sábado, 27 de mayo de 2023

La marioneta y el titiritero

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    La prueba de que George Soros y sus Fundaciones de Sociedades Abiertas (en inglés Open Society Foundations) están teniendo injerencia en Colombia, la acaba de dar la vicepresidente Francia Márquez en un trino de agradecimiento a dichas fundaciones por haber financiado parte de sus gastos y los de su nutrida comitiva en la insensata visita a África.

    Ese viaje, que la vicepresidente realizó con unos objetivos públicos que no se justifican, pero con otros objetivos (tal vez secretos o más bien encubiertos) que sí darían respuesta al por qué tenía que gastar más de 1.800 millones de pesos de la plata de los colombianos en gasolina para visitar África, es parte de la estrategia del globalismo y la injerencia del desestabilizador de las democracias, George Soros, quien tenía que estar detrás de todo esto. Él sabe que le conviene financiar el proyecto político de las izquierdas internacionales para que finalmente le entreguen sus países en bandeja de plata, ya quebrados y destruidos, y luego entrar a comprarlos a precio de remate para hacerse dueño de los territorios que él y sus estamentos “filantrópicos” ayudaron a destruir.



    Pero George soros tiene ya 92 años, y hasta han circulado rumores sobre su muerte. Sin embargo, ni la grata noticia de su fallecimiento para quienes nos oponemos al globalismo podría alegrarnos, pues así se muera este personaje cien veces y arda en las calderas del infierno, su obra ya ha germinado en la tierra, y en representación de este demonio ha quedado su hijo Alexander y el resto de los maquinadores que se han encargado de perpetuar sus ideas, quienes saben perfectamente lo que tienen que hacer. De hecho, se dice que hace mucho tiempo que Soros no es el que preside sus fundaciones y que las decisiones las están tomando otros. Él ya ha dejado su legado y espera su partida con tranquilidad, que no se sabe por qué extraña razón, está demorando más de lo necesario. Es uno de los magnates pioneros del globalismo; su apellido es un símbolo de falsa filantropía al tiempo que sostén principal de la causa progresista en el mundo. Por eso en la izquierda lo ven con buenos ojos, y hasta la vicepresidente de Colombia le rinde pleitesía.

    En la verdadera derecha sabemos que es uno de los líderes más visibles que está detrás de todas las políticas económicas, ambientales, sociales, militares, migratorias, de control poblacional y demás que los gobernantes progre-globalistas como Gustavo Petro y los otros zurdos de la región propenden por implementar. No por nada la bandera principal del presidente colombiano es el discurso de la lucha contra el “cambio climático” como una causa en la que nos compromete a todos los ciudadanos, aún a costa de nuestra ruina futura, insistiendo en acabar con el petróleo, el gas y los demás minerales sin proponer una solución alternativa más que la de importar estos recursos desde Venezuela, país en el que oficia una dictadura socialista. El resultado, de antemano, ya lo sabemos: hambre y pobreza para el pueblo colombiano; oxígeno y revitalización para la tiranía de Maduro, de quien es amigo Petro.   



    Volviendo a Soros, hay que decir que este húngaro nacionalizado estadounidense no lo quieren en su país de nacimiento. Tampoco es bien recordado en Inglaterra, donde en 1992 propició la quiebra del Banco de esta nación.[1] Cuenta con activos por más de US$20.000 millones y una fortuna personal por encima de los US$8.000 millones, según el índice de multimillonarios de Bloomberg.[2] Su organización, la Open Society Foundations busca “impulsar el cambio democrático transformando la creciente preocupación pública por la desigualdad, la corrupción, la violencia y la crisis climática en poderosas iniciativas y alianzas para construir una sociedad abierta y segura”.[3] Todo esto que está entre comillas debe entenderse, como todo lo de esta gente, en sentido contrario. Es decir, si la fundación dice que quiere el cambio democrático, es precisamente porque en democracia quiere lo contrario a la palabra: dictadura. Ya sabemos en Colombia las lágrimas que nos ha costado el tramposo sofisma del cambio: a nadie le dijeron que un cambio también podía ser para empeorar.

