sábado, 27 de junio de 2026

Salvando a los petristas de sí mismos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)








     Los zurdos del país han tenido una semana dura. Todavía están de cama después de la vapuleada que sufrieron el domingo. Eso mismo sentimos los de derecha hace cuatro años, pero a diferencia de su lloratón inconsolable, no hicimos el ridículo grabándonos ante las cámaras para hacer un show de nuestro llanto. Ellos sí, porque siempre les ha encantado posar como tristes víctimas de la situación. Lo que no saben es que los salvamos de sí mismos, no importa que hoy estén vociferando y arremetiendo rencorosos contra la gente sensata que votamos en contra de su candidato.

     Los salvamos a ellos también, porque en primera instancia salvamos al país de la perpetuación de un proyecto político que inevitablemente desembocaría en la peor tragedia para el pueblo colombiano, y es la de conocer un hambre y una miseria sin precedentes en la historia de la nación. El chavismo en Venezuela habría sido un juego de niños comparado con el modelo de país al que nos iba a llevar Cepeda y el resto del petrismo que, a pesar de haber sido vencido en las urnas, es un movimiento que sigue y seguirá vigente por muchos años, y al que tocará seguir resistiendo porque volverán a ser oposición para hacer añicos todos los proyectos de ley que el nuevo gobierno propondrá ante el Legislativo. Es lo que mejor saben hacer: destruir. 




     Por desgracia, el progresismo petrista sigue más vivo que nunca, con una gran cantidad de militantes resentidos por la derrota y dispuestos a reactivarse y a tomarse las calles como cuando eran oposición. Tal vez la idea de perder las elecciones presidenciales no les parezca del todo mala, ya que serán ellos los que recuperarán el protagonismo que no pudieron tener mientras su líder fue presidente y los calmó con subsidios y contratos. La rabia viene motivada por haber perdido las prebendas, las posiciones y el control que ya habían obtenido a costillas del pueblo. 

     Y sí, muchos perderán sus empleos militantes con el Estado cuando se tenga que hacer el recorte, pero más vale que aprendan a trabajar en el sector privado para que no sigan siendo unos mendigos de la burocracia estatal. En eso también les ayudamos: a que tengan la posibilidad de sacar su propio pescado y no esperar a que Papá Gobierno le quite al vecino una parte de su pescado para darles de comer a ellos.

     Si antes mataron y se hicieron matar para alcanzar el poder, con mucha mayor razón lo harán ahora que ya bebieron de las mieles de ese elixir durante cuatro años y que cuentan con una gran cantera de adeptos en los claustros educativos, donde se están fabricando los revolucionarios del mañana.

     No importa que les muestren las cifras, les recuerden los fracasos y les enrostren las actitudes delincuenciales, corruptelas, ineptitudes y desvergüenzas de su líder. Hace rato que son una secta enfebrecida, como lo fue en su momento el uribismo. Se convirtieron en aquello que decían detestar, así que lo que sigue es esperar a que se opongan contra todo razonamiento a cualquier acción que tome el nuevo gobierno que comenzará a regir a partir del 7 de agosto, porque ya no son ellos quienes estarán al mando. 




     Pero a lo que la izquierda está acostumbrada es a estar en el banquillo de los detractores. Ese siempre ha sido su papel y en él se han sentido cómodos durante los doscientos años que, según ellos, llevaba gobernando la derecha. Porque les bastaron apenas cuatro para darse cuenta de que no sabían gobernar; no tenían la más mínima idea de cómo administrar el poder que (digamos que en elecciones libres) el pueblo les concedió. Y ese pueblo que resistió estoico los “doscientos años de derecha”, a duras penas pudo sobrevivir a los nefastos cuatro años de izquierda: no necesitaron más para hastiarnos. La máscara se les cayó antes de lo previsto.

     Con la elección de Abelardo de la Espriella hemos salvado al país de un modelo estatista y antilibertades, pero también hemos salvado a los zurdos de seguir perpetuando su fracaso. Les quitamos esa cruz de encima que les quedó grande. ¿Por qué lloran entonces por haber perdido si es que su “éxito” siempre se ha basado en la derrota?

     Más bien el país los ha emancipado de la responsabilidad que demostraron no tener para conducirlo por buen camino. Han sido rechazados en las urnas con un engañoso estrecho margen, porque a pesar de que es menos del 1%, nadie nos puede asegurar de que en ciertas regiones apartadas no hubieran coaccionado el voto por Cepeda a través de la orden del cañón. Con ese rechazo los salvamos de seguir haciéndonos fracasar, para que no pasaran a la historia con la deshonra que pasará Petro y su inolvidable verborrea. De haber ganado ustedes, habríamos de sucumbir todos por igual a la ola gris del estatismo y la migración forzosa. 




     El escenario probado de fracaso es como sigue: obreros, empleados y profesionales cayendo en la desgracia del desempleo con la desaparición del empresariado, y empresarios desapareciendo con el ataque a la propiedad; las clases bajas sufriendo el azote de la inflación como producto de la devaluación de la moneda nacional; las clases media y media-baja convirtiéndose en los nuevos parias, esfumándose a través de la selva del Darién, de un avión con visa de turista que se queda para siempre, o atravesando la frontera más cercana, según su capacidad; y los ricos que tanto dicen detestar sacando sus chequeras del país para establecerse en otro que les garantice seguridad para sus capitales, pero llevándose también la inversión y el trabajo, no sin antes haberle tenido que dejar una buena porción al gobierno socialista que de ninguna manera la va a distribuir entre sus copartidarios. Como corolario, la destrucción sistemática de todas las libertades, incluyendo la de opinar, y la obligación religiosa de adorar al líder supremo.

