Recuerdo que en mis tiempos se
solía decir que la televisión era el enemigo número uno de la inteligencia. Era
una forma de decirle a los jóvenes que si se empeñaban en hacer tareas viendo la
pantalla chica nunca iban a aprender nada. Y eso si se trataba de aquellos
estudiantes que por lo menos tenían la intención de realizar sus deberes
escolares. Los otros, los que no tenían el menor interés por el estudio, se
pasaban horas enteras frente al televisor y dejaban que la llamada “caja boba”
les absorbiera el cerebro.
Tiempo después llegaron los
videojuegos para terminar de tostarle el cerebro a la población, y hoy, aunque
se han modernizado las herramientas tecnológicas, la lógica de la
estupidización sigue operando de la misma manera: hacer que cada vez más
personas —y no sólo jóvenes estudiantes— pasen la mayor cantidad posible de
tiempo frente al celular, la tableta, o cualquier dispositivo desde donde se
pueda acceder a internet, y en especial a las redes sociales. De eso se trata
el truco de este mundo de la imagen y la virtualidad que nos tiene adictos a
las pantallas desde finales del siglo pasado y que hoy, cuando promediamos el
primer cuarto del nuevo siglo, nos ha sumido en una esclavitud peor que la
existente durante la Edad Antigua.
Esclavos, sí, porque esa es la
palabra que mejor define al hombre pos moderno. Con el agravante de que el
esclavo de la época primitiva por lo menos podía ser dueño de su pensamiento.
El hombre contemporáneo, en cambio, ni siquiera puede (es más, ni siquiera
quiere) pensar por sí mismo. Todo lo ha dejado en manos de los buscadores de
información, las recomendaciones de los algoritmos, y ahora de la inteligencia
artificial.
La cuestión es que es innegable que todos los seres humanos necesitamos
de algún grado de tecnología para poder llevar una vida medianamente tolerable
dentro del sistema en el que estamos inmersos. Hoy en día no podemos escapar ni
prescindir de ella, no hay remedio. Estamos en la era de los teléfonos
celulares con aplicaciones de GPS, con inteligencia artificial, juegos en
línea, buscadores en tiempo récord, reconocimiento facial, software de diseño,
edición audiovisual y miles de herramientas que han sistematizado por completo
la vida diaria y nos han hecho dependientes de la informática y las
telecomunicaciones. Incluso los electrodomésticos más básicos tienen ahora la
posibilidad de conectarse a internet para sistematizar sus funciones: las
lavadoras, las aspiradoras, las neveras, y hasta las lámparas de mesa ahora son
aparatos inteligentes. Y no digamos nada de los autos, los relojes, o los
equipos de audio y video. Absolutamente todo viene fabricado para conectarse en
línea y ofrecer un valor agregado de su servicio.
Sólo que la función principal
de un refrigerador ya no es enfriar los alimentos, ni la de una aspiradora es
aspirar. Todo tiene su trasfondo, y el verdadero trasfondo de los aparatos
modernos es la extracción de datos del medio en donde estos están ubicados. En
otras palabras, recoger información de los usuarios y su entorno para realizar
un perfil psicológico y saber cómo viven, qué piensan y qué desean, y de este
modo obtener esa preciada información tan poderosa de la que nos habló Hobbes
en su Leviatán, aunque originalmente se le atribuyó a Francis Bacon una frase
muy similar cuando dijo que “la información es conocimiento”. Y el conocimiento
es poder.
La información, así de
sencillo. Ese es el objetivo de unas empresas que ya no nos consideran
clientes, sino objetos de consumo. Gana más una marca de electrodomésticos por
vender los datos que extrae de nuestros hogares, que por vender sus artilugios,
muchas veces fabricados a pérdida. Es que ya no les interesa vendernos neveras,
lavadoras, aspiradoras, parlantes, televisores, celulares ni equipos de cómputo
de buena calidad. Les interesa, sí, recabar una información que para las
programaciones algorítmicas de las grandes empresas tecnológicas vale oro.
¿Pero qué les puede interesar
a las corporaciones gigantescas que mueven miles de millones de dólares la
información de un pobre parroquiano como uno que a duras penas llega a fin de
mes y cuyos secretos y vergüenzas son de dominio público en las redes y en los
corrillos familiares?
Porque pensamos que somos tan
insignificantes que es imposible que los emporios dirijan la mirada hacia seres
tan mezquinos como lo son sus consumidores. Tal vez no les importemos desde el
punto de vista humano, pero sí del comercial. Ya no basta con quitarnos el
dinero del bolsillo a cambio de sus adminículos. Ellos van por más: van por
nuestros deseos, nuestras aspiraciones, nuestro pensamiento, nuestras
necesidades a futuro. Porque con esa pequeña huella de información que dejamos
en nuestras búsquedas de Google o en el registro que nos hacen de
nuestros movimientos con sus cámaras internas, les es suficiente para
condicionar nuestro comportamiento a futuro y volvernos, ya no compradores de
sus marcas y consumidores de sus ofertas, sino súbditos de sus objetivos
corporativos. Ahí está la cristalización de la ingeniería social pura y dura.
¿Dónde aparecen los gobiernos
para ponerle fin a toda esta vil cadena de espionaje? Los gobiernos, esos
organismos político administrativos que aseguran cuidarnos, son los agentes
espías más peligrosos de la tramoya.
