sábado, 29 de noviembre de 2025

El candidato es Cepeda

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Parece que la reciente encuesta de Invamer sobre intención de voto del ciudadano colombiano para las elecciones presidenciales de 2026 ha dejado un mal sabor de boca entre quienes no queremos que el país termine de perderse. Parece que los vaticinios de la firma encuestadora, y quien sabe si los deseos también, es que esta aporreada nación se vaya de una vez para la mierda, que no por casualidad rima con izquierda.

     Algo debe haber podrido en Colombia para que después de tres años el pueblo quiera repetir la dosis de esa palabra que escribí en cursiva en el párrafo anterior. (Cualquiera de las dos, porque son lo mismo). O algo debe haber podrido en las encuestas una vez que están poniendo a liderar al candidato comunista del régimen, Iván Cepeda, con un 45,6% de la intención de voto si las elecciones se realizaran el próximo domingo.

     La verdad es que resulta difícil de creer, si después de estos tres años y tres meses de pesadilla que hemos vivido con el desgobierno del aprendiz de tirano vicioso, su heredero político es el que se alza con el favoritismo. Y sobre todo tratándose de un sujeto mucho más capacitado para hacer el mal que su mentor, porque a ese individuo no le preocupa en lo absoluto justificarse ante el pueblo para cometer sus fechorías.

     Como lo dijo algún analista contradictor del sinvergüenza: Petro es un bebé al lado de Iván Cepeda. Estaba queriendo significar que Petro no es ni la mitad de perverso de lo que podría llegar a ser su pupilo. Por una parte, la incompetencia de Gustavo Petro es innata. Ni con toda su enfermedad mental y su megalomanía ha podido destruir al país, pero lo tiene agonizando. Al sinvergüenza le falta capacidad de ejecución: sus vicios y sus delirios de grandeza no lo dejaron aterrizar en la realidad. Para cada salida en falso siempre tuvo un trino infinito y retórico que le excusara de su mediocridad. Petro se quedó viviendo la fantasía de un mesianismo enfebrecido que solamente se concretó en su alucinada cabeza. 




     Cepeda, por su parte, tiene algo que Petro jamás tendrá: disciplina. No es un malo mediocre, sino uno muy acucioso al que no le interesa el reconocimiento mundial ni la simpatía de los biempensantes del poder global. Se hace el recto, pero es un trásfuga que no tiene límites cuando de perseguir a sus opositores se trata, o cuando de apoyar a criminales de lesa humanidad también. Se ha reunido a la vista de todos con los terroristas de las Farc bajo el supuesto de la falsa paz. Los ha acompañado, los ha defendido y hasta les ha agradecido por ser lo que son. No en vano existió el frente guerrillero Manuel Cepeda Vargas, en honor a su padre. Pues Iván Cepeda es de esa línea ideológica de la guerrilla de las Farc. Se vende como un hombre de paz, pero en realidad es quien ha estado del lado de los que han masacrado a los colombianos. No tendrá ningún reparo para llevarse el país por delante. Exhala odio y resentimiento contra esta patria por todo su cuerpo, al punto de que —dicen las malas lenguas—, su olor lo delata. Por algo es conocido en el bajo mundo de la libertad de expresión popular como muela picha.

     Pero así Cepeda sea otro imbañable comunista, no hay que subestimar su capacidad de hacer el mal. No es un desequilibrado mental como Petro, ni se conoce que sea esclavo a sustancias estupefacientes. Su vida personal no tiene la naturaleza aberrante que tiene la del “líder intergaláctico”, pues al menos en público tiene otra forma de conducirse. Tampoco le interesa codearse con la realeza, ni lucir las grandes marcas de ropa, ni robarse el foco de las miradas. No sueña con pasar a la historia como un líder mundial. Si Petro es el comunista de caviar que sólo busca ser agasajado y reconocido en cuanto coctel y foro de zurdos se encuentra por el mundo, Cepeda es el comunista de pantano y de trinchera; el guerrillero de doctrina y de milicia, de esos que escasamente se afeitan y que ni se lavan los dientes. Bastaría ver su aspecto para inferir que en su persona habita un espíritu rebelde de naturaleza caída. Porque creció viendo a su padre entregando su vida por la causa subversiva. Se educó en la Bulgaria comunista durante los años de la Guerra Fría, apoyó la Revolución Cubana y le agradeció a Fidel Castro por su “contribución inmensa a la paz de Colombia”. Toda su actividad política ha estado enmarcada por la defensa del comunismo. Por tanto, es un comunista doctrinario y sectario. Lo tiene interiorizado desde pequeño, y está dispuesto a morir por esa ideología llevándose por delante a cincuenta millones de colombianos. Odia la propiedad privada (menos la de él), pero apoya la causa que ha destruido las libertades económicas y civiles de los ciudadanos en países como Cuba, Venezuela y Nicaragua. 




     Si de lo que se trata es de empujar a Colombia al más profundo de los abismos, el candidato es Cepeda. El huracán Cepeda al que están inflando en las encuestas sería diez veces más destructivo que el huracán Petro, al que todavía le restan poco más de ocho meses para seguir devastando todo a su paso. Sólo que Cepeda sería mucho más activo, más incisivo, más estructurado, más metódico. Su plan es muy simple: aplicar a rajatabla el Manifiesto del Partido Comunista y encarcelar a todo disidente que no esté de acuerdo con su forma de pensar. Así llegó a erigirse como candidato presidencial: ofreciendo demandas a dos manos a sus enemigos. El proceso judicial (al final fallido) que encabezó contra Álvaro Uribe fue lo que lo catapultó a las arenas de la contienda presidencial, ya que de propuestas no hay nada en la cabeza de este sujeto. Ya lo veo censurando medios, enjuiciando opositores, silenciando conciencias. Ya lo veo instalando Gulags en el Catatumbo o en el Páramo de Santurbán para llevar allí a los que insistan en oponerse a su régimen.

     Si lo que busca Colombia es una dictadura clásica de corte estalinista, no me queda duda de que con este simpático y risueño prospecto de dictador lo conseguiría con éxito. Una vez más, el candidato para lograr eso es Cepeda. Por su “carisma”, por su “amor a la humanidad”, por su “devoción a la patria”. De sobra está advertirles mi sarcasmo. 
   



     Pero si las encuestas van a comenzar a posicionarlo en el primer lugar de la intención de voto es por algo que subyace en unos intereses bastante oscuros que hay detrás de los que manejan la opinión pública: dar por hecho que la izquierda extrema estará, sí o sí, en segunda vuelta, y que la “derecha” no tendrá chance en esta elección. Sugerir que la derecha, la verdadera derecha en cabeza de Abelardo De la Espriella perdería en una eventual segunda vuelta con Cepeda, es darle aire a los candidatos del centro y de la centroderecha que se quieren vender de derecha, pero no les alcanza para eso. Son politiqueros de oficio que toda la vida han vivido del Estado y que muestran sus credenciales de experiencia para decir que ellos son los únicos que pueden arreglar este desbarajuste porque sí saben cómo llevar las riendas del Estado. Si tanta experiencia tienen, ¿por qué no han hecho nada en todos estos años que llevan de políticos?

