sábado, 25 de febrero de 2023

Que parezca un accidente

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Un descarrilamiento de un tren es un hecho lamentable, pero factible de ocurrir en un país cualquiera. Dos accidentes en el mismo país y en el mismo mes son una triste coincidencia. Tres accidentes ya es el colmo de la tragedia para ese país. Cuatro accidentes en menos de treinta días comienzan a tornarse sospechosos. Cinco accidentes es algo para no creer porque se confirma que algo raro está pasando. Seis “accidentes” ameritan que la palabra se ponga entre comillas porque existe la duda de que sean hechos fortuitos. Un séptimo “accidente” de tren, en un período de poco menos de dos meses, confirma que detrás de los anteriores está metida la mano artera del hombre.

    No la de los alienígenas, como quisiera hacernos creer el general de la Fuerza Aérea Norteamericana para desviar la atención del asunto y darle rienda suelta a una teoría irrisoria que pondría en marcha la defensa planetaria contra una posible invasión de extraterrestres. A lo mejor haya una marcada intención de alimentar estas especulaciones de seres de otros mundos que se desplazan en ovnis en forma de globos (como los que han volado sobre el espacio aéreo de Estados Unidos y otros países del hemisferio occidental), pero no todos los humanos somos tan estúpidos como para volvernos a dejar engañar como hace tres años, cuando un virus supuestamente desconocido que salió de otro supuesto murciélago paralizó al mundo y partió la historia del siglo en dos hasta el momento.



    Lo cierto es que algo raro está sucediendo con los trenes de Estados Unidos y no hay quien nos de información más allá de la superficial que se encuentra en los noticieros. Los medios hegemónicos callan, seguramente porque les han dado la orden de hacerlo y dan las noticias de los “accidentes” con alguna ligereza, especialmente en lo que respecta al más grave de todos ellos, el del tren de Ohio, ocurrido el pasado 3 de febrero mientras transportaba químicos altamente peligrosos, entre ellos cloruro de vinilo, que es una sustancia clave en la fabricación de plástico.

    La explosión de este compuesto, debida al descarrilamiento de 38 de los 150 vagones de este tren, generó una inmensa columna de humo que se transformó en una nube radioactiva en la atmósfera. El tren, perteneciente a la compañía ferroviaria Norfolk Southern, fue intervenido por las autoridades para hacer luego una explosión controlada antes de que el material acabara de estallar. La medida no fue suficiente para impedir que el agua del acueducto y del río quedara inapta para el consumo humano, ni el aire se tornara poco saludable para respirar. Muchos animales domésticos y salvajes murieron por causa de la inhalación del humo, y más de la mitad de la población de East Palestine, el pueblo donde ocurrió la tragedia, ha tenido que ser evacuada.

    Esto podría presagiar un nuevo Chernóbil en suelo norteamericano; una catástrofe de dimensiones colosales que la prensa opta por callar y a la que el gobierno no le quiere dar importancia. Antes bien, el mismo presidente Biden ha minimizado la situación tardando en enviar a sus emisarios a que revisen la zona del desastre, y como si fuera poco, ha hecho asegurar a través de sus funcionarios que la situación está controlada y que el agua no tiene ningún problema cuando en realidad no es así. Ha sido tanto su desdén por la tragedia ocurrida en su propio país, que ha preferido viajar a Ucrania para encontrarse con su homólogo de aquella nación en guerra, seguramente a seguir azuzando lo que no debiera y a comprometer el dinero de los estadounidenses en un apoyo armamentístico gigante que sale del bolsillo de los contribuyentes.

    El descarrilamiento del tren de Ohio fue el más grave por el desastre ambiental que provocó, pero no ha sido el único percance en este accidentado mes de San Valentín.    


 

    El lunes 13 de febrero, el ferrocarril CSX que pasaba por el Estado de Carolina del Sur se descarriló abruptamente. Por fortuna no hubo pérdidas humanas, sino materiales.[1]

    Ese mismo día se saltó de los rieles un tren de la empresa Union Pacific en Texas, dejando un saldo de un muerto, quien fue el conductor de un camión que resultó arrastrado más de media milla por uno de los vagones que lo embistió a toda velocidad.[2] Curiosamente, al igual que el tren de Ohio, los vagones también transportaban material tóxico.

    Pocos días antes, el 19 de enero, se produjo otro descarrilamiento en el mismo Estado de Ohio, que por ahora no quiere saber de trenes. En este caso, un tren del Sistema Ferroviario Central de 97 vagones también se salió de la vía sin motivo aparente. Por fortuna el tren venía vacío y no hubo daños ni heridos.

    Diez días atrás, el nueve de enero, en Lake City, también Carolina del Sur, se presentó un accidente ferroviario. Otro más se produjo cerca de Loris el 21 de enero, en el mismo Estado.