    La fundación de Soros, o más bien su grupo de fundaciones, tiene representantes en casi todos los países del mundo en contacto con los gobernantes a los que les ofrecen recursos para que estos dirijan sus países en concordancia con los objetivos globalistas. Apoyan supuestos planes sociales, donan dinero para las organizaciones que dicen luchar por las causas de las minorías, financian toda clase de proyectos progresistas, compran gobernadores, alcaldes y presidentes, y son los líderes del lobby internacional para presionar políticas enfocadas a la reducción poblacional como el aborto y el exacerbado multiculturalismo para atentar contra la identidad de los Estados-nación a través de la inmigración descontrolada. No por nada este es uno de los temas que más dolores de cabeza está causando en Estados Unidos y en Europa, en donde los países del primer mundo se están llenando de personas del tercer mundo y, por ende, adquiriendo sus vicios y debilidades.[4]  



    Pero Soros, que se hizo rico con el capitalismo utilizando la especulación y las inversiones, no está interesado en construir un mundo mejor, ni ayudar a los pobres, ni defender los derechos de nadie. Esas son argucias de las que se valió este hombre toda su vida para posar como un filántropo humanitario a pesar de que debajo del disfraz del hombre bueno estaba el del demonio. Con su dinero ha comprado conciencias y es uno de los responsables de la debacle que enfrenta Occidente por razón de la escasez y la inflación.

    Resulta que las grandes decisiones económicas, las políticas cambiarias y la macroeconomía en general de los países capitalistas están apuntando en la dirección que Soros quiere que apunten. ¿Casualidad? No, financiamiento puro y duro. Por ello uno no se explica cómo es que estos presidentes de pacotilla que tenemos en América, salvo contadas excepciones, están tomando las peores decisiones en materia económica y fiscal que atentan contra la población y la empobrecen cada vez más: emisión monetaria; nacionalización de los ahorros, pensiones e inversiones; subida de impuestos; expropiaciones injustificadas; legalización de las drogas; manipulación de campañas para elegir fiscales; desaparición de organismos de seguridad y orden público, apología al delito e impunidad; desincentivación de la inversión; cooptación de los sistemas de salud y de educación; subsidios a dos manos, en especial a inmigrantes ilegales; apertura de fronteras; entrega de soberanía; en fin, todo lo que un país con sentido común no debiera hacer. La mano de Soros está ahí metida como una mano invisible de la que hablara Adam Smith, sólo que esta mano es una mano para arrasar, precisamente, con la libertad y el mercado. 



    Y no nos creamos ese cuento de que Francia Márquez fue a África a estrechar lazos con el continente que, según ella, fue “cuna de la humanidad”. Eso habría que comprobarlo. Ni mucho menos que lo logrado sea establecer acuerdos para que los colombianos aprendamos suajili (qué importante es este idioma para el mundo, que ni los mismos kenianos quieren hablarlo), y los kenianos, español; ni que Etiopía sea el país invitado a la feria del libro del próximo año en Bogotá; ni que los ciudadanos africanos puedan venir a Colombia con mayores facilidades para que nos enseñen su cultura, que seguramente nos ayudará a salir del subdesarrollo. Nada de eso. 



    A uno lo tratan de loco, de paranoico, de charlatán por decir estas cosas. Que no es verdad que un solo hombre pueda mover con tanta propiedad los destinos del mundo, dicen desde la orilla contraria, y es obvio que no. De hecho, Soros no es el filántropo más poderoso ni el hombre más rico del mundo. Hay muchos por encima de él. Pero lo que no podrán negar es que este hombre y su imperio, comprobadamente enemigo de las democracias occidentales, tiene nexos con el gobierno colombiano, que es otro destinatario más del poder económico de sus fundaciones. Ahora la vicepresidente Francia Márquez nos confiesa que también ella es otra marioneta del titiritero que sabe cómo mover sus hilos. Al fin y al cabo, la visita de Francia Márquez a Colombia fue más una orden de Soros que una orden presidencial. Él, o más bien su emporio fundacional, es quien decreta lo que se hace en estas repúblicas bananeras.  




[1] Dave Potau. (23 de junio de 2020). Cómo hizo George soros para quebrar el Banco de Inglaterra. Código Trading. https://www.codigotrading.com/como-hizo-george-soros-para-quebrar-el-banco-de-inglaterra/

[2] Joaquín Mauricio López Bejarano. (21 de mayo de 2023). El millonario detrás de la fundación que apoyó el viaje de Francia Márquez a África. La República.  https://www.larepublica.co/globoeconomia/george-soros-el-millonario-detras-de-la-fundacion-que-apoyo-el-viaje-de-francia-marquez-a-africa-3620283

[3] Ibíd.

[4] Nueva York, por ejemplo, es una ciudad que en este momento no tiene nada que envidiarle al caos y la criminalidad de ciudades como Bogotá o Sao Paulo. 

 


sábado, 20 de mayo de 2023

La batalla de los padres

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Anoche asistí a la conferencia del Dr. en Filosofía Pablo Muñoz Iturrieta, titulada “La Batalla de los Padres en el Siglo XXI”.

