martes, 28 de abril de 2026

Enemigos de la humanidad

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna política)







     El bandido sinvergüenza que un puñado de ignorantes políticos y otro tanto de desalmados y apátridas eligieron hace cuatro años como presidente de Colombia, está dejando claro que no piensa entregar el poder el próximo 7 de agosto a otra persona que no sea su pupilo Iván Cepeda (igual de bandido, aunque no sé si tan degenerado, y por lo mismo mucho más peligroso), o a él mismo.

     Con cada atentado de los más de treinta que se produjeron en el país el pasado fin de semana; con cada uno de los más de veinte compatriotas asesinados por los terroristas con los que se sienta a hablar de “paz total”, el sinvergüenza le hizo entender al pueblo colombiano que la entrega del poder a un proyecto antagónico al suyo no procederá por las vías democráticas, sino por la fuerza. Porque nos querrá imponer al “simpático” Cepeda a las malas, si acaso el pueblo colombiano decide votar con la razón de su parte. Si acaso el pueblo vota por lo que representa lo que es justo. 




     Las pipetas de gas y las bombas que los criminales lanzaban sobre ciudadanos inocentes para matarlos de la forma más vil y canalla eran, al tiempo, los juegos pirotécnicos simbólicos con los que el desgraciado celebraba su cumpleaños rodeado de sus camaradas y compinches. Sí, mientras al pueblo lo masacraban, el apátrida de la Casa de Nariño se emborrachaba, hacía fiesta y publicaba su bacanal para que el país interpretara de una manera dolorosa que los muertos que sus amigos terroristas ocasionaban eran su mejor ofrenda. Tal como lo hicieran los más sanguinarios emperadores romanos.

     En esta instancia de la república, en plena época de campañas electorales, cuando todo el mundo resulta ser el candidato idóneo para manejar este país, abundan los oportunistas y los vendepatrias que dicen ser el verdadero cambio porque son los más expertos. Pero la gente anda tan cansada de políticos y forajidos, que ya nadie cree en ningún cambio, y tal vez por desidia, miedo o resignación, una gran parte del electorado ha optado por dejar las cosas así y apoyar la continuidad. Entonces, decepcionados por tanta promesa repetida, al borde del abismo y con ganas de saltar al vacío, dan a entender que los ciudadanos piden (según lo que muestran las encuestas) que repitan la fórmula, porque de todos modos el país viene perdido desde hace muchos años y ya en las elecciones pasadas habían sellado su destino para siempre. 




     A veces hay decisiones casi irreversibles, y la decisión crucial la tuvimos hace cuatro años: no permitir que la extrema izquierda llegara al poder. Pero dejamos que llegara, y he aquí las consecuencias. Hoy, una pequeña parte del pueblo, desfallecida por el hambre y la desesperación que causaron estos socialistas, se ha vendido al régimen; un poco para poder comer y otro poco para no sucumbir ante las balas. Un pueblo marginado, excluido, al que lo engañaron con cuentos y lo convencieron con subsidios de miseria en una mano y el frío metal de los cañones en la otra. Esos son los que piden que el diablo gane, que reine el infierno, que se prolongue el “Pacto”, que no se vaya Petro, que cambien las leyes porque así todo va a mejorar, como en efecto se los han prometido. Y con una nueva Constitución el "líder intergaláctico" podría regresar al trono antes de lo previsto. Ese es el juego, compatriotas.

     La otra porción de los votantes del “simpático” se la inventaron las encuestas. Son electores de papel que suman en la virtualidad, que inflan una tendencia y mueven a una masa enceguecida para dar su apoyo al que tenga mayores opciones de ganar, porque les dicen que toca estar con el candidato ganador, no sea que pierdan todos los “beneficios adquiridos”. Beneficios que los tienen sumidos en una situación aún peor, pero ya saben que todo es culpa de los uribistas, de la derecha fascista, del capitalismo, del imperio, de los conquistadores españoles y hasta de Donald Trump.  




     Lo más triste es que en Colombia pasa de todo y no pasa nada. Seguimos la vida normal, como si los muertos no nos dolieran. No hay que salir a quemar el país como los izquierdistas, pero sí tenemos que hablarlo, escribirlo, desaprobarlo en público, decir lo que pensamos, porque por nuestro miedo contribuimos a un silencio cómplice. Comenzar por censurar socialmente al que tenga intenciones de votar por Cepeda o retirarle la palabra al amigo o al familiar petrista ya es un buen inicio. La patria vale más que la amistad con resentidos de mala calaña.

     Dos cilindros bomba en el Batallón Pichincha; un atentado con más de veinte muertos en el túnel de Cajibío sobre la Vía Panamericana, el peor en veinte años; otro escándalo de corrupción con lío de faldas incluido en la Casa de Nariño, desde donde nos enteramos que una muchachita sin estudios maneja a su antojo las instituciones más importantes de un país de cincuenta millones; el decreto para robarse 25 billones de pesos de las pensiones de los colombianos; el alza desmedida del impuesto predial en las zonas rurales; la amenaza de no reconocer los resultados de las elecciones si no gana el comunismo; todo esto solamente como por mencionar algunos de los “insignificantes” sucesos de las últimas dos semanas en un país donde la izquierda ya no cuenta las masacres ni sale a protestar por los impuestos. Cómo se han vendido todos esos personajes que gritaban “nos están matando”, y hoy no se les ve en ninguna proclama con sus gorras, sus camisetas y sus espectáculos baratos.




     Está comprobado que sin seguridad no hay sociedad posible. Si un pueblo está indefenso porque el gobierno y los delincuentes lo sustrajeron de su seguridad, es apenas obvio que ese pueblo la reclame a gritos. No porque se la vendan como un discurso de derecha, según los zurdos, sino porque no se puede construir nada en torno a un clima de terror perpetuo. Por eso resulta imprescindible devolverle el poder a las fuerzas armadas para que actúen contra los bandidos y los reduzcan a la cárcel o al cementerio. El Estado de derecho en el que predomine el imperio de la ley ya está inventado. Es la única alternativa para comenzar a levantar este desastre. 

     Así las cosas, no queda más que repudiar toda esa ola progresista que es la gran responsable de que hoy en día los asesinos sean vistos como víctimas de la sociedad. Eso se tiene que acabar. Y para repudiar el progresismo hay que repudiar a sus militantes, gente sin valores, sin escrúpulos y sin sentido de la moral, porque hasta eso relativizaron.

     Es la razón por la cual no tengo ni tendría buenas relaciones con izquierdópatas: no porque piensen diferente, sino porque al final terminan apoyando a los que buscan una excusa para convertirse en enemigos de la humanidad.

     Mis sentidas condolencias a las familias del Cauca que perdieron a sus seres queridos a manos de la violencia salvaje de los terroristas  -esos sí de extrema izquierda- y que hoy se encuentran pasando por un trance amargo. Que Dios se apiade de ellas y les de mucha fortaleza y resignación. Y a los heridos una pronta recuperación. Que esto no se quede sin castigo.






sábado, 25 de abril de 2026

El fraude peruano a la colombiana

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(crónica política comentada)









     El pasado 12 de abril se llevaron a cabo las elecciones presidenciales y legislativas en Perú con un resultado que hasta el día de hoy todavía no es claro. No se recuerda en el hermano país que haya habido una jornada democrática más bochornosa, desordenada y fraudulenta.

