sábado, 15 de agosto de 2026

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Reflexión)







     Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o más bien de una pesadilla desquiciante. Esta vez lo hizo con una fuerza destructiva sin precedentes, como si la lección que nos quisiera dar la naturaleza (o vaya a saber qué extraños poderes) fuera ejemplarizante y definitiva.

     Se ha resquebrajado el centro-occidente colombiano; se ha destruido, por ejemplo, una ciudad como Pereira, allá donde nací, crecí y llegué a la edad adulta, sin irme nunca del todo, aunque la haya abandonado por pequeños lapsos de vacilación. Uno de esos lapsos me guardó de la tragedia, seguro porque Dios sabe que mi corazón no la habría resistido, pero muchos no contaron con esa misma suerte y han tenido que añadir un traumatismo desgarrador a su memoria.

     Muchos, a esta hora, cinco días después de la tragedia, aún podrían estar luchando por su vida entre los escombros. Hago una oración para que sean encontrados salvos, para que los milagros tengan cabida para ellos y sus seres queridos que no pierden la esperanza, aunque las autoridades dicen que ya no hay muchas probabilidades de hallar sobrevivientes y que toca comenzar cuanto antes la etapa de demolición. Que Dios les dé una oportunidad de ser rescatados.

     Otros no lo lograron. Quedaron sepultados entre los escombros, sufriendo una de las muertes más terribles que puede haber. También hagamos oración por ellos para que sus almas descansen en paz y a sus seres queridos Dios les de mucha fortaleza.

     Otros lo perdieron materialmente todo: sus casas, sus negocios, sus enseres, sus pertenencias, los objetos que de alguna u otra manera nos ligan con nuestro mundo cotidiano y nos identifican porque nos acompañan a diario. Y todavía más triste que los objetos, las mascotas. Pero esos hermanos aún están presentes con nosotros y tendrán que recomenzar de cero, con gran pesar por su pérdida, pero también con el alivio de haber conservado lo más importante: la vida. 




     Y estamos los que por la Providencia Divina estamos vivos, sanos, salvos, ilesos, no perdimos nuestras casas, no sufrimos daños materiales ni personales y ni siquiera tuvimos que experimentar el infierno de la sacudida porque estábamos en otro sitio, por fortuna. En resumen, los que fuimos espectadores distantes e impotentes que supimos de la tragedia por las redes y los medios. Nosotros, los que tuvimos el privilegio de salvarnos, somos ahora los que tenemos el deber de ayudar a nuestros hermanos, familiares, conocidos, coterráneos. Las formas de ayuda son infinitas: alimentos, frazadas, vestimenta, dinero, sangre, materiales, utensilios, un techo para albergar a una familia que tuvo que salir de su casa, manos para apoyar en labores de logística, rescate y reconstrucción. Todo se necesita en este momento, y las ayudas están llegando, pero las necesidades son ilimitadas. La ayuda, no por obligación, sino por el sentido de humanidad que Jesús nos inspiró con su ejemplo de amor.

     Por eso, en este momento de emergencia y calamidad no hay razón para pensar en las necesidades surgidas desde el egoísmo. No es momento de anhelar el estilo de vida acostumbrado ni de extrañar las comodidades que nos brinda la privacidad del espacio propio. Hoy es más importante abrirle un rinconcito en nuestro hogar al allegado que lo necesita. Es momento para que las familias se reúnan y convivan con respeto y tolerancia dentro de una misma casa. Tiempo de tender la mano, de entender que el mundo no gira en torno a nuestro ombligo, como si fuéramos los únicos seres de la tierra, porque somos ocho mil millones de seres humanos, pero apenas hay un solo planeta para todos. En el caso de Pereira, aproximadamente un 60% de la población no puede volver a sus hogares; la destrucción se evidencia prácticamente en toda la ciudad. 




     Mi ciudad amada, cómo me duele; mi pequeña patria de la que tanto renegué por estar expandiéndose desordenadamente con unas ansias de crecer hasta el infinito en una porción de territorio demasiado pequeño para sus aspiraciones. Una ciudad rebasada por el tráfico y la inmovilidad desde las cinco de la tarde, cuando centenares de vehículos abarrotaban las avenidas Treinta de Agosto, Ferrocarril, Circunvalar, Las Américas y la zona céntrica como un ejército de hormigas que van en fila hacia un destino imposible de avizorar. Hoy esas mismas calles y avenidas están tomadas por los escombros, sustraídas del caos vehicular, pero atascadas con los restos del material que alguna vez sirvió para construir a mi gran Perla del Otún.

     La historia del país se partió otra vez en dos, pero la de Pereira, en especial, se analizará desde la perspectiva del antes y el después del fatídico 10 de agosto de 2026. Nacerá una nueva ciudad después de esta amarga fecha, con una nueva fisionomía, con el semblante de quien ha llorado luego de haber perdido a un ser querido y tiene que volver a retomar su vida, aún con los ojos hinchados y el cuerpo agotado. Pero se recuperará Pereira, como se han recuperado otras ciudades, y lucirá con más brillo sus emblemas de pujanza y de civismo; la heroicidad de sus “buenos hijos que con amor” le darán nombre y fama y la harán grande otra vez, porque ese es el destino de las grandes urbes, no por su cantidad de kilómetros cuadrados, sino por la magnanimidad de su corazón. A partir de este momento Pereira recordará en sus heridas todo su pasado de esplendor para inspirarse a recuperarlo, cuando ya esas heridas se conviertan en cicatrices. 




