jueves, 30 de abril de 2020

Tiempo pa' matar

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    "Matar el tiempo no es lo mismo que tiempo pa' matar, no seas bruto", escucho que Willie Colón pregona en el piso de arriba, donde mi vecina lo pone a todo trueno en estos tiempos de pandemia. Lo canta a dúo con él, como si aquello del tiempo pa' matar al fin fuera un sueño que se le estuviera cumpliendo. Y de hecho pareciera que sí, que incluso a toda la humanidad se le concedió, a la brava, ese deseo de tener más tiempo para sí misma. 
    "El tiempo es oro", reza el viejo adagio, y encima, desde las redes sociales, los noticieros, el mundo de los influenciadores (a los que se les dio por bautizarse con la palabra en inglés para ser más creíbles), y demás medios nocivos de desinformación, nos venden ideas para aprovechar mejor el tiempo en casa durante esta cuarentena. La presentadora de farándula y otros desocupados que no saben con qué llenar sus espacios light me obsequian unos tips muy valiosos con los que puedo seguirme manteniendo en forma desde casa, como si ellos ya conocieran la existencia de esta impúdica panza que llevo cultivando desde hace dos meses y se avergonzaran de ello más de lo que mi antiguo yo se avergonzaría. Sí, escribí bien: mi antiguo yo; porque este yo del aislamiento obligatorio, el que deambula como un zombie de la nevera a la cama y de la cama a la nevera, y que dormita como un perico en invierno sin hacer nada productivo en la vida, ya no se avergüenza de su prominente barriga y su cara fofa de hombre bonachón. Pareciera que me hubiera disfrutado la vida cuando en realidad no he hecho otra cosa que poner en ejecución dos deliciosos verbos: comer y dormir. 
    Es que ahora no estoy en modo ejercicio, y aunque en los últimos veinte años fui un asiduo visitante del gimnasio del barrio, donde ya me conocen hasta las camisetas para cada sesión de rutina, prometo que no romperé mi disciplina de engordamiento voluntario hasta que no reabran el espacio adecuado que yo requiero para realizar deporte. Eso de improvisar arriesgados ejercicios al lado de la cocina, que es la única parte de la casa donde hay más o menos amplitud, es una criminal tentación que me conducirá, como siempre, a abrir la nevera y mirar qué hay. No, por favor. Ahora no. El gimnasio por el momento queda pendiente, pues tengo muchos videos que ver en Youtube y en Facebook, y no son precisamente tutoriales para aprender inglés ni para hacer tapabocas caseros. 
    Cómo les dijera. Me he percatado que tengo mil cosas que hacer aquí en mi casa; cosas que llevo posponiendo años y años porque aparte de indisciplinado, soy un procrastinador irremediable. Entonces se me juntó lo que tenía que hacer con las nuevas actividades propuestas por los medios, y ahora no sé a cuál de todas atender. Mucho me temo que no voy a tener tiempo de hacer nada de lo que tenía en mente. 
    Escribir, por ejemplo, se me convirtió en un proyecto a largo plazo. A tan largo plazo, que ni con cinco encierros por distintas clases de coronavirus alcanzaré a terminar mi novela corta que reposa en los anaqueles del aplazamiento, llenándose de polvo y cubriéndose de olvido. Es que los titulares sobre las divas mexicanas que fueron rechazadas en Televisa, o los goles del mundial de España 82, o las peleas con policías de tránsito por comparendos injustos -que registra la gente en su legítimo derecho de grabar el procedimiento y colgarlo en las redes-, o las bromas de la brasilera que muestra las nalgas, no me dan tiempo para hacer nada en esta temporada. Por Dios, es que son muchas cosas. Aún no comienzo a leerme ninguno de los más de setecientos libros que tengo en la lista para llegar a ser un buen escritor, y no sé cuándo comenzaré. Tengo temor de que de pronto ya no me alcance la vida para hacerlo a este aletargado ritmo de un libro cada dos meses. Necesito que se amplíe más la cuarentena, por favor, señor presidente (¿o señora alcaldesa de Bogotá?). 
