domingo, 26 de julio de 2020

Muchas gracias, China

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    A China le debemos dar las gracias porque nos tiró el Coronavirus y nos puso el mundo al revés, como lo indica el título de este blog, aunque si mal no recuerdo, el mundo ya venía al revés desde hacía mucho rato, sólo que no queríamos darnos cuenta.
    Indudablemente, cada que nos reportan las cifras de contagios y de muertos, cada que se pierde un ser querido, un puesto de trabajo, se cierra una fábrica, o se frustran las esperanzas de retornar a nuestra antigua vida feliz por culpa de la pandemia, a mí se me viene a la cabeza una frase que sintetizaría muy bien mis sentimientos. Para algunos tendrá una connotación de reproche virulento; para otros de sarcasmo premeditado; y a otros tantos les parecerá una invitación a verle el lado bueno a las cosas malas, pero yo lo digo desde la oscuridad de mis entrañas: “Muchas gracias, China”. Pueden tomarlo en cualquiera de los sentidos, me tiene sin cuidado.  
    Con el revés que nos va a dar todo este engranaje de confinamientos, protocolos de bioseguridad, realidades virtuales, cambios de costumbres, despersonalización de los afectos, desbarajustes económicos, crisis de valores y de todo lo que se nos pueda ocurrir, no se crea que el mundo va a quedar muy al derecho, no señores. Uno no sabe si era mejor la desorganización que teníamos antes, o si lo será la “nueva normalidad” a la que nos tendremos que acostumbrar sin opción a chistar, al mejor estilo del Partido Comunista Chino. Da lo mismo.
    Para la libertad de la que gozaba el individuo atrapado en su cosmovisión mercantilista occidental, igual será contar con esa misma libertad impuesta desde el otro lado del hemisferio. A lo mejor la podemos perfeccionar a través de una réplica barata del sueño americano, eso sí, con un poquito menos de calidad, porque de lo que se trata ahora es de minimizar costos. Pero lo importante es que seguirá habiendo producción en masa… de lo que sea. Cambiarán los rótulos, sin duda, y el U.S.A le dará paso a una sigla hecha con palitos entreverados que nada nos dirá, pero estemos seguros que será la nueva moda. Lo importante es mantener la esencia del viejo orden mundial: ricos más ricos y poderosos; y pobres más pobres, numerosos y miserables, como para que no extrañemos demasiado el pasado.
    Porque para aquellos que se quejan de que los valores occidentales del capitalismo nos están conduciendo a la debacle, les recuerdo que el Coronavirus salió de un país en el que manda el Partido Comunista, del lejano Oriente, y en el que no hay respeto por la libertad ni por la propiedad privada, como para que dejemos las cosas en claro. La diferencia entre uno y otro mundo se hará más visible en la dirección de la mirada. Habíamos mantenido la cabeza muy en alto, con mucho orgullo y mucha dignidad. De ahora en adelante se recomienda mantener la mirada al piso, sumisa, servil, clavada en lo profundo de una meditación colectiva.
    Y es que nada tengo contra los habitantes del país del dragón, ni más faltaba. Al contrario, me parecen de lo más pintorescos y singulares, con sus maneras reverenciales de conducirse y su creatividad gastronómica de la cual nosotros tenemos mucho que aprender, ya que insistimos tanto en el ensañamiento contra los pobres cerdos, los indefensos pollitos y las apacibles reses. Ellos en eso sí que tienen variedad.
    El reclamo del cual soy portavoz en este espacio va encauzado contra ese gobierno dictatorial y reservado, que se reservó el derecho de no informar al mundo sobre la gravedad de la enfermedad cuando ya sabían lo que se iba a desencadenar. Según varios científicos chinos que no pudieron revelar su nombre por miedo al régimen, si China no hubiera callado el problema, el contagio se hubiese podido detener hasta en un 86%.
