martes, 30 de julio de 2024

Los juegos de la degeneración olímpica

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Hasta unas justas deportivas que anteriormente uno podía ver en familia ya toca verlas en horario censurado. No sabía yo que ahora hay que correr a apagar el televisor si algún niño está frente a la pantalla mirando, por ejemplo, la inauguración de los Juegos Olímpicos de París 2024, porque lo que mostraron el pasado viernes 26 de mayo fue de lo más horroroso y de mal gusto que se haya visto en un evento que, se supone, es para enaltecer el espíritu de competición, fomentar la disciplina, inspirar al esfuerzo, forjar el carácter, desarrollar la voluntad, premiar la constancia, ponderar la fortaleza, entre otras virtudes. Sólo que ahora los valores son otros, y pareciera que no son aptos para inculcarlos a los menores; al menos no a los niños a quienes se les quiere garantizar una infancia sana, inocente, feliz.

    ¿Es que ya uno no puede disfrutar de ningún evento en esta posmodernidad en donde no se le ataque a uno la fe, se le irrespeten sus creencias, o se sienta tocado en lo concerniente a las actitudes y la forma de vida que se ha decidido llevar? Qué curioso, porque el respeto que ciertos movimientos que luchan por las causas de la “igualdad”, la “tolerancia” y la “no discriminación”, es el mismo respeto que no tienen para los que no piensan como ellos. Como si aceptar lo que uno considera inmoral fuera una obligación suprema. Como si no les bastara con todo ese bombardeo forzoso que hacen de su causa en las calles, en las redes sociales, en los estamentos gubernamentales, y a parte de eso tuvieran que hacer mofa e irrespetar la fe de los que no comparten su ideología.




    Pero aquí no sólo es nauseabundo y podrido ver a un grupo de hombres maquillados hasta la exacerbación (al punto de que no parecen ser mujeres normales, sino demonios femeniles o brujeriles) haciendo la alegoría de un pasaje bíblico conocido como la Última Cena en una clara muestra de irrespeto y burla hacia la fe cristiana en plena ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos, sino también todo lo que se nos oculta detrás de esas demostraciones desafiantes en donde parecieran estar dispuestos a una guerra con uñas postizas, pelucas y dientes por si alguien les revira por su ofensivo espectáculo. Y eso que está detrás de ese tributo al decadente wokismo tiene sus raíces en lo profundo de una cloaca liderada por los más despreciables seres humanos que odian a otros seres humanos y claman por su aniquilación.

    Para mí es obra de una gran mente maléfica, pero como en estos tiempos no se puede hablar del diablo sin que lo llamen a uno fanático, digamos que lo que hay detrás de todos esos lobbies de la “tolerancia” hace parte de la misma revolución antropológica de la que habla el profesor Miklos Lukacs en su libro “Neoentes”, la cual busca “deconstruir” (léase destruir) al ser humano para construirlo como ser transhumano, y luego transespecie. Esa revolución no es producto de una búsqueda espontánea de la identidad del ser humano, sino de una agenda muy bien estructurada que se viene construyendo con el concurso de mentes brillantemente perversas que trabajan para unos grupos interesados en imponer la nueva cultura: la cultura de lo woke, de lo progre, o de lo trans, hoy enseñoreada en el mundo para significar lo que “va más allá”, o lo que “pasa a través de”, como lo define el prefijo. Es la mentalidad de un cambio, de una mudanza, de un atravesamiento de la luz para arribar a una oscuridad perenne. De ahí que lo trans sea lo atravesado, lo que irrumpe, lo que vulnera.




    Este es el intento de imponer el nuevo paradigma de ser humano: un ser humano de cuya naturaleza e identidad hay que renegar para transformar la realidad por medio de la autopercepción: se es lo que se quiere ser y no lo que se es. Pero esta autopercepción es un fiasco tan grande, que necesita de la validación de los terceros para hacerse efectiva. Así, lo que la persona piense de sí misma no soluciona el problema filosófico contemporáneo si no se obliga a los demás a que compartan ese mismo pensamiento. Necesita de toda la maquinaria de propaganda y del aparato estatal y coercitivo para lograr a través de los medios de comunicación, la tecnología y las leyes, todo aquello que no lograría por el convencimiento. Necesita este nuevo paradigma, más que cambiar la forma de pensar del otro, obligar a que el otro piense como “yo”. Si no se reconoce esa nueva identidad asumida por el sujeto que se auto percibe, se puede acudir al orden represor del Estado para denunciar la invisibilización, el acto de negación, el discurso de odio, el delito fóbico.

    Es la dictadura de unas minorías que a toda costa quieren arrasar con los cimientos que han constituido una sociedad con grandes referencias de sentido como la patria, la religión, la familia o la escuela para imponer su visión de la realidad en nombre de la “diversidad”. Si se niega esta identidad o esta autopercepción amasada al capricho de los sentimientos, el castigo puede sobrevenir incluso con prisión perpetua. En países como Canadá, por ejemplo, esto ya está tipificado en el código penal. La imposición del nuevo paradigma del ser humano opera a través de muchos frentes de batalla. Se me ocurre indicar tan solo algunos tangencialmente, pero baste aclarar que el tema abarca una mayor complejidad y me quedo corto mencionando las mil y una formas que tiene esta agenda de fritarnos el cerebro y aflojarnos el concepto de lo moral.



