Desde hace poco más de cuatro años vengo madurando la idea de escribir una serie de cuentos sobre mitos, espantos, apariciones y seres de ultratumba que forman parte, no sólo del folclor colombiano, sino de la tradición narrativa alrededor del mundo.
Los tópicos sobre brujas, fantasmas, espantos rurales, almas en pena, seres sobrenaturales con poderes especiales, monstruos, demonios, entre otros, son inagotables en la literatura en razón a que nunca dejarán de fascinarnos.
Es cierto que estamos en un mundo hostil en el que constantemente vivimos ateridos de miedo a causa de la criminalidad, las guerras, el hambre, la polución, la intolerancia, los conflictos armados, la escasez económica, entre otros factores terrenales que nos abruman a diario a los pobres mortales en todo el planeta. Pero también hay un miedo al acecho por circunstancias que desconocemos y que nos imaginamos, sobre todo cuando estamos en la etapa de la niñez, pues es allí donde germinan nuestros temores más recónditos y que, muchas veces, cuando estos no son superados al crecer, nos acompañan toda la vida hasta que morimos con ellos.
Esa imaginación nos ha llevado a encarnar nuestros miedos en personajes alegóricos a los que el cine y la literatura les han sacado el máximo provecho. Los lectores, por ejemplo, hemos disfrutado con las historias de misterio y terror que han cobrado vida propia en la pluma de grandes escritores como H.P. Lovecraft, Arthur Conan Doyle, Mary Shelley, Clive Barker o el mismo Edgar Alan Poe. Los temas relativos a lo ignoto, a los asuntos del más allá y a lo que rodea el fenómeno siempre latente y a la vez desconfiado de la muerte, están presentes en todo aprendiz que sabe que la labor escritural es precisamente un viaje a lo desconocido en el que se tiene que enfrentar con sus propios miedos.
Independientemente de que los temas que se aborden en mayor medida sean aquellos que atañen a la realidad política, a la cultura, a la filosofía, a la vida cotidiana, a la complejidad del ser humano, a la perdición del mundo, el escritor siempre estará tentado a ahondar en aquello que no puede explicar sin recurrir a una dosis de inventiva y a una pizca de locura.
Son esas invocaciones las que en este momento de mi vida despiertan mi curiosidad literaria, y he aquí que comienzo plantando el primer arbusto de un bosque que aspiro a cosechar siniestro y aterrador en unos casos; o atrayente y conmovedor en otros, pues ¿quién dijo que todo lo relativo a los mitos sobre apariciones tiene, necesariamente, que generar animadversión?
Aunque la temática a la que me refiero mayoritariamente en este blog tiene que ver con las vicisitudes de la batalla cultural y política, a veces es preciso dejar volar la imaginación para no atosigarnos de tanta realidad innecesaria. Esta vez he querido comenzar tanteando a los duendes en un primer cuento que se titula “La Selva de las Almas Perdidas”, de una selección que quisiera algún día pulir y publicar. Lo dejo a consideración de los lectores y espero que lo disfruten.
LA SELVA DE LAS ALMAS PERDIDAS
Ninguno de los lugareños se había atrevido a cruzar de nuevo por la Selva de las Almas Perdidas desde que el último de los paisanos desapareció sin dejar rastro. De eso habían transcurrido ya unos seis meses, y entonces los habitantes de la vereda Aguaverde preferían rodear la montaña para evitar la selva, aunque tardaran seis horas más en llegar al pueblo de El Laguito.
¿Quién osaría de nuevo cruzar ese monte insondable y ser tragado por la maraña de la vegetación? Nadie estaba dispuesto a hacerlo, a excepción de Juan Simón, un cultivador de papas díscolo y desafiante que ya desde hacía tiempo decía que él cruzaría ese pedazo de selva sin que le sucediera absolutamente nada y que se ahorraría el camino diario para llevar sus productos hasta el pueblo.
—A mí no me vengan con cuentos —decía retador—. Los que no regresaron de la selva fue porque quisieron escapar de sus mujeres y sus deudas, pero deben andar felices en el otro pueblo con mujeres y deudas nuevas.