    La OMS, por su parte, fue la alcahueta mayor de ese silencio cómplice que le hizo el juego a la potencia oriental y le lavó la imagen para que nadie, ni siquiera a través del lenguaje, pudiera hacer eco de eso que muchos quisieron bautizar como el virus chino, pero que no los dejaron porque no era políticamente correcto.
    La verdad es que el mal viene de allá, no se puede desconocer, y por tanto de allá también debió de haber venido la responsabilidad de contenerlo. Ahora ellos se lavan sus manitos como quien quiere prevenir el Covid, y el problema se lo dejan al mundo. El típico muchacho que quiebra la ventana, sale corriendo y no recoge los pedazos, y mucho menos la paga. ¿Quién le cobrará a China por los daños y perjuicios ocasionados al mundo? ¿Quién señalará a la OMS por servirle de acólito, por la desinformación tan tremenda con respecto a esta tragedia mundial? Habría que esperar que todo esto pase para establecer responsabilidades. Por lo pronto Estados Unidos es poco lo que puede hacer, ahora que está en época electoral. A Trump le quedan menos de cuatro meses y seguro no será reelegido. No sería raro que una de sus locuras desatara una situación de guerra en caso de verse perdido, aunque creo que es poco probable. Ya no tiene tiempo.
    Pero de lo que no queda duda es que las embarradas de China fueron impunemente encubiertas por la OMS, presidida por un comunista de vieja data que le hace sonrisitas al régimen de Xi Jinping. Y así como la politizada OMS respalda el régimen, también lo hacen los poderes enfilados en la orientación ideológica de un Comunismo que a fuerza de mentiras y ocultamientos está logrando imponerse en las sociedades democráticas. No es casualidad que ahora las democracias capitalistas hayan tenido que apelar al poder benefactor del Estado para no dejar morir a la gente de hambre. En teoría, desde luego, porque en la economía de mercado, el sistema no está diseñado para la caridad, ni mucho menos para la intervención estatal a gran escala.
    Así las cosas, Occidente entra en la mayor crisis económica de su historia, y el gobierno de Beijing lo sabe. Aprovecharán para erigirse en súper potencia e imponer su “nuevo orden mundial”. Saben que con sólo abrir el frasco y dejar escapar otro poquito de veneno pueden destruir toda la economía de mercado de sus enemigos comerciales.
    Cómo no agradecerles entonces, si nos van a permitir conocer su cultura en grande; si tendremos sus valores trasladados a nuestra América Latina en poco tiempo, con toda la autoridad que el poder geopolítico les confiere.
    Pero hay que agradecerles también a los chinos que no sólo nos enseñaron a utilizar las tácticas de la guerra biológica para ganar la guerra comercial, sino también porque nos enseñaron a valorar lo realmente importante y a tomar conciencia sobre nuestra fragilidad; nos hicieron ver en perspectiva que no son tan necesarios los objetos que se exhiben en las vitrinas de los centros comerciales, a no ser que sean Made in China. Nos hicieron descubrir que la tecnología, además de volvernos zombies con contenidos vacuos de gente que no le aporta nada al mundo; también nos sirve para aprender un montón de cosas que antes pasábamos por alto: la educación virtual comenzó a ser parte del hoy de nuestras vidas, y no un asunto del mañana.
    Felizmente, nos han hecho ver el verdadero talante de los líderes que nos gobiernan, y así confirmamos lo mal liderados que estamos en todas partes. Si en ellos ciframos nuestra esperanza, estamos perdidos.
    Más allá de lo que pueda pasar en el futuro, la humanidad no olvidará que aparte de la pólvora, el papel, el Coronavirus y otros inventos de los chinos, el tapabocas estará sin discusión entre su lista de logros más premiados; porque aunque no haya sido inventado en la China, es el que mejor le viene a su gobierno.
    No nos alcanzará la vida para pagarles por su generosidad.