     Aún no se tiene fecha para la segunda vuelta, pues el JNE (Jurado Nacional de Elecciones) no ha proclamado oficialmente los resultados de la primera. Quienes hasta ahora pasarían a esa instancia serían la candidata del fujimorismo y representante de la clase política tradicional, Keiko Fujimori, del partido Fuerza Popular, con un 17% de la votación; y Roberto Sánchez, el candidato de la extrema izquierda, del partido Juntos por el Perú, que hasta ahora tiene alrededor del 12% del total escrutado. El litigio está en la definición del segundo y tercer lugar, puesto que ya Keiko ha obtenido la ventaja que le permite competir en segunda vuelta a la espera de la definición de su contendor.

     Todo indica que, al candidato de la derecha conservadora, Rafael López Aliaga, del partido Renovación Popular (11.9% de la votación), le embolataron miles de votos para eliminarlo de la contienda presidencial. Al menos eso es lo que se afirma desde las huestes de su campaña, y así lo han podido demostrar sin que ninguna autoridad electoral ni política intervenga en su favor. La izquierda radical y el Establecimiento se han aliado en pos de este objetivo para eliminar al candidato conservador, por el que gran parte del pueblo parecía guardar la mayor simpatía. ¿No se les hace familiar esta coyuntura de la política peruana? 




     El escenario electoral en Perú es muy parecido al que se vive en este momento en Colombia con los tres principales aspirantes que aquí se disputan las elecciones. El resto, que no marcan ni lo del margen de error en las encuestas, no tiene nada que hacer en el tarjetón. Iván Cepeda, Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella, trasladados al Perú, podrían llamarse, en su orden, Roberto Sánchez, Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga. Lo que representan estos últimos candidatos encaja a la medida con lo que representan los aspirantes colombianos.

     Roberto Sánchez es el candidato de la extrema izquierda, el simpatizante del comunismo, el que no se atreve a criticar al socialismo ni a los dictadores de izquierda de la región, porque con ellos es que se va a llevar bien. Por si fuera poco, un sujeto como Gustavo Petro ya celebró su paso a la segunda vuelta cuando ni siquiera el JNE ha oficializado ese resultado. Este es el Cepeda peruano, o al revés, Cepeda es el Sánchez colombiano. Diría yo que Sánchez no tiene tanto prontuario y no sería tan peligroso como el “simpático” papelito Cepeda, pero van en la misma línea empobrecedora y resentida. Su objetivo no es otro que destrozar económica y socialmente el país para entregárselo a la Internacional Comunista y al globalismo que propende por aniquilar el concepto de patria mediante dictaduras de izquierda, como sería especialmente la de Iván Cepeda con sus medidas para favorecer a los criminales, perseguir a las empresas y someter a la población.




     Por su parte, Paloma Valencia es como la Keiko Fujimori colombiana. El padre de Keiko fue presidente. El abuelo de Paloma también lo fue. Keiko y Paloma pertenecen a la casta, no tienen ideología política propiamente de derecha, pero están aliadas con el establecimiento y los partidos corruptos. Por lo menos a Paloma no se le ha relacionado con casos de corrupción, todo hay que decirlo, pero a Keiko sí. De hecho, su padre, el expresidente Alberto Fujimori, cumplió una condena de 16 años en prisión por los delitos de homicidio calificado, secuestro y violaciones graves a los derechos humanos. Murió diez meses después de haber recuperado su libertad, aunque no su tranquilidad de conciencia. Como se ve, Keiko viene de una familia “de principios” y una tradición política enquistada en el poder. El padre político de Paloma es el ex presidente Álvaro Uribe, también envuelto en líos judiciales gracias al mismo Iván Cepeda, que lo acusó, y hasta logró que lo condenaran en primera instancia y le dieran casa por cárcel preventivamente mientras se desarrollaba el juicio. Sólo que Uribe demostró su inocencia durante el proceso, pues no hubo ninguna prueba en firme que corroborara las acusaciones de Cepeda, y aunque la juez cuestionada lo halló culpable de soborno y fraude procesal, Uribe acudió a una segunda instancia donde finalmente fue absuelto. En este caso la comparación entre Paloma y Keiko por sus familiares y mentores políticos solamente aplica en cuanto a la influencia de una figura política que las apadrinó, pero no a la gravedad de los procesos judiciales de uno y otro. Lo que sí es cierto es que ambas están mal rodeadas de una casta que se piensa que son los dueños del país, y de llegar al poder tendrán que ponerse a pagarles sus favores electorales, por lo que la corrupción y el clientelismo sería sello de garantía de su gobierno.




     Rafael López Aliaga en el Perú es el que más se asimila a Abelardo de la Espriella en Colombia, porque ambos representan las ideas de una derecha conservadora, provida y a favor del libre mercado y la reducción del Estado. Aunque López Aliaga ya fue alcalde de Lima, su campaña ha sido transparente y los cuestionamientos por parte de sus enemigos no han podido probar que haya sido corrupto en su gestión. A De la Espriella también lo señalan sus adversarios por su ejercicio como abogado y por el talante de ciertos clientes a quien representó, pero de todos los procesos que se han abierto en su contra, ninguno ha terminado en una sanción disciplinaria o en un proceso jurídico por sus actuaciones. Ambos son considerados los outsiders de las campañas, los que se irían de frente contra el aparato burocrático y la agenda progre-globalista, y los que representan el fervor nacional. Hasta la imagen de cada uno se ha visto asociada con un animal. En el caso de López Aliaga, le dicen Porky, por su parecido con el cerdito de la Warner Bros. Abelardo se hace conocer como “El tigre”, y su campaña y simbología política gira toda en torno alrededor de este felino. Desde luego, siempre será mejor ser un tigre que un cerdito. También a ambos los consideran sus detractores como extremos, ultras, y hasta fascistas por el solo hecho de defender la seguridad y ser partidarios de la mano dura contra la criminalidad.

     En lo que no debería haber ni punto de comparación con el Perú, es en su fraude electoral, pero como van las cosas en Colombia, todo apunta a que así va a ser. Un fraude que supuso una alianza macabra entre la izquierda y la casta política que no permite adversarios que estén por fuera de su aparataje. Un fraude contra el candidato independiente, el más cercano con el pueblo, porque de lo que se trata no es de que el pueblo gobierne, sino de que los políticos no pierdan su hegemonía. Habiendo marcado López Aliaga hasta un 25% en las encuestas, todos en Perú esperaban que por lo menos pasara a segunda vuelta. Está en un cabeza a cabeza con Sánchez por el segundo lugar, y la diferencia no supera los catorce mil votos, que deben andar por ahí tirados en la basura, o ya quemados por los agentes venezolanos y cubanos que misteriosamente trabajan en la ONPE. Más de 1.300 actas fueron halladas en la vía pública, mostradas en televisión y luego incautadas por la Policía Anticorrupción.




     López Aliaga, el candidato asaltado en estas elecciones, expuso el plan que utilizaron para dejarlo por fuera. Lo denominaron como la Operación Morrocoy, una suerte de golpe sistemático para efectuar un fraude aparentemente de baja intensidad, pero capaz de cambiar la votación de todo un país. La Operación Morrocoy es llevada a cabo desde la ONPE siguiendo una serie de pasos que contribuyeron inevitablemente a restarle votos a Aliaga, quien se perfilaba como uno de los favoritos para llegar a segunda vuelta.

     La fase 1 de esta operación fue el retraso deliberado de los camiones que debían llevar las actas a los centros de votación por orden de la ONPE (Oficina Nacional de Procesos Electorales), quien se demoró para repartirles el material electoral, afectando por lo menos la posibilidad de un millón y medio de ciudadanos para votar. Filas inmensas de personas se agolparon a la salida de los coliseos y colegios sin poder ejercer su derecho.

