(Columna)
El país comienza a entrar en una fase de no retorno. La violencia, como siempre, se agudiza. Tal parece que ese estado anímico, que conlleva a la eliminación del otro, se ha normalizado en el ethos del pueblo colombiano: un pueblo que nunca ha podido estar en paz consigo mismo, quizás porque lo peor de la clase política y la clase delincuencial (si acaso no son lo mismo) germinaron en estas tierras en una especie de mixtura indisoluble.
Era sólo cuestión de que llegara un guerrillero al poder para que esa mixtura tomara tintes de oficialidad. Ahora los políticos y los bandidos comparten tarima orgullosamente, así, de frente, con el más puro cinismo, con la más desfachatada desvergüenza. ¿Qué otra prueba necesitamos de que estamos en manos de un cartel de criminales?
Por lo menos los políticos de antes, tan forajidos como los de ahora, se empeñaban en mantener ocultas sus relaciones con el crimen y salían a negarlo todo en caso de ser descubiertos, y a echarle el agua sucia al oponente. Los del gobierno presente no sólo hacen eso, sino que cuando ya están cansados de ocultar su naturaleza malhechora, cambian olímpicamente el sentido a las palabras para cambiar con ello su realidad. Les basta decir que los criminales, ilegalmente sacados de las cárceles por intervención de una senadora que se ha tomado atribuciones que no le corresponden, no son delincuentes, sino personas en rehabilitación, y por arte de magia sus caras quedan lavadas nada más y nada menos que por el presidente de la República. ¡Qué vergüenza! ¿Acaso no recordamos que fue ese mismo personaje nefasto el que dijo que si dejábamos de llamarle delito al delito, entonces por lógica ya no tendríamos más delito en Colombia?
De ahí que, si el delito de los que están con el presidente queda permitido, avalado, libre de culpa y descobijado por la ley, no nos extrañemos entonces cuando aquí se de inicio a una especie de Purga, la película aquella en que después de cierta hora se daba licencia para matarse entre familiares, vecinos, ciudadanos y seres humanos en general, no importando sino una sola cosa: que los asesinatos son legalizados en la medida en que se cometan dentro de la franja horaria respectiva. Pues no estamos muy lejos de llegar a ese estado si seguimos como vamos, con el presidente a la cabeza excusando a los criminales.
Por algo el atentado contra Miguel Uribe, quien sigue luchando por su vida, no se esclarece ni se esclarecerá. Ya la Fiscalía, supongo que por órdenes del gobierno que tiene negra la conciencia, le está dando fuerza a las hipótesis que apuntan a que el acto criminal lo cometieron los guerrilleros de las FARC. Pero no los de ahora, amigos íntimos del sinvergüenza, sino los de hace algunos años. Ahora resulta que el sicario que disparó a sangre fría y al que el presidente considera un niño víctima de las circunstancias, era un furibundo seguidor de las FARC, ¡cómo no! En serio, ¿nos creen tan imbéciles a los colombianos para convencernos de que un matón que se vende por veinte millones para acabar con la vida de un hombre honorable tiene ideales políticos y lucha por una revolución? Ni siquiera son capaces de hacer un buen montaje. Qué raro, ya apareció el celular en la casa del sicario, cuando se vio en los videos que ese día lo llevaba consigo. Qué raro, lo revisaron y encontraron allí fotos de Alfonso Cano y de Santrich, personajes que ensangrentaron la vida nacional cuando este pequeño malhechor apenas estaría naciendo, lo cual les permite concluir que el sicario era un miliciano de las FARC, y por tanto todo apunta a que el atentado lo cometió ese grupo terrorista. Vaya película la que se inventó el sinvergüenza, pues semejante urdimbre de tan mediocre calidad sólo puede ser concebida en una mente paranoica y perversa.
Mientras tanto, los únicos empoderados son los narcotraficantes, los terroristas, los bandidos que reciben subsidio y no son perseguidos; operan libres, a sus anchas, impunemente y con la complacencia de un gobierno que es su socio y cómplice. Mientras tanto, el precandidato Miguel Uribe continúa en estado de gravedad. Mientras tanto, una sombra de dictadura se cierne sobre el país cuando se contrata a un mercenario como Montealegre haciendo las veces de ministro de Justicia, proponiendo una Constituyente que a todas luces sólo busca cambiar la Constitución, no sólo para reelegir al mismo sujeto como presidente, sino para imponer su maldito socialismo de una vez por todas. ¿Qué es lo que tanto les molesta de la Constitución del 91 si con esa fue que llegaron al poder? Ahora la quieren cambiar porque ya no les sirve para perpetuarse. No quieren nada más.
Y así, con la dictadura y la guerra que nos esperan el próximo año, cuando se supone que hay elecciones, aunque sabemos que no serán elecciones libres, los colombianos nos jugamos el futuro. Los ciudadanos desarmados solamente tenemos el poder del voto, pero esa es un arma muy fácil de contrarrestar para quien no está dispuesto a respetar las reglas del juego electoral. Si ya se robaron las elecciones en 2022 con la plata de los narcos y con los quince mil millones que supuestamente Benedetti se consiguió sin saberse cómo, pues no les quedará difícil robárselas otra vez.
La única esperanza era nuestro Ejército Nacional, que en otros tiempos se preciaba de ser una institución incorruptible, aunque dudo mucho que los generales que puso Petro y que son de su ala guerrillera quieran darle el famoso golpe que él tanto teme. Entonces no quedaría más que hacernos sentir como pueblo, ya no a través del voto, sino a través de un paro cívico general, una desobediencia civil, una manifestación multitudinaria de millones frente a la Casa de Nariño, aunque sabemos que el sinvergüenza no pernocta mucho allí. Él prefiere estar en el extranjero, porque odia este país.
Tal vez no servirá de nada si el ciudadano de a pie no tiene armas para defenderse. Tal vez las Fuerzas Armadas entiendan que no podemos correr la misma suerte de Venezuela y reaccionen cuanto antes. O tal vez acaten las órdenes del tirano y comiencen por dispararle al pueblo que él dice representar, y así como prohibió dispararles a los criminales, ahora cambie la orden para que lo hagan contra los ciudadanos buenos que no lo queremos más en el poder.
Tal vez, entonces, también tengamos que enfrentarnos a nuestro propio Ejército y morir en desventaja en esa guerra que nos espera. O huir al extranjero. O rendirnos sin dar la pelea, sometiéndonos a los caprichos de una tiranía que otrora acusó a los verdaderos demócratas de ser tiranos, y que se aprovechó de la ignorancia de la gente y les inoculó el resentimiento para después someterlos a las malas, porque al final las formas son lo de menos.
El fondo, el verdadero fondo, era tomarse el poder por la vía de la democracia para después usurparlo por la vía de la dictadura. ¡Cómo fue a equivocarse Colombia!



















