miércoles, 26 de agosto de 2020

Me uno a la causa de Isabel

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Isabel Cuervo es una periodista colombiana independiente que fue despedida del medio para el cual trabajaba (Radio y TV Martí) supuestamente por antisemitismo, acusación que nunca tuvo fundamento. En el fondo no tengo dudas de que este despido fue movido por una sola causa a la cual me uno sin objeción: haber desenmascarado al multimillonario George Soros tras el reportaje realizado a fines de 2018, en el que puso en evidencia el alcance de este magnate y su papel en la desestabilización de América Latina y el mundo.

    Ella, junto con otros siete periodistas, fueron expulsados de su cadena por presentar información sobre ese ciudadano húngaro-americano que promueve y financia organizaciones con miras a la destrucción de las instituciones democráticas en los países de occidente, entre ellos Colombia; infiltrándose a través de la protesta social, de políticos, de ONG’s y de medios de comunicación que reciben aportes y se prestan a hacerle el juego a las intenciones macabras que alberga este personaje: un sujeto que apunta a ser uno de los artífices de ese nuevo orden del que tanto se ha escuchado hablar por estos días, y que al parecer es uno de los que hacen parte del grupo de poderosos que buscan acabar con la economía del pequeño capitalista para reinar sobre el planeta. Bueno, ya él no aspira a mucho porque tiene noventa años, pero dejó el germen de su ambición regado en su simiente.

    Utilizando el capitalismo para destruir al capitalismo, esos monstruos apoyan soterradamente, y a veces de frente, toda clase de movimientos e ideas progresistas afines a la nueva izquierda (incluso afines a cierta derecha engañosa que les debe favores), tan engañosa y nefasta como en su momento lo fue la vieja izquierda.  

    Como lo que la periodista presentó en su informe no convenía de ninguna manera revalidarlo; su medio, que a lo mejor estaba participando de alguna forma de los jugosos aportes del millonario, decidió mancillar su reputación y salir de ella y de su grupo de trabajo: la mordaza a la libertad de expresión fue impuesta aquí con todo su rigor.

    Hace días venía escuchando del grupo de fundaciones de George Soros (Open Society Foundations) pero no me había tomado el trabajo de informarme acerca de lo que hacían. Siempre aparecen relacionadas con el apoyo a diferentes causas como la educación, los derechos humanos, la salud pública y la igualdad racial. Viéndolo así, es una maravilla este grupo, luchando para construir un espacio mejor. Será por ello que al nonagenario le aplauden y le rinden tributos y le otorgan cuanto premio se inventan en honor al buen “ciudadano mundial”.

    Sin embargo, como yo siempre he creído que detrás de toda filantropía se esconde un interés mezquino, confirmé la turbiedad de esas causas, porque la crítica que se le hace a Soros es precisamente la de apoyar los partidos comunistas y progresistas. He ahí el pecado. No por nada los golpes militares que se han producido en África, el auge de los partidos socialistas en Europa, las manifestaciones en América Latina y ahora en Estados Unidos, que siempre terminan en disturbios, la orientación de las organizaciones en pro de los derechos humanos y los movimientos raciales, ecologistas, feministas y de comunidades LGBT; suman tantos adeptos cada vez más numerosos. Porque Soros sabe que nada es gratis en esta vida, y que si promueve un mensaje y lo hace calar en las emociones del conglomerado, y si además lo financia, cualquiera sale a degollar estatuas y a gritar por los derechos de los negros, los gays y las feministas, como si no fueran los mismos derechos humanos que tenemos todos.

    Lo que hay detrás de ese gran caos es un gran financiador. A eso no hay que buscarle más. Ya Soros tiene el antecedente de haber quebrado el Banco de Inglaterra en 1992, y así consta en su biografía. En países como Malasia y Gabón es persona no grata, por algo será, y sátrapas de la calidad de Juan Manuel Santos lo ven con beneplácito por haber apoyado el majestuoso Proceso de Paz en Colombia, al que además ayudó a financiar.

