sábado, 30 de enero de 2021

Cartas a mi padre (Tiempos difíciles crean hombres fuertes)

Por Juan Felipe Giraldo Trejos



Carta # 3

Tiempos difíciles crean hombres fuertes
 


    Mi adorado papá. No te pregunto cómo amaneciste hoy porque sé que en la eternidad no hay amaneceres. Yo, por mi lado, trato de no encontrarme al sol: lo estoy evitando. No hay nada más deprimente para mí que escuchar el canto de los pájaros que anuncian su pronta salida. Apenas veo que el cielo comienza a clarear corro cual vampiro y me meto dentro de las cobijas porque pienso que ya está muy tarde, cuando en realidad es temprano para el día que comienza.



    Yo nunca amanezco, sino que atardezco. Me levanto cuando el día ya se ha partido, promediando la una de la tarde, de modo que apenas alcanzo cinco horas de luz. El resto, como ha sido característico de mi personalidad, es pura noche. Negrura, silencio, soledad, quietud... La noche posee los ingredientes perfectos para sazonar la inspiración de un poeta, no importa que sea malo. También para alimentar las fantasías de un soñador como yo. No entiendo cómo puede existir un soñador sin noche. Qué hago si tuve el sino de ser un noctámbulo irredento, tratando siempre de evadir la madrugada, que me parece el momento del día más detestable. El reloj despertador o la alarma suenan y de pronto le cortan las alas a los mejores sueños. Saber que tienes que levantarte (aún con ganas de seguir durmiendo) para enfrentarte a los obstáculos que te traerá el nuevo día es uno de mis suplicios.

    Tú, en cambio, viviste para el día. Te encantaba madrugar y a veces te le adelantabas al despertador. Fuimos polos opuestos en ese sentido, pero así aprendimos a convivir y a aceptarnos como éramos.

   Te cuento que todavía no he cambiado al respecto. Ni cambiaré. Sí, ya sé que eso te produce una gran tristeza. Siempre me decías que tenía que organizarme, vivir de acuerdo a la “normalidad de las cosas”. No creas, alguna vez intenté ser un hombre adaptado al ritmo de vida “normal”: trabajar de día y dormir de noche, pero fracasé inmisericordemente porque le tengo terror a los comienzos. El comienzo del día es uno de esos terrores. Otro es comenzar un trabajo nuevo, un proyecto, tener la oportunidad de iniciar una relación, cualquier cosa que haya que iniciar de cero. Para mí es el inicio lo que me pone en conflicto, y debe ser por ello que tiendo a posponer todo.


    Los finales, en cambio, me generan menos tensión. Cuando el día se acaba respiro tranquilo porque he conservado la vida después de ese lapso extinto, que si fue malo, tengo la certeza de que no se repetirá. Si me despiden de un trabajo, por ejemplo, no me siento acongojado como la mayoría de las personas que ven en riesgo su futuro laboral, sino que por el contrario me siento eufórico por no tener que volver. Si es un amor el que se malogra, le deseo la mejor de las suertes y celebro mi libertad. Me relaja la sensación de sentir que me he zafado de una atadura.

    Como no suelo adquirir compromisos, son pocos los finales felices de los que disfruto. Sé que es una actitud cobarde; no la justifico, pero creo que es peor emprender proyectos y dejarlos a medias, como casi siempre me ocurre. Si no empiezas nada no tienes que terminar nada. No tengo que cumplirle las expectativas a nadie, no tengo que hacer lo que a otros les gustaría que hiciera, no tengo que quedar bien con nadie. En ese punto tuvimos nuestras diferencias, pero ha sido en lo único en que me he mantenido firme: ser como yo soy. No ser como quisieran que fuera, sino como soy. Creo que ahí está el trasfondo de por qué nuestra convivencia a veces fue tan difícil a pesar de todo lo que nos quisimos. Éramos diferentes, y conciliar esas diferencias no es fácil.


    Y hablando de normalidades, te cuento que aquí nos metieron el cuento de la “nueva normalidad” a punta de miedo y de manipulación barata. Ya nos estamos acostumbrando a ella y hasta la estamos viendo con benevolencia, pero te confieso que extraño la vieja normalidad, la de los tiempos en que no sentíamos miedo. La que estábamos esperando poder retomar para terminar lo que habíamos empezado. La vida que era mejor que toda esta pantomima que nos montaron, así fuera imperfecta.

    Yo no entiendo, padre. Para qué hablan ahora de tanto respeto a los derechos humanos y de garantías, y se pregona la tolerancia a las diferencias, si cada vez vivimos peor. Para qué tanto discurso de igualdad y libertad si al final nos quieren someter bajo el poder de los amos del mundo, que parece que fueran regidos por el mismo diablo. Me dicen que este fue el mundo que nos tocó vivir y que como tal hay que adaptarse a él, pero me pregunto cómo fue que nos dejamos meter en esta patraña. Me imagino que todo es cosa de la debilidad de los hombres.


    Hace poco leí este pensamiento que no sé quién lo dijo, pero que me impactó: “Tiempos difíciles crean hombres fuertes. Hombres fuertes crean buenos tiempos. Buenos tiempos crean hombres débiles. Hombres débiles crean tiempos difíciles.” Me pareció una frase genial, porque eso explica la calidad de los tiempos que estamos viviendo ahora, creados por hombres débiles. He ahí el por qué navegamos sin rumbo. Mi generación proviene de un tiempo relativamente fácil en el que se tuvo todo al alcance de la mano. La tecnología y la economía de mercado han solventado muchas carencias materiales del ser humano, pero también lo han vuelto un hombre incapaz de resolver sus problemas existenciales.

