sábado, 29 de abril de 2023

Crónica de una constituyente anunciada

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Hace un año, por esta misma época, el país se encontraba en medio de uno de los debates electorales más candentes de su historia. Con un candidato de la extrema izquierda que lideraba las encuestas, todo parecía indicar que el destino de Colombia quedaría en manos de un ex guerrillero de corte socialista, amigo del dictador Chávez, que se encargaría de llevarnos por ese mismo camino por el que condujeron a Venezuela.

    Recuerdo una discusión que sostuve por esos días con un petrista incorregible, de esos que pululaban alborotados avivando a su mesías y que hoy prefieren guardar silencio. El petrista me preguntó por quién iba a votar, y yo le respondí convencido: “por cualquiera, menos por Petro”. Me conminó a que explicara mis razones, ya saben, cuando la opinión propia no coincide con la del otro toca explicar cordialmente lo que se piensa para no quedar como un fanático o un ignorante, aunque realmente uno no quiere ni necesita justificar su opinión, pues estamos en un país libre por ahora. Me hubiera gustado decirle que era mi real gana no votar por un tipo que tenía las manos manchadas de sangre, pero como los petristas se jactan de una superioridad moral e intelectual que convierten en narrativa si se les rebate, y son los nuevos “abanderados de la paz”, opté por decirle que mi objeción con Petro era que él pretendería cambiar la Constitución para quedarse en el poder indefinidamente, como hizo Chávez en Venezuela, y lo sigue haciendo Maduro. Como era de esperarse, me dijo que yo era otro más de los que había caído en el mito ultraderechista del castrochavismo, que era la estrategia de propaganda sucia de los uribistas para desprestigiar a ese “gran líder latinoamericano llamado Gustavo Petro”.

    Yo estoy seguro de que Petro no va a cambiar la Constitución —comentó solemne—. Al contrario, ahora sí los colombianos vamos a poder disfrutar de nuestra Constitución que la derecha no nos ha dejado disfrutar.



    Vuelve y juega. Castrochavismo fue el nombre con el que Álvaro Uribe bautizó por primera vez la amenaza socialista para referirse a esa nefasta ideología que mezclaba lo peor de los sistemas imperantes en Cuba y Venezuela, y que a través de un gobierno como el de Gustavo Petro entraría y se instalaría definitivamente en nuestra nación para traer consigo el fin de la democracia.

    Desde los toldos izquierdistas se mofaron de los sectores de derecha que advertían sobre la inminencia de que Colombia fuera a caer en esa trampa que ya había hecho sus estragos en los países hermanos, especialmente en Venezuela, en donde se desencadenó el movimiento del Socialismo del Siglo XXI.

    Hoy, sin siquiera haber pasado un año de la primera vuelta presidencial en la que el candidato de marras salió victorioso, confirmamos que el mito del castrochavismo no era realmente un mito; no era un cuento para asustar incautos y desincentivar el voto por el ex guerrillero: la “falacia” de la que se burlaron los izquierdistas resultó ser toda una realidad. Peor que una pesadilla siniestra o una leyenda de horror, hoy asistimos en Colombia al despertar terrorífico de un gobierno que está cerrando el puño una vez que se sabe dueño del poder: estamos en manos de la personificación del castrochavismo, y ya sabemos que no es un cuento.



    La mayor parte de los colombianos siempre lo supimos. En especial los colombianos de a pie, los que todos los días tienen que madrugar a buscarse el sustento porque a ellos nadie les regala nada, los que tienen el valor de crear empresa en un país que cada vez le pone más trabas a los emprendedores, los que se ganan el pan con el sudor de su frente, que en últimas son los que conforman la verdadera gente de bien; término que a la izquierda le causa tanta sorna porque ellos mismos se han encargado de retorcer su significado para intentar avergonzar a un sector de la población que no comparte sus ideales, y a los que se les juzga socarronamente de pertenecer a una élite, cuando en realidad la élite mayor es la que ellos vienen constituyendo desde el pasado 7 de agosto de 2022.

    Pero no bastó con que los colombianos lo entendiéramos para evitarle esa angustia a la ciudadanía. Hubo una minoría ruidosa que se encargó de deformar la imagen de los contradictores políticos “moviendo la línea ética” y utilizando todas las formas de lucha para llegar al poder, como es propio de los marxistas. Y vaya que llegaron, aunque hubiera sido en una reñida elección, dudosa, por demás, por la que nadie reclamó cuando en menos de veinte días aparecieron casi tres millones de votos más por el ex guerrillero, después de que en Primera Vuelta no le hubiera bastado su maquinaria bodeguera para ganar la elección. El oponente ni siquiera pidió revisar el escrutinio. Asumió el papel de un caballo de Troya y dejó vencer al enemigo; reconoció la derrota y se retiró de la vida pública, dejándonos el problema ya montado. No hubiera sido igual el reconocimiento de una eventual derrota por parte de Petro y sus amigos, quienes por esta misma época se encargaban de aterrorizar al país con la advertencia de que si no ganaban, alegarían fraude y desatarían el más temible de los “estallidos sociales”. Curiosamente, es lo mismo que ofrece el exguerrillero que hoy funge como presidente en caso de que el Legislativo no le apruebe sus disparatadas reformas: la movilización ciudadana, la rebelión popular, la toma de las calles por parte del pueblo que demanda los cambios, lo cual no es otra cosa que el intento de dar un golpe de Estado y cerrar el Congreso.

    Porque eso es lo que quisiera Petro a pesar de que tiene mayorías en el Senado y en la Cámara de Representantes. El prospecto de tirano no desea discutir ninguna propuesta, no acepta que le hagan reparos a sus proyectos de ley, no admite corregir lo que se debe corregir ni suprimir aquello que le haría mucho mal al país. Él sólo desea que le sean otorgados poderes especiales para gobernar como un auténtico dictador.



    ¿Y cómo va a adquirir esos poderes? Ahí está la explicación del título de este artículo: mediante una Asamblea Constituyente. Eso será lo que finalmente “el gobierno del cambio” proponga como solución para imponer, a través de la “invocación del soberano mayor”, su voluntad antidemocrática.

    Es que con las leyes que tenemos en nuestra actual Constitución, que si bien es excesivamente garantista y progresista, los grupos alzados en armas y los narcotraficantes que se sienten representados con este régimen no van a negociar. En otras palabras, al ELN, a las Farc, al Clan del Golfo y a los demás narcoterroristas no les sirve la Constitución de 1991. Ellos quieren ser los autores de sus propias leyes para al fin tomarse el poder por la vía jurídica y no soltarlo nunca más. Así las cosas, el escenario del castrochavismo, al mejor estilo de Cuba y Venezuela, se materializaría como el futuro político de Colombia. De modo que esto no era un cuento de fantasmas.

