sábado, 26 de marzo de 2022

El suicidio del Estado

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Fue el mismo Estado, quien navegando a la deriva entre el mar de ideologías postmodernas, o caminando sobre el desierto de las arenas movedizas de la mentira, el que gestó su propio suicidio.
    Cuando decidió abrirle la puerta a la secularización y caminar de la mano con ella, trabando tan perniciosa amistad, el Estado se transformó en una persona ruin y viciosa, llena de maldad y de rencor, y arremetió contra los hijos que engendró y crió sin Dios ni ley; es decir, contra sus propios ciudadanos que quisieron ser buenos y que la ruina de su propio padre no dejó.
    Los amigos que al principio dijeron apoyarlo y lo besaron en la frente, ahora se miran satisfechos, prestos para saltar sobre la herencia que dejó. George, Bill, David, Klaus, Jeff, Henri, y otros compinches de pasados días de gloria, ahora gozan con la tragedia de su amigo descarriado; al que ellos mismos indujeron al vicio, al sexo libre y corrompido, a la rebeldía, a la blasfemia, a la corrupción, a la estulticia y a la abulia. Fueron ellos con sus empresas internacionales los que ayudaron para que ese amigo frágil se diera su última estocada: lo quebraron, lo pusieron en un callejón sin salida, lo vencieron, lo dividieron contra sí mismo y finalmente le facilitaron el arma para que intentara suicidarse. El Estado, sin ser consciente de su engaño (o a lo mejor ya lo sospechaba) le hizo caso a sus malas amistades.


    Pobre Estado decadente que crió cuervos y permitió la concupiscencia de su propia esposa. Pobre infeliz que no cuidó su hogar, sus fronteras; que sacó de allí corriendo a Dios y que se entregó a la bebida y a los banquetes con el dinero que le prestaron los agiotistas. Vencido el plazo y cumplida la deuda, no tuvo con qué pagar y los acreedores se quedaron con su casa, corrompieron a su mujer y pervirtieron a sus hijos que ahora no lo reconocen. Él les había regalado todo, no permitió que trabajaran, los mantuvo inútiles y haraganes. Ahora ellos lo desprecian.
   Dicen que lo peor comenzó cuando el Estado cedió a la intolerancia con sus semejantes. Los hostigó. No permitió que en casa se hablara de Jesús, ni que sus hijos portaran un crucifijo o leyeran La Biblia. A la hija menor la dejó en manos de un paisano suyo que la abusó, y el Estado fue testigo silencioso. Alentó la pederastia cada vez que cedía a sus bajos impulsos. Los amantes de su esposa fueron luego sus amantes, de los que se dejó mancillar hasta que el alba despuntaba en un nuevo día  y lo sorprendía aun en cama, mareado por la resaca y el efecto de las drogas que se dedicó a consumir y a permitir en su morada.


    ¡Que viva la libertad!, gritaba el Estado, lleno de una paranoia y una efusividad que después se convertía en llanto porque en el fondo detestaba esa libertad. ¡Que vivan los derechos!, pregonaba el tonto en toda manifestación que se convocaba para exigir privilegios y a veces para otorgarlos, pues él mismo, en su afán de conservar su estatus, le tiraba migajas a sus ciudadanos hijos con tal que lo siguieran venerando.
    Entonces el Estado quiso cambiar su estrategia y volverse indulgente con sus protegidos. Les permitió toda clase de desmanes y hasta les aceptó que renegaran de la religión. Dejaron de ser cristianos para volverse "derecho-humanistas", una doctrina esencial para ser merecedores de todo cuanto deseaban. Su creencia no estaba basada en los derechos naturales como la vida, la libertad, la dignidad o la profesión de fe, sino en los instintos liberados porque les dijeron que lo importante era "sentir". Que para revalidar siempre el dogma había que decir que todo es un "derecho humano".

 
  Y el estado, alcahuete y paternal, a todos metió a su casa. No sólo a sus amantes o a sus compinches drogos, sino a toda clase de desconocidos y extranjeros. Abrió la puerta y los invitó a pasar. Los acostó en su cama y en pocos días los extraños comenzaron a mandar y a quitarle la comida de la boca a sus hijos. Él pensó que no habría problemas y que todo estaba bien. ¡Igualdad para todos!, volvió a gritar el Estado y repartió su despensa a partes iguales hasta que todo se consumió. Los nuevos inquilinos exigían pan pero no llevaban ni un mendrugo. Le enseñaron otras cosas a sus hijos y cuando menos pensó el Estado, no sabía ni quién era él. Su identidad se había diluido en las humaredas de la fiesta y los olvidos de la resaca. ¡Que viva la diversidad!, gritó al ver que todos eran diferentes a pesar de que iban uniformados con la misma ideología. Eso sí, cada cual hablaba su propia lengua ininteligible, pero sólo la hablaba para sí mismo, pues estaban tan inmersos dentro de su propia cabeza, que cada quien perdió la noción del otro, del mundo exterior y sólo quedó el YO.


