sábado, 28 de junio de 2025

La guerra que nos espera

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     El país comienza a entrar en una fase de no retorno. La violencia, como siempre, se agudiza. Tal parece que ese estado anímico, que conlleva a la eliminación del otro, se ha normalizado en el ethos del pueblo colombiano: un pueblo que nunca ha podido estar en paz consigo mismo, quizás porque lo peor de la clase política y la clase delincuencial (si acaso no son lo mismo) germinaron en estas tierras en una especie de mixtura indisoluble.

     Era sólo cuestión de que llegara un guerrillero al poder para que esa mixtura tomara tintes de oficialidad. Ahora los políticos y los bandidos comparten tarima orgullosamente, así, de frente, con el más puro cinismo, con la más desfachatada desvergüenza. ¿Qué otra prueba necesitamos de que estamos en manos de un cartel de criminales?

     Por lo menos los políticos de antes, tan forajidos como los de ahora, se empeñaban en mantener ocultas sus relaciones con el crimen y salían a negarlo todo en caso de ser descubiertos, y a echarle el agua sucia al oponente. Los del gobierno presente no sólo hacen eso, sino que cuando ya están cansados de ocultar su naturaleza malhechora, cambian olímpicamente el sentido a las palabras para cambiar con ello su realidad. Les basta decir que los criminales, ilegalmente sacados de las cárceles por intervención de una senadora que se ha tomado atribuciones que no le corresponden, no son delincuentes, sino personas en rehabilitación, y por arte de magia sus caras quedan lavadas nada más y nada menos que por el presidente de la República. ¡Qué vergüenza! ¿Acaso no recordamos que fue ese mismo personaje nefasto el que dijo que si dejábamos de llamarle delito al delito, entonces por lógica ya no tendríamos más delito en Colombia?




     De ahí que, si el delito de los que están con el presidente queda permitido, avalado, libre de culpa y descobijado por la ley, no nos extrañemos entonces cuando aquí se de inicio a una especie de Purga, la película aquella en que después de cierta hora se daba licencia para matarse entre familiares, vecinos, ciudadanos y seres humanos en general, no importando sino una sola cosa: que los asesinatos son legalizados en la medida en que se cometan dentro de la franja horaria respectiva. Pues no estamos muy lejos de llegar a ese estado si seguimos como vamos, con el presidente a la cabeza excusando a los criminales. 

     Por algo el atentado contra Miguel Uribe, quien sigue luchando por su vida, no se esclarece ni se esclarecerá. Ya la Fiscalía, supongo que por órdenes del gobierno que tiene negra la conciencia, le está dando fuerza a las hipótesis que apuntan a que el acto criminal lo cometieron los guerrilleros de las FARC. Pero no los de ahora, amigos íntimos del sinvergüenza, sino los de hace algunos años. Ahora resulta que el sicario que disparó a sangre fría y al que el presidente considera un niño víctima de las circunstancias, era un furibundo seguidor de las FARC, ¡cómo no! En serio, ¿nos creen tan imbéciles a los colombianos para convencernos de que un matón que se vende por veinte millones para acabar con la vida de un hombre honorable tiene ideales políticos y lucha por una revolución? Ni siquiera son capaces de hacer un buen montaje. Qué raro, ya apareció el celular en la casa del sicario, cuando se vio en los videos que ese día lo llevaba consigo. Qué raro, lo revisaron y encontraron allí fotos de Alfonso Cano y de Santrich, personajes que ensangrentaron la vida nacional cuando este pequeño malhechor apenas estaría naciendo, lo cual les permite concluir que el sicario era un miliciano de las FARC, y por tanto todo apunta a que el atentado lo cometió ese grupo terrorista. Vaya película la que se inventó el sinvergüenza, pues semejante urdimbre de tan mediocre calidad sólo puede ser concebida en una mente paranoica y perversa.