    Un primer frente es negar la biología, la medicina, la genética, el conocimiento científico en general. Esto es la puerta de entrada de la perdición del ser. Se suprime la ciencia comprobada por las creencias y los sentimientos. Y ese lavado de cabeza se hace extensivo para toda la sociedad a la fuerza, en donde se habla de que un hombre puede quedar en embarazo y de que existen mujeres con pene. Se cambia la palabra mujer por el de persona gestante y se llega al colmo de decir que una mujer es toda aquella persona que se autopercibe como mujer, pero no son capaces de definir el vocablo "mujer". Que la naturaleza humana sólo asigna sexos, pero que estos no determinan el género, y nos inventan cientos de ellos para terminar con un ovillo en la cabeza que ni los mismos precursores de esto saben desenredar. El no binarismo es el claro ejemplo del rechazo a la ciencia. Todo está tan permeado por la ideología que hasta para sacar una licencia de tránsito un individuo tiene que hacer un curso de género en algunos países, y así van convenciendo a la sociedad de que se están encaminando por la senda de la tolerancia y la aceptación, cuando lo que en realidad hacen es imponer una nueva forma de pensamiento a fin a todos los grupos de poder que actúan en la trasescena de la representación.

    Un segundo frente de ataque del cambio de paradigma es negar y tratar en lo posible de desaparecer la religión, en especial la religión cristiana que es constitutiva de la Civilización Occidental Judeocristiana. Esto, porque el cristianismo ha cumplido un rol fundamental en los procesos de transformación moral del ser humano a través de principios de vida que hoy sabemos que son superiores a los de muchas otras religiones y culturas. No es gratuita la ofensa que, por ejemplo, se le dio en la inauguración de los Juegos Olímpicos a la representación de la Última Cena, un pasaje tan determinante de las Escrituras para los cristianos, porque lo que se busca es envilecer la religión de Cristo, la cual es una religión de discernimiento que no acepta el pacto con lo inmoral implícito en el criterio de la autopercepción.




    Un tercer frente es el ataque a la niñez, o la perversión de esta. ¿No se vio claramente entre toda esa parranda de Drag Queens degenerados que en la inauguración de los Olímpicos blasfemaban contra la representación de la Última Cena a una niña en el centro de la mesa? ¿Sería acaso una insinuación de que ella era la cena? Insisten con reforzar la ideología de género con el fin de adoctrinar (o más exactamente corromper y arruinar) a los niños desde antes de que lleguen a la edad escolar, porque actúa como si ellos fueran su objetivo, su presa de caza. Y es que en verdad lo son. Por algo en las escuelas y colegios se hace expedito izar la bandera del orgullo LGBT… como si fuera un símbolo patrio, y en las bibliotecas, en los parques infantiles, en los hospitales y en donde quiera que pueda haber niños, los símbolos de esta perversión abundan, pues es a ellos a quienes buscan capturar.

    Un cuarto frente de batalla es la divinización de la muerte, de lo necro, de lo escatológico, de la ultratumba, de lo demoníaco, de la naturaleza caída, de lo asqueroso por encima de la vida, la virtud, el bien y la belleza. Cultura tanática, para ponerlo en los términos de la mitología griega. Cultura de todo aquello que conlleve a la vileza del alma, pero sobre todo a la muerte como el fin único de toda su emulación. No por casualidad también en esa vulgar inauguración de los Juegos Olímpicos exhibieron a un jinete negro montado sobre un caballo blanco portando la bandera olímpica y recorriéndola por las principales calles de París. Cualquier parecido con el jinete negro del Apocalipsis no debe ser coincidencia, sino un acto premeditado. Recordemos que el jinete negro bíblico simboliza la hambruna y la escasez, y que ya lo negro tiene la connotación de oscuridad, que es en donde se cuece el mal. Curiosamente cabalga sobre un caballo blanco que bíblicamente también tiene un significado espiritual profundo al abarcar elementos como la pureza, la victoria, la justicia y la salvación. Al final, el mensaje del jinete de los Olímpicos es que la muerte cabalga sobre todos esos elementos.




    Francia, que históricamente ha sido un país tan representativo para la fe católica, hoy se entrega al espíritu de la decadencia como ya una vez se entregó cuando en su seno se gestó la Revolución Francesa, que de ninguna manera fue una revolución de la cual se tenga que enorgullecer y mostrar al mundo. El hecho de haber decapitado a la monarquía no borra el baño de sangre que vino para quien no se adhiriera al espíritu perverso de esa “revolución”. Francia, que decidió darle la espalda a Dios y entregarse al mal, va a pagar muy cara su perversión, como todas las sociedades que rechacen a Cristo Jesús. Francia ya no es más Francia, como bien lo apuntó el candidato más opcionado para ganar la presidencia de los Estados Unidos en contra de los deseos de la mafia globalista. 

