sábado, 24 de septiembre de 2022

Los reyes Midas de la mierda

Por Juan Felipe Giraldo Trejos



 

    ¿Recuerdan la historia del rey Midas, aquel que le pidió al dios Dionisio —el dios del vino y la juerga— que todo lo que tocara se convirtiera en oro? Ese mismo rey codicioso se despertó al otro día y constató saltando de la felicidad que la mesa, el florero, el jarrón, y todo lo que tocaba se volvía oro. Luego, cuando fue a tomar agua, esta se le hizo polvo de oro en la garganta y casi se ahoga. Al partir un pan, los dos trozos se solidificaron en el preciado metal. Lo peor fue cuando llegó su hija y la abrazó, y la muchacha quedó convertida en una estatua dorada. Aquel deseo de Midas gestó su propia ruina. Lloró desconsolado y clamó al dios Dionisio para que le quitara semejante maldición de convertirlo todo en oro.

    Pues bien, hoy quiero hablarles de una situación muy similar acerca de unos personajes que también tienen la facultad de transformar todo lo que tocan. Sólo que no lo transmutan en oro, sino en mierda. Ellos conforman el gobierno de izquierda socialista que desde el 7 de agosto comenzó a regir los destinos de Colombia; con el presidente a la cabeza y sus ministros. La historia apenas está comenzando, pero ya se vislumbra en lo que van a convertir a este país dentro de poco tiempo. Lo peor es que mucho se había advertido de esta maldición dionisiaca antes de que se materializara, pero los ignorantes no quisieron escuchar. Aún no quieren ver la realidad y se empeñan en seguir adorando a sus dioses de cloaca.

    Estos avanzan con prisa y a pasos agigantados, como si su misión demoledora obedeciera a una orden de un poder superior que les ha dicho que “para ayer es tarde” en lo que respecta a destruir las instituciones nacionales.


    De un lado, un presidente que apenas lleva un mes en el cargo y ya se ha alineado con los criminales, los ilegales, los que hacen daño. Les ha ofrecido el perdón social y toda clase de prebendas extraídas del bolsillo de los justos. Su pretensión es alcanzar la paz total para favorecer a los delincuentes con los que piensa negociar a como dé lugar, forzando a la utopía que hace rato se tornó en letra muerta. Nunca ha habido tal paz, sino apenas un discurso en el que se ha desgastado la palabra, y ahora toca colocarle el remoquete de total, porque según él, la paz está incompleta.

    Para ello se encargó personalmente de descabezar a más de sesenta generales del Ejército y la Policía, pues él considera que las fuerzas de seguridad son el obstáculo número uno para poder rendir el país a la criminalidad. Él sabe que aniquilando la capacidad de defensa del Estado, sus amigos, los narcoguerrilleros, lo pueden someter facilito, como en efecto lo sometieron en 2021, cuando prácticamente les dio la orden de prenderlo en llamas. Sólo fue extender su mano y apareció como por arte de magia la materia pestilente que este rey Midas es capaz de producir. Que no nos extrañe pues que el presidente avale a los grupos criminales y los reconozca como agentes de negociación, porque él mismo proviene de esa semilla. Este gobierno será el principal auspiciador de los bandidos porque el presidente también ha sido uno de ellos.



    Por otro lado, están sus ministros, elegidos no precisamente por las capacidades para dirigir la cartera ministerial, sino por las afinidades ideológicas a ultranza. De la ministra de Minas y Energía, por ejemplo (¿ya qué puede uno decir de esa mediocre filósofa que no podría siquiera dar una cátedra imparcial sobre el pensamiento de Aristóteles sin leer?), me atrevo a aseverar que es más que incompetente: es toda una militante guerrillera. ¿Qué hacía llevando a sus estudiantes a hablar con los comandantes de las Farc e inducirlos a que pensaran que esas “almitas piadosas” no eran narcotraficantes ni asesinos? La señora no fue nombrada para dirigir el ministerio más técnico de Colombia, que requiere de conocimiento operativo en la materia, sino para acabar con él. Detesta el petróleo, los minerales, el carbón. No entiende que gracias a esos recursos es que los colombianos podemos hacer mercado. Supongo que la ministra no viaja en avión privado, ni utiliza un vehículo 4x4 que consume combustible para sus desplazamientos, y que su teléfono móvil de alta gama no debió haber sido fabricado con materias primas extraídas de las minas que recurren a la mano de obra esclava. (La vicepresidente debe saber mucho más de eso). Supongo que tampoco cocina con gas, ni consume energía eléctrica. ¿Cómo hace la señora para vivir en decrecimiento?



