De la misma manera como Rupertino Díaz
terminó el año 2022, asimismo terminó el 2023: acostado en el sofá de su casa, muy
seguramente viendo por televisión La Gran Fiesta de los Hogares Colombianos que
conduce y dirige el reconocido presentador Jorge Barón, ya en su etapa de
decadencia y senilidad.[1]
Pero no es de don Jorge Barón, respetado
señor, de quien se trata esta historia, sino del desconocido Rupertino Díaz, un
insignificante ciudadano colombiano que hace parte de la misma masa ignota que
se tiene que entretener con cualquier cosa el último día del año para no sentir
que en realidad no sólo se está acabando un año más del calendario, sino que se
le está acabando la vida completa sin haber hecho nada de provecho; yaciendo en
su sofá como un autómata, día tras día desde el primero de enero del año que finalizó,
y continuando así hasta el próximo 31 de diciembre, porque seguramente
Rupertino destinará gran parte del nuevo año perdiendo minutos frente al
televisor.
Su niñez fue dirigida por la pantalla chica,
por allá en los años ochenta, cuando presentaban los mejores dibujos animados
de la historia, que sí eran buenos dibujos. En ese entonces los héroes luchaban
contra el mal, cuya representación característica no venía dada por el hombre
blanco capitalista heteropatriarcal y cristiano, como ahora, sino por toda
clase de monstruos ambiciosos, corruptos, egoístas, destructores, rencorosos,
viciosos y holgazanes que querían apoderarse del mundo, y cuya piedra en el
zapato eran los héroes que Rupertino admiraba. Al final los maleantes eran
vencidos y la vida afuera continuaba aparentemente normal, aunque de vez en
cuando no dejaban de acechar algunos de los temores reales para los cuales no
existían héroes capaces de mitigar el miedo: la bomba atómica, una guerra
nuclear, la guerrilla, el narcotráfico, un secuestro, un volcán en erupción, la
posibilidad de quedarse solo, etc. Rupertino creció viendo en la televisión que
el mal nunca triunfaba, pero pronto se dio cuenta de que la realidad era muy
diferente.
También en su adolescencia, desde los doce
hasta los dieciocho, se la pasó acostado en un sofá muy similar, pegado al
televisor, malgastando esa década de los noventa donde ya en su casa contaban con
un VHS para realizar las grabaciones de los programas favoritos, de modo que el
goce frente a la pantalla se pudo dar por partida doble. Fue el tiempo de las
películas de alquiler, de las series juveniles y de acción los fines de semana,
de los programas de concurso y de bromas en la calle, de los partidos de fútbol
por el regreso de Colombia a los mundiales, de las nuevas telenovelas que
trataban la problemática del país, de los magazines musicales, ahora con rock
en español, y presentados por las jóvenes vedettes de la televisión, que eran
las hijas de las vedettes de los años setenta. A Rupertino lo asaltaban las
hormonas viendo a Angie Cepeda y a Viena Ruiz en el Calendario Sueños del 94; soñaba
teniendo un romance con Carolina Acevedo, con Ana Lucía Domínguez, con la misma
Carolina Gómez, Señorita Colombia. Fue la década de Natalia París y Sandra
Muñoz en su mejor momento. La considerable cantidad de televisión que vio en su
adolescencia precipitó la madurez sentimental de Rupertino hacia una serie de
amores malogrados por creer que para conquistar mujeres bastaban los osos de
peluche y las esquelas de Timoteo, tan famosas en la época. Pronto comprendió que
a las únicas mujeres que les gustaban todos esos detalles romanticones y
melosos eran a las de las telenovelas que él veía, y eso porque esos detalles
provenían de galanes como Manolo Cardona, Naren Daryanani, Rafael Novoa, Andrés
Juan, y demás, o de lo contrario también se hubieran ganado su rechazo. A
Rupertino le faltaba y le seguirá faltando mucho para aspirar a ser siquiera la
décima parte de un galán de telenovela. Pero no importaba, él seguía
regalándole su atención al televisor, porque el televisor lo estaba maleducando
y le estaba alimentando las estúpidas fantasías que luego le cobrarían con dolor
en la adultez.
Y fue en la adultez temprana donde tampoco se
despegó Rupertino del aparato pérfido. El agravante fue que ya para esa época
se acrecentó la televisión por cable, y Rupertino se sumió por horas pasando
canales, viendo fútbol de otros países, series de otros países, divas y galanes
de otros países, y todos los refritos que pasaron repetidos y que no se pudo
ver en su juventud. Comenzaban los años dos mil, y Rupertino nada que se
despegaba del televisor. Ya no eran dibujos animados, ni películas de alquiler,
sino toda la gama de canales y más canales que no alcanzaba a dar la vuelta en
una hora. Se volvió adicto al zapping y ya no miraba nada con devoción;
ningún programa en particular, porque de cada canal veía un trozo y así se hizo
a una idea de cómo estaba el mundo: de cada cosa atrapó un pedacito en su
cerebro, llegando a los treinta años con un poco de retazos de imágenes en la
mente que no le permitieron un recuerdo duradero. Y para colmo, el viejo VHS
fue reemplazado por el DVD, el aparato de reproducción laser en el que no sólo
podía ver videos musicales de sus artistas favoritos, sino el resto de
películas que no se vio en el cine, que hasta se encontraban vigentes en
cartelera, porque los DVD’s piratas se conseguían fácil en los semáforos de
cualquier esquina, de modo que Rupertino no tenía excusa para pararse del sofá
y dejar la abulia. Fue así como lo sorprendió una nueva década sin haber hecho
nada más que mirar y mirar televisión, siempre acostado en el sofá. Ya el milenio,
comenzado hacía diez años, iniciaba el tránsito a los años veinte, con la
novedad de que no sería el televisor lo que tendría anclado a Rupertino a su
sofá, sino el celular lo que lo tendría prisionero en cualquier lugar y a toda
hora.
