sábado, 30 de septiembre de 2023

Alguien nos espía, alguien nos esclaviza

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Recuerdo que en mis tiempos se solía decir que la televisión era el enemigo número uno de la inteligencia. Era una forma de decirle a los jóvenes que si se empeñaban en hacer tareas viendo la pantalla chica nunca iban a aprender nada. Y eso si se trataba de aquellos estudiantes que por lo menos tenían la intención de realizar sus deberes escolares. Los otros, los que no tenían el menor interés por el estudio, se pasaban horas enteras frente al televisor y dejaban que la llamada “caja boba” les absorbiera el cerebro.

    Tiempo después llegaron los videojuegos para terminar de tostarle el cerebro a la población, y hoy, aunque se han modernizado las herramientas tecnológicas, la lógica de la estupidización sigue operando de la misma manera: hacer que cada vez más personas —y no sólo jóvenes estudiantes— pasen la mayor cantidad posible de tiempo frente al celular, la tableta, o cualquier dispositivo desde donde se pueda acceder a internet, y en especial a las redes sociales. De eso se trata el truco de este mundo de la imagen y la virtualidad que nos tiene adictos a las pantallas desde finales del siglo pasado y que hoy, cuando promediamos el primer cuarto del nuevo siglo, nos ha sumido en una esclavitud peor que la existente durante la Edad Antigua.

    Esclavos, sí, porque esa es la palabra que mejor define al hombre pos moderno. Con el agravante de que el esclavo de la época primitiva por lo menos podía ser dueño de su pensamiento. El hombre contemporáneo, en cambio, ni siquiera puede (es más, ni siquiera quiere) pensar por sí mismo. Todo lo ha dejado en manos de los buscadores de información, las recomendaciones de los algoritmos, y ahora de la inteligencia artificial.



    La cuestión es que es innegable que todos los seres humanos necesitamos de algún grado de tecnología para poder llevar una vida medianamente tolerable dentro del sistema en el que estamos inmersos. Hoy en día no podemos escapar ni prescindir de ella, no hay remedio. Estamos en la era de los teléfonos celulares con aplicaciones de GPS, con inteligencia artificial, juegos en línea, buscadores en tiempo récord, reconocimiento facial, software de diseño, edición audiovisual y miles de herramientas que han sistematizado por completo la vida diaria y nos han hecho dependientes de la informática y las telecomunicaciones. Incluso los electrodomésticos más básicos tienen ahora la posibilidad de conectarse a internet para sistematizar sus funciones: las lavadoras, las aspiradoras, las neveras, y hasta las lámparas de mesa ahora son aparatos inteligentes. Y no digamos nada de los autos, los relojes, o los equipos de audio y video. Absolutamente todo viene fabricado para conectarse en línea y ofrecer un valor agregado de su servicio.

    Sólo que la función principal de un refrigerador ya no es enfriar los alimentos, ni la de una aspiradora es aspirar. Todo tiene su trasfondo, y el verdadero trasfondo de los aparatos modernos es la extracción de datos del medio en donde estos están ubicados. En otras palabras, recoger información de los usuarios y su entorno para realizar un perfil psicológico y saber cómo viven, qué piensan y qué desean, y de este modo obtener esa preciada información tan poderosa de la que nos habló Hobbes en su Leviatán, aunque originalmente se le atribuyó a Francis Bacon una frase muy similar cuando dijo que “la información es conocimiento”. Y el conocimiento es poder.



    La información, así de sencillo. Ese es el objetivo de unas empresas que ya no nos consideran clientes, sino objetos de consumo. Gana más una marca de electrodomésticos por vender los datos que extrae de nuestros hogares, que por vender sus artilugios, muchas veces fabricados a pérdida. Es que ya no les interesa vendernos neveras, lavadoras, aspiradoras, parlantes, televisores, celulares ni equipos de cómputo de buena calidad. Les interesa, sí, recabar una información que para las programaciones algorítmicas de las grandes empresas tecnológicas vale oro.

    ¿Pero qué les puede interesar a las corporaciones gigantescas que mueven miles de millones de dólares la información de un pobre parroquiano como uno que a duras penas llega a fin de mes y cuyos secretos y vergüenzas son de dominio público en las redes y en los corrillos familiares?

    Porque pensamos que somos tan insignificantes que es imposible que los emporios dirijan la mirada hacia seres tan mezquinos como lo son sus consumidores. Tal vez no les importemos desde el punto de vista humano, pero sí del comercial. Ya no basta con quitarnos el dinero del bolsillo a cambio de sus adminículos. Ellos van por más: van por nuestros deseos, nuestras aspiraciones, nuestro pensamiento, nuestras necesidades a futuro. Porque con esa pequeña huella de información que dejamos en nuestras búsquedas de Google o en el registro que nos hacen de nuestros movimientos con sus cámaras internas, les es suficiente para condicionar nuestro comportamiento a futuro y volvernos, ya no compradores de sus marcas y consumidores de sus ofertas, sino súbditos de sus objetivos corporativos. Ahí está la cristalización de la ingeniería social pura y dura.



    ¿Dónde aparecen los gobiernos para ponerle fin a toda esta vil cadena de espionaje? Los gobiernos, esos organismos político administrativos que aseguran cuidarnos, son los agentes espías más peligrosos de la tramoya.