    Tú, que eras un hombre de la generación fuerte, fuiste de los que ayudaron a conseguir mejores tiempos para nosotros. A ti te tocó trabajar desde pequeño allá en la finca donde te criaste sin que eso fuera considerado explotación laboral infantil. A ti te tocó aceptar la disciplina férrea de un padre al que no se le podía increpar porque la muenda no tardaba en propinarse con justicia o sin ella.
    Pero esos eran otros tiempos. Quizá más ejemplares que los que estamos teniendo en el presente, aunque con menos discurso. El castigo se imponía sin preguntar, sin explicarse, sin tratar de justificarse ante la ley, porque era la ley. 



    Tiempos duros, padre, pero qué grandeza de hombres nos dejaron, y por suerte a mí me correspondió el mejor como papá. Tus lecciones de palabra tal vez no fueron las más numerosas, ni las más elocuentes. Muchas de ellas podrían haberse camuflado en el tedio de la cantilena. Pero siempre hubo algo que no precisó de palabras y que quedará marcado de por vida: el ejemplo. Tus actos valerosos son los que me inspiran hoy a ser mejor persona y a sobreponerme a las dificultades: la primera es la de no estar contigo de cuerpo presente, aunque sí de corazón. 
    Ante esa muestra de tenacidad que siempre tuviste no me queda más que reiterarte las gracias que ya te he dado en otras cartas. No es por volverme repetitivo, pero es que el sentimiento de gratitud para contigo no se borrará jamás y creo que tampoco lo puedo retener. Se me olvidó decírtelo cuando tuve la ocasión. O más bien creo que me abstuve de demostrar debilidad. Ya no es necesario guardar la compostura, mi padre. Te digo otra vez que muchas gracias por haberme acompañado hasta esta parte del camino. Desde aquí te sigo recordando a diario para que no desaparezcas nunca. Tu huella es imborrable, y ella se ha quedado sembrada en mi memoria.

Te ama, tu hijo. 
 

sábado, 23 de enero de 2021

Mis vecinos son gente rara

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Mis vecinos de la casa del frente son gente rara. Nunca abren las ventanas, que por cierto parecen clausuradas. No tienen cortinas de tela como en todas las casas, ni persianas, sino que tapan los ventanales con gruesas láminas de acrílico que a duras penas dejan entrever el resplandor de un bombillo sin que se sepa vagamente, ni siquiera por la sombra más tenue, qué es lo que ocurre dentro de las habitaciones.

    Son una familia disfuncional, creo yo. Nunca se ve a los padres o a los mayores que debieran ser los encargados de llevar las riendas del hogar. A lo mejor los padres se han divorciado y ambos están ausentes, tal vez viajando por el mundo. O tal vez abandonaron a los muchachos cuando todavía eran menores. Puede ser que se hayan metido en líos de drogas y estén detenidos en alguna cárcel de La Florida, casos se han visto. O quién sabe: pudieron haber fallecido en algún lamentable accidente.

    El hecho es que quien asume el papel de jefe del hogar es el muchacho de más edad: a lo sumo tendrá treinta años. Debe ser el hermano mayor; el que se quedó con la responsabilidad de criar a los menores, bendito sea mi Dios, porque uno no sabe las tragedias ajenas.

    Casi todas son muchachas, excepto por dos o tres hombres que a veces se ven salir. No parece una familia convencional. Puede ser que la casa sea una residencia de estudiantes, pero nunca veo que salgan o entren con libros o cuadernos. No, es más bien una familia de varios hermanos. El mayor siempre está pendiente de abrirles la puerta cuando llegan de alguna parte. Yo veo por ejemplo a las hermanitas menores, que no pasan de veinte años, que llegan en taxi a las cuatro de la mañana. Eso sí, todo hay que decirlo: mis vecinos del frente son gente muy discreta, silenciosa. Casi ni les gusta saludar, y las niñas prefieren voltear la cara cuando yo me asomo a la ventana. Hay que entender que la gente joven y de buena familia tiende a ser antipática; pero mejor, es preferible que sean silenciosos y no armen escándalos en la cuadra.

    Porque eso sí, se ve que son jóvenes criados a lo bien. Las niñas, que son como seis o siete, son muchachas muy bonitas, con sus caras todas puliditas y bien maquilladas, con el pelo liso como si fueran para una fiesta. Siempre andan en ropa cómoda, en lycras ceñidas al cuerpo o bluyines de moda y blusitas cortas que dejan ver el ombligo. Yo las miro con disimulo porque tampoco se trata de faltarles al respeto a esas jóvenes que se ve que son gente delicada, pero a veces a uno le puede la tentación. De todas maneras ellas allá en lo suyo y yo en lo mío.




    Mis vecinos, eso sí, pareciera que no duermen. Los muchachos mantienen en camisa de esqueleto, seguro porque vendrán de tierra caliente y están enseñados a vestir así. Me aterran sus músculos y la cantidad de tatuajes que se hacen. A veces se salen a fumar a la puerta a la una o dos de la mañana, acompañados por varias de sus hermanas. La verdad, todavía no las distingo porque siempre que me asomo hay personas diferentes. Se ve que se quieren mucho porque se abrazan y se tratan con cariño. Demasiado cariño para ser hermanos. Creo que estoy juzgando mal, y seguro las veces que los he visto abrazarse ha sido porque a lo mejor las niñas están con sus novios que las han venido a visitar. Eso es muy normal en estos tiempos, ¿qué muchacha joven y bonita no va a tener novio?   

