sábado, 26 de marzo de 2022
El suicidio del Estado
sábado, 19 de marzo de 2022
Derechohumanismo, una religión de imbéciles
sábado, 12 de marzo de 2022
Un lobo con piel de oveja
Otros, por su parte, son
escépticos frente al panorama que ofrecen las encuestas. Aunque uno les deja
traslucir la preocupación por lo que pueda pasar con el candidato indeseable,
ellos simplemente emiten un juicio de valor como si fueran grandes conocedores
de la historia. “No va a pasar nada”, dicen con suficiencia. “Esto ya lo hemos
vivido antes: siempre la izquierda hace bulla y a la hora de las elecciones nunca
gana. En Colombia no ha gobernado la izquierda porque este es un país
conservador, ¿por qué habría de gobernar ahora?”.
Qué bueno que Dios los
escuchara y tuvieran razón, pero mucho me temo que esa posición es la más
absurda que podemos tomar en este momento de la historia: creer ciegamente que
nada va a pasar, que todo seguirá igual, como si no se sintieran pasos de
animal gigante, como si en cada conteo de los últimos cuatro comicios para la
presidencia de la República no se viniera acercando la izquierda cada vez más
al trono, es una insensatez que nos podría costar caro. Son este tipo de
incrédulos, muchos de ellos con una posición mesurada o de centro, los que
tienen gran parte de la culpa de que en otros países se les haya colado la plaga
izquierdista por el resquicio de su negacionismo. Colombia no será la
excepción. Eso de que no va a pasar nada porque la tradición siempre ha dicho
otra cosa o porque la oligarquía que durante años ha manejado este país no va a
dejar que un simpatizante del socialismo llegue al poder, es tan irracional
como pensar que el mundo permanece inmutable desde su creación. No se han dado
cuenta de que las cosas pueden cambiar, y así lo vienen demostrando las
tendencias de los últimos veinte años.
Yo creo, por desgracia, que en esta oportunidad van a ganar los progresistas, por la razón o por la fuerza. “Si no es ahora no será nunca”, les escucho decir a los zurdos que saben que tienen todo de su parte, y que al fin se les cumplirá el sueño. Están convencidos de que ahora sí viene el cambio, que se va a dar el viro que el pueblo estaba necesitando, que ganarán sí o sí. Estos convencidos no saben la telaraña que están tejiendo para sí mismos. El cambio no llega de parte de los políticos. Y si llega, ya sabemos que nunca es para bien. No seamos tan ingenuos. A veces se promueve un cambio sustancial para que al final todo siga igual. Eso piensan los apáticos, los que muy en el fondo aspiran a ese cambio para irnos al abismo, pues urgen de un sacudón que los haga despertar. Sólo que ese avivamiento ocurre cuando ya es demasiado tarde.
De lo que no nos hemos dado cuenta el resto de colombianos, es que la izquierda ya gobierna desde hace rato, y aunque no lo creamos, desde el mismo gobierno de Juan Manuel Santos, tal vez desde Álvaro Uribe.
Los jueces, desde aquellos
tiempos, estaban comenzando a hacer de las suyas. La izquierda copó la rama del
Poder Judicial y eso dio pie para que montaran su propio cartel de venta de
sentencias o dieran golpes de Estado cuando les diera la gana. Hoy las cortes
son prácticamente una dictadura que usurpa la función de los otros poderes. El
Legislativo, por su parte, cada vez fue cediendo más curules a la oposición, y
poco a poco los partidos afines al progresismo se fueron haciendo legión, hasta
el punto de que las alianzas derrotaron a las mayorías. Ya fuera por votos, por
mermelada o por regalos, el Congreso colombiano se convirtió en una mala caricatura,
en un circo con micos y elefantes que en lugar de hacer leyes buenas aprobó
sólo aquellas que beneficiaran a los Padres de la Patria, es decir, a ellos
mismos. También el Ejecutivo se vendió a los intereses de las organizaciones
multilaterales y al corporativismo con presidentes como Uribe, Santos, Duque, y
el que viene, llámese como se llame. El negocio está pactado, y de lo que se
trata es de debilitar la institucionalidad. Pensar que Uribe tenía ideología de
derecha fue el más cándido error de los colombianos. Él nunca fue de derecha
real a pesar de ser antisubversivo y combatir a la guerrilla. Nunca lo declaró
si quiera porque siempre fue un socialdemócrata, es decir, un liberal con
conciencia social, y no hay nada más parecido a la izquierda hoy en día que ese
sector de los que se hacen llamar socialdemócratas.
