lunes, 28 de junio de 2021

Orgullosamente heterosexual

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




 

    Salgo a recorrer mi ciudad como suelo hacerlo cada que necesito cazar un nuevo tema para continuar desencantándome de este mundo vuelto de cabeza, y no he caminado dos cuadras cuando veo algo que me llama la atención. No es el raponazo diario del Centro, ni el fleteo semanal a plena luz del día al que nos tienen sometidos a los habitantes ante el repunte de la inseguridad que se viene sintiendo desde la pandemia. Tampoco es la pelea callejera por la acostumbrada intolerancia de los ciudadanos que están al borde de la locura, y por fortuna no es un bloqueo de los de La Primera Línea, que ya se volvió parte del paisaje. Lo que vi fue algo que me llenó de una maliciosa curiosidad: un pintoresco telón de seis franjas constituido por todos los colores del arco iris, exhibido en lo alto de una terraza con una especie de fervor patrio.

    Me pregunté si acaso era veinte de Julio y aquella era la nueva insignia del país que quedó negociada después del paro, o si era que jugaba la Selección, ya que vi esta bandera de un modo muy particular, como si se le estuviera haciendo barra a todos los países al mismo tiempo; tal cual una mezcla del equipo patrio con el del club de los amores, ustedes saben cómo somos los colombianos de dados a revolver todos los distintivos en el mismo dibujo.

    O podía ser que se estaba obedeciendo a una de esas estrategias que se inventan los Derechohumanistas (la nueva religión) para pedir ayuda internacional; como esa moda aberrante de poner la bandera al revés para salir luego por las redes cual mártires oprimidos, haciendo con la iconografía nacional un despliegue de anti-patriotismo, obteniendo el mismo efecto que cuando se le muestra a un católico la cruz al revés: ¡Anticristo! Pareciera que más bien se le estuviera rindiendo un homenaje a la República Democrática de Armenia con esa bandera rojo, azul y amarillo, ¡qué ideota!

    Pero no. Esta bandera no era un llamado de auxilio. Era un llamado al orgullo; no al patrio, sino al orgullo de ser gay. Mi amiga Cata, La Marxista, que al parecer también es simpatizante del movimiento LGBTI… (y no sé cuántas letras más), me hizo caer en cuenta que hoy era precisamente 28 de junio, el Día del Orgullo Gay.





    —Para tu información— me dijo—, hoy se conmemora una fecha que marcó el inicio de la lucha por los derechos homosexuales: el 28 de Junio de 1969 se produjeron los disturbios de Stonewall, en New York.

    Así dijo, New York, acentuando la é como una í, y pronunciando el York como si fuera iork, o algo así le entendí.    

    —Los disturbios de Stonewall —prosiguió— fueron unas manifestaciones contra las redadas policiales que se produjeron en un bar que llevaba el mismo nombre. Fue la primera vez que la comunidad LGBTI luchó contra un sistema que los perseguía y los condenaba por su condición sexual. Pero gracias a ello y a otras manifestaciones que se desencadenaron después, ahora la comunidad goza de libertad y ha obtenido unos derechos que antes les eran negados, pero falta lograr mucho más. De ahí que se conmemore el Orgullo gay. Por eso nació el movimiento, para luchar contra la discriminación y normalizar el reconocimiento de la diferencia sexual. Y esa bandera que ves ahí es el símbolo de la diversidad de los LGBTI.  

    Entendí perfectamente. A las personas homosexuales se les persiguió en el pasado como si hubieran sido delincuentes. Se les sometió a escarnio público y humillación. Desde luego, eran otros tiempos en los que la moral se imponía a rajatabla. Hoy día sus inclinaciones todavía riñen con la normativa sexual tradicional y su conducta está en clara contradicción con los principios bíblicos y religiosos. Aun así nadie tiene el derecho de perseguir ni atacar a otros por sus preferencias sexuales. Como seres humanos merecen todo el respeto, así no se comparta su orientación ni se esté de acuerdo con ella. Y garantizar el respeto para todos por igual me parece muy bien dentro de un marco de libertad y no discriminación por la condición religiosa, étnica, sexual, la filiación política o de cualquier otro tipo. En eso estamos de acuerdo.

