sábado, 28 de agosto de 2021

No somos nada

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Como todo aspirante a poeta tengo la fortuna de contar con una ventana cerca para mirar las estrellas en la noche. Nunca he podido concebir un solo verso digno de publicarse, pues es más el tiempo que paso mirando el firmamento que el que dedico a escribir, pero me conformo con apreciar la inmensidad de la oscura bóveda que nos cubre cada noche, sobre todo cuando hay luna y las estrellas resplandecen formando figuras que sólo entienden los estudiosos.  

    En esa apreciación es cuando descubro que los humanos somos una parte ínfima de la Creación. Perfectos en nuestra constitución, pero diminutos e insignificantes frente a la infinitud que nos rodea. Somos casi nada, por no decir que nada. Y aunque los logros de la raza humana sean magnificados en la historia de nuestra especie, la verdad es que no debemos pesar mucho en el ámbito del universo. Un sólo parpadeo de una de esas estrellas lejanas, y el planeta podría congelarse por la glaciación. Un pequeño desplazamiento del eje de traslación de la Tierra que nos acerque o nos aleje de nuestra estrella principal, el Sol; y arderíamos como la hierba seca, o en su defecto pereceríamos solidificados ante la falta de luz y de calor.  



    Parece que ese parpadeo de luz solar o esa tenue alteración del eje planetario se están presentando ya en la Tierra y no queremos darnos cuenta. O nos damos cuenta pero poco nos importa. Es como si estuviéramos en un vehículo sin frenos que va directo al precipicio y nadie hiciera el menor esfuerzo para desviar su rumbo aunque de todas maneras nos tengamos que estrellar con algo.

    Y no me refiero solamente al colapso del planeta físico que parece inminente, sino a la debacle en la que se encuentran sus habitantes: la pérdida de la dimensión espiritual, el vacío existencial, nuestra ruina moral.

    Porque a pesar de ser tan insignificantes en la composición material del universo, los seres humanos nos creemos los reyes de la Creación. ¿Hay otra especie más absurda, egocéntrica y arrogante que la especie humana? No lo creo. Quienes poblamos actualmente el planeta estamos contaminados por un veneno llamado individualismo. Otros lo llaman egolatría, y algunos modernos lo reafirman como identidad. ¿Estoy diciendo con esto que me parece malo que el ser humano sea una persona autónoma, de pensamiento independiente, que tenga aspiraciones y realizaciones propias y que quiera distinguirse del resto a partir de su cosmovisión y su esfuerzo personal? De ninguna manera. Si algo defiendo en la vida es la posibilidad de ser uno mismo, de luchar por sus propios ideales y de tener la libertad para decidir ser lo que se quiera ser sin afectar con esto la libertad ajena. Si algo resalto es que los hombres somos, ante todo, seres únicos e irrepetibles, y por lo tanto esa individualidad nos define.




    El problema es cuando le asignamos a nuestro propio Yo el carácter mutuamente excluyente con relación a la existencia de los demás. En otras palabras, pensar que somos el centro de la galaxia, que todo gira en torno nuestras necesidades, expectativas y anhelos. O como cantaba Alberto Cortéz, olvidar que somos los demás de los demás. Y en esa intención de creernos superiores, mejores que otros de la misma especie y de especies diferentes, más inteligentes, más fuertes, más bellos, más ricos, más valiosos, más merecedores del aire que respiramos; no podemos olvidarnos que tenemos como punto de llegada una meta ingrata que nos equiparará a todos en la misma condición: la muerte, la más democrática de las realidades.

    Porque a pesar de que somos toda una legión de criaturas diversas y desiguales por naturaleza (solamente iguales ante los ojos de Dios), es menester acordarse de que seremos siempre iguales en la muerte. Allí ninguno será mejor que otro, ni más inteligente, ni más bello, ni más adinerado.

