sábado, 27 de enero de 2024

El planeta de los zombies

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Hace unos días tuve que ir al banco a hacer un pago por el cajero electrónico. La fila que encontré producía un desaliento que rayaba en la tristeza, puesto que no sólo era larga, sino que no se movía. Es en esas ocasiones cuando uno se tiene que armar de paciencia y alinearse con resignación, o volver al día siguiente, corriendo el riesgo de que no se alcance a hacer el pago y se incurra en un cobro extemporáneo.

    Delante de mí estaba una señora inmersa en su celular, chateando intensamente y riéndose cada que leía algún mensaje. La acompañaba una niña de unos cinco años que debió ser su hija, la cual no hacía más que girar en torno a su madre y dar vueltas frente a mí, haciendo imposible que pudiera concentrarme en la lectura del libro que siempre cargo en el maletín para esos casos de filas extremas. No obstante, la niña no se cansaba de correr y marearse, a tal punto de que en ocasiones extendía el perímetro de su recorrido y se topaba con el lomo de mi libro. “Maldita la hora en que me tocó detrás de esta señora que no apacigua a su bendición”, pensé con cierta intolerancia, pero uno no puede ser así. Hay que tener caridad, y pues la pobre chiquilla estaba tan aburrida, que no encontró mejor juego que correr alrededor del cuerpo de su madre. La madre, mientras tanto, se hallaba totalmente desapercibida y abstraída en la pantalla.



    Con cierto disimulo acorté la distancia entre la señora y yo, sin dejar de leer mi libro, de modo que ya no le quedara espacio a la niña para hacer su travesía. “Aquí te fregaste, culicagada”, pensé otra vez dejándome tentar por mi mala sangre contra los niños ajenos. No funcionó: la estrategia sólo hizo que la criatura tuviera que abrirse paso forzosamente entre mi libro —al cual golpeaba con la cabeza cada vez que pasaba— y la señora, que ni se daba por enterada.

    Habría sido una impertinencia decirle a la madre que le llamara la atención a su hija, pues no tenía por qué meterme, pero el comportamiento de la pequeña realmente estaba comenzando a exacerbarme. Me retiré de nuevo y tomé distancia hacia atrás, incluso importunando un poco al que estaba detrás mío. La niña, al ver el terreno despejado, se tomó la licencia de ampliar la circunferencia de su recorrido, así que, en lugar de tenerla más lejos, la tuve más cerca, casi pisándome la punta de los zapatos. Giró y giró hasta que ocurrió lo que obviamente tenía que ocurrir: se tropezó con uno de mis pies y se explayó en el suelo en medio de su carrera.



    Les juro que yo no tuve la culpa, que no tuve la mala intención de que el angelito se tropezara. Yo no soy tan perverso como para haberle cruzado el pie, pero reconozco que tampoco lo quité cuando supe que era inminente que este se convertiría en el obstáculo para su carrera. Yo me mantuve en mi sitio, impávido, ¿para dónde más iba a desplazarme si ese era mi lugar en la fila? La señora madre ahí sí guardó el celular y se fue al rescate de su hija, a quien por fortuna no le pasó nada. Eso sí, estoy seguro que me insultó mentalmente, porque ni siquiera me miró como para pedir una explicación. Ya con la niña cargada, volvió la paz a mi espíritu y yo pude terminar de leer en calma hasta que fuera mi turno. La inquietud que me surge es ¿por qué la señora esperó a que la niña tuviera un traspiés para reaccionar como era debido? ¿Por qué no soltó el maldito celular y se apersonó de su chiquilla, o como mínimo le llamó la atención? ¿Qué tal que le hubiera sucedido algo grave a la niña, que se la hubieran robado y ella no se hubiera dado cuenta por su embotamiento? ¿Cómo hubiera sido el remordimiento por su descuido?  



    La respuesta a estos interrogantes se me viene a la cabeza después de haber leído el más reciente libro del doctor Pablo Muñoz Iturrieta, titulado Apaga el celular y enciende tu cerebro, de donde infiero que esta mujer padece de una adicción al celular, hasta el punto de no darse cuenta de lo que sucede en su entorno. Como lo dice en una parte del libro, “el ser humano se reduce voluntariamente a ser un instrumento de la tecnología”.[1] Yo, por mi parte, posiblemente padezco de otra adicción, que es la adicción a los libros, que hasta en la fila del banco estoy leyendo.

    Desde hace unas tres décadas los científicos humanistas, los psicólogos, los neuro lingüistas y demás eminencias en la materia del comportamiento humano lo habían advertido, pero no lo queríamos creer, o ni siquiera nos importaba: que la tecnología nos está embruteciendo, nos está desligando del exterior, y que para mediados de la segunda década del siglo XXI, los seres humanos no seríamos más humanos, sino simples entes conectados digitalmente con muy poca humanidad. Entes que se moverían por ahí, por el espacio, anclados a un dispositivo que siempre llevarían consigo y que determinaría el rumbo de sus vidas. Nadie tomó en serio la advertencia, nadie le dio validez a las investigaciones de los expertos; se pensaba que era cosa de las películas de ciencia ficción y que estaría muy lejos el día en que pudiéramos cargar el televisor en el bolsillo, que hasta ese entonces era el único aparato que amenazaba con desintegrar la institución familiar.