     Mientras tanto, los únicos empoderados son los narcotraficantes, los terroristas, los bandidos que reciben subsidio y no son perseguidos; operan libres, a sus anchas, impunemente y con la complacencia de un gobierno que es su socio y cómplice. Mientras tanto, el precandidato Miguel Uribe continúa en estado de gravedad. Mientras tanto, una sombra de dictadura se cierne sobre el país cuando se contrata a un mercenario como Montealegre haciendo las veces de ministro de Justicia, proponiendo una Constituyente que a todas luces sólo busca cambiar la Constitución, no sólo para reelegir al mismo sujeto como presidente, sino para imponer su maldito socialismo de una vez por todas. ¿Qué es lo que tanto les molesta de la Constitución del 91 si con esa fue que llegaron al poder? Ahora la quieren cambiar porque ya no les sirve para perpetuarse. No quieren nada más. 

     Y así, con la dictadura y la guerra que nos esperan el próximo año, cuando se supone que hay elecciones, aunque sabemos que no serán elecciones libres, los colombianos nos jugamos el futuro. Los ciudadanos desarmados solamente tenemos el poder del voto, pero esa es un arma muy fácil de contrarrestar para quien no está dispuesto a respetar las reglas del juego electoral. Si ya se robaron las elecciones en 2022 con la plata de los narcos y con los quince mil millones que supuestamente Benedetti se consiguió sin saberse cómo, pues no les quedará difícil robárselas otra vez.




     La única esperanza era nuestro Ejército Nacional, que en otros tiempos se preciaba de ser una institución incorruptible, aunque dudo mucho que los generales que puso Petro y que son de su ala guerrillera quieran darle el famoso golpe que él tanto teme. Entonces no quedaría más que hacernos sentir como pueblo, ya no a través del voto, sino a través de un paro cívico general, una desobediencia civil, una manifestación multitudinaria de millones frente a la Casa de Nariño, aunque sabemos que el sinvergüenza no pernocta mucho allí. Él prefiere estar en el extranjero, porque odia este país.

     Tal vez no servirá de nada si el ciudadano de a pie no tiene armas para defenderse. Tal vez las Fuerzas Armadas entiendan que no podemos correr la misma suerte de Venezuela y reaccionen cuanto antes. O tal vez acaten las órdenes del tirano y comiencen por dispararle al pueblo que él dice representar, y así como prohibió dispararles a los criminales, ahora cambie la orden para que lo hagan contra los ciudadanos buenos que no lo queremos más en el poder.

     Tal vez, entonces, también tengamos que enfrentarnos a nuestro propio Ejército y morir en desventaja en esa guerra que nos espera. O huir al extranjero. O rendirnos sin dar la pelea, sometiéndonos a los caprichos de una tiranía que otrora acusó a los verdaderos demócratas de ser tiranos, y que se aprovechó de la ignorancia de la gente y les inoculó el resentimiento para después someterlos a las malas, porque al final las formas son lo de menos.

     El fondo, el verdadero fondo, era tomarse el poder por la vía de la democracia para después usurparlo por la vía de la dictadura. ¡Cómo fue a equivocarse Colombia!




sábado, 21 de junio de 2025

La cárcel o el cementerio

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     La marcha del pasado domingo demostró que el pueblo colombiano, el verdadero pueblo, no está con el sinvergüenza que nos gobierna. Ríos de gente colmaron las calles de las principales ciudades del país para dos cosas básicamente: pedir por la salud del precandidato y senador Miguel Uribe, y repudiar la violencia que se ha cernido sobre la nación, en gran parte debido a la cizaña y el odio que el primer mandatario ha engendrado en el corazón de los ciudadanos.

     Odio por partida doble: quienes lo enaltecen no han hecho otra cosa que avivar su resentimiento hacia una clase socioeconómica, de por sí necesaria para la generación de empleo y la creación de condiciones para salir de la pobreza. A estos se les olvida que son los “ricos”, así entre comillas, la fuente de trabajo de un país. Por si hace falta aclararlo, el Estado nunca genera riqueza. La distribución de esta, que es una facultad que se arrogan los gobiernos socialistas, no es otra cosa que la repartición de los ingresos generados por esos mal llamados ricos en concurso con sus trabajadores. 

