sábado, 31 de diciembre de 2022

Chao 2022

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Hoy se acaba el año. Como cada vez que se aproxima un final, es necesario hacer un balance de lo que se deja atrás. Lo que pasó en el mundo durante los últimos 365 días no lo puedo resumir en este artículo, pero puedo reseñar algunos hechos importantes que a mi juicio marcaron la pauta del 2022. Hechos que, por cierto, no fueron para nada venturosos y que por desgracia sus coletazos nos seguirán atosigando durante el 2023: la guerra de Ucrania, las políticas ecofascistas que permiten sospechar la escasez y el hambre, el encumbramiento del socialismo en Latinoamérica, entre otros.

    Mientras escribo esta columna escucho el conteo regresivo de los segundos que le quedan a este año difícil que ya es un cadáver fresco. No quisiera que se terminara del todo, no tanto porque vaya a extrañarlo, sino por el mal presagio ante el año que comienza. Desearía, en todo caso, que el tiempo quede suspendido.

    Podría decir que fue un buen año en lo personal, pero un mal año para el mundo. El balance arroja un saldo positivo en materia de salud, viajes, lecturas, aprendizajes y experiencias a nivel social, aunque deja un saldo negativo en el amor y uno muy pobre en materia de trabajo y finanzas. Nada puede ser perfecto, y cada ciclo tiene sus pros y sus contras.



    Al mundo, por su parte, no le fue tan bien, y al parecer le irá peor. La humanidad, a casi tres años de la pandemia, no cambió nada con la experiencia y continuó comportándose con su misma carga de soberbia. A pesar de que nos han dejado vislumbrar un poco el futuro que nos aguarda, pareciera que ese panorama fuera un espejismo; una imposibilidad probada. Pero el panorama se acerca como un tren potente que se ve desde lo lejos y los humanos estamos amarrados a la carrilera. Dios quiera que para el próximo año los presagios no se cumplan. Que todo marche bien, que la burbuja no se rompa.

    Tuvimos que presenciar un hecho nefasto como lo es la guerra Ucrania-Rusia, cuyas repercusiones negativas seguiremos viviendo. Fue un suceso que polarizó aún más la sociedad mundial. A quienes hablaron contra la OTAN y los Estados Unidos, alineados a favor de Ucrania, se les señaló de comunistas prorrusos, de estar a favor del genocida Putin. Pero si se criticaba a este último, la opinión contraria los acusaba de globalistas. Tanto de una parte como de otra se cometieron trasgresiones, se violaron acuerdos, se faltó a la palabra. Ni Rusia tenía derecho de invadir a Ucrania, ni la OTAN, que la defendía de dientes para afuera, podía pretender ser la policía del mundo. Biden, por su parte, azuzó una guerra inútil llamando “asesino” a Putin. A él también habrá que cobrarle su cuota de responsabilidad en los muertos y destrozos.

    No resultó ser cierto que el ejército ruso fuera una fuerza letal que aplastaría sin piedad a Ucrania en un par de semanas. Los ucranianos han sabido resistir, pero están dando su vida por un teatro orquestado por el mejor de sus actores: Zelensky, quien conmina a sus ciudadanos a pelear la guerra mientras él se va a hacer lobby a Estados Unidos.

    Para lo que sí sirvió la guerra fue para que los medios, en especial las redes sociales, manipularan la información, y para que los europeos se quedaran sin gas, desatándose una crisis energética en el Viejo Continente.



    Como consecuencia de la guerra y otras políticas del poder global, tales como la lucha contra el cambio climático, el 2022 también nos dejó la pérdida de la soberanía energética en Occidente. Sólo Rusia, China e India siguen desarrollándose a base de combustibles que emiten dióxido de carbono. Para ellos no aplica el discurso para combatir las temperaturas extremas que azotaron al mundo este año. China, por ejemplo, produce el 30% de la contaminación mundial. ¿Dónde está Greta Thunberg reclamándole al Partido Comunista?

    El resto se tiene que alinear con la Agenda 2030, la cual les prohíbe a los países en vías de desarrollo que dejen de desarrollarse. Y esa prohibición surge, paradójicamente, de los países que ya se desarrollaron. De modo que bajo el catastrofismo climático la humanidad entrará en riesgo de perecer de hambre. No por nada en Colombia tenemos a un payaso macabro que nos piensa dejar sin petróleo y sin gas por el capricho de cumplirle al “gobierno único mundial” que desde la ONU y las ONG de los metacapitalistas nos vienen implantando a la fuerza. Este diablo piensa que es el salvador del mundo cuando en realidad es el súbdito más aplicado de la agenda globalista: acata las órdenes que le vienen dadas desde afuera al pie de la letra.  



