Y nuevamente, el juego se
repite.
Mañana 29 de octubre los colombianos volveremos a jugar en las urnas a ese
juego que se llama Democracia. Es la fecha para elegir a los alcaldes,
gobernadores, concejales, diputados y ediles de todas las regiones de nuestro
país.
Y cuando digo “juego” no lo
estoy diciendo en juego, sino totalmente en serio. Nuestra democracia tiende cada
vez más a ser una representación simulada, recreativa, falsa y manipulada de la
decisión que supuestamente el pueblo tiene para elegir a sus gobernantes.
En primer lugar, no en todo el
país se van a realizar elecciones libres por aquello de que ya en algunas zonas
de este, especialmente en la periferia, quienes mandan son los grupos armados:
Farc, ELN, disidencias, clanes y demás organizaciones del narcotráfico. Estos
ya saben cómo constreñir a los habitantes de los pueblos abandonados y carentes
de autoridad legítima para que voten por los candidatos que ellos les impongan.
Y ya sabemos de qué alianza son esos candidatos. Sabemos, también, qué facción
es la que se beneficia de ese constreñimiento. La opción es muy simple: o votan
por el fulano de su ideología, o de lo contrario se atienen a las consecuencias
que acarrean muerte. No se puede hablar del derecho a votar con libertad cuando
no se es libre de ejercerlo. Ahí no hay elección ninguna, porque a los
ciudadanos, atemorizados, no les dan opción a elegir. De ahí mi primer
argumento de que la democracia es un juego: uno muy peligroso que puede costar
la vida si no se marca la equis en el recuadro previamente señalado, no sea que
esa equis se convierta en una cruz.
Luego están los
desinformadores, los que juegan sucio, los que hacen campaña con mentiras y
triquiñuelas. Para ello se valen de esa poderosa arma que ha sido letal en las elecciones
del primer cuarto de este siglo: las redes sociales.
El político en campaña pone a
su equipo, no para que trabaje en beneficio de su candidatura, haciendo conocer
su plan de gobierno, socializando sus propuestas y demás, sino para esculcarle
al contendor hasta lo más íntimo de su vida con el fin de encontrar en el más leve
resquicio cualquier pequeña mancha que pueda afectar la imagen del contradictor.
Esa debilidad se engrandece, entonces, a través del rumor, del desprestigio y
la cizaña. El resultado: los votos que deja de ganar el oponente sirven a la
causa propagandística, por cuanto no se suma, pero se pone a restar en las
toldas contrarias.
Fíjense no más lo que hicieron
el año pasado durante la campaña presidencial con algunos candidatos como Sergio
Fajardo o Federico Gutiérrez, a quienes los amigos del mal llamado “Pacto
Histórico” se encargaron de “quemar” en las urnas como resultado de una
agresiva operación de desprestigio, en donde ellos mismos afirmaron que la
línea ética, en este caso, “había que correrla un poco”. En otras palabras, que
tenían que ser tramposos, sucios y mentirosos. El actual presidente de Colombia
le debe mucho a esa falta de ética, aunque él se lava las manos de todo cuanto pueda
salpicarlo. Pese a ello, ya sabemos muchas de las pillerías que este gobierno
ha querido ocultar bajo el tapete, pero que son de abierto conocimiento público.
En tercer lugar, la perversión de la democracia hace que esta se convierta en un juego que gana el que más pueda comprar votos. Tanto el que está dispuesto a venderse por cincuenta mil pesos, un tamal, o un bulto de cemento, como el que tiene los medios para sobornarlo, son actores que están a la orden del día en toda elección, máxime cuando es de carácter regional. Si uno mira los candidatos de ciertos municipios encontrará que no puede faltar el politiquero de toda la vida o su familiar delegado; el dueño del clan; el representante de algún mafioso interesado; el dueño de la empresa que hace chanchullo; el que representa a cierto sector gremial que lo ha patrocinado; el recomendado del gamonal, entre otras ratas de esta fauna de la vida política nacional.
Y si se mira a quienes reciben
del otro lado los efímeros incentivos, se encontrará uno con personajes que no
han logrado salir de la caverna de la ignorancia y la indiferencia; con una clase
excluida de la cual la misma política se aprovecha y se seguirá aprovechando,
pues lo que le conviene es que siga existiendo ese nivel de desarraigo del
ciudadano para con su patria y sus instituciones. Por ello se valen del pobre, del
ignorante y del que incluso por rabia, está dispuesto a vender su voto sin
ningún escrúpulo. Así las cosas, la democracia queda convertida en esa figura
deforme y cadavérica que se asemeja a un muñeco de nieve cuando el invierno
está cesando, o a uno de cera cuando es sometido al poder del fuego.