    He aquí que estamos pululando en el planeta de los zombies; no de los que se alimentan con cerebro, sino de los que se alimentan con los “me gusta”, con el pitido de las notificaciones, o con las reacciones de los demás a todo lo que se publica en la red. Es el producto residual que ha quedado del progreso tecnológico y que solamente sirve para capturar las mentes débiles. Esto es: las redes sociales, las aplicaciones, los juegos en línea, las tendencias del entretenimiento corto y a la mano, el internet de las cosas; en fin, la tecnología que supuestamente nos permite comunicarnos a través de los dispositivos mucho “mejor” que haciéndolo en persona.



    Vivimos en la época de los abstraídos, de los faltos de atención, de los inmersos en las esferas digitales que hace rato se han perdido de la belleza y la aspereza de la realidad por imbuirse en ese espejismo del encantamiento llamado smartphone. Así, en inglés, porque traducido al español habría que decir que el espejismo es un teléfono despierto, vivo, lúcido e inteligente para apresar la mente de los que lo usan, aunque en aras de la verdad, hay una delgada línea entre el instrumento y el instrumentalizado. No se sabe quién tiene el poder sobre quién. Vivimos, pues, en el tiempo de los idiotas.

    Lo que la ciencia nos ofreció como solución a un problema, hoy se convierte en el problema mayor. Para liberarnos del atraso había que esclavizarnos en el adelanto. Pues bien, mis queridos amigos, hoy somos más esclavos que nunca, y nuestra libertad tan sólo sirve para decidir cuál será la aberración pornográfica que querremos ver esta noche en nuestros canales de pago, o cuál será el género que nuestros jóvenes “tan libremente” van a escoger a la carta como si se tratara del menú de una hamburguesería. Esa es nuestra afamada libertad: la posibilidad de atentar contra nosotros mismos y destruirnos paulatinamente sin ser conscientes de que vivimos, en realidad, en otro “mito de la caverna”.   

    Porque de lo que se trata es de seguir enviciados, confundidos, hechos un ovillo y en una actitud tan placenteramente pasiva que no vamos a querer salir de ahí nunca. No importa que del otro lado los poderes que nos manipulan con sus juguetes tecnológicos se apoderen de nuestro cuerpo y hasta de nuestra alma. ¿Para qué preocuparse por el alma en este sistema de vida inmanente donde todo muere tan pronto como ve la luz? ¿Para qué pensar en lo trascendente mientras el cuerpo esté bien nutrido, sin dolor, sin cansancio, y sobre todo con su producción de dopamina a la orden del día?



    Corroboro lo dicho: la libertad del progreso tan sólo nos ha servido para poder elegir la corrupción. Ya ni el discernimiento es una facultad del libre albedrío, pues eso de lo bueno y de lo malo lo hemos relativizado tanto que ¿quién en estos tiempos de incertidumbre y descreimiento puede decir qué es el bien y qué es el mal? Hemos llegado al colmo de concebir elaboradas teorías en las que se llega a la conclusión de que ninguno de los dos existe. Habrase visto.

    Mientras habitamos en un planeta de zombies y nos comportamos como tal, yo espero que la señora haya reflexionado y haya dejado a un lado el celular, y que por ningún motivo se le haya ocurrido darle uno a su pequeña para que se quede quieta, porque no pocos padres son los que recurren a la “niñera digital” para hacer que sus hijos estén entretenidos y así ellos puedan entretenerse también en las cochinas redes sociales. No saben cuánto daño les hacen a sus hijos al regalarles un smartphone, incluso cuando son adolescentes, pues el cerebro no termina de formarse sino hasta los veinte años. El uso prematuro de las pantallas es apresurar el embrutecimiento y la inutilidad. Y luego nos quejamos que por qué esta generación no quiere socializar ni quiere servir para nada.



    Es que como lo dice en su libro el doctor Pablo Muñoz:

 

Lo paradójico de las tecnologías que supuestamente nos liberarían de las cargas de esta vida, en realidad nos “liberan” de características propiamente humanas, destruyéndolas en el camino: la memoria, la capacidad de raciocinio y discernimiento, el control personal, la capacidad de presar atención”.[2]

 

    Todo esto habrá que tenerlo en cuenta si no queremos ser instrumentalizados por la tecnología y que después nuestra niñez pague las consecuencias.



[1] Pablo Muñoz Iturrieta, Apaga el celular y enciende tu cerebro (Nashville: Harper Enfoque, 2023), p. 234.

[2] Ibíd. 







sábado, 20 de enero de 2024

¿Alguien ha visto su cadáver?

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    En la tarde de hoy me disponía a redactar la columna que, como es costumbre, escribo cada sábado y luego subo a este blog para dejarla a consideración de mis cuatro lectores infaltables: mi mamá; mi amigo Rupertino; mi amiga Cata, La progre; y un odiador de izquierda que sólo me sigue para dejarme insultos en los comentarios, aunque por su manera de hacerlo, estoy sospechando que se trata de una cuenta duplicada por la misma Cata, esa amiga mía que parece guardarme un rencor sincero y que nunca me abandona.

    Así las cosas, mis lectores no serían sino tres, pero todos de muy buena calidad. ¿Para qué más?

