sábado, 30 de julio de 2022

Pedirle perdón al agresor

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






     El pasado 26 de julio, la imagen del Papa Francisco pidiendo perdón una vez más—por los pecados cometidos por miembros de la Iglesia católica le dio la vuelta al mundo. El acto se rindió en la localidad de Maskwacis, en Canadá, ante más de dos mil personas, entre ellas los representantes de los jefes de los pueblos originarios. Al día siguiente celebró una misa ante 50.000 personas, y allí volvió a pedir perdón a los indígenas por “el mal que tantos cristianos les hicieron” durante la colonia y por la “cooperación e indiferencia” de la Iglesia.[1]

    Esta situación, que fue hábilmente capitalizada por el presidente de Canadá, Justin Trudeau, le estaría representando al mandatario la aprobación por parte del Legislativo de un extenso paquete presupuestal con el que financiaría la agenda indigenista que desde su gobierno globalista se está promoviendo. Dicha agenda, además, viene acompañada de una campaña mediática contra la Iglesia católica, la cual ha redundado en la quema de templos y parroquias por parte de activistas violentos, luego de que se conocieran los “hallazgos” de las fosas comunes en 2021 en donde se presume que estarían enterrados niños indígenas sin ninguna identificación.

    En los medios hegemónicos se acusó a la Iglesia de colaborar con el genocidio perpetrado contra los niños de los internados durante los siglos XIX y XX. Los pueblos originarios invitaron al Papa a su territorio para que este ofreciera unas disculpas, tanto por ese hecho puntual, como por todo el “genocidio cultural” que, según ellos, ha cometido la Iglesia desde el período de la conquista de América.



    Pero una cosa son los errores que la Iglesia cometió en el pasado, y por los cuales está bien que pida perdón, como los abusos de la Santa Inquisición, las cruzadas financiadas por los papas de la época, o la colaboración de algunos de sus miembros con las potencias colonialistas que maltrataron a los indígenas; y otra cosa es el hecho puntual de los hallazgos de las fosas en las escuelas residenciales indígenas de Canadá. De hecho, el Papa mismo reconoció que “las políticas de asimilación y desvinculación, que también incluían el sistema de escuelas residenciales, fueron nefastas para la gente de estas tierras”.[2] Pero su perdón no se suscribió a ese episodio, y ese es el sinsabor que dejó entre los activistas anticatólicos que lo han atacado.

    El hecho de las fosas se descubrió tras la implementación de un sistema de GPR (radar de penetración del suelo) que rastreó una depresión en la superficie de un huerto de manzano perteneciente a una escuela residencial. Ese hallazgo condujo a formular la hipótesis de que había un cementerio indígena allí debajo, repleto tal vez de niños. La noticia se fue regando como pólvora hasta desencadenar toda una leyenda que condujo a pensar que en la escuela residencial india de Kamloops, una de tantas en Canadá, había alrededor de 215 cuerpos enterrados, muy posiblemente como consecuencia de tortura y asesinato.[3]    

    La noticia la anunció una jefa de una de las reservas indígenas canadienses, la cacica Rosanne Casimir[4], que ayudó a levantar un informe en el que se establecía el número de víctimas probable, sus edades, el grupo tribal al que pertenecían y la época por la que pudieron haber sido enterrados estos cuerpos. Lo que estaba haciendo esta persona, era proporcionar una estadística de algo que no podía saber sin antes haberse hecho una excavación arqueológica o un trabajo forense. Estaba especulando.



    El gobierno de la población en donde se ubicaba la escuela prohibió el acceso al terreno. No hubo una investigación científica, no hubo hallazgo de evidencia, nadie vio las pruebas ni los 215 cuerpos, pero la leyenda lo dio por cierto y una nueva verdad estaba cobrando forma en la sociedad: la retórica se impuso sobre la realidad.[5]

    Como consecuencia de la noticia, unas sesenta iglesias católicas fueron quemadas en Canadá por los fanáticos y activistas radicales que “luchan” por los derechos de los pueblos originarios, a pesar de que muchos de ellos ni siquiera son indígenas, sino blancos ideologizados en las universidades que detestan a la Iglesia. A diferencia de los indígenas, a los miembros de la comunidad católica nadie les ha pedido perdón por profanar sus templos, pero una vez más el lenguaje sirvió para modificar los hechos.

    La realidad es que esos cuerpos hasta el momento no se han exhumado y no se sabe cuántos sean. En los registros de British Columbia, la provincia donde se supone que se encuentran las fosas, sí se reportan cuatro niños indígenas enterrados allí en toda su historia, producto de muerte por enfermedad. Pero hay que tener en cuenta que en Norteamérica la población indígena fue aislada en reservas durante parte de la colonización, y era en estas tierras en donde se depositaban a los muertos.



    Son muy variadas las causas para que se hable de la existencia de estos cementerios indígenas, y entre ellas está la asimilación cultural, que fue una política del gobierno canadiense desde el siglo XIX, consistente en que los niños debían ser separados de sus familias para educarlos en reservaciones y mantenerlos allí, de manera que cuando crecieran se articularan sin problema a la sociedad o decidieran retornar a su mundo de barbarie. Pero se comprobó que los niños nunca volvían con sus familias. Fue una forma de civilizarlos a la fuerza, privándolos de su libertad, su lengua y sus costumbres.

