sábado, 31 de octubre de 2020

Si yo fuera estadounidense votaría por Trump

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Trump parece un chico malo. Tal vez lo fue en su juventud y envejeció con la idea de seguirlo siendo. A los chicos malos los quieren las mujeres hermosas, y no es de extrañar que esa atractiva mujer llamada Unión Americana se haya fijado en él en 2016. El problema que tiene Trump ahora, es que después de cuatro años de convivencia con la chica del traje de barras y estrellas que le dio el sí en las pasadas elecciones, y después de haberse mostrado tal y como es, una parte de ella parece desdeñarlo y otra parte lo sigue queriendo. Ella no quisiera seguir al lado de ese esposo machista y misógino que la humilla y la pone en ridículo delante de sus amigos, pero tampoco quisiera dejarlo del todo. Aboga por un milagro que lo cambie y lo haga ser un hombre más comprensivo y humanitario. Pero como Trump demostró que seguirá por el mismo camino, ella, la esposa, la gran nación, el objeto del deseo de muchos, está optando por escuchar el consejo de sus amigas las demócratas y piensa cambiarlo por otro menos explosivo. Tal vez alguien mayor, con cuarenta y seis años de experiencia en las artes del amor y la política, más sosegado, más prudente. Al parecer la nación-esposa le hace ojos a un amante de apellido Biden, y aquella actitud enerva al señor Trump, que no soportaría que su mujer (no Melania) se le fuera con un vejete más achacado que él.




    A Trump se le acusa de guerrerista, pero fue el único presidente en cuarenta años que no inició un conflicto bélico internacional en su primer mandato. Su guerra era comercial y estaba más que cazada con la China, a quien se la estaba ganando hasta que llegó el Covid-19. Trump es además un negociante innato, un sagaz para los números y un experto en manejar situaciones de tire y afloje tan propias de las negociaciones difíciles. Su carta para mostrar en su gobierno, antes que le tiraran la pandemia, fue la economía. Nunca antes el estadounidense promedio había gozado de tanto bienestar económico como en la era Trump, ni la sociedad norteamericana había registrado cifras de pleno empleo. Claro, tampoco nunca antes se había percibido tanta violencia y tanta polarización como en el último cuatrenio en el país del norte.




    Trump no es diplomático, no es un político de carrera. De hecho es mal hablado, irrespetuoso, impertinente, confrontador, y con un ego del tamaño de júpiter. Su xenofobia y su racismo son peligros y conllevan el germen de la provocación que tiene a la sociedad gringa al borde de un enfrentamiento racial. Es déspota, se siente Dios, quiere imponer y siempre está en actitud de competir y de ganar, y no se siente culpable por ello.

    Un tipo así no mereciera ser el presidente de la nación más poderosa del mundo. Pero un tipo así es el que necesita esa misma nación, porque en muchos casos no se debiera elegir al más bueno y políticamente correcto, sino al más osado, al más intrépido, al más parado, como se dice coloquialmente, porque manejar un país como los Estados Unidos, para hacer honor a su título de potencia mundial, no es posible hacerlo con guante de seda. Si yo fuera ciudadano estadounidense votaría por Trump, no por el hombre detrás del cargo, sino por el ideal que vagamente representa.

    Advierto, eso sí, que sólo estoy dando una humilde opinión. No quisiera que después el Senador Cepeda me acusara de que estoy influyendo en las elecciones de los Estados Unidos, no es la idea. Sé de mi inmenso poder para incidir en la decisión del votante, pero por esta vez tómenlo con calma.

    En estos tiempos de rebeldía y libertinaje en los que los hijos quieren seguir el ejemplo del diablo, no se necesita un padre conciliador y moderno, sino uno con autoridad y de estirpe algo conservadora, por lo menos hasta que los hijos sean conscientes de su destino y sepan por qué eligen lo que eligen.

   Es obvio que Trump ha sido un padre de la patria equivocado en muchos aspectos, un mal ejemplo si se quiere, pero también es de esos jefes de hogar que saben proteger su morada de los ladrones. Vocifera y critica en el seno familiar, aunque a la hora de defender sus intereses de una amenaza externa, no duda en hacerlo con determinación.




    Frente al peligro que se cierne sobre el mundo, al no haber más opciones para escoger, yo me voy con el padre rudo. Es el que mejor podría preservarnos de la sociedad global igualitaria. Es una piedra en el zapato frente a esos impostores, no me queda duda. Porque si algo quiere Trump es seguir manteniendo su poder y su protagonismo, y estar vigente para mucho rato. No se dejará arrebatar tan fácil el primer lugar, porque su espíritu bulle de mentalidad ganadora.

    Tal vez al final pierda su trono, pero no venderá cara su derrota, y mientras estados Unidos siga estando a la cabeza del mundo, mis intereses quedan protegidos, ya saben: no oculto mi simpatía por ese gran país, mi afecto y admiración aunque me tachen de yankee imperialista.

    Que el imperio siga estando al norte del Río Grande, y el idioma siga siendo el inglés, y la moneda se siga llamando dólar. Que no me alteren el orden de las cosas, porque donde hay riqueza, que la siga habiendo y los demás que dejen la envidia y sigan el ejemplo. En ese caso, ahí sí me apego prejuiciosamente al dicho: “Es mejor malo conocido…”.