     La fase 2 de la Operación Morrocoy fue el sabotaje por el desplazamiento de mesas de votación y traslados de cédulas que no fueron solicitados por los votantes. El típico caso del señor de edad que va a votar y le dicen que le corresponde votar en un puesto remoto, en una zona donde jamás alcanzaría a llegar ese día, o le dicen que simplemente le corresponde votar en el extranjero, o incluso que ya votó, cuando la persona apenas está llegando a ejercer su derecho. Alguien más votó por él. Fue una herramienta utilizada para desanimar y excluir a los electores.

     Luego viene la fase 3 que Aliaga denuncia abiertamente, la cual consiste en la fabricación de actas virtuales que jamás estuvieron contempladas en el sistema, a través de una numeración inexistente, en este caso de la serie 900000 a la 905000, para inyectar votos fraudulentos al sistema. Son prácticamente actas fantasmas insertadas a último momento con la anuencia de aquellos funcionarios de la ONPE que tienen los permisos para crearlas, pudiendo con ello ponerle votos a uno y quitarle a otro arbitrariamente, pasando por encima de la voluntad popular.




     La fase 4 consistió en la vieja confiable del gemeleo de las actas. Aquello que Maduro en Venezuela no pudo lograr para demostrar que no había hecho fraude, en Perú lo lograron casi a la perfección. Con un detalle que no tuvieron en cuenta, y es que las firmas de los miembros de mesa del acta original no coincidían con las del acta falsificada en el sistema. Además, hay que tener en cuenta que dentro de una misma acta no concordaban los datos de los votos por los senadores de López Aliaga con los datos de los votos por el mismo López Aliaga. Hubo mesas con muy buena cantidad de votos para la gente de Renovación Popular y cero votos para él, lo cual no es lógico. Equivale a decir que al votante peruano le gustaban los senadores que tenían el aval de Aliaga, pero no le gustaba Aliaga. Y ni qué decir de las mesas duplicadas. Dos mesas diferentes, con jurados diferentes y con exactamente la misma distribución de los votos. Qué casualidad, ¿no?

     Finalmente, la fase 5 de este fraude consistió en la manipulación de la base de datos del sistema de la ONPE, deshabilitando los permisos abiertos para que desde afuera se pudiera acceder a ella y borrar los resultados previamente consignados, dejando así las actas limpias para nuevos datos amañados. Esto se pudo corroborar gracias a que no hubo necesidad de duplicar las actas en físico, sino en el sistema. Al comparar la una y la otra las diferencias saltaban a la vista, desde luego, perjudicando siempre a Aliaga. Esto equivale a tener las claves de acceso al software que en Colombia Petro tanto le ha pedido a la Registraduría que se las suministre. Es muy posible que al final las pueda conseguir por los medios que le sean necesarios.




     Aparte de la implementación minuciosa de toda esta operación, también se evidenciaron irregularidades como mesas que nunca abrieron, impresoras y computadores que no funcionaron y la ausencia de las fuerzas armadas en la custodia respectiva de estas actas, que finalmente se sabe que fueron manipuladas o extraviadas. Aliaga ha llamado a sus seguidores a la resistencia civil, ha pedido a las autoridades la nulidad del proceso, ha anunciado demandas contra Piero Corvetto, jefe de la ONPE, y ha advertido que esto mismo lo podrían estar fraguando en otros países, léase Colombia, donde fuerzas extranjeras del comunismo internacional están preparando el terreno para hacer lo que hicieron con su candidatura en el Perú. 

     Pero sus denuncias no han tenido eco en la comunidad internacional ni en los países democráticos. Los medios de comunicación hegemónicos no lo reseñan con fuerza suficiente, se ha sembrado el silencio y la indiferencia, como si esto fuera un asunto de trámite en el país vecino. Han dejado solo a Aliaga y, por ende, han condenado el futuro de Perú, que seguramente volverá a caer en manos de un régimen de miserable izquierda, o de otro dominado por la oligarquía política de siempre y sus grupos de interés. Cualquiera de las dos posibilidades pinta un panorama negro para el pueblo inca.




     Se me hace que en Colombia tienen todo listo para contrariar la voluntad popular que al poder no le conviene. Ya cuentan con más experiencia, con una técnica mucho más depurada y con el terror de muerte que siembran los grupos criminales que apoyan al heredero de Petro. De ahí que cada día lo inflen más en las encuestas, en su mayoría vendidas, para irle sembrando al pueblo la idea de que Cepeda será el presidente de la República y de que no hay nada más que hacer.

     Pero este villano no tiene pueblo, y eso se refleja en la opinión de la calle. De ahí también que los seguidores de Paloma Valencia, es decir, los de la élite política de siempre, la quieran poner por encima de “El tigre” en las encuestas, a propósito de la última medición que sacó la fraudulenta encuesta INVAMER: para decir que sólo ella puede derrotar a Cepeda y que por eso es menester apoyarla.

     Como sea, para Cepeda, así como lo será para Roberto Sánchez en el Perú, es mucho más cómodo disputar la segunda vuelta con la candidata manchada de la politiquería de abolengo que con el candidato que no dudaría en truncarle su proyecto socialista y hacer todo por llevarlo a prisión. A él y a su mentor Gustavo Petro. Porque el miedo que le tienen al outsider los está llevando a consumar el fraude, ya no en la instancia definitiva, como lo hizo el sinvergüenza en las elecciones pasadas, sino en la primera vuelta, que es donde más facilidades tienen para robarse las elecciones.

     Todo para atajar a Abelardo de la Espriella, el único candidato que cuenta con el fervor popular. De no pasar a la segunda vuelta, se hallaría la razón de esta anomalía en el fraude más descarado de la historia: el fraude peruano a la colombiana, en el que se unió la izquierda comunista con el Establishment corrupto y ladrón, que al final son dos carteles que trabajan para los mismos jefes y con el mismo propósito: el de seguir manteniendo jodido al pueblo.









sábado, 18 de abril de 2026

Memorias de abriles olvidados

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Reflexión)







     El año pasado escasamente es un recuerdo. Ya no se consiguen sus días en los almanaques de papel, que seguramente fueron arrojados al cesto de la basura apenas se produjo el cambio cronológico, a no ser que uno revise el calendario del celular o cualquiera que haya sido diseñado electrónicamente, porque esos te permiten echar a andar el tiempo atrás. No pocas veces uno retrocede en el tiempo para corroborar alguna inútil estadística, como por ejemplo saber qué día cayó el 16 de marzo de un año en el que uno todavía no había nacido. Si bastara mirar el calendario para volver al pasado, no lo dudaría ni un instante. ¿A cuento de qué estamos avanzando?

     El año presente, como todos los años, viene saturado de prisas y olvidos, y se está consumiendo tan febrilmente como un incendio voraz. Ya vamos rematando el cuarto mes y pareciera como si no hubiera sucedido nada, aunque a nuestro alrededor ha sucedido de todo. El tiempo está pasando tan abruptamente que ya no hay que esperar al 31 de diciembre para hacer el balance general de lo que fue el reciente movimiento de traslación del planeta. En una semana, apenas finalice abril, ya podremos estar haciendo un recuento del primer cuatrimestre como si se hubiera vivido un extenso período de tiempo, no porque realmente ciento veinte días sean mucho, pues en realidad son poca cosa para lo que es la eternidad, sino por una causa mucho más lamentable: tenemos mala memoria; estamos viviendo apenas el presente por recomendación de los hedonistas y pseudo gurús de las redes sociales; nos enfocamos en los sucesos inmediatos, en los eventos, en las celebridades, en las tragedias del mundo, pero nos olvidamos de nuestro propósito como seres humanos. De ahí que haya individuos desocupados como este servidor que insiste una y otra vez en hacer un recuento de la vida que ya pasó: craso error. 