    No contentos con saber que no seremos más que polvo mientras estemos muertos, los humanos somos esa raza absurda que cree tener el exclusivo privilegio de la resurrección o la reencarnación, como si fuéramos almas gloriosas: los únicos, los elegidos; desconociendo que en la vastedad del cosmos podrían existir infinidad de criaturas que nos estarían acompañando desde hace millones de años sin saberlo. Porque es inconcebible pensar que estamos solos en el ancho universo. Eso equivaldría a decir que el mundo solamente es Europa, como se creía en el Medioevo. Somos tan arrogantes y prepotentes, que ya nos sentimos dueños de la parte del espacio que no conocemos, como si fuéramos la única especie dominante, incapaces de comprender que en cualquier momento un agujero negro nos podría tragar sin que quede el menor rastro de nuestro paso por el planeta



    De modo que pretendemos hablar de progreso, de historia, de avances científicos, de revoluciones, de adelantos, pero en el fondo no sabemos ni qué somos, ni de dónde venimos, ni para dónde vamos. Aun así queremos andar por la vida mirando por encima del hombro y pordebajeando a los semejantes, sintiéndonos las estrellas de una realidad sin siquiera saber alumbrar a nadie; creyéndonos el cuento de que somos especiales y a la postre terminando los días fatigados de aparentar ser lo que no somos, de intentar atrapar la felicidad que se nos diluye como agua entre los dedos; esperando caer en el abismo del sueño profundo para ver si en esa dimensión de la inconsciencia logramos ser mejores hombres y mujeres, pero tampoco. Despertamos y descubrimos que seguimos vibrando en la misma frecuencia baja que no nos permite salir de la mediocridad que nos envuelve con su manto. Despertamos y no comprendemos lo que pasa en el mundo de afuera, porque ni siquiera hemos tenido la capacidad de entender el de adentro: nuestro mundo interior que se cae a pedazos dejando en el lugar de la edificación de nuestros principios y valores el vacío sepulcral.

    Debido a que hago parte de esa cofradía de entes que deambulan por la vida sin saber exactamente a qué vinieron al mundo, opto por reconocer que posiblemente no he venido a nada importante, que no tengo por qué ser un llamado del poder superior ni un elegido. Me basta con saber que vine para ser un engranaje más de la cadena que mueve al universo. Que soy una chispa minúscula que brilla por un momento y luego se desvanecerá en la oquedad de un agujero. Porque si algo tenemos que aceptar, es que no es tan importante hacernos felices a nosotros mismos si estamos permeados por la mezquindad y el egoísmo, sino hacer de la vida de los otros un lugar menos hostil en la realidad que nos atañe.



     ¿Por qué entonces sabiendo que no estamos en el lugar de los dioses sagrados no nos dedicamos a construir en vez de destruir con nuestras actitudes carentes de humildad? ¿Por qué sabiendo que unidos podemos llegar a ser una fuerza poderosa nos fragmentamos y nos atomizamos pretendiendo asumir un rol de hombres excepcionales que en absoluto somos? ¿De qué nos ufanamos mientras habitamos el cuerpo que en vida nos correspondió? ¿Qué es lo que tanto nos creemos? Olvidamos que somos tan poca cosa que hasta nos vencen fácilmente las pasiones, los apegos y los vicios.  

    Es que no somos nada: apenas una huella del camino lleno de pasos; una tenue lucecita para conformar la gran lámpara en la que la mayoría de los fusibles están apagados; un grano de arena que se pierde en el fondo del mar o que se suma a otros para convertirse en playa, pero al fin y al cabo un simple grano.

   Eso somos, incluso cuando menospreciamos a los otros y nos asumimos superiores: apenas una gota, un punto diminuto en el vacío, un chispazo que nadie nota, un recuerdo que pasó a la historia que ya nadie recuerda… nada.

sábado, 21 de agosto de 2021

La familia verdadera

Por Juan Felipe Giraldo Trejos



    

    Cuando leí la noticia no lo pude creer. Tenía que tratarse de un error: un absurdo e imperdonable error. El titular rezaba así: “Un padre quiere casarse con su propio hijo y pide eliminar el incesto como delito de las leyes”[1].

    Esa era la noticia. Ocurrió en Nueva York, cuando el pasado primero de abril de 2021, ante una corte federal de Manhatttan, un hombre solicitó que “se declaren inconstitucionales las leyes que prohíben el incesto, argumentando que se trata de un asunto de autonomía individual”. Porque el sujeto  argumenta que tanto él como su hijo son adultos, y siendo padre biológico e hijo son conscientes de que no pueden procrear juntos, pero eso no les impediría establecer un vínculo matrimonial duradero. “Dos personas, independientemente de la relación que pudieran tener entre sí, pueden encontrar un mayor nivel de expresión, intimidad y espiritualidad”, fueron sus palabras textuales.

