sábado, 31 de enero de 2026

Cuestión de supervivencia

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Todo comenzó con un corto y crítico ensayo sobre geopolítica y multilateralismo que publiqué en este mismo blog la semana pasada. Uno de mis escasos seguidores, que se toma la molestia de leer mis escritos, se llama Rupertino Díaz. De vez en cuando me rebate, pero por lo general estamos de acuerdo en los temas de fondo. Resulta que Rupertino me ha dejado un mensaje que suscitó una fuerte discusión. Me acusó de ser enemigo de los Estados Unidos por haber dicho lo que dije en el ensayo titulado “La repartija de las potencias”. Eres un infiltrado antitrumpista, me escribió. Estados Unidos volverá a ser grande otra vez, y tú y tus amigos progresistas van a tener que llorar lágrimas de zurdos.

     Por supuesto, mi respuesta no se hizo esperar. Yo, que precisamente me jacto de ser un buen derechista, simpatizante de Papá Trump, con intereses en el país del Tío Sam, y además un antiprogresista irredento por mis principios de derecha conservadora, fui el más sorprendido con el mensaje de mi lector encarnizado. Tal parece que no entendió mi escrito, o no lo supo interpretar.

     De ahí que tuve que responderle que se equivocaba de cabo a rabo, y que si algo era yo (que por cierto, lo que menos necesito en este momento es granjearme problemas con este grandioso país que ha acogido a mi familia y me ha permitido sobrevivir de rebote), era un defensor de las políticas del presidente Trump y simpatizante del Partido Republicano. Que si todavía le quedaban dudas de mi filiación política de derecha, de la que nunca he renegado, entonces debía leer todas mis columnas y ensayos para que entienda cuál es mi punto, y que el hecho de que yo dijera cosas como que el mundo está siendo repartido por las potencias super poderosas, no quería decir que las odiara a todas ellas, porque harto he dicho que uno debe de tomar partido. Desde luego, yo he tomado partido por el mundo libre, que es el que representa el país con la democracia más sólida del planeta, hasta ahora. 




     La cosa no quedó ahí. Otra suscriptora que se hacía llamar Cata, La progre, aseguraba que Rusia era el último bastión de la civilización y que yo me equivocaba al tratar a Putin de dictador. Y otro, de nombre Xin Jung Li, celebraba el ascenso de China como si fuera una venganza personal, ensalzando la cultura oriental y diciendo que Occidente era una mierda, tildándome además de fascista. A mí, que en mi vida he matado un insecto de más de medio centímetro. Después empezaron entre ellos a tirarse hate, como dicen los muchachos ahora, y a insultarse con memes y consignas recicladas.

     Ahí fue que me di cuenta de algo inquietante: ninguno había entendido el fondo de mi argumento, porque no estaban opinando de geopolítica desde la entraña de lo que esta significa realmente, sino desde sus preferencias ideológicas. Tal vez ni yo mismo tengo autoridad para escribir sobre un tema en el que no soy experto, además de que también tengo preferencias en este reparto, porque en el fondo también le voy a Estados Unidos como mi amigo Rupertino, pero ni siquiera él me pudo comprender.

     Lo único que quise esbozar allí fue algo obvio en la Historia: que todo imperio tiene su comienzo, su crecimiento, su auge y su caída. Que el mundo regido por la potencia del Tío Sam está desapareciendo para dar paso a un mundo tricéfalo. Que el imperio, cuyo eje central es la Unión Americana se está desmoronando, viene en caída libre, y los americanos lo saben. Que no sólo se desmorona un país, sino que toda una civilización está desapareciendo en esta guerra de poderes globales. 




     Es una realidad que describo, no un deseo mal intencionado. Porque si hoy Estados Unidos está reclamando su zona de influencia en Latinoamérica y otros territorios que lo rodean, no es por querer simplemente volver a un pasado de hipotética grandeza similar al que tuvo en el siglo XIX. Nada más alejado de la verdad. Si el gobierno del presidente Trump ha desplegado una política internacional de carácter agresivo, es porque le toca hacerlo: su imperio está colapsando. Su deuda externa, especialmente con China, su principal competidor, está a punto de reventar. Su moneda está perdiendo valor en el mercado, y él mismo tiene que implementar medidas para devaluarla a fin de que sea más fácil subsanar esa deuda. A veces los gobernantes tienen que verse obligados a ejecutar políticas impopulares, pero necesarias, para salvaguardar el futuro de la nación, y eso es lo que le está pasando a Trump. Posiblemente su popularidad se venga abajo, pero a él le quedan apenas tres años para no dejar caer la estantería y poder dejarle algo digno a su sucesor.

     Por eso hay que entender que el afán de Trump por erradicar todo vestigio de comunismo y socialismo en la región, por hacer un viro en la cultura y destruir las armas ideológicas con que están atacando esta parte del mundo de la que él, sin miramientos, se declaró dueño, es no sólo para contrarrestar la amenaza de las potencias contrincantes que meten sus narices en el área de su influencia, sino también para no dejar que esos recursos que tienen sus vecinos se los lleven sus enemigos. Una vez más, lo que se llama la Real Politic: defender los intereses de la nación, incluso los que están por fuera de sus fronteras, aunque para ello tenga que hacer efectiva la ventaja que le otorga su posición de poder. 