     Ya nos parece lejano, por ejemplo, el 3 de enero. Si yo le pregunto a un desprevenido transeúnte cómo recuerda el 3 de enero de 2026, me dirá que no se acuerda exactamente de lo que hizo ese día. La razón es que apenas estaba comenzando el año y muy seguramente estaba al inicio de su viaje de vacaciones o pasando la resaca de la reciente celebración de Año Nuevo. Pero si yo le digo que, si acaso no se acuerda de la captura del dictador Maduro a manos de las fuerzas militares de los Estados Unidos bajo la orden del presidente Trump, me va a decir que, en efecto, se acuerda muy bien, porque las noticias lo divulgaron hasta el cansancio, y porque eso pasó hace muy poco tiempo. Tres meses y medio, para ser exactos, quién lo dijera, y el transeúnte se preguntará a sí mismo: “¿Ya pasaron más de tres meses?”. Luego cuestionará si ha cambiado en algo la situación de Venezuela después de tanta celebración y tanto revuelo que produjo la noticia, y la respuesta que encontrará en la opinión de los expertos es que todavía se necesita tiempo, porque las cosas solo cambiarán con el paso del tiempo.

     Pero el paso del tiempo, en realidad, no cambia nada. Lo único que hace el tiempo es envejecerlo todo, y tal vez esa sea su única cualidad. No proporciona vivencias ni experiencias, no necesariamente otorga sabiduría, no mejora la situación económica, no cura por sí solo las heridas. Raras veces el tiempo lo vuelve a uno mejor persona, aunque sí lo puede endurecer si se ha dejado pasar el suficiente como para marchitar las relaciones y congelar los afectos. Esa idea queda plasmada en el título de una célebre canción de los Enanitos Verdes, que esta semana recordamos a propósito del fallecimiento de su guitarrista y miembro fundador, Felipe Staiti (lunes 13 de abril): Sumar tiempo no es sumar amor




     Me gustaría, en lugar de detener el tiempo, aprovecharlo. Levantarme y vivir para llevar a cabo la misión que se me encomendó desde el día en que vine a este mundo. No quisiera desperdiciarlo como el agua de la llave que uno deja caer mientras se calienta para no espantar el cuerpo con el agua fría. Me gustaría, repito, pues es algo que resulta muy fácil de escribir; muy difícil de ejecutar. Me gustaría haber sido más resistente, más incansable, más perseverante. Mucho me temo que de esas cualidades no me dotaron, porque soy todo lo contrario: flojo, inconstante, inestable, inseguro, procrastinador. Si tan solo hiciera el diez por ciento de lo que mi cabeza me dice que debo hacer, me sentiría más satisfecho conmigo mismo. Si tan solo dejara de ver videos por un día, de sobrepensar en lo que tengo que hacer para después no hacerlo, me rendiría más la vida. Pero me temo que sufro de una adicción cruel que me está pasando factura: la adicción de dejar pasar el tiempo como si fuera el agua de la llave, pero sin meter el cuerpo. Porque uno espera la temperatura ideal para poder aventurarse, para zambullirse en el chorro placentero y no querer salir de allí hasta que se obtenga la limpieza perfecta. Sólo que esa temperatura nunca llega. Hay que arrojarse al surtidor frío para ir encontrando el calorcito adecuado que solamente se genera con el movimiento. El cuerpo se calienta solo cuando el corazón late más aprisa. El cerebro se activa cuando el estímulo del pensamiento entra en acción y lo pone en marcha. De la misma manera que un motor no comienza a trabajar si no se le inyecta una chispa de corriente, un hombre necesita de la chispa de la vida que lo motive a ejecutar su plan mediante las tareas más sencillas, que son las que se realizan en el día a día. Esos arranques fervorosos con los que comienzan los proyectos por lo general quedan a mitad de camino. La perseverancia logra mejores resultados, pero requiere de una disciplina férrea que es muy difícil mantener. 




     Tocará entonces enfrentarse al reloj, al calendario, al inevitable movimiento de traslación del planeta para abrazar por una vez alguna pequeña victoria en el camino. Tocará aceptar que uno tiene una condición a la cual, pasado casi medio siglo, ya no se puede renunciar. Porque si se renuncia, como he intentado hacer en no pocas ocasiones, se sucumbe irremediablemente a la infelicidad. Lo he vivido en carne propia. He tratado de vivir para la productividad, para la vida real, para lo que los otros esperan, pero he fracasado rotundamente. Solo cuando trato de vivir para mí me siento un hombre feliz, aunque sea una felicidad construida a base de quimeras. Sé que es demasiado egoísmo de mi parte, pero hay personas como yo que solamente pueden vivir para cumplir su destino errático, aunque ese destino no le sirva a nadie más que a sí mismo, pues es el único salvavidas que lo preserva del naufragio.

     El tiempo, finalmente, posee una cualidad. La de servir como alarma. No instruye, no edifica, no consuela. Simplemente avisa. Avisa en el espejo cuando nos miramos y somos conscientes de nuestro prematuro envejecimiento. Avisa en los dolores del cuerpo, en los movimientos cada vez más lentos y torpes, en nuestras divagaciones constantes, en nuestras miradas perdidas y nuestras lagunas mentales. A veces un aviso basta. A veces, ni con el espejo tras la puerta, ni con los achaques instalados en el cuerpo, es suficiente para la reacción. A veces ni siquiera se puede reaccionar. Ya no hay tiempo.

     A estas alturas, esta reflexión también será un recuerdo vago para el lector, o ni siquiera eso. Si se ha llegado a este punto es porque se tuvo paciencia, pero sobre todo la esperanza de una buena conclusión. Yo solo espero que no haya sido tiempo perdido. Espero, de corazón, que esta prosa que ya fenecerá en el próximo párrafo sea alarma para el lector, revulsivo para el acto creativo, aire en medio de la asfixia. 




     Por supuesto, da un poco de pena quedar mal con los demás, decirles que uno no puede ser lo que ellos esperan de uno. Tal vez salir de sus vidas para siempre, ser olvidado, lamentado, a veces hasta burlado. Por supuesto, da mucho miedo la soledad, la pobreza, y el fracaso, que son los tres monstruos a los que tiene que enfrentarse todo escritor; todo ello condensado en la desdicha del anonimato. Pero hay algo en la sangre que es más fuerte que el deber ser, y es el querer ser. Los valientes se atreven a transitar la escarpada ruta del deber. Los pobres soñadores no pasamos del deseo y siempre seguiremos queriendo. Vivimos del recuerdo, de la hoja del almanaque arrojada al cesto de la basura, de la regresión atrás en el calendario, de la fecha corroborada sin sentido, de prisas, distracciones, balances cada cuarto mes, crasos errores, hechos fortuitos, eventos de tres pesos, tragedias nunca superadas, celebridades y espectáculos de redes sociales, recuentos de vidas ajenas y memorias de abriles olvidados.





sábado, 11 de abril de 2026

Nueva York, la novia tóxica

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Reflexión)







     Lo mejor de vivir en Estados Unidos, y especialmente en Nueva York, si tienes la bendición de ser inmigrante con documentos, es la oportunidad que hay de trabajar con esfuerzo y ganar el dinero suficiente para llevar una vida más o menos digna en un país extranjero. Trabajar tantas horas como lo permita el cuerpo, todavía pleno de juventud y de ganas de progresar; poder recibir esos dólares que uno no verá en su país de origen y soñar con que un futuro es posible allí en la medida en que uno sea juicioso, ahorrador, y con un proyecto de vida que permita un retiro decoroso cuando llegue la etapa de la vejez.