    Entonces uno lee una noticia como esta y entiende que algo tenemos que estar haciendo muy mal en el mundo como para que haya, no solo aberrados como este sujeto, sino jueces y legisladores que en aras de la imparcialidad se avoquen a estudiar una petición de semejante calibre.



    Vayámonos al estudio sociológico. Según el portal lamenteesmaravillosa.com, en un artículo de la escritora y periodista Edith Sánchez, existen once tipos de familias dependiendo de los factores culturales, sociales, económicos y afectivos. Estas pueden ser nucleares, extensas, compuestas, de padres separados, adoptivas, de personas mayores, sin hijos, unipersonales, con mascotas, monoparentales, y hasta homoparentales; estas últimas avaladas por la ideología hegemónica, las cuales están conformadas por padres del mismo sexo. Pero aunque sean muchos los tipos de familia que se puedan encontrar, salvo el último caso, todos ellos se han gestado sobre la base original de la unión entre un hombre y una mujer sin que medie entre ellos el primer grado de consanguinidad.

    Y existen cuantas familias le dé la gana al mainstream de inventarse, (hermanastrales, ensambladas, polifamilias), obedeciendo los preceptos de libertad, diversidad y multiculturalismo que fomentan los pseudo intelectuales, educadores modernos y filósofos fracasados que no tienen nada mejor que hacer que joderle la existencia a la humanidad. Ellos sencillamente están ávidos de romper esquemas, aniquilar la relación hombre-mujer, culpar el patriarcado (que ya no existe en Occidente), defender la diversidad, etc., etc. Porque al globalismo le conviene el sujeto deconstruido, dividido contra sí mismo, desarraigado de la institución creada por la religión, que es una piedra en el zapato contra la que tienen que lidiar para meternos sus ideas basura, y esa institución, para los cristianos creada por Dios, es la familia, no hay otra. La que es conformada por un hombre y una mujer: “…dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne. (Génesis 2:24).



    El psiquiatra y escritor chileno Sergio Peña y Lillo afirmaba que la familia se refleja en la sociedad y la cultura. [2] El hecho de que esa cultura esté cada vez más impregnada de excesivo erotismo, desnaturalizando la sexualidad y llevándola a los límites de lo pornográfico, es síntoma de que la familia no anda bien, no hay compromiso personal y responsable, no hay amor ni vocación superior de la erótica del hombre. Consecuencia de ello son estas desviaciones como la que presenta la noticia en cuestión.

    En Occidente, por ejemplo, la unión entre el hombre y la mujer para conformar una familia de acuerdo al mandato bíblico citado, tiene por objeto “ser fecundos, multiplicarse, llenar la tierra y sojuzgarla”. (Génesis 1:28). Al menos así se consideraba el ideal de familia de la cosmovisión cristiana. No así en Oriente, en donde es permitida la poligamia, figura de organización familiar bajo la cual el hombre tiene el dominio y la autoridad total, y en la que la mujer es un componente más de un rebaño en el que no tiene voz ni voto. Así mismo las leyes de la sociedad musulmana le otorgan al hombre todos los privilegios en lo jurídico, lo económico y lo social.

    Si una sociedad, entonces, es el reflejo de su institución familiar, no es de extrañar que sea precisamente ese organismo vivo al que haya que atacar, porque desaparecido este desaparecen los esquemas que forjan los valores humanos, y al relativizarse dichos valores que conllevan a una actitud de ética y compromiso, no queda más que el hombre-masa del que hablara Ortega y Gasset, fácil de manipular y someter. 


      

    En otras palabras, lo que subyace en la petición del degenerado y lo que se oculta tras el discurso de “las nuevas familias” (bajo el cual no se habla de “la familia” como institución inamovible, sino de “las familias”, en plural, porque ya son muchas), es lo mismo: no es una expresión de libertad, dinamismo y autonomía plena, sino un atentado contra la moral tradicional. Más grave aun cuando un Estado contempla la posibilidad de liberarse de su obligación de regular las leyes concernientes a las uniones familiares y al castigo del incesto, que es a donde nos pretenden llevar, porque resulta muy fácil llegar a la trasgresión de los límites de la libertad, y recordemos que ninguna libertad debe carecer de ellos.