    El gobierno chino, por ejemplo, subvenciona sus empresas para que saquen productos a bajo costo y los vendan a pérdida, cubriendo así la diferencia con tal de que las empresas recojan la información para sus centros de datos. Allí están las conversaciones, las fotografías, las decisiones, la vida expuesta porque también los ciudadanos han contribuido para ello. Allí, en los centros de datos que los gobiernos tienen nos han hecho el perfilamiento y ya saben cómo mantenernos entretenidos para que no pensemos mucho en cosas como estas. De hecho, esta misma columna que escribo la pueden estar registrando los desarrolladores de inteligencia artificial en tiempo real, incluso antes de publicarla, para saber cómo pienso, pues tienen acceso a lo más ínfimo de nuestros dispositivos, o más bien, con nuestros dispositivos acceden a lo más ínfimo de nosotros.

    Porque con algo tan cotidiano como el celular, por ejemplo, dejamos huella de los lugares que visitamos, las personas con las que interactuamos, las conversaciones que tenemos, los movimientos que hacemos, tanto en nuestra vida social como en nuestra vida íntima.



    Y hagamos la prueba sin el celular. Nos subimos al vehículo y le damos las coordenadas al WAZE, y con esta aplicación el sistema sabe dónde encontrarnos, incluso si no llevamos nuestro móvil. Nos montamos al transporte público, y allí están las cámaras de vigilancia registrando el rostro que es escaneado por medio de reconocimiento facial gracias a la cantidad de fotografías que de nosotros circulan en las redes. La inteligencia puede reconocer al menos treinta mil puntos de la cara para contrastarlos con una imagen real. Llegamos a casa y encendemos la aspiradora inteligente, esa misma que sabe sortear obstáculos y evita golpearse contra las paredes, y se maneja mejor que si la estuviésemos manipulando, sin saber que mientras ella hace el recorrido por el piso polvoriento, un montón de cámaras internas y sensores van mapeando nuestros movimientos y nos registran en el baño haciendo nuestras necesidades, o nos descubren en plena desnudez ejercitándonos en nuestros más pervertidos vicios. Luego vamos al dormitorio y allí estamos rodeados de otros tantos aparatos, y muy seguramente no hemos renunciado a la vieja costumbre de tener el televisor frente a la cama. No sabemos cuánto nos está espiando el aparatejo, aún estando apagado, mientras dormimos el sueño de los justos o amamos con la sensación culpable de estar siendo observados.  

    Con todo y que ya nosotros mismos nos hemos encargado de mostrarle a todo el mundo lo que supuestamente queremos que el mundo vea, el espionaje a través de los dispositivos inteligentes no sería tan grave si en realidad solamente se tratara de eso, de que alguien nos observe. No hay mucha diferencia entre la intimidad de un colombiano con la de un sirio, y al fin y al cabo no tenemos nada material más allá de la carne y los huesos que nos componen. El problema se suscita en que toda esa información es para secuestrarnos el pensamiento. 



    Las redes sociales, por ejemplo (en especial Tik Tok, que es un invento chino ideológico para fritarle el cerebro a sus usuarios), se están encargando de la segunda parte del objetivo: idiotizar a la población. No es teoría de la conspiración, sino una cruel realidad. Lo mismo que sucedía con el televisor del que hablé al inicio, en esa bella época de la televisión y sus películas adictivas, sucede hoy día con el internet y todo lo que gira a su alrededor. Sólo que el arma se ha tecnificado tanto, que no nos damos cuenta del daño que nos hace. Todo lo que nos presentan hoy en las plataformas, en las redes sociales, en las aplicaciones de streaming, hasta lo más inofensivo, tiene una carga ideológica peligrosa que pone en riesgo nuestra salud mental. El atentado es contra el cerebro, el cual pretenden apagar para que sea la pantalla la que dirima la actividad de las neuronas.

    Así las cosas, los seres humanos deberíamos seguir el consejo que le da título al libro del Dr. Pablo Muñoz Iturrieta, “Apaga el celular y enciende tu cerebro”[1], del cual hablaré en una próxima entrada, cuando lo haya leído, y en el que se profundiza sobre todo este fenómeno de acondicionamiento social para obtener el control total de la mente por parte de gobiernos y corporaciones que se han dedicado a captar fieles seguidores a través de sus invenciones de entretenimiento. Ellos saben que mientras la lectura puede abrir la mente, las pantallas, al contrario, se encargan de destruirla. 

    Nunca antes se había usado tanto la tecnología para la vigilancia, el control y la manipulación del ser humano, llegando al punto de modificarle su modo de pensar. Ya es hora de que seamos nosotros los que usemos nuestro cerebro para que sea la tecnología la que nos sirva, y no que nosotros seamos los sirvientes de ella.



[1] Via familia. (17 de octubre de 2023). Apaga el celular y enciende tu cerebro. Pablo Muñoz Iturrieta en #Culiacán - Conferencia completa.

https://www.youtube.com/watch?v=awN3YbNG_Z4&t=59s




 





sábado, 23 de septiembre de 2023

Reflexiones del presidente Greco

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Emocionado por la ovación que le darían, hinchado de orgullo por el que sería su gran recibimiento en la Conferencia de las Naciones Unidas, el presidente Greco se subió al podio de los mandatarios y se dispuso a dar su discurso.