    Decía que me disponía a depurar temas para ver si por fin publicaba mi artículo a tiempo, pues a veces suelo subirlo con uno o dos días de retraso, según lo que me demore en realizar el texto. Pero como la clave del éxito escritural consiste en ser disciplinado, precisamente hoy me senté juicioso frente al computador para opinar sobre lo que más me impactó durante la semana: el discurso del presidente argentino Javier Milei en el marco del Foro Económico Mundial. Porque fue un discurso anti globalismo en pleno corazón de la élite globalista. Lo que pasa es que como fue a principio de semana, la noticia al día de hoy ya estaba machacada. Todo el mundo ha dado su opinión, y la mía se ha asemejado bastante en torno a lo que ya han dicho los patriotas de derecha. De manera que bastará con decir que dicho discurso de Milei, el cual celebro con alegría, fue una pedrada en la cabeza para toda la izquierda progresista y catastrofista climática, que es la que dirige el teatro del mundo.


    Pensando en un tema más vigente abrí el navegador de google, y allí estaba la noticia, con apenas una hora de haberse publicado: murió Piedad Córdoba. Bueno, aquí va a ser, pensé, porque seguramente a partir de hoy los noticieros estarán hablando de este personaje hasta la saciedad. Hablarán tanto de Piedad Córdoba, que terminarán rindiéndole homenajes, haciéndole especiales, repasando todas sus entrevistas, su vida y obra, y si nos descuidamos, la saldrán beatificando. Ya oigo voces diciendo por ahí que fue una mujer combativa, luchadora, incansable, perseverante. Habrase visto las estupideces que uno tiene que escuchar. También se puede ser un incansable y combativo para hacer el mal.

    Porque hay que ser demasiado buenista, demasiado estúpido, demasiado cobarde, o demasiado alcahueta para pronunciarse como se están pronunciando hoy algunos políticos de la oposición y algunos periodistas que han trinado sobre la supuesta muerte de esta señora. Y digo supuesta porque a mí, hasta hoy sábado 20 de enero a las cinco de la tarde, no me consta que se haya muerto. Es una información que están dando en los noticieros y en las redes sociales, pero habrá que ver para creer. Con tantos engaños a los que estamos expuestos los habitantes del planeta, yo hasta dudo de la muerte de Kissinger, que parecía que nunca se iba a morir. Sobre esto hablaré más adelante.

    Lo que sí creo es que la corrección política nos ha arruinado tanto la vida, que cuando se muere un enemigo político, que aparte es una persona de mala entraña, salimos a lamentar su muerte y a desear que descanse en paz, cuando todos sabemos que esta señora, por más muerta que esté, nunca va a tener paz en su alma: se fue sin pagar por sus fechorías, sin confesar sus delitos y sin arrepentirse; razones suficientes para revolcarse en su tumba por el resto de la eternidad. Se fue vistiendo el traje de la impunidad.

 

    Pocos dicen las cosas como son. Yo entiendo a los medios, que no quieren ganarse una demanda por presunta difamación, pues hasta que un juez no condene, el medio no puede condenar. Pero tampoco es razón para que ahora que se murió esta señora salgan a exigir respeto por su figura. Por Piedad Córdoba, quien no respetó a los que pensaban diferente a como ella pensaba. Y los políticos de la oposición bastante tibios. En especial los del Centro Democrático, que hasta ahora asumen una posición de mucho respeto para con la muerte de este personaje, y hasta alguien por ahí la llamó “mujer combativa”. Para más fue el senador del partido verde, JP Hernández, quien dio un comunicado sin un ápice de autocensura y dijo lo que pensaba de ella. Por cierto, la "honorable parlamentaria" le cambió alguna vez las iniciales a JP por las de HP en un aparente lapsus lingüístico, y eso dijo de él: que era un HP. A ella no le costaba nada acudir al lenguaje soez si este le era de utilidad. Ya conocimos de su lengua viperina, y no sería nada raro si la muerte de la ex senadora hubiese sido el resultado de habérsela mordido.

    Porque hay que ver quién fue en realidad Piedad Córdoba, o como la llamaban en los computadores del terrorista Raúl Reyes, Teodora de Bolívar. Era ella quien le daba instrucciones al segundo de las Farc sobre cómo debían presentar a los secuestrados ante los medios; sobre quién debía y no debía salir del cautiverio. Ella, toda una comandante de la organización, hacía política con la vida de los secuestrados fungiendo como mediadora entre el gobierno y las Farc, aunque era una soterrada guerrillera de ese grupo criminal.



    Además, amiga íntima del dictador Chávez, a quien defendía a capa y espada, apoyando incluso que el pueblo hiciera filas eternas para recibir comida si así lo requería “la revolución socialista” que tanto pregonaba. Desde luego, ella nunca tendría que hacer ninguna fila, pues el tirano Chávez hacía desocupar los centros comerciales para que ella comprara a sus anchas. Y comprar es un decir, porque todo se lo regalaba el régimen. Era una chavista consumada, y ya con eso es suficiente para decir que era una mala persona. También apoyaba a Maduro, el jefe del Cartel de los Soles, por quien el Departamento de Estado ofrece una recompensa de quince millones de dólares por información que permita su captura, y no olvidemos su entrañable amistad con su socio Alex Saab, el empresario testaferro del régimen de Maduro, recientemente liberado gracias a la ineptitud y la complacencia con la dictadura socialista del presidente Biden.  

