domingo, 27 de septiembre de 2020

El Señor del universo

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Érase una vez un hombre afortunado y ambicioso. Desde que nació sólo tuvo en mente una trivial misión: ser el Señor del universo, un proyecto nada egoísta ni nada presuntuoso para lo que podía llegar a aspirar.

   Desde muy joven se preparó estudiando las doctrinas filosóficas de los más antiguos y de los postmodernos, desembrolló el misterio de la mente humana y se regocijó cuando entendió el modus operandi de las religiones y las demás ideologías: ahí estaría la clave para imponer su dominación.

    ¿Que por qué este hombre deseaba tener el control absoluto del planeta y sus alrededores? No se sabía con exactitud, pero se presentía en el ambiente, y sin que él se diera cuenta, que este personaje había sufrido mucho desde niño y había sido objeto de todo tipo de burlas, matoneo físico, y humillaciones, y fue denigrado por su condición de judío; por proceder de un país de la vieja Cortina de Hierro; porque su papá le pegaba; porque era un bueno para nada y no se sabía ocupar de los asuntos de la familia, en fin. El hecho es que tuvo una niñez difícil y creció con toda clase de complejos y resentimientos que le alimentaron un fuerte sentimiento de venganza contra su prójimo.

    —Cuando sea grande los voy a sorprender a todos —se decía cada que en la secundaria algún compañerito más aventajado le propinaba una paliza, pensando con ilusión que él sería fuerte y que los demás tendrían que verlo con respeto y hasta rendirle pleitesía, y si fuera posible, humillarse ante él. Luego el verbo “sorprender” lo cambió por el de “dominar” a medida que fue madurando, y más adelante la dominación la sustituyó con el ideal de la aniquilación.

    —Para el año XXXX la humanidad se tendrá que postrar ante mis pies, y no se moverá una ola del mar sin mi consentimiento—, se repetía frente al espejo, tan dueño de su destino, tan seguro de sus metas, tan premeditadamente calculador para llegar a convertirse en el amo del mundo. 

    No consideraba que se le estuviera yendo la mano a este jovenzuelo en sus aspiraciones, porque se había preparado para manipular la lógica estúpida del hombre masa y aplicarle los postulados de las escuelas de dominación del pensamiento, como la escuela masónica o la cristiana; de modo que cuando emprendió su vida productiva como corredor de bolsa, ya tenía muy arraigada su idea de ser emperador universal.


      Siguiendo al pie de la letra las enseñanzas de los grandes negociantes, se convirtió en el mejor agente bursátil de su ciudad, y luego llegó a ser reconocido en el país. Todos los millonarios del mundo lo buscaban para que les multiplicara sus riquezas y él ganó mucho dinero haciendo feliz a otros. Después llegó a ser un joven pequeño burgués que realizó con éxito emprendimientos en varios frentes, y en todos cuadruplicó sus ingresos.

    Poco a poco su otrora ínfima cuenta bancaria fue valorada por los banqueros como una cuenta de respeto. Entonces invirtió en acciones y compró divisas. Compró tanta moneda extranjera, que le compitió al propio banco nacional de un país poderoso y casi lo llegó a quebrar. Allí fue declarado persona no grata.

    Pero países era lo que había para invertir, y así fue como introdujo su dinero en esas economías pobres de las repúblicas bananeras del Caribe y el Cono Sur, por ejemplo, en donde sí supieron apreciar su esfuerzo y le devolvieron con creces lo invertido. Los gobernantes de tradicionales apellidos estaban recelosos ante la aparición de este nuevo magnate que estaba generando un pánico colectivo en detrimento de sus economías, y pretendieron neutralizarlo con ciertas restricciones a los extranjeros para que no se enriqueciera más que ellos: impuestos, aranceles, exclusiones, desprestigio internacional y toda clase de trancas, porque no se sabía este señor quién era ni de dónde venía.


    Así que el extranjero en cuestión no se iba a preocupar por competirle la posición a esos caudillos corrompidos, y más bien se dedicó a la filantropía. Le parecieron más rentables las actividades sin ánimo de lucro, porque siempre dejan más réditos las fundaciones que las empresas. Claro, esa sería la forma de inmiscuirse en los asuntos de la política y el mercado de los países sin que nadie sospechara nada y los políticos no le fregaran la vida: el perfil bajo resultaba ser la mejor estrategia.

    Y obtuvo grandes resultados ese filántropo con sus fundaciones de caridad y sus ONG’s en las que patrocinaba todas las causas de las minorías que no tenían representación en los grandes sistemas geopolíticos y que eran discriminadas.

    La decisión no pudo ser mejor. Bastaba enviar un dadivoso aporte a la oficina más cercana, y esta se encargaba de repartir a las demás, y cuando menos pensaba la red a su servicio estaba entretejida.

    No le interesaba tanto recuperar el capital que dejaba en sus donaciones, como capturar el cerebro del receptor. De esa manera promovió un sistema social de lucha y emancipación para sacar del camino a la competencia, que no eran los otros empresarios como él, sino los respectivos gobernantes de cada nación. Porque a él no le servía el dinero per se, sino que lo que quería era el poder. Recordemos: él anhelaba ser el amo del universo y de esta manera ser el predecesor de Dios. Para esto tenía que valerse de armas como la Deconstrucción, que era una estrategia para generar caos y realizar toda una transformación que operara desde el seno de las instituciones que se conforman al interior del Estado: las ramas del poder, el aparato militar, los medios de comunicación, las universidades, la familia, las iglesias, los clubes, las asociaciones de lo que sea, y hasta los equipos de fútbol.




    Todo valía en su intento de llegar a la cúspide soñada. Además, él ya había conseguido, a través del financiamiento a movimientos de toda laya, que estos rompieran el estado de orden imperante y lograran lo que ningún presidente de ningún país había logrado: la obediencia por convicción.

    Para ello fue muy importante tomarse la educación y realizar el perfecto adoctrinamiento. Después utilizó el terror como fuente de dominación, y de este modo la gran masa estuvo dispuesta a pagar lo que fuera por la vacuna milagrosa que la pusiera a salvo de la enfermedad que le tiraron. Entonces con ello compró la libertad de la humanidad metiéndose con lo más vital: la salud, y ya habiendo subyugado la mente de la muchedumbre, no tuvo ningún problema para poner en ejecución práctica las demás fases de su plan de conquista del universo.

     Primero había que manipular el lenguaje y la cultura en lugar de capturar los medios de producción, como pensaron sus antecesores. Había que comenzar con la interiorización de conceptos inocuos en su significado pero nocivos en su puesta en marcha. Se trataba de destruir las naciones e imponer un solo reino en el que él estuviera sentado en el trono, porque así se lo dictó su conciencia desde niño, y todo sin tener que realizar el mínimo esfuerzo, pues trabajando como los demás no era gracia conseguir sus objetivos.

