sábado, 27 de agosto de 2022

La deshumanización de la sociedad

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






¿Cómo te das cuenta de que una sociedad comienza a deshumanizarse, a entrar en decadencia?

    Cuando dentro del sistema que nos han creado ya no alcanzas la categoría de ser humano, ni de persona, ni de cliente, ni de simple consumidor. Nada de eso: ahora ya sólo eres “parte interesada”.

    Cuando no tienes que levantar la cabeza para mirar a los ojos al que está a tu lado, y escudriñar en su interior lo que por falta de comunicación, por miedo, o por vergüenza, te está queriendo decir. En lugar de ello te absorbes en la pantalla buscando la comprensión de los dispositivos insensibles.

    Cuando desde el mismo instante de la concepción ya han legislado sobre la forma de matarte, y el vientre materno deja de ser el símbolo infalible de la protección; deja de ser el primer hogar cálido y amoroso de todo hombre para convertirse en una cueva de osos.

    Cuando en aras del respeto por el prójimo te imponen la aceptación de su proyecto personal e íntimo a costa del tuyo propio, no importa que ese proyecto difiera enormemente de tus valores y creencias, pues lo importante es mantener la concordia y el espíritu de paz.

    Cuando tienes que hablar con miedo de no ofender a nadie para no herir a quienes se sienten víctimas de un sistema que sólo deja de oprimir cuando oprime a los que nunca antes fueron oprimidos.

    Cuando tienes que recurrir a la piadosísima mentira para decir solamente lo que los demás quieren escuchar. Si te obligan a mentir en favor de una aparente buena causa, entonces no estás mintiendo, sino reforzando “la verdad” que proviene de una mentira mil veces repetida.



    Cuando te obligan a callar definitivamente para que no delates al rey que va desnudo, ni mucho menos trates de vestirlo. Si haces eso, como en la edad del oscurantismo, podrías ser borrado de la faz de la tierra, no digamos con una guillotina, pero sí con un botón en un teclado que dice “suprimir”.

    Cuando crees que gozas de plena libertad, y resulta que esta es apenas el circo de un imperio que te vende la felicidad a cuotas, que te alienta a “ser tú mismo”, aunque tú no sabes cómo; que te dice que debes ser original, que puedes ser lo que desees ser, que le des rienda a tus impulsos provenientes de las pasiones más oscuras y escabrosas. Al final te despiertas para comprobar que esa libertad era tan solo un espejismo: ilusión vana. Sabes que en el fondo sigues siendo esclavo: el más sumiso de todos los esclavos.



    Cuando rehúyes los abrazos por temor a contagiarte de una plaga, y los besos se convierten en balas mortales.

    Cuando el terror puede más que los impulsos del corazón, y evitas tener contacto con tu padre porque no quieres infectarlo. Y es tan grande la desgracia deshumanizante, que de todos modos el arma de la logia se acciona contra aquellos que tanto le temieron. El sistema priva al padre de sus derechos, lo envía al rincón más gélido de un hospital que hace las veces de patíbulo. Se te prohíbe acompañarlo a pesar que juraste nunca abandonarlo. También has sido alcanzado por la esquirla y piensas que no puedes resistir. Te sientes como un traidor al haber tenido que abandonar a tu padre enfermo y dejarlo en las manos del sistema, pero ya el sistema tenía previsto que así fuera. No sabes lo que están haciendo con tu padre; allá, en ese lugar oscuro donde está sufriendo. Tal ha sido la deshumanización, que a partir de ese día alientas un oscuro resentimiento contra el orden que te despojó de lo que más amabas. Juras algún día devolver el golpe, haciendo que dos o tres vuelvan a pensar: soñando con que legiones de hombres se despierten y sometan al dragón, negándose a entregarle su conciencia.