    En Colombia despedimos el 2022 con la certeza de un revés político. La ultra izquierda radical se montó en la presidencia en medio de unas elecciones agitadas, manipuladas, tramposas. El presidente que quedó elegido (no sé si limpiamente) podría llegar a convertirse en el más grande desastre para mi país. El cambio tan pregonado conllevará su dosis de pobreza y estancamiento, seguido de otro tanto de inseguridad. Se le da la bienvenida al gobierno del hampa y la delincuencia. Tambalea la economía, la tranquilidad del ciudadano honrado, la propiedad privada, la inversión, el ahorro, el trabajo y el esfuerzo personal; todos valores de un modelo capitalista que se pervirtió con la puesta en marcha de políticas intervencionistas. Ahora será el tiempo del subsidio, de la pauperización, de los productos escasos y de mala calidad, de la incompetencia laboral, de la emisión monetaria, de la renta básica y las ayudas del gobierno que no ayudan a nadie y que sólo nos terminarán de empobrecer como en efecto ya se está viendo. Es el tiempo de los resentidos sociales que por el hecho de estar respaldados por el presidente no dejarán de ser lo que son y de culpar a otros por su fracaso. El tiempo también de la sociedad idiota signada por el ideal del progresismo más agresivo que nos devolverá a una neoinquisición tan brutal como la de la edad media. Lo malo es que no sólo fue Colombia la que tomó por el mal camino del socialismo, sino que también lo hicieron Chile y Brasil, y antes lo había hecho Perú. Latinoamérica ahora es roja, más cercana al PCCh que a la Estatua de la Libertad.



    El dólar, por su parte, se trepó a niveles nunca antes vistos. Llegó a romper la barrera de los cinco mil pesos y contribuyó a disparar otro tanto la inflación, que es la misma de hace treinta años, cuando el libre comercio estaba restringido, igual que hoy. Sólo que no hay nadie que levante la voz ni que proteste, ni mucho menos que respalde un verdadero estallido social, pues quienes hace poco quemaban el país y bloqueaban las vías son los mismos que hoy respaldan el gobierno; los delincuentes mismos son gobierno.



     Otras cosas nos dejó el año que acaba de pasar. Justo son las doce de la noche y sigo en este recuento mientras recibo el 2023. Se divorció Shakira, Colombia quedó por fuera del mundial, se legalizó el aborto hasta la semana 24. Los Herodes de este país se frotan las manos. También se murieron tres reyes: el del despecho, Darío Gómez; la de Inglaterra, Isabel II; y el del fútbol, ¡oh Rey Pelé! Pero antes de partir Pelé vio coronarse campeón del mundo a su sucesor, el que dicen que pasará a la historia como el mejor jugador de todos los tiempos, Leo Messi. Ahora Pelé puede descansar en paz. Hollywood lamenta la muerte de Olivia Newton, Anne Heche (quien murió en extrañas circunstancias, en una de esas “muertes accidentales”), y de James Caan, entre otros. La música tuvo que despedir a Diego Verdaguer; a Pablo Milanés; a Loretta Lynn; a Marciano Cantero, de los Enanitos Verdes; a Taylor Hawkins, baterista de Foo Fighters, muerto en Colombia; y al rapero Coolio. La literatura se dolió por Javier Marías y Julie Powell. La política descansó de Gorbachov. El fútbol colombiano se enlutó por la muerte trágica de Freddy Rincón. También se nos acaba de ir un papa, hace pocas horas. Benedicto XVI no alcanzó a dar el feliz año, y el que está al mando quiere también irse, pero del trono del Vaticano. Francisco está en problemas. La crisis por la que atraviesa la Iglesia católica le debe mucho a Bergoglio, quien ahora no parece contar con el apoyo de sus aliados que lo ayudaron a elegirse en 2013.

    De otro lado, la inmigración fue cifra récord en Estados Unidos y en Europa. Parece que los gobiernos no quieren hacer nada para controlarla, sino todo lo contrario: alentarla desmedidamente, y que se convierta en una bomba de tiempo para sus propios países. Es que estos globalistas odian las fronteras, y por ende a sus propias patrias.



    Mientras Inglaterra ha tenido tres primeros ministros este año, en Italia por fin ganó una ministra de derecha. Mientras en Perú destituyeron a Castillo por corrupto, a la corrupta de la Kirchner en Argentina la condenaron (simbólicamente, porque no irá a prisión) por lo mismo. Tal parece que los gobernantes de izquierda no son tan buenos como dicen. Ortega sigue apresando opositores en Nicaragua y a Boric ya no lo quiere ni su madre en Chile, y entonces para qué votaron por ese comunista. Lula ganó en Brasil y está dispuesto a recuperar su Foro de Sao Paulo mientras que López Obrador se cree el rey del Grupo de Puebla para encumbrarse como el jefe de la nueva Unión Soviética Latinoamericana. Eso si Petro lo deja, pues el ex guerrillero es narcisista y quiere ser él quien dirija la bandola. Quién sabe cómo se las arreglarán estos zurdos para ponerse de acuerdo sobre el líder de la izquierda en la región. Al final todo lo decidirá Cuba, como siempre, porque Fidel Castro ni estando muerto deja de ensañarse con los pobres cubanos y el resto de latinoamericanos. Mientras Biden debilita a la nación que otrora fue la más poderosa del mundo, Trudeau en Canadá radicaliza el progresismo, de manera que allí será un delito hasta tener religión y practicarla. 

    El mundo en llamas y a esta hora la gente celebrando. Es la una de la mañana y mejor cierro mi intervención, no sea que me sorprenda el primer sol de enero trasnochando por escribir estas bobadas.

    Ya es 2023. 

    Chao 2022. 

    Se acabó el año, pero aún no se acaba el mundo, así que… ¡feliz año para todos!  

sábado, 24 de diciembre de 2022

Otra vez diciembre

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Otra vez diciembre, “diciembre otra vez”. Así se titula el libro testimonial del cantautor Santiago Cruz para referirse a un mes que marcó los hechos más trascendentales de su vida.

 Pero no es del cantante de quien voy a hablar, sino de diciembre y “sus posadas”, como diría otro cantante.