    Piedad era toda una joyita. Se vio envuelta en los escándalos de la Farcpolítica, un proceso que apenas iba a reventar después de más de quince años. Estaba siendo investigada por peculado por apropiación, falsedad en documento público y enriquecimiento ilícito. Su hermano confesó que era un narco, y los Estados Unidos le tenían la mira puesta a la senadora, a quien le estaban preparando un pedido de extradición siguiendo el hilo conductor del familiar mafioso. Esta señora estaría involucrada en esos mismos torcidos. No nos olvidemos que a la misma Piedad le encontraron el equivalente a doscientos millones de pesos dentro de su turbante cuando trató de ingresarlos a Honduras, y otro tanto escondido en unos cuadros. ¿Por qué no declaró ese dinero? ¿De dónde lo había obtenido? No pudo justificarlo y por eso dejó que se lo confiscaran. La hermana de Piedad Córdoba también intentó entrar a la cárcel de La Picota un dinero escondido en su entrepierna, seguro para finiquitar el Pacto de la Picota que bien sabemos que se está llevando a cabo. Todos estos hechos de ella y de su familia solo demuestran que no estaban obrando con rectitud. Al contrario, Piedad estaba manchada hasta el turbante con dineros sucios.



    Poco después de la operación en que fue abatido el terrorista Raúl Reyes, se supo de la influencia de Córdoba en las Farc. El procurador Ordoñez, en ese tiempo, la destituyó, pero la Corte desestimó las pruebas contra ella porque fueron obtenidas en un operativo militar en tierra extranjera, no porque no fuera cierto que alias Teodora tenía grandes nexos con los terroristas de las Farc.  

    El candidato a la presidencia de Ecuador asesinado en agosto del año pasado, el señor Fernando Villavicencio, la había acusado de lavado de dinero y nexos con el Cartel de los Soles a través del mismo Saab, en lo que constituía todo un entramado de corrupción, lo mismo que a Rafael Correa. Según la esposa de Villavicencio, Piedad Córdoba amenazó con que lo iba a desaparecer en respuesta a las acusaciones del candidato. En efecto, a Fernando Villavicencio lo asesinaron sicarios colombianos a solo diez días de las elecciones. El crimen se estaba investigando y la ex senadora se veía muy comprometida.

    Dicen que uno no debe alegrarse por la muerte de nadie, porque todos vamos a morir, y quizá en formas más terribles. Pero no seamos hipócritas, hay muertes que a uno sí le dan un fresquito en el alma, o por lo menos alguna pequeña sensación de que se hizo justicia. En este caso fue justicia divina, la mejor de todas. Porque si esperamos a la justicia colombiana, Piedad Córdoba jamás iba a ser condenada por ninguna causa, como tantos políticos que han estado envueltos en todos los escándalos y hoy siguen tan campantes viviendo como reyes ingleses con la plata de nuestros impuestos. Pero así como ella no tuvo humanidad ni consideración con las vidas de los secuestrados, tampoco hay que mostrar consideración por su muerte. Es la muerte de una bandida.



    Ahora, lo que me preocupa es que esta no sea una noticia real, sino un llamado deepfake. Porque a nadie le convenía más la muerte de Piedad Córdoba que a Piedad Córdoba, ahora que estaba atravesando un momento complicado en donde su carrera política se venía abajo y se hallaba a un paso de ir a la cárcel. Su hermano reconoció ser narcotraficante, y el mismo Petro sacó a Piedad Córdoba del pacto Histórico hasta que no se aclarara su situación. La justicia le tenía el ojo puesto, y no sería raro que ella tuviera que hacer una de sus jugadas maestras para evadir las responsabilidades de sus actos. Es que a esta gente le conviene que se olviden de ellos para poder disfrutar de sus fortunas robadas. Mientras los den por muertos, nadie los va a buscar. Que no sea que después aparezca la señora con la piel de otro color y el rostro transformado por allá en Venezuela, al lado de su amigo Maduro. No nos debería sorprender.

    Que no suceda como sucedió en una película que vi hace tiempo, en donde uno de los malvados asesina al héroe y le da el parte a su jefe. Mientras le está contando cómo lo hizo volar en pedazos, el héroe redivivo reaparece en medio de un escándalo colosal para liquidar a toda la seguridad del capo maleante, quien asustado se dirige a su lugarteniente y lo increpa: “¡Imbécil!, ¿en serio lo mataste? ¿Viste su cadáver?”.



    Hasta ahora no han mostrado el cadáver de Piedad Córdoba, nadie lo ha visto. Sólo sus escoltas, quienes fueron los que la llevaron a la clínica, pero allá dijeron que había llegado sin signos vitales. Ojalá no reviva después, como revivió Iván Márquez cuando dijeron que se había muerto y resulta que no. Lo mismo dijeron de Santrich: que lo habían asesinado, pero esta es la hora que tampoco nadie ha visto su cadáver, salvo en una fotografía, pero ya sabemos lo que la ciencia puede hacer con las fotografías. Seguramente la próxima semana tendrán el cuerpo de Piedad Córdoba en cámara ardiente en el Capitolio y allí el pueblo podrá cerciorarse de que en efecto se murió la mala hierba. Y puede ser que sí, que sea verdad que haya sufrido un infarto y haya muerto, pero como reza el dicho, “hierba mala nunca muere”, y por eso a uno hasta le da desconfianza creer en las noticias. Ojalá no peleche de nuevo en otro campo.