    Entonces alentó el desacato entre los masificados, de modo que estos evadieran la ley sin que necesariamente hubiera violencia. No, todavía no. Apenas era el primer paso para que este nuevo magnate se saliera con la suya. La desobediencia de la población haría que los gobiernos se pusieran rígidos en la aplicación de sus leyes, y con ello vendría el segundo paso de la táctica: la resistencia.




    “Resistencia, resistencia”, gritaba un político a sus seguidores el mismo día en que perdió las elecciones. El que ganó le había hecho un guiño silencioso, porque a la larga todos trabajaban para el mismo jefe, que era este millonario convencido de ser el amo. Ya estaba a punto de lograr sus objetivos, así que inyectó más capital adquirido con uno que otro desfalco a la banca internacional para pagar manifestantes de todos los pelambres. Algunos creían ingenuamente que estaban luchando por una causa justa, un mundo mejor, pero la mayoría no sabía a quién, en últimas, estaban beneficiando.

    Y como la reacción de sus enemigos gobernantes fue enviar a la fuerza pública con violencia, el magnate aprovechó la matanza para fomentar nuevas revueltas por los abusos cometidos, y entonces hizo que cambiaran las leyes y le amarraran las manos a los cuerpos policiales para que no actuaran. Se valió de los estamentos internacionales como el Derecho Internacional Humanitario y la CIDH, la ONU, la OMS y cuanta sigla de ONG y tratado de paz —que él mismo patrocinaba con aportes— se le apareciera en el camino, y de este modo la comunidad internacional puso los ojos sobre las republiquetas y las demás naciones occidentales, a ver quién era el que estaba asesinando tanto inocente.

    Al darse cuenta de que las fuerzas del orden no podían actuar y que cualquiera que se sublevara debía ser reconocido como sujeto digno de derechos, pues pagó gente para que se insubordinara contra sus todo orden establecido.




    Con la violencia que esto produjo, el hombre del que cuento la historia se saboreó ante la caída de los sistemas democráticos por los derrocamientos que se produjeron. Y con ello sobrevino lo que fue la cereza del pastel para finiquitar su meta: la anarquía.

    Fueron los tiempos más felices los que vivió este manipulador, haciendo y deshaciendo con total impunidad, promoviendo guerras civiles, financiando rebeliones, viendo incendiarse el mundo, destruyendo naciones, acabando con la autoridad para que reinara el desconcierto que devino en locura. Cuando se presentó ante el mundo como una luz de salvación, muchos le tendieron la mano queriendo salir del fango, así les insertara en el brazo el chip de la alineación.

    Después de todo ese período de convulsión el mundo fue un lugar diferente: todos los hombres fueron iguales, pensaron igual, se vistieron igual, fueron infelices por igual, adoraron al mismo Dios, y sobre todo, se murieron igualitariamente sin volver a gozar jamás de libertad; ni siquiera de pensamiento.




    Hubo rumores cuando llegó el Armagedón: las legiones de ángeles atraparon al impostor que pretendió usurpar el lugar de Jesucristo. Al fin supieron quién era cuando el verdadero Rey del Universo lo tomó del cuello y le arrancó una máscara de caucho que le ocultaba el rostro. Todos esperaban ver a Soros, el filántropo millonario, pero no lo identificaron. Tampoco era Juan Manuel Santos, ni ninguno delos Rockefeller, ni Bill Gates, ni Putin, ni el presidente de Korea del Norte, ni el de la China ni el de Irán, y mucho menos Trump. Tampoco era ninguna reencarnación de Hitler ni de Stalin; de Marx ni de Mussolini ni de ningún emperador romano sanguinario. Dijeron que era Lucifer, y como los jueces estaban a su favor, lo dejaron suelto porque según ellos no representaba un peligro para la sociedad.



miércoles, 23 de septiembre de 2020

Palabras que no dicen nada y significan peligro

Por Juan Felipe Giraldo Trejos



    Cada cierto tiempo, como contagiados por el espíritu esnobista de una época, la sociedad pone de moda ciertas palabras que se precian de tener un significado concreto, acuñado para una temática específica. En una nueva coyuntura, esos términos desenterrados de lo más recóndito del Diccionario de Español se revalidan para adquirir significados mucho más prolijos que involucran aspectos que antes no estaban contemplados.

    Me refiero por ejemplo a sustantivos que en su momento fueron bombardeados por la masificación cultural y nos los sacaron a relucir como si fueran la gran panacea del nuevo lenguaje.

    Este año, a raíz de la pandemia, fue precisamente esa palabra, “pandemia”, la que nos obligaron a poner de moda hasta el cansancio, al punto de haberla incorporado a la realidad como si ella hubiera sido parte de nuestra cotidianidad de toda la vida. Y resulta que ningún ser humano que se encuentre vivo en este momento puede decir que ha experimentado antes de este año el rigor de la palabra con todas sus implicaciones, pues la última gran pandemia de la que tuvo noticia la humanidad fue La Gripe Española, hace más o menos cien años.

    No obstante, expresiones como “pandemia”, “confinamiento”, “distanciamiento social”, “cuarentena”, etc., ya son parte del uso cotidiano de nuestra lengua, y están tan gastadas, que estamos en boga de inventarnos otras para sustituirlas.



    Hay una palabra, por ejemplo, que no sé a quién le dio por utilizar con una concepción totalmente oportunista, y es ese machacado vocablo llamado “resiliencia”. Ni siquiera me gusta cómo suena, y el corrector ortográfico del computador aún no la identifica. Pero como ahora todo discurso, proyecto o intención reivindicativa de la capacidad del ser humano para sobreponerse a la adversidad, lleva en algún lado la palabra “resiliencia”, “pues no queda otro camino que aceptar” dicha palabreja.

    Ya la había escuchado antes, hace mucho tiempo, en una clase de física; y un profesor nos la definía como la propiedad que tienen los cuerpos para recuperar su estado original después de haber sido sometidos a un proceso físico de transformación o deterioro. Hay cierto tipo de papel como en el que empacan las galletas, que cuando uno lo arruga y lo tira a la basura; este se desarruga con rebeldía, abarcando todo el espacio de la papelera y recobrando su forma original. Era un buen ejemplo con el que se ilustraba la “resiliencia” de los materiales, pero no sabía que la Psicología también había hecho su apropiación del término, y ahora todo depende de la “resiliencia”: que hay que afrontar la crisis con resiliencia, nos dicen los gurús de la superación; que esta tarde presentan el concierto por la resiliencia; que mañana es la marcha de la resiliencia; que los artistas hablan sobre la importancia de la resiliencia, y todo con esa obsesiva repetición que se me ha vuelto fastidiosa, no por lo que significa el término, sino por su uso desmedido a propósito de lo que a la humanidad le tocó vivir este año.

    No recuerdo haber escuchado en otro tiempo este concepto de forma tan generalizada, como si antes no hubieran existido la adversidad y los problemas. ¿O acaso cómo se le llamaba a la capacidad de sobreponerse a la dificultad en el tiempo de nuestros abuelos? Me parece que ellos lo definían con un término menos eufemístico pero más contundente: “verraquera”.




