Trump parece un chico malo.
Tal vez lo fue en su juventud y envejeció con la idea de seguirlo siendo. A los
chicos malos los quieren las mujeres hermosas, y no es de extrañar que esa
atractiva mujer llamada Unión Americana se haya fijado en él en 2016. El problema
que tiene Trump ahora, es que después de cuatro años de convivencia con la chica
del traje de barras y estrellas que le dio el sí en las pasadas elecciones, y
después de haberse mostrado tal y como es, una parte de ella parece desdeñarlo
y otra parte lo sigue queriendo. Ella no quisiera seguir al lado de ese esposo
machista y misógino que la humilla y la pone en ridículo delante de sus amigos,
pero tampoco quisiera dejarlo del todo. Aboga por un milagro que lo cambie y lo
haga ser un hombre más comprensivo y humanitario. Pero como Trump demostró que seguirá
por el mismo camino, ella, la esposa, la gran nación, el objeto del deseo de
muchos, está optando por escuchar el consejo de sus amigas las demócratas y piensa
cambiarlo por otro menos explosivo. Tal vez alguien mayor, con cuarenta y seis
años de experiencia en las artes del amor y la política, más sosegado, más prudente.
Al parecer la nación-esposa le hace ojos a un amante de apellido Biden, y aquella
actitud enerva al señor Trump, que no soportaría que su mujer (no Melania) se
le fuera con un vejete más achacado que él.
A Trump se le acusa de
guerrerista, pero fue el único presidente en cuarenta años que no inició
un conflicto bélico internacional en su primer mandato. Su guerra era comercial
y estaba más que cazada con la China, a quien se la estaba ganando hasta que
llegó el Covid-19. Trump es además un negociante innato, un sagaz para los
números y un experto en manejar situaciones de tire y afloje tan propias de las negociaciones difíciles. Su carta
para mostrar en su gobierno, antes que le tiraran la pandemia, fue la economía.
Nunca antes el estadounidense promedio había gozado de tanto bienestar económico
como en la era Trump, ni la sociedad norteamericana había registrado cifras de
pleno empleo. Claro, tampoco nunca antes se había percibido tanta violencia y
tanta polarización como en el último cuatrenio en el país del norte.
Trump no es diplomático, no es
un político de carrera. De hecho es mal hablado, irrespetuoso, impertinente, confrontador,
y con un ego del tamaño de júpiter. Su xenofobia y su racismo son peligros y
conllevan el germen de la provocación que tiene a la sociedad gringa al borde
de un enfrentamiento racial. Es déspota, se siente Dios, quiere imponer y siempre
está en actitud de competir y de ganar, y no se siente culpable por ello.
Un tipo así no mereciera ser
el presidente de la nación más poderosa del mundo. Pero un tipo así es el que
necesita esa misma nación, porque en muchos casos no se debiera elegir al más
bueno y políticamente correcto, sino al más osado, al más intrépido, al más parado, como se dice coloquialmente,
porque manejar un país como los Estados Unidos, para hacer honor a su título de
potencia mundial, no es posible hacerlo con guante de seda. Si yo fuera
ciudadano estadounidense votaría por Trump, no por el hombre detrás del cargo,
sino por el ideal que vagamente representa.
Advierto, eso sí, que sólo
estoy dando una humilde opinión. No quisiera que después el Senador Cepeda me
acusara de que estoy influyendo en las elecciones de los Estados Unidos, no es
la idea. Sé de mi inmenso poder para incidir en la decisión del votante, pero
por esta vez tómenlo con calma.
En estos tiempos de rebeldía y libertinaje en los que los hijos quieren seguir el ejemplo del diablo, no se necesita un padre conciliador y moderno, sino uno con autoridad y de estirpe algo conservadora, por lo menos hasta que los hijos sean conscientes de su destino y sepan por qué eligen lo que eligen.
Es obvio que Trump ha sido un
padre de la patria equivocado en muchos aspectos, un mal ejemplo si se quiere,
pero también es de esos jefes de hogar que saben proteger su morada de los ladrones.
Vocifera y critica en el seno familiar, aunque a la hora de defender sus
intereses de una amenaza externa, no duda en hacerlo con determinación.
Frente al peligro que se
cierne sobre el mundo, al no haber más opciones para escoger, yo me voy con el
padre rudo. Es el que mejor podría preservarnos de la sociedad global igualitaria.
Es una piedra en el zapato frente a esos impostores, no me queda duda. Porque
si algo quiere Trump es seguir manteniendo su poder y su protagonismo, y estar
vigente para mucho rato. No se dejará arrebatar tan fácil el primer lugar,
porque su espíritu bulle de mentalidad ganadora.
Tal vez al final pierda su trono, pero no venderá cara su derrota, y
mientras estados Unidos siga estando a la cabeza del mundo, mis intereses
quedan protegidos, ya saben: no oculto mi simpatía por ese gran país, mi afecto
y admiración aunque me tachen de yankee
imperialista.
Que el imperio siga estando al
norte del Río Grande, y el idioma siga siendo el inglés, y la moneda se siga
llamando dólar. Que no me alteren el orden de las cosas, porque donde hay
riqueza, que la siga habiendo y los demás que dejen la envidia y sigan el
ejemplo. En ese caso, ahí sí me apego prejuiciosamente al dicho: “Es mejor malo
conocido…”.
Pd. Si por casualidad
pretenden trasladar la hegemonía para otra parte, les sugiero a los globalistas
que lo hagan para un país del Cono Sur que tenga salida a los dos océanos, cuyo
idioma sea el español y cuya moneda sea el peso. Me sería mucho más fácil, porque
no tengo muchas ganas de aprender mandarín a estas alturas.































