sábado, 30 de octubre de 2021

Todo por falta de celular

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Bastarían solo dos palabras para ahorrarle la mitad de los problemas al mundo: “Perdón” y “te quiero”. Bastaría apenas realizar una llamada telefónica si la distancia es tan insalvable y no hay forma de presentarse personalmente pero aún queremos escuchar a nuestro interlocutor en tiempo real. En el más impersonal de los casos, bastaría con enviar un mensaje de WhatsApp que exprese la gratitud, la disposición de hacer el bien, una actitud de perdón y arrepentimiento sinceros, un deseo real de vivir en paz con el prójimo.

    Estamos en capacidad de resolver muchos asuntos con tan sólo tomar el aparatico y ponerlo a funcionar para lo que fue creado originalmente. El problema no es de medios, sino de voluntad.

    No hay excusa. El teléfono se inventó para eso. Que con la tecnología y el internet se le haya dado valor agregado al medio de comunicación, eso es otra cosa. Lo cierto es que las circunstancias nos han obligado a toda hora a vivir conectados y a no soltar ese dispositivo que ahora le llaman Smartpohne.

    No obstante, hemos perdido capacidad de comunicarnos. A pesar de contar con una herramienta tan sofisticada a nuestro alcance, somos tan mezquinos los seres humanos del actual momento, que preferimos enviar mensajes con emoticones en lugar de llamar al otro, escucharle su voz y preguntarle cómo está. Nos agarramos a ese poderoso artefacto como si fuera nuestra tabla de salvación, guardamos allí lo más recóndito de nuestra intimidad, el registro completo de nuestra vida, pero nos da terror entrar en contacto directo con un prójimo que a lo mejor está sintiendo lo mismo, y de este modo perdemos la oportunidad de que con una sola llamada, se le pueda tachar al mundo un problema más de la larga lista.



    A mí, por ejemplo, me llena de terror tener que marcar un número y pensar que un ser de carne y hueso me contestará al otro lado de la línea. Me pone ansioso saber que voy a tener que afrontar un intercambio verbal con una persona real aunque solo sea para pedir un domicilio; la posibilidad de que ese alguien pueda estar ocupado y no necesite o no quiera mi llamada, o que se ponga en una posición superior por aquello de que quien llama es porque necesita algo. Y no digamos cuando es mi teléfono el que suena y yo dudo entre contestar o no: me aturde el temor de que sea una mala noticia.

    No es chiste: pertenezco a la generación que, según los estudios, sufre de telenofobia, o pánico a hablar por teléfono. Y cuando digo pánico no me refiero al que se genera por la presión de tener que sostener conversaciones de alto calibre, de esas en donde uno tiene que ser un sujeto muy aplomado y bien puesto. No. El solo hecho de saber que alguien escuchará mi voz dubitativa y desentonada me pone tan inquieto como si fuera a presentarme en una cita de la embajada americana.

    Jamás llamo a nadie: el repique que indica que el teléfono del otro está timbrando intensifica los latidos de mi corazón; la espera se hace mortal, sobre todo cuando no tengo preparado ni el saludo.

    Porque nos hemos acostumbrado tanto interactuar por medio de chats, mails y audios; a enviar mensajes con emoticones y gif animados, que vemos inútil el encomiable deber de hacer una llamada que nos implica confrontarnos con otro y con nosotros mismos.

    Hay personas a las que les gusta conversar mucho por teléfono, no podemos negarlo. Afortunadas ellas porque, repito, yo soy de aquellos que le tienen pavor al artilugio.



   Dirán ustedes que es absurda esta disertación sobre la importancia de llamar por teléfono en una sociedad que se dedicó a los mensajes y ya no quiere conversar, pero es que me pongo en los zapatos de otras personas que en el pasado hubieran dado la vida por haber tenido un aparato de los de ahora y no alcanzaron. Hasta con uno de los de tercera generación les hubiera bastado para solucionar sus inconvenientes. Nosotros, que tenemos todos los medios habidos y por haber a nuestra disposición, preferimos dilatar la solución de los pequeños problemas que se pudieran resolver con una llamada, pero no queremos hacerlo.

    En el pasado, cuando la gente no tenía estas facilidades de hoy, se escribían cartas que a veces se tardaban tres meses en llegar, pero aun así se comunicaban mucho mejor. Las personas no perdían tres horas de su vida chateando porque en esos tiempos de añoranza existía algo que se llamaba “la visita”, y esta por lo general venía acompañada de pan con queso y chocolate. Buenos tiempos aquellos.

    Un poco más avanzada la tecnología, cuando apenas existían los teléfonos fijos, de esos “de meter el dedo” en un disco, muchas personas vieron en ello la oportunidad de hablar y hablar sin tener que salir de casa, como si estuvieran en pandemia. De modo que los primeros usuarios se pegaron al aparato durante horas hasta que les llegó el primer recibo de la cuenta que en ese entonces se facturaba según los impulsos electrónicos, y el de mayor autoridad en la familia ponía el grito en el cielo y advertía que “el teléfono era sólo para acortar distancias”, acabando así con la magia de conversar indefinidamente. Fue solo hasta que llegaron los celulares inteligentes, compatibles para recibir señal de internet, que pudimos tener una variedad infinita para comunicarnos, y hasta gratis. Sin embargo, ahora es cuando menos llamamos.



    Toda esta palabrería se me ha ocurrido porque a diferencia de la realidad, la ficción literaria sí que se ha beneficiado de los grandes problemas de comunicación. Acabo de leer dos cuentos de García Márquez en donde la falta de teléfono, específicamente de celular, jugó un destino marcadamente trágico en la vida de los personajes. Me refiero a dos que hacen parte de su libro de los “Doce Cuentos Peregrinos”. Uno es aquel titulado “Sólo vine a hablar por teléfono”, aclarando desde el título la obviedad del problema, y el otro es “El rastro de tu sangre en la nieve” (aquí viene el spoiler), en el que al protagonista, Billy Sánchez, le hizo falta un miserable celular para al menos haber podido comunicarse con alguien en aquella mansarda de París y contarle su infortunio, y haber pedido ayuda ante esa situación en la que no sabía qué hacer, mientras su amada Nena Daconte se desangraba en el hospital de enfrente. Un celular le hubiera bastado a ella también para informarle de su estado, pedirle lo que necesitara, indicarle cómo hacía para verla, o simplemente despedirse cuando estuviera exhalando su último aliento. Mientras soportaba las angustiosas horas de espera, Billy se enteró de lo ocurrido al cabo de una semana, cuando ya todo estaba consumado. A él tampoco lo pudieron localizar, ni la Prefectura de Policía de París, ni el funcionario de la embajada, ni sus familiares. Y todo por falta de celular.

