sábado, 28 de octubre de 2023

El juego de la democracia

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Y nuevamente, el juego se repite.

    Mañana 29 de octubre los colombianos volveremos a jugar en las urnas a ese juego que se llama Democracia. Es la fecha para elegir a los alcaldes, gobernadores, concejales, diputados y ediles de todas las regiones de nuestro país.

    Y cuando digo “juego” no lo estoy diciendo en juego, sino totalmente en serio. Nuestra democracia tiende cada vez más a ser una representación simulada, recreativa, falsa y manipulada de la decisión que supuestamente el pueblo tiene para elegir a sus gobernantes.



    En primer lugar, no en todo el país se van a realizar elecciones libres por aquello de que ya en algunas zonas de este, especialmente en la periferia, quienes mandan son los grupos armados: Farc, ELN, disidencias, clanes y demás organizaciones del narcotráfico. Estos ya saben cómo constreñir a los habitantes de los pueblos abandonados y carentes de autoridad legítima para que voten por los candidatos que ellos les impongan. Y ya sabemos de qué alianza son esos candidatos. Sabemos, también, qué facción es la que se beneficia de ese constreñimiento. La opción es muy simple: o votan por el fulano de su ideología, o de lo contrario se atienen a las consecuencias que acarrean muerte. No se puede hablar del derecho a votar con libertad cuando no se es libre de ejercerlo. Ahí no hay elección ninguna, porque a los ciudadanos, atemorizados, no les dan opción a elegir. De ahí mi primer argumento de que la democracia es un juego: uno muy peligroso que puede costar la vida si no se marca la equis en el recuadro previamente señalado, no sea que esa equis se convierta en una cruz.



    Luego están los desinformadores, los que juegan sucio, los que hacen campaña con mentiras y triquiñuelas. Para ello se valen de esa poderosa arma que ha sido letal en las elecciones del primer cuarto de este siglo: las redes sociales.

    El político en campaña pone a su equipo, no para que trabaje en beneficio de su candidatura, haciendo conocer su plan de gobierno, socializando sus propuestas y demás, sino para esculcarle al contendor hasta lo más íntimo de su vida con el fin de encontrar en el más leve resquicio cualquier pequeña mancha que pueda afectar la imagen del contradictor. Esa debilidad se engrandece, entonces, a través del rumor, del desprestigio y la cizaña. El resultado: los votos que deja de ganar el oponente sirven a la causa propagandística, por cuanto no se suma, pero se pone a restar en las toldas contrarias.

    Fíjense no más lo que hicieron el año pasado durante la campaña presidencial con algunos candidatos como Sergio Fajardo o Federico Gutiérrez, a quienes los amigos del mal llamado “Pacto Histórico” se encargaron de “quemar” en las urnas como resultado de una agresiva operación de desprestigio, en donde ellos mismos afirmaron que la línea ética, en este caso, “había que correrla un poco”. En otras palabras, que tenían que ser tramposos, sucios y mentirosos. El actual presidente de Colombia le debe mucho a esa falta de ética, aunque él se lava las manos de todo cuanto pueda salpicarlo. Pese a ello, ya sabemos muchas de las pillerías que este gobierno ha querido ocultar bajo el tapete, pero que son de abierto conocimiento público.



    En tercer lugar, la perversión de la democracia hace que esta se convierta en un juego que gana el que más pueda comprar votos. Tanto el que está dispuesto a venderse por cincuenta mil pesos, un tamal, o un bulto de cemento, como el que tiene los medios para sobornarlo, son actores que están a la orden del día en toda elección, máxime cuando es de carácter regional. Si uno mira los candidatos de ciertos municipios encontrará que no puede faltar el politiquero de toda la vida o su familiar delegado; el dueño del clan; el representante de algún mafioso interesado; el dueño de la empresa que hace chanchullo; el que representa a cierto sector gremial que lo ha patrocinado; el recomendado del gamonal, entre otras ratas de esta fauna de la vida política nacional.

    Y si se mira a quienes reciben del otro lado los efímeros incentivos, se encontrará uno con personajes que no han logrado salir de la caverna de la ignorancia y la indiferencia; con una clase excluida de la cual la misma política se aprovecha y se seguirá aprovechando, pues lo que le conviene es que siga existiendo ese nivel de desarraigo del ciudadano para con su patria y sus instituciones. Por ello se valen del pobre, del ignorante y del que incluso por rabia, está dispuesto a vender su voto sin ningún escrúpulo. Así las cosas, la democracia queda convertida en esa figura deforme y cadavérica que se asemeja a un muñeco de nieve cuando el invierno está cesando, o a uno de cera cuando es sometido al poder del fuego.



    Y para rematar, no me puedo olvidar de la pantomima de los grandes medios y del periodismo parcializado. Esta escenificación es muy parecida a la segunda, sólo que, en aquella, son las personas del común y los influenciadores baratos (en algunos casos prepagados por los mismos partidos políticos) los que comentan a través de las redes para mover opinión. Pero los periodistas de los grandes medios, los que tienen toda la parafernalia a su disposición y el contacto directo con los candidatos, hacen su agosto en las elecciones al inventarse cada uno un programa de espectáculo para ofrecer show y subir el rating, al que han decidido bautizar como “debate”. Y es en los debates donde pretenden hacer que los candidatos se saquen los trapos al sol, se rasguen las vestiduras, se radicalicen de tal forma que los electores los terminen amando con locura o despreciando con fanatismo, y hasta se declaren unos odios que parecieran ser asunto de honores familiares.

