sábado, 13 de diciembre de 2025

De procastinadores y arrepentidos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Reflexión)







     A poco menos de un mes para que finalice el año ya comienzan a hacerse los balances de lo que fue este 2025. Si lo que realmente importa, como lo enseña la lebenphilosophie, es la vida como valor fundamental en el sentido de que debemos sorprendernos y agradecer por el solo hecho de poder despertar cada mañana —que eso ya es mucho decir—, entonces este año será de un éxito abrumador para las más de ocho mil millones de personas que lograrán llegar vivas a diciembre 31 en el Planeta Tierra. Dios quiera que no tengamos que contar más muertos en estos 17 días que faltan, o más bien descontar.

     Uno hace un repaso de lo que fue el año, cual si la vida fuera un ciclo similar al que efectúan las empresas al cierre del período contable. Allí se asientan las experiencias que constituyen los activos y los pasivos de nuestra empresa personal, según lo mucho de positivo o negativo que haya en cada uno de los movimientos realizados. Lo que se encuentra como patrimonio resultante siempre será una queja, una amargura, una frustración por todo aquello que no se pudo hacer, obtener o mejorar. Siempre quedan sueños truncos y obras inconclusas que prometemos zanjar para el período siguiente. Siempre hay promesas incumplidas y asuntos inacabados que muchas veces no son siquiera los del año en curso, sino las ejecutorias atrasadas de años anteriores que se siguen posponiendo y que parecieran ocupar un lugar sempiterno en la lista de los pendientes.

     Le llaman a eso procrastinación. A todos nos ha pasado.




     En mi caso llevo procrastinando la publicación de un par de libros que todavía no salen de mi cabeza y que, aunque los prometo cada año a familiares y amigos, nunca les cumplo, porque siempre tengo la justificación inaceptable de que todo está en proceso, de que faltan detalles, de que estoy a punto de terminar cuando ni siquiera he podido comenzar. O peor todavía, cuando ya he comenzado y me quedo a mitad de camino, perdido en unas nebulosas que me impiden finiquitar el libro que una vez intenté en vano, como si estuviera entrando en un puente partido en dos y no tuviera manera de cruzar al otro lado, pero tampoco me fuera posible regresar.

     Les soy sincero: el día que logre editar un libro en cuya portada aparezca mi nombre, mucho me temo que será mi debut y mi final como escritor. Me da pavor que pueda llegar a sentir ese sospechoso alivio de la satisfacción personal, que es tan comprometedor y traicionero a la vez. Correría el riesgo de relajarme y decir “bueno, ya he cumplido mi promesa”, y ante la certeza de la “cosa juzgada”, que en este caso sería “cosa terminada”, sentirme liberado de toda atadura hasta el punto tal de no querer escribir nunca más.

     Porque eso suele ocurrirles a los artistas de una sola obra. Luchan toda su vida por terminarla, y cuando lo hacen se dan cuenta del vacío tan grande que les queda una vez son conscientes de que ya no tienen más obra por corregir, por pulir, por reformar; y que en cambio tienen que comenzar un nuevo emprendimiento desde cero. Ese aplazamiento no es otra cosa que refrenar su trabajo para mantener viva la esperanza de poder terminarlo, pero sin terminarlo nunca para no perder esa esperanza. Muy parecido a lo que le sucedía al coronel Aureliano Buendía con sus pescaditos de oro. Tal vez es el mismo síntoma del trabajador que ve cercana la hora de su retiro y se llena de terror ante la posibilidad de levantarse un día y no tener empresa a dónde ir.




     O puede el artista caer en el otro escenario: el de volverse adicto a publicar y comenzar una cruzada prolífica de obras y más obras con las cuales no permitiría que el público se diera a basto, para entrar luego en un período de atosigamiento artístico que al final también le va a dejar un vacío igual al de aquel que solo pudo hacerlo por una única vez. Y ojo, que esto no solamente aplica para los artistas, sino para cualquier tipo de oficio o profesión que se pueda medir por resultados.