    Lo que no me queda claro es por qué hay que hacer de la orientación sexual y del libre albedrío que uno tiene para acostarse con quien le dé la gana —ahora que ya no es prohibido hacerlo­— un asunto de política; ya con estandartes y declaraciones de principios, y causas para hacerse visibles, reconocidos, aceptados, y hasta respaldados por la sociedad. ¿Acaso la decisión autónoma de escoger a quién se mete en la cama no debiera ser un asunto privado? ¿Para qué hacerse visible entonces y gritarlo a los cuatro vientos? ¿Qué derechos civiles tienen las demás personas que no tenga un miembro de la comunidad LGBTI como para que haya que salir a enrostrarle a la sociedad, a través de marchas, desfiles y despliegues de erotismo; o a través de la imposición de una ideología que son personas tan normales como cualquier otra? ¿Acaso el problema no se ceñía solamente a la preferencia por el mismo sexo?




 Me late que aquí el dilema no es de aceptación del homosexual por parte de la sociedad. Está claro que a la fecha, salvo en algunos países totalitarios o en ciertas sociedades islámicas, todavía se persiguen a los que tienen una inclinación sexual diferente, pero por fortuna ya no es así en la mayoría de países occidentales. Repito: a la persona homosexual se le reconoce como persona y se le respeta aunque no se esté de acuerdo con su decisión ni se comparta su práctica. Pero una cosa es ser homosexual o lesbiana y otra cosa es ser militante del movimiento LGBTI. 

    Este colectivo es uno de los que promueve la Ideología de Género, que no es más que un adoctrinamiento y una confusión sembrada en la mente de estas personas para victimizarlos y convertirlos en los idiotas útiles de la revolución cultural que pretenden dar mediante la subversión de los valores. Contra esta ideología disfrazada de "diversidad" me declaro enemigo abierto. Comenzando porque parten de la premisa equivocada de que la homosexualidad es algo innato que no se puede cambiar ni se debe intentar corregir. No sólo contradice la ciencia, sino que tergiversa la realidad. 

    Detrás de toda esa dialéctica se esconden los oscuros propósitos para reducir la población mundial, por cuanto las relaciones homosexuales son estériles por sí mismas. También busca destruir la institución tradicional de la Familia, la cual es el bastión que por años ha frenado la implementación de sistemas marxistas y totalitarios que propenden por la división del ser humano para apoderarse de su voluntad. 




    Es por ello que ven en la minoría homosexual a los sujetos de la "nueva revolución". No por nada han construido alrededor del colectivo que los agrupa, el LGBTI, toda una narrativa de opresión que les ha secuestrado el pensamiento en pos de la imposición de unas ideas anti-científicas y antinaturales. 

    Politizar el tema de la orientación sexual inventándose banderas para representar a cada grupo, así como teorías de género para justificar la imbecilidad de esa propuesta es un plan estratégico que conviene a unos cuantos poderosos. Todo un negocio lucrativo.





    De ese tamaño es la insensatez. No veo a nadie ondeando una bandera por sentirse orgulloso de ser heterosexual. Pero si se hace de lo sexual una causa política, no es extraño que como en la religión o en el fútbol nos toque segregarnos en bandos contrarios para discutir quién tiene la verdad. En todo caso me parece un asunto del fuero interno.

 Si los que no somos homosexuales hiciéramos uso de ese derecho de enorgullecernos por nuestra inclinación sexual, y saliéramos a marchar para reivindicar nuestra condición, la comunidad LGBTI nos acusaría de homofobia, de discriminadores, de odiadores. Sólo ellos se sienten con el derecho a hacerlo: reclaman la aceptación de la sociedad, tal vez porque no se han aceptado ellos mismos.


28/06/21

sábado, 19 de junio de 2021

Perdimos todos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Leí hace poco un artículo sobre la importancia de asumir la derrota. Que hay que vivirla con la misma intensidad del triunfo, disfrutarla, si es del caso, porque se está ante una indiscutible oportunidad de aprender.

    De la derrota, dicen que hay que reconocerla con gallardía y aceptarla con estoicismo. Dicen que hay que tomarla con la misma calma con la que Sócrates tomó su sentencia de muerte. No hay que asustarse por ella.