    Dicho esto, no sé si a alguien le pase lo mismo que a mí. Si en verdad está aprovechando su tiempo para cocinar recetas nuevas, aprender otro idioma, jugar juegos de mesa con su familia, leer, hacer origami, regar las matas, sacar al perro cinco veces al al día, o si lo están utilizando, como yo, en las tareas tan importantes y urgentes que me imponen desde la pantalla del celular o del televisor. 
    "Estás perdiendo el tiempo", me dijo una amiga que se jacta de leer un libro por semana y que disfruta como ninguna de las obras de Marx y Engels. Se ha leído El Manifiesto Comunista tres veces en este mes porque me dice que cada vez que lo lee aprende cosas nuevas y se amplía su visión de cómo debería ser el mundo si estos líderes del Neoliberalismo no lo hubieran deteriorado tanto con su consumismo mal sano y su avaricia, que es lo que nos tiene como nos tiene. No sé por qué, pero creo que mi amiga Catalina debe ser de las que se persigna con la izquierda. En todo caso, le refuté que yo no perdía el tiempo, pues lo tengo de sobra, y de esa manera puedo inventarme actividades para matar el tiempo como yo quiera. Me contestó con su tono burlón de erudita socialista de estrato seis de la misma forma como Willie Colón lo dice en su canción: "Matar el tiempo no es lo mismo que tiempo pa' matar, no seas bruto". A mi amiga Cata la bauticé como Cata la marxista, sin que ella lo supiera, por supuesto. Aunque me hizo caer en cuenta de lo que muchos seres humanos, incluyéndome yo, estamos haciendo en medio de esta pandemia: estamos matando el tiempo, aburriéndonos, engordándonos, deprimiéndonos, con ganas de que esto pase para volver a ser los sujetos ocupados e interesantes que éramos antes, pues nos duele estar encerrados con nuestros seres queridos, alejados de todo lo que supone el feliz encuentro en el comercio, el sistema de vida soberbio que critica mi amiga Cata. Pues les cuento que a partir de hoy eso va a cambiar, señores. No porque me vaya a sentar a escribir con disciplina, a ver si algún día publico algo decoroso, ni porque vaya a aprender inglés, que tanto lo necesito, ni porque quiera poner en práctica esas deliciosas recetas de los chefs que pretenden pintarnos una sonrisa en la tediosa cocina, ni porque vaya a leer los textos represados, ni a expulsar con el aseo las ignoradas energías que se esconden en mi casa. Nada de eso. Lo que va a cambiar es simplemente la actitud frente a la cuarentena. De ahora en adelante me levantaré con más ánimo a comer y a seguir viendo televisión hasta que anochezca, porque en estos tiempos de emergencia no es bueno ponerse a inventar. Se los digo yo, que solamente se me vienen las ideas brillantes cuando precisamente no tengo oportunidad de escribirlas, o me encuentro ocupado. Ahora estoy como un libro en blanco.
    Que viva el encierro, que siga la cuarentena, que no se acabe el tiempo libre porque ahora sí lo podemos matar con gusto cuando anteriormente su escasez era la que nos mataba a nosotros. Bendita cuarentena que me permite ahondar sobre la vida de los personajes de El Chavo, y repetirme todos los capítulos de Alerta Aeropuerto, cuando viajar con droga en un avión era algo tan seguro e inofensivo en comparación con el Covid-19.














viernes, 17 de abril de 2020

Un hombre contra las corporaciones


Por Juan Felipe Giraldo Trejos



    Ni siquiera en medio de esta tragedia pandémica se aplacan los instintos carroñeros de aquellos cuya naturaleza es la avaricia y la corrupción, así como tampoco se les olvida para qué es que fueron concebidos.
    Ahí están los contratistas y los funcionarios de algunas alcaldías y gobernaciones, inflando precios de lo lindo en los productos con los que se supone van a calmar el hambre de los más necesitados, licitando con sobrecostos y partiendo la tajada para que sea el Estado el que tenga que asumir el excesivo gasto, y cada vez a los colombianos nos toque pagar más por la comida; ahí están robándose la comida de los pobres.