    La sociedad se deshumaniza cuando esa misma plaga se repliega, se olvida, se combate, se le busca un reemplazo que cause más horror. Y cuando se piensa que ya se ha superado todo, te percatas de que sigue en pie la desconfianza con respecto al otro; al que ya no sabes ni cómo saludar. Han cambiado las costumbres, la cosmovisión: se comprueba el gran trabajo que ha hecho la ingeniería social para deshumanizarte.




    Una sociedad se deshumaniza, también, cuando las personas que la conforman no tienen siquiera la posibilidad de despedirse de sus muertos. Cuando el rito sagrado que supone toda muerte, el profundo duelo por el que es necesario pasar, ya no tiene cabida dentro de las nuevas convenciones culturales de la civilización. Negarle la oportunidad a un individuo de llorar frente al cadáver de su ser querido es negarle su condición de ser sintiente. La dictadura de la sanidad borró de un plumazo el deber de honrar el pariente que se va. De repente el ser querido ya no está. Desapareció. No hay certeza de dónde está su cuerpo: la corporación mortuoria se ha encargado de desaparecerlo. Aún sin vida, ese cuerpo sigue siendo sagrado para ti. Se han deshecho de él peor que si fuera un animal, sin permitir el doloroso, pero necesario ritual de la despedida. No hubo lugar para la introspección, para una mísera oración, para un remordimiento justo. El derecho de enterrar a tus familiares dignamente ya no te pertenece, y con él te han quitado el derecho de sufrir por su partida. ¿Existe algo más inhumano que eso? Y sin embargo te han obligado a ponderarlo, y hasta agradecerlo.

    Finalmente, una sociedad se deshumaniza cuando cada día te dice que eres un parásito que está desangrando al planeta, y que por tanto no debieras existir. Que lo estás destruyendo con tu basura plástica, con los residuos de tu consumo, y por ende deberás pagar por ello. Pagar, no con el dinero, producto de tu esfuerzo, sino con la venta de tu conciencia al sistema de poder. Ese sistema cuyos miembros y sus descendientes sí gozarán en las generaciones venideras. Al final terminas siendo un sujeto atomizado, un individuo deshumanizado que no encuentra su lugar en el mundo y sólo querrá salir de él. El propósito del sistema queda así finiquitado, porque no son ellos los que nos matan, sino nosotros los que nos matamos. Por nuestra propia voluntad.



    La sociedad se desmorona irremediablemente; el ser pierde su noción de trascendencia, ya no cree en nada que no sea el producto de su alienación: ha matado los dioses, ha desdeñado su propia idolatría humana. Es apenas un ente que se complace descendiendo a las profundidades. Ya no es humano, ya no es un ser.

    A menos que vuelva a creer en Dios y comience a nadar contra la corriente, nunca podrá redimirse del futuro negro que le espera. Que nos espera.

sábado, 20 de agosto de 2022

Noticias del mundo al revés II

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Echémosle un vistazo al mundo para ver si ya se está enderezando, o si por el contrario sigue más patas arriba que nunca.

    La sequía en Europa no da tregua. Según el portal de noticias Euronews, “en Portugal el 97,1% por ciento del territorio sufre sequía ‘severa’ y el 1,4% sequía ‘extrema’. Es la peor en más de 20 años. Los grandes embalses han alcanzado niveles realmente bajos, y la producción agrícola está amenazada si la situación no cambia”.

    Suiza, que es el país con mayor consumo per cápita de agua en el planeta (300 litros por día), seguido por Italia (245 litros), están tomando medidas severas al respecto. Han prohibido regar jardines, campos deportivos y llenar piscinas hasta el 31 de agosto. En lo posible, piden que la gente no tome más de una ducha al día, o que recurran a las costumbres europeas de la Edad Media, en donde se podía prescindir de las abluciones cotidianas. Ambas tienen muy cerca a su vecina Francia, el país donde se producen los mejores perfumes del mundo. Con eso debe bastar. Dicen que es por culpa del Cambio Climático y porque se está haciendo un consumo excesivo de agua, lo que está llevando a este recurso a convertirse en un bien escaso en el continente. ¿Tendrá esto algo que ver con la transición energética?