    Producto de la leyenda del “genocidio” en que la Iglesia tuvo participación, por cuanto los internados eran administrados por sus funcionarios, Justin Trudeau y varios grupos de indigenistas no necesariamente indígenas exigieron la mentada disculpa del papa Francisco. Lo lograron el pasado martes, cuando este estuvo de gira por el país. La idea era hacerle pedir perdón por la participación de la Iglesia en las escuelas residenciales, también por la “doctrina del descubrimiento”, y por el “genocidio cultural”.

    De las fosas no dijo nada el Papa. De los otros dos puntos tampoco. No sabemos si él estaba al tanto de las intenciones del gobierno canadiense y los indigenistas, pero al parecer, estos no quedaron contentos con el perdón que pidió Francisco en nombre de la Iglesia. Querían que se responsabilizara de más culpas, entre ellas, la de las fosas no verificadas.

    Sabemos que el perdón es una gracia divina que se le pide al ofendido y en él hay implícito un acto de humildad y de arrepentimiento. Pero pedir perdón por una ofensa que no se ha cometido es un acto de humillación innecesaria.

    No sé si el Papa busca ganar adeptos para la Iglesia acercándose a los pueblos originarios y pidiéndoles perdón; si lo hace por estrategia o con la mejor de las intenciones. Lo que sí creo es que el Papa dejó inconformes tanto a católicos como a indigenistas por la ambigüedad de sus palabras. Al final no le dio gusto a nadie.

    Para los primeros fue un reconocimiento de debilidad que robustece la agenda laicista y los humilla como si estuviera sugiriendo que es un error hacer parte de esta fe cristiana. Para los segundos fue un gesto insuficiente; una deuda que todavía le seguirán cobrando. Por eso digo que no sé cuál es el propósito del Papa, en qué bando estará jugando, pero su falta de posiciones férreas nos confunde a todos.



    En todo caso, no puede afirmarse que las muertes de niños indígenas en estos internados de Canadá son por culpa de la Iglesia Católica, o que los mató la Iglesia. De hecho, la investigación sobre el cementerio indígena hallado por radar bajo la escuela de Kamloops arroja un dato no menos importante: la escuela fue fundada por un cacique que trajo a los sacerdotes católicos para que estos ayudaran a formar a los jóvenes de la comunidad indígena. Lo que hubo allí también se debió a una cooperación; un trabajo conjunto con las comunidades nativas.[6]  

    No todo fue una culturización a la fuerza. Muchos padres indígenas estuvieron de acuerdo en enviar a sus hijos a estas escuelas motivados por la enseñanza que se les impartiría para la formación laboral y la posibilidad que tendrían de condonar sus deudas y salir de la pobreza. Los resultados fueron positivos al principio. Más tarde, la falta de fondos para financiar los centros desencadenó en una serie de problemas de mal nutrición en los niños por la mala alimentación, de maltrato por trabajos en condiciones forzosas, de humillaciones, encierros, agresiones sexuales, y malas condiciones higiénicas y de salud. Tampoco hubo maestros capacitados ni directivos interesados en mejorar la situación. Los niños fueron abandonados a su suerte y muchos de ellos murieron congelados o devorados por animales al intentar escapar. El internado se convirtió en una prisión injusta y denigrante.

    La violación sistemática de los derechos de los niños indígenas se debió más a una política de Estado que a una doctrina católica. Los colegios fueron promovidos, financiados y desarrollados por el gobierno canadiense de la época. De modo que para ser justos, el primero que debería pedir perdón, y de rodillas, debería ser el mismo Justin Trudeau, cuyo padre fue presidente cuando aún los internados no habían dejado de funcionar.




    Pero como este es el mundo al revés, más vale que los agredidos le pidan perdón al agresor.

    Francisco, como el papa humilde que decidió asumirse, prefiere bajar la cabeza y pedir perdón a los pueblos indígenas de Canadá por el daño que hicieron tantos sacerdotes católicos que colaboraron con la política de maltrato y segregación. No por lo que hizo la Iglesia, sino por lo que hicieron los hombres de ese tiempo que sirvieron para la Iglesia. Y muchos indígenas que son católicos han aplaudido ese gesto.

    Los indigenistas (que no es lo mismo), por su parte, lo rechazan. Con Trudeau a la cabeza quisieron poner de rodillas al Papa por el supuesto "genocidio cultural” (que no es otra cosa que la evangelización por la cual el mundo occidental conoció a Cristo), al que la Iglesia sometió a los niños. Pero es el Primer Ministro de Canadá el que soterradamente está restringiendo la libertad de los que no quieren admitir sus políticas. ¿Y en frente de ese agresor es que hay que pedir perdón?

    Por ahora la estrategia con el Papa le salió a medias a Trudeau. Con eso le basta... por ahora.  