     En otras palabras, para que la caída no sea tan aparatosa y se pueda salir por la puerta grande con cierta discreción, el presidente de los Estados Unidos tiene que replegarse sobre su propio territorio y el de sus vecinos y socios continentales, sobre los cuales pretende ejercer control para que le sirvan de barrera contra la probada invasión que le estarían haciendo los chinos a nivel económico, político y militar. Por eso le está importando más Venezuela que Ucrania, o México y Canadá que el Medio Oriente. Por eso ahora quiere anexarse a Groelandia y tiene la mira puesta en derrocar al régimen cubano. Las formas tal vez no sean las más diplomáticas, pero el objetivo es conveniente para él como para los países que dependen de la economía americana: atrincherarse con sus aliados y limpiar de enemigos ideológicos a quienes han osado hacer tratos con ellos.

     De ahí se desprende que lo que hizo Trump en Venezuela no fue una cuestión de imperialismo del siglo XIX como lo quieren pintar los zurdos que desconocen de geopolítica, sino una cuestión de supervivencia, como lo tendrá que hacer en Cuba y en cualquier país de América Latina que no se alinee con los intereses de los Estados Unidos. Hay que mantener el enemigo alejado, y aquellos que insistan en tener tratos con él se atendrán a las consecuencias. De eso será de lo que hablarán Donald Trump y Petro el próximo martes en la Casa Blanca: de lo que tiene que hacer Colombia para no perjudicar a Estados Unidos, y de paso para salvarse ella misma el pellejo; es decir, lucha frontal y comprobada contra el narcotráfico.

     El caso de Europa es similar. Los gringos la están abandonando de a poco, y es ahora Rusia el dominador de ese continente a través de sus recursos energéticos. Todos dependen de la Madre Rusia. Europa, que está asistiendo al fin de su cultura y su economía, se está islamizando por medio de la cantidad desbordada de migración del norte de Africa. Asimismo, su soberanía energética está anclada cada vez más al zar Putin. 




     Y en últimas es mejor así, o así debería ser si lo analizamos con raciocinio. ¿Acaso no es preferible, en estos momentos, estar con Estados Unidos que con el Eje del Mal compuesto por China, Rusia o Irán? ¿Por qué se insiste en importar revoluciones comunistas, creencias orientales e islamismo?

     Así las cosas, espero que mi lector Rupertino entienda que no todo en la Unión Americana es color de rosa, y que la caída al abismo por el que están a punto de rodar se amortigua con medidas drásticas y costosas que suponen el ineludible costo político del líder; que mi amiga Cata, La progre, no crea que con discursos igualitarios y revolucionarios se soluciona el hambre del mundo si no se crean las condiciones para generar riqueza, porque el Estado es un zángano que succiona la riqueza privada y se la reparte entre sus plutócratas; y que el suscriptor Xin Jung Li no piense que la tecnocracia por sí sola trae consigo la libertad del individuo, porque no siempre progreso económico y expansión imperialista es bienestar y felicidad para la población.
   
     En este sentido, la pregunta no es simplemente con quién alinearse, sino qué modelo ofrece mayores garantías de estabilidad, desarrollo y autonomía. En un mundo donde las potencias compiten abiertamente, los países de segundo y tercer orden no tienen mucha opción para decidir de quién hacerse socios. De ahí que no se puedan hacer alianzas con el socio equivocado si no se quiere poner en juego la supervivencia.






sábado, 24 de enero de 2026

La repartija de las potencias

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Ensayo)







     Me pregunto si cuando George Orwell escribió su novela 1984 —en la que planteó un mundo regido por tres superpotencias poderosas y en constante guerra—, el escritor inglés ya estaría vaticinando el futuro por alguna suerte de revelación sobrenatural, o acaso sabía lo que iba a suceder en el siglo XXI debido a que contaba con una muy buena información filtrada desde las altas esferas del poder. Seguramente tenía un contacto muy valioso que hacía las veces de chivato y le revelaba los planes de la élite mundial para con el planeta en los próximos cien años. Seguramente, el mismo Orwell podría haber sido miembro de una organización desconocida que ya tenía trazado el destino de la humanidad, queriendo este divulgar clandestinamente su secreto en forma de literatura.

     Lo cierto es que lo que el novelista planteó en su obra, hoy se ha quedado corto. No solamente que se están cumpliendo sus predicciones sobre la vuelta a los regímenes totalitarios como los que disimuladamente nos quieren imponer hoy día a través de la vigilancia, la propaganda, el control estatal, las ideologías colectivistas, los cultos a la personalidad del líder y el cambio del lenguaje para disciplinar la moral y el pensamiento, sino también a través de la multi-polarización en la que están cayendo los gobiernos mundiales, en especial las grandes potencias económicas y militares. Asistimos, ya corrido el primer cuarto del siglo XXI, a un mundo regido por tres vórtices de poder, todos deviniendo en remolinos tormentosos de guerras comerciales, ideológicas y políticas que muy probablemente terminarán convirtiéndose en una gran guerra militar si no se moderan los apetitos para reclamar la porción del planeta que cada uno piensa que le corresponde. 