    Porque es el mes más importante; esperado por algunos y aborrecido por otros. Es un tiempo definitivo a la hora de formular proyectos y establecer propósitos para el siguiente año. Es un borrón y cuenta nueva, un pequeño reseteo en la vida, un salto de página con el que nos ilusionamos. Creemos que apenas nos demos el abrazo de las doce todo va a ser diferente. Pero bien sabemos que lo que no se hizo durante trescientos sesenta y cinco días con sus noches, no podrá hacerse apresuradamente en treintaiún días en los que los ajetreos de la época no darán tregua. Esos días serán para otros avatares; habrá que dejar todo en stand by hasta que se terminen las festividades y retorne la pesadilla de un nuevo comenzar: el nuevo período de traslación con todas sus incidencias y dificultades.  

    Por el momento se vive con el espíritu puesto en los regalos y las compras navideñas; en la decoración, la instalada de las luces, la armada del pesebre y el árbol de navidad —que ya incursionó de lleno en la tradición cristiana sin serlo—; en la natilla y los buñuelos, en la música y los villancicos, en el brindis, en el viaje por el reencuentro familiar; en fin, en una primera reunión que oficialmente se le conoce como la Nochebuena y se lleva a cabo hoy 24 de diciembre, aunque ya en Colombia la venimos preparando desde octubre, porque a los colombianos, como a todos los latinoamericanos, nos gusta la celebración. Porque diciembre no comienza el primero del mes, sino mucho antes.



    Se entiende que la Navidad es tiempo de alegría, de unión familiar, de compartir, de regalar, de celebrar, de comer y de beber, de gastar a manos llenas, aunque después los bolsillos se resientan. Todo ello está muy bien si se tiene la posibilidad. La cena, el jaleo, los presentes, las botellas de licor y demás aportan al buen ambiente, y eso no lo critico, sino que por el contrario lo celebro. Sólo que por momentos se nos olvida que esta festividad parte de una tradición religiosa que debe mantenerse viva, pues es el tiempo de honrar al Niño Jesús, quien nació en un pesebre hace más de dos mil años. En torno a él y a su mensaje de amor y reconciliación es que debiera centrarse esta fecha. El resto es añadidura, y aunque está bien que así sea, no debe ser el centro de la celebración.  

    Navidad, además, es tiempo para reencontrarnos con nuestro yo profundo en pos de reconocer nuestros errores y las debilidades que nos aquejan: realizar un autoexamen de conciencia.



    Pero ese ejercicio de la conciencia es cada vez menos practicado, cada vez más relegado al ámbito de lo folclórico. La novena de aguinaldos queda reducida a una pueril recocha, siendo el espacio por excelencia para ejecutar el acto de alabanza y adoración. Allí muchas veces se reza por rezar y se canta por cantar, sin un sentido profundo de lo que se está haciendo. El momento es válido para congregar a la familia, a los amigos y a los vecinos —especialmente a los niños—, pero la figura de Jesús, junto con sus enseñanzas con respecto al dar sin esperar recibir nada a cambio, se ha desdibujado de la mira. En lugar de ello, el blanco principal al que se apunta suele ser la comida que darán los anfitriones al terminar la reunión, la pachanga que promete una buena borrachera, y el intercambio de artículos materiales comprados a última hora —y a precios elevados— en el centro comercial. El enfoque, pues, está puesto en lo que diciembre promete, en lo que se espera obtener de una época de festividad: en otras palabras, en lo que se espera recibir.



    Se habla del Niño Jesús o del Niño Dios como un pequeño filántropo cuyo rol principal es el de traer regalos a los demás niños de la Tierra. Y ni qué decir de Papá Noel, que es el verdadero símbolo comercial y esnobista de la navidad. Muchas veces esta labor se condiciona, no tanto por el buen comportamiento de los infantes, sino por la capacidad adquisitiva de sus padres. Pero Dios, aunque sea niño, no tiene la misión de traer regalos, sino pautas de comportamiento. Debiera aprovecharse esta época para enseñar a los hijos a valorar el esfuerzo de sus padres; instruirlos en la fe y en las acciones que promuevan los valores antes que premiarlos con objetos costosos con los que de pronto van a presumir. El mejor regalo es el ejemplo y la instrucción moral. Que los niños reciban sus obsequios, pero que primero reciban a Jesús en sus corazones. Que sepan de la importancia de ser agradecidos, de tener presente a Dios en todos los actos de su vida. Sólo así se asimila el verdadero sentido de la navidad, “el amor encendido, el total desprecio de todo lo terreno”.



    Se habla también de un origen pagano de esta fiesta que conmemora el nacimiento de Jesús, pero cabe aclarar que quien adoptó la tradición cristiana fue el Imperio Romano para evitar que el cristianismo se extendiera y socavara los cimientos de su nación. Suena paradójico, pero los romanos, temerosos de la evangelización masiva que se venía dando, tuvieron que aceptarla para reducir la posibilidad de un ataque por parte de sus viejos enemigos, los cristianos. Fue así como el emperador Aureliano instituyó una fiesta que oficializó el 25 de diciembre para rescatar la gloria del imperio en honor a la figura del Sol Invicto que coincidiera también con la celebración del nacimiento de Jesucristo. Pero los cristianos de la época ya lo celebraban desde antes, de modo que como lo afirma la profesora e historiadora Mamela Fiallo, “no fue la Iglesia la que adoptó un rito pagano para evangelizar a los romanos. Al revés, fueron los romanos quienes adoptaron la costumbre cristiana”[1] para evitar el declive del imperio. No es cierto que antes del siglo IV no hubiera navidad cristiana en Roma.



