Hace unos días tuve que ir al banco a hacer
un pago por el cajero electrónico. La fila que encontré producía un desaliento
que rayaba en la tristeza, puesto que no sólo era larga, sino que no se movía.
Es en esas ocasiones cuando uno se tiene que armar de paciencia y alinearse con
resignación, o volver al día siguiente, corriendo el riesgo de que no se
alcance a hacer el pago y se incurra en un cobro extemporáneo.
Delante de mí estaba una señora inmersa en
su celular, chateando intensamente y riéndose cada que leía algún mensaje. La
acompañaba una niña de unos cinco años que debió ser su hija, la cual no hacía
más que girar en torno a su madre y dar vueltas frente a mí, haciendo imposible
que pudiera concentrarme en la lectura del libro que siempre cargo en el
maletín para esos casos de filas extremas. No obstante, la niña no se cansaba
de correr y marearse, a tal punto de que en ocasiones extendía el perímetro de
su recorrido y se topaba con el lomo de mi libro. “Maldita la hora en que me
tocó detrás de esta señora que no apacigua a su bendición”, pensé con cierta
intolerancia, pero uno no puede ser así. Hay que tener caridad, y pues la pobre
chiquilla estaba tan aburrida, que no encontró mejor juego que correr alrededor
del cuerpo de su madre. La madre, mientras tanto, se hallaba totalmente
desapercibida y abstraída en la pantalla.
Con cierto disimulo acorté la distancia
entre la señora y yo, sin dejar de leer mi libro, de modo que ya no le quedara
espacio a la niña para hacer su travesía. “Aquí te fregaste, culicagada”, pensé
otra vez dejándome tentar por mi mala sangre contra los niños ajenos. No
funcionó: la estrategia sólo hizo que la criatura tuviera que abrirse paso
forzosamente entre mi libro —al cual golpeaba con la cabeza cada vez que pasaba—
y la señora, que ni se daba por enterada.
Habría sido una impertinencia decirle a la
madre que le llamara la atención a su hija, pues no tenía por qué meterme, pero
el comportamiento de la pequeña realmente estaba comenzando a exacerbarme. Me
retiré de nuevo y tomé distancia hacia atrás, incluso importunando un poco al
que estaba detrás mío. La niña, al ver el terreno despejado, se tomó la
licencia de ampliar la circunferencia de su recorrido, así que, en lugar de
tenerla más lejos, la tuve más cerca, casi pisándome la punta de los zapatos.
Giró y giró hasta que ocurrió lo que obviamente tenía que ocurrir: se tropezó
con uno de mis pies y se explayó en el suelo en medio de su carrera.
Les juro que yo no tuve la culpa, que no
tuve la mala intención de que el angelito se tropezara. Yo no soy tan perverso
como para haberle cruzado el pie, pero reconozco que tampoco lo quité cuando
supe que era inminente que este se convertiría en el obstáculo para su carrera.
Yo me mantuve en mi sitio, impávido, ¿para dónde más iba a desplazarme si ese
era mi lugar en la fila? La señora madre ahí sí guardó el celular y se fue al
rescate de su hija, a quien por fortuna no le pasó nada. Eso sí, estoy seguro
que me insultó mentalmente, porque ni siquiera me miró como para pedir una
explicación. Ya con la niña cargada, volvió la paz a mi espíritu y yo pude
terminar de leer en calma hasta que fuera mi turno. La inquietud que me surge
es ¿por qué la señora esperó a que la niña tuviera un traspiés para reaccionar
como era debido? ¿Por qué no soltó el maldito celular y se apersonó de su
chiquilla, o como mínimo le llamó la atención? ¿Qué tal que le hubiera sucedido
algo grave a la niña, que se la hubieran robado y ella no se hubiera dado
cuenta por su embotamiento? ¿Cómo hubiera sido el remordimiento por su
descuido?
La respuesta a estos interrogantes se me
viene a la cabeza después de haber leído el más reciente libro del doctor Pablo
Muñoz Iturrieta, titulado Apaga el celular y enciende tu cerebro, de
donde infiero que esta mujer padece de una adicción al celular, hasta el punto
de no darse cuenta de lo que sucede en su entorno. Como lo dice en una parte
del libro, “el ser humano se reduce voluntariamente a ser un instrumento de la
tecnología”.[1] Yo,
por mi parte, posiblemente padezco de otra adicción, que es la adicción a los
libros, que hasta en la fila del banco estoy leyendo.
Desde hace unas tres décadas los
científicos humanistas, los psicólogos, los neuro lingüistas y demás eminencias
en la materia del comportamiento humano lo habían advertido, pero no lo
queríamos creer, o ni siquiera nos importaba: que la tecnología nos está
embruteciendo, nos está desligando del exterior, y que para mediados de la
segunda década del siglo XXI, los seres humanos no seríamos más humanos, sino
simples entes conectados digitalmente con muy poca humanidad. Entes que se
moverían por ahí, por el espacio, anclados a un dispositivo que siempre
llevarían consigo y que determinaría el rumbo de sus vidas. Nadie tomó en serio
la advertencia, nadie le dio validez a las investigaciones de los expertos; se
pensaba que era cosa de las películas de ciencia ficción y que estaría muy
lejos el día en que pudiéramos cargar el televisor en el bolsillo, que hasta
ese entonces era el único aparato que amenazaba con desintegrar la institución
familiar.