    Un día despertó el Estado de su letargo y notó que sus ciudadanos estaban hechos unos zombis. Nadie pensaba ni proponía un alto al desmadre. Quiso organizar un poco la casa, pero ninguno obedeció la orden más elemental. Apenas un viejo nonagenario que estaba sentado en su silla favorita, a la que él llamaba "el trono", parecía observarlo con lucidez. Estaba investido de alguna autoridad, pero el Estado no estaba seguro de quién podría ser esa persona. Le preguntó quién era y el anciano sonrió con malicia. "Yo soy el poder detrás del poder", le dijo. Explicó que a él era a quien habían traspasado todos los bienes, las tierras, los saberes y las personas que conformaban el Estado mientras este andaba de juerga con sus amigotes. El anciano tenía una chispa de maldad en la mirada. "Deja todo como está y márchate", le ordenó al Estado. "Ya no tienes potestad aquí".
    Trémulo y agobiado por la pérdida de sus posesiones, el Estado fue a buscar a sus amigos y se dio cuenta de que nunca tuvo amigos. Nadie lo ayudó. Erró por callejones polvorientos hasta llegar a un muelle para intentar tirarse al mar. Fue el mismo viejo nonagenario el que lo agarró por un brazo y le prohibió tirarse. "Tendrás que seguir existiendo hasta que yo lo disponga", le dijo mientras lo ponía en tierra. Luego expresó una consigna para que el Estado entendiera que apenas podía conservar su nombre y su cuerpo, pero como un cascarón vacío. Ninguna autoridad o poder ejercería sobre su gente, ni riqueza o tierra alguna recuperaría. Ahora era un esclavo: "Que viva el gobierno único mundial!", gritó el viejo.


       Desde ese día el Estado es un sujeto arruinado, fracasado. Un suicida frustrado que muchas veces intentó matarse sin éxito porque siempre llegaba su amo a quitarle la pistola y a decirle que lo necesitaba vivo para que pareciera que nada había cambiado. Sólo cuando él lo ordenara el Estado desaparecería. Para entonces sería un muerto en vida, un sujeto al que no le correspondería decidir su suerte.
    Hoy el Estado poco a poco se sigue suicidando, y al parecer ni a él mismo le importa. En el fondo es el hombre que decidió no luchar por su libertad por el miedo a la muerte; es decir, es el esclavo.






sábado, 19 de marzo de 2022

Derechohumanismo, una religión de imbéciles

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Lo veíamos venir, lo presentíamos: comenzó como una Declaración Universal de Derechos Humanos, un documento representativo de todas las naciones del mundo "con diferentes antecedentes jurídicos y culturales". El 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General de las Naciones Unidas en París proclamó aquella declaración como "un ideal común para todos los pueblos".¹ Allanó el camino para la implementación de diversos tratados de derechos humanos que hoy en día se aplican de manera permanente en todo el mundo. sus valores principales: la libertad, la justicia y la paz.
    Pero tres cuartos de siglo después hemos descubierto con un sino de desaliento que las bases fundantes sobre las que se edificó la Declaración de los Derechos Humanos, hoy están totalmente socavadas. Dice el profesor José Antonio Seone de la Universidad de la Coruña en su artículo para la fundación Manuel Giménez Abad de España, que "todo exceso es insano, y también para el Derecho".² Es justamente lo que viene sucediendo con los derechos humanos: se está cometiendo un exceso con ellos, se están utilizando para el abuso y para coartar los derechos ajenos en nombre de la defensa de los propios.




    Hoy, todos los aspectos de la vida civil y política están enmarcados por derechos. El derecho a la protesta por aquí, y el derecho a ejercer la sexualidad libre y abiertamente por allá; el derecho al auto reconocimiento como al sujeto le venga en gana por un lado, y el derecho a requerir una protección especial del Estado por considerar que se pertenece a uno de los grupos de exclusión por el otro. Y sí, aunque los derechos fundamentales de los seres humanos requieren ser protegidos a lo largo del tiempo, nos estamos viendo avocados a una "inflación de derechos" que cada vez nos está haciendo más insoportable la existencia. La agenda de la ONU en esta materia reconoce, a través de sus agencias filiales, que en efecto existe un exceso de derechos que pretende cubrir todos los frentes del devenir humano; que el marco del reconocimiento de garantías y prebendas es un atractivo importante para justificar las nuevas luchas que se apropiaron del lenguaje y de la justicia
    Open Global Rights, por ejemplo, admite que "las quejas sobre la inflación de los derechos no son nuevas, y en gran medida, distorsionan el proceso interpretativo mediante el cual los jueces y otros órganos oficiales extienden orgánicamente las protecciones de los derechos humanos a lo largo del tiempo".³ Es decir, que esta fundación descaradamente progresista (sólo basta ver su nombre) le dice a quienes consideran que existe un exceso de derechos, o en su defecto una demanda exagerada por hacer valer los derechos que en ocasiones no son siquiera vulnerados, que están distorsionando las luchas que solamente los jueces pueden interpretar. Visto así, para ellos es muy bueno que se hable de más y más derechos y se expandan estos a los aspectos en donde no sería relevante reclamar aquello que no se ha perdido. Por ejemplo, Naciones unidas definen nuevos derechos cada vez que pueden, y estos a su vez pretenden abarcar mucho más allá de los derechos naturales. Ya no los proclama para una generalidad de ciudadanos, sino que segmenta por grupo social, profesión, región geográfica, orientación sexual, raza, edad, grupo étnico y hasta simpatía política. En esta última característica no necesito definir cuál es aquella que la ONU favorece. 
    Es así como los promotores de la segmentación hablan de los derechos de las personas trans o los derechos de los inmigrantes ilegales como si los primeros y los segundos pertenecieran a una categoría diferente a la humana. ¿Acaso los Derechos Humanos no fueron promulgados para aplicárselos a todos en general?