    Ya lo dijo el viejo filósofo del fútbol, Francisco Pacho Maturana, cuando salió eliminado en primera ronda del mundial de Estados Unidos en 1994: “Perder es ganar un poco”. Y de cierta manera la frase se volvió célebre, y hasta cabía la discusión desde una óptica filosófica acerca de su veracidad, pero había que ser bien cara de palo para pronunciarla en medio de la decepción que tenían los aficionados y periodistas en ese entonces, cuando las expectativas por la selección Colombia no rebajaban de llegar a la final del mundial, porque pensábamos que éramos los mejores, y así nos fue. De eso ya han pasado 27 años y todavía duele recordarlo.




    Pero no es de fútbol de lo que vengo a hablar, sino de la derrota, ese ingrediente obligatorio y amargo con el que se prepara el plato de la vida. 

    Resulta que con la pandemia y con el “Paro Maldito” que ha sido financiado por el narcotráfico, Colombia se sumió más en la derrota. Ya desde hacía mucho veníamos en la rodada cuesta abajo, pero siempre se puede estar peor. Si el mundo de por sí quedó golpeado y todas las naciones (excepto una) perdieron económica y políticamente con el Coronavirus, no fue menor lo que ocurrió en nuestro país, al que no le faltan tragedias, y para colmo nosotros mismos le sumamos una.

    Todavía quedan los áulicos de la utopía, los que se sienten muy herejes porque atacan los resultados de un sistema lleno de falencias, aunque real y por tanto medible; y ensalzan una quimera impracticable que cuando han intentado ejecutar con sus resultados escabrosos, niegan que eso sea lo que defendieron. Son esos que vieron con buenos ojos la convocatoria de este paro que lleva más de cincuenta días (y que todavía hay quienes dicen que seguirán “en pie de lucha”), y que incluso celebran la estupidez evidente como los más despiadados apátridas. Pretenden hacer creer a la gente que esto ha sido una movilización social inmensa y que ha servido para defender los derechos de la ciudadanía.




    Es que definitivamente no faltan los Maturanas de la política que hoy afirman que el paro y los bloqueos nos han dejado enseñanzas muy valiosas y que el país ganó en conciencia social. Y que me disculpe Pacho, que esto no tiene nada que ver con él; sólo que quiero dejar sentado que perder siempre será perder, y en Colombia perdimos todos.

    Si algo hemos obtenido de estos últimos cincuenta y tantos días aciagos, ha sido una gran derrota. Sobre todo para el pueblo pobre al que los “manifestantes” decían representar y al que el gobierno dice defender. Por donde se mire hemos salido perdiendo. Perdimos empleos, poder adquisitivo, seguridad, confianza en las instituciones, la oportunidad de reactivar la economía y el derecho a circular con libertad. Y sobre todo perdimos las vidas de más de 17.000 compatriotas que fallecieron a causa del incremento en los contagios de Covid-19 originado en buena medida por las aglomeraciones que suscitan las protestas. Y las vidas de policías y civiles que segò la violencia. La economía a lo mejor se recupera, pero los seres queridos jamás volverán.




    Se sabía que de ese nefasto paro sólo iban a quedar las cenizas de una irracionalidad. Porque es tan irracional como  inmoral pretender que el mundo mejorará con la destrucción de lo que otros construyeron; con el desconocimiento de la historia que otros escribieron; con la aniquilación de las libertades y los derechos que otros conquistaron. Estamos viviendo al peor estilo Sartriano cuando decía el filósofo existencialista que “el infierno son los otros”. En verdad pareciera que la única fórmula fuera ver al prójimo como el enemigo a aniquilar; el culpable de nuestros fracasos.  

    Hoy, cuando entramos en la espeluznante cifra de casi 700 muertos diarios por Coronavirus y somos el tercer país del mundo con más contagios en veinticuatro horas, no podemos esperar otra cosa que la desalentadora perspectiva de seguir perdiendo. Perdiendo la vida y el país.

    Perdiendo hasta el miedo de morir, pero no porque seamos unos combatientes heroicos a los que ya nada asusta, ni porque estemos convencidos de librar la guerra en medio de este apocalipsis, sino porque se nos está desvaneciendo la esperanza. A muchos no les queda nada más para perder. Por ello les da igual entregar su vida o que la sigan perdiendo los demás.





    Pero ese no es el propósito de la derrota. En la vida, como en el fútbol, siempre existen las revanchas. Siempre habrá la posibilidad de redimirnos, y siendo sincero, creo que es lo único que podríamos hacer para no seguir cosechando descalabros. Propongo que a partir de mañana salgamos a ganar. Y no hablo del partido que jugaremos contra Perú por la Copa América, que por cierto no tiene la menor importancia, sino a ganar de verdad como ciudadanos de esta gran nación.