     El sueño rosa americano se acabó, el salvavidas se viene desinflando con el paso de los años, pero aún es posible aferrarse a él mientras el barco colombiano se hunde en la pesadilla comunista que amenaza con arrasar las esperanzas de un pueblo caminando al filo del abismo y que se estará jugando su futuro en la ruleta rusa de las elecciones.




     Por el contrario, lo peor de Nueva York y de la Unión Americana en general, es que ese dinero bien ganado después de la ardua jornada de trabajo no lo acompañará a uno mucho tiempo en los bolsillos. De hecho, mucho antes de ganarse, el dinero está comprometido, gastado por anticipado. Cuando llega la consignación a la cuenta, el trabajador de Nueva York, como supongo que lo es en todo el mundo capitalista, ha tenido que hacer un esfuerzo extra para no destinar su ingreso a lo que no está presupuestado. Porque hay algo que los trabajadores de la Gran Manzana sufren de un modo aterrador: en la capital del mundo lo devastan a uno los antojos.

     Esto es el capitalismo, amigos, el bendito capitalismo que ha sacado a millones de personas de la pobreza material, aunque luego las convierta en pobres de espíritu. El capital generado mediante el trabajo permite a veces comprar cosas, objetos útiles o inútiles, y hasta voluntades, pero como dice la sabiduría religiosa, no se puede comprar la vida eterna por muchos millones que se posean. Tampoco la tranquilidad de conciencia ni el aprecio genuino de los demás, porque a veces, teniendo tanto por comprar, nos olvidamos de comprarnos a nosotros mismos. Es decir, nos olvidamos de aceptarnos con nuestros yerros y defectos: hemos dejado de querernos, sustituyendo el amor propio con aparatos, experiencias corpóreas y excentricidades que solo sirven para aparentar. 




     Pero esta no es una crítica al capitalismo ni a Nueva York. Ni más faltaba. Es todo lo contrario: una crítica a quienes vivimos aquí y no nos damos cuenta de todo lo maravilloso que este sistema, esta ciudad y este país nos ofrecen por estar persiguiendo las quimeras esclavizantes de los objetos de consumo. En otras palabras, qué bueno que el comercio te ofrezca cien mil productos y que tengas cien mil posibilidades para elegir entre la prolífica oferta del mercado, de eso no quepa duda; qué bueno que todavía existan cosas a las que se pueden acceder a través de este sistema económico, porque hay otros en los que no tienes derecho a bienes ni servicios de ninguna clase. Pero también qué bueno que como seres racionales hiciéramos uso de nuestra libertad para no tener que comprar todo aquello que la publicidad nos vende. Qué bueno que de vez en cuando pudiéramos refrenar nuestros impulsos y abstenernos de la compensación inmediata que nos grita el cuerpo cuando vemos llenas las vitrinas con aquellos artilugios y caprichos que creemos necesitar para ser felices.




     La ciudad ícono del capitalismo, Nueva York, es mucho más que consumo desmedido y opulencia; mucho más que esclavitud laboral, indolencia, prisa por llegar a casa o a ninguna parte, vida agitada, persecución, discriminación y hostilidad. Nueva York es una ciudad que lo puede tener todo al alcance, pero que también te puede dejar con las manos vacías si no agarras la parte del paquete que te corresponde. Un monstruo con el que no se puede jugar porque te devora, pero al que, si se aprende a conocer bien, no es imposible de lidiar y de vencer con el tiempo. Tengo la prueba fehaciente de lo que afirmo en la persona de mi madre, que ya domina este leviatán como si fuera una mascota amaestrada, porque ya son casi treinta años de convivir con él. Ya le encontró su punto débil al monstruo y lo derribó. 

     Entonces, si uno logra adaptarse y pasar la prueba de la descolombianización, como le llamo yo, que soy colombiano, podría resultar más fácil salir victorioso en esta contienda en la que toca afrontar todas esas coyunturas que arriba mencioné: la esclavitud laboral, la deshumanización, el individualismo, la discriminación, la vida sin tiempo ni reflexión, entre otras tantas adversidades que conllevan las metrópolis. Porque Nueva York, como el amor y la vida, es un estado de ánimo. Todo depende del humor con el que uno salga a enfrentar la batalla cada día. Es de esas ciudades que se odian al principio y al final se terminan queriendo sin que uno lo quiera reconocer. Es como esos amores tormentosos que nos hacen la vida de cuadritos, pero a los que vamos a extrañar después de la odisea y el sufrimiento. Nueva York, la novia problemática y fea de la que uno se enamora perdidamente después de años de haberla padecido. Y sí, al principio era linda, pero nuestros desaires y maltratos también contribuyeron a afearla y a envilecerla un poco. No por ello se deja de querer.

     Hay cosas difíciles en Nueva York. Ahorrar es una de ellas. Resulta toda una hazaña no ser víctima del consumo desmedido. Lo que la ciudad te da por un lado, te lo quita por el otro. Siempre ofrecen productos para todo y soluciones empacadas para satisfacer necesidades que hasta antes de vivir allí no se sabía que eran necesidades. Para cada cosa te tienen un aparatico diferente. El sistema te tienta de alguna manera, cualquiera que sea tu afición. 




     Si lo que te gusta es la comida, como en mi caso, en Nueva York estás jodido y no podrás hacer dieta nunca, a menos que vivas apartado de la sociedad y no salgas de tu casa ni llenes la despensa, y estés dispuesto a paliar el hambre con largas horas de obligado sueño. De lo contrario, ¡ah difícil que será bajar de peso!, y preservar tus dolaritos de las tentaciones gastronómicas que hay en la ciudad por todos lados. No hay un tipo de comida especial ni una culinaria particularmente autóctona, porque aquí se reúnen todas las gastronomías del mundo al mismo tiempo, de manera que no hay lugar para extrañar nada. Todavía en eso la ciudad es generosa. Hay abundancia de comida, aunque se ha vuelto cara, pero hambre no se pasa en Nueva York. Allí es fácil sucumbir ante la gula. Siempre está esa vocecita interior susurrando al oído que si no se aprovecha la abundancia de hoy, se lamentará la escasez de mañana, y la sola idea me produce escalofrío.

     En fin, que Nueva York es también la novia sacadora, la que te propone planes, fiestas, aventuras y banquetes. La que no te deja chance para refrenarte ni medirte un poco con los gastos, a no ser que seas chino. Pero también sabes que esa novia tiene muy buenos contactos que te ayudan a conseguir trabajo, y que por eso te conviene, aunque al final lo que ganas se lo dejas a esa mujer derrochadora.

     Nueva York es entonces una ciudad que te atrapa por lo bueno o por lo malo, pero como sea te toma del cuello y no te permite respirar aire puro, además porque su aliento expele a marihuana. Bastará que un día te atrevas a dejarla para sentir el gusanillo de la nostalgia horadando en tu corazón, como se extraña a esa novia tóxica que una vez nos lastimó, pero que nos dejó una marca profunda en el alma por el amor y el odio que le tuvimos, y por la cual estaríamos dispuestos a repetir esos dolores y esas alegrías; sólo para comprobar si aún nos hace falta, si aún no la hemos olvidado, o si ella todavía quiere que volvamos a su regazo.