     Con este panorama, no hubiera habido un buen porvenir para los colombianos si se votaba por Cepeda. Habría sido ver la misma película que ya nos contó Venezuela.

     En ese orden de ideas, el peligro ha sido conjurado de momento. Eso, mientras los ciudadanos dentro de unos años se olviden de que alguna vez fuimos gobernados por los antidemócratas y vuelvan a elegir el camino del mal. Por ello urge que el nuevo gobierno plantee la batalla, no solo desde las leyes y los decretos, sino desde la educación y la cultura. Podremos cambiar de presidente, pero si no cambia nuestra mentalidad de víctimas, de subsidiarios, de incompetentes, no habrá gobierno ni caudillo capaz de sacar este barco varado en un banco de arena. 




     Hemos salvado al país de los petristas, y los hemos salvado a ellos de sí mismos. Como siempre, tuvieron que salir los viejos a votar, ya achacosos y enfermos, para evitar la desgracia a la que nuevamente nos iban a conducir los enardecidos e instrumentalizados “muchachos rebeldes”. Uno los ve dando declaraciones y se da cuenta de que esta gente nunca maduró, o más bien les lavaron el cerebro desde su niñez hasta el punto de hacerles creer que la utopía les solucionará todos los problemas. Bienvenidos al mundo real: el mundo de la competencia y el mérito, de la ley y el orden, de la toma de decisiones asumiendo las responsabilidades, de las consecuencias por los actos cometidos.

     Otra vez Colombia vuelve a tener presidente, y esperamos que sea un presidente que no pisotee la dignidad del cargo, como hizo el sujeto que se niega a reconocer que su hora ya pasó. No pueden seguir viviendo en el paraíso de la mentira, del idealismo puro que desconoce el lado más oscuro de la naturaleza humana. En ese mundo nacimos y es ese el mundo que tenemos que enfrentar. Desde luego, siempre intentando mejorarlo por obra de nuestras buenas iniciativas como individuos, pero no por la expectativa de un sistema totalitario que pensamos que todo lo va a poder.

     La esperanza ahora está puesta en lo que sigue después de que hayamos resistido la embestida que se nos va a venir: recrudecimiento de la acción violenta de los grupos criminales, pretextos para incendiar las calles, oposiciones virulentas al intento por cambiar la mentalidad del falso progresismo, consecuencias del endeudamiento que nos dejaron, crisis económica y energética (apagón) por cuenta de los cuatro años en que el país perdió su rumbo. Todo ello son las pruebas que habrá que superar para aspirar alguna vez a disfrutar de la “patria milagro”, que no es otra cosa que un país en donde se pueda trabajar y vivir medianamente tranquilo.








sábado, 20 de junio de 2026

La democracia que un día vamos a extrañar

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Más allá de las propuestas que presentan los candidatos presidenciales, el colombiano de a pie también vota movido por los sentimientos. Existe una amplia gama de motivaciones personales que serán de vital importancia para los ciudadanos a la hora de sufragar.

     Unos votarán porque se sienten identificados con el colorido, la alegría, la esperanza, la fuerza, la voluntad, el dinamismo y el entusiasmo que le ven a un candidato. Otros votarán por lo que consideran la sensatez, la mesura, el llamado a la “paz total”, la parsimonia, la introversión y la elocuencia de los silencios que le ven al otro.

     Unos votarán porque ven en un aspirante todo aquello que representa el bien y otros ven en el opositor aquello que representa el mal. La polarización está servida, y mejor que sea así, porque los matices grises siempre han confundido a la población y le han hecho votar enceguecida por la neblina de la ambigüedad. Entre Cepeda y Abelardo se instaura un abismo que nos obliga a saltar hacia un lado u otro. Al final, lo que queda en el medio seguirá siendo vacío.

     La derecha y la izquierda están más divorciadas que nunca en Colombia, y eso nos puede llevar a los oscuros tiempos de la violencia bipartidista. Sólo que esto ya no se trata simplemente de planteamientos políticos, de posturas doctrinarias o modelos tecnocráticos de gobierno. 




     Por primera vez en mucho tiempo el ciudadano tiene la sensación de que lo que está en juego no es un gobierno, sino el futuro mismo de la nación y la supervivencia de los suyos. De por quién se vote el domingo depende de que se sigan manteniendo las instituciones que han garantizado la democracia en Colombia. Ese sistema tan susceptible de atacar y tan fácil de quebrar ante una arremetida dictatorial es el que hoy está en peligro. Si se vota por la persona equivocada se pierde mucho más que el sistema: se pierden las libertades, los lazos familiares, el derecho de echar raíces en una patria y el derecho a prosperar. Hasta ahora, con todos los defectos y las falibilidades que ha presentado ese sistema, se ha podido mantener a salvo la esencia de una república. Optar por modificar la estructura que la soporta equivaldría a demoler el edificio de la democracia para construir uno nuevo, con la diferencia de que los arquitectos e ingenieros que diseñaron el primero ya no están, y los planos originales quedarían sepultados junto con los escombros.

     Entonces, llegados a este punto, debemos analizar si lo que queremos es un cambio de presidente, de forma de gobierno, o de sistema. Abelardo de la Espriella ofrece un cambio en la forma en que se viene manejando el país, pero sin intentar modificar la Constitución, que es realmente el plano con el que está diseñado este edificio. El que ha sugerido un cambio de planos es Iván Cepeda y en general todo el espectro de la extrema izquierda petrista, aunque ahora posen de moderados y quieran hacerle creer al pueblo que se olvidaron de esa idea. La Constituyente, que es una carta que les seduce para obtener un poder supremo, la vienen moldeando desde mucho antes de llegar al poder. La izquierda sabía que una vez lo alcanzaran, habría que ir amasando la propuesta y ponerla en la mente de los ciudadanos desde el primer día. 