     Entonces subyacen dos miedos que inducen a la procrastinación. El primero es el miedo de haber agotado las ideas. El miedo, por ejemplo, que le tiene el escritor a la página en blanco. Sobreviene la excusa de la falta de preparación, del cansancio, de la escasez de tiempo libre o de la pérdida de la inspiración. El otro es el miedo de desatar el monstruo febril de la imaginación. El artista se esclaviza, es preso de sus delirios y sus fantasías, y se olvida del mundo material por el puro placer de crear su mundo paralelo. Uno se compromete de tal manera con su proyecto, que relega todos los otros compromisos, porque el torrente de las ideas no da espera y no se puede desaprovechar. Es, por el contrario, sentirse demasiado preparado, demasiado combativo para acometer la obra; lleno de ideas que temen perderse en el fragor de la batalla. De este otro miedo se sale victorioso o muerto, pero nunca derrotado por no haber dado la pelea.

     Así, uno empeña su palabra a final de año para no prorrogar más aquello en lo que tanto se ha invertido. Se hace un nuevo pacto, se instituye otra fecha que posiblemente tampoco será la definitiva. En ese caso habrá que correr el riesgo de ser un artista efímero, de una sola obra sin reconocimiento; o lanzarse hacia el espejismo de la gloria, y entonces, ahí sí, empezar a trabajar duro, porque una vez se está metido en el vicio de escribir, de pintar, de realizar cualquier actividad pragmática o artística, es muy difícil salirse de allí. En esa instancia se habrá tomado una decisión de vida: aceptar irremediablemente que uno es eso que hace y que lo seguirá haciendo por convicción y vocación; sin pena, con la frente en alto y dispuesto a asumir las tres grandes desventuras del artista: la soledad, la pobreza y el fracaso; o contrariar ese destino manifiesto y continuar difiriendo la felicidad para la otra vida.




     Con demasiada frecuencia me sale en los videos de YouTube una canción de una publicidad que dice: “la procrastinación no es tu culpa, es una mentalidad rota alimentada por la autocompasión”. Si los expertos en psicología afirman que la autocompasión alimenta el fracaso y se manifiesta a través del círculo vicioso de la postergación, hay que creerles. Pero también es necesario poner de parte de uno para hacer un alto en el camino hacia ese fracaso y echar marcha atrás.

     Desde luego que es culpa nuestra no ponerle un freno a la desidia para con nuestros propósitos. Todo se trata de un proceso que hay que ir abordando paso a paso. Una cosa a la vez. Porque si hay algo que el aplazamiento sistemático nos crea, es una autopercepción errada de nosotros mismos. Nos acostumbramos tanto a dilatar lo que nos conviene hacer, que al final terminamos pensando que no podemos, que somos inferiores al desafío. Dejamos de creer en nosotros. Dejamos de soñar en grande porque pensamos que vamos a abdicar. La existencia se nos vuelve un caos y el sueño de coronar nunca llega. Después de todo, la gran mayoría de las personas fracasa en sus planes, pero eso no tiene por qué condicionarnos. Cada día es digno de trazar un nuevo plan para empezar de cero.

     Mi pequeña recomendación para el próximo año, que en el fondo no es más que un consejo para mí mismo, es que nos volvamos a enamorar de ese proyecto que creemos insalvable. Que abramos la agenda y le demos un cupo allí, muy sutilmente, día por día, hasta que lo tengamos integrado otra vez por completo. Que, si la procrastinación no es nuestra culpa, como asevera el comercial, que sea culpa nuestra retomar, combatir la indisciplina, hastiarnos del temor para enfrentar el reto. No importa que no nos salga bien a la primera, ya habrá tiempo para mejorar.