    Sólo que esta es otra parte del juego. Esos mismos que han decidido odiarse delante de las cámaras, pactan luego con el ganador y forjan las alianzas, las negociaciones del “yo te doy y tú me das”, los “acuerdos sobre lo fundamental”, porque el discurso de la “gran coalición” para sacar los proyectos adelante “por el bien de la patria” nunca pasará de moda. Apelan a aquello de “la unión hace la fuerza”, y es la unión para timar a sus electores. Cuatro años después, esos que se unieron para aprobar reformas a cambio de cargos burocráticos, volverán a ser encarnizados contradictores, y el electorado volverá a creer que ahora sí vienen los buenos, los que no se dejarán comprar por puestos. El pueblo también participa de ese juego fantasioso, y su papel, por los siglos de los siglos, será el del eterno mártir; el del sacrificado del círculo vicioso de la política.



    Mañana vuelven las elecciones y volveremos a caer. Espero que no, pero me temo que en muchas partes no hemos aprendido la lección. Por lo menos el experimento del socialismo en las tres ciudades principales ya les ha sabido a cacho a los ciudadanos, y a juzgar por las encuestas, el petrismo será sacado a patadas de allí. No así en las zonas donde la guerrilla es quien tiene el control del orden público gracias a la cesión que el Estado hizo de sus territorios para entregárselos, en lo que es una clara violación a la Constitución de la República. Pero bueno, ya sabemos que el gobierno nacional es el gobierno que le gusta a los delincuentes, ¿qué más podemos esperar?

    Por mi parte, sólo espero que sean unas elecciones limpias, transparentes, que el que gane lo haga en franca lid, porque verdaderamente esa sea la opinión de la mayoría.

    Yo sigo siendo escéptico, sobre todo con el registrador que tenemos, y teniendo en cuenta el antecedente de las pasadas elecciones, donde se demostró que hubo compra de votos, y si no me creen, que le pregunten al hijo del presidente para qué era la plata que recibió de personas de dudosa reputación.

    Amanecerá y veremos quiénes son los nuevos gobernantes y legisladores regionales. A pesar de mi escepticismo, no pierdo la esperanza de que los ciudadanos ejerzamos nuestro derecho al sufragio responsablemente. Como mínimo, que conozcamos siquiera el programa de gobierno del candidato al cual tenemos la intención de apoyar. Eso es madurez política.



    De esa madurez, y del conocimiento que se haya formado cada uno de sus respectivos representantes, nace la convicción de votar: votar por unas ideas, por unos principios que son innegociables para cada uno.

    Porque no nos queda de otra que participar en el mentado juego. Al fin y al cabo, es el único sistema que en teoría le da participación al pueblo, y el ser humano no se ha inventado nada mejor… por ahora.

    Pero si vamos a ser partícipes del juego, que sea a conciencia. De la conciencia con la que votemos depende de que estas elecciones —que son parte de nuestra frágil democracia— sean un mecanismo legítimo para enderezar nuestro proyecto de nación en lugar de ser el juego de intereses en el que, como siempre, resultan damnificados los menos interesados. A la larga, quienes venden su derecho por un plato de lentejas para seguir siendo cada vez más pobres; para quejarse en la elección siguiente de que los políticos son una mierda.

    Tienen razón, pero también ellos mismos han contribuido para que se produzca esta “cagada”.


sábado, 21 de octubre de 2023

El afán de vivir

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    La filosofía y ciertas vertientes de la psicología nos enseñan que del poder interior nace la voluntad para aprender, crear, crecer, progresar, soportar los dolores, superar los vicios y las dificultades, restablecer la salud, mejorarse, renovarse… en últimas, nace la voluntad del hombre para vivir con entereza. Siempre de esa fuerza que proviene desde lo más hondo del ser, que es su espíritu mismo. De lo contrario, la especie humana no habría sido capaz de crear ni de transformar el mundo que ha habitado por siglos. No habría podido evolucionar ni desarrollarse ninguna civilización sobre la faz de la tierra.

    Y cuando digo evolución humana no me estoy refiriendo al logro de la perfección, de la cual estamos bastante lejos los individuos. Si admitimos que nuestros hechos en la Historia dejan mucho que desear y que más bien nos delatan como sujetos que se encaminan hacia una completa involución, dejamos en claro que ninguna humanidad es perfecta, puesto que carecemos de la divinidad de los dioses. Aún así, también hay que reconocer que el Hombre, a pesar de su naturaleza caída y su desviación innata, ha logrado cosas grandes para el progreso de la humanidad, tanto a nivel material como a nivel espiritual. El hecho de que un puñado de esa creación imperfecta manche con sus aberraciones el legado de los hombres buenos, no quita que en verdad la mayoría de estos hayan pasado por el planeta plantando su semilla para beneficio e inspiración de las generaciones posteriores.   



    Y eso parece olvidarlo muy a menudo el individuo que nos representa en esta contemporaneidad. El hombre posmoderno se siente el centro del mundo y no se ocupa más que de mirarse su propio ombligo cuando asume que todo lo existente siempre ha sido tal cual es ahora: la Historia, los descubrimientos, las máquinas, el orden mundial, el sistema de vida. Cree que antes de él no hubo nada importante para edificar el mundo en el que hoy se desenvuelve; que un invento tan relativamente reciente como el internet, por ejemplo, ha sido cosa de toda la vida y que es normal que esté ahí, siempre, al alcance de la mano.