    Lo cierto es que si la Iglesia de hoy tiene que pedir perdón por algo, debe ser por todos aquellos errores y trasgresiones que no ha logrado reconocer y que sí han constituido un lunar grande de su historia. La pederastia de algunos de sus miembros, por ejemplo, es algo que todavía el papa Francisco no ha aclarado lo suficiente y aún quedan muchas dudas, como por ejemplo por qué ha permitido que parte del cuerpo eclesial que ha estado involucrado en hechos escandalosos y reprobables se siga manteniendo con sus privilegios incólumes. ¿Por qué no se ha hecho la purga a la institución que desde los días de Benedicto XVI ha tenido que hacerse? El anterior Papa renunció por su incapacidad para deshacerse de la olla podrida que existe adentro. Al parecer, Francisco está en la cuerda floja en estos momentos por causa de la misma olla… y de otras.

    Pero pedir perdón por hechos que ni siquiera la evidencia ha constatado es darle gusto a la propaganda para que se pueda llevar a cabo el plan de desprestigio contra el catolicismo y convertirlo así en una religión vergonzante.

    Por eso vuelvo y digo, no entiendo qué le pasa al Papa. Si acaso él es tan noble y bueno (o tan ingenuo) como para dejarse manipular por Trudeau con la progresía en pleno y asumir una culpa que no le corresponde a todos los católicos; si es un estratega que se hace el pagano para ganarse a los impíos y colocarlos del lado del evangelio; o si de verdad hace parte de esa misma ala de la Iglesia que ha pactado con la mentalidad del mundo, y que en ese afán liberalizador y unificador se ha dedicado a expandir el mensaje del todo vale; del abrazo fraterno de los unos con los otros olvidando la justicia y la verdad; del pedir perdón así no haya motivos.



    En todo caso, la Iglesia es un ente vivo, y a pesar de los errores de sus líderes, es un cuerpo que hay que rescatarlo. Porque un golpe de muerte al catolicismo no es un triunfo para las iglesias separadas de su evangelio, sino el advenimiento de lo que planean realizar lentamente con la distorsión de la verdad: la desaparición total del cristianismo.

    Luchar por no dejar morir la cristiandad, independientemente de cuál de sus ramificaciones se reafirme, es un propósito que debe hacerse la civilización occidental. De lo contrario, preparémonos para una nueva inquisición, esta vez de corte secular, pero posiblemente más férrea y despiadada que la que tuvimos en la edad del oscurantismo por cuenta es cierto, de la facción más totalitaria de la Iglesia de aquellos tiempos.

    Porque esta neo-inquisición, que no respetará la ciencia, la fe, la tradición, la lengua, los valores ni la nacionalidad, se encumbrará en nombre de la diversidad y la inclusión, de los derechos de las minorías, de la santificación del medio ambiente, y de todo aquello que conduzca a pensar que no se justifica la existencia del Hombre (en especial del hombre blanco, heterosexual y capitalista) sobre la faz de la tierra.



[1] https://www.elmundo.es/internacional/2022/07/25/62dedc6ff

dddff5e7d8b4582.html           Última visita: 30/07/22

[2] Ibid.

[3] https://cnnespanol.cnn.com/2022/03/02/canada-169-posibles-tumbas-sin-marcar-antigua-escuela-residencial-autoridades-trax/#:~:text=En%20mayo%20de%202021%2C%20la,escuela%20residencial%20india%20de%20Kamloops     Última visita: 30/07/22

[4] https://www.euxinos.es/2021/10/18/los-internados-de-la-muerte-el-atentado-cultural-contra-los-ninos-nativos-de-canada/    Última visita: 30/07/22

[5] https://pablomunoziturrieta.com/2022/01/26/era-mentira-no-encuentran-ningun-cuerpo-enterrado-las-escuelas-residenciales-en-canada/     Última visita: 30/07/22

https://www.dorchesterreview.ca/blogs/news/in-kamloops-not-one-body-has-been-found   Última visita: 30/07/22 

[6] Ver video: El papa pide perdón a indígenas: desmontando leyendas negras con Mamela Fiallo, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=mSSnw2Ez9MI    consultado el 30 de julio 2022



sábado, 23 de julio de 2022

Entre la progre y el facho

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Rupertino Díaz volvió a encontrarse con su amiga Cata, La Progresista, luego de un par de años de no verse. La halló tan extremadamente opuesta a lo que él ya era en ese momento, que rápidamente se percató de lo poco o nada que tenían en común, y que si se seguían considerando amigos, era por rendirle un tributo al pasado, cuatro años atrás, cuando se conocieron sin que saltaran a la vista las diferencias. Cata, por su parte, lo encontró gordo y apendejado, y hasta un tanto chocante con los temas de conversación que proponía, pero aún lo seguía viendo como a un buen tipo y le tenía algo de cariño. Además, la situación no estaba como para descalificar a los hombres así no más por cualquier defecto: se sentía sola.  

