sábado, 25 de septiembre de 2021

Yo sé lo que es perder a un padre

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Nuestro paso por la vida nos deja siempre la ilusión perpetua por aquello que fue y ya no será: el espejismo ahogado en el río del tiempo que no podrá emerger nunca más. En otras palabras, el fantasma eterno del pasado.

    Porque el tiempo, para la dimensión que habitamos los mortales de carne y hueso, sólo es posible hacerlo regresar a través de la mente. El ayer ya no tiene cuerpo, se ha esfumado. El presente es eso que tocamos, que nos apabulla, que nos captura en una prisión de dolor. Todo pretérito, en cambio, nos deja la sensación de que nada de lo que vivimos fue real… que todo ha sido un sueño.

    Soy un irredento habitante del pasado, no lo niego. Me muevo por sus calles de nostalgia y evoco la sucesión de imágenes hermosas que me quedaron de un tiempo en el que yo no sabía que era tan feliz. O en el que pude haber sido más feliz y no fui consciente de ello. Pude, sobre todo, haber hecho feliz a otros, pero a cambio decidí pensar en mí y preocuparme por los asuntos efímeros y sin importancia que hacen parte de la vida diaria. Esas cosas anodinas como los deberes escolares, las labores domésticas, la obligación de trabajar, los asuntos financieros, el programa de televisión, la salida del fin de semana, los imprevistos que de repente surgen y que nos hacen perder tiempo. Las cosas urgentes, no las importantes. Todo lo que en últimas tiende a disolverse en el mar del olvido; lo que dentro de cien años ya no será más que un problema resuelto que no importunará el sueño de ningún habitante del planeta. De tanto repetir el ritual de la cotidianidad tendemos a pensar que esa será la existencia por los siglos de los siglos.






    Pero resulta que uno se despierta un día y se da cuenta que está solo: solo en medio de una isla desierta, que es a la vez la misma casa grande en la que se compartió con los familiares más cercanos; en la que uno creció y se hizo hombre, de la que uno guarda los mejores recuerdos. Se despierta uno en medio de un silencio desolador o de una bullaranga ajena que no tiene nada que ver con las voces y el movimiento que uno quisiera escuchar. La familia ya no está en el mismo lugar ni los rostros conservan la jovialidad de otras épocas. Se despierta uno deseando que el tiempo no hubiera pasado, que uno no se hubiera despertado. Ya el lugar de las personas que se han ido ha sido reemplazado por escaparates nuevos con dispositivos modernos para entretenernos del tedio. O simplemente el espacio permanece vacío, a la espera de un nuevo cuerpo que lo llene. Entonces el alma se entristece ante la certeza de todo aquello que se ha perdido. 

    Hoy mis lágrimas afloran porque entre más pasan los días, más lejos estoy de esa historia familiar con la que me construí una imagen que todavía  dudo que sea esa. Más lejos de mi padre que andará en las nebulosas intentando decirme lo que en sus últimos momentos le impidió la distancia y la agonía. Lejos de su imagen de anciano tierno que no podré volver a contemplar y de sus conversaciones ejemplares con las que me ilustraba el sentido de la vida. Lejos, como en los últimos veinte años, de la compañía de mi madre que encontró por fin su propio proyecto de vida, que no era otro que el de convertirse en la benefactora, en el motivo de alegría y en el sostén de todo su núcleo familiar, incluyéndome a mí, quien no fui el reemplazo adecuado de mi padre. Lejos de los días en que jugué al fútbol y a la escuelita con mi hermana menor; y de los días en que como todos los hermanos, nos peleábamos y seguíamos jugando. Ahora ha crecido tanto que me ha superado y se ha puesto ella misma en el lugar del hermano mayor, pues sé que es mucho más fuerte y capacitada que yo para afrontar el futuro que nos espera. Será ella quien me proteja, quien me enseñe cómo se juega ese juego real de la vida, quien me brinde su mano.




    Cuando uno se encuentra de frente con el rostro de la soledad, cuando uno ha perdido aquello que lo que lo ligaba a una vida esplendorosa que se ha tornado irrecuperable, entiende que debió haber hecho mucho más, que debió haberse comportado mejor, que debió haber demostrado el amor a raudales y haberlo dejado allá en el pasado. Sucede que ese mismo amor por los que no están presentes, hoy está inundando todos los rincones de la casa y no hay donde colocarlo ni a quién brindárselo. De modo que uno tiene que alimentarse, ya no de recuerdos, sino de fantasías: de historias inventadas que en realidad nunca sucedieron, pero que consuelan del dolor amargo de la pérdida.