     En el caso de Colombia, apenas son verdaderamente ricos el 4% de los industriales. El resto, el 96% que queda, son sólo pequeños y medianos empresarios que tienen a su vez pequeños y medianos negocios. De ahí que una reforma tributaria como la recién aprobada por el Congreso ante las amenazas dictatoriales del sinvergüenza, y el miedo que este les produce con una consulta popular o una constituyente, signifique la inminente quiebra de estos empresarios que, repito, no son ricos desalmados, como nos quieren hacer creer desde el gobierno, sino que pertenecen a la clase trabajadora del emprendimiento, como yo los llamo.




     Pero como una “dudosa” mayoría (y digo “dudosa” por todo el entramado de corrupción y compra de votos que se comprobó después de las elecciones) eligió votar por un guerrillero de ideas comunistas, es natural que este país sea manejado bajo la óptica de la ideología en lugar de la del sentido común. Porque cuando se trata de una causa ideológica, esta es tan fuerte, tan cegadora y radical, que no permite considerar posturas diferentes. No importa tirar por la borda todo lo que se ha construido lejos del ideario, bajo visiones más bien técnicas o pragmáticas que pueden o no funcionar, pero que siempre son susceptibles de cambiar o de mejorar. Lo importante para los enraizados en la ideología es seguir el manual, la doctrina, los puntos que los llevarán a encontrar el paraíso y la utopía. 
    
     De otra parte, están los odiadores nuevos azuzados por la verborrea pendenciera de un presidente que echa lava por su boca. De ahí que se haya hecho coger tirria del verdadero pueblo colombiano. De ahí que el odio se le haya vuelto en contra, que nadie lo quiera ver, que el resto de los ciudadanos lo detestemos como se detesta a una cosa abominable a la que basta con verla para generarnos el repudio. Están algunos como yo, que desfogamos nuestra ira contra el gobierno escribiendo columnas y participando en debates callejeros de los cuales a veces salimos mal librados, porque es imposible hacer entrar en razón a un petrista, y están los que simplemente apagan el televisor cuando ven al presidente en cadena nacional y lo ignoran hasta el cansancio, aunque cada que quieren ignorarlo se les aparece algún esbirro prepago de su gobierno a defenderlo en cuanta red social se esté suscrito. Son más sabios incluso los que lo ignoran en silencio y se abstienen de hablar de él en público, porque no se sabe en dónde se topará uno con un petrista que lo va a sacar de quicio. Mejor no pasar malos ratos.




     Pero a la hora de salir a manifestarse en masa, el pueblo colombiano no ha dudado en hacerlo, y aquí ya no importan los rebuznos de los petristas que criticaron la Marcha del Silencio y dijeron que eso solamente había sido puro oportunismo político de algunos candidatos de derecha que quieren ser presidentes. Como sea, la gente no salió para apoyar a ningún político, como salen los de las marchas de la izquierda, esos sí a cambio de prebendas. Como sea, la gente no salió por un plato de lechona, un tamal, un refrigerio, un subsidio o una promesa de mejorarle la vida con cualquier limosna. La gente salió por convicción, en una de las marchas más nutridas de la historia de Colombia. Y sí, seguramente también motivada por el odio que les ha infundado Petro contra sí mismo, porque él se percibe como dictador, y a los dictadores todo el mundo los odia. La diferencia es que en la Marcha del Silencio no hubo un solo vidrio roto, ni una estación del sistema de transporte masivo vandalizada, ni un desmán hecho a propósito, porque los buenos somos más. 

     Sólo que faltaba que el dictador, como todo dictador que también es ladrón, se robara la marcha y dijera que ese era el pueblo de Colombia manifestándose a favor de la paz, como si él fuera el autor de dicha paz. Su falsa paz, llamada “Paz Total”, fue una política fracasada, y eso lo sabemos. El presidente mismo es un fracaso como político y como ser humano; un hombre malogrado, indigno hasta de llamarse hombre. Yo le digo sinvergüenza para no ganarme una demanda (o una amenaza), y porque tengo cómo comprobarlo, pero todos sabemos que es mucho peor que eso.




     Nunca le importó realmente la consulta, ni le importaron las reformas. Ya se le aprobaron casi todas, gracias a que también tenemos un congreso vendido al petrismo. El trasfondo de toda su pataleta se está dejando ver: una “Asamblea Popular Constituyente”. Así, con la palabra “popular”, como todo lo que a un populista de izquierda le gusta, aunque ese término no aparezca en la Constitución de Colombia.