    Pese a todo, cuando no se comparte esa desmedida inflación de los derechos, no tarda la militancia progre en tratarlo a uno de lo contrario, es decir, de antiderechos, de ignorante, de negacionista de la realidad, de desconocer el avance que se ha logrado gracias a las luchas de los grupos minoritarios. Y yo pienso que sí, que los grupos que han sido marginados a lo largo de la Historia merecen su inclusión, como todos; que toda persona es digna e importante, pero sospecho que el discurso que enmarca el activismo en que todo es una transgresión a un derecho, está haciendo que estos por sí mismos carezcan de valor. Es decir, el culto desmedido a los derechos se ha convertido en la nueva religión, tan radical como la más ortodoxa de las religiones: el derechohumanismo.
    Así le llamo yo, pues los adeptos a esta religión se han encargado de tergiversar y filtrar las acciones humanas a través de una ideología perniciosa, hasta el punto de que los deseos también se han ubicado en la misma categoría de los derechos. Por el contrario, ellos mismos son los que han proclamado a los cuatro vientos que los deberes que tiene un ciudadano para con su sociedad obedecen a una tiranía impuesta por un poder supremo que hay que derrocar. 
    Como si fuera poco, entra también la patraña de la deuda histórica. Todo se volvió una deuda, ya sea histórica, social, o moral. Todo se cataloga como una falta de empatía de los que no somos creyentes de esa religión. Todo es una opresión del sistema. Si bien es una realidad que venimos de un pasado de discriminación, de estructuras jerárquicas de exclusión y explotación, y de relaciones de dominación; esa es una constante de la Historia que no podemos cambiar con una discriminación a la inversa, o positiva, como le llaman los fieles de la religión de los derechos. No se puede compensar en el presente las injusticias del pasado que se cometieron contra unas personas que ya no están, y que fueron cometidas por otras personas que tampoco están. ¿Habría que crear entonces unas nuevas injusticias en el presente de manera que se puedan compensar con ellas las injusticias del pasado? 




    Y es eso precisamente lo que nos quiere enrostrar la ideología del derechohumanismo y de la deuda histórica: que los blancos se arrodillen frente a los negros en las justas deportivas y en los actos conmemorativos para pedirles perdón por la esclavitud que hubo; que los heterosexuales se callen ante los homosexuales y casi que los veneren porque estos antes fueron perseguidos; que los hispanos (que por cierto no somos hispanos puros) nos dejemos pisotear por los indígenas porque fueron nuestros ancestros españoles de hace tres  siglos los que llegaron a someterlos; que los hombres bajemos la cabeza frente a las mujeres y les regalemos nuestra valía para que ellas se venguen por tantos años de machismo; en fin. Porque al otorgar derechos especiales a cada conglomerado que fue víctima de otro, se cree que se restablece el equilibrio de la Historia.
    Tanto es lo que se habla de derechos hoy en día, que hasta las treinta veces que he repetido la palabra "derecho"" en este artículo resultan un abuso del término, y ofrezco excusas por ello, pero solo quiero evidenciar que no podemos hacer de nuestros derechos humanos el caballo de batalla para fomentar nuevas guerras en nombre de lo que consideramos "un reconocimiento de la dignidad inalienable de los seres humanos". (Declaración Universal de los derechos Humanos, 1948).
    Es que hoy cualquier acción pretende cobijarse bajo el paraguas del derecho humano. El aborto ya se considera un derecho a decidir, por ejemplo, cuando en realidad es la decisión de matar a un inocente, lo cual excluye la vida. Pero entre aborto y vida está primando el primero sobre el segundo. En Argentina, hasta las toallas higiénicas son exigidas como un derecho para que lo garantice el Estado. A esto le llaman "Justicia Menstrual". Parece un chiste, pero reírse de ello es causa de serios problemas. Exigencias como estas están justificadas sobre la base de la religión derechohumanista: "todo deseo descabellado de la sociedad se pretende considerar un derecho humano".




    Semánticamente se le ha expandido tanto el campo al término, que por querer estar agrupando todo bajo este significante, los verdaderos derechos humanos han perdido su significado y cada vez valen menos.
    Habría que redefinir cuáles son los derechos realmente humanos. La vida, la libertad, por ejemplo, están considerados en todos los tratados y constituciones como derechos humanos naturales. Con la sobreabundancia de deseos elevados a la categoría de derechos, carece de seriedad esa palabrita de moda.
    ¿Quiénes entonces definen qué es un derecho humano y qué no? ¿Qué tratados cobijan todas esas quimeras que los imbéciles pretenden consagrar como derechos? Si los derechos son el fruto de los combates políticos ganados a través de años de lucha y reivindicaciones, es lógico que los nuevos combates, aunque sean injustificados, o aunque no defiendan una causa con sinceridad, están ganando terreno en lo político y desplazando los derechos fundamentales. La vida misma, la libertad, la libre expresión, son instituciones que poco a poco se convierten en conquistas obsoletas.