    Uno debiera, aunque fuera de vez en cuando, salirse de su cuerpo, dejarse de mirar al espejo, olvidarse de sus preocupaciones y meterse en los zapatos y en el mundo del otro. Si todos lo hiciéramos nos ahorraríamos más de la mitad de los dolores de cabeza del planeta. La posibilidad de la guerra no sería una amenaza y el hambre hubiera sido erradicada. Pero como afirmó alguna vez un pensador, esta es una sociedad onanista, esclava de su propio placer. Por ello ese culto al Yo nos hace tanto daño.





    Es cuando los demás se van que comprendemos que no podemos bastarnos a nosotros mismos, que no somos el centro del universo y que los necesitamos. En especial a ese ser amado que nos brindó todo su amor a su manera, tal como pudo entender lo que era el amor a pesar de que no lo hubiéramos entendido nosotros. Su ausencia revalida el viejo y sabio refrán de “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”




 

    Pero ¿quién soy yo para dar consejos sobre cómo vivir, cómo comprender a los demás, cómo tener éxito en las relaciones interpersonales cuando todo el mundo sabe que mi forma de ser y mi comportamiento en sociedad no son precisamente un modelo a seguir y que albergo un sinfín de rencores, de prejuicios, de remordimientos por mis actitudes a veces ingratas con mis seres queridos? ¿Qué puedo yo decir de reconocer la importancia del prójimo, de aprovechar las oportunidades que se nos presentan para demostrar amor, de ponderar el valor de lo bello, de elegir las palabras adecuadas cuando la lista de logros que tengo para exhibir en esa materia es prácticamente nula?

    Tal vez lo que en los últimos meses me ha puesto tan reflexivo no sea la sabiduría que no me acompaña ni la experiencia de vida que tampoco poseo. Tal vez no tenga autoridad moral para aconsejar nada, sino que el ánimo de meditación que me embarga solamente responda a una necesidad imperante de mi atribulado corazón, y que lo único que pueda decir con respecto a valorar aquello que hoy tenemos y mañana no tendremos, es que yo sé lo que es perder a un padre. Siempre supe lo que tenía, nunca pensé que lo perdería. Hoy más que nunca lo sé.



sábado, 18 de septiembre de 2021

Cada quien paga lo que se come

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Suele suceder. A veces a uno lo convidan a un paseo institucional, a una fiesta de vecinos, a una reunión familiar, o a la misma discoteca en compañía de una cuadrilla numerosa. En esas comitivas por lo general están presentes amigos y familiares de vieja data, las novias de los amigos, las amigas de las novias de los amigos y a veces uno que otro amigo de ellas. En síntesis, con lo que uno se encuentra en el evento es con un grupo nutrido de gente mayoritariamente desconocida. Cualquiera que sea el motivo de la celebración, escasamente se tienen referencias de los que están sentados en torno a la misma mesa compartiendo, digamos, una cena especial o casi siempre una botella de licor. Al final los forasteros terminan haciéndose amigos también de uno, o muchas veces después de la reunión acontece que “si te ví no me acuerdo”, pero todo es posible.





    No importa si se comparte con familiares, amigos, extraños, o con apenas conocidos. Al final habrá algo que nos hermanará a todos bajo la misma circunstancia: la cuenta.

    Ya sea la cuenta para pagar el consumo en un bar, en un restaurante, o la cuota que hay que aportar para que los que se encargaron de comprar los ingredientes de la comida o las viandas del paseo no salgan tan tumbados. Es muy común que el que arma la francachela con ánimo festivo y conciliador al final sea el que más tenga que poner por aquello de los que llegan sin previo aviso, de los que se aparecen sonrientes de la mano de los invitados (siendo ellos presentados como el hijo del vecino de la comadre) …o de los que se emborrachan, se tumban en la mesa, y a la hora de pagar no son conscientes de su existencia; no saben quiénes son ni por qué están allí, y si tienen que hacer creíble su acto, hasta son capaces de devolver atenciones encima de los platos, del mantel, los bolsos, y todo cuanto se encuentre cerca. Alguien se apiada del borrachito y lo saca del lugar, y aprovechando el papayazo, ya son dos cuotas las que se pierden.