viernes, 17 de julio de 2020

Los malos ejemplos (La oposición)

Por  Juan Felipe Giraldo Trejos




    Si existe algo peor que estar bajo el mando de un gobierno incompetente y timorato, que es más lo que habla que lo que hace; es estar bajo ese mismo gobierno sabiendo que, además de blandengue y dubitativo, está refrenado por un sector que lo contradice en todas las cuestiones políticas, que no lo deja ejercer la poca autoridad que tiene, y que permanece como un caimán al acecho ante el menor de sus yerros; que es llamado precisamente el sector de la oposición.
    En Colombia, creado el Estatuto de Oposición en cumplimiento de la Ley 1909 de 2018 “para brindar garantías a los partidos u organizaciones políticas que se declarasen contrarios al gobierno”, se entendió que este era, no sólo para ejercer los derechos de representación ciudadana, sino para no dejar gobernar al que estuviera al mando, por muy acertado que fuera.
    Y así es como este grupo de oponentes se comporta en este país, en donde los ciudadanos somos muy dados a seguir facciones populares y llamados a resistencia por parte de caudillos demagogos, pues no somos capaces de enfrentar nuestra realidad, o no tenemos la voluntad para hacerlo. Es un mal ejemplo de todas maneras, y cabe dentro de los malos ejemplos que se han venido señalando en el transcurso de esta pandemia.
    Cuando se suponía que con el Estatuto se iba a “superar la polarización ideológica y avanzar hacia una sociedad que pudiera convivir en paz en medio de las diferencias”, se demostró que no es posible. La oposición ha mostrado su verdadero talante, su oportunismo, sus ganas de manipular y su mala actitud frente a las derrotas, pues al fin y al cabo no fue dicha bancada la que ganó las elecciones presidenciales.
    Resulta más cómodo criticar cuando es otro el que tiene la responsabilidad. Ellos, los gobernantes, que miren a ver qué hacen, pero si no lo hacen como a mí me gusta, la avalancha de críticas no se hará esperar; para la muestra, un artículo. Esa podría ser la lógica de la oposición. El panorama es muy complejo para cualquiera que esté al frente, sea de la corriente que sea. La crisis ha sacado lo peor de nuestra clase política, y los opositores no se quedaron atrás. La leña del árbol caído siempre es mejor para atizar la llama.
    Piden el retorno al confinamiento y un ingreso mínimo vital indefinido para todos los colombianos. Sería fantástico, pero lo segundo es utópico. Es darle la potestad al Estado para que nos mantenga, y desde luego restrinja nuestras libertades: Socialismo en su concepción más encubierta. El problema es que ese ingreso del que tanto se abanderan ellos tiene que salir de alguna parte, porque la ciencia de la economía no está soportada en los mismos principios de la magia. No es cuestión de imprimir billetes que se vuelven de mentiras. La economía debe estar en un equilibrio especulativo para que no se dispare la inflación ni se genere escasez. Ahora estamos viviendo de préstamos: medio comemos hoy para tener hambre mañana. ¿Y después qué?
    Habrá que volvernos a encerrar si nos toca, qué le vamos a hacer. Por lo menos así descongestionamos un poco la labor médica. Pero pasado el nuevo confinamiento, el Coronavirus seguirá acechando tras la puerta, y la gente estará vencida por el hambre y el desempleo. Urge salvar vidas.  
    La solución de la arenga y la exaltación del espíritu de rebeldía en el ciudadano, no sirve de mucho en esta instancia. No se logra que el problema se controle, aunque se ganan votos a futuro.
    Gustavo Petro, por ejemplo, el líder más visible de la oposición, llama a la desobediencia civil y a no reconocer al Presidente por sus presuntos nexos con la Ñeñe política y la compra de votos (asunto escabroso y denigrante para nuestra democracia). Está desatado contra las autoridades a las que quisiera derrocar.