     Cualquier sacrificio que haya que hacer es mejor que sentir la culpa por no hacerlo, pero esto lo he venido a saber después de muchos años de vivir hundido en el fango de la mediocridad. Que, si de algo está infestada la humanidad moderna, es de procrastinadores y arrepentidos, y de ese costal hay que salir a como dé lugar. Porque si no, nos sorprenderá el próximo 31 de diciembre repitiendo el consuelo de que “para el otro año sí”, pero al final resulta que no.








sábado, 6 de diciembre de 2025

Amores de instituto

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Cuento)








     Aún no llegaba el profesor. Era el primer día del nuevo período académico: nivel 14. Rupertino Díaz retornaba a sus clases después de un receso innecesario que retrasó la terminación de su intrascendente cursito de inglés, no tanto para él, como para la oferta que tiene el mundo en materia de educación.

     Para Rupertino, en cambio, ese curso significaba todo: era la excusa para disimular el mediocre uso de su tiempo libre y justificar su vulgar existencia ante la sociedad.

     —Estoy estudiando inglés —decía cuando le preguntaban por su vida, y aunque era bien ponderada la importancia de aprender un segundo idioma, resultaba una actividad tardía para un hombre ya entrado en la cincuentena y sin un norte preciso. No porque no fuera importante saber inglés, sino porque Rupertino Díaz se había pasado la mayor parte de su tiempo divagando en proyectos inconclusos, inútiles e improductivos. Clases de lo uno y de lo otro que nunca redundaron en ningún beneficio profesional; talleres de escritura de los que no surgió ningún escrito; clubes de lectura o conferencias sobre batalla cultural que no se tradujeron en ningún tipo de liderazgo carismático ni convincente. Todas esas distracciones se convirtieron, repito, en la excusa social de Rupertino para perpetuar su miserable existencia. Estudiar inglés podría ser otro más de esos embelecos.

     Así que esa mañana llegó al salón, tarde como siempre, cuando ya sus compañeros estaban sentados, pero notó que el profesor no había llegado. Sus compañeros, todos jóvenes entre los dieciocho y los veintitrés, lo miraron con cierta expectativa.

     —Good morning —saludó con la falsa seguridad que le proporcionaba el anonimato hasta ese momento. Los muchachos le respondieron y se dispusieron a atender al que parecía ser el teacher. Rupertino se paró en mitad del salón, los miró a todos con suficiencia, como si fuera a presentarse, pero luego tomó asiento. Habría querido hacerles una broma haciéndose pasar por el profesor durante un buen rato para poner a los jóvenes en afugias, pero se habrían dado cuenta de inmediato de la falsedad de su papel, y además el verdadero profesor estaba por llegar en cualquier momento. Temió ser sancionado si lo sorprendían cometiendo una suplantación.




     Se dirigió a uno de los pupitres de la primera fila, descargó sus cosas, pero seguía sin sentarse, cuando de repente apareció la que sería el motivo de sus desvelos de allí en adelante: Valentina.

     —Good morning, teacher, sorry for coming late —le dijo esta entrando apurada al salón de clases, todavía con el cabello sin secar y ocupando una silla próxima a la puerta antes que la prisa la hiciera tropezar.

     —No se preocupe, señorita —le contestó Rupertino pretendiendo adquirir un tono de galán—. En primer lugar, yo también acabo de llegar un poco tarde. En segundo lugar, me puede llamar Rupertino, con confianza, pues no soy el teacher. Al igual que usted soy estudiante, y desde hoy seré su compañero.

     Lo que en un principio creyó que iba a ser una salida magistral terminó siendo un rotundo desatino. Todos se miraron entre sí, como preguntándose quién era ese señor raro que se las quería dar de chistoso y estaba cayendo en el ridículo. La señorita Valentina, 26 años, piel de durazno, cabello de ébano y piernas rellenitas, como le gustaban a Rupertino, le hizo un comentario en voz baja a su compañera de al lado. Ambas estallaron en una carcajada. Por enésima vez, Rupertino comenzó con el pie izquierdo en un heterogéneo grupo de compañeros. Las cosas no iban a ser fáciles a partir de ese día. Al parecer, sería una expedición sin aliados.