    Tanto los colados como los que se hacen los ebrios, los que se cargan la comida con la excusa de llevarle al que no estuvo, los que no ponen plata pero la quedan debiendo y jartan igual, los que no llevan lo que prometieron, en fin, los que se hacen los locos; todos ellos pertenecen al grupo de los que yo llamo los descarados, los conchudos, los vidabuena, los vivarachos, los avispados, los que “no saben nada” pero lo saben todo. Y vaya que me he topado en la vida con ejemplares de esta especie.




    Resulta que no siempre son los advenedizos o aquellos que apenas distinguimos los que nos hacen la jugarreta de no aportar lo justo. A veces nos tumban nuestros amigos más queridos o nuestros familiares más allegados. No es usual en mi caso, pero alguna vez me pudo haber pasado con un amigo de farra. Una noche nos quedamos de encontrar para hablar carreta y tomarnos unas copas. Mi amigo me citó en un bar a una hora determinada y allá le llegué yo. Cuando lo vi estaba con la novia, ambos sentados en el lugar desde hacía rato tomándose una botella de ron a la que ya le faltaba poco más de un cuarto para extinguirse. Inmediatamente lo presentí: a mí me correspondería beber del cuartico de ron que todavía quedaba, pero a la hora de pagar me correspondería hacerlo en proporción a toda la botella como si hubiese estado desde el inicio de la reunión, teniendo en cuenta que yo llegué una hora después que ellos. Sospeché que no habría división de la cuenta entre tres, como hubiera sido lo justo, pues la novia de mi amigo también tomaba del mismo ron, muy a su estilo, con botellita de coca-cola aparte, que obvio, también estaría incluida en la misma factura (y aquella mujer sí que resultaba ser una garganta de cuidado). Como me lo supuse, la cuenta fue dividida en partes iguales entre mi amigo y yo por aquella costumbre machista de que a las mujeres no se les debe pedir un peso, y eso que ellas trabajan y ganan muchas veces más que nosotros. La cuestión ventajosa para mi amigo es que él estaba disfrutando con su novia mientras que yo andaba solo, pero ambos aportando por igual. En conclusión, un duelo de copas de dos contra uno: tuve que asumir la mitad correspondiente de aquella novia ajena que además incluía en sus peticiones cigarrillos y chicles para engrosar el importe.       Pues sí, esas son las situaciones en las que uno termina cabeceado, porque rico así, salir con la novia y que otro ponga la mitad de lo que haya que pagar.

    Pero como uno está pasando bueno y se consuela con que esos momentos de integración no se ven todos los días, se dejan las cosas así y el bolsillo se da al dolor asumiendo con benevolencia la mitad de una bebida ya empezada y unos pasantes que ni siquiera uno consumió. Todo por preservar esa bonita amistad y no generar discordias.

    Lo malo es que quien no muestra su inconformidad en el acto volverá a ser víctima de lo mismo en una segunda y en una tercera ocasión, y en todas las que resulten de ahí en adelante, porque después de que se la hagan a uno la primera vez, se la seguirán haciendo por los siglos de los siglos.

   Yo aprendí la lección luego de muchos sinsabores, pues los pocos amigos que me quedan ya conocen de mi fea manía de sacar calculadora a la hora de pagar la cuenta: esa actitud tan de mal gusto pero tan  equitativa y salomónica.




    Hoy día las situaciones de este tipo suelen resolverse a través de la mentalidad colectivista, cosa que no comparto mucho. Seguimos siendo una sociedad a la que le gusta aparentar. Para demostrar que somos amplios cedemos a la división de la cuenta en partes iguales, aceptando conformes lo que nos corresponde sin detenernos a pensar cuánto de ese valor realmente es el que es justo cancelar.

    En Estados Unidos y los países del primer mundo se acostumbra pagar a La Americana, es decir, miti y miti. Así opera incluso para las citas románticas, pues las mujeres son independientes y ellas aportan por igual, sin complejos ni presunciones machistas.