    El resto son por el estilo. El ministro de Hacienda no se la lleva con los empresarios, a quienes quiere gravar con impuestos cuyos efectos se verán reflejados en el costo de la comida de los pobres. A la de Agricultura no le gusta la ganadería y poco ha hecho por los predios rurales invadidos, salvo decirle a los propietarios que van a tener que negociar con los invasores. El de Defensa parece que odiara a los militares y a los policías colombianos, a lo mejor soñando con traerse un puñado de agentes cubanos o de espías rusos que le reforzarían mucho mejor su seguridad. No, no es delirio. Ya van a ver dentro de poco. La señora de la cartera de la Salud dice que quiere provocar la crisis acabando con las EPS’s, negándose a asumir el presupuesto de su ministerio como para que en realidad no se pueda aliviar a nadie. En últimas, es la única posibilidad que tiene la clase media y la clase baja de acceder a los servicios médicos, por “muy malos” que estos sean. Si bien el servicio es deficiente en muchos aspectos, es mejor dejarlo ahí antes que depender de la salud que promete proveer el Estado. El de Educación, experto en generar informes espurios, avala el adoctrinamiento como la política educativa nacional, en especial la educación con perspectiva de género que le está jodiendo la sexualidad a los niños. La ministra del Trabajo cumplirá a rajatabla con la orden de expropiar el ahorro pensional de los colombianos en los fondos privados, como quien dice, que tampoco este gobierno va a querer a los trabajadores; y a la señora de la cartera de Cultura pareciera que la única cultura que le interesa es la cultura woke. Aunque a nadie se le puede juzgar por su apariencia, esta mujer tiene pinta de ideóloga neomarxista. A otros les parece de la escuela nadaísta, pero lo cierto es que se quedó en el mayo del 68. Se le ven sus ganas de incidir en los valores, las creencias, las tradiciones y la libre expresión de las personas, es decir, en la libertad de pensamiento. Próximamente tendremos también un Ministerio de la Igualdad que tratará de hacernos creer que la equidad se logra por decreto. ¿Por qué no también un Ministerio de la Felicidad, del Amor, del Buen Genio? De los demás despachos del Ejecutivo no hay espacio para hablar aquí, pero esta semblanza es más o menos para que nos hagamos una idea del grado de ideologización por encima del interés nacional.



    Mientras tanto, el país que estos reyezuelos se empeñan en destruir se avoca hoy a las puertas de una guerra. Nos están conduciendo a un verdadero estallido social con las fórmulas desdichadas que nos ofrecen: una reforma tributaria que invocará el hambre en nombre de los impuestos saludables; un alza a la gasolina que justificará la pobreza nacional en nombre de la inestabilidad fiscal “por culpa del gobierno anterior”; una inflación galopante que se intentará explicar por la crisis internacional; un aumento desmedido de las masacres que es preferible no comunicar; la inseguridad ciudadana desbordada; el espaldarazo a las estructuras del narcotráfico con sus consecuentes guerras entre carteles que ya involucran a grupos armados de países como Venezuela operando en suelo patrio con total impunidad; invasiones a predios rurales por parte de personas manipuladas por grupos mafiosos que acuerdan ocupar fincas de manera ilegal, amenazando el derecho a la propiedad privada y al trabajo sin que el gobierno mueva un dedo para desalojar a los invasores; una amenaza de apagón eléctrico por la crisis de la represa El Guavio en los próximos meses… en fin, los ingredientes precisos para generar la tormenta perfecta, la guerra civil.

    Y es que nada de esto es gratuito ni fortuito. Al contrario, es una situación creada y buscada por el pacto diabólico que nos gobierna. Los bandidos gozan de privilegios y las personas de bien son castigadas. Mucho peor si profesan alguna religión cristiana.



    Pero este flagelo no es propio sólo de Colombia, sino que los tentáculos del mal se han extendido por toda Latinoamérica, por Europa, y ahora alcanzan a dar el coletazo hasta en los Estados Unidos. Eso es lo que llamamos izquierda, para que quienes piensan que es un modelo reivindicatorio de la igualdad y la dignidad humana, se sacudan de una vez las limaduras de ese engendro del demonio.

