lunes, 30 de marzo de 2020

La tierra se vacuna


Por  Juan Felipe Giraldo Trejos





    No estoy tan seguro que la humanidad será diferente después del Coronavirus. No me ilusiono mucho con aquello que se promulga a los cuatro vientos de que se instaurará un nuevo orden mundial, un sistema menos consumista, un planeta más amable con el medio ambiente, un individuo más fraterno; ni que la reflexión del encierro o el llanto ante la tragedia le habrá valido a los hombres para ser mejores personas de aquí en adelante. Sospecho, incluso, que ese afán creciente de que toda esta situación termine, y que esa paciencia artificial que nos seduce para que todos nos volvamos a tomar de la mano, y luego nos fundamos en un abrazo de concordia, es quizá para volver a lo mismo.
    Escucha uno que todo quedó pendiente, en standby, pero que los proyectos y los objetivos deben permanecer en pie, que no tenemos por qué cancelar los sueños que soñábamos antes de que este virus nos metiera debajo de la mesa. Intuyo que apenas amaine la tormenta volverá a salir el sol, y quizá una paleta de colores se derrame sobre el cielo en forma de arco iris. Pero temo también que retornaremos a soplar nuestra burbuja de jabón, ahora con los restos de espuma de una economía y un ánimo disueltos en lágrimas.  
    Queríamos que el mundo diera un cambio, y he aquí la respuesta a nuestras peticiones. Para que las cosas se organicen se tienen que desorganizar todavía más. La remodelación implica incomodarse, tragar polvo, perder para después ganar. No veníamos bien, eso está claro, pero no será la desaparición de la pandemia lo que nos garantizará que vendrán tiempos mejores, como ya escucha uno por ahí a los optimistas que venden discursos y emociones tranquilizadoras, que porque lo peor de la peste es tenerle miedo, como si esto no fuera susceptible de materializarse en muerte.
    La esperanza es que nos va a cambiar la vida, aunque en el fondo aspiramos a volver a la normalidad. Como estábamos antes, cuando vivíamos en un mundo convulsionado, pero sin Covid-19, y por lo tanto un mundo normal. Y que se las arreglaran el hambre, la guerra, la sobrepoblación, la pobreza y la contaminación como pudieran, que eso era problema de los demás.
    Pensarán ustedes que pertenezco a ese nefasto grupo de los pesimistas irredentos que llegan a dañar la fiesta y a matar la alegría a donde quiera que van con su veneno. Lo siento si atraigo mala vibra, pero existen muchas razones que pueden explicar el porqué de mi recelo.
    En primer lugar no vamos a salir de esta crisis renovados. Saldremos estresados y disminuidos por un encierro que nos pondrá de frente contra lo peor de nosotros, y nos desnudará hasta la más insignificante de las debilidades. A aquellos que dicen que es necesaria la soledad y el encuentro consigo mismo para dar cabida a la reflexión y encontrar un equilibrio espiritual, quiero decirles que deberían ir a los sectores populares, a los barrios de extracción humilde en donde existe gente con hambre, sin trabajo, nerviosa, sin posibilidad de salir a rebuscarse el pan, sin saber qué comerán al otro día, ni cómo van a pagar la dormida diaria, y encima con el fantasma del Coronavirus acechando en medio de la estrechez y el hacinamiento, y el otro virus, el del resentimiento que tenían guardado, inoculándose a raudales. ¿Cuáles serán los pensamientos de grandeza y renovación con los que saldrán estos ciudadanos al cabo de un mes de cuarentena? Y eso, si es que la hacen con la disciplina con que la hacemos los que hemos sido de alguna manera más afortunados.     
    En segundo lugar, apenas percibamos las briznas de lo que fue esta crisis mundial, aún sin escampar del todo, la ruina económica no nos permitirá gozar del tan afamado cambio positivo que ahora pregonamos. El índice de pobreza se multiplicará en la tierra, el desempleo será el factor más angustiante porque una vez superada la emergencia, las ayudas a los más necesitados se acabarán, y posiblemente el hambre sea la nueva peste que reemplace al virus. Esto, mis amigos, va en contra de toda teoría tendiente a la mejora del universo; a la fraternidad y a la solidaridad.
    En tercer lugar, la naturaleza del ser humano, que tiende a señalar la paja en el ojo ajeno, no se contentará con poder salir a la calle, sino que además se encargará de buscar a los culpables, condenarlos y juzgarlos, porque no se harán esperar las demandas en las cortes internacionales contra los líderes de los gobiernos que manejaron las cosas mal; no faltarán las peticiones de indemnización a los países que dejaron salir esto de control; se recrudecerá la discriminación a los ciudadanos extranjeros de las naciones que exportaron la tragedia; se estigmatizará a aquellos que una vez se contagiaron, ya que la palestra pública no les permitirá aliviarse del todo; volverán las disputas entre países que ya no querrán ser aliados y se romperán pactos y tratados gracias a la rabia de haberlo perdido todo. Algunos sacarán provecho del odio exacerbado para aumentar el resentimiento social y convocar a las protestas, promover los derrocamientos, generar un nuevo caos que nos tendría ad portas de una nueva economía de guerra, y Dios quiera que no, de una nueva guerra mundial, porque sería la cereza que le faltaría al pastel.  