     Sólo que se toparon con el más holgazán y perezoso de sus líderes —por fortuna— y el vicio de este impidió llevar a la práctica los dictados de la casa matriz a la que obedecen los socialistas. Petro se tardó en proponer la Constituyente porque creyó que su popularidad le alcanzaría para sacarla en su último año de gobierno. Ahora la deja en manos de un sucesor mucho más disciplinado y férreo que él, aunque todo indica que lo que no le va a alcanzar a este será la salud o la vida. No es un secreto que Iván Cepeda puede estar padeciendo de alguna enfermedad incapacitante que le impediría terminar su gobierno en caso de que gane las elecciones. En esa supuesta ausencia del presidente, quedaríamos en manos de la señora Aída Quilcué, su fórmula vicepresidencial, quien asimismo tendría que nombrar a un vicepresidente suyo. ¿Se atrevería acaso a nombrar a Gustavo Petro como su vicepresidente para renunciar después y catapultarlo por vía constitucional nuevamente al poder?

     De manera que no se puede perder de vista la clase de gobernante que vamos a tener para los próximos cuatro años si se continúa con el sistema que pide la opinión del pueblo, o para un tiempo indeterminado si acaso se elije a un presidente que omita esa voluntad.

     De una vez lo digo: mi voto es por Abelardo de la Espriella, ni falta que hace ventilarlo a quienes me conocen un poquito. ¿Que por qué votaré por Abelardo? Hay muchas razones y emociones encontradas para hacerlo, y aunque el Tigre nos ha contagiado a todos de su energía y nos ha devuelto la fe en que sí se puede alcanzar una “patria milagro”, como él la ha bautizado, esgrimo la razón principal por la que voy a votar mañana por Abelardo de la Espriella. 




     Voto por él porque con El Tigre tengo la garantía de que, si lo hace mal, si todo vuelve a ser retórica promesera y cantos de sirena, en cuatro años podemos sacarlo del poder por la misma vía por la que lo elegimos. Si resulta que al final terminó siendo otro de los que él mismo llama como los de siempre, el consuelo es que en 2030 se pueda volver a intentar el sueño con una opción diferente, porque estoy seguro de que por lo menos con él volveríamos a tener elecciones y no perderíamos el país en un régimen dictatorial y tiránico a la cubana o a la venezolana. Bajo un régimen así, no es posible soñar, porque no habría más intentos permitidos.

     La garantía es que este abogado penalista no necesitará cambiar las leyes ni promover una Constituyente para consultar la opinión del pueblo en cuatro años. Nada más por el hecho de que se mantendrá el respeto por la democracia, mi voto es por él, porque no está interesado en cambiarnos el plano del edificio.

     Las demás razones son las mismas que tiene el pueblo llano: recuperación del sistema de salud, retorno a la seguridad, castigo para los delincuentes, la posibilidad de trabajar libres de chantajes y extorsiones de grupos terroristas, reducción del Estado y la burocracia, defensa de la familia, expulsión a patadas de las doctrinas marxistas y progresistas de los centros educativos, créditos blandos para vivienda y educación, políticas para atraer inversión privada, entre otras. 




     Nunca antes había sido tan fácil votar en Colombia. Hay una campaña que te habla de “jugársela por la vida”, pero apoyan y son apoyados por asesinos, corruptos, narcotraficantes e inmorales. Son especialistas en la victimización, pero lloran por un solo ojo.

     Del otro lado te hablan de la extrema coherencia; del pacto con el pueblo y no con los politiqueros; de perseguir, capturar y castigar a los bandidos; de darle la posibilidad a la gente honrada de progresar; del impulso a la célula básica de la sociedad, conformada por un padre y una madre como modelo ideal de familia; de la protección a la niñez frente a ideologías diabólicas que destruyen su infancia.

     A las personas se les conoce por sus hechos: de un lado un abogado y empresario exitoso con una familia ejemplar que no ha necesitado del dinero público para mantenerse. Del otro lado un filósofo improductivo que sólo se la ha pasado leyendo teorías trasnochadas y fracasadas en la práctica, anclado toda su vida al Estado con todos los privilegios que ello implica. ¿En cuál de estas dos propuestas se pueden recoger los mejores frutos?

     Por lo pronto ocupémonos de salir a votar en masa: votar, votar, votar. Votar sobre todo por la propuesta que inspira a tener un mejor país; la que no quiere cambiarnos el sistema ni las leyes para ponernos a depender del poder estatal eternamente. Votar por Abelardo de la Espriella, con la plena confianza en que no perderemos la democracia que, bajo el mandato del comunista Cepeda, un día iremos a extrañar.






sábado, 13 de junio de 2026

Aquí no se ha ganado nada

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     No quiero ser ave de mal agüero, pero tengo un mal presentimiento que no se me quitará hasta que no pasen las elecciones del 21 de junio.

     Sé que Abelardo de la Espriella ganó en primera vuelta, que lo favorecen las encuestas (en apariencia), que despierta el fervor popular como nunca antes lo había despertado ningún candidato presidencial, que representa esperanza, infunde pasión, contagia alegría y defiende las ideas que me identifican como ciudadano, sabiendo que son las correctas, pero estoy consciente de que se está luchando contra un enemigo muy poderoso, no tanto por la veracidad de su poder, sino por su capacidad de hacer daño y vencer por fuera de las reglas del combate. Sé que la mayoría de la gente buena está con Abelardo, pero no estoy seguro de si alcance solamente con la bondad, las ganas y el deseo; es decir, no estoy tan seguro de que podamos ganar con El Tigre si todo ese furor no se transforma en votos constantes y sonantes el día de las elecciones, hasta el punto de que alcance para vencer la trampa.