    Pero no creamos que todo este wokismo, este progresismo asqueante que nos quieren meter por los ojos hasta en contextos en donde no cabe, es producto de una campaña para combatir la discriminación. Lejos de eso, todo forma parte de una planificación orquestada por esas élites a las que todavía nos negamos a reconocer: Agenda 2030 de la ONU, por ejemplo, es uno de los orquestadores. El objetivo último no sólo es la lucha contra el cristianismo, sino la desaparición del ser humano. Todo ello apunta a la reducción de las tasas de natalidad, a la merma de la población, a la atomización del hombre para hacerlo más manipulable. Todo ello redunda en la no procreación, la no reproducción, la no vida. ¿Acaso se reproducen los homosexuales, los transexuales o los llamados representantes de la “diversidad sexual” de forma natural? ¿Acaso alentar a reconocer el aborto como un derecho no es directamente proporcional a la reducción de la tasa de nacimientos?




    Ahí está la verdadera razón de lo que hay detrás; las mil y una maneras pervertidas para acabar con la naturaleza humana, porque en el fondo se busca ese paradigma de hombre sin identidad, sin familia, sin moral, sin belleza exterior ni interior, sin pensamiento propio, sin Dios verdadero, y sujeto al poder maligno de un globalismo que más bien pareciera planificado por el mismo diablo antes que por líderes preocupados por el bien de la humanidad. Esta gente en realidad es completamente satánica.

    Muy mal por los Juegos Olímpicos y el COI que ya bebieron de esa pócima. Ya les envenenaron su evento, como todo lo que toca el wokismo. Y a esta celebración, como a tantas otras, les quedan los días contados cuando ya nadie se interese en su suerte por preconizar la ideología por encima del deporte.


sábado, 27 de julio de 2024

El fraude ya está listo

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Mañana domingo, 28 de julio, hay elecciones presidenciales en Venezuela.

    No, no bromeo. Yo sé que puede parecer un chiste. El país vecino hace rato que es una dictadura, pero no por ello dejan de haber votaciones en las dictaduras: votaciones arregladas, por supuesto, porque son parte del teatro de la democracia que ellos han montado.

    No se necesitará esperar hasta las dos de la madrugada o más para saber quién será el próximo presidente de Venezuela por los siguientes seis años. Yo de una vez se los anticipo, y eso que no soy adivino. Sí, así como lo están pensando, el próximo presidente de Venezuela a partir del domingo se llamará Nicolás Maduro Moros. No haría falta siquiera gastar dinero en realizar esos comicios e imprimir tarjetones, porque todo está cuadrado para que el señor gane, como ha ganado desde que el otro dictador con ínfulas de Jesucristo lo legó en el poder. Así ha sido en Venezuela durante los últimos veinticinco años, y ahora más que nunca necesitan la pantomima de las elecciones para que todo parezca democracia.

    El fraude ya está listo, queridos lectores. Solamente existen dos posibilidades: que gane Maduro, o que pierda Edmundo Gonzáles, el candidato que representa los intereses de la opositora María Corina Machado, y de paso al 90% de los venezolanos, según los sondeos de opinión de las redes sociales, en vista de que las grandes firmas encuestadoras contratadas por el régimen dan como ganador al sátrapa. Sólo esas dos posibilidades y todos lo sabemos.

    Lo que uno se pregunta, entonces, es para qué se prestó la oposición a participar de unas elecciones que ya se vislumbran arregladas por un régimen que no está dispuesto a abandonar el poder y que seguramente será el ganador de los comicios otra vez. Uno se pregunta para qué arriesga María Corina su última carta de credibilidad si se espera un fraude, y en ese caso habrá demostrado que se prestó a un juego sucio en donde engañó a todos los ciudadanos venezolanos fungiendo como falsa oposición. Uno se pregunta si acaso la culpa del fraude será otra vez de Maduro, o de aquellos que le permitirán por enésima vez hacerlo.



    Me aventuro a dar una respuesta: este domingo Nicolás Maduro volverá a salir airoso en las elecciones ante la comunidad internacional, pero no es seguro que pueda volver a ser el presidente otros seis años. Los números lo darán como contundente ganador por un amplio margen, pero la realidad podría decir otra cosa. Él sabe que el pueblo no lo aceptará. Que, ante la inminencia de la presión popular en las calles, de la cual resultaría el ignominioso baño de sangre que le prometió a los que protesten, lo mejor es que no gane, o que negocie su salida. Tendría que pagar un alto precio por su victoria y cargarse a cuestas los tantos muertos que va a provocar su represión anunciada.

    Es cierto, Maduro ganará las elecciones, pero perderá el poder. Su desespero es tan patético que ha tenido que recurrir a una ridícula ceremonia brujeril utilizando un gallo para obtener la victoria; una especie de ritual carnavalesco en donde no tendría nada de extraño que los demonios que él y sus brujos invocan se regodeen en la sangre del animal como símbolo de lo que se viene para Venezuela.