    Mientras tanto la religión del derechohumanismo cada día gana más adeptos que han sabido explotar muy bien el negocio de la victimización. Estoy pensando seriamente en ser parte de la secta, ahora que acabo de cumplir mis 42 años y siento que el Sistema me está negando mi derecho a tener éxito en la vida; a tener una bonita mujer y unos hijos obedientes, y un auto del año, y una villa con lago para mi deleite. No señores, no son sueños de un iluso fracasado: son mis derechos, mis derechos humanos, según la ideología derechohumanista.

[1] https://www.un.org/es/about-us/universal-declaration-of-human-rights

[2] https://dialnet.unirioja.es
art...PDF "TODO EXCESO ES INSANO, TAMBIÉN PARA EL DERECHO"

[3] https://www.openglobalrights.org/human-rights-inflation-whats-the-problem/?lang=spanish

sábado, 12 de marzo de 2022

Un lobo con piel de oveja

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Como hace cuatro años, el panorama político en Colombia está más agitado que nunca: la polarización está candente, y mientras algunos andamos recelosos de que la propuesta socialista sea la que triunfe en las elecciones, otros están felices porque piensan que ahora sí van a tener un gobierno que los representará. Cuánta risa y cuánta lástima me dan.

    Otros, por su parte, son escépticos frente al panorama que ofrecen las encuestas. Aunque uno les deja traslucir la preocupación por lo que pueda pasar con el candidato indeseable, ellos simplemente emiten un juicio de valor como si fueran grandes conocedores de la historia. “No va a pasar nada”, dicen con suficiencia. “Esto ya lo hemos vivido antes: siempre la izquierda hace bulla y a la hora de las elecciones nunca gana. En Colombia no ha gobernado la izquierda porque este es un país conservador, ¿por qué habría de gobernar ahora?”.

    Qué bueno que Dios los escuchara y tuvieran razón, pero mucho me temo que esa posición es la más absurda que podemos tomar en este momento de la historia: creer ciegamente que nada va a pasar, que todo seguirá igual, como si no se sintieran pasos de animal gigante, como si en cada conteo de los últimos cuatro comicios para la presidencia de la República no se viniera acercando la izquierda cada vez más al trono, es una insensatez que nos podría costar caro. Son este tipo de incrédulos, muchos de ellos con una posición mesurada o de centro, los que tienen gran parte de la culpa de que en otros países se les haya colado la plaga izquierdista por el resquicio de su negacionismo. Colombia no será la excepción. Eso de que no va a pasar nada porque la tradición siempre ha dicho otra cosa o porque la oligarquía que durante años ha manejado este país no va a dejar que un simpatizante del socialismo llegue al poder, es tan irracional como pensar que el mundo permanece inmutable desde su creación. No se han dado cuenta de que las cosas pueden cambiar, y así lo vienen demostrando las tendencias de los últimos veinte años.


     Yo creo, por desgracia, que en esta oportunidad van a ganar los progresistas, por la razón o por la fuerza. “Si no es ahora no será nunca”, les escucho decir a los zurdos que saben que tienen todo de su parte, y que al fin se les cumplirá el sueño. Están convencidos de que ahora sí viene el cambio, que se va a dar el viro que el pueblo estaba necesitando, que ganarán sí o sí. Estos convencidos no saben la telaraña que están tejiendo para sí mismos. El cambio no llega de parte de los políticos. Y si llega, ya sabemos que nunca es para bien. No seamos tan ingenuos. A veces se promueve un cambio sustancial para que al final todo siga igual. Eso piensan los apáticos, los que muy en el fondo aspiran a ese cambio para irnos al abismo, pues urgen de un sacudón que los haga despertar. Sólo que ese avivamiento ocurre cuando ya es demasiado tarde.

    De lo que no nos hemos dado cuenta el resto de colombianos, es que la izquierda ya gobierna desde hace rato, y aunque no lo creamos, desde el mismo gobierno de Juan Manuel Santos, tal vez desde Álvaro Uribe.

    Los jueces, desde aquellos tiempos, estaban comenzando a hacer de las suyas. La izquierda copó la rama del Poder Judicial y eso dio pie para que montaran su propio cartel de venta de sentencias o dieran golpes de Estado cuando les diera la gana. Hoy las cortes son prácticamente una dictadura que usurpa la función de los otros poderes. El Legislativo, por su parte, cada vez fue cediendo más curules a la oposición, y poco a poco los partidos afines al progresismo se fueron haciendo legión, hasta el punto de que las alianzas derrotaron a las mayorías. Ya fuera por votos, por mermelada o por regalos, el Congreso colombiano se convirtió en una mala caricatura, en un circo con micos y elefantes que en lugar de hacer leyes buenas aprobó sólo aquellas que beneficiaran a los Padres de la Patria, es decir, a ellos mismos. También el Ejecutivo se vendió a los intereses de las organizaciones multilaterales y al corporativismo con presidentes como Uribe, Santos, Duque, y el que viene, llámese como se llame. El negocio está pactado, y de lo que se trata es de debilitar la institucionalidad. Pensar que Uribe tenía ideología de derecha fue el más cándido error de los colombianos. Él nunca fue de derecha real a pesar de ser antisubversivo y combatir a la guerrilla. Nunca lo declaró si quiera porque siempre fue un socialdemócrata, es decir, un liberal con conciencia social, y no hay nada más parecido a la izquierda hoy en día que ese sector de los que se hacen llamar socialdemócratas.