    La cuenta sigue en California, donde se suscitó un accidente en el área rural, y en Detroit, donde se presentó otro en el área metropolitana.[3]

    Finalmente, antier, en el Estado de Nueva York, se registró un choque de un tren contra un camión de carga larga que quedó atorado en la vía férrea inexplicablemente. Por suerte, el conductor pudo salir del camión, el cual fue arrasado y demolido en pedazos, como si se tratara de un juguete de cartón.[4]

    Según la Agencia de Estadística de Transporte, “los accidentes ferroviarios son relativamente comunes en Estados Unidos, aunque las consecuencias rara vez son dramáticas”. La Agencia registra 54.539 descarrilamientos de trenes entre 1990 y 2021, un promedio de 1.704 por año con una tasa de mortalidad muy baja, de solo cuatro muertes por año.[5]

    Pese a la frecuencia con que se producen estos accidentes, no deja de parecer extraño que esto sea así. Es decir, no deberían existir estas contingencias tan numerosas solo por causas mecánicas, errores humanos, o fallas estructurales.



    Pero en el accidente del tren de Ohio sí pareciera haber algo podrido, y una de las pruebas es que el periodista de la cadena televisiva News Nation, Evan Lambert, fue arrestado por la policía cuando llegó al lugar de los hechos para hacer entrevistas a los lugareños.[6] Vulneraron su derecho a informar atentando contra su libertad de expresión en el supuesto país de las libertades. A Lambert se le formularon cargos por resistencia al arresto y por alterar el orden público, pero fueron cargos falsos. Al final lo liberaron, pero ya habían interferido con su trabajo e impedido la información verídica. Alguien tuvo que haber ordenado su arresto y luego se lavó las manos.

    Otra coincidencia todavía más inquietante es que existe una película de Netflix llamada “Ruido blanco”, que trata sobre el descarrilamiento de un tren con productos tóxicos justamente en Ohio, al tiempo que el gobierno hace todo lo posible por ocultar el hecho y los medios de comunicación por no informarlo. ¿Acaso esta película es una especie de profecía cinematográfica muy exacta o la inspiración para poner en marcha un plan con miras a crear una tragedia y beneficiar con ella a unos cuantos interesados? Piensa mal y acertarás.

    Para completar el cuadro, el lunes 20 de febrero una fábrica metalúrgica cerca de Ohio explotó misteriosamente dejando un saldo de un muerto y trece heridos.[7] Del incendio no se conocen los motivos, pero se sabe que el único muerto respondía al nombre de Steven Mullins, trabajador de la planta que desde que se enteró del accidente del tren se dio a la tarea de viajar a East Palestine para ver cómo podía ayudar. Le contó a un amigo que tenía la intuición de que las vías del tren habían sufrido un saboteo y que el gobierno lo quería ocultar. Mullins no tenía evidencia de nada, pero sospechaba algo. No alcanzó a esclarecer sus sospechas, pues murió en el terrible accidente de la planta pocos días después del descarrilamiento del tren de Ohio.[8]



    Pero ahí no paran las fatales coincidencias. Un avión que despegó del aeropuerto de Arkansas con rumbo a Colombus, Ohio, transportando a cinco científicos ambientalistas que tenían la misión de prestar ayuda y recoger información en lo relacionado con la explosión de la planta mencionada, además de realizar mediciones de la calidad del aire y del agua en la zona del desastre, se precipitó a tierra poco después de despegar. “Otra vez, misteriosamente”, como diría el periodista Nicolás Morás.[9] Cayó un par de millas al sur del Aeropuerto Nacional Bill y Hillary Clinton, como para seguir siendo suspicaces. De modo que la misión que investigaría la explosión de la planta de Ohio en la que murió un trabajador de dicha planta que alertó sobre un saboteo en las vías del tren descarrilado, tampoco pudo llevarse a cabo. Los científicos perecieron y se sumó una nueva tragedia a esta emergencia ambiental. ¿Será acaso que a alguien no le conviene que se investigue lo que sucedió en Ohio para que haya esta escalada de hechos inexplicables?

    Retomando el tema del descarrilamiento, no es este el primer accidente que la compañía Norfolk Southern ha tenido transportando agentes químicos. El 6 de enero de 2005, otro de sus trenes también se descarriló, provocando una nube tóxica similar a la de Ohio.[10] Miles de peces murieron por contaminación de las aguas, más de 1800 yardas de tejido vegetal se quemaron por acción de las sustancias venenosas. La empresa fue condenada a pagar una multa muy inferior al monto de los daños causados y continuó operando como si nada. En el juicio determinaron que la compañía debía indemnizar a las familias de los nueve muertos que produjo el accidente de aquella vez, pero jamás les pagó ni un centavo. Por ende, es posible que tampoco responda en esta ocasión. Ya desde 2005 la compañía contaba con un padrino muy poderoso: el señor Bill Gates, dueño de 800 mil acciones de esta empresa. Hace poco, Gates vendió acciones de la firma de inversiones que controla su patrimonio, incluyendo gran parte de las que tiene en empresas ferroviarias.[11]



    No podemos estar tranquilos en ninguna parte del planeta. Los estadounidenses mucho menos, luego de que se ha anunciado que no se verán los efectos de este desastre medioambiental de Ohio sino hasta después de unos días.