    Tirar por la borda la economía, la libertad de expresión, la propiedad privada; son todos objetivos del comunismo que opera a nivel internacional y que hoy se encumbró en Colombia.

    Por ello cuando el país esté derruido moral y económicamente, social y espiritualmente, sabremos la razón por la cual ha acontecido la tragedia: todo esto habrá pasado porque dejamos que a Colombia la tocaran los reyes Midas de la mierda.

sábado, 17 de septiembre de 2022

Dame más gasolina

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Empezó la vida sabrosa.

    Los tiempos aquellos en que nos quejábamos de que en Colombia pagábamos la gasolina más cara de Latinoamérica no quedaron atrás. Porque esos tiempos vuelven a concretarse en el hoy, con el anuncio del presidente Petro de que va a subir el precio del combustible significativamente, de modo que ahora sí los colombianos estaremos pagando la gasolina más cara de América.

    Lo llamativo es que, como todo lo de la izquierda radical, las cosas malas nunca suceden por culpa propia, sino del gobierno anterior, de la oposición, del imperio, del cambio climático, de cualquier cosa, menos de ellos. Así será para todas las promesas que hizo en campaña nuestro presidente. Cuando se de cuenta de que no podrá cumplirle a nadie, tendrá muchos a quién endilgarle la responsabilidad, como en este caso.



    “El déficit de estabilización de los combustibles por falta de pago del gobierno anterior es de 10 billones por trimestre”, trinó el presidente y enseguida encendió las alarmas. Sus escuderos salieron a echarle pullas al gobierno Duque para no quedar mal con sus electores y en todo caso entendieran que, si nos veíamos avocados al sacrificio de tener que pagar más por la gasolina, era por culpa, nuevamente, del gobierno anterior. Desgraciado Duque, estarán diciendo los petristas indignados porque les dejó la olla raspada y nada para robar; digo, para tener con qué gobernar.

    Pero no nos digamos mentiras. Si hay algo que necesita este gobierno subsidiario es plata a dos manos para tener con qué pagarles a los delincuentes con tal de que no delincan más, o al menos no tanto, ¿o acaso piensan que la “paz total” sólo es un discurso bonito y no requiere grandes sumas de dinero?

    Hoy Petro propone que el subsidio a la gasolina se debe desmontar. De paso, dicen sus áulicos, les encarecerán la materia prima más importante a los narcotraficantes para producir su coca. ¿Acaso los derechistas no protestan tanto por el auge desmedido del narcotráfico? Pues bien, ahí tienen, miren qué golpe tan grande le va a dar Petro a las estructuras criminales. No les va a fumigar con glifosato, pero les va a subir la gasolina, no importa que también se la suba al resto de los colombianos. Y espero que entiendan el sarcasmo, desde luego. Porque decir que con el incremento al precio de la gasolina se le reduce el margen de operación a los bandidos, es lo mismo que decir que al pueblo entero hay que ponerlo a aguantar hambre para que de paso también aguanten hambre los criminales. Qué ideota, pero con i.



    Y aparte de querer meternos los dedos a la boca con el cuento de que es por culpa del gobierno de Iván Duque (que tampoco es de mis afectos, ¿y acaso quién?) que se creció el déficit por no haber ido subiendo el precio del combustible gradualmente, ni haber abonado a la deuda para cuyo cubrimiento se creó el Fondo de Estabilización, Petro es además mentiroso. El ex ministro de Hacienda, José Manuel Restrepo, le salió al paso a sus declaraciones con un trino en el que le recordaba que otra cosa era lo que habían hablado en el empalme. Es decir, que realmente en el gobierno de Iván Duque se abonaron 14,2 billones de pesos al déficit y que se dejaron 28,5 billones presupuestados para pagar con otras fuentes de financiación. De modo que uno de los dos está mintiendo, y no sé por qué, pero yo le creo al ex ministro, y eso que no soy duquista.