     Sí, la intención secreta de la encuesta es vendernos al centro tibio, a Fajardo, a los santistas, a los progres que se hacen llamar independientes y que a la hora de la verdad están con el Establecimiento. La intención es aterrorizar a la gente para vendernos al centro como lo más sensato para no perder en segunda vuelta, y a Abelardo de la Espriella como un extremista de derecha que no ganaría nunca. La intención, incluso, es vendernos a Cepeda como un moderado, porque la casta política que maneja los hilos de este país no le teme realmente a muela picha, con el que terminarán pactando, sino al outsider De la Espriella, que recortaría sus privilegios y les quitaría su poder político y electoral. Y si hay algo a lo que le teme un político de oficio, es a perder la teta que toda la vida le ha dado de mamar. 




     Por eso nos quieren inflar a Cepeda, para irlo posicionando, metiendo poco a poco en la conversación, aunque la mayoría del pueblo no quiere un segundo Petro en cabeza ajena. Ya analizaremos en otra columna la belleza de candidato que nos quieren vender como la renovación y el camino hacia la paz. La cloaca hay que destaparla.

     Por lo pronto, no sobra advertir que mientras la izquierda está unida en torno a un segundo mandato del petrismo, o en este caso al mandato de las Farc; la derecha, o lo que el país conoce como derecha, está dividida. Cepeda va solo, nadie lo critica, hace campaña por todo el territorio y los delincuentes garantizan su protección. Aparece ganando, las encuestas le ayudan. A De La Espriella, por el contrario, todos lo atacan. La misma aparente derecha se canibaliza y le hace el mandado a la izquierda extrema. Pero son los del centro tibio; no son derecha. En su mayoría ex ministros de Santos, politiqueros de poca monta, junto con una periodista manipulada por un grupo económico y un militante de las ideologías de la nueva izquierda que atentan contra la familia.

     Mucho cuidado, compatriotas, con el país que queremos para el futuro. Si lo que queremos es cambiar el rumbo de esta nave extraviada, hay una esperanza que está en el clamor popular, no en los políticos de oficio ni en los tecnócratas. 




     Si por el contrario, lo que queremos es hundirnos definitivamente y ser un Estado fallido como el venezolano, el candidato es Cepeda, no tengan duda: el continuador de un trabajo de demolición nacional para someternos poco a poco a un poder estatista que nos subyugará por el hambre y la debilidad, lo cual se traduce en comunismo puro y duro. La elección de Iván Cepeda será sellar nuestro definitivo de derrota y desesperanza, porque ese destino ya comenzó hace tres años con la elección de Gustavo Petro, y urge hacer algo para torcerlo. El pueblo lo pide a gritos.









sábado, 22 de noviembre de 2025

Tigre que ruge y muerde

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(crónica comentada)








     Cuando estaba encinta de ocho meses, la señora María Eugenia Otero y varios de sus parientes se embarcaron en una lancha por el río Sinú con rumbo a una finca en La Mojana, Sucre, donde habían decidido pasar la Semana Santa de aquel año reunidos en familia. Durante el trayecto por el río, y debido al sobrepeso, la lancha zozobró estrepitosamente, quedando María Eugenia justo debajo de la embarcación, imposibilitada para respirar y literalmente ahogándose. Fue la acción heroica de su esposo Abelardo la que la salvó de la muerte, pues sin pensarlo se zambulló en el agua para rescatar a su mujer y a su hijo de ocho meses de gestación. Por fortuna lo logró, aunque el señor quedó a punto de perder la vida en su intento. Los llevaron de emergencia a un centro de salud, y gracias a un milagro, el episodio no tuvo un desenlace fatal.

     Debido a esa marcada experiencia, el niño debía llamarse Moisés, en honor al Moisés del Antiguo Testamento que fue “salvado de las aguas”. Al final decidieron que tuviera el mismo nombre del padre, del abuelo y del hermano mayor: Abelardo. Un mes más tarde, ese niño nació en la ciudad de Bogotá el 31 de julio de 1978, aunque fue criado en Montería, donde pasó su infancia y adquirió su identidad caribe. De ahí que él mismo diga que nació en Bogotá, pero que es costeño. ¡Y vaya que sí lo es! Cuarentaiséis años más tarde su nombre, que ya es una marca reconocida, se está constituyendo en la esperanza para enderezar el destino de la patria que los colombianos estamos perdiendo desde que en mala hora algunos descabezados decidieron votar por la anarquía. Abelardo de la Espriella, así se llama, y es hoy el candidato con más posibilidad de ganar la presidencia de Colombia para el 2026. 




     Colombia está atravesando sus horas más oscuras, es la frase que repite en cada entrevista, como para que seamos conscientes del momento histórico que estamos viviendo. O sacamos el cáncer socialista de la patria antes de que haga metástasis y le destruya su futuro, o el petrismo repite en cabeza propia (no lo descartemos todavía), o en la del terrible Iván Cepeda, y ya no habrá retorno posible.

     Pero a pesar de estarse convirtiendo en un fenómeno político en Colombia, al Tigre, como se hace llamar, lo critican por muchas cosas. Lo cuestionan por su actividad profesional, en la cual ha tenido que defender a personas que después resultaron comprometidas con la justicia o directamente declaradas culpables. Los casos más sonoros son el de David Murcia Guzmán, con el que se destapó el escándalo de las estafas piramidales por allá en el año 2008, y el de Alex Saab, el empresario barranquillero que después resultó siendo ser el testaferro de Maduro y la dictadura venezolana. Ya De la Espriella ha aclarado infinidad de veces a los medios que su profesión liberal no le impedía defender a una persona que, hasta ese momento, no había sido condenada. De hecho, por ley, a todo acusado hay que suministrarle un abogado si no tiene la forma de conseguirlo. Si el ejercicio del derecho en la defensa de un convicto es motivo suficiente para impedirle a una persona aspirar a un cargo público, entonces ningún abogado penalista podría aspirar a la presidencia, porque todos han tenido que representar alguna vez a personas que han obrado por fuera de la ley. Lo cierto es que de ninguno de sus casos controversiales se ha derivado sanción disciplinaria o acción judicial alguna en su contra. 




     También lo critican por ser un show man; por intentar hacer de la política un espectáculo. Es bien sabido que ya la política no es lo que era antes, y que los primeros en hacer de ella un show fueron los gobernantes de izquierda, en especial los del Socialismo del Siglo XXI. No por casualidad era habitual ver a Chávez y ahora a Maduro bailando grotescamente en tarima y hablando sandeces a un pueblo cuyos sueños fueron  arrebatados. Luego la derecha replicó el camino que la izquierda propuso con tan buenos resultados, y por eso ahora está conquistando votos con una metodología emocional. Trump y Milei son un ejemplo de cómo se puede hacer de la política algo más que una contienda electoral. Pero el espectáculo en sí no tiene nada de malo mientras no se engañe al pueblo y se le cumpla.

     De Abelardo de la Espriella el pueblo esperará, si llega a ser presidente, que ponga en marcha todo lo que dijo que podía hacer por Colombia, no importa si su estilo es directo, sin filtros y con algo de folclor, que de eso está plagado el sentimiento patrio. Lo importante es que cumpla con lo prometido. Y si no lo hace por el motivo que fuere, bastará el consuelo de haber votado por alguien que al menos no contribuyó a imponer un sistema socialista, que es lo peor que le puede pasar a una nación.