    La emoción que lo embargaba se vio un tanto apaciguada cuando los asistentes se negaron a guardar silencio en un lapso que al presidente le pareció una eternidad. No se dispusieron a prestarle la más mínima atención. Antes bien, la gran mayoría de ellos comenzó a desalojar el recinto. Como siempre que se veía en dificultades, el presidente Greco miró a un lado y a otro con gesto de impaciencia y le pidió con la mirada al maestro de ceremonia que impusiera el orden en el auditorio, ya que el ruido le impedía comenzar su discurso. Uno de los organizadores golpeó el estrado con el martillo dos o tres veces para apelar a la mesura, pero nadie le hizo caso de inmediato: se callaron cuando les dio la gana. El resto hacía rato estaba tomando tinto en el casino del edificio de Naciones Unidas. A nadie le interesó escuchar lo que este presidente tenía para decir.

    Al fin pudo comenzar, pero ya la herida en su ego estaba causada. No disfrutaba su discurso como la primera vez que estuvo en una cumbre climática y allí se despachó con su verborrea incipiente en contra del petróleo y a favor de la cocaína, poniéndolos a competir en la balanza de los venenos, en donde, por su puesto, ganó el petróleo como el peor del universo. Se sentía incómodo ante un auditorio fantasma, imberbe, sin alma. Ninguno de sus colegas con los que hubiera querido simpatizar se quedó allí para aplaudirlo.



    En medio de unas metáforas violentas que suscitaron bostezos entre la multitud, terminó con esa nefasta frase de “expandir el virus de la vida”, como si la vida fuera una ponzoña maldita. No pudo encontrar comparación peor. ¿Por qué hablaba de la vida como un virus después de haber hecho una defensa de la coca; esa adicción que sí es un atentado para la vida?

    Como era de esperarse, cuando terminó su presentación no fue aplaudido. Si acaso se escucharon las enclenques palmas de sus acompañantes, por allá en uno de los cubículos más alejados, las cuales se diseminaron en un murmullo débil y efímero.

    Bajó del estrado con más pena que gloria. Se sintió frustrado de no haber sido ovacionado como esperaba: necesitaba un trago y un profuso pase de cocaína para sentirse estimulado. Estaba en Nueva York, donde podía conseguir los “dulces” que quisiera. Se desquitaría de esa afrenta a su orgullo dos días después, cuando por cuenta de los contribuyentes viajaría con su familia a Disney World en el avión presidencial: “van a saber lo que es una indignación”, pensó el presidente en ese momento en que se retiraba como un perro con la cola entre las patas.


    No por el fracaso que había resultado su participación en la conferencia de las Naciones Unidas, el gobierno del presidente Greco dejó de transmitir el discurso fallido por los canales nacionales, tanto públicos como privados. Obligatoriamente. Los televidentes que querían ver los programas de la franja prime seguramente sintonizaron un canal extranjero mientras esperaban a que el presidente terminara con su cháchara babosa, por lo que muy pocos vieron cuando, en un despliegue de efusividad, una horda de burócratas de la conferencia aplaudió a rabiar apenas este terminó su pesada intervención. Las cámaras mostraron, incluso, a varios asistentes que se ponían de pie con la lágrima titilando en el ojo y una expresión de admiración ante semejante disertación llena de prosa y galanura.

      Pero quienes habían visto el discurso en vivo durante esa mañana sabían que esos aplausos no habían sido para el presidente Greco. “Hicieron un montaje”, se dijeron, mientras revisaban los videos y corroboraban que, en efecto, la ovación que se escuchó al final de la presentación de Greco no era la de él, sino la de Biden, que había hablado antes que él. Montaron los aplausos en el discurso de Greco para hacer creer que fue una alocución memorable. Todavía los grequistas lo creen así, y sostienen que el señor Greco es el hombre más inteligente que ha dado Colombia.

    Hubieran podido robar los aplausos que se escucharon al final del discurso de Nayib Bukele, el presidente de El Salvador y uno de los oponentes más encarnizados de Greco. Este discurso sí que fue aplaudido y escuchado con fervor, pues al momento de hablar el presidente salvadoreño, nadie se quiso salir de la sala. Greco se dolía por ello, se remordía y exhalaba un hálito de rencor como el que ya venía exhalando desde sus épocas de guerrillero. Odiaba a Bukele con todas sus fuerzas, pero también su odio lo hacía extensivo a su propio país, al cual quería ver hundido en el fango del socialismo, o de la miseria, que es lo mismo.



    Y odiaba a su homónimo porque aquel podía gozar de una aprobación de la que él jamás gozaría. Aquél era querido por su pueblo; él era odiado. El otro era admirado en la región, en cambio Greco daba pena ajena. No tenía apoyo ni en su propia casa, donde hasta su hijo hacía unos días había renegado de él y lo acusaba de que a su campaña presidencial habían entrado dineros de los narcos. El pobre Greco pasó de la gloria al desprestigio en tan solo un año de gobierno.

    Pero el presidente no podía entender qué había sucedido. ¿Por qué ya no era tan popular como cuando ganó las elecciones? ¿Por qué los otros presidentes ya no le reiteraban su apoyo como Lula o López Obrador, así como cuando se posesionó apenas un año atrás? ¿Por qué no era la figura política más respetada de Latinoamérica, el líder de la izquierda en toda la región? Sin duda tenía el apoyo de mentecatos como Maduro, como Pedro Castillo en su momento de esplendor o Evo Morales, pero si se comparaba con aquellos dictadorzuelos de república bananera no podía tener un buen consuelo. Él quería ser el modelo a seguir, el ejemplo vivo de lo que es un gran defensor mundial del ambiente, y que incluso los colegas de las potencias lo admirasen. Greco se sentía vil, derrotado, rechazado, y aquello soflamaba más su ira.