   



    Pd. Si por casualidad pretenden trasladar la hegemonía para otra parte, les sugiero a los globalistas que lo hagan para un país del Cono Sur que tenga salida a los dos océanos, cuyo idioma sea el español y cuya moneda sea el peso. Me sería mucho más fácil, porque no tengo muchas ganas de aprender mandarín a estas alturas.

viernes, 30 de octubre de 2020

Ya vienen por nosotros

Por Juan Felipe Giraldo Trejos









      Yo no sé si después de todos los videos que hemos visto sobre las sociedades secretas, si después de todos los libros que hemos podido leer sobre Teorías de la Conspiración, si después de tanta serie y tanta película futurista y distópica —al estilo de Los juegos del hambre— que hemos tenido la ocasión de ver y que nos anuncian la implementación de un nuevo sistema de vida, todavía sigamos pensando que aquí todo va por buen camino, que nada va a pasar, y que los que desconfiamos de todo seamos simplemente unos incorregibles paranoicos. Conspiranoicos, nos dirían los incrédulos, pues ese es el nuevo término que se inventaron para referirse a quienes manifestamos nuestras reservas por lo que se nos viene encima.



    Ya sabemos que la plandemia se utilizó principalmente para restringir la libertad y acabar con la economía de las naciones en donde, ¡oh sorpresa!, se ejerce la democracia y existe el capitalismo. No faltará el que a estas alturas siga creyendo en la versión oficial de que el virus salió de un murciélago al que ya fritaron en la China. Como no falta el que aún siga confiando en la sinceridad del Papa Francisco, en la bondadosa filantropía de los Gates, los Soros o los Rockefeller, entre otros; o en el objetivo altruista de organizaciones como la ONU, la CIDH, la CEPAL, o el Foro de Puebla y demás monstruosidades que se crearon para acabar de a poquito con el único modo de producción que hasta ahora le ha traído algo de bienestar a la raza humana. No, no es el Socialismo del Siglo XXI.  



    En su libro “Un mundo que cambia”, el escritor, periodista y abogado César Vidal, expone que los seres humanos no vimos venir el panorama oscuro que estamos viviendo en la actualidad. “La gente cree que seguimos en el mismo mundo de hace treinta años, en el de la Guerra Fría, y no entendió cuáles eran los poderes que actuaban en el sistema global y cuáles los desafíos para enfrentarlo”, afirma. Por eso hasta ahora, cuando la irrupción de la peste nos puso todo de cabeza y nos obligó a interesarnos por lo que antes no nos causaba la menor preocupación, vinimos a tomar conciencia de que algo hay podrido en Dinamarca, y desde luego, en el planeta.

    Hasta hace poco se podían distinguir en las vertientes de izquierda y derecha los principios claramente identificados con los que jugaba cada uno. Hoy no importa de qué corriente vengan los jugadores mientras sirvan a un propósito mayor, dominado por otros jugadores más grandes que tienen tentáculos, tanto en las dictaduras socialistas como en las democracias de las naciones liberales para manipularlas a su antojo. El propósito es servir a un nuevo orden que no es otra cosa que el imperio del globalismo. Palabras más, palabras menos, la extensión de un nuevo socialismo con el disfraz del “mundo feliz”, como lo vaticinara alguna vez Aldous Huxley.

    Bajo este concepto las naciones pierden su soberanía, sus límites, su identidad, si es que alguna vez la tuvieron. En todo caso, ese anhelo del planeta sin fronteras, de “la igualdad, la fraternidad y la libertad” de los hombres, del respeto por los derechos universales, es el pretexto perfecto para que esta agenda global siente sus bases. 

    Ni por enterados nos dimos cuando comenzaron los discursos, y en lugar de detenernos a pensar en el trasfondo, aplaudimos como niños porque nos estaban vendiendo una gran fiesta para el futuro, sólo que a esa fiesta no íbamos a ser invitados por no tener con qué comprar el boleto para entrar. ¿Quién iba a pensar hace unos años que volvería la vieja división del mundo, sólo que esta vez ataviada con el traje de la revolución cultural? Porque ha sido así como nos ofrecieron todo este cuento de la esperanza y de la hermandad para al final dejarnos con las manos vacías.




    Ahora la guerra se llama globalismo contra patriotismo, porque ya no sólo es una cuestión de cómo organizar el modo de producción, sino todo lo concerniente al ámbito humano: el pensamiento, la religión, la moneda, el idioma, la comida, las costumbres, la moral, y sobre todo la adhesión al nuevo orden, consciente o inconscientemente; por voluntad o por obligación, da lo mismo.




     David Rockefeller, el magnate, escribió en sus memorias algo relacionado con la conspiración oculta. César Vidal, quien lo investigó de cerca, afirma que en la página 405 de ese libro el señor Rockefeller dice que la gente cree que él y su familia son parte de una cábala secreta que conspira contra los Estados Unidos para “construir una estructura más integrada global, política y económica”. Al final reconfirma que aquello es cierto, y que se declara orgullosamente culpable de esas intenciones. Así, abiertamente lo dice sin ruborizarse ni un poquito. En el mismo sentido el nonagenario Soros admite que la crisis del 2020 fue la crisis de su vida, la que le ayudó a impulsar su agenda (del mal) de una manera brillante para él.