    Otra cosa de la que no nos hemos querido dar cuenta los colombianos es que no somos nosotros los que elegimos al presidente. El presidente nos lo imponen desde afuera, desde los organismos internacionales y el multilateralismo. Nosotros solamente jugamos a depositar el voto, pero el nombre del ocupante de la Casa de Nariño ya está pactado desde hace mucho rato: se llama Gustavo Petro.



    Gustavo Petro, un hombre que transpira el odio más sórdido por la sociedad, y que lo alberga en su mirada, en su discurso y en su corazón, cuyo proceder en su juventud es más parecido al de un gatillero que al de un combatiente, que ejecutó a sangre fría a enemigos que eran un obstáculo para su organización criminal del M19, de la que él formó parte; él, el ex guerrillero que está marcando la agenda política del momento y que tiene dividido al país en dos; para desgracia del pueblo colombiano (y ruego a Dios porque no sea así) será el próximo presidente de la República. Quienes han hurgado en su hoja de vida y han querido desenmascararlo se encuentran con grandes vacíos en la vida de este hombre: aparte de su pasado guerrillero es poco lo que se conoce de él. Ni siquiera se ha verificado su lugar de nacimiento, aunque dicen que es de Ciénaga de Oro. Se sospecha de un amancebamiento que tuvo siendo joven con una menor de edad, del cual quedaron unos hijos que no se sabe quiénes son; y también de una inmoral incursión en el bajo fondo del travestismo que siempre se mantuvo oculta y de la cual salió su otro alias: Rosita[1]. El grupo criminal al que perteneció en la década de los ochenta tuvo nexos con la mafia de Pablo Escobar, y fue este quien les financió la Toma del Palacio de Justicia. Petro no es el representante de la mayoría en Colombia, con toda seguridad, y aun así muchos fanáticos enceguecidos están dispuestos a votar por él creyendo que les va alivianar sus cargas económicas, que va administrar con ética los recursos de los contribuyentes y que será el caudillo que lleve al país por las sendas de la equidad y la justicia social.


    

    Según el periodista e investigador Ricardo Puentes Melo, desde hace muchos años está acordado que es Petro quien tiene que llegar al poder para este período presidencial[2]. En 1997 se reunió la fundación Buen Gobierno, gestada por Juan Manuel Santos, con grandes personajes de la política colombiana, con empresarios, políticos, líderes guerrilleros, periodistas, entre otros, con el objetivo de diseñar la agenda colombiana para los próximos 17 años, dividiéndola en estadios. El primer estadio sería el de un gobierno de diálogo con la subversión con miras a buscar un acuerdo de paz. Este fue el período de Andrés Pastrana, quien propició todas las condiciones para firmar la paz con las Farc sometiéndose incluso a su voluntad. El acuerdo no podía llegar a buen término, así que se le abrió la puerta al segundo estadio, que era un gobierno de mano fuerte que combatiera a la guerrilla y la debilitara sin llegar a eliminarla de tajo. Mientras se efectuaba ese combate las organizaciones de derechos humanos mirarían hacia Colombia, propiciando el ambiente para hablar de paz y entrar así al tercer estadio, que sería un proceso de negociación con la guerrilla que sirviera para lavarle su imagen de criminales y acreditarles simpatía internacional. El proceso lo inició Uribe a escondidas y lo continuó su sucesor. Santos pactó el acuerdo sin darle méritos a Uribe y por ello fue que se enemistaron. No hubo tal traición. Así la izquierda ya podría entrar a tomar parte en el poder, pero necesitarían antes un gobierno de transición hacia el socialismo desde la democracia. Si Petro no fue puesto en 2018 era porque primero tenía que venir ese gobierno, el de Iván Duque, que obedeció al pie de la letra las instrucciones que tenía que cumplir. El gobierno de transición debía provenir de las huestes derechistas para que a la hora de reivindicar la JEP y el espurio Proceso de Paz con las Farc no se le fuera el pueblo encima y por el contrario creyera que era bueno si lo hacía el Uribismo. Al tener a un tonto útil que encarnara los peores pecados de la izquierda, pero en representación de la derecha, el pueblo inevitablemente se volcaría a la otra opción, esa que hablaba de subsidios, de programas sociales, de lucha de clases, de amor por lo humano, porque según esa opción, el problema del país era la desigualdad.

    Según Puentes, también se negoció en La Habana que Petro sería el hombre indicado para acabar con la democracia colombiana y fragmentar las instituciones desde adentro, en consecuencia con lo que viene pasando con las demás democracias latinoamericanas. El Foro de Sao Paulo (ahora Grupo de Puebla) ha de poner a su candidato en Colombia como lo puso en los demás países con el visto bueno del globalismo, pues ambos comparten objetivos en común.