     La verdad es que Rupertino siempre llegó tarde a todo: a la vida misma, puesto que nació en la época equivocada. Su pensamiento, su forma de vestir, la música que escuchaba, sus ideas retrógradas, la ingenuidad de sus acciones y su forma de ser en general correspondían a las de un hombre nacido una o dos generaciones antes que él. Por eso, cuando ya su abdomen estaba transmutado en una barriga prominente e indeleble, y los surcos de su frente dibujaban un pentagrama sin notas musicales encima de sus cejas, era extraño verlo aún con maletín y libros deambulando por un instituto para muchachos que apenas terminaban el bachillerato y se metían a estudiar inglés mientras resolvían qué hacer con su vida.




     Pero Rupertino se iba en un par de meses para Nueva York; de ahí que su afán por aprender inglés no fuera solamente una cuestión de cultura general o de matar el tiempo. También era un asunto de extrema necesidad. Entonces, en lugar de comportarse como un adulto que tiende a superarse a pesar de la edad y se convierte en el modelo a seguir de toda la institución, Rupertino se devolvió a sus veinte para volver a ser estudiante. Se volvió a vestir de yines y camisetas de cuello redondo, y se puso unos tenis viejos que lo mismo servían para hacer ejercicio que para salir de fiesta.

     Luego de la primera semana de clase, y cuando ya los muchachos le habían “medido el aceite” al verdadero profesor que apareció el primer día con un retraso de media hora, y cuando ya más o menos se conocían las habilidades de unos y otros en el idioma, Rupertino fue sorprendido una mañana por Valentina. Él siempre se sentaba adelante, como si estuviera en una isla desierta mientras el resto del grupo se hacía atrás. Entonces un día el profesor decidió hacer una mesa redonda, justo cuando Rupertino llegó tarde al salón. Todos los puestos estaban ocupados y no halló en un primer momento un lugar donde sentarse. Valentina, con su pelo negro y liso, su faldita liviana que enseñaba unas piernas como torneadas por un alfarero y una expresión impune de coquetería criminal, levantó el morral del pupitre que tenía al lado y le hizo un gesto al desconcertado compañero con la mano para que se sentara allí. El hombre, algo turbado pero reconfortado, se dirigió al pupitre y le agradeció. Ella le guiñó el ojo para acabarlo de rematar, y aunque en un momento dado pensó él que se trataba de un tic nervioso, se dio cuenta después de que la lindura lo hacía con toda la intención. Comenzaron a hablar en inglés a propósito de una actividad que el docente les asignó. Se dio cuenta de que no era muy habilidosa pronunciando. Le tuvo que explicar los pattern verbs y los modal verbs que el profesor había acabado de enseñar, pero se regodeó con la experiencia y se figuró con que todos los días pudiera sentarse con Valentina para  interactuar con ella, practicar diálogos, hacer ejercicios de gramática y aprovechar para hablar de cosas personales. Él, que siempre había sido invisible para las mujeres, no podía creer que por primera vez alguien lo tuviera en cuenta, aunque fuera para guardarle puesto en el salón. Tenía que ser una señal de Dios.




     La misma escena se repitió por espacio de dos semanas. Rupertino, siempre retrasado para llegar a todo, incluyendo a su clase de inglés, entraba al salón cuando ya todos estaban acomodados, y era Valentina la que le hacía señas moviendo la silla con una sonrisa que le hacía a él aflojar las rodillas.

     —Aquí, Ruper —lo llamaba.

     —Ruper, aquí —le indicaba como si fuera parte de un ritual diario, y “Ruper” se encaminaba para estar al lado de la muchacha como un cordero obediente, porque en el fondo estaba feliz de que su verduga lo condujera al matadero.

     Ruper. Nadie lo había llamado así en su vida. Ni su mamá.