    ¿Y los medios? El papel de los medios es preponderante. Bajo la vieja premisa de que quien tiene la información tiene el poder, los dueños de las trasnacionales se apoderaron también de la prensa y la libertad de opinión, y es por esto que cada vez las grandes cadenas gozan de menos credibilidad y son menos imparciales. ¿Quién está por ejemplo detrás de los diarios de prestigio como Washington Post, The New York Times, o El Tiempo en Colombia?; ¿o de cadenas como NBC, CBS, o RT? Estos mismos emporios se prestan para la autocensura porque así benefician a sus amigos poderosos, publicando sólo aquello que les conviene que se sepa: entre menos medios independientes, mayor es la posibilidad de controlarlo todo.

    Según Vidal, el 80% de la información que recibimos a través de la prensa escrita, la televisión, la radio, las series, las películas, los documentales, los libros que se publican, y hasta las producciones artísticas, están en manos de ocho grandes trasnacionales. De esta manera se hace percibir la realidad con uno solo de los miles de prismas con que se puede ver.

    Uno, por ejemplo, no ve que en las noticias de la televisión tradicional traten el tema de Soros, ni del supranacionalismo, ni se preocupen por investigar qué es lo que está pasando con estas organizaciones que reciben financiación para desestabilizar las democracias en Latinoamérica. Es como si ellos estuvieran informando de otra realidad. Si no existieran en internet los canales independientes como el de Isabel Cuervo, El Nodo, G24, entre otros, uno no sabría qué es lo que realmente nos están preparando.

    Pero como entre cielo y tierra no hay nada oculto, y como los perversos ya se vieron descubiertos en sus intenciones, no les quedó de otra que admitir que lo que buscan es un nuevo orden, en efecto, pero “para que todo mejore”, dicen ellos.




    Y si vemos la liberalidad y el progresismo con que se está conduciendo el mundo, podemos constatar que sí, que hay más derechos, más garantías, más leyes para despenalizar el aborto, las drogas, prohibir los cuerpos policiales e incluir la ideología de género como política de estado; y de paso promover nuevas constituciones para las repúblicas, que las llevarán a desconocer su historia y a borrar de su pasado lo que les dé la gana. En verdad pareciera ser este un mundo mejor, liberado de las cadenas que imponían las superestructuras como la familia, la religión, la escuela y el Estado, y cualquier cosa que intentara formarnos en valores.

    Y si hasta el Papa Francisco está colaborando para ese complot globalista través de sus declaraciones cada vez más descabelladas, y una encíclica papal en la que se habla de fraternidad pero que no se menciona a Dios por ninguna parte, uno ya no sabe en quién confiar.




   La izquierda radical, apoyada por el globalismo, campea feliz porque piensa que ahora sí le ha llegado su turno de gobernar, y no sabe que en realidad va es a cogobernar, porque las órdenes las darán de arriba. En Cuba, Venezuela, México, Nicaragua, Argentina, Bolivia y Uruguay, ya están acomodados en el poder y sirviendo a los intereses de la nueva élite. En España manda el partido de los trabajadores que no defiende a ningún trabajador. En Francia van por la misma vía, y en Estados Unidos posiblemente gane Biden, cuyo partido demócrata es el gran aliado de los globalistas a los que poco les importa el valor de la libertad ni el sentimiento nacionalista americano. En Chile ya les aprobaron la elaboración de su próxima Constitución de corte socialista, y nosotros vamos por un camino similar, cuando el candidato de la extrema izquierda se suba al trono para nunca más dejarlo. No nos extrañe tantas casualidades porque todo hace parte del engranaje. Colombia está en la mira. Tenemos muchos lacayos sirviéndole a ese propósito del gobierno único mundial. Debemos estar alertas porque ya vienen por nosotros.  

jueves, 22 de octubre de 2020

Una feria real

Por Juan Felipe Giraldo Trejos


Este artículo sobre la sexta Feria del Libro del Eje Cafetero fue escrito el pasado cuatro de octubre. Sin embargo, hasta hoy sólo lo subo al blog porque estaba a la espera de la autorización para la publicación de imágenes con derechos de autor. La autorización nunca me llegó, de modo que opto por publicar las imágenes por mi cuenta y riesgo, a sabiendas de que lo hago sin permiso y sin lucrarme, ya quisiera yo. 





    Tuve la fortuna de estar en la Feria del Libro del Eje Cafetero, Paisaje, Café y Libro, el año pasado, siendo aquella la primera vez que asistía a una, pues aún no había incursionado de lleno en el interés por la actividad literaria como lo he estado durante los dos últimos años. En aquella ocasión la disfruté como si hubiera sido un niño inmerso en una juguetería, y hasta recuerdo que esa vivencia mereció algún artículo de parte mía que debe estar por ahí divagando en el limbo cibernético.

    En ese mismo limbo en el que la humanidad hoy día se pierde y se encuentra, se ha realizado este año la Sexta Feria del Libro de la ciudad de Pereira con un componente muy particular: fue virtual, como casi todo lo de este 2020 que no sólo pasará a la historia por ser el año de la peste, sino por ser el año de la realidad vivida de la mano con la tecnología.