    La prueba de que nos preparan una nueva constituyente, una de tipo marxista y totalitaria, es lo que se viene presentando desde que el presidente cambió su deseo de conciliar por el de imponer su proyecto político sí o sí. La ruptura con la colisión de gobierno fue el primer paso para hacerle un guiño a unas nuevas reglas de juego. Como los jefes de algunos partidos como el Liberal, el Conservador y la U adoptaron una posición contraria con respecto a la reforma a la Salud, el presidente rompió relaciones con ellos. Ahora el gobierno tendrá que enmermelar a los parlamentarios por separado, o se quedará con una minoría en el Legislativo que pone en peligro la aprobación de sus reformas.



    La crisis ministerial que el propio Petro propició no deja de ser una jugada para radicalizar su postura. Los nuevos ministros son más petristas que él mismo, y los pocos que inspiraban una sensación de cordura fueron despedidos sin ton ni son. Ahora el gobierno, ante la eventual caída de sus reformas, apela al llamado a las calles para que, a través de la narrativa de “lo que quiere el Pueblo”, se exijan los cambios que supuestamente este último necesita. Y el Pueblo, esa abstracción que físicamente no puede representar a todo el pueblo colombiano, no está constituido por la mayoría de los que votaron por el presidente. No olvidemos que también hubo diez millones que no lo apoyaron, y que muchos de los que hace casi un año lo respaldaron en las urnas, hoy se sienten defraudados. No por nada su popularidad se le escurre cada vez más entre las manos. De modo que ¿de cuál Pueblo habla el señor desde el balcón? Ningún Pueblo saldrá a respaldarlo, excepto sus esbirros de la Primera Línea y los colectivos chavistas que ya se encuentran en Colombia. No olvidemos que al presidente le gustan las vías de hecho, pues así fue como llegó al poder.

    En conclusión, lo que Petro pretende es cambiar las leyes con una nueva Constitución. Si no tiene gobernabilidad, si no tiene el apoyo de la mayoría legislativa, y si el grueso del Pueblo no se siente representado por él, no le queda de otra al presidente que invocar los poderes supremos que le daría una nueva Carta Magna hecha a la medida de sus desafueros.



    Ya está anunciado, sin que el gobierno lo haya mencionado siquiera, pero no hace falta tener más de dos dedos de frente para ver hacia dónde apuntan sus objetivos. Es una Constituyente anunciada, y la estrategia de Petro será la de radicalizarse en su postura para luego victimizarse a través de un relato de esos que tanto le funcionan a la izquierda: “Yo quiero hacer las reformas que mi pueblo me pide, pero la élite corrupta y mafiosa no me deja hacerlo”.

sábado, 22 de abril de 2023

La narcisista y el perdedor

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





      En medio de una discusión por Whatsapp, Angelina le reprochaba a Rupertino por su descuido y sus errores en el tiempo en que fueron novios, un año antes, lo que llevó a que la relación se terminara, según ella, por culpa exclusivamente de él.

    Rupertino quería retomar el rumbo de esa ilusión amorosa que estaba peor que un barco a la deriva: era una vaga hipóstasis difuminada en el aire. Solo que él, en su ingenuidad romántica y en su necesidad, era de los que todavía pensaban que el amor es para toda la vida.

    Angelina, por su parte, no podía verlo más que como un amigo. Aunque decir “amigo” era solamente una convención social. La verdad era que tampoco le interesaba la amistad de Rupertino, a no ser que este le sirviera de objeto de entretenimiento para cuando ella se encontrara atravesando alguna de sus numerosas crisis existenciales o estuviera pasando por uno de esos tormentosos dolores de cabeza que le provocaban el mal estado de ánimo, que era lo único que tenía para compartirle al eterno Rupertino.

    Tú no supiste valorar al mujerón que tenías en frente —le recriminaba ella a través de un mensaje de texto acompañado por un emoticón de decepción—. Nunca me trataste bien, nunca me reconociste mis méritos, nunca creíste en mí. Fuiste hostil, grosero y autoritario

    —No digas eso, que yo sí te valoré —escribió él de vuelta—. Cometí errores, como cualquier persona, pero te he querido mucho y te sigo queriendo. Creo que merezco una segunda oportunidad. No fui nada de eso que tú dices, porque también hubo momentos en que te traté muy bien. Ahora te podría tratar mejor. Además, tú no eres un mujerón, no te creas eso. Eres una mujer normal; atractiva y especial para mí, es cierto, con muchas cosas lindas y con una moral íntegra, pero igual eres una mujer normal, así como yo tampoco soy un súper hombre. Somos seres humanos que no estamos por encima de nadie. Pensar que uno es un ser virtuoso, invaluable, de gran talento, merecedor de elogios, que despierta la admiración de los demás, así como nos inspira a pensar la publicidad y la psicología positivista, sólo conduce a creer que nadie lo merece a uno: es puro narcisismo.



    Lo extenso del mensaje desesperó a la receptora, quien no tuvo cabeza para leer con calma.

    —¿Ves lo que te digo?, siempre rebajándome, pordebajeándome, no reconociendo mi valor. Fuiste tú el que no quiso ver lo que tenías. Ahora que lo has perdido vienes a llorar…

    —Parece que fui lo peor que tuviste. Como que nada bueno viviste conmigo —concluyó Rupertino totalmente abatido. El mensaje de respuesta tardó en llegar, pues Angelina aparecía fuera de línea. Luego irrumpió abruptamente tras una larga pausa de diez minutos.

    —Te tengo una noticia.

    —¿Cuál? —preguntó él.

    —Te informo que yo soy una mujer admirada, apreciada, deseada por muchos que quisieran tener algo conmigo. Que soy una mujer seria, leal, confiable, digna de un hombre igualmente valioso y confiable. ¿Acaso pensaste que a mí no me iría a resultar un pretendiente de peso, un mejor hombre que tú? ¿Qué estaría sola pensándote y extrañándote sabiendo lo mal que me trataste? Soy una joya codiciada por infinidad de hombres, para que lo sepas, porque ellos sí reconocen que soy un mujerón, como te digo. Pocas hay como yo. Y te has dado cuenta demasiado tarde.

    — ¿Eso quiere decir que ya no me amas? ¿Qué estás con otro? —se angustió Rupertino.

    —Te dije que había conocido a alguien.

    —Sí, pero me dijiste que era sólo un amigo.

    —Es un amigo que me importa. No somos nada aún, pero él me ha demostrado que me quiere, que está interesado realmente en mí. Siempre está pendiente y viene a rescatarme cuando yo lo necesito. Sé que es un buen hombre y me lo ha demostrado.