    En cuarto lugar —y con este justifico mi postura derrotista por si los otros argumentos no los han convencido—, la historia dice que las grandes transformaciones de la humanidad traen consigo su cuota de dolor, y generalmente siempre suceden después de otro dolor más grande aún, como una guerra, una pandemia o un fenómeno natural. El pasado nos enseña que el hombre no aprende, que olvida fácil sus lecciones, y me temo que esta no será la excepción. Cuando florezcan las amapolas volveremos a salir, a meternos en nuestros asuntos, a ensimismarnos en las ocupaciones que nos supondrán una carga mayor por aquello que se dejó de percibir. La tierra volverá a cansarse, los abuelos ya no contarán con la compañía de sus familiares, la lúdica hogareña volverá a ser asunto del tiempo perdido en que nos vimos forzados a reinventar la vida para no enloquecernos, y en los abrazos germinará un sino de desconfianza porque siempre recordaremos que por un abrazo pudimos haber muerto muchos. Ni qué diremos de los besos.
    Me quiero equivocar, no me importa que tenga que rectificar esta columna, o borrarla en su defecto; igual nadie me lee, ni mi opinión es influyente. Pero no creo que la humanidad, así sin más, pueda encarnar la utopía del Imagine de Jhon Lenon, sobre todo porque nunca lo ha hecho. Vamos atrás. ¿Recuerdan lo que pasó con la recesión económica mundial del 2008, cuando se cayeron las bolsas estrepitosamente? Poco a poco la economía se fue recuperando a los trancazos. Hicimos la promesa de ser mejores, de dosificar el capitalismo salvaje que estaba agrandando la brecha entre ricos y pobres. Había que acabar con la avaricia y el esnobismo. Vendrían vientos de cambio, una economía social liderada por humanistas antes que por usureros, y el cambio fue que volvimos a lo mismo, pero con más intensidad todavía. El consumo tuvo un resorte que lo impulsó como nunca antes en su vida, y fueron las redes sociales, el marketing digital que nos convirtió en esclavos de la pantalla porque ese sí supo cómo movernos las emociones. Nos metieron en la cabeza el estereotipo del millonario y el “yo puedo”, el estilo de vida del hombre alfa, la onda fitness, y cuanto anhelo mercantil pudiera envolver la débil condición humana. Lo más importante era ganar likes, y ni siquiera en medio de la pandemia dejamos de buscarlos: capitalismo en su máxima expresión.
    ¿Y después de la segunda guerra mundial qué pasó? Aquí va el otro hecho histórico. Surgieron los movimientos basados en el peace and love que renovaron la confianza durante las décadas de los años sesenta y setenta. A la par, la revolución alentó a los jóvenes a buscar la libertad y a encontrar en el sexo desaforado el equilibrio que necesitaba la tierra, que estaba ávida de amor. Pero atrás quedaron todas estas promesas. La libertad fue canjeada por dictaduras en Latinoamérica; la paz por campos de guerra en Vietnám, Laos, Camboya, Nicaragua, el medio Oriente, el norte de África, y el resto del mundo a través de lo que se llamó la guerra fría; y el amor, vilipendiado con genitalidad sin compromiso por el pretexto de hacerlo libre, se contagió de sida y un sinnúmero de enfermedades venéreas. El comunismo que engañó a tantos jóvenes incautos quedó en manos de mercenarios, y el capitalismo fue un perro feroz que mostró los colmillos y mordió cuando tenía que morder. El sueño de transformar el mundo por uno mejor se había derrumbado.
    De modo que no me culpen si desconfío de ese mágico escenario que me pintan. Claro que sueño con la reaparición de los valores, con la bondad del hombre. Pero no compro sueños de utopías. Prefiero creerle a esa realidad escueta que también puede mostrar su cara solidaria aún en los tiempos más estremecidos, a través de unos pocos héroes que se debaten cuerpo a cuerpo con la muerte, a costa de su propia vida sólo por salvar la humanidad. A ellos es a quien les creo, porque en mitad de la debacle lo están dejando todo.
    Se vienen días difíciles, lo sé. No quiero ni pensarlo, y ruego a Dios que esto sea otra más de mis escandalosas fatalidades. Pero entendamos que es la tierra quien se está vacunando de ese virus llamado especie humana.