    Él mismo fue quien le puso el remoquete a su querida amiga (sin que ella lo supiera, por supuesto), luego de haber sostenido con ella no pocas discusiones sobre política. Pero en realidad no fue ese el primer apodo que le endilgó. Recién que la conoció, la bautizó en secreto como Cata, La Marxista, pues por esos días ella se mostró abiertamente partidaria de las ideas de izquierda y seguidora del que en ese entonces era candidato a la presidencia de su país: el exguerrillero.    

    La elección presidencial se llevó a cabo, y el que se subió al poder en esa ocasión fue el candidato imberbe, quien recogería las supuestas banderas del patriarca. Al fin terminó gobernando a su manera para que los enemigos no le dijeran que era una marioneta, ni lo pintaran como un cerdito obediente. Su gobierno no fue más que un bosquejo, un intento de darle gusto a todo el mundo sin darle gusto a nadie; una parodia, un saludo a la bandera, un simulacro, una cortina de humo, un acto de prestidigitación. Al pobre presidente imberbe le pesó la falta de experiencia y la oposición se lo comió vivo, tanto que casi le arman un bogotazo y por poco lo sacan corriendo del Palacio de Nariño.



    Como a Cata le simpatizaba el exguerrillero y repudiaba al presidente imberbe, Rupertino creyó que era marxista, pero se dio cuenta, cuando leyó acerca del tema, que la ideología de Cata poco tenía que ver con Marx. A ella le gustaba el capitalismo, entendido en su subconsciente como el derecho de todos los seres humanos a vivir dignamente: viajar en primera clase; comer en buenos sitios; vestirse como una hippie, aunque con ropa de marca; tener un aparato móvil de última tecnología sin importarle que fuera producido con mano de obra esclava en China; estudiar en Estados Unidos; vacacionar en Europa y en Turquía; relacionarse con hijos de políticos influyentes adeptos al partido comunista y cultivar amistades del ámbito académico estatal.

    Por otra parte, le gustaba juntarse con los desfavorecidos en calidad de benefactora: comer con ellos en el suelo, hacer paseos de río, hablarles de la desigualdad social por culpa de los fachos, de los blancos, de los hombres, de la tradición hispana, del patriarcado, del imperio, de la Iglesia, de Álvaro Uribe, de Donald Trump, de Cristóbal Colón y de George Washington. Vituperaba al gobierno oligarca del imberbe que sólo estaba ahí para favorecer los intereses de los ricos y los privados. Alentaba a sus alumnos a votar por el cambio y les enfatizaba la importancia de reclamar sus derechos al Estado. Fue una líder activa en las llamadas protestas sociales que por poco acaban en guerra civil durante mediados de 2021; movilizó a cuanto amigo y conocido pudo movilizar. Siempre se mostró solidaria y comprensiva con los grupos sociales minoritarios que volcaban su identidad exclusivamente en aquella condición que los hacía diferentes. Siendo de clase acomodada, ella se veía como una privilegiada con respecto a sus amistades, y en el fondo se sentía culpable por semejante inequidad. Su padre, un profesor con doctorado de la Universidad Nacional que siempre vivió del Magisterio, ya pensionado y disfrutando de su retiro con holgura, le inculcó a su hija la importancia de la educación gratuita y de calidad, aunque fue el primero en mandarla a estudiar al exterior endeudándose hasta el cuello, y esa fue una de las banderas por las cuales luchó Cata mientras ella también ejercía la docencia en la Universidad Tecnológica de su ciudad, aunque con un título en Filosofía y Letras (o de cualquier carrera de humanidades) de la Universidad Estatal de California.



    Muy pronto comprendió Rupertino que a Cata no le interesaba una revolución obrera, como a Marx, sino una revolución de las ideas. De modo que esa cultura rígida, conservadurista, retrógrada, nacionalista, mojigata y camandulera que venía heredando el país desde los tiempos de la colonización, era lo que Cata quería sepultar tres metros bajo tierra.

    Así que Rupertino entendió la diferencia: Cata no era marxista propiamente. Si lo había sido, ya su pensamiento había dado un vuelco hacia la nueva concepción de la izquierda: Cata era progre, progresista, de avanzada. Esa palabrita que estaba tan en boga y que representaba la panacea de las ideologías; tal vez un eufemismo para no decir socialista, aunque tampoco era exactamente lo mismo. La habría podido bautizar como Cata, La Mamerta, pero no hubiera querido faltarle al respeto. Además “progresista” sonaba para sus militantes a modernismo, a futuro, a bienestar, a éxito, a iluminación. Cuán contraria era esa ideología a todo eso.  

    Por ello Rupertino decidió cambiarle el rótulo a su amiga y la inauguró como La Progre. Ya no más La Marxista.



    Todo esto para entender por qué entre Rupertino y Cata no era posible establecer una relación que fuera más allá de la amistad: los separaba la política. Incluso dicha amistad se veía a veces entorpecida por esos temas de conversación que resultaban inevitables para dos apasionados críticos de la situación del país y del mundo, y que no estaban dispuestos a transigir en sus opiniones.

