(Reflexión)
Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o más bien de una pesadilla desquiciante. Esta vez lo hizo con una fuerza destructiva sin precedentes, como si la lección que nos quisiera dar la naturaleza (o vaya a saber qué extraños poderes) fuera ejemplarizante y definitiva.
Se ha resquebrajado el centro-occidente colombiano; se ha destruido, por ejemplo, una ciudad como Pereira, allá donde nací, crecí y llegué a la edad adulta, sin irme nunca del todo, aunque la haya abandonado por pequeños lapsos de vacilación. Uno de esos lapsos me guardó de la tragedia, seguro porque Dios sabe que mi corazón no la habría resistido, pero muchos no contaron con esa misma suerte y han tenido que añadir un traumatismo desgarrador a su memoria.
Muchos, a esta hora, cinco días después de la tragedia, aún podrían estar luchando por su vida entre los escombros. Hago una oración para que sean encontrados salvos, para que los milagros tengan cabida para ellos y sus seres queridos que no pierden la esperanza, aunque las autoridades dicen que ya no hay muchas probabilidades de hallar sobrevivientes y que toca comenzar cuanto antes la etapa de demolición. Que Dios les dé una oportunidad de ser rescatados.
Otros no lo lograron. Quedaron sepultados entre los escombros, sufriendo una de las muertes más terribles que puede haber. También hagamos oración por ellos para que sus almas descansen en paz y a sus seres queridos Dios les de mucha fortaleza.
Otros lo perdieron materialmente todo: sus casas, sus negocios, sus enseres, sus pertenencias, los objetos que de alguna u otra manera nos ligan con nuestro mundo cotidiano y nos identifican porque nos acompañan a diario. Y todavía más triste que los objetos, las mascotas. Pero esos hermanos aún están presentes con nosotros y tendrán que recomenzar de cero, con gran pesar por su pérdida, pero también con el alivio de haber conservado lo más importante: la vida.
Y estamos los que por la Providencia Divina estamos vivos, sanos, salvos, ilesos, no perdimos nuestras casas, no sufrimos daños materiales ni personales y ni siquiera tuvimos que experimentar el infierno de la sacudida porque estábamos en otro sitio, por fortuna. En resumen, los que fuimos espectadores distantes e impotentes que supimos de la tragedia por las redes y los medios. Nosotros, los que tuvimos el privilegio de salvarnos, somos ahora los que tenemos el deber de ayudar a nuestros hermanos, familiares, conocidos, coterráneos. Las formas de ayuda son infinitas: alimentos, frazadas, vestimenta, dinero, sangre, materiales, utensilios, un techo para albergar a una familia que tuvo que salir de su casa, manos para apoyar en labores de logística, rescate y reconstrucción. Todo se necesita en este momento, y las ayudas están llegando, pero las necesidades son ilimitadas. La ayuda, no por obligación, sino por el sentido de humanidad que Jesús nos inspiró con su ejemplo de amor.
Por eso, en este momento de emergencia y calamidad no hay razón para pensar en las necesidades surgidas desde el egoísmo. No es momento de anhelar el estilo de vida acostumbrado ni de extrañar las comodidades que nos brinda la privacidad del espacio propio. Hoy es más importante abrirle un rinconcito en nuestro hogar al allegado que lo necesita. Es momento para que las familias se reúnan y convivan con respeto y tolerancia dentro de una misma casa. Tiempo de tender la mano, de entender que el mundo no gira en torno a nuestro ombligo, como si fuéramos los únicos seres de la tierra, porque somos ocho mil millones de seres humanos, pero apenas hay un solo planeta para todos. En el caso de Pereira, aproximadamente un 60% de la población no puede volver a sus hogares; la destrucción se evidencia prácticamente en toda la ciudad.
Mi ciudad amada, cómo me duele; mi pequeña patria de la que tanto renegué por estar expandiéndose desordenadamente con unas ansias de crecer hasta el infinito en una porción de territorio demasiado pequeño para sus aspiraciones. Una ciudad rebasada por el tráfico y la inmovilidad desde las cinco de la tarde, cuando centenares de vehículos abarrotaban las avenidas Treinta de Agosto, Ferrocarril, Circunvalar, Las Américas y la zona céntrica como un ejército de hormigas que van en fila hacia un destino imposible de avizorar. Hoy esas mismas calles y avenidas están tomadas por los escombros, sustraídas del caos vehicular, pero atascadas con los restos del material que alguna vez sirvió para construir a mi gran Perla del Otún.
La historia del país se partió otra vez en dos, pero la de Pereira, en especial, se analizará desde la perspectiva del antes y el después del fatídico 10 de agosto de 2026. Nacerá una nueva ciudad después de esta amarga fecha, con una nueva fisionomía, con el semblante de quien ha llorado luego de haber perdido a un ser querido y tiene que volver a retomar su vida, aún con los ojos hinchados y el cuerpo agotado. Pero se recuperará Pereira, como se han recuperado otras ciudades, y lucirá con más brillo sus emblemas de pujanza y de civismo; la heroicidad de sus “buenos hijos que con amor” le darán nombre y fama y la harán grande otra vez, porque ese es el destino de las grandes urbes, no por su cantidad de kilómetros cuadrados, sino por la magnanimidad de su corazón. A partir de este momento Pereira recordará en sus heridas todo su pasado de esplendor para inspirarse a recuperarlo, cuando ya esas heridas se conviertan en cicatrices.
Vendrá otra refundación, reafirmando la de 1863, cuando un puñado de aldeanos oficializaron en una ceremonia religiosa, ofrecida a la Virgen de la Pobreza, la fundación de una nueva villa sobre otras ruinas, las de Cartago viejo, consagrando el territorio como un lugar de paz y trabajo.
Porque Pereira siempre fue eso, una ciudad de mucho empuje, pero también donde se disfrutaba de una gran calidad de vida. La mejor ciudad del país para vivir, la que estaba atrayendo las miradas del resto del país porque acaso era cierto eso de que “Pereira lo tiene todo”. Sólo que dejamos llenar la ciudad de foráneos irrespetuosos, de delincuentes y tráfugas que nos la estaban convirtiendo en un infierno y permitimos que los bandidos de la política tomaran sus riendas para convertirla en un lugar inseguro, hostil, costoso y opulento. No ha sido Pereira bien cuidada en los últimos mandatos, para ser sincero.
Si para algo ha de servir esta tragedia es para que los pereiranos de corazón asumamos el control y reorientemos el cauce de nuestra amada ciudad por esa senda de progreso por la que se hizo ganar su buena reputación. Nuestra hermana Armenia pasó por la experiencia de reconstruirse a sí misma a partir de 1999. Tardó poco más de diez años, pero lo hizo. Y aunque este golpe ha sido mucho más mortífero en Pereira y otras ciudades del país, más temprano que tarde se levantará como el Ave Fénix de sus cenizas para volver a ser, no la misma, sino otra ciudad, un poco diferente en su aspecto, pero mejor en el espíritu de sus habitantes.