    El solo hecho de poner sobre la mesa la discusión de hasta dónde puede ser flexibilizado el incesto, la pedofilia, la homosexualización infantil, o hasta dónde estas prácticas le están haciendo daño a un tercero, abre la puerta para reconfigurar, de una vez por todas el concepto de familia: amoldarlo al pensamiento posmoderno y finalmente dar luz verde al postulado de que como esta es un construcción social, producto de una ideología religiosa que no tiene asidero científicamente, así mismo la familia puede ser cualquier cosa, originarse a través del rechazo a la biología, cimentarse sobre la base de que toda perversión es una válida expresión de la intimidad, la sexualidad, la espiritualidad y cuantas más cosas se les ocurra.



    Extremar el discurso para que la sociedad termine corriéndose a una posición más laxa es una estrategia corrupta pero que da muy buenos réditos, pues la discusión ya está planteada, no importa si el juez de Nueva York admite o no la petición del depravado; lo importante es que ya se está debatiendo sobre ello, redefiniendo lo que es la familia, ampliando el horizonte a las posibilidades más abyectas que ni el mismo Freud pudo haberse imaginado.

    ¿Qué más viene? ¿Acaso una petición para que uno se pueda casar con un perro, un muerto o hasta con uno mismo? Porque si contemplamos la posibilidad de legalizar el incesto, ¿por qué no podríamos hacerlo con la zoofilia o la necrofilia? Es que este tiempo da para todo y nos tenemos que modernizar, ¿no es así?

    Pero las cosas hay que llamarlas por su nombre, y esto no es más que un asunto de enfermos mentales. Aquí la culpa es de un sistema que, amparado por la corrección política, no nombra las cosas como debe nombrarlas, porque no podemos ofender la diversidad. Qué miedo, qué grave sería irrespetar las diferencias. Ahí van con su agenda para fulminar nuestra cultura occidental destruyendo sus valores, matando a sus niños por nacer, borrando su pasado, quebrando su economía, y por supuesto, desintegrando sus familias.



    Entonces, como defender la familia nuclear y tradicional hoy en día se considera cosa de retrógrados, de gente intolerante y cerrada, no me queda de otra que declararme enemigo de quienes se quieren cargar con ella. Claro que hay muchos tipos de familia que son muy respetables y obedecen más a las circunstancias que a su génesis de constitución, como aquellas familias en donde están los abuelos, los tíos, los primos, que son las familias extendidas; o las que son ensambladas, es decir, compuestas por agregados de dos o más familias, como el caso de una madre con hijos que se junta a vivir con un padre que tiene hijos de una relación pasada, en fin.  Cualquiera que sea el caso, el origen siempre radicará en la familia nuclear, gestada por un hombre y una mujer, la cual fue instituida por el Creador, y ha sido, es, y seguirá siendo la familia verdadera.



[1] http://www.elnuevodia.com.co/nuevodia/mundo/internacional/464800-padre-quiere-casarse-con-su-propio-hijo-y-pide-eliminar-el-incesto-como

[2] Peña y Lillo Lacassie, S. (2011). Sexo, erótica y amor. Santiago, Chile: Editorial Nueva Patris.

sábado, 14 de agosto de 2021

El metarrelato de la religión verde

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Todo en la vida son relatos. A veces de héroes, de anónimos, o de simples individuos con nombre y apellido. También los hay de colectivos que representan pequeñas aldeas, naciones, y hasta universos mitológicos que dieron paso a la fundación de otros relatos.



    Y esos relatos con el tiempo se convierten en metarrelatos. El prefijo “meta”, que quiere decir “más allá”, en este caso nos induce a pensar que detrás del escenario en el que se recrea el mundo, se descubren conocimientos y experiencias (a veces proporcionados por otros) que hacen posible la vivificación de lo que se está contando; algo así como el relato del relato: eso es lo que llamamos el metarrelato.     

    A lo largo de la historia nos habremos topado con muchos de estos metarrelatos: el marxismo, el capitalismo, la teoría de la Riqueza de las Naciones, la democracia, la reencarnación, y hasta el mismo cristianismo. No se puede entender ninguno de estos si no se entienden las raíces de los principios que los cimentan.