    Lo anterior se extracta de la investigación de la periodista Isabel Cuervo, basada en la entrevista que obtuvo con la exinvestigadora del FBI, Lia Fowler (que también fue separada de su cargo), y en otras investigaciones como la del profesor Omar Bula Escobar, quien afirma que diferentes organizaciones y medios de comunicación “independientes” en Colombia, han recibido fondos de Soros. Algunos son conocidos por haber tenido relación con miembros de las FARC o el ELN, o por ser militantes sin uniforme, qué sorpresa. Ahora entiende uno cómo es que le han lavado los crímenes a la izquierda colombiana y se los han endilgado todos a la derecha. Es que con patrocinio internacional todo se puede.

    En Colombia la fundación de Soros ha destinado recursos para partidos políticos de índole progresista y ecologista, no necesito nombrarlos. Ha aportado al Grupo Prisa, dueño de importantes medios de comunicación; a las fundaciones Verdad Abierta, Ideas para la Paz, ONG de Justicia, Corporación Nuevo Arco Iris, Fundación Paz y Reconciliación y otras. La fundación de León Valencia, por ejemplo, el ex militante del ELN, recibió alrededor de un millón de dólares. ¿Cómo no iban a apoyar así la “Paz de Santos”? También han recibido de la fundación Open Society portales como La Silla Vacía y Las Dos Orillas.

    Y el discurso, las inversiones, la influencia, se han hecho globales. Al principio fue en los países de primer mundo donde se gestaron los movimientos oscuros que a su vez utilizan la estrategia de la victimización como su principal arma para justificarse y ganar seguidores; y ahora se han gestado por Latinoamérica también. No es coincidencia que se hayan presentado al mismo tiempo protestas violentas en Colombia, en Chile, en México, en Francia y en Estados Unidos como las que se presentaron a finales de 2019. No es coincidencia la ola de inmigrantes que a finales de 2018 de repente comenzaron a marchar desde Centro América hacia Estados Unidos, como si se hubieran puesto de acuerdo o los hubieran asociado.

    Sin embargo es poco lo que en los medios de comunicación tradicionales se habla de este hombre y su maléfica injerencia en los asuntos internacionales. ¿Será acaso que reciben aportes? No me consta. Lo poco que se sabe de él se consigue en internet, y casi todo apunta a su desmesurado afán por financiar organizaciones que enganchan ciudadanos para adiestrarlos en las conductas golpistas y beligerantes. Aunque no demoran las redes en comenzar a quitar contenido que vaya en contra de Soros y sus beneficiarios. Poco a poco los censores se han ido ideologizando y no es raro que a uno, en una red como Facebook, le censuren un comentario dirigido contra una ideología, supuestamente por ofensivo, mientras que aquellos que comentan con toda clase de injurias contra la orilla opuesta gozan de completa impunidad. Lo digo por experiencia propia.

    Soros es prácticamente el dueño indirecto de las ONG`s porque a casi todas les gira recursos, propiciando la dictadura de esas ONG’s, que son las que están dirigiendo la agenda mundial: desde la misma ONU, pasando por la OMS, la CEPAL y otras, todas alineadas con el nuevo socialismo que está ávido de imponerse por la razón o por la fuerza. ¿Quién dirige estas agrupaciones? No es raro que si uno busca la biografía de tipos como Tedros Adhanom, por ejemplo, quien no ha hecho sino ocultar información y mentir sobre la pandemia, se dé cuenta de que tienen en su pasado el lunar de la militancia comunista, y eso nunca se olvida.

    Soros no ha tenido problema en destinar miles de millones de dólares a entidades que tienen como fin levantar estados como Minessota contra la Union Americana para desmembrar a los Estados Unidos. Le interesa la división, la anarquía, la revuelta popular. También destinó fondos a Black Lives Matter con el propósito de que realizaran protestas y actos vandálicos, ofreciendo incluso pagar las fianzas de aquellos antisociales que resultaran detenidos. En las pasadas manifestaciones que utilizaron el vil asesinato de George Floyd como pretexto, se pudo ver el modus operandi de estas organizaciones: saqueos, enfrentamientos con la policía, vandalismo, atentados contra la vida y la libertad.