    “A este país le llegó el momento de sufrir”, cavilaba solo en el cuarto de hotel esa noche de su discurso, siempre al calor de un whisky; siempre envalentonado por una raya de cocaína. “A este y a todos los países donde hubo gobiernos fascistas”. Le temblaba la mano, pero no dejaba de emitir pensamientos al aire. “Se van a arrepentir todos esos que de mí se han burlado. Los que me torturaron, los que me pusieron en ridículo. Y hay que comenzar por esa revista 7 Días, que no hace sino desprestigiarme. Sobre todo por esa periodista, Jaqui Dávalos”.



    “Les voy a llamar la minga”, seguía pensando el presidente, ahora en voz alta. “Que vengan la guardia campesina, los Jóvenes en Paz. Todos ellos tendrán que apoyarme, y que sepa este país cuánto quieren al presidente.

    » Voy a seguir subiendo la gasolina, y que suba la tarifa de la energía porque no invertiremos un peso más en redes, y que se venga el racionamiento, y que el gas se ponga caro, se triplique, porque van a saber lo que es un país con escasez. Cuando después vengan a mí suplicando por servicios y comida, entonces ahí sí sabremos quién tiene la sartén por el mango.

    » ¡Y me van a suplicar los oligarcas blanquitos para que no los expropie”, gritó el presidente mientras daba puños en la mesa y apuraba otro whisky, “y me protestarán y me harán marchas, pero ahí estará mi pueblo para que tome sus grandes haciendas y las reparta como a bien tenga, porque la tierra es de los pobres!”

    Uno de los edecanes tocó la puerta de la habitación después de que Greco se desplomara sobre el piso, intoxicado hasta más no poder.

    — Señor presidente, ¿se encuentra bien?

    —Fuera de aquí —gritó Greco.

    —Hemos escuchado un golpe. ¿No se ha caído, señor presidente?

    —Estoy bien.

    Acto seguido, Greco vomitó la alfombra y se retorció como un animal. Babeaba, vociferaba que se vengaría de sus enemigos, que a los uribistas los pondría presos, y a todo aquel que no comulgara con sus ideas; que cerraría los medios de comunicación fascistas, a los que lo criticaran y acusaran de ser un corrupto. Había llegado la hora de que este país le pidiera perdón, y para ello pondría a todo un pueblo de rodillas, salvo a los que se alinearan con su causa.

    —Señor presidente, le solicito permiso para entrar— insistió el custodio desde afuera, preocupado de que al presidente le hubiera pasado algo y luego le endilgaran a él la culpa.

    —Que nadie entre. ¡Es una orden!



    Tiempo después, el presidente Greco se quedó dormido sobre la alfombra como un náufrago que se tiende sobre la arena en medio de la más infinita soledad. Al día siguiente despertó con mareo, producto de la resaca insoportable que no le permitió cumplir con los compromisos de su agenda en Nueva York. Tenía que regresar a Colombia, pero dio la orden de que desviaran el avión presidencial a Orlando.

    —Voy a ver a Mickey Mouse —dijo convencido, como si se tratara de un jefe de Estado—. Allá sí me van a tratar con respeto y no como si fuera un payaso, porque ese es mi mundo.

    — ¿El mundo del imperio, señor presidente? —le preguntó su manejador de agenda, que a esa hora ya había llegado para informarle de los compromisos cancelados.

    —No —respondió Greco tratando de incorporarse con los pelos revueltos—. El mundo de los cuentos de hadas. El mundo en donde el imperio me pertenece.


 


La invasión tercermundista

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





   La imagen se repite a diario en los noticieros: miles de migrantes arribando a la frontera entre México y Estados Unidos; camiones repletos de hombres y mujeres que llegan por racimadas a buscar el “sueño americano”, o simplemente a encontrar un lugar para escapar de la pesadilla en que se han convertido sus países. Otros se suman a las “organizadas” caravanas que vienen en camino desde cualquier nación latinoamericana para solicitar su ingreso a territorio estadounidense en calidad de refugiados. Muchos ya se encuentran apostados en el puesto de control esperando a que la puerta se abra. Saben que en cualquier momento los dejarán pasar porque esa ha sido la orden del gobierno. Las autoridades no tienen idea de qué hacer con ellos: si recibirlos, si devolverlos, si enviarlos a un Estado santuario, si ralentizarles el ingreso y detenerlos momentáneamente. Lo cierto es que todos desean entrar, se sienten con el derecho a hacerlo. Mientras tanto, desde la Casa Blanca aseguran que tienen el control de las fronteras del país.

    Pero la frontera es ancha, porosa, permeable, accesible para todos los que desean atravesarla. Ya no hay necesidad de cruzarla de manera ilegal. Por el contrario, esperan con paciencia a que les toque el turno de comparecer. Han atravesado caminando el desierto, se han aventurado en el río Grande, han sorteado la muerte agazapada en la corriente de las aguas, en donde algunos han tenido que abandonar a familiares o a compañeros de travesía que no lo han logrado. Hacen una fila interminable, y mientras unos esperan a ser admitidos, otros ya han emprendido el camino desde su lugar de procedencia, a miles de kilómetros de allí, cruzando otras selvas, otros ríos, otras montañas y desiertos para llegar hasta ese punto y tomar un lugar en la gigantesca línea sin un propósito diferente al de entrar de lleno en el país del norte.