    Hoy, cuando la innovación tecnológica se ha empeñado en sorprendernos —y hasta asustarnos al pensar en la posibilidad de que esta misma nos desplace—, se evidencia más que nunca el progreso científico y material, hasta el punto de que el Hombre ha jugado a ser Dios y se ha arrogado la potestad de ser su propio creador, incluso con características mejoradas. El transhumanismo, que ya es una posibilidad real, nos alerta sobre el peligro de desaparecer como especie natural cuando a través de procesos de nanotecnología e ingeniería genética se le puedan modificar los genes defectuosos a los futuros sujetos, y de allí llegar a crear un Superhombre. Muy diferente a aquel del que hablara Nietzsche en su momento, porque este Superhombre con poderes especiales no permitiría “la muerte de Dios”, ya que él es un dios en sí mismo. Si la humanidad apunta a eso, ¿qué aliciente tiene ser una persona normal, de carne y hueso, que no se ha sometido a ningún tipo de mejora artificial y que por tanto no gozará de las ventajas de los transhumanos?



    Y he aquí que conecto el párrafo inicial con el cual comencé esta entrada, en el que ponderaba la fuerza interior y la ayuda que prestan materias como la filosofía, la psicología, la teología y demás ciencias humanas, con el punto al cual quiero llegar, y es que si el futuro nos depara una humanidad cada vez menos humana, habrían sólo dos cosas que podrían salvarla de su decadencia y posterior desaparición: su fe en Dios, como primera medida, y la fe en su poder interior expresada en la voluntad para actuar conforme al orden natural de las cosas: es el orden que nos dice que somos mortales y que hemos de cumplir una misión en esta tierra sin trasgredir la misión de los demás.

    Y ese poder interior llamado “voluntad”, nos dice Ryan Holiday, autor del libro El obstáculo es el camino, “no debe verse afectado nunca por el mundo exterior… la verdadera voluntad es callada humildad, resistencia y flexibilidad…es disciplina”.[1] Al respecto, este autor que promueve la escuela estoica nos conmina a pensar que la voluntad tiene más que ver con la capacidad para detenerse o capitular, que con el ansia para desear algo o con el impulso con el que se actúa en pos de ese deseo. Que está más orientada a enfrentar la adversidad y la agitación antes que propender por el buen ánimo con el que el ser humano asimila la felicidad y la buena estrella. La voluntad como medio para controlarse en lugar de ser el detonante que permite entrar en acción sin un mínimo de razonamiento. El resorte que está más ligado al carácter que al temperamento.



    Insisto: la tecnología moderna nos ha hecho pensar que controlamos el mundo. Nada más lejos de la realidad. De hecho, no controlamos nada, pero sí somos controlados por la tecnología. Por más que se haya avanzado en las técnicas de clonación y de crear a partir de un embrión a un hombre a imagen y semejanza de Dios, lo cierto es que nadie puede regresar de la muerte; a nadie se puede resucitar.

    Pero Dios le dio libre albedrío al Hombre, que es esa misma voluntad para decidir qué hacer y qué camino elegir. Por ello uno no entiende cómo es que la mayoría de los mortales hemos elegido el camino de la complacencia, el del placer a corto plazo, el de la comodidad. Esta reflexión me recuerda una frase de Séneca en la que decía que “necesariamente consideran corta toda existencia quienes la miden de acuerdo con sus placeres ilusorios, y por lo mismo insaciables.”[2] Es volver al lema hedonista de “la vida es un ratico”, “sólo existe el ahora”, “nuestra vida es un eterno presente”. Y claro que el momento presente se debe aprovechar; valorar en su justa medida, pero cuando se reduce el propósito de vida al mero hecho de agotar el paquete completo de dichas y placeres en una corta cantidad de tiempo y con la mentalidad de que no nos alcanzarán los días para hacerlo, reafirmamos el adagio popular del “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Como si en realidad no hubiera un mañana; como si no existiera otra dimensión de la existencia; como si la consigna de la “vida buena”, del “vivir sabroso”, fuera una especie de precepto obligatorio para ser feliz, y quien no lo aplicase a rajatabla sencillamente estaría perdiendo sus horas de existencia por andar respirando en vano.  



    ¿Y qué sucede si no se cumplen esos deseos terrenales que la mayoría de la gente tiene en mente; si no se logran esas metas altas que se gestaron del propio poder interior de los humanos para hacer realidad unos sueños que le pertenecieron en principio a otros y de los que la masa se quiere apropiar como si fuera eso lo único que le proporcionara felicidad a la especie entera? ¿Qué pasa si se prescinde del placer, de la poesía, de la belleza, de la naturaleza, de la buena vida, la comida, el arte y la prosperidad? ¿Acaso valen menos esas vidas que las que optaron por la empresa del riesgo, la adrenalina y las pasajeras sensaciones por la necesidad de sentir que realmente estaban vivos?

    La respuesta es que no pasa absolutamente nada. Tampoco por ello deja de tener sentido la vida, ni se vuelve la existencia ruin.

    Porque ni siquiera los recuerdos de glorias pasadas le quedan al fulano que tiene que enfrentarse con la muerte. De ella no se sale vencedor, y en todo caso a ella sucumbiremos. No importa si se fue feliz, si se hizo lo que se quiso, si no se consiguió absolutamente nada. No importa, pues al fin y al cabo no es esta vida corpórea la que cuenta. Al final retornamos a la misma inexistencia de la que procedemos, de modo que ¿para qué el afán?