    Ahí están los bancos en lo suyo, como si nada pasara, ofreciendo préstamos con bajo interés para ayudar en la crisis. Mirando a ver cómo siguen amarrando al ciudadano de a pie de las que sabemos para tenerlo esclavo pagando una deuda impagable, hasta que finalmente lo embarguen y lo dejen en la calle, porque saben que el ciudadano, aunque quiera obrar de buena fe, no va a poder retornarles su préstamo venenoso cuando se venga la recesión. Ahí están cobrando las cuotas de manejo como siempre, sin que uno en un mes haya hecho ni un ínfimo retiro, y multiplicando sus ganancias con los cobros por transferencias electrónicas, ahora que todos tenemos que insertarnos necesariamente en la onda del pago virtual. Y lo peor es que cuentan con el total respaldo de la ley, que en este caso sí opera. Con razón están ayudando con tan buenas intenciones, con ese espíritu de desprendimiento que los ha caracterizado; saben que eso lo recuperan en un corto lapso de tiempo, y entre más se demore el virus más frotan sus manos los banqueros. Los muy miserables tienen la sartén por el mango y jamás están dispuestos a dejar de ganar. ¿Cuándo pierden los bancos?
    Ahí está el Banco de la República, más preocupado por sus cifras que por inyectarle liquidez a la economía pensando en que de pronto no se le cumplen las metas financieras, como si este año a alguien se le fueran a cumplir las metas en el mundo.
    Ahí está el gobierno con su ortodoxia económica cargado de buenas intenciones, pero una vez más por el camino equivocado, dizque a través de préstamos en las entidades financieras cuando sería mejor que la plata le llegara directamente a las empresas, especialmente a las pequeñas y medianas, las cuales necesitan pagar su nómina porque de lo contrario corren el riesgo de desaparecer. La plata debiera llegar también a las cuentas de las personas naturales que tienen negocios, de los cuales a duras penas sobreviven, y que cuentan con dos o tres empleados de cuyos trabajos dependen también sus familias. Pero no, hay que seguir con la maldita ortodoxia e insertar los recursos en donde menos deberían ser insertados: otra vez en las arcas de los poderosos bancos que pueden darse el lujo de decir quién come y quién no. El gobierno, nuevamente, rinde pleitesía a los dueños de los grandes capitales al tiempo que le sonríe al pueblo y le promete la ayuda que sabe que no le va a llegar. Se los compruebo: arriésguense a salir a la calle para pedir un préstamo, hoy 16 de abril, con motivo de pagar la nómina de su microempresa a ver si no lo devuelven con las manos vacías. Los desafío.
    Ahí están las empresas de telecomunicaciones, entre ellas las tales Tigo y la otra turbia que ni quisiera mencionar, ofreciendo planes de bajo costo para engramparnos más, y a lo que esto pase subir la tarifa y darnos en la mula; con sus lemas chimbos de te damos más, o queremos que tu vida sea más fácil. Si de verdad me quisieran facilitar la vida no me estarían mandando mensajes con anuncios amenazadores de que me van a cortar el plan del celular y el internet en plena cuarentena, cuando no puedo ni debo salir exclusivamente a pagarles sus facturas, ¿acaso no saben que hay que quedarse en casa? Pero ellos no tienen la sensibilidad humana ni siquiera para dar un compás de espera hasta que termine el período de encierro, como si allá afuera no nos estuviera esperando la muerte. Como quien dice de malas, salga a pagar lo que nos debe, gánese una multa y una porción de coronavirus.