    En el primer cuento, el de “Sólo vine a hablar por teléfono” (va el otro spoiler), la cosa fue igual o peor de trágica, pues si la protagonista, María de la Luz Cervantes hubiera tenido su celular así fuera con un punto de batería, le habría podido avisar a su esposo Saturno el Mago que se había varado en la carretera y que más bien fuera a recogerla, en lugar de haberse quedado recluida durante años en un sanatorio sin tener ningún tipo de problema mental. Y nuevamente, todo por la falta de celular. (Fin del spoiler).

    Pero así fue para todo el mundo antes de que se lo inventaran, de modo que los casos en los que el dispositivo hubiera jugado un papel decisivo, de haber existido, se cuentan por centenas de millones.

    Por fortuna (o por desgracia) el celular es un invento moderno, propio de un tiempo en el que ya casi no se produce buena literatura. De lo contrario habría echado a perder las grandes obras; los desencuentros y las confusiones que sellan el destino inquietante de los personajes no hubieran podido acaecer, y al final las historias se habrían resuelto de una forma tan práctica que no hubieran merecido ni escribirse.



    Si Romeo y Julieta, por ejemplo, hubieran sido de esta época, no se hubiera suicidado ninguno de los dos por amor. Les habría bastado un simple mensaje de WhatsApp: “Romeo, me hice la muerta, pero ahora despierto. No te preocupes. Nada de hacer tonterías, tq.”, y así la trama hubiera terminado en un final feliz. Bueno, cuando Romeo y Julieta se casaran y se dieran cuenta de que no eran compatibles y que no podían vivir juntos por venir de familias con costumbres tan diferentes, la pareja más romántica de la literatura habría resultado un fiasco, pero esa ya es otra historia.

    O qué tal por ejemplo Penélope esperando a Ulises con un celular en la mano. Primero le quemaba el aparato a punta de llamadas perdidas que Ulises no hubiera querido contestar. En segundo lugar le enviaba un mensaje acompañado con el emoticón de la carita roja muerta de la rabia en donde le ordenaba que regresara de inmediato si no quería tener problemas con ella. Y Ulises no habría podido participar en la guerra. Bien se sabe que es preferible desobedecer la orden de un general que desobedecer la orden de la mujer.   

    Definitivamente el celular habría sido un atentado para la literatura antes del siglo XX: sin grandes obstáculos de comunicación como los de antes, los desenlaces hubieran sido aburridos, planos, y tan automáticos como se resuelven las situaciones de hoy.



    Pero gracias al avance tecnológico se crean otros novelones dignos de contarse: por ejemplo el drama del hombre cuyo celular cayó en manos de su pareja y allí se selló su suerte, o el de la chica que intentó suicidarse porque en un momento dado su Apple dejó de funcionar. Qué le hacemos, si de ese talante son las historias modernas.

    Y precisamente, como ya no hay que realizar proezas heroicas en nombre del amor o en defensa de la patria, como no hay que correr desesperados detrás del avión, ni cruzar los mares, ni llegar a tiempo para salvar una causa perdida en el último minuto, ni vivir en la aventura perpetua; basta con que realicemos esa llamada que le estamos debiendo al ser querido, a nosotros mismos, al mundo entero: no sabemos si de eso dependerán otros destinos.

    No sabemos tampoco si algún día, cuando toda esta proliferación incesante de artilugios al fin cese, lleguemos a lamentarnos por no haber marcado a tiempo para decir “te quiero” o para otorgar el perdón, porque a lo mejor todo se deberá a la falta de celular.

sábado, 23 de octubre de 2021

La revolución urgente

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    El titular rezaba así: “escasez de chips continuará si la demanda por celulares 5G se sigue aumentando”.[1]

    Se trataba de una entrevista realizada por El Economista, un periódico virtual mexicano, a Oscar Albin, un ingeniero prominente en la industria de autopartes mexicana. La entrevista versaba acerca de los principales retos que enfrentará dicha industria para el año 2022. Luego pasaba a exponer la tesis central de que la escasez de semiconductores para la producción de vehículos ha impactado negativamente las cifras de ventas en México y en el resto del mundo.

    Los microprocesadores o llamados chips, son también un componente muy importante para la fabricación de teléfonos celulares. Existe actualmente una crisis en la industria por la falta de materia prima para la fabricación de dichos chips: el acero ha incrementado su precio en tres veces, el aluminio, el cobre, las resinas plásticas y otros compuestos no se quedan atrás. Los minerales conductores escasean, y si no se tienen los chips suficientes, el mercado no puede ofrecer sino aquellos productos que generan una mayor ganancia y un menor costo de manufactura. Tanto los vehículos como los teléfonos celulares requieren chips, pero se privilegia la fabricación de estos últimos sobre los primeros por cuanto generan mayores utilidades y son demandados a mayor escala, además de que entrañan menos impacto ambiental que la producción de vehículos: el mercado se enfrenta al dilema entre suplir la necesidad de movilización frente a la necesidad de comunicación.

    La escasez de microprocesadores está llevando, por consiguiente, a un aumento de los costos de la industria automotriz y de todo el mercado de productos de tecnología digital, no sólo porque ahora los chips cuestan mucho más que antes de la pandemia, sino porque sencillamente no hay materias primas energéticas para fabricar los integrados. El ingeniero entrevistado en la nota afirma que, “los fabricantes de teléfonos son los principales devoradores de semiconductores”. 