     Asimismo, se le acusa de exhibir un ego político inadmisible para una campaña en donde se supone que hay que mostrar el lado más humilde. Sólo que Abelardo ya lo lleva consigo sin necesidad de demostrarlo en cámaras. El aprecio que le profesa la gente en todas partes a donde llega se ve genuino. Es un hombre auténtico, desinhibido, sin falsas poses. Dice siempre lo que piensa, y hasta ahora ha hecho lo que ha dicho. Gran parte de la prensa progre lo tilda de ser un “costeño fantoche”, como le dijo una periodista del statu quo bogocentrista. Lo tachan de ser un tipo engreído, prepotente y sobrador por el hecho de que les parece que está prometiendo demasiado: No estoy aquí por vanidad, sino porque soy capaz de hacer lo que Colombia requiere que se haga, responde cuando le preguntan, y un sector del periodismo se alarma de que un abogado salido de la provincia se atreva a decir que sabe lo que hay que hacer y que es capaz de hacerlo; algo que muy pocos políticos de profesión ven con buenos ojos, pues los está haciendo quedar mal. ¿Cómo es que ellos, que llevan tanto tiempo en cargos del Estado no han hecho lo que hay que hacer para mejorarlo?

     En eso, hay que reconocer que Abelardo sí es valiente, y que hasta ahora todo lo que dijo un día que iba a hacer, lo ha hecho, y no con poco éxito. Además de abogado penalista prestigioso ha sido empresario en sectores como el de bienes raíces y el de construcción; en la industria licorera, el sector de las confecciones y el diseño de modas. En un tiempo fue periodista, columnista de opinión, analista político, escritor, y hasta cantante. Nada le ha quedado grande.

     Pero su mejor profesion, dice él, es ser padre de familia. Un padre de cuatro hijos a los que adora y un esposo de una mujer con la que después de 20 años de matrimonio todavía sigue disfrutando de las locuras del erotismo como si fuera la primera vez. De la Espriella es un hombre entregado a su familia, porque conoce el verdadero sentido de esta institución tradicional. Manifiesta abiertamente y sin ambages su posición en contra del aborto, de la ideología de género, del adoctrinamiento educativo en filosofías contrarias a Dios. En esta defensa de la familia tradicional conformada por papá, mamá e hijos, está alineado completamente a la derecha, porque sabe que la familia es el núcleo fundamental de la sociedad, y que su resquebrajamiento es el vacío del individuo. Basta ver su propio núcleo para entender por qué la gente quisiera quedarse con un modelo familiar como el del Tigre. 




     Por ello anuncia que será frontal contra los criminales, aunque sus oponentes lo tratan de extremista o de ultraderechista cuando lo dice. Está dispuesto a fumigar los cultivos de coca y a bombardear los campamentos de los grupos terroristas, porque la seguridad es el valor fundante de una sociedad. No sé qué hay de extremo en eso. Propone una guerra directa contra quienes reclutan niños y los ponen como carne de cañón, destruyendo su vida y la de sus familias. Igualmente anunció una cruzada contra el narcotráfico que permea la sociedad y arruina la vida de millones de jóvenes que diariamente caen presos en la drogadicción. No habla de falsos procesos de paz con los delincuentes, sino de capturarlos, juzgarlos y castigarlos con las leyes de la República. Es lo menos que se espera de un gobernante de “extrema coherencia”, como se define a sí mismo.

     Por otro lado, en lo que concierne al tema electoral específicamente, El Tigre ha tenido la mano extendida para proponer la unidad como salida, pero son aquellos otros políticos de carrera, quienes no figuran con más del 4% en las encuestas, los que no quieren unirse a su proyecto. Son ellos los que están dividiendo el voto del sector de la derecha sin siquiera ser de derecha verdadera, porque nunca han pasado de ser socialdemócratas tibios que no definen su ambigüedad para agarrar votos de ambas orillas. Ha sido receptivo cuando le preguntan por alianzas con políticos, aunque el candidato recalca que la verdadera unión es con el pueblo. Y sí, apela al pueblo, porque es al pueblo al que deberá conducir. De ahí que sus contradictores lo llamen despectivamente populista, como si ello fuera un insulto y no la vieja táctica de ganar el favor de la plebe que existe desde que la democracia es democracia. Porque el populismo, o apelar al pueblo, no es malo per se. Lo malo son las promesas vacías que se utilizan para seducir al elector, y eso se llama demagogia, que sí es una práctica muy utilizada de politiqueros y manzanillos que viven de engañar a ese pueblo.




     Aunque realmente no estoy tan seguro de que siga extendiendo la mano de la unión para hacer una coalición de derecha. Solamente ha recibido ataques de parte de los competidores de su mismo sector ideológico en apariencia. Más que una consulta, Abelardo propuso una gran encuesta nacional para así, entre todos, apoyar al que tenga más posibilidades de ganar la presidencia y unirse en torno a esa campaña para derrotar al petrismo nefasto que está acabando con la patria. De paso, se le ahorran unos buenos pesos a la nación, pero los precandidatos no le quieren jalar a esa propuesta. Saben que El Tigre los arrasaría y ellos son los del club del uno por ciento en las encuestas. Ellos insisten en esperar hasta una consulta en marzo, lo cual sería un craso error dilatar por cuatro meses la elección de un candidato de la derecha mientras Cepeda, el candidato de la narcoguerrilla, está tranquilo haciendo campaña solo, sin detractores. Con el agravante de que es al único al que lo dejan entrar a hacer política a las zonas de conflicto, donde están sus amigos guerrilleros.

     Me atrevería a vaticinar que esa consulta en marzo va a ser un fracaso, y si Abelardo logra recoger las cuatro millones de firmas que tiene proyectadas para diciembre, no tendría por qué someterse a dicha consulta: cuatro millones de firmas es casi un mandato popular. La gente está hablando en las calles con su rúbrica, y eso no lo puede desechar El Tigre. ¿Por qué el que marca segundo en intención de voto debe someterse a los que aparecen por debajo de él con porcentajes irrisorios que desde ya nos llevan a pensar que no son presidenciables? Basta con echar un vistazo a lo que fue el evento del 2 de noviembre en el Arena Movistar, donde reunió a más de 16.000 personas, y otras miles que siguieron la transmisión por las redes, para darse cuenta de que este tigre es un fenómeno imparable. Ningún otro de los candidatos del “1%” ha logrado demostrar un potencial electoral de semejante magnitud. Abelardo, es seguro, irá derecho a Primera Vuelta. 




