaje. Luego se arroga una superioridad moral y con ella le hace la apología a todo lo que considera bueno, inocuo, parte de su desarrollo personal. En realidad, siendo consciente o no, lo que hace es prestarle un pésimo servicio al mal, a la degradación del individuo. Si con ello logra la destrucción de las instituciones que por siglos han regentado las normas de comportamiento, se sentirá muy feliz y liberado de lo que considera que es la opresión.

    El Homo stultus sataniza la tradición y ensalza la moral de lo nuevo a través de la “narrativa humanista” que coquetea hasta con los más abyectos actos de depravación. Su fin justifica los medios. Su lema es deconstruir, que en últimas es sinónimo de destruir. Necesita la destrucción de lo edificado por otros para cimentar así su edificación de ruina moral. Al final siempre habrá un culpable: los otros.

    Si saltarse los límites establecidos es extraordinario para el Homo Stultus, así como echar por la borda todos los dogmas que imponen las instituciones normativas; en el momento en que sus aspiraciones chocan contra una realidad objetiva que para nada es relativa, sobreviene la mayor de las decepciones: la incapacidad para sentir amor de verdad.



    El cuerpo, desligado ya de la voluntad y de la fe en lo que para él es la falacia de Dios, se convierte en una suerte de vehículo extraño, en un objeto de padecimientos físicos y un mecanismo de experimentación con el que pretende modificar la naturaleza, tratando incluso de cambiar el género que le fue otorgado por aquella desde el nacimiento. El Homo stultus terminará por desobedecer esa naturaleza, por negar la división entre lo femenino y lo masculino así como niega la distinción entre lo bueno y lo malo.

    Amarrado a esa red que no le permite dilucidar el límite entre lo uno y lo otro, cree que deben existir otras posturas. Por el camino del medio, que es ancho, cómodo y seductor, finalmente es arrastrado a su propia perdición sin darse cuenta en qué momento cruzó la línea.

    De esa forma, el que al principio era un hombre creyente en el progreso humano, termina siendo el individuo categórico de un nuevo poder del cual ya no puede escapar. El Homo stultus ha caído en las garras de sus amos, los mismos que alentaron su filosofía de la inmoralidad. Es ahora un paciente digno de hospital mental, un sujeto depresivo, un ser atrapado en un cuerpo que considera equivocado, un ente fragmentado, sin raíces; en fin, un suicida en potencia. Una vez que ha tomado la difícil decisión de atentar contra su vida, la culpa será del mundo de afuera, de la realidad exterior que se negó a reconocerlo y aceptarlo, del horror que nunca quiso enfrentar, del sistema opresivo que atentó contra su autopercepción.

    El Homo stultus está aturdido por el exceso de información. Teme elegir el silencio por el pánico a recorrer el camino en soledad. Busca el colectivo que le provea seguridad y le reconfirme quién es, pues él aún no lo sabe. Está desasosegado pero no tiene el valor de enfrentar sus demonios. Como está despojado de toda moral y todo dogma que lo lleve a concebir un Dios espiritual, no sabe a quién dirigir sus plegarias. No sabe lo que expresó Paul Simon cuando dijo en su canción que “Dios nos habla en el silencio”.



    El Homo stultus fui yo alguna vez, fue mi vecino, mi profesor de humanidades, algún jefe que en la vida tuve, un compañero de la infancia. Todos en algún momento hemos sido hombres estúpidos, adictos a los placeres, al mundo, al sueño. Y todavía la realidad nos golpea de frente, y en lugar de aceptar la imperfección creemos que hallaremos el país de las maravillas escondiendo la cabeza y negando aquello que no se puede negar.