    La sociedad colombiana es un poco más diferente: aún albergamos rezagos patriarcales que se han quedado incrustados en el ADN de nuestra idiosincrasia. La mentalidad conservadora poco a poco va cayendo en desuso a medida que nos identificamos más con el espíritu moderno y libre que nos ejemplifican desde afuera en lugar de la tradición romántica y parroquial que nos enseñó durante mucho tiempo que “el hombre es el que paga, y por tanto es el que manda”. Ya son otros tiempos. La estructura social y económica, a Dios gracias, se ha modificado: hombres y mujeres se equiparan en la escala salarial y en las oportunidades laborales; sólo que a veces, por perpetuar la queja conveniente de la desigualdad, nos negamos a reconocer que el mundo está cambiando. 




    A mí, que no soy tan moderno ni tan conservador, me gusta el método de pago individualista, no el colectivista. Y así debiera ser para todo. No es justo que se tenga que prorratear a otros el monto de quienes no aportaron lo debido, o que en aras de fraccionar el total en partes iguales, a alguno le carguen el valor de más que otro se consumió.

    Por eso yo aspiro algún día a poner en práctica mi propia filosofía a la hora de distribuir la cuenta en una reunión con amigos: la filosofía a la Giraldo Trejos: que cada quien pague lo que se coma.

sábado, 11 de septiembre de 2021

Una lucha desigual

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Celine Provost es una atleta francesa de 35 años con más de diez años de experiencia en la disciplina de las artes marciales en la categoría peso pluma. Ha competido en varios torneos internacionales como el Lucha al 100% 25-Diez Años y el Challenge MMA 18/18 con resultados no muy halagadores, aunque eso sí, asegurándose un nombre de respeto en el campo de este deporte.

    Durante el pasado Combate Global Pérez Vs Roa que se llevó a cabo en los estudios Univisión de Miami, Florida, la atleta francesa, a pesar de su recorrido, no pudo hacer mucho en el combate que tuvo que sostener contra su rival, la luchadora norteamericacana Alana McLaughlin, de 38 años, debutante en el campeonato y sin ninguna experiencia previa, quien doblegó a Provost en su primera pelea con un estrangulamiento que la dejó fuera de combate, demostrando una superioridad evidente sobre la recorrida deportista. ¿Qué le pudo suceder a la reconocida luchadora francesa para que una recién aparecida la venciera con tal contundencia? ¿Acaso ha bajado la guardia con su entrenamiento, su disciplina, o quizá se encuentra en un declive en su rendimiento? ¿Alguna lesión la tiene disminuida?


  



    Nada de eso. La derrota sin precedentes que sufrió Celine Provost a manos de Alana McLaughlin se debe con toda seguridad a que la primera no compitió en igualdad de condiciones. En otras palabras, Provost no luchó contra una mujer, sino contra un hombre; contra la segunda luchadora transgénero de la historia[1]. Y no cualquier luchadora: nada más y nada menos que contra un ex sargento del ejército de los Estados Unidos en 2003 que estuvo combatiendo en Afganistán, en el grupo Élite de las fuerzas especiales, condecorado ocho veces y resaltado por su valor, sólo que en aquella ocasión no era una mujer, sino un hombre de nacimiento. Luego de realizar la transición de sexo comenzó a practicar artes marciales mixtas y se auto percibió como mujer, logrando así que lo dejaran competir en una categoría para la cual no estaba diseñado por naturaleza.

    El enfrentamiento que generó polémica es a las claras la lucha entre un hombre biológico y una mujer. Las imágenes son desgarradoras: la luchadora que ha salido derrotada jadea literalmente sobre el charco de su propia sangre, extenuada de darlo todo contra un imposible.

    Basta con mirar el video de la pelea para darse cuenta de las diferencias anatómicas que saltan a la vista y que solamente los imbéciles que promulgan aquel discurso romantizado de la “inclusión” se niegan a aceptar: el hecho de que los hombres y las mujeres no somos construcciones culturales, como estos gaznápiros piensan, sino seres biológicos y diferenciados como resultado del devenir espontáneo de la naturaleza; y que por más que se quiera pertenecer al sexo opuesto, hay una cosa que es segura: el sexo viene dado por naturaleza y no se puede cambiar. Nadie, físicamente, tiene la facultad de decir que un día fue hombre y otro día es mujer. Imposible. Solamente a los retardados de la nueva izquierda que nos han impuesto la cultura se les ocurre decir que esto es posible en aras de la mal llamada “inclusión”, esa palabrita que me deja un mal sabor de boca. Basta ver la prominente musculatura de McLaughlin en los tiempos en que se consideraba hombre, así como su espesa barba, para saber que por más cirugías que se haga una persona, en su ADN siempre existirá el componente cromosómico que determinará para siempre su sexo original.