     Vendrá otra refundación, reafirmando la de 1863, cuando un puñado de aldeanos oficializaron en una ceremonia religiosa, ofrecida a la Virgen de la Pobreza, la fundación de una nueva villa sobre otras ruinas, las de Cartago viejo, consagrando el territorio como un lugar de paz y trabajo.

     Porque Pereira siempre fue eso, una ciudad de mucho empuje, pero también donde se disfrutaba de una gran calidad de vida. La mejor ciudad del país para vivir, la que estaba atrayendo las miradas del resto del país porque acaso era cierto eso de que “Pereira lo tiene todo”. Sólo que dejamos llenar la ciudad de foráneos irrespetuosos, de delincuentes y tráfugas que nos la estaban convirtiendo en un infierno y permitimos que los bandidos de la política tomaran sus riendas para convertirla en un lugar inseguro, hostil, costoso y opulento. No ha sido Pereira bien cuidada en los últimos mandatos, para ser sincero. 




     Si para algo ha de servir esta tragedia es para que los pereiranos de corazón asumamos el control y reorientemos el cauce de nuestra amada ciudad por esa senda de progreso por la que se hizo ganar su buena reputación. Nuestra hermana Armenia pasó por la experiencia de reconstruirse a sí misma a partir de 1999. Tardó poco más de diez años, pero lo hizo. Y aunque este golpe ha sido mucho más mortífero en Pereira y otras ciudades del país, más temprano que tarde se levantará como el Ave Fénix de sus cenizas para volver a ser, no la misma, sino otra ciudad, un poco diferente en su aspecto, pero mejor en el espíritu de sus habitantes.




sábado, 8 de agosto de 2026

Celebra Colombia

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Colombia amanece hoy con esperanza. Esperanza de que algo cambie en la nación saqueada. Esperanza de recoger los pedazos que dejó el impostor vicioso y obnubilado que, por fortuna, se va del poder, aunque por desgracia seguirá en la vida de los colombianos haciendo lo que mejor sabe hacer: fastidiar la vida.

     Por lo pronto, la posesión del Tigre Abelardo es un respiro en medio del socavón en el que nos encontramos; una luz divisada desde la profundidad del túnel en el que nos extraviamos un mal día. No importa que todavía no hayamos encontrado la salida para recuperar en definitiva nuestra libertad. No importa que lo que hoy nos acaricia el rostro sean apenas vientos de cambio. Lo importante es que muchos amanecimos contentos, regocijados, satisfechos de lo que pasó ayer 7 de agosto. Amanecimos de mejor semblante por el hecho de que al fin se haya ido el impostor y haya llegado un líder que promete redención. Y aunque esperamos que la consiga, no importa si al final no se dan las cosas al pie de la letra, o con la perfección idílica con la que nuestros sueños nos pintan el futuro. Lo importante es que ayer no se posesionó un hombre en el trono de Bolívar, sino que se posesionó la esperanza, la ilusión, el porvenir de la democracia que tuvimos tan perdida en estos cuatro años que pasaron.

     “Ha comenzado el tiempo de la recuperación del orden, la libertad y la autoridad”, anunció Abelardo en su primer discurso oficial como mandatario de los colombianos. Tan sencillo como decir esa frase era el deseo que las personas honradas y trabajadoras esperaban que un buen gobernante tratara de hacer realidad para su pueblo. 




     Pero la torpeza y el mal corazón de muchos nos metieron hace cuatro años en la encrucijada que nos tuvo al borde de perder la democracia para siempre, porque si el sinvergüenza no se quedó en el poder y no destruyó por completo la nación no fue porque no quiso, sino porque no pudo, o porque es tan malo, que ni siquiera para ser un buen canalla le alcanzó. Un mediocre hasta para ser mediocre. Su adicción fue la paradójica salvación de la República y la Constitución. Sus obsesiones sexuales echaron al traste su proyecto a veinte años, o a perpetuidad para que, en nombre del pueblo, él fuera el gobernante vitalicio. No destruyó la democracia porque el pueblo colombiano fue superior a su mal dirigente, y en eso hay que aplaudir la gesta patriótica. Aún con trampa y fusil, la verdadera voluntad se impuso, y a partir de ayer comenzó a materializarse por intermedio de un tigre que ya rugió y está que muerde.

     Para comenzar, El Tigre dio la orden de combatir todas las estructuras criminales. Al frente de los soldados y generales formados en cuadro del Cantón Militar Pichincha pronunció su discurso de investidura. No ante los congresistas. Fue honrando a los verdaderos héroes de la patria, quienes entregan su vida cada día para protegernos, como se inauguró en la presidencia, prometiendo devolverles la dignidad que su antecesor les quitó, porque no todo se trata de dinero ni de aumentar los sueldos si eso supone el sacrificio de entregar la vida, la moral y la soberanía a los enemigos.