    Con una nutrida asistencia, pude constatar que cada vez somos más las personas que estamos interesadas en estos temas de sociedad, despertando y reaccionando contra la locura progresista. Al menos pareciera que no estamos luchando solos en esta batalla, pues en este tipo de actividades se encuentra uno con un público dispuesto a recibir información y adquirir conocimiento sobre estos tópicos que personas como el Dr. Pablo y otros tantos intelectuales vienen advirtiendo desde hace algunos años, cuando se creía que esto de las políticas inclusivas y de la diversidad iba a ser una moda pasajera o un embeleco de burócratas para ganarse unos cuantos simpatizantes electorales y que hasta ahí llegaba todo. No supimos entender que el mundo estaba decidiendo su rumbo por el camino de la progresía, y que eso nos costaría caro a los que aún creemos en los valores de la fe cristiana.

    Ahora, cuando se están viendo los primeros resultados de esta insensatez que amenaza con destruir a la Familia como institución; cuando tenemos víctimas reales y en ascenso y nos toca de cerca este flagelo en nuestro círculo más próximo, corroboramos que no era una alarma conspiracionista lo que se venía diciendo por parte de los líderes de la batalla cultural. Lo vienen diciendo a través de sus canales de Youtube y sus redes sociales, de las conferencias que nos han brindado por toda Latinoamérica, de los cursos virtuales que imparten, de los blogs que lideran, de los medios independientes de comunicación a los que han tenido acceso y de los libros que han logrado publicar al respecto. No, ninguna teoría de la conspiración, ninguna intención de generar pánico colectivo se desprende de sus disertaciones. La advertencia resultó ser real. Hoy nos preocupa la imposición de la ideología de género por decreto; el apoyo que desde los círculos internacionales se le ha dado a esta nefasta obra de unos cuantos filósofos, ideólogos, filántropos, burócratas del globalismo e injerencistas que financian y promueven todas las ideas que parecieran salir desde la cabeza misma del enemigo de la humanidad. Y digo enemigo, no porque mi discurso sea de odio contra nadie, como en efecto catalogan a quienes nos oponemos a la agenda “arco iris”, (de fóbicos), sino porque en ella está el germen para destruir los cimientos de una institución que logró ser la base de la civilización occidental: la Familia. Por eso estamos despertando, y más vale tarde que nunca.



    Porque si existe algún elemento vulnerable dentro de la institución familiar, estos son los hijos, especialmente cuando atraviesan la primera infancia. Hacia ellos es que debemos desplegar todos nuestros escudos de defensa porque contra ellos es que va dirigido el ataque ideológico.

    Es que nada de lo que están enseñando en las aulas en materia de género está sustentado sobre bases científicas. De hecho, es solamente adoctrinamiento en su máximo esplendor. Llegar hasta el punto de negar la biología sin utilizar para ello una epistemología superior que la pueda refutar es ya un acto de arbitrariedad académica: las ideas se imponen como dogma, como si fuera la evangelización en una nueva religión. Una religión que, por cierto, no promueve el amor al prójimo ni normas de comportamiento amparadas en la ética y la moralidad, sino todo lo contrario: atiza una llama de resentimiento para responder con ferocidad —y con la anuencia de un Estado que obliga y castiga— a todo aquel que se oponga al nuevo creo de la diversidad.

    Porque se supone que diversidad es la existencia y la aceptación de las características diferentes de un grupo social, las cuales pueden estar enmarcadas dentro de lo racial, lo étnico, la edad, el género, la fe, la orientación sexual, la filiación política, la nacionalidad, la capacidad física y mental, la cultura, etc. Y en esto está incluido el pensamiento, que es el motor del orden socializador. Cuando se puede ser diverso en todo, menos en la potestad de pensar lo que se quiera, de elegir con libertad, de opinar diferente; es porque esa diversidad encubre el ethos uniformizante que se reduce a ofrecer el ideal del igualitarismo como un modelo de obligatorio cumplimiento.  