     Para la derecha democrática no existe otra alternativa que no sean los votos válidos y contados con rectitud. Suena muy obvio, sí, y podremos pensar que estamos lloviendo sobre mojado, repitiendo lo que ya han dicho otros, pero esa es la única arma con la que contamos más allá de toda la difusión realizada. Más allá de todos los actos de campaña en plaza pública, los simbolismos, las arengas, los saludos militares, la repetición del firme por la patria, las canciones, los juegos de luces, la logística de los montajes y hasta las cadenas de oración. 




     Desde luego que todo eso ayuda y ha funcionado con éxito para que, hasta ahora, El Tigre se esté disputando la segunda vuelta con el candidato del régimen, el cual no ha necesitado mover un dedo para estar donde está. Por su puesto que todo este movimiento popular ha sido imprescindible para que la gente tome conciencia de que está en juego más que un mandato presidencial: está en juego el futuro de una patria que lleva más de 200 años construyéndose. Claro que la importancia de todo el despliegue y la labor titánica realizada por los artífices de la campaña no tiene precio, por cuanto han unido a un país entero en torno a la figura de un nuevo caudillo, alentando a creer que no todo está perdido después de haber caído en manos de la izquierda más criminal, corrupta e ideologizada que le pueda tocar a nación alguna. Pero todo ello será letra muerta si no se repite, con mayor intensidad, la gesta del pasado 31 de mayo.

     Hay que salir a votar masivamente, con rabia si se quiere, pero con la convicción de que al hacerlo estamos aportando nuestro grano de arena. Aquí no se trata de quién haya hecho mejor campaña, sino de quién obtenga la mayoría de los votos.

     Parece ser que ahora la estrategia es al revés: inflar las encuestas a favor de Abelardo. El objetivo: hacer que el público obtenga la falsa percepción de que ganará sobrado, de manera que todos sus votantes se relajen. Se percibe en el aire un canto de victoria al que no deberíamos acudir hasta tanto no se determine que ganó El Tigre. Al enemigo no se le puede subestimar, y creo que eso es lo que se está haciendo. ¿Acaso nos hemos enfriado después de la primera vuelta? 

     Todo este esfuerzo habrá valido la pena solamente si se corrobora el deseo del pueblo poniéndole la raya al Tigre. Es lo único que pido a quienes queremos que Abelardo gane: votar, votar, votar. Sin pereza, sin miramientos, sin mezquindades, sin pensar que ya ganamos, porque la verdad no hemos ganado nada y más bien podríamos estar perdiéndolo todo. 




     Ahora que estamos en época de mundial, cabe la comparación entre una elección democrática y un partido de fútbol. Ya se jugaron los primeros 45 minutos. Vamos para el segundo tiempo. Hasta ahora va ganando Abelardo en el marcador, pero si los jugadores de su selección, que somos los sufragantes, no lo acompañamos ese día con el voto, equivale a perder por W. Mucho peor que jugar mal y dejar que el contrario domine el balón y nos meta en campo propio con sus jugadas de ataque. Suele suceder que los equipos comienzan ganando y se relajan al ver que su rival no tiene forma de atacarlos. Se van al vestuario en el entretiempo confiados en la victoria, pero no se imaginan que el entrenador del bando contrario reconvino a sus jugadores, los tocó en lo más profundo de su ego, los motivó, los insufló y los convenció de que podían ganar. Replanteó la estrategia y le dio nuevos bríos a sus elementos para que salieran al campo a vencer o morir.

     Así están de enardecidos los cepedistas. Ya lo han demostrado con acciones propias de los malos perdedores. Sin terminar aún el partido, comienzan a dar patadas y a pegar duro para lesionar a su rival o provocarlo para hacerlo expulsar. Es exactamente lo que han tratado de hacer con Abelardo usando toda clase de zancadillas con tal de sacarlo del camino; comenzando con la simple prohibición de usar una camiseta y restringir su lema, hasta denunciarlo por delitos inexistentes en procura de afectarle su reputación e inhabilitarle su aspiración presidencial en esta instancia del compromiso. 




     Y aunque el árbitro central del partido, que en este caso es la Registraduría Nacional del Estado Civil, haya demostrado hasta ahora ser imparcial y haber dirigido más o menos bien el encuentro, no cabe duda de que el equipo Cepeda tiene algunos infiltrados en el VAR y a varios dirigentes de la federación que organiza el campeonato haciendo lobby por su triunfo.

     Trasladando estos actores al campo político, podríamos decir que los infiltrados se encuentran mayoritariamente entre los jurados de votación, los testigos electorales y los funcionarios de instituciones como la Procuraduría, la Fiscalía General de la Nación, y en especial, la Presidencia de la República.

     Desde luego, como es un partido de fútbol donde hay agentes turbios de por medio, no faltan los mafiosos del maletín para amañar el resultado. Ellos son los políticos y gamonales que compran votos, y los narcoterroristas de las FARC y el ELN, que coaccionan el derecho a sufragar poniéndole un fusil en la cabeza a los votantes.

     Ya hemos visto en el fútbol un montón de casos de jugadores que han tenido que jugar amenazados o comprados por las mafias y hacer jugadas en contra de su propio equipo para beneficiar ciertos intereses. Esos jugadores representan a los habitantes de las poblaciones que subyacen bajo el dominio de los grupos armados que no tienen otra opción que votar por Cepeda. Por eso les toca “jugársela por la vida”, como dice el lema que últimamente se han inventado en dicha campaña, acompañándolo con el símbolo de un corazón hecho con los dedos índice y pulgar que más parece la señal de necesitar plata. Entonces a esos ciudadanos desamparados no les queda de otra que escoger la vida, su propia vida, porque lo contrario significa muerte para ellos. Ya entiendo por qué Petro decía que había que escoger entre la vida y la muerte en estas elecciones. 