    Mientras estos migrantes que llegan sin ningún tipo de visado ni documento tocan las puertas de la frontera y son aceptados sin distinción, muchos otros aún continúan esperando a que las autoridades den solución a su estatus de ilegales con el cual tienen que lidiar desde hace muchos años. Llevan tiempo de haber radicado su solicitud de residencia y haber presentado con juicio todos los documentos que las leyes migratorias estadounidenses exigen. Sus casos están represados en unas listas de espera sempiternas que no han podido ser evacuadas. Las peticiones de reunificación familiar conforme a los reglamentos estipulados se tardan bastantes años en ser respondidas. No así para quienes llegan a la frontera de manera desordenada e ilegal, sin el lleno de ningún requisito, pues estos son aceptados de forma expedita en calidad de refugiados. Por obra de la asistencia humanitaria son acomodados en hoteles de lujo, en donde el Estado les suministra su manutención con el dinero de los contribuyentes, pasando por encima de los derechos de aquellos que han hecho las cosas conforme a lo que la ley les exige.

    Cuando esto sucede en la endeble frontera, el presidente Biden, desde la conferencia de la ONU, insiste en los intereses de Ucrania, en la necesidad de buscar la paz a una guerra que él mismo ha ayudado a desatar y que ha financiado hasta el cansancio. Se preocupa de una contienda internacional al tiempo que su propio país está invadido por individuos de todo tipo practicando la mendicidad y contribuyendo al aumento de la inseguridad en las calles de las ciudades principales: carpas improvisadas ocupando el espacio público, campamentos enteros en condiciones de hacinamiento e insalubridad, extraños sin rumbo merodeando por los parques y las zonas residenciales, semáforos atestados de indigentes con niños que piden dinero a los transeúntes y a los vehículos al mejor estilo de cualquier ciudad hispana como Bogotá; así es el panorama de la nueva invasión de migrantes a los Estados Unidos, a donde han entrado y se han diseminado por todo el país más de siete millones de ellos desde que se posesionó Biden como presidente de la unión americana.



    La apertura sin límites de la frontera por orden del presidente explica en parte que las calles estén a reventar de individuos drogados, menesterosos, improductivos, como si fueran una plaga que viene a destruir el orden por el que se caracterizaban otrora ciudades tan afamadas como Nueva York o San Francisco. Como muestra, nada más la cifra de víctimas mortales a causa del fentanilo que es introducido por la frontera arroja un saldo de más de cien mil personas. También el abuso y el abandono de los niños es un flagelo irrefrenable por la migración descontrolada. Se habla de que hay más de trescientos mil niños sin padres, sometidos a trabajos forzados y al tráfico sexual. ¿Por qué se está permitiendo que pase esto en la frontera?

    Pero no hay que pensar que esto solo pasa en Estados Unidos. No nos olvidemos de Europa y Canadá. En el viejo continente ya es una problemática estructural la inmigración descontrolada. España, Francia, e Italia,[1] que son los países que limitan con el Mediterráneo, también están siendo víctimas de esa caterva desmandada que llega como un enjambre de langostas a apoderarse de las ciudades y a recibir beneficios que no reciben siquiera los ciudadanos de origen europeo. Y todo ello con la complacencia de los gobiernos. Alemania no se salva, Inglaterra tampoco: el caos está generalizado. Canadá, por su parte, ofrece un panorama desconsolador en ciudades como Vancouver y Toronto. La invasión de los migrantes está haciendo ver a estos paraísos de otro tiempo como las peores ciudades del tercer mundo. Desde luego, esto no se trata de xenofobia ni de antiinmigración; se trata de que una sociedad cimentada con las bases de una cultura arraigada en el espíritu de los habitantes pueda seguirse manteniendo en pie con sus propios valores de sociedad, y para ello debe recibir solamente la cantidad de migrantes que su capacidad pueda soportar, todo ello de manera ordenada y ajustada a los requisitos de ley. De lo contrario, esa sociedad se desbarajusta.



    Por otro lado, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, los líderes latinoamericanos, responsables de la debacle de sus sociedades y causantes de la mayor oleada migratoria masiva, hablan del cambio climático con los visos de tragedia a los que nos tienen acostumbrados, y culpan al hombre blanco, judeocristiano, capitalista y de derechas, de haber provocado esta crisis del clima. Y aunque es importante tener una conciencia ecológica para cuidar del planeta y procurarle el menor daño posible, tampoco se puede caer en el catastrofismo como herramienta de manipulación social que los líderes de izquierda latinoamericanos y del globalismo pretenden imponer, tal el caso del ex convicto Lula Da Silva y del ex guerrillero Gustavo Petro, cuyo discurso en la ONU fue tan aborrecible, que los asistentes prefirieron retirarse cuando este tomó la palabra.

    No se crea que estas invasiones son movimientos espontáneos de personas que por su situación económica y social desean buscar un porvenir lejos de su tierra. Todo lo contrario: las invasiones son cuidadosamente azuzadas, financiadas y dirigidas por poderes oscuros a los que les conviene introducir de manera masiva esa arma para desestabilizar la democracia y acabar con la soberanía de las naciones occidentales. Un arma que en sociedades como la americana ya está detonando.