    Refutan quienes defienden el llamado enfoque de género que cómo esto nos puede afectar a los que no compartimos su “teoría” si precisamente se trata de libre elección y autopercepción, la cual no tiene por qué hacerle mal a nadie, y que el ir en contra de sus enseñanzas es ser un discriminador y un odiador. Pues bien, si alguien se percibe como una estrella fugaz, sin afectar a nadie y sin obligar a nadie a que lo tenga que reconocer como tal, uno diría que cada quien es dueño de su locura, y hasta ahí el asunto sería un problema del fuero interno. Lo delicado viene cuando la autopercepción se convierte en una imposición por vía estatal y el sujeto acude a ese Estado autoritario, no para ser reconocido en su derecho a percibirse como quiera, sino para obligar al otro a que lo reconozca como él se reconoce, porque eso ya invade el campo autónomo del pensamiento personal. Lo grave, por ejemplo, es instaurarlo como política educativa en contra de la voluntad de los padres que prefieren educar a sus hijos en la fe cristiana, que por lo menos es una ideología que tiende a preservar la inocencia y la virtud de los más pequeños.



    No nos digamos mentiras: si las políticas de género ahora son enseñadas como una cátedra escolar, es porque saben que apuntando a la generación más débil en su pensamiento pueden corromper al hombre del futuro. Aquellas élites que patrocinan toda esta cultura de la sexualización temprana de los niños, de las hormonizaciones, de las cirugías para cambiar de sexo dirigidas a los adolescentes, de la legalización de la pedofilia, en fin, de todo lo desviado y de lo pervertido, saben que pueden diseñar un hombre atomizado, dividido, confundido y estéril al que no le quedará más remedio que someterse a las disposiciones del futuro Estado global. ¿Qué más da? La esclavitud del nuevo orden mundial será un estatus deseable desde la infancia, porque todas las conductas son intervenidas con ingeniería social. Y el adoctrinamiento en las falsas teorías del género no es otra cosa que ingeniería social perversamente calculada.

    Por eso la invitación del doctor Iturrieta y de otros batalladores culturales es a la rebeldía, a no dejarnos imponer estas teorías basura, a luchar contra un sistema que propende por hombres afeminados y mujeres masculinizadas con el fin de cortar de tajo la reproducción. Los padres de familia a estar muy atentos sobre lo que aprenden sus hijos en la escuela, desde la etapa del jardín infantil. Qué temas les están tocando, qué canciones les están enseñando, qué dinámicas les están proponiendo. Sabemos que los degenerados tienen el respaldo del Estado para llevar a cabo su agenda de perversión, y por esto hay que desenmascararlos y denunciarlos. En caso de no ser posible, intentar por todos los medios limpiar el cerebro de los hijos en casa con una educación fundada en valores, pero también centrada en la realidad de lo que está pasando para que sean ellos los primeros en darse cuenta en caso de que los intenten reiteradamente adoctrinar. Al niño se le debe concientizar desde pequeño que es un niño y siempre lo será. A la niña que es niña. El sexo no es un accesorio que se pueda cambiar y el género no es aquello que define nuestra identidad sexual, porque sí se nace hombre o mujer, y se es hombre o mujer desde la misma concepción. No hay más sexos.



    Ya hasta se han inventado el Unicornio del Género para terminar de confundir a los infantes. Es una pedagogía de estos embaucadores estudiosos del género para “ayudar a descubrir” la identidad sexual, la expresión del género, el sexo “asignado” al nacer, la atracción sexual y la atracción romántica. Una basura teórica que no contribuye al progreso de la humanidad, pero que ya se acepta en todos los currículos escolares.  

    De modo que el reto es no cesar en la batalla ni un minuto, y menos si se es padre. Nuestro deber es el de informarnos y el de formarnos, llenarnos de argumentos y promover las asociaciones en pro de la unión familiar, participar en las marchas contra esta ideología, mantener un espíritu inquebrantable, continuar en pie de lucha. Ahora más que nunca se necesita fortalecer ese muro de contención llamado familia. Dar un buen ejemplo y mantener una conducta íntegra serían excelentes puntos de partida para iniciar esta batalla.

sábado, 13 de mayo de 2023

Urge la defenestración

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    En la historia política de Colombia tuvimos un presidente general y dictador que por allá en el año 1957 tuvo que ser defenestrado. Hemos tenido presidentes que se repartieron el poder por turnos durante dieciséis años para intentar aplacar una violencia partidista que generó otra violencia guerrillera. También hemos tenido presidentes que nos prometieron erradicar una pobreza absoluta que nunca se erradicó, un futuro que nunca llegó, y el advenimiento del “tiempo de la gente” que al final solamente fue el tiempo de los carteles de la mafia que financiaron una campaña presidencial. Hemos tenido presidentes que despejaron territorios con la ingenuidad de que podría alcanzarse la paz con quienes nunca han querido hacerla, y presidentes que asimismo firmaron un acuerdo para entregar, no sólo territorios, sino curules en el Congreso y la impunidad de por vida, todo por ganarse un Nóbel. También hemos tenido presidentes con ganas de perpetuarse en el poder hasta por tres períodos consecutivos, como si fueran una especie de mesías irremplazables que al final terminaron repelidos por un gran sector de la sociedad. Hemos tenido presidentes marionetas, tibios y paquetones que pasaron con más pena que gloria. Pero lo que no habíamos tenido hasta entonces en nuestra sufrida historia política moderna, es un presidente que llame él mismo a la revolución contra el poder cuando él es quien está detentando ese poder. Ahora ya lo tenemos.