 


sábado, 13 de enero de 2024

Rechazar al pecado, no al pecador

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Hace seis meses, miércoles 21 de junio de 2023, para ser exactos, se produjo una noticia que, en otra época menos liberal y desapegada de toda fe en Dios, habría suscitado un escándalo a nivel mundial: la ONU revisó el informe “Madrigal” sobre el uso del ejercicio de la libertad religiosa, concluyendo que era una violación a los derechos LGBT, y le dio la razón a su autora. En síntesis, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU admitió que la religión viola los derechos de las minorías como la del lobby gay. Encontró que existen “contradicciones percibidas entre la libertad de religión y la protección contra la violencia y la discriminación por motivos de orientación sexual e identidad de género”.[1] Así las cosas, la “narrativa progresista” que hoy abandera Naciones Unidas, estará siempre por sobre la “narrativa religiosa” que esta misma unión censura.

    Yo no escuché en aquel entonces a ninguna institución de carácter religioso, a ninguna iglesia cristiana, a ningún sacerdote católico, ni al Vaticano mismo, tan afín a la ideología de la ONU, pronunciarse en contra de aquella determinación: que la religión cristiana es un discurso de odio. El hecho es que el cristianismo cada día sigue perdiendo más y más adeptos, y los pocos que se mantienen firmes en su fe están comenzando a sentir temor ante la ola de persecución religiosa que se les va a venir encima. Si ya la ONU decretó que la religión cristiana promueve el discurso de odio, su siguiente paso, y sobre el cual está trabajando muy asiduamente, es el de condenar, censurar y perseguir a todo individuo u organización que predique la palabra de Dios. En aras de defender los derechos de un lobby a los que nadie se está interponiendo legalmente, la religión, que promueve unos valores de vida contrarios a la ideología LGBT, no tardará en ser expresamente prohibida.



    Lo interesante del informe en cuestión no es tanto que la ONU, modelo de la secularización a nivel mundial, se haya opuesto a la fe cristiana, pues esa postura ya la ha venido tomando desde hace rato, sino la forma como lo hacen sus burócratas: a través de una capacidad discursiva, retórica e imaginativa que ha excedido todos los límites. Como ya no saben qué inventar para destruir la civilización occidental cristiana, ahora se inventan que la doctrina de Cristo es antiderechos, y para ello hacen acopio de todos los recursos de la palabra que pueden utilizar mediante la tergiversación y la manipulación, en la cual son expertos.

    Resulta que la ideología posmodernista no calza con las enseñanzas de la Biblia, lo cual tiene muy molestos a estos progres, que ven incompatibles las enseñanzas de un personaje como el apóstol Pablo, por ejemplo, con las teorías deconstructivistas de estos tiempos en decadencia que quieren a toda costa imponer como si fueran una cosa de obligatorio entendimiento y aceptación. La no admisión de sus teorías por parte de una gran mayoría cristiana implica que se está fomentando la discriminación y la violencia contra quienes promueven los postulados del posmodernismo: igualdad, inclusión y diversidad.

    Para la señora Madrigal, autora del informe que lleva su nombre y que la ONU acogió en su seno como si fuera un dogma revelado, la religión solamente admite la heteronormatividad, lo cual “permite, promueve y tolera la violencia institucional y personal y discriminación contra las personas por su orientación sexual o género”.[2] Afirma también que esto ha resultado en “una variedad de construcciones normativas discriminatorias reforzadas a lo largo del tiempo”. Se queja de las actitudes anti-LGBT de las corrientes religiosas, las cuales no admiten las identidades diversas dentro de sus sistemas de creencias, siendo que un principio esencial de la fe es amar al prójimo como a sí mismo.



    A la señora Madrigal, experta en Identidad de género, no le explicaron que ni la religión ni la Biblia, ni las iglesias cristianas atacan a las personas por la orientación sexual que han decidido elegir libremente. Lo que sí no es posible admitir ni tolerar, porque dentro de los sistemas de creencias constituye una grave falta a la moral cristiana, es la actitud, la conducta, el hecho de incurrir en prácticas homosexuales. Dos cosas diferentes. Las iglesias censuran el acto, no la persona. No se rechaza jamás al cristiano que por alguna razón ha incurrido en esta conducta y quiere cambiar su estilo de vida. No sé en dónde está el discurso de odio que alega insertarse en la ideología cristiana.   

    ¿Que la religión le quita la libertad al hombre al impedirle asumir su orientación sexual como él quiere? Antes bien, la Biblia enseña que Dios le dio al hombre el libre albedrío para que tuviera el discernimiento entre lo que está bien y lo que está mal, y asimismo es el hombre el que elije cómo vivir. Desde luego, al ponerse por fuera de las leyes de Dios, no es factible esperar que la doctrina cambie su postura para que el pecador sea perdonado y aceptado. Así no funciona ninguna fe religiosa. Es al contrario. La persona es quien debe amoldarse a las leyes divinas, al sistema de sus creencias, de la fe que quiere profesar, porque todo en la vida está regido por normas. Aceptar a Dios en el corazón implica dejar de cometer los actos que Dios aborrece. Y los aborrece porque son antinaturales, porque contradicen el principio de la vida, porque la unión entre dos personas del mismo sexo no deviene en la alianza sagrada que Dios estableció y que es llamada matrimonio, que proviene de la palabra Madre, que es dadora de vida. No hay en la religión violación contra los derechos de ningún grupo humano, no se promueve rechazo ni discriminación contra persona alguna. Antes bien, la religión invita a la unión con Cristo, a llevar una existencia sin mácula, a seguir el ejemplo de Jesús.