   Sin embargo, la Navidad (con todos sus señalamientos de paganismo, de época de consumo desaforado, de mercantilización de las tradiciones, de oportunidad de negocio para los grandes empresarios) se ha descristianizado tanto, que sería raro encontrar esta noche a un católico en la misa de las doce. Muchos de esos que se subieron al bus de diciembre invirtiendo cuantiosas sumas en los regalos, en las luces, en la pólvora, la comida y la bebida, estarán a esa hora en cualquier actividad rumbera, menos conmemorando el nacimiento de Cristo.

    Y no juzgo que no lo hagan, pues de hecho soy un mal católico que no practica la religión y que no irá a la Misa de Gallo de esta noche. No tengo autoridad moral para criticar. Lo que pasa es que me siento en la obligación de hacer ver que lo importante no son las formas, sino el fondo: el hecho de saber que la fiesta de la Navidad es reafirmar a Jesús como nuestro Rey Salvador, como nuestro dador de vida eterna. La Natividad, que significa nacimiento, es en todo caso una celebración de la vida, del amor, de todo lo bueno que hay para celebrar. Es el deber de poner nuevamente a Cristo en el centro de la ecuación.



    Del lado incrédulo, por ejemplo, la sustancia de esta fiesta estará cimentada sobre lo material. El núcleo de la celebración será todo aquello que gire alrededor de lo estrictamente mercantil, pues prima el disfrute ilimitado.

    Me dirán los contradictores que estoy siendo hipócrita al criticar al mercado cuando soy un férreo defensor del capitalismo, pero una cosa es el consumo y otra el consumismo. Y claro que en este contexto se da el consumo, pero no nos confundamos: lo importante es mantener la humildad que tuvo Jesús a lo largo de su vida, y eso es lo que menos se mantiene.

    Porque Él nos recuerda que nació en la más absoluta pobreza para que no nos desbordemos de frustración si no hay ropa para estrenar ni regalos para repartir. Poco le importan a Él las formas externas de la celebración y mucho lo que se alberga en el alma de cada uno. 

    Por eso no hay que olvidar que cuando llega diciembre, llega más que una época de fiesta. Llega otro momento para resarcirnos, para perdonar y para recordar que sólo Jesucristo, el hijo de Dios, es quien puede conducirnos por el camino de la verdad y la vida. Nos alegramos de que sea otra vez diciembre; no por la parranda inconmensurable que vamos a tener, sino por la oportunidad para afianzar el compromiso de ser mejores personas. Porque si algo le falta a esta sociedad es precisamente la voluntad para hacer el bien.

    Les deseo una feliz navidad a mis fieles lectores y mucha paz en sus corazones.





[1] Véase el artículo de: Mamela Fiallo Flor. (24 de diciembre de 2022). La Historia desmonta el mito de la Navidad pagana. Panampost. Descargado de https://panampost.com/mamela-fiallo/2022/12/24/la-historia-desmonta-el-mito-de-la-navidad-pagana/






sábado, 17 de diciembre de 2022

Una final sin discusión

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    — ¿A quién le vas a hacer fuerza mañana en la final del mundial?

    Me pregunta mi amiga Cata, La progre. Supongo que lo hace para calibrar mi respuesta. Me está probando, indudablemente. Está buscando contradicciones en mi lógica. Ella sabe por dónde agarrarme. Me tiene bien medido, o seguro tiene preparada alguna coartada para hacerme quedar en ridículo luego de las últimas discusiones que tuvimos por el tema político. Ahora piensa usar el fútbol como excusa. Cualquiera de las dos opciones que yo elija, Francia o Argentina, podrían ser el detonante para una nueva discusión ideológica. Pero esto es fútbol, y espero que la final que se jugará mañana sea limpia, deportiva, honesta y bien luchada, y que ni la FIFA ni los demás estamentos internacionales que tienen sus intereses aquí metan la mano para favorecer o perjudicar a un equipo u otro.



    Si le digo la verdad, que le hago fuerza a Francia, me dirá que soy un esnobista, un desclasado que le doy la espalda a mis raíces latinoamericanas, a la sangre de mi continente cuyas “venas abiertas” no sólo se le deben a la España de Isabel La Católica o a la Inglaterra de la realeza opresora, sino a la Francia colonialista que contribuyó en parte a la explotación de nuestro continente americano en Haití y la Guyana, y que hasta no hace mucho continuaba engendrando esclavos en suelo africano porque históricamente ha sido uno de los países europeos con mayor dominación colonial. Me dirá que Francia no representa al continente americano, mientras que Argentina sí nos representa a todos los latinos. Que Francia es otro cuento, otra cultura, otro idioma. Es el cliché turístico de los que pretenden ganar estatus tomándose la típica foto con el fondo de la Torre Eiffel; el símbolo pervertido de una belleza arrogante que nos mira por debajo del hombro y nos subestima. La Francia de la moda, de la elegancia, del “buen gusto”, del refinamiento, de la cultura ilustrada, de la apariencia y el artificio. Se perfumarán más que antes porque en poco tiempo Europa no tendrá con qué calentarse, y con ese frío inclemente nadie se quiere bañar. Esa Francia de la cual los latinos bebimos su influjo para independizarnos sabiendo que es una de las naciones más siniestras: en la que no sólo se usó la guillotina para cortarle la cabeza a los reyes, sino a miles de inocentes de una revolución sangrienta.