Condenado a la amistad

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Cuento)







     Por un momento, Rupertino Díaz tuvo la ligera impresión de que se hallaba fuera de lugar. No le era extraña esta incomodidad. Recordaba haberla padecido desde que tenía uso de razón, como si el planeta mismo fuera un espacio ajeno y esquivo, y aunque parecía haberse acostumbrado a ello, no dejaba de sentir angustia por aquella incertidumbre que le provocaba el tener que enfrentarse a situaciones nuevas.

     Nuevas y desafiantes: el hecho de ser el único hombre en un aula de clases en donde había dieciséis mujeres, y encima otras dos mujeres profesoras, lo hizo sentirse como el completo forastero de la situación; el que no encajaba, el diferente, el intruso, o simplemente, parodiando el comercial de Davivienda, el ahorrador que había depositado su dinero en el lugar equivocado. Siempre estaba en el lugar equivocado, y aquella vez no fue la excepción.

     El curso para Asistentes de Salud era abierto a todo el mundo, y en especial dirigido a aquellas personas dispuestas a servirle a la comunidad brindando cuidado a los adultos mayores y los enfermos crónicos. Un campo en el que, por supuesto, los hombres son minoría, porque se dice que históricamente las mujeres han sido las mejores cuidadoras. Pero como se encontraba en el “país de las libertades y las oportunidades”, y sobre todo de la “no discriminación”, nada fue impedimento para que Rupertino se apuntara y recibiera las clases con sus dieciséis compañeras y futuras colegas, que no tardaron en notar que en medio de aquel mar de feminidad se hallaba un náufrago masculino.

     —¿Qué hace este señor aquí? —pensó Rupertino que ellas se estarían preguntando, porque él mismo se lo preguntaba: “¿Qué diablos hago yo aquí?”.

     De cómo Rupertino fue a parar a aquel salón de clases de la comunidad de servicios sociales de Nueva York, hay toda una historia detrás, pero digamos que la razón que primó a la hora de tomar la decisión fue más bien la de un carácter informativo y legal. El objetivo para la mayoría de sus compañeras, por no decir todas, era encontrar una fuente inmediata de trabajo y ganar experiencia en el área de la salud con miras a desarrollar una actividad profesional dentro de este mismo campo, pero Rupertino no creía que fuera bueno para ello. Su vocación nunca estuvo orientada por brindar cuidado y compañía oportuna a las personas mayores, o realizar procedimientos de asistencia en salud. Él, ermitaño y desobligado por naturaleza, antisocial en potencia y mal conversador, dudaba mucho de que fuera a ser un buen asistente de salud. A diferencia de sus compañeras, Rupertino se había inscrito a ese curso por dos razones: primero, obtener una licencia que le permitiera adscribirse a una actividad económica para cumplir ciertos requisitos migratorios y tributarios; y en segundo lugar, y no menos importante, conocer a una mujer. Sí, el iluso de Rupertino había ido allí para ver si conseguía una novia que lo quisiera y lo sacara de su perniciosa soledad. 




     La maestra titular se presentó, les dio la bienvenida a todas las aspirantes, y sólo hasta que se percató de la presencia de Rupertino en el último puesto de la última fila comenzó a utilizar los pronombres de ambos géneros: “bienvenidos, chicas y chico”. Luego de las presentaciones de cada una de las compañeras a las que Rupertino puso especial atención (sobre todo fijándose en las muchachas que más le gustaron), le llegó el turno a él, casi pasando desapercibido en el pupitre final, porque ni siendo el único hombre en un grupo nutrido de mujeres, el invisible de Rupertino podía sobresalir.

     —Muy buenos días a todas —saludó—. Mi nombre es Rupertino Díaz, y como parece ser que voy a ser el único hombre de este curso, quiero decirles que me complace mucho compartir este espacio con ustedes y que pueden contar conmigo para lo que deseen. Me siento afortunado de estar rodeado de mujeres bellas e inteligentes, muchas gracias.

     Sobraba la lisonja, pero Rupertino Díaz tenía que ser cauto, no fuera que de pronto entre este ramillete de flores aparentemente inofensivas pudiese resultar alguna rosa con espinas; o para clarificarlo mejor, alguna de aquellas modernas empoderadas que no pueden ver un hombre sin reconocer en él a su oponente, a su enemigo, a su rival eterno. Temió por su salud mental de las siguientes cuatro semanas en las que iría a convivir con esta nueva tribu de seres indescifrables con los que nunca aprendió a relacionarse, pero con los que estaría al menos siete horas diarias: las mujeres.

     Y si había algo igual de arriesgado para Rupertino que encontrarse perdido en una jungla agreste rodeado de fieras hambrientas, era encontrarse en un salón de clases con dieciocho damas, incluidas las dos maestras. Él, que gustaba siempre de pasar inadvertido en los círculos sociales, no se salvaría ni por un momento de la mira vigilante que poseen las féminas para darse cuenta hasta de los más ínfimos detalles, los cuales son la sustancia primaria para la elaboración de chismes y comentarios con los que ellas pueden entretenerse por horas y horas sin descanso.




     Primero las escuchó hablar desde su puesto, apaciguado y silente mientras las más cercanas se conocían entre sí y comenzaba para él ese listado tortuoso de sus gustos, sus dietas, sus cremas nocturnas, sus hábitos de belleza, sus relaciones familiares y amorosas, su devoción por los hijos, su manera de disponer en el hogar y ser las amas y señoras aquellas que tenían esposo, y la forma como se habían forjado a pulso y habían salido adelante solas las que no eran casadas, o las que ya se habían separado después de haber dado con malos hombres que las abandonaron o simplemente no supieron estar a la altura de lo que eran.

     —Así es mija, todos los hombres son iguales —se decían una a la otra olvidando que los radares de Rupertino estaban atrás captándolo todo.

     —Sí, todos son unos infieles —respondía otra, y así continuaba la cascada de comentarios que, sin proponérselo, aludían a la humanidad del único hombre presente.

     —Es que hombre no es gente.

     —Uy sí, y cómo se han vuelto de tacaños, ya no quieren invitarlo a uno a nada.

     —Y si uno les dice que no puede dejar los niños solos y que toca llevarlos a dar la vuelta, se hacen los locos, qué descarados. El que quiere la perra quiere la chanda, cómo así.

     —Ya son todos unos princesos, qué tristeza.

     —Mija, ya le toca a uno compartir los gastos con ellos y poner todo por mitades, ya no es como antes.

     —Los hombres ya no sirven para nada, hermana.

     —Y más en este país que se acostumbraron al tal cincuenta-cincuenta.

     —No, mija, olvídese, a mí mi marido me tiene que pagar todas las cuentas porque cómo así, para qué se metió entonces conmigo. Olvídese de que yo le voy a poner un peso para la obligación que él tiene que asumir.

     —Así es, bendita, es que hay que enseñarlos a que la plata del hombre es para aportar al hogar, y la plata de uno es para uno.

     —Sí, o si no, que paguen una empleada a ver si les conviene.

     —Qué tal lo cómodos que se han vuelto.