    Algún día lo gritó con arrestos de caudillo independentista: “¡Me llamo Gustavo Petro y soy su presidente!”. Otro día lo dijo pasando por encima de la división de poderes: “Yo soy el jefe del Estado, por lo tanto, jefe del Fiscal General”. Sólo le faltó decir aquella célebre frase que Luis XIV pronunció ante el Parlamento de París: “El Estado soy yo”.

    Lo que uno no se explica, entonces, si él es el jefe del Estado, qué hace llamando a la revolución. Porque azuza a un grupo del pueblo como si en él estuviera representado todo el pueblo para que se levante si el Legislativo no le aprueba sus reformas. Sabe que su imagen favorable no supera el 30%, que el grueso de ese pueblo lo desprecia y que muchos de sus votantes hoy se sienten defraudados. El presidente que tenemos, que en verdad merece ser defenestrado, como lo dijo el coronel Marulanda, tiene toda la estampa de un dictadorzuelo. Camina como dictador, habla como dictador y parece un dictador. ¿Qué podría ser? Seguro que no es un pato.



    La semana pasada un grupo de hombres de la “guardia indígena” o de la llamada “guardia campesina”, que en realidad no representa a la mayoría de los indígenas ni de los campesinos, se congregó en la Plaza de Bolívar, frente al Capitolio Nacional para intimidar con sus demostraciones de guerra al Congreso que sesiona y discute las reformas que propuso el Ejecutivo. Hicieron formación en orden cerrado, exhibieron su bastón de mando simulando portar un fusil, lucieron su indumentaria nueva, con radioteléfonos y aparatos de comunicaciones. No parecía ninguna guardia pacífica, sino un ejército en pie de guerra: un ejército de subversión. La manifestación, que fue más bien un acto de intimidación, fue la respuesta al llamado del presidente de este grupo de supuestos campesinos e indígenas sin identificar para presionar la aprobación de las nefastas reformas que pretende imponer Petro a pupitrazo o palazo limpio, si es preciso. Esa es la manera como él dice respetar la democracia. Nunca se habló de un Golpe de Estado propiciado por el jefe del mismo del Estado a las demás ramas del poder, pero fue evidente que aquello fue otro intento por desestabilizar el equilibrio democrático.

    Luego viene el pleito con el Fiscal, representante de la rama judicial, que se supone que también es autónoma en sus determinaciones. Y la cereza del pastel fue cuando el coronel Jhon Marulanda declaró en una entrevista que al presidente habría que defenestrarlo.



    Defenestrar. Esa fue la palabrita de la controversia que ni al mismo fiscal, aunque está en las antípodas del presidente, le gustó. Y parece que a nadie. Ni siquiera al espectro de la derechita cobarde cuya corrección política es la que nos ha llevado al límite en el que nos encontramos. Vi uno que otro político que se dice de derecha o de centro criticar al coronel por lo que dijo, como si hubiera sido una afrenta. Los noticieros también hicieron un escándalo por ello y hasta un gran sector de la prensa lo consideró como una salida en falso del coronel. Que cómo se le ocurría decir eso, que en aras del respeto a la democracia no se debía hablar de defenestración, pues aquello supone un Golpe de Estado contra el presidente.

    A mí, la verdad, no me parece mala idea lo de la defenestración. La palabra puede sonar chocante, pero sólo quiere decir que se separa o se expulsa a una persona de su cargo. Nada de lanzar a nadie literalmente por una ventana, como lo da a entender su primera acepción, que viene de la palabra fenestra, que significa ventana.  Nada de violento hay implícito allí. Claro, un Golpe de Estado por la vía militar implica violencia y no es democrático, pero no así la defenestración. Existen mecanismos constitucionales que bien pueden aplicarse para destituir al presidente de su cargo. ¿Por qué? Pues muy sencillo, el señor presidente está dando muestras de conducirnos a un abismo, de destruir las instituciones, la economía, lo poco bueno que se ha construido. Está jugando con el futuro del país. En otras palabras, está haciendo las cosas tan mal, que merece ser defenestrado. ¿Acaso no es lo que los accionistas de una empresa harían con un gerente que está llevando su empresa a la quiebra? Pues bien, el presidente no está sabiendo gerenciar el país, además de que su egolatría, su megalomanía y sus ínfulas de dictador, están poniendo en peligro la supervivencia de la república que tantos años nos ha llevado construir.