    Así me argumentará Cata cuando le diga que me gusta el equipo galo. No me perdonará que no le haga fuerza a una nación hermana que comparte nuestro mismo idioma y que tiene al mejor jugador de todos los tiempos, al que lo único que le hace falta para ser una leyenda es besar la copa del mundo. Que además es una gran persona, un hombre de bien, un ejemplo a seguir. Y es cierto, Messi es un tipo que ha sido íntegro en todos los aspectos y merece obtener la copa, pero qué le hacemos, si yo quiero que gane Francia porque sí, porque me ha gustado ese equipo desde hace muchos años, desde la época de Zidane, Deschamps y Henry, allá en 1998 cuando se coronaron campeones de su primer mundial. Desde ahí lo comencé a seguir y me gustaría verlo repetir el título mañana. Porque también cuenta con ese tridente sensacional conformado por Mbappé, Griezman y Giroud.

    Por otra parte, el arquero de Argentina me cae como una patada en el estómago y por eso no quiero que gane ese sujeto. El tal Dibu es un mal tipo, un engreído, un petulante, un bocón que merece que alguien le reviente un balón en la cara y le meta un gol que lo deje vencido adentro de la portería. Yo no me olvido de la cagadita que nos hizo a los colombianos en la Copa América del año pasado, cuando comenzó a trollear a los nuestros y nos hizo perder.



    Si miento y le digo a Cata que voy por Argentina, ya me imagino la que se me va a armar. “Definitivamente apoyas el racismo, aparte de que estás en contra de la inclusión”. Sé que me lo dirá. Tal vez ella, progresista irredenta, le va con todo a Francia porque la considera un país inclusivo que le ha dado la oportunidad de nacionalizarse a jugadores africanos cuyo genotipo no concuerda con el del francés promedio, que por lo general es el de un hombre blanco, de ojos claros y cabello castaño claro y liso, pero no importa, porque en Francia, según dirá Cata, no hay discriminación para ningún jugador que quiera ser parte del seleccionado. Porque Francia es un país multicultural y abierto.  Allí hay marroquíes, angoleños, cameruneses, senegaleses, ghaneses, argelinos, tunecinos, filipinos, y hasta un portugués. Es prácticamente una selección global, conformada por ciudadanos del mundo, como debiera ser, o mínimamente una selección inclusiva; el ejemplo de un mundo sin fronteras. Muy diferente a esa Argentina que a ella en cambio le parecerá discriminatoria porque no tiene en sus filas ni a un solo jugador negro, como si en Argentina hubiera muchos negros. Si le digo que voy por Argentina me dirá que soy racista, patriarcal y homofóbico. Porque es tanta la inclusión y la diversidad del equipo francés, que hasta su máxima estrella tuvo una pareja trans, y eso es lo que debería aplaudir el mundo; la posibilidad de conformar nuevos tipos de familia en lugar de la nociva familia del patriarcado. Además, me dirá que fue Francia en donde se gestó ese iluminismo que desacralizó la fe ciega de la edad media y que fue la cuna de la diosa Razón, gracias a la cual las personas hoy día pueden pensar por sí mismas y dudar de todo, hasta de la existencia de Dios. Porque bajo los postulados de la “libertad, igualdad y fraternidad” se dio inicio a la concepción del hombre nuevo del que luego hablara Marx, y por el que ahora aboga el transhumanismo. 


    

    Sí, yo creo que más bien Cata le va a Francia. A ella le gusta a veces vestirse como una francesa de los años sesenta, imitando el estilo de Simone de Beauvoir: con la moña alta y el collar de perlas grandes, o una boina y un buzo negro de cuello tortuga que la hace parecer una pintora posmodernista. Sí, definitivamente Cata está más del lado francés que del lado argentino. Si esto es cierto, por fin estaríamos de acuerdo en algo, y sería el camino para recomponer nuestra amistad tan resquebrajada por las diferencias. A lo mejor ella abandona sus ideales de pacotilla y comienza a mirarme diferente.

    Así que no lo pensé más y le escribí la respuesta de cuál era mi favorito para la final, hasta con marcador incluido: “gana Francia por penales después de empatar a cero en los 120 minutos”.

    — ¿Será? Yo también la veo muy pareja —me respondió de vuelta sin darme indicio de nada, entonces le pregunté por quién iba ella.

    —Me da igual quien gane —dijo—, porque a mi equipo preferido ya lo eliminaron.

    —¿Y cuál era tu equipo?

    —Yo le iba a Portugal.

    —No me digas, ¿te gusta la cultura lusitana?

    —No. Por Cristiano Ronaldo, porque es un papasito.

    Yo no sé a qué atenerme con esta chiquilla. Algunas veces es profunda, analítica y hasta se vuelve insoportable con la vehemencia de sus opiniones. Otras veces tiene la superficialidad y lisura de una mesa pulida. 

    Lo cierto es que tendremos una final sin discusión. Porque son los dos equipos que mejor llegaron a ella y porque esta vez no habrá discusiones entre Cata y yo. Que gane el mejor.

sábado, 10 de diciembre de 2022

Conversaciones con un petrista

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






   Un petrista es alguien que se identifica con la figura de Gustavo Petro. Lo ama, lo idolatra. Además de haber votado todas las veces por él (en el ejercicio libre de la democracia que sí existe en Colombia), defiende su gestión, avala sus propuestas, apoya su plan de gobierno y pasa por alto los deslices y las salidas en falso que comete el líder de marras.