    Que los mecanismos por los cuales el Presidente de la República ganó las elecciones hayan sido tramposos o no, eso está por definirse. Parece que el Fiscal no tiene afán. Pero que uno llame a la gente a la anarquía total para acrecentar el desgobierno en medio de una pandemia, eso sí me parece de lo más sucio que puede hacer la facción opositora en cabeza del caudillo mencionado. Si él estuviera al mando no permitiría ni que un simple ciudadano escribiera un artículo como este, ni que se le criticase. Creerse portaestandarte de la moral, y al parecer único dueño de ella, es la mejor manera de aprovechar el trágico momento y enfilar las baterías al poder, la causa única de sus desvelos. Es pescar en el río revuelto de nuestra política colombiana. Hay mucha conveniencia.
    Existe un verbo que se llama “perder”, y todos tenemos que aprender a aceptarlo en nuestro léxico moral. El día después de las elecciones de 2018, recuerdo que Petro, en lugar de reconocer su derrota, se puso a gritar a una multitud enfebrecida la pusilánime frase “¡resistencia, resistencia! No comenzaba el período presidencial y ya estaba instigando a la gente a salir a la calle, a protestar y a rebelarse porque su plan B iba a consistir en generar la total entropía para reinar en medio del caos; vieja táctica marxista. Su filosofía es la insubordinación, la imposición sobre las instituciones menos por la razón que por la fuerza, como todo buen revolucionario de armas sabe hacerlo. Tiene el apoyo de los partidos de izquierda porque corresponde a la medida de sus intereses.
    El encantador de las multitudes populares confía en su ejército de aduladores para que sigan engrandeciendo su imagen y limpiándole su pasado delictivo, tirando la cubeta del agua sucia sobre la reputación ya desfigurada de un Presidente al que le cayó el Coronavirus como anillo al dedo para desviar la atención, pero que pronto tendrá que dar muchas explicaciones a los colombianos que de buena fe votaron por él.  
    Igual todos siguen dando tumbos de ciego; los que mandan y los que no. Los líderes de la oposición tampoco me inspiran ninguna decencia, ninguna confianza. Uno sabe que tras el telón está la esencia de un engaño premeditado. También son un mal ejemplo a seguir

viernes, 10 de julio de 2020

Los malos ejemplos (Los políticos y funcionarios públicos)