    Por otro lado, ¿qué nos hace pensar a los colombianos que seremos la excepción cuando está visto que por la vía del Poder Judicial se están implementando con celeridad las medidas que recomienda la Sociedad Abierta de Naciones, de propiedad de George Soros? En menos de veinte días, por ejemplo, se emitieron dos fallos fundamentales para los intereses del globalismo (aborto y documento con género "no binario").   

    Es que hay que ser muy ingenuos para creer que los colombianos somos los que vamos a elegir presidente cuando desde afuera ya nos lo eligieron con la anuencia de la élite colombiana de izquierda, incluido el Uribismo que jamás fue de derecha, y la clase política que siempre ha estado al servicio de las mafias (o es ella misma una mafia). Sólo un milagro nos podría evitar que se cumpliera ese designio trágico para nuestro país.

    No hay candidato de derecha que le pueda dar debate en este momento al Elegido. Ni siquiera hay consenso en la centro-derecha que no se considera de derecha porque sus candidatos tienen miedo a ser señalados de ultraderechistas, es decir, a ser calificados desde la perspectiva del enemigo que se ganó la narrativa del discurso.

    Un Fico Gutiérrez, un Barguil o un Oscar Iván Zuluaga poco o nada podrán hacer ante el poder del globalismo. De hecho ni siquiera deben saber lo que se encierra detrás de esa palabra, no tienen ni idea. O si la tienen deberán dejar pasar esa objeción, si es que quieren llegar al poder. ¿Quién podría contrariar las recomendaciones de la ONU con respecto a su Agenda 2030, o al Foro Económico Mundial con respeto al Gran Reseteo? ¿Quién podría negarse a recibir un préstamo del FMI con altísimos intereses a cambio de dejar meter en la Constitución del país todas las políticas orientadas a promover la ideología de género, la agenda LGBT, y los tratados de pérdida de soberanía con la excusa de proteger el medio ambiente? Si de hecho bajo el gobierno actual, que se suponía que era de derecha, Colombia dio el salto más grande hacia el progresismo con la despenalización del aborto, quedando como el país más “laxo” de la región en este tema, no me imagino lo que sería estar en manos de un verdadero progresista, que además es comunista.   



    En conclusión, queridos compatriotas, sólo un milagro nos podría salvar, o al menos posponer por otros cuatro años la hecatombe. Acaso la hora cero ya esté marcada para Colombia. Igual hay que votar, sumar esfuerzos para que un hombre tan nefasto no llegue al poder con ganas de desquitarse de lo que le hicieron en el pasado, con expropiaciones y pérdida de libertades. Ejercer el deber de ciudadanos en la medida en que se pueda. Y aquellos que todavía piensan que no va a pasar nada, que Petro no sería tan grave como creemos, los insto a que desconfíen. O sino pregúntenle a los miles de venezolanos que están rodando por las calles colombianas en busca de un plato de comida qué era lo que decían por allá en 1998, cuando un coronel medio chiflado se lanzó a ser presidente. Primero se burlaron, luego lo subestimaron, y ahora están pagando las consecuencias.

    Así pues que a pesar de tener todo en contra, que ya todo parezca estar negociado, mantengamos la esperanza en el milagro que nos ayude en esta lucha contra la izquierda socialista, que no es más que un lobo con piel de oveja.



[1] Puentes Melo, Ricardo. Gustavo Petro, terrorista, travesti y alcalde. Periodismo sin fronteras. Bogotá. 31 de diciembre de 2015. Descargado de https://groups.google.com/g/todoporlapatria/c/YnFc7TRqIrI?pli=1

[2] Ver la entrevista Colombia, Estado en alerta, video de https://youtu.be/x6rvSKHqNSM


viernes, 4 de marzo de 2022

La guerra de Oriente contra Occidente, ¿o del globalismo contra el nacionalismo?

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Un gato grande y corpulento decide atacar a un ratoncito muy pequeño porque se lo quiere devorar. Otro gato casi igual pero menos fuerte llega a la escena y se conmueve del pobre ratón al que decide considerar como su protegido. Lo azuza contra el enemigo para que pelee, diciéndole que no se preocupe, porque en caso tal de que no pueda defenderse, él lo defenderá. El grandulón manda un zarpazo sin clemencia, hiere al ratón. Este llora pidiendo ayuda. Aquel que le prometió defenderlo titubea y mejor sale corriendo con la excusa de que va a solicitar refuerzos. El agredido patalea sangrante en la arena. Luego, desde un balcón en donde están a salvo, varios aliados le lanzan al ratón herido un garrote para que se defienda, pero no pueden hacer más por el momento: el corpulento les podría ganar a todos, además de que cuenta con otro gato aliado mucho más grande y fuerte que, como si fuera poco, es un gato que sabe técnicas de kung fu. En ese punto está la pelea y no se sabe lo que va a pasar.

    Ese caricaturesco cuadro es más o menos lo que está sucediendo hoy en Europa del Este. Hasta el momento en que escribo esta entrada, Rusia ha lanzado varios misiles sobre Ucrania, y esta última está resistiendo como puede. La OTAN le ha prometido ayuda, le ha enviado armamento e intenta por todos los lados bloquear a la poderosa Rusia, a la que nada la contiene. Tiene ánimo de beligerancia y dice ser ella la ofendida. La OTAN Sabe que moralmente tiene la obligación de intervenir, pero también tiene mucho miedo porque ya no conserva su poder de antes y porque el enemigo es “un monstruo grande que pisa fuerte”. ¿Quién le pondrá el cascabel al gato?