    Esta vez su triunfo podría sellar su más humillante derrota, así que tendrá que pensar muy bien por cuánto margen está dispuesto a derrotar a su contendor en los resultados oficiales de las urnas. La gente, cansada de sus engaños y tropelías no aceptará un nuevo triunfo suyo, y no se sabe si esta vez los militares lo acompañen. La comunidad de comunistas internacionales tampoco está dispuesta a perder su prestigio por apoyar a Maduro, pues él ya va de salida y aquellos apenas van en su carrera ascendente. Si el patriotismo aflora en la Venezuela humillada por 25 años de chavismo, es posible que la fuerza popular no le permita al dictador continuar con su revolución de pacotilla y no tenga de otra que montarse en un avión con los millones de dólares que se le robó a su pueblo y largarse para Turquía, en donde tiene otro tanto a buen recaudo.




    Sí, todos sabemos que este domingo Nicolás Maduro ganará de nuevo, y esa no será la noticia. La noticia sería, en todo caso, si María Corina y su candidato tuvieran el descaro de reconocer el resultado en abierta complicidad con el régimen. “Lucharemos hasta restablecer la democracia”, dirán, pero nadie les volverá creer. ¿Con qué cara le pedirán el voto a los ciudadanos dentro de seis años? Que no se presten para esa novela de mala factura que ya todos sabemos cómo termina.

    Lo otro es que el miedo paralice a los venezolanos como nos tienen paralizados a los colombianos, y nadie salga a gritar el fraude que ya tienen preparado. El baño de sangre que el carnicero anunció por si no le resulta la trampa es una amenaza muy cierta que estaría dispuesto a cumplir. No le ha temblado la mano en otras ocasiones para asesinar a su pueblo ante el silencio de la comunidad internacional. Porque los dictadores, en especial los de izquierda, no salen del poder por los votos, sino por las balas.

    Por eso el dictador siente pasos de animal grande cuando ve que se ha quedado solo, sin la ayuda de sus amigos socialistas que le aconsejan que mejor se aparte, que ya es más que justo. Esta vez su jugada para ganar podría ser un tiro en el pie. Por eso Maduro no sabe qué hacer: si robarse nuevamente las elecciones o retirarse por la puerta de atrás al exilio antes que lo detengan los militares que ojalá se acuerden de la patria a último momento. Y en esa salida de negociar su dimisión, podría sacar muy buenos réditos.

    Si la civilidad venezolana tiene algo de dignidad, no debería permitir que la oposición negocie nada con ese criminal. Que no se atreva María Corina como su representante a aceptar ningún diálogo con ese régimen asesino, porque ella misma sería la primera traidora de la patria. Cuidado con esa trampa. A Maduro, como a las cucarachas, no se les puede dejar libres e impunes, porque la plaga tarde o temprano vuelve a hacer su nido con la connivencia de los cobardes. Ojo con una salida negociada, trampera, politiquera. Con el mal nunca se negocia. Mejor que se vaya derrotado, que entregue el poder a las buenas o a las malas, y si prefiere salir del Palacio de Miraflores con los pies por delante antes que en un avión turco, pues será su problema, pero esta vez el pueblo no puede tolerar otro robo más de su extinta democracia.




    Y existe otro escenario: que se vaya Maduro, pero que se quede Diosdado Cabello manejando los hilos de la dictadura. Porque este no es un régimen compuesto por una sola persona. Aquí hay toda una cáfila de bandidos que al final van a pedir lo suyo, y si tienen que descabezarse entre sí, no tendrán ningún reparo en hacerlo. Y casi que se podría decir que Diosdado desea la caída de Maduro para encumbrarse él como el líder único del chavismo. Podría activar el fraude y provocar el incendio en las calles para que los ciudadanos rechacen al bigotudo presidente hasta que no tenga más alternativa que irse, y entonces asumir como el pacificador, a sangre y fuego, de una nación en caos. Perpetuaría Venezuela su época terrorífica con un canalla todavía más sanguinario y despiadado, y en ese caso sería peor el remedio que la enfermedad.

    Pero soñar con que Maduro se va a ir del poder en Venezuela, con que la libertad retornará a este país, es demasiado. Es mejor no esperar milagros. Yo, la verdad, creo que no pasará nada diferente a lo que ha venido sucediendo desde hace veinticinco años. Lamentablemente los ocho millones de venezolanos que han salido de su nación podrían ser diez o doce millones en los próximos años diseminados por el mundo, y a ellos, Dios no lo quiera, nos podríamos unir otros tantos millones de colombianos. La peste negra del socialismo está incubada en Latinoamérica, pero no lo queremos entender y seguimos votando por las pérfidas izquierdas.




    La libertad de Venezuela es la libertad de Colombia. El golpe para Maduro sería el golpe contra ese otro dictador que nos entregó al régimen para poder llegar a la presidencia, pues si alguien financió la campaña del guerrillero colombiano, fue precisamente la dictadura con sede en Caracas. Entre otras cosas, está en juego la explotación de nuestro gas por esa maldita negociación de la Casa de Nariño con Venezuela para importar un gas que no necesitamos porque podemos producirlo a bajo costo. Está en juego nuestra soberanía energética hoy entregada a las fauces del régimen liberticida.