    En España, para completar, el presidente Pedro Sánchez prohibió el uso del aire acondicionado a menos de 27 grados, lo mismo que limitó las iluminaciones de los escaparates para ahorrar energía. Ya me imagino al ciudadano español promedio protestando porque “este pedro Sánchez me la suda”.

    Y mientras la población se derrite de calor y le racionan el agua, el presidente ruso se destornilla de la risa porque ahora sabe que tiene a toda Europa en sus manos.  

    Alemania, por ejemplo, está al borde de la locura por tener que depender del gas que Putin le quiera vender. Si mañana le da a este zar por cerrar la llave de la tubería, los alemanes se morirán de frío durante el invierno. Hay que darle las gracias a la señora Merkel, que antes de retirarse se dejó meter los acuerdos de la agenda climática y acabó con la soberanía de su país en lo que a la producción de gas se refiere. ¿Será que los gobernantes que están desesperados por hacer la transición energética harán que sus pueblos corran con la misma suerte? Digo, porque no debe ser bueno depender de un sátrapa como Putin, o de uno como Maduro, ¿captan la idea?

    Israel está en miras de implementar una ley que prohíba el dinero en efectivo con el pretexto de controlar el lavado de activos y luchar contra el crimen organizado. Todo pago de más de 1700 dólares tendrá que ser bancarizado, o hacerse de manera electrónica. Si desaparece el efectivo, desaparece la libertad de las personas de disponer de su propio dinero y de comerciar con quien deseen. No va a quedar de otra que volver al trueque y al pago en especie. 



    Vámonos ahora para Estados Unidos. Allí, el gobierno no sabe cómo hacer para que le aprueben reforma legislativa con el fin de desarmar a la población. A la población buena, desde luego, que tiene en su posesión algún arma de corto alcance para defender su vida, su familia y su propiedad, y no para tirotear niños en las escuelas. Tal parece que la tradición de los tiroteos le da muy buenos réditos al partido demócrata, pues cada que sucede uno, se reaviva el debate por la prohibición de las armas. Lo malo es que mientras se quiere desarmar al pueblo trabajador, se les facilitan las cosas a los delincuentes. ¿Acaso no es de sentido común que a un muchacho de dieciocho años no se le pueda vender un rifle sin pedirle siquiera un ID ni revisar sus antecedentes? ¿Por qué hasta antes de 1970, cuando no existían tantas restricciones para la venta de armas como ahora, se presentaban menos de diez tiroteos por década en comparación con la década de los noventa, en donde hubo 48 tiroteos, y ni qué decir de los primeros veinte años del presente siglo? No es cierto que a mayor prohibición, menor es la posibilidad de que se presenten masacres. ¿Acaso el problema son las armas o la sociedad enferma que ha producido esta cultura de muerte reflejada en las producciones cinematográficas, en los videojuegos, en el consumo de drogas, en la adoración del dios dinero y en el individualismo? De seguir así, el país estará a un chispazo de entrar en una guerra interna que amenace con destruir la Unión Americana. Un pueblo que no se puede defender es un pueblo vulnerable, y los poderosos lo saben.


   Por su parte, el ex presidente Donald Trump fue objeto de un allanamiento la semana pasada en su casa de Mar-a-Lago, en el Estado de la Florida. Los agentes del FBI irrumpieron en su morada buscando unas cajas de cartón que, al parecer, el ex mandatario sustrajo de la Casa Blanca antes de retirarse y que se presume, contenían información confidencial, así como evidencias que podrían incriminarlo. Lo sorprendente fue cuando los agentes lograron llegar hasta su caja fuerte y la abrieron a la fuerza para toparse allí con un hallazgo revelador: nada. Lo que sí provocaron, fue que el patriarca ganara en popularidad, pues luego de esta incursión del FBI, las encuestas muestran a un partido republicano dándole una paliza a sus oponentes en las elecciones legislativas de noviembre. Los trumpistas se impondrán, según parece, y Trump, quien luce como un mártir, revive sus sueños de retornar a la Casa Blanca. Eso, si el Establecimiento lo permite y no le abre otro proceso para enjuiciarlo y condenarlo definitivamente.


