Nuestro
paso por la vida nos deja siempre la ilusión perpetua por aquello que fue y ya
no será: el espejismo ahogado en el río del tiempo que no podrá emerger nunca
más. En otras palabras, el fantasma eterno del pasado.
Porque el tiempo, para la dimensión que habitamos los mortales de carne
y hueso, sólo es posible hacerlo regresar a través de la mente. El ayer ya no
tiene cuerpo, se ha esfumado. El presente es eso que tocamos, que nos apabulla,
que nos captura en una prisión de dolor. Todo pretérito, en cambio, nos deja la
sensación de que nada de lo que vivimos fue real… que todo ha sido un sueño.
Soy
un irredento habitante del pasado, no lo niego. Me muevo por sus calles de nostalgia
y evoco la sucesión de imágenes hermosas que me quedaron de un tiempo en el que
yo no sabía que era tan feliz. O en el que pude haber sido más feliz y no fui
consciente de ello. Pude, sobre todo, haber hecho feliz a otros, pero a cambio
decidí pensar en mí y preocuparme por los asuntos efímeros y sin importancia
que hacen parte de la vida diaria. Esas cosas anodinas como los deberes
escolares, las labores domésticas, la obligación de trabajar, los asuntos
financieros, el programa de televisión, la salida del fin de semana, los
imprevistos que de repente surgen y que nos hacen perder tiempo. Las cosas
urgentes, no las importantes. Todo lo que en últimas tiende a disolverse en el
mar del olvido; lo que dentro de cien años ya no será más que un problema
resuelto que no importunará el sueño de ningún habitante del planeta. De tanto
repetir el ritual de la cotidianidad tendemos a pensar que esa será la
existencia por los siglos de los siglos.
Pero resulta que uno se despierta un día y se da cuenta que está solo:
solo en medio de una isla desierta, que es a la vez la misma casa grande en la
que se compartió con los familiares más cercanos; en la que uno creció y se
hizo hombre, de la que uno guarda los mejores recuerdos. Se despierta uno en
medio de un silencio desolador o de una bullaranga ajena que no tiene nada que
ver con las voces y el movimiento que uno quisiera escuchar. La familia ya no
está en el mismo lugar ni los rostros conservan la jovialidad de otras épocas.
Se despierta uno deseando que el tiempo no hubiera pasado, que uno no se
hubiera despertado. Ya el lugar de las personas que se han ido ha sido
reemplazado por escaparates nuevos con dispositivos modernos para entretenernos
del tedio. O simplemente el espacio permanece vacío, a la espera de un nuevo
cuerpo que lo llene. Entonces el alma se entristece ante la certeza de todo
aquello que se ha perdido.
Hoy
mis lágrimas afloran porque entre más pasan los días, más lejos estoy de esa
historia familiar con la que me construí una imagen que todavía dudo que sea esa. Más lejos de mi padre que
andará en las nebulosas intentando decirme lo que en sus últimos momentos le
impidió la distancia y la agonía. Lejos de su imagen de anciano tierno que no
podré volver a contemplar y de sus conversaciones ejemplares con las que me
ilustraba el sentido de la vida. Lejos, como en los últimos veinte años, de la
compañía de mi madre que encontró por fin su propio proyecto de vida, que no
era otro que el de convertirse en la benefactora, en el motivo de alegría y en
el sostén de todo su núcleo familiar, incluyéndome a mí, quien no fui el
reemplazo adecuado de mi padre. Lejos de los días en que jugué al fútbol y a la
escuelita con mi hermana menor; y de los días en que como todos los hermanos,
nos peleábamos y seguíamos jugando. Ahora ha crecido tanto que me ha superado y
se ha puesto ella misma en el lugar del hermano mayor, pues sé que es mucho más
fuerte y capacitada que yo para afrontar el futuro que nos espera. Será ella
quien me proteja, quien me enseñe cómo se juega ese juego real de la vida,
quien me brinde su mano.
Cuando uno se encuentra de frente con el rostro de la soledad, cuando
uno ha perdido aquello que lo que lo ligaba a una vida esplendorosa que se ha
tornado irrecuperable, entiende que debió haber hecho mucho más, que debió
haberse comportado mejor, que debió haber demostrado el amor a raudales y
haberlo dejado allá en el pasado. Sucede que ese mismo amor por los que no
están presentes, hoy está inundando todos los rincones de la casa y no hay
donde colocarlo ni a quién brindárselo. De modo que uno tiene que alimentarse,
ya no de recuerdos, sino de fantasías: de historias inventadas que en realidad
nunca sucedieron, pero que consuelan del dolor amargo de la pérdida.
Uno debiera, aunque fuera de vez en cuando, salirse de su cuerpo, dejarse de mirar al espejo, olvidarse de sus preocupaciones y meterse en los zapatos y en el mundo del otro. Si todos lo hiciéramos nos ahorraríamos más de la mitad de los dolores de cabeza del planeta. La posibilidad de la guerra no sería una amenaza y el hambre hubiera sido erradicada. Pero como afirmó alguna vez un pensador, esta es una sociedad onanista, esclava de su propio placer. Por ello ese culto al Yo nos hace tanto daño.
Es cuando los demás se van que comprendemos que no podemos bastarnos a nosotros mismos, que no somos el centro del universo y que los necesitamos. En especial a ese ser amado que nos brindó todo su amor a su manera, tal como pudo entender lo que era el amor a pesar de que no lo hubiéramos entendido nosotros. Su ausencia revalida el viejo y sabio refrán de “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”.
Pero
¿quién soy yo para dar consejos sobre cómo vivir, cómo comprender a los demás,
cómo tener éxito en las relaciones interpersonales cuando todo el mundo sabe
que mi forma de ser y mi comportamiento en sociedad no son precisamente un
modelo a seguir y que albergo un sinfín de rencores, de prejuicios, de remordimientos
por mis actitudes a veces ingratas con mis seres queridos? ¿Qué puedo yo decir de
reconocer la importancia del prójimo, de aprovechar las oportunidades que se
nos presentan para demostrar amor, de ponderar el valor de lo bello, de elegir
las palabras adecuadas cuando la lista de logros que tengo para exhibir en esa
materia es prácticamente nula?
Tal
vez lo que en los últimos meses me ha puesto tan reflexivo no sea la sabiduría
que no me acompaña ni la experiencia de vida que tampoco poseo. Tal vez no tenga
autoridad moral para aconsejar nada, sino que el ánimo de meditación que me
embarga solamente responda a una necesidad imperante de mi atribulado corazón,
y que lo único que pueda decir con respecto a valorar aquello que hoy tenemos y
mañana no tendremos, es que yo sé lo que es perder a un padre. Siempre supe lo
que tenía, nunca pensé que lo perdería. Hoy más que nunca lo sé.