Otra cosa de la que no nos
hemos querido dar cuenta los colombianos es que no somos nosotros los que
elegimos al presidente. El presidente nos lo imponen desde afuera, desde los
organismos internacionales y el multilateralismo. Nosotros solamente jugamos a
depositar el voto, pero el nombre del ocupante de la Casa de Nariño ya está
pactado desde hace mucho rato: se llama Gustavo Petro.
Gustavo Petro, un hombre que transpira el odio más sórdido por la sociedad, y que lo alberga en su mirada, en su discurso y en su corazón, cuyo proceder en su juventud es más parecido al de un gatillero que al de un combatiente, que ejecutó a sangre fría a enemigos que eran un obstáculo para su organización criminal del M19, de la que él formó parte; él, el ex guerrillero que está marcando la agenda política del momento y que tiene dividido al país en dos; para desgracia del pueblo colombiano (y ruego a Dios porque no sea así) será el próximo presidente de la República. Quienes han hurgado en su hoja de vida y han querido desenmascararlo se encuentran con grandes vacíos en la vida de este hombre: aparte de su pasado guerrillero es poco lo que se conoce de él. Ni siquiera se ha verificado su lugar de nacimiento, aunque dicen que es de Ciénaga de Oro. Se sospecha de un amancebamiento que tuvo siendo joven con una menor de edad, del cual quedaron unos hijos que no se sabe quiénes son; y también de una inmoral incursión en el bajo fondo del travestismo que siempre se mantuvo oculta y de la cual salió su otro alias: Rosita[1]. El grupo criminal al que perteneció en la década de los ochenta tuvo nexos con la mafia de Pablo Escobar, y fue este quien les financió la Toma del Palacio de Justicia. Petro no es el representante de la mayoría en Colombia, con toda seguridad, y aun así muchos fanáticos enceguecidos están dispuestos a votar por él creyendo que les va alivianar sus cargas económicas, que va administrar con ética los recursos de los contribuyentes y que será el caudillo que lleve al país por las sendas de la equidad y la justicia social.
Según el periodista e
investigador Ricardo Puentes Melo, desde hace muchos años está acordado que es
Petro quien tiene que llegar al poder para este período presidencial[2]. En
1997 se reunió la fundación Buen Gobierno, gestada por Juan Manuel Santos, con
grandes personajes de la política colombiana, con empresarios, políticos,
líderes guerrilleros, periodistas, entre otros, con el objetivo de diseñar la
agenda colombiana para los próximos 17 años, dividiéndola en estadios. El
primer estadio sería el de un gobierno de diálogo con la subversión con miras a
buscar un acuerdo de paz. Este fue el período de Andrés Pastrana, quien
propició todas las condiciones para firmar la paz con las Farc sometiéndose
incluso a su voluntad. El acuerdo no podía llegar a buen término, así que se le
abrió la puerta al segundo estadio, que era un gobierno de mano fuerte que
combatiera a la guerrilla y la debilitara sin llegar a eliminarla de tajo.
Mientras se efectuaba ese combate las organizaciones de derechos humanos
mirarían hacia Colombia, propiciando el ambiente para hablar de paz y entrar
así al tercer estadio, que sería un proceso de negociación con la guerrilla que
sirviera para lavarle su imagen de criminales y acreditarles simpatía
internacional. El proceso lo inició Uribe a escondidas y lo continuó su sucesor.
Santos pactó el acuerdo sin darle méritos a Uribe y por ello fue que se
enemistaron. No hubo tal traición. Así la izquierda ya podría entrar a tomar
parte en el poder, pero necesitarían antes un gobierno de transición hacia el
socialismo desde la democracia. Si Petro no fue puesto en 2018 era porque primero
tenía que venir ese gobierno, el de Iván Duque, que obedeció al pie de la letra
las instrucciones que tenía que cumplir. El gobierno de transición debía
provenir de las huestes derechistas para que a la hora de reivindicar la JEP y
el espurio Proceso de Paz con las Farc no se le fuera el pueblo encima y por el
contrario creyera que era bueno si lo hacía el Uribismo. Al tener a un tonto
útil que encarnara los peores pecados de la izquierda, pero en representación
de la derecha, el pueblo inevitablemente se volcaría a la otra opción, esa que
hablaba de subsidios, de programas sociales, de lucha de clases, de amor por lo
humano, porque según esa opción, el
problema del país era la desigualdad.