    La otra vez me asomé a la ventana casualmente, y vi que una de ellas estaba esperando que el hermano mayor le abriera la puerta. Timbraba y timbraba y este nada que salía. Yo mismo me preocupé porque esa pobre criatura a las doce de la noche no podía entrar a su casa, y ya iba a comenzar a llover, así que bajé al primer piso, salí al andén de mi casa y le ofrecí ayuda a la joven rubia.

    —Hola, ¿cómo estás? —le dije con amabilidad.

    —Buenas noches —me saludó ella.

    —¿Se quedó dormido tu hermano? Veo que no te abre la puerta.

    —¿Quién, Héctor? Ah no, él no es mi hermano.

    —¿Es familiar tuyo?

    —Realmente es mi jefe.

    —¿Tu jefe? —Le pregunté extrañado, ahora sí convencido de que mis vecinos eran gente rara.

    —Sí, mi jefe, ¿por qué?

    —Pensé que todos ustedes eran hermanos o tenían algún parentesco.

    —Pues no.

    —Si deseas puedes esperar aquí en mi casa mientras se despierta o llega alguien —ofrecí gentilmente—. Está haciendo mucho frío y va a caer una tempestad…

    —Muchas gracias, pero aquí estoy bien.

    —Disculpa la pregunta, ¿qué hacen ustedes entrando y saliendo de la casa de su jefe a toda hora?... Es sólo por curiosidad, no me mires así.

    —Aquí trabajamos… todos— respondió mirándome muy seria.

    —¡Qué maravilla!, no sabía que funcionaba una oficina. ¿Y qué hacen ustedes allí? —Pregunté interesado por la curiosidad de saber qué tipo de actividad comercial se mantenía veinticuatro horas en una casa de un barrio residencial.

    —Todos somos modelos Webcam. —Así dijo, a secas. Ni siquiera me dio tiempo para entender qué significaba.

    —¿Y qué significa una modelo…¿qué? ¿Uencam? —Pregunté sin disimular mi ignorancia. Ella sabría comprender a un retrógrado como yo.

   Ser modelo Webcam significa comunicarte con personas de otros países a través de la Internet, mediante un micrófono y una cámara de video —explicó amable. Ya la cosa me iba pareciendo fácil de entender.




    De manera que era uno de esos negocios del área de las telecomunicaciones para solucionarle problemas a la gente. Me aclaró que trabajar como modelo Webcam era una cuestión de emprendimiento, que podría resultar muy divertido y de paso ayudar a las personas a sentirse realizadas en muchos aspectos. Sin saberlo, mi vecina acababa de darme una idea fenomenal que me serviría para salir del desempleo y volverme una persona emprendedora. Yo podía ofrecer mis conocimientos por internet. Decidí que iba a convertirme también en un modelo Webcam.

    No sabía bien por qué se le asignaba el nombre de “modelo” a la profesión, en lugar de llamarle “asesor”, o algo por el estilo, pero me imaginé que la asociaban al modelaje por una cuestión de estética o de imagen. Ya sabemos cómo son estas tendencias modernas que le ponen nombres bonitos a todo. Así que me conseguí una buena conexión a internet, una cámara, unos auriculares y un micrófono, y acto seguido, decidí formar mi empresa unipersonal.

    Comprendí que desconocía las minucias del negocio, porque apenas encendí el computador me quedé sin saber cómo conseguir los clientes. Así que busqué otra vez a mi vecina rubia, y esta vez fui yo el que toqué la puerta de su casa. Ella no estaba. El que me abrió fue su jefe, el tal Henry, y pues con toda la humildad del caso me le puse a sus servicios con tal que me enseñara a ser modelo Webcam. Hasta le ofrecí pagarle unas clases para que me instruyera en el asunto.

     —Para empezar —me dijo mirándome de arriba a abajo—, usted con esa barriga no sirve para ser modelo Webcam. Hay que tener como mínimo veintidós años y un nivel básico de inglés. Usted ya pasa de los cuarenta y cinco. Aunque no faltará el aberrado que le guste su prototipo. Si quiere yo le consigo clientes y me da una comisión del sesenta por ciento.

    El trato, aunque me pareció un poco injusto (muy ventajoso para él), lo acepté porque a veces uno tiene que perder para adquirir la experiencia en un negocio.




    El día en que por fin entré a la página de internet que Héctor me suministró a través de un enlace, apareció mi primer cliente en la pantalla, un señor de mucha edad, de rasgos orientales y una sonrisa maliciosa. Me sorprendió ver que no llevaba nada puesto, o al menos no parecía tener nada. La resolución de mi tarjeta de video es muy bajita para describir con precisión la imagen, y yo no tengo buena vista.

    —Good Morning, Mr. Nakata, ¿en qué le puedo servir? —le pregunté dispuesto a colaborarle en lo que pudiera acerca de mi país.

    Si les digo lo que este sujeto me pidió no me lo van a creer. Ni yo mismo podía creerlo. Hay que ver cada depravado en este mundo signado por la soledad. Era la forma más triste y aberrante para alcanzar el bienestar.

    De manera que así era como mis vecinitas se ganaban la vida. Qué estafa, eso no tenía nada de innovador; ahí no había emprendimiento ni originalidad de ninguna clase. Sólo se trataba del oficio más antiguo del mundo, pero a distancia; con la particularidad de que ahora era virtual, como para ajustarse a las demandas de la nueva normalidad… con tantos virus sueltos…




    Me di cuenta, entonces, que no estaban inventando la alquimia estas señoritas tan discretas y tan “preparadas” para ejercer la profesión de antaño. Simplemente se adaptaron a los cambios tecnológicos. Esta forma de ganarse la vida depende más que nunca de mantener entretenido al cliente. Tiene una demanda muy alta, y como hay gente con la plata tan desocupada, no es muy difícil ganarse el pan en esta profesión sin siquiera haber sudado… la frente.