    Lo cierto es que al día de hoy Isabel Cuervo y su equipo de trabajo continúan desempleados tras el despido de Radio y TV Martí. Es difícil que un medio independiente los contrate: siempre habrá una entidad invisible que no deja de mover sus tentáculos para que la verdad no salga a la luz pública. Y de los medios oficiales ni se diga, porque sabemos que estos son controlados por otros poderosos que a lo mejor también simpatizan con el magnate, esto nunca se sabe. Además a ellos no les gusta mucho los grandes logros que consiguen los periodistas independientes sin financiación ni recursos. No fue gratuito que periódicos tan prestigiosos como el Washington Post y el New York Times atacaran la entrevista de Isabel con Lia Fowler diciendo que era falsa, extractada de otros medios, o copiada de Youtube. Y ella, en un programa tan modesto como Hola Ota Ola demostró que no, que era seria y sobre todo real.

    Que le crean o no, eso ya es cuestión de elegir qué periodista tiene credibilidad. Isabel Cuervo realizó su investigación muy juiciosa y yo le creo aunque no tenga el renombre de otros periodistas. Por eso me uno a su causa de enfrentarse con un poderoso como George Soros y desenmascarar sus intenciones. Y no solo a Soros, sino a todos aquellos que defienden ese mal llamado propósito “filantrópico”. Es  más bien la forma de convertirse en el titiritero del mundo.

    Porque siempre hay que desconfiar de la belleza, porque el diablo se transforma en ángel de luz, porque de aquello que más te hablan es precisamente de lo que carecen. Por eso desconfío de esas luchas que se dan por los derechos de una clase de individuos especiales. Por eso me estremecen esas influyentes personalidades a las que todos veneran. Mejor deberíamos apuntarnos a la misma meta, que es el respeto por la vida y por la libertad, sin hacer eco de la defensa de los ismos que solo conducen a la ceguera mental.

    Un saludo para Isabel donde quiera que se encuentre.      




sábado, 22 de agosto de 2020

Oportunistas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos 



    Qué raro que ya no hemos vuelto escuchar con la misma asiduidad del principio esos mensajes de esperanza cargados de optimismo. Del optimismo del que ignora los peligros de la realidad y se embarca en la aventura a ciegas. Esas palabras que nos alentaban a creer en un mañana mejor, en que la humanidad sería otra después de vivir la  tragedia que todavía no termina de suceder y que quizá nunca termine.

    Sí, extraño los abundantes mensajes de hace cinco meses en los que se nos prometía un mundo más justo, más humano, más consciente. Poco a poco se han ido difuminando esas promesas en los meandros de la cotidianidad a fuerza de tener que salir otra vez a chocarse con el viejo mundo y correr el riesgo de contagiarse del virus y otros demonios.

    Como yo he sido escéptico y pesimista por naturaleza, recuerdo que no me uní al clamor del “volveremos a juntarnos, volveremos a brindar”, porque imaginaba que tanta dicha no podía ser cierta en este valle de lágrimas. Aunque admito que en más de una ocasión cedí a la tentación de fantasear cómo sería en verdad ese justiciero universo.

    Pero siempre lo sospeché desde un principio. Yo pensaba que cuando saliéramos del confinamiento íbamos a salir cansados, arruinados, con una sensación de pérdida irreparable, adoloridos, atormentados; y al mejor estilo Dostoievskyano, humillados y ofendidos. Para desgracia de los optimistas le acerté, porque infortunadamente los pesimistas nunca acertamos en las cosas buenas. Y realmente ahora somos una humanidad diferente: un poquito más mala. Porque como siempre que confiamos en la humanidad, nosotros los humanos salimos decepcionados.

    Ahora el verso que reza es el de aprovechar la oportunidad de la pandemia que no está dispuesta a marcharse, para recuperar lo que se perdió en los días de la cuarentena a como dé lugar, incluso si nos toca hacerle el quite a la honestidad y vivir a costa del timo y del embuste, porque como todavía quedan almas cándidas y honestas, de esas es que toca sacar partida.

    Y no lo digo sólo por los políticos y funcionarios públicos, esos seres despreciables que parecieran ser creación del diablo y que ya nos tienen acostumbrados a meternos las manos al bolsillo y a quitarnos el pan de la boca. Lo digo por los hombres de carne y hueso, los que constituimos la base de la sociedad; los que sufrimos los embates del destrozo de la economía que causó el virus.