    Lo paradójico es que ahí sí no se pronuncia ninguna autoridad ambiental, ninguna voz autorizada en la materia, ningún activista preocupado por el medio ambiente. Se ve que quienes representan los intereses del ecofascismo son simples mercenarios que viven del cuento, como Greta Thunberg, Al Gore, el mismo Bill Gates y sus amigos del Foro de Davos y la Agenda 2030 de la ONU. Ni qué decir de ese adalid en la lucha contra el cambio climático llamado Gustavo Petro, el que se cree el salvador de la humanidad, pero ni unas palabritas de solidaridad para con las víctimas de este desastre ecológico.

    Los trenes, históricamente, han servido como dinamizadores de la economía. Gracias a ellos el capitalismo se desarrolló en muchas partes del mundo para transportar materias primas y para el intercambio comercial mucho antes de que sirvieran para el transporte de pasajeros. Luego los trenes se convirtieron en un medio obsoleto, cuando fueron reemplazados por los vehículos de combustible y cuando se desarrollaron las carreteras. Ahora, en aras del cambio climático, se busca reimpulsar un medio de transporte que había caído casi que en desuso. Esto es, que la gente ya no viaje en avión, sino que se movilice en tren. Por ello no es raro ver a los grandes líderes del mundo en los foros económicos proponiendo la construcción de vías férreas que unan los distintos países. Quieren revivir el negocio de los trenes porque este negocio le pertenece a los grandes metacapitalistas como Gates y como la dinastía Rockefeller, y es a ellos a quienes conviene el impulso ferroviario mientras se implementa la agenda 2030. Después, en la consecución del “no tendrás nada y serás feliz” que promueve la élite para el mundo, los dueños del negocio de los trenes se podrán dar el lujo de destruirlos nuevamente, así como están echando abajo el negocio de las aerolíneas y dificultando cada vez más la posibilidad de viajar.  



    Tal parece que a los enemigos de la humanidad no les bastó con el arma del coronavirus para infectar el aire, sino que ahora lo quieren ensuciar con agentes químicos de alta toxicidad. Y no sólo el aire, sino el agua, recurso vital para vivir.

    La conspiración posiblemente se desplazará del escenario biológico al químico, y no nos extrañemos que episodios como estos, en los que se involucran agentes tóxicos en el marco de casuales accidentes, incendios, explosiones o fugas, comiencen a presentarse de aquí en adelante con mayor frecuencia en cualquier lugar del planeta. No me extrañaría que fuera otra excusa perfecta para cercenarnos otro puñado de las escasas libertades que nos dejaron: la libertad de desplazarnos, por ejemplo, en un medio de transporte a gran escala como el avión, el tren, o en uno particular como el auto, es un vivo ensayo de lo que nos quieren quitar.

    No tengo pruebas para asegurar nada, pero en este reino de los mal pensados, un sujeto como yo puede atreverse a especular las más descabelladas hipótesis para explicar por qué tantos accidentes en un mismo país, en un mismo tiempo, y con un mismo medio de transporte. ¿Acaso no ven que la casualidad es demasiada como para que nos quedemos con la explicación formal?

    Y una de mis hipótesis es esa, la de que nos están preparando para algo grande: otro engaño sistemático, una coartada intergaláctica; quizás la asimilación de un mundo distópico y fantástico que los grandes poderes saben que estaremos en capacidad de aceptar sin cuestionar nada, como ya ocurrió hace tres años.



    O tal vez y esta es mi segunda hipótesis— nos están aclimatando para una guerra mundial. Puede ser que ya estemos en ella, en su periodo previo de hostilidades y exhibiciones de colmillos, y no nos hayamos dado cuenta. Saldrán a la luz algunas explicaciones de por qué ha pasado lo que ha pasado, se atarán cabos de todos los sucesos aparentemente aislados, como el de los globos espías, las quemas de las plantas donde se producen alimentos, la gripa aviar, el verdadero propósito de la guerra Ucrania-Rusia, la escasez de los fertilizantes, la obsesión con el cambio climático, la inflación generada por las políticas de gobiernos de corte socialista y el empobrecimiento sistemático de una población que cada día sufre los estragos de la pérdida de su soberanía alimentaria.

    Entonces se dirá que es una provocación del uno y del otro: que los chinos haciendo vigilancia, que Rusia amenazando con usar su arsenal nuclear, que Corea del Norte e Irán uniéndose a la gavilla, en fin: motivos para pelear no han de faltar. Y se dirá cualquier cosa con tal de justificar las acciones de las cuales los únicos que saldremos perjudicados seremos los ciudadanos que nada podemos hacer ante las decisiones que toman otros. 

    Eso sí, todo lo tendrán fríamente calculado, ensayado de antemano de tal modo, que hasta la misma guerra será producto de un simulacro, o ella misma será el simulacro. Nos harán creer lo que no es y nos harán tomar partido por aquello que desconocemos. Al fin y al cabo, han preparado el escenario de tal manera, que todo habrá de parecer un accidente.



[1] Portalportuario. (14 de febrero de 2023). Estados Unidos: trenes descarrilan en Ohio, Carolina del Sur y Texas.