    En China se anunciaron medidas para reducir las posiciones de deuda norteamericana. El principal acreedor de los Estados Unidos ya no cree ni espera que puedan pagarle su deuda; además de que las tensiones diplomáticas de los últimos días por cuenta de la provocación (perdón, del viaje de Nancy Pelosi a Taiwán) ha empeorado la situación entre los dos colosos del mundo. Si China decide hacer efectivo su cobro, ya sea por las buenas o por la guerra, quiere decir que el dólar se va para el carajo y el yuan pasaría a ser la moneda de cambio universal. Mientras Biden prohíbe que se use la palabra recesión en los medios de comunicación para ocultar el fiasco de su gestión económica que tiene al país con la peor inflación en cincuenta años, el gigante asiático está dejando que Estados Unidos se hunda solo, pero sabe que lo tiene en sus garras de dragón. Esta generación de ciudadanos norteamericanos no recuerda haber vivido una situación parecida anteriormente. La mayoría no había nacido cuando ocurrió lo de la crisis del 29. Pero hay conato de un conflicto armado, y eso tiene en vilo a la población mundial. Por lo pronto, se recomienda comprar víveres y mantener existencias de comida no perecedera, tener reservas de agua potable, elementos de primeros auxilios, asegurar el patrimonio de la mejor manera, no hacer gastos innecesarios, y los que tengan un arma, que la dejen al alcance de su mano, por si acaso.



    Por otra parte, el PCCh felicita a Petro por su posesión como presidente de Colombia, y está dispuesto a trabajar con él para “profundizar en la política mutua, avanzar en la cooperación práctica, y trabajar en un mayor desarrollo de las relaciones bilaterales”. ¿Cómo traducir esta verborrea diplomática al castellano? Sencillo, que China apoya a Petro con tal de que pueda extraer nuestras materias primas, nuestros minerales, y sacar provecho de nuestro territorio y su riqueza natural. Si el colonialismo norteamericano nos parecía malo, no hay problema, que ya viene el chino. En serio, deberían decirlo abiertamente: Colombia será una nueva colonia de la China comunista. Así no tenemos que invertir más tiempo y dinero en clases de inglés y de una vez nos ponemos a estudiar mandarín.



    En Sri Lanka, a pesar de que en días pasados un grupo de manifestantes se tomó el palacio presidencial, se bañaron en la piscina del presidente, saltaron en su cama, se pusieron sus pijamas y lo sacaron corriendo junto con su equipo de gobierno, todavía continúan sin energía eléctrica y sin alimentos. La población está sumida en una desbordada anarquía. Parece que las recomendaciones de Klaus Schwab a los miembros del gobierno de ese país acerca de los cortes de energía programados al mejor estilo de Venezuela y Corea del Norte, fue lo que derramó la taza de sus habitantes. Tampoco funcionó lo de las energías limpias, que redujo la productividad de la tierra y por ende la producción de alimento, y avocó el país al hambre. Tendrán que buscarse una mejor manera de para no generarle daño ambiental al planeta.



    Y en Colombia, finalmente, comenzó el nuevo presidente a hacer de las suyas. Aumento del precio de la comida de los pobres (para cuidarles su salud, dice él), impuesto al patrimonio (nuevamente), impuesto a la ganancia ocasional por valorización de la propiedad, impuesto a los negocios de plataformas digitales, entre otros impuestos, es lo que viene en el paquete de reforma tributaria que espera, sea aprobado a la mayor brevedad. Lo que necesita es plata para pagar toda la burocracia que está implementando. Además de que removió a toda la cúpula del ejército y le hizo el peor desplante jamás hecho por mandatario alguno el día de la Transmisión del Mando Militar: no fue.

    Pero en Colombia somos optimistas, y pensamos que si estábamos mal, ahora ya llegó el gobierno del cambio: vamos a estar peor.