     De manera que no podemos bajar la guardia. En una de esas jugadas desafortunadas nuestra defensa se descuida y no puede proteger el gol que con tanto esfuerzo se consiguió en el primer tiempo, y he ahí que el equipo de Cepeda empata. Ante el golpe anímico, nos fulminaría con otro tanto en tiempo de reposición, con el cual obtendría la victoria y nos dejaría apabullados. Ojo, que ese tiempo de reposición corresponde al escrutinio de las últimas mesas, cuando apenas falte el 5% por contar, y ya sabiendo cómo va la tendencia, comiencen a salir misteriosamente votos por Cepeda, catapultándolo al primer lugar en el tramo final de la elección, que desde ya advierto, será bastante apretada.

     Me preocupan los casi 150.000 compatriotas que se fueron para México, Canadá y Estados Unidos a ver el mundial. No podrán votar desde allá. Si por causa del fútbol perdemos el país entonces habría que darle la razón a los zurdos cuando dicen que el fútbol es el opio moderno del pueblo. Si pensaron más en sus vacaciones que en el futuro de la patria, no previendo que iba a haber segunda vuelta, sencillamente son como los futbolistas irresponsables que no se comprometen con su equipo en una instancia definitiva y que prefieren irse de parranda en plena concentración. De esos también hay muchos. Ojalá no necesitemos de sus goles, que en realidad sería el número de votos con los cuales se podría definir esta competencia. 




     Porque de todos modos va a haber fraude. De eso no quepa duda. Lo hicieron en 2022, cuando todavía no eran gobierno y mágicamente lograron conseguir tres millones de votos en veinte días. Con mucha mayor razón lo intentarán ahora que ya tienen el respaldo del presidente, los recursos de la nación para comprar conciencias y el dato exacto de lo que les hace falta para ganar. Aún con fraude y con el marcador en contra tenemos que hacer todo para superarlos. Esforzarnos el triple, como cuando a un equipo le regalan un gol de entrada y al otro le toca remar contracorriente.

     Por eso es mejor hacer de cuenta que la primera vuelta no existió. Que no hay ventaja, no hay encuestas, no hay motivos para estar tranquilos mi mucho menos para estar alegres. Pensar que vamos perdiendo, con el público y el árbitro en contra, pero con la decisión de dejar la piel en la cancha. Que tenemos que levantarnos tres millones más de votos que nos aseguren la victoria: los tres puntos. Mas vale ser desconfiados antes que triunfalistas, porque no hay mejor aliciente que jugar con la necesidad de clasificar.

     Así como un equipo de futbol se prepara para afrontar la final de un mundial, debemos prepararnos para estas elecciones, saliendo todos a votar con fe, pero atentos siempre a los movimientos del enemigo; haciendo lo que hay que hacer y no creer que los demás lo harán por nosotros pensando en que esto ya se ganó, porque ya conocemos la frase trivial: “los partidos terminan solamente cuando el árbitro pita”.











miércoles, 10 de junio de 2026

Odiando el fútbol, amando el mundial

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Crónica)







     Aunque de niño me gustaba jugar al fútbol, y como casi todos los niños hubiera querido ser un gran futbolista, el golpe que me propinó la realidad arruinó mi sueño pueril a los nueve años, cuando estando en el colegio me preguntaron a cuál taller deportivo quería ingresar, y yo no lo dudé ni por un segundo: “fútbol”, dije convencido, porque había jugado un poco en la sala y en el antejardín de mi casa con mis primos y mi hermana menor, y consideraba que podía hacerlo decorosamente.

     Corría el año 1989 y en aquella época la Selección Colombia se jugaba su paso al mundial de Italia 90 en unas eliminatorias muy reñidas en donde tenía que batirse en partidos de ida y vuelta contra Ecuador y Paraguay para después disputar un repechaje contra Israel.

     Yo estaba cursando cuarto de primaria, y aunque no me veía todos los partidos por no estar inmerso en un entorno muy futbolero, sí escuchaba que los adultos o mis compañeros del colegio hablaban de ello, y fue así como me volví un fanático de oídas, pero sin ver un solo juego de Colombia y sin haber practicado fútbol con seriedad, en una cancha de pasto y con un balón de verdad.

     De esas eliminatorias a Italia no me acuerdo, pero ya cuando crecí vi los videos de los partidos, más por una nostalgia histórica que por otra cosa. Como cuando te dan ganas de interesarte por algo que ya pasó de moda, pero que te hubiera servido conocer en el momento en que lo viviste. Ecuador contaba en sus filas con El güero Alex Aguinaga, un diez clásico con una gran visión de juego y una habilidad técnica excelsa. En el arco de los paraguayos debutaba José Luis Chilavert, que comenzaba marcándonos gol, el primero de su carrera profesional, en aquel partido en el que Colombia cayó en Asunción dos goles a uno. También jugaba Roberto Cabañas, célebre delantero que por varias temporadas hizo parte del América de Cali. 




     Tampoco nuestra Selección Colombia, la que yo crecí viendo, escaseaba en talentos, y sobra decir que figuras como El Pibe Valderrama, René Higuita, Leonel, Redín, Arnoldo Iguarán, La Gambeta Estrada, El Bendito Fajardo, Alexis García, y un fenomenal Albeiro Usuriaga, nos dieron la posibilidad de pelear el repechaje contra Israel y luego la alegría de clasificar al mundial después de que El Palomo marcara un gol agónico en Barranquilla. Luego Maturana optó por no llevar al Palomo Usuriaga a Italia por indisciplina, pero qué falta que nos hizo.