    De este modo, el discurso de las fronteras abiertas, o de la “Sociedad abierta”, como lo promulga el nefasto George Soros y las llamadas ONG “sin ánimo de lucro”, no es más que un negocio sucio de tráfico de migrantes como si se tratara de cualquier mercancía, en donde las élites de políticos corruptos participan para destruir las libertades y la mediana prosperidad que se ha logrado con la democracia.


 


    Al globalismo le conviene borrar las fronteras para extender la pobreza que se ha generado en aquellos países en donde ellos han intervenido con sus gobernantes títeres. Lo que han logrado como resultado de la implementación de políticas anticapitalistas, antilibre comercio, y por tanto antilibertad, es un aumento significativo de la inseguridad y la miseria que harán colapsar a Estados Unidos, a Canadá y a Europa. De paso, arrasar con las costumbres, los valores, las tradiciones, los lazos familiares, la historia y todo aquello que de alguna manera represente un arraigo. La idea es promover el multiculturalismo como una forma de reconocer la pluralidad. Pero el trasfondo de todo es contaminar la cultura, corromperla desde adentro, hacer ingeniería social para que el lucro sea indefinido.  

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[1]  En un lapso de cinco días, 15.550 inmigrantes africanos desembarcaron en Lampedusa, Italia. El pasado 21 de septiembre llegaron más de veinte barcos con 1.200 personas cada uno a las costas de Crotona.

sábado, 9 de septiembre de 2023

La milicianización de Colombia

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






   La semana pasada escribí en este mismo espacio digital una entrada hablando en contra del presidente Gustavo Petro, de la cual, hasta ahora, no me arrepiento. Por fortuna tengo pocos lectores y por tanto muy pocos detractores. No soy un opinador reconocido (por el momento) y eso me hace un tanto inmune a las reacciones en las redes sociales y al troleo.[1]

    El artículo en cuestión sostenía la tesis de que el presidente Petro no era en absoluto otro más de los malos presidentes a los que ya estamos acostumbrados en Colombia; es decir, esos mandatarios pertenecientes a la oligarquía rancia de este país (de hecho, Petro es parte de esa misma oligarquía, aunque su discurso diga todo lo contrario). Decía yo que a Gustavo Petro no se le puede catalogar como un mal presidente sencillamente porque, más que un presidente ilegítimo —pues ya sabemos cómo llegó al poder—, lo que este Petro en realidad es, se puede definir con la palabra “enemigo”.

    Me han caído rayos y centellas por decirlo de manera tan contundente. Desde luego, los áulicos petristas no pueden estar de acuerdo con mi afirmación y dicen que no tengo un solo argumento para considerarlo así. De hecho, me tildan de ultraderecha, de conspiranóico, de “uribestia”, de desinformador. Pues bien, como no soy nada de lo anterior y no me debo a ningún partido ni corriente política, expongo aquí, con mayores detalles, la principal razón por la que sigo sosteniendo mi argumento.



    Nuevamente, esta será otra entrada para hablar mal del presidente que no se cansa de decepcionar e indignar a los colombianos, así como yo no me canso de darle duro. Es mi deber hacerlo, no porque guarde una rencilla personal contra él, sino porque él mismo ha decidido ponerse en contra de los ciudadanos honestos y estar del lado de los bandidos: esos bandidos que hoy está convirtiendo en sus milicias personales.

    Tal vez en los últimos días hayamos oído de boca de ciertos políticos de la oposición el término “Milicianización de Colombia”. ¿Qué es esto de la milicianización? Crear cuerpos armados por fuera de la Ley que sustituyen a las fuerzas del Estado garantizadas por la Constitución. En otras palabras, conformación de grupos paramilitares para la defensa personal del presidente y la aprobación de sus reformas socialistas a través de la presión armada. ¿Acaso no era Petro el que denunciaba el paramilitarismo bajo el gobierno de Álvaro Uribe? Pues bien, bajo su propio gobierno se está haciendo algo parecido, con la diferencia de que el paramilitarismo de aquel entonces era tan ilegal como los grupos guerrilleros, mientras que, en este caso, el presidente está propiciando las condiciones para legalizar esos colectivos armados bajo el rótulo de “gestores de paz”, “guardias campesinas” o “guardias indígenas”. Petro arma y financia a los mercenarios y estos cumplen sus órdenes.



    Es que milicianizar a Colombia le resulta útil a Gustavo Petro para “gobernar” con puño de hierro sin que aparentemente se vulnere la democracia. Bajo el manto de “protesta social”, de la “reclamación de derechos”, la “justicia social” o cualquier otra de estas creaciones de la izquierda, se da luz verde a todo tipo de acciones encaminadas a imponer la voluntad del presidente: la cartilla venezolana aplicada a rajatabla.

    Porque en caso de que en realidad la población decida hacer una real protesta social o exigir en la calle sus derechos, la aplanadora de la milicia se encargará de reprimir toda manifestación civil de la misma manera que en 2021 se encargó de instigar a la población y a las fuerzas de seguridad del Estado para poner a tambalear la democracia. En este caso, la milicianización actuaría en sentido contrario; es decir, consolidando una dictadura.



   ¿De dónde sacará Petro a sus milicianos? Para eso está dejando en libertad a todo tipo de delincuentes, tanto del grupo terrorista “Primera Línea”, como del ELN y las Farc; dejando igualmente en libertad a los narcotraficantes con los que acordó en el “Pacto de la Picota”; a todos ellos graduándolos de voceros y gestores de paz. También está armando campesinos que en realidad son guerrilleros, así como reclutando los indígenas del CRIC e incitándolos a la invasión de tierras a cambio de pagarles por invadir la propiedad. En ese mismo sentido el presidente promueve las marchas y los paros, y todo ello muy bien apalancado con nuestros impuestos. A los ciudadanos nos obligan a financiar una revolución violenta para quitarnos la libertad e imponernos la religión del Estado.  