[2] Telemundo Houston Digital. (13 de febrero de 2023). Un muerto tras accidente que provocó descarrilamiento de tren de Union Pacific en Splendora

https://www.marca.com/tiramillas/actualidad/2023/02/14/63ebdddbe2704e91158b458a.html

[3] Joe Sommerlad. (24 de febrero de 2023). ¿Cuántos descarrilamientos de trenes ha habido en 2023? Independent en español.

https://www.independentespanol.com/noticias/eeuu/ohio-descarrilamiento-tren-estados-unidos-b2289210.html

[4] Libertadmedia. (23 de febrero de 2023). Emisión de Libertadmedia al final del día (23/02/2023).  

https://www.youtube.com/watch?v=r0PTmGPQLHA&t=4336s

[5] op. Cit. Independent en español.

[6] Publimetro. (febrero 13 de 2023). Ohio: arrestan a reportero que cubría descarrilamiento tren. https://www.publimetro.com.mx/noticias/2023/02/13/ohio-arrestan-a-periodista-que-cubria-accidente-del-tren-que-descarrilo-con-quimicos-en-la-carga/

[7] Tampahoy.com. (febrero 21 de 2023). Explosión en planta metalúrgica de Ohio mata a un trabajador y lesiona a trece. https://www.wfla.com/tampa-hoy/nacional/explosion-en-planta-metalurgica-de-ohio-mata-a-1-trabajador-y-lesiona-a-13/

 [8] Los liberales. [Nicolás Morás]. (23 de febrero de 2023). Lo que nadie dijo y debes saber de Ohio. Un tren hacia el abismo de la humanidad. Documental. [Video]. 

https://www.youtube.com/watch?v=bg-vP2bSnaw&t=3274s

[9] Ibíd.  [Video].  1:18:50

[10] Wikipedia. Accidente de tren de Graniteville. https://en.wikipedia.org/wiki/Graniteville_train_crash

[11] La República. (13 de mayo de 2022). Bill Gates vendió US$940 millones en títulos que tenía en Canadian National Railway 

https://www.larepublica.co/globoeconomia/bill-gates-vendio-us-940-millones-en-titulos-que-tenia-en-canadian-national-railway-3363279 

sábado, 18 de febrero de 2023

Religare

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Cuando se habla de religión, el concepto puede aludir a diversos significados.

    Uno de ellos se refiere al sistema de creencias o dogmas con que una persona o grupo de personas rigen su vida espiritual. (religión católica, religión budista, religión musulmana, etc.)

    El otro es la pertenencia a una iglesia, organización o institución de corte religioso que se modela por principios sustentados en la adherencia a un credo respectivo. (Iglesia mormona, Iglesia bautista, Iglesia católica, Asamblea de las Naciones Cristianas, Iglesia ortodoxa, etc.)  

    Otro significado de la palabra involucra la acepción ideológica para explicar los procesos de masificación social, alienación, los fenómenos naturales, sobrenaturales, epistemológicos, sociológicos, políticos, ontológicos, entre otros. Los cultos, los rituales, la adoración, la devoción, las apariciones y las visiones se enmarcan dentro de estos fenómenos. Como cuando se dice, por ejemplo, que el socialismo es la religión del Estado, o que el consumo es la religión del mercado.

    En el ámbito de la argumentación, la religión aparece cuando se hace acopio de un razonamiento de fe para defender una postura. En los debates seculares están descalificados estos argumentos, o al menos no son válidos a la luz de la ciencia y la razón a la hora de defender una posición, por cuanto toda religión se considera ideología.

    En todo caso, cualquiera que sea la connotación de la palabra religión que se esté teniendo en cuenta, la mayoría de las veces esta se supedita al campo de lo privado antes que a lo público. Se entiende la religión como algo separado de las realidades seculares, tales como la política, la educación, la economía o el derecho: se concibe, así, a la religión como un asunto personal. Cada quien creyendo en lo que quiere.



    Toda esta introducción sobre el término para decir que en aras de considerarla como una mera categoría de la esfera privada del hombre, la cual pretende ser relegada del ámbito público, esta palabra va mucho más allá de una iglesia, de un sistema de dogmas, de una devoción ciega a algo o a alguien, o de una decisión individual. La religión es la relación más íntima del ser humano con Dios.

    ¿Y qué sucede para quien no cree en Dios? Pues que está en todo su derecho de no creer, o de creer en otros dioses no cristianos, o en fuerzas que ni siquiera son representadas por un dios personal y único. Lo cual no quiere decir que estén en la posición correcta. Nosotros, como hijos de una civilización occidental cristiana debiéramos enmarcarnos dentro de la religión de Cristo, independiente de cuáles sean sus ramificaciones.

    La posibilidad de tener una relación personal con Dios es soslayada en el mundo político, económico, secular y académico, en donde poco creen en él. Por eso prescinden de la religión, aunque digan que conservan la fe. Me parece un tanto ingenuo escuchar a personas decir “yo no creo en ninguna iglesia ni en ninguna religión, pero sé que existe un Dios”. ¡Un Dios!, como si fuera uno de tantos que pululan por ahí y no el Dios único y verdadero. Otros ni le llaman Dios, sino que dicen creer en “algo”. No se atreven a nombrar su creencia por desconocimiento de la fe cristiana o por la filtración en su conciencia de todos los raciocinios vanos que nos conducen a dudar de la existencia misma de nuestro Creador.