    —Pero tú me dijiste que no querías tener nada con nadie por ahora.

    —Lo siento. Perdona por romperte el corazón, pero hoy estoy muy clara al respecto. En estos días tuve mis dudas, pues me encontraba confundida. Hoy que pienso en el pasado me he dado cuenta de que no debo volver a él. Y menos cuando confirmo que no has cambiado nada, que eres pura palabrería y nada de hechos, que sigues empeñado en no reconocer la gran mujer que soy. No todo el mundo es como tú. Además, yo siento que también quiero a esa persona. Es especial para mí.




    Qué lindo le hubiera parecido a Rupertino que Angelina le dijera que él era esa persona especial, que era a él a quien amaba todavía, que no lo había podido olvidar. Era lo que hubiera querido escuchar en esos tres meses en que estuvo escribiéndose con ella, o al menos intentando escribirle, pues por alguna razón que no comprendía, la muchacha ya no se mostraba tan disponible y borraba cualquier rastro de conversación que tuviera con él. En ese momento Rupertino ataba cabos y conocía la razón de semejante indiferencia: sin proponérselo, le dio la oportunidad a ella de que tomara revancha. Él mismo se dio el baño de humillación.

    Pero ya había pasado más de un año de la ruptura. Rupertino se empeñó en saber de Angelina, en reconquistarla, en revivir un pasado que ella sólo quería olvidar. Hoy se daba de frente con una realidad que se negaba a aceptar. Todo estaba en cenizas y no había quedado ni una pequeña brasa en el corazón de su amada que pudiera nuevamente reavivar la chispa del amor. El corazón de Rupertino, en cambio, era una brasa fulgurante que lo calcinaba en carne viva.

    —Así las cosas —dijo él—, yo no tengo nada que hacer aquí. Me retiro de tu vida.

    —Discúlpame por herir tus sentimientos, pero era mejor que lo supieras —aclaró ella.

    —Sí, mucho mejor así, con el panorama claro.

    —Sé feliz.

    ¿Pero cómo le deseaba ella que fuera feliz cuando le acababa de restregar en la cara que estaba dichosa con otro? Y sin embargo nada mejor podía decirle luego de haber arruinado la ilusión de Rupertino con un as que ni siquiera había pretendido sacarse de la manga. La ocasión de pisotearlo apareció de improviso, en el momento en que Angelina menos se hubiera imaginado que podría desquitarse de su ex novio. Definitivamente la venganza es un plato que se sirve frío. Él había irrumpido en su vida cuando ella ya no lo quería, no lo extrañaba. Había reaparecido de la manera tan inoportuna como aparece un grano en la nariz, y a los granos hay que extirparlos.



    Por eso Angelina tomó la decisión de hacérselo saber en el instante en que Rupertino pisó un poco el acelerador y quiso comprometerla para que le diera una exclusividad que no se merecía. Ella le dijo que no podía exigirle nada, que no tenía derecho ni estaba en condiciones, que le parecía el colmo, pues quien se había equivocado había sido él. No le quedó de otra al obsesionado que aprovechar la fiebre de la situación para encararla, para obligarla a decir esa verdad que ya sospechaba que le iba a confesar, pero que quería escucharla de su boca. Bueno, o al menos leerla de sus pulgares. Pero una cosa es intuirlo y otra cosa es confirmarlo con la fuente misma de la duda. Ella se lo confirmó: él fue un error en su vida. En otras palabras, fue el hombre equivocado que apareció en un momento de debilidad. Un hombre que nunca cumplió con sus expectativas. De hecho, uno que no la supo valorar.

    Rupertino, actuando como un idiota, se puso de tapete para que esta lo pisoteara más. Disfrutaba sentir el dolor del alma. Era un masoquista que aún creía que ella era la mujer de su vida, la mejor mujer que podría conseguir en lo que le restaba de existencia.

    Ni él fue tan malo como ella lo hacía ver, ni ella tan perfecta como le hizo pensar a él que era. Ambos estaban plagados de errores porque eran seres de personalidad insegura y conflictiva, de inestabilidades emocionales que no les había permitido madurar, de una belleza física relativa que el velo de la subjetividad transformaba en encantamiento.

    El problema es que Angelina cultivó un ego elevado después de haber superado a Rupertino, y él pensaba de sí mismo que no valía gran cosa, máxime cuando nunca la había podido superar. Porque ella, sin hacer nada, podía darse el lujo de escoger entre los muchos pretendientes que la asediaban y elegir al mejor, mientras él tenía que lidiar con una soledad perpetua, producto del rechazo de todas las mujeres con las que intentaba coquetear. Últimamente ni siquiera hacía el intento de hablarle a una mujer, conociendo el resultado de antemano.



    Él, siendo un hombre promedio, no podía encontrarle un reemplazo medianamente aceptable a Angelina: sufría para conseguir pareja. Ella, siendo una mujer promedio, tenía a muchos a su disposición que la llamaban, la invitaban a salir, le hacían toda clase de ofrecimientos. Tenía a uno en especial con el que ya hacía planes de casarse. La ventaja en el amor estaba como nunca del lado de la mujer. Lo que le dolía a Rupertino no era tanto no estar con Angelina, como que ella podía darse el lujo de tener a otros mucho mejores que él. Mientras tanto, él estaba condenado a quedarse solo. Y en caso de conseguirse a alguien por despecho, difícilmente podría superar la vara alta que le dejó su ex novia.

    Y mientras Angelina levitaba en un cielo pintado de colores, Rupertino se hundía en los pozos del infierno. Ella se había convertido en una narcisista por cuenta de la abundancia que le brindaba el mercado de las citas, de modo que se extasiaba de dicha eligiendo a su gusto al que más le conviniera. Él, por el contrario, se había convertido en un perdedor, o siempre lo había sido, y por tanto estaba condenado al desprecio, a la burla, a la escasez, al desprestigio. Había nacido con el sino del fracaso reflejado en la necesidad de ser amado. Angelina, en cambio, nació para ser princesa. A ella la colmarían de amor y detalles durante toda su vida porque se consideraba una gema de valor incalculable. Él sería esclavo de la derrota, ella de la idealización.   

sábado, 15 de abril de 2023

Dalái, eso no se hace

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Esta semana rodó un video por el mundo en el que el dalái lama, el guía espiritual del budismo tibetano, está en una de sus audiencias recibiendo a un niño que llegó para conocer a su líder.