    El viejo modus operandi de salir al parque a cazar un cliente deseoso ya no es bien visto. Ahora se requiere de mucha categoría y distinción, de un regular nivel de inglés, una impecable presentación personal, mucha belleza, mucha juventud, y sobre todo mucha clase, porque el negocio se volvió de élite. Y lo más importante, la modelo o el modelo deben carecer de cualquier escrúpulo moral que obstaculice su desempeño. No se necesita tener vocación, sino un gusto extremo por el dinero y una aversión al verdadero trabajo: al trabajo que se realiza con esfuerzo.





    La práctica de mantener relaciones con otras personas a cambio de dinero u otras prebendas se llama y se llamará siempre prostitución, no hay para qué buscarle más. Sólo que las formas han cambiado y hoy el contacto es a través de las pantallas. “Las modelos Webcam no son prostitutas, sino chicas que trabajan en pornografía, que es muy diferente”, me dicen quienes encuentran un abismo entre ambos conceptos. Pues bien, si entendemos de dónde viene la palabra pornografía (que se compone de tres partes: pórnē, palabra griega que quiere decir “prostituta”, la palabra gráph, que es el modo de escribir o de representar sonidos, y el sufijo ía, que acuña la abstracción para representar ‘estados de’), sabremos que por un camino u otro desembocaremos al tema de la prostitución. Etimológicamente, el término pornografía es “la descripción en palabras, imágenes o sonidos de lo que hacen las prostitutas”.[1]

    Me acuerdo de los tiempos aquellos en que el contacto se hacía visual. Uno se miraba con la modelo y acto seguido la comunicación se activaba con un giro de cabeza hacia algún lado; lo que se traducía como “vamos”. A veces se requerían las palabras cuando el cliente no era diestro para entender el lenguaje cifrado, y para eso a la modelo sólo le bastaba con esta seductora frase: “¿Me va a regalar doscientos?”.




    Sí, han cambiado las formas, pero en el fondo todo sigue siendo igual. Nada queda por descubrir del primitivo acto sexual, salvo las maneras para mercadearlo. Lo que hay es una cantidad de “marranos insatisfechos”, y pues obvio, primero se acaba la aguamasa.

    Y yo creyendo que esto de la internet era tan diferente a la realidad. Y a la larga sí, porque ahora a cualquier actividad se le pone el apellido de “virtual”, y la cosa queda como en un tópico futurista. Que clases virtuales, eventos virtuales, consultas virtuales, cursos virtuales, realidad virtual y hasta sexo virtual. Los que no tenemos pareja estable no podemos gozar del sexo seguro, pero tenemos la solución al alcance (de la mano): prostitución virtual, o porno interactivo como le llaman otros.

    Lo cierto es que yo preferiría hacer mis transacciones en efectivo y cuerpo a cuerpo. Es una lástima conformarse ver a mis vecinas a través de un computador cuando podría simplemente cruzar la calle y tocar en su puerta para concretar una cita.




    En cuanto a la petición de Mr. Nakata, les cuento que preferí renunciar al negocio. Me iban a depositar una jugosa cantidad de dinero, pero muchas gracias, yo paso.



[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Pornograf%C3%ADa

sábado, 16 de enero de 2021

Eugenesia biotecnológica

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







   Los sistemas de gobierno, que anteriormente fundaban sus ideales sobre la base de la justicia, la libertad, la equidad, el desarrollo económico, la soberanía, y demás valores nacionales; en el futuro tendrán que formular sus lineamientos políticos, económicos, sociales, demográficos, ideológicos y demás, según la forma como entiendan la concepción del hombre. Sin dicha concepción no pueden establecer un gobierno dentro de la sociedad que presiden.


    Las ideologías nuevas han surgido de las grandes revoluciones. Con la Primera Revolución Industrial los cambios en los patrones de vida de la sociedad fueron inevitables. Se produjeron las masivas migraciones de los campos a las ciudades, y con ellas se hicieron más visibles las clases sociales que en el transcurso de la historia se patentaron con sus subyacentes problemas de desigualdad de ingresos entre los proletarios y los capitalistas. De ahí surgieron ideologías como el Marxismo y el Capitalismo, que si bien esta última no fue una ideología en sí misma, sí instituyó el orden económico que posteriormente se vendría a implantar a nivel mundial.



    Ahora, con la Cuarta Revolución Industrial que se viene, el componente tecnológico es vital: los gobiernos no podrán establecer un modelo de organización política ni social si prescinden de este. Incluso los cambios irán más allá de la dimensión tecnológica (lo que se conoce como tecnologías disruptivas), extendiéndose a la dimensión física de la tecnología. El ser humano ya no usará los dispositivos como herramienta de progreso, sino que los incorporará a su cuerpo mismo. Ya no el hombre como sujeto que usa la tecnología a su servicio, sino como objeto de esta. De hecho los teléfonos inteligentes son hoy una prolongación del cuerpo de los mortales. Andar sin los dichosos aparatos equivale a dejar una parte de la vida en casa: allí están almacenados los recuerdos, los proyectos, los contactos, las actividades diarias, el estilo de vida. Se necesitará entonces que el dispositivo circule por la sangre y los circuitos electrónicos sean un tejido nuevo que ayude a formar parte de los tejidos biológicos que constituyen los órganos.