    Claro que McLaughlin está en todo su derecho de tener la orientación sexual que quiera tener. A lo que no debe tener derecho es a participar en un torneo femenino que se supone es hecho para mujeres que han nacido mujeres. Es evidente que un transgénero debiera tener su propia categoría si lo que se trata es de no discriminar. Es más que obvio que competir en justas deportivas, en categorías que no les corresponden, es otorgar privilegios a unos y perjudicar a otros. En este caso se perjudica a quienes sí adquirieron su condición de mujer por nacimiento, que debiera ser la única para participar en un torneo femenino. Con esto la humanidad da un paso adelante en la aniquilación de la mujer como ser humano: niega su naturaleza, la equipara con cualquier “trans-tornado” que se quiere autopercibir con el sexo que no tiene para aprovechar las ventajas de la transición.

    Yo me pregunto ¿qué clase de sociedad estamos forjando al permitir que en el deporte se maltrate y se humille a una mujer por parte de un hombre y luego en las calles se pretenda castigar a estos por “violencia de género?”. Es la sociedad de la doble moral, la que dice defender a la mujer pero en el fondo la quiere exterminar; la del feminismo hipócrita que se alía con el colectivo LGBT para pedir derechos que ya tienen en los países occidentales y democráticos, pero que no son capaces de defender en las sociedades totalitarias como en los países islámicos, allá donde las chiquilinas rebeldes que les gusta “quedarse en tetas” en las manifestaciones se morirían de pánico si les toca ir.





    Pero no olvidemos que detrás de todo esto existe un poder que tiene injerencias en todas las instituciones, incluyendo el Comité Olímpico Internacional, que ya ha sido permeado por esa política absurda de la inclusión sin poner en consideración las consecuencias nefastas que esto traerá para el deporte femenino y para las mismas mujeres que quedarán totalmente desprotegidas frente a legislaciones absurdas. Ya lo vimos en los pasados Juegos Olímpicos cuando la levantadora de pesas neozelandesa Laurel Hubbard, que en realidad es un hombre transgénero, participó en la categoría femenina de levantamiento de pesas compitiendo frente a otras mujeres. Por fortuna este deportista trans era tan débil que no logró superar a sus contendoras; o quien sabe, a lo mejor estaba planeado así para que se apologizara la participación de hombres trans junto con mujeres, aduciendo que no se podía comprobar la superioridad física de los primeros sobre las segundas.      

    Lo malo es que si uno denuncia esta situación y manifiesta su inconformidad, no tarda el establishment de juzgarlo a uno de transfóbico, que es el nuevo calificativo peyorativo con el que nos acusan a los antiprogresistas, quienes somos sus enemigos declarados. Porque esto se trata de una batalla sin cuartel, y a pesar que nos la están ganando, hay que continuar dándola y seguir desnudando las falacias de la nueva filosofía contemporánea que nos ha permeado todo con su “benevolente sentido de igualdad, inclusión, equidad…” y cuantas más palabrejas vacuas se acomodan para justificar el desequilibrio que nos pretenden imponer a fuerza de lobby y publicidad.





    Como podemos ver, el mundo avanza en todo. Vamos por “buen camino” desconociendo las características inherentes y exclusivas del sexo femenino para atribuírselas a cualquiera que desee adquirirlas por mandato legal. Falta ver si a los legisladores, a los lobistas, a los financiadores de la causa igualitaria, a los delegados de la ONU y a los demás gobernantes y líderes políticos que promueven esta debacle les parecería bien que yo me autopercibiera mujer para sacudir del pelo a sus madrecitas queridas sin que me acusen de violencia de género. Les garantizo que sería peor que McLauglin.