    Estas fueron algunas noticias del mundo al revés. Como ven, el caos y la desesperanza forman parte de la naturaleza humana cuya debilidad es el poder y la avaricia. Así que no hay de qué sorprenderse. Lo anormal sería que el mundo estuviera en perfecto equilibrio.

sábado, 13 de agosto de 2022

Los sepultureros

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Los sepultureros son las personas que por lo general trabajan en los cementerios y se encargan del mantenimiento de las tumbas y panteones. Aparte de excavar la tierra para sepultar a los muertos, el sepulturero tiene encomendadas otras tareas, como la de trasladar los restos de los cadáveres de un nicho a otro, incinerar los cuerpos o instalar las lápidas. Lejos de ser esa figura hostil; ese ser solitario que vive entre los muertos y está impregnado de su lóbrega energía, el sepulturero ejecuta una labor fundamental sin la cual no podríamos despedirnos cristianamente de nuestros familiares fallecidos. Bueno, cuando todavía era posible hacerlo y no nos habían quitado ese derecho, pues el pretexto del arma biológica llamada Covid le sirvió al poder para deshumanizarnos con respecto a la muerte de nuestros seres queridos, como si ellos fueran animales. Por cierto, a los animales sí que se les puede hacer ritos funerarios bajo los postulados de la ideología reinante.

    Vuelvo al tema. Los sepultureros, en general, son personas de bien que están sirviéndole a la sociedad.

 


   Pero hoy quiero hablar de otros sepultureros que sí creo que no deben ser buenas personas ni tener limpia la conciencia. Obran mal a sabiendas de que lo que están haciendo producirá consecuencias negativas.

    Esos sepultureros son los gobernantes de los países.

    Ellos son los que están enterrando a las naciones y su institucionalidad; acabando con la economía y provocando las crisis que van en detrimento de los territorios y las organizaciones que regentan. Lo saben y no les importa. Como si no les doliera destruir su propia heredad. Menciono aquí algunos ejemplos de sepultureros de los que estamos llenos en el mundo.   

    Duque, en Colombia, fue el sepulturero de su propio partido político, el Centro Democrático, y comenzó a cavar la tumba que profundizará Petro. Biden será el sepulturero del partido Demócrata y es el de todo Estados Unidos con el mal gobierno que está realizando. Trudeau es el de Canadá con su progresismo extremo y el aval a todo lo que no es bueno para la sociedad canadiense. El papa Francisco está siguiendo los pasos para ser el sepulturero de la iglesia católica al humillar a sus fieles pidiendo perdones que no tiene por qué pedir y abriéndole la puerta a la ambigüedad y a la tibieza de la fe.

    Los demás presidentes de la socialdemocracia y la extrema izquierda, al parecer, pretenden ser los sepultureros de sus propias naciones: Amlo sepultará a México con su política de la reforma eléctrica y su retórica autoritaria. Bukele, si no se modera, podría sepultar a El Salvador con mucha limpieza. Pedro Sánchez está sepultando a España con la debacle de su economía, lo mismo que el argentino Alberto Fernández a la Argentina. De Venezuela o Cuba ni hablemos, que esas hace rato fueron sepultadas por sus dictadores bien muertos y enterrados Castro y Chávez, respectivamente, y Maduro sigue continuando la tarea destructora en esta última. Evo, aparte de haber sepultado a Bolivia, que nunca estuvo tan muerta como ahora, la sigue atosigando en cuerpo ajeno para no dejarla descansar en paz. Chile será sepultada por Borich junto con su constitución ideologizada y Mapuche; y otro Pedro, esta vez de apellido Castillo, estará sepultando al Perú cuando se dé cuenta que no tiene nada que hacer allí y que la pala con la que le está echando tierra a su país realmente no es de él. Colombia, que fue previamente administrada por dos enterradores globalistas profesionales con experiencia internacional, como lo fueron Santos y Duque, ahora contrató al mayor de todos los enterradores: el ex guerrillero Petro, cuyo programa de gobierno está hecho para sepultar a este país, no digamos bajo la tierra, sino anegarlo en las profundidades del mar. Él, que tanto habla del cuidado del agua, nos va a ahogar en el fondo de una ciénaga pestilente con sus intenciones de no darle respiro al ciudadano honesto que se gana el pan con el sudor de su frente, al que por supuesto, asfixiará con una reforma tributaria diciéndole que es “por su bien”; por el bien de todos los que quieran vivir sabroso a costillas de papá Estado; o sea, a costillas del pueblo trabajador. Ortega, el de Nicaragua, ya pasó de ser un enterrador para convertirse en un incinerador de su propio país. Llegó ya al punto de prescindir de los oficiantes religiosos, porque lo de él no es la ceremonia litúrgica, sino el horno crematorio.