    Ya basta de seguir alimentando el fracaso histórico del país; ya no más ese pensamiento de malos perdedores que siempre buscan el culpable en los demás: el árbitro, el gobierno, el maestro, el padre de familia, el jefe, el policía, el político, el vecino. Cualquiera menos uno mismo. Hay que empezar por un acto de contrición y reconocer que gran parte de la culpa está en nuestro proceder de ciudadanos que de alguna u otra forma hemos tranzado con la indiferencia, la pereza, la ignorancia o la corrupción. Por cualquiera de esos caminos nos vamos al abismo.

    Urge cambiar primero la mentalidad. De ahí parte lo demás. Sabiendo que estos días han sido un infierno, se requiere hacer acopio de una madurez mental suficiente para sobreponernos a esta debacle y no permitir que vuelva a suceder. Que los azuzadores a los que no les importamos no nos vuelvan a convencer para liberar ese espíritu de ruina o ese odio que nos impide construir. Por ahí se empieza a ganar esta batalla: no caer en la provocación del enemigo, que es aquel que se disfraza de amigo para dar consejos.




        Es cosa de comenzar a pensar diferente. Entender que la exigencia de nuestros derechos hay que hacerla con sentido de altruismo. Es obvio que la violencia deslegitima las justas peticiones. De otro modo seguiremos enfrascados en la dañina división que nos impide ponernos de acuerdo para sacar adelante este país, y así vamos a seguir perdiendo todos.

sábado, 12 de junio de 2021

La nueva dictadura

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





“Un estado totalitario realmente eficaz

sería aquel en el cual los jefes políticos

pudieran gobernar una población de esclavos

sobre los cuales no fuese necesario

 ejercer coerción alguna,

 por cuanto amarían su servidumbre”.

 

 Aldous Huxley.


 

 

    De vez en cuando le echo a una ojeada a los comentarios de los internautas que opinan en las redes sociales, como  para medirle el pulso a la opinión cibernética. Ya saben ustedes que a veces me gusta asomarme a esas cloacas digitales, como cuando los temerarios salen a las calles y pasean por los extramuros de la ciudad, queriendo conocer de primera mano la realidad, o sólo por sentir el vértigo del peligro.

    Así mismo me adentro en los meandros de la red, en donde toda expresión, por más burda y ofensiva que sea, tiene su cabida. Allí lo más grave que puede suceder es que se reciba un insulto de algún inconforme, para el que uno es un indeseable.

    Y ese insulto puede ser el causante de una gran privación, porque no siempre son bienvenidas todas las posturas. Todo depende de si lo que se dice está a favor del criterio que se fragua en estas redes, en cuyo caso, las opiniones son libres, abiertas, y muy numerosas, por demás; o si en caso contrario, la opinión propia no coincide con el consenso general, y entonces llueve fuego y azufre sobre el disidente: la respuesta es una “justiciera y merecida” censura, cuando no una expropiación definitiva de la cuenta, que finalmente no nos perteneció nunca.



    Lo digo por experiencia: no pocas veces una red social como Facebook me ha censurado publicaciones y ha vetado mis comentarios, según ellos, porque “atento contra las normas comunitarias”, o porque mi opinión “promueve el odio”, sólo porque no concuerdo con la mayoría de los que allí confluyen, que pulsan en bloque la opción “denunciar”, y el algoritmo viene recio en su ayuda.

    Esto tiene mucho que ver con aquello llamado la Cultura de la cancelación. Una consecuencia directa de la Dictadura digital. En esta dictadura basta invisibilizarte de la red para aniquilarte sin necesidad de matarte físicamente. Y en esta instancia del acontecer mundial, no se sabe qué es más grave. Sobre todo ahora que nunca hemos dependido tanto de estar conectados. Quien no lo hace, es como si no existiera.



    Así de poderosas son las BigTech, que en el último año han logrado monopolizar la información de sus usuarios más que cualquier gobierno totalitario. Han crecido y ganado más dinero a través de la publicidad, de las nuevas plataformas, de aplicaciones de pago, o la afiliación de nuevos usuarios; que lo que obtiene un país como Alemania en su Producto Interno. Entre más tiempo estamos los cibernautas conectados, más suben sus acciones y más capacidad de controlar nuestras vidas tienen ellas.