30/03/20

martes, 24 de marzo de 2020

Literatura de supermercado


Por  Juan Felipe Giraldo Trejos



    Fue en medio de la fila para pagar, en un almacén de cadena cuyo nombre le hace recordar a sus compradores cuál tiene que ser su objetivo en la vida. Estaba en compañía de un amigo que miraba la pequeña sección de librería dispuesta cerca de la caja más lenta. Escuché que se quejó con un tono de frustración alarmante: “tantos libros tan buenos para leer y no tengo un peso para comprar ni uno”, dijo palpando el primer ejemplar que se topó de frente, y que estaba exhibido ocupando tres tercios del anaquel. La batalla por la paz se titulaba, y no había necesidad de leerlo para saber que se trataba de un manual de auto adulación. La sola foto de la portada lo decía todo. “Hermano, no sabía que a usted le gustaba leer”, le dije gratamente sorprendido, pues ignoraba de aquella afición tan saludable de parte de mi amigo, del cual sólo había conocido su gusto por las cuatri-motos, las camionetas y las chimbitas; todo de revista, eso sí, porque su salario no le alcanzaba para disfrutar de ninguna de las anteriores. “Sí”, me confesó, “fue un propósito que me hice el 31 a las doce de la noche. Que este año iba a cultivar el sano hábito de la lectura y establecer como meta de aquí en adelante leerme siquiera dos libros completos al año. ¡Siquiera dos!”. El énfasis que puso en la cantidad fue porque deseaba de corazón ampliar sus conocimientos; volverse un hombre más culto. Bueno, hay que entender que todos comenzamos de cero, ¿no? Le hice notar que el problema no era de plata, sino de saber dónde y cómo conseguir los textos. “No necesariamente hay que comprarlos”, le sugerí, ensanchándole las posibilidades para que él pudiera abastecerse, no de dos, sino de miles de títulos que seguramente le servirían para sus pretendidas ambiciones intelectuales. En la red, por ejemplo, uno puede encontrar cientos de obras clásicas completas para descargar en formato PDF, en e-book, a través de aplicaciones en línea, o en audio libro, tan sencillo para quien todo le entra por los oídos. Y no sólo las clásicas, sino aquellas cuyos derechos de autor ya han expirado y se encuentran libres de copyright aguardando la llegada de un lector ávido de historias y conocimientos acerca del mundo. Hay de todo y para todos. Le animé para que se hiciera miembro de la red de bibliotecas. En nuestra ciudad, por ejemplo, está la biblioteca del Banco de la República y la Biblioteca Municipal Ramón Correa Mejía, en las cuales uno puede pasarse el día leyendo, en la primera con más calma, y en la segunda con más tiempo, y además tienen el servicio de préstamo para la casa, porque muchas personas realmente no pueden adquirir uno: se entiende que hay prioridades, y la literatura no es una de ellas.
    Y si la cuestión es de ir armando una biblioteca propia, se pueden conseguir libros a buen precio, de ediciones un poco vetustas, pero no importa. Yo voy por ejemplo a las llamadas librerías de viejo, las que tienen esos títulos que uno ya no ve en los anaqueles de los supermercados ni de las librerías modernas; donde muchas veces consigo lo que ya casi no se consigue y que para mí vale como oro. Los autores regionales, por ejemplo, es una cacería a la que últimamente me dedico.
    Le propuse pues a mi amigo, lector potencial, unas maneras económicas y formadoras para acceder a la lectura, y de hecho le recomendé algunos buenos títulos de géneros diversos que le fueran abriendo camino por un criterio de saberes muy parecido al mío, ya que a mí me marcaron la vida aquellas obras, y hasta le ofrecí obsequiárselas de mi biblioteca personal; así tendríamos otro frente para robustecer la amistad, para darle visos de categoría estética, porque no hay nada más agradable que sentarse a hablar y compartir las impresiones de lo que uno ha leído con otras personas que han tenido igual experiencia.
    “No, mi hermano, es que usted no ha entendido”, repuso mi amigo con la intención de hacerse más explícito esta vez, convencido de que yo había llevado el asunto por el camino  más complejo. “A mí no me interesan esas viejeras”, me dijo, “a mí me gustaría leer lo último, lo que está de moda, lo recién publicado, ¿me entiende? Eso sólo se puede comprar en un sitio como este, o ahí en el centro comercial”.
    Que las confesiones de una Madame; que lo del negocio de la coca contado por uno de sus ex empresarios; que lo de las cincuenta sombras, pues hay que saber qué es lo que le gusta a las mujeres; que las memorias de la esposa de Obama; que las historias de vampiros, las cuales están cautivando a las peladitas; que los libros para alcanzar el éxito empresarial y de paso para salir de la depresión; que la biografía de Cristiano Ronaldo; que las mil maneras de hacerse rico sin invertir un peso ni trabajar; en fin. Aquellas categorías tan surtidas eran los temas de lectura que verdaderamente le inquietaban a mi amigo, y yo pensando en inaugurarlo con Dostoievsky, con Octavio Paz, con Saramago, con Mutis, y a nivel regional queriéndolo relacionar con Bernardo Arias Trujillo, Gustavo Colorado o Alba Lucía Ángel.