    Espero equivocarme: ojalá que el pueblo bravío venezolano me calle la boca, o en este caso detenga las yemas de los dedos con los que tecleo este artículo al remover al sátrapa. Cada que Venezuela está ad-portas de una elección las personas terminan con un mal sabor, y me temo mucho que eso sea lo que pase.

    Por eso deben estar prestos a resistir, a dar la pelea, sea con las armas de los militares o contra ellas. Es muy fácil decirlo desde la comodidad de un teclado, pero sé que es el mensaje que hay que dar. Sería ideal que las fuerzas armadas no acompañen esta vez al dictador para que no corra la sangre de nadie. Que se nieguen a obedecer su mandato de masacrar al pueblo y no disparen contra los ciudadanos que sólo piden libertad. ¿Quieren cargar con ese peso en su conciencia?

    Ocho millones de venezolanos esperan regresar muy pronto a su país cuando toda esta pesadilla se termine. Hoy más que nunca el dictador se encuentra solo y debilitado y hay que aprovechar para asestarle el golpe definitivo. No esperar a que salga por su propia voluntad porque jamás sucederá. Si no es ahora, ¿cuándo?

    Yo sólo espero que no tenga que repetir esta columna dentro de 25 años cambiando la palabra Venezuela por la palabra Colombia. A este paso serán dos países los prisioneros.


domingo, 21 de julio de 2024

Escándalos, vergüenzas y humillaciones

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    ¿Habíamos tenido la oportunidad de ver corrupción en los gobiernos anteriores? Sí, de todas las maneras posibles se han robado las empresas del Estado, han hecho desfalcos, fraudes, triquiñuelas, alianzas con criminales. Siempre ha estado la corrupción a la orden del día en la política colombiana y de todo el mundo, y cada vez es un fenómeno que va in crescendo. ¿Habíamos visto anteriormente un gobierno más corrupto que el que tenemos actualmente presidido por el guerrillero Gustavo Petro? No, a tal colmo no habíamos llegado. Y es tanto el descaro que hasta la dignidad de llamarle “presidente” le queda grande al sujeto que hoy nos desgobierna.

    Son tantos los escándalos y tan graves a lo largo de estos casi dos años en que Petro ha disfrutado de las mieles del poder, que si me pongo a enumerarlos me quedaría muy larga esta entrada. Además, que ya que estamos asqueados con las noticias que a diario nos produce este apátrida, porque prácticamente se utiliza un escándalo para tapar el otro, como si esa fuera la metodología de un gobierno que ha batido todos los récords de la deshonra y la humillación para un país que no se merece este oprobio.


    Es que ya de nada le sirve al presidente la estrategia de taparlo todo, de pagar bodegueros en las redes sociales para que desvíen la información y sesguen la opinión, de hacer desaparecer las evidencias y hasta los testigos en caso de ser necesario, de acusar a los contradictores de nazis, de fachos y de cuantas más ofensas a bien tenga para tildar a los demás de lo que él mismo es, de culpar a los que se han salido de su redil o a los que ha tenido que aventar al agua cuando las pruebas han sido más que contundentes. Puede decir que la culpa de su debacle es de la oposición, de la revista Semana, de los uribistas, del imperio yanqui, de los blanquitos ricos, de Israel, de la Mossad, de Donald Trump, y hasta del patriarcado, pero la verdad es que ya nadie le cree a este gobierno encabezado por un presidente guerrillero que jamás colgó el fusil y que lo único que pretende es llevar al país por el camino de la derrota que él ha transitado desde que nació, pues siempre piensa, habla, escribe y actúa desde allí: la derrota es su fortín; Petro es un gran perdedor, y el perdedor desvergonzado jamás hará algo por ganar, sino que lo quiere es que los otros también pierdan para ser un tuerto en tierra de ciegos.

    Los ciudadanos estamos cansados de la política y la estafa. Ya no quisiéramos ver los noticieros para no tener que verle la cara a esa cáfila de bandidos que nos someten y se están robando el producto de nuestro trabajo. Y no sólo Petro y sus amigos, sino quienes le están haciendo el juego para aprobarle todo, para recibirle todo y para no juzgarle nada. Ahí caben los congresistas, los magistrados de las cortes que no hacen respetar la Constitución que este señor se está llevando por delante, los encargados de administrar justicia, los organismos de control, las agencias de seguridad e inteligencia; en fin, los funcionarios de las tres ramas que están permitiendo el saqueo con toda impunidad, seguro porque ya están compradas sus conciencias. Los políticos, en general, que le han permitido al gobierno tranzar con delincuentes y asesinos sin que esto amerite la mínima investigación.