    Como ven, los enterradores profesionales están haciendo muy bien su labor de sepultar a los países y acabar con sus instituciones, con su soberanía, sus valores patrios, sus leyes, su historia.

    Siempre se ha sabido que no hay nada más apátrida que la extrema izquierda, la cual no tiene amor por nada que no sea su utópica “revolución o muerte” implementada a la brava a nivel mundial.

    Por eso la izquierda es internacional, se da cita en foros mundiales, hace sus acuerdos programáticos de la mano de la ONU y cuanta ONG les colabore en su causa; planean y ejecutan el derrotero a seguir en cada uno de sus países con el objetivo de empobrecerlos poco a poco, desdibujarlos, hacer infelices a sus pueblos y someterlos por el hambre para entregárselos en bandeja de plata a la Internacional Comunista, o en este caso, al globalismo, que puestos a hacer las cuentas, son la misma cosa. ¿No son acaso los comunistas corporativistas los que más se han lucrado con el capitalismo depredador de los oligopolios y beneficiado de las grandes exenciones de impuestos o de los subsidios por parte de los gobiernos con quienes pactan?

    Porque viendo el panorama, así por encima, uno deduce que no hay ninguna diferencia entre la élite dueña del planeta que pretende imponer un gobierno único mundial, y el comunismo regido por las grandes corporaciones. 



    De modo que vayamos viendo a qué intereses responden los enterradores. Deben acatar las órdenes de afuera, y no están haciendo más que cumplir su tarea. Tienen patrones de ojos rasgados, expertos en informática, príncipes de la nobleza, terratenientes que provocan burbujas inmobiliarias, aventureros espaciales, dueños de medios de comunicación, almacenadores de semillas transgénicas, productores de comida sintética para el futuro, inversores de la bolsa, filántropos de las causas nobles, consejeros presidenciales y diplomáticos de larga data, o banqueros poderosos que ya están cansados de contar plata y sólo quieren disfrutar del mundo sin tanta gente que les pida para un pan. También los hay burócratas de organizaciones internacionales que se financian con los impuestos que pagan otros, que saltan de cargo en cargo, de manera que nunca se les ve vacantes. Otros son ecologistas de escritorio, urgidos de controlar las fuentes energéticas y los recursos de los países subdesarrollados que en realidad son los más ricos en minerales y materias primas. A esos países se les ha dado la orden de no desarrollarse para que no contaminen el planeta, y los sepultureros así lo han acatado. Están dejando enterrada su riqueza; reservándola para sus patrones.



    En otras épocas ya ha habido sepultureros que a conciencia enterraron a sus países, provocaron la inflación y el hambre, y el único escape que le ofrecieron a la población fue la hipersexualización de la sociedad, en especial de los niños, como fórmula para un placer paliativo que le hiciera olvidar a los ciudadanos sus dolores. Ese relajamiento de la conducta moral conllevó a la degradación del ser humano, a su cosificación. Se despojó de toda su identidad, se vació de su espíritu y se redujo a su mínima expresión. ¿Saben cuál fue el resultado de ese proceso ruinoso? Una guerra que costó cincuenta millones de muertos, otro tanto de desplazados, y una herida de muerte que nunca le cicatrizó a la humanidad.