    Lo que causó escándalo fue lo que sucedió cuando el niño estuvo frente al dalái: este último lo besó en la boca y luego le pidió con gestos y palabras que le chupara la lengua mientras se escuchaba a los asistentes reír, como si aquello hubiera sido un apunte de finísima coquetería. El chiquillo, por supuesto, no supo qué hacer. Aturdido por la obvia confusión que le suscitó aquello, apenas pudo pegar su cabeza a la del señor, quien dueño de la situación terminó por abochornar al chico.

    Todo se resolvió con unas risas unánimes, como si se tratara apenas de una tierna broma infantil. Lo que nadie se preguntó en aquella audiencia es qué pasó por la cabeza y el corazón del niño en cuestión. Las reacciones se centraron en condenar al viejo mañoso, pero ese niño, al salir de allí, no debía ya de ser el mismo: algo hubo de cambiar en su vulnerada alma para siempre.   

     Porque lo que la mayoría en esta parte del mundo occidental pensamos es que no se trató de ninguna chanza ingenua que un aparentemente iluminado espiritual le jugó a un pequeño. No fue parte de un conjunto de creencias o rituales relativos a la cultura budista. Tampoco fue un acto para expresar el amor fraternal hacia un infante que en esas circunstancias habría querido salir corriendo de allí. Todos lo vimos y sabemos de lo que se trata: lo que el líder religioso oriental hizo fue a todas luces proponer una acción explícita para corromper a un niño.



    Así hay que verlo sin importar cuál sea la creencia que se tenga. Así hay que considerarlo independientemente de la dignidad y el reconocimiento que ostenta la persona que sugiere el acto. Si no existen unos mínimos de objetividad y respeto universal por los derechos de la niñez, esto de la tolerancia para con el multiculturalismo nos va a sumir en un camino de degradación irreversible. Acaso sea eso lo que quieren quienes detentan el poder de transformar el mundo.

    He escuchado voces cuyas posturas no condenan lo que hizo el señor dalái, sino que más bien nos invitan a ponernos otros lentes para ver el hecho desde otra perspectiva. Porque según ellos, los señalamientos que hacemos desde este lado del hemisferio, por la diferencia misma de nuestra propia civilización en contraste con la filosofía budista, están plagados de prejuicios y subjetividades que nos acortan la visión y el entendimiento alrededor de una situación en la que no es necesario acrecentar su carácter de gravedad.

    Alto ahí. A mí con esos relativismos no me vengan ahora. Podré ser muy corto de visión, un inmaduro emocional, un iletrado en materia de filosofías espirituales y todo lo ignorante y sesgado que se quiera, pero que un viejo de 87 años (o de la edad que sea) le pida a un niño que le chupe la lengua, eso es una perversión repugnante que merece ser sancionada. No bastan unas simples disculpas a título impersonal en donde se diga que lamentan las molestias ocasionadas por lo mal que pudo interpretarse este acto. No, no, no. Esto no es cuestión de interpretaciones. Esto es cuestión de pederastia. Lo que debería hacerse es promover una condena mundial al dalái lama para que se entienda de una vez que los niños son personas frágiles y que nadie, ni siquiera un líder religioso al que se le ha endilgado la vocería de la paz mundial y el amor, puede meterse con ellos y robarles para siempre su inocencia.



    Eso de que lo sagrado para algunas culturas y religiones es infalible, habría que mirarlo con detenimiento. Revaluarlo, si es del caso. Por ejemplo, al dalái lama se le considera un iluminado, un dios reencarnado, un “océano de sabiduría”, que es lo que traduce el título de este maestro. Los budistas tibetanos le reconocen su autoridad como patrono del Tíbet, creyendo que, tras su muerte física, su conciencia tomará un período de cuarenta y nueve días para reencarnar en un recién nacido que desde su nacimiento muestre señales de tener una condición de bodhisattva supremo. Se cree que el dalái, más que un emisario de Buda, es una manifestación del Buda de la compasión que “ha reencarnado 13 veces desde 1391, cuando nació la primera de sus encarnaciones según el budismo tibetano”.[1]

    Pero por mucho que haya encarnado el señor en la cosmovisión budista, el que está aquí en la Tierra, Lhamo Dondhup, no deja de ser un hombre normal, común y silvestre que también está sujeto a la condición de imperfección y por tanto a su naturaleza caída. Luego, existen doctrinas sagradas, pero no seres humanos sagrados. Y nada puede ser tan sagrado que esté autorizado a vulnerar la inocencia de un niño: el dalái lama tampoco lo es. Ni el papa de los católicos, ni ningún pastor de iglesia cristiana por más apóstol que se considere. Las tradiciones culturales y religiosas no pueden seguirse manteniendo en desmedro de aquellos que son perjudicados y no tienen manera de defenderse. No sé si es parte de una tradición budista lamer la lengua de un niño, no lo creo. Pero si así fuera, sería una usanza abominable. Como lo es la ablación en algunas comunidades indígenas de África y América, o como lo es el apedreamiento de las mujeres adúlteras en el islamismo, o los sacrificios humanos en ciertos rituales paganos, o las cópulas sin consentimiento con mujeres que han sido elegidas para rituales de fertilización en culturas milenarias. Esas tradiciones tienen que ser abolidas porque van en contra de los derechos naturales: la vida, la libertad, la dignidad, el respeto por la identidad, lo verdaderamente sagrado.



    El mundo debe preocuparse, antes que obedecer ciegamente a tradiciones y costumbres que no nos han hecho mejores personas, por cuidar a sus niños, velar por sus ancianos, amar y respetar a sus mujeres, proteger al débil.

    Es así como por querer obedecer a las ideologías que se nos presentan como la panacea de la renovación del espíritu y paradigma de la libertad hemos corrompido las instituciones, esas sí sagradas, que anteriormente nos servían como fundamento para construir un concepto de lo bueno y de lo malo: la familia, la iglesia, la comunidad, la escuela. Todas ellas hoy son un caldo de cultivo para que germinen los pensamientos y sentimientos que más tarde serán materializados en actos de corrupción, de degradación, de injusticia, de perversidad, de inmoralidad, etc., con el agravante de que dichos actos son revestidos de un buenismo que justifica la permisividad de la conciencia. Al final, nos encontramos con el mundo que tenemos, donde los que más ejemplo deben dar son los primeros en trasgredir las reglas e incentivar a que los demás hagan lo mismo.



    En suma, un líder espiritual se sobrepasa con un niño y no faltan quienes justifiquen ese proceder. El día de mañana otros harán lo propio. Aleccionar a los niños en ideologías aberrantes como la de género, por ejemplo, es también otra forma de abusarlos. Y mientras tanto ¿quién detiene a los abusadores, a los ideólogos de perversidades, a los usurpadores de la moral, a los embaucadores y aprovechados?