     Como en 1984, presenciamos ahora a la fragmentación del planeta en tres reinos ineludibles. No estamos lejos de aquella distopía que Orwell imaginó o se la contaron, pues las tres potencias más importantes de la actualidad están reproduciendo, con nuevos métodos, la misma lógica de vigilancia, rivalidad y control narrativo, y sobre todo, la misma lógica para repartirse el mundo.

     La novela se sitúa en Oceanía, país en el que gobierna el Gran Hermano; una especie de líder invisible de un partido interior totalitario con un sistema de vigilancia tan sofisticado que parece que leyera el pensamiento. La nación está compuesta por Las Américas, las Islas Británicas, Australia, Nueva Zelanda y parte del sur de Africa. Es lo que hoy correspondería a Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido y Australia, o lo que equivaldría a los territorios que fueron dominio de la Corona Británica. En síntesis, el mundo occidental y capitalista. En segundo lugar, encontramos a Eurasia, constituido por la Europa continental y Rusia, en el que gobierna el Estado policial militarizado bajo la ideología del Neo-bolchevismo, que es una mezcla de comunismo con nazismo. Es un símil de la misma Rusia de Putin, en la que la propaganda estatal, el uso de la guerra como herramienta política y el Estado centralizado y autoritario imperan en el cien por ciento de su territorio. La tercera potencia que se describe en la obra es Eastasia, o Asia del Este. Corresponde a los Estados de China, Japón, Corea, Mongolia y parte del territorio asiático. También tienen una vigilancia digital avanzada, un partido único y una profunda expansión tecnológica y económica. No es otro en la actualidad que China y el bloque asiático; este último, aunque por momentos parezca haber alcanzado su esplendor a través del capitalismo y la democracia occidentales, tarde o temprano terminará subsumido al dragón gigante que se los devorará, porque está inmerso en su área de influencia. China, como adalid del totalitarismo, también va de la mano con el desarrollo y el progreso, lo cual significa que no siempre todo sistema capitalista implica la liberación del individuo y la posibilidad de alcanzar sus sueños. China es el ejemplo palpable de un país rico, pero sin libertades. 




     En concordancia con este orden multipolar, la más reciente reunión del FEM (Foro Económico Mundial) abordó la preocupación de que en las próximas décadas asistiremos a la multipolarización más encarnizada del globo terráqueo a nivel geopolítico, en donde los conflictos entre países, las guerras focalizadas y las guerras geoeconómicas, a través principalmente de aranceles, estarán a la orden del día.

     Desde luego, este panorama, lejos de parecerse a un paraíso de cooperación y respeto del derecho internacional y de todos esos tratados de letra muerta que se firman en las organizaciones globalistas para establecer las directrices del mundo, es un panorama donde lo que prima es la realidad dura que instaura la competencia salvaje entre los imperios: la Real Politic, la guerra fría entre tres polos de poder que de vez en cuando se alían unos con otros para atacar al restante y de vez en cuando entran todos en conflicto. La doctrina del reparto por la fuerza por encima de los tratados.

     Nuevamente, se conversa con el lenguaje de las armas, bajo el dictado de las fronteras prohibidas, al límite de la guerra, en la delgada línea de desconocer cualquier tipo de soberanía, sólo respetada para aquellos países que tienen poder de hacerla respetar.

     Así, este nuevo escenario de la repartición del mundo que evoca el colonialismo del siglo XIX, pero a la manera moderna del siglo XXI, mucho menos auténtica y más solapada, se vislumbra como el inminente futuro propuesto por un grupo de poderosos a los que el planeta les quedó pequeño en su afán de conquistar, ya no la tierra, sino el universo mismo. Ya no es solo Estados Unidos o la antigua URSS como en los años del Muro de Berlín. Ahora entran a jugar una China que se volteó al sistema económico capitalista, aunque políticamente siga siendo comunista, adquiriendo más poder que cualquier nación sin tener que otorgarles la libertad a sus ciudadanos, y una Rusia repotenciada militarmente, desprendida de la ideología de los bolcheviques de antaño, pero conservando en su espíritu fundante un exacerbado sentimiento de nacionalismo imperial. 




    Y en el centro de toda esta contienda, el resto del mundo padeciendo las arremetidas y soportando el fuego cruzado; teniendo que tomar partido a la brava, so pena de ser despojado de su risible concepto de soberanía, porque paradójicamente es esa imposición de la ley del fusil la que mantendría una paz forzosa sostenida más por el miedo de desatar el caos que por la voluntad real de vivir en paz.

     El mundo asiste, pues, a una nueva repartija por parte de los poderes que lo rigen. Digo nueva, pero bien puede decirse que es la misma distribución arbitraria de la tierra que ha existido desde que el Hombre tomó conciencia de su especie, grabó su huella colonizadora sobre el suelo que pisaba y comenzó a dominar su territorio por los siglos de los siglos.

 







sábado, 17 de enero de 2026

Los buenos y los malos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







    Que el país está muy polarizado, que otra vez la disputa será entre los extremos, que para las próximas elecciones nos dejarán solamente dos opciones a los votantes: la ultraderecha fascista y conservadora (así escucho que dicen), y la izquierda, así sin más. Porque eso de catalogar a los zurdos como extremos jamás encaja en el discurso que desde los medios de comunicación y la academia se viene alimentando. Hasta suena raro utilizar la palabra ultraizquierda para referirse al exacto opuesto de la ultraderecha. La segunda es usual, común, acostumbrada. La primera es antinatural, como si la izquierda no pudiera ser ultra ni extrema.