He aquí que estamos pululando en el planeta
de los zombies; no de los que se alimentan con cerebro, sino de los que
se alimentan con los “me gusta”, con el pitido de las notificaciones, o con las
reacciones de los demás a todo lo que se publica en la red. Es el producto
residual que ha quedado del progreso tecnológico y que solamente sirve para
capturar las mentes débiles. Esto es: las redes sociales, las aplicaciones, los
juegos en línea, las tendencias del entretenimiento corto y a la mano, el
internet de las cosas; en fin, la tecnología que supuestamente nos permite
comunicarnos a través de los dispositivos mucho “mejor” que haciéndolo en
persona.
Vivimos en la época de los abstraídos, de los faltos de atención, de los inmersos en las esferas digitales que hace rato se han perdido de la belleza y la aspereza de la realidad por imbuirse en ese espejismo del encantamiento llamado smartphone. Así, en inglés, porque traducido al español habría que decir que el espejismo es un teléfono despierto, vivo, lúcido e inteligente para apresar la mente de los que lo usan, aunque en aras de la verdad, hay una delgada línea entre el instrumento y el instrumentalizado. No se sabe quién tiene el poder sobre quién. Vivimos, pues, en el tiempo de los idiotas.
Lo que la ciencia nos ofreció como solución
a un problema, hoy se convierte en el problema mayor. Para liberarnos del
atraso había que esclavizarnos en el adelanto. Pues bien, mis queridos amigos,
hoy somos más esclavos que nunca, y nuestra libertad tan sólo sirve para
decidir cuál será la aberración pornográfica que querremos ver esta noche en
nuestros canales de pago, o cuál será el género que nuestros jóvenes “tan
libremente” van a escoger a la carta como si se tratara del menú de una
hamburguesería. Esa es nuestra afamada libertad: la posibilidad de atentar
contra nosotros mismos y destruirnos paulatinamente sin ser conscientes de que
vivimos, en realidad, en otro “mito de la caverna”.
Porque de lo que se trata es de seguir
enviciados, confundidos, hechos un ovillo y en una actitud tan placenteramente
pasiva que no vamos a querer salir de ahí nunca. No importa que del otro lado
los poderes que nos manipulan con sus juguetes tecnológicos se apoderen de
nuestro cuerpo y hasta de nuestra alma. ¿Para qué preocuparse por el alma en
este sistema de vida inmanente donde todo muere tan pronto como ve la luz?
¿Para qué pensar en lo trascendente mientras el cuerpo esté bien nutrido, sin dolor,
sin cansancio, y sobre todo con su producción de dopamina a la orden del día?
Corroboro lo dicho: la libertad del
progreso tan sólo nos ha servido para poder elegir la corrupción. Ya ni el
discernimiento es una facultad del libre albedrío, pues eso de lo bueno y de lo
malo lo hemos relativizado tanto que ¿quién en estos tiempos de incertidumbre y
descreimiento puede decir qué es el bien y qué es el mal? Hemos llegado al
colmo de concebir elaboradas teorías en las que se llega a la conclusión de que
ninguno de los dos existe. Habrase visto.
Mientras habitamos en un planeta de zombies
y nos comportamos como tal, yo espero que la señora haya reflexionado y haya
dejado a un lado el celular, y que por ningún motivo se le haya ocurrido darle
uno a su pequeña para que se quede quieta, porque no pocos padres son los que
recurren a la “niñera digital” para hacer que sus hijos estén entretenidos y
así ellos puedan entretenerse también en las cochinas redes sociales. No saben
cuánto daño les hacen a sus hijos al regalarles un smartphone, incluso cuando
son adolescentes, pues el cerebro no termina de formarse sino hasta los veinte
años. El uso prematuro de las pantallas es apresurar el embrutecimiento y la
inutilidad. Y luego nos quejamos que por qué esta generación no quiere
socializar ni quiere servir para nada.
Es que como lo dice en su libro el doctor Pablo Muñoz:
Lo paradójico de las tecnologías que supuestamente nos
liberarían de las cargas de esta vida, en realidad nos “liberan” de
características propiamente humanas, destruyéndolas en el camino: la memoria,
la capacidad de raciocinio y discernimiento, el control personal, la capacidad
de presar atención”.[2]
Todo esto habrá que tenerlo en cuenta si no
queremos ser instrumentalizados por la tecnología y que después nuestra niñez
pague las consecuencias.
