     —Y se creen buenos polvos, pero ya ni eso…

     Para esas alturas ya no eran unas conversaciones discretas a media voz entre dos vecinas de puesto que se iban agarrando confianza, sino unas diatribas venenosas socializadas en todo el salón, incluso con la participación de las maestras que de vez en cuando interrumpían la clase para apoyar la charla con alguno que otro consejo personal. Por más que Rupertino Díaz quisiera hacerse invisible, no podía dejar de oír lo que hablaban sus compañeras, quienes finalmente se acordaban de que existía un mortal allá atrás que, sin quererlo, era el blanco indirecto de sus dardos.

     —¡Ay, pobre Rupertino oyendo todo eso!, ¡qué pena!, pero él sabe que es cierto.

     —Sí, no hay problema, yo no me intimido por eso— decía el hombre fingiendo serenidad, pero ya sabiéndose perdedor en una batalla de sexos en la que hubiera sido un suicidio entrar. De ahí su silencio otorgador. Rupertino, quien pensó que su buena disposición y su voluntad podrían resultar siendo una ayuda invaluable en aquella ginecocracia, asimiló de pronto de que no lo iban a tener en cuenta para otra cosa que no fuera alzar objetos pesados, si acaso hubiese uno que ellas no pudieran levantar. 




     Permaneció el resto del curso muy callado, paciente, resistiendo con estoicismo los embates que de vez en cuando disparaban sus compañeras contra los de su mismo género. Él, como representante del gremio masculino en aquel recinto donde sería aplastado por una amplia mayoría, recibía los comentarios con beneficio de inventario, con miras a evaluar las posibles candidatas para su segundo objetivo, que era el de levantarse una novia entre sus dieciséis compañeras.

     Comenzó a fijarse en los prospectos. Descartó a las dos que le parecieron más combativas por hablar con demasiado despecho de los hombres. Por fortuna, eran las más feas. Una tercera no hablaba mucho, pero tenía estampa de luchadora profesional. También descartada, porque había que preservar la integridad. Una cuarta se teñía el pelo de morado y se lo recortaba en capul: positivo para feminista. La quinta, que se sentaba a dos mesas de donde él estaba, le resultaba visiblemente chocante por tener una extremidad completamente tapizada de tatuajes desde el cuello hasta la muñeca: positivo para drogadicta, según su punto de vista. Otras cuatro eran casadas, y aunque decían querer a sus esposos, a Rupertino le hubiera encantado hacer un video cuando hablaban de los hombres para mostrárselo a ellos, a ver si les quitaba la venda de los ojos a los pobres.

     Del cincuenta por ciento restante, logró percibir que dos eran de izquierda, o más bien antitrumpistas, porque estaban de parte de Irán y en contra de Trump en la guerra que se estaba librando en Medio Oriente. Desde luego, Rupertino apoyaba al titán patriota, y ya ésta oposición política era motivo suficiente para mandarlas al archivo de su corazón. 




     De las seis que quedaban, se fijó entonces en la más joven de todas, Karol, una chiquilla preciosa con cara de muñeca que podía hacer las veces de una Blancanieves pelirroja en cualquier película de Disney que no fuera inclusiva, porque Karol sí tenía la piel blanca como la nieve y los labios rojos como las fresas, y perdón por el cliché. Pero los 22 años de Karol arruinaban toda posibilidad de ser compatibles con los 49 de Rupertino. Aunque él había escuchado que los hombres maduros eran interesantes para las mujeres jóvenes, esto sólo aplicaba para los maduros atractivos y con dinero, lo cual no era su caso. Se alcanzó a ilusionar cuando al segundo día ella le ofreció la mitad de su sándwich, y esto podía interpretarse como una invitación a conocerse, pero por la forma en que lo hizo, se desmoronó al instante.

     —Señor, ¿quiere sándwich?

     Con ese “señor” se iban al traste sus esperanzas, pues así era como ella lo debía ver, y él, por respeto, tenía que verla de regreso como la hija que nunca tuvo. Luego se acordaba de que un famoso como Leonardo Di Caprio se jactaba a sus 51 años de tener novias menores de 25, pero Rupertino estaba un poquito lejos de ser como Di Caprio. También Karol quedaba descartada.

     La que más le gustó fue Andrea. Se expresaba bien, era de Medellín, profesional, no tan joven, pero tampoco una señora. Era linda sin ser espectacular, lo cual bastaba para Rupertino, además de que usaba lentes y eso le daba un aire de intelectual con el que se identificaba plenamente. Se dio cuenta de que Andrea tenía cuarenta años cuando él apenas le calculaba unos veintiocho. No tenía hijos y estaba recién llegada a Nueva York: la novia perfecta. No dudó en intentar acercarse para conocerla. Se la encontró a la entrada del instituto y le disparó su tiro de gracia, porque sabía que no tendría más oportunidad.

     —¿Andrea, te puedo invitar a salir? —le preguntó.

     —No —dijo ella. Así de simple, sin titubeos ni justificaciones. Ahí quedó todo. Desde ese día Andrea hizo lo posible por soslayar a Rupertino. No le dirigía la palabra y evitaba topárselo en los recesos, siempre rodeada de sus compañeras, siempre en el extremo opuesto a él durante las prácticas. Andrea tenía que ser descartada, porque ya ella lo había descartado a él. 




     Volvió sus ojos coquetos a Stefanny, la ecuatoriana. Ella, en cambio, era simpática con Rupertino. Con un atributo muy poderoso a su favor, y es que la línea ecuatorial de la ecuatoriana dividía en dos todo un planeta redondo justo en el lugar de sus caderas. En otras palabras, había sido bendecida con un trasero enorme que haría pecar hasta al cristiano más devoto. Pero Stefany tenía un problema, y es que su anterior pareja, el padre de sus hijos, presentaba un antecedente de maltrato intrafamiliar ejercido contra ella, y la muchacha andaba todavía en vueltas de cortes y líos judiciales, de modo que no estaba interesada por el momento en rehacer su vida con semejantes marcas emocionales y físicas que le habían dejado. Stefany, aunque no era la odiadora de hombres por excelencia, no estaba preparada para conocer a un nuevo personaje masculino, de modo que esa esfera terráquea también quedaba prescindida.

     Con Saray, la venezolana, no tuvo mucho chance de hablar a pesar de que al final se la asignaron como compañera de pupitre. Era demasiado callada, ensimismada, pero no estaba nada mal. También era otra privilegiada de la cintura para abajo, así que Rupertino, esta vez sin demostrar tanto el hambre, le preguntó lo primero que se le vino a la cabeza para romper el hielo.

     —Saray, ¿qué es lo que más te gusta y lo que menos te gusta de este salón?

     —Cónchale, chamo, ¿qué preguntas son esas? Yo qué sé. A mí me gusta mucho el ambiente fino de esta wevaina, pero me ladillan los panas que hacen preguntas solo pa’ jalar bola. 




     Al final del curso, Rupertino obtuvo la licencia, aprendió bastante de cuidados de salud en el hogar, pero no trabó relación amorosa con ninguna de las muchachas que le gustaron. Su segundo propósito no se cumplió. En lugar del amor encontró la amistad de dieciséis buenas compañeras y dos profesoras, porque parecía que Rupertino estaba destinado para no salir nunca de la zona de la amistad femenina.