     El mito extendido a lo largo de años de batalla cultural y campañas de difamación que durante los últimos años han estado en manos de los sectores progresistas, nos enseñó a ver el espectro de derecha como una cáfila de asesinos desalmados e inquisidores. A ese sector le endilgan los más sangrientos crímenes de la humanidad, y por lo general lo asocian con nombres como Benito Mussolini, Hitler o Franco. De ahí que el término facho haya vuelto a salir nuevamente a la palestra en este primer cuarto de siglo para designar a todo aquel o aquello que no esté alineado con el pensamiento de las izquierdas. Cualquier voz disidente de esa postura reformista es tildada de facha, de nazi, de antiderechos, de ultras y extremistas. En un mundo donde lo que priman son las tabulas rasas y el borrado de las tradiciones para levantar sobre el vacío el edificio de las nuevas ideologías, resulta bastante agitador ser conservador y tradicional.

     Pongamos por caso el ejemplo reciente de la intervención militar de los Estados Unidos en territorio venezolano para llevarse al dictador Maduro preso. Fueron las izquierdas a nivel mundial, posando de defensoras de los derechos humanos (a pesar de que en su seno se han gestado los más recientes atentados contra políticos y figuras del pensamiento opositor), las que se rasgaron las vestiduras aduciendo que violaron los derechos humanos del tirano y los tratados del derecho internacional, pero sin condolerse de los más de ocho millones de desplazados que produjo y sigue produciendo aquella tiranía; los miles de muertos y de presos políticos que ha dejado a su paso el huracán del Socialismo del Siglo XXI.




     Las derechas, por su parte, se manifestaron en favor de la operación, se solidarizaron con los ciudadanos venezolanos diseminados por el mundo por culpa de aquel régimen y aplaudieron la valentía de Donald Trump. Todos sabemos que más allá de una cuestión ideológica, aquí se manejaban unos intereses particulares para los Estados Unidos, que al mismo tiempo coincidían con el inicio para el retorno a la libertad de un país secuestrado por una dictadura. No importa si de lo que se trata es de una ambición geopolítica y económica; lo cierto es que los de derecha aplauden la acción y los de la izquierda la critican, porque en ello no queda más que asumir una de las dos posiciones. Polarización, le llaman a eso, pero yo lo precisaría más bien como definir en qué lado de la cancha se quiere jugar el partido. No existe el punto medio cuando se trata de elegir entre el bien y el mal.

     Que sí, que Trump tiene sus pecadillos y podía haber otros peor de malos que Maduro, pero a nivel simbólico esto abre la puerta para un cambio de modelo político y social en Venezuela que repercutirá en la política, la economía y la sociedad de la región. Así, no se puede decir que la polarización que se derivó de este hecho sea mala, sino natural. Lo lógico es que la gente buena esté con el pueblo oprimido al que le ha tocado sufrir todos los embates de la plaga chavista, y que la gente de mal corazón (o con mala educación política) salga a decir que, a pesar de no estar de acuerdo con el dictador, esa no era la forma. ¿Cuál era la forma entonces para sacar a un criminal que había despreciado todas las vías posibles de la negociación?




     Pero vamos más allá en ese ejemplo: los que hasta hace poco ondeaban la bandera de Palestina pidiendo su libertad, hoy enarbolan las banderas del antimperialismo y el rechazo a la invasión. No les importa la libertad de Venezuela, ni de ningún país. Apoyan a Maduro y vituperan a Trump en las calles de Madrid o Nueva York sin siquiera ser venezolanos. Puros agentes pagos por las ONG’s del globalismo. Lo que les arde es el hecho de que haya sido Estados Unidos en cabeza de Trump el que se haya atrevido a comenzar la liberación. ¿Y qué tienen en común todos esos manifestantes? Que se han polarizado hacia la extrema izquierda, que comparten la mentalidad del progresismo victimista en nombre de una paz mundial que jamás será lograda, porque la guerra es el común denominador de la humanidad en todos los tiempos y lugares.

     En el otro escenario está la derecha celebrando al tío Donald, al que desde ya lo ven como una deidad con el peligro que esto conlleva. Y él, que tiene las ideas correctas y ya ha hecho un par de cosas buenas, corre el riesgo de caer en un cultismo a la personalidad del cual más adelante no pueda salir. Está claro que se necesita una figura fuerte, y que hay que aplaudir sus buenas acciones, pero también es un ser humano con defectos, así que no hay por qué acudir a la idolatría por parte de sus seguidores.

     Pese a todo, es imposible evitar la polarización, y yo diría que es inconveniente. Porque los polos son naturales, inherentes a la vida de las civilizaciones y al obrar de los hombres que las forjaron. Siempre existirá esa dualidad, y es inevitable el impulso que nos lleva a tomar partido por una u otra orientación. Esa díada impera desde tiempos imaginarios y no se romperá hasta que el bien prevalezca sobre el mal, pero esta ya es una condición propia de la esfera celestial, que no es tema para tratar aquí.