    Pero qué se puede esperar, si ya tienen fiscal de bolsillo y esta nunca les va a tocar un pelo. Eso que criticaban del gobierno anterior por aparentemente tener al fiscal de su lado es lo mismo que están haciendo ahora, pues hay que ver cómo esta Fiscalía General de la Nación no actuará en ningún proceso contra la cúpula del cartel que se apoderó de este país. No por nada al hijo corrupto del presidente corrupto le cambiaron el fiscal para que el juicio no avance y quede libre muy pronto por vencimiento de términos. Ya está.

    Hasta nos alcanzaron a ilusionar con un juicio político. Otro engaño más de una oposición que es disidencia controlada. Siempre hemos sabido que en este país no hay quien le haga un juicio político al indeseable porque los encargados de juzgarlo están con él. El sistema todo está bajo su control. Petro no tiene oponentes políticos ni civiles de peso, de modo que las tiene todas consigo para perpetuarse los años que él quiera.

    Los escándalos no cesan en el “gobierno popular e intergaláctico del cambio”, como diría el periodista Samuel Ángel. Tanto así que al interior de la organización petrista hay una serie de divisiones y peleas que darían la impresión de que el reinado se está desmoronando, o al menos eso es lo que nos quieren hacer creer.


    No obstante, Petro avanza con su quimera de la Constituyente y poco a poco aclimata el ánimo para que esta finalmente sea recibida por el pueblo, pues de tanto escuchar la propuesta va a terminar normalizando su puesta en marcha, y cuando menos piense se verá atrapado en un punto de no retorno. Constituyente comunista, no le busquen más a eso. Constituyente para que las guerrillas sean “actores de paz” a los que hay que sostener económicamente por los siglos de los siglos… la extorsión institucionalizada. El ELN, las Farc y la Primera Línea como sustitutos de nuestro menguado Ejército Nacional y nuestra vituperada Policía por causa de su principal enemigo, que es el que está a la cabeza. Constituyente que arrastrará por el suelo el principio de libertad, el ideal de democracia, el concepto de propiedad privada, la libertad de expresión. Constituyente para seguir dividiendo y polarizando al país, para que la casta política se encumbre y se solidifique cada vez más y sea imposible reemplazarla por las vías de la democracia. Constituyente para enriquecer a los políticos a costa del esfuerzo de los que no viven del Estado, quienes por su parte serán empobrecidos apenas les quiten su medio de sustento a punta de impuestos, inflación y desempleo. Constituyente para seguir alimentando y engordando parásitos. Constituyente para consolidar el proyecto de la “potencia mundial de la infamia”.


    Mientras tanto continúa la danza de los millones, como en los tiempos en que se encendían los cigarrillos con billetes de tanto que abundaban. Así están Petro y sus “cuarenta ladrones”, braceando en la piscina de monedas de oro, cual Tío Rico de la mafia que a través de contratos con sus funcionarios se ha robado todo de la nación. Dinero para dar y convidar, y hasta para financiar al ELN, porque Petro ya lo sugirió alguna vez, sólo que no pensamos que hablara en serio. Y sí, resultó ser tan cierto, que ahora el nuevo escándalo del gobierno es que financia a la guerrilla con la plata de los colombianos.

    En otro tiempo, esto habría sido causal de cárcel para el presidente. Pero la respuesta del ilegítimo es muy sencilla: tratar de paramilitares a quienes denuncien sus canalladas. Porque todo se trata de un juego de campaña sucia contra su gobierno de parte de “la prensa que difunde cadenas de fake news”. O la ultraderecha, como la llamaría él. Ahora resulta que sus viejos amigos que lo llevaron al trono y que hoy están bajo la mira de las autoridades son paramilitares. Ya no le sirven a Petro para sus propósitos.


    Escándalos, vergüenzas, humillaciones, todo un coctel molotov de explosión controlada para que no quede duda a quién fue que los colombianos llevaron al poder. Desde luego, los petristas de corazón no están arrepentidos, aunque en público hallan dicho que sí. Lo que pasa es que les queda muy engorroso aceptar que nos entregaron al verdugo, pero estoy seguro de que volverían a votar por ese diablo si pudieran hacerlo, porque así es la izquierda resentida. Por eso no creo en eso del petrista arrepentido, no lo hay. Ahora están negando a su señor porque los ha hecho quedar mal, pero esperarán la próxima elección para respaldarlo soterradamente.

    El resto, que no sonamos ni tronamos, que somos el pueblo a secas, nos tocará seguir resistiendo hasta donde sea posible y no acostumbrarnos al cinismo con el que nos quieren embelesar. Para empezar, rechazar esta infamia con vehemencia y declararlo con las palabras para no caer en la espiral del silencio. Jamás sometidos, jamás entregados, jamás complacientes con los escándalos y mucho menos apaciguados con la humillación.

lunes, 15 de julio de 2024

La tercermundización del primer mundo

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Hace algunos años le escuché decir a uno de esos literatos de moda que le saben sacar provecho al catastrofismo y a la alegoría apocalíptica del “fin de los tiempos”, que el modelo arquetípico de la sociedad del siglo XXI no sería lo que desde nuestra posición subordinada hemos encomiado como el ideal del “primer mundo”, sino lo que absurdamente hemos padecido bajo una realidad quijotesca como la desventura del “tercero”.