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Peor que todas las pestes juntas en el fin del mundo, resulta ser la corrupta clase política colombiana. Y aunque me digan que políticos buenos sí existen, en este caso me toca generalizar y meterlos a todos en la misma bolsa, porque esto de robarle las ayudas a los pobres, no parece cosa de una o dos manzanas podridas, sino una consigna sistemática de quien ostenta un cargo público.
    Tiene que ser uno muy truhán, muy miserable, para aprovecharse del miedo de la gente, de su necesidad y de su sufrimiento. Así es como atentan contra las posibilidades de los más débiles, ya no de salir de la pobreza, sino de vivir. Es cierto, y lo digo con todo el sentido de odio que encierra la palabra: los políticos ladrones, los empleados públicos que se aprovechan de sus cargos para beneficiarse a costa de la tragedia de los otros, son unos malnacidos.
    Un presidente de la república que invierte miles de millones para mejorar su imagen que ya venía muerta desde que era candidato; un Fiscal y un Contralor, quienes en un abierto swinger político, se van de paseo a San Andrés con esposa e hija y amiga; un opositor férreo y resentido, con ansias de poder —para que le toque raspar algo de la olla— que llama a la desobediencia civil y a la anarquía; un gobernador que hace un contrato de dos mil millones para pagar unas charlas en plena cuarentena dizque con el propósito de evitar el Coronavirus, y resulta que su departamento terminó siendo una danza trágica, todo por no haber invertido ese dinero en lo prioritario, que eran compras de insumos médicos, pagarle a los trabajadores de los hospitales, y tener elementos de protección; un alcalde de un pueblo que adquiere mercados con un 374% de sobrecosto, no porque el mercado haya valido mucho, sino porque lo inflan en el papel para que ese restante… ¿se justifique?; otro alcalde, este ya de una capital, que firma un contrato de mil quinientos noventa millones para algo que ni él mismo sabía qué era; más gobernadores y alcaldes a lo largo y ancho del territorio nacional estampando firmas a dos manos, aprovechando que era el momento de sacar ventaja: ahora o nunca, se dijeron, y con la gallardía que los caracteriza se lanzaron por lo suyo; concejales, diputados, ediles, secretarios de despacho y funcionarios de cualquier pelambre, todos ellos asaltando las arcas; no son sino el reflejo de que estamos subyugados por seres cuya condición de humanidad pongo en duda. No son sino lacras con cédula de ciudadanía, con título, o a veces ni eso. Estos son los villanos reales de nuestro país. El Coronavirus no habría podido lastimarnos tanto si los funcionarios no nos hubieran despojado del dinero que necesitábamos para adquirir las armas con las cuales enfrentar a ese enemigo.
    Se habla en los medios periodísticos de por lo menos cuatrocientos veinte mil millones de pesos que se han robado desde que comenzó la pandemia en Colombia. Los contratos chuecos y sin control, los ajustes, los favorecimientos y las partiditas de la tajada que se siguen dando, fueron los mecanismos de los cuales se valieron nuestros distinguidos representantes. Al fin y al cabo ahí está el pueblo para que responda. Aún falta lo peor, y es la Reforma Tributaria que nos anuncian como sin querer queriendo, como para no preocuparnos de a mucho, pero que es el as bajo la manga del gobierno para cubrir tanto endeudamiento. Es que aquí entre nos, estamos arruinados. Este país no es viable, y a nuestros vecinos no les va mejor.
    Ese platal que nos hurtaron habría alcanzado para dotar de insumos médicos a por lo menos cien hospitales, o para sostener a cuatrocientas cincuenta mil familias pobres durante un mes, o para la alimentación escolar de los niños de todo Bogotá durante seis meses, o para cualquier inversión social que se requiriera con urgencia, pero no que esa plata fuera a parar a los bolsillos de los malditos corruptos: nuestros políticos que nos gobiernan y los funcionarios de nuestra burocracia.
    Así las cosas, ya sabe uno que no es que la plata no alcance para lo que se necesita; es que esos gasticos extra que tienen nuestros dirigentes —y que raras veces nos damos cuenta cuáles son—, son los que hacen que la plata realmente no alcance: corrupción en su más podrida expresión.
    Para quienes rigen nuestros destinos nunca es suficiente. Por ello entiende uno por qué tanta sonrisa, y tanto cartel con rostros de amabilidad en tiempos de campaña. La pelea de los unos con los otros, y los debates por demostrar que los sucios son los del bando contrario, no son más que el resultado de las ansias de poder. ¿A cuál de ellos le importa el futuro del país y le duele la desgracia de su gente? Porque no se trata que los de tal o cual corriente sean los buenos o los malos, sino de entender que ellos están ahí luchando por sus intereses particulares: saben que tienen poco tiempo antes que se cierre el grifo del desfalco. Por tal razón roban lo que pueden, y si no roban más no es por falta de voluntad, sino por la imposibilidad humana de abarcarlo todo, pues la competencia es mucha.    
    Nuestros políticos, nuestros funcionarios, encarnan el mal ejemplo que al parecer todo colombiano rechaza de palabra, pero que no dudaría en seguir si se le presentara la oportunidad. Sólo es cuestión de catapultarlos a los cargos de poder y la conversión del otrora buen parroquiano en una voraz plaga, se da como por encanto. Tal vez es culpa de nosotros mismos por no ser capaces de impedirles ascender en su carrera despiadada hacia la cima desde donde nos controlan; porque nos hemos dejado engatusar siempre con sus mentiras y su cinismo.
    Llegará el día en que justos y pecadores nos encontremos a las puertas del cielo clamando entrar. Estaremos mezclados todos, ciudadanos y políticos, después de haber muerto por enfermedad, por hambre o ambición. Habrá entonces que mantener los ojos bien abiertos porque estos últimos, intentando no ser despedidos al infierno, nos habrán robado el alma.

domingo, 5 de julio de 2020

Los malos ejemplos (Los ciudadanos)