    Y eso es poder; un poder que debería ser atacado para demostrar sus fisuras. En ese acto sistemático de censura e imposición de la mordaza, los dueños de la nueva tierra, que son las BigTech, revelan cada vez más su talante autoritario.

    Porque ya no es internet una vía para navegar libremente, sino un territorio colonizado en el que hay que pagar el peaje para transitar bajo la más estricta vigilancia y el más asfixiante control.



    Una vez más el 1984 de George Orwell se pone de manifiesto, con el agravante de que el ojo vigilante del Big Brother se presenta de manera afable y bajo el velo de la inocuidad. Entonces esta dictadura perfecta puede impedir así que la contra-corriente que refuta su orientación política opere libremente en un campo que ya es privado y que está completamente minado.

    Lo dijo Aldous Huxley, el escritor que vaticinó el futuro con su novela Un mundo feliz, que a la larga resultó siendo una alegoría del mundo que nos quieren imponer a través del desarrollo tecnológico: “Los mayores triunfos de la propaganda se han logrado, no haciendo algo, sino impidiendo que ese algo se haga”. Así, censurar a través de las redes sociales y cancelar las cuentas que para el poder resultan subversivas, es la mejor forma de impedir que las ideas contrarias prevalezcan.

    No por nada el mundo digital ya es un campo completamente ideologizado contra la corriente de derecha, que ya es percibida como minoritaria. La élite controla la información y dirige las opiniones, ya no sólo en los medios tradicionales, sino también en internet.

    La muestra de esto es que están apoderados del discurso y manipulan cuanto se les antoja. Un ejemplo de ello lo podemos ver en la forma como durante el paro se ha desacreditado a la Policía y a las instituciones democráticas en Colombia a través de las redes sociales, utilizando información falsa y cuentas ficticias que operan desde lugares tan remotos como Pakistán. El mensaje para hacer creer que se asesina sistemáticamente a la población y que la culpa la tiene el “Estado dictatorial” caló profundo en las emociones de más de un desinformado. Han sido las redes las grandes gestoras de la distorsionada imagen de violación de los derechos humanos en el país ante la Comunidad Internacional, cuando en realidad lo que está ocurriendo es un intento de toma del poder de la izquierda a través de unas manifestaciones totalmente politizadas y violentadas por quienes se robaron la voz del pueblo, al que de ninguna manera representan.



    El problema es que no está bien visto ir contra la Corrección Política, que es un mandato obligado de la ideología progresista. Quien lo haga sufrirá inevitablemente las consecuencias que se traducen en algún tipo de pérdida relevante, ya sea por la censura, la denuncia, la multa, o incluso la prisión.

    Así es, porque ya ni siquiera por medio de un perfil de Facebook se puede expresar el pensamiento, el cual dista mucho de ser libre, pues nos obligan a autocensurarnos.

    Las BigTech son ahora la nueva dictadura, los enemigos de la libertad. Son parte de la élite que tranza con los poderes trasnacionales a costa de los intereses nacionales, y cuando digo élite no es sólo porque son poderosos económicamente, sino porque son medios que cuentan con la anuencia de la política, la cultura, el arte y la farándula. Todo se expresa por allí.     

    Habrá que seguir dando la batalla cultural, no permitir que el enemigo nos robe más espacio. Si ya son los dueños de lo digital, habrá que recuperar el lenguaje que de a poco nos han ido quitando, pues como lo manifestó el filósofo y escritor argentino Juan Carlos Monedero en su libro Lenguaje, ideología y poder, “toda guerra es primero semántica”. 



    Cuidado, que a través de las redes el discurso progre ya se adjudicó el uso exclusivo de ciertas palabras a las que acomodaron un significado a conveniencia. Se adueñaron de los términos “diversidad”, “inclusión”, “igualdad”, “resistencia”, y la más reciente de todas en Colombia, la frase “gente de bien”, a la que le dieron una connotación peyorativa a raíz del paro, todo porque el verdadero significado de la expresión no los representa. De modo que la estrategia fue modificarle los atributos a la palabra y convertirla en el nuevo agravio, y ahora resulta que ser “gente de bien” es tan malo como ser antiprogresista.




sábado, 5 de junio de 2021

Iván el presidente Vs Iván el imbécil

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Admitámoslo. Hay un gran responsable en todo lo que viene pasando en Colombia, especialmente desde el veintiocho de abril del presente año. Se llama Iván Duque.