    El metarrelato del que vengo a hablar hoy parte de otro más grande que se llama darwinismo, y es el que se conoce desde 1960 como “ecologismo”. Primero se consideraba una disciplina. Luego pasó a ser una política de estado debido a un episodio de contaminación en Estados Unidos que detonó en un discurso de izquierda. Hoy deviene religión: el hombre debe entender que no sólo tiene que ser responsable de su propia vida, sino de la del otro, y que por ello está en la obligación de proteger el espacio en relación con sus semejantes: cuidar el medio ambiente.



    Como todo metarrelato hijo del modernismo, este también está llamado a aniquilar el espíritu del hombre. O tal vez a transformarlo, a volverlo uno solo con la ecología. De esta forma se abrió la puerta a la prédica de la nueva religión y los oficiantes de ella enfilaron baterías y afilaron sus tenazas para ganar muchos adeptos a su causa, condenando a quienes no practiquen su fe.

    Porque si hay algo que caracterice a los ecologistas obstinadamente fervientes en su lucha, es una postura eminentemente cientificista y pagana que ve a la religión (la cristiana) como un freno moral. De ahí que el trabajo que venían haciendo los marxistas tenía que terminar de hacerse, ahora con los postmodernistas, los nuevos enemigos del ideal de Marx y Engels, y del mismo Jesucristo. De absolutamente todos los pensamientos, por cuanto para ellos toda teoría, todo metarrelato, se desvirtúa por el solo hecho de haber sido creación del hombre. La misma idea de la existencia de un Dios les resulta escabrosa. Ese poder “superior” no puede ser considerado como el dador del derecho natural. Hay que eliminarlo y dejar al hombre sólo con su raciocinio, sin que un ente externo lo regule.



    Y sucedió que este movimiento político, social y ecológico de la defensa del medio ambiente también se instauró en la fe. En él operan todos los elementos fundantes del metarrelato que se construye alrededor de la religión: el rito, la profecía, el pecado original, el paraíso prometido, el apocalipsis, el libro sagrado, el apóstol, el profeta y el anti profeta[1]. El rito, representado en la veneración a la Gaia o a la Pachamama, la diosa madre tierra protectora de la naturaleza. La profecía, que trae consigo el fatalismo del cumplimiento de un castigo divino consignado en La Bomba Demográfica. El pecado original, equivalente a la culpa que tenemos todos los hombres que nacimos bajo la hegemonía del sistema capitalista. El paraíso prometido, cimentado en el mito del “Buen Salvaje”, que al final logra vivir feliz en el edén; o en las promesas del New Green Deal. El apocalipsis, que en este caso es sustituido por el presente alimentado con el terror de las distopías y las amenazas de los desastres por venir. El libro sagrado, que podría estar entre La Primavera Silenciosa de Rachel Carson o la misma Bomba Demográfica, y ¿por qué no?, la Agenda 2030, la cual ofrece una solución de redención muy propicia para la felicidad mundial. El apóstol, que traído al credo del ecologismo vendría a ser el activista de plaza pública con pancartas y arengas para predicar las buenas nuevas. El profeta, encarnado en los ideólogos iluminados como Rachel Carson, Paul R. Ehrlich, Chico Méndez, Greenpeace, Bird Life International, Amigos de la Tierra, entre otros; también Al Gore, y recientemente la profetiza Greta Thunberg; esa niña malcriada y bien paga que hace pataleta en todo foro al que la invitan. Y por último, el anti-profeta, en lo que en la religión de occidente vendría a considerarse como el anticristo, el opositor del movimiento, el que es llamado diablo y ser humano: el hombre.



    Y para ello es que se construye un nuevo sujeto ideológico; para enfrentarse al enemigo común de todos los movimientos nacidos de la convergencia entre el socialismo y las causas ambientales: el ecosocialismo, el ecofeminismo, el ecoindigenismo, el animalismo, el ecoanarquismo, etc. Y ese enemigo es nada más y nada menos que la sociedad industrial, el capitalismo como sistema económico.