    La Cuarta Revolución Industrial, en esencia, será la fusión de los sistemas biológicos, tecnológicos y digitales: una nueva concepción del hombre como especie, ya con mezclas de genes animales, de partes metálicas robóticas y hasta de componentes cuánticos y metafísicos que lo trasciendan a otra dimensión. La mala noticia (o buena según como se mire), es que como todo de lo que se apropian las élites, esa nueva dimensión humanística no nos tocará a todos; será privilegio de algunos pocos, porque la mayoría no seremos superhombres, sino simples desposeídos que nos quedaremos fuera de la ecuación. De modo que no creo que se escriba la historia feliz que tanto nos quiere vender el progresismo, sino que esta se repetirá con otros actores y otros modos de producción, pero en esencia será la misma: una lucha de pobres contra ricos. Si antes era la tierra el elemento principal del juego de poder, y luego pasó a ser el capital, y actualmente es la información (o la data, como la conocemos hoy); pues para la Cuarta Revolución Industrial se espera que los poderosos serán quienes controlen y dominen el mundo digital utilizando esa misma información que nos están sacando a diario de nuestras experiencias personalizadas a través de la virtualización de la vida: el comercio electrónico y las redes sociales son sólo una manifestación de ello. 


    ¿Qué nos queda a los que posiblemente no participaremos del juego, es decir a la mayoría? No hay muchas opciones. Digamos que la más efectiva es desaparecer, y para ello el mundo dispone de múltiples mecanismos. Pero como quienes defendemos la vida queremos seguir habitando en el mundo para dejar un legado más feliz a las generaciones que nos sucederán, los poderosos nos brindan la opción de la Renta Básica Universal, que es de lo que ya se está hablando en los ámbitos legislativos de los diferentes países con el nombre de Ingreso Mínimo Vital, a ver si se aprueba o no. Así nos mantendrán como hordas de esclavos que no tendremos ninguna posibilidad de ser felices ni dejar legado.



    Los empleos, por ejemplo, se están reemplazando gradualmente por la robótica inteligente. Algunos tardarán diez años para desaparecer; otros veinte, pero poco a poco las máquinas irán sustituyendo al hombre hasta aniquilarlo por completo como fuerza productiva. Alguna vez en las películas futuristas y en las predicciones astrológicas nos pintaron este cuadro para generar terror, pero vemos que hoy ya es inminente, y lo peor de todo es que ni nos inquieta la posibilidad de ese orden computarizado, como si ya nos hubiéramos resignado a nuestra suerte de relegados tecnológicos.

    Si la mecanización de los procesos productivos dejó sin trabajo a miles durante la Primera Revolución Industrial, la automatización definitiva acabará con los puestos de trabajo que la industria genera. Ya no se estará reemplazando mano de obra barata y poco calificada, sino personal relevante en la toma de decisiones o en la generación de ideas y estrategias para la toma de esas decisiones. Pues bien, las máquinas ya pueden, a través de los algoritmos, decretar la política cambiaria de un país, generar una estrategia de mercadeo para una empresa, hacer análisis financieros y procesos contables, escribir un libro, componer una pieza musical, conducir automóviles, preparar y servir alimentos, o construir un edificio entero, incluyendo el diseño de los planos y la realización de los cálculos de ingeniería. También podrán constituir una fuerza policial con el pretexto de la Seguridad Nacional.



    Si ese panorama que nos espera, tan digno del más espeluznante culto apocalíptico, no nos hace reaccionar para detener esa ola de inteligencia artificial que nos amenaza como especie, la humanidad está irremediablemente perdida. 

    Las ideas que he expuesto en los párrafos anteriores, por supuesto que no son mías. Son la extracción de la conversación que hace poco sostuvieron el doctor Miklos Lukacs (Académico peruano especialista en Tecnologías Convergentes y Filosofía de la Tecnología) y Juan Ángel Soto (Director de la Fundación Civismo), que aparece en Youtube con el título de El Gran Reinicio, Big Tech y Censura[1].


    No faltará el progresista que diga que ese pensamiento de estos señores hace parte de otra más de las Teorías de la Conspiración para asustar al mundo y desestabilizar la sociedad, y que al contrario lo que se viene en materia de adelantos es muy bueno porque precisamente ayudarán a simplificar los procesos y mejorarán la vida. Pero es muy fácil aplaudir esos cambios cuando no se pasa hambre y se depende de un empleo para sobrevivir. Millones de personas que no podrán adaptarse a las nuevas tecnologías por falta de acceso a ellas y por la imposibilidad de capacitarse, quedarán como un residuo desechable de la nueva producción. Está en juego la vida de seres humanos que viven gracias a trabajos operarios y de nivel medio; a profesiones fácilmente sustituibles; a labores manuales que requirieron toda una vida de especialización, y que por más que intenten mantenerse en el mercado laboral no podrán competir con una máquina que lo hará cien veces mejor y en menos tiempo.

    Así las cosas, la nueva revolución tecnológica seguirá ampliando la brecha social a otro nivel: los que dominan la informática contra los que no están capacitados para manejarla. Los primeros están llamados a ser parte de la nueva élite del futuro. El resto del planeta, la gran mayoría, bien podemos irnos despidiendo. Asistimos a una nueva era de la humanidad: la de la eugenesia biotecnológica.


14/01/20

[1] www.youtube.com/channel/UCKoz


viernes, 8 de enero de 2021

En la diferencia nos encontramos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Últimamente me ha dado por ver conversatorios en internet en vista de que no hay conferencias presenciales por estos días. En la red también se pueden encontrar foros interesantes si uno se lo propone. 