    Él es Iván, el presidente. Él fue quien le dio la excusa perfecta a sus propios enemigos para que incendiaran el país con aquello de la Reforma Tributaria que al final no fue, y que de todas maneras no iba a ser.


 

   Pero a diferencia de los azuzadores y los que apoyan este paro que me voy a dar la licencia de bautizarlo como El Paro Maldito —no importa que me gane unos cuantos detractores de izquierda más, si al final todos hacen parte de la misma inconsciencia—, quienes le endilgamos gran parte de su responsabilidad en este desastre lo hacemos desde la orilla contraria. No desde la orilla zurda a la que le gusta victimizarse y que lo acusa de genocida, sino desde la orilla del sentido común, la del ciudadano de a pie que lo acusa de tibio, de badulaque, de cobarde, de incapaz, de inoperante.

    Por mucho menos un presidente con sentido de patriotismo habría decretado el Estado de Conmoción Interior, que es una figura amparada en la Constitución de Colombia, totalmente legal y en estos momentos indispensable.

    Por mucho menos un presidente con arrojo habría ordenado la retoma del orden público por la vía pacífica o por el uso de la fuerza; ambas vías de carácter constitucional, y habría hecho respetar los derechos de los colombianos que necesitan seguir viviendo y que quieren trabajar, y que aunque tuvieran motivos para protestar, no lo harían de la forma en que lo están haciendo quienes le siguen las instrucciones a los señores del tal Comité del Paro, si es que son ellos los que dan las órdenes de bloquear, destrozar y acabar con el país.



    Por mucho menos un presidente valeroso habría denunciado a estos sujetos del Comité del Paro Maldito para que los encarcelen. Y le habría plantado cara a sus enemigos políticos que son los que desde un computador están dirigiendo los hilos de esta toma guerrillera, y habría hecho caso omiso a las opiniones de la ONU y los mamertos de la CIDH que al fin y al cabo están al servicio de Soros y la élite global, y se hubiera echado este país al hombro combatiendo el narcotráfico, la guerrilla, el vandalismo, y todo aquello que representa una amenaza para la seguridad de los ciudadanos de bien, que no son los que tienen plata, sino los que obramos acorde con la ley y nos atenemos a ella.

    Por mucho menos un presidente inteligente habría hecho una ofensiva diplomática para neutralizar las mentiras del relato de la izquierda en el que nos venden como un país donde no se respeta la vida, cuando son ellos con el apoyo del globalismo internacional los que no quieren respetar la vida, la libertad y la propiedad de los colombianos.

    Pero no. Iván, el presidente, se ha excedido en garantías en favor de unos sujetos que le pusieron el país patas arriba y no se ha querido dar cuenta que lo que ellos quieren es tumbarlo.



    A Iván, el presidente, le hace falta abrirle un orificio nuevo a la correa y amarrarse los pantalones como debe ser, porque nos está comiendo la criminalidad. Aquí cualquiera obstruye una vía, incendia un edificio, destruye el transporte, saquea los negocios de la gente, tumba las estatuas, ataca las ambulancias, cobra peajes ilegales, se vuelve autoridad sin que nadie la nombre, y hace lo que le da la gana. Y el presidente habla mucho pero no asume el liderazgo de nada. Pantalones, querido Iván, pantalones, que para eso lo eligieron, ¿o será que no sabe cuál es la autoridad que detenta su cargo?

    Si Iván, el presidente, accede a dialogar con los del Comité del Paro Maldito, ellos le dicen que no, que lo que van es a negociar. Entonces Iván les dice que bueno, que a negociar.   

    Si le exigen que tiene que aceptar las peticiones de no fumigar con glifosato los cultivos de coca, darle renta básica vital a todo el mundo y reformar la Policía y el Esmad, él les dice que bueno, que lo va a pensar, que puede ser.

    Si le dicen que la Fuerza Pública es la que está matando a los jóvenes que protestan “pacíficamente” y que se tiene que hacer cargo de encarcelar a los policías, él les dice que sí, que los va a mandar a investigar, que tienen razón.

    Si le dicen que tiene que suministrarles a los líderes del paro los nombres de los comandantes del Esmad que estarán acompañando las próximas protestas, él acepta de buen agrado.