[1] https://www.youtube.com/watch?v=or1q4iL7lY0






sábado, 4 de septiembre de 2021

Clasificados y mascotas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Rupertino Díaz soltó el esfero, tomó el papel entre sus manos y se dispuso a leer el anuncio clasificado que acababa de escribir: “Se busca persona valiente, decidida y arriesgada que sea capaz de quitar la vida a otro sin importar las consecuencias legales, físicas y morales. No se requiere experiencia, buena remuneración. Interesados llamar al 31512…”. No estaba seguro si había escrito bien el anuncio o si tendría que cambiarle algo para que se lo dejaran publicar en el periódico local. Leyó nuevamente y tal vez pensó que sería bueno cambiar lo de “valiente y decidida” por “persona de sangre fría” o “persona sin escrúpulos”, pero se le hizo semánticamente incorrecto cuando lo leyó por tercera vez. Había algo que le sonaba ofensivo. Pensó en la posibilidad más directa de requerir el servicio de un asesino a sueldo, aunque le pareció demasiado intimidante y falto de elegancia. El clasificado quedaría así y así se publicaría.

    El encargado de la sección en el periódico leyó el anuncio dos veces y no lo comprendió. Miró a Rupertino con desconcierto y le interrogó en palabras lo que este no le pudo entender con la mirada.

    — ¿Está seguro de que quiere publicar esto? —preguntó.

    —Sí, ¿pasa algo malo con el anuncio?

    —Se me hace extraño que solicite una “persona con capacidad de quitar la vida”.

    — ¿Cree usted que nadie acudirá al llamado? —preguntó Rupertino desanimado.

    —Bueno, no es usual que haya alguien que esté dispuesto a hacerlo si no se especifica el motivo por el que se requiere al aspirante: en qué circunstancias, bajo qué modalidad, en fin. ¿Por qué no solicita mejor los servicios de un sicario profesional y deja de darle tantas vueltas al asunto?





      — ¿Usted cree?

    —En ese caso se ahorraría un montón de explicaciones y cláusulas comprometedoras. Los sicarios, o los matones a sueldo como vulgarmente se les llama, son personas que conocen muy bien su oficio. Tan solo unas cuantas indicaciones del personaje en cuestión, y ellos dan con él en menos de un día y realizan el trabajo limpiamente, sin cargos de conciencia ni pagos extras por guardar silencio. Usted sabe que en estos tiempos la discreción en los servicios es muy importante.

    —Tiene razón —asintió Rupertino y agregó—: ¿Pero no será muy desatinado eso de solicitar un sicario así tan secamente? Me parece que “persona con capacidad para quitar la vida” es mucho más formal.

    —Oh, no se preocupe por eso —dijo el encargado—. Los sicarios ya son un gremio reconocido y formalizado por la ley. La libertad de mercado da para todo. Se anuncian en Amazon y en otras redes, y tienen sus aplicaciones propias para contratarlos por Internet. No necesitaría siquiera publicar un anuncio en el periódico… aunque no debería decirle esto, ya que mi trabajo es precisamente cobrar por los anuncios clasificados, pero en vista de cómo están las cosas…  

    —Es una buena idea, pero yo preferiría usar el medio tradicional —ratificó Rupertino.

    —Entiendo, no hay problema. Si quiere le publico entonces el aviso tal como está.

    —Sí, por favor.

    —Dígame, si no es mucha indiscreción—inquirió el hombre del periódico—, ¿para quién desea el servicio?

    —Sería para mí mismo.

    — ¿Para usted mismo? No me diga que quiere que lo maten.

    —Por supuesto que no quiero —admitió Rupertino—, pero es la única salida que yo le veo a este embrollo.

    — ¿Cuál embrollo?

    —Le contaré la verdad, pero prométame no decirle a nadie, no es motivo de orgullo.

    —Ya le dije, la discreción en el servicio es muy importante.





    Rupertino se acercó al hombre y le habló casi al oído:

    —La verdad es que yo lo que quiero es suicidarme, pero no sé cómo hacerlo, ni me atrevo tampoco. Me da mucho miedo. Por eso prefiero que otra persona lo haga por mí.

    —Entiendo. En ese caso, usted lo que necesitaría es un “mentor de suicidio”, es decir, una persona que lo oriente para llevar a cabo su tarea sin tanto trauma.

    —Ya lo intenté, pero créame que no puedo suicidarme “por mí mismo”. Necesito de otro que lo haga. Es decir, alguien que me mate con mi consentimiento. Más fácil así.