    Ahora bien, para quienes nos preguntamos qué es el famoso Fondo de Estabilización del Precio de los Combustibles (Fepec), hay que decir que es un valor que asume el Estado hasta del 70% en el precio de la gasolina y hasta un 57% en el precio del Diesel[1] para que el combustible no le salga tan caro al consumidor. Sin ese subsidio, los colombianos tendríamos que pagar un precio por galón de gasolina aproximado de $20.000. Es la forma como se regula la diferencia entre el costo de la gasolina con el precio internacional del petróleo, de modo que cuando sube demasiado este último, el incremento del combustible en Colombia no debiera impactar tan fuerte como en otros países en donde la gasolina no es subsidiada.

    Es el caso por ejemplo de la situación que atraviesa Europa con el combustible a raíz de la guerra entre Rusia y Ucrania, lo que ha provocado un aumento elevado de los precios internacionales del petróleo. De no ser por el Fondo, la gasolina en Colombia sería impagable, como en efecto lo será.



    No obstante, ese fondo tiene un déficit que, según el gobierno actual, se ocasionó por no abonar a la deuda, que actualmente es del 3% del PIB (28 billones de pesos para el próximo año)[2].

    Como se pronostica una inflación de dos dígitos para 2023, se propone incrementar el precio de la gasolina gradualmente durante este año, mes a mes. El monto del aumento es lo que tienen que estudiar Petro y su ministro de Hacienda, de modo que no vayan a suscitar la ira de gremios tan determinantes para el país como el de los camioneros y los taxistas.



    Es cierto que durante todo este año el gobierno del presidente Duque no aumentó los precios de los combustibles. La guerra que estalló en enero en Europa del Este, por sí sola, encareció el costo de vida en todo el mundo y provocó una crisis energética sin precedentes. Si de por sí el costo de vida ya estaba elevado, ¿se imaginan lo que hubiera pasado si el gobierno Duque comienza a incrementar el precio de la gasolina en plena campaña electoral? No sólo le hubieran quemado el país las hordas petristas, sino que lo hubieran quemado a él. Me imagino el rédito político que le hubiera sacado el entonces candidato Petro a la subida de los precios, como en efecto le sacó a todo lo que pudo, incluyendo a la toma guerrillera urbana que él mismo ayudó a convocar.

    Ahora el gobierno que recién entró se lamenta de que le hubieran dejado esa “papa caliente”, como dice el columnista del Diario La República. Pero así tenía que ser. Duque no podía darse el lujo de pegarse otro tiro en el pie después de semejante hoguera que le prendieron cuando propuso su reforma tributaria en plena pandemia, y tampoco tenía por qué darle motivos a Petro para que lo atacara en campaña y de paso ayudarlo indirectamente a subir más en las encuestas.


    Que le toque al Pacto Histórico resolver ese lío, ¿no dizque es una coalición tan preparada? Y el presidente ya lo resolvió: se quita el subsidio y punto, gústele a quien le guste. Los socialistas no se ponen con tibiezas. 

    Todo será mucho más caro de lo que ya es, y esperemos la Reforma Tributaria que ya vendrá. Millones de familias no van a poder soportar el alza de la gasolina y tendrán que vender sus vehículos, pues no habrá forma de transportarse.

    A ver cómo le hace Petro para lidiar con la impopularidad que se le va a disparar abyectamente cuando los 50 millones de colombianos le estemos gritando, al mejor estilo de Daddy Yankee, “dame más gasolina”. Pero sin subirla de precio.



[1] Jorge Hernán Peláez. (agosto 19 de 2022). A ella le gusta la gasolina. Diario La República. https://www.larepublica.co/analisis/jorge-hernan-pelaez-500047/a-ella-le-gusta-la-gasolina-3428046

[2] Datos suministrados en el mismo artículo.

sábado, 10 de septiembre de 2022

La paz total, una invitación a delinquir

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    El presidente Petro, cada vez que habla de la “paz total”, de su voluntad de reunirse con el ELN, de su intención de pagarle hasta ochocientos mil pesos a los delincuentes para que dejen de cometer fechorías, de no perseguir a los grupos terroristas, de liberar a los vándalos de la Primera Línea que incendiaron a Colombia con el pretexto de que son presos políticos, de practicar el perdón social con corruptos y mafiosos, de no actuar con todo el peso de la ley contra los invasores de tierras, y de que la coca es una mata ancestral satanizada por los que combaten el narcotráfico; nos está dejando un mensaje muy claro: que en Colombia, delinquir paga.