    Los asuntos del pasado escabroso del mandatario son una nimiedad para el petrista y prefiere no hablar de ellos. En lugar de eso, despotrica de quien osa cuestionar a Petro o declararse antipetrista, como si las razones para ello no fueran lo suficientemente válidas. Al petrista le duele que uno no ande en la misma tónica de él, pero lo disimula muy bien diciendo: “bueno, vivimos en democracia y esta es la democracia. Ahora las cosas cambiaron y nosotros estamos en el poder”. Paradójicamente, los que tanto despotricaron del sistema de gobierno cuando perdían las elecciones, diciendo que en Colombia nunca ha existido democracia, ahora que las ganaron sí gritan a los cuatro vientos que la democracia existe, a pesar de que ellos nunca hubieran estado dispuestos a aceptar la derrota en caso de que hubieran perdido esas mismas elecciones.  

    Pero para el petrista no caben las objeciones a su pírrica victoria. El triunfo de su presidente no se puede poner en tela de juicio porque no hay pruebas, y todo el mundo debiera aceptar que las elecciones de junio fueron limpias. El solo hecho de que alguien cuestione cómo es que Petro obtuvo más de dos millones de votos en quince días es ya una herejía para el petrista. La duda sobre ese proceso electoral es considerada una pataleta de ahogado, de opositor resentido, de uribista trasnochado, y si se descuida el contradictor, lo tildan de fascista, que es la palabra preferida que el mamerto usa para atacar a quienes no piensan como él.



    El petrista es un fanático furibundo de esa nueva religión llamada petrismo. Igual que lo fue el uribismo endiosando la figura de Álvaro Uribe, el culto a la personalidad no está exento de manifestarse en el credo petrista. También allí se recoge el odio contra los opositores que se atreven a criticar al presidente impoluto. El petrista sabe que ese mesías es igual o peor de tramposo y de corrupto a los que hubo en el pasado, pero ante ello opta por callar y lanzar el dardo poniendo de manifiesto la paja en el ojo ajeno. Y como es la religión hegemónica de la política colombiana, el petrista se siente que es mayoría y lo cacarea orgulloso, juzgando de paso a quienes se acomodan en la orilla opuesta, como si todo lo que estuviera en contra del petrismo fuera malo.

    Porque gracias al petrista, si alguien se declara de derecha, entonces llueven sobre ese individuo los calificativos más despectivos que la retórica ha alimentado: paramilitar, facho, guerrerista, godo, nazi, ultraderechista, retrógrado, radical; es decir, todo lo que el petrista es en el fondo, y que haciendo acopio de la inversión revolucionaria acusa a sus oponentes de serlo.



    Le sucedió hace poco a mi amigo Rupertino Díaz que se topó en una de esas conversaciones de ocasión en que con intención o sin ella se toca el aspecto político. Bastó que él manifestara su desagrado por el presidente Petro para que su interlocutor —petrista consumado y por consiguiente un orador beligerante— se sentara en la palabra y lo hiciera quedar en ridículo, no sólo porque no le permitió a Rupertino exponer sus razones, sino porque el petrista siempre tiene la última palabra. Habla con contundencia y se marcha para no dar lugar a la réplica. Y si se intenta la réplica, recurre al ambiguo método de la emocionalidad y la romantización de la lucha revolucionaria. Ante la estrategia que apela al ardid de los sentimientos es muy complicado ofrecer argumentos racionales que pongan la discusión en su lugar. Por lo general el petrista siempre triunfa en el debate, pues él sabe cómo es que hace su presidente para ganar adeptos ensalzando nuevas víctimas que luego se simpaticen con él. Por ello es tan complicado discutir con un petrista. Mientras uno ofrece razones, ellos se blindan con emociones.

    Eso sí, los inteligentes son ellos. Ellos, los que leen, los que entienden el país, los que saben de economía, los que se la pasan estudiando, los que hablan desde la superioridad moral e intelectual. El resto somos unos pobres ignorantes que no entendemos nada y malinterpretamos al pobre presidente que cada vez que habla nos desconcierta. 



    Ante un reducido auditorio de unos pocos conocidos, Rupertino no pudo defender su posición. Ni siquiera pudo exponer las razones por las que no apoyaba a Petro, aunque sabía de sobra qué era lo que le molestaba de ese presidente. La certeza de saber que no es una buena persona; que es un sujeto con un pasado criminal que ayudó a teñir de sangre el país. La cuestión parecía ser una mera opinión personal.

    Rupertino, a diferencia de su amigo petrista, era buen pensador, pero mal debatiente. Fue así como contribuyó a agrandar la espiral del silencio. Al final tuvo que ceder para no hacer hostil la discusión y tornar la reunión en una fuente de malas energías. Al llegar a su casa, sin embargo, se sintió derrotado, impotente, despojado de sus argumentos, como si todo lo que había leído y la opinión que se había ido formando se hubiera dilucidado. Desde luego, Rupertino era un hombre de ideales conservadores y derechistas, pero no le parecía justo que eso lo convirtiera en un déspota, como le aseveró su amigo. El petrista lo había derrotado con un discurso lleno de emocionalidad que conmovió al pequeño público de conocidos. Ellos asintieron cuando terminó su alegato magistral, convencidos de que toda su vida habían estado subyugados bajo el poder de un Estado que mata a sus ciudadanos. Rupertino intuía que no todo lo que se decía en las noticias era verdad. O en todo caso eran verdades a medias que quedaron para la posteridad en favor del sector político de la izquierda. Cuánta frustración sintió por no haber sabido defender su postura política; por no haber tenido los labios de oro que tienen los petristas.