Por  Juan Felipe Giraldo Trejos




    El mundo pasa por uno de los períodos más amargos de su historia, pero todavía podemos encontrar gente que goza, que baila, que se ríe de la situación y se emborracha. Festejan porque en el fondo están tristes y abatidos, y mejor se entregan a los desafueros de la juerga desafiante como un preludio del llanto desconsolado que les aguarda. Hacen fiestas clandestinas en medio de la prohibición porque así resultan más emocionantes; y a falta de un mejor aliciente en la vida, no queda más elección que comer, beber y consumir compulsivamente.
    Así que en muchas partes del mundo, y especialmente en Colombia, que hasta hace poco tenía el galardón de ser el país más feliz, los seres humanos asumimos la pandemia como excusa para la parranda y el desorden. Si la consecuencia es que disparemos los contagios por Covid-19 y enfermemos a nuestros padres y abuelos, no importa, porque los despediremos con el recuerdo feliz de nuestra última borrachera.
    La gabela que nos da el gobierno de comprar con una pequeña rebaja no la podíamos desaprovechar. Los ciudadanos, ávidos de salir a la calle y adquirir bienes y servicios, al parecer también nos hemos dejado contagiar de esa otra enfermedad que se llama consumismo. Salimos en masa a morirnos con el descuento del 19%, la gran medida para reactivar la economía y de paso reducir la población. Tal vez no dejemos un legado a nuestros hijos, pero les dejaremos el televisor moderno o la tableta de moda, que eso es lo que más importa en este tiempo vacío. ¿Para qué valores si se nos está acabando el mundo? Dediquémonos a la francachela y a llenarnos la cabeza con cuanta porquería de entretención nos ofrecen los aparatos de última tecnología, que es lo único que nos hace felices. Ese pensamiento decadente es el que nos correspondió a esta generación perdida.
    Y están también los que no hacen fiesta ni compras compulsivas, pero que quieren gozar de su libertad. Los que se estresan por el encierro, los que no soportan un hogar que se les ha vuelto un infierno con la obligada convivencia. Es entendible su situación. El individuo se encuentra agobiado por una rutina denigrante, preso en las cuatro paredes de su casa, así que decide salir enfrentando todos los riesgos, porque se dio cuenta, mucho antes que las autoridades, que la cuarentena no funciona. Con el tapabocas en la cumbamba para burlarse de las medidas sanitarias se sientan en los parques, hacen deporte, sacan el perro a orinar para así poder charlar con los vecinos, y pasean de aquí para allá sin que haya una necesidad prioritaria en su motivo de salida. Son los temerarios, los que no creen que esto es de verdad, los que van tranquilamente por la vida mofándose del virus porque piensan que a ellos no los toca.
    El confinamiento, con todas las excepciones, fue quebrantado hace mucho rato por la voluntad del pueblo, y ya uno se encuentra con que la cuarentena es tan virtual como la vida a la que nos quieren someter por el efecto Covid.
    Los libertarios exigen el derecho a movilizarse, a salir a la calle y a disfrutar de tiempo para la contemplación y respirar aire puro. Pero no se han dado cuenta que los dueños de la conspiración —que yo sí creo que existe—, hace rato nos vienen quitando el valor supremo de nuestra libertad, pues poco a poco estamos dejando de ser los dueños de nuestro destino.
    Primero la libertad y luego la vida. Tan desesperados estarán por aniquilar al grueso de la población mundial, que nos quieren mandar todos los males a la vez, como si se hubieran puesto de acuerdo. Más les hubiera valido crear una guerra o mandar un asteroide a que se choque con la Tierra, pero al parecer de lo que se trata, es de hacernos sentir miedo y matarnos lentamente.
    Como no han valido los huracanes, las inundaciones, los sismos, los tsunamis, la locura colectiva, los asesinos seriales, las crisis económicas que están aumentando la pobreza, ni la guerra misma; y como el Covid-19 va tan lento —aunque sí muy seguro—, desde ya la humanidad tiene que lidiar con el polvo del Sahara, con el enjambre de langostas, con otra gripa porcina, y con que vuelve La peste negra, para acabar de completar. ¿Qué más hay?
    Yo no sé quiénes serán los que están manipulando esto; si el grupo de los Iluminati, los reptilianos, los planetarios, los masones, o si es que están desde el cielo orquestando el Armagedón. Lo cierto es que tienen locos a los pobres ignorantes de la tierra que no ven otra salida que aplicar la sabia máxima del hedonismo: “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Así entonces, hoy bailan ebrios y luego van a desquitarse con los médicos porque se enferman.
    Los ciudadanos, las víctimas principales de esta desgracia, también somos los primeros en tomar la conducta equivocada. Nos dijeron al principio muy clarito: “Sólo podremos vencer este mal actuando en comunidad, colectivamente”. Lo que pasa es que se les olvidó decir que los seres humanos somos, ante todo, seres individuales; y en la más radical acepción del individuo moderno, este tiene la libertad de hacer lo que se le da la gana. En Colombia sí que es cierto: no hay autoridad que pueda vigilar y controlar a cada uno de los casi cincuenta millones de compatriotas que quieren hacer lo que les da la gana.
    Nos justificamos los ciudadanos en la premisa de que nos quitan nuestro derecho a la recreación, a ser libres y demás. Lo cierto es que hay una amenaza de muerte que nos concierne a todos, y seguimos multiplicando el mal ejemplo de la irresponsabilidad. Ahora no es tiempo de hacer fiestas, ni salir en masa a realizar compras. Salgamos estrictamente a lo necesario: trabajar, comprar alimentos o medicinas; no a hacer vida social.
    No hay nada que celebrar, salvo el hecho de cada día amanezcamos con vida, y eso ya es mucho decir. Y para eso no necesitamos emborracharnos.