    Hace cuatro años, cuando Santos estaba firmando la rendición del pueblo colombiano al terrorismo con su “Proceso de Paz”, nos metieron hasta la saciedad una frase que al final nos tuvimos que tragar como un sapo y nunca supimos qué era, o con qué fin se utilizaba. Esa aberrante expresión que se llama “desescalamiento del conflicto”. Eso que definieron como “una serie de pasos y de gestos progresivos para bajarle el nivel a la confrontación y la gente en sus territorios sienta que se está acercando la paz”. Mejor dicho, una cuestión de aclimatamiento reflejada en términos del lenguaje aunque no fuera así en la realidad. Sonaba bastante bien y los medios adoptaron la expresión que al final terminó usándose por costumbre, extraviada de toda su carga de compromiso para irnos llevando a una firma de un tratado de mentira.


    Y hay otras palabras que la corrección política nos quiere imponer como si uno en el fondo no supiera a qué están apuntando con su estratagema. Ahí les va por ejemplo una: “excombatientes”, cuando se refieren a los guerrilleros que eran parte de las FARC y que se acogieron al fallido proceso (y que a pesar de eso yo apoyo a los que de verdad tuvieron voluntad de dejar las armas), y que gracias a la suavización del lenguaje les fue cambiado el nombre de exguerrilleros por el de excombatientes, como si hubieran sido parte de la institución militar y hubieran librado una batalla gloriosa para defender a la nación. Combatiente es un patriota, y estos a los que se les llama excombatientes son todo, menos patriotas.



    Y ni qué decir de esa otra palabra que anda sonando por ahí y que está cobrando tanta vigencia en razón de las protestas: la “deconstrucción”. Se ha vuelto de uso común para bautizar el fenómeno que se está viviendo en las democracias occidentales por cuenta de quienes pretenden disolver el canon de los valores judeo-cristianos; causar desestabilización y generar caos. Aunque el término lo utilizó primero Heidegger, se le debe su desarrollo a Derrida, quien puso en boga su uso. Para mi gusto, me quedo con el término alemán de Heidegger: Destruktion, el cual se traduce con mayor fidelidad a la palabra "destrucción". Y en realidad esa es la intención que encierra el modelo de la Deconstrucción, con mayúscula, que si bien no es sinónimo de destrucción, suele tener un efecto muy similar. Jaque Derrida lo relacionó con el desmarcamiento de las estructuras, de la autoridad; con una recontextualización del lenguaje, aunque en el fondo tampoco supo definir qué era. 

    Así que a las cosas hay que llamarlas por su nombre, y sobre todo si en términos prácticos causan los mismos estragos. Sigo pensando en que tratando de disfrazar la manipulación, quisieron desviar la atención con ese nombre tan “filosófico”, pero lo que es en realidad la palabra, es una destrucción arbitraria de un sistema ya establecido.


    

No me quedo sin las ganas de proponer el análisis de la última frase que escuché hace poco a propósito de las mal llamadas protestas sociales, y es esta: “Revolución Molecular Disipada”. Aquí parece que ya le hubiéramos metido química al asunto, y rebautizamos la nueva forma de guerra civil que encontró la izquierda para acabar con el modelo de la república y las instituciones que la conforman.

    Este término hace referencia al modelo que ha venido operando de un tiempo para acá en Latinoamérica y ahora en Estados Unidos, en el que ponen de manifiesto una frase que escribieron dos autores de la Deconstrucción (Gilles Deleuze & Tiqqun, Contribución a la guerra en curso): “El terror y la crisis son ante todo dos maneras de gobernar”. Ahí está pues la aplicación práctica de ese concepto del que hablaba arriba, porque esta Revolución Molecular Disipada (RMD) es su hija calavera.

    El primero que habló de la RMD fue el filósofo francés Félix Guattari, quien lo planteó como un sistema social de lucha y emancipación, ya no a través del discurso político y la democracia, sino a través de “las mutaciones del deseo”. O como lo expresa más concretamente: “vincular toda transformación social a una transformación en la economía del deseo”. En últimas lleva a decirle a la gente que si no se cumplen sus deseos, es posible “alterar el estado de normalidad social del sistema dominante para derogarlo y sustituirlo”, como lo afirma el intelectual chileno Alexis López, director de Radio y Televisión de Santiago (RTS), quien lleva años estudiando la ofensiva neo-marxista en Latinoamérica y el mundo. Concluye con conocimiento de causa que la Revolución Molecular es una revolución de la izquierda por destruir las instituciones y generar el caos (molecular porque no hay cabezas visibles. Tirar la piedra y esconder la mano es su consigna) con el fin de instaurar un gobierno de “políticas globales a través de organismos como la ONU, la OMS, la CEPAL y otras tantas ONG’s que son apoyadas por magnates que buscan destruir las naciones para que ellos mismos sean la nación. (De aquí puedo extraer el sustento para un próximo artículo, pues el tema da para tanto que no me alcanza este).

    De modo que vayámonos familiarizando con estos términos que estarán de moda a partir de ahora y por mucho tiempo, pero entendiéndolos en nuestra concepción pragmática como lo que son: palabras que no dicen nada y significan peligro. Porque las han apropiado para disfrazar las verdaderas intenciones de su connotación; como cuando se dice retenciones ilegales en vez de secuestro; o globalismo en lugar de socialismo mundial, dos cosas aparentemente diferentes que conllevan el mismo gen de aniquilación. A la larga, son iguales.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Qué bueno sería ver patear a un caricaturista

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





           Es talentoso y mordaz. Tiene la sensibilidad del artista que en un dibujo jocoso puede plasmar con sátira la triste realidad nacional. Lleva más de veinte años de trayectoria y todavía tiene mucho por dar. No le discuto nada como caricaturista, consagrado como uno de los mejores del país.

    Gracias a que el humor —sobre todo el negro— es el ingrediente principal de su trabajo, despierta en el público una simpática sensación de alteridad que lo hace ser visto con buenos ojos por algún sector de la opinión, porque según él, es la voz de los que no tienen medios para criticar los estamentos del poder. Asegura que comparte la indignación del pueblo, y que eso no es delito.

 Es paisano mío aunque no sospecha de mi existencia, y estoy seguro de que nunca nos conoceremos. Sin embargo, hoy estaba yo tan desocupado y tan falto de inspiración, que lo mejor que se me pudo ocurrir fue hacer una semblanza sobre este personaje.

    Yo no sé si le gustan los toros o si el apodo de Matador (que de alguna forma expresa agresividad) lo sacó de esa otra connotación de la palabra que se equipara con la de estoqueador o incluso con la de matoneador. El caso es que su remoquete es tan sonoro, y ha sido tan famoso en la prensa, que pocos sabemos su nombre de pila, y la mayoría lo conocemos simplemente como Matador (en el sentido jocoso de la palabra, o al menos eso creo).