    Cuando el uno tomaba la palabra, el otro se la tenía que arrebatar. Se trenzaban en batallas delirantes por quitarse la razón e imponer la suya propia. De esas discusiones siempre salían desgastados, maltrechos, derrotados, impotentes. Odiándose, pero queriendo saldar las diferencias en un colchón en donde pudieran revolcarse con saña y con pasión. A Rupertino le desesperaba que Cata fuera tan inteligente, tan arrogante e indomable; a Cata le enardecía que Rupertino no avanzara con una proposición indecorosa para negarse y hacerlo rogar después por sus encantos. En lugar de halagar su belleza, él la refutaba por su punto de vista.

    La noche en que se encontraron fueron a tomar el típico café. Reanudaron el contacto y quedaron de salir en una cita planeada para compartir sin los afanes del rencuentro casual. En el fondo se deseaban, se querían comer a besos apasionados. Al mismo tiempo se detestaban por diferir tanto en su forma de pensar. Tendrían que haberse ahorrado cualquier tema de conversación e ir directamente a la cama sin decir ni una palabra, pero los prejuicios morales de Rupertino, que era el conservador de la amistad, oponían una barrera difícil de franquear. Cata, por su parte, deseaba que él fuera un tipo abierto, moderno, jovial, aventurero, amante de la naturaleza, extrovertido, revolucionario, combativo, líder, apasionado. ¿Por qué tenía que ser tan malditamente racional y aburrido? Rupertino hubiera preferido que ella fuera dócil, tierna, sutil, creyente, paciente, prudente, chapada a la antigua, reservada. ¿Por qué tenía que ser tan jodidamente empoderada y emocional? 

    El mismo día de la cita programada con Cata, Rupertino recibió una llamada de su amigo Diego Faciolince, a quién él —también en secreto— apodaba El Facho Lince.

    —Entonces, weón —lo saludó este con alegría—. Le tengo la rumba pa´ esta noche. Anímese que de pronto allá se levanta una hembrita, a ver si deja de ser virgen.

    Rupertino fue tentado por la propuesta, pero ya se había comprometido con Cata, con quien sabía de sobra que las cosas iban a ser difíciles. No obstante, albergaba una pizca de ilusión. Sólo era cuestión de no tocar el tema político. No le dijo al Facho que sí, ni que no. Que de pronto iba con una amiga, y así quedó la cosa.

    Cuando se encontró con Cata fueron a tomar el mismo café a la misma cafetería, pues a Rupertino la imaginación no le daba para más. Ella habría esperado que la llevara al menos a un Starbucks, pero no le podía pedir peras al olmo. Para no entrar en discusiones hablaron de música, de artistas, de pueblos, de lugares que a ambos les encantaría visitar.



    A Cata, por ejemplo, antes le encantaba la música de Serrat, de Aute, de Silvio Rodríguez y de toda la pléyade de cantantes de música protesta. Recientemente le había dado por escuchar a Calle 13, a Fito Páez, a Pink Floyd, a Cher, a Miley Cyrus, a Mon Laferte, y a unos grupos que tocaban una especie de rock progresivo que descubrió cuando estudiaba en California y que se jactaba de conocer sólo ella. Su actor favorito era Leonardo Di Caprio, a quien consideraba su amor platónico, y en Colombia adoraba a Julián Ramón, el hijo de Edgar Ramón.  El pueblo que más le había gustado de Colombia era uno sobre la Cordillera Central al que se tenía que llegar avanzando por una trocha porque no había carretera, pero era un pueblo tranquilo, despoblado, de paisajes idílicos donde se respiraba el aire más fresco y benévolo del mundo y se podía rendir tributo a la Pachamama con toda tranquilidad, mientras se disfrutaba de un relajante cigarrillo de marihuana.

Tenía entendido que ese pueblo había sido decretado zona roja por la guerrilla la interpeló Rupertino cuando ella contaba maravillas del lugar. Un error.

Ya no le dijo ella. Eso era en el gobierno anterior. Ahora ya estamos en la paz.

    ¿Y qué tal te pareció Belén cuando trabajabas allá? siguió preguntando Rupertino.

    —Uy, no. Ese pueblo es muy paraquito.

    —¿En serio? —cuestionó—. ¿Hay muchos paramilitares en Belén?

    —Pues es un pueblo donde hay plata, tú sabes. Mucho movimiento, mucho comercio, muchas cantinas donde escuchan corridos y esa música de paracos; mucho escándalo, mucha vida nocturna, y es hasta peligroso.



    “Con esta niña no hay caso”, pensó Rupertino. Esa noche tampoco se saldría con la suya. Decidió deshacerse de ella invitándola al sitio a donde El Facho Lince lo había convidado unas horas antes. Estaba seguro que Cata le diría que no, de modo que la podría llevar a la casa y así se iría para la rumba con su amigo. Para su sorpresa, La Progre aceptó. Lo hizo sin mucha convicción, pero qué más daba. No quería regresar tan temprano y tampoco tenía con quién más salir esa noche. Por algo había aceptado tomarse un café con Rupertino. Le desanimaba, sí, la idea de estar con más gente. Luego pensó que a lo mejor el sitio no estaría tan mal y podría conocer muchachos diferentes.