    “Pero es que el presidente fue elegido democráticamente”, alegan quienes asumen la defensa de sus actos de gobierno. Y es cierto, hace un año la mayoría electoral supuestamente amaba a Petro. Hoy sus desengañados se cuentan por miles. Ya le conocieron el talante, ya están abriendo los ojos, aunque es un poco tarde para ello. Los que sabíamos cómo se presentaría todo esto no nos sentimos traicionados, sino indignados ante el tamaño de la estupidez humana.

    Lo malo es que sus intenciones de perpetuarse en el poder no son motivo de alarma. La reforma electoral, que va a imponer el voto electrónico, es la mejor manera de ganar siempre las elecciones. Si físicamente el escrutinio dejó dudas en los pasados comicios, no digamos lo que será una votación administrada por una máquina cuyo software es altamente manipulable. Podrá eternizarse en el trono presidencial si no lo defenestran antes. Y cuando eso ocurra ya no se podrá hablar siquiera de la expulsión del presidente por vía constitucional, porque para entonces la Constitución ya será otra. Para entonces habrá engrasado tan bien la maquinaria del poder que será imposible remover el mal desde la raíz. Y luego dicen que nunca seremos como Venezuela. Qué va, si vamos rumbo a ser una versión empeorada del vecino país. Urge la defenestración. 


sábado, 6 de mayo de 2023

El superhombre en el mundo posmoderno

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Vivimos en la época de la posmodernidad, ampulosa en vacíos existenciales, relativismos, fanatismos, subjetivismos, carencias de identidades consistentes, sexualidades efímeras y dioses hechos a la medida de nuestras necesidades. Si ahondáramos en los autores de esta penosa debacle moral y espiritual, encontraríamos hombres y mujeres con vidas tormentosas. La mayoría de ellos fueron filósofos, escritores, psicólogos, poetas, sociólogos y humanistas en general, que no tuvieron un final feliz.

    Hablo, por supuesto, de los que ya murieron. Me remito, por ejemplo, a los pensadores de la Escuela de Frankfurt. Digamos el nombre de Marcuse, quien orientó todos sus esfuerzos para que el nuevo hombre de la revolución se convirtiera en la conciencia de la clase obrera, y para ello precisó del discurso de la liberación de la sociedad, no sólo económicamente, sino también a nivel sexual. Me refiero también a Simone de Beauvoir, la esposa de Sartre, ambos comunistas hasta la médula, sólo que en la señora ya estaba germinando el bicho de la nueva izquierda a través de la deconstrucción de la mujer: “No se nace mujer, se aprende a serlo”. ¿Recuerdan la frase? A partir de este postulado reventaron las hordas feministas de la tercera ola y se les fritó el cerebro a muchos con el cuento de la autopercepción. Desde ahí viene esta obsesiva persecución contra la mujer, al punto de que ya hoy no podemos definirla como a la hembra de la especie humana responsable de la gestación por razón de la fisiología de sus órganos reproductivos femeninos, pues se consideraría discurso de odio.

    Y cómo no mencionar a ese símbolo fetiche del posmodernismo como lo es el francés Michel Foucault, que si bien no fue el padre del movimiento, sí fue su gran exponente. Aquel que develó una nueva manera de ejercer el poder, ya no a través del castigo físico, sino a través de la vigilancia (biopoder). De allí vienen muchas de las ideas que los Estados progresistas han adoptado en sus códigos y legislaciones: que los delincuentes son delincuentes porque se les ha oprimido mediante relaciones de poder. Que toda relación de poder genera oprimidos y opresores. En definitiva, que todo delincuente tiene justificación para cometer un delito, porque en últimas el delincuente es víctima de una represión. ¿Nos suena? 



     Pero esta conciencia posmoderna, que se podría situar más o menos a partir de los años sesenta del siglo XX y de la cual ahora estamos recogiendo los peores frutos, tuvo su semillero en las ideas de un filósofo del siglo XIX que no tenía ni idea que de su aporte a la filosofía se desprendería un movimiento llamado posmodernismo, el cual tendría su auge cien años después de la muerte del personaje en cuestión. A él se le podría considerar, indirectamente, el primer gran padre del posmodernismo. Se trata de Friedrich Nietzsche.