Cuando llegó la marejada de los “teléfonos
inteligentes”, Rupertino encontró una nueva forma de entretención. Dejó a un
lado el viejo televisor porque en el internet lo encontraba todo: videos, música,
fotos, chismes, y hasta amigos virtuales. Se quedaba horas y horas pegado a esa
otra mini pantalla que era el celular, y de ese modo se olvidó de estudiar, de
trabajar, de prepararse para el futuro. Dejó de ver las telenovelas y los
programas televisivos de otros tiempos por estar husmeando la vida del prójimo.
Con la aparición de las redes sociales, Rupertino encontró que la vida de los
individuos comunes y corrientes era mucho más interesante que la de los héroes
de las películas, y así se dedicó por entero a buscar ex novias que lo dejaron por
no hacer más que mirar televisión, enemigos que se salieron con la suya y ahora
estaban en mejor posición que él, ex compañeros que se dieron la gran vida y gozaban
de la fama y el prestigio que Rupertino hubiera querido para sí; en fin, se dio
cuenta de que la gente había avanzado con el mundo, y él seguía allí como un
espectador de la vida ajena desde su móvil, sin mover un dedo para cambiar la propia.
Al contrario, fue en la red donde Rupertino encontró una infinidad de
posibilidades de entretenimiento, con lo cual estuvo incluso demasiado ocupado
hasta para entretenerse. No podía dar abasto con tanta notificación, con tanto
contenido por mirar, con tantos videos represados, con tanta información que la
gente subía a diario en sus páginas y que él no alcanzaba a evacuar. Había de
todo: programas informativos, conferencias, entrevistas, debates, shows de
comedia, asesorías sobre cómo ligar con mujeres, películas viejas y nuevas, recomendaciones
de películas y series, reseñas de las mismas, opiniones sobre libros, temáticas
en general, y opiniones a las opiniones, críticas a las críticas y reacciones a
las reacciones. Cada personaje particular que luego fue conocido como influencer
tenía algo para decir, y Rupertino necesitaba saber qué era, pero no podía
verlos a todos. Al final tuvo que escoger entre unos cuantos para que lo
entretuvieran, pero se cansaba pronto y cambiaba, ya no de serie, ni de
película, ni de canal de televisión, sino de canal de Youtube, de Short,
de Reel, de cada pequeño fragmento de video que no duraban ni un minuto
y que a Rupertino le parecían eternos, porque era mucho lo que tenía que ver.
Pasaba y pasaba el dedo para continuar, uno tras otro, durante horas, hasta que
en sus ojos se esbozaban los bastones negros que le tenían entorpecida la vista
desde hacía tiempo.
Así recibió Rupertino el 2024: inmutable,
improductivo, impertérrito, impotente. Sin
siquiera levantarse a mirar por la ventana los juegos pirotécnicos que estaban
reventando al frente de su casa. Se mantuvo acostado en su sofá, absorto en el
celular, que a veces coincidía con lo visto en el televisor, porque estos aparatos
también se modernizaron para no quedarse atrás y se convirtieron en Smart Tv’s.
Era imposible despegarse: streams, notificaciones, fotos de sus
conocidos en lugares improbables, nuevos videos de sus Youtubers
favoritos, recomendaciones para ver. No podían cerrarse sus ojos que ya ardían
en el fuego azul del display del celular.
Porque Rupertino sentía que había perdido gran
parte del conocimiento del mundo mirando sólo televisión, y que esa oportunidad
que se había ido le iba a hacer falta para mirar todo lo que tenía que mirar en
internet, en donde estaba la verdadera entretención. Lo sorprendió el 2024
perdiendo el tiempo frente a la pantalla, y así se le iba a ir todo el año,
como se le habían ido los cuarenta y tantos años anteriores, anhelando vivir la
vida de los demás al tiempo que hacía todo por desvivir la suya.
[1] A propósito del presentador, este debe ser
otro de esos personajes extraños a los que no les gusta reunirse con la familia
en Nochebuena y Año Nuevo, pues lleva no sé cuántos años pasando esas fechas
lejos de su casa, armando la fiesta en otro toldo, con un poco de gente que ni
conoce y promoviendo unos artistas que tampoco nadie conoce, o que conocen
tanto, que ya nadie quiere ver. El vetusto conductor se las arregla para que
los únicos dos días del año en que tenga que trabajar de manera obligatoria,
sean el 24 y el 31 de diciembre. El resto del año pueden contar con él, si
acaso no está discutiendo con su alter ego Jorgito, el portero de
un edificio desconocido que al parecer es más añejo que el presentador y que le
conoce todos los secretos. En una de esas a Jorgito le da un ataque de
sinceridad y hace quedar mal a don Jorge.

