     Y mientras eso sucedía en el país futbolero a la par que mataban candidatos y explotaban bombas, en mi mente enardecida yo era un prodigio de la pelota.

     La primera vez que nos llevaron a la cancha del colegio hicieron dos equipos: los de sin camisa contra los que se dejaban puesta la camiseta. Para comenzar con el pie izquierdo, porque yo era zurdo, fui de los que tuvo que quitarse la camiseta, cosa que nunca me ha gustado hacer en público por una cuestión de simple pudor, y ya incómodo con ese uniforme al natural, comencé a errar pases, a perder el balón y a ser rebasado por cuanto rival se me cruzaba en el camino. Comencé a escuchar gritos como órdenes que venían de todas partes: “¡márquelo, chino, no lo deje pasar!”, “¡Métale la pata, pelao, no le de miedo!”, “¡pásela, chino!… ¡no!, ¡al de camisa, no!”; en fin, que en menos de tres minutos se dieron cuenta de que no tenía futuro en este deporte, y yo fui el primer sorprendido, porque pensé que iba a jugar para divertirme, para sudar un rato, para seguir soñando en grande, para hacer parte de un equipo y hacer amigos, pero resultó que eran demasiado competitivos en el colegio y muy poco indulgentes para con los que carecíamos de talento.




     Entonces me relegaron a ser defensa, y a veces ni eso. “Ese chino marica tan malo”, escuchaba que se decían unos a otros. Los partidos terminaban y yo me retiraba a donde no pudieran verme, avergonzado por no estar a la altura. Me borraron de toda posibilidad de volver a jugar, y cada que llegaban los miércoles a la una de la tarde, hora del taller de fútbol, yo tenía que evadirme, desaparecer, andar el colegio de arriba para abajo por dos horas o más simulando estar en alguna actividad, en alguna misión importante que un profesor me hubiera encomendado, deseando que nadie me preguntara nada, que no me vieran, que se abriera un hueco en la tierra hasta que llegara la hora de volver a mi casa. Era fácil escabullirme, porque nadie me extrañaba.

     Como me decepcioné de jugar al fútbol por ser tan malo, me dediqué a verlo por televisión, pero nada más cuando jugaba la Selección Colombia, pues nunca me ha llamado la atención el campeonato de los equipos colombianos, ni en la época en que había estrellas de renombre. El Deportivo Pereira, equipo de mi ciudad, me recordaba el similar fiasco que yo era, y como no quería seguirme viendo como un perdedor, jamás me declaré hincha del Pereira, excepto en el año de mi adolescencia en el que me fui a vivir a Manizales y el equipo descendió, pero eso ya es otra historia. Por ese entonces tocaba ser hincha del Nacional o del América, y a mí ninguno de esos equipos me gustaba. A veces prefería hacerle fuerza al Junior o al Tolima con tal de que no ganaran Nacional, ni América, ni Millonarios, de por sí los equipos con más hinchada y con mayor presupuesto para comprar grandes jugadores. Luego se supo por qué. 




     Luego del mundial de Italia, que fue el primero que vi por televisión, siguieron los juegos olímpicos de Barcelona 92, donde a la Selección Preolímpica le fue como a los perros en misa con un joven Valenciano que había sido el goleador del campeonato colombiano. Al año siguiente vino la Copa América de Ecuador y las eliminatorias para el mundial de Estados Unidos, donde los nombres de Asprilla, El Tren Valencia, otra vez Valderrama, Freddy Rincón, Óscar Córdoba y Andrés Escobar fueron la impronta de calidad en ese equipo. Las eliminatorias fueron un éxito, con goleada histórica incluida contra Argentina; y el camino de preparación jugando contra los suplentes de todos los equipos, y además ganándoles, nos infundió la falsa esperanza de ser campeones mundiales. Ya sabemos cómo terminó todo en Estados Unidos, ni para qué recordarlo: Colombia eliminado en primera ronda, el equipo fragmentado por dentro, jugadores amenazados y Andrés Escobar asesinado. Ha sido el mundial más triste que podamos recordar, máxime cuando la esperanza de un país que venía de una oleada de violencia narcoterrorista tenía los ojos puestos en esos muchachos que nos representaban y que eran los únicos que nos podían dar una alegría tras el sinfín de tristezas que nos habían dejado las bombas de Escobar y su guerra contra el Estado y contra sus enemigos.

     Tuve hasta el álbum del mundial de USA 94, pero no lo llené. El que sí llené fue el de Francia 98, donde otra vez nos volvieron a sacar en primera ronda. Ya para esa época estaba estudiando en la universidad y seguía siendo igual de malo para jugar al fútbol, pero no igual de pasivo. Me ponía a los putazos de tú a tú contra los compañeros de mi propio equipo que osaran regañarme por mis malas jugadas. Algo en mi interior estaba obrando para bien, aunque fuera de tan mala manera, porque estaba aprendiendo que uno no se tiene que dejar gritar de nadie, y así me he mantenido hasta ahora. 