     Pues bien, Petro siempre sabe cómo ponernos a hablar en su jerga: primero “las reformas para el bien del pueblo”, luego la consulta “para que el pueblo decida lo que quiere hacer”, y ahora el “mandato claro del pueblo” a través de una constituyente para una nueva Constitución. ¿Se quedará el sinvergüenza en el poder? Pues ya nos metió sus reformas que llevarán a Colombia a la ruina, nos intenta meter su Consulta Popular pasando por encima del Congreso, aunque no la necesite, y ahora habla de una nueva Constituyente. Todo sea por ser reelegido indefinidamente, ampliado el período presidencial, o para tener la posibilidad de reelegirse en el futuro en caso de que no le alcance el tiempo para tramitar su nueva Constitución.




     Como sea, para convertirse en un dictador eterno, porque así son los comunistas; para seguir sembrando odio y seguir robándose las marchas del pueblo contra él, porque si ya se ha robado el país más que cualquier otro político en la Historia, qué más da seguírselo robando. Sabe que si entrega la presidencia solamente le quedan dos salidas: la cárcel o el cementerio.

     Pero si el sinvergüenza se queda un minuto más después de las tres de la tarde del siete de agosto de 2026 en el Palacio de Nariño, este país se habrá perdido para siempre. Si esto sucede, los colombianos de bien, en un legítimo derecho a defender la patria contra una dictadura, tendremos que someter al tirano a una de las dos salidas, preferiblemente la cárcel, para que pague por todo el daño que le ha hecho a Colombia. ¿Seremos capaces de evitar un tirano en el poder? ¿Podremos detenerlo para que el dictador en ciernes no se perpetúe? Si no lo logramos, vamos a tener que aprender mucho de nuestros hermanos peruanos para que nos enseñen cómo es que se remueve el mal de raíz.




sábado, 14 de junio de 2025

La unión con Colombia, pero sin petristas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Ha pasado una semana desde que un sicario (sin importar la edad) atentó contra la humanidad del senador y precandidato a la presidencia Miguel Uribe Turbay. Mientras él continúa batallando por su vida, inconsciente de todo lo que pasa a su alrededor, los que estamos afuera hacemos votos porque su estado mejore y se obre un milagro en su cuerpo: el milagro de levantarse y reanudar su lucha por el país. Porque nadie, absolutamente nadie, merece que se le dispare en la cabeza a quemarropa, y tanto el antisocial que disparó como los criminales que planearon y ayudaron a ejecutar el crimen tienen que pagar por ello con todo el peso de la ley.
 
     Aunque ya sabemos en manos de quién está la Fiscalía y para quién trabaja. Pedir que se haga justicia en un país que se enruta hacia una dictadura socialista es demasiado. Seguramente la investigación se ralentizará, la marcha de mañana desviará la atención de los medios hacia la indignidad colectiva contra este gobierno, y transcurrirá la semana como si no hubiera pasado nada. De hecho, ya comenzaron desapareciendo las pruebas: el celular del sicario no se halló en el momento de la captura. También comenzaron las hipótesis: que el atentado contra Miguel fue por ser la persona que era, y no por ser candidato opositor; que tal vez un sector de la ultraderecha radical a la que no le conviene la candidatura de Miguel Uribe fue la que hizo un autoatentado; o que un grupo narcotraficante quiso tomar represalias porque Miguel Uribe había hablado en varias ocasiones de luchar contra el narcotráfico. ¡Qué ocurrentes! Sólo les faltó decir que fue por un lío de faldas.




     Y la cereza del pastel: el sicario no aceptó cargos, como si todo el mundo no lo hubiera visto disparar. Aparte se determinó que hay que darle seguridad a él y a su familia, cambiarle de identidad, cambiarle de domicilio, meterlo a un programa de protección de testigos y hasta asegurarle su manutención, todo por cuenta de los colombianos. Mejor dicho, se sacó la lotería. De modo que si un supuesto “niño” dispara contra alguien de la oposición a este gobierno, se le considera como una víctima del sistema y se le acoge en el seno de la institucionalidad. A ver si el atentado hubiera sido contra un político petrista o contra el mismo Petro, si no estarían ya quemando el país y torturando en una celda hedionda al perpetrador. Y como supuestamente es menor de edad, aunque parece mayor de 18 años, no está obligado a pagar cárcel. Si acaso, una irrisoria condena de máximo ocho años de reclusión en un centro de detención especial para menores, de donde hasta niños de diez años se han escapado.