    El Homo stultus, que le dio todo el peso de su existencia a las emociones, se olvidó de actuar con inteligencia, con aplomo, con autocontrol, que es lo que nos hace mejores seres humanos. Y nadie que no ponga en práctica la máxima más elemental de Santo Tomás, podrá alcanzar eso que el Homo stultus cree que es la felicidad a través del placer: “El bien se debe hacer y buscar, y el mal se debe evitar”.

sábado, 6 de noviembre de 2021

Retroceder nunca, rendirse jamás

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Viene sucediendo desde  la semana pasada en la localidad de Kennedy en Bogotá. Un grupo de muchachos entre los dieciséis y los treinta años aproximadamente, algunos abrigados con suéteres de capota para que no los reconozcan de a mucho, vestidos de negro y totalmente ensimismados, están adquiriendo la costumbre de salir en las noches para caminar hacia atrás. Sí, caminar hacia atrás, como una nueva forma de protesta social; algo que no se le hubiera ocurrido a los de la Primera Línea, ya que ellos son expertos en replegarse, pero no con el orden y la coordinación de estos nuevos manifestantes. 

    No hablan con nadie, no responden a las preguntas de los periodistas, no explican el motivo de su marcha; simplemente dan pasos coordinados en reversa mientras algunos se encargan de abrirles paso y cuidar de que no se tropiecen. Ya se sabe que ir de espaldas a la realidad puede resultar peligroso. Encima van repitiendo una letanía al mejor estilo de las sectas que han perdido el juicio, y es una frase que a uno lo pone a pensar: “Queremos devolver el tiempo”. Y no falta el que se mueve de manera extraña, como si estuviera poseso o drogado… o las dos cosas.

    Muy buena estrategia para llamar la atención, pensé yo. También yo quisiera devolver el tiempo, pero a mí no se me hubiera ocurrido nunca convencer a cuarenta amigos desocupados para tomarme la vía pública y hacer el ridículo en esa especie de caminata en cámara lenta que simboliza el retroceso del tiempo. Además que las velas, como si estuvieran en una procesión fúnebre, le agregan un toque de dramatismo al asunto.



    
De modo que los marchantes que salen a las doce de la noche, cual secta satánica, recorren los barrios de la localidad de Kennedy como en una escena digna de película de zombis, sólo que a estos no les interesa el cerebro, sino devolver el tiempo. Es más, me atrevería a decir que de cerebro muy poco, prácticamente nada. En ese sentido son veganos intelectuales.

    Lo que sí se les abona, y esto hay que reconocerlo, es que esta curiosa marcha sí reúne los requisitos para catalogarse como pacífica. Cumplen a cabalidad con las medidas de bioseguridad en este tiempo de pandemia, pues todos llevan tapabocas y hasta realizan distanciamiento (aprendan, muchachos del corazón de Claudia López). Porque a pesar que algunos vecinos salieron a gritarles y hasta insultarlos, y no faltó uno que otro desubicado que lanzara el grito de “Petro presidente”; ellos continuaron su recorrido sin inmutarse ni mirar a nadie. Sin siquiera mirar por dónde iban, para que nos hagamos una idea de su desconexión del mundo.

    No parecen abanderar ninguna causa religiosa, política o ideológica. Más bien lucen como rebeldes pacifistas y hasta conservadores (y esto sí que es un oxímoron), pues yo pensaba que los únicos que queríamos que el tiempo retrocediera éramos los veteranos de más de cuarenta que recordábamos mejores épocas de nuestra juventud, cuando estábamos en la edad de ellos y pensábamos que la vida era un gozo perenne. Por eso yo no entiendo estos muchachos a cuál tiempo quieren devolverse si es que apenas están empezando a vivir. ¿No les habrá dicho alguien que la vida se pone peor?

    Lo cierto es que este reducido grupo de personas que caminan como zurumbáticas logró llamar la atención, no sólo de los vecinos, sino de los medios nacionales. Lograron que alguien se tomara la molestia de sacarles un video, y otros, como yo, de escribirles una crónica. Yo, que por lo general no suelo hacer caso de nada y me las doy de tratar sólo temas importantes. Pero aquí estoy, parándole bolas a esta noticia que aunque no parece significar nada, puede significar mucho.