 

    Por razones del todo conocidas y perfectamente entendibles, en esta versión de la feria debimos apreciar a los autores a través de los dispositivos, y conformarnos con sus palabras en la distancia. La figura de la celebridad inalcanzable que existió en otro tiempo se consolidó nuevamente. Tuve la sensación de que quienes fabrican las historias y construyen un mundo nuevo a través de las letras, son en realidad pequeños dioses del Olimpo que se nos presentan en el oráculo de la pantalla para dejarnos sus enseñanzas y motivarnos con su experiencia, sin la posibilidad de materializarse en el espacio físico real. Bueno, al menos hemos podido disfrutar de la feria virtual a pesar de las limitantes que ofrecen las telecomunicaciones modernas, y es un logro grande de la humanidad que hayamos sorteado, a través de la tecnología, los escollos que nos presentó la pandemia.




    Anteriormente, digamos a principios del siglo XVIII, como para no ir tan lejos, los eventos en los que un escritor o un intelectual promovían su trabajo sólo eran posibles para una reducida élite: un puñado de escogidos, entre los que se encontraban los más amigos, eran los únicos que podían acceder directamente al autor y su obra. Poco era lo que podía masificarse por la precaria difusión que los recursos de la época ofrecían.

    Con la evolución de la imprenta en los años 1500’s, que permitió reproducir más copias de escritos en materiales diferentes al papiro y al pergamino, que eran muy delicados, el mundo reverberó en una gran actividad intelectual que trajo consigo una mayor demanda de libros. Entonces el negocio comenzó a tomar forma, pero aún la producción era muy costosa e incipiente como para satisfacer la demanda de un público que en la edad media estaba ávido por ilustrarse, y ni siquiera se lo permitían. Luego vinieron las planchas con caracteres móviles, la máquina de cilindros, la máquina de reacción que surgió con la Revolución Industrial, las máquinas rotativas, la Linotipia, la fotocopiadora, y el láser. De esta forma se fue articulando el mercado editorial que ahora permite sacar millones de ejemplares de una sola obra sin que el escritor tenga que hacer un esfuerzo adicional por eso, salvo en lo concerniente a la promoción, en la cual, por supuesto, están incluidas las ferias de libros. Y en esa tarea de publicidad y de ganarse un nombre, la competencia devino en una complejidad mayor para el artista: ahora no bastaba con escribir las obras, sino que había que conferenciarlas, hacer interesar al público lector para engancharlo y capturarlo.

    


   Fue por eso que las primeras ferias de libros, que fueron precarias casetas coloridas con los mejores títulos del oficio literario, tuvieron que irse transformando poco a poco en centros de negocios en los que el consumo se privilegiara por encima del arte. Y para ello se tuvo que apelar a la figura del escritor como un ídolo de multitudes, el cual, con su sola presencia en la vitrina del evento, garantizaba el éxito de la comercialización. No por nada, ahora muchos de ellos ganan más por las conferencias a las que son invitados a hablar, que por las regalías de los mismos libros que escriben.




    Sin embargo, aquella percepción del autor como figura promocional de su propia obra, le otorgó al negocio una ventaja incuestionable —independientemente del  realce que se le pone al nombre del santo sobre el milagro realizado—, y es que el público al fin pudo darse cuenta de que la celebridad es una persona tan real, tan de carne y hueso como cualquier otra, que no es necesaria la veneración irracional de su humanidad. Basta con estrecharle la mano, intercambiar uno o dos conceptos sobre el trabajo propuesto, y solicitar el autógrafo de cortesía para entender que no hay nada de divino en ese pobre mortal que se devana los sesos buscando la historia apropiada, eligiendo la palabra precisa con el fin de atraparnos en su redada; que ese ser que nos comparte sus locuras es tal vez el más cuerdo y el que posee el mayor sentido práctico en la sociedad en estos tiempos en los que hasta leer es un negocio.

    Claro que negocio de los buenos.

    La Feria del Libro de este año en Pereira (y creo que en todos los lugares del mundo), tuvo una particularidad, y es que por haber sido virtual, pudo llegar masivamente a muchas más personas de las que hubieran podido asistir físicamente a las instalaciones de Expo futuro, donde se han realizado las cinco versiones anteriores. A través de los videos que colgaron en la página de la Cámara de Comercio, y que un mes después todavía permanecen allí, he podido asistir a todos los conversatorios como si lo estuviera haciendo en forma presencial. Y no sólo eso, sino que he tenido el honor de repetir la experiencia con los que más me han gustado.

    

   

   Aunque lastimosamente, con el desbarajuste, los autores volvieron a ser lejanos, a ser hombres ideales e inalcanzables, como estrellas de la farándula. Desde luego algunos lo son, pero no todos. Ya no es posible estrecharles la mano ni tratarlos como iguales. Hace un año vi a algunos de ellos y me sentí que me codeaba con los grandes. Hoy tan solo me parecen estrellas fugaces que nos dejan sus libros como el testimonio viviente de que existen.