    Cuando llegaron a la puerta del lugar, Cata se detuvo en seco y confrontó a Rupertino.

    — ¿Es ahí donde vamos a entrar… El tequilazo?

    —Sí, ¿qué tiene de malo?

    —No, nada, pero escucha esa música —le señaló Cata llevando el índice a su oído—. Es la misma que ponen en las cantinas de Belén. ¿No podríamos ir a otra parte?

    —¿Y qué le digo a mi amigo?

    —Invéntate algo.



    Pero fue demasiado tarde. El Facho Lince llegó saludando intempestivamente, acompañado de una barra numerosa en la que por lo menos había tres o cuatro mujeres atractivas y con ganas de rumbear. Estaban tan espectacularmente producidas, con sus vestidos ceñidos, sus blusas escotadas, su cabello laceado, sus pestañas encrespadas, sus ojos radiantes, emanando perfumes tentadores; que Cata, La Progre, se veía insignificante al lado de semejantes damiselas. Se veía tan desangelada, tan rústica, tan hippie… tan progre.

    La noche prometía, pero Rupertino perdería cualquier oportunidad de hacer nuevas amistades si insistía en entrar al sitio con su amiga, que no sólo no estaba arreglada para la ocasión, sino que había sido víctima de las miradas reparonas de arriba a abajo por parte de las amigas de Diego, y hasta del mismo Facho que no pudo evitar un mohín de burla.

    —Disculpa, pero no quiero entrar a ese lugar —se disculpó Cata cuando todos se disponían a pagar el cover—. ¿Me puedes llevar a otro sitio?

    Entonces Rupertino intercambió unas palabras con su amigo, tomó a Cata del brazo y se dirigieron a la acera. Diego, El Facho, le hizo la bronca:

    —Pero volvés, weón, ojo pues.



    Rupertino y Cata detuvieron un taxi en la esquina. Él le abrió la puerta del vehículo, ella se subió y le hizo espacio, pero este se quedó afuera, dubitativo. Tenía que tomar una decisión entre quedarse con su amiga progre o con su amigo El Facho y sus amiguitas. Cocacola mata tinto, pensó.

—Bueno, Catica, me escribes cuando llegues. Yo sí voy a entrar. Muchas gracias por acompañarme a tomar el café. Nos vemos luego.

    Cerró la puerta y el taxi arrancó llevándose a Cata. Mientras Rupertino regresaba a la entrada de El Tequilazo sintiéndose liberado de un peso comprometedor, Cata balbuceaba unas palabras irritadas y pensaba en su venganza. Eso no se quedaría así.

sábado, 16 de julio de 2022

Estados Unidos y los principios bíblicos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Una nación justa no es aquella que contempla exclusivamente los supuestos de “libertad, igualdad y fraternidad” heredados de la Revolución Francesa que dio origen a la proclamación de la República como paradigma político del período moderno. Tampoco es la que ha logrado redactar la más gruesa de las Constituciones, en la que se han incluido todas las particularidades que son objeto de legislarse. No es la que tiene las más excelsas normas concebidas por los hombres, ni el mejor derecho positivo. El éxito de una nación dependerá de los valores bíblicos adoptados como fundamento de sus leyes. Por lo menos en el mundo Occidental. Cuando en una nación se adaptan las enseñanzas de las Escrituras, se puede decir que esa nación tiene bases sólidas y justas.[1]

    No quiere decir esto que basar las leyes en los valores bíblicos desemboque en un Estado puramente confesional o teocrático, en donde se adopte una religión oficial que deje en posición inferior a los demás credos. Al contrario, gobernar con la certeza de la existencia de Dios, de su autoría en la creación del Hombre y del otorgamiento de derechos naturales que nadie más puede quitarle a este, es gobernar reconociendo la libertad del individuo, la igualdad ante la ley y la fraternidad que se puede alcanzar por la gracia misma de Dios, y no la de los hombres.  


  

    Estados Unidos de América, hasta hace unos años, fue prueba de ello. Su Declaración de Independencia se basó en valores morales absolutos en los que reconocía la intervención divina como fuente de autoridad suprema:

 

Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.[2]

 

    Muy diferente fue el modelo de las naciones latinoamericanas, hijas de la Revolución Francesa tan cara a la masonería que  rechazó de plano la idea de un Dios como fuente de poder. Ese poder residiría en el pueblo, y el gobernante era quien lo representaba. Se precisó de una autoridad tangible para que encarnara en el cuerpo del caudillo o el líder mesiánico, lo cual selló el destino de América Latina como una región en donde todavía se siguen esperando los redentores en lugar de procurar el avance como sociedad.  

    Al contrario, los Padres Fundadores de la nación americana entendían muy bien el trasfondo de aquel versículo bíblico que advierte que “no le pertenece al hombre que está andando siquiera dirigir sus pasos”. (Jeremías 10:23), puesto que “el Creador no autorizó a su creación a trazarse su propia senda en independencia de Él”.[3] Los patriotas americanos comprendían la naturaleza dual del Hombre, y por ende sabían que había que sujetarlo a un poder mucho mayor que el de los gobernantes: el poder de Dios.