Según Puentes, también se
negoció en La Habana que Petro sería el hombre indicado para acabar con la
democracia colombiana y fragmentar las instituciones desde adentro, en
consecuencia con lo que viene pasando con las demás democracias
latinoamericanas. El Foro de Sao Paulo (ahora Grupo de Puebla) ha de poner a su
candidato en Colombia como lo puso en los demás países con el visto bueno del
globalismo, pues ambos comparten objetivos en común.
Por otro lado, ¿qué nos hace
pensar a los colombianos que seremos la excepción cuando está visto que por la
vía del Poder Judicial se están implementando con celeridad las medidas que
recomienda la Sociedad Abierta de Naciones, de propiedad de George Soros? En
menos de veinte días, por ejemplo, se emitieron dos fallos fundamentales para
los intereses del globalismo (aborto y documento con género "no binario").
Es que hay que ser muy
ingenuos para creer que los colombianos somos los que vamos a elegir presidente
cuando desde afuera ya nos lo eligieron con la anuencia de la élite colombiana
de izquierda, incluido el Uribismo que jamás fue de derecha, y la clase
política que siempre ha estado al servicio de las mafias (o es ella misma una
mafia). Sólo un milagro nos podría evitar que se cumpliera ese designio trágico
para nuestro país.
No hay candidato de derecha
que le pueda dar debate en este momento al Elegido.
Ni siquiera hay consenso en la centro-derecha que no se considera de derecha
porque sus candidatos tienen miedo a ser señalados de ultraderechistas, es
decir, a ser calificados desde la perspectiva del enemigo que se ganó la
narrativa del discurso.
Un Fico Gutiérrez, un Barguil o un Oscar Iván Zuluaga poco o nada podrán hacer ante el poder del globalismo. De hecho ni siquiera deben saber lo que se encierra detrás de esa palabra, no tienen ni idea. O si la tienen deberán dejar pasar esa objeción, si es que quieren llegar al poder. ¿Quién podría contrariar las recomendaciones de la ONU con respecto a su Agenda 2030, o al Foro Económico Mundial con respeto al Gran Reseteo? ¿Quién podría negarse a recibir un préstamo del FMI con altísimos intereses a cambio de dejar meter en la Constitución del país todas las políticas orientadas a promover la ideología de género, la agenda LGBT, y los tratados de pérdida de soberanía con la excusa de proteger el medio ambiente? Si de hecho bajo el gobierno actual, que se suponía que era de derecha, Colombia dio el salto más grande hacia el progresismo con la despenalización del aborto, quedando como el país más “laxo” de la región en este tema, no me imagino lo que sería estar en manos de un verdadero progresista, que además es comunista.
En conclusión, queridos
compatriotas, sólo un milagro nos podría salvar, o al menos posponer por otros
cuatro años la hecatombe. Acaso la hora cero ya esté marcada para Colombia.
Igual hay que votar, sumar esfuerzos para que un hombre tan nefasto no llegue
al poder con ganas de desquitarse de lo que le hicieron en el pasado, con
expropiaciones y pérdida de libertades. Ejercer el deber de ciudadanos en la medida
en que se pueda. Y aquellos que todavía piensan que no va a pasar nada, que
Petro no sería tan grave como creemos, los insto a que desconfíen. O sino
pregúntenle a los miles de venezolanos que están rodando por las calles
colombianas en busca de un plato de comida qué era lo que decían por allá en
1998, cuando un coronel medio chiflado se lanzó a ser presidente. Primero se
burlaron, luego lo subestimaron, y ahora están pagando las consecuencias.