    La llamada paz total poco tiene que ver con la dimensión semántica que encierra la palabra paz. Tal como en el gobierno de Santos, esa bandera la utilizaron hasta el cansancio para justificar el lavado de activos más grande que se hubiera realizado en el mundo; es decir, para lavarle los crímenes a las Farc. Ahora Petro busca hacer lo mismo con un discurso que se mantiene, y que apenas es cuestión de agregarle alguna retórica para que sus seguidores, tan cortos de raciocinio como de buen corazón, se convenzan de que va a haber un cambio positivo.

    Pero la paz total es una pantomima direccionada desde el globalismo. Los colombianos como que no entendemos todavía de qué se trata el juego. No existe la paz total, nunca ha existido en la historia de la humanidad. Nada tiene que ver la paz que propone Petro con la paz de la que hablara Jesucristo. Esa paz, tan política y corrompida como fue la paz de Santos, es precisamente todo lo contrario a lo que en verdad significa la palabra, tanto simbólica como gramaticalmente.



    La paz total es todo aquello que sirva para despejar el camino del mal en aras de evitar una arremetida de sus representantes. En otras palabras, es tranzar con la complicidad, bajarle la cara a la tiranía, arrodillarse al totalitarismo, dejar que los malos reinen y nos traten como sus súbditos.

    Porque no es un proyecto original de Gustavo Petro, sino de la agenda a la que él representa en Colombia.

    Lo de ponernos a depender del gas y el petróleo venezolano, por ejemplo, con la excusa del cambio climático, es una estrategia para empobrecernos hasta que el hambre nos rinda a la sumisión. Lo de permitir que el socialismo cobre forma en una sociedad que hasta hace poco era trabajadora y guardiana de su vida, honra y bienes, le es útil a los poderes superiores a los que obedece Petro para destruir nuestra nación. El objetivo es entregarla a un orden mundial en el que no tendremos derecho siquiera a una patria propia. Lo de destituir generales de las fuerzas militares, reformar la policía, pagarles a los delincuentes, dejar libre el cultivo de la coca y no perseguir las acciones del narcotráfico, permitir las invasiones y perseguir a los empresarios, es un propósito de dejarnos en las manos del hampa sin la posibilidad de podernos defender para que estos nos despojen impunemente hasta de nuestros últimos recursos, pues ya no habrá institución que nos pueda proteger.   

    Aunque los resultados de las elecciones digan otra cosa, estoy seguro de que a Petro no lo elegimos los colombianos. El fraude, me imagino, ya venía dado desde cuando él viajaba a Europa durante la campaña presidencial y allí se concertaba cómo tenían que ocurrir los hechos. O tal vez desde mucho antes. Ese software mágico de origen venezolano que fue vendido por los socialistas españoles a la Registraduría Nacional para hacer el escrutinio no se puede olvidar. ¿Acaso era Petro el único que podía hablar de fraude en caso de no ganar? El resto teníamos que aceptar que este sujeto iba a ser presidente sí o sí.



    En Colombia tuvimos espías rusos interfiriendo en nuestros asuntos internos durante mucho tiempo y nadie hizo escándalo. Las Farc llegaron al Congreso y su ala terrorista continuó matando y abusando, y sin embargo nos dicen que hay que cumplir con un proceso de paz al que por cierto el pueblo le dijo no. Se descubrió que los disturbios de 2021 fueron financiados desde cuentas del exterior para apoyar grupos interesados en desestabilizar el orden público, y todavía tienen el cinismo de hablar de protesta pacífica. No pasó nada. Como que nos olvidamos de los muertos y las pérdidas económicas, como que nos hubieran anestesiado la conciencia. Al final quienes salieron victoriosos fueron los mismos involucrados en la destrucción del país: Petro y sus amigos. Los que hoy hablan de paz total. El chiste se cuenta solo.