    Ellos también nos extrañan, también quieren estrechar la mano de sus lectores, tomarse un café con alguno que otro fanático de corazón, volver a ver llenos esos auditorios. A lo mejor también están pensando que ese público ausente que tuvieron en otros escenarios fue producto de su imaginación: que sus lectores también son una constelación diseminada por la galaxia a la que sólo es posible asomarse a través del firmamento de la pantalla, y que tienen nombres caros a los símbolos de la computación como las arrobas y los numerales; anónimos en la Vía Láctea del ciberespacio.

    El próximo año, si la Divina Providencia lo permite, nos volveremos a encontrar cara a cara en este paisaje verde, con una taza de café en una mano y un libro en la otra, en la que podría ser la Séptima Feria del Libro del Eje Cafetero, Paisaje, Café y Libro. Allá nos veremos.

 

04/10/20



sábado, 17 de octubre de 2020

Todos al protestódromo

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




  Uno escucha opiniones en la calle, ve videos, lee los diarios, las columnas de opinión serias y hasta los comentarios superfluos de las redes sociales; recoge ecos de aquí y de allá, y en todos ellos encuentra siempre un clamor general, una queja colectiva: “la situación está muy difícil”, “El gobierno no sirve para nada”, “toca es salir a protestar”, son frases que se repiten por todas partes, más ahora, cuando vivimos en medio de la incertidumbre económica por una pandemia que no está dispuesta a rendirse y no deja recobrar el tiempo perdido. Uno escucha todo eso, como les digo, y no deja de preguntarse si acaso no deberíamos ser nosotros mismos los que encaremos esa difícil situación por nuestra cuenta y riesgo en lugar de esperar a que el gobierno, que sabemos bien que nunca ha servido ni servirá para nada, nos solucione los problemas.

    El primer paso, como mecanismo para conjurar la crisis, debería ser el de la despolarización. Bien sabemos que hay dos vertientes opuestas en el país en materia política, y que lo que se diga en favor o en contra de cualquiera, nos condena a portar el remoquete de fachistas o mamertos.

    Otro paso debería ser el de ser solidarios entre nosotros mismos. Si el otro protesta, dejarlo que reclame lo que considera que le ha sido vulnerado, y si no es de mi incumbencia, no criticarle su bandera. Si soy yo el que tengo que protestar, hacerlo con el máximo respeto por quienes no lo hacen, sin causar traumatismos, sin obstruir el tráfico, sin bloqueos de vía pública, sin actos obscenos ni violentos, porque de eso se trata la democracia: más que reclamar derechos propios, respetar los ajenos.

    Pero como estamos en un país que se acostumbró a exigir prerrogativas antes que cumplir con sus deberes, va a ser muy difícil que nos pongamos de acuerdo en lo fundamental, que es el respeto por el otro.



    De un tiempo para acá, por ejemplo, está imponiéndose la tendencia de engrandecer el derecho a la protesta, porque hoy se está convirtiendo en el más importante de todos los derechos; más que el del trabajo, el de la libre movilidad y el de la vida misma. La lógica de aquellos que lo defienden a ultranza es: “si los demás no reclaman lo que les pertenece, nosotros sí luchamos por lo nuestro”.

    Es que no solamente a quienes alzan la voz les debe conceder la importancia merecida. Resulta que hay personas que aunque silencian y no pueden (o no quieren) ser partícipes de marchas y plantones por múltiples factores, también tienen derechos que en muchos casos no son respetados por quienes dicen representar al pueblo humilde y sometido.

    Sometidos estamos todos, no importa el color del partido que nos gobierne, porque se supone que hay una ley que tenemos que cumplir por igual. Pero en el escenario de la calle no se aplican los ideales de la Carta Magna, y el “sálvese quien pueda” es la solución a la que nos toca recurrir.

    Aquellos que tanto claman por la igualdad, lo hacen pisoteando, la mayoría de las veces, los derechos de quienes no piden nada, salvo que los dejen trabajar con dignidad, moverse con libertad y vivir con tranquilidad. El bloqueo de una vía anula la protesta pacífica y coerce la voluntad de un conglomerado que también debe tener la misma posibilidad de transitarla. La violencia no la ejerce primero el cuerpo policial cuando obliga a desalojar una calle obstaculizada, sino los manifestantes que le niegan la posibilidad a otros de llegar a tiempo a sus sitios de trabajo, de ir a recoger a sus hijos, de cumplir con una cita médica, de ir a descansar a su casa, de abrir su negocio, de vivir y tratar de salir adelante entre las condiciones que ya de por sí son difíciles y que todos tenemos que enfrentar. 




Porque se nos volvió costumbre que los promotores del Comité del Paro Cívico nos amenacen con paro cada mes, o cada quince días. Los manifestantes, muchos de ellos sin saber quién los dirige, se prestan al juego para hacer desmanes. Hay algunos que allí se infiltran, generando al resto de la sociedad una dinámica de terror que impide cualquier intento ser feliz en esta vida dura.

    Ya basta de tanta hipocresía, de decir que los están estigmatizando, de utilizar al pueblo como instrumento para lograr avanzadas políticas. Ya basta de reclamar por reclamar cuando se omite el cumplimiento de los deberes esenciales para pedir derechos que a veces no tienen fundamento. Ya basta también el gobierno de hacer caso omiso a los problemas y no enfrentar el toro por los cuernos.