    La conversación quedó detenida en aquel punto. El encargado le cobró el clasificado sin corregirle nada al anuncio redactado por Rupertino, y este salió a la calle satisfecho con su cometido, seguro de que alguien se ofrecería muy amablemente a quitarle su vida, que era lo que necesitaba. Lo malo es que tendría que pagar por anticipado, y en estos tiempos resulta muy aventurado pagar un servicio a riesgo de que no le garanticen su cumplimiento. La gente es desconfiada y exige primero su retribución. Rupertino también desconfiaba, pero nada podía hacer y esperó en su casa a que alguien llamara interesado en la solicitud.

    Pasaron muchos días y nadie llamó. Al parecer no existía gente valiente, decidida y arriesgada a la que no le importaran las consecuencias de llevar a cabo tan particular tarea. Rupertino había dejado todo listo: el dinero para el asesino y para la funeraria, su epitafio, una nota con la orden de donar sus escasas pertenencias a los ancianos pobres.

    Una tarde salió con dirección al periódico para ver qué había acontecido con su anuncio, pensando que a lo mejor el encargado no lo quiso publicar por no compartir su decisión de encontrar a una persona que “lo suicidara” por él. O pensando que a lo mejor se había equivocado en el número del teléfono o algo por el estilo.





    A una cuadra de llegar a la oficina cruzó por el frente de una casa enrejada con antejardín cuyo muro daba a la altura de su cabeza. Fue en esas cuando lo hizo saltar del susto un fastidioso can del tamaño de una rata que le ladró tan cerca del oído, que Rupertino quedó aturdido con el insoportable y agudo chillido del desagradable animal. Sin duda estaba agazapado esperando que pasara para sorprenderlo como si se tratara de un ladrón. La ira del hombre fue en aumento al ver que el perro no paraba de ladrarle y perseguirlo desde el otro lado de la reja en donde estaba completamente a salvo: era una máquina incesante de ladridos tormentosos. Rupertino se volvió contra el can para insultarlo e intentar amedrentarlo, pero en lugar de ello provocó que el pequeño cuadrúpedo desatara una oleada frenética de aguda cantinela perruna. A esa altura se trataba ya de un combate personal, un duelo entre hombre y animal que el primero no estaba dispuesto a perder, así que este saltó la verja y se introdujo en el antejardín de la casa para amenazar al chihuahua dando patadas en el aire, procurando pegarle una bien certera que lo lastimara en su orgullo pero no lo maltratara.





    — ¡Cuidado le pega a mi niño! —gritó desde la puerta un hombre fornido que parecía ser el amo y que salió decidido a detener al agresor.

    —Él empezó —se justificó Rupertino. El dueño de la casa se acercó presuroso, lo sostuvo por el cuello y le hizo una llave de karate mientras la pequeña criatura no cesaba de ladrar.

    — ¿Te creés muy valiente con los débiles? —lo desafió el fortachón. Rupertino aguantaba el dolor del brazo con estoicismo.

    —A ese chandoso te lo voy a matar —amenazó para provocar aún más la ira del amo, haciendo que lo golpeara sin piedad.

    — ¿Te querés morir? —Preguntó el hombre—. ¿Estás aburrido con la vida?

    —Eso es exactamente lo que quiero.

     Después se formó el escándalo y hasta intervinieron los vecinos para separar a los luchadores. A Rupertino lo trasladaron a un centro médico para curarle las heridas de la paliza que recibió. No lo despacharon para el otro lado como hubiese querido, pero desde ese día entendió que una buena forma de lograr su cometido, y sin tener que pagar un solo peso, es haciéndole alguna maldad al perro de una persona, o por lo menos simular hacerlo. Porque nada hay más peligroso y energúmeno que un amo que defiende a su “mejor amigo” de un potencial atacante: estará dispuesto a matar, a dejar la sangre en la arena en caso de que alguien intente siquiera chistar a su mascota fiel. Podrán tocarlo a él, a un miembro de la familia o a cualquiera que sea, pero que no se metan con su animalito: es algo tan peligroso como jugar a la ruleta rusa con cinco balas.

    Ahora Rupertino espera dar con el can de un mafioso, de un terrorista o de un desadaptado social. Está seguro que el día que lo encuentre ya no le darán una paliza, sino que le harán el favor de quitarle la vida, gratis y sin remordimientos. No tiene nada contra los animales, pero sabe que son una buena excusa para lograr el propósito de que alguien lo mate sin tener que hacerlo él mismo.

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...