    Hace poco, por ejemplo, escuché una charla virtual llamada “Diferencias Irreconciliables de la Política”, en donde se exponían conceptos tan interesantes como incomprensibles, porque en la mayoría de los casos no pude establecer bien cuáles eran esas diferencias entre los diversos postulados que allí se mencionaban.




    En mis tiempos se era liberal o se era conservador, y más o menos se sabía a qué le apuntaba cada partido político en Colombia. Anteriormente, en el mundo se hablaba de izquierda y de derecha, que son dos conceptos surgidos en el seno de la Revolución Francesa, pero que entrados en el siglo XXI se suponía que iban a perder vigencia. Ahora más que nunca se revalidan las dos corrientes, porque de ahí han devenido todas las ideologías mutantes que me tienen al borde de la locura y sobre todo en el abismo de la ignorancia, para entender por qué, cada una, cuenta con adeptos tan radicales.

    Se escucha hoy día hablar de posturas, doctrinas, escuelas y filosofías tan complejas y aparentemente tan excluyentes como el Marxismo y el Post-marxismo; el Modernismo y el Post-modernismo, el Estructuralismo y el Post-estructuralismo, el Liberalismo y el Neoliberalismo, el Libertarismo, el Progresismo y el Conservadurismo, y otros tantos ismos y tantos post’s que a la final, los que no somos filósofos y tenemos que cumplir con obligaciones más prácticas, no logramos dimensionar: a duras penas sabemos que existen.

    Los que en últimas hemos leído pocos libros, la mayoría carentes de profundidad política, porque consideramos que la lectura debe ser recreativa como la televisión; no comprendemos a fondo las causas de tantas doctrinas, pero sufrimos directamente las consecuencias por quienes nos las quieren imponer. No exponer, sino imponer, porque los extremistas de la democracia han hecho que esta, poco a poco, adquiera el carácter de obligatoria.

    Cosa rara. Cada una de las tendencias filosóficas o políticas que mencioné dice ser la correcta, la buena. En doctrina política, por ejemplo, los defensores de cada categoría afirman estar hermanados con la democracia, con el respeto de los valores y los derechos humanos, y casi que propugnan ser los gestores de una armonía universal a pesar que unos y otros ahondan en diferencias tan abismales. Cada uno construye su propia metáfora de paz cuando en el fondo llevan una guerra burlona que incita a demeritar los argumentos del que piensa diferente.




    No voy a definir aquí qué significa cada corriente de pensamiento porque caería en una equivocación mayor. No podría decir por ejemplo que los estructuralistas comprenden el mundo a través de las estructuras como el lenguaje, por decir algo, y que derivan la idea de la realidad a partir de un sistema descriptivo que pueda explicar la cultura humana, porque los post-estructuralistas me dirían que eso no es cierto, pues la realidad se refiere una construcción social e histórica en la que el sujeto participa activamente, y no depende tanto de las estructuras ni los sistemas preconcebidos. Que lo importante no es tanto el qué sino el cómo. Y en ese caso vendrían otros de la misma corriente a decirme cuán equivocado estoy y cuánto me falta leer al respecto, porque eso no es Post-estructuralismo, y tendrían razón.




    Pero me voy a salir de la filosofía y me voy a entrar en la política, donde las pasiones arden. No podría por ejemplo decir que el liberalismo moderno y el progresismo son en esencia la misma cosa, y que han engendrado una especie híbrida y peligrosa llamada los liber-progres, porque me caerán los liberales a decirme que no se puede ser liberal y progresista a la vez, pues ellos no son amantes del Estado y defienden la propiedad privada y las libertades del individuo. Por su parte los libertarios reclamarán su porción de verdad y me dirán que son ellos los que realmente están a favor de la libertad de mercado y en contra del control estatal, pero respetando los valores y las leyes del orden natural. Lo malo es que serán los conservadores los que saldrán al rescate de su orden natural diciendo que ese orden es religioso y se llama Dios, y que si se saca a Dios de la ecuación para meter al Estado se subvertirá dicha naturalidad. Y no faltarán los socialistas o los clásicos marxistas diciéndome que Dios es una mata de opio y que el único garante de la distribución de la riqueza debe ser Papá Estado, y que la lucha de clases debe mantenerse para garantizar la igualdad de todos los seres de la tierra. Pero tampoco, porque vendrán otra vez los progresistas, que no sé si serán los mismos post-marxistas, a decirme que no, que los obreros no son más que una masa alineada por el espejismo del mercado, porque no tienen deseos de hacer una revolución, sino de comprar carro nuevo, así que lo que hará la verdadera revolución será la educación, y que cuando se gane en el terreno del pensamiento, la revolución será cultural, y para ello contar con las minorías será fundamental, hasta volverse mayoría. Y usarán las estructuras del lenguaje (¿volvemos a los estructuralistas?) para construir, o más bien deconstruir el discurso, el cual así vaya en contravía de la ley que tanto pregonan, será muy emocionante. En últimas se trata de tocar las fibras más sensibles del hombre para transformarlo. Pero ahí no parará la cosa, porque otros me acusarán de haber dejado por fuera la opinión de los neoconservadores, los paleolibertarios, los minarquistas, los anarco-capitalistas, los socialdemócratas y los liberprogres, si es que ya no hacen parte de esa misma amalgama de la que vengo hablando.

A estas alturas no sé quién es quién, ni qué piensan unos y otros. En toda esta mezcolanza de ideas y sectores políticos uno no sale ileso.



    Me gustaba más contrariar a los comunistas puros, sin mezclas; esos que sabían que no tenían razón pero se hacían matar por su revolución, estilo Ché Guevara; o a los godos regodos, católicos a ultranza que cometían toda clase de desafueros, pero al menos lo hacían en nombre de Dios. Por lo menos con ese tipo de radicales uno sabía a qué atenerse y cuál era su línea de pensamiento, en la época en que los hombres eran varones y las mujeres hembras, y pare de contar.