    Nietzsche debió ser el verdadero gestor de la posmodernidad. Plantea como tema central en su filosofía la cuestión del superhombre. En su libro “Así habló Zaratustra” escribe la historia de un ermitaño que tras muchos años de reflexión y soledad abandona la montaña en la que vive para compartir su sabiduría con la gente. Es una metáfora del evangelio en clave de ironía, una burla. Es la inversión del profeta, que no es el hijo de Dios, sino, en este caso, el “superhombre” que viene a traer la buena nueva de que "Dios ha muerto" y que por tanto el hombre tiene el camino libre para superarse a sí mismo.

    Una mala interpretación de esta teoría del superhombre vio sus frutos en el nazismo, cuando allí se habló de la raza superior y se propaló la peligrosa idea de exterminar a las “razas inferiores”, en especial a una. Pero Nietzsche no hablaba en este sentido de una raza superior o de un hombre héroe. Hasta su propia hermana confundió su tesis, pues ella misma tuvo simpatías con Hitler.



    El concepto inicial del superhombre aún sigue sin comprenderse del todo en los círculos académicos. Creo que ni el mismo Nietzsche lo comprendía. Tampoco se comprendía a sí mismo. Apenas tenía la sospecha de que el nihilismo y su concepción pesimista de la vida eran el punto de partida de una sociedad que comenzaba a desligarse de la idea de Dios. Porque la voluntad de vivir dejó de existir como acto real, y apenas quedaba en la sociedad el escenario de una mera representación, de una apariencia en la que no se lograba alcanzar nunca la satisfacción. El pesimismo nihilista, pensaba Nietzsche, había que convertirlo en algo positivo: progreso, desarrollo, evolución. Así como el mono (el hombre-primate) fue superado por el hombre-pensante; este, de igual manera, sería superado por el superhombre Nietzscheano, pues llegaría a estar por encima con respecto a la naturaleza humana de aquel. No habría de ser un hombre con superpoderes, sino alguien que pudiera ejercer la virtud partiendo desde un horizonte de creatividad, de talento, de dominio del arte, de creación de belleza; totalmente separado de la noción burguesa, citadina y religiosa, y alejado de la creencia dogmática de la paz y la armonía entre los hombres por interjección de un dios. Su posición es elitista. Su superhombre no necesita valerse de otro, ni de Dios, sino que busca su propio sentido y se supera en su condición de ser humano hacia un peldaño más alto de la escala evolutiva. Muerto Dios, muere también el hombre tal como lo veníamos conociendo hasta entonces a través del humanismo iluminista.

    Me remito también al humanismo cristiano como movimiento que ponía al hombre en el punto más alto de la creación, pero siempre subordinado a Dios. Nietzsche, por el contrario, echa mano del iluminismo de la Ilustración, de la ciencia positivista, y coloca al superhombre como centro, no teniendo sujeción más que a su propio ser. Desplazando a Dios de toda explicación sobre el sentido del mundo, de toda cosmología, el hombre pasa a ser el centro. No el hombre de la modernidad, el que todavía reconocía la naturaleza divina que lo sobrepasaba, sino ese nuevo hombre que debía ser revestido de otra naturaleza: el superhombre; aquel que olvida los valores cristianos, aunque no sepa bien todavía a cuáles recurrir.



    En el libro de Zaratustra, Nietzsche se dedica a imitar el estilo del evangelio y a hablar con metáforas ininteligibles que no dejan traslucir claramente cómo tiene qué comportarse en concreto ese superhombre. Redunda en la retórica, abusa de la poética, cae en una ambigüedad imperdonable, y al final el profeta Zaratustra junta a una legión de discípulos a los que enseña que las divinidades han caído en desgracia, y que en su lugar aparece el superhombre para reemplazarlas. El superhombre, para Nietzsche, no es un ser superior capaz de dirigir a las ovejas, sino aquel que ha dado un salto evolutivo desde lo más esencial de su ser. Se ha vuelto lobo.

    La filosofía de Nietzsche es una alusión alegórica a una sociedad que todavía no está lista para emanciparse de Dios. En el tiempo del filósofo no se puede dar el anuncio de que Dios ha muerto, sino que habría que esperar un tiempo más, para cuando la sociedad al fin se pudiera desligar de él. Ese tiempo, a pesar de las corrientes posmodernas que han atomizado al hombre, no ha podido instalarse con contundencia. Aún la mayoría de los hombres, por fortuna, nos negamos a abortar la idea de Dios.