     Y lo más importante: el simbolismo de su acto de posesión giró en torno a Dios. Agradeció a “Nuestro Señor Jesucristo” por “sostener a Colombia a través de una historia marcada por la violencia”, y afirmó que él llegaba a cerrar un largo capítulo de resignación nacional. De ahí que aseverara que llegaba a gobernar para todos, y no para unos cuantos enfebrecidos que insistían en que el país siguiera un modelo al estilo de los totalitarismos bolivarianos. Por eso llama a su proyecto de país como la “Patria Milagro”, porque en realidad nos salvamos por milagro de volvernos un satélite más del Foro de Sao Paulo que nos hubiera condenado a ser la segunda Venezuela o la tercera Cuba. 




     Y me encanta la invocación a Dios del nuevo presidente, así a los progresistas recalcitrantes les arda como si le hubieran echado agua bendita al diablo. Si no les parecía malo el chamanismo, el esoterismo, la brujería y el satanismo del gobierno saliente, porque de eso estuvimos plagados cuatro años, ¿qué de malo tiene que un presidente demuestre su fe cristiana en un país donde el 80% de las personas son creyentes? Porque a los zurdos les encanta el Estado laico cuando se trata de expandirse a toda clase de creencias que fomentan antivalores y perversidades amparados en el manto de la libertad de credo, pero les molesta enormemente que bajo esa libertad el pueblo quiera creer en el Dios de los cristianos. Ya sabemos quiénes componen sus filas en general: comunistas, masones, ateos, agnósticos, islamistas, anticristianos, entre otros.

     Dicen esos mismos progres que su discurso de investidura es un sartal de promesas que no podrá cumplir. Yo me pregunto, ¿cuántas les cumplió el sinvergüenza? Desde luego, cada una de las propuestas que anunció, ahora sí, el presidente de la República Abelardo de la Espriella, son muy factibles de cumplir. Hay que hacer reforma tributaria para bajar impuestos, hay que reducir el tamaño del Estado, hay que combatir la delincuencia con todas las armas de la República en lugar de hacer falsos procesos de paz, hay que erradicar la coca utilizando la tecnología y todos los recursos a su disposición, hay que producir petróleo con responsabilidad ambiental, hay que explotar nuestras fuentes energéticas para que el apagón que inevitablemente se nos viene por cuenta del guerrillero sea menos duro, hay que recuperar y mejorar el sistema de salud y hay que volver a hablar de Dios en las aulas de clase, o en su defecto, acabar con el adoctrinamiento en ideología de género en los colegios. Claro, la cuestión de Dios también es adoctrinamiento, pero al menos es uno que está en comunión con el amor, los valores y el sentido común. 




     Sólo que nada de esto convence a los zurdópatas, que desean de todo corazón que a Abelardo le vaya mal, pues representa todo lo que ellos odian: el éxito profesional y empresarial, el trabajo, la prosperidad económica, el convencimiento, el mérito, la determinación, la unidad familiar, la fe en Dios, el respeto por la tierra en que se nace, la libertad, la propiedad y la vida.

     En todo caso, El Tigre ya se posesionó y ya comenzó a mandar. Ahora él es el presidente, nos guste o no, como cuando nos tocó aceptar que el guerrillero había sido elegido por voto popular. Aunque después nos dimos cuenta del método, pero eso ya no importa, porque se salió con la suya. Todo plazo se cumple, y al sinvergüenza se le cumplió el suyo. Ya era hora de que se fuera el impostor: solitario, derrotado, desvergonzado, aplaudido apenas por unos cuantos áulicos, pero repudiado por los colombianos buenos que quieren a su nación.

     También en cuatro años se le cumplirá el plazo a Abelardo y lo estaremos juzgando por su legado, por lo que hizo por el bien de los ciudadanos, por el éxito o fracaso de sus políticas, por lo mal o bien que le fue en este rubro o en el otro. Pero al menos confiados en que no nos entregará en bandeja de plata al narco-socialismo, y seguros de que por lo menos se intentó hacer de este un mejor país. 




     Yo creo que el Tigre lo intentará. Que pueda hacerlo o no; que se lo permitan o no, ese ya es otro debate, pero mientras tanto, este fin de semana es para celebrar, porque el lunes nos anunciarán decretos nuevos, y a los enemigos de la ley y el orden no les gustará la noticia: se levantarán energúmenos, incendiarán el país, nos cobrarán su mala hora con sangre. 

     La lucha apenas comienza. Se vienen días de reveses y lágrimas; tiempos muy difíciles de una posible guerra civil en los que necesitaremos de hombres fuertes como Abelardo, porque no queda de otra que dar esa batalla para salvar la patria y salvarnos a nosotros mismos. Lo otro es resignarse a seguir gobernados por una cáfila de tiranos que con el tiempo nos expropien, no solo nuestra paupérrima propiedad, sino nuestra magnánima alma, que es la que al final vale.








Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...