    Al parecer se nos olvidó que la crisis fue para todos, y que excepto los poderosos de siempre, el resto de los mortales nos vimos perjudicados de alguna u otra forma. El hecho de haber perdido cierto nivel de comodidad o haber ahondado en el territorio de la pobreza no nos da derecho a salir de ella valiéndonos de la necesidad de los demás. Los que salieron a trabajar y de entrada comenzaron a cobrar el triple por sus servicios, pueden ser considerados como los oportunistas del momento.

    Las ratas se han rebelado, y es en todos los niveles. El mandato apunta a ser: aprovechar que estamos en pandemia y en el octavo mes del año para hacernos el agosto.

    Uno lleva por ejemplo el carro al mecánico. Y este, que apenas en marzo nos cobraba una tarifa acorde a las leyes del mercado (que de todas maneras nos parecía cara), ahora nos cobra hasta tres y cuatro veces más por la misma labor. Y no es cuestión de que no haya la suficiente oferta, sino que al parecer todos se han puesto de acuerdo en la respuesta aquella de “es que estamos en pandemia”.

    La otra vez necesité un plomero para que me cambiara la bomba de un sanitario, y me cobró la módica suma de ciento treinta mil pesitos, y eso pidiéndole rebaja. Recuerdo los hermosos tiempos en que este servicio no pasaba de valer cincuenta mil pesos a lo sumo, incluyendo materiales: hace apenas cinco meses. “Pero es que ahora por la crisis todo ha subido”, argumentan con su cara de palo, y a uno por la necesidad no le queda más remedio que sacar la billetera y dejarse atracar por las buenas.

    Y eso si es que se logra contactar algún técnico que esté disponible. Andan muy atareados porque la demanda por sus servicios se incrementó, de modo que se sienten en todo su derecho de cuadruplicar sus precios y rebelarse ante el mercado que hasta hace poco los tenía relegados a una posición inferior con respecto a los profesionales titulados. El viejo dilema entre el oficio y la profesión.

    Repito: yo los llamo oportunistas. Han aprendido rápidamente a valorar su demanda según la cara del que los contrata y no sabe nada de su oficio. Se aprovechan de la ignorancia ajena para complicar, en teoría, las labores que en la práctica realizan sin ensuciarse mucho el overol, y se ganan en un rato lo de la semana entera. Como quien dice, que ahora sí la humanidad valore el trabajo realmente importante: la experiencia, la destreza, el conocimiento que no se adquiere de la noche a la mañana.

    ¿Pensábamos que lo que más valía eran los servicios de ocio y recreación? Pues ahora tocará pagar más por los esenciales: no sólo subió el precio de los bienes básicos (alimentos, medicinas, servicios públicos, transporte), sino también el de la mano de obra para cualquier oficio que implique un arte práctico.

    Pareciera como si estos cinco meses hubieran sido cinco años o cinco decenios. En lugar de querer trabajar a conciencia y apelar a la solidaridad de unos para con otros en este amargo trance que estamos soportando, muchos salieron a resolver sus afugias con el más incauto para cuadrar caja, porque hay que ver cómo están cobrando los oficiales de construcción, plomeros, mecánicos, electricistas, pintores, jardineros, y toda clase de técnicos y expertos en oficios que poseen ciertas habilidades específicas. No digamos los profesionales, porque con ellos todavía no me he remitido. Quería consultar con un psicólogo, o si la cosa sigue grave, con un psiquiatra, pero me dicen que las consultas están por las nubes, así que tendré que seguir recurriendo a solucionar los problemas de mi existencia con los sabios tutoriales de Youtube.     

    Y no es que pretenda que no cobren por su trabajo. Claro que no. Desde luego que las cosas no son gratis, eso dejémoslo para los socialistas. Pero sí que sean conscientes y cobren lo que es justo; que no se sobrevaloren ni como trabajadores ni como personas. Porque pescar en río revuelto sólo es comida para hoy y hambre para mañana, y la vida pasa factura tarde o temprano por el oportunismo.

    Así las cosas, estoy pensando seriamente en dejar de escribir este blog y no gastarle tanto tiempo a los libros ni a mis aspiraciones literarias. Me iría mejor en la vida si me embebo en los asuntos de las tuberías, las llaves, los acoples de PVC, los grifos, las mangueras, etc. Porque indudablemente, un plomero tiene muchas más posibilidades de ser contratado que un escritor. Y sobre todo  tiene una ventaja: que a este último sí le pagan lo que quiera cobrar por su trabajo.



jueves, 13 de agosto de 2020

Iba a hablar de otra cosa, pero...