    La realidad, tanto para Schopenhauer como para Nietzsche, es una mera apariencia. Lo que subyace en esta apariencia es la voluntad: voluntad humana. Nietzsche quiere que el hombre se aleje de Dios para que encuentre su sentido de vida. Ese sentido, hasta ese momento en que lo decía, lo otorgaba la religión, que para él era una farsa. Por ello propende porque el hombre renuncie al ideal del máximo trascendente, pero no quiere tampoco que este caiga en el nihilismo de Schopenhauer. La realización se producirá cuando el hombre encuentre la verdadera emancipación, porque le dará un sentido de vida profundo, lejos de la religión, lejos de Dios, más cerca del superhombre.

    Pese a ello, en la época posmoderna la sociedad tomó distancia de Dios, cayó en el más profundo nihilismo, no encontró al superhombre de Nietzsche en la emancipación que prometía. ¿Qué sucedió entonces? Una vez más nos encontramos ante otro filósofo cuyo ideal cojeó por carecer de aquello que le da sentido de vida al hombre: la trascendencia. Se evidenció con el posmodernismo que por más que exista un superhombre emancipado, este jamás tendrá el alcance de un ser superior. En la cristiandad lo llamamos Dios. No hay duda de que este es el verdadero Todopoderoso. Claro, Nietzsche alentó la supresión de Dios, pero nunca supo qué poner en su lugar. El superhombre fue un fracaso en todo sentido. Ni los valores que el filósofo le atribuyó lo pudieron salvar de su debacle, pues algo verdaderamente magno necesita mover la voluntad del hombre. Para el católico es la fuerza del Espíritu Santo, el poder de Dios; para el agnóstico, una inteligencia superior que no sabe precisar qué es; para el ateo, su propia convicción de que no hay Dios.



    Hasta el mismo Zaratustra, el profeta de Nietzsche, tuvo en algún momento la necesidad de una metafísica que justificara y diera sentido a su existencia. Como no encontró una respuesta clara, tuvo esa revelación mística que se conoció como “el eterno retorno de las cosas”, el volver otra vez a la tierra, al mundo, porque no hay nada más.

    No olvidemos que Nietzsche fue en su tiempo lo que ahora se conoce como un maniacodepresivo. Tenía momentos de gran exaltación en los que creía haber llegado a la verdad y encontrar el fundamento de toda su teoría, y momentos en los cuales renegaba de sí mismo y se consideraba un tonto por todo aquello que decía, menospreciándose delante de todos. Fue un personaje antisocial, contradictorio, inestable en todo sentido. Su rechazo a las instituciones familiares y eclesiásticas fue bien conocido a pesar de que tuvo la intención de casarse con Lou Andreas-Salomé, la mujer de la que él se enamoró y a la que le propuso matrimonio, pero esta lo rechazó, pues quería a otro. Y ese otro era un poeta, amigo del propio Nietzsche; situación que lo hizo volverse más huraño, más solitario, más tendiente al suicidio. Nunca llevó a cabo ese cometido, pero tampoco logró convertirse en el superhombre por el que tanto abogaba. Su vida terminó entre la sífilis y la demencia, en una parodia de su propia declaración de la muerte de Dios. En realidad, era él quien lo había aniquilado en su corazón y en su mente. Era Nietzsche el que moría mientras la creación de Dios perduraba por los siglos de los siglos.   

    Porque desde siempre ha existido un “logo ordenador”. Platón se refirió a él como el Demiurgo; Plotino lo denominó como el Ser Original; los cristianos lo reconocen como el Padre, el Creador del universo. Ese universo, que por principio es perfecto e infinito, es el primer libro que Dios escribió para que el hombre lo estudiara y entendiera las leyes naturales. Entendiéndolas puede entender a su Creador, pero desechándolas, volviéndolas objeto de un dominio utilitarista en una clara demostración de arrogancia, se encontrará este que no puede comprender la Causa, y por tanto tampoco el Fin último de las cosas.



    Lo que en apariencia creemos que es obra del azar no es tan así. Siempre un poder superior obra en todo aquello que está en la Naturaleza, en la verdad, en la moral, en la belleza. Y claro, la filosofía que cuestiona y va un paso más allá en su indagación también es obra de una mente superior que le otorgó la inteligencia al hombre para que este cuestionara y hallara las respuestas.

    Si Dios ha muerto, como lo propone Nietzsche, entonces ha muerto la Causa Primera, el logo ordenador, el principio y el fin. ¿Qué le queda al hombre? La respuesta es simple. Baste mirar alrededor y se sabrá lo que le queda: caos, destrucción, pérdida de sentido, involución… otra fuerza ha tomado el lugar de Dios. En el reino de lo metafísico no hay sitio para la nada: siempre existe algo. 


Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...