    La anterior noticia me lleva a preguntarme una cosa: ¿Cómo es que estamos ad portas de lanzar una cuarta revolución industrial, que es en sí misma una revolución digital, y no hay insumos? El video “La crisis de los chips” del canal G24 en cabeza de la periodista Sandra Valencia analiza en detalle lo que podría significar esta coyuntura tecnológica.[2]

    Vamos a la historia.

    Las revoluciones industriales siempre nos han llevado hacia adelante, hacia el progreso, hacia el supuesto mejoramiento del nivel de vida de la humanidad. Esto podrá ser discutible, pero desde luego que el avance tecnológico es innegable. Esta vez, de la mano de los ecologistas y las organizaciones ambientales, estamos planteando volver atrás: está demostrado que los recursos son finitos, o al menos esa es la idea que nos han hecho creer, y que por tanto debemos avocarnos a un gran reseteo.

    El mundo ha vivido cuatro revoluciones industriales. Por ahora vamos entrando a la cuarta, que ha resultado ser la más compleja y controversial.


    La primera se dio a mediados del siglo XVIII en Gran Bretaña y se extendió a Europa Occidental y a la América anglosajona. Fue una transformación total en lo político, lo económico, lo tecnológico y lo social. La humanidad mudó de una actividad rural basada en la agricultura y el comercio a una actividad industrial basada en la producción en serie. Cambió el sistema de economía feudalista a uno capitalista, aparecieron los burgueses y perdieron influencia los propietarios de la tierra o los llamados señores feudales que vieron cómo el capital se iba trasladando a la industria técnico-mecánica. Las ciudades cobraron mayor importancia por cuanto pasaron a ser centros urbanos altamente poblados y plagados tanto de riqueza como de miseria. Se aumentó el ingreso per cápita, lo cual no supuso necesariamente que se acrecentara la riqueza para todos, sino para los dueños del capital.

    La Segunda Revolución Industrial se dio entre 1850 y 1914, caracterizada por un período de notoria aceleración gracias a la utilización de otros combustibles fósiles diferentes al carbón como el gas y el petróleo, que fueron nuevas fuentes de energía. En este periplo se revelaron materiales altamente conductores como el acero, se implementaron tecnologías avanzadas con el descubrimiento de la electricidad, y aparecieron sistemas novedosos de transporte como el automóvil y el avión, así como nuevas máquinas a vapor. El invento del teléfono y la radio desarrollaron las comunicaciones a un nivel superior, el consumo creció enormemente, y se dio la primera internacionalización de la economía. Norteamérica y Japón fueron claves en esta Segunda Revolución Industrial a diferencia de la primera, que sólo impactó en Reino Unido y Europa. Las empresas y los mercados cambiaron significativamente y con ellos la división del trabajo se hizo más compleja.


    Luego de las dos guerras mundiales del siglo anterior el mundo comienza a desarrollarse aceleradamente. Finalizando la década de los setenta comienza a hablarse de la aldea global, o un comercio mundial con lenguaje único. Aparece la Tercera Revolución Industrial impactando altamente las comunicaciones. Surgen entonces las tecnologías informáticas, y el internet toma un papel preponderante junto con los sistemas de generación energética: las nuevas formas de comunicación cambian el paradigma de la civilización, y se apuesta al uso de energías renovables, dando lugar a mercados crecientes con conciencia ambiental. En la Tercera Revolución Industrial el elemento predominante fueron las telecomunicaciones digitales y el papel que jugó Internet como herramienta fue vital para conectar al mundo.

    Se habla hoy de la próxima revolución industrial, la cuarta, cuyo elemento central es la inteligencia artificial y el poder de las Bigdata: la información procesada a través de los algoritmos complejos y que está interconectada masivamente a través de todos los dispositivos digitales. Sin embargo, una crisis mundial está causando pánico por la falta de los micro circuitos que son indispensables para la implementación de este salto tecnológico. Según los expertos, la razón principal para esta escasez es el cambio climático. Sí, sequías como la de Taiwán, por ejemplo, que es el principal productor de chips a nivel mundial, traen graves problemas a la cadena de suministros. Es la peor en 56 años.

  Dependientes de los chips necesarios para los automóviles, equipos médicos, equipos de manufactura, cónsolas de videojuegos, teléfonos inteligentes, Smart tv’s, computadores personales, cámaras de seguridad, etc., la consecuencia de ello es que no hay suficiente oferta para una demanda creciente de aparatos tecnológicos. Por tanto, el precio de estos artículos en el mercado tiende a un alza sin precedentes. Los chips para la tecnología son como el azúcar o la sal para la gastronomía: indispensables. De estos circuitos es que depende el desarrollo de la industria y la dinámica de la economía capitalista. Si la sequía de Taiwán es una amenaza para el comercio electrónico mundial, pocas probabilidades habrá de una cuarta revolución industrial que se implemente a tiempo. Aunque este cuarto desarrollo habría comenzado recientemente, con la crisis de los chips, repito, no se puede dar abasto a la demanda por los dispositivos necesarios para impulsar la inteligencia artificial y propalar el poder de las Bigdata.


 

   Se ha proyectado que para la tercera década del siglo XXI este salto tecnológico estaría en marcha en todo su furor. Se requiere, eso sí, que los seres humanos consumamos la menor cantidad de recursos para que las grandes corporaciones tengan un mayor acceso a la materia prima necesaria para sus transformaciones. Así es: que los habitantes del planeta gastemos menos agua y menos energía si es que queremos más tecnología. De ahí la propaganda infundada que el Foro Económico Mundial pretende que interioricemos con su lema de “no tendrás nada y serás feliz”; es decir, la idea del globalismo de que hay que ser feliz con menos para no ser víctima del consumismo. En otras palabras, sugiere la división del mundo en dos nuevas clases sociales: aquellos que dependen de la tecnología para vivir, gozando a su vez de los privilegios de la economía digital, y aquellos que tienen que resignarse a vivir con menos, sobre los que recaen todas las acciones de los primeros: una nueva pugna entre dominadores y dominados, sólo que desde la vertiente tecnológica.