    Así, no era el Estado la autoridad suprema, sino el Creador. Se desobedeció a la tiranía monárquica que por tradición venía gobernando desde la Edad Media en Europa. Lejos de aceptar este designio, los independentistas articularon a sus leyes los valores del movimiento de la Reforma Protestante, en la cual se consideraba que nadie, por derecho divino, tenía la potestad de gobernar.

    Aquello era cosa de las viejas monarquías feudales, en donde el poder del rey se asumía como el legítimo poder emanado de Dios, y así mismo era el rey quien otorgaba los derechos y las libertades. Bajo los principios bíblicos sobre los cuales se edificó la Carta Magna de Norteamérica, el ciudadano tenía la facultad de ser libre y elegir a sus propios gobernantes: lo que en teoría se supone que es la democracia. Gracias a ella, Estados Unidos llegó a ser la nación más poderosa y estable del mundo durante poco más de doscientos años. Sus habitantes se pueden dar por bien servidos, pues han disfrutado de tiempos de abundancia y prosperidad a pesar del desmoronamiento que hoy vive su país en lo económico, lo político, lo social y lo cultural.

    Sí, ese bienestar se debió en gran parte a unos principios democráticos fundados en una Declaración de Independencia que se acogió al mandato de las Escrituras.

    Y no sólo se alcanzó un bienestar al interior de las fronteras de la unión, sino que este se irradió a otros países que cooperaron con sus ideales.



    El paradigma de progreso y de libertad de Estados Unidos hoy se encuentra en entredicho, pero girando la vista alrededor, aún sigue siendo la tabla de salvación para muchos que ya no tienen nada que perder. No por nada la inmigración ilegal se acrecienta sobre este territorio y amenaza con socavar los cimientos que hicieron grande a un país generoso en el que se alentaba la búsqueda de la felicidad como objetivo primordial de la vida. Fue esa misma generosidad la que hizo posible la llegada de personas de todos los confines del mundo sin saber que allí se estaba germinando la semilla de un multiculturalismo que precisamente iría en detrimento de los valores iniciales del Estado-Nación.  

    El lunes 4 de julio de 2022 se celebraron los 246 años de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Se recordará esta fecha, no sólo por la belleza de los juegos pirotécnicos y la alegría con que todavía los americanos festejan la independencia de su país, sino también por el saldo trágico que dejó: un aumento de las cifras de muertos y heridos por causa de las balaceras y estampidas que se presentaron en varios Estados; y una vez más el eterno problema del pistolero psicópata que sale a dispararle a cuanto transeúnte se cruza por la calle, como ocurrió en la masacre de Chicago.[4] Algo le sucede a la gente que mora en este suelo.   



    Hoy, cuando esta nación necesita de un revulsivo para “hacerse grande otra vez”, quienes nos hemos visto de alguna manera cobijados por la protección y la riqueza que le ofrecía Estados Unidos al mundo occidental, vemos con preocupación esos pequeños síntomas que advierten que un mal influjo se está fraguando desde el interior mismo de la gran Unión Americana. La inflación galopante, la escasez de bienes y servicios, el aumento de la criminalidad, el flagelo de la drogadicción con sus consecuentes trastornos de salud mental, la pérdida del patriotismo, la xenofobia, la intolerancia, la violencia irracional, y un sinfín de problemas que aquejan a la sociedad, están arruinando el ideal purista con que precisamente esta nación se forjó.  

    Todo pasa también porque la sociedad se alejó de sus principios fundantes, y lo que está viviendo en la actualidad es el castigo por una desobediencia (igual que el pueblo hebreo desobedeció a Dios una vez que este les otorgó la emancipación de los egipcios) y una deslealtad para con la base bíblica sobre la cual se cimentó la patria: abandonaron la idea de un Estado gobernado por Dios para darle paso a las teorías humanistas y racionalistas que al fin de cuentas eran creación de hombres y que por tanto estaban viciadas con el albur de la imperfección.



    La bendición de la que en un principio gozó la nación norteamericana tuvo que ver, por ejemplo, con la profusión del alimento: un país al que le alcanzaba para darle de comer a todos; a sus conciudadanos y a muchos del exterior. El cuerno de la abundancia les bastó para proveer lo necesario, pudiendo también poner en práctica el principio de dar a otros lo que a estos les hace falta. A lo largo de su historia, Estados Unidos ha sido uno de los países que más ha exportado alimento al resto del mundo, y una gran cantidad de este lo ha hecho llegar en forma de donaciones a través de estamentos gubernamentales como USAID y el mismo Programa Mundial de Alimentos de la ONU y otras OnG’s.[5]

    Lastimosamente, de ese principio de la dádiva se aprovecharon muchos gobernantes de países pobres para robar las ayudas que alimentarían a los pueblos hambrientos; sometiéndolos al eterno círculo de la mendicidad; inventándose la mentira de que son pobres por culpa del imperio para acostumbrar a su gente a la queja perenne y a señalar al país rico como el causante de sus desventuras. Así, muchos de los que han migrado lo hacen con la intención de exprimir al máximo todo el jugo que le puedan extraer a la nación boyante, practicando la vieja consigna de aprovechar los favores obtenidos como una forma de cobrarse por todas las desgracias a las que supuestamente han sometido a sus comarcas de origen.   