    Realmente sí estaba llevando la cosa por donde no era, pero al menos rescato su voluntad de querer leer algo, porque hasta de los libros más malos aprende uno cualquier cosita. “Ah, sí, ya veo”, le dije, “lo que es más comercial”. “Claro,” me respondió él sosteniendo un ejemplar de El secreto, “así como lo que consigue uno aquí en el supermercado, ¿pa´ qué más?”.
    Si a mi amigo le atraía aquello que se escribe para un público de baja exigencia, no tengo por qué culparlo. Al fin y al cabo todos alguna vez hemos consumido de esa sabrosa literatura de supermercado que cuando nos adentramos en ella recordamos con añoranza aquella otras que nos hizo encontrarle un nuevo sentido a la vida. De vez en cuando es bueno caminar por los terrenos cenagosos de la prosa de fácil digestión, pues así valoramos más la otra, la que de verdad alimenta el intelecto. 
    Y es que lo bueno de la democracia es que cada persona tenga la posibilidad de leerse lo que le venga en gana, en eso concuerdo con la mayoría. Por ejemplo, si lo que preocupa al país en un momento dado es la problemática de las drogas, se me vienen a la mente varios títulos de biografías de narcos. Otro ejemplo: en los años del Proceso de Paz en Colombia, toda nueva publicación debía estar relacionada con el tema, o al menos incluir en alguna parte de su título el atractivo de las tres letras para garantizar la venta, así como en los años de la guerra lo que más compraron los lectores fueron las tragedias de un país violento. Recientemente nos inundaron en el mundo con las sagas medievales, con esas historias de reyes, brujas, guerreros, castillos y hechiceros, y no tanto por los libros, sino por las series y películas que de ellos se realizaron, las cuales popularizaron las historias siguiendo el ejemplo de El Señor de los Anillos, con más de doscientos millones de ejemplares vendidos.
    Por allá a principios de siglo dieron mucho palo las cuestiones apocalípticas aprovechando el cambio de milenio, y diez años después se revivió el asunto con las profecías mayas, con el fin de la iglesia, con el nuevo orden mundial. Pues bien, ahora con esta catástrofe de la pandemia ya me imagino a muchos escritores enfilando baterías para recrear en su agitada mente toda clase de historias y confabulaciones; reales o ficticias, no sé, pero sí bien rentables sobre lo que pasa y seguirá pasando. Seguramente atraerán millones de lectores esperando encontrar una respuesta urgente al mal vaticinio, y que se quedarán en las mismas, igual que antes de leer el libro. Sí, de una vez inserté a mi amigo en la onda actual y le dije que la literatura sobre Coronavirus y otras pandemias sería lo que mandaría la parada en el mercado. Pero que para entrar en contexto se remitiera primero a lo que fueron las pestes de la edad antigua, a las diez plagas, a la peste negra europea durante la edad media, a la gripe española de hace cien años y otras famosas que nos azotaron durante siglo XX y principios del XXI. Pero que leyera rápido, porque no demoraban en sacar el best seller sobre el peligroso virus chino que nos tiene a todos al borde del colapso. “Ese será el tema”, le dije seguro de encaminarlo bien.
    Es que cada quien satisface sus propios intereses. Los medios y la publicidad nos saturan de tópicos, y a través de la manipulación de las emociones nos desvían la atención de lo realmente valioso. Bueno, desde el punto de vista subjetivo, porque no hay que olvidar que cada libro tiene sus propios lectores. A veces ninguno.
    Muchas obras del pasado no se hicieron grandes porque no contaron con esa suerte de difusión extrema que tienen las que se escriben actualmente; sobre todo gracias a internet, que es la industria suprema para la auto publicación, y al poderío de ciertas editoriales que se dan el lujo de escoger lo que quieren poner en el cerebro de la gente. Eso sí, queda a criterio del interesado lo que desea recibir.
    Porque ya el problema de la cantidad está solucionado con la producción en masa. Aquí lo que realmente importa es el número de veces que los ejemplares comercializados hagan sonar la registradora. Ventas, mis amigos. Constantes y sonantes.
    Aunque no debería anticiparme a lo que va a suceder, porque como vamos, dudo mucho que nos quede aliento para ahondar en nuestra tragedia, y mucho menos pagar por ella.
    No dudo cuál será el tema del que se ocupará el libro más popular en el año 2020. Si es que no nos extinguimos, desde luego. 