     La Fiscalía parece estar siguiendo las órdenes de los orquestadores de este atentado, y aunque no tenemos pruebas de quién haya sido el autor intelectual, creo que tampoco nos quedan dudas de dónde procede este crimen, ni por quién fue inspirado. Si algo ha infundido este gobierno, en manos del sujeto que tenemos como presidente, es el odio hacia quienes se oponen a él políticamente. Eso de hablar de desaparecer a los senadores que voten en contra del embeleco de sus reformas y su consulta popular es algo mucho más que incitar a la violencia: es casi una orden indirecta.

     Y la mano negra que apoya a este gobierno entendió el mensaje a su manera, filtrándose la orden de mando en mando hasta encontrar el último eslabón de la cadena: un sicario adolescente, sin mucho que perder y fácil de instrumentalizar, al que le ofrecieron veinte millones por acabar con la vida de Miguel Uribe. Así se concretó el plan, pero el fuego fue atizado desde arriba. No hace falta que se emita una orden directa para leer la mente de una majestad superior irrigada por un odio visceral que cala fácilmente en las mentes inferiores, que son a la vez débiles, pero peligrosas y sanguinarias.




     Entonces con mucha razón se ha desatado en el país una ola de indignación colectiva que ha llevado a la sociedad civil y política a unirse para rechazar la violencia, para insuflarle alientos de vida al senador que lucha por sobrevivir, y para pedir que desde el alto gobierno se le baje el tono a las declaraciones en los discursos y en las redes sociales antes de que los insultos y las injurias escalen a una ola de violencia sin precedentes, similar, tal vez, a la acontecida desde el período conocido con ese mismo nombre: La Violencia. También en aquella ocasión fue alimentada por un presidente incendiario que prometía “pintar a Colombia de azulito como el cielo”. 

     Esta indignación de la sociedad civil ha llevado a que los políticos de la derecha o centro derecha se unan con los del centro, la centro izquierda, y hasta algunos de izquierda (cosa que no comparto) con el propósito de exigir que se le cambie el rumbo a la patria, porque ya comenzamos a transitar el camino del magnicidio, que era un camino que no habíamos transitado por lo menos desde 1999, cuando asesinaron a Jaime Garzón. La idea es pedir la unión de todos los sectores sociales, los gremios, los empresarios, los trabajadores, la ciudadanía en general y demás para moderar el discurso y ponerle un alto a esa violencia que por poco se lleva la vida de Miguel Uribe, pero que lo tiene allí penando, todavía sin despertar. Para ello se organizó La Marcha del Silencio, llamada así porque es una protesta pacífica y silenciosa, mucho más diciente que las arengas, con el fin de rendirle un homenaje al senador herido y rechazar toda forma de violencia.




     Pero no hay que olvidar que la violencia la comenzaron el presidente y sus esbirros que lo apoyan. Si el país está polarizado ha sido por culpa de un gobierno que se ha dedicado a insultar a sus contradictores llamándolos nazis, fascistas, golpistas, oligarcas, paramilitares muñecas de la mafia, y hasta H.P. Bajo el mandato de un presidente nauseabundo, rodeado de lo peor de la clase política, el país naufraga irremediablemente. No basta que se hayan robado todo lo que ha tocado la mano ávida de los funcionarios del gobierno. No basta que hayan cooptado las instituciones para maniatar a unas y comprarse a otras. No basta que se haya aumentado la burocracia a niveles exacerbados y que el costo de vida sea cada vez más difícil de cubrir para los ciudadanos. A pesar de las promesas incumplidas, los cantos de sirena, los discursos grandilocuentes y delirantes, los vicios y las bajas pasiones, el presidente continúa por la misma línea violenta y dictatorial que viene enmarcando su gestión desde que comenzó el mandato. 