     Así pues, que esta andanada contra El Tigre no es más que el temor de la casta política y económica a que se la coman viva. Le tienen terror a De la Espriella porque saben que les cortará los privilegios con su política de reducción del Estado y libertad económica al estilo Milei en Argentina. Por ello tiemblan los politiqueros, los monopolios, los banqueros, los dueños de los grupos económicos poderosos que toda la vida han vivido de obtener gabelas y favorecimientos del Estado. Le tienen terror los grupos guerrilleros y criminales como las FARC y todas sus disidencias, El clan del Golfo, el ELN y demás organizaciones narco criminales a las que les va imponer una ley de sometimiento a la justicia o ser dados de baja. Para ello se inspiraría en la política de seguridad del presidente Bukele de El Salvador. También lo detestan las ONG’s globalistas, la ONU y demás entes corporativos contra las cuales enfilará baterías en caso de llegar a la presidencia para no permitir la imposición de ideologías, consignas y política     s que redunden en la destrucción de los valores fundacionales de la civilización occidental, apropiándose para ello de las medidas implementadas por el presidente Trump en los Estados Unidos con el objeto de recuperar la grandeza de su nación. Abelardo entiende la importancia de dar la batalla cultural contra las ideas posmodernistas que atentan contra los valores y la tradición.

     He aquí al Tigre que quiere tomar las riendas de la nación. Un verdadero representante de la nueva derecha para contrarrestar a las izquierdas y a la derecha falsa y cobarde. No será necesario decir por quién pienso votar, porque por primera vez habrá en el tarjetón un candidato que me representa, a diferencia de las otras veces, que solo he votado para rechazar al petrochavismo miserable. Si voto, veré que sea por una opción que esté ¡Firme por la patria!





sábado, 15 de noviembre de 2025

Crónicas de mi niñez (La revelación)

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Crónica vivencial)







     Llega en la vida de todo hombre el momento en que un suceso extraordinario, una experiencia traumática o una revelación inesperada marcan el inicio de una nueva era en su forma de percibir el mundo. Para un hombrecito de seis años, este punto de quiebre significa la pérdida de su inocencia, o parte de ella. Es darse cuenta de que las cosas no eran como había creído que eran a lo largo de su corta vida, y que el engaño, por muy benigno que parezca, conlleva alguna forma de decepción.

     El mundo de la infancia está lleno (o debería estarlo) de cuentos de hadas y de magia. El mundo de los adultos es un mundo plano, donde salvo los milagros de Dios, en los que muy pocos creen ya, pocas cosas los sacan de su mutismo y les encienden a los mayores la chispa de la fantasía. Pero en la realidad cotidiana no hay magia ni superhéroes. Nuestros padres, por lo general, resultan ser los verdaderos guardianes de nuestro universo, pero de eso nos damos cuenta muy tarde, cuando ya hemos dejado la etapa de la niñez y miramos hacia el pasado, y estando en el mundo adulto nos enteramos de cuántas proezas, sacrificios y combates libraron esos hombres y esas mujeres para darnos lo mejor que podían con lo poco que tenían y que sabían. 




     La anécdota que les voy a referir ocurrió en 1987, pero comenzó un año antes, en la navidad de 1986. Mi padre recién había comprado una finca de recreo en una vereda llamada Nuevo Sol, a cinco minutos de Cuba. La finca todavía existe, pero ya no es de la familia, y prácticamente está circundada por negocios y urbanizaciones. Hoy es una casa de campo de lujo muy cerca de una variante llamada Condina. Pero en aquellos tiempos era una finca de cuadra y media, con casa de material y corredores exteriores, cercada con alambre de púa y protegida por un cafetal frondoso en el que jugábamos a perdernos siendo niños. Con el pasar de los años se convertiría en nuestro paseadero favorito. Hasta que una mala tarde de 1995 mi padre nos llegó con el anuncio de que había vendido la finca, y eso nos entristeció mucho: ya no más paseos de fin de semana, ni partidos de fútbol en la manga, ni fiestas, ni visitas, ni borrachos, que era lo que él más detestaba, y tal vez por eso decidió venderla. En esa finca debimos pasar el 24 de diciembre de 1986, la primera navidad allí, pero esperando a que amaneciera, porque supuestamente El Niño Dios no sabía dónde íbamos a estar, y los regalos llegarían a nuestra casa del barrio Centenario. También fue ese el último año en aquella casa en la cual mis padres se encontraban residiendo cuando yo nací.

     Así las cosas, los niños (mi hermanita, mis primos y yo), bien dormidos, nos levantamos al día siguiente y comenzamos a hacer planes de lo que haríamos apenas llegara cada uno a su respectiva casa: buscar los regalos, abrir los paquetes y luego tal vez salir a compartir los juguetes nuevos con los primos y los demás niños de la familia. Supongo que fue así, porque ya saben ustedes que a los seis años se magnifican los recuerdos, así que, si estoy diciendo alguna cosa de más, les ruego me excusen por las mentirillas de forma. 




     Ese año El Niño Dios me trajo un Mario Baracus de plástico de unos cuarenta centímetros, con todos sus perendengues y colgandejos, y con los músculos bien marcados. Yo era fan de Los Magníficos en esa época, y con mis primos jugábamos a asumir el rol de alguno de los personajes, pero como ninguno era negro ni musculoso, nadie representaba a Mario, el que mejor recordación tuvo de toda la serie. Otros regalos como carritos, legos, platillos voladores y demás se añadieron a la lista, pero yo andaba con Mario para arriba y para abajo. Mi hermanita apenas contaba con algo más de dos años de nacida, así que todavía no confeccionaba esas colosales listas de regalos que escribiría unos años más tarde para poner a "voltear" a mi madre, sobre todo a última hora, cuando cambiaba de opinión y ya no quería la muñeca que había pedido la semana anterior (y que “El Niño Dios” supuestamente ya había comprado), sino una nueva que había visto en otro comercial.

     —Mire lo que le trajo El Niño Dios —me dijeron, y yo creía que sí, que era normal que un ser al que nunca había visto antes y que no me imaginaba cómo era, me trajera regalos a mí y a todos los niños. Pero sobre todo a mí, porque en mi casa El Niño Dios siempre fue muy generoso y nunca me decepcionó. Los regalos aparecían encima de la cama por arte de magia. Yo me preguntaba por dónde entraba este niño, porque si de algo estaba seguro, era que no debía de tener llaves de la casa, y que tampoco era por el techo, como me había dicho alguien. ¿Cómo un niño tan santo y pequeño iba a romper las tejas de cada casa para entrarse por el tejado como si fuera un ladrón? Sí, uno sabía que algo no tenía mucha lógica allí, pero ¿a quién le importaba? 




     Fue entonces al año siguiente, cuando ya viviendo en nuestra casa del Popular Modelo, noté algo sospechoso, aunque la fascinación que me produjeron los regalos me hizo olvidar pronto del asunto. Habíamos pasado la nochebuena seguramente en la casa que había sido de mis abuelos paternos, que para ese año ya habían fallecido. Como siempre, tuvimos que esperar hasta el amanecer para llegar a nuestra casa y descubrir los aguinaldos que debían estar sobre cada una de nuestras camas. Ya estaba yo presuroso subiendo las escaleras hacia la segunda planta, y mi hermanita intentando subir, pues apenas estaba dando sus primeros pasos, cuando mi padre nos dijo que mejor buscáramos en el armario de la última habitación; o sea la habitación del servicio, o “pieza de la empleada”, como coloquialmente le llamábamos en ese tiempo. Ahora, con la estupidez moderna dicen que suena feo decir “pieza”, y ya ninguna casa cuenta con este lujo arquitectónico para albergar a la muchacha del servicio (La corrección política le dirá “auxiliar del hogar”).