[1] Youtube. [Audiolibros azur]. (15 de julio de 2023). “El arte inmemorial de convertir las pruebas en triunfo”. El obstáculo es el camino. Ryan Holiday. [video] 2:53:30

https://www.youtube.com/watch?v=gXH-WWejKOY&t=3250s

[2Lucio Anneo Séneca. Cartas filosóficas. Santo Domingo. Biblioteca Digital Minerd-Dominicana Lee. (s.f), pág. 123 de la edición electrónica descargada de:  https://ministeriodeeducacion.gob.do/docs/biblioteca-virtual/EzqD-seneca-lucio-anneo-cartas-filosoficaspdf.pdf


sábado, 14 de octubre de 2023

Otra guerra para sacar provecho

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Tras la masacre perpetrada por el grupo terrorista radical Hamás en la madrugada del 8 de octubre, el planeta se encuentra en vilo. La poca libertad que todavía se conserva en el mundo libre está seriamente amenazada.

    Muchas voces se han levantado en contra del movimiento de resistencia islámica; otras se han levantado en contra de Israel, que en esta oportunidad fue la nación atacada; otros se han pronunciado a favor de Palestina. Lo que debemos saber de esta nueva ofensiva terrorista que se presenta es que aquí no se trata de una guerra reciente, sino de un conflicto que ha durado por décadas y que pareciera no tener resolución. Es una guerra híbrida, con más de dos actores en disputa, con protagonistas bélicos que justifican a su manera sus acciones sin pensar en el saldo trágico que ha quedado y que seguirá quedando de esto: las vidas humanas que se pierden, al parecer, no le importan a ninguno de los bandos.

    Hamás irrespetó el cese al fuego porque su alma es yihadista, nacionalista y radical; es terrorista al ciento por ciento, y de ninguna manera es el bando bueno de esta trágica contienda. Por otro lado, Israel responde al ataque con una ofensiva en la que también han caído muchas vidas palestinas que no tendrían por qué pagar las consecuencias del ataque. No es cien por ciento bueno, pero al menos es un país que, en apariencia, respeta la democracia. Su pueblo es un pueblo trabajador, próspero, aguerrido, que ha sabido mantener unos principios y una cohesión cultural que lo han hecho grande en el mundo. Tampoco es Israel el bando malo, y no lo es Palestina, cuyo pueblo también ha sufrido las consecuencias de esta guerra. No son dos Estados en disputa, sino un Estado democrático contra un grupo terrorista. Por simple lógica, yo apoyo al Estado y repudio al grupo.



    Porque el objetivo del bando malo de este conflicto, es decir, del grupo Hamás, es establecer un Estado islámico dentro de lo que hoy es el territorio de Israel, Cisjordania y la Franja de Gaza. El ex líder de esta organización, Khaled Meshaal, ha llamado a la guerra santa contra Occidente y ha convocado a todos los musulmanes para que salgan a las calles en protesta contra Israel.[1] Hamás ha sido declarada organización terrorista por la mayoría de los países de la ONU. No así por países como Turquía, Brasil, China. Noruega, Suiza, Rusia, Venezuela, Cuba, y ahora Colombia.

    Tras la última incursión de Hamás en Israel con el saldo atroz que allí dejó, se ha definido un nuevo eje del mal conformado por aquellos países que no se atrevieron a condenar sus acciones. Dentro de esos países se encuentra Colombia, con su presidente Gustavo Petro a la cabeza, quien al parecer defiende a Hamás tal vez porque él mismo fue parte de un grupo terrorista y se identifica con esa manera de proceder. Este ignorante político hizo una publicación en su cuenta de Telegram, en la cual no condenaba a Hamás y dejaba abierta la posibilidad de defenderlos. Tanto así, que el mismo grupo publicó el comentario de Petro en su página de internet como prueba de que alguien respaldaba su lucha de terror y muerte.



    Pero si realmente pretendemos entender por qué no paran de matarse en esta parte del mundo desde hace décadas, deberíamos remontarnos, como mínimo, al Plan de Partición de Palestina propuesto por la ONU por allá en noviembre de 1949.[2] No obstante, me es imposible profundizar en el origen de este conflicto por cuestión de espacio, y además tampoco me considero un experto en el tema, pero a grandes rasgos puedo decir que en aquel plan se determinó que el Estado de Palestina, existente hasta ese año, se dividiera en dos Estados independientes: uno árabe y otro judío. También se solicitó un régimen internacional especial para la ciudad de Jerusalén. Ese régimen sería administrado por la misma ONU.

   Lo que en aquel momento pareció ser algo positivo, terminó generando una sucursal del infierno en la Tierra. No se puede establecer la repartición de un territorio en el mundo sin tener en cuenta su naturaleza cultural, social y religiosa, pues ello conduce a un destino de guerra inexorable. Aunque la misión era resolver la disputa entre árabes y judíos, nunca se logró esa paz. Cabría preguntarse, en el mundo de hoy, si aquello de borrar y establecer fronteras arbitrariamente por voluntad de los burócratas de las organizaciones internacionales conduce a al establecimiento de la paz, o si por el contrario alienta la división perenne.