    ¿Acaso no fueron así los días que vivió la República de Weimar, ese período nefasto de la Alemania derrotada de la Primera Guerra Mundial previo al estallido de la Segunda? Pues bien, preparémonos, porque los sepultureros están ejecutando las órdenes para que todo eso sea posible.

    Quiera Dios que entren en razón y utilicen el palustre más bien para desenterrar los valores que yacen bajo los escombros de nuestro ser

lunes, 8 de agosto de 2022

La coronación del emperador

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




     Sucedió el domingo 7 de agosto de 2022. Por primera vez un emperador fue coronado en Colombia. No un presidente que se posesionara, no. Un emperador. Se subió al trono del poder y cuenta la leyenda que de allí jamás será removido, al menos no por la buena manera.

    Todo el acto de coronación fue digno de las más aclamadas escenificaciones circenses, como les gustaba a los césares romanos. Mucho circo, mucho espectáculo para distraer a la multitud mientras comienza la repartija de los mendrugos de pan que sólo les calmará el hambre a unos pocos, y así hasta que surja una nueva ocasión de volver a levantar la carpa del entretenimiento.

    No faltó sino Jorge Barón para que le diera “la patadita de la buena suerte”, y harto que la va a necesitar. Ojalá en unos años no tengamos que estar pidiendo aquello de “agüita pa’ mi gente”. Digo, en caso de que se ordenen los racionamientos de servicios públicos por lo del “cambio climático” que dicen que va a afectar nuestras fuentes hídricas. A lo mejor en este gobierno se expida una ley en donde se prohíba bañarse para ahorrar agua, o se prohíba cocinar para no contaminar con emisiones de monóxido de carbono. Así como van las cosas…

    Colombia recordará la posesión de Petro como la más cara de su historia, la más emotiva, la que hizo derramar más lágrimas. De un lado y de otro. Mientras unos lloraban de alegría, otros lo hacían de tristeza. De esa clase de tristeza que presagia una alegría futura por la sospecha de haber tenido la razón.



    ¡Pobre mi Colombia!, escuché que dijeron algunos compatriotas lejos de su tierra que esa tarde condenaron sus aspiraciones de regresar.

    ¡Al fin, Colombia!, escuché a otros que mostraron en la televisión bastante eufóricos y que piensan que ahora sí los van a dejar disfrutar de un país en el que se puede “vivir sabroso”. Como si la alegría individual dependiera de los políticos. Que ya era hora, que ya era justo, les oí decir, pero mi intuición me hace pensar que esa alegría con la que se pintaron los seguidores del presidente entrante no era tal, y que tras la máscara de la sonrisa se alberga una gran rabia. Es una alegría con deseos de venganza; una felicidad retadora, y por ello celebraron la posesión como si estuvieran encumbrando a un rey.

    ¡Llegó el cambio ahora sí!, pronunciaron los áulicos en los discursos, y aseveraron como cada cuatro años que ese día sería histórico: el país se elevaría por nuevos vientos de cambio. No se sabe el cambio hacia dónde, pero para los desesperados un cambio es un cambio. Como a ellos les vendieron la idea de que estábamos muy mal, piensan que el cambio, por lógica, es algo mejor. Pero no olvidemos que todo puede ser susceptible de empeorar.



    Dicen que si le va bien a Petro, le va bien a Colombia, y que por eso hay que apoyar al nuevo presidente que llega cargado de nuevas propuestas y demasiadas ganas de desarrollarlas. Al fin y al cabo, llevaba tres elecciones intentándolo. Pero yo no veo cómo le puede ir bien a Colombia cuando le van a aplicar el modelo que ha causado la ruina y la devastación de otros países: la misma receta fracasada, los mismos ingredientes podridos, y unos cocineros que al parecer tendrán el propósito de envenenarnos. Es lo que viene para nuestro país: aumento de la burocracia y el gasto público, aumento de la deuda, aumento de los subsidios, emisión monetaria, sustitución de importaciones, control de precios, estatización a manos llenas, restricción de las libertades, y un freno rotundo al desarrollo económico. Socialismo puro y duro.