     “¿La pieza del servicio?”, me pregunté. ¿Por qué razón El Niño Dios iba a dejarnos los regalos ahí si era más fácil hacerlo en nuestros respectivos dormitorios? No le eché mucha cabeza al asunto, porque enseguida mi padre abrió los cajones del chifonier de ese cuarto y comenzó a sacar paquetes para que yo destapara ávidamente, y entonces vi un gran buldócer de pilas y un títere de Rocky, de esos que lanzaban puños al accionar unas palanquitas desde adentro, y un armo-todo, soldaditos, carritos a control remoto y hasta pistolas, y no me acuerdo qué más, porque yo estaba embelesado con Rocky para ponerlo a pelear con Mario Baracus, como en una de las películas de la saga. De esta forma terminé el año y comencé el siguiente llevando mis muñecos a toda parte e inventándome combates y situaciones en las que le otorgaba el triunfo al que me diera la gana en el momento.

     La verdad era que mis padres, que habían escondido los regalos en la última pieza para que no los descubriéramos antes de tiempo, no alcanzaron a subirlos a la segunda planta antes del 24, así que no hubo más remedio que conducirnos allí, a ese cuarto donde jamás entrábamos, para recibir las dádivas de nuestro amado Niño. Me pareció atípica la situación, y de todos modos, por si las dudas, verifiqué en mi cama si había otros paquetes, pero me dijeron que eran todos, que ya no había más. Definitivamente pensé que El Niño Dios era despistado y que había dejado los regalos en cualquier parte de la casa por salir corriendo a repartir a los otros hogares. Eso debió haber sido. 




     Así seguí tan campante con mi inocencia durante 1987. Ya estaba en segundo de primaria. Había ganado el año escolar y esperábamos una nueva navidad. Yo estaba pidiendo una metralleta ruidosa que disparaba en ráfaga, de esas de la película Rambo, que no tenía por qué haber visto a esa edad, pero que en lugar de sobresaltarme, me cautivó por la violencia con que Rambo fulminaba vietnamitas, y que me perdonen los vietnamitas, pero eran otros tiempos en que estaba permitido que los niños tuviéramos armas de juguete y no pasaba nada, porque sólo jugábamos a la guerra. Hoy obligan a los niños a la guerra de verdad. Mi hermanita, que ya comenzaba a despertar al mundo, había pedido una muñeca Burbujitas. Esta vez los regalos llegaron a la casa de la abuela Carmen Rosa, donde se crio mi madre. Como nosotros íbamos a dormir allá, buscaron un lugar seguro para esconderlos. La idea era que cuando dieran las doce pudiéramos destapar los regalos sin tener que esperar hasta altas horas de la madrugada a que se acabara la reunión y pudiéramos regresar a nuestra casa. Así de harto nos consentían nuestros alcahuetes y adorados padres. Alguna de las primas que estaba en casa de la abuelita descubrió el origen de todos esos movimientos sospechosos, y me lo contó todo un día antes de navidad: ella ya lo sabía.




     —Juancho, ¿usted sabe quién es El Niño Dios? —me preguntó.

     —Pues El Niño Dios es El Niño Dios —le dije sin intuir la trampa de su pregunta.

     —El Niño Dios son los papás —me dijo a bocajarro, sin anestesia. Yo no cogí la respuesta al vuelo. Estaba todavía procesándolo en mi mente, sin entender lo que me decía.

     —Óigala. 

     Después até cabos, y tenía toda la lógica del mundo. La magia se había perdido, la inocencia se había esfumado ante aquella revelación, pero también ya era tiempo. Si a los siete años no me sacaban de aquella burbuja iba a vivir engañado por lo menos hasta los ocho o nueve, y eso ya era demasiada candidez. Mi reacción fue más bien tranquila, pero decepcionante. Como darse cuenta de algo que era tan evidente y no haber tenido la suficiente malicia para descubrirlo. Entonces le pregunté a mi madre, todavía incrédulo, y ella me corroboró la respuesta, ¿qué más podía hacer?

     —Pero no le vaya a decir a la niña —me advirtió. A mi pequeña hermana todavía le quedaban otros tres o cuatro años de inocencia.

     Yo creo que a mi madre le dio más pesar que a mí saberse descubierta; claro indicio de que su chiquitín estaba creciendo. Esa tarde me dijo que los regalos estaban en el cuarto de los abuelitos, pero que mejor esperara hasta las doce, para que mi hermanita no se enterara de nada.

     —Mi amor, pues usted ya sabe quién es el Niño Dios, pero igual él le trae los regalos a medianoche, que tiene más gracia, o usted verá si los quiere destapar ya. —manifestó mi madre. Y yo, contento porque de todos modos iba a tener regalos, esperé hasta las doce, aun cuando estaba que me caía del sueño. 




     A pesar de todo, la navidad siguió siendo una fiesta de regocijo hasta que crecimos y se nos escabulló la tradición. En mi casa no faltaba el pesebre que armábamos cada año debajo de las escalas con el papel encerado y las figuras de caucho hechas en Italia, que después replicaron en Colombia y se conseguían en las cacharrerías del centro. Tampoco faltaba el árbol de pino de plástico gigante que mi madre compró y lo llenábamos de bolas rojas a pesar de que finalizando los noventa a la gente le dio por imponer los moños y otras modas para adornar el árbol, que porque las bolas ya no se usaban. Pues decidimos que en mi casa se seguirían usando. Tampoco faltaban la natilla, ni los buñuelos, ni las cenas de nochebuena que hacían la familia Giraldo o la familia Trejos, que eran familias numerosas y convocaban un gentío para esas fechas. Eran unas fiestas espléndidas que hoy llegaron a su fin para nosotros, porque se ha extinguido casi en su totalidad esa generación original de la familia con la que uno creció por ambos lados. La mía se ha ido envejeciendo, y sigo pensando que lo mejor de la navidad se disfruta cuando se es niño.

     Debo confesar que fui yo el que a su vez le reveló el secreto a mi hermanita tres años después. Luego me arrepentí y le dije que no, que el Niño Dios sí existía, pero ya había sembrado el germen de la duda en ella como me lo sembraron a mí. Al principio su reacción fue de no creer, luego de rabia por darse cuenta del engaño, y después de resignación. Sí, uno no tiene derecho a dañarle la ilusión a nadie, pero todos sabemos el poder que otorga hacerle poner a alguien los pies sobre la tierra. Y a los seis años no se es consciente de ese poder tan devastador.

     Después vendrían otras revelaciones más complicadas de lidiar cuando uno crece. Una de ellas sería, por ejemplo, descubrir que no se puede comenzar desde cero con la misma vida; que solo es una y es pasajera, y que el único antídoto que existe para contrarrestar el olvido de la muerte es escribir, cantar, pintar, dejar huella... arreglárselas con lo que mi Dios le dio a uno.




sábado, 8 de noviembre de 2025

Una nueva Cuba llamada Nueva York

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Nueva York, ciudad demócrata por excelencia, ha dejado todo listo para asistir a su propio funeral en un par de años: Zohran Mamdani, el candidato socialista musulmán a la alcaldía, acaba de ganar las elecciones.