miércoles, 1 de julio de 2020

Los malos ejemplos (El gobierno nacional)

Por  Juan Felipe Giraldo Trejos



En un artículo anterior que lleva por título “Los malos ejemplos”, me centré en Fecode, uno de los que a mi parecer, es promotor del mal ejemplo y la doble moral en medio de la pandemia. Sus miembros dicen que es peligrosa la reanudación de las clases presenciales y que no tienen las garantías de seguridad para la reapertura de los centros educativos (cosa que es cierto), pero a la hora de convocar paros y plantones en las ciudades, y aglutinarse por centenares en una plaza, no tienen ningún inconveniente en salir y generar focos de contagio. Mal ejemplo. Doble moral.
    Pero otros actores en esta pandemia contra los que uno tiene que sentar una voz de protesta no se quedan atrás. Sé que me van a faltar muchos, pero aquí trataré de señalar los más destacados, o por lo menos los que se me vienen a la cabeza en este momento en que vamos en la curva ascendente del Coronavirus.

El gobierno nacional

    Los colombianos veníamos sospechando desde hacía rato que estábamos en manos de un zopenco, pero como en este país los únicos que tienen “liderazgo” (que por cierto es muy negativo) son de la izquierda radical, nos dimos la pela  y pretendimos creer que aquel sería un muchacho obediente y sensato mientras aparecía algún buen prospecto en los siguientes cuatro años. Porque en Colombia siempre estaremos esperando el milagrito. Pero el muchacho se creyó muy capaz él sólo, y para no quedar mal, quiso congraciarse con todo el mundo y quedó peor de mal. Ya tarde debemos aceptar que estamos en ese gobierno de transición que tanto pedían Timochenko y sus secuaces antes de dar el salto al Gran Socialismo para el 2022, con ayuda del Covid, si el diablo lo permite. En manos de un presidente con temple de gelatina estamos combatiendo la pandemia, y como lo que no tiene de estadista lo tiene de presentador de televisión, gracias al virus encontró su verdadera vocación: dirigir un show vespertino que lo mantuviera entretenido y motivado a pesar del bajo rating.
    Que el presidente y todo su equipo hayan enfrentado la situación bien o mal, eso sólo la historia lo juzgará. Hace apenas dos meses La ONU reconocía la buena gestión del gobierno en el manejo de la pandemia. Hoy estamos asustados porque vamos subiendo en las cifras de contagio y presagiando la misma tragedia que se presentó en Europa, en Nueva York; o la que se presenta en Brasil y en Chile. Y lo peor es que es muy previsible que eso ocurra aquí, ¿por qué tendríamos que ser la excepción mundial? Pero ciertas decisiones que a uno le parecen salidas de toda lógica no fomentan la confianza en nuestras autoridades.
    La primera y más infame de todas, fue tirarse la cuarentena que muchos habíamos hecho: un día sin IVA. Una terrible necedad. Después de restringirnos la libertad durante más de dos meses, prohibiendo incluso el derecho al trabajo de los más pobres, se beneficia a las grandes superficies legalizando la salida en masa de ciudadanos borregos que no sabían que eran objeto de un experimento del poder. Se prestaron para eso, y ahora estamos sufriendo las consecuencias de una decisión que nos puso en el ridículo mundial. Como quien dice, si se van a contagiar, que se contagien los más majaderos, que esa especie abunda en nuestra patria. Claro, con razón nos dejaron salir. Y eso que el viernes será el próximo experimento de la alianza IVA-Covid 19, cosa que en nada ayudará a resolver la crisis económica.