Así pues que a pesar de tener
todo en contra, que ya todo parezca estar negociado, mantengamos la esperanza
en el milagro que nos ayude en esta lucha contra la izquierda socialista, que
no es más que un lobo con piel de oveja.
viernes, 4 de marzo de 2022
La guerra de Oriente contra Occidente, ¿o del globalismo contra el nacionalismo?
Un gato grande y corpulento
decide atacar a un ratoncito muy pequeño porque se lo quiere devorar. Otro gato
casi igual pero menos fuerte llega a la escena y se conmueve del pobre ratón al
que decide considerar como su protegido. Lo azuza contra el enemigo para que
pelee, diciéndole que no se preocupe, porque en caso tal de que no pueda defenderse,
él lo defenderá. El grandulón manda un zarpazo sin clemencia, hiere al ratón. Este
llora pidiendo ayuda. Aquel que le prometió defenderlo titubea y mejor sale corriendo
con la excusa de que va a solicitar refuerzos. El agredido patalea sangrante en
la arena. Luego, desde un balcón en donde están a salvo, varios aliados le lanzan
al ratón herido un garrote para que se defienda, pero no pueden hacer más por
el momento: el corpulento les podría ganar a todos, además de que cuenta con
otro gato aliado mucho más grande y fuerte que, como si fuera poco, es un gato
que sabe técnicas de kung fu. En ese punto está la pelea y no se sabe lo que va
a pasar.
Ese caricaturesco cuadro es
más o menos lo que está sucediendo hoy en Europa del Este. Hasta el momento en
que escribo esta entrada, Rusia ha lanzado varios misiles sobre Ucrania, y esta
última está resistiendo como puede. La OTAN le ha prometido ayuda, le ha
enviado armamento e intenta por todos los lados bloquear a la poderosa Rusia, a
la que nada la contiene. Tiene ánimo de beligerancia y dice ser ella la ofendida.
La OTAN Sabe que moralmente tiene la obligación de intervenir, pero también
tiene mucho miedo porque ya no conserva su poder de antes y porque el enemigo
es “un monstruo grande que pisa fuerte”. ¿Quién le pondrá el cascabel al gato?
Para entender un conflicto
hay que remontarse a sus orígenes o al menos revisar un poco el contexto. La
guerra entre Rusia y Ucrania no comenzó hoy, sino hace mucho tiempo. Como
mínimo deberíamos irnos hasta la disolución de la antigua URSS después de la
caída del muro de Berlín. Rusia acordó con las potencias occidentales que la
OTAN no extendiera su área de influencia sobre los países orientales, o al
menos sobre las antiguas repúblicas de la ex Unión Soviética, a las que a pesar
de la disolución, las siguió considerando como parte de su barrera infranqueable.
Poco a poco, con el enfriamiento de los conflictos, la Unión Europea y la OTAN
se fueron corriendo hacia Oriente hasta llegar a naciones como Georgia y Ucrania,
la frontera más importante que tiene Rusia con el Occidente. Rusia ya no era
una potencia económica, pero le quedó el poderío militar y nuclear. Viendo que
el antiguo enemigo se acercaba a su área de influencia, comenzó a liderar
invasiones para evitar que esto sucediera, como una forma de poner candado a la
OTAN para que no interviniera en lo que consideraba parte de su zona de
seguridad. Primero se metió a Georgia y tomó control de ella, luego en 2014 se
anexó la Península de Crimea, posteriormente incentiva la guerra en la región
del Donbass para que dos provincias ucranianas logren su independencia: Donetsk
y Lugansk, que aunque no son reconocidas por el mundo como independientes,
ellas sí lo quieren ser porque tienen mayoría de población rusa. Como antecedente
cultural, hay que recordar que Kiev, la capital de Ucrania, antiguamente fue la
capital del gran Imperio Ruso, por lo que Putin siente que la nación vecina sigue
siendo parte del alma de la Madre Rusia. A pesar de la firma de los dos acuerdos
de Minsk en 2014 2015, en donde Rusia se comprometía a respetar la soberanía de
Ucrania, Rusia nunca aceptó la autonomía cultural de las regiones ucranianas
que habían sido parte de la Unión Soviética y que serían idiosincráticamente
más afines a Rusia que a Occidente, el cual mantuvo un cierto paternalismo
sobre Ucrania, evidenciado en el envío permanente de armas que los rusos nunca
vieron con buenos ojos porque aquello lo consideraban una amenaza de seguridad
nacional.