     Las dos compañeras restantes las recordaría como las mujeres más especiales en ese ciclo y con las cuales compartió lo mejor de su personalidad. Con ellas celebró la graduación tomándose un café en una panadería de Queens: doña Venancia y doña Blanca, las que mejor lo trataron desde el principio y con las que hizo una amistad entrañable, al punto de que, si hubieran estado en un contexto diferente, casi podría asegurarse de que ambas andaban enamoradas de su compañero. Sólo que los 69 años de la una y los 75 de la otra tampoco eran compatibles con la edad de Rupertino.







sábado, 4 de abril de 2026

A punta de periodicazo

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Combatir la inseguridad ciudadana, el narcoterrorismo o el aparato gigante de corrupción del Estado a punta de periodicazo es como tratar de curar un cáncer con pastillas de vitamina C. Esa es la solución salomónica que nos propone la centro izquierda encabezada por la fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia, el señor Juan Daniel Oviedo. Por eso les dicen tibios, guabinosos, faltos de carácter. Para tratar de quedar bien con todos, con Dios y con el diablo, no se ponen de parte de ninguno. Dan la mano por derecha y por izquierda a quienes se la tiendan y alimentan la retórica de que todos nos encontraremos y reconciliaremos en las diferencias. Se le olvida a Oviedo y al centrismo biempensante que hay diferencias que no se pueden reconciliar.

     De manera que si usted, querido lector, es asaltado algún día a mano armada por un bandido que está dispuesto a sacrificarlo y a imponerle el luto a su familia si no coopera con él, no espere de parte de las autoridades que se tome una medida drástica y se imponga una pena intramural. Bastará con dos o tres azotes de periódico, si no es mucha tortura, para que el señor delincuente recapacite y aprenda que no lo debe volver a hacer, como cuando se educa a los perritos consentidos para que no hagan sus necesidades dentro de la casa. Con la diferencia de que el perrito entiende mejor las cosas con el simple hecho de mostrarle el rollo del diario, mientras que con el criminal hay que adoptar medidas mucho más drásticas. Medidas, por cierto, que tienen que ser ejemplares, disuasorias, y sentar precedentes. 




     Por eso no entiende uno que un hombrecito como Oviedo salga a defender los símbolos de la criminalidad, como el tal “Monumento a la Resistencia” en Cali, del cual dijo que no estorbaba porque representaba a un movimiento de ciudadanos que un día alzaron su voz de protesta. Se le olvidó al candidato vicepresidencial de Paloma que ese esperpento de estatua es producto de un concierto criminal concebido para incendiar el país, financiado (probadamente) por lo peor de los grupos narcoterroristas y por dictaduras de extrema izquierda extranjeras (léase Cuba y Venezuela). Se le olvidó a ese personajillo que los gestores de ese adefecio son los mismos que hoy gobiernan y quieren repetir la desfachatez, porque les quedó gustando el poder.

     Escuchándolo, uno concluye que Juan Daniel Oviedo y sus seguidores, en una eventual segunda vuelta, estarán más identificados con el comunista Cepeda que con el patriota Abelardo de la Espriella. Si por alguna razón los denominados centristas no llegan a segunda vuelta, olvidémonos que esos votos se van para la campaña de Abelardo. Más fácil se los donan al comunista amigo de los criminales, con quien tendrían más chance de seguir siendo parte del Establishment. En serio, compatriotas, ¿de verdad creemos que un tipo como Oviedo se le va a unir al “Tigre” para derrotar a Cepeda cuando él mismo ha dicho que no se puede reconocer que Colombia tenga un enemigo? ¿No será más bien que tanto la fórmula Paloma-Oviedo como Cepeda-Quilcué están viendo al “Tigre” como al enemigo común a derrotar? 




     Ellos, que sí tienen experiencia en estas lides de disputas políticas, buscan quemar al único candidato que sí les puede ganar en franca lid, porque entienden que en política no hay contradictores, sino enemigos. Así, de esa manera, es como quienes apoyamos a De la Espriella deberíamos ver a las castas políticas de izquierda y de centro que hoy manipulan encuestas a su antojo y parecieran estar unidos para sacar del camino al único candidato que los puede poner en afugias. Mucho cuidado con eso, porque el santismo y el uribismo de vieja data, que en este momento parecieran aliados, son proclives a tomarse cafecitos y a estrecharse las manos con los comunistas; mucho más de lo que creemos.

     Entonces, la narrativa aquella de que en la derecha nos estamos canibalizando, difundida por parte de los seguidores de Paloma y algunos políticamente correctos, es completamente falsa, manida, artificiosa y hasta ingenua. Por una sencilla razón: la derecha, o los que saben cuáles son los principios de derecha, ya están unidos en torno al “Tigre”. El resto, representado en Paloma Valencia, el Centro Democrático, los santistas y los partidos tradicionales, son los políticos de toda la vida repitiendo sus discursos. Pero no tienen ideales y mucho menos principios de derecha. Su símbolo es el signo pesos, porque se venden al mejor postor. Y en este momento el postor es Petro, que tiene la chequera del Estado para repartir a dos manos la plata de nuestros impuestos con tal de que le elijan a su pupilo, el “simpático” señor Cepeda, que de llegar a ser presidente, como auguran las encuestas, sellaría la destrucción total del país. 




     Ya no serán mayoría los venezolanos o los africanos los que tomen el rumbo de la selva del Darién, sino los propios colombianos los que experimentaremos la tortura de la diáspora con tal de salir huyendo de un infierno socialista propiciado por los estúpidos que dieron su voto una vez más por la quimera revolucionaria. Personas con tanto odio en el corazón, que prefieren hundirse a manos de un dictador comunista con tal de que otros también se hundan. No saben que quienes ellos denominan “privilegiados” son los primeros que tendrán la posibilidad de salvarse de la hecatombe.

     Por eso tampoco entiende uno cómo es que un sujeto como Iván Cepeda llena la plaza pública en Medellín —donde debiera ser repudiado— y es vitoreado por una multitud fervorosa cual si fuera un Cristo Rey entrando en Jerusalén. La única explicación que encuentro es que hay chorros de dinero pululando por las calles de Colombia como una forma de asegurarse la presidencia en caso de que les quede duro hacer el fraude que piensan hacer. ¿Las pruebas? El desgobierno de Gustavo Petro y la corrupción más grande de la historia republicana de Colombia es la prueba fehaciente de que estamos en manos de hampones que estarán dispuestos a todo con tal de no soltar nunca el poder. De ahí que la propuesta de una nueva Constitución sería el primer acto de gobierno del simpatizante guerrillero Iván Cepeda. Ya veremos el día de las elecciones la cantidad de denuncias por trasteo de votos, por cambio de tarjetones, por hackeos al código fuente de la Registraduría, por manipulación de los formularios favoreciendo a Cepeda, en fin. Si ya lo hicieron cuando no eran gobierno, imaginemos lo que pueden hacer ahora que lo son. 
 



     Por otro lado, desde la campaña de los centristas biempensantes nos dicen que esto se soluciona con un par de periodicazos y listo. Les van a estallar el país. No veo a Paloma ni a Oviedo con los huevos bien puestos para evitar las tomas guerrilleras a las que los zurdos les llaman “protestas sociales”. Como si utilizar la fuerza del Estado con toda la contundencia fuera un sacrilegio. Chillan que si se intenta recuperar la defensa de la nación sería volver a la guerra, como si de verdad hubiera servido esa abominación llamada “Paz Total”, que no fue otra cosa más que impunidad para los delincuentes.

     Ya los he de ver el día que ganen las elecciones, si acaso la gente les come cuento, pactando con los incendiarios y repartiendo cargos burocráticos, dejando que estos tomen las decisiones importantes para que no les quemen el país, muertos de miedo de usar las armas de la república para combatir la criminalidad, convencidos de que a los bandidos más desalmados simplemente se les educa y se les da amor para que no lo vuelvan a hacer, o en casos extremos, se les castiga con un periodicazo.







Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...