    “¡Ah, pero es que usted no es recursivo!”, me espeta mi amigo Diego Faciolince, a quien cariñosamente, y sin que él lo sepa, yo lo llamo Diego Facholince, el Facho Lince. Me explica que para eso existen los pagos electrónicos, “la tecnología, weón, úsela”. No me venga a decir a mí, dinosaurio de las telecomunicaciones, que a través del pago electrónico la vida se me hará mucho más sencilla. Eso dígaselo a los cibernéticos y a los de la generación Millenial en adelante, que son los que mantienen pegados de esos aparatos. He desperdiciado varios días tratando de conectarme infructuosamente con las plataformas, digitando mis datos personales sin saber quién los está viendo, con el temor de que un hacker me infiltre, para venirme a dar cuenta, mucho tiempo después, que lo primero que se necesita es tener cuenta en el banco, ¡valiente gracia! Y lo mismo estarán pensando miles de personas que escasamente saben contestar el teléfono, pues estos dueños de las telecomunicaciones no entienden que no todo el mundo tiene acceso a esos medios de pago que ellos tanto publicitan, y no por eso se les debe castigar quitándoles el servicio, porque si no lo saben, estamos en una emergencia a nivel mundial. Si los que viven de un arrendo no pueden en este momento cobrarle a sus inquilinos por obra y gracia de la crisis, ¿por qué los operadores de telefonía, televisión e internet no pueden también esperar una quincena más a que la gente pueda salir a darles su plata para que se llenen? Ah, no. Son políticas empresariales. Ese es el talante de las compañías que más se necesitan en este momento, pero que están dispuestas a castigarnos al menor retraso, que por cierto es un retraso por fuerza mayor. (Esta mañana estaba planeando mi venganza para cuando me cortaran el servicio. Al término de la cuarentena saldría de aquí y exigiría con ademanes de guapo mi cambio de plan. Ya no más mensualidad de mi parte, señores, se les acabó el chorro de los sesenta mil pesitos. ¡Me cambian la línea a prepago de inmediato!... Ya no hay necesidad, pues esta mañana se acordaron del decreto 464 de 2020. Milagrosamente ampliaron el plazo de pago hasta el trece de mayo, cosa que me parece bien. Lástima que no hubiera sido por una iniciativa solidaria de la empresa, sino por orden del gobierno, ¡buena esa, Ivancho! Eso sí, no voy a corregir la columna para dejar constancia de mi furia de ayer. A la compañía de telefonía celular le digo que “si ya ampliaste el plazo, haz caso omiso de este mensaje”).
    Ahí está también la industria farmacéutica que incluye laboratorios, distribuidores, cadenas de droguerías, instituciones de entrega de medicamentos para pacientes del sistema de salud, entre otros. Muchos de ellos se están haciendo su agosto. Están guardando o encareciendo los medicamentos. Si les llega un surtido de tapabocas, guantes, gel antibacterial, alcohol, y suministros de protección, guardan las existencias aduciendo que su uso ahora está restringido porque se están destinando estos elementos a quienes más los necesitan, que son las clínicas y los hospitales. Uno entiende, pero entonces ¿por qué caros sí se consiguen? Es el argumento propio para inflar el precio. Y no digamos lo que está pasando con la Azitromicina y la Hidroxicloroquina, dos medicamentos esenciales que a falta de vacuna, se están usando en el tratamiento del Covid-19. Ya se está descubriendo extra oficialmente que en las fases iniciales de la enfermedad, estas sustancias  pueden aminorar los síntomas de la infección si son utilizadas a tiempo, antes que el virus pase a las vías respiratorias inferiores como los bronquios y los pulmones. Algunos médicos sostienen que pueden salvar vidas. La OMS todavía no se pronuncia y sólo dice que no existen pruebas para decir que el tratamiento sea efectivo y que tocaría realizar más ensayos. No sabe uno si a lo mejor, en caso de aprobar su utilización, se pueda dañar el negocio de la futura vacuna, que quién sabe cuánto irán a cobrar por ella. Lo malo es que como tanta gente está preguntando por estos dos medicamentos en las farmacias, ya no se encuentran disponibles, o están cobrando cinco veces por ellos, o están recurriendo a la exigencia de la fórmula médica, cuando siempre habían sido medicinas de venta libre. Es que pareciera que hubiera un espíritu perverso flotando en el ambiente que no quisiera que la gente se curara de inmediato. A lo mejor no haya solución, pero si existe la menor carraspera en la garganta, yo me acojo al concepto de médico cubano Misael Gonzáles, quien posiblemente detuvo el avance del poderoso virus en su organismo y en el de varios pacientes con una buena dosis de dichos medicamentos.   
    Ahí están todos a quienes por falta de espacio no menciono, pero que se están lucrando de la tragedia humana. No menciono a las funerarias que justo ahora están cobrando más por los entierros, porque ellas siempre han sido mercaderes de la muerte. En otra rabiecita me acordaré de más buitres que pescan en río revuelto.