    Lo cierto es que, sin un conjunto de principios dogmáticos, la fe es equivalente a un potro desbocado que puede arrastrar cualquier cosa su paso, pues hay que conocer la manera de llevarla a cabo en la práctica. Nos guste o no, la pertenencia a una iglesia y la profesión de una religión son necesarias para encauzar el espíritu.



    La palabra religión se acrecienta en las tradiciones occidentales cristianas que desarrollaron un profundo discernimiento acerca de este concepto. Religión viene del latín relegere, que significa recoger o agrupar. También viene de la forma religare, que quiere decir reunir, ligar, amarrar. En este caso, ligarse a Dios, unirse al “misterio” que nos creó.

    Pensadores de distintas corrientes han tratado de darle un carácter de religión al budismo, por ejemplo, con su texto sagrado y su filosofía, pero aquello no alcanzó a estructurarse como una religión propiamente dicha en Occidente. Fue más bien un sistema ético y moral, como otros tantos que no llegan a una categoría superior.

    Sucede que en nuestra posmodernidad el vocablo en mención lo venimos adjudicando a cualquier actitud que implique una fe ciega. A todo se le quiere llamar religión. Que los seguidores de tal o cual tendencia política actúan como fanáticos religiosos adorando a su mesías; que el cantante de moda al que lo ven como a un dios se encumbra como el profeta de una nueva religión; que el futbolista en cuyo honor fundaron una iglesia, es realmente el ungido de un dogma cuyo objeto sagrado no es la cruz sino un balón. Que el ecologismo es una religión constituida por catastrofistas que alientan a la desaparición del ser humano, en fin, todo es una religión.

    Sólo que cuando la religión pierde el sentido para el que fue creada, relegándose a la vida privada de manera que no tenga influencia sobre la vida pública, el resultado es la destrucción total de los fundamentos occidentales. Irrumpe el secularismo como consecuencia de haber desvirtuado lo cristiano.



    Si decae lo religioso de una nación, decae, por ende, el sistema político y legal. No es posible separar los valores de una persona de su actuar en la vida exterior. La práctica de la religión no admite dicotomías. Así, si alguien tiene que esconder su religión, más valdría que no hubiera hecho ningún tipo de compromiso con Dios; ningún pacto que no fuera capaz de cumplir. Porque cuando uno profesa una religión o se adhiere a una creencia, se está comprometiendo con algo muy sagrado: está dando su palabra como si estuviera firmando un juramento.

    En la Antigua Roma se castigaba la mentira y la traición con saña porque consideraban que, si estos dos males entraban al país, sería el fin de su imperio. El no cumplimiento de la palabra se consideraba un deshonor, y la mejor forma para hacer cumplir era a través del juramento religioso que garantizara la continuidad de las instituciones.

    No valió que Roma castigara a los traidores porque de todos modos se desmoronó cuando en sus fronteras se colaron la mentira y la inmoralidad. Nuestra civilización cristiana se derrumba igual que Roma con las filtraciones de un virus llamado secularismo. Este virus, que ha permeado hasta las mismas iglesias que hoy se adhieren a un sincretismo peligroso, es el que nos está llevando al precipicio. El enemigo va ganando la batalla contra Cristo. Y nosotros, soldados expectantes que no queremos pelear ninguna guerra, seremos los responsables de haber perdido en un futuro lo único que no podíamos perder: nuestra libertad de profesar la fe cristiana.



    Todo por negarnos a aceptar una religión en la que Cristo es el verdadero protagonista. Porque no queremos que nadie nos robe ese protagonismo: tan sólo deseamos religarnos a nuestro propio ego.

sábado, 11 de febrero de 2023

De frente contra la realidad

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Hace poco los noticieros mostraron unas imágenes tomadas desde distintos departamentos de Colombia como Antioquia, Arauca, Cauca y Nariño, en los que miembros del grupo terrorista de las Farc (que ahora se hacen llamar “Las disidencias”, pero sabemos que son la misma cosa) se pasean como “Petro por su casa” y patrullan como si fueran ellos la autoridad legítima sin que la verdadera fuerza pública pueda hacer nada para impedirlo. Este grupo, que sigue existiendo aún después de haber firmado la “paz” con el gobierno de Santos, apareció también la semana pasada haciéndole un lavado de cerebro a los niños en una escuela de Yarumal (Antioquia) con anuencia de un gobierno que no quiere perseguir la criminalidad en aras de su discurso de pacifismo trasnochado.

    Las Farc, que históricamente son las mayores reclutadoras de menores para sus filas, que los han sustraído de la casa de sus padres a la fuerza y han abusado de ellos, que los han usado como escudos humanos y le han arruinado el futuro a miles de niños campesinos, ahora se presentan como un grupo de hermanitas de la caridad regalando cuadernos y hablando bonito para lavar su cara manchada con la sangre de los colombianos que han sido víctimas de asesinato, secuestro, terrorismo, extorsión, violación, entre otros.