Una tarde en que la luna se atrevió a brillar con el cielo aún claro, Juan Simón cargó su mula briosa con varios bultos de sus mejores papas y se aventuró a entrar en la selva con el objetivo de llegar al mercado de El Laguito sin reparar en lo que pudiera ocurrirle.
A punto de ingresar en el bosque espeso, la mula se ranchó en el límite que señalaba un árbol centenario y no hubo poder humano que hiciera entrar al animal en la tupida selva. Juan Simón se terció uno de los bultos de papa al hombro y prosiguió su travesía, abandonando a la mula con enojo, pero al mismo tiempo con coraje, y dejando que ella sola encontrara el camino de regreso hasta la finca, como hacía cada vez que no estaba dispuesta a trabajar ni a obedecer las órdenes de su amo.
Ya en lo profundo del bosque, luego de haber sorteado ramajes tupidos y breñas peligrosas, se detuvo a descansar por el dolor que la carga produjo en su hombro y en su espalda. De tanto en tanto tenía que hacer esta pausa, pero lejos de renunciar a su objetivo de llegar al pueblo vecino, Juan Simón recuperaba el aliento y proseguía con los mimos bríos, como si aquella misión se le hubiese vuelto un reto personal.
El viento parecía un susurro de voces ininteligibles, y Juan Simón aguzó el oído. Escuchó, entre las hojas de los árboles, como si unas risas alborotadas e infantiles se burlaran de él. ¿Sería posible, acaso, que hubiese niños en el bosque? En absoluto. Se estaba dejando sugestionar por las advertencias que sus paisanos le habían hecho sobre adentrarse en la selva por el puro capricho de creerse el más valiente.
Los susurros pueriles comenzaron a escucharse con mayor intensidad, y a Juan Simón se le heló la sangre. Seguidamente, vio un destello que brillaba delante suyo. Puso el bulto en tierra y sacó tres o cuatro papas grandes para arrojarlas al primer intruso que se topase en su camino. Trató de llevarse la mano al cinto para desenvainar su machete, pero las manos no le respondieron.
—¿Quién anda ahí? —preguntó el campesino a media voz. La luz refulgió de tal modo que Juan Simón se tapó los ojos, y cuando menguó el resplandor, el brillo se había transformado en una figura demasiado pequeña para ser humana, mucho más pequeña que la de un recién nacido, pero de aspecto tan viejo que parecía de una antigüedad milenaria. Se le vio en su rostro la señal de los estragos que el resentimiento y la soledad causan después de muchos años de vivirlos. Definitivamente era un ser que albergaba bastante maldad en su diminuto corazón.
—¿Quién eres tú? —preguntó aterrado Juan Simón.
—Soy el guardián de las almas perdidas —le respondió la criatura con una voz chillona y repelente.
—¿Qué quieres de mí? —indagó Juan Simón con su mano al cinto en caso de que tuviera que responder a algún ataque. Recién había comprendido que estaba tratando con un duende, y había escuchado en muchas historias que en esa clase de seres no se podía confiar.
—Tu alma, desde luego —le respondió otra vez el pequeño diablo con una risita oportunista.
—¿Por qué?
—Por haber invadido mis dominios. Esa alma me pertenece.
—Olvídate —refutó Juan Simón—, mi alma es mía y de nadie más.
—En poco tiempo ya la habrás perdido —replicó el duende.
—Tendrás que quitármela en un duelo a machete limpio —lo desafió Juan Simón temblando de coraje.
El duende, que no esperaba semejante despliegue de valentía, pues le había bastado su aspecto horripilante para intimidar a los primeros campesinos desaparecidos a los que les robó el alma, le propuso un reto:
—Si logro hacer que tu costal de papas se convierta en un costal con monedas de oro me darás tu alma y te llevarás el oro.
—Hecho —dijo Juan Simón encendido por la codicia.
El duende se acercó al lugar en donde estaba Juan Simón, cargó el pesado bulto de papas a pesar de su insignificante tamaño mientras el hombre lo observaba receloso, y lo transportó hasta ocultarlo detrás de un arbusto cercano. Luego movió sus dedos con artes de prestidigitador para que el campesino lo viera ejecutar un acto de magia y enseguida un brillo incandescente emanó del arbusto en donde el duende había depositado el bulto.
