jueves, 30 de enero de 2020

Tres meses sabáticos

    Por Juan Felipe Giraldo Trejos

                     


Este blog, que para bien o para mal escribo, y cuyo único seguidor soy yo mismo, ha decidido terminar con sus tres meses sabáticos. La decisión de regresar a reconstruirse no fue sólo de su autor, no crean. Las cosas tienen vida propia, y cuando los proyectos no tienen ni pies ni cabeza, pero tienen alma, dejan de hacerle caso a su creador y se mandan solos. 
    Ahí está por ejemplo el lamentable caso del ser humano. Dios lo creó a su imagen y semejanza, pero al darle libre albedrío, se tiró una obra que habría podido ganar el premio Nobel de Ciencia, pues el ser humano no resultó una creación perfecta porque este mismo se arropó con su gen del mal y se lo atribuyó como propio, quitándole al Creador de los cielos y la tierra la autoría y los derechos legales sobre su trabajo. Por eso hoy en día la especie humana anda por ahí al garete, sin Dios ni ley, salida de todo control, trasgrediendo las leyes divinas y haciendo lo que se la da la gana. Aunque según los libros sagrados, esta guachafita no será por mucho tiempo, porque dentro de quién sabe cuántas eternidades, va a regresar el patrón a ponerle orden a todo este frenesí y a crear un nuevo hombre, esta vez más obediente.
    Pero la idea de este artículo no es hablar del hombre como creación perfecta, sino del mal comportamiento de mi blog, que en los últimos tres meses se quiso mandar solo y no quiso dejarme publicar ni una sola línea salida de mi convulsionado pensamiento. Me mandó a vacaciones obligatorias como si fuera él el que me ordenara qué escribir y en qué momento hacerlo, tal cual como lo haría un buen editor. Es cierto, por mucho que traté de reformar este esperpéntico espacio de mis declaraciones, el sistema me impidió acceder a él, como si fuera un celador de una de clínica colombiana. Le daba y le daba la clave de ingreso, y tal como el vigilante de la clínica, el sistema me decía "usted aquí no entra, maestro". Cuánta frustración sentí por no poder acceder al hijo de mis entrañas, por no poder corregirlo ni orientarlo a un nuevo rumbo, sobre todo después que un amigo desocupado de Facebook, en un momento de aburrimiento, y por tretas del azar, una tarde se encontró leyendo el último artículo que yo había escrito sobre la pasada feria del libro en Pereira y me resaltó una serie de errores técnicos e imprecisiones estadísticas que francamente no tenían perdón. Y como un padre al que le ponen una queja por el mal comportamiento de su hijo, y que trata de hablar con él para solucionar las diferencias, intenté abordarlo con toda la calma del mundo, pero el resabiado no me abrió la puerta. 
    Resultó que mi clave de acceso al blog ya no era válida. Que no era yo el tenedor de las llaves de mi propio apartamento, como si estuviera tratando de ingresar a una casa ajena; que si quería podía ver los artículos, pero nada de entrar a corregirlos ni añadirle más información a lo que ya existía. Resultó que ese proyecto que con tanta ilusión estaba construyendo, dizque ya no era mío por no sé qué errores de dominio, que porque existía otro con el mismo nombre que también estaba reclamando una paternidad aún sin confirmar. Me sentí entonces como el padre al que otro le quita sus derechos, y peor aún, al que su propio hijo rechaza, pues ya no le quiere reconocer los esfuerzos ni el amor que este sembró en él. ¿Cómo pudieron 985 usuarios de Blogspot haber tenido la misma idea para concebir un blog llamado "El mundo al revés" en el que hablaran pestes de su jodido entorno y despotricaran del prójimo? Es que esa frase se ha popularizado tanto en estos tiempos, que definitivamente a más de uno se le ocurrió ponerla como título para un libro, para una columna periodística, o para un blog sin lectores, como es mi caso. Y eso es lo que uno como padre tiene que aprender al momento de concebir un hijo: ser bien original y asignarle un nombre bien rebuscado a su retoño.
    Me había acostumbrado a la idea de no seguir contaminando la red con mi extensa verborrea, pensando más bien que si tenía algo que decir, bien podría hacerlo en un documento privado que luego editaría y transformaría en libro, como para dejar constancia física del tiempo invertido o tener algo que mostrar (o posar de interesante) en caso de una reclamación social, de esas que uno tanto escucha en forma de frases como "¿y usted no dizque escribe? A ver, ¿qué libros ha escrito?". Había pensado en continuar mi vida como si nada, con la frente en alto, cultivando mi gusto por la lectura y escribiendo cosas de vez en cuando así fuera para mí mismo, cuando de repente encontré a mi hijo-blog abandonado en las calles virtuales de la red, perdido en las drogas, sin progreso, sin una mano amiga que lo alimentara. Lo recogí del suelo, y con una nueva clave de acceso logré recuperarlo y acceder a él con toda confianza luego de tres meses de estar separados. 
    Mi seguidor imaginario me pedía regresar a las pistas; que escribiera; que quería leer algo nuevo en el blog; que le hacía falta la dosis de ironía semanal a la que lo tenía acostumbrado. He aquí que he regresado. El blog ya se deja manejar. Ya puedo gobernar sobre él. Resolvió de la noche a la mañana volverse obediente, hacerme caso, dejarse corregir. No sé qué pasó en lo concerniente a los asuntos del dominio, sólo que un día quise volver a activarlo: digité la clave, y esta vez sí tenía las llaves adecuadas. La puerta se abrió y el artículo se escribió como hacía tiempo no se escribía.
    Así pues que pido disculpas por la ausencia al único seguidor que tengo, que soy yo mismo. Le prometo que esto volverá a pasar. Sí, leyó bien. Seguro que este enredo de dominios y claves de acceso me vuelve a ocurrir, porque no soy quien maneja el sistema, y mucho menos lo entiendo. En cualquier momento vuelvo a salir del aire, pero afortunadamente no se perjudicarán muchos: solamente mi persona. No pasa nada, no se detendrá el mundo si estallo en un ataque de locura, lo presiento. 
    Por lo pronto, mi querido seguidor, seguiremos viéndonos las caras cada semana, porque las palabras no se agotan y los temas tampoco. Fueron poco más de tres meses sin poderme expresar: sin aforismos, sin frases elocuentes, sin ensayos, sin columnas, sin opiniones infundadas, sin sentimientos liberados porque todo estaba represado. El caudal ha vuelto a fluir con libertad, y tengo tanto que decir...

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