    Sí, son las mismas Farc que una vez bombardearon una iglesia en donde se refugiaban mujeres y niños, matando más de cien personas en la triste toma al pueblo de Bojayá. Las mismas que le pusieron la bomba al Club El Nogal hace exactamente veinte años; las que se tomaron pueblos, secuestraron y mataron policías y soldados, desplazaron campesinos, ganaderos, comerciantes, personas inocentes que solo querían trabajar por este país. Esas mismas Farc que han sido un cáncer para Colombia y que nunca desaparecieron, sino que por el contrario se dividieron en varios grupos cual medusa a la que le nacen dos cabezas cuando le cortan una; esas mismas Farc que hoy se quieren reconocer como víctimas, ahora lucen uniformes nuevos y limpios, cascos iguales a los que usa el ejército colombiano, dotación de primera calidad, y seguramente armamento mucho más moderno que el que tenían en la época de las pescas milagrosas. Gracias a la falta de gobierno, este grupo toma su segundo aire y se encuentra en el mejor momento de su historia delictiva.



    Si alguien se pregunta por las autoridades legalmente constituidas, por las instituciones que debieran encargarse de que esto no suceda, sería tachado seguramente como un mal ciudadano, o al menos uno muy inconsciente que no alcanza a dimensionar el trasfondo que tiene la mal llamada “paz total” que propone el presidente Gustavo Petro para firmarse con toda la caterva de delincuentes que azotan al país. Porque la “paz total” es ante todo impunidad, es olvido perenne, es “dejar hacer y dejar pasar”, es revictimizar a la víctima y reivindicar al hampón y al asesino; en otras palabras, el pacto con la criminalidad.

    Ya lo dijo el presidente en una alocución anterior: “si logramos que una serie de actividades de la sociedad colombiana que hoy se consideran crimen no se consideren crimen más adelante, pues habrá, por definición, menos crimen en Colombia”.    

    Importante anotar que “el cambio” que se encumbró en el poder no fue un cambio para mejorar sustancialmente la vida de los ciudadanos, sino para dar la impresión de que se les mejoró. Basta con decir que ya no se consideran delito algunas “actividades”, como las llama Petro, para que dejen de considerarse delito. Por ende, el resultado será una sociedad libre de delito.

    Todo comienza por el lenguaje. El verbo, principio para la creación de la tierra y los cielos, ahora parece que es una potestad del dios Petro.



    De manera pues que esta es la estrategia. Bien Goebbeliana, por demás: partir de una premisa falsa, de una mentira, y con ello basta para cambiar la realidad. Como cuando decía el Ministro de Propaganda nazi que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.

    Uno escucha a Petro y pensaría que algo falla en su coeficiente intelectual. Es lógico que las conductas delictivas no dejarán de serlo por el solo hecho de que no se les llame delito. Póngasele el nombre que quiera, lo cierto es que un individuo que vulnera la libertad de otro y por ende sus derechos, es digno de ser castigado: es un violador de la ley. Ahora, si la ley se cambia, ¿dejará este individuo de vulnerar los derechos ajenos en detrimento de sus avideces solo porque ya la ley no contempla su actuar como delito? Al contrario, cada vez más y más individuos sin el importe de la punibilidad saldrán a las calles a cometer fechorías. Eso es lo que quiere el perverso que nos dirige.

    No es que le falle la materia gris, sino que sabe para dónde nos lleva. Su astucia es saber cómo “medirnos el aceite”, cómo “mover la línea ética”, cómo expandir más la Ventana de Oberton para que aceptemos lo malo con toda naturalidad. Su demagogia no tiene límites y nuestra pasividad tampoco. Por mucho menos de lo que Petro ha propuesto se han caído presidentes en otros países. En el nuestro, incluso, la ciudadanía y las fuerzas sociales fueron capaces de derrocar a Rojas Pinilla en 1957.

    Porque lo primero que está haciendo este señor es congraciándose con la base votante para que lo perpetúe en el poder, ya sea a través de él mismo, o de interpuesta persona. Y esa base electoral lo apoyará en las siguientes elecciones a cambio de subsidios y perdón de sus trasgresiones. Sabemos que sus apoyadores son de carácter violento y no dudarán en salir en su defensa cuando la ciudadanía cansada de la opresión y la injusticia quiera exigir sus derechos. La represión de estos grupos, que por arte de magia han lavado su condición de delincuentes, será la más brutal de todas. 



    No olvidemos que para llegar al poder nuestro impoluto mandatario se suscribió a pactos como el de La Picota hablando a favor de un “perdón social” que nadie entendió qué significaba. Luego le ordenó al fiscal durante su posesión que dejara libre a los “jóvenes” detenidos que “clamaban por sus derechos”, y finalmente ofreció que el Estado los subsidiaría con casi un millón de pesos a cada uno. Todo sea por la paz total. A las Farc y los demás grupos criminales los recompensó con su discurso en favor de la cocaína y su negativa a perseguir el narcotráfico. Y luego dicen que el presidente no tiene la culpa de nada de lo que está pasando en el país, puesto que es una situación a nivel mundial.

    No nos crean estúpidos: el presidente de Colombia es parte de la conspiración mundial. Él ayuda a que se concrete la agenda de destrucción de la democracia. Por algo obra en favor de todo lo que conlleva a la dictadura pronunciando frases como la que más arriba se citó. Es decir, si no se dice que algo es malo, entonces no tiene por qué serlo.