    Actualmente lo estamos viendo como panelista en el programa de Semana TV que conduce Vicky Dávila, en un espacio denominado El Debate, junto a figuras de talla de la política nacional como Luís Eduardo Garzón, Juan Carlos Pinzón y el mismo Fico Gutiérrez, ex alcalde de Medellín, quien es uno de sus más vehementes contradictores. Y aunque es el menos diplomático de todos, sus punzantes intervenciones son como un dardo envenenado en el corazón para quienes no están de acuerdo con sus posturas, que dicho sea de paso, son tan radicales o más como las que él le critica a sus compañeros de programa.

    Es que Matador es de esos personajes que se hace querer o se hace odiar. No admite tibiezas ni escala de grises. Eso le ha reportado un montón de enfrentamientos con periodistas, políticos y otras figuras reconocidas en el panorama nacional.

    Hasta ahí, no hay nada que se le pueda reprochar, porque todos los seres humanos defendemos con ardor nuestras ideas cuando creemos que tenemos la razón o cuando contamos con un acervo de argumentos suficiente para hacer valer nuestro punto de vista. En el caso del Matador comentarista del programa de la mañana, priman más las pasiones que las razones, y eso le ha hecho perder la credibilidad que antes le reportaban sus buenas caricaturas.




    Dice el viejo dicho: “zapatero a tus zapatos”, y eso es algo que nuestro amigo debería poner en práctica antes de terminar de deteriorar su imagen. Pareciera como que la calidad de sus trazos fuera superior a la elegancia de sus palabras. Yo de él me quedaba más tranquilo en la casa dibujando sin tener que someterme a esas candentes discusiones con gente que nunca le va a dar la razón.

    Matador mete el dedo en la llaga pero se queda corto a la hora de justificar su postura desde un punto de vista imparcial. Él no puede. Su ideología política está tan arraigada en su ser, que no logra ver sino un solo lado de la realidad. En su estilo se advierte un sino de resentimiento; en su tono hay un aire de animadversión cuando debate con sus compañeros que están en la contraparte como María Andrea Nieto, Fico, y hasta Vicky Dávila, a quien le hizo una vez una caricatura en la que la ilustró comportándose como una leona con Juan Manuel Santos y como una gatica con Álvaro Uribe. Y aunque a lo mejor esa apreciación de Matador hubiera podido ser cierta, también lo habría podido ser la respuesta de Vicky a Matador, cuando ella le cambió los papeles y le dijo a él que más bien este se portaba como un león con Uribe y como un gatico con Santos, cosa que también es probable teniendo en cuenta que la mayor parte del trabajo gráfico de Matador está enfocado en contra de Uribe y muy poco en contra de la oposición o los líderes de izquierda, a quien caricaturiza con cierta benevolencia.

    De eso también nos hemos dado cuenta los colombianos, pero pensábamos que como eran situaciones vistas con inteligente jocosidad, no debían suponer ninguna tendencia política del comentarista objetivo que ilustra con humor la realidad. Pero ahora Matador se ha quitado la careta: critica a los grandes medios —los poderosos que monopolizan y controlan la información como Semana y El Tiempo—, y se olvida de que toda su vida ha vivido de ellos y comido por ellos: clásica posición de los mamertos.



    En el debate de esta semana salió a relucir ese comentario inaceptable que él reenvió por su red social, en el que se mostraba la imagen de un grupo de vándalos golpeando a un policía en medio de uno de los tantos enfrentamientos que se presentaron esta semana a raíz del asesinato de Javier Ordoñez por cuenta de un abuso de autoridad policial. Acompañaba a la imagen un texto que decía “qué bueno es ver patear a un tombo”, cosa que indignó y alegró a más de uno. Yo fui uno de los del primer grupo, porque así como rechazo la violencia de la Policía contra los ciudadanos, rechazo en el mismo sentido la de los ciudadanos contra la Policía: la respuesta al abuso cometido por dos miembros de esa institución no puede ser la misma violencia contra la que se protesta. Tampoco coartar las funciones de la Policía, ni mucho menos intentar desmontarla, como quisieran muchos revolucionarios políticos.

    Desde luego, no hace falta que diga que no me identifico con el pensamiento de Matador, porque estamos en orillas muy opuestas: él ya puede ser considerado de ultraizquierda cuando a mí, en mi círculo de conocidos, sus adeptos me califican de ultraderecha.

    Soy de los que cree que es mejor portarse bien con la autoridad, no faltarle al respeto, no desafiarla, no colmar su paciencia. Es mejor portarse bien siempre y atender al llamado cuando se es requerido, porque el que nada debe, nada teme. Hay que mostrarse colaborativo y servicial, que para eso tienen el deber de protegernos. Tengo entendido que el ciudadano Javier Ordoñez no era muy ejemplar que digamos, aunque claro, eso no justifica que lo hayan matado.

    La mayoría de los integrantes de la Policía son personas de extracción humilde que también tienen familias que los esperan y están tan afectados como nosotros por la situación del país que han generado los políticos (de derecha y de izquierda).  

    Matador afirma que él, en su derecho a la libertad de expresión, puede compartir lo que quiera en Twitter, porque esa es la sensación que tiene la gente. Yo creo que eso es instigación al odio y a la violencia, pero como lo está compartiendo Matador, no pasará nada. A veces yo también siento el deseo de patear a un vándalo, de ponerle una bomba a una empresa de servicios que abusa de los cobros, de sacudir a un funcionario público que no hace su trabajo, de pegarle un coscorrón a un politiquero torcido y de mentarle la madre a un policía de tránsito, pero me abstengo de hacerlo y tampoco lo recomiendo. No hay que darle ideas a la gente atrapada en la manipulación de las fuerzas oscuras que los manejan para que generen más violencia, como lo hace un señor como Gustavo Petro y como lo da a entender Matador.

    En todo caso, si es permitido hacer público el reflejo de la indignación contra algo o contra alguien por el sólo hecho de ser libre de opinar, y no ser investigado por ello ni obligado a retractar, pues entonces yo también podría decir que sería bueno ver patear a un caricaturista. Igualmente estoy en mi derecho de opinar y compartir lo que yo considere.

    En una de esas cambiamos el verbo patear por el de matar, y desde ese punto de vista legalizamos el asesinato en Colombia, ¡qué peligro! Estamos avalando el delito de Incitación al Odio, así como alguna vez legalizamos del de Injuria y Calumnia gracias a nuestros honorables jueces de las cortes.


domingo, 13 de septiembre de 2020

Conspiranoia

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Si algo me produce desconfianza es el discurso populachero que siempre habla en favor de los pobres. Si algo me produce recelo, es la publicitada filantropía de esos hombres que apoyan y financian causas nobles para el beneficio de la humanidad. En todo asunto humano no falta el mal, y como yo descreo tanto de los de mi misma especie, me cuesta pensar que no hay una conspiración secreta de filántropos poderosos tramando una dictadura global en la que el pensamiento uniforme será un precepto de obligatorio cumplimiento.