     Es el primero que dice que hay que bajarle al tono para desincentivar la violencia, pero también es el primero que expone en redes su desprecio visceral por los que lo critican. La falta de respeto que cometió con Miguel Uribe el mismo día en que atentaron contra su vida así lo evidenció. Mientras el precandidato sufría en una clínica, Petro se burlaba de él y su familia, víctimas de la violencia, diciendo que era hijo de una mujer árabe y hasta atreviéndose a mandarle un saludo en árabe: una completa revictimización.




     Y cuando el pueblo está atemorizado por la ola de violencia desatada esta semana con el atentado contra Miguel y las bombas en Cali y el Cauca, el presidente, en lugar de ofrecer garantías de seguridad y hacer lo que tiene que hacer, le resta importancia a los hechos y nombra al señor Montealegre como nuevo ministro de Justicia para que le ambiente la reelección a través de una constituyente sin pasar por el Congreso, cometiendo de paso una herejía contra la Constitución. Imaginémonos: en plena crisis de orden público, a Petro lo único que le importa es reelegirse. Si para eso tiene que dejar que atenten contra otro candidato de oposición, lo hará. Si para eso tiene que desatar la ola de violencia y llevarnos a una guerra civil, no tendrá ningún empacho en hacerlo, cosa que pueda gobernar por decreto y aplazar las elecciones. Si para eso tiene también que utilizar la estrategia de robarse las elecciones como Maduro en Venezuela, igual lo hará. Porque tiene la chequera, y para eso va a romper la regla fiscal y a endeudarnos en más de diez billones de pesos. Va a comprar conciencias a dos manos con tal de ser reelegido. Como si fuera poco, anuncia otra reforma tributaria, con la propuesta de pasar el IVA de 19% a 26%. ¿Es esta la acción de un presidente sensato, lleno de amor por su patria, preocupado por el bienestar de sus ciudadanos y solidario con el dolor de las víctimas de la violencia como el senador Uribe Turbay o las personas que asesinaron en los atentados de Cali, Jamundí y el departamento del Cauca? En absoluto. Es la acción, sí, de un apátrida que quiere incendiar su propia nación.




     Por eso los colombianos se van a pronunciar mañana en la marcha. Por eso saldrán cientos de miles a las calles, no sólo para decir “Fuera Petro”, sino para gritarle a los violentos que no los queremos, que queremos ser libres y salirnos de ellos, pues son los que detentan el poder.

     Por eso la unión es con todos, menos con los petristas. No entiendo qué hacían esta semana Vicky Dávila y las candidatas del Centro Democrático dándose abrazos con María José Pizarro y Gustavo Bolívar en un encuentro para darle fuerza a Miguel Uribe. Qué sentimiento de traición me embargó el corazón. Eso de reunirse con la izquierda es como reunirse con el enemigo. Entiendan que no es ninguna estrategia para bajarle al tono de las declaraciones, ni un llamado a la unión, porque los zurdos como la Pizarro y Bolívar apoyan a Petro, y Petro es quien encarna el mal de este país. Entiendan que los petristas, en este momento, son unos hipócritas que se están subiendo a una marcha que no les importa, pero que les sirve para sacar réditos políticos. Por eso me dolió ver a las candidatas de derecha compartiendo set con esa gente con la que los colombianos no queremos nada, ni siquiera una reunión, ni un tinto, ni una tregua. Me han decepcionado profundamente. Si mañana los petristas salen a marchar en compañía de la gente buena de este país, espero que al menos les hagan un escarnio social. No más Petro, pero tampoco sus adulones. La unión es con Colombia, pero sin petristas. ¡Fuerza Miguel!, y ¡Que viva la democracia!



sábado, 7 de junio de 2025

Fin de Petro, ¿resurgimiento de otra izquierda o viro a la derecha?

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)






     En Colombia uno levanta cualquier piedra y de ahí sale un candidato presidencial. La mayoría están hablando de lo mismo: coincidiendo en la unión, justamente cuando están luchando por su interés particular. Todos quieren ser presidente, aunque muy pocos son los que realmente quieren luchar por el país.