    No sabemos si será bueno o malo que no haya llovido en Taiwán en tanto tiempo, que se retrase el avance tecnológico un par de años por la falta de materia prima para la elaboración de chips, o que el peligro de la inteligencia Artificial sea pospuesto. Lo que sí sabemos es que sin estos semiconductores “no se podría producir prácticamente nada”, ni en el mundo de hoy, ni en la esfera de la Cuarta Revolución Industrial.



    Pero así es el mundo: se prenden las alarmas por la sequía en Taiwán, no porque los habitantes puedan morirse de sed, sino porque se detiene el avance de la revolución industrial; se estanca el crecimiento económico del mundo y no se sabe a la larga qué es peor, si el hecho de que puedan morir de sed los taiwaneses, o que en el resto del planeta nos quedemos sin celular.

    Ahora más que nunca somos tan dependientes de la tecnología, que las circunstancias tal vez nos obliguen a mirar hacia el interior del ser. Acaso sea la naturaleza misma la que tenga frenada a propósito nuestra evolución. Sabrá ella hasta dónde nos dejará llegar en nuestro afán de construirnos el cadalso.

    Acaso sea allí, en el interior, donde se necesite la verdadera revolución: la revolución espiritual, la más urgente para el mundo.



[1] https://www.eleconomista.com.mx/autos/Escasez-de-chips-continuara-si-la-demanda-por-celulares-5G-se-sigue-multiplicando-Oscar-Albin-20211218-0006.html

[2]  www.youtube.com/watch?v=jh2JaeS4peg&list=PL18sLbvMjYxfdu

yNknbMF0OopH7b2iebf&index=4    Video  #ATENTOS-LA-CRISIS-DE-LOS-CHIPS-DEMANDA-SOBRE-OFERTA | ANALISIS | 

sábado, 16 de octubre de 2021

Metaverso: el circo del futuro

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




El 28 de octubre de 2021 Mark Zuckerberg anunció, a través de una conferencia online, que su afamada empresa, por la que se dio a conocer y que lo enriqueció a costa de la privacidad de otros, la denominada Facebook, pasaría a llamarse entonces Meta, un nuevo mega negocio que ofrecería la posibilidad de tener una vida virtual encomiable mientras el mundo real se derrumba a pedazos.

    Hoy, luego de que el nombre de la empresa ha cambiado, además para aplacar los conflictos por las acusaciones de manipulación de información de sus usuarios, en especial por la divulgación de datos que se suponía eran privados y que demostró que para Facebook lo privado es público, se espera que este nuevo proyecto llegue a tener una posición dominante dentro de las BigTech, ya que Zuckerberg está apostando todo para aumentar ostensiblemente las ventas y el valor de las acciones de su consabida Meta.

    La sociedad actual se sigue configurando en torno a la ontología digital, a delimitar el ser desde lo tecnológico. Es por ello que con el lanzamiento del Metaverso, que es un término derivado del meta-universo, se espera que la realidad virtual se extienda a todos los campos de la vida de las personas, incluso mucho más de lo que hoy se ha ampliado con motivo de la pandemia.



    El Metaverso es un experimento que supone un “mundo virtual de inmersión al que las personas podrán acceder con gafas de realidad aumentada y dispositivos de realidad virtual que simulan que sus usuarios están flotando en un mundo digital”.[1] Como el vocablo griego meta significa más allá, el Metaverso es un universo que está más allá. No es real, no es tangible, no es palpable, pero se puede sentir.

    Opera como un juego en el que una persona, a través de un ávatar, podrá entrar en contacto con otros utilizando la mayor cantidad de sus sentidos sin salir de una habitación. No es un universo paralelo, pues depende del universo real para existir, ni es necesariamente una réplica de la realidad, pues allí pueden confluir muchos mundos.[2] Es, de todos modos, un artificio en tres dimensiones donde ya no se navega a través de un teclado, sino a través de dispositivos especiales que nos recrean un personaje emulando al cuerpo físico en la red. Es literalmente estar metido en el mundo virtual, con un cuerpo virtual, no siendo más un seudónimo, ni un usuario, ni un suscriptor, sino una figuración animada de cualquier tipo que nos personifica como si la mátrix nos hubiese abducido la mente. En el Metaverso la realidad se percibe aunque no exista. Allí tenemos la oportunidad de crear el mundo real en la red y ser al mismo tiempo sus protagonistas. Así podremos asistir a las fiestas, ir a la misa dominical, a los conciertos, a la universidad, al trabajo, participar de los encuentros sociales, y viajar virtualmente a otros países o a otras épocas: vivir incluso los hechos de la historia contada desde la perspectiva que conviene a los dueños de la tierra virtual; saludar a familiares con los que no se tenía contacto hacía mucho tiempo, simular comunicación con personas fallecidas y verlos como en un holograma, y en general vivir una vida en la que sea posible escapar de la realidad que para muchos es considerada indigna.



    Y no basta con ser nosotros mismos en la red. Lo más importante es que este artificio de realidad virtual nos invita a que seamos lo que queramos: un humano, un dinosaurio, un robot, una persona del sexo opuesto, en fin: hay identidades de todo tipo y para todos los gustos.  

    Si bien en 2020 nos obligaron a estar absorbidos en lo digital y a realizar la mayor cantidad de nuestras actividades diarias a través de una pantalla, con el Metaverso la inmersión será total. Imbuirnos por completo en la irrealidad será una experiencia más sensitiva. Asumir la identidad que queramos nos constituirá en otro ser completamente diferente en ese circo de mentiras. ¿Está la humanidad preparada para esta revolución tecnológica tan radical?

    Aquí es donde cabe plantearse el interrogante, cuando por este adelanto estamos ad portas de una ruptura del ser humano que lo llevaría a renunciar a su esencia.