     ¿Acaso es que Mamdani será tan malo que sepultará a Nueva York en la más abyecta miseria? ¿Acaso no será mejor dejarlo gobernar y esperar a ver qué pasa? Bueno, basta leer tres o cuatro propuestas de su programa político para darse cuenta de que La Gran Manzana se convertirá dentro de poco, en una nueva Cuba dentro de los Estados Unidos. Tal vez peor, porque Cuba no tuvo nunca tanto que perder como sí lo tiene hoy la capital del mundo, el corazón del capitalismo mundial.

     Lo que va a hacer Mamdani en su período como mayor de la ciudad es aplicar los postulados del Manifiesto Comunista, pero a su manera, o más bien a la manera de la nueva izquierda. Para ello se valdrá de los nuevos sujetos revolucionarios de los que habla esta doctrina a través de ideologías como el progresismo y el wokismo. Como escuché en algún programa de opinión, los supermercados de Nueva York prontamente estarán vacíos, pero habrá muchos carteles de inclusión y de equidad.

     El escenario es pavoroso. Miremos por ejemplo la propuesta de desfinanciar a la Policía con el propósito de eliminar este cuerpo de seguridad. Si ya las calles de la ciudad no resisten un drogadicto o un criminal más, no me imagino la anarquía que sobrevendrá cuando ya no haya policía a la que temer por parte de los delincuentes, ni protección alguna para el ciudadano honrado que quedará abandonado a su suerte. Para Mamdani, como para todo progresista, aplica el postulado foucaultiano de que el crimen es una construcción social. De ahí que no le interese preocuparse por la seguridad del ciudadano, sino por el bienestar de los hampones. Según su modo de pensar, a los asesinos habrá que llegarles con un grupo de psiquiatras para que los atiendan en lugar de un grupo de agentes que los detengan oportunamente y hasta los den de baja si es necesario. 




     Otra de sus propuestas es la de crear los supermercados comunales, a los que va a obligar a vender a precio de costo y hacer que la diferencia la pague el 1% de los empresarios ricos. ¿Qué incentivos habrá entonces para los dueños de los supermercados si no permitirá que estos obtengan ninguna ganancia? La escasez y la carestía no se harán esperar cuando comiencen a quebrar y a cerrar.
     
     También promete congelar los arrendamientos, lo que va a dar al traste con la propiedad privada. ¿Qué dueño de vivienda va a poder remodelar su propiedad si al final tiene que seguir cobrando lo mismo? Existen en este momento unos 200.000 apartamentos en estado de abandono en la ciudad, a los que los propietarios no han querido invertirle un solo dólar porque les sale más barato dejarlos deteriorar que rentarlos. Con una política de congelación, los inquilinos prácticamente van a vivir en pocilgas viejas, pero con precios estables. Eso sí, para los nuevos arrendatarios no aplicará este “beneficio”, porque prácticamente no encontrarán dónde vivir con dignidad. Se considerarán afortunados si logran encontrar tal vez algún container en donde puedan dormir. Apuesto a que esa será la solución de vivienda a la vista. Al tiempo que congelará los alquileres, Mamdani dice que les subvencionará la diferencia a los propietarios para que no pierdan ese dinero. ¿De dónde sacará esa plata? No se preocupen, pues para ello va a tener que subir los impuestos, aunque haya dicho que no.

     También propone expropiar terrenos para construir edificios comunales, promete transporte gratuito y un salario mínimo de 30 dólares la hora. Promete, en definitiva, aplicar las medidas económicas de los países tercermundistas. Ya saben ustedes lo que pasa cuando se incrementa el salario indiscriminadamente sin tener un respaldo en las cifras de productividad.

     Gran parte de la comunidad judía, sintiéndose amenazada por la llegada de Mamdani, ha decidido que se marcha con sus empresas y sus capitales para otros Estados. Es sabido que Nueva York es el lugar, aparte de Israel, con más judíos en el mundo. Esta comunidad, que tiene sus empresas y genera gran parte del empleo de Nueva York, no quiere estar sometida a una nueva persecución que podría sobrevenirles con la gobernanza de Zohran. ¿Cuántos empleos podrían perderse si se produce una desbandada de empresarios judíos neoyorquinos hacia otras ciudades? 




     Si después de darle un vistazo a estas propuestas nos seguimos preguntando cómo es que un sujeto que va en contra de la más pura naturaleza de la Constitución de los Estados Unidos, y sobre todo de una ciudad como Nueva York ⸺cuna del capitalismo—, ha logrado ganar la alcaldía, es oportuno analizar lo que llevó al radical musulmán a obtener la primera magistratura de la ciudad, y no todo es por mérito propio.

     En primer lugar, siendo Nueva York una ciudad demócrata por excelencia, no es de sorprender que las elecciones hayan estado disputadas entre la facción demócrata tradicional y la facción más radical del socialismo que ha invadido este partido desde hace mucho tiempo. El hecho de que un comunista, como directamente lo llama el presidente Trump, haya ganado la alcaldía, significa que Nueva York ya es un caso perdido y que el votante allí está desesperado y se lanza en busca del primer salvavidas que le tiren.

     En segundo lugar, hastiado incluso de la socialdemocracia tradicional y vetusta que venía siendo abanderada por el Partido Demócrata, el electorado se ha volteado hacia el ala socialista más extrema de este partido, que tiene su germen en el Partido Comunista Estadounidense, el Partido de Jóvenes Comunistas y asociaciones como The People Forum; y que vienen enquistándose desde los años setenta dentro del Partido Demócrata, y hasta ahora está recogiendo sus frutos a través de líderes como Alexandra Ocasio-Cortés, Bernie Sanders, o la misma Kamala Harris. Detrás de Mamdani se encuentran todas estas organizaciones que lo apoyaron, no cabe duda. Por otro lado, también gozó del apoyo financiero recibido por la familia Soros y el globalismo, ambos patrocinadores implacables de liderazgos que conlleven a la fragmentación de los Estados. Nada mejor que apoyar las ideologías progresistas para desarraigar al individuo de su nación, como en efecto se está viendo que ocurre en el mundo. 




     En tercer lugar, Nueva York desde hace tiempo viene en una decadencia sin retorno, y de esa decadencia surgieron productos como Mamdani, que cumplía todas las especificaciones del sujeto patologizado por una sociedad carente de valores. El sentimiento de rechazo hacia todo lo que signifique política convencional es evidente aquí. Sus electores votaron con la emoción, porque lo vieron como el candidato que estaba por fuera del Establishment, pero no analizaron que las soluciones que proponía eran utópicas, irrealizables, imposibles de financiar; además de que no resolverán los problemas de la gente, sino que los agravarán.

     Es así como 57% de los sufragantes latinos votaron por Mamdani, en su mayoría jóvenes. Se vieron representados por un inmigrante igualmente joven como ellos, de 34 años, que además cantaba rap y denunciaba en sus canciones la realidad de una ciudad en caos. Supo llegarles a sus contemporáneos con un discurso que mezclaba problemática real con resentimiento. Ofreció el paraíso y le terminaron comprando su discurso. ¿Saben ellos de dónde sacará el dinero Mamdani para financiar los supermercados comunales y sostener la política de los arriendos congelados de modo que los dueños de las viviendas no las dejen perder por falta de recursos para mejorarlas? No, de seguro no saben, ni les importa, pero votaron por alguien que parecía comprenderlos. 