    Hay que empezar por juzgar, por sancionar, por decir las verdades en la cara. No podemos permitir más que se lleven por delante a los indefensos, tal el caso de los niños. Si no nos paramos firme y tratamos de luchar contra toda esta cáfila de perpetradores de la aberración, el mundo del mañana será un mundo donde no podrán sobrevivir los niños que hoy son los primeros en morir, desde el vientre materno incluso.

    Para empezar, alguien debería cachetear al viejo pervertido y hablarle firme, tomándolo fuerte de los hombros, si es posible, y ponerlo en su lugar. Decirle “¡dalái, eso no se hace!”, y hacerle un repudio social hasta que muera y le dé la gana de “reencarnar”. Pero ojalá no reencarne, y menos en un niño.

    El dalái, falso iluminado, no merece el título de líder espiritual. Ya vimos que no tiene nada de sagrado. Ya hay que parar de aplaudirlo. Ya no creemos en su pacifismo.



[1] CNN Español. (11 de abril de 2023). ¿Cómo se elige al dalái lama y cuántos ha habido hasta ahora? https://cnnespanol.cnn.com/2023/04/11/como-se-elige-dalai-lama-y-cuantos-ha-habido-hasta-ahora

sábado, 8 de abril de 2023

Cómo instaurar una dictadura socialista y no ser encarcelado en el intento

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Si Gustavo Petro en verdad pudiera escribir un libro medianamente decoroso, yo le sugeriría el título de esta columna para que fuera el título de su libro.

    De utopías comunistas, de tiranos que se sirven de la credulidad del pueblo, de sistemas políticos fallidos y fracasados, sí que sabe nuestro presidente. He aquí algunos tips para que proponga en su hipotética ópera prima sobre cómo instaurar una dictadura de corte socialista. Seguro que podría llegar a ser un best seller en las librerías de la izquierda.

    Lo primero es entrar pisando con pasos de gigante al trono presidencial y hacerse una posesión ostentosa, rimbombante, multitudinaria, como la que efectivamente se hizo el 7 de agosto de 2022. La idea es que el ciudadano a favor o en contra se quede con la percepción de que no se ha posesionado un presidente, sino que se ha coronado a un emperador.

    En segundo lugar, el presidente dictaría cátedra (¿la misma acaso que le dictó a Hugo Chávez cuando lo asesoró?) de cómo asegurarse la lealtad de unas fuerzas militares que debe tener de su lado a como dé lugar. Por algo comienza por destituir casi a sesenta generales en su primera semana de mandato y luego va cambiando, poco a poco, el resto de los altos mandos de la Fuerza Pública por miembros de su entera confianza. Si están ideologizados, mucho mejor. Y si no, que le pregunten al general Henry Zanabria, ex director de la Policía Nacional, por qué cree él que fue retirado de la institución. El propósito no es garantizar la seguridad de los ciudadanos, como sí la del presidente mismo. Y ya sabiendo que tiene a los militares neutralizados, apuntar a la perpetuación de su poder, ya sea en cabeza propia o ajena, pero al fin y al cabo poder emanado de su dominio absolutista. Ustedes saben, para evitar aquello de los golpes de Estado que tanto temen los dictadores. No por nada su amigo Chávez se compró en vida a todos los generales del Ejército venezolano que hoy le rinden pleitesía al delincuente y sucesor Nicolás Maduro, el mejor amigo de Gustavo Petro hoy por hoy. ¿Acaso pensábamos que las visitas tan constantes al vecino país eran sólo para afianzar las relaciones?



    La segunda fase de esta purga de las fuerzas de seguridad es desmoralizar a los soldados y policías de menor nivel; es decir, a los rasos. La idea es mandarlos a la boca del lobo con la orden de que no disparen a quienes los atacan para secuestrarlos, humillarlos, y a veces hasta asesinarlos. La idea es no brindarles apoyo, dejarlos solos, hacerlos sentir que no valen como personas, que no son nuestros héroes. Ya lo decía el mismo ministro de Defensa, el señor Velásquez, quien es considerado un prófugo de la Justicia en Guatemala y que aquí fue premiado con el Ministerio de la Defensa, que “a los soldados no les digan héroes”. ¿Será acaso que preferiría reservar ese honor para los guerrilleros de las FARC, el ELN y otras lacras? Tener un ministro de Defensa que odie con todo su corazón al Ejército y a la Policía y que excuse a los bandidos, es una fórmula ganadora para imponer un régimen dictatorial. La idea es que el pueblo sienta que nadie lo puede defender.     

    Pero no sólo basta con derrotar moralmente al grueso de las fuerzas de seguridad y comprar a sus generales más leales para implementar una dictadura comunista, y me perdonan la redundancia, pues todo comunismo es dictadura. También hay que destruir el empresariado y los ingresos de la nación: por una parte, declararle la guerra al petróleo y a la producción energética en nombre de un cambio climático del cual Colombia no es gran responsable ante el mundo. Destruyendo el principal ingreso de la nación, que es la exportación de recursos minero-energéticos, se avoca al Pueblo a una pobreza sin retorno para ejercer un control férreo sobre él de una forma tal que se le pueda dominar por el hambre.



    Por otra parte, acabar con el capital y la propiedad privada es el otro paso para lograr la pauperización y la dependencia. ¿Cómo? con una reforma tributaria que, en últimas, la tienen que pagar los más pobres, como siempre. Muy probablemente se verán más afectadas las pequeñas y medianas empresas, quienes percibirán menos utilidades y, por ende, la consecuencia de un menor pago de tributos, de menos producción, menos oferta de bienes y servicios. Aquello se verá reflejado en una escasez que provocará la inflación más alta de la Historia, que contribuirá al objetivo primario de sumergir al Pueblo en la miseria mientras que unos pocos sometidos vivirán de los subsidios: la vieja fórmula de quebrar piernas para entregar muletas.

    Pero si también se propone una reforma laboral rígida, que en lugar de promover el empleo lo desincentive, el modelo socialista se pone sobre ruedas: se amarran los contratos de trabajo, se aumentan los costos laborales, se suprime la facilidad del trabajador para acomodarse a horarios flexibles que le permitan capacitarse. El resultado es una destrucción sistemática del empleo por causa de que ningún patrono correrá el riesgo de contratar a un trabajador nuevo. Sobrevendrá el aumento de la informalidad, el descenso de la productividad, la dependencia de los cargos públicos. El Estado no los puede generar: no hay puesto para tanta gente, pues la burocracia sólo puede pagarse con los impuestos de la actividad económica que generan los privados. Nunca, pero nunca, el Estado ha sido un generador de riqueza.