     En verdad, en las actuales circunstancias, ¿es necesario que tengamos tantos aspirantes a la presidencia con discursos de lugares comunes como si fueran su único programa de gobierno? Porque ahora todos se suben al bus del anti petrismo, lo cual está muy bien, pero no tienen mucho más que ofrecer a un pueblo que lo que necesita son verdaderas soluciones.

     Y las soluciones ellos saben cuáles son, ni falta que hace repetirlas: seguridad, empleo, inversión privada, inversión social, poder adquisitivo, educación, salud, vivienda, acceso al capital, justicia, incentivos al emprendimiento y el ahorro, defensa de la propiedad privada, entre otras cosas. En un país que tiene hambre urge primeramente que el pueblo coma y tenga bienestar, pero nada de esto se logra solamente con discursos, o con despotricar del desastre del gobierno presente que nos va a dejar un país enfermo en todos los aspectos, como enfermo está su líder espurio.

     Porque seamos sinceros, y esto va especialmente para la oposición: aquí no tenemos un proyecto de país. No hay planificación a cien años, por ejemplo, como sí lo hacen los chinos, que están unificados hasta en la forma de gobernar con un partido único. No quiero decir con esto que seamos una dictadura como la del Partido Comunista, sino que nos pongamos de acuerdo en cuál es el país que queremos para las futuras generaciones y no solamente para los próximos cuatro años.




     La izquierda por lo menos tiene una idea aproximada de lo que quiere, y por eso a ellos, que son colectivistas, les resulta más fácil elegir un candidato único cuando van a una contienda electoral. No es ese el caso del espectro de la centroderecha, cuyo individualismo aflora en un sinfín de candidaturas, muchas de ellas sin pies ni cabeza, buscando el impulso necesario para mantenerse en la esfera pública y de allí ir saltando cual tarzán de la política que va de puesto en puesto, buscando no dejar de figurar, por si acaso llega la oportunidad de ascender al primer cargo de la nación. Ya es hora de que la derecha, o lo que se denomina centro-derecha, porque en Colombia no hay verdadera derecha, en vez de acumular nombres de candidatos medianitos y sin peso alguno, se una para lanzar a uno solo en una coalición que agrupe a varios sectores bajo un proyecto que represente al grueso del país, personificado en el ciudadano de a pie, pero también en el empresario, el campesino, el asalariado, el profesional, el estudiante, el emprendedor; en fin, el colombiano bueno. ¿Será mucho pedir que sacrifiquen las vanidades personales para rescatar al país de este infierno en el que lo sumió la izquierda y en parte también la derecha tibia y cobarde de los gobiernos anteriores?

     Porque si la “derecha”, o lo que entendemos por tal continúa dividida y se siguen lanzando candidatos a dos manos, cada uno tirando para el lado de su conveniencia, la izquierda sí que está en capacidad de unificarse en torno a una figura que los represente, aunque en un principio esa figura intente desligarse de la izquierda misma por estrategia.




     Ahora está de moda ser de izquierda anti petrista para recoger los votos de la centroizquierda y de los petristas arrepentidos. Incluso, en el hipotético caso de que Petro quiera reelegirse y cambie la Constitución para ello, el izquierdista raso preferirá mil veces volverle a entregar el país a perpetuidad antes que cambiarse de orilla política con un candidato de derecha. Nada que se aproxime a una concepción ideológica con atisbos de patriotismo, de defensa de las tradiciones o de la fe. Nada, en todo caso, con algún tinte de pensamiento conservador.

     Porque nuestra sociedad posmoderna está constituida mayoritariamente por un imperativo que, aunque aboga por el libre mercado, culturalmente se adscribe a los principios del libertarismo. No entendido como “la capacidad de respetar el proyecto de vida irrestricto del prójimo”, sino como la capacidad de “hacer lo que se me venga en gana” sin afectar las libertades ajenas: dos cosas muy diferentes. Aunque el grueso del pueblo colombiano hoy ya sea anti petrista, en el fondo mantiene su corazón leal a la “social vacanería” con la esperanza de que sea otro el que les haga realidad su utopía: la utopía de permitirles hacerse ricos sin prohibirles nada.