    De modo pues, que para el modelo que se propone, es una estupidez portarse bien en este país bajo la óptica del gobierno que nos rige. Aunque no lo quiere reconocer, Petro le está diciendo tácitamente a los colombianos que no trabajemos duro por sobrevivir si podemos salir a atracar; que no paguemos impuestos si siempre hay un rico que tendrá que pagarlos; que no respetemos la propiedad que los demás adquirieron con su esfuerzo; que nos dediquemos a sembrar coca, pues ese es el producto más rentable que tiene Colombia; que seamos unos sinvergüenzas (a lo mejor como él) perdidos en la borrachera, en la parranda eterna, en el placer de los sentidos y que no hagamos nada productivo por nuestras vidas; que lleguemos tarde a todo, que pretendamos vivir de los subsidios, como unos esclavos, y que seamos unos parásitos dedicados a vivir de lo que otros producen.



    El presidente Petro nos manda un mensaje muy claro en el inicio de su mandato: ser un hampón, uno muy malo, y serlo conformando un grupo muy poderoso. No sirve estar solo cometiendo delitos menores, y no sirve ser un grupo débil, sin capacidad de negociación. Hay que ser como las Farc, el ELN, los gaitanistas, los caparros, las disidencias, la Primera Línea, entre otros. La periodista Salud Hernández, de quien tomo prestada la idea para hacer este artículo, no lo pudo haber dicho más claro: “hay que estar en una banda muy criminal, y si se le agrega un toque político, entra en las grandes ligas" para negociar con el gobierno.

    De otra parte, está la otra Colombia, la de la gente buena y trabajadora; la que todos los días se levanta a jugarse la vida en la consecución del sustento para los suyos, la que emprende y forma empresa, la que se capacita y aporta en un empleo; la que seguramente no votó el programa socialista porque no quiere que el gobierno le rompa las piernas para recibir regaladas las muletas. Este otro país es para el que el presidente no quiere gobernar, sino más bien al que pretende perseguir: empresarios, trabajadores, informales, profesionales, técnicos, jornaleros, campesinos; toda gente de bien de todos los estratos sociales. Gente que no pide que le regalen nada, pero tampoco que le quiten del producto de su esfuerzo para dárselo a otros que no lo han merecido. Gente que sabe que este será un gobierno dirigido para beneficiar a quienes no les interesa trabajar por la nación ni sacarla adelante.


    

    Por ello se ha programado una marcha por parte de un sector de la sociedad civil para el próximo 26 de septiembre, en protesta por las decisiones que está tomando Gustavo Petro a tan solo un mes de haber asumido el cargo. ¿Creían que sería un izquierdista moderado, de esos que sólo tomaría medidas impopulares contra la clase alta, pero beneficiando al pueblo? Ahí tenemos el resultado de haberle permitido el beneficio de la duda a un ex guerrillero de este calibre. Uno que no pagó por sus culpas ni fue objeto de la justicia, sino del indulto.

    Ya comenzamos a ver cómo es el talante del señor presidente a pocas semanas de su posesión. Aquí los únicos que vivirán sabroso serán los delincuentes. No me extraña, si estamos gobernados por uno de ellos, ya sea porque en el pasado lo haya sido, o porque en el presente lo sigue siendo.

sábado, 3 de septiembre de 2022

En defensa del sueño americano

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    El pasado miércoles, 17 de agosto, un grupo de cuatro autobuses repletos de gente ingresó a la ciudad de Nueva York y terminó su recorrido directamente en el condado de Manhattan. Aunque los vehículos no pertenecían a ninguna empresa de transporte adscrita al estado de Nueva York, las placas de Texas permitieron dilucidar cuál era el propósito que los traía a la Gran Manzana.[1]

    La escena se viene repitiendo con frecuencia en las últimas semanas: decenas de inmigrantes indocumentados están arribando  provenientes del estado de Texas, desde donde los envían en calidad de asilados para entrar a formar parte de los miles de “neoyorquinos sin hogar”.

    El problema migratorio en los Estados Unidos se le está saliendo de las manos al gobierno. Parece que desde los estados fronterizos direccionan a los recién llegados a otros lugares como si fueran mercancía, especialmente desde Texas a Washington y Nueva York, con el fin de descongestionar los refugios para inmigrantes que ya no dan abasto en la frontera.  