    En tercer lugar, arruinar el modelo de salud presente. No importa si funciona bien o no. No importa si es susceptible de mejorar. Si no atiende al modelo cubano no es bien visto con miras a implementar la dictadura. Por eso la misma ministra lo dice: “se necesita una crisis en el sistema”; de esa forma no quedará más que aceptar el remedo de salud que quieren copiar desde la isla: médicos extranjeros que no son médicos sino proselitistas, escasez de medicamentos, tratamientos inasequibles, empeoramiento de los servicios hospitalarios, deterioro de la calidad de vida, y como solución mágica de todas las enfermedades: la medicina ancestral. Ya no sólo seríamos un pueblo hambriento, sino además enfermo.

    ¿Qué otros ingredientes podríamos agregarle a este sancocho socialista? Aumento de impuestos a la propiedad, al patrimonio y al capital; desincentivos para la inversión extranjera, legislaciones ambientales imposibles de cumplir, fuga de capitales, expropiaciones, imposibilidad de acceder créditos, supresión de importaciones a través de altos aranceles, estatización de los medios de producción, y nuevamente, escasez, carestía, inseguridad.

    En un país donde mandan los grupos armados y el gobierno deja que manden a su antojo, difícilmente podrá haber deseos de invertir en él. Si a eso le sumamos las altas tasas de interés, la subida del dólar, el despilfarro administrativo, el aumento del tamaño del Estado, el nepotismo y la corrupción que caracterizan a este gobierno del supuesto cambio, obtendremos la mezcla idónea para una dictadura perfecta.



    Y si no basta con arruinar el presente de la nación, también el indeseable mandatario de los colombianos se ha empeñado en arruinar el futuro de los mismos. Ahí está la reforma a las pensiones que propone nacionalizar los ahorros de más de dieciocho millones de cotizantes al sistema de pensión para que dentro de unos años, cuando los que hoy aportan al sistema quieran pensionarse, les digan que esa platica se perdió.

    Y cómo no, si es que con eso van a pagar los subsidios de los que hoy no quieren trabajar honestamente por estar conformando las futuras brigadas de defensa de don Petro: la Primera Línea, los Colectivos Chavistas importados, los milicianos urbanos y toda clase de hampones que aterrorizan a la gente de bien están siendo premiados en el “Gobierno del Cambio”. Ellos serán los beneficiarios de lo que por años han trabajado y ahorrado otros con su esfuerzo.

    Porque es condición sine qua non de toda dictadura socialista o pretendidamente comunista (que nunca se logra llegar allá), que la riqueza haya que distribuirla entre todos para igualarnos en pobreza. Lo malo es que se distribuye la plata ajena y no la de los gobernantes; no la del presidente, ni la de la vicepresidente, ni la de los ministros, ni ninguno de los funcionarios públicos. Y uno sabe que ni siquiera la plata que le quitaron a los supuestamente “más ricos” es repartida bajo el amparo de la “justicia social” que tanto invocan, pues es de conocimiento público que en toda dictadura socialista los únicos que se enriquecen son los dictadores. ¿Acaso existe en el mundo un socialismo que haya obrado en bien del pueblo? Que me lo muestren los obnubilados petristas para reírme en sus caras.



    Así es. Lamento comunicar que en Colombia la democracia, o lo poco de democracia que teníamos, se acabó desde que Petro llegó al poder. Estamos haciendo un tránsito hacia la dictadura, y no parece haber nadie que lo pueda detener.

    Porque falta la cereza del pastel: proponer una nueva Constituyente. Ahí vamos siguiendo como reses al matadero los mismos pasos de Venezuela. Ya comenzaron a oírse las primeras voces de los lacayos del ex guerrillero que promueven esto. Por ahí el pastor Saade lanzó la propuesta para medirnos el aceite. Quisiera ese impoluto ministro religioso cerrar el Congreso, acabar con la división de poderes, otorgarle facultades extraordinarias al presidente. En síntesis, abonar la idea del dictador. Y como no hubo una reacción en firme, seguro que por ese lado nos van calentando el agua como a la rana que se quieren cocinar.

    En este gobierno de enfermos, de traidores, de cínicos… en otras palabras, de dictadores, estaremos próximos a presenciar la tiranía de continuar por este camino. No le auguro nada bueno a este país con Gustavo Petro al mando. De hecho, doy por sentado que dentro de tres años y medio renovarán el discurso, ya no del cambio, sino de la reafirmación de las propuestas que han hecho “mejorar” la situación del Pueblo, porque esta gente se cree sus propias mentiras.



    Y mientras el país se condena al hambre, el mismo Petro (o uno de sus alfiles) se hará reelegir en unas elecciones “limpias” en donde el resultado lo ha decidido una máquina electrónica, igual que en Venezuela. ¿Acaso pensamos que esta cáfila de sinvergüenzas va a soltar el poder en el año 2026? Ni lo soñemos. Ellos, como el Covid, llegaron para quedarse. Casi que lo puedo vaticinar. Es más, lo pronostico desde ya con la promesa de que si me equivoco me doy de baja de la opinión política, si es que de aquí a eso no me dan de baja los esbirros de la nueva dictadura comunista, próximamente en Colombia.

    Porque el paso final, para cerrar con broche de oro, es el de amordazar a la Opinión. Los medios de comunicación la verán grave cuando empiecen a cerrar sus oficinas de prensa y redacción, sus canales en televisión o en redes sociales, qué más da. Dictadura y Libertad de Expresión son términos mutuamente excluyentes, y la propuesta para poner la mordaza y vulnerar la privacidad ya se encuentra en un artículo refundido del Plan Nacional de Desarrollo. ¿No le han echado un vistazo? Toda nuestra información privada será objeto del interés público.



    Supongo que no, porque los colombianos estamos aletargados con las series progres de las plataformas, con los bailecitos de Tik Tok, con la farándula, el fútbol, la coca, la inclusión; y con el circo que una gobernanza sabe cómo explotar para tener al ciudadano entretenido sin que piense en los asuntos de la vida política.

    Mientras tanto el Pacto de indeseables, con el presidente a la cabeza, nos va corriendo las líneas éticas para ir implementando una dictadura sin ser encarcelados en el intento. Para cuando queramos reaccionar ya será muy tarde. Nos habremos cocinado con la misma agua en la que hirvió la rana, porque cuando se dio cuenta de la trampa ya no pudo saltar.

sábado, 1 de abril de 2023

El amor es una cuestión de decisión

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Amar es una cuestión de decisión. Así lo había entendido Rupertino Díaz desde el momento en que tomó la decisión de amar a Angelina, la que hasta hace poco tiempo había sido su novia más adorada y por tanto, la más sufrida: de hecho, la única que él había amado de manera consciente.   