25/03/20

sábado, 21 de marzo de 2020

Esto no es charlando



Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Creí que todo lo tenía bajo control para iniciar la cuarentena tardía ordenada por el gobierno debido al Coronavirus.
    En primer lugar me aprovisioné de alimento básico con el cual poder defenderme al menos por diez días. Tengo la esperanza de que a un miembro de cada familia le otorguen el permiso de salir a comprar los víveres necesarios durante los días del encierro, pues por mucho que uno compre, no es posible almacenar comida a largo plazo; además ya no se permite en el supermercado llevar más de dos referencias de un mismo producto por persona: hay que combatir a los acaparadores.
    En segundo lugar debo velar porque mi padre, un adulto mayor de 83 años, cuente con su arsenal de medicinas siquiera para un mes, haciéndole fuerza al impulso de su salud frágilmente restablecida, a ver si aguanta toda esta crisis sin necesidad de acudir a los servicios médicos, pues ¿médicos de dónde? Y ni pensar en una situación de urgencias ahora que las clínicas y hospitales están totalmente colapsados. En tercer lugar tengo que aguantarme las ganas de acariciarle su cabecita nívea y mimarlo como él se lo merece porque es mejor evitar el contacto, así que trato de no arrimarme a más de dos metros de distancia, usar el tapabocas cuando lo tengo cerca y comer en otra mesa, y si con este sacrificio de amor no basta, que tome Dios de vuelta nuestras vidas, porque no se puede vivir con tanta zozobra por tan largo tiempo. Creí que teniendo estas cosas solucionadas, tan sólo sería cuestión de esperar dentro de las paredes de nuestra casa a que toda esta tormenta amainara, o al menos nos diera un chance de volver a estar tranquilos.
    Dándome por bien servido dejé a mi padre dormido en su cuarto que está contiguo a la zona de ropas, y me dispuse a levantar una barrera de límpido en el portón de la casa para que por allí no pasara el virus. Pero ¡oh sorpresa!, mi ánimo se me vino al piso cuando escuché a la vecina estornudar. Coincidirán ustedes en que no pasa nada, pues el virus no puede traspasar los muros, pero es que yo vivo en una casa que se comunica por el patio con los habitantes de la vivienda superior, como bien saben ustedes que son muchas de las casas de dos plantas en Colombia. En “los bajos”, como popularmente se le conoce a la vivienda que está debajo de otra. Desde allí es posible escuchar las conversaciones y otras cosas que hacen los de arriba, y a veces hasta cuando uno está greñudo y en pijama lavando sus chiritos se los topa encima y hay que saludar amablemente. Si a veces me encuentro pelos de gato en la ropa extendida al momento de entrarla, y miro arriba, y ahí está el cuadrúpedo de la vecina vigilándome con pedantería, no me imagino cómo vendrá cargado el aire, porque con los vecinos se comparte ese espacio comunal en que unos y otros respiramos... y estornudamos. Comenzó entonces a picarme el gusanillo de la preocupación, por lo que escucho en las noticias acerca de la facilidad como se contagia el Covid-19, que viaja montado en micro gotas de saliva catapultadas por cualquier inadvertido estornudo que un hijo de vecino pueda lanzar. En pocas palabras, si el de arriba toce, nuestra vida corre más peligro que en la franja de gaza. El aire asciende y las gotas caen por gravedad. Temo por mi padre más que por  mí, porque este es un virus cobarde como todos los virus, que se ensaña con las personas de edad y no se deja ver. Por el noticiero hablan los expertos y los enfermos de otros países, y todos coinciden en lo mismo: esto no es charlando.