    Pero pretender culpar a la religión por la violencia contra las personas homosexuales, y encima obligarla prácticamente a cambiar sus postulados de fe para que estas personas no se sientan discriminadas equivale a pretender cambiar las leyes de una empresa, organización o país para que se adapten a mis gustos y preferencias, a mi estilo de vida, a mi declaración de principios personales. Si la organización no hace esto, ¿tendría yo el derecho de acusarla de violenta y discriminatoria porque no me acepta como soy?      

    Tengo muchos conocidos y amigos cuya orientación sexual es diferente a la heterosexual, que es la única que acepta la iglesia. Pero independientemente de sus pecados y de los que cometemos los demás, todos nos reconocemos igualmente pecadores ante Dios. No es que haya unos pecados que se puedan pasar por alto y otros no. Desde luego, los hay más graves, pero la postura religiosa siempre está llamada a amar al pecador y rechazar al pecado, lo cual no quiere decir que para hacer sentir amado al pecador la religión tenga que modificar sus estructuras y validar en ellas la aceptación del pecado, transformándolo en una virtud, o en una condición normal de cualquier cristiano.

    La libertad que Dios le dio al hombre es tan grande, que el hombre puede elegir no ser cristiano si acaso no le gusta la fe cristiana. Dios puede cambiar al hombre, pero el hombre jamás podrá cambiar a Dios, aunque se lo fabrique a la medida.   

    A pesar de que han corrido seis meses desde el análisis del informe Madrigal por parte del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, lo he vuelto a traer de vuelta en este espacio porque de llegarse a convertir estas recomendaciones en una política legal a nivel internacional, los cristianos-católicos, los cristianos-evangélicos y otras denominaciones religiosas estaremos asistiendo al fin de la profesión de nuestra fe.



    A las minorías sexuales nadie les está negando el derecho de disfrutar de su sexualidad y buscar su felicidad como bien lo consideren. Legalmente, a ninguna persona se le puede discriminar por efectos de su orientación sexual, de modo que no cabe la etiqueta que le imponen a las iglesias cristianas rotulándolas como antiderechos. Si la religión está en contraposición con la conducta de las personas homosexuales, no es para generar ningún acto de violencia o discriminación, sino para alentar una conducta de vida compatible con el punto de vista ético y moral.

    En caso de que los gobiernos interfieran en los asuntos religiosos, como efectivamente pasa en lugares como China, vendrá a tomar forma la pérdida del derecho a la libertad religiosa. Un sacerdote o pastor ya no podrá, desde el púlpito, enseñar la Palabra de Dios según como lo enseña la Biblia por temor a ser perseguido, y de hecho ya está sucediendo en países como Nicaragua, y hace poco, en México, a un sacerdote se le prohibió hablar mal contra la ideología de género porque supuestamente estaba dando un discurso de odio.

    Yo pienso que, así como unos tienen derecho a elegir su orientación sexual, otros tienen el derecho de elegir sus creencias religiosas.


   Me quedan algunas preguntas: ¿debe suprimirse la libertad religiosa para darle relevancia a otra religión, como lo es la ideología de género? ¿Debe una persona creyente abstenerse de opinar a la luz de su fe sólo para no molestar a quienes no piensen de la misma manera? ¿Tiene menos derechos un cristiano por ser cristiano que una persona adscrita a la corriente LGBT por ser precisamente LGBT? ¿Deben las iglesias modificar sus dogmas de fe para normalizar las conductas que hoy son consideradas como pecados con el objeto de que las minorías sexuales no se sientan vulneradas en sus derechos? ¿Entrará el mundo en una época de Nueva Inquisición al revés en donde comenzarán a quemarse las biblias? ¿El problema es obedecer el mandato de Dios o aceptar las transgresiones de los hombres? ¿Quién está detrás de la persecución, no contra el lobby LGBT, sino contra los cristianos? Sería bueno que alguien respondiera.




[1] fsspx.news.  (29 de junio de 2023). ONU: informe califica la doctrina cristiana como discriminatoria. Actualidad. Noticias y análisis de la vida de la iglesia. https://fsspx.news/es/news/onu-informe-califica-la-doctrina-cristiana-como-discriminatoria-29518

[2] Ibíd.

sábado, 6 de enero de 2024

El presidente contra Barranquilla

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Muy tarde, el primero de enero, cuando el sol ya se había instalado en la cúpula del cielo y calentaba a su gusto los techos del palacio presidencial, el presidente Greco se despertó en medio de un calor soporífero y una tremenda resaca que lo devolvió a una realidad extenuante e indeseable. Las copas y los excesos de la fiesta de fin de año, ahora le pasaban factura, cuando habría dado lo que fuera por no tener que despertar. Pero como el calor y el dolor de cabeza habían hecho mella en su sueño, el presidente pensó que lo mejor era ponerse en pie otra vez. Ya no sentía agradable su cama, un revoltijo de sábanas y edredones contaminados por un tufillo pestilente. Se limpió las babas, se puso su levantadora de seda confeccionada en Milán, y marcó el número de su asistente desde el teléfono privado de su dormitorio.

    —Rodríguez, ya desperté. Que me traigan mi jugo de arándanos y mi café.