    Sin embargo están también los que luchan por el bien de la humanidad y quieren encontrarle una solución a esto: el personal médico que hace lo que puede: soldados peleando una guerra sin armas; la policía que está pendiente que no desobedezcamos el aislamiento preventivo (los del tránsito se pueden ir a la paila mocha), el ejército, los empresarios buenos que sí los hay, los campesinos que nos siguen salvando la vida porque sin ellos esto sería peor, los trabajadores en los supermercados y plazas, los domicilios, los transportadores; tanta gente que se arriesga por este país y por los que envío todo mi caudal de fuerza positiva.
    Yo nada puedo hacer. Se me ocurren cosas siniestras, acciones realmente extremas por las que podría ir a prisión, pero me acuerdo entonces que no soy nadie para detener la avaricia y la corrupción del mundo, y menos la injusticia; que sólo soy un hombre contra las corporaciones.

martes, 14 de abril de 2020

Miedo al futuro

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    No entendemos, o no queremos entender que estamos atravesando por la peor crisis que ha podido sufrir la humanidad después de la segunda guerra mundial. Quizás la pandemia ya se le ha montado por encima a la guerra en su grado superlativo de destrucción, no por la cantidad de muertos, que todavía no son millones —y ojalá que no lo sean—, sino porque nunca la población del planeta sintió tanto miedo, en todo el mundo, y al mismo tiempo.
    Las dos guerras mundiales tuvieron la gran ventaja de ser excluyentes, porque no a todos los países les correspondió su cuota de sangre. Latinoamérica, por ejemplo, a pesar de ser una región tan golpeada por la pobreza, las dictaduras, la violencia o la corrupción —que en últimas se podrían agrupar todas en un solo paquete de males con una única raíz—, quedó a salvo de esos dos baños de sangre del siglo pasado, y también de la peste española y otras pandemias; y hasta ahora, a Dios gracias, no la ha tocado la guerra nuclear. Y si bien el Covid-19 nos tiene metidos debajo de la cama a muchos que sí creemos que en este momento el miedo nos puede salvar la vida, es cierto también que todavía no nos ha atacado con la sevicia con que asoló Europa y ahora está azotando a Estados Unidos. Claro, en Brasil y en Ecuador está causando estragos, y posiblemente en México lo haga; nosotros vamos en camino.
    En Colombia por ejemplo, la semana pasada pasamos de 2200 a más de 2400 contagiados en un día. (Hoy 13 de abril terminamos oficialmente en 2852). Entre viernes y sábado, si no estoy mal, pasamos de 80 a 101 muertos, cosa que no se había vivido en los días anteriores. Hoy vamos en 112 fallecidos. Esas son las cifras. Pero no es volteando la cara o cambiando el canal de las noticias —para no contaminarnos de malas energías con la realidad que nos presentan— como vamos a salir del problema.
    Nos dijeron que nos quedáramos en casa y muchos no hicieron caso. Nos tomamos las excepciones de la cuarentena para ir a la tienda o sacar el perro a miccionar varias veces al día, como si se tratara de un programa fenomenal para evitar el aburrimiento. Después nos pusieron el pico y cédula en las ciudades y tampoco nos valió. No es a los dos mil ochocientos y punta de contagiados que registran las autoridades en Colombia a los que yo les temo. No, mi queridos, lo realmente espeluznante es lo que todavía no se ha contado. Lo que anda por ahí, libre y asintomático, prendiéndose del aire que respiran las fosas nasales indefensas. El sub registro es a lo que yo le tengo verdadero pavor, porque es lo que nos tiene evitando al vecino, al tendero, al domicilio, al portero del edificio, a nuestros familiares, y hasta nos tiene huyendo de nosotros mismos: todos somos enemigos potenciales.