    Por esa razón yo me uno a la propuesta que en algún momento lanzó el concejal Diego Molano en Bogotá, de construir un protestódromo con recursos del Estado; un escenario donde se les permita a los manifestantes debidamente individualizados asistir y ejecutar sus actos lúdicos, gritar sus consignas y desahogar su furia con tranquilidad, a ver si así nos evitamos esta destrucción de las ciudades capitales cada que las minorías salen a reclamar sus derechos; a ver si así sólo entran los que tienen que entrar y no se les infiltra tanto vándalo. Aunque me imagino que la pelea sería en los alrededores del escenario, cuando el acto de protesta culmine, como en los partidos de fútbol, y los revoltosos quieran hacer afuera lo que los promotores de la protesta no los dejarán hacer adentro, pues ellos serían responsables del cuidado y el aseo del recinto público que deberá ser administrado por una entidad territorial o un organismo de control, digamos por ejemplo la Defensoría del Pueblo.

    Fue una idea descabellada que ahora nos tienta. Ya en la Francia de la Revolución lo habían intentado cuando el rey autorizó un lugar para que los ciudadanos concurrieran y le tiraran tomates podridos a una figura de cartón que lo representaba, y de paso lo insultaran a sus anchas sin consecuencias.




Aunque si no están de acuerdo, no nos preocupemos: los del Comité del Paro Cívico y las centrales obreras tampoco aceptarán que se les asigne un escenario, porque según lo que estamos viendo, el objetivo no es salir a reclamar derechos, sino causar desorden y estragos; un estado de anarquía que lleve a las masas a pedir la cabeza del gobernante de turno por haber permitido que la situación se saliera de control.

    Ya me los imagino oponiéndose rotundamente a la proposición, diciendo que es anticonstitucional, porque el derecho debe ser ejercido en las calles. Ya me los imagino victimizándose y diciendo que los estamos acusando de Castrochavistas o quién sabe qué. Y como el hecho es hacerse sentir, no falta quién recurra a las vías de hecho, porque los políticos que apoyan su causa saben cómo utilizar la combinación de todas las formas de lucha.

    Es una lástima, me habría gustado un país en el que se pueda protestar con arreglo a la ley al mismo tiempo que se pueda trabajar y transitar libremente, sin que entre uno y otro grupo se causen interferencias.

 

viernes, 16 de octubre de 2020

Vuelve la minga

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Vuelve la minga, ahora por esta fecha en que se celebra el día de la raza. Nada nuevo que decir sobre ella, salvo que en esta ocasión marchan alrededor de cinco mil indígenas diseminando nubes de Coronavirus por las carreteras de este país en donde se obliga a unos a guardar compostura y a sacrificarse por la ley, y a otros deja hacer lo que les da la gana, especialmente si son minoría y esta minoría atenta contra los derechos de la mayoría. Porque aquí, como en tantas otras partes, la democracia también funciona al revés.

    Vuelve la minga, y no basta ya decir que está infiltrada por organizaciones criminales y por políticos mañosos, porque eso ya se sabe desde hace mucho tiempo, y es un fenómeno que se repite tanto, que ya la urdimbre revolucionaria y golpista que se teje tras el telón no sorprende a nadie. Ya es cuento viejo, que no por viejo deja de ser cierto. Y tampoco es ningún cuento, sino una verdad de Perogrullo.

    Vuelve la minga, y para los que no la vemos con buenos ojos sabemos que son un puñado de habitantes financiados por unas organizaciones de dudosa procedencia que utilizan a estos ciudadanos —cada vez menos indígenas— como el vehículo para promover sus ideales políticos que disfrazan de empatía con el pueblo y que no son más que intereses de poder: poder al que por cierto saben que nunca podrán llegar por voluntad del pueblo, sino por el camino de la anarquía, la violencia y todo aquello que conlleve a la destrucción de las instituciones.




    Vuelve la minga a pedir derechos que básicamente se resumen en dos puntos cruciales: plata y tierra. Y de paso solicitar que el Estado claudique en sus políticas que no competen sólo a los indígenas, sino a todos los colombianos, como aquel punto de la agenda que propugna por el desmantelamiento del ESMAD, como si con ellos tuviera qué conversarse ese tema.

    Vuelve la minga a pretender cambiar un programa de gobierno, que si bien no satisface lo que el pueblo eligió en 2018, tampoco tiene por qué obedecer a lo que el pueblo no eligió. A quejarse y a culpar al gobierno porque los están matando, pero cuando la fuerza pública se ve avocada a entrar a sus territorios para ejercer la autoridad, inmediatamente es sacada a punta de machete, que porque ellos son autónomos en su jurisdicción.

    Vuelve la minga con sus arengas, sus bloqueos, sus fiestas y sancochos en mitad de la vía pública; sin tomar las medidas de protección para no agravar más la situación de pandemia, y dispuestos a las vías de hecho; con total libertad para hacer y deshacer a lo largo y ancho del país. Mientras que al resto de los ciudadanos nos obligan a cerrar negocios, a restringir afectos, a posponer nuestras ínfimas celebraciones en familia y a regular las salidas, todo porque resulta peligroso una reunión de más de seis personas, pero no una aglomeración de cinco mil.  