    Por esta razón yo no discuto con ellos. Los dejo que hablen solos y aparento estar de acuerdo con sus ideas. Afirmo con la cabeza cuando deliberan con vehemencia y les sonrío con hipocresía mientras en mi fuero interno los desdeño. Pobres tontos, me digo, pero no los refuto. Ya en privado les canto todo lo que quiero en mis columnas, me desahogo en silencio sabiendo que ningún petrista está allí para escucharme ni leerme. Me acuerdo del pobre Rupertino, al que aquel día lo dejaron peinado y cacheteado en una discusión sin sentido por un político al que no le importan ni sus seguidores ni sus detractores. Porque Petro es también un hipócrita, un nefasto encantador de serpientes que tiene seducidos a sus idiotas útiles, los petristas. Con ellos es mejor no discutir. ¿Acaso no saben de la tristeza y la soledad profunda que sienten cuando llegan a su casa, sabiendo que a pesar de haberse impuesto en la conversación política y triunfar en la palestra se saben perdidos y atrapados por la idea de un mesías que pronto les dará la espalda?

sábado, 3 de diciembre de 2022

La igualdad de los idiotas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





Esta es una de esas carteras de gobierno que se ha puesto de moda durante los últimos años en el bloque occidental del planeta, donde se supone que opera el mundo libre, y que poco a poco ha ido ganando fuerza en los espacios del progresismo.

    En España, por ejemplo, ya tienen ese mismo ministerio regentado por la feminista Irene Montero, quien de paso sea dicho, estuvo de visita en Colombia asesorando a nuestra vicepresidente Francia Márquez (la próxima ministra de la “igualdad”) en lo que concierne a los temas de esta cartera que el globalismo ha hecho ver como imprescindible; como un mecanismo político para evitar la discriminación y reducir la desigualdad, aunque en realidad no soluciona ninguno de los problemas que dice combatir, sino que los acrecienta.



    Se trata de una fachada costosa y maniquea para desviar la atención de los reales problemas de las naciones. No por casualidad colocan al frente de esas oficinas a gente cuyo liderazgo es susceptible de inspirar vergüenza ajena. Si algo tienen en común las funcionarias mencionadas que están en cabeza del Ministerio de la Igualdad, son sus salidas en falso. Tanto la española como la colombiana se han ganado a pulso su fama de “personas de poca inteligencia”, para decirlo amablemente, avalando una causa que no tiene ni pies ni cabeza.

    Pero así es el progresismo, qué podemos hacer, y desgraciadamente, tanto en España como en Colombia, y en la mayor parte del mundo que se preciaba de ser “capitalista”, esta ideología perversa es la que está en el poder.

    Por mi parte, yo me sigo preguntando envuelto en un manto impregnado de la más completa ignorancia: ¿Para qué sirve un Ministerio de la Igualdad?



    Se supone que el Ministerio de Educación se crea para garantizar el derecho a la educación y ampliar las perspectivas de desarrollo del país; que el Ministerio de Salud es para asegurarse de que la población cuente con las condiciones esenciales para tener una buena calidad de vida y acceso digno a los servicios médicos; que el Ministerio de Defensa propende por la seguridad de los habitantes y la protección frente a las amenazas locales o externas; y así por el estilo. Pensaría yo que el Ministerio de la Igualdad se crea para que todos tengamos el derecho de ser iguales, así no lo seamos por naturaleza, ¿no? O sea, para implantar la igualdad de todos los ciudadanos, no sólo frente a la ley —que en últimas es la única igualdad que un Estado debería garantizar—, sino la utópica igualdad de resultados.

    Porque eso de que nos quieran igualar a todos en cuanto a lo económico, lo social, lo cultural, lo político y lo aspiracional del individuo, me huele a proyecto colectivista. La Historia ha demostrado que todo colectivismo igualitarista es un fracaso y una tragedia para cualquier nación. Así, me permito ser escéptico frente a ese decreto que permite crear por orden presidencial el tal Ministerio de la Igualdad, que sigo preguntándome para qué es lo que sirve.



    En el discurso todo parece muy claro: “Le corresponde la propuesta, elaboración y desarrollo de las normas, actuaciones y medidas dirigidas a asegurar la igualdad de trato y de oportunidades, especialmente entre mujeres y hombres, y el fomento de la participación social, política y económica de las mujeres”. También “lograr articular todas las políticas que empoderan a las mujeres, las diversidades de género y orientación sexual, generacionales, étnicas y regionales en Colombia”[1]. El propósito me confunde antes que dilucidar mis dudas. El gobierno dice que el ministerio se crea para “lograr la igualdad salarial entre hombres y mujeres”. ¡¿Cómo?! ¿Acaso está escrito en alguna parte de la Constitución que los hombres y las mujeres deben ganar lo mismo? Peor aún, ¿se ha dicho en algún código que hombres y mujeres somos iguales, que los seres humanos no podemos ser diferentes los unos de los otros?