El gobierno chino, por
ejemplo, subvenciona sus empresas para que saquen productos a bajo costo y los
vendan a pérdida, cubriendo así la diferencia con tal de que las empresas recojan
la información para sus centros de datos. Allí están las conversaciones, las fotografías,
las decisiones, la vida expuesta porque también los ciudadanos han contribuido
para ello. Allí, en los centros de datos que los gobiernos tienen nos han hecho
el perfilamiento y ya saben cómo mantenernos entretenidos para que no pensemos mucho
en cosas como estas. De hecho, esta misma columna que escribo la pueden estar
registrando los desarrolladores de inteligencia artificial en tiempo real,
incluso antes de publicarla, para saber cómo pienso, pues tienen acceso a lo
más ínfimo de nuestros dispositivos, o más bien, con nuestros dispositivos
acceden a lo más ínfimo de nosotros.
Porque con algo tan cotidiano como el celular, por ejemplo, dejamos huella de los lugares que visitamos, las personas con las que interactuamos, las conversaciones que tenemos, los movimientos que hacemos, tanto en nuestra vida social como en nuestra vida íntima.
Y hagamos la prueba sin el
celular. Nos subimos al vehículo y le damos las coordenadas al WAZE, y con esta
aplicación el sistema sabe dónde encontrarnos, incluso si no llevamos nuestro móvil.
Nos montamos al transporte público, y allí están las cámaras de vigilancia
registrando el rostro que es escaneado por medio de reconocimiento facial
gracias a la cantidad de fotografías que de nosotros circulan en las redes. La
inteligencia puede reconocer al menos treinta mil puntos de la cara para
contrastarlos con una imagen real. Llegamos a casa y encendemos la
aspiradora inteligente, esa misma que sabe sortear obstáculos y evita golpearse
contra las paredes, y se maneja mejor que si la estuviésemos
manipulando, sin saber que mientras ella hace el recorrido por el piso
polvoriento, un montón de cámaras internas y sensores van mapeando nuestros
movimientos y nos registran en el baño haciendo nuestras necesidades, o nos
descubren en plena desnudez ejercitándonos en nuestros más pervertidos vicios.
Luego vamos al dormitorio y allí estamos rodeados de otros tantos aparatos, y
muy seguramente no hemos renunciado a la vieja costumbre de tener el televisor
frente a la cama. No sabemos cuánto nos está espiando el aparatejo, aún
estando apagado, mientras dormimos el sueño de los justos o amamos con la
sensación culpable de estar siendo observados.
Con todo y que ya nosotros
mismos nos hemos encargado de mostrarle a todo el mundo lo que supuestamente
queremos que el mundo vea, el espionaje a través de los dispositivos
inteligentes no sería tan grave si en realidad solamente se tratara de eso, de
que alguien nos observe. No hay mucha diferencia entre la intimidad de un
colombiano con la de un sirio, y al fin y al cabo no tenemos nada material más
allá de la carne y los huesos que nos componen. El problema se suscita en que
toda esa información es para secuestrarnos el pensamiento.
Las redes sociales, por
ejemplo (en especial Tik Tok, que es un invento chino ideológico para fritarle
el cerebro a sus usuarios), se están encargando de la segunda parte del
objetivo: idiotizar a la población. No es teoría de la conspiración, sino una
cruel realidad. Lo mismo que sucedía con el televisor del que hablé al inicio,
en esa bella época de la televisión y sus películas adictivas, sucede hoy día
con el internet y todo lo que gira a su alrededor. Sólo que el arma se ha
tecnificado tanto, que no nos damos cuenta del daño que nos hace. Todo lo que
nos presentan hoy en las plataformas, en las redes sociales, en las
aplicaciones de streaming, hasta lo más inofensivo, tiene una carga
ideológica peligrosa que pone en riesgo nuestra salud mental. El atentado es
contra el cerebro, el cual pretenden apagar para que sea la pantalla la que
dirima la actividad de las neuronas.
Así las cosas, los seres
humanos deberíamos seguir el consejo que le da título al libro del Dr. Pablo
Muñoz Iturrieta, “Apaga el celular y enciende tu cerebro”[1], del
cual hablaré en una próxima entrada, cuando lo haya leído, y en el que se
profundiza sobre todo este fenómeno de acondicionamiento social para obtener el
control total de la mente por parte de gobiernos y corporaciones que se han
dedicado a captar fieles seguidores a través de sus invenciones de
entretenimiento. Ellos saben que mientras la lectura puede abrir la mente, las
pantallas, al contrario, se encargan de destruirla.
Nunca antes se había usado
tanto la tecnología para la vigilancia, el control y la manipulación del ser
humano, llegando al punto de modificarle su modo de pensar. Ya es hora de que
seamos nosotros los que usemos nuestro cerebro para que sea la tecnología la
que nos sirva, y no que nosotros seamos los sirvientes de ella.
[1] Via familia. (17 de octubre de 2023). Apaga el celular y enciende
tu cerebro. Pablo Muñoz Iturrieta en #Culiacán - Conferencia completa.
https://www.youtube.com/watch?v=awN3YbNG_Z4&t=59s




