    Ya lo estamos comenzando a sentir quienes queremos excluirnos de esa tendencia del mundo moderno, la cual nos pretende insertar en una corriente de pensamiento progresista en el que hay que dejar de lado los valores tradicionales de nuestra cultura como la religión, la familia, el respeto por la vida, el derecho a la libertad y a la posesión de la propiedad, etc.

    Conspiranoicos nos llaman a quienes encontramos la mínima manifestación de generosidad como un acto sospechoso; a quienes creemos en las teorías alternativas que explican lo que no explica la oficialidad a pesar de no contar con pruebas. A lo mejor yo sea uno de esos que a todo le ven problema y que encuentran trazos de maldad hasta en la más carismática expresión de apoyo desinteresado, pero es que como tantas veces hemos sido engañados por políticos, empresarios, magnates, celebridades y organizaciones altruistas, ya uno intuye que en toda operación donativa se esconde una intención venenosa.

    La otra vez tocaron a mi puerta. Antes de abrir observé por el visillo a un elegante señor de corbata que sostenía en su hombro un maletín de cuero curtido y llevaba en su mano derecha un pequeño folleto ilustrado con la imagen de una poderosa mano agarrando el planeta. Debajo del folleto tenía un libro negro semejante a una biblia. Como no me pareció un sujeto peligroso para la sociedad, le abrí la puerta y me dispuse a atenderlo. Seguramente me iba a hablar de religión, algo de lo que en estos tiempos la humanidad se ha alejado tanto. “Vamos a ver con qué me sale ahora”, pensé maliciosamente. Me surgió la idea de controvertir sus creencias, seguro de demostrarle —gracias a la pandemia—, que su Dios, una vez más, había prestado oídos sordos a las plegarias de los hombres por salvarse de la plaga que los amenaza. Le haría evidenciar que ese ser Todopoderoso al que tanto ensalzan no era más que una flor en mitad de la carrilera frente al diabólico tren de maldad que viene en su dirección.

    —Buenos días —me saludó—. Estamos preguntando a los vecinos qué opinan de lo que se está viviendo en el mundo y quién consideran ellos que es el responsable.

    —Buenos días —saludé—. Pues yo no sé en el mundo quién será el responsable, pero aquí gran parte de la culpa la tiene Duque, o al menos eso es lo que yo le escucho decir siempre a la alcaldesa —le dije en tono de “a mí no me vas a corchar”.

    —Quiero decir —se excusó el hombre tratando de hacerse entender mejor—, ¿quién piensa usted que está detrás de todo esto causándonos tanto mal desde hace tiempo? ¿Quién podrá estar gobernando el mundo?

    —Pues no creo que sea Trump, porque ha perdido muchos seguidores con lo del Covid. De pronto puede ser una alianza entre Putin, la OMS, los fundamentalistas islámicos en contubernio con las FARC y el ELN, con Maduro y toda esa banda de criminales, y por supuesto, con los chinos, que se quieren meter aquí. Por algo nos tiraron el virus, ¿no?

    —Pero ¿no considera usted, caballero, que existe alguien detrás manipulando, azuzando para destruir al mundo? Es decir, ¿no se atreve a ir más allá y pensar que un poder superior le quiere hacer daño a la humanidad?

    —Hombre, sí —le dije—. Ahora que lo pienso, yo creo que detrás de este tinglado pueden estar los masones que manejan todas esas corporaciones queriendo imponer su agenda globalista: los Illuminati, el Priorato de Sion, la Internacional Comunista, los de la Teología de la Liberación, y hasta una facción del Vaticano encabezada por el Papa progresista Francisco I, cuya postura inicial de la humildad y la austeridad resultó ser una máscara.

    —Bueno, puede ser —me dijo el predicador evangélico—, pero quiero compartirle este versículo de la Biblia en el que se habla de ello, todo profetizado hace más de veinte siglos sin que nos percatáramos:

    » Primera de Juan, capítulo cinco, versículo diecinueve: “Sabemos que nosotros provenimos de Dios, pero el mundo entero yace bajo el poder del Maligno”.

    Como la conversación se estaba prolongando más tiempo del necesario, dejé la cosa así y acepté mi derrota en la discusión, pues ya quería entrarme y dedicarme a mi deporte favorito: pensar en la cama con los ojos cerrados.

    De modo que es la serpiente original, aquel que es llamado Diablo y Satanás el que está engañando a toda la tierra habitada; el Ángel de Luz el que está apoderado de todo este orbe convulso. ¡Jah!, no faltaba si no eso, echarle la culpa al Diablo para que después a ningún responsable se le pueda llevar a la cárcel cuando una corte internacional imparcial los juzgue.

    Aunque pensándolo bien, el Diablo tiene sus emisarios, y no me extraña para nada que todos esos maniáticos que nos gobiernan hubieran hecho pacto con él. Incluso el mismo Papa, o Soros, Bill Gates, Jeff Bezos, Larry Page y los demás multimillonarios que salen en el ranking de la revista Forbes y que destinan dinero a tantas obras de beneficencia. Yo sospecho hasta de mi amiga Cata, La Marxista, a la que veo en constante movimiento por la defensa de los más desfavorecidos, gestionando aquí y allá con ONG’s diversas, aunque siempre estrenando sus bolsos Wayús comprados en boutiques exclusivas y cambiando de apartamento con bastante frecuencia.



    Me da igual si es el diablo o no, pero sigo creyendo que la conspiración existe. El nuevo orden mundial está tan agendado, que parece ser un hecho. Se habla de que vienen más movimientos exigiendo derechos que ya tienen; más protestas; una supuesta vacuna en la que nos van a implantar un chip, y que el que no se la ponga no va poder ni ir al mercado; abortos legalizados y obligatorios en algunos casos; educación sectaria que promoverá más ignorancia; un régimen tan igualitario y equitativo a nivel mundial, que a todos nos obligarán a ser iguales, a pensar igual, a vestirnos igual, y a hablar el mismo idioma —que no será el inglés—. Que porque de esa manera, siendo todos esclavos de una élite, las diferencias se acabarían.

    Entonces, para congraciarse con los pobres, que seremos todos, nos darán un ingreso básico como para medio comer, por el sólo hecho de existir, pero se buscará la manera de seguir aniquilado sistemáticamente a la población, sobre todo a la población adulta, que es la que más le cuesta al sistema. No es casualidad que el Coronavirus se haya ensañado con nuestros viejos y enfermos crónicos. Y al que no le guste, tenga su inyección de Covid, o de cualquier otro que se inventen: total, lo que hay son instrumentos para la muerte.

    Y el mundo pensando que el diablo era Donald Trump. Hombre, él sólo es un pequeño ángel caído que se vio tentado por el afán del show. Trump, a pesar de lo que se cree, no es tan malo. No fue más que un bufón que puso la corte a entretener al vulgo mientras se preparaba la verdadera función. Él no está invitado a formar parte de esa cofradía de poderosos. Se dice que hasta lo matan, vaya a uno a saber.