Pero Rusia también acusó a
Ucrania de no respetar los acuerdos de Minsk al negarse a retirar los grupos armados
y los mercenarios de odio nacionalista en las provincias de Donetsk y Lugansk,
muy cerca de su territorio, que eran una constante amenaza. Putin lo entendió
como una expansión de la OTAN hacia sus fronteras. Esas organizaciones neo
nazis se convirtieron en el caballo de batalla para decir que la OTAN estaba
interviniendo más de lo debido en Oriente, así que demarcó una línea roja como
límite, el cual sería cruzado cuando Ucrania fuera aceptada en la OTAN. Lo
mismo había sucedido en 2008, cuando Georgia pidió su membresía a la cofradía
del Atlántico Norte. Putin nunca permitió que ninguna de las ex repúblicas soviéticas
que él consideraba como su barrera de seguridad fuera parte de la organización
de su enemigo. Nunca estará conforme mientras los gobiernos en estas repúblicas
no sean afines a su política.
Por otro lado, el gobierno de
Ucrania, al parecer, fue quien promovió esos grupos de odio contra Rusia en la
región fronteriza en las provincias mencionadas. Aparte prohibió que se adaptara
el ruso como lengua oficial en esta región, cosa que molestó mucho a los
habitantes, que culturalmente eran más rusos que ucranianos. De ahí que Putin
promoviera la independencia de esas regiones y exigiera el respeto de esa decisión
a Ucrania. Pretendía que estuvieran de su lado. Él, conocedor de la agenda de
Occidente, ya sabía cuál era su paso a seguir, y lo habló con China. Su
decisión de invadir a Ucrania obedeció más a una cuestión de estrategia geopolítica
para debilitar a sus oponentes antes que a un interés humanitario por aquellas provincias
límites con Rusia. Putin pide que el presidente de Ucrania sea derrocado para que
se posesione un títere que él pueda manejar, como sucedió con Bielorrusia. Pero
quién sabe si con eso se conforme. Él tiene ambición expansionista. Es un tipo
en el que no se puede confiar, es un ex agente de la KGB y es un experto en administrar
venenos. Tal vez no quiera refundar la URSS, pero a lo mejor desee recuperar el
antiguo Imperio Ruso. En todo caso el interés real también estaría movido por
los inmensos recursos minerales y energéticos que posee Ucrania y que constituyen
el botín de guerra principal.
Para Occidente es una clara intervención imperialista, una anexión de un territorio que no le corresponde. Ambos bandos saben que tener a Ucrania de su lado es vital para tomar ventaja en el mapa de la geopolítica. Dios quiera que la pelea por este país no se nos convierta en el nuevo Muro de Berlín; en un hipotético Muro de Kiev, pues tanto los ucranianos pro-occidente como los pro-Rusia necesitan estar en paz. No es momento para una nueva frontera que ya está delimitada por el río Dniéper y que parte al país en dos, lo cual podría constituir el punto de la división.
El dilema es que tanto Rusia
como la Europa Occidental se necesitan mutuamente. Europa y el mundo dependen
del gas de Rusia, del petróleo, del trigo, y del carbón; Rusia depende de
exportar estos productos para tener dólares en su economía. Las sanciones lo
golpearán mucho, pero más que todo a la gente, no al régimen dictatorial. La
población es la que realmente paga las consecuencias. El hambre no se hará
esperar.
Con la inflación que está
viviendo ahora el mundo, más de 5% en Europa y más de 7% en Estados Unidos, con
el incremento del precio de petróleo a niveles que no se veían hace diez años,
con la escasez de minerales energéticos para la producción, con la escasez de
alimento que se está presentando y la crisis global, una guerra mundial sería
ponernos la mortaja y enterrarnos en vida.
Y en Colombia no nos
libraremos de los tentáculos de la guerra. Con el vecino que tenemos al oriente,
aliado de una Rusia que ya ha prendido el fuego, cualquier cosa puede pasar y
nadie nos defenderá, eso es seguro.