    Resulta que ocurre algo similar en la consolidación del mapa geopolítico, cuando los gobernantes, por razón de sus intereses particulares, deciden promover invasiones descontroladas para mover las fronteras, llamando a eso “Derecho de Migración” y desconociendo todos los aspectos que implican estos movimientos masivos, con las consecuencias del multiculturalismo forzado que ya se conocen en el mundo. El discurso de las fronteras abiertas y la promoción de la migración desaforada desde las ONG’s y los gobiernos globalistas contradice un principio de realidad evidenciable, y es que destruye las sociedades que reciben a los nuevos advenedizos. Es nocivo tanto para ellos como para los receptores de la oleada migratoria. Se pierde el sentido de arraigo a un territorio patrio, se pierde la adhesión a principios y valores nacionales que son necesarios en aras de mantener la unidad de los pueblos.

    Porque una sociedad es, ante todo, una cohesión política, económica, cultural, idiomática, moral, religiosa y hasta gastronómica; un acuerdo de comunes basado en unas normas que difieren mucho de una cultura a otra, de un país a otro. Y esas normas de convivencia son luego son traducidas a políticas de gobierno y más tarde convertidas en leyes que le dan cuerpo a los países constituidos a través de procesos históricos, de batallas militares, de luchas sociales, de acuerdos con otros países, etc. Las fronteras que se derivan de estos procesos deben ser amparadas por leyes que garantizan la protección y la soberanía de los territorios. Así se constituyen con el tiempo los Estados-nación. En ningún caso un Estado-nación ha surgido por acción de decisiones levantadas en un discurso de la ONU. La guerra entre Israel y Palestina, o mejor, entre Israel y Hamás, se debe en gran parte a esas decisiones tomadas por los burócratas que creyeron resolver un conflicto sin tener en cuenta las diferencias culturales y étnicas de los pueblos.

    Quebrar la cohesión nacional es incitar a la destrucción de la nación misma. Y eso fue lo que hicieron con Palestina y están haciendo ahora con los países de Occidente. De ahí que una de las armas más efectivas para destruirlos sea la migración descontrolada; el derecho universal a estar en cualquier parte del mundo disfrazado con el velo del multiculturalismo, como si las leyes que se reserva cada país para controlar la entrada de foráneos a su territorio fueran un atentado contra la humanidad en lugar de una medida de control.



    La mayoría de musulmanes buenos y trabajadores, disgregados por el mundo, no tienen que ver con esto, pero hay unos pocos, incluso que no son musulmanes, a quienes les cala el mensaje del líder terrorista. Los primeros son objeto de repudio y xenofobia por parte de los intolerantes del país extranjero en el que se encuentran. Los segundos, los radicales partidarios de la yihad, se sienten con el derecho de salir a las calles a ejercer presión pidiendo una “libertad para Palestina” que han sido los mismos gobernantes palestinos quienes la han suprimido. Por eso hordas de simpatizantes del grupo terrorista se han enfrentado con la policía en las calles europeas y de los Estados Unidos, quemando la bandera de Israel y ondeando la de Palestina.

    Cabe anotar que no es el Estado de Palestina ni el pueblo de Palestina, y mucho menos la comunidad musulmana, quienes están enfrentados con Israel. La guerra es promovida por Hamás y sus adeptos en todo el mundo, muchos de ellos adoctrinados; muchos de ellos desconocedores de una historia que les contaron mal en las universidades y en los medios de comunicación, los cuales se encargaron de deformar la imagen de Israel para colocarlo como el actor malo de esta contienda.

    Porque hay quienes insisten en ver una sola cara del conflicto y se ponen de parte de los malos cuando Israel decide emprender la defensa legítima de su territorio. Condenan esta acción de contrataque, pero de ninguna manera condenan a quien provocó esta nueva conflagración. Desconocen estos fanáticos manifestantes lo que es vivir bajo el asedio de un colectivo de asesinos como lo es Hamás y se sienten valientes protestando desde el Primer Mundo cuando la guerra por la que protestan está a miles de kilómetros y ni siquiera los toca. No está demás decir que en esta ocasión la ofensiva la ha desatado el mismo grupo que estos pseudo intelectuales y pseudo revolucionarios apoyan.  

    Meshaal, quien ahora ya no es líder de Hamás, sino que es quien dirige la diáspora de musulmanes por el mundo, declaró el viernes 13 de octubre que este día debería ser el día de la Yihad: la obligación religiosa de los musulmanes de hacer la guerra santa en caso de ser necesario, con el objeto de “dar a conocer la ley de Dios”. ¿No es este acaso un mensaje para generar más violencia? ¿No es acaso una declaración de guerra, un día de sacrificio, como el mismo Meshaal lo dice, para justificar su causa terrorista?



    Y el asunto se agrava más si atendemos a la pregunta que formula la periodista Isabel Cuervo desde su canal de información[3], cuando nos hace indagar por las células del terrorismo de Hamás que deben estar operando en este momento, clandestinamente, en todos los países donde el globalismo ha introducido su inmigración descontrolada. Es la preocupación de que ese flagelo promovido sirva para exportar terroristas que se diseminen por todo el mundo. Las manifestaciones que se ven en las calles de Nueva York o de París no se crea que son solo de unos simples simpatizantes equivocados. Allí se oculta algo que todavía no se puede esclarecer porque no se sabe quiénes son los líderes de las células que operan en Estados Unidos, por ejemplo, y que están planeando atentados terroristas. Todo se queda en la aparente protesta pacífica.