     Lo que sí nos debe tener con los pies muy bien puestos sobre la tierra es la realidad de que en últimas somos nosotros los que decidimos de qué lado queremos estar. Los zurdos, por ejemplo, se hacen los biempensantes ante la posibilidad de que Estados Unidos arme una operación para llevarse al dictador cafetero: al último de los Aurelianos. Los derechistas, en cambio, están dispuestos a romper con las reglas de la soberanía con tal de hacer pagar a un enemigo de la patria que ha hecho bastante mal.

     Unos a favor de Trump, otros en contra. Unos odiando a Maduro, otros defendiéndolo. Unos en Colombia pujando por la profundización del socialismo, otros partidarios de la libertad y la riqueza. En materia política, el mundo está polarizado, pero no hay que tenerle miedo a la polarización si eso significa asumir posición, tomar postura seria, razonada y argumentada. No creo que haya que quejarse de ella, porque no la considero mala del todo. Más vale pensar extremadamente distinto a que todo el mundo ande pensando lo mismo.

     Y la elección es muy simple. Nunca había sido tan fácil votar en Colombia, ahora que esto se trata de una batalla entre dos bandos marcadamente reconocidos y delimitados. Los que están al lado de los narcos, los dictadores y el crimen; y los que están al lado del ciudadano honesto, los defensores de la democracia y la gente trabajadora. Los buenos y los malos, es más fácil así. De ahí la importancia de saber en qué bando alinearse, no por una cuestión de fanatismo, sino por una cuestión de discernimiento.




     A la hora de votar hay que hacerlo aplicando este juicio sin dar lugar a emparentarse con la tibieza y la ambigüedad, pues hasta las mismas Escrituras lo dicen: “los tibios serán vomitados” (Apocalipsis 3:15-16). ¿O qué tal la exhortación de Cristo tan directa y contundente cuando obligó a sus seguidores a tomar posición?: “El que no está conmigo está contra mí”. (Mateo 12:30). En este caso la neutralidad resulta más peligrosa que la maldad declarada.

     Así pues, si los colombianos no nos alineamos en torno a una idea de país para combatir el mal enquistado en forma de narcosocialismo, hoy disfrazado de falso progresismo, ¿cómo esperamos cambiar sin asumir una posición vertical? La polarización no es mala cuando uno se polariza hacia el extremo bien.




sábado, 10 de enero de 2026

La paz también se impone con la fuerza

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     “¡Venezuela libre!”, gritaban eufóricos sus ciudadanos en parques, plazas y avenidas, todos diseminados alrededor del mundo; multitudes de personas ondeando la bandera de su patria. Eso fue el pasado 3 de enero, después de conocerse la gran noticia, cuando tropas estadounidenses realizaron una incursión (nunca invasión) al país vecino y se llevaron capturado (no secuestrado) al dictador Nicolás Maduro, no tanto por dictador como por narcotraficante, pero para efectos de la tan anhelada libertad, el propósito servía.

     Y ha servido mucho, porque sólo los migrantes venezolanos que han tenido que salir de su país (más de ocho millones según las estadísticas) conocen de primera mano su tragedia y saben lo difícil que es pagar el precio de la libertad de su nación, esa sí, secuestrada por un régimen asesino y empobrecedor. De otra forma no se explica cómo millones de personas han tenido que salir huyendo de su tierra en busca de un plato de comida durante los últimos quince años por lo menos, cuando comenzaron a esbozarse los primeros síntomas de la diáspora y cuando ya el proyecto de la “Revolución Bolivariana” en manos del criminal de Hugo Chávez había empezado a tomar forma y a ensañarse contra su principal víctima: el pueblo liso y llano.

     Pero no faltan los desinformadores mamertos de los medios hegemónicos de comunicación (New York Times, Agencia Reuters, CNN, CBS, Telemundo, Univisión, RTVC, La Silla Vacía, El Espectador, entre otros), y de las redes sociales para tejer mantos de duda sobre la legitimidad del operativo y reclamar casi a gritos el respeto por los tratados del Derecho Internacional. No faltan los defensores del Socialismo del Siglo XXI, los progres indignados que salen a llorar por una supuesta invasión de un país extranjero invocando el fallido estado de soberanía y dejando ver su preocupación ante lo que para ellos es un conato de retorno a los tiempos del "imperialismo colonizador". 




     Esos mismos que tanto han denigrado de las economías fósiles y que pretenden llevarnos a un mundo de las cavernas en donde aún no se conoce el fuego, ahora resulta que les preocupa mucho el petróleo, pero no dijeron una sola palabra cuando la dictadura chavista se lo regalaba a Cuba a costa del hambre de sus habitantes, o permitía que los rusos y los chinos lo extrajeran indiscriminadamente, no a cambio de bienestar para sus ciudadanos, sino a cambio de que los dirigentes socialistas llenaran las arcas de sus cuentas bancarias en paraísos fiscales.

     Sí, no faltan los aguafiestas, los ofendiditos que llevan el resentimiento por dentro y pretenden ensombrecer el esfuerzo realizado por el gobierno de los Estados Unidos en cabeza del presidente Trump, que nada más por el hecho de ser quien es y por el odio que le tienen desde los diferentes estamentos globalistas y liber-progresistas, no celebran la captura de un narcodictador, sino que salen a abogar por sus derechos (como si él se los hubiera respetado a sus opositores) y a enmarcar el operativo de su captura como un “vil secuestro”.