    Y el paso fundamental de la estrategia se llama “victimización”. Sin este componente, el presidente no podría apelar al llamado a “su pueblo” para quejarse de que “la oligarquia”, “el régimen narcoparamilitar”, no lo deja hacer las reformas que el pueblo necesita para gozar de bienestar. Entonces la condición de presidente-víctima se convierte en la excusa para que las milicias salgan a incendiar todo a su paso, aunque la verdadera intención sería salir a tomar control de las instituciones. El mentado “Golpe de Estado blando” del que Petro tanto se queja lo saldrá a dar él mismo. Con la oposición controlada, con las instituciones tomadas por sus milicias y con el pueblo silenciado por el miedo y el hambre, el presidente de Colombia podrá gozar de poder ilimitado e indefinido.  



    Y la invasión, como estrategia de milicianización, es una de las cartas principales para que este gobierno se tome definitivamente el poder e imponga su visión de las cosas. Con la política de comprar tierras arrasadas por invasores a precios de remate materializará su sueño expropiatorio y no habrá organismo de control que lo detenga, ni empresario, ni hacendado, ni industrial dispuesto a dar la pelea y a seguir perdiendo capital, pues todos ellos van a preferir exiliarse antes que seguir dejando que el gobierno los expropie lentamente.    

    Finalmente, y no menos importante, la otra fase de la milicianización es la desarticulación de la fuerza pública. De hecho, por ahí fue que comenzó todo el señor Gustavo Petro, cuando a pocos días de su posesión retiró más de sesenta generales del servicio público. Fue el primer paso para desvertebrar la seguridad y restarles fuerza a unas instituciones de defensa de por sí desmoralizadas desde la época del traidor Juan Manuel Santos.


 

    Sí, reitero lo dicho en la entrada anterior y en esta: Petro es el gran enemigo del país, y no es un gran descubrimiento. Con su milicianización nos está llevando a la guerra, a la división, a una exacerbada polarización mucho peor que la que hemos tenido. La milicianización para someter a la población, empoderar a los delincuentes, expulsar a los empresarios, atemorizar al ciudadano.     

    Una vez que Petro logre lo que se ha propuesto no quedará más remedio que despedirse del país como lo conocimos. Despedirnos de la libertad de la que en otros tiempos gozamos, aunque los idiotas desconozcan que alguna vez la tuvimos. Una vez que la milicia se tome a Colombia, la única marcha que se podrá realizar será la marcha hacia el exterior.





[1] Troleo: Dícese del acto de “publicar comentarios provocadores en un intento de incitar argumentos combativos de otros a efectos de entretenimiento personal”.   https://es.wiktionary.org/wiki/trolerar


sábado, 2 de septiembre de 2023

Mal presidente o enemigo declarado

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    ¿Qué es un mal presidente? Un mal presidente de una nación como Colombia, por ejemplo, no sería uno como Gustavo Petro. De ninguna manera. Petro no es un mal presidente. Un mal presidente podría ser, si se analizara estrictamente a la luz de los resultados, un hombre como Iván Duque, al que la Historia muy posiblemente juzgará como malo por la gestión que realizó en el cargo. Porque sabiendo qué era lo bueno que tenía que hacer, no lo hizo, ya sea por negligencia o por miedo. El mal presidente es aquel que no ejecuta las políticas que sabe que son convenientes para su país.

    En el caso de Gustavo Petro, a este no le alcanza ni siquiera para ser un mal presidente: es, digámoslo claro, el enemigo número uno de Colombia; un impostor, un apátrida, un mal ser humano, y eso es peor que ser un mal presidente.



    Porque un presidente puede equivocarse en el intento de aplicar las políticas que son afines a su ideología por pensar que está en lo cierto; puede cometer errores de manejo, de implementación, de autoridad, de gobernabilidad. Puede resultar siendo un inútil en toda la palabra, pero generalmente los presidentes que se catalogan como malos salen del cargo con la sensación de haber hecho lo mejor que pudieron hacer, aunque no hubieran logrado los objetivos a nivel de reducción de la pobreza y el desempleo, de reactivación de la economía, de crecimiento, de control de la inflación, de disminución de los índices de inseguridad, entre otros, que son indicadores siempre demostrables de lo que es una buena o mala administración. En el caso de Petro no es así. Él, que también es inútil, que no implementa ninguna política en beneficio de la mayoría, que da muestras de ser un déspota y que no puede poner orden ni en su propia casa, tiene algo que es mucho peor que la característica común de los malos presidentes: Petro odia el país que simula gobernar. Hay presidentes malos que gobiernan mal creyendo que están haciendo un bien. Hay otros, como el que nos ocupa, que hacen todo lo posible por destruir adrede el país que regentan. Lo saben en el fondo: saben que están haciendo un mal y se obstinan en agravarlo.