    Es cierto que este salto tecnológico podrá traernos muchas cosas buenas, abriéndonos todo un campo de posibilidades para avanzar como civilización, pero no hay que olvidarnos del principal peligro que supone el Metaverso, y es que está manejado por quienes controlan los algoritmos y están en capacidad de someter el pensamiento de toda la sociedad: las grandes compañías tecnológicas, los estados que cada vez más se vuelven dictatoriales y totalitarios, y el poder global reuniéndolos a todos. Será como luchar contra un leviatán en un terreno del que poco conocemos.

    Hay que ver que un tipo como Zuckerberg, a quien por idiotas le entregamos nuestra privacidad en su red social de pacotilla y que la ha sabido vender al mejor postor, es el que está orquestando este universo. Si hizo algo tan peligroso en una plataforma que se suponía era para encontrar viejos amigos, no digamos lo que puede hacer con el Metaverso, que será la vida misma aunque en realidad no lo sea.

    Toda tecnología trae implícita sus propios peligros, como cuando nos llegó el televisor o nos inundaron de celulares. En el primer caso la unión familiar y la figura de la autoridad dentro de las familias se vieron amenazadas, cuando los miembros ya no decidieron reunirse en torno a las historias que contaba el padre o el abuelo, sino en torno a la nueva potestad: el televisor. Luego ya no fue suficiente ese oráculo de Delfos en la sala de la casa porque se decidió que cada integrante del clan tuviera su propio aparato en su cuarto privado. Ocurre lo mismo con el Smartphone, ese artilugio que no soltamos para comer, dormir, ni para ir al baño. Ha sido una manera muy sutil de secuestrarnos el pensamiento. Con el Metaverso ocurrirá algo similar: la tecnología misma por encima del ser humano; el despojo mayor del sentido de la vida, del altruismo, de la fe, la razón y el discernimiento, y en últimas de la libertad y la felicidad. Tiene todos los aditamentos para constituirse en el nuevo soma del mañana.

    Pero la tecnología no es buena ni mala por sí sola, aunque sí requiere de una mente inteligente que la sepa usar. Así como un serrucho puede ayudar a partir una tabla para construir una vivienda, también puede servir para aserrar un cuello. Si la sociedad no logra controlar los alcances y el dilema moral que supone esta inmersión tecnológica, será como un revólver en las manos de un niño. 



    Si este adelanto científico constituye una amenaza, será en todo caso la de perder nuestra presencialidad definitiva. Tanto nos han amedrentado con el bioterrorismo a raíz del Covid, y ahora con el catastrofismo del clima en el que nos descargan la responsabilidad a los menos culpables del llamado “cambio climático”, que nos ofrecen este universo de fantasía como la única solución redentora para los que quieren y pueden vivir como unidades de consumo, y al mismo tiempo nos lo impondrán como la alternativa excepcional para evitar la proliferación de los virus y el daño ambiental al que estamos sometiendo al planeta con nuestras actividades tan “despiadadamente contaminantes”: respirar es una de ellas. Y mientras eso ocurre, será consecuencia lógica de nuestra inmersión en el Metaverso que sucumbamos en cuerpo físico al hambre y al desasosiego cuando también en ese mundo irreal entendamos que nada será gratis y que seremos una clase dominada y explotada por la élite de siempre.

    Si la renta básica universal es el pan del mundo del futuro, el Metaverso es el circo.



[1] www.pagina12.com.ar/380986-mark-zukerberg-un-paso-mas-hacia-la -distopia

[2] El video “¿Qué es el Metaverso?” del intelectual peruano Miklos Lukacs nos amplía la idea al respecto de esta tecnología. https://www.youtube.com/watch?v=WF0B84_QEbo&list=PL18sLbvMjYxf_LgrdtuW6Bk_gEBOeabu5&index=12.

 


sábado, 9 de octubre de 2021

La estupidez de alimentar a los pájaros

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Mi vecina, la señora del edificio, una vieja solitaria cuya expresión facial es similar a la de alguien que olfatea la emanación de la miel de purga fermentada, como si el mundo y sus alrededores le produjéramos fastidio; tiene por costumbre alimentar las tórtolas, los canarios, y demás especies avícolas silvestres que vuelan en torno al barrio Popular Modelo de Pereira. Deben ser estas aves habitantes marginales del cerro Canceles, sólo que por la despiadada construcción y la deforestación a la que la mano del hombre ha sometido su hábitat, han sobrevolado los terrenos aledaños de la ciudad en procura de alguna cosa mejor qué comer que los gusanos de la tierra, cada vez más escasos. Ellos también migraron a donde no los perjudicaran las retro-excavadoras.



    Todos los días ella esparce salvado de trigo, semillas, o cuchuco en la zona verde del primer piso donde está su apartamento. El edificio es uno de los pocos en contar con un lote de pasto fresco y uno que otro matojo ornamental, símbolo de galanura y belleza de las épocas pasadas de este barrio venido a menos e invadido por los comerciantes de comida chatarra. Como digo, ella esparce esas semillas tentadoras para los pájaros, que de familia en familia esperan su turno de comer, colgados de las cuerdas de la luz o de cualquier cable que parte desde el poste que da justo sobre el patio exterior de mi casa. El resultado de aquellos relevos multitudinarios es que todas las heces que desprenden los plumíferos mientras aguardan ansiosos sobre las cuerdas, caen a mi antejardín que también en otro tiempo fue una cuadrícula de hierba y maleza prominente que se beneficiaba de la mierda que le llovía del cielo.

    Pero ahora es distinto.



    Desde hace unos años mi padre y yo nos cansamos de lidiar con el crecimiento de ese pastizal que nos demandaba tiempo y dinero, y decidimos, erróneamente, como el progreso de la ciudad nos lo sugería, embaldosar con granito y tablón aquel terral por donde respiraba nuestra casa. La consecuencia no se hizo esperar, y el muro blanco que separa mi casa del edificio, junto con el piso de granito que al principio le infundió buen aspecto a mi patio exterior, lucen ahora como la pocilga más inmunda, no de la cuadra, sino de toda la ciudad. Como si ese espacio cuadrangular hubiera sido toda la vida un gallinero mal tenido que alguna autoridad de salud hubiese obligado a levantar y nadie se hubiera ocupado de limpiar los restos. Así luce la entrada de mi residencia, no por falta de cuidado, sino por la acción de docenas de pájaros que mi vecina ceba en su propiedad a la vez que se apoderan de mi espacio aéreo y lo utilizan de estación temporal en su búsqueda de alimento.