    Toda esta ilustración personal es para decir que hemos llegado al punto en que nuestra lucha como individuos no basta por sí sola, porque ahora más que nunca dependemos los unos de los otros para subsistir. De nada te sirve cuidarte si tu vecino no se cuida a sí mismo. Y el vecino del vecino, y el de más allá, y el de la cuadra, el del barrio entero, el de la ciudad, el país y el mundo. Qué complicado el entramado de relaciones en el que estamos metidos los seres humanos, mucho más con este planeta tan globalizado y tan exageradamente conectado. Pensar que hemos sido tan soberbios como especie y saber que ahora el parroquiano más humilde se nos puede tirar la vida con un estornudo si le da la gana. A ver si esta lección de muerte (y de vida) nos enseña a desempolvar la solidaridad y el trabajo en equipo, que es lo que más se necesita para derrotar este enemigo. Ya algunos vecinos del Lejano Oriente nos comienzan a poner un punto muy alto, y ojalá sigamos ese derrotero como lo han hecho en Singapur, Corea del Sur y en la misma China donde comenzó todo esta debacle, y que de ayer a hoy sólo tuvieron un contagiado.
    Yo tengo mis reservas sobre la especie humana. La verdad pienso que somos unos indolentes y unos mezquinos y egoístas, a tal punto que esta tragedia viene siendo aprovechada por los políticos y los idólatras para buscar culpables y criticar cualquier medida que se tome, juzgando de antemano a los líderes de turno que les tocó asumir la responsabilidad de tomar una decisión. Sí, es cierto que la mayoría de los gobiernos se han equivocado, que fueron víctimas de la misma soberbia de la humanidad y subestimaron el problema, y que están tomando medidas tardías, pero este no es momento de rasgarnos las vestiduras y de irnos lanza en ristre contra presidentes y dirigentes. Después, si la vida nos da una segunda oportunidad, tendremos tiempo de enjuiciarlos, pero por ahora atendamos esta cuestión que es de vida o muerte, y tratemos de salvarnos a nosotros mismos.
    ¿Acaso no entendemos que estamos en emergencia sanitaria, económica y hospitalaria; que es en todo el mundo y al mismo tiempo; que nadie puede prestarle ayuda a nadie porque cada país y cada hombre tiene sus propios problemas; que hay una pandemia acechando por ahí en cualquier inhalación de esquina; que estamos todos al borde de la muerte; que el orden que teníamos establecido se va a acabar; que todo ha sido construido con mentiras y espejismos; que nada más nos quedará lo que llevamos adentro porque todo se está arruinando: la economía, las instituciones, la religión, el modus vivendi, la vida misma; que habrá que empezar de cero y será una magnífica oportunidad para restablecer ciertos valores de sociedad que teníamos perdidos y acabar con los antivalores que veníamos pregonando? ¿Acaso no lo entendemos?
    Pensábamos que esto era nada más por allá en la China y nos burlábamos con sorna. Que aquí no llegaba, y en menos de tres meses aprendimos que esto no era charlando. Que nos tocará salirnos de nuestra zona de confort, hacer miles de sacrificios, porque si como especie no estamos dispuestos a perder la comodidad y asumirnos en una desgracia de inconmensurables proporciones, el Coronavirus nos exigirá un sacrificio mayor: el de nuestra propia vida.
    De todas las cosas horribles que nos ha implicado esta situación, la que más me aterra en este momento es la idea de no poder abrazar a mi padre, aun teniéndolo a un lado. Cómo extraño revolverle su cabecita blanca.