    Si de otro lado le dicen que no debe aceptar negociar si antes no exige desbloquear las vías, él responde enérgico que cómo no, que por ningún motivo aceptará negociar con bloqueos, pero ahí están sus negociadores sentados con los promotores del Paro Maldito, todavía con muchas vías obstruidas, incluyendo el Puerto de Buenaventura tomado hasta esta semana por una facción de “manifestantes”.  

    Si le exigen que la educación pública debe ser gratuita para todos los jóvenes de estratos bajos sin que importe de dónde van a salir los recursos, él dice que sí, que acepta, y sale a anunciar que a partir de no sé qué fecha entrará a operar su programa Matrícula Cero para los estudiantes; y estos, muertos de la risa, se inventan otro motivo de protesta, cualquier cosa sirve.


    

    Nuestro Iván, el presidente, a todo dice sí. Con todo está de acuerdo y ante lo que le pidan, cede.

    Me recuerda a ratos al personaje del bello cuento de Tolstoi, ese que se titula Iván, el imbécil.

    Recuerdo que ese Iván, el imbécil (no el presidente), era un hombre ingenuo, paciente, lleno de bondad que a todo le decía que sí y a nada le veía problema. Eso sí, aunque era un hombre trabajador y honrado, carecía de cierta malicia y de cierto carácter para poner en su sitio a aquellos descarados que se querían aprovechar de él. Digamos que era un poquito lento, como para utilizar un eufemismo cariñoso.

    Entre los que abusaban de su buena fe estaban sus hermanos, quienes representaban los vicios de la sociedad: el ansia de poder y la ambición de dinero. Iván, el imbécil, era inofensivo y carecía del sentido de la defensa, hasta el punto de que cuando llegaron los soldados del ejército enemigo a saquear su trigo a la fuerza, quemando sus casas y golpeando a sus habitantes, él y su gente les imploraron llorando que no hicieran eso, que si más bien necesitaban el trigo, que ellos se lo daban, pero que no les hicieran daño. A mí me conmovió esa parte, porque me recordó a los indefensos y a los débiles que no tienen manera de pelear por lo suyo, y que tienen que cederle todo al enemigo, como está haciendo ahora nuestro Iván, el presidente, con la diferencia que este último sí tiene cómo defenderse y defendernos a los ciudadanos, aunque parece que no quiere, o no sabe hacerlo.

    Sólo en dos ocasiones Iván, el imbécil, asumió una posición firme frente a los abusivos. La primera fue cuando le negó a sus hermanos la posibilidad de proveerles más soldados y más oro —gracias a los trucos que los diablillos le revelaron a cambio de que no los matara— porque esto le estaba haciendo mucho mal a la sociedad; y la segunda, cuando al fin se dio cuenta de que aquellos que no se quisieran ganar el pan con sudor y esfuerzo, no debían sentarse con él ni con su pueblo a la mesa, sino comer las sobras.

    Así se lo hicieron saber al Diablo mayor cuando no le vieron callos en las manos, lo que lo convertía en un sujeto holgazán que por tanto no tenía derecho a comer como los que sí trabajaban duro.



    Qué bueno que nuestro Iván, el presidente, aprendiera un poco de la lógica de Iván, el imbécil, pero sin ser tan imbécil.

    Hay quienes en este país desean obtener privilegios que no se han ganado. Muchos pertenecen a la clase dirigente, y también muchos de ellos son los que están frenando el avance de la nación a costa de los que nada tienen que ver con sus reclamos. ¿Cuántos de estos jóvenes que dicen protestar no están pidiendo derechos y beneficios, y a la larga sólo obedecen a los impulsos de sus vicios y a los mandatos de quienes los tienen engañados? ¿Cuántos de estos dirigentes del paro no están ahí apoltronados en sus posiciones sin realmente representar a nadie, sin defender lo que dicen defender, pero generando el caos del cual ellos se seguirán beneficiando?

    Ojalá Iván, el presidente, rectifique en parte los errores cometidos, y al menos en el año que le queda se ponga firme y mande a quienes no tienen callos en las manos a comer las sobras, así como hizo Iván, el imbécil.

    Es decir, que no otorgue privilegios ni ceda a los chantajes de quienes no merecen vivir del esfuerzo de los que sí trabajan por este país.

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...