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Hoy visité uno de esos almacenes catalogados en lo que hoy se conoce como Grandes Superficies. Han ganado el posicionamiento en la mente de los compradores por sus precios, por la comodidad que ofrecen, y por la variedad de sus productos. De este modo han sabido liquidar a la frágil competencia que no tiene músculo financiero para igualarlos en precios, ni en portafolio diverso, ni para brindarle al comprador comodidad en el servicio. En muchos casos ni siquiera pueden ofrecer un parqueadero, por ejemplo, porque sus negocios están sobre la vía. El único remedio que les queda es esperar y rogar por que otros clientes menos exigentes los visiten.

    Esos clientes residuales estarán dispuestos a pagar más caro, a conformarse con el limitado surtido que se les ofrece, y a aguantarse las incomodidades y el estrés que ocasiona dejar el vehículo mal estacionado en la calle, corriendo el riesgo de que aparezca el guarda de tránsito para terminar de encarecer la compra.

    Están estos pequeños negocios en una indudable desventaja con respecto a las grandes superficies que se adueñaron del mercado. No se cumple con ese sagrado principio de igualdad que se propugna como el ideal de un sistema económico moralmente aceptable; pero aquello no es más que una clara realidad de las Leyes Mercantiles, y ante eso no es mucho lo que yo pueda decir.   



    Porque en este artículo no pretendo tratar el problema del capitalismo salvaje; ese que todos conocemos tan bien, consistente en que “el pez grande se come al chico”.

    Yo pensaba hablar de otra cosa que no fuera el mismo tema del que hemos estado hablando todo este año; de ese por el que hemos venido convirtiéndonos en carne de gusano o en cenizas para contaminar la atmósfera. Sí, de ese mismo temita que no es rey pero que tiene corona, y que hasta produce animadversión pronunciar su nombre. Pero caí en cuenta de la dura crisis por la que atraviesa el gremio de los pequeños comerciantes, que en su mayoría pertenecen a la clase media, y entonces me acordé que todo está relacionado.

    Como todos, los pequeños negocios de particulares tampoco pueden soportar más tiempo la recesión. Cantidades de ellos tuvieron que cerrar, y los empleos que se perdieron no fueron solamente los de las grandes industrias o los del sector del turismo y los servicios. El comercio minoritario está al borde de la extinción.

    Y encima, cuando se les autorizó la apertura de sus locales, tuvieron que luchar contra esos emporios que bajaron sus precios y flexibilizaron las ofertas con tal de reducir el nivel de los inventarios, además de que pudieron ofrecer un protocolo de bioseguridad mucho más convincente para las autoridades sanitarias.

    El resultado para aquellos ha sido una triste reactivación económica enmarcada por el endeudamiento, la competencia más encarnizada y la falta de clientes.

    Y es que si los ricos han dejado de ganar (cosa que ellos dicen pero que yo no creo), los pobres han triplicado su pobreza. El rico tiene a su favor que siempre recupera con creces lo que en algún momento dejó de percibir. En cambio la clase media se vuelve pobre, y el pobre se reduce a la miseria. Así continúan intensificándose las desigualdades que supuestamente el orden que entrará en vigor se encargará de subsanar.

    Es una paradoja: hubo quienes estuvieron ansiosos por salir a trabajar y retornar a la normalidad, pero no fueron autorizados, o simplemente sus contratos quedaron cancelados, o no encontraron a quién venderle su mercancía. Otros, en cambio, están haciendo votos porque se prolongue la situación para que el Estado tenga que ponerse en plan de mantener a la población con salario mínimo vital, servicios públicos libres, donación de mercados, seguro de salud, educación gratuita, subsidios y ayudas de todo tipo, como si nada de eso costara. En otras palabras, son muchos los que aspiran a vivir de la teta del Estado: Socialismo del siglo XXI. Para algo tenía que servir el Covid (o si no ¿para qué se lo inventaron?).