21/03/20

jueves, 19 de marzo de 2020

Que Dios nos tenga de su mano



Por Juan Felipe Giraldo Trejos









    Cuenta la leyenda que a finales del año 2019 y comenzando el 2020 de la era moderna, por allá en el vasto país de la gente de los ojos rasgados, un enemigo invisible surgió de las entrañas de un murciélago para atacar a la humanidad como si la carne del demonio se hubiera hecho espíritu y no al revés. Y a ese espíritu virulento que nadie vio con los ojos naturales, sino con los lentes de un microscopio, la humanidad —especie que por ese entonces habitaba en el planeta—, no supo cómo combatirlo sino hasta que ella misma se remeció con el golpe devastador de aquel demonio viral. Un efecto dominó se produjo en toda la extensión del país de la muralla, y ni siquiera esta sólida roca pudo contener el mal. Salido de toda frontera y de toda madre, tocó con su mortal ponzoña a los países vecinos y el pánico comenzó a cundir en el lejano oriente: Al país del sol naciente le propinó su dosis de anochecer terrorífico; al Pueblo de los Han, dividido en la República Popular Democrática en el norte, y en la República del sur; le hizo añicos su división, y tanto los de arriba como los de abajo quedaron unificados en el contagio. No contento con atacar a la gente de raza amarilla y ojos rasgados, el etéreo terrorista buscó un lugar más calientico y viajó hasta el Medio Oriente, a la antigua Persia, no sin antes darse una vueltica por la India, Hong Kong y Filipinas y llegar por ese lado hasta la misma tierra de los canguros y las islas de la Oceanía. Por el otro extremo, la raza árabe sufrió también el golpe siniestro del bicho alado. Pero este hostil intruso quiso occidentalizarse, y fue así como se enseñoreó en el viejo continente: Alemania, Italia, Francia, España, Reino Unido, Suiza, Bélgica, Holanda, Rusia, los Balcanes, Escandinavia, todas las demás: las arcaicas naciones de la Europa opulenta en las que se esparció el aliento de muerte. Hasta que se le dio por realizar el sueño americano, y fue así como viajó en vuelo de primera clase a los Estados Unidos y a Canadá. No podía quedarse el perverso sin descubrir el nuevo continente y asestarle un tremendo porrazo al corazón del capitalismo. Les enseñó a los inmigrantes que no sólo se puede ir en dirección sur-norte, sino que también se podía viajar de norte a sur. De esta manera se produjo la conquista de Suramérica: el gran Brasil, las naciones del Río de la Plata, el país austral, el territorio del imperio Inca, las tierras de Bolívar; de allí a Centroamérica, y cómo no, el Caribe. Pero como tampoco podía quedarse con las ganas de regodearse en la escasez, en alguno de sus peregrinajes visitó el llamado continente negro.
    Fue así como a la vuelta de dos meses estaba establecido su trono en todo el mundo, y fue él el nuevo rey distinguido con la corona maldita de su pérfida infección. Por eso lo llamaron el Coronavirus. A él temieron los gobernantes de todas las naciones, ante él se arrodillaron por el miedo a su sentencia de muerte y se encerraron para no aspirar su aliento. Por él hubo miles de sacrificados, aunque también gracias a él, el planeta dio su giro más radical. Aquel temible enemigo que inspiró terror en sus súbditos hizo que estos, secretamente, comenzaran a idear la forma de exterminarlo.
    Cuenta la leyenda que los jefes de estado tomaron medidas tardías y subestimaron el poder destructor del genocida; que los misiles y las armas nucleares de los más tecnificados no pudieron derrotarlo; que la influencia de los dioses modernos tales como los ídolos y las celebridades de ocasión con sus miles de millones de dólares quedó valiendo lo que en realidad debió de haber valido siempre: nada; que las obras de arte las podía concebir cualquier ser anónimo sin talento desde la soledad de su casa, sin importar el renombre del artista, sólo el corazón; que las acciones de las empresas que se jactaban de dominar el mercado con sus productos se derrumbaron como castillos de arena, entendiendo la humanidad que la burbuja se reventaba y el espejismo se deshacía; y lo que en un tiempo fue codiciado como oro, para aquel momento no pasó de ser la simple paja separada del trigo. Y por cierto que aquello que se consideró indispensable para la supervivencia como el alimento, el agua y las medicinas, se tuvo como un bien preciado y se agradeció infinitamente con una oración en la mesa familiar, y se recordó que el sólo hecho de tener algo que comer ya era una bendición. Eso ocurrió después de una sufrida batalla de quienes sólo podían tener lo necesario, enfrentados a los especuladores y acaparadores de alimentos.