     Ahora resulta que los mismos que hasta hace un par de meses gritaban “Palestina libre”, hoy no quieren que Venezuela sea libre de las garras de una dictadura que, a pesar de haber perdido a su cabecilla principal, todavía se retuerce como una serpiente herida que insiste en arremeter con el último aliento que le queda. Esa arremetida final puede llegar a ser más mortífera que la que diera con el cuerpo entero. Por eso Estados Unidos no puede bajar la guardia y debe terminar el trabajo que empezó. Es tan poderoso el monstruo que criaron y alimentaron en Venezuela, que la transición no se entrevé como la tenían planeada desde el Departamento de Estado. Será más difícil de lo que Trump y los venezolanos creen y podría tardar años, incluso costar una guerra civil entre los que apoyan la dictadura y los que quieren la libertad para su país. 




     Los que ahora asumen el mando no se muestran receptivos: comenzaron las pugnas internas y el advenimiento de las facciones enemigas. Por un lado, Diosdado Cabello, el jefe militar del régimen; y por otro, Delcy Rodríguez, la jefe administrativa y de quien se sospecha que ha vendido a su superior. Nadie confía en nadie allí, y hasta que el chavismo no sea destripado desde la raíz, la libertad no llegará nunca para nuestra estimada nación hermana.

     Con este estado de cosas, Venezuela podría resultar siendo un caos ingobernable peor del que había cuando Maduro le vociferaba Trump y lo desafiaba a que fuera por él. Si este último no ordena pronto otro operativo similar al que ya hizo hace ocho días, esta vez para capturar o dar de baja a Diosdado Cabello, quien se encumbró como el enemigo principal, el objetivo de administrar la transición hacia la democracia se le podría venir abajo. Y ese operativo resultaría bastante más lesivo que el primero. Ya los tiranos están prevenidos. Diosdado y Padrino López están resguardados en sendos búnkeres de donde será más complicado sustraerlos. Desde allí le dan órdenes a su cuerpo militar y paramilitar (los colectivos). Van a utilizar a los presos políticos que se niegan a liberar y a los ciudadanos estadounidenses que tienen amenazados, como rehenes de cambio por Maduro.




     De modo que debemos esperar que los progres sigan llorando y arrancándose los cabellos por el presidente Trump. En estos casos hay que hacer lo que hay que hacer, y Trump lo sabe muy bien. Los únicos que no entienden, o a los que no les conviene entender, son los sabelotodo que hoy son expertos en relaciones internacionales de la misma manera en que hace cinco años pululaban los expertos en epidemiología: los que hoy le dicen a los venezolanos exiliados cómo tienen que sentirse con respecto al apresamiento de Maduro, y por qué no es legítima la operación de intervención. Porque su descaro no tiene límites. Ellos, desde la comodidad de una poltrona se graban ofendiendo y tratando de brutos a quienes llevan más de quince años como parias por el mundo y más de veintiséis sufriendo los embates de una dictadura comunista. Que se vayan a freír espárragos. 




     Más de un chavista enclosetado ha salido por estos días a llorar, mostrando entonces su verdadero talante, muy lejano al del anhelo de libertad de Venezuela. Dicen estar de acuerdo en que a Maduro había que sacarlo, pero que esa no era la forma. ¿Entonces cuál era la forma, señores inconformes? ¿Había que pedirle el favor por las buenas? 

     No, con esa lacra ya se agotaron las buenas maneras y los recursos de la democracia extendidos hasta límites vergonzosos. Aquí no queda más que el uso de las armas. Sólo se negocia con quien esté dispuesto a ceder, y en este caso, Delcy Rodríguez, también bandida imperdonable, que fue la designada por el presidente Trump para que permitiera la transición de Venezuela, no puede hacer mucho cuando es Cabello el que tiene el control del ejército y el aparato de represión. Ella habría podido estar bajo las órdenes de Marco Rubio a cambio de dejarla ir con vida a algún país remoto, pero ya tendrá que hacerse a un lado mientras estalla el próximo bombazo. Hasta mejor, porque la fea Delcy y su hermanito merecen más bien la cárcel que el exilio, por no desearles otra cosa peor.




     El presidente Trump, obstinado en pacificar a la región y limpiarla de la ideología comunista, como debe ser, no debe cejar en sus proyectos. Ahora es cuando toca redoblar esfuerzos y apuntar con varias miras hacia los distintos objetivos que colaboran con el nefasto Foro de Sao Paulo: México, que se está convirtiendo en la nueva cabeza de la serpiente al ayudar a Cuba con petróleo; la misma Cuba, que es el origen de todas las revoluciones guerrilleras, y por tanto el origen de todos los males; y por supuesto, Colombia, cuyo presidente anda por estos días con las rodilleras puestas. Él sabe que si Maduro habla no tendrá escapatoria, y que más tarde que temprano será pedido en extradición al próximo gobierno, que ojalá tenga los pantalones para extraditarlo. Trump también espera que haya una transición en Colombia.