        Desde este lado del mundo se observa el conflicto con cierto desinterés, pero no somos conscientes de que esta guerra está más cerca de lo que creemos. Desde luego, es un choque programado, dirigido, muy bien planeado para seguirle asestando golpes a Occidente. Otra guerra libreteada, igual que la de Ucrania y Rusia. A unos cuantos políticos les conviene que sea así para fomentar su negocio de fabricación y venta de armas. A otros les conviene para justificar incursiones armadas en países vecinos con el ánimo de “garantizar la paz y la estabilidad en la región”. A otros les sirve la guerra para recaudar mayores impuestos de los contribuyentes. “Hay que ayudar a Israel”, dice el Secretario de Estado norteamericano al Primer Ministro Israelí. “Estados Unidos siempre estará ahí”. Ofrece ayuda para cuidar la frontera con Palestina, pero su gobierno no es capaz de cuidar su propia frontera de la inmigración salida de madre azuzada por los enemigos del país.

    “Hay que ayudar a Palestina”, dirán los otros, los amigos del terrorismo como el presidente colombiano que en realidad no quieren ayudar a Palestina, sino financiar a Hamás, que no es lo mismo.



   Lo cierto —y lo más lamentable— es que ya son muchos los israelíes caídos y muchos los palestinos caídos. Al fin y al cabo, los inocentes son los únicos que pierden con la guerra. Y no ve uno ninguna manifestación en favor de las reales víctimas de un conflicto irresoluble. Sólo ataques de lado y lado, señalamientos, desafíos, insultos, protestas a favor o en contra de este o aquel. No, nadie se acuerda de los muertos ni de sus familiares que los lloran, nadie habla por ellos. Muertos de un lado y de otro, cuya única culpa fue haber nacido en medio del fuego cruzado. La población civil de cualquier nacionalidad es la única que “paga el pato”, mientras los verdaderos señores de la guerra están en sus tronos presidenciales escribiendo mentiras y azuzando más violencia desde la comodidad de sus palacios.



[1] Harriet Alexander. (12 de octubre de 2023). El exlíder de Hamás, Khaled Meshaal, convoca el día de la yihad el viernes 12 y dice a los musulmanes que “salgan a las calles” en protesta contra IsraelDailymail.

https:/Dailymail.co.uk/news/article-12621915/khaled-meshaal-hamas-Friday-13th 


[2] Naciones Unidas. (s.f). Historia de la cuestión Palestina. https://www.un.org/unispal/es/history/#:~:text=Tras%20estudiar%20distintas%20alternativas%2C%20las,II)%2C%20de%201947).


[3] Youtube. [Isabel Cuervo]. (13 de octubre de 2023). Viernes 13- el mundo ante la Yihad y Hamás- lo que debes saber. [Video].

https://www.youtube.com/watch?v=YYCVOYMfCCc&t=823s 


sábado, 7 de octubre de 2023

Adictos a la atención

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Digamos que la chica de la historia que a continuación voy a relatar se llama Susana. Susana es una adolescente hermosa, rebelde, extrovertida e inquieta. Como la mayoría de las adolescentes de su edad, se ha hecho regalar un celular de última tecnología por parte de sus padres. Ya desde muy niña sabía maniobrar con perfección el dispositivo de su madre cuando lograba que esta se lo prestara después de mucho rogarle, o cuando se lo sacaba a hurtadillas para revisar sus redes sociales. Tanto imploró Susana por un aparato propio, que al final sus padres terminaron cediendo y le compraron el de más alta gama como regalo por la fiesta de sus quince.

    Susana comenzó a realizar toda clase de bailes y representaciones “artísticas” en su red social favorita (Tik Tok) para obtener la aprobación de sus amigos. Poco a poco sus videos fueron haciéndose virales entre los estudiantes del colegio y después entre toda la comunidad adolescente del pequeño pueblo en el que vivía. Comenzó a ser conocida como Susana, la tiktokera, pues cada día se inventaba un nuevo baile, un nuevo reto, un nuevo tutorial de maquillaje, una fonomímica burda, o una nueva historia para subir a sus propias páginas, incluyendo fotos y estados de cómo se sentía cada cinco minutos. Se volvió tan adicta a las redes sociales, que terminó por convertirse en una generadora de contenido para el público juvenil, lo cual se le convirtió en un compromiso prioritario.

    A medida que iba generando contenido, sus seguidores y amigos crecían en número, de modo que la posibilidad de ser remunerada económicamente por el aumento de suscriptores a sus canales, la cautivó al punto de despertarle una ambición desmedida que la llevó a olvidar los demás aspectos de su vida, dedicándose por entero a lo que ella consideró como su nueva profesión: se volvió una influencer.


    Pero llegó el día en que ya no fueron suficientes las monerías bailables ni las sesiones de maquillajes ridículas, ni las mímicas de canciones pegajosas. Sus seguidores le dejaban en los comentarios que querían verla en otra faceta más sensual, más “artística”, aprovechando su talento y su belleza. Le reclamaban por el exceso de ropa, y así fue como ella se ideó la forma para complacerlos revelando su cuerpo un poco más de lo acostumbrado. De inmediato notó que la audiencia crecía cuando hacía determinados bailes en pantaloncitos cortos y blusas escotadas, pero una vez saciada la novedad, las vistas comenzaban a descender.