     En cuarto lugar, los candidatos que había al frente trataron de caricaturizarlo, pero no supieron venderse ellos mismos. No convencieron. Se dedicaron a atacarlo y a pintar estatuas de la libertad con burkas, pero así no se ganan elecciones. No supieron demostrar lo nefasto de las políticas de Mamdani. Del otro lado, los votantes tenían a Andrew Cuomo, otro demócrata comprometido con asuntos de corrupción y abuso sexual que no despertaba buenos sentimientos en la población, porque es un representante de la vieja política de siempre. Su alianza con los poderes globalistas y las grandes corporaciones hizo de Cuomo un sujeto ávido de poder al que no le importaba para nada la realidad de las personas. Por ello Mamdani, con su discurso emocional, llegó prácticamente solo a las elecciones y arrasó.

     A diferencia de Cuomo, Zohran sí supo dar en el clavo de las necesidades de los neoyorquinos, porque hablaba de contextos tan palpables que nadie podía negar que lo que decía no era cierto. Supo leer y diagnosticar muy bien a la ciudad, entender lo que sufre la gente, y con esto se los echó al bolsillo. Supo apuntar sus armas electorales a sectores de la población vulnerables y les habló en su propio lenguaje. Supo decir aquello que los ciudadanos querían escuchar; hacerse reconocer como un caudillo sin apoyo del Deep State, volverse el outsider, el diferente, y eso lo llevó a la victoria. El problema era que las soluciones que ofrecía para esas problemáticas eran completamente absurdas, destructivas, socialistas. Pero eso a la gente no le importó. Su campaña se basó en descifrar los motivos de angustia de la gente del común, copiando lo que hizo Trump en su momento, pero proponiendo modelos de ciudad que ya han fracasado antes en el mundo. Supo hacer política aprovechando el desastre que dejaron sus mismos copartidarios antecesores, pero vendiéndose como si no fuera otro de ellos, sino una figura diferente. 




     En quinto lugar, el sector de derecha fue el que se equivocó en la orientación del discurso de campaña. En lugar de demostrar ellos que sus propuestas eran mejores, se dedicaron a desprestigiar a Mamdani con los asuntos de la fe musulmana, pero les salió el tiro por la culata. La gente no se tragó el cuento aquel de que les iban a imponer el jihad por la fuerza, pues Mamdani, aunque siempre priorizó el hecho de ser musulmán, no derivó ninguna de sus propuestas basado en los dogmas de su fe islámica. 

     Estaba tan perdida la situación en Nueva York entre dos progresistas, que al mismo Trump le tocó apoyar al menos malo para que no ganara el peor, y eso fue exactamente lo que terminó pasando. Fue un error. Apoyar a Cuomo era apoyar a la vieja política, la corrupción, la casta. Al dar este apoyo, Trump y los republicanos perdieron conexión con la realidad. En represalia, con mayor ahínco la gente le votó a Mamdani. Lo que tenía que haber dicho el presidente Trump era haber reconocido que ganara quien ganara, la ciudad estaría condenada al fracaso. De este modo, al menos, los neoyorquinos habrían votado bajo el dictado de su conciencia y no bajo la presión del interés político, que es lo que al votante honesto no le gusta.

     En fin, que las elecciones a la alcaldía de Nueva York se disputaron entre los progresistas y los ultra progresistas. Ganaron los segundos. Así de mal están las cosas en La Gran Manzana que no hay espacio para una propuesta conservadora ni libertaria. Los demócratas se dieron el lujo de dividir el voto, ganando con A o con B.

     Y Nueva York, otrora un paradigma de libertad y desarrollo en los años cincuenta, hoy ha quedado condenada al capricho de un sujeto que hará de la gran metrópoli un decadente y pestilente suburbio de cuarto mundo, pero ahora con políticas inclusivas donde quepan todos y compartan la misma miseria. Bienvenida Nueva York al Socialismo del Siglo XXI.





jueves, 6 de noviembre de 2025

Cuarenta años de mentiras

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Seis de noviembre de 1985. La Historia, o los que la están reescribiendo, dicen que aquel día, en el Palacio de Justicia en Bogotá, se produjo el “infortunado” episodio de la “Toma al Palacio” por parte de la guerrilla del M19, en el que murieron noventa y ocho personas confirmadas y otras once se registraron como desaparecidas después de que el Ejército Nacional fue enviado por orden del presidente Belisario Betancur a efectuar la “retoma” al recinto máximo de la justicia colombiana.

     Ya desde ahí comenzamos mal. Con esa narrativa nos han tenido durante cuarenta años. Se han falseado los hechos, se ha subvertido el lenguaje. Las cosas hay que llamarlas por su nombre. Para empezar, no fue una toma guerrillera. Una toma es algo muy distinto. Por lo general las tomas no suelen involucrar hechos de violencia extrema, como cuando un grupo de protestantes se toma un edificio público para hacer una manifestación grandilocuente, pero aquello es distinto. Lo que ocurrió en el Palacio de Justicia ese seis de noviembre fue un asalto a sangre y fuego, no perpetrado por una guerrilla urbana y revolucionaria de izquierda, sino por un grupo narcoterrorista, financiado con el dinero del mafioso más peligroso del mundo para ese entonces: Pablo Escobar Gaviria. Eso ya quedó probado.

     Lo que desde el sector de la izquierda le quieren hacer creer al país, cuando ya toda una generación ha pasado y los sobrevivientes del Holocausto se han ido muriendo paulatinamente y ya no pueden recontar su testimonio, es que aquella había sido una operación revolucionaria llamada Operación Antonio Nariño por los Derechos del Hombre, con el objetivo de hacerle un juicio revolucionario al presidente de la República por haber supuestamente incumplido un acuerdo de paz firmado en 1984 entre la guerrilla del M19 y el gobierno. El presidente actual, ex guerrillero de esa organización terrorista y cuyo corazón nunca se desmovilizó, pues sigue pensando como terrorista y narcotraficante, aseveró recién “desmovilizado”, con el mayor de los cinismos, que lo que ocurrió allí fue una “genialidad”. Que el objetivo era una reivindicación de la democracia por parte del M19, como si un grupillo de hippies idealistas y jóvenes revolucionarios y marihuaneros de esquina hubieran llegado con pancartas y megáfonos a sentar su voz de protesta y a simplemente incomodar a los funcionarios de la rama judicial, como si de radicar un derecho de petición se hubiera tratado. 




     Hoy, cuarenta años después del genocidio, el sinvergüenza no sólo reivindica el acto sangriento que costó la vida de 11 magistrados y decenas de inocentes, sino que a cada rato revictimiza e irrespeta al país ondeando el maldito trapo insignia del grupo asesino en cuanto evento tiene la oportunidad. Para Petro no es una fecha de conmemoración, sino de celebración, o en todo caso, si ha de conmemorar algo, es la muerte de sus compañeros dados de baja en la operación de rescate que tuvo que llevar a cabo el Ejército con todos los errores y desaciertos que ello conllevó.