     Desde ese tiempo, Rupertino alimentó una ilusión secreta y dedicó ocho horas de su día a estudiar inglés: dos en el instituto y seis en su casa. La idea fue tratar de avanzar lo que más pudiera en los temas del libro, hacer todos los ejercicios y practicar bastante los diálogos para poder ayudar a su compañera. No sólo la ayudó enseñándole, sino dándole copia de sus tareas e ideándose métodos para hacer que saliera airosa de las presentaciones en las que demostraba una pobre pronunciación, indigna de un curso 14. Rupertino ya no tenía la motivación inicial de aprender inglés por necesidad, sino por una causa noble que en su corazón aspiraba a convertirse en amor, en amistad, en sexo casual, en un beso fortuito, en cualquier cosa que le hiciera sentir que podía tener la atención de una mujer; él tan inexperto e ingenuo en las temáticas amorosas, se convertiría en presa fácil de una serpiente cazadora de romanticones.

     —Compañerita, mira, el should es para recomendaciones. El must funciona para obligaciones, prohibiciones o deducciones. —le indicaba Rupertino con la paciencia del enamorado.

     —Ay, Ruper, tú sí sabes —decía ella, tocándole el brazo. Ese toque lo dejaba en coma emocional por tres días.

     —Entonces puedes decir, por ejemplo, I should always practice English with my partner.

     Ella siempre pareciendo estar a punto de reírse, haciendo brillar sus gigantescos ojos marrones; él nervioso, agasajado por la posibilidad de que una mujer atractiva se riera con él y no de él, como ocurría siempre. Era la felicidad encarnándose en un salón de clase, el vértigo que se siente cuando se está llegando al cielo, o las dos cosas al tiempo, no sabría precisarlo. Rupertino Díaz ya habitaba en otro mundo para cuando esos toques en el brazo y esos guiños de ojo se sucedían estando tan cerca el uno del otro.




     En los primeros exámenes del curso se anticipaba lo que iría a ser el examen final. Valentina se inclinaba hacia él y susurraba:

     —Compañero, ¿qué significa although?

     —Aunque —respondía él, sin pensarlo.

     —¿Y however?

     —Sin embargo.

     —Pásame tu hoja, please.

     —¿Qué?

     —Pásame tu hoja un momento, yo copio. El profe está distraído.

     Y Rupertino, sudando, agarraba su examen con las dos manos sin atreverse a nada, hasta que la intrépida de Valentina se la arrebataba y se quedaba ella haciendo el trabajo sucio mientras él temblaba ante la posibilidad de que le anularan el examen y lo sometieran a una vergüenza, sobre todo a su edad. Solamente le volvía el alma al cuerpo cuando ella le regresaba la hoja en otro descuido del profesor y le pronunciaba ese “gracias” emanado de una boca que a él le parecía que podría convertir el agua en miel.

     Al llegar a su casa de soltero irredento, Rupertino era asaltado con enfebrecidas ensoñaciones de amor de estudiante a sus cincuenta años. ¿Podría una joven de 26, soltera, sin hijos y además hermosa, enamorarse de un hombre mayor como él, que no tenía más que ofrecerle que un añejo corazón agotando sus últimos estertores de romanticismo? Por supuesto que no, y la parte racional de su mente se lo repetía en silencio. Pero ¿quién no se ha dejado llevar por la sensación que produce fantasear al estilo de una cinta cinematográfica, con escenas románticas y ridículas, pero a la vez ardientes y pecaminosas? Porque Rupertino no solo estaba obnubilado con el trato que la sagaz Valentina le brindaba, sino con la materia corpórea que ella ofrecía a sus ojos ávidos mediante las faldas cortas y las blusas sugestivas que le enseñaban un poco más de piel de lo permitido. Saber que se trataba de un amor imposible era lo que más lo perturbaba, pero aun así se permitía soñar como un adolescente. Se imaginaba invitándola a salir, llevándola por un parque que no existía en su ciudad, besándola apasionadamente en su habitación, hundiendo su cara en los dos muslos portentosos que ella le convidaba como una dádiva en sus sueños. Valentina lo estaba echando a perder y se convertía en la diezmilésima ilusión imposible del buen Rupertino; tan solitario, tímido e inseguro, al punto tal de que se había prometido no manifestarle nunca nada por muchos guiños de ojo que la pícara le hiciera. Por lo menos no hasta que el curso terminara y los exámenes fueran aprobados. Que ella no pensara que era un necesitado. La invitaría a salir, pero después, a ver qué podía pasar.