    ¿Todavía creen que no?, ¿que lo mejor es esperar a ver con qué sale nuestro presidente?, ¿que a lo mejor no será tan malo?, ¿que los colombianos no permitiremos que nos destrocen el país? Bueno, es que desde el desayuno se sabe lo que será el almuerzo.

    Mejor es dejar todo en manos del Altísimo. No del omnipotente Petro, sino del verdadero Dios, a ver qué nos depara esta locura.



    Perdón; mejor en manos de los chamanes, porque acordémonos que este gobierno será el de la reverencia por todo lo ancestral. No por casualidad Petro se posesionó simbólicamente en un ritual chamánico en la Sierra Nevada de Santa Marta antes de asumir el cargo. ¿Será que le está siguiendo los pasos a su otrora amigo y ex mandatario Juan Manuel Santos, a ver si también se gana un Nobel? A Petro seguro le dan el de ecología, ahora que se arropó con la bandera ecofascista del cambio climático promovida desde Davos. Para que se cumpla aquello de “no tendrán nada y seré feliz”, dirá él.

    Porque lástima que no haya un tributo que premie a los caudillos. Ahí sí tendríamos unos buenos candidatos para llevarse el galardón en Colombia, como este recién posesionado mandatario, a quien le fascina rendir culto a su personalidad.

    En fin, pasada ya la fiesta de la posesión, que más que fiesta pareció una recocha, que se venga ahora sí la resaca.

    Pero como no hay gobierno que no mantenga bien fidelizada a su masa de adeptos, aunque gobierne con los pies, ya nos iremos familiarizando con la simbología, con las nuevas tradiciones, con el lenguaje reivindicador, con la cultura de la victimización y la retórica que nos dividirá entre buenos y malos; entre pueblo y antipueblo; en donde por supuesto, los buenos serán ellos, los que gobiernan.

    Me imagino cómo coparán los espacios para quitar del medio a los críticos; a los que ellos consideran enemigos, pues necesitan que su opción sea la única considerada como legítima y democrática.   



    Recuerdo una frase que le escuché decir a alguien en alguna parte: “el revolucionario de hoy es el burócrata del mañana”. Es de esperarse que ahora que son gobierno, los nuevos burócratas olviden todas sus promesas, o digan que no se pueden cumplir. Ya abrieron el primer paraguas al decir que el mandatario saliente les dejó la olla raspada, aunque no es más que la primera disculpa para justificar su bodrio de reforma tributaria. Después será culpa de la oposición, del imperialismo, de la “derecha fascista”, del bloqueo, del neoliberalismo, de los que promueven la desigualdad, del capitalismo, de cualquier cosa que les sirva para justificar su ineptitud. Los zurdos son así.

    Este sujeto delirante que por cosas del destino nos tocó como presidente no interrumpirá su canto de sirenas para seguir seduciendo a su masa enfebrecida. Así lo han hecho todos los populistas de izquierda y derecha al ofrecernos sus inútiles fórmulas como la redención del pueblo. Y ninguno nos ha dejado mejor que antes.

    Lo importante es la forma como se comunicarán las decisiones para que los súbditos les sigan creyendo: la retórica del gobierno del amor, de la igualdad, de la unidad, del perdón social, y otra vez de la paz. Esas palabras talismán funcionan.



    Y los petristas, esa masa de creyentes cuya fe ciega no les alcanzará para ver la realidad, apoyarán a su señor hasta la muerte, así sea que los desplume y luego les tire maíz, como a la gallina de Stalin.

    Porque el petrismo ahora es el nombre de la nueva religión, de modo que vayámonos acostumbrando a otra más de esas sectas que se encarnan en la figura de un tirano. Al fin y al cabo, ayer no se posesionó un presidente, sino que se coronó a un emperador.


Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...