    Angelina y él no eran muy parecidos en los gustos ni en la manera de ser; casi polos opuestos en lo referente a la música, las lecturas, las películas, las comidas, los hobbies, etc. Pero ambos poseían unos principios morales y éticos enmarcados por la misma línea conservadora que al final los hacía ver bastante similares: dos almas solitarias que compaginaron casualmente en un gimnasio de barrio y que quedaron prendidas por el sino de una ilusión futura que el tiempo se encargó poco a poco de transformar en amor.

    O por lo menos eso es lo que él cree: tantas llamadas telefónicas, tantas horas de conversaciones escritas, tantas visitas de sala; pequeños detalles, guiños, indirectas, en fin; todo eso contribuyó a alimentar en ambos la esperanza de una relación oficial que pudiera terminar en un feliz matrimonio.

    Durante siete años o más permanecieron en contacto a pesar de las interrupciones. Él estuvo un tiempo trabajando en un restaurante en donde no podía tener ni un fin de semana libre y al año siguiente se marchó a vivir al campo con su padre. A ella le resultó un mejor prospecto y lo aceptó ciegamente. Luego vino la pandemia, la muerte del padre de Rupertino… las cosas no salieron como hubieran querido. Una vez lo intentaron, pero se dieron cuenta de que no estaban preparados. A Rupertino le faltó seguridad, a Angelina le faltó valor para reconocerlo como novio ante su familia. Tal vez el germen del amor no estaba lo suficientemente maduro en ese tiempo como para cosecharlo. Luego él dejó de llamarla atendiendo a la petición que ella misma le hizo. Lo cortó porque conoció al que creyó que iba a ser el hombre de su vida, el que le daría un futuro luminoso en la sombría Londres, lejos de su familia. Se dio cuenta a tiempo del error que iba a cometer, no porque no deseara ese sueño de primer mundo, sino por el precio que tendría que pagar: perder su libertad. Entonces, un año después de haber puesto su empeño en esa relación fallida, Angelina le escribió al siempre disponible Rupertino con la excusa de agradecerle todo lo bueno que había hecho por ella en el pasado: su compañía, las sonrisas que le sacó, su apoyo moral, la pequeña felicidad que en algún momento este le pudo prodigar. Rupertino revivió con aquel mensaje, tomó aire, se puso feliz. La llama de la esperanza volvió a encenderse. La amistad se reanudó con interminables conversaciones de Whatsapp durante otro año, hasta que finalmente estuvieron preparados para verse de nuevo. Él la visitó, aceptó la insoportable condición de ser el “amigo”, aunque con la no tan secreta intención de volver a enamorarla.



    Pero Angelina le fue esquiva otra vez, se le salió por la tangente, se la puso difícil. El “amigo” enamorado se desanimó y optó por aceptar la amistad desinteresada mientras el destino lo encarrilaba por un camino de tragedia: su padre había comenzado a enfermarse. Así, Rupertino tuvo asuntos más urgentes que tratar y dejó de lado el interés por Angelina hasta que otra barrera, más infranqueable todavía, los separó por un tiempo prolongado: llegó la pandemia.

    Fueron casi dos años los que estuvieron sin verse. El primer año terminó con la trágica muerte del padre de Rupertino a causa del maldito virus creado como arma biológica. Ni siquiera Angelina se dignó a visitarlo mientras él padecía su dolor en solitario. Claro, la madre de ella también es una persona mayor y no podía darse el lujo de correr riesgos en medio de una coyuntura tan peligrosa. Escasamente hablaron por teléfono y continuaron con el interminable chat en el que perfectamente, de no ser porque a ella le gustaba borrar los mensajes, hubieran podido dejar un testimonio escrito de su historia. Y esa misma historia fue interrumpida abruptamente por un enfado que solamente las circunstancias podrían justificar. Rupertino atravesaba el peor momento de su vida, se mostraba pesimista, derrotado, débil. Y ella, sencillamente, no podía soportar un hombre con estas características. Pelearon diciéndose cosas para herirse, pero sin sentirlas de verdad. Ella le dijo que se arrepentía de conocerlo y se distanciaron por enésima vez. Los próximos cinco meses, Rupertino pondría tierra y mar de por medio, y se fue a superar su dolor a Nueva York, al menos con la intención de oxigenarse en medio de la turbiedad de un aire enrarecido por la pandemia que todavía no terminaba y del olor de la marihuana recién legalizada en el Estado progresista.



    En agosto de ese año retornó Rupertino con otro semblante, pero siempre pensando en Angelina. Estando ausente, ella le había escrito un mensaje en el que le decía que pronto la tendrían que operar de un tumor. Sonaba como a una despedida triste. Rupertino, siempre disponible para ella a pesar de que la última vez no habían quedado en buenos términos, se preocupó bastante y se comprometió a estar pendiente. Le dio ánimos, la llenó de valor y le auguró que la cirugía sería un éxito. En efecto, así fue. Todo salió bien para Angelina, quien también tenía sus razones para haberse distanciado de Rupertino. Ella nunca le contó por lo que estaba atravesando mientras este estaba en Nueva York, incluso desde mucho antes. Los ánimos exaltados de ambos bien tenían su explicación, pero ya para ese momento la armonía de la relación volvía a restablecerse. Al fin, parecía que las experiencias dolorosas que cada uno había vivido los habían hecho madurar. Rupertino y Angelina, finalmente, decidieron reencontrarse. Una vez que se vieron a los ojos se dieron cuenta de cuánto se querían.

    Y así fue como la oficialización de ese sentimiento en ciernes se selló con un beso que estaba en mora desde hacía más de cinco años, cuando tuvieron el primer intento fallido. Si las historias de amor tuvieran un final feliz, aquí debería haber acabado esta, pero lo peor estaba por venir.



    Cuatro meses, tan sólo, duró el idilio. La perfección es imposible cuando se trata de los asuntos del corazón. Todo parecía ir por buen camino hasta que Rupertino autosaboteó su propia relación. Presentía que lo terminaría arruinando todo, temeroso de su torpeza para conservar el amor. Fue así como un primero de enero se dejó ver el cobre tempraneramente, en medio de un paseo familiar en el que iban Angelina, su cuñada Jéssica, su suegra doña Sandrita, y hasta la perrita Milú. Por no saber preguntar hacia dónde se dirigían, por recalcar de mala manera la posibilidad de que les sorprendiera la tarde a la hora del regreso, se diseminó un aire de hostilidad dentro del vehículo de Angelina que hizo que Jessica desistiera de seguir con el paseo. Rupertino y su cuñada se trenzaron en una acalorada discusión en la que hasta doña Sandrita tuvo que intervenir para que este se calmara. Lo peor de todo fue haberle conocido el temperamento bélico a aquel hombre: imponente, machista, explosivo como la dinamita más letal.