    Se dice que todo el oro de las potencias más ricas no pudo comprar la conciencia de este ser iracundo ni ponerlo de su parte, y que a cambio este les devolvió la destrucción de sus economías y sus instituciones por intentar burlarlo. Se murmura que en un país cafetero de la América del Sur, por ejemplo, pensaron que con declaraciones de lealtad y compromisos firmados fútilmente de los viajantes que arribaban a los aeropuertos iba a estar todo controlado, y que no había necesidad de protegerse porque con un padrenuestro bien rezado al Sagrado Corazón las cosas no iban a ser tan graves, que no hacía falta la férrea disciplina del aislamiento ni tomarse las cosas tan a pecho… y no fue así. El enemigo invisible les cobró la ingenuidad de no haber implementado medidas drásticas y no haber cerrado pronto las fronteras marítimas, terrestres, y sobre todo las aéreas, por donde llegó satisfecho después de un plácido festín en Europa, bebiendo whisky y usando traje de diseñador. Porque allá en la pintoresca Italia les dijeron “mañana no habrá clases ni oficinas”, y todos felices salieron a vacacionar, a las playas del Adriático y del Tirreno, y a los cafés de la pequeña Venecia: el resultado fue que el diablo les pasó la cola por la cara, y con el coletazo noqueó a treinta y tantas mil almas en solo tres semanas.
    Cuenta la leyenda que ante la imposibilidad de derrotarlo, los seres queridos volvieron a tener tiempo para compartir, pero esta vez sin besos, ni abrazos, ni caricias cálidas, y en lugar de ello la palabra escrita cobró más importancia que el contacto físico. En algunos casos la mirada a más de dos metros de distancia tuvo que ser suficiente para expresar amor, y el mundo tuvo que comunicarse de manera diferente. Entonces se volvió común besar una pantalla y hablar a través de los dispositivos inventados por la ciencia que días atrás sólo habían servido para ampliar la distancia entre los presentes. En aquella ocasión una nueva usanza del ingenio tecnológico sirvió para sopesar lo verdaderamente significativo: mirar al interior y valorar un pasado desperdiciado en vacuas conversaciones con gente sin importancia, hallando en la soledad y el silencio de una cuarentena el sentido de la otrora vida vacía. Se dice que se recurrió a la oración y a la lectura, que se buscó a Dios fuera de las iglesias, apelando a la frase aquella de que él está en todas partes, y hasta lo buscaron en los objetos que no hubiera trastocado el maligno. Más vieron que el alma era de las pocas cosas que aún podía permanecer intacta y libre de contagio, o que se podía purificar con arrepentimiento, de modo que en ella se albergaron los valores más sagrados de la humanidad, y fue así como echando mano de la solidaridad, la responsabilidad o el altruismo para iniciar, se construyó una nueva sociedad que tuvo que hacer a un lado las banalidades y prepararse para vivir con lo esencialmente indispensable, con el propósito de recuperar un planeta en crisis.
    La leyenda no cuenta si al fin el mundo logró recuperarse o si la humanidad le hizo apología a su nombre. Lo que sí se sabe es que este diminuto y nocivo virus la cambió de algún modo para bien. Al parecer el encierro hizo que la sociedad industrializada agachara la cabeza, que se contaminara menos el ambiente, que la familia volviera a ser una institución venerable, que el consumo desmedido ya no fuera una necesidad, que el verbo ser fuera más importante que el tener, partiendo de la base de la humildad, que los salarios fueran asignados en sus justas proporciones, y que la inversión en salud, ciencia e investigación fuera el ítem más dadivoso del presupuesto de un estado.
    No dice la leyenda cómo fue derrotado el enemigo; lo que sí se sabe es que este al fin sucumbió después de cobrarse muchas de las vidas de los soldados que lo combatieron desde sus entrañas, cuerpo a cuerpo. La especie humana se vio en peligro, aunque no pudo ser exterminada en su totalidad. Encontraron el arma y al fin le dieron el tiro de gracia. Los países actuaron como si fueran uno solo, porque al fin el hombre comprendió que cualquier cosa que le pasara a su vecino le pasaría a él también. Porque si algo se hubo globalizado en aquella sociedad, no sólo fueron las comunicaciones, ni los mercados, ni la cultura, sino también los males en todas sus expresiones. Y así entendió el ser que no era un ser individual, pues todos dependían de la colectividad, pero también aprendió a respetarse en las diferencias y a saber que cada quien puede aportar un talento especial y único, cualquiera que sea con tal de que le pueda aportar al resto más que a sí mismo.
    Que esta leyenda inacabada tenga el desenlace menos trágico posible, y que Dios quiera que la enfermedad del mundo le sirva al planeta no sólo para encontrar la cura a las dolencias de su cuerpo, sino también a las del alma de sus moradores. Desde el aislamiento voluntario se concibe esta leyenda, cuando todavía es posible convertirla en mito. Que Dios nos tenga de su mano.


19/03/20



Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...