    El escritor que hizo esta aseveración estaba muy en lo cierto, aunque esta verdad de Perogrullo ya la veníamos presintiendo a medida que ese primer mundo y ese tercer mundo se fueron desdiferenciando geográficamente a través del multiculturalismo, al punto de que hoy no se sabe dónde queda el uno y dónde el otro.

    Por desgracia, el literato lo dijo con una perspectiva calamitosa que en el fondo parecía disfrutar y de la cual sabía que le podía sacar un gran rédito editorial. Por desgracia, también, la realidad que este pensador auguró se está cumpliendo a rajatabla, y muy a mi pesar, el escritor se quedó corto.

    Y es que no hay necesidad de ser una cabeza muy brillante para saber que actualmente no son los países desarrollados los que imponen la pauta para el progreso de la humanidad, sino que, por el contrario, son los países más atrasados y relegados los que extienden sus tentáculos empobrecedores y sus esquemas antidemocráticos y antiliberales para que estos sean regidos en todo el globo terráqueo.


    Que si el camino a transitar en el ilustrado Siglo de las Luces era el mismo de la París revolucionaria y progresista, pues se dirá más bien que la París actual tiende a ser como cualquier capital latinoamericana que mantiene ardiendo en protesta y en falsa revolución; digamos, por ejemplo, que se parece más a una Bogotá enardecida en nombre de otros ideales revolucionarios, sólo que sin ningún sustento de alta filosofía política.

    Que si en la floreciente época victoriana fue admirada y venerada la Londres esquemática y de producción a gran escala gracias al avance tecnológico que trajeron las máquinas de la Revolución Industrial con sus cinturones de miseria incluidos ⸺que en realidad no eran otra cosa que un desaforado crecimiento de la economía y la demografía de los centros urbanos en contraste con los poblados rurales en donde no había nada que hacer ni de qué vivir⸺, pues hoy la Londres del Reino Unido cada vez más desunido que se nos ofrece a la vista, está ávida de probar las mieles de la decadencia de una Buenos Aires que en otro tiempo, mucho antes de caer en el socialismo, se jactó de ser una de las naciones más prósperas del mundo hasta que acabó con su riqueza y denigró su cultura. ¿Qué podemos aprender de las jugadas de los miembros de la realeza británica actual que no nos hubiera podido enseñar la casta de los Kirschner durante los veinte años que gobernaron? Para fortuna de los argentos esa casta tuvo que salir del poder y por lo menos se vislumbra una esperanza, aunque sea a largo plazo.


    Que si la Nueva York de principios del Siglo XX era una promesa de libertad y felicidad para millones de inmigrantes que arribaron a sus costas con el deseo de cumplir un sueño, hoy Nueva York sólo puede ofrecer nuevas cadenas de esclavitud y la concreción de las peores pesadillas. Sus habitantes aborrecen ya la promesa de echar raíces en una nueva tierra, pues esta se les volvió vieja y arisca para asentarse definitivamente. A pesar de ello, los nuevos asentamientos no paran de producirse por millones, y los inmigrantes hoy son legión en una ciudad que tiene de todo, menos neoyorquinos. Así, las favelas de Río de Janeiro, Buenos Aires y Caracas; las zonas calientes de los distritos de Lima y Quito; las comunas de Medellín, Cali y Bogotá; los asentamientos de “alto riesgo” en Managua, Tegucigalpa y San Salvador; los focos rojos de las colonias peligrosas en Ciudad de México, o cualquier esquina en cualquier rincón de Hispanoamérica, no tienen nada que envidiarle a la Nueva York del presente, ¿o al revés? Más bien Nueva York no tiene nada que cuestionar de ese sistema violento y retrógrado del subdesarrollo, porque ya es una ciudad de tercer mundo.

    Que si Milán imponía la moda, Amsterdam exaltaba el ambiente de liberalidad sexual, Berlín legaba una enseñanza de la historia para no cometer los mismos errores, Hollywood se convertía en la meca del cine y los efectos especiales, Tokio hacía de sus aparatos la entretención del hombre moderno, Berna rendía honores a la puntualidad, Madrid nos enseñaba a disfrutar la buena gastronomía o Atenas y Roma se volvían los referentes de nuestra cultura y nuestra civilización; pues ya no hay necesidad de acudir a esos lugares geográficos e históricos para encontrar lo que en el reino de la “no civilización” antes no se encontraba: en el tercer mundo también tenemos moda y antimoda, sexo desenfrenado, historia patria según quien la cuente, cine criollo sin superhéroes, artilugios artesanales para perder el tiempo y la vida, medición del paso de las horas sin necesidad de reloj, comidas típicas apreciadas a nivel internacional, y una cultura única que no necesariamente es la más civilizada. Si de eso se trata, el tercer mundo no tiene nada que envidiarle al primero, pero, asimismo, el primer mundo cada día se parece más a su par, no tanto en lo que tiene de bueno como en lo que tiene de malo.