    Es que no hablo de cuatro o cinco pichones tiernos e inocentes que la señora quiere cuidar con benevolencia y contemplación, llenando así sus horas muertas porque seguro no tiene otra cosa con qué entretenerse. Hablo de todo un batallón de pequeños avechuchos, tórtolas en su mayoría, y a veces palomos que cagan de sol a sol sobre la entrada y el muro de mi casa. Me tienen más enfangado que al Bolívar Desnudo.

    Alguna vez le hice saber (por intermedio del celador, para no entrar en un conflicto personal) que su actividad me estaba perjudicando, que por su causa se ensuciaba mi antejardín. La respuesta que mandó a decir la señora fue contundente:

    —Pues que lo lave.

    Antes de morir, mi padre ocupó sus últimas horas esperando el momento en que se apostaba la bandada para salir a espantarla con una vara de chanú. Así lo hizo mientras finiquitábamos los arreglos de la casa que supuestamente íbamos a rentar. Pero ocurrió la desgracia a causa del arma biológica con que los poderosos atacaron al mundo, y entonces mi padre no pudo resistir el virus y falleció. Aún me encuentro superando el dolor, no sin bastante dificultad.

    Aquel suceso cambió todos mis planes del futuro y por fuerza mayor resulté viviendo en nuestra casa grande que no pudimos alquilar, pero en la que ahora vivo feliz, salvo por la ausencia de mi padre y la molestia de mi vecina con su estúpida asistencia alimentaria a las aves silvestres.


 

    En principio traté de utilizar la misma estrategia de mi padre, asustando las tórtolas con una vara, dando un golpe sobre las cuerdas de la luz, pero estas se escabullían de momento y al rato regresaban en mayor cantidad. Mi madre me advirtió del peligro de azotar las cuerdas que porque así se electrocutó un señor que ella conoció, y además me pareció inútil: no podía quedarme todo el día esperando unos pájaros para espantarlos, pues aunque no lo crean, yo también tengo cosas qué hacer.



    Pensé en conseguir un gato, un bandido felino que saltara el muro y se metiera en el pastal del edificio, que cazara dos o tres pajarillos para que aprendieran la lección. No obstante, el remedio podía resultar peor que la enfermedad. La señora sí me reclamaría por la invasión que haría mi animal a su terreno, y para eso sí habría ley. Además tendría que soportar otros destrozos que el minino haría dentro de la casa, y algunos vecinos se quejarían porque de noche asaltaría sus tejados y se aprovecharía de sus gatas. No, eso hubiera sido un problema mayor.

    He pensado en esparcir amoníaco para alejarlos, pero me di cuenta que aquello es altamente nocivo para las personas que padecemos problemas respiratorios. En últimas, me he tenido que conformar con ignorarlos, así impunemente embarren mi casa y sigan enseñoreados sobre las cuerdas, mientras mi vecina continúa echándoles comida y sosteniéndolos para hacerlos cada vez más débiles y dependientes, como si su objetivo fuera perjudicarme, o a la larga fuera el de engordar a los pájaros para comérselos.

    Y me está perjudicando indirectamente. A ella poco le importa. Su cara de tití recién capturado parece desafiarme, pero mal haría yo en meterme con una viuda de setenta años. Creo que es una batalla perdida.           

    Y creo también que no sólo me está afectando a mí, sino al ecosistema entero. Mi vecina, con su actitud de padre alcahuete, está acostumbrando mal a estas criaturas que no tienen que desgastarse por obtener la ración diaria de alimento, y mucho menos impacientarse por pagar el alquiler de la vivienda, los servicios públicos, adquirir el vestuario, o suplir otras necesidades por las que sí tiene que movilizarse la especie humana. El pasaje bíblico nos ilustra a este respecto:


 

"Por eso os digo, no os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis o qué beberéis; ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis.

¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que la ropa?

Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro                       Padre celestial las alimenta.                 ¿No sois vosotros mucho mejores que ellas?"                                                  (Mateo 6:25-26).

    Afortunadas las aves que no sólo el Padre celestial les provee de alimento, sino también unas cuántas almas bondadosas que tienen más dispuesto el corazón para proteger a los animales que a los de su misma especie, y no los culpo. Bien se sabe que la maldad sólo es inherente al ser humano, pues las bestias actúan por instinto. De hecho en ocasiones parecen dotadas de un raciocinio extraordinario. 

    He leído que la Universidad de Basilea, en Suiza, realizó un estudio en el que se concluyó que es una pésima idea ofrecer alimento a las aves, por lo menos de manera sistemática.



    En primer lugar, “las aves que consumen semillas colocadas adrede en su territorio comienzan su canto matinal con veinte minutos de retraso”[1], afirmó Valentín Amrhein, uno de los investigadores. Podría parecer una insignificancia veinte minutos, más resulta que las aves también manejan sus tiempos. El carbonero común, por ejemplo, puede cantar durante cuarenta minutos, lo cual es crucial para su reproducción y la defensa del territorio de sus rivales. El retraso hace que las hembras los consideren menos aptos para aparearse y por lo tanto se pone en riesgo la supervivencia de su especie. Según el estudio, el 36% de los machos alimentados artificialmente se tornaron perezosos a la hora de salir a cantar. Esto podría explicarse porque la presencia de alimento adicional en los mismos lugares y de manera constante, hace que más aves se sientan atraídas, incrementándose así los conflictos entre los machos rivales. La consecuencia es que aquellos que no se sienten lo suficientemente fuertes para el enfrentamiento se tornan intimidados, se abstienen de cantar y se limitan a esperar en un punto cercano para ver cómo los demás se alimentan, tomando así el último turno cuando apenas les han dejado las sobras. Esto hace que pierdan, no sólo en cuanto a la posibilidad de alimentarse, sino que además se acorta su ciclo de vida: a veces, aunque sobre comida en un lugar específico, resulta que ese territorio ya está controlado por bandadas que impiden que los más débiles se alimenten, condenándolos así a esperar por un tiempo tan extenso, que estos finalmente se resignan a perecer de hambre porque ya no quieren ir a buscar alimento en otro lugar.