     Mientras tanto, seguía explicándole idioms, phrasal verbs, offers and rejects, y ella lo escuchaba con una atención que parecía devoción. Tomaba notas, asentía, sonreía, le decía que sí, que entendía todo, pero que era muy difícil aprenderse eso en un par de días para el examen final.

     —¿Cómo? ¿No te sientes preparada para el examen? —le preguntó con inquietud.

     —Sí, compañerito, pero necesito que me ayude como la otra vez.

     Era un riesgo alto. Ser sorprendido dando copia en un examen cualquiera no tenía el mismo efecto que en el examen final. Podría resultar expulsado o perder el curso que iba a ganar con sobrados méritos si se aventuraba a ayudar a Valentina. Ella estaba dispuesta a correr el riesgo, y ante esa mirada que invitaba al más delicioso de los éxtasis sin tener que prometer nada, Rupertino le dijo que la ayudaría si las cosas se complicaban. Ella le propuso un plan: tener una hoja de sobra en donde él copiara las respuestas de las preguntas y luego se la pasara sin necesidad de entregarle el examen original.

     Llegó el día del examen. Todo resultó a pedir de boca. Rupertino resolvió su prueba, copió las respuestas en el papel de emergencia y lo deslizó sigilosamente al pupitre de Valentina. Ella a su vez respondió su examen y luego se deshizo de la hoja delatora. Cuando salieron del salón se encontraron en la cafetería.

     —¿Qué tal todo? —le preguntó él un tanto contrariado por lo que acababa de hacer.

     —Magnífico. Lo respondí tal cual tú me lo anotaste.

     —Entonces vas a sacar un cinco, seguro.

     El día de la presentación final Rupertino se puso su mejor camisa. Una azul que usaba solo en ocasiones especiales: matrimonios, funerales y ahora presentaciones de inglés. Se echó perfume. Se peinó con más gel del necesario. El profesor les entregó el examen a todos con muy buenos resultados tanto para ella como para él: cinco. Restaba el speaking. Valentina llegó tarde, pero radiante. Llevaba un vestido sencillo que produjo en su compañero el mismo efecto hipnótico de los días previos.

     —Ruper, ¿estás listo? —preguntó ella.

     —Listo —respondió él, sabiendo que cuando todo ello terminara se vendría su examen más duro: la prueba para saber si Valentina le aceptaría una invitación a salir.




     La presentación salió perfecta. Valentina habló mejor que nunca. Pronunció through sin trabarse. Dijo comfortable sin decir confortabol. Hasta usó un nevertheless que Rupertino no recordaba haberle enseñado.

     —Excellent job, guys. Perfect teamwork —les dijo el profesor feliz por los resultados que habían logrado. Al parecer surtió efecto la trampita que hicieron los compañeritos en el examen.

     Valentina abrazó a Rupertino cuando salieron del salón. El enamorado sintió que flotaba, que era el momento de lanzarse al ruedo. Hora de declararle sus intenciones.

     —Te felicito, compañerita. Se ve que te preparaste —le dijo él.

     —Eso fue gracias a ti, Ruper.

     —¿De verdad crees?

     —Sí, y al amor.

     —¿El amor? —preguntó Rupertino con el corazón queriéndosele salir.

     —El amor al inglés, bobito.