    Una bomba de tiempo se está activando, pues por mucha que sea la hospitalidad de los gobernantes  en los estados demócratas que están recibiendo a los solicitantes de asilo, la verdad es que muy pronto no tendrán espacio para alojarlos, pues se sabe que son miles los que esperan su turno y que cada día están ingresando muchos más al país del norte. Esta situación está desbordando la capacidad de los albergues en Nueva York, por ejemplo, que luego de la pandemia vieron incrementada su ocupación en un 13% adicional. Para no rebosarlos más, el alcalde Eric Adams propuso que llevaran a los asilados a varios hoteles de la ciudad. Son más de 1300 habitaciones en trece hoteles y se han reservado 5000 habitaciones más porque se espera que el flujo de migrantes siga aumentando. ¿Quién corre con todos estos gastos de hotel y manutención? La administración local, por supuesto, aunque en realidad eso lo pagan los ciudadanos con sus impuestos.



    Se estima que esta situación pasará de ser coyuntural a convertirse en permanente; que los migrantes seguirán arribando a la ciudad que nunca duerme y que para dentro de un año se triplique la cantidad de personas que hay que distribuir en los diferentes albergues y hoteles de la ciudad. No se sabe cómo afectará esto al turismo, a la industria hotelera; cómo impactará a la ciudad en cuanto a condiciones sanitarias y de seguridad de los habitantes. Tampoco se ha previsto cómo será el proceso de adaptación de las personas en una cultura que no conocen, con un idioma que no hablan y con una preparación para desempeñar trabajos que no se sabe si sean los que la ciudad esté demandando. En otras palabras, si realmente la economía pueda resistir una sobreoferta de mano de obra no calificada que conlleve peligrosamente a aumentar la tasa de desempleo, y por ende la pobreza en Nueva York. Dentro de poco se conocerán los resultados de esta política migratoria, y se pronostica que no serán muy buenos, ni para los moradores ya establecidos, ni para los que recién llegan.

    Eso de que por ley Nueva York está obligada a ofrecer refugio a quien lo solicite, va a generar consecuencias muy negativas a los ciudadanos, que en muchos barrios de la ciudad se están oponiendo a que se habiliten mas albergues justo cuando Estados Unidos está atravesando la peor de sus crisis económicas en muchos años. “El país no está bien, no hay capacidad de recibir a tantos, y menos si toca sostenerlos”, es el clamor general que se escucha en gran parte de la ciudadanía.

    Lo cierto es que independientemente de las razones humanitarias que hayan hecho posible la llegada de los asilados a ciudades como Nueva York, no hay duda de que esto constituye uno de los dolores de cabeza más grandes del gobierno Biden, que junto al del manejo de la inflación tienen su popularidad por el piso. Es factible que esa inmigración descontrolada genere un gran problema en todos los órdenes: en lo económico, lo social y en lo cultural, y ello dejará una profunda herida en el sentimiento nacionalista de los americanos.



    Recibir de manera deliberada a personas de tantas partes, al final, termina convirtiendo a la nación en un sancocho de ingredientes diversos que nadie se quiere consumir. En otras palabras, en un reino en exceso multiculturalista que va a tener de todo, menos un amor verdadero por la patria que lo gestó. Y eso termina por destruirla.

    Porque una cosa son los migrantes que llegaron por sus propios medios, sorteando miles de dificultades, pero convencidos de lograr su sueño americano aportando con su trabajo a la nación que los acogió, armonizando con sus valores y sus tradiciones; y otra cosa es el que llega en oleadas, azuzado y patrocinado por organizaciones con oscuros intereses, solamente para que un gobierno extranjero los acoja y los sobrelleve a punta de ayudas humanitarias, pero sin ningún proyecto de adaptarse a la segunda patria.

    Estados Unidos y Nueva York, en particular, representan todavía una esperanza para millones de indocumentados que han tenido que salir de su tierra por los malos gobiernos que ellos mismos ayudaron a encumbrar.



    Pero no se crea que esta ilusión de cumplir el sueño americano es un cuento de hadas. Sólo los que han arribado allí entre miles de dificultades, y han salido adelante obteniendo un nivel de vida como para vivir apenas con dignidad, saben del duro sacrificio por el que tienen que pasar.

    Mientras familiares, conocidos y amigos que se quedan en sus países de origen piensan que el sueño americano es una pretensión para “llenarse de billete”, como se dice en Colombia, el inmigrante ha tenido que renunciar a su familia, a sus comodidades, a su profesión, a su autonomía, al estatus ganado en su tierra para insertarse en un sistema en el que él es un cuerpo extraño, y a veces necesario. No son conscientes los otros de cuánta soledad hay que padecer, cuántos desaires, cuánta discriminación, cuánta humillación. Sólo lo sabe el que está allí, abrigado con guantes y gorro en diciembre, a menos diez grados de temperatura, esperando un tren que va repleto de tantos como él.

