(Columna)
Los zurdos del país han tenido una semana dura. Todavía están de cama después de la vapuleada que sufrieron el domingo. Eso mismo sentimos los de derecha hace cuatro años, pero a diferencia de su lloratón inconsolable, no hicimos el ridículo grabándonos ante las cámaras para hacer un show de nuestro llanto. Ellos sí, porque siempre les ha encantado posar como tristes víctimas de la situación. Lo que no saben es que los salvamos de sí mismos, no importa que hoy estén vociferando y arremetiendo rencorosos contra la gente sensata que votamos en contra de su candidato.
Los salvamos a ellos también, porque en primera instancia salvamos al país de la perpetuación de un proyecto político que inevitablemente desembocaría en la peor tragedia para el pueblo colombiano, y es la de conocer un hambre y una miseria sin precedentes en la historia de la nación. El chavismo en Venezuela habría sido un juego de niños comparado con el modelo de país al que nos iba a llevar Cepeda y el resto del petrismo que, a pesar de haber sido vencido en las urnas, es un movimiento que sigue y seguirá vigente por muchos años, y al que tocará seguir resistiendo porque volverán a ser oposición para hacer añicos todos los proyectos de ley que el nuevo gobierno propondrá ante el Legislativo. Es lo que mejor saben hacer: destruir.
Por desgracia, el progresismo petrista sigue más vivo que nunca, con una gran cantidad de militantes resentidos por la derrota y dispuestos a reactivarse y a tomarse las calles como cuando eran oposición. Tal vez la idea de perder las elecciones presidenciales no les parezca del todo mala, ya que serán ellos los que recuperarán el protagonismo que no pudieron tener mientras su líder fue presidente y los calmó con subsidios y contratos. La rabia viene motivada por haber perdido las prebendas, las posiciones y el control que ya habían obtenido a costillas del pueblo.
Y sí, muchos perderán sus empleos militantes con el Estado cuando se tenga que hacer el recorte, pero más vale que aprendan a trabajar en el sector privado para que no sigan siendo unos mendigos de la burocracia estatal. En eso también les ayudamos: a que tengan la posibilidad de sacar su propio pescado y no esperar a que Papá Gobierno le quite al vecino una parte de su pescado para darles de comer a ellos.
Si antes mataron y se hicieron matar para alcanzar el poder, con mucha mayor razón lo harán ahora que ya bebieron de las mieles de ese elixir durante cuatro años y que cuentan con una gran cantera de adeptos en los claustros educativos, donde se están fabricando los revolucionarios del mañana.
No importa que les muestren las cifras, les recuerden los fracasos y les enrostren las actitudes delincuenciales, corruptelas, ineptitudes y desvergüenzas de su líder. Hace rato que son una secta enfebrecida, como lo fue en su momento el uribismo. Se convirtieron en aquello que decían detestar, así que lo que sigue es esperar a que se opongan contra todo razonamiento a cualquier acción que tome el nuevo gobierno que comenzará a regir a partir del 7 de agosto, porque ya no son ellos quienes estarán al mando.
Pero a lo que la izquierda está acostumbrada es a estar en el banquillo de los detractores. Ese siempre ha sido su papel y en él se han sentido cómodos durante los doscientos años que, según ellos, llevaba gobernando la derecha. Porque les bastaron apenas cuatro para darse cuenta de que no sabían gobernar; no tenían la más mínima idea de cómo administrar el poder que (digamos que en elecciones libres) el pueblo les concedió. Y ese pueblo que resistió estoico los “doscientos años de derecha”, a duras penas pudo sobrevivir a los nefastos cuatro años de izquierda: no necesitaron más para hastiarnos. La máscara se les cayó antes de lo previsto.
Con la elección de Abelardo de la Espriella hemos salvado al país de un modelo estatista y antilibertades, pero también hemos salvado a los zurdos de seguir perpetuando su fracaso. Les quitamos esa cruz de encima que les quedó grande. ¿Por qué lloran entonces por haber perdido si es que su “éxito” siempre se ha basado en la derrota?