    El principio de misericordia y solidaridad que en sus inicios adoptó la nación del Tío Sam fue lo que ayudó para que esta fuera una nación grande. Lo sigue siendo, aunque está en declive.

    Porque no puede ser tan malo un país en el que todavía se teje una esperanza de redención para aquellos ciudadanos que no hicieron bien las cosas en sus patrias, que no eligieron adecuadamente, que permitieron el saqueo, que se dejaron tentar por las prerrogativas y ayudaron a inflar una burbuja que sabían que se les iba a reventar en cualquier momento. Ciudadanos hijos de las divisiones y las pugnas políticas, creídos que encontrarían en las leyes de los hombres la solución a sus problemas.

    Por ello no hay que señalar y juzgar el éxito de los demás cuando lo que hemos obtenido nosotros está lejos de parecerse. Así, la nación del norte no está obligada a resolverle los problemas a las repúblicas bananeras que siguen obstinadas en las utopías y en no sembrar sobre los valores del trabajo y el ahorro, por ejemplo, sino en vivir de los subsidios.[6] El resultado no pude ser otro que el de cosechar dolores.



    No es posible construir un Estado medianamente exitoso si no se cimenta sobre una base bíblica verdadera. La concepción atea y gnóstica de la vida tarde o temprano conduce a la anarquía y a la rebelión, lo cual es una amenaza para la propia supervivencia. Y un rotundo fracaso espiritual.

    Cada quien puede creer en lo que quiera; este es un mundo libre, pero también hay que asumir las consecuencias por nuestra libertad de creer.

    Un político, por ejemplo, que apoye las medidas que estén en contravía con los valores cristianos como el aborto, la ideología de género, la legalización de las sustancias alucinógenas, el comunismo o la religión del Estado, y todas aquellas doctrinas que sólo se centren en el Hombre y excluyan las enseñanzas de Dios; es claramente un perpetuador del mal. Si lo facultamos para dirigirnos, no nos quejemos luego del precio que tendremos que pagar por ello.

    Estados Unidos, que fue el país que más se acercó a un modelo de Estado justo, que respetaba la vida y la libertad antes de caer en lo que ahora ha caído; forjó la base de su Constitución en los preceptos de la fe.[7]

    Pero los políticos modernos no se atreverían a proponer un modelo de gobierno ligado a las leyes bíblicas, pues inmediatamente los tildarían de retrógrados y antidemocráticos; de antisemitas y de discriminadores. Bien valdría la pena intentarlo. Eso sí, respetando las creencias personales, que no deben estar por encima del colectivo, como pasa hoy en día.     


 

    Una reflexión final: la crisis de la humanidad, desde su irrupción como especie precursora de la Tierra, obedece a la falta de sentido de trascendencia. Como si fuéramos un cascarón vacío. Más que un problema cultural, es un problema del espíritu.

    ¿Para qué, entonces, se le proveyó al Hombre de discernimiento si no sabe elegir siquiera lo que le conviene?

 



[1] Idea basada en la conferencia La Biblia, fuente para el Estado. El rol de los cristianos en un mundo gobernado por el mal. Parte 3, del canal Periodismo Sin Fronteras dirigido por el periodista Ricardo Puentes Melo. https://www.youtube.com/watch?v=Deb00gWor_w&list=PLKqIJHY3qH7RZAASLqWddInvyZ7hQuB6e&index=3

[2] https://web.archive.org/web/20110302235928/http://www.archives.

gov/exhibits/charters/declaration_style.html

[3] https://quozio.com/quote/b8e4a8ea/1025/bien-s%C3%A9-yo-oh-jehov%C3%A1-que-al-hombre-terrestre-no-le

[4] https://www.lanacion.com.py/mundo/2022/07/04/atentado-durante-desfile-por-4-de-julio-en-chicago-dejo-al-menos-6-muertos-y-31-heridos/

[5] https://www.un.org/es/global-issues/food#:~:text=El%20Programa%

20Mundial%

https://www.bread.org/es/news/pan-para-el-mundo-lanza-una-campana-para-reformar-la-ayuda-alimentaria-de-estados-unidos

[6] Si algo es un obstáculo que impide llevar una vida con dignidad, es el subsidio, como bien lo explica un artículo de la Fundación Internacional Bases. https://fundacionbases.org/por-que-los-subsidios-no-acaban-con-la-pobreza-en-america-latina/

https://www.nacion.com/opinion/foros/el-peligro-de-los-subsidios/KFNGAXDXEFBADI2LL6V2IFOLXQ/story/

 

[7] https://www.evangelicodigital.com/eeuu/1077/Dios_en_la_

Constitucion_de_Estados_Unidos


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