    Por tanto, para alcanzar la gracia de la visión biocentrista en la que prevalece la ecología sobre el hombre, siendo este apenas un engranaje; se precisa abrazar el credo verde y expiar las culpas motivadas por ser parte de ese colectivo llamado humanidad. Porque lo importante es la biósfera, el espacio externo, la Madre Tierra como deidad sobre la que se establecen todas las creencias y la fe de los hombres. Porque creer en una idea significa creer que es la realidad.



    Así es el metarrelato del ecologismo radical, entendido como una realidad que se impone sobre las naciones, deslegitimando la producción y la vida misma de las personas, dominando la conciencia de la sociedad con una narrativa que coloca a la creación por encima mismo del Creador.



[1] Horacio Giusto, La Sacralización del Ecologismo     

    https://fundacionlibre.org.ar/la-sacralizacion-del-ecologismo/

  

sábado, 7 de agosto de 2021

El hipócrita y detestable Residente

Por Juan Felipe Giraldo Trejos 





    Había estado aguantándome las ganas de despotricar de alguien hacía bastante rato, por aquello de mantener la onda de las buenas energías con la que me estoy identificando por estos días calurosos. Había querido cultivar la paz de mi espíritu y centrarme sólo en las cosas positivas, para lo cual no debía dejarme permear de pensamientos oscuros, ni contaminarme con malos deseos. Estaba viviendo en armonía con el mundo, absteniéndome de mirar las redes sociales: el veneno del alma humana así como los transgénicos y la comida chatarra son el veneno del cuerpo. En todo caso intenté mantener mi aura limpia, ya saben, hasta que sin querer escuché en el café donde suelo ir a leer a una de esas estrellitas de la farándula que se las dan de defensores de los pobres, pero uno sabe que son un tributo a la hipocresía, así como también tipos de mala entraña... La buena vibra se me fue para el carajo.





    Se trata de un militante de esos que se solidariza de palabra con el pueblo “oprimido” al tiempo que viven como reyes en sus lujosas mansiones o con sus aparatos de última tecnología capitalista. Se aprovechan de su fama para abanderar las causas políticas que encarna —por supuesto— la Internacional Comunista, pues no podía ser de otra forma. Piden gratuidad en todo pero no aceptan el alza de los impuestos, y lloran solamente por el ojo izquierdo.

    No, no era Gustavo Bolívar, ni La Niña Mencha, ni Julián Román, ni la hija de Pizarro. Era un tal René Pérez Joglar, nacido en Puerto Rico, y que se hace llamar Residente. Un dizque rapero y compositor del género urbano y hasta cantante, pero no creo que sea esto último, sino más bien un recitador de trabalenguas con música. Aunque no porque a mí me parezca aborrecible su arte quiere decir que no sea bueno en lo que hace. Algún talento tendrá. Ha pegado por ahí dos o tres canciones con éxito, o por lo menos yo no le conozco más ni me interesa conocerlas, pero su fama pesa más por la militancia de izquierda. De razón a mi amiga Cata, La Marxista, le encanta y dice que es el mejor artista de la historia mundial.

    Este famoso publicó un mensaje por Twitter cuando estallaron las protestas en Cuba. No condenó el régimen; simplemente lo trató de ineficaz. Para esa gracia se hubiera quedado callado. Insisto en que a los artistas les va mejor cuando no se meten en política.




    Eso sí, no olvidó endilgar el hambre del pueblo cubano al supuesto bloqueo de los Estados Unidos. En realidad no es un bloqueo, sino un embargo, y la diferencia es abismal y habría que explicársela a estos activistas de poco entendimiento sobre política económica internacional. A ellos les va mejor vendiendo la narrativa al mundo: “Cuba está sometida a un bloqueo económico de más de sesenta años”. Así, un ingenuo podría imaginarse que los yanquis tienen barcos apostados con cañones rodeando la isla para no dejarle entrar alimentos ni medicinas. Ese es el relato sugerido.