    Sí, las naciones y las sociedades que otrora nos parecían descrestantes, ya no nos sorprenden. Por el contrario, nos decepcionan. En lugar de avanzar hacia un paradigma de belleza, respeto, buen ejemplo y crecimiento en todos los frentes, el retroceso ha sido tal que estamos nivelados por lo bajo: muy por lo bajo. Más bien por lo subterráneo, allí donde las ratas se agazapan y se blindan con su mediocridad.

    Porque como reza el dicho, “todo lo que sube, tiene que bajar”. Si se está en el primer lugar, se ha llegado al techo y sólo queda la caída vertiginosa, como le está pasando a los países desarrollados. Pero si se está en el tercer o cuarto lugar, lo lógico sería que se aspirara al primero. Sólo que en el tercer mundo hemos convenido en no salir adelante, sino en incitar a nuestros competidores más adelantados en la geopolítica mundial a que echen para atrás.

    ¿Y cómo es esto? Muy sencillo. Una de las armas “secretas” que han encontrado los enemigos del progreso, pero que paradójicamente se hacen llamar “progresistas”, se llama inmigración descontrolada. Y digo una de las armas porque son varias, pero me centraré en esta feroz manera de destruir una nación desde adentro.


    Mientras hordas de africanos invaden Europa cruzando el Mediterráneo para salvarse de la hambruna, lo propio pasa en Estados Unidos con respecto a Hispanoamérica. La incapacidad de contener sus fronteras en contra de lo que dicta la corrección política de que “el mundo debe ser para todos y todos tenemos el derecho de habitar en la parte del mundo que nos dé la gana” ha echado por la borda los esfuerzos de los ciudadanos para construir su Estado-nación. El problema no es que haya migración, pues siempre la ha habido, y hasta cierto punto es necesaria. No olvidemos que Estados Unidos es un país de migrantes de todas partes del mundo que han adquirido su ciudadanía de una manera distinta a la del nacimiento en suelo patrio y que han ayudado a la consolidación de esa unión como potencia. Pero si la migración no tiene un límite, ya sabemos lo que sucede. Peor aún, si no es condicionada a cumplir las normas del país al que se migra, no tiene razón de ser. Y eso es justamente lo que está sucediendo en los países del primer mundo que no han sido capaz de ponerle un freno a aquel fenómeno que está amenazando su soberanía.
Para la muestra un botón: El debate por la campaña presidencial del pasado 27 de junio en los Estados Unidos, por ejemplo ⸺que es algo más parecido a un show televisivo que a una exposición respetuosa de propuestas políticas para conducir un país—, es digno de una república bananera. Es una burla que sólo habíamos visto en nuestras republiquetas de cartón, pero que jamás se imaginaba ver uno en el país del norte: un candidato mental y físicamente incapacitado; el otro perseguido y condenado (por un juez migrante, por si acaso); insultos y ofensas van y vienen, pero nada en profundidad con respecto a las políticas que van a determinar el destino de la que se supone es la nación más poderosa del mundo. Ya pronto estará dejando de serlo.


    Y sí, ese mezquino debate puso en evidencia la decadencia de un país que no se puede considerar grande mientras no tenga un sentido de patria definido. Cuando todos vienen de afuera nadie se duele por lo que pasa adentro. De ahí la importancia de lo que representa Trump cuando dice que el mundo debe ser de los patriotas y no de los globalistas. Esa referencia de la patria que perdimos gracias a la cultura de la cancelación y al deseo de la gobernanza mundial es fundamental para mantener la paz y el orden. Sin patria no hay ley, sin ley no hay autoridad que la haga cumplir, y sin autoridad no hay seguridad.

    El problema es que el primer mundo se dejó imponer la cultura, las costumbres, las tradiciones, las celebraciones, el idioma, la comida, las fechas patrias, los discursos, y hasta los vicios y los defectos de quienes llegaron como advenedizos desde el tercer mundo. Y todo en su propio suelo. No hizo respetar su casa, no impuso sus valores nacionales, no exigió la consigna aquella de “al lugar que fueres, has lo que vieres”. Y como no utilizó las instituciones que contempla la ley para preservar su hegemonía y reforzar el amor de patria, los malos migrantes que no se quisieron adaptar a los lineamientos del nuevo país terminaron haciendo lo que les dio la gana.

    De manera que el discurso buenista de los “ciudadanos del mundo” le abrió la puerta a la anarquía y a la tercermundización del primer mundo como una nueva forma de colonialismo a la inversa. Yo diría más bien que de invasión.

 Reina el caos, la inseguridad, la incertidumbre, la pérdida del sentido de pertenencia. ¿Cómo se mantiene firme y en pie de lucha una nación cuyos habitantes no la sienten como propia y sólo están allí para extraerle lo máximo que puedan y luego devolverse a sus países de origen en donde no encontraron porvenir, pero siguieron manteniendo una lealtad de corazón por el hecho de sentirse del suelo en el que nacieron más que en el que lucharon?


Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...