    Sin embargo, con todo este travestismo político e ideológico que pulula hoy, con esa sarta de tendencias que toman cosas de aquí y de allí sin definirse en ninguna de las dos orillas por aquello de que resulta más moderado ser de centro; con todo eso, a mí no hizo más que salírseme el conservador en el aspecto moral; el liberal en materia económica; el libertario para ejercer mis derechos; y el progresista por creer que el estado me deberá garantizar el cumplimiento de esos derechos; eso sí, sin meterse en mi educación, en mi bolsillo ni en mi vida privada.

    La conclusión es que me tocará estudiar más para saber en dónde debo militar. Esto de que existan tantas tendencias políticas se me asemeja mucho a la Ideología de Género, con la diferencia de que en esta última sí tengo muy claro a cuál categoría pertenezco, aunque ya no esté tipificada en las planillas de información al respecto: ya no se encuentra tan fácil la casilla que dice hombre.

    En cuestión de política ya dará lo mismo ser de izquierda o de derecha; ser liberal o conservador, progresista o libertario; de nada valdrá. En las diferencias, tarde o temprano, todos nos saldremos encontrando.




    Los dueños del circo nos seguirán segmentando en cuanta laya les venga en gana para dividirnos y ponernos en guerra contra nosotros mismos. Con el Gran Reseteo que se avecina pretenden clasificarnos en tan solo dos bandos y recomenzar de nuevo el ciclo. Así las cosas, habrá que elegir solamente entre ser globalistas o patriotas. El resto viene por añadidura.

 

sábado, 2 de enero de 2021

No te comas a las vacas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos



 


    Hace por lo menos dos años, cuando la mayoría de los terrícolas todavía gozaba de libertad para organizar fiestas, me invitaron a un matrimonio de unos conocidos. Como no soy muy amigo de las fiestas de etiqueta, y como además me aburren las celebraciones solemnes de esas en las que reinan protocolos, y como tampoco andaba muy bien de fondos, pues decidí no ir. Me excusé con algún compromiso laboral ineludible y me lamenté con los anfitriones por no poder acompañarlos, pero el deber me llamaba. Qué vaina, otra vez sería, pero mucha suerte a los novios en esa nueva etapa que emprendían.

    Hasta ahí todo normal. El matrimonio se llevó a cabo sin ningún percance y los invitados salieron contentos, algunos hablando de más, pero ¿quién no ha ido a una fiesta a criticar? Los recién casados seguramente hoy estarán más enamorados que nunca, o a punto de divorciarse, pero eso hace parte del ciclo normal de la vida.




    Lo que me llamó la atención de esta celebración en particular fue un detalle que tal vez pueda parecer banal, un asunto sin importancia, pero a mí no me deja de sorprender. Uno de los asistentes me contó después que se había quedado de una pieza con la fastuosidad de la reunión, la belleza del decorado y el vestido de la novia, la espectacularidad del lugar, la distinción de los invitados, el buen gusto con el que dispusieron todo, la exquisitez del menú. Mejor dicho, como decimos los que no pertenecemos al mundo del glamour, fue una fiesta de ataque.

    —Hasta tenían un menú especial para las personas veganas —agregó el contertulio que no dejaba de alabar la majestuosidad de la reunión, como para que a mí me diera un hondo pesar de no haber asistido.

    Un menú especial para veganos. Sí, ese es el detalle que más me llamó la atención por lo modernista que me pareció el asunto.

    De manera que la tendencia alimentaria de los que no consumen ninguna fuente proteica de origen animal ya se ha tomado las recepciones elegantes. Ya se está convirtiendo en una opción bastante posicionada en los menús de los restaurantes de manteles y los servicios de cáterin.






    Como quien dice, está de moda no comer carne, ni huevos, ni lácteos, ni grasas que provengan de ningún animal. 

    Algunos lo hacen para mantener un estilo de vida más saludable, otros por repulsión a los cárnicos; unos cuantos para preservar el medio ambiente, o porque están en contra de las industrias donde los animales son maltratados para abastecernos de comida a nosotros los humanos. Un grupo nutrido lo hace por motivos meramente ideológicos, y esta es la razón que más me inquieta.

    No nos engañemos: el veganismo, más que una tendencia alimenticia, es una filosofía de vida, la cual ha calado más hondamente entre las personas inclinadas a las ideas de corte progresista. Incluso la mayor parte de los adeptos a esta opción están circunscritos a unas élites muy particulares.   

    Amigo lector, si usted desea convertirse a esta nueva religión, tendrá que prepararse, no sólo físicamente, sino espiritualmente, y sobre todo económicamente. Por estar asociados a la buena nutrición, estos productos no son para nada baratos. Por otro lado, hay que tener presente que el fundamento de esta corriente proviene de una ideología que tiene por objeto la negación de la naturaleza humana y la reafirmación de los “derechos animales”, tan proclamados e irrespetados como los derechos humanos.




    No me voy a referir si el veganismo como opción alimenticia es bueno o no. De eso se encargarán de hablar los médicos y los científicos, que sabrán cuáles son los componentes esenciales para una adecuada nutrición, y si la ausencia de grasas animales se puede suplir con otros alimentos de igual o mejor manera. Yo, de hecho, no me le apunto a la dieta y prefiero seguir con mis bistecs y mis perniles. Pero lo que sí quiero dejar en claro es que, como lo afirma el Dr Pablo Muñoz Iturrieta (escritor y doctor en Filosofía Política y Legal, autor del libro “Atrapado en el cuerpo equivocado”, que fue vetado en la plataforma digital de Amazon, todo porque se apoyaba en estudios científicos y serios para hablar contra la Ideología de Género), “los argumentos en favor del veganismo no son argumentos científicos, médicos ni dietarios, sino puramente filosóficos”. 