Más bien el país los ha emancipado de la responsabilidad que demostraron no tener para conducirlo por buen camino. Han sido rechazados en las urnas con un engañoso estrecho margen, porque a pesar de que es menos del 1%, nadie nos puede asegurar de que en ciertas regiones apartadas no hubieran coaccionado el voto por Cepeda a través de la orden del cañón. Con ese rechazo los salvamos de seguir haciéndonos fracasar, para que no pasaran a la historia con la deshonra que pasará Petro y su inolvidable verborrea. De haber ganado ustedes, habríamos de sucumbir todos por igual a la ola gris del estatismo y la migración forzosa.
El escenario probado de fracaso es como sigue: obreros, empleados y profesionales cayendo en la desgracia del desempleo con la desaparición del empresariado, y empresarios desapareciendo con el ataque a la propiedad; las clases bajas sufriendo el azote de la inflación como producto de la devaluación de la moneda nacional; las clases media y media-baja convirtiéndose en los nuevos parias, esfumándose a través de la selva del Darién, de un avión con visa de turista que se queda para siempre, o atravesando la frontera más cercana, según su capacidad; y los ricos que tanto dicen detestar sacando sus chequeras del país para establecerse en otro que les garantice seguridad para sus capitales, pero llevándose también la inversión y el trabajo, no sin antes haberle tenido que dejar una buena porción al gobierno socialista que de ninguna manera la va a distribuir entre sus copartidarios. Como corolario, la destrucción sistemática de todas las libertades, incluyendo la de opinar, y la obligación religiosa de adorar al líder supremo.
Con este panorama, no hubiera habido un buen porvenir para los colombianos si se votaba por Cepeda. Habría sido ver la misma película que ya nos contó Venezuela.
En ese orden de ideas, el peligro ha sido conjurado de momento. Eso, mientras los ciudadanos dentro de unos años se olviden de que alguna vez fuimos gobernados por los antidemócratas y vuelvan a elegir el camino del mal. Por ello urge que el nuevo gobierno plantee la batalla, no solo desde las leyes y los decretos, sino desde la educación y la cultura. Podremos cambiar de presidente, pero si no cambia nuestra mentalidad de víctimas, de subsidiarios, de incompetentes, no habrá gobierno ni caudillo capaz de sacar este barco varado en un banco de arena.
Hemos salvado al país de los petristas, y los hemos salvado a ellos de sí mismos. Como siempre, tuvieron que salir los viejos a votar, ya achacosos y enfermos, para evitar la desgracia a la que nuevamente nos iban a conducir los enardecidos e instrumentalizados “muchachos rebeldes”. Uno los ve dando declaraciones y se da cuenta de que esta gente nunca maduró, o más bien les lavaron el cerebro desde su niñez hasta el punto de hacerles creer que la utopía les solucionará todos los problemas. Bienvenidos al mundo real: el mundo de la competencia y el mérito, de la ley y el orden, de la toma de decisiones asumiendo las responsabilidades, de las consecuencias por los actos cometidos.
Otra vez Colombia vuelve a tener presidente, y esperamos que sea un presidente que no pisotee la dignidad del cargo, como hizo el sujeto que se niega a reconocer que su hora ya pasó. No pueden seguir viviendo en el paraíso de la mentira, del idealismo puro que desconoce el lado más oscuro de la naturaleza humana. En ese mundo nacimos y es ese el mundo que tenemos que enfrentar. Desde luego, siempre intentando mejorarlo por obra de nuestras buenas iniciativas como individuos, pero no por la expectativa de un sistema totalitario que pensamos que todo lo va a poder.
La esperanza ahora está puesta en lo que sigue después de que hayamos resistido la embestida que se nos va a venir: recrudecimiento de la acción violenta de los grupos criminales, pretextos para incendiar las calles, oposiciones virulentas al intento por cambiar la mentalidad del falso progresismo, consecuencias del endeudamiento que nos dejaron, crisis económica y energética (apagón) por cuenta de los cuatro años en que el país perdió su rumbo. Todo ello son las pruebas que habrá que superar para aspirar alguna vez a disfrutar de la “patria milagro”, que no es otra cosa que un país en donde se pueda trabajar y vivir medianamente tranquilo.