    Otro desacierto fue no haber impedido el aterrizaje de los vuelos internacionales que llegaron de Europa y Estados Unidos, pues la plaga vino con los más de ciento cincuenta viajeros infectados y a ninguno se puso en cuarentena obligatoria, cuando esto estaba comenzando. En ese entonces habría sido más fructífero el aislamiento con las puertas cerradas. De todas maneras el virus iba a entrar como fuera, y a nosotros nos llegó más tarde que temprano, lo cual fue una ventaja que no se aprovechó: no nos preparamos para habernos abastecido de respiradores, de insumos médicos, de camas hospitalarias, de equipos de protección y todo lo que se hubiera requerido. Perdimos dos meses valiosos.
    Y qué decir de la ayuda inicial del gobierno a los “pobres”, entregándole la plata a los ricos de la banca. Estos otorgarían préstamos a los pequeños y medianos empresarios, quienes no tenían cómo respaldar la deuda por encontrarse al borde de la quiebra. Pocos fueron los beneficiados. Al final, como siempre, el sistema financiero fue el gran beneficiado con todo este acabose.
    Y como si fuera poco nos piden que nos portemos bien y seamos austeros, pero nos damos cuenta de las compras de camionetas blindadas para la presidencia, o del aumento de la burocracia con nuevas consejerías y consulados para nombrar a los amigos y pagarles los favores políticos. Mientras tanto, cinco millones han perdido el empleo, y presupuestamos un 65% de deuda pública. Así muy difícil enfrentar una crisis.
    Surge entonces el dilema entre volvernos a encerrar o seguir abriendo la economía gradualmente. La pugna entre la alcaldesa de Bogotá y el gobierno nacional es un río revuelto en el que el Coronavirus aprovecha para pescar, pues tiene todo a su favor: división política, conflictos de autoridad, inseguridad económica, indisciplina social, y un pésimo sistema de salud. La mejor mezcla para una orgía de muerte.
   Ya echados al ruedo, el presidente nos advierte que nos preparemos para un largo período de pandemia. Lo que es él, ya no volverá a las medidas anteriores que hoy tanto reclaman desde la alcaldía de Bogotá y los sectores de la izquierda, como la cuarentena obligatoria por segunda vez. Dice que ya no es factible, supongo que porque le terminarán exigiendo que pague la renta básica vital indefinidamente, lo cual acabaría por rematar la incipiente economía que queda en el país: el resultado es que se quebraría la empresa privada y el Estado pasaría a ser el controlador absoluto de nuestra libertad, como en el socialismo, qué dicha. Pero ese es otro tema.
    En fin, creo que el gobierno dio un paso en falso al ponernos en cuarentena para después arrepentirse y dejarnos salir, tentados por un incentivo innecesario, como las reses en busca de pasto. Al fin de cuentas sabe que quien se contagia más fácil es la clase trabajadora, los estratos medio y bajo. Los más pobres no tienen ni con qué comer, y los ricos tienen a quién mandar o compran por internet. El resto no interesa. Las cifras se disparan; la respuesta es seguir manejando la ortodoxia y actuar como si no pasara nada, hablando en el programa vespertino de las maravillosas medidas que se toman para combatir un mal sin solución que nos está dejando cada vez más muertos. En caso contrario, corremos el riesgo de salvarnos y seguir sufriendo en esta incertidumbre, indignándonos con el mal ejemplo y las salidas en falso del gobierno.

01/07/20

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...