    ¿Cuál es el objeto real de la marcha? ¿Llamar la atención? Es lógico, y vaya que lo consiguieron, pero esa atención que buscaron atraer puede conllevar varios propósitos: uno es hacerse famosos y ganar seguidores en las redes sociales. Ya saben, allí se encuentra el poder de la validación, y ¡ay! de aquel que no haga parte del círculo vicioso, porque lo importante allí no es aceptarse a sí mismo sino que los otros nos acepten como queremos ser aceptados. Otro propósito sería el de lanzar un grito desesperado y silencioso que le haga ver a la sociedad una problemática juvenil a la que no le estamos dando importancia. Los jóvenes se sienten como náufragos que se aferran a cualquier cosa que crean que es una tabla de salvación, y no se les puede culpar de todo. De hecho ya lo vimos en las pasadas “manifestaciones” entre abril y julio, que hay quienes se aprovechan de la confusión mental de la juventud para manipularlos con fines politiqueros, y ellos todavía piensan que están haciendo una revolución.

    Otra hipótesis de estos movimientos ocurridos en la localidad de Kennedy podría ser que los muchachos estén mentalmente equilibrados y que nada más estuvieran excediéndose en sus travesuras. En ese caso lo de “mentalmente equilibrados” se puede revaluar, porque hay que ser muy loco para hacer aquello, o muy irreverente, pero en cualquier caso ese tipo de locura (mientras no pase de ahí) es mucho más deseable que la locura de quemar estaciones de Transmilenio y acabar con la infraestructura de la ciudad. O puede ser que sean mentalmente desequilibrados, como es de suponer, y que estén haciendo públicos apenas los primeros síntomas de una demencia peligrosa. Nunca se sabe.

    Otras dos razones que me atrevo a aventurar son: una, que se encuentran realizando una campaña publicitaria para algún reloj fabricado en uno de esos países comunistas, cuyas manillas corren en sentido contrario y tienen la facultad de retroceder el tiempo para devolvernos a los “mejores tiempos del pasado”. Seguro que son actores naturales no muy bien pagos. Otra, es que en verdad sean una de esas pequeñas sectas locales que adolecen de un buen profeta y de un libro sagrado que pueda ser confiable. Los adoradores del Diablo son un buen ejemplo.

    Yo me inclino por todas, pero más por la segunda, y es que estos jóvenes actúan así porque les falta amor en sus corazones y direccionamiento en su andar, tanto que van de para atrás, literalmente.   



     Viendo a estos muchachos no puedo dejar de pensar en la “generación de cristal” de la que hacen parte muchos de ellos (y bastantes viejos sin carácter de nuestra sociedad). Hoy, cuando la cosmovisión moderna ha decidido encomiar la debilidad, la pereza, el facilismo, en lugar de valores como el esfuerzo, el trabajo duro y la perseverancia; nos vemos avocados a esta juventud confundida que al hacerse hombres y mujeres se dan cuenta de que siguen siendo niños y por ello quieren regresar al pasado. Como se tropiezan con una realidad que los abruma, se inventan toda suerte de conjuros inútiles y se rinden a los ídolos de papel, porque de eso están fabricadas sus certidumbres.

    Yo he acuñado un término muy anticientífico para identificar a esta cofradía alienada que sería la evolución inversa del Homo sapiens, y es el Homo stultus, en latín, que traducido al español se refiere al hombre estúpido. Sin ánimo de ofender, pero así los he nombrado, y en una próxima ocasión ampliaré la descripción de este nuevo espécimen.



    Por el momento los invitaría seguir el consejo implícito en el título de una película que vimos por allá en 1986 con Jean-Claude Van Damme, resumiendo la esencia de lo que debiera ser una filosofía de hombres virtuosos que tanto hacen falta hoy día: “retroceder nunca, rendirse jamás”. Esto nos remite a la perseverancia, al tesón, a lo que coloquialmente en Colombia llamamos verraquera

    Los marchantes de la localidad de Kennedy deberían concientizarse de que está bien mirar atrás para aprender de los errores del pasado, pero no pretender regresar allí, además porque físicamente es imposible. No hay que retroceder en nuestro camino a la superación, y menos rendirse. Ir de para atrás adrede equivale a darlo todo por perdido.

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...