    —Sí señor, enseguida. —acató Rodríguez, quien esperaba con tensión la primera orden del día del presidente, la primera del año y la primera que le daría a él, que era nuevo en el cargo y justamente ese primero de enero debía tomar posesión del mismo. Por capricho de Greco, el asistente de presidencia era nuevo. Al último lo habían echado por filtrar a la prensa ciertas reuniones y actividades que el presidente no quería que se supieran, de modo que quedó terminantemente prohibido revelarle a los periodistas acerca de las actividades del mandatario que este no autorizara a divulgar.

    — ¿Y qué diremos cuando nos pregunten sobre su agenda del día, doctor? —preguntó esa vez el jefe de prensa, temiendo no ser capaz de enfrentar a los acuciosos medios de comunicación.

    —Digan que estoy en agenda privada. Punto.

    Así se cumplió la orden al pie de la letra, y desde hacía tiempo que los fines de semana y uno que otro día laborable, cuando se advertía la ausencia del gobernante, los medios eran informados de que el presidente no asistiría a ningún acto público por cuestiones de su agenda privada.

    —Rodríguez —volvió a llamar el presidente—. Tráigame también mis analgésicos, que no los veo.

    —Sí señor —dijo Rodríguez—, se los dejé dentro del cajón de la mesa de noche.

    —Entonces tráigame lo que usted ya sabe. No se demore.



    A media tarde, el presidente había acabado de salir del baño, todavía con la levantadora y las pantuflas, chorreando agua del pelo, cuando sonó el teléfono. Era la ministra del deporte.

    —Doctor, me informan de Panam Sports que hasta antier teníamos plazo de cancelar los ocho millones de dólares para la asegurar la sede de los Juegos Panamericanos. Quieren saber por qué no pagamos la suma.

    —Ah, esa joda de los juegos. ¿Y usted qué les dijo?

    —Que estamos haciendo todo lo posible por pagar a la mayor brevedad.

    —No esperan siquiera a que acabe el primero de enero para cobrar estos descarados —cuestionó el presidente, y mientras se cambiaba la levantadora por el pantalón tuvo una brillante idea—: Hagamos una cosa, ministra. Pregúnteles que si es posible contemplar otra sede diferente a Barranquilla. Que los hagamos en Colombia, pero en varias ciudades. Ni Barranquilla ni Medellín. Propóngales eso, dígales que el recurso está disponible, y hasta en efectivo si quieren, pero que queremos hacer unas modificaciones. Ya verá cómo esos angurriosos, cuando les habla uno de plata, se les encienden los ojos y dicen que sí. Arrancaron el año necesitados. Proponga eso, ministra.

    —Sí, doctor, hablaré con ellos y le estaré informando —dijo la ministra y colgó.

    El presidente soltó una risa burlona.

    —Que lloren por sus juegos porque no van a ser en Barranquilla —murmuró.

    El dos de enero, el presidente llegó a su despacho a las once de la mañana. Ordenó que no le pasaran llamadas, que no quería ver a nadie. Se sentó en su escritorio, se metió a Twitter y comenzó a trinar, que era una de las labores de su cargo que más disfrutaba. Realmente no era una función constitucional, pero el presidente Greco así la sentía. “Palestina es un territorio que merece la paz. Los niños de Palestina merecen ser felices”, escribió como primer trino. Lo envió. Al cabo de media hora ya superaba las sesenta mil lecturas. No estaba nada mal para ser el primero del día. Por la tarde escribió el segundo: “El país necesita una nueva reforma a la reforma tributaria. Debemos proteger al empresariado. Hay que bajar la tasa de renta corporativa y subir la de las personas naturales”.

    —Perfecto —pensó el presidente—. Que comience el 2024 con todo y que paguen todos.



    El dos de enero, el presidente llegó a su despacho a las once de la mañana. Ordenó que no le pasaran llamadas, que no quería ver a nadie. Se sentó en su escritorio, se metió a Twitter y comenzó a trinar, que era una de las labores de su cargo que más disfrutaba. Realmente no era una función constitucional, pero el presidente Greco así la sentía. “Palestina es un territorio que merece la paz. Los niños de Palestina merecen ser felices”, escribió como primer trino. Lo envió. Al cabo de media hora ya superaba las sesenta mil lecturas. No estaba nada mal para ser el primero del día. Por la tarde escribió el segundo: “El país necesita una nueva reforma a la reforma tributaria. Debemos proteger al empresariado. Hay que bajar la tasa de renta corporativa y subir la de las personas naturales”.

    —Perfecto —pensó el presidente—. Que comience el 2024 con todo y que paguen todos.

    Media hora más tarde, en pleno ejercicio de sus aspiraciones cocainísticas, el presidente fue interrumpido por el timbre del teléfono. Contestó airado.

    —¡Rodríguez, le dije claramente que no me pasara ni una puta llamada!...

    —Soy yo, presidente, la ministra del deporte —contestó la voz al otro lado.

    —¡Ministra! —se sorprendió Greco—. Disculpe, pero ando algo enredado, ¿qué pasó?

    —La gente de Panam Sports dice que ya no van a hacer los juegos en Barranquilla.

    —¡Perfecto! —exclamó con júbilo el presidente—. ¿En qué otras ciudades los vamos a celebrar?

    —Es que no serán ni en Barranquilla ni en ninguna parte. La organización declina la realización de los juegos en Colombia. Dicen que han sido muchos los incumplimientos y que se van para México o Paraguay.