    Y cómo no va uno a querer que mientras la crisis pasa, el Estado se haga cargo de los más necesitados y conceda plazos para pagar los impuestos (pero sin intereses), y nos brinde salud y educación de primera calidad, y nos dote con un salario generoso que alcance para todo y hasta más. Cómo no voy a estar de acuerdo con que se ocupe de nuestra suerte con la devoción con que lo haría un padre por un hijo que ha sufrido un revés. Pero bien sabemos que las leyes del mercado son implacables, y que tratar de cambiarlas es cambiar la noción misma de la economía, que debiera consistir más en la generación de riqueza, y no tanto en la distribución de los bienes y servicios disponibles en una sociedad. No se sabría que es peor, si depender del señor Estado, o defendernos por nuestros propios medios con las manos atadas.

     Las ayudas orientadas a la repartición de dinero serían siempre insuficientes. Para ello la máquina de hacer billetes del Banco de la República tendría que ponerse en movimiento con el consabido riesgo de la hiperinflación. Y a los políticos que están en contubernio con los bancos y los grandes capitales no les conviene que se genere una devaluación considerable, pues no quieren perder sus privilegios.



    Mientras tanto el pueblo sufre, resiste, sostiene el cañazo, pero ya se está aburriendo de la situación. La gente está cansada, la gente buena quiere salir a trabajar y no espera subvenciones.

    A medida que pasan los días se baja la guardia con los lineamientos de seguridad a pesar que las cifras siguen siendo desalentadoras.

    La cifra de muertos que antes era tan temida, ahora se convirtió en cotidiana. Lo normal en este momento es que sean entre 300 y 350 fallecimientos diarios. Cuando rompamos la barrera de los 400 o los quinientos, alzaremos la cabeza y nos miraremos con preocupación, pero al día siguiente tendremos que olvidar “que algo grave está pasando en este pueblo”, porque habrá que hacer como si la cosa no fuera con nosotros.

    Ya sabemos que si nos contagiamos será por nuestra cuenta y riesgo, pero también porque será una situación inevitable, como inevitable es morirse algún día.

    Mientras estemos vivos estaremos obligados a seguir comiendo y pagando renta.

    Y cuando seamos una más de las fatales estadísticas no podremos devolver el tiempo ni habrá lugar al arrepentimiento, pues no tuvimos más alternativa que salir.

    Que se arrepientan los que se dedicaron a las fiestas clandestinas, y eso que ellos son los que menos se arrepienten, porque aunque se mueran, ya nadie les quita lo bailado.

    Fui un defensor acérrimo de la cuarentena. Pensé, como los gobernantes, que era una medida efectiva, pero la realidad nos mostró que no fue así. Que sólo sirvió para quebrar las incipientes economías.

    Fui de los que salieron abrigados de pies a cabeza, se bañaron en cloro, desinfectaron a diario hasta el último rincón de la casa, se recluyeron en su cuarto sin querer ver a nadie, pero me cansé de tenerle tanto miedo al virus. Ahora guardo las prevenciones necesarias sin exagerar.  

    No hubiera querido terminar hablando de lo mismo, pero la vida gira en torno a ese tema. Habría querido que la inspiración me guiara hacia la solución del dilema económico con el que empecé este artículo, aunque caí en cuenta de que también la gente está cansada de escuchar de pobreza, de desempleo, de incertidumbre, de quiebras, de falta de plata...

    Hasta envidia le da a uno de los que hacen las putifiestas. Al menos son los únicos que están pasando bueno en esta pandemia.

    Y cuando la vacuna llegue, no sé en cuánto tiempo, prometo que me uniré a una de esas celebraciones.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Doble celebración

Por Juan Felipe Giraldo Trejos








    Hoy ha sido un día de doble celebración para la izquierda colombiana. Se ha librado de una piedra gigantesca que le obstaculizaba sus planes de llegar al poder, llamada Álvaro Uribe: le dictaron medida de detención domiciliaria, y por si fuera poco, resultó positivo para Covid-19. El cielo hoy debe ser progresista, pues tanta alegría junta solo puede provenir de un milagro.

    A falta de una derecha decente, unificada y fortalecida, a la izquierda no le queda más que seguir con su ascenso vertiginoso, ya sin el estorbo de por medio; sin un rival digno que le haga contrapeso. Alcanzará la presidencia en tan sólo dos años de seguir como va, y está en todo su derecho de buscarla. Por eso sus militantes están celebrando la detención de Uribe: es prácticamente asegurar media Casa de Nariño y así obtener con dos años de anticipación el control total de la rama del poder que les falta.