    Estos se basan en cuatro corrientes que él expone en su conversatorio[1] con la Dra Fernanda López Ferreira y que brevemente dejaré enunciadas para profundizar en ellas a futuro, pues es un tema que tiene mucha tela para cortar.

    Cabe recordar que el veganismo tiene sus raíces en la antigua India, lugar en donde la religión predominante es el Budismo, el cual apoya la teoría de la transmigración de las almas, lo que en últimas es la reencarnación. Según esta creencia, parte de las almas humanas reencarnan en los animales, de ahí que tanto humanos como animales pertenecemos a la misma especie. Bajo esta óptica se plantea la cuestión ética: no hay que hacer sufrir a los animales, por lo tanto no debemos comerlos.




    En la Universidad de Harvard, por ejemplo, se inventaron algo llamado Filosofía Moral Antiespecista, primera escuela del pensamiento filosófico que impulsa el veganismo, que consiste en afirmar que no existe la naturaleza humana como tal. Animales y humanos, básicamente, somos lo mismo. No valen los estudios científicos y genéticos de muchos años que demuestran lo contrario. Para esta escuela basta decir que la noción de especie es una construcción del hombre para aprovecharse de los animales, así como la noción de raza fue creada para apropiarse de la libertad de los negros. Una teoría moral, entonces, es suficiente para ponernos a la par con los caballos, los cerditos y los ornitorrincos. El lema de esta teoría podría ser: “no te comas a las vacas porque pueden ser tus parientes”.




    Otra escuela, la llamada Crítica Legal Liberal, es la que se apoya en el Estado para reconocer al animal como sujeto de derechos, protegidos bajo el código civil, seguramente, porque no bastarían las leyes contra el maltrato animal. A ellos  habría que reconocerles el estatus de ciudadanos, cedularlos y dejarlos sufragar. A lo mejor eligen con más conciencia que los humanos y no venden tan fácil su voto. Parece un chiste, pero la propuesta ya se ha planteado, y no digamos en Colombia, sino en países de vanguardia como Canadá.




    La tercera escuela es el llamado Post-modernismo, una cosa perversa que promueve el hecho de que el ser humano inventó categorías para subyugar a otros. Muy parecida a la primera. Aquí la mujer, los trabajadores, los hombres inferiores, los pobres, los animales, la naturaleza, todo son categorías inventadas por el humano para oprimir a quienes caigan en ellas. Se parte de construcciones sociales para hacer ver que el ser humano abusa de su entorno y de todo lo que hay en él, incluyendo los animales, sin importarle su sufrimiento. De ahí que ideologías como la de género, el feminismo y el animalismo emerjan con tanta fuerza en estos días que corren. A esta óptica yo le acuñaría el siguiente lema que la puntualiza: “No te comas a las vacas porque tienen sentimientos”.

    La cuarta escuela es la cereza del pastel: la Liberación Animal Marxista. Pregona que así como los trabajadores de todos los pueblos se deben unir para su liberación, también a los animales se les debe liberar de todas las granjas. Esta corriente es una estrategia del Marxismo Cultural para decir que los burgueses son enemigos de los animales porque se apropian de ellos. A los marxistas no les importa para nada el veganismo, pero se apoyan en su filosofía para ganar adeptos. Por lo general, casi todos los veganos lo son por razones diferentes a las de la alimentación, y suelen identificarse con la izquierda en materia ideológica. El lema en esta escuela podría ser: “no te comas a las vacas, porque ellas también piensan y quieren ser libres”.




    A estas alturas los miembros de este movimiento deben estar soltándome improperios, pero yo no cuestiono su decisión de alimentarse como quieran, sino la raíz de una ideología que en lugar de liberarlos de las ataduras los puede esclavizar aún más, hasta el punto de que el respeto obsesivo por los animales se puede convertir en una tiránica religión.

    En lo que sí estoy de acuerdo es que a todos los animales hay que tratarlos bien, así sea que nos los vayamos a comer. A los cerdos hay que darles el alimento apropiado y mantener limpias las cocheras por muy cerdos que sean. A las vacas hay que proveerles buenos pastos, vacunarlas, tenerlas en óptimas condiciones para hacerlas aptas para el consumo. A todos les debemos procurar un hábitat decente.

    Mi amiga Cata, La Marxista (así le digo cariñosamente sin que ella lo sepa), me llamó furibunda por este artículo que le hice llegar antes de publicarlo en el blog. Yo sólo quería una opinión de una vegana. Me dijo que cómo se me ocurría poner todas esas sandeces, que el veganismo, más que una ideología, era una obligación moral. Me acusó de no saber nada del tema, y en eso tiene razón. Que debía prepararme mejor, porque esto no era una moda de las fiestas ni de la publicidad. Al contrario, se necesitaba de mucha voluntad, de mucha conciencia y de mucha preparación para acceder a ese universo pacífico, respetuoso y moral que es el acto de alimentarse prescindiendo de los animales.




    Con razón a las invitaciones que a mí me gustan, cuyo menú es una buena fritanga con caldo de pajarilla, no asiste nadie que quiera insertarse dentro del canon de la alta gastronomía.



[1] https://pablomunoziturrieta.com/2020/10/16/la-ideologia-vegana-y-el-anti-especismo-video/



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