    Pero también pierde el resto del ecosistema: cuando un ave se acostumbra a hallar la comida en el mismo sitio y a depender de manos ajenas para subsistir, no hará méritos propios para prodigarse alimento a sí misma y a su familia.



    Algunas tareas fundamentales de los pájaros silvestres son ayudar a polinizar, esparcir semillas, controlar la población de insectos y anélidos, eliminar las malezas, limpiar la tierra de plagas, y por supuesto, alegrar nuestros corazones con su canto, pues nos ayudan a relajarnos y a enternecernos. Pero estas tareas no deben estar supeditadas al jardín de una persona en particular: se requiere que las aves operen en un territorio extenso para que beneficien a toda la comunidad. De modo que atraer a muchas de ellas al jardín propio por medio de la alimentación permanente y condicionada, es monopolizar parte de la naturaleza, al tiempo que se la destruye: es toda una estupidez.



    Este comportamiento se asemeja tanto al de las personas, que uno no entiende por qué cada vez hay más tontos que pretenden que los demás tienen que sostenerlos, como si fueran los pájaros de mi vecina. No saben que se están clavando su propio cuchillo, y esto aplica para quienes anhelan gobiernos de planificación central de la producción, donde todo lo tiene que proporcionar el Estado. Ya saben a qué me refiero.

    Mi vecina, sin querer, está ayudando a la exterminación temprana de aquellos pajarillos que ella, en su ignorancia, piensa que está protegiendo. Ojalá pudiera leer el estudio de la Universidad de Basilea. Y ojalá algún día no tenga ella (ni nadie) que depender de un tercero para sobrevivir. Que cada quien haga méritos para ganarse las cosas.

    Por lo pronto, que liberen a los pájaros de la dependencia, y que alguien me ayude a limpiar el antejardín.



[1] www.bbc.com/mundo/noticias/2010/12/101228_alimentar_aves_canto_lp

 


sábado, 2 de octubre de 2021

Peligrosa filantropía

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Algo que escuché por ahí entre las tantas reflexiones que van quedando de esta tenebrosa disputa por la dominación mundial: “quien se adueña del lenguaje se adueña de la idea, quien se adueña de la idea se adueña del discurso, y quien se adueña del discurso controla el relato dominante”.

    Nada más efectivo para controlar el destino del mundo, incluso para consolidar una imagen de bondad y altruismo que se riegue como pólvora por los medios de comunicación hegemónicos; que apoderarse del lenguaje. Es a través de este como se pueden someter las mentes que gestarán las ideas del futuro, plasmadas luego en discursos encubridores y planes de “ayuda” a los que nadie podría resistirse. Una de las maneras más efectivas de ganar ese poder del relato dominante es convirtiéndose en un gran filántropo.



    Me pregunto a estas alturas qué significa esa palabra que por sí sola me genera un escozor digno de película de Hitchcock. Sí, lo he dicho muchas veces y lo repito: no hay nada que me produzca más desconfianza que un filántropo.

    Precisamente busqué en el diccionario para precisar la definición del término: “individuo que se caracteriza por el amor hacia las demás personas y realiza obras por el bien común sin esperar recibir nada a cambio”. La palabra viene del griego “philos” o “filos”, que significa “amor”, y “anthropos”, que indica “hombre”. Uniendo los dos vocablos quiere decir “amor al hombre”. Si en efecto la filantropía que practican algunos afortunados del globo terráqueo obedeciera a este principio grandioso, no tendría objeciones a esta actividad, pues qué otro propósito más cristiano y bondadoso pudiera haber. Me conmovería hasta las lágrimas si en el mundo existieran más personas movidas por el amor y no por intereses de dominación, pero como soy un desconfiado irredento y creo en la bajeza del hombre, en su podredumbre innata antes que en la corrupción a la que lo somete la sociedad; considero a los filántropos como a una legión de demonios que saben perfectamente cómo conquistar el alma de los incautos a través de sus inversiones (quiero decir sus donaciones), que más bien son como dulces envenenados que le regalan a la sociedad.

    Hay un grupo pequeño pero muy poderoso de esta especie que se disemina por los cinco continentes, que no cesa de repartir su fortuna para causas aparentemente nobles que procuran alcanzar el bienestar. Uno los ve y de inmediato cree volver a tener fe en la humanidad. Pero ya dije que el hombre es una creación demasiado imperfecta y que es el que ha causado la debacle en la que se encuentra el universo; ese desequilibrio de energías que se inclinan a la entidad del mal. Entonces una sombra de desconfianza me atraviesa el alma y pienso que algo tan bello no puede ser cierto. ¿Por qué alguien querría regalar sus millones de dólares así porque sí?



    Esa cofradía de “buenos ciudadanos” que conceden su fortuna y le inyectan capital a las organizaciones que supuestamente trabajan por el bien común, realmente lo que pretenden es manejar a su antojo el destino de la población mundial. Eso bien lo sabemos. Tienen tanto poder que se dan el lujo de donar el equivalente a lo que dona una nación entera a organizaciones como la OMS. Durante el año negro de la pandemia, el 2020, nada más una fundación como la de Bill y Melinda Gates fue la segunda que más aportó a dicha organización después de China. No, no fue Estados Unidos, ni Gran Bretaña, ni Japón. Fue un solo hombre el que financió a toda una sociedad de alcance mundial, la misma que dio las directrices a los gobiernos sobre cómo debían manejar la crisis.

    Algunos nombres se me vienen a la mente aparte de los ya conocidos Bill Gates y George Soros. Otros angelitos de esta camarilla son Warren Buffett, Elon Musk, Jeff Bezos, Michael Blumberg, Ted Turner, en síntesis, los hombres más ricos del mundo, como en su momento lo fue David Rockefeller, todos contribuyendo a su propia posteridad.