    Desesperada por obtener cada vez más likes, Susana probó un día a ejecutar un paso de reggaetón metida a presión en una tanga brasilera que le dejaba ver el esplendor de sus carnes tiernas, poniéndose de espaldas y despojándose de una blusa ombliguera que al sacársela completamente permitía la exhibición de su espalda suave, tersa y morena a los espectadores que soñaban con tener a Susana entre sus brazos. El número finalizaba con ella arrojando la blusa sobre la cámara para que no se le vieran sus pechos, y ahí terminaba todo. Varias veces lo practicó la joven en su habitación, aprovechando que sus padres salían a trabajar y ella quedaba a sus anchas en la casa, pues de otro modo sus progenitores se habrían dado cuenta de lo que hacía. Desde luego, las horas que antes le dedicaba al estudio quedaron sepultadas por las que ahora le dedicaba a las redes sociales: Susana se estaba tirando el año académico, pero aquello parecía no importarle, pues la mayoría de sus compañeras atravesaba por una situación similar. Más de una, viendo el éxito de su compañera en las redes, decidió volverse también “creadora de contenido”.



    Los profesores no entendían por qué sus alumnos no podían con los temas que trataban de enseñarles. A pesar de que habían probado todos los métodos habidos y por haber de la pedagogía moderna, el aprendizaje cada vez se hacía más difícil. Los muchachos se veían pálidos, mal dormidos, distraídos, sin ganas de asimilar nada. Las muchachas, en cambio, se veían rozagantes, lozanas, pero igualmente desconcentradas y embrutecidas, además de que despertaban en los demás una sensualidad y un dejo de erotismo provocador completamente discordante para la edad que tenían.

    Con el paso de los días, Susana aumentó la intensidad de sus escenas de baile. Ya no hacía un video corto de vez en cuando, sino que todos los días se dio a la tarea de ingeniarse un paso diferente, con un vestuario cada vez más sugestivo para mantener complacidos a sus seguidores. Llegó el momento en que se dio cuenta de que lo que hacía no debía estar muy bien, y que incluso ella no lo estaba disfrutando tanto como al principio, pero se propuso que sus videos fueran los más vistos en comparación con otras “creadoras de contenido” de renombre a las que consideró como su competencia. Ella debía de tener más visualizaciones que cualquiera, y de este modo entró en una carrera que la llenó de inseguridades y le mandó al suelo su autoestima. Observó preocupada que sus cifras no aumentaban en proporción a lo que ella deseaba, y que de hecho sus videos eran cada vez menos vistos cuando repetía los bailes que antes le habían elevado la popularidad. Ya no le daban tantos likes como antes, y aquello hizo que Susana entrara en pánico. Si obtenía menos de cien “me gusta” en los posteos que publicaba, de inmediato los borraba, sintiéndose inútil y desdichada.

    Por otro lado, los seguidores ya no querían bailes en tangas, sino verla desnuda completamente. Y no sólo verla, sino tenerla. Hubo alguno que otro que le ofreció el oro y el moro para que la pequeña Susana se dejara acariciar por él. Las redes convencionales ya no le permitían a ella exhibirse más de lo que podía, de modo que abrió una cuenta en Only Fans para mostrarse como Dios la trajo al mundo y monetizar mucho más de lo que monetizaba con Tik tok o con cualquiera de esas redes que ya no le representaban los ingresos suficientes para alcanzar las metas financieras que se propuso.



    Fue de esta forma como Susana se convirtió en una aclamada modelo Web Cam antes de cumplir la mayoría de edad, ganando incluso mucho más dinero que sus dos padres juntos.

    Pero no se crea que Susana solamente tuvo que desnudar su intimidad frente a las cámaras. Al entrar al mundo de la pornografía virtual tuvo que hacer performances con chicos y chicas de su misma edad en los cuales debía tener relaciones sexuales reales para que depravados desde el otro lado del planeta se pudieran divertir. Poco a poco Susana se fue acostumbrando a esas escenas hasta que la desnudez y el sexo le parecieron lo más natural del mundo, lo más cotidiano, y llegado al punto, lo más aborrecible también, pues perdió la capacidad de amar y de sentir a través de la entrega sexual. Nunca vio el sexo más allá de una mera una transacción mercantil por la cual ella ofrecía su cuerpo y el cliente pagaba por verlo. A veces por poseerlo. Eso era todo.   

    No obstante haber entregado su intimidad, haber dejado profanar su cuerpo de manera artificiosa y mecánica, Susana nunca dejó de medir su valor por los indicadores de sus redes sociales. Se sentía vacía por dentro, había caído en depresión, se había distanciado de su familia por la vida que había decidido llevar, no tenía ningún amigo verdadero, sólo seguidores virtuales. Todo ello la condujo a probar otros vicios aparte del sexo, como lo fueron las drogas. Esto último la sumió en un círculo que se retroalimentaba por efecto de la compensación inmediata. Si sus seguidores mermaban y ello la conducía a sentirse mal por la incapacidad para retenerlos, las drogas le generaban la dopamina suficiente para sentirse de nuevo contenta y ensayar otra escena que le permitiera recuperar las cifras perdidas de vistas o de “me gusta”. Susana no quería perder vigencia, no soportaba ser olvidada por ese cúmulo de jueces anónimos que la ponderaba según el contenido que ella les ofreciera. Ahí quedaba toda su valía.  