    No obstante, la intención de convertirnos en seres dóciles —presas fáciles de los poderes que manipulan el mundo como quieren—, no es tan conspirativa como algunos pretendemos. De hecho ya existen herramientas para lograr ese ideal: la publicidad es una de ellas, el adoctrinamiento psicológico es otra, y ni qué decir de la demagogia, la mentira y la ignorancia, si es que a la larga no son la misma cosa.

    Una cosa sí les aseguro desde mi posición de conspiranoia. Lo escuché en alguna parte y aquí cobra validez: “por el hecho de que uno sea paranoico, no quiere decir que alguien no lo esté persiguiendo”. A lo mejor exagero, pero… ¿y si no?

sábado, 12 de septiembre de 2020

La violencia de nuestra idiosincrasia

Por  Juan Felipe Giraldo Trejos







    Dos policías que asesinan brutalmente a un civil ya dominado, cientos de supuestos manifestantes enfurecidos que terminan cometiendo actos vandálicos en la capital y otras ciudades, un político incendiario que aprovecha feliz para azuzar el fuego y reforzar su imagen de pacifista con miras a las próximas elecciones, un presidente que sigue hablando de lavarse las manos y de distanciamiento, una alcaldesa que es especialista en endilgar lo malo a los demás en lugar de mirar la viga de su propio ojo, una oposición que se frota las manos por el panorama sombrío que le espera al país, una ciudadanía indignada y ultrajada, unos inocentes asesinados en medio de la trifulca, unas instituciones que tambalean en un mar de desconcierto. Todo eso mezclado es la pócima de dolor que hoy bebe mi país.

    Como hace setenta años cuando estalló el nueve de abril. Como a principios de siglo cuando tuvimos una guerra de mil días o de más. Como cuando nos dividimos en una patria boba después de que alcanzamos una independencia de la que todavía nos enorgullecemos a pesar que es apenas un consuelo de tontos.

    ¿Cuál independencia? ¿Qué grito de libertad pregonamos cuando todavía seguimos siendo presas del odio visceral y  esclavos de aquellos que lo fomentan? No somos libres, compatriotas. Somos prisioneros de una cultura violenta y vengativa, y sobre todo de una hipocresía que nos hace llenar la boca hablando de paz cuando en el fondo ni a uno ni a otro bando le interesa hacerla, y en el medio quedamos los civiles condenados a la muerte.

    Esta semana se ensañaron contra un civil al que le arrebataron la vida por el hecho de cometer una insolente indisciplina o tal vez una contravención irrespetuosa con la autoridad, que no daba para más allá de un comparendo, quizá una noche de detención. También mataron a un hombre de hogar, trabajador, al que esperaban en su casa; a una joven interceptada por una bala perdida cuando pasaba por la zona de guerra en que quedó convertida la ciudad. Mataron a varios miembros de la Policía, a once civiles más, e hirieron a medio millar. A los policías asesinados les cobraron con su vida lo que hicieron unos compañeros traidores a la causa de la institución.

    En Colombia, cada mes son tres o más líderes sociales que ejecutan por el hecho de tener la sana intención de guiar a su prójimo a luchar por unas causas justas y legales; o son cientos de transeúntes a los que dejan tirados en el asfalto por robarle un celular. Ayer fueron unos campesinos masacrados aquí o allá, unos niños abusados, unas mujeres asesinadas por sus parejas. ¿Mañana quiénes seremos?

    


    Y lo peor es la reacción que al parecer está justificada por cierto periodismo tendencioso y alguno que otro líder político, quienes no condenan la respuesta de violencia ante la violencia. En vez de eso anuncian el Estallido Social, ya uno no sabe si como una predicción fundada en los análisis o como una amenaza que quisieran cumplir.

    “Es que la sociedad civil está cansada de tanto atropello”, manifiestan con razón, pero callando ante los desmanes de aquellos que combaten el mal con un mal peor. “Es que por culpa de los policías la gente se tuvo que movilizar”, argumentan con una opinión sesgada intencionalmente para hacer incurrir en el error y en la desinformación.

    No fue el crimen atroz de esos uniformados lo que sacó a las hordas de delincuentes a destruir. Bien sabemos que se vienen organizando y distribuyéndose el trabajo entre la protesta y el pillaje, esperando estos hechos escabrosos para ponerse en acción y desarrollar sus estrategias en el campo de batalla. Mientras los unos van adelante tocando la cacerola y arengando en el ejercicio de su libre derecho a la protesta, los otros marchan agazapados, a la espera, llevando en los morrales el combustible, las piedras, la pintura y toda clase de elementos que les sirva en su labor devastadora. Y otros, indiferentes a lo que ocurre, aprovechan el caos para salir a atracar y a cometer delitos peores contra la población. No les duele la muerte del compatriota víctima de los abusos de la autoridad. Les mueve el odio que llevan dentro, engendrado quizá por los excesos de la misma policía, pero alentado por los poderes invisibles que los manejan entre bastidores.

    A mí personalmente me hierve la sangre cuando veo a un cristiano gritando “no más” mientras unos desalmados que juraron proteger nuestra vida, lo que hacen es quitársela con sevicia. Estallo en furia cuando veo a un viejito que quiere trabajar para ganarse apenas su sustento diario, y que es atacado por una recua de uniformados agresivos que se creen los machos del paseo. Esa clase de tipejos no son policías, sino sicarios con uniforme.

    No sé qué entrenamiento es el que le están dando a nuestra fuerza pública, ni la educación que están recibiendo. Al parecer habrá que revisar quién y con qué intereses realizan los lineamientos de la institución. Lo mismo que hay que investigar cómo es que financian a esos vándalos que se disfrazan de ciudadanía; cómo los aleccionan y organizan cual grupo de mafiosos, porque una persona de bien no sale a quemar CAIS ni buses con el pretexto de hacer respetar a la sociedad civil.



    Y no nos crean estúpidos los defensores de la protesta al decir que esos son meras expresiones espontáneas de una sociedad oprimida. Eso es crimen organizado, puro y duro, con un modus operandi muy similar al que efectuaron en Estados Unidos cuando también tres policías asesinaron a George Floyd: la misma estrategia, como si se estuviera cumpliendo un programa al pie de la letra.

    Y lo que aplica para un lado, también aplica para el otro, pues pareciera que en la Policía Nacional, igualmente, estuvieran siguiendo el proceder autoritario que han seguido en otros países para ganarse el repudio de la sociedad: como si estuvieran al servicio de unos intereses oscuros.  

    A alguien le conviene que haya caos, muerte, injusticia. La anarquía es el ingrediente principal para propiciar el Golpe de Estado a un gobierno inepto, pero al fin y al cabo elegido en las urnas. A esta hora, mientras el país se desangra, alguien ríe y aguarda el momento de entrar en escena.