    No importa si Petro hace que se erradiquen del código penal delitos como la calumnia, la injuria, el incesto o la asociación para delinquir en el marco de la protesta social. Tampoco que desaparezcan las leyes que condenan los delitos contra el sentimiento religioso o el respeto a los muertos. No importa si de aquí en adelante todo eso se considera como una simple actividad que no conlleva a conducta punible. La realidad no se puede cambiar de la noche a la mañana con tan sólo decretarla, al mejor estilo de los psicólogos positivistas. Porque bajo esa misma premisa habría que decir que si logramos que a la dictadura no se le llame dictadura, entonces no habría por qué pensar que estamos comenzando una dictadura.



    Tal y como lo decía el viejo Orwell por allá en 1947, cuando escribía su famosa distopía: “en una época de engaño universal, la verdad se convierte en un acto revolucionario”.

    Después nos daremos de frente contra la realidad, y aun así diremos: esa no es la realidad.






sábado, 4 de febrero de 2023

El progresismo pega duro

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Cuando le dieron la palabra a Rupertino, estando en aquella charla a la que asistió, titulada Lenguajes Experimentales y Enfoque de Género en la Literatura Moderna (porque Rupertino andaba entonces muy interesado en el tema de lo novedoso en la literatura para poder seguir forjándose como escritor a futuro), este se despachó sin más:

    —Los cursos de género y el lenguaje inclusivo son un atentado contra la libertad; una basura ideológica —profirió.

    Todos en el auditorio lo miraron asombrados ante tamaña insolencia pronunciada contra la diversidad. No podían creer que se tratara de un fóbico infiltrado en sus huestes.

    —Pero, ¿cómo puede usted decir semejante afrenta, señor? —lo reconvino el expositor.

    —Sí, sí. Yo no convengo con eso —reiteró Rupertino—. Todo lo que aquí se ha dicho son paparruchadas y cuentos para retrasados. Esto es pura ideología, no es literatura.

    El expositor tuvo que contenerse para no estallar en procacidades contra aquel hereje que despotricaba de su conferencia; de un tema para el que llevaba toda su vida preparándose, además de haberse especializado en Estudios de Género y Diversidad en una de las tantas universidades del Estado en donde tienen tan transcendental carrera. Un murmullo de inconformidad comenzó a sentirse en el salón hasta convertirse en protesta airada contra Rupertino.

    —¡Fuera! —le gritaron.

    —¡Homofóbico!

    —¡Facho!

    —¡Antiderechos!

    —¡Machirulo!

    —¡Heteropatriarcal!

    —¡Uribista!



    El expositor pidió calma y se dirigió adusto hacia el interlocutor que lo contradecía. Lo miró seriamente a los ojos y habló con voz temblorosa:

    —Le voy a pedir con toda decencia que se retire de este recinto, si acaso usted no apoya lo que aquí se está diciendo. Tenga en cuenta que esto es una política protegida por el Estado y que puede usted ser demandado por discurso de odio.

    Rupertino sabía lo que se le venía encima. De hecho, en el título de la conferencia había intuido de lo que se trataba. Por eso asistió, porque en algún momento sabía que iba a molestar. Quería que lo odiaran, pues ya estaba harto de sentirse ignorado. Tomó sus cosas, pero antes de marcharse habló a la multitud que estaba a punto de írsele encima.

    —Me voy, pero les digo que la literatura no es esto. ¿Cómo pretenden que le pongamos una e a los adverbios, los adjetivos, los pronombres y otras palabras al final solamente por un asunto de incluir a los que no se sienten masculinos ni femeninos? No pervirtamos el lenguaje. Y eso de descubrir características homosexuales en cada escritor que se menciona ya está rayando con la paranoia. Que fulanito escribió tal novela, y que era homosexual. Que este otro escribió tales novelas, y que sus premios se deben a que era homosexual. No me “hinchen las pelotas”, como dirían los argentinos. Oscar Wilde fue un excelente escritor, y sí, era homosexual, ¿y es que eso debe importar? Lo que importan son sus obras, no con quién se acostaba.



    —Definitivamente usted es un fascista irredento —le dijo un compañero al tiempo que lo tomaba del brazo para intentar sacarlo del recinto. 

—El fascismo hoy no existe, señor —contestó Rupertino sacudiéndose al compañero, y agregó—: eso fue un sistema totalitario que se acabó después de la Segunda Guerra Mundial y quedó prohibido de por vida. En todo caso, si quedan fascistas en este tiempo, esos son ustedes, los de la extrema izquierda.

    Chiflidos y rechiflidos resonaron por todo el espacio, y entonces otro tipo fortachón con la camiseta ceñida se paró y sacó a Rupertino a trompicones.


    Llegando al paradero de buses tuvo una ligera sospecha de que alguien lo seguía: un sujeto de chaqueta negra, a quien Rupertino le pareció haber visto durante la charla, llegó al mismo paradero conversando (o fingiendo conversar) por celular al tiempo que miraba alrededor, como buscando algo. Se fijó en Rupertino y no volvió a quitarle la mirada.

