A China le debemos dar las
gracias porque nos tiró el Coronavirus y nos puso el mundo al revés, como lo
indica el título de este blog, aunque si mal no recuerdo, el mundo ya venía al
revés desde hacía mucho rato, sólo que no queríamos darnos cuenta.
Indudablemente, cada que nos reportan las cifras de contagios y de
muertos, cada que se pierde un ser querido, un puesto de trabajo, se cierra una
fábrica, o se frustran las esperanzas de retornar a nuestra antigua vida feliz por culpa de la pandemia, a
mí se me viene a la cabeza una frase que sintetizaría muy bien mis sentimientos.
Para algunos tendrá una connotación de reproche virulento; para otros de
sarcasmo premeditado; y a otros tantos les parecerá una invitación a verle el
lado bueno a las cosas malas, pero yo lo digo desde la oscuridad de mis
entrañas: “Muchas gracias, China”. Pueden tomarlo en cualquiera de los
sentidos, me tiene sin cuidado.
Con el revés que nos va a dar
todo este engranaje de confinamientos, protocolos de bioseguridad, realidades
virtuales, cambios de costumbres, despersonalización de los afectos,
desbarajustes económicos, crisis de valores y de todo lo que se nos pueda
ocurrir, no se crea que el mundo va a quedar muy al derecho, no señores. Uno no
sabe si era mejor la desorganización que teníamos antes, o si lo será la “nueva
normalidad” a la que nos tendremos que acostumbrar sin opción a chistar, al
mejor estilo del Partido Comunista Chino. Da lo mismo.
Para la libertad de la que
gozaba el individuo atrapado en su cosmovisión mercantilista occidental, igual será
contar con esa misma libertad impuesta desde el otro lado del hemisferio. A lo
mejor la podemos perfeccionar a través de una réplica barata del sueño americano, eso sí, con un poquito
menos de calidad, porque de lo que se trata ahora es de minimizar costos. Pero
lo importante es que seguirá habiendo producción en masa… de lo que sea.
Cambiarán los rótulos, sin duda, y el U.S.A le dará paso a una sigla hecha con
palitos entreverados que nada nos dirá, pero estemos seguros que será la nueva
moda. Lo importante es mantener la esencia del viejo orden mundial: ricos más
ricos y poderosos; y pobres más pobres, numerosos y miserables, como para que
no extrañemos demasiado el pasado.
Porque para aquellos que se
quejan de que los valores occidentales del capitalismo nos están conduciendo a
la debacle, les recuerdo que el Coronavirus salió de un país en el que manda el
Partido Comunista, del lejano Oriente, y en el que no hay respeto por la
libertad ni por la propiedad privada, como para que dejemos las cosas en claro.
La diferencia entre uno y otro mundo se hará más visible en la dirección de la
mirada. Habíamos mantenido la cabeza muy en alto, con mucho orgullo y mucha
dignidad. De ahora en adelante se recomienda mantener la mirada al piso,
sumisa, servil, clavada en lo profundo de una meditación colectiva.
Y es que nada tengo contra los
habitantes del país del dragón, ni más faltaba. Al contrario, me parecen de lo
más pintorescos y singulares, con sus maneras reverenciales de conducirse y su
creatividad gastronómica de la cual nosotros tenemos mucho que aprender, ya que
insistimos tanto en el ensañamiento contra los pobres cerdos, los indefensos
pollitos y las apacibles reses. Ellos en eso sí que tienen variedad.
El reclamo del cual soy
portavoz en este espacio va encauzado contra ese gobierno dictatorial y reservado,
que se reservó el derecho de no informar al mundo sobre la gravedad de la
enfermedad cuando ya sabían lo que se iba a desencadenar. Según varios
científicos chinos que no pudieron revelar su nombre por miedo al régimen, si
China no hubiera callado el problema, el contagio se hubiese podido detener
hasta en un 86%.