    Mientras tanto los cadetes de la policía, en pleno proceso de formación, son humillados por oficiales y superiores que pretenden inculcarles disciplina con improperios, maltratos y agresiones; germinando en ellos el odio y la sed de venganza que después van a desfogar contra la población a la que tienen que proteger. Políticas de este estilo con entrenamientos inhumanos y aberrantes no forman mejores agentes, creo yo.

    Leí en alguna parte que estamos quedando atrapados entre la anarquía de un lado y el autoritarismo del otro. Ya es hora de proponer soluciones de fondo. La principal es no justificar la agresión del ciudadano a la autoridad ni de la autoridad al ciudadano. No escudarse en el cumplimiento del deber para matar, ni en el derecho a la protesta para destruir y también matar. Un mal no se salda con otro mal como en la antigua Ley del talión.

    Y a ver si los que fomentan toda esta violencia en redes y a través de los medios, dejan de una vez de atizar el fuego, que ya suficiente tenemos con la violencia de nuestra idiosincrasia como para tener que cargar también con la que nos insuflan desde afuera.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Mi querido viejo

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






A sus ochenta y tres años y medio mi padre lamenta que tenga que enfermarse y suspender sus actividades rutinarias, porque tiene interiorizado en su pensamiento que él es un hombre productivo, o por lo menos que lo debe seguir siendo. Para él la palabra viejo no sólo resulta ofensiva, sino una condena a la inutilidad impuesta desde afuera por un sistema que desprecia la experiencia y el conocimiento de aquellas personas que han antecedido a quienes dirigen hoy las riendas del mundo con una arrogancia que los lleva a pensar que antes de ellos no existía nada.

    Mi padre se dice a sí mismo que es una persona “de edad”, pero que no está viejo. “Viejos son esos señores que andan por ahí con un bastoncito, o que mantienen sentados en una terraza, o sacando a orinar perros”, afirma él con el desprecio que le tiene a la improductividad. Todavía, a pesar de sus dolencias y el deterioro de su frágil cuerpo agobiado por enfermedades degenerativas que lo vienen acompañando desde hace dos décadas; tiene la fortaleza mental para ejecutar acciones físicas que resultan harto exigentes hasta para un supuesto joven de cuarenta años como yo, a quien le cuesta trabajo el simple acto de levantarse de la cama.

    No obstante, mi padre, que hasta hace dos semanas estuvo encaramado en el techo intentando atrapar una gotera que se ha ensañado con la casa, no piensa demasiado en la vejez, o por lo menos no lo expresa en voz alta. Sé que en sus instantes de preocupada reflexión está teniendo enconadas luchas con esa etapa de la vida que lo quiere convertir en un mueble inservible, aunque él se niega a darle gusto y le responde con un brío que saca de lo más recóndito de su ser. Inmediatamente después se siente vencido por el peso de la fatiga, pero basta con hacer un alto en el camino y tomar un poco de aliento para seguir afrontando los retos que le plantea el día a día.

    Siempre estuvo acostumbrado a llevar una vida llena de acción y de avatares en la que no existió una tregua para la relajación y mucho menos para el ocio en ningún instante de la jornada; y acaso cuando llegara la hora de dormir, la necesidad espiritual de ese hombre trabajador y responsable era satisfecha con la rezada de un piadoso rosario, que es lo que corresponde a un buen católico de su condición. 

    Lo admiro, no sólo por quien es, sino por el ejemplo que todavía me da a pesar de que tengo la mitad de su edad y en ocasiones me siento tan vencido como un anciano de noventa años. Él no. Si no fuera por las enfermedades crónicas que le complican el normal funcionamiento de su organismo, en este momento estaría haciendo lo que más le gusta: conducir un camión, criar y engordar ganado, negociar con vehículos y tierras; en fin, todo lo que implique comercio y movimiento.

    Mi viejo tiene la misma edad del Papa, pero el triple de su energía y actividad a pesar que este último se puede alimentar mejor y sólo tiene la responsabilidad de dar bendiciones en actos públicos. El resto se lo hacen. Mientras tanto mi padre debe levantarse en procura de su propio desayuno, al tiempo que su fantasioso hijo duerme a pierna suelta después de haber pasado en vela toda la noche enfrentándose a la prosa viciosa de algún escritor del siglo pasado que no tiene ninguna trascendencia en los quehaceres cotidianos.

    Para mi padre, una persona es vieja en el momento en que deja de ser productiva. En el instante en que ya no genera ni una insignificante entrada de dinero y tiene que depender del Estado para su manutención, él concluye que se llegó a la vejez. Claro, lo dice desde su posición de trabajador independiente que fue toda la vida y de adicto irredento al trabajo. Bajo esa concepción yo soy mucho más viejo que él: hace años no genero un solo céntimo, y aunque no dependo del gobierno, sí dependo de mi familia para subsistir. Es una vergüenza, lo sé, pero mi insensatez humanística me llevó a realizar una labor por la cual no me remuneran. Sólo es importante para mí mismo: me dedico a escribir columnas efímeras y sin valor práctico, que es el valor más importante de la sociedad moderna.

    “Trabajo es lo que uno hace cuando le pagan”, me dice él, afirmando que lo que no sea pago no es trabajo. Y tiene razón. Lo más irónico es que hoy día a muchos privilegiados les pagan sin que tengan que trabajar, por el sólo hecho de existir.

    El caso es que mi querido padre cuando estuvo en su edad de oro sí que supo cómo salir adelante, porque tuvo la creencia de que no es esperando ayudas del gobierno, ni educación gratuita (que por cierto él no tuvo), ni mercados gratis, ni subvenciones como se progresa. Es con trabajo.

    “El que sea verraco pa’ trabajar y conseguir, que la consiga”, opina él en su papel de depositario de duras batallas en su haber. Y aunque soy de una generación que no le heredó la fortaleza ni la valentía a sus antepasados, estoy de acuerdo con él en que no se debe esperar nada de nadie, sino hacer las cosas por uno mismo.

    Sin embargo, soy partidario de que el Estado se debe ocupar de nuestros ancianos sin excepción y garantizarles ese ingreso básico del que tanto se habló en la pandemia y que muchos mantenidos habrían querido recibir. Apoyo ese ingreso para los adultos mayores que no cuentan con una pensión y están enfermos, y en muchos casos solos.

    Algún día me tocará también arreglármelas para sobrevivir a la manera mía, con lo que yo escogí ser, siguiendo el ejemplo de la responsabilidad, la rectitud y la honradez de mi querido viejo.

    Por el momento sólo quiero tributarle una veneración especial a ese ser a quien los años han vuelto vulnerable, pero que la providencia me ha asignado el más honroso papel de cuidarlo y protegerlo, porque ahora yo soy el adulto y él es el niño.