    Al miedo lo acompaña también la zozobra, la preocupación de lo que será el día de mañana para quienes dependen de un empleo y están en riesgo de perderlo (o lo han perdido ya); para quienes viven del rebusque en la calle y no lo pueden hacer; para quienes tienen un negocio, ejercen un arte, viven de las remesas o las pequeñas rentas; para los que están por fuera del sistema; en fin, para todos aquellos que no tenemos la vida asegurada ni podemos darnos el lujo de guardarnos un año en cuarentena a ver si quedamos vivos. Creo que por más que lo evitemos, vamos a tener que salir, y olvidémonos que la situación ya va a estar controlada. Lo dijeron los expertos, que el maldito bicho se va a quedar conviviendo con nosotros como un criminal al acecho durante mucho tiempo. Tanto, que el intruso tendrá tiempo de establecerse, echar raíces, formar una prole y nacionalizarse. A lo mejor en un país serio —que seguro no va a ser Colombia— descubran la vacuna y lo neutralicen, pero para cuando eso suceda ya estará hecho el daño con las consiguientes secuelas; ya el virus habrá mutado en otros virus para los cuales tampoco habrá vacuna a la mano y comenzará de nuevo la función. Es que dadas las circunstancias uno no puede ser muy optimista.
    Y las secuelas no sólo van a ser a nivel de salud, que ya de por sí es muy grave. Se augura que después de esto vendrá la más dura recesión económica que a nivel mundial haya vivido la especie humana en toda su historia. Y tendremos extendida otra peste: la del desempleo.
    Espero que no repitamos la historia del siglo XX. También avanzado en una quinta parte, se hizo célebre por la pandemia de la gripe española, la cual duró poco más de un año y alcanzó a matar a cincuenta millones de personas. Al principio no se registraron muchas muertes y por ello se pensó que no iba a ser grave. Pero al surgir el rebrote se dispararon los fallecimientos a unos niveles que hoy, con mucha más población que hace cien años, y con el mundo tan conectado, nos costaría imaginar. La ventaja fue precisamente esa, que las personas no tenían la posibilidad ni la necesidad de viajar con frecuencia; por lo menos no de hacerlo masivamente, como ahora que la cosa es bien distinta. Y entonces la peste desembocó en una recesión económica de monstruosas proporciones que se conoció luego con el nombre de La Gran Depresión. ¿Recuerdan La Gran Depresión o La Crisis del 29? Las imágenes eran desoladoras: miles de obreros sentados con hambre en los andenes esperando que las fábricas abrieran.
    Me aterra el pronóstico de los que han estudiado, porque si uno revisa, la única solución que le encontró la humanidad a esa crisis del 29 fue la Segunda Guerra Mundial. Y de esa mejor ni hablo. ¿Será acaso aquel panorama el que aguarda al mundo? Mejor no haber escrito esta columna y haber producido un pensamiento tranquilizador para ponerlo como un meme de Facebook, pero tengo un deber con mi conciencia.
    Es que todavía no estamos conscientes de lo que se nos viene pierna arriba, y somos tan ingenuos de asegurar que de esto vamos a salir fortalecidos. Con hambre y con deudas no coge fuerza nadie. Mucho me temo que la humanidad que ahora hace promesas y se agarra virtualmente de la mano con canciones de esperanza, vaya a sostener su palabra cuando finalmente pueda salir a recoger las ruinas de lo que era su orden mundial, y entonces la batalla por sobrevivir la llevará a considerar al otro como a su enemigo. Los abrazos que nos prometimos volverán a aplazarse, y Dios quiera que no sea así, pero cuando estemos evaluando el desastre vamos a mirar inevitablemente la viga en el ojo ajeno y a buscar culpables. Las consecuencias: se intensificarán los cierres de fronteras, los odios, las soberbias, la xenofobia, los totalitarismos. Por mucho que nos preparemos no vamos a tener la fuerza para resistir. Si ahora nos proponemos, podemos meterle un golpe en el vientre a la pandemia y hacerle agachar la erguida línea que mantiene, pero hay que acatar la cuarentena y después de ella tomar medidas drásticas de protección para aplanar la curva, como dicen los expertos. De todos modos hasta que no encuentren la vacuna tocará sobrellevar esta amenaza a cuestas.
    Si no podemos, entonces los de esta generación habremos pasado a la historia con un recuerdo vergonzante, y vendrán otras generaciones, las más jóvenes, a seguir combatiendo por la supervivencia de la especie y a tratar de imponer otro orden mundial; seguro uno de corte oriental y dragonesco, con índices de crecimiento demográfico desproporcionado, inclinado a producir en masa una copia idéntica del anterior sistema, pero mucho más barata y de mala calidad; y al que no le tengo ni cinco de confianza.
    Yo sí preferiría perecer en este desorden. Y después hagan lo que quieran.

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...