    Eso si es que lo logran por la vía democrática. Nunca lo pudieron hacer. Con el ex presidente Uribe menos. Cada que tuvieron que enfrentarlo los derrotó en las urnas a pesar que alegaban trampa. Cuentan con la campaña sucia de sus odiadores expertos en la confusión y el saboteo, pero eso no ha sido suficiente hasta ahora. De no ser por ese odio, que es lo que mantiene vivos sus ideales, no se hubieran consolidado tan bien en la mente del colombiano promedio, que a falta de una propuesta sólida de derecha, los ve como los redentores del país.

    Además, con una ayuda extra de las cortes —que nunca actuaron en derecho sino en política—, la cosa pinta bien para ese sector acostumbrado a la derrota, y que ya quiere hacer realidad su sueño de ganar por una única y última vez, pues el día que ellos ganen, lo habrán hecho para siempre.

    De modo que cuando uno tiene tan pocos méritos propios por los que alegrarse, no queda más que celebrar la derrota de los enemigos.

    ¿Qué hará la impoluta izquierda ahora que no va a contar con Uribe en la palestra pública? Posiblemente el día de mañana lo trasladen a una cárcel, y no sé qué argumentos utilizarán para terminar de apoltronarse en la Silla de Gobierno. Por lo menos no serán argumentos basados en democracia, sino en lo que ellos saben: la argucia o la lucha armada. Desde hace tiempo el único objetivo que han tenido ha sido el de culparlo de todo lo malo que pasa en Colombia: no les falta razón en hacerlo. Esas cosas malas que hizo Uribe sirvieron para contener la agenda socialista durante muchos años, y es doloroso que el trabajo que uno ha planificado en conjunto con organismos internacionales y con gobiernos autoritarios, se eche a perder por causa de un político incisivo que tira por la borda los planes tan maquiavélicamente fraguados. Porque ese es el talante de los que hoy celebran.

    Me dirán que soy otro más de los conspiranóicos que tanto pululan por estos días, pero el cuento ese del tal Castrochavismo no es tan cuento como quieren hacer creer desde la otra orilla. Su componente de peligrosidad está en el ADN de esos líderes de izquierda que nos piensan gobernar.

    Lastimosamente aquello solo se podrá demostrar con el paso del tiempo; en la práctica, cuando la realidad pura y dura nos apabulle.

    De otro modo no es posible convencer a esos tan mal llamados progresistas y militantes de izquierda que con las políticas del Estado controlador, aguantaremos más hambre que en Venezuela. Pidan su nuevo gobierno a gritos, señores, y a la vuelta de dos períodos presidenciales estaremos todos sumidos en la más absoluta miseria: Sin propiedad privada y el país hipotecado a la China. Ya no valdrán las lágrimas arrepentidas.

    Celebren hoy el regalo mezquino que les dieron unos jueces cuestionados. Yo haría lo mismo si el capturado hubiera sido Timochemko o Santrich, o el mismo Cepeda, quien todavía no me termina de convencer su explicación sobre qué hacía paseándose por las cárceles colombianas con grabadora en mano, ¿acaso cumpliendo su deber de Senador?

    Es más, creo que lo mejor que le puede suceder a Uribe para pasar a la historia como un mártir de la patria, es irse de una vez a la cárcel. A lo mejor la posteridad lo recuerde con mayor benevolencia, porque en el presente se tiende a ser desagradecido.

    A ver a quién le echarán la culpa los mamertos, ¿a Duque? Ese pobre ni para enemigo sirve. Es que Álvaro Uribe, aparte de ser el estorbo mayor del Socialismo del Siglo XXI, evitando que sus oponentes lo implementen en Colombia, siempre tuvo un pésimo ojo para elegir sucesor, y creo que ese es un problema de buena fe, pero gravísimo.

    El asunto es que la mitad del país todavía es de derecha, señores, y no piensen que esto ya lo tienen ganado.

    En caso de ganar la izquierda la próxima elección presidencial, habrá que reconocer el triunfo, si ha sido en franca lid, y desearles que les vaya bien si es por el bien del país. Aunque si parten del supuesto de que la mayor victoria es ver al enemigo derrotado, y enfocarse solo en eso, estaremos jodidos. 




Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...