     —Ahh, claro —manifestó con desgano. Siempre había sido un iluso y había vuelto a caer. Valentina entonces volvió a encender esa llama oscilante:

     —Sí, tengo que confesártelo. Nunca imaginé que lo iba a decir, pero tengo que admitirlo. Le tomé amor al inglés.

     —Bueno, ya que lo dices, a mí me pasa lo mismo —dijo él y agregó—: yo también siento que me está moviendo el amor. Por eso quiero invitarte a…

     —No digas nada, Ruper —le dijo ella poniendo el índice sobre los labios de Rupertino.

     —¿Por qué no quieres que diga nada? —preguntó él con extrañeza.

     —Yo sé lo que me vas a decir, pero te pido por favor que no lo hagas.

     Rupertino se sintió desfallecer. Su prueba más difícil no había sido superada.

     —¿Por qué? ¿No sientes lo mismo que yo? ¿No te gustaría salir conmigo? —preguntó.

     —Ruper, compañerito, yo a ti te aprecio mucho, pero tú sabes que no podemos estar juntos como algo más que compañeros de estudio.

     Valentina bajó los ojos con un poco de pena, pero de algún modo tenía que decírselo.

     —Está bien, entiendo —dijo él con decepción—. Estaba preparado para esto. Tú eres joven y bonita, yo muy viejo para ti, pero disfruté mucho tu compañía y me alcancé a ilusionar.

     —No te sientas mal por eso, a todos les pasa conmigo.

     —¿Y se puede saber quién es el afortunado que sí va a salir contigo?

     Ella miró para otro lado, se sonrió con cierto dejo de desdén y le hizo señas de que no con la cabeza.

     —Dime —insistió Rupertino—. ¿Quién es el galán que te trasnocha y que hubiera querido ser yo?

     —Bueno, pero no le digas a nadie—dijo ella adquiriendo un matiz de vergüenza en su semblante—. Es el teacher Jorge Luis.

     —¿El teacher? ¿De verdad? No puedo creer.




     Fue una puñalada certera a su corazón. Habría preferido que ella le dijera que era un galán de su trabajo, o tal vez de la universidad donde estudiaba, pero jamás el profesor de inglés. El mismo que le daba clases a Rupertino y al que nunca se le vio un coqueteo hacia la compañera que él inútilmente estaba tratando de conquistar durante todo el tiempo. Se sintió burlado.

     —Sí —aceptó Valentina—. Pero no es por lo que tú crees. Tuve que aceptarle una salida. A mí no me gusta él, pero si no salgo con él, me temo que no me certifican —le confesó.

     —No entiendo, ¿acaso no acabamos de ganar este curso? Nos fue bien en el examen y en la presentación.

     —Ay, mi Ruper, la cámara del salón captó cuando tú me pasaste la hoja para que yo copiara las respuestas. El profe tiene la prueba y me chantajeó para que saliera con él a cambio de no reportarlo al Consejo Académico.

     —¡¿Cómo?! ¡¿Nos descubrieron?! —se alarmó Rupertino—. ¡En ese caso yo también estoy comprometido! ¿Qué va a pasar conmigo?

     —Nada, compañerito, tranquilo. Yo voy a pagar el castigo por los dos. Con eso a ninguno nos anulan el examen. Yo me sacrifico esta vez. Tú ya te sacrificaste mucho por mí, y muchas gracias por todo.

     Valentina abrazó a Rupertino, le dio un beso en la mejilla, dio media vuelta y salió del instituto. Al cabo de un rato bajó el profesor Jorge Luis a la cafetería, pasó por un lado de Rupertino y le sonrió. “Good job”, le dijo. Rupertino sintió un estremecimiento de pavor, pero al mismo tiempo lo invadió un sentimiento de admiración, porque por primera, y tal vez por última vez, una mujer hermosa se sacrificaría por él para salvarle el pellejo. Pero, sobre todo, para salvarse ella misma, porque el mundo era así: práctico, utilitario, eficiente.
El amor, en cambio, era un lujo que no estaba reservado para almas como la suya.




Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...