    Fue este mismo personaje quien hace menos de tres meses lanzó su clamor en las redes sociales por el pueblo colombiano porque supuestamente el gobierno, al que consideró “más peligroso que un virus”, lo estaba asesinando. Pidió la intervención de la “ONU y de todo el mundo”. Qué curioso que esa misma intervención no la solicitó —haciendo los quejumbrosos videos que sabe hacer— para defender al pueblo cubano. Es que a él le gusta apoyar las revueltas en los países en donde existe la democracia como en Colombia, Chile o Perú. Por el contrario, cuando son protestas contra una dictadura asfixiante como la de Cuba, sólo se limita a opinar este badulaque que el problema es la ineficacia. Un problemilla complicado; no así el de la supresión de las libertades y el de la violación —esa sí comprobada— de los derechos humanos. Para Residente estos males no cuentan. El único pecado que él puede ver, es el del bloqueo, bloqueo, bloqueo…




    Hay que recordarle a Residente las causas del embargo de Estados Unidos a Cuba cuando el Régimen Castrista llegó al poder en 1959. Con tan solo diez meses de dictadura, “la Revolución confiscó 166 empresas norteamericanas”[1] que operaban en Cuba. Un año después la tiranía de Fidel Castro “ya había confiscado más de 25.000 millones de dólares en bienes privados cubanos y casi mil millones de dólares en propiedades norteamericanas”[2], como lo cita el politólogo y youtuber argentino Agustín Laje en el video en que me apoyé para este artículo, y en el cual referencia los libros fuentes[3].

    Y expropiar es robar, no hay otra definición.

    De modo que el Régimen no sólo robó a los extranjeros, sino la riqueza de sus propios ciudadanos. Esta fue una de las razones por las que Estados Unidos suprimió el comercio con Cuba, embargándola y dejando de tratar con ella, lo cual no quiere decir que Cuba no pueda comerciar con otros países. De hecho lo hizo durante cuarenta años con la Unión Soviética, que prácticamente la mantuvo sin necesidad de establecer relaciones de intercambio, porque en Cuba no había mucho para intercambiar. Y en las últimas dos décadas Cuba ha sido la mantenida de Venezuela. Si bien esta ya no tiene con qué enviarle el petróleo regalado por Chávez y Maduro, está posando sus ojos en el país vecino. Le tienta apoderarse del maldito negocio de la coca que tiene sometida a la tierra cafetera. La mafia bolivariana ya se está haciendo presente.




     Pero volviendo con Residente, el idealista que dice no ser comunista, y acto seguido pasa a cantar creyendo en “la igualdad de oportunidades infinita” y en la gratuidad de los servicios básicos y de la comida, y del que se sabe que compró una mansión en la cuna del capitalismo, porque allí es donde factura sus shows más costosos; le quiero decir en primer lugar: nada es gratis en la vida; alguien tiene que pagarlo. En segundo lugar, los bienes y servicios no se causan por arte de magia. Se necesitan medios de producción para materializarlos, y eso seguro, no lo da una economía basada en el control estatal como la cubana. No hay nada más idealista que el comunismo.   

    Pero Residente debe entender muy poco de Economía, de Geopolítica, de Ley de Oferta y Demanda. Él debe tener un agente financiero administrándole sus bienes, sus ingresos por sus presentaciones; incluso el dinero que le entra por ser un mercenario de los gobiernos de izquierda. ¿O acaso el dictador Maduro no le tuvo que dar una buena contribución por prestarse para apoyar la causa del Socialismo del Siglo XXI?    

    Ah, qué cólera me producen estos figurines hipócritas y vendidos. Como este tal Residente dándoselas de muy artista independiente y revolucionario, pero no siendo más que un frustrado matón de barrio con cara de pertenecer a La Primera Línea Colombiana. Invitando a atreverse, pero él mismo no se atreve a condenar un régimen de oprobio. No es más que otra marioneta de la hegemonía que él piensa que es de derecha y que hace rato se la apropió la izquierda. Y lo peor, que no practica lo que predica.

    Yo, por mi parte, sí volveré a mis rituales de buenas energías, esperando no volver a saber de este “idealista” en mucho tiempo, no sea que me provoque los más ensordecedores pensamientos, y no es bueno para mi salud mental.    



[1] Jorge G. Castañeda, La vida en rojo, una biografía del Ché Guevara, Sudamericana, Buenos Aires, Pág 176, 177.

[2] Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner, Álvaro Vargas Llosa, Manual del Perfecto Idiota latinoamericano, Plaza y Janes, Pág 154.

[3] https://www.youtube.com/watch?v=hL4ztHPKUhA

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...