    Para entender un conflicto hay que remontarse a sus orígenes o al menos revisar un poco el contexto. La guerra entre Rusia y Ucrania no comenzó hoy, sino hace mucho tiempo. Como mínimo deberíamos irnos hasta la disolución de la antigua URSS después de la caída del muro de Berlín. Rusia acordó con las potencias occidentales que la OTAN no extendiera su área de influencia sobre los países orientales, o al menos sobre las antiguas repúblicas de la ex Unión Soviética, a las que a pesar de la disolución, las siguió considerando como parte de su barrera infranqueable. Poco a poco, con el enfriamiento de los conflictos, la Unión Europea y la OTAN se fueron corriendo hacia Oriente hasta llegar a naciones como Georgia y Ucrania, la frontera más importante que tiene Rusia con el Occidente. Rusia ya no era una potencia económica, pero le quedó el poderío militar y nuclear. Viendo que el antiguo enemigo se acercaba a su área de influencia, comenzó a liderar invasiones para evitar que esto sucediera, como una forma de poner candado a la OTAN para que no interviniera en lo que consideraba parte de su zona de seguridad. Primero se metió a Georgia y tomó control de ella, luego en 2014 se anexó la Península de Crimea, posteriormente incentiva la guerra en la región del Donbass para que dos provincias ucranianas logren su independencia: Donetsk y Lugansk, que aunque no son reconocidas por el mundo como independientes, ellas sí lo quieren ser porque tienen mayoría de población rusa. Como antecedente cultural, hay que recordar que Kiev, la capital de Ucrania, antiguamente fue la capital del gran Imperio Ruso, por lo que Putin siente que la nación vecina sigue siendo parte del alma de la Madre Rusia. A pesar de la firma de los dos acuerdos de Minsk en 2014 2015, en donde Rusia se comprometía a respetar la soberanía de Ucrania, Rusia nunca aceptó la autonomía cultural de las regiones ucranianas que habían sido parte de la Unión Soviética y que serían idiosincráticamente más afines a Rusia que a Occidente, el cual mantuvo un cierto paternalismo sobre Ucrania, evidenciado en el envío permanente de armas que los rusos nunca vieron con buenos ojos porque aquello lo consideraban una amenaza de seguridad nacional.



    Pero Rusia también acusó a Ucrania de no respetar los acuerdos de Minsk al negarse a retirar los grupos armados y los mercenarios de odio nacionalista en las provincias de Donetsk y Lugansk, muy cerca de su territorio, que eran una constante amenaza. Putin lo entendió como una expansión de la OTAN hacia sus fronteras. Esas organizaciones neo nazis se convirtieron en el caballo de batalla para decir que la OTAN estaba interviniendo más de lo debido en Oriente, así que demarcó una línea roja como límite, el cual sería cruzado cuando Ucrania fuera aceptada en la OTAN. Lo mismo había sucedido en 2008, cuando Georgia pidió su membresía a la cofradía del Atlántico Norte. Putin nunca permitió que ninguna de las ex repúblicas soviéticas que él consideraba como su barrera de seguridad fuera parte de la organización de su enemigo. Nunca estará conforme mientras los gobiernos en estas repúblicas no sean afines a su política.

    Por otro lado, el gobierno de Ucrania, al parecer, fue quien promovió esos grupos de odio contra Rusia en la región fronteriza en las provincias mencionadas. Aparte prohibió que se adaptara el ruso como lengua oficial en esta región, cosa que molestó mucho a los habitantes, que culturalmente eran más rusos que ucranianos. De ahí que Putin promoviera la independencia de esas regiones y exigiera el respeto de esa decisión a Ucrania. Pretendía que estuvieran de su lado. Él, conocedor de la agenda de Occidente, ya sabía cuál era su paso a seguir, y lo habló con China. Su decisión de invadir a Ucrania obedeció más a una cuestión de estrategia geopolítica para debilitar a sus oponentes antes que a un interés humanitario por aquellas provincias límites con Rusia. Putin pide que el presidente de Ucrania sea derrocado para que se posesione un títere que él pueda manejar, como sucedió con Bielorrusia. Pero quién sabe si con eso se conforme. Él tiene ambición expansionista. Es un tipo en el que no se puede confiar, es un ex agente de la KGB y es un experto en administrar venenos. Tal vez no quiera refundar la URSS, pero a lo mejor desee recuperar el antiguo Imperio Ruso. En todo caso el interés real también estaría movido por los inmensos recursos minerales y energéticos que posee Ucrania y que constituyen el botín de guerra principal.



    Para Occidente es una clara intervención imperialista, una anexión de un territorio que no le corresponde. Ambos bandos saben que tener a Ucrania de su lado es vital para tomar ventaja en el mapa de la geopolítica. Dios quiera que la pelea por este país no se nos convierta en el nuevo Muro de Berlín; en un hipotético Muro de Kiev, pues tanto los ucranianos pro-occidente como los pro-Rusia necesitan estar en paz. No es momento para una nueva frontera que ya está delimitada por el río Dniéper y que parte al país en dos, lo cual podría constituir el punto de la división.