La OMS, por su parte, fue la
alcahueta mayor de ese silencio cómplice que le hizo el juego a la potencia
oriental y le lavó la imagen para que nadie, ni siquiera a través del lenguaje,
pudiera hacer eco de eso que muchos quisieron bautizar como el virus chino, pero que no los dejaron porque no era políticamente correcto.
La verdad es que el mal viene
de allá, no se puede desconocer, y por tanto de allá también debió de haber venido
la responsabilidad de contenerlo. Ahora ellos se lavan sus manitos como quien
quiere prevenir el Covid, y el problema se lo dejan al mundo. El típico
muchacho que quiebra la ventana, sale corriendo y no recoge los pedazos, y
mucho menos la paga. ¿Quién le cobrará a China por los daños y perjuicios
ocasionados al mundo? ¿Quién señalará a la OMS por servirle de acólito, por la
desinformación tan tremenda con respecto a esta tragedia mundial? Habría que esperar
que todo esto pase para establecer responsabilidades. Por lo pronto Estados
Unidos es poco lo que puede hacer, ahora que está en época electoral. A Trump
le quedan menos de cuatro meses y seguro no será reelegido. No sería raro que
una de sus locuras desatara una situación de guerra en caso de verse perdido,
aunque creo que es poco probable. Ya no tiene tiempo.
Pero de lo que no queda duda
es que las embarradas de China fueron impunemente encubiertas por la OMS,
presidida por un comunista de vieja data que le hace sonrisitas al régimen de
Xi Jinping. Y así como la politizada OMS respalda el régimen, también lo hacen los
poderes enfilados en la orientación ideológica de un Comunismo que a fuerza de
mentiras y ocultamientos está logrando imponerse en las sociedades democráticas.
No es casualidad que ahora las democracias capitalistas hayan tenido que apelar
al poder benefactor del Estado para no dejar morir a la gente de hambre. En
teoría, desde luego, porque en la economía de mercado, el sistema no está
diseñado para la caridad, ni mucho menos para la intervención estatal a gran escala.
Así las cosas, Occidente entra
en la mayor crisis económica de su historia, y el gobierno de Beijing lo sabe.
Aprovecharán para erigirse en súper potencia e imponer su “nuevo orden mundial”.
Saben que con sólo abrir el frasco y dejar escapar otro poquito de veneno
pueden destruir toda la economía de mercado de sus enemigos comerciales.
Cómo no agradecerles entonces,
si nos van a permitir conocer su cultura en grande; si tendremos sus valores
trasladados a nuestra América Latina en poco tiempo, con toda la autoridad que
el poder geopolítico les confiere.
Pero hay que agradecerles
también a los chinos que no sólo nos enseñaron a utilizar las tácticas de la guerra
biológica para ganar la guerra comercial, sino también porque nos enseñaron a
valorar lo realmente importante y a tomar conciencia sobre nuestra fragilidad;
nos hicieron ver en perspectiva que no son tan necesarios los objetos que se
exhiben en las vitrinas de los centros comerciales, a no ser que sean Made in China. Nos hicieron descubrir
que la tecnología, además de volvernos zombies
con contenidos vacuos de gente que no le aporta nada al mundo; también nos sirve
para aprender un montón de cosas que antes pasábamos por alto: la educación
virtual comenzó a ser parte del hoy de nuestras vidas, y no un asunto del mañana.
Felizmente, nos han hecho ver el
verdadero talante de los líderes que nos gobiernan, y así confirmamos lo mal
liderados que estamos en todas partes. Si en ellos ciframos nuestra esperanza,
estamos perdidos.
Más allá de lo que pueda pasar
en el futuro, la humanidad no olvidará que aparte de la pólvora, el papel, el
Coronavirus y otros inventos de los chinos, el tapabocas estará sin discusión
entre su lista de logros más premiados; porque aunque no haya sido inventado en
la China, es el que mejor le viene a su gobierno.
No nos alcanzará la vida para pagarles por su generosidad.