     Para no ganarme un mal golpe y para dejar todavía más ardidos a mis compañeros regañones de equipo, me inventaba un insulto contra el árbitro y me hacía expulsar. Los dejaba con diez hombres y de todas maneras perdían el partido, aunque por esos lares yo no podía volverme a aparecer. Me dio igual, pues colgué los guayos a los 18 años y nunca me dio por volver a jugar fútbol ni para recochar. Soy consciente de que no encajo en ningún deporte colectivo, que soy siempre una pieza suelta del engranaje, un infiltrado peligroso que en cualquier momento puede vender a su equipo si se levantó de malas pulgas. De ahí que más bien me inscribí a un gimnasio, y desde los veinte años hago deporte solo. Ya no hago tanto ejercicio como antes. El tiempo me está pasando factura y los kilos que gané se quedaron conmigo.

     Después de Francia 98 tuvimos que ver tres mundiales consecutivos sin Colombia. La generación dorada de los noventa había pasado y nuestra pequeña grandeza se había disuelto en la historia. Hasta que llegó una generación nueva en Brasil 2014, con un juego menos vistoso, pero más efectivo; un equipo de élite europea, tal vez no una Selección tan popular como la de los noventa, pero sí con mayores pergaminos deportivos. La selección de James, Cuadrado, Ospina, Yepes, Armero, La Roca Sánchez, Quintero, Zapata, y el que para mí es el mejor jugador de la historia de Colombia: Radamel Falcao García, que a ese mundial no pudo llegar, pues estando en la cima de su carrera, un francés malaleche lo lesionó en un partido de la liga local cuando jugaba para el Mónaco. Pero todos vimos la grandeza de El tigre Falcao, el que un año antes se echó la clasificación de Colombia al hombro con los goles que marcó durante toda la eliminatoria, en especial los del último partido frente a Chile para sellar la clasificación a un mundial tras 16 años de ausencia. Llegó a ser el mejor 9 del mundo. Después de la lesión, Radamel no volvió a ser el de antes.




     Ya cuando estamos a pocos días de comenzar el primer mundial con 48 equipos, realizado por tres países diferentes, Colombia regresa al certamen luego de haber estado ausente en Qatar 2022.
     
     Yo no jugué fútbol, pero me dediqué a estudiar las estadísticas de todos los mundiales. Algún día espero hacer un libro sobre mi vida relatada con base en las copas del mundo, porque así la tengo dividida en mi mente. Hubo un tiempo en el que podía recordar con exactitud qué pasó en cada año de mundial, porque, aunque no me he visto todos los partidos, siempre me gustó vivir el campeonato desde la distancia, haciendo pronósticos y llevando registros que no me sirvieron para nada, pero que me dieron mucha satisfacción.

     Ya no lleno los álbumes ni retengo los nombres ni los rostros de los jugadores. Tampoco hay con qué, con tanto para gastarse la plata hoy en día. Internet reemplazó la fiebre del álbum y la FIFA está matando la pasión por el fútbol pensando solamente en el negocio, aumentando el número de participantes para poner a equipos mediocres. Pero tengo una cábala con el mundial, y es que después de que ocurre uno, se abre una nueva etapa de mi vida. ¿Cuántos mundiales me quedarán?

     Pocas veces le atino al campeón, pero como en estos tiempos de ídolos que baten récords y generan millones en publicidad, la FIFA le saca el máximo provecho a su negocio, a veces creo que ellos ya saben cuál va a ser la final y quién la ganará. En Qatar sospechamos que ganaba Argentina para que Mesi se retirara con una copa del mundo y superara la leyenda de Maradona. Exactamente así fue. No me extrañaría que lo quisieran retirar con dos copas para hacerlo invencible. 




     Pero no. Creo que esta vez le van a facilitar el camino al otro monstruo, a Cristiano, para que también se retire ganándose su copa del mundo. Portugal contra España, creo que va a ser la final, y Mesi pasando a la historia como el máximo goleador de todos los mundiales.

     Como ya le aumentaron una ronda más, tristemente pienso que nuestra Selección se queda en esa ronda que está sobrando, eliminada por Inglaterra o Croacia en los dieciseisavos. No veo bien a Colombia, no hay equipo, sino algunas individualidades. Luis Díaz y diez más. También creo que, si no se encuentran en el camino, podrían hacer que Portugal y Argentina se enfrenten en la final para despedir a dos leyendas y ponerle algo de morbo a la eterna rivalidad entre Mesi y Cristiano. Pero si cada uno gana sus respectivos grupos, se verían las caras en cuartos de final.

     Que sea lo que Dios quiera, no lo que la mafia quiera. Por mi parte continuaré aquí, desde mi trinchera, haciendo lo que más me gusta hacer, que es recordar cuánto aborrezco jugar al fútbol, pero cuánto me gusta ver el mundial.







martes, 2 de junio de 2026

Están buscando un muerto

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Cuando sienten el fantasma de la derrota a punto de tomarlos por el cuello, las hordas petristas (y ahora cepedistas) se alarman y comienzan a salir de sus madrigueras, cual animales hambrientos en busca de una presa de la que se puedan alimentar.

     Pero los gavilleros de las “primeras líneas”, que recibieron la orden de reactivarse, no obedecen solamente los dictados de la naturaleza salvaje, que imponen a la mayoría de las especies la necesidad de sobrevivir alimentándose de otros. Más allá de saciar su sed con la sangre del enemigo, ellos quieren regodearse en la venganza hasta con miembros de su misma especie. Están dispuestos a sacrificar a uno de los suyos para pretextar un ataque siniestro que desborde todos los límites de la supervivencia. Tienen que camuflarse con el ropaje de la presa y escudarse en la indefensión propia de la víctima, pero son los verdaderos depredadores.