    Cuando el autobús llegó y se detuvo, ambos hombres se subieron. Primero Rupertino, adelante en la fila; luego tres o cuatro personas más y enseguida el tipo de la chaqueta, que ingresó de último y se sentó en la banca larga del fondo sin perder de vista su objetivo.

    El viaje fue lento y agotador. Rupertino miraba por la ventanilla desde una de las bancas del centro, ya desapercibido del hombre de la chaqueta y pensando en el episodio que acababa de protagonizar. Bien hecho que lo hubieran sacado, se dijo. Cuando una persona quiere torpedear una clase hay que retirarla, y él se ganó su expulsión a pulso.

    Llegando a su destino, al momento de descender, comenzaron a avivarse sus sospechas. El sujeto también se puso de pie para bajarse en el mismo paradero. ¿Sería el hombre un enviado del conferencista con el propósito de tomar alguna especie de retaliación por lo sucedido?, pensaba, y a decir verdad no le hubiera parecido extraño conociendo el nivel de fanatismo de sus contradictores, quienes rotulaban como malas personas a todo aquel que no pensara como ellos. Imposible. Una discusión ideológica no debía dar para tanto. Simplemente alguien tenía que decir lo que se dijo. De seguir así, esa gente terminará arruinando cualquier área del conocimiento introduciendo ideología en todo.

    Descendió del autobús, cruzó la calle, caminó por la acera hasta el semáforo de la esquina. Cuando la luz cambió a rojo se enrumbó por la callejuela que lo conduciría hasta su casa después de atravesar un parque solitario. Observó sereno que el hombre de la chaqueta se dispuso a cruzar la avenida. Tomó la dirección opuesta a la de Rupertino. Menos mal, pensó. ¿Por qué alguien lo habría de seguir sin motivo? Un ladrón no se toma la molestia de subirse a un bús, pagar el pasaje, esperar a su víctima hasta que llegue y luego robarla en un paraje oscuro; a no ser que sepa que lleva una buena cantidad de dinero. No era este el caso, pues Rupertino a duras penas contaba con lo de los pasajes. Definitivamente tenía que bajarle a la paranoia si quería llevar una vida tranquila. ¿Quién, en su sano juicio, querría darle una lección a un “insensato” por haber incomodado a un grupo de aleccionados progres? Ni el más desocupado perdería su tiempo con él.



    Todo esto lo pensó mientras, en efecto, atravesaba el desolado parque a una cuadra de su residencia. No se dio prisa: mil veces había pasado por aquel lugar y nunca había tenido ningún inconveniente. Se reía de sus descabelladas ocurrencias cuando, detrás de un árbol en medio del parque, apareció el rostro socarrón del hombre de la chaqueta. ¿Cómo había llegado hasta allí si supuestamente había virado en la dirección contraria? ¿A qué hora lo había rebasado y cómo alcanzó a esperarlo detrás de un árbol?

    No hubo tiempo para interrogantes. El hecho es que el desconocido saltó sobre Rupertino y lo arrasó como un tren de carga. Lo mandó al pasto, lo golpeó hasta cansarse mientras la víctima intentaba protegerse el rostro. Ni siquiera tuvo ocasión de defenderse, ni destreza suficiente para aminorar los puños. La sorpresa del ataque lo dejó sin reacción. Cuando ya Rupertino asimiló que estaba siendo objeto de una paliza brutal pidió clemencia, que no lo fueran a matar. Al menos que le dieran una explicación. Siempre había sido un cobarde para las peleas, un acoquinado que solamente las sabía provocar sin saber responder con sus manos.

    —¡Hombre, tranquilo!, ¿qué pasó? —gritaba el pobre cuando le permitían tomar un respiro.

    Pero el hombre no lo dejó tranquilo hasta que vio a Rupertino moribundo y echando sangre por boca y nariz, inerme, yaciendo como un agonizante. El agresor, que ni siquiera tuvo que despojarse de su chaqueta negra para derribar a su oponente y dejarlo rendido, se levantó y le escupió en la cara. Antes de retirarse lo sacó de la duda.

    —Esto va por Catica, para que aprenda que a las mujeres como ella no se las deja tiradas.

    Luego, una patada adicional en el abdomen sirvió como corolario de aquel festín de porrazos.

    —Y esta va por mis amigos gays.

    Entonces Rupertino recordó, en medio del dolor, la vez aquella en que se deshizo de su amiga Cata, La progre, dejándola peinada para quedarse con sus otros amigos en una discoteca de música mexicana. (Música de paracos, como decía ella).

    Sin embargo, Rupertino supo que el verdadero motivo del ataque no fue una venganza por el desplante a Cata, ni la incomodidad que le hizo pasar a la gente de la conferencia de literatura con enfoque de género.

    No. La razón principal iba más allá de un asunto personal: se había metido con el monstruo del progresismo. Su guerra contra esa perversa ideología que permeó a la sociedad contemporánea la tenía más que perdida. Tendría que irse acostumbrando poco a poco a las palizas, luego a la prisión, después a la tortura, y en últimas, enfrentar la muerte. El progresismo es un peleador sin ley que pega duro, y Rupertino comprobó el poder de su puño.    


 




Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...