    Yo siempre pensé que el salario se pagaba de acuerdo al trabajo realizado, a las exigencias requeridas para desempeñar el cargo y a las capacidades del trabajador, independientemente de que fuera hombre o mujer. Será difícil lograr la igualdad salarial cuando hombres y mujeres nos dedicamos a actividades tan disímiles y tenemos preferencias laborales (o las posibilidades que ofrece el mercado) que distan mucho de ser retribuidas con el mismo salario. Las estadísticas en el mundo revelan que las mujeres se desempeñan en mayor medida en profesiones relacionadas con la estética y las artes; con el trabajo social, con las humanidades; y los hombres se dedican más a las ciencias exactas como las ingenierías, la medicina, la computación o los negocios. Las primeras profesiones no generan tanto valor en el mercado como las segundas, no sólo por su grado menor de complejidad, sino por el impacto económico que es mucho más relevante en las carreras donde se hace más evidente el factor de la productividad y la rentabilidad. Sin embargo, no hay ningún impedimento para que las mujeres se desempeñen en profesiones de alto valor y obtengan su ingreso de acuerdo a los méritos expuestos. Pero si el propósito de la igualdad es igualar por lo alto, en aras de esa misma condición habría que igualar por lo bajo: más mujeres ocupando también cargos inferiores o ejerciendo empleos que tradicionalmente han sido desempeñados por los hombres, tales como las labores de construcción, de transporte, de conserjería o trabajos en el campo de la minería o la limpieza de ductos, por ejemplo, Y que sea obligatorio. Tampoco hay algún impedimento si una mujer quiere sobresalir en alguna de estas profesiones, y de hecho hay muchas que lo hacen con brillantez. ¿Cuántas mujeres no conducen vehículos de servicio público o son obreras de construcción?



    Pero para eso no se necesita de un Ministerio que iguale a hombres con mujeres, sino de implementación de la justicia, pues las leyes de igualdad ante la ley ya existen, y las garantiza la Constitución. En teoría, claro está. Y es la única igualdad que debiera existir.

    También se habla que con este Ministerio se acabará la violencia de género (¿de la mujer contra el hombre también?), se apoyará a la población LGBT…, a los niños, a los excluidos, a las minorías, etc. Yo me pregunto si acaso es que en Colombia está permitido que un hombre maltrate a una mujer. Si acaso la población LGBT no hace parte del mismo conglomerado que nos cobija con la Constitución bajo el sello de que todos somos colombianos. Aquí parece que con cada minoría supuestamente “oprimida” hubiera que hacer leyes diferentes para cada una de ellas, y hasta crear ministerios que generarán una burocracia costosa y paquidérmica; como si además de categorizarse en un grupo social diferente también tuvieran que estar amparados por leyes especiales. Es ahí donde el tal Ministerio de la Igualdad comienza a generar división y, paradójicamente… desigualdad. ¿No sería más fácil fortalecer las instituciones democráticas y dejar que estas actúen para evitar casos de discriminación y maltrato? ¿Para qué están entonces las defensorías, las fiscalías, las consejerías, las dependencias adscritas a los ministerios y el resto de órganos de control si no es para garantizar la convivencia en paz de los individuos? ¿Se justifica crear otro ministerio que costaría alrededor de los cuatrocientos mil millones de pesos anuales para hacer lo mismo que debieran hacer las instituciones y que no hacen por negligencia?

    Aquí no faltan ministerios, sino hacer cumplir la ley. Del resto se encarga el libre albedrío de los hombres, que por fortuna somos diferentes entre sí y no necesitamos de una autoridad que pretenda igualarnos por la fuerza. Mucho menos que nos imponga cadenas que nos imposibiliten salir adelante, que nos frustren los sueños, nos coarten la creatividad y nos impidan sobresalir del rebaño, pues sólo aquellos que se han atrevido a ser diferentes son los que han logrado el éxito. Cuando todos piensan lo mismo es porque nadie está pensando, reza una conocida frase.  



    Es obvio que ese Ministerio es el contentillo que le tienen que dar a la vicepresidente para que se entretenga, a ver si al fin puede esbozar una cara amable, aunque sea de dientes para afuera, pues no tienen que ponerla a hacer en el gobierno. Ella es el comodín, la mascota de una clase dirigente que la mira con desdén. Es obvio que lo que quieren es meter a los amigos a la burocracia; crear víctimas artificiales para que succionen la teta de un Estado cada vez más empobrecido y benefactor a costa del sacrificio de los ciudadanos honestos que pagan estoicamente sus impuestos y no hay nada para ellos. Es obvio que el Ministerio de la Igualdad no sirve para nada. Es otra estratagema orwelliana de los progresistas para mantenerse en el poder.

    A este paso terminaremos creando el Ministerio de la Piedad, del Amor, de la Felicidad, de la Fraternidad, de la Paz Espiritual, para de este modo terminar imponiendo el paraíso por decreto. El circo del gobierno que tenemos, el del “cambio”, lo terminará cambiando todo: eso sí, en el papel y en el discurso, que es en lo único en donde pueden lograr la realización de sus utopías. Porque la izquierda, de realidad, muy poco. Están desconectados, y esa desconexión es propia de los idiotas.


[1] Urna de Cristal. (27 de Octubre de 2022). Ministerio de la Igualdad. Qué es. Qué propone y cómo avanza su creación. https://www.urnadecristal.gov.co/ministerio_igualdad_que_es



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