    El dilema es que tanto Rusia como la Europa Occidental se necesitan mutuamente. Europa y el mundo dependen del gas de Rusia, del petróleo, del trigo, y del carbón; Rusia depende de exportar estos productos para tener dólares en su economía. Las sanciones lo golpearán mucho, pero más que todo a la gente, no al régimen dictatorial. La población es la que realmente paga las consecuencias. El hambre no se hará esperar.

    Con la inflación que está viviendo ahora el mundo, más de 5% en Europa y más de 7% en Estados Unidos, con el incremento del precio de petróleo a niveles que no se veían hace diez años, con la escasez de minerales energéticos para la producción, con la escasez de alimento que se está presentando y la crisis global, una guerra mundial sería ponernos la mortaja y enterrarnos en vida.  

    Y en Colombia no nos libraremos de los tentáculos de la guerra. Con el vecino que tenemos al oriente, aliado de una Rusia que ya ha prendido el fuego, cualquier cosa puede pasar y nadie nos defenderá, eso es seguro.



    En caso de estallar a nivel mundial, esta podría ser la primera guerra declarada entre el globalismo y el nacionalismo. Pero esta vez no es el nacionalismo americano ni de ninguna potencia occidental el que es protagonista, sino el nacionalismo ruso, que es mucho más férreo y demencial. Putin está dispuesto a hacerse matar por Ucrania, no por amor a ese país, sino por mantener lejos a la OTAN. ¿Valdrá la pena librar esa batalla por parte de las potencias occidentales sabiendo que lo que está en juego no representa mayor cosa para Occidente? ¿Acaso la OTAN, por salvar a Ucrania va perder a Europa?

    El profesor Omar Bula Escobar, experto en el tema de globalismo, en entrevista con La Hora de la Verdad aseguró que Occidente atraviesa por su momento más decadente de la historia y que Putin ya lo advirtió. Él sabe del intento para instaurar un nuevo orden mundial que eliminará la soberanía nacional de los países. Lo dijo no hace mucho, que “los estados están abandonando los valores morales que tienen sus raíces en el cristianismo, que hará que las personas pierdan su dignidad humana y eso será la ruina de la civilización occidental”. El hecho es que este globalismo que quiere imponer una agenda única para los países occidentales es peligrosamente destructivo, pues los debilita al sustraerlos de su agenda propia, contrario a lo que sucede con Rusia, China, o los países árabes, que por su arraigo en la Nación, la Tradición, la Religión y el control político y social de sus ciudadanos, no permiten que la borrasca globalista entre en sus fronteras.

    Esa también es la prevención de Putin, y no pretendo hacer defensa de su macabra actuación en esta guerra, pues es un hombre sanguinario y siempre lo ha sido. No obstante, bien sabemos lo peligroso que resulta para un radical cuando intentan desde afuera imponerle otros sistemas de valores distintos a los suyos: atacará con uñas y dientes, y con todas las armas a su alcance; y de armas sí sabe este imperialista. 



    Por otro lado aparece Estados Unidos en una posición debilitada, con un poderío completamente mermado representado por un anciano senil que no por anciano es mal gobernante, sino por sus tendencias deconstruccionistas, abriéndole la puerta a todo lo que acuerdan los foros económicos globales e imponiendo las recomendaciones a rajatabla, no importa que esas medidas tomadas vayan en contra de los principios fundantes de su propia patria. Está más preocupado por atender las políticas de la inclusión y consentir toda clase de quimeras justicieras de unas minorías que se sienten relegadas, que por reforzar la seguridad de un país con grandes enemigos.

    Occidente, concentrado por ejecutar la agenda destructiva de las naciones, no puede librar una guerra contra un nacionalismo dotado de las más sofisticadas armas de destrucción masiva, porque mientras Estados Unidos y la Europa globalista dejaron permear toda clase de ideologías que apuntan a cambiar la realidad con las palabras y a dividir a los hombres convirtiéndolos en cáscaras de huevo, la Rusia nacionalista o la China comunista cada vez más le cortan el vuelo a las filosofías de la mentira. No permitirán que les arruinen su tradición y sus valores fundantes, lo cual los lleva a cultivar ciudadanos más leales, más seguros, más fuertes, siempre dispuestos a luchar y morir por su patria aunque no tengan la razón.

    Por eso la posición de Occidente en este conato de guerra está fragmentada. Ya no puede actuar con los mismos criterios de hace años, ya no tiene la capacidad militar de enfrentar al monstruo totalitarista que sí conservó la esencia de su poder, aunque ese poder lo haya logrado con base en la invasión y la destrucción, es decir, con base en la guerra.



    Los valores judeocristianos se han desdibujado. El nuevo orden mundial está colaborando para ello. Y Rusia, cual serpiente rastrera saca ventaja de la debilidad de su enemigo y se da el lujo de convertirse en un nuevo Leviatán. Esto está comenzando y hay que prepararse para lo peor. Después vendrá la reactivación que le sigue a toda guerra que a unos cuantos les deja réditos insuperables, por eso es un negocio. Y las potencias emergentes la necesitan para quedar dueñas del nuevo orden.

    Lástima que esta vez seamos los occidentales los que estemos en desventaja. Alguna vez tuvimos las de ganar, hoy podríamos perderlo todo.

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...