     Están buscando un muerto, y esa será la excusa perfecta para desatar el mal llamado “estallido”, la “rebelión popular”, el alzamiento de la turba beligerante a la que falazmente le llaman pueblo. Un paso en falso de las autoridades, de algún encargado de la seguridad del bando contrario; un mínimo error o un lugar a dudas sobre un procedimiento, y todo será caos, porque eso es lo que buscan las muchedumbres adiestradas e instrumentalizadas que sirven a los intereses de los enemigos del país. Hoy hicieron el ensayo con un niño al que pusieron de escudo en medio de una “manifestación” de esas que saben hacer. El menor resultó lesionado de un pie; nunca debió de estar allí. Mañana dejarán de ensayar y habrá uno que se lance al fuego para resultar intencionalmente incinerado. Cuando eso ocurra se frotarán las manos de nuevo: habrán conseguido la excusa para señalar culpables y deslegitimar las fuerzas opositoras a su régimen. 




     Están provocando, azuzando, intentando hacer que perdamos el control, tal como lo hacen las hienas en su afán de robar una porción de la presa que el tigre (literal) cazó con su propio esfuerzo. Si pierden las elecciones en segunda vuelta, lo cual es una posibilidad, se constituirán en la jauría, y desde ya se preparan para ello. Lo seguirán haciendo mientras sientan que está en riesgo la consecución de su proyecto maquiavélico. Sólo que para asegurarse de contar con el favor de la opinión pública necesitan otro Dylan Cruz, otro Javier Ordoñez, otro Lucas Villa, otro mártir de su causa que les permita reactivar su conocido discurso de nos están matando. Entonces el reclamo no es contra el poder en curso, porque ellos ya lo ostentan, sino contra ese caudillo en ascenso; ese tigre que irrumpe en la escena política como un advenedizo y que según ellos es el depredador que está amenazando su rebaño. Le temen tanto que prefieren incendiar el bosque donde acecha antes que los atrape de un zarpazo.

     Esta película ya la habíamos visto, y por tanto ya conocemos su final. Si estamos dispuestos a aceptar otro desenlace triste para el devenir de nuestra patria, basta con guardar silencio, con hacernos a un lado, con dejar pasar y hacer, y que los depredadores se instalen en la pirámide alimenticia en la que sin duda los buenos volveremos a ser presas. 




     Si en cambio queremos reescribir la historia, no hay de otra que alzar la voz, debatir, exponer, denunciar, entrar en el lodo visceral de la contienda política, volvernos partícipes de la defensa de nuestras instituciones que esa ideología procomunista quiere arrasar. Si ellos se toman las calles nosotros también podemos hacerlo porque tenemos el derecho legítimo que nos brinda la democracia. Si atacan con mentiras, hay que desmentirlos. Si hacen proselitismo en el transporte público, rebatirlos. Si atacan con calumnias, responderles simplemente desnudando sus verdades llenas de oprobio. Si agreden físicamente, defenderse. El país es distinto al de hace cinco años, cuando se tomaron las calles y no pudimos hacerles frente, no porque careciéramos de argumentos o de razones, sino de la valentía suficiente y de un líder que nos inspirara. Ahora hay uno que da ejemplo y demuestra con sus actos que está dispuesto a perder su status quo para defender el suelo patrio.

     Lo que sí se ha sabido desde tiempos innombrables es que la izquierda es una trampa y sus militantes seres erráticos. Para apoyar a Petro a estas alturas, y para querer prolongar su legado en cabeza de Iván Cepeda, hay que ser algo más que equivocado: adoctrinado, perverso, de mala sangre, resentido, o quizá un individuo que aún alberga odio en su corazón, porque no ha podido superar la tragedia común de la violencia en un país donde siempre nos hemos matado por política.

     Petro es el ejemplo claro de estar dispuesto a irse hasta la muerte con tal de no renunciar a su poder. Morir él, pero llevándose a miles de colombianos a los que tiene embrujados con su paupérrimo don de la palabra. Es que en él operan otras fuerzas de las que es mejor no hablar. No está dispuesto a entregar la presidencia ni a su propio pupilo, Iván Cepeda, que tampoco quiere ser presidente. Lo que quiere Petro es endosarle a Iván el cargo mientras le aprueban aquello de la Constituyente para reelegirse con una “amplia mayoría” y regresar a su trono hasta por cien años, como lo sugiere en sus etílicos discursos. 




     La polarización continúa, aunque esta vez no se trata simplemente de meras diferencias doctrinarias. Se trata de defender la libertad, la vida y la propiedad; los tres derechos claves que deben estar en el ADN de toda democracia. Lo contrario es tiranía, absolutismo, sometimiento de la voluntad. Es la eterna guerra entre el bien y el mal, en la que por experiencia teológica termina imponiéndose el primero sobre el segundo luego de una ardua batalla. Nótese que el bien se impone porque encara y da la pelea, no porque negocia con los malos.

     Como ya nos prometieron que si no ganan se van a ir a las calles; como ya nos dijeron en la cara que no van a reconocer la derrota si acaso no les sale el fraude que deben de tener bajo la manga, incluyendo compra de votos o imposición de votos con las armas, pues lo que se sigue es que ganen a la brava o que se hagan los despojados de la victoria. En cualquiera de los dos casos terminan saliéndose con la suya y como sea aniquilan la voluntad de las mayorías.

     Apenas les falta el mártir célebre que los pondrá de nuevo en la esfera compasiva de las organizaciones internacionales de "izquierdos" humanos. Ese futuro muerto debe andar por ahí, presintiendo su desenlace, preparándose para provocar a la bestia, para que cuando ésta se lo lleve, al fin puedan gritar “¡resistencia!”, “¡fascistas!”, “¡Las cuchas tenían razón!”, “¡Abelardo, gonorrea, el pueblo no copea!”. Cómo les encanta victimizarse a estos seres despreciables, aunque son el mismo diablo.






Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...