Y para rematar, no me puedo olvidar de la pantomima de los grandes medios y del periodismo parcializado. Esta escenificación es muy parecida a la segunda, sólo que, en aquella, son las personas del común y los influenciadores baratos (en algunos casos prepagados por los mismos partidos políticos) los que comentan a través de las redes para mover opinión. Pero los periodistas de los grandes medios, los que tienen toda la parafernalia a su disposición y el contacto directo con los candidatos, hacen su agosto en las elecciones al inventarse cada uno un programa de espectáculo para ofrecer show y subir el rating, al que han decidido bautizar como “debate”. Y es en los debates donde pretenden hacer que los candidatos se saquen los trapos al sol, se rasguen las vestiduras, se radicalicen de tal forma que los electores los terminen amando con locura o despreciando con fanatismo, y hasta se declaren unos odios que parecieran ser asunto de honores familiares.
Sólo que esta es otra parte
del juego. Esos mismos que han decidido odiarse delante de las cámaras, pactan
luego con el ganador y forjan las alianzas, las negociaciones del “yo te doy y
tú me das”, los “acuerdos sobre lo fundamental”, porque el discurso de la “gran
coalición” para sacar los proyectos adelante “por el bien de la patria” nunca
pasará de moda. Apelan a aquello de “la unión hace la fuerza”, y es la unión
para timar a sus electores. Cuatro años después, esos que se unieron para
aprobar reformas a cambio de cargos burocráticos, volverán a ser encarnizados
contradictores, y el electorado volverá a creer que ahora sí vienen los buenos,
los que no se dejarán comprar por puestos. El pueblo también participa de ese
juego fantasioso, y su papel, por los siglos de los siglos, será el del eterno
mártir; el del sacrificado del círculo vicioso de la política.
Mañana vuelven las elecciones y volveremos a caer. Espero que no, pero me temo que en muchas partes no hemos aprendido la lección. Por lo menos el experimento del socialismo en las tres ciudades principales ya les ha sabido a cacho a los ciudadanos, y a juzgar por las encuestas, el petrismo será sacado a patadas de allí. No así en las zonas donde la guerrilla es quien tiene el control del orden público gracias a la cesión que el Estado hizo de sus territorios para entregárselos, en lo que es una clara violación a la Constitución de la República. Pero bueno, ya sabemos que el gobierno nacional es el gobierno que le gusta a los delincuentes, ¿qué más podemos esperar?
Por mi parte, sólo espero que
sean unas elecciones limpias, transparentes, que el que gane lo haga en franca
lid, porque verdaderamente esa sea la opinión de la mayoría.
Yo sigo siendo escéptico,
sobre todo con el registrador que tenemos, y teniendo en cuenta el antecedente
de las pasadas elecciones, donde se demostró que hubo compra de votos, y si no
me creen, que le pregunten al hijo del presidente para qué era la plata que
recibió de personas de dudosa reputación.
Amanecerá y veremos quiénes
son los nuevos gobernantes y legisladores regionales. A pesar de mi
escepticismo, no pierdo la esperanza de que los ciudadanos ejerzamos nuestro
derecho al sufragio responsablemente. Como mínimo, que conozcamos siquiera el
programa de gobierno del candidato al cual tenemos la intención de apoyar. Eso
es madurez política.
De esa madurez, y del
conocimiento que se haya formado cada uno de sus respectivos representantes,
nace la convicción de votar: votar por unas ideas, por unos principios que son
innegociables para cada uno.
Porque no nos queda de otra
que participar en el mentado juego. Al fin y al cabo, es el único sistema que
en teoría le da participación al pueblo, y el ser humano no se ha inventado
nada mejor… por ahora.
Pero si vamos a ser partícipes
del juego, que sea a conciencia. De la conciencia con la que votemos depende de
que estas elecciones —que son parte de nuestra frágil democracia— sean un
mecanismo legítimo para enderezar nuestro proyecto de nación en lugar de ser el
juego de intereses en el que, como siempre, resultan damnificados los menos
interesados. A la larga, quienes venden su derecho por un plato de lentejas
para seguir siendo cada vez más pobres; para quejarse en la elección siguiente
de que los políticos son una mierda.
Tienen razón, pero también ellos
mismos han contribuido para que se produzca esta “cagada”.

