     A veces, por no decir siempre, cuando los enemigos son tan férreos en su ideología y en su odio, y han causado la destrucción de pueblos enteros, no queda más que imponer la paz con la fuerza de las armas. También es una opción válida si está en juego la libertad y la supervivencia nuestra.







sábado, 3 de enero de 2026

Gracias, señor Trump

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     El 20 de diciembre de 1989, bajo la operación conocida con el nombre de Just Cause, fuerzas del ejército estadounidense compuestas por unos 27.000 hombres, entre las que se encontraban el U.S Army, los Marines, la Navy Seals y la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, entraron a Panamá con el objetivo de capturar al entonces dictador Manuel Antonio Noriega, acusado por el Departamento de Estado de narcotráfico, extorsión, lavado de dinero y crimen organizado, además de haber anulado las elecciones democráticas de ese país en 1989 y haber declarado un “estado de guerra” contra Estados Unidos y el gobierno del entonces presidente George H. W. Bush.

     No fue sino hasta el 3 de enero de 1990, catorce días después de la intervención, cuando las fuerzas panameñas del régimen fueron derrotadas luego de librar cruentos combates y soportar un asedio psicológico que incluyó música rock a alto volumen a las puertas de la Nunciatura del Vaticano, lugar donde se había refugiado el dictador hasta el momento de su captura. La operación Just Cause incluyó ataques simultáneos a cuarteles, aeropuertos, comunicaciones y puntos estratégicos del país. Al final, tras un saldo de 23 soldados estadounidenses muertos y entre 200 y 500 civiles panameños según distintas fuentes, el enemigo público de los Estados Unidos logró ser sometido, extraditado, llevado a juicio y condenado por una corte federal de la Florida a 40 años de prisión, de los cuales pagó 20 años efectivos. De allí salió en 2010 para ser extraditado a Francia, donde enfrentó cargos de lavado de dinero, y finalmente fue repatriado a Panamá, donde terminó sus días en 2017 purgando una pena de 60 años por crímenes contra la humanidad y asesinato. Noriega jamás volvió a ver la luz del sol.




     Hoy, 3 de enero de 2026, exactamente 16 años después de la captura de Noriega, otro tirano es apresado en su propio territorio por el mismo ejército estadounidense. Nicolás Maduro Moros, el dictador venezolano que desafió el poder de la primera potencia mundial y la autoridad de un presidente que sí tiene pantalones, finalmente fue sometido, y a esta hora ingresa en el Metropolitan Detention Center de Brooklyn, Nueva York, a la espera del juez que lo confrontará en un tribunal federal de Manhattan para enfrentar cargos por las “nimiedades” de conspiración para el narcoterrorismo y conspiración para el envío de cocaína hacia los Estados Unidos, entre otros.

     Entre estos dos operativos existe una semejanza que va más allá de la coincidencia de la fecha, y es que ambos sirvieron para sacar del poder a tiranos que se aprovecharon de su posición de gobernantes para oprimir a su pueblo, restringir las libertades, y cometer delitos contra la nación estadounidense, que constituyen estos últimos la justificación principal de la intervención. En ambos hubo heridos, muertos y bombardeos que destruyeron infraestructura. Hubo víctimas tanto militares como civiles, lo que se conoce como daños colaterales, que son imposibles de evitar en este tipo de confrontaciones a pesar de todas las precauciones que se tomen. Desde luego, la acción que condujo a la captura de Maduro fue mucho más limpia en términos de mortandad y destrucción, pues fue una operación quirúrgica que tomó apenas un par de horas una vez iniciado el ataque aéreo y terrestre, aunque ya el gobierno de los Estados Unidos en cabeza del presidente Trump venía sitiando al régimen desde hacía varios meses.




          A decir verdad, el mundo libre esperaba que esto sucediera. Lo deseaba, lo veía venir, y a veces se desesperaba con la cautela y la paciencia que estaba teniendo Trump, necesaria para el buen éxito de su misión. Pero por momentos creíamos que no iba a suceder nada, y no veíamos la hora de que ese titán que hoy más que nunca se está convirtiendo en el Ciro de Occidente, diera la orden para capturar o dar de baja a Maduro, así como al resto de los miembros del Cartel de los Soles, entre ellos Diosdado Cabello, Vladimir Padrino López o Jorge Rodríguez, y a varios militares del Ejército Bolivariano que están comprometidos en el delito trasnacional.

     Pero lo que no sabíamos era cómo lo iba a hacer sin comprometer su prestigio político, sin arruinar su popularidad que ya se estaba desgastando por la espera. Cada vez veíamos más lejos la posibilidad de que Estados Unidos pusiera sus militares en tierra y liberara a la nación secuestrada por el Socialismo del Siglo XXI, porque nos parecía que tanta amenazadera lo que producía era que el tirano se fortaleciera más. Ya estaba perdiendo el miedo, bailando y cantando para burlarse con cinismo.

     De una cosa sí estábamos seguros: Donald Trump no es un tipo que se rinda a la primera. Es de aquellos a los que no les gusta perder; es obstinado, frentero, valiente, y decidido. No iba a devolver su portaviones Gerarld R. Ford con sus helicópteros y sus marines para su país, así sin más, con las manos vacías. Había que confiar en que gracias al temperamento combativo de este señor se nos iba a hacer el milagrito de sacar a Maduro del poder, que es la gloria para Venezuela y una gran ayuda para Colombia, quien también está en manos de un vicioso tirano que se quiere perpetrar en el poder.