     Hay que aclararle a las nuevas generaciones, aleccionadas por maestros partidarios de una ideología perversa y que no han tenido ningún empacho en mentir y romantizar la barbarie, que los terroristas del M19 no llegaron en son de paz a proponer un cambio, ni a demandar derechos para el pueblo: llegaron asesinando al mismo pueblo. De entrada, mataron a dos vigilantes que estaban de turno a esa hora; disparando sin mediar palabra a quienes custodiaban las puertas del Palacio e intimidando a los que a esa hora se encontraban allí, especialmente a los magistrados de la Corte Suprema, a quienes tenían la clara intención de ir matando uno por uno si con el paso de las horas el presidente de la República no se hacía presente para negociar. El propósito estaba claro: quemar los folios de los procesos judiciales adelantados contra los narcotraficantes, desaparecer las evidencias para que estos no pudieran ser enjuiciados, y presionar para que se firmara la no extradición. 




     Solo que el país no puede olvidar jamás quién es el responsable de este asalto: el M19. Quien mató a los magistrados e incendió el Palacio no fue el Ejército, como siempre han querido hacernos ver. Los únicos asesinos y responsables del hecho son los guerrilleros genocidas. Así lo atestiguaron los sobrevivientes, entre ellos Humberto Murcia Ballén, único de los magistrados que logró ser rescatado con vida. Si ellos no hubieran concebido y ejecutado ese macabro plan, nada de lo que hoy lamentamos hubiera sucedido. Hasta la mayoría de los guerrilleros que participaron en el asalto, para fortuna de ellos, estarían vivos, sin pagar un solo día de cárcel, gracias a que un par de años después, a una clase dirigente mezquina y cobarde se le ocurrió la terrible idea de darles indulto.

     Pero todo salió mal ese día: el ataque, la respuesta de las fuerzas militares que entraron a recuperar el Palacio con la misma brutalidad con que lo asaltaron los criminales sin tener la precaución de proteger a los civiles inocentes, el centenar de muertos, la destrucción avasalladora, el desastre de sangre, caos y muerte, la terquedad de un presidente que no tuvo el tino para llevar a cabo una operación exitosa de rescate, la falta de estrategia, de astucia militar, absolutamente todo mal. Se le abona al Ejército que al menos pudo sacar con vida a por lo menos setenta rehenes que lograron salvarse de las llamas y de las balas, de modo que la tragedia pudo haber sido peor. Sí, el Ejército seguramente actuó con torpeza, pero nadie garantiza que de no haber actuado, no hubiera habido muertos. Tal vez fue gracias a ello que no murieron todos los rehenes. Porque está claro que los guerrilleros entraron dispuestos a matar y a morir. 




     Uno de los once magistrados que perdió la vida en este crimen fue el jurista Manuel Gaona Cruz, padre del abogado Mauricio Gaona, quien recientemente ha recibido ataques por parte de la izquierda al convertirse en uno de los grandes contradictores de este gobierno. El abogado Gaona nos deja estas palabras que transcribo para no perder de vista que la narrativa de los zurdos es hacerle creer al país que aquello no tenía por qué haber sido una jornada violenta si el Ejército no hubiera intervenido, de modo que le echan toda el agua sucia al operativo militar y le lavan la cara a los subversivos. El abogado dijo: Ya nos quitaron la Historia. La están reescribiendo, la están editando, la están borrando. Ya nos quitaron la Justicia, la secuestraron, la asesinaron, la incendiaron y la olvidaron. Hoy nos están presentando como actos de patriotismo, como actos intrépidos, crímenes contra la Humanidad.

     A través de las novelas, el teatro, la literatura, el cine, las ponencias, los foros, los medios de comunicación y cuantas herramientas tienen a la mano, nos han venido diciendo durante cuarenta años que el M19 era apenas un puñado de jóvenes idealistas que luchaban por una Colombia mejor contra la oligarquía política. Nada más lejos de la verdad. Aquí lo que tiene que quedar claro es que los miembros de esa guerrilla terrorista, porque en verdad generaban terror, eran unos sanguinarios asesinos, incluido el que hoy funge como presidente de la nación, y que para la época (y para fortuna suya) estaba preso por un delito menor. Se salvó de haber sido ajusticiado por el Ejército en esa ocasión, pero no se salvó el país de verlo con la banda presidencial cuatro décadas después. No sería raro que él mismo se hubiera hecho capturar a propósito para no tomar parte en el asalto, no por un sentido de obrar el bien, sino por la cobardía y la pusilanimidad que siempre lo han caracterizado. Entre las filas guerrilleras siempre tuvo fama de ser malo para el combate y se le tenía por elemento de poca estima. 




     Además, no solamente fueron los muertos del Palacio los que se le adjudican al M19. Cometieron otros tantos homicidios y llevaron a cabo secuestros, ajusticiamientos, reclutamiento de menores y cómo no, delitos de narcotráfico. Lo paradójico es que ningún miembro de esa organización tuvo que pasar por una cárcel, ni siquiera simbólicamente después del indulto. El mismo Petro, que estaba enterado de los planes del grupo para el cual operaba, debió haber ido a prisión como coautor intelectual del Holocausto. Pero esa justicia a la que ellos mismos atacaron no tuvo el valor para parárseles de frente y condenarlos. La rama judicial no demostró independencia ni peso político. Todo se disolvió en aras de una Constituyente que se amoldó a la voluntad de los agresores que fueron los que se encargaron de reescribir la Historia.

     Y así, mientras los criminales sobrevivientes de ese grupo gozaron de total impunidad y uno de ellos hasta llegó a la presidencia, los miembros de la fuerza pública que estuvieron a cargo de la operación para liberar el Palacio de Justicia han tenido que pagar condenas por la supuesta desaparición de once rehenes y por delitos de lesa humanidad, que no fueron otra cosa que daños colaterales. Los desaparecidos han ido apareciendo. Nunca salieron con vida del Palacio de Justicia, como nos hicieron creer, sino que sus restos fueron equivocadamente, en medio del caos, enterrados con los restos de otras personas en las mismas fosas. ¿Qué cuál es la prueba de ello? No hay un solo video donde se identifique claramente que los rehenes que se registraron como desaparecidos hayan salido caminando por sus propios medios del Palacio. Se ven piernas, brazos, rostros borrosos que dejan dudas, personas que se confunden en la barahúnda; nada en concreto. 




     Desde luego, hubo de todo, y el Ejército tal vez pueda tener su parte de responsabilidad en el desastre, pero sus miembros, comenzando por el general Arias Cabrales, han sido condenados a prisión, lo mismo que oficiales como el coronel Plazas Vega, que también fue llevado a la Justicia hasta que finalmente fue absuelto. También otros miembros del Ejército están condenados por el uso desmedido de la fuerza durante la operación de rescate y por los supuestos desaparecidos. No así los terroristas que iniciaron todo esto. Ellos, autores indiscutibles de la masacre, hoy se han tomado el poder. No necesitaron las armas, porque el líder que los representa llegó por la vía democrática. Necesitaron apenas de cuarenta años de mentiras y de once millones de engañados.



Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...