    Sí, mi trabajo mejor remunerado, por el momento, es cuidar de él, y mi felicidad es verlo levantarse cada mañana y decirme que durmió bien y amaneció con hambre. No hay nada que me dé más tranquilidad que saber que su salud se mantiene estable. Me basta contar con sus prodigiosas reminiscencias, con algún recuerdo de su infancia para ser el hijo más afortunado del mundo. No deseo que el tiempo pase porque quiero quedarme en el presente. Pero como esto que vivo es un espejismo, anhelo por lo menos guardar sus enseñanzas en mi memoria y que queden grabadas con el fuego de la inmortalidad.

    Por mi padre, por los viejos queridos que “ya caminan lerdo” y que se merecen todo el amor y el respeto del mundo, va este homenaje. Ellos, con la fragilidad de su cuerpo adolorido son los que nos recuerdan que no hay que olvidar de dónde venimos, y hacia dónde vamos.

martes, 8 de septiembre de 2020

Este año tampoco se hizo nada

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Como este año prácticamente se ha ido en el intento por llegar vivo a diciembre (por lo menos a nochebuena), hubo tiempo para terminar ciertas tareas pendientes, desempolvar recuerdos, y finiquitar esos proyectos aplazados que no se realizaron por la misma excusa de la falta de tiempo que antes nos blindaba de sentirnos fracasados: porque al ser personas tan sumamente ocupadas, éramos percibidos como gente de emprendimientos y de logros, es decir, gente de éxito.

    En fin, tuvimos una oportunidad de oro para reivindicarnos ante nosotros mismos. Y muchos no la aprovechamos. A mí, por lo menos, tampoco me quedó tiempo.

    En mi caso, estaba programado para leer más de quinientos libros que tengo en lista de espera, cumplir la promesa de una salida a dos amigas desesperadas, someterme a una cirugía que tengo pendiente, comenzar un curso de inglés que no saqué del empaque, mirar veinticinco tutoriales de Youtube, montar cincuenta canciones en guitarra, escribir un libro, empezar una dieta, hacer ejercicio, y terminar cientos de proyectos que tengo aplazados desde mi tierna adolescencia, que no sé si todavía sean realizables.

    Aprovechando que este año estaba dispuesto para ser sabático —en vista de las circunstancias—, me entregué a la tarea de hacer todo aquello que otrora me hizo tan feliz, o que por lo menos me sirvió de antídoto contra la irreductible desazón que a veces tiende a frecuentar el ánimo de mi inestable psique.

    Comencé por lo más elemental: una buena lectura para sobrellevar el encierro. Pero mi desmedido interés por querer saberlo todo me lleva a desviarme del camino antes de arrancar con el primer párrafo. De inmediato quiero saber sobre el autor, así que interrumpo la lectura para consultar. Luego me deslizo a las reseñas que hacen los expertos, a los comentarios, a las películas que del libro se han adaptado, a la crítica de las mismas, a los lugares en los que se desenvolvió la historia, a conocer qué otros escritores fueron contemporáneos de aquel cuya obra estoy rondando, y hasta me atraen detalles superfluos que no me dejan en paz mientras no los dilucido. De modo que cuando me adentro en pormenores sin importancia, ya se me ha olvidado qué era lo que quería leer, o ya le he perdido el interés a ese texto, porque en mis pesquisas me salió otro a la vista con carácter de mayor urgencia.

    Con las citas románticas en prospectiva me ocurrió algo muy similar en cuanto a que también tuve que ceder al aplazamiento. Como todos los lugares apropiados para conversar —y otras cositas— estuvieron la mayor parte del tiempo fuera de servicio, pospuse felizmente los encuentros para otros días de mayor emotividad y menos temor. Eso de tener una cita romántica con tapabocas arruina de por sí cualquier tentativa de avanzada. ¿Con qué pretexto uno se roba un beso? Y eso de concertar un encuentro sólo con el objetivo de la conversación edificante que aporte al conocimiento psíquico del prójimo me parece una patraña de lo más inconveniente para nosotros los caballeros, que somos los que tenemos que invertir dinero y esfuerzo para tener que regresar de todas maneras con las manos vacías. Yo paso, gracias, porque no sólo de espíritu vive el hombre, y a mí lo único que me interesa es esa palabra de cuatro letras tan deliciosamente tentadora. (No, no es amor).

     Para la cirugía pendiente, el curso de inglés y el ejercicio en el gimnasio, encontré la excusa perfecta: todo quedó paralizado por la crisis. Aplazaron los procedimientos quirúrgicos no prioritarios, los gimnasios no pudieron abrir sus puertas, así como tampoco ningún instituto ni escuela de educación presencial. Total que no se hizo nada al respecto.

    Ni qué decir de las actividades artísticas. No encontré la inspiración para escribir ni un solo renglón, pues si me da lidia leer, no digamos lo que supone crear una obra. Y cuando desempolvé la vieja guitarra después de tantos meses sin rasgar sus cuerdas, comprendí que la falta de práctica había entumecido mis dedos de una manera inmisericorde, y que no hay talento que se sostenga sin trabajo. En mi caso ni lo primero ni lo segundo.

    Así que para mí todo se mantiene como si fuera un enero cualquiera, cuando el año todavía tiene la expectativa del futuro. No se registró progreso alguno en mi “desarrollo personal o económico”, salvo que ahora tengo unas arrugas de más y unos cabellos de menos.

    Los libros siguen sufriendo el ataque de la polilla, añejos, esperando a que mis ojos vuelvan a repasar su contenido; las amigas se aburrieron de esperar y ya tienen otros amigos; el motivo de la cirugía se complicó por no ser tratado a tiempo; el curso de inglés ya no será necesario porque al parecer el idioma del futuro será el mandarín; los tutoriales de Youtube ya fueron borrados de la red; las cincuenta canciones que pensaba sacar en la guitarra ya pasaron de moda; el libro que quería escribir lo escribió otro con mejor estilo; y la dieta y el ejercicio se fueron al carajo como todo lo que he dejado para después.

    A veces hay que aceptar que no siempre estamos llamados para las grandes gestas y nos toca conformarnos con vivir una vida simple y mediocre como la que le tocó vivir a la mayoría de los humanos. Hay que entender que no todo lo que uno desea se puede realizar. Me siento mal por haberme dado el lujo de regalarle el tiempo a la nada y llenarla con mis segundos infructuosos, pero aquellos que como yo, a esta altura del camino no sabemos ni dónde estamos parados, solemos pensar así.

     Cuando llegue el 31 de diciembre, en poco más de tres meses, estaré diciendo lo mismo que digo cada 31: “se fue el año y tampoco se hizo nada”.

    Y seguro que si para el 2021 se repite otro año de mierda como este, desde ya prometo que no me haré ningún nuevo propósito; es decir, voy a dejar que se me vayan los días por las ramas como ya se me fue este artículo sin nada alentador para decir. No moveré un dedo ni ilusionaré a nadie con la promesa de cambiar. Eso sí, que quede de moraleja que más vale un decepcionado sincero que un optimista mentiroso.

    Al fin y al cabo los dos son caras de la misma moneda, y por esta vez me correspondió la cruz. 

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...