     Por el momento solo se pudo capturar al pez gordo, pero es un buen inicio, porque esto aún no termina. Se golpeó la cabeza de la serpiente, y aunque todavía está viva, al menos se la dejó bien vapuleada. Será entonces cuestión de tiempo terminar de aniquilarla si esta se empeña en continuar su ataque contra los Estados Unidos, y en especial contra el bravo pueblo de Venezuela. Y como esta operación no se hizo para restaurar la democracia en nuestro hermano país (de momento), sino para capturar a un narcotraficante muy peligroso, es lógico que la libertad no se va a restablecer de la noche a la mañana y que el resto del trabajo hay que continuarlo desde adentro, porque esto apenas comienza. Aún falta sacar al resto de la ralea, que tendrán que desistir de sus acciones criminales o atenerse a las consecuencias. Tendrán que renunciar a la usurpación que están cometiendo y aprovechar la oportunidad para desterrarse antes de que un nuevo ataque (el cual es muy posible), los condene a la prisión o a la muerte. Tendrán que negociar sus privilegios y largarse de esa patria a la que saquearon; que está ávida por recuperarse de tanto oprobio y humillación que le han hecho durante casi 27 años.

     Así como la operación Just Cause en 1990, la operación “Resolución Absoluta” (o Absolute Resolve en inglés), que dio con la captura del déspota Maduro, sirvió para devolverle la esperanza a un pueblo. Millones de venezolanos salieron a festejar en distintas partes del mundo con un sentimiento contradictorio, entre una furia desgarrada y un júbilo incontenible por lo que ha sido toda esa errancia a la que se vieron obligados; por esos millones de familias que fueron separadas y desbaratadas ante la imposibilidad de permanecer juntas, por tantos sueños destruidos y tantas lágrimas derramadas. Es muy justa su alegría, muy merecida y yo me uno a ella.

     Sí, todavía no ha cambiado el régimen, y es probable que la transición se tarde unos buenos años, pero necesitábamos este golpe de inicio para permitirnos volver a soñar. Me incluyo también, puesto que como lo afirmaba nuestro mártir Miguel Uribe, asesinado por los amigos de la tiranía, “La libertad de Venezuela es la paz para Colombia”.




     Todos sabemos la estrecha relación existente entre los grupos narcoterroristas colombianos, el gobierno de Gustavo Petro y la dictadura del régimen de Maduro. Todos hacen una simbiosis que urge desintegrar. El primer paso ya fue dado. Los colombianos, en marzo y en junio, tenemos la oportunidad de dar el segundo paso en las elecciones para Congreso y para presidente de la República. Que no nos volvamos a equivocar, que jamás volvamos a caer en las garras de estos miserables socialistas criminales y empobrecedores. Nunca más un gobierno de izquierda en la región, pero especialmente en Colombia, donde llevamos más de tres años probando esa venenosa receta y ya vemos los resultados.

     Eso sí, entender que para ganar hay que ganar bien y no se gana con cualquiera. El país no se recuperará con zurdos ni tibios, ni politiqueros de casta que se han disfrazado toda la vida de derecha, pero que nunca han aplicado los principios por los que se rige la doctrina. El país retomaría su cauce con una figura fuerte, de autoridad, que aplique el sentido común y haga lo que tiene que hacer, que todos sabemos qué es. Ustedes saben a quién me refiero: alguien que exhorte a estar firme por la patria.




     Finalmente, toda esta operación para ponerle las esposas al dictador no se hubiera llevado nunca a cabo si no hubiera estado detrás de esto un hombre como Donald Trump y un gran Secretario de Estado como Marco Rubio. Estados Unidos tiene presidente. Supieron elegir, porque al frente lidera alguien que hace lo que hay que hacer por doloroso e impopular que parezca. Esos son los buenos gobernantes, y no los quedabien hasta con los delincuentes para ganar simpatías. ¿Se imaginan si el gobierno lo hubiera precedido la señora Kamala Harris? En manos de ella la foto de Maduro siendo llevado por los agentes de la DEA no hubiera existido.

     Por eso, que no se nos olvide a quienes hoy celebramos esta gran victoria, que se la debemos a una figura como Trump, rodeado por importantes aliados de origen hispano como Marco Rubio, y congresistas de la talla de María Elvira Salazar o Bernie Moreno, estos últimos de origen colombiano. La fuerza electoral hispana ayudó a elegir al presidente Trump, y hoy él le ha cumplido a la región.

     Que nunca lo olviden los venezolanos, incluso a quienes no les simpatiza el mandatario de los Estados Unidos, que esta esperanza es posible porque existe en el mundo un señor que se llama Donald Trump. Ningún otro habría hecho lo que hizo este patriota. Que sí, que lo mueven los intereses de su nación, pero seamos sensatos y sepamos que en la medida en que el país del norte esté bien, nosotros, los latinoamericanos, podemos estar mejor, y viceversa, pues todos compartimos el mismo continente.

     Cuando culmine la celebración y un hálito de optimismo vuelva a surgir en los corazones venezolanos, que no se olviden de decir, ellos allá en Venezuela y en el resto del mundo en donde se hallen exiliados, y nosotros acá en Colombia, esta justa frase: “Gracias, señor Trump”.

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