    — Pero ¡cómo, ministra! ¿Usted no les propuso lo que yo le dije? Estamos preparados para hacer los juegos en cualquier parte. Ahí está Nariño, Chocó, Cauca, Boyacá, Cundinamarca, cualquier otro lugar de La Costa, menos Barranquilla, porque allá están mis enemigos, ni más faltaba que les voy a dar la gabela para que queden como unos grandes ejecutores. ¿Usted no les hizo la propuesta? ¿No les ofreció más plata?

    —Sí, presidente, pero no aceptaron. Retiraron la sede, ¿qué vamos a hacer?

    —Arrégleme ese problema, ministra. Yo dije claro que la plata la teníamos siempre y cuando no sea en Barranquilla. Trate por todos los medios de convencerlos para que no se nos vayan, porque tampoco nos conviene dar mala imagen. Dígales que tenemos unos centros deportivos muy buenos en Arauca, en Guainía, en el Putumayo. Acuda al llamado de los actores, los artistas, los deportistas; a todos para que nos devuelvan los Juegos Nacionales.

    —Son los Panamericanos, presidente.

    —Sí, esos mismos. No nos los pueden quitar. Sólo que no puede ser en Barranquilla, allá donde comenzó el gritico ese que lo están copiando en todas partes. ¡Arregle eso, ministra!

    —Pero presidente…



    Colgó. Acto seguido, el presidente abrió la botella de whisky, se sirvió un trago y maldijo su suerte. “Ahora me echarán la culpa también de este fracaso. Maldito sea mi antecesor, que se compromete y no me deja con qué hacer los pagos. ¿Por qué no puso los ocho millones de dólares en su gobierno?” Pensó Greco mientras apuraba el trago y mandaba el vaso contra la pared.

    La noticia del retiro de Barranquilla como sede de la organización de los Juegos Panamericanos corrió como el agua por todos los medios, y apenas iban tres días del año cuando ya el escándalo se destapó. Unos atacaron al presidente y lo señalaron como el gran responsable, mientras otros minimizaron su culpa: “los incumplimientos en los pagos vienen desde el gobierno anterior”, dijeron, y así le hicieron creer a una gran parte de la opinión pública que en realidad el presidente Greco no tenía nada que ver con la pérdida de los Panamericanos.

    —Hay que hacer una reunión de emergencia —solicitó el presidente, y de inmediato se comunicaron con Panam Sports, con la Gobernación del Atlántico y con la Alcaldía de Barranquilla. Todos fueron citados con carácter de urgencia a Bogotá, sólo que el presidente, en lugar de apersonarse de la situación, envió a la reunión a la timorata ministra del deporte.

    —Pida una prórroga, lleguen a un acuerdo, ofrezca otras sedes alternativas —instruyó el presidente a su ministra—. Si no queda más remedio que hacer los juegos en Barranquilla, pues acepte, pero que le den más tiempo. Y cuando se cumpla ese plazo volvemos a pedir tiempo, enredamos la situación y hacemos responsables a los Carr. Al final, lo único importante es que el gobierno salga limpio.

    —Pero presidente, si ya le echamos la culpa al gobierno anterior y nadie nos creyó —replicó la ministra,

    —Es que su antecesora cometió el error de dar una entrevista afirmando que me hizo la solicitud del dinero para los juegos, y que yo se lo negué. Debió haberle echado el agua sucia a Duque, pero no tiene astucia política. No sé en qué estaba pensando cuando la puse en ese cargo.



    La reunión no terminó en nada. Panam Sports se mantuvo en su postura de llevarse los juegos para otra parte. No confiaban en el gobierno de Greco, no tenían por qué andar rogando por los pagos como si fueran ellos una agencia de cobros, cuando a su disposición tenían a varias ciudades que se desvivían por obtener el derecho a ser sede de los Panamericanos. Barranquilla había perdido su oportunidad. Tal vez reconsideraran su postura, pero al mismo tiempo iban a considerar las ofertas de Asunción, Monterrey y Lima.

    Al final, el país perdería nuevamente: el deporte, el turismo, el comercio, la juventud y la niñez, el futuro mismo de la ciudad, ya que estos juegos hubieran dejado una semilla plantada en el espíritu de superación de aquellos niños con deseos de salir adelante en alguna disciplina deportiva.

    El presidente Greco se encerró en su despacho después de escuchar los noticieros y ver cómo su imagen terminaba de consumirse. El fracaso por haber perdido la sede de los juegos no se lo perdonarían, pero él tampoco estaría dispuesto a dejar que sus enemigos políticos se salieran con la suya. “¿Cómo podemos hacer unos juegos que cuestan millones de dólares cuando tenemos niños muriendo de hambre? ¿Por qué no entienden eso?”, trató de justificarse.

    Pero el que no entendía era él, que como no tenía idea de generar riqueza, no sabía que primero había que invertir para después obtener ganancias. No sabe que el problema del hambre no se soluciona con subsidios, sino con generación de oportunidades para salir de la pobreza. Y esas oportunidades, en gran parte, habrían podido brindarlas los Juegos Panamericanos del 2027.

    —De todas maneras, no iba a darse en mi gobierno, así que no se perdió nada —concluyó el presidente Greco antes de irse a la cama con su tradicional “perico” (café con leche).

    —A no ser —pensó en voz alta— que pudiera ser reelegido, y entonces ya sería otro cantar.  

    Esa noche, el presidente Greco no durmió por andar pensando en cómo diablos iba a proponer una reforma a la Constitución para aspirar a un segundo mandato.



Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...