     Ese es el nuevo socialismo, que no es el de la vieja escuela materialista de Marx y Engels, sino más bien el de las grandes élites de una nueva izquierda cultural que se ha disfrazado con una variedad de nombres que difieren entre sí, pero que en el fondo son serviles a un sistema totalitario en el que un poder central es el que controla todo: globalismo, progresismo, estatismo, Socialismo del Siglo XXI, etc. Muchas máscaras, un solo rostro.




     El objetivo, en todo caso, es tener al Estado como garante de todo derecho mientras que un reducido grupo de privilegiados se adueñan de los medios y la propiedad hasta empobrecer a los individuos del globo por medio de sus ideologías para instaurar una gobernanza mundial. Para ello es menester que se perpetúen las dictaduras de corte socialista, al estilo de Petro, procurando al mismo tiempo que actúen en consonancia con el catastrofismo climático. En nombre de la lucha contra el cambio climático destruyen las economías de sus propios países, y en últimas nos entregan a la voluntad de un poder mundial soberano que tendría en sus manos nuestros destinos.

     Si Colombia continúa caminando por esa senda del izquierdismo progresista, poco o nada avanzará en caso de que se logre zafar del prospecto de dictador que tiene. El fin de Gustavo Petro ya se puede intuir, y su vida no durará mucho de seguir con su propia autodestrucción. No podemos permitir que ese sea el fin de nuestra amada patria: que se inmole solo, pero que no se lleve nuestro país en la rodada cuesta abajo. Estamos permitiendo que arruine más de 200 años de historia. Hemos dejado que se tome el poder legislativo, las cortes, las instituciones con las cuales está arrasando. Hemos permitido que le amarre las manos al Ejército y a la Policía para que no luchen contra el crimen y el terrorismo, impidiéndoles que cumplan con el deber constitucional de defender al pueblo.




    Ya es hora, compatriotas, de declararnos en desobediencia civil. Hora de pararnos en la raya ante este desgobierno que quiere desconocer el equilibrio de poderes para no dejarle hacer lo que le venga en gana. Mucho cuento es que termine el año largo que le falta, pero que no se atreva a dar el golpe blando de Estado del que tanto ha acusado a la oposición. Que no se escude en la abstracción del pueblo para hacer su guerra. Si continúa en esa tónica, no quedará más que defenestrarlo y darle ese golpe que él tanto desea que le den antes de que nos lance por el abismo. Porque él es un conductor borracho y drogado que maneja un tractocamión cargado con 50 millones de colombianos, y los está dirigiendo al precipicio. ¿Le damos un puntapié a ese conductor y lo relevamos del volante por la fuerza o esperamos a estar heridos de gravedad, cuando el 7 de agosto de 2026 ya hayamos rodado al despeñadero?

     El momento es este, compatriotas, cuando el okupa de la Casa de Nariño ha demostrado no estar en sus cabales ni tampoco en capacidad para asumir las riendas del país. Es ahora que debemos utilizar las herramientas que la Constitución nos brinda para liberarnos, pues hoy más que nunca su debilidad lo tiene agazapado. Sólo que esa debilidad podría tornarse peligrosa si en su caída al infierno nos empuja consigo. Es una bestia herida, y las bestias heridas arremeten con mayor furia en el último segundo.

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Nota

Al momento de editar esta columna se ha presentado un atentado contra el candidato presidencial Miguel Uribe, del partido Centro Democrático. Le pido a Dios que salve su vida y no le deje secuelas de gravedad. Pronta recuperación para Miguel Uribe; un hombre honesto, bueno, de los pocos candidatos que valen  la pena. Definitivamente la bestia de este régimen ya comenzó a arremeter, de ahí que no podemos darle ni un centímetro a esta dictadura que hoy se instaura. El verdadero pueblo tendrá que marchar frente a la Casa de Nariño. Que el ejército tome el control y lo aprese por haber incitado a la violencia que hoy tiene al candidato debatiéndose entre la vida y la muerte. Fuera Petro del Palacio Presidencial. Él y su grupo de ministros, congresistas y barras bravas merecen entrar, pero a un pabellón de la cárcel y no dejar que vuelvan a salir nunca de allí. Qué gran daño le ha hecho el petrismo a este país.



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