    Las alertas rojas se encendieron y la familia de Angelina no toleró que ella se siguiera viendo con este tipejo. La misma Angelina estaba triste, decepcionada, pero no quería dejar a Rupertino por injerencia de su hermana, quien también ejercía un férreo dominio sobre ella, razón por la cual Rupertino quiso salir en defensa de su novia de mala manera. A veces Angelina no quería salir y su hermana y su madre le recriminaban por el hecho de que como ella era la propietaria del carro, se volvía una engreída que no las quería llevar a pasear. Pero la realidad es que Angelina quería gozar de una ínfima libertad que en su casa no le era permitida. Rupertino asumió la defensa de esa causa como propia, y con su virulenta energía enfiló baterías ese primero de enero contra Jéssica: todo terminó en desastre. No había razones para hacerlo. Él fue el único que atizó el fuego.

    Veinte días después de no poder verse con su novio, de enfrascarse en un dilema de elegir entre el novio o la familia, Angelina no soportó más la presión y decidió que lo mejor era alejarse de aquel prospecto de mal marido por quien su admiración se había caído por completo. Por segunda vez volvían a terminar, al parecer para siempre. Nuevamente Angelina le pidió que no la buscara, no la llamara. Rupertino, herido en su orgullo, le hizo caso y no la buscó más.



    Pero pasaron los meses y Rupertino se deshizo por dentro. Cuando quiso romper su promesa, volver a buscar a Angelina y pedirle perdón, ya no tuvo forma de encontrarla. Ella cambió su número, borró sus huellas para que él le perdiera el rastro. Ni modo de buscarla en su casa, pues sería como meterse a la cueva del oso. Finalmente se marchó otros seis meses a Nueva York, el escenario que Rupertino eligió para pasar su despecho.

     Un año exactamente pasó sin que supieran el uno del otro. Angelina había bajado de peso y se estaba entusiasmando con Edward, un muchacho buen mozo y mucho mejor partido que Rupertino, a quien conoció mientras le daba terapia psicológica a uno de sus hijos. Rupertino, por su parte, regresó de Nueva York con la seria intención de buscar a Angelina en su casa así tuviera qué enfrentarse contra el mismo diablo, pero necesitaba saber primero si ella todavía lo extrañaba. Las muestras de que no lo extrañaba eran evidentes. Ella nunca lo llamó, nunca le dio señales de vida. Él, en cambio, pensaba en ella todo el día hasta que se resignó a la posibilidad de perderla para siempre. Se regodeaba en el dolor como quien se regodea en un placer prohibido.

    Una tarde, revisando el Facebook, él encontró por casualidad la cuenta vieja de Angelina, por la que se habían comunicado hacía años, cuando recién se estaban conociendo. Rupertino ingresó allí pero no vio nada nuevo, salvo una que otra foto de un paisaje montañoso. Le escribió un mensaje por no dejar, como un tiro al aire que se dispara sin la intención de que le llegue a nadie: “Sólo Dios sabe cuánto te extraño”, decía el mensaje, y era la síntesis de lo que sentía su corazón.

    Un mes después le llegó la respuesta a su número de celular. Angelina sí conservaba el contacto aún, pero nunca le escribió porque no quiso hacerlo: “Te perdono”, le dijo. Sólo eso, lo perdonaba, pero no quería volverlo a ver. Nunca más.



    La razón no la sabía Rupertino, pero hubo algo que hirió a la muchacha en su más profundo orgullo: Viridiana, una amiga común de Rupertino y Jessica, le dijo a Jéssica que este había hablado mal de su hermana con relación a su aspecto físico. Esto provocó la ira de Jéssica, quien acrecentó su odio por su despreciable ex cuñado y fue corriendo a contarle a su hermana para hacerla doler de indignación. Definitivamente reiteraba su promesa de no volverle a hablar a Rupertino.

    No fue fácil convencer a Angelina que él jamás había dicho aquello. No hubiera podido decirlo, pues si algo le obsesionaba a él de ella era su hermoso cuerpo, su cara angelical, la ternura de sus ademanes. Continuaba atraído ardorosamente por su novia.

    Tampoco se imaginó que Viridiana fuera de esas personas desleales que fomentan cizaña y hablan a espaldas del otro. Rupertino creyó que era una buena amiga y le confió sus cosas, pero no entendía con qué propósito podía esta tergiversar todo y peor aún, inventarse lo que él no dijo. Por no involucrar a Angelina en un problema con su hermana, Rupertino no pudo enfrentar a la chismosa, además de que ahora su ex cuñada lo detestaba más y que Angelina, en su momento, hizo un duelo rabioso que la llevó a sacarse a Rupertino definitivamente del corazón. Perdió once kilos de peso, pero ganó una dignidad que las súplicas de Rupertino no han podido doblegar.



    Él siente que la ama, que no puede vivir sin ella, que devolvería el tiempo si pudiera para tratarla como la reina que es para sus ojos. Ella parece haber superado a Rupertino y estar conforme con los cortejos de Edward, que además es un príncipe y tiene nombre de príncipe.

    Rupertino quisiera que su suerte solo fuera un cuento escrito para publicar en un blog, pero es la realidad. Alguna vez, en medio de su desespero, pasó por una joyería y se vio tentado a comprar una argolla de compromiso para proponerle matrimonio a Angelina antes de perderla. Pero sabía que ella lo rechazaría, así, de esa forma, y que nuevamente haría el ridículo. Estaba desesperado, temeroso de que el intrépido Edward se saliera con la suya y se ganara el corazón de Angelina.



    Porque algún día Rupertino decidió amarla, y por esa decisión estaba dispuesto a jugársela por ella hasta el final. Sólo necesitaba saber si aún ella seguía en pie con su decisión, o si ya la había cambiado. Pero ninguna señal le llegaba al pobre enamorado que se lamentaba de su error. Había perdido a la mujer de su vida, y él lo sabía.

    Ahora Rupertino tendrá que cambiar su decisión, la decisión de amar a Angelina. Sabe que será inútil insistir mientras haya un Edward o muchos Edwards a la vista. O simplemente, mientras ella no lo vuelva a considerar como una posibilidad.

    Se olvidará de su amada, es lo mejor. No la buscará más, no le escribirá, no seguirá estando disponible. Ella está mejor sin él, así como estuvo todo un año sin su compañía. Además, no está sola.

    Sin embargo, cuando trata de conciliar el sueño en las noches, a Rupertino le quema una brasa ardiente en el pecho: es la culpa de no haber sabido conservar a la mujer que todavía ama. Sí, aún la adora, pero ¿acaso ella sería capaz de regresar?

 

01/04/22

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