    A los 21 años se convirtió en la influencer de renombre que soñó ser a los quince. Dejó de hacer directos en Only Fans porque allí no aumentaban sus seguidores, sino que eran siempre los mismos pervertidos que le pagaban para que ella hiciera toda clase de morisquetas sexuales y se introdujera objetos para complacerlos. Aquello solamente lo hacía cuando necesitaba dinero de urgencia, pero ya Susana había obtenido el suficiente como para independizarse y vivir como le diera la gana. Lo que a ella realmente le atormentaba era perder el reconocimiento que hasta ahora había logrado; es decir, perder su popularidad en redes sociales, y esto se medía únicamente por el número de seguidores. Se volvió obsesiva por ser tendencia, lo cual la llevó a otra cadena de locuras imparable que le marcaron la senda de su propio fin. Comenzaron los retos.


    Al principio fueron selfies arriesgadas en peñascos abismales, a punto de tirarse al mar profundo, al borde de ser devorada por una fiera salvaje en un zoológico inseguro, o desafiando la velocidad en una motocicleta de alto cilindraje.

    De alguna manera, Susana tenía que captar la atención de sus seguidores. Si la perdía, era perderse a sí misma, pues a menos que mantuviera el interés de su público desconocido, ella no consideraba que podía llegar a ser valiosa.

    Pero la atención y el interés se pierden porque es imposible mantenerse vigente en un mundo donde nada existe, donde solo se vive de la inmediatez y nada es trascendente en lo absoluto. En ese mundo paralelo y gaseoso se perdió el alma de Susana. Se perdió su bienestar emocional, su capacidad para relacionarse, su intimidad, su propia imagen, pues todas las fotos que publicaba de sí misma ejecutando retos siempre fueron retocadas y los videos editados para parecer atrevida y diferente.

    El último video fue para desafiar la muerte, uno de sus retos finales. Tenía que tomarse unas cien pastillas antidepresivas y filmar su propio suicidio en vivo. Lo había anunciado hasta el cansancio: cuando tuviera unas diez mil personas conectadas al directo haría el reto más peligroso de su vida. Al fin Susana sería admirada por una copiosa multitud; al fin tendría la atención de diez mil personas al tiempo para mirar cómo ella se envenenaba con barbitúricos y se despedía de este mundo. El morbo de sus seguidores la conminaba a que siguiera adelante, a que no tuviera miedo a desafiar la muerte. La recompensa sería el respeto y la atención imperecedera que Susana tanto necesitaba, no sólo para vivir, sino también para morir.



    Por un designio del destino, Susana no murió cuando se tragó las pastillas en la soledad de su cuarto. Alguien, tal vez un vecino, la encontró cuando a la píldora número quince ya se le había perforado el intestino y no pudo seguir ingiriendo más, porque cayó babeando en medio de un ataque de epilepsia. La transmisión en vivo continuaba y ninguno de los seguidores se había perdido del espectáculo. Comentaban morbosos sobre la belleza de su muerte, le enviaban likes, corazones y hasta carcajadas con lágrimas. Los paramédicos que llamó el vecino se la llevaron a la clínica, y allí le salvaron la vida después de haber pasado por una severa infección de peritonitis.

    Se salvó de milagro, pero Susana no quedó bien, nunca volvió a ser la misma. La sobredosis del medicamento afectó sus neuronas y su mirada quedó perdida por completo. Se habló en alguna junta médica de una pérdida irrecuperable de la zona del cerebro en que se almacena la memoria. Se olvidó quién era ella, quiénes sus padres, quiénes las pocas personas que la conocían y en algún momento habían tratado de brindarle algún consejo.

    Susana terminó recluida en un centro para personas con problemas mentales, pero nunca más se recuperó. Su capacidad para poner atención se perdió por completo. Esa atención por la que tanto luchó desde muy joven, ahora no la tenía ni siquiera para sí misma.

    Todo por exponerse excesivamente a las redes, al juicio de unos internautas cuya opinión no valía nada. Por ese puñado de espectadores desocupados malogró su autoestima, regaló su intimidad en busca de aprobación, y al final, viendo que no era lo suficientemente aprobada, decidió jugar a los dados con el diablo.

    Sí, Susana fue una adicta a la atención, y como ya no la podía obtener por sus bailes sensuales, por sus videos porno o por sus retos arriesgados, trató de conseguirla jugándose la vida.



    Esta historia, que no es nada original, y que de hecho es inspirada en los casos que se conocen en la realidad, es la historia de millones de jóvenes que se han vuelto adictos a las redes sociales por el mundo. Los estudios han confirmado el peligro de esta nueva adicción, pero no existe ningún gobierno interesado en combatirla. Al contrario, cada vez más se promueve el uso de la tecnología sin alertar sobre sus peligros. Queda en manos de los padres de familia regular el uso de esta potencial arma en el seno de sus hogares. De lo contrario, la epidemia se seguirá extendiendo como una droga de las más letales, causando depresión, disgregación familiar, violencia, irritabilidad, falta de aceptación, inadaptación, confusión sexual, entre otros trastornos psicológicos.   

    Es hora de detener este contagio social, limitar el uso del internet, de la televisión, de los videojuegos, de las redes sociales, de las pantallas en general. No tenemos idea de cuánto nos merman la actividad cerebral estas puertas de entrada a la adicción del siglo XXI. El camino es tomar conciencia y educarse responsablemente sobre los riesgos que toda esta tecnología implica.

    Porque si tanto tiempo nos demandan estas invenciones, al punto de hacernos perder contacto con la realidad, es porque algo malo hay oculto en todo ello. Ya lo dice el sabio y popular refrán: “De eso tan bueno no dan tanto”, y créanme que tanta conectividad, tanta interacción virtual y tanta red social termina irremediablemente mal. Y de eso tan malo sí dan bastante.


 





 




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Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...