—Listo, ya está —dijo—. Ven a mirar.
Juan Simón caminó entre una pesada niebla que se levantó después del acto de hechicería, sintiendo cómo el aire se volvía irrespirable, casi tangible, a medida que se acercaba a ver el supuesto oro que la diminuta figura le había prometido. En efecto, el contenido del bulto abierto se había transformado en un capital de aproximadamente cincuenta kilos en monedas de oro, todas relucientes y tentadoras. El campesino no lo podía creer. Introdujo su mano en el bulto para sentir el contacto del precioso metal, su temperatura fría, su textura, su dureza. Exclamó de emoción y se dijo que no podía ser cierta tanta dicha.
—Sí, lo es —le dijo el duende sacándolo del trance—. Ahora tu alma me pertenece.
—Llévatela, no la necesito— le respondió Juan Simón al tiempo que regaba las monedas en el suelo y se zambullía sobre ellas como si estuviese en un estanque de oro.
—Con este bulto de monedas no necesito nada más —declaró al duende—. No necesito cultivar más papas, ni volver a pasar por tus dominios, y ni siquiera regresar a mi vida anterior… Ahora soy rico, llévate esa alma, que ni siquiera sé en qué parte de mí se encuentra.
—Ya la hallaré, ya la hallaré —le dijo el duende alejándose y desapareciendo en medio de una cortina de niebla con un viento azaroso que parecía susurrar el nombre del campesino.
Juan Simón se sobrecogió ante esta desaparición, pero luego miró el bulto de oro y se olvidó de todo nuevamente. Enloquecido de felicidad se dispuso a meter todas las monedas al costal y a emprender el camino de regreso. ¿Qué le diría a su mujer?, pensó en ese instante, pero siendo el poseedor de semejante fortuna, concluyó que mejor no le diría nada a nadie; que se marcharía del pueblo y de la vida de todos para no tener que compartir su riqueza con nadie. Juan Simón nunca volvió al pueblo de donde era oriundo. En lugar de eso, avanzó en lo profundo de la selva para llegar por ese atajo al Laguito, como era su misión inicial. Al fin de cuentas, ¿qué podría ocurrirle si ya había hecho trato con el duende?
En la vereda de Aguaverde fue noticia por una semana la desaparición de otro lugareño que se había aventurado en la Selva de las Almas Perdidas.
—Mucho le rogamos que no se fuera, pero el porfiado este no hizo caso —declaró la esposa de Juan Simón en la Estación de Policía cuando se confirmó la ausencia definitiva de su marido. Las autoridades de El Laguito tampoco dieron con su paradero, así como con el de ninguno de los otros lugareños que se habían adentrado en esa selva espesa donde había algo que se los tragaba para siempre.
Solamente Juan Simón sabía de sí mismo, extraviado por toda la eternidad en la Selva de las Almas Perdidas, de donde jamás pudo salir, pues le fue imposible encontrar el camino de regreso. Erró durante días y semanas cargando a cuestas un pesado bulto de oro que en el denso bosque no le servía para nada, hasta que cayó desfallecido, casi inconsciente por el hambre y el cansancio, despojado de sus bríos y su alma. Habría dado todas esas monedas de oro por poder comerse, aunque fuera, una de sus gigantescas papas que le habría sido de utilidad para calmar el hambre de momento, pero al cambiarlas al duende por el oro se dio cuenta de lo estúpido que había sido.
Lo último que se supo fue que una cuadrilla de policías se internó en la selva para averiguar lo que sucedía. Todos iban en fila india guiados por una cuerda que amarraron en un árbol a la entrada del laberinto espeso para no perderse. No encontraron el cuerpo de Juan Simón ni el de ningún otro campesino, pero uno de los policías halló un costal repleto de algo que a simple vista no se podía determinar qué era. Cuando se acercó lo suficiente para abrir un poco el saco y mirar en su interior, se dio cuenta del contenido de ese misterioso bulto, no sólo por su aspecto desagradable, sino por su repugnante olor, y así lo manifestó con sus propias palabras:
—Allí no había más que un costalado de papas podridas y hediondas llenas de gusanos.