En caso de estallar a nivel mundial, esta podría ser la primera guerra declarada entre el globalismo y el nacionalismo. Pero esta vez no es el nacionalismo americano ni de ninguna potencia occidental el que es protagonista, sino el nacionalismo ruso, que es mucho más férreo y demencial. Putin está dispuesto a hacerse matar por Ucrania, no por amor a ese país, sino por mantener lejos a la OTAN. ¿Valdrá la pena librar esa batalla por parte de las potencias occidentales sabiendo que lo que está en juego no representa mayor cosa para Occidente? ¿Acaso la OTAN, por salvar a Ucrania va perder a Europa?
El profesor Omar Bula Escobar,
experto en el tema de globalismo, en entrevista con La Hora de la Verdad aseguró
que Occidente atraviesa por su momento más decadente de la historia y que Putin
ya lo advirtió. Él sabe del intento para instaurar un nuevo orden mundial que
eliminará la soberanía nacional de los países. Lo dijo no hace mucho, que “los
estados están abandonando los valores morales que tienen sus raíces en el cristianismo,
que hará que las personas pierdan su dignidad humana y eso será la ruina de la
civilización occidental”. El hecho es que este globalismo que quiere imponer
una agenda única para los países occidentales es peligrosamente destructivo,
pues los debilita al sustraerlos de su agenda propia, contrario a lo que sucede
con Rusia, China, o los países árabes, que por su arraigo en la Nación, la Tradición,
la Religión y el control político y social de sus ciudadanos, no permiten que
la borrasca globalista entre en sus fronteras.
Esa también es la prevención
de Putin, y no pretendo hacer defensa de su macabra actuación en esta guerra,
pues es un hombre sanguinario y siempre lo ha sido. No obstante, bien sabemos
lo peligroso que resulta para un radical cuando intentan desde afuera imponerle
otros sistemas de valores distintos a los suyos: atacará con uñas y dientes, y con
todas las armas a su alcance; y de armas sí sabe este imperialista.
Por otro lado aparece Estados
Unidos en una posición debilitada, con un poderío completamente mermado representado
por un anciano senil que no por anciano es mal gobernante, sino por sus
tendencias deconstruccionistas, abriéndole la puerta a todo lo que acuerdan los
foros económicos globales e imponiendo las recomendaciones a rajatabla, no importa
que esas medidas tomadas vayan en contra de los principios fundantes de su
propia patria. Está más preocupado por atender las políticas de la inclusión y
consentir toda clase de quimeras justicieras de unas minorías que se sienten
relegadas, que por reforzar la seguridad de un país con grandes enemigos.
Occidente, concentrado por
ejecutar la agenda destructiva de las naciones, no puede librar una guerra
contra un nacionalismo dotado de las más sofisticadas armas de destrucción
masiva, porque mientras Estados Unidos y la Europa globalista dejaron permear
toda clase de ideologías que apuntan a cambiar la realidad con las palabras y a
dividir a los hombres convirtiéndolos en cáscaras de huevo, la Rusia nacionalista
o la China comunista cada vez más le cortan el vuelo a las filosofías de la
mentira. No permitirán que les arruinen su tradición y sus valores fundantes,
lo cual los lleva a cultivar ciudadanos más leales, más seguros, más fuertes,
siempre dispuestos a luchar y morir por su patria aunque no tengan la razón.
Por eso la posición de
Occidente en este conato de guerra está fragmentada. Ya no puede actuar con los
mismos criterios de hace años, ya no tiene la capacidad militar de enfrentar al
monstruo totalitarista que sí conservó la esencia de su poder, aunque ese poder
lo haya logrado con base en la invasión y la destrucción, es decir, con base en
la guerra.
Los valores judeocristianos se
han desdibujado. El nuevo orden mundial está colaborando para ello. Y Rusia,
cual serpiente rastrera saca ventaja de la debilidad de su enemigo y se da el
lujo de convertirse en un nuevo Leviatán. Esto está comenzando y hay que
prepararse para lo peor. Después vendrá la reactivación que le sigue a toda
guerra que a unos cuantos les deja réditos insuperables, por eso es un negocio.
Y las potencias emergentes la necesitan para quedar dueñas del nuevo orden.
Lástima que esta vez seamos
los occidentales los que estemos en desventaja. Alguna vez tuvimos las de ganar,
hoy podríamos perderlo todo.
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