    Sí, mucha gente critica al inmigrante; lo trata como un apátrida o un cobarde, le quita mérito a su aventura diciendo que irse es la peor forma de solucionar los problemas porque a donde quiera que vaya lo acompañarán. Pero nadie sabe la pena que lleva este entre pecho y espalda.

    Al final el sacrificio puede valer la pena o no, según como se haya trasegado, según la suerte, qué sé yo. La fiesta nunca es igual para todos, pero es la fiesta. Sólo salen adelante los que mejor se adaptan y entienden el valor que tiene ese sueño que una vez los tentó a dejar la patria de nacimiento.

    Y no es un desastre colectivo, como dicen muchos pensadores y críticos de esos que tanto pululan, pues se limitan a ver la decadencia de la sociedad del consumo y el derroche, pero omiten que una vez esa sociedad que tanto amonestan fue salvación para muchos. Esos que despotrican de los valores capitalistas y libertarios son los primeros en tocar sus puertas cuando en sus países las cosas van por mal camino. Como hoy en Colombia, que ha llegado un gobierno cuyos desafueros empobrecedores y cuyo autoritarismo desmoralizador provocará la diáspora. Y adivinen para dónde querrán irse los antiyanquies.



    Un amigo muy querido que hace cinco años está allá me dio este consejo que nunca se me va a olvidar: “si usted quiere triunfar aquí, tiene que vivir 'a la americana'.”. Vivir “a la americana”, no suena mal. Pero ¿qué es aquello de vivir “a la americana”? Es vivir de acuerdo a los valores y la cultura propias de ese país: reconocer sus manifestaciones patrióticas, estudiar lo profundo de su geografía y de su historia, habituarse a sus costumbres, adaptarse a su clima con un estoicismo de piedra, aprender su idioma, relacionarse con los nativos desde una perspectiva de honestidad e integridad a prueba de fuego, y en últimas, poner en práctica la educación universal de la ética y las buenas maneras. En otras palabras, no llegar allá pensando en hacer daños, cometer delitos. Porque el americano valora mucho la actitud del hombre de bien. Y la valora más en un foráneo.



    Centenares de canciones, novelas, películas, documentales y demás, se han producido sobre aquellos que un día deciden dejar su patria y embarcarse en un rumbo extranjero. Por estos días se está estrenando una película en Colombia sobre un hombre que se va en busca del sueño americano, pensando que se va a forrar en dólares. Luego la realidad le pega de frente, y entiende que todo cuesta sacrificio, que nada es fácil y que al final terminará enamorándose de ese sueño si se enamora del proceso que tiene que vivir.

    Estados Unidos, a pesar de lo que digan quienes lo ven desde la distancia; quienes han estado allí de paso y se han desagradado con su locura colectiva, con la xenofobia y el racismo de unos pocos que no representan al americano promedio; quienes odian su invierno, su verano, sus ratas, sus cocodrilos, osos y mapaches, su idioma enrevesado y su comida chatarra; Estados Unidos, a pesar de la decadencia en la que lo han dejado caer sus malos gobernantes con políticas como las de acoger a todo el que llegue cuando es momento de mirar para adentro, sigue siendo un gran país. Es el bote que ha salvado la vida de quienes naufragaron en sus barcos. Un bote que podría estar roto y será cuestión de tiempo para que también se hunda, pero un bote que al fin y al cabo le dará respiro al foráneo por unas cuantas horas más. O días, o años, o el resto de su vida.



    Por eso uno entiende que a diario lleguen miles de personas intentando entrar en su territorio, porque a pesar de todo sigue representando el último reducto de la libertad. Pero lastimosamente no hay cama para tanta gente, y no puede haberla, pues es imposible que el país del norte pueda recibirlos a todos sin perjudicar a los que ya están.



[1] Andy Newman, Raúl Vilchis. (23 de agosto de 2022). ¿Nueva York sigue siendo santuario del mundo? Una oleada migratoria lo pone a prueba. The New York Times. https://www.nytimes.com/es/2022/08/23/espanol/migrantes-autobuses-texas-nyc.html




Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...