    Ni medio gabinete que se fue a conversar con ellos a Cali resultó suficiente para contener su marcha, porque decían que es con el presidente con quien tenían que hablar en persona. La verdad es que no iban a detenerse ante nadie, pues está previsto de antemano que minga y Paro Nacional se encuentren en la misma plaza, el 21 de octubre, para volver la capital una porquería, pues bien se sabe cómo aquellos que dicen respetar la Madre Tierra dejan los espacios en los que se reúnen. A Cali, por ejemplo, la dejaron convertida en un basurero.

    Es que vuelve la Minga, y nosotros como colombianos estamos obligados a entender y solidarizarnos con su reclamo. Desde luego, lo que es justo es justo. Pero ¿quién se solidarizará con el resto del país cuando se incrementen de forma alarmante los casos de Covid como producto de esta peregrinación? Puedo apostar a que en esa minga hay más de uno positivo.

    Vuelve la minga, preparémonos para desembolsar un nuevo cheque. Eso se recupera después con impuestos que pagaremos en la reforma tributaria, no nos preocupemos, pero es que a los nativos de nuestro país no les alcanza. Por cierto, yo también soy un nativo colombiano, y a mí el gobierno no me gira un peso.

    ¿Sabemos cuánto ha girado el gobierno al CRIC en los últimos años? ¿Nos han dicho en qué van los programas o planes de inversión para atender las necesidades de la población indígena, o sencillamente en qué se ha invertido la plata? ¿Existe alguna veeduría que vigile a los líderes del CRIC, o al menos a los que manejan las transferencias?

    Fueron noventa y tres mil millones de pesos que se les giró el año pasado. Este año el giro ascendió a doscientos cincuenta mil millones. Se espera que para el próximo año se destinen a la minga indígena doscientos noventa mil millones de pesos. Este, paradójicamente, es el gobierno que más les ha dado y al que quieren hacerle un juicio político cuando lleguen a Bogotá.



    Así las cosas, uno no se explica por qué los verdaderos indígenas, los que sufren hambre y están en situación de desplazamiento en las ciudades, no son tenidos en cuenta en la destinación de semejante presupuesto. Uno no se explica que el dinero que se les gira sólo sea para que sus líderes se movilicen en camionetas cuatro por cuatro, y las casas de los cabildos en Popayán sean casas de cuatrocientos millones. Uno no se explica qué hace un señor de apellido español (Valencia) diciendo que es nativo y representa a los primeros pobladores de estas tierras, cuando en realidad, quinientos años después del Descubrimiento de América, ya todos somos una amalgama de razas y compartimos los mismos ancestros.

    En fin, que vuelve la minga y no nos extrañe que estén reclamando las tierras estratégicas que les conviene a quienes se lucran de la coca, porque estos últimos han convertido la condición étnica en un instrumento para ensanchar su poderío criminal.

    Vuelve la minga, y como diría alguien por ahí, este seguirá siendo un país de indios, aunque cada vez haya menos indígenas.

martes, 6 de octubre de 2020

La justicia insuficiente


Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Es fácil reconocer crímenes tardíos cuando se sabe que por ese reconocimiento no sobrevendrán las consecuencias naturales del proceder delictivo. Por lo menos no en mi país, el cual le dio un ejemplo al mundo de la gran retribución que otorga el crimen. Gracias al fallido Proceso de Paz con las Farc, en Colombia el crimen sí paga.


  

    Hace cuatro años una pequeña mayoría se pronunció y no aceptó un acuerdo de impunidad mediante el plebiscito que se robaron descaradamente. El gobierno de entonces dijo que como la diferencia era muy pequeña, prácticamente el país estaba dividido en partes iguales entre los que promovían el “Sí” del acuerdo y los que votaban por el “No”. Y viendo que “lo que más le convenía al país” era firmar la paz con el grupo terrorista, lo más indicado sería inventarse un mecanismo extraordinario en el Congreso para aprobar el acuerdo, así fuera en contra de la mayoría que votó “No”.

    Santos y su caterva de vendepatrias tenían que congraciarse de alguna manera con los bandidos; apelaron a la Comunidad Internacional para obtener el espaldarazo cómplice a un documento que le otorgaría impunidad a delincuentes de la más baja calaña. Perder por tan poco no es perder, sobre todo cuando se había utilizado toda la maquinaria y toda la publicidad del Estado para impulsar su negociación, esperando una victoria avasalladora que nunca se concretó.

    Al final la voluntad del pueblo dejó en evidencia el ridículo que estaba haciendo el gobierno de la época. Tenían todo para ganar con amplia ventaja; ya preparaban la celebración, y ¡oh sorpresa!, perdieron por un margen tan estrecho, que daba rabia perder así. Una derrota pírrica. Eso no podía ser. Mejor desconocer ese tonto mecanismo democrático y seguir haciendo lo que estaban haciendo.

    Y si haciendo uso de todas las prebendas que supone estar en el poder (con el fin de influenciar y trampear una decisión democrática) no les alcanzó para barrer en el plebiscito, no me imagino entonces lo que hubiera sido el reflejo del pensamiento real de la población votante al respecto.