    En verdad, yo diría que un megalómano como el presidente que nos rige no sólo no tiene afecto por la Historia de su nación, por sus instituciones y sus leyes, sino que además odia a quienes comparten el privilegio de llamarse colombianos. Petro no solamente nos detesta, sino que, en el intento de querer ser el salvador del mundo, parece que se detestara a sí mismo. De otra manera no me explico cómo está adoptando todas las medidas para conducir a su propio país a una ruina y una devastación sin precedentes, incluso a costa de sacrificar su imagen política, como si ser el hombre más odiado de Colombia hubiera sido otra más de sus promesas de gobierno.

    Y es que por este camino que nos está haciendo transitar el presidente, vamos directo a un socialismo más duro y nefasto que el que aplicaron en Venezuela. Allá el experimento se hizo sobre la base del engaño. Aquí nos están aplicando la misma receta sobre la base del odio de clases. La consecuencia del engaño es la decepción; la del odio es la guerra y la muerte. El autor: Gustavo Petro.

    Pero como no debo quedarme solamente con mi opinión subjetiva (que a nadie le interesa) sin soportarla con argumentos objetivos, voy a dar unas tres o cuatro razones que bastarían para apoyar la causa del juicio político al presidente, pues tres años más de esta ignominia no la aguantamos los colombianos.



    En primer lugar, la propuesta de darle dinero a los delincuentes para que “dejen de matar” es lo más ofensivo que yo he escuchado. Nadie en sus cinco sentidos puede considerar seria esa extorsión legalizada por el presidente. Sabemos que pagarle un millón de pesos con dinero de nuestros impuestos a los “jóvenes” de la Primera Línea, que en realidad es un grupo terrorista urbano, es avalar el crimen y propiciar una guerra peor que la que ya tenemos, pues nunca ha habido paz, y mucho menos la habrá por esa vía. Una propuesta de ese talante sólo puede provenir de alguien que quiera sumir a su nación en una guerra civil, ya que lo que busca el señor presidente es la milicianización de Colombia; consolidar los colectivos petristas que son la fiel copia de los colectivos chavistas de Venezuela. ¿Semejante iniciativa es del ingenio de un mal presidente? Para nada, eso sólo lo puede plantear un enemigo.

    Lo segundo está implícito en el decreto que legaliza las invasiones de las mal llamadas “guardias campesinas” o “guardias indígenas”. Convertir al campesino y al indígena en un sujeto especial de derechos es la coartada perfecta para consolidar una fuerza de masas con el fin de que invadan predios rurales como una forma de reclamar los “derechos” que las supuestas clases oligarcas no les permiten gozar. Es un atentado a la propiedad y al trabajo. Por ende, un país que promueve el que se le quiten los bienes ganados con esfuerzo a unos para privilegiar la carencia de otros, es un país destinado a la miseria. Es el triunfo del discurso del odio contra el empresario, el ganadero, el industrial, el inversionista, que no por tener el capital deben ser agentes a eliminar de la sociedad. En últimas, es la derrota del capitalismo, único sistema económico que ha permitido el desarrollo de la iniciativa privada y alguna dosis de libertad financiera. Es el triunfo de la pobreza por encima de la riqueza. Un presidente que desea la ruina para sus ciudadanos no es mal presidente; es un infeliz que merece ser erradicado del poder.



    En tercer lugar, sólo un enemigo declarado podría condenar a su país al hambre suspendiendo la explotación de petróleo y otros recursos mineros, que constituyen más del 60% de los ingresos de la nación. En esa dirección camina Petro con la excusa del cambio climático, al cual Colombia no le aporta ni un mísero 1% de emisión de gases tóxicos. Aun así, el presidente insiste en que dependamos de una dictadura como la venezolana al tener que comprarle el gas y el petróleo a su amigo Maduro. Ello explica por qué el aumento de la gasolina cada mes: nos quieren poner a pagar la gasolina al precio internacional, de modo que cuando se la tengamos que comprar a Venezuela a $20.000 el galón, o quizás más, ya estemos habituados a pagarla cara. ¿Podría un mal presidente patear el tablero y someter a su país a una crisis de hambre por la no explotación de sus recursos energéticos? Desde luego que un mal presidente no se arriesgaría a dejar al país sin petróleo porque eso sería atentar también contra su propio bolsillo. Un enemigo, en cambio, al que no le importa el país, bien puede hacerlo, pues obedece a intereses de corporaciones extranjeras que precisamente lo que están es interesadas es en destruir la democracia.

    Finalmente, para no extenderme sin necesidad, no olvidemos que Gustavo Petro llegó de manera fraudulenta al poder, recibió plata de narcos en su campaña, tiene a su propio hijo involucrado en el escándalo, no cumple los compromisos de interés nacional y se mantiene viajando al exterior para hablar cháchara, que es lo único que sabe hacer. No, él no puede ser un mal presidente. Esto es un hecho pensado, y él es un enemigo, un impostor, un apátrida, un mal ser humano, un infiltrado en la Casa de Nariño. Merece ser enjuiciado, defenestrado, expulsado de su cargo. Merece ir a prisión, pero si no es posible, entonces merece ser desterrado.



     Sólo que hay idiotas que todavía lo defienden a cambio de contratos, subsidios, prebendas, o por simple envenenamiento del alma. Es entendible que lo defiendan: lo ven como a un dios y están enceguecidos. Ellos, sabiendo o no, se están convirtiendo en los soldados del enemigo que nos ha estado dividiendo en dos bandos: los que están con él y los que estamos contra él. Y así como estamos gobernados por ese enemigo velado de nuestro país, de esa misma manera haremos todo lo posible para derrotarlo: porque su fracaso es nuestra victoria.

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