    Era obvio que la gran mayoría no veía con buenos ojos que se premiara a la delincuencia, así en el exterior nos pintaran como el país que no quería la paz, porque de eso se encargaron los tales organismos internacionales: de distorsionar la imagen de una realidad que ellos no habían vivido. 

  


    Del robo aquel que se perpetró contra el pueblo colombiano hace cuatro años queda un saldo amargo de muertos, violencia, impunidad y narcotráfico. Sobre todo un mar de coca en el que navega el país al cuadruplicar la siembra de cultivos ilícitos durante esos cuatro años. Ahí están las cifras de la ONU que lo corroboran, y eso que ellos fueron garantes del acuerdo. Hicieron creer que el compromiso del grupo guerrillero de ayudar a erradicar los sembrados de coca era tan firme, que no dudaron en respaldarlo. Y que entregarían las rutas, y dirían dónde estaban los desaparecidos, y repararían a las víctimas y entregarían todos sus bienes sin ocultar nada en ningún paraíso fiscal.

    Sólo unos pocos guerrilleros de base fueron los que quisieron reinsertarse de corazón a la sociedad civil, y ahí lo están haciendo. Algunos se encuentran en los Espacios Territoriales para la Paz. A esos es que el Estado les debe brindar las garantías para que no vuelvan a la guerra.

    La otra parte, los cabecillas del grupo andan sentados en la poltrona del poder legislativo, cogobernando, permeando las instituciones de la República sin haber estado una sola hora tras las rejas.

    Y quedaron con su brazo armado, a los que eufemísticamente llaman disidencias. No han tumbado ni una sola mata de coca, porque en eso consistía la parte tácita del acuerdo, aquello que no debía estar escrito pero que debía arreglarse por debajo de la mesa, o de otro modo no lo hubieran hecho a espaldas del pueblo.



    Ahora los verdugos se endilgaron el magnicidio de Álvaro Gómez y se lo atribuyeron como colectivo Farc, sin que se visibilice ningún nombre con apellido de esos que están allá como congresistas. Dirán que la orden la dio Tirofijo, o Jacobo Arenas cinco años antes de morirse, o cualquier cabecilla menor que hubiera caído en una redada del ejército en estos últimos veinticinco años. Nadie responderá, porque saben que lo que están haciendo no es otra cosa que auto incriminarse para lavarle la cara uno que otro aliado político que ahora se alinea de su lado. Porque a ningún cabecilla de las Farc le darán cárcel. Porque son conscientes que pueden echarse la culpa como grupo hasta de las dos guerras mundiales y nada les va a pasar. Al fin y al cabo dirán que fueron errores que se cometieron durante la lucha armada, y que su JEP se encargará de ello.

    Lo que no harán nunca es personalizar sus delitos, decir en cabeza de quién se cometieron. No reconocerá por ejemplo alias Tornillo que violó a varias muchachas guerrilleras que reclutaron a la fuerza, o que dio una orden directa para asesinar a X o Y, eso nunca. Todo fue producto de un conflicto armado y de acciones grupales imposibles de individualizar. En caso tal de que así sea, que investiguen a los que ya están muertos.

    De modo que veinticinco años después la justicia sigue resultando insuficiente, y el crimen de Álvaro Gómez sigue ocultándose entre las sombras de la impunidad.

    “¡Que se sepa la verdad!”, es el grito de todos los que queremos que ningún crimen se quede sin castigo en Colombia, pero entre quienes gritan están los que tienen esa verdad, o un pedazo de ella, y no se atreverán nunca a revelarla tal como fue, porque solamente quienes son dueños de la verdad completa saben que tienen las manos manchadas de sangre en este caso. 

    ¿Qué ganan las Farc con dar este falso positivo a la opinión pública? Pues ellos no pueden ganar mucho porque ya lo ganaron todo. Están más allá del mal, y eso en Colombia se premia. Pero ganan en cambio los verdaderos culpables que se pueden estar quitando un peso de encima, quién sabe a cambio de darle qué a los que nada les cuesta echarse un muerto más o un muerto menos, porque ya están salvados.

    Ganan por ejemplo los comandantes del Régimen que Álvaro Gómez tanto decía que había que tumbar: la clase política de la época, sus socios mafiosos de los carteles de Cali y el Norte del Valle, y una facción criminal de la Policía que se alió a estos bandidos y los protegió hasta donde les alcanzó la vida. Ganan para que proscriba la investigación de ese magnicidio y puedan al fin salir a respirar sin que los señalen. De todas maneras los verdaderos culpables del crimen son los mismos socios de toda la vida de las Farc: los narcotraficantes, la clase política corrupta que ahora los legitima, el sector más podrido de la fuerza pública. Así son los negocios.  


   
Mientras tanto la justicia se hunde en manos de jueces y magistrados tramposos que se dejan comprar y avalan los testimonios de los criminales sin investigar el fondo, como si fueran una verdad de a puño. Mientras tanto los delincuentes campean y se toman el país. Después nos preguntamos por qué es que no le hacen una reforma a la justicia, y la respuesta es que los que la administran no quieren ser reformados.

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