    A principios del siglo XX un grupo de multimillonarios como Rockefeller, Vanderbilt, Carnegie y otros irrumpieron en la escena de la filantropía tras sus aportes de capital a causas de beneficencia. El objetivo en ese entonces era aprovecharse de sus donaciones para adquirir influencia y ser parte de los aparatos estatales, reforzar su imagen de acaudalados y acumular mucha más riqueza. El poder se daba por descontado: mientras ellos fueran hombres ricos, influyentes, importantes y queridos, nada podría desbancarlos. El gobierno no se metería con ellos y todo el mundo los adoraría, lo cual los haría ser mucho más ricos. Su objetivo era mantenerse en sus posiciones de privilegio por generaciones enteras.



    Hoy día, el giro que ha tomado la filantropía ha sido bastante radical. No es sólo a través de alianzas gubernamentales como ellos se enriquecen y adquieren poder, sino también convirtiéndose ellos mismos en gobierno. De hecho poco necesitan de las autoridades de los países, a las que sólo ven como un impedimento en el logro de sus objetivos. Sus alianzas están concebidas básicamente con los no-gobiernos (ONG’s), cuando no es que la mayoría de las veces son los mismos dueños de estas organizaciones. Esto les ha dado capacidad para rendir la soberanía de cualquier nación a sus pies, y vaya que lo han hecho. La estrategia es la infiltración y la financiación de causas que las debiliten. El propósito es resquebrajar de tal manera a los países, que estos ya no sean necesarios y tiendan a desaparecer.

    Los filántropos se convertirán así en la nueva nación. Su marco de operaciones es completamente globalista, pues esto les permite consolidar su poder de dominación del mundo y someterlo a su voluntad. Eso de donar y donar es una suculenta carnada que los deja bien parados ante los estamentos internacionales como la ONU, tal vez su mejor aliado. De su mano conseguirán algo mejor que la obediencia de la gente, ya sea por miedo o por necesidad: conseguirán su entera voluntad.

    De esto hemos escuchado bastante, no es nada nuevo. Incluso hay quienes aseveran que tirarle el agua sucia a los filántropos es una visión muy conspiracionista del asunto, porque hay otros actores en juego como las potencias —China en especial—, las grandes corporaciones, los gigantes tecnológicos, la ONU, el FMI, ONG’s “independientes”, etc., que también están metidas en la torta de la dominación del globo. Pero detrás de ellos siempre habrá un calculador metacapitalista… o varios.


 

    Ninguna conspiración. Si hoy hace dos años alguien se hubiera atrevido a hablar de un virus que zarandearía el orbe entero, nadie lo hubiera creído y habrían hablado de intrigas por parte de locos alarmistas. Pues bien, el virus es una aciaga realidad. Ya por ejemplo Bill Gates nos está anunciando que vendrá otra peste mucho peor, que esto es sólo el comienzo. Ya Elon Musk está colonizando el espacio, anticipándose a lo que serán los futuros viajes espaciales que sólo podrán realizar los poderosos. Ya Zuckerberg lanzó su metaverso para seguir enredándonos en su realidad virtual. Ya muchos de estos magnates están comprando tierras productivas en países ricos en recursos naturales como Colombia; invirtiendo en alimentos y en inteligencia artificial; impulsando sus planes para el control demográfico. Son ellos los que quitan y ponen como si el planeta fuera un tablero en el que juegan Monopolio ¿Todavía pensamos que sus donativos son un gesto de amor por la humanidad?     

    Nada más que uno de ellos realice una contribución significativa a cualquier empresa social que abogue por derechos humanos, y vemos cómo se alteran los designios de la democracia en los países occidentales. Las implicaciones son tan graves que estos han tenido que cambiar radicalmente sus políticas monetarias, sus sistemas educativos, sus leyes fiscales y sociales, y hasta sus constituciones con tal de dar cumplimiento a las demandas que exige el activismo financiado por los archimillonarios. Esto ya es mucho peligro el que representa esta aparente filantropía positiva. Con ese mismo dinero que sirve para financiar “luchas igualitarias”, están poniendo de rodillas al mundo: ellos los amos, nosotros los esclavos. 



    ¿Quién los investiga? ¿Quién los ha elegido? ¿Quién los controla? ¿A qué leyes se someten? Nada, para ellos no hay límite, a ellos nadie los censura ni los indaga. Ellos son los referentes; están blindados de rendir cuentas. Hablan de cómo evitar desastres climáticos, de cómo controlar la natalidad, de qué orientación sexual debiéramos tener, de creer en la Madre Tierra, del tipo de familia que podemos construir, de cómo tenemos que vivir los ciudadanos de aquí en adelante, y todo eso ya ha quedado estipulado.

    Estos semidioses humanos tienen la capacidad de crear y destruir. Ya poco les falta ser como Dios, pues “tienen andado la mitad del camino”, parafraseando con ironía las palabras de Dumas en El Conde de Montecristo. Están creando su propia burbuja de cristal al tiempo que están destruyendo el futuro de los pobres mortales, el de los que no poseerán la tierra. 

    No nos olvidemos que quien paga manda. Que si Gates compra tierras e invierte en farmacéutica; si Soros financia la agenda abortista y el lobby gay; si Bezos es el amo y señor del comercio electrónico y la distribución en el mundo; si Zuckerberg nos presenta su nueva realidad virtual para revivir el mito de La Caverna; si Turner sigue siendo el adalid de la desinformación y sus noticias sesgadas son las de mayor rating; si Buffett es quien valoriza o desvaloriza las empresas a su antojo; es porque en el fondo nos están preparando para un nuevo orden: el del capitalismo totalitarista.

    Muy pocos estamos preparados para recibirlo. La gran mayoría de la humanidad tiene dos opciones: vivir con una miseria gracias a la filantropía (representada en renta básica universal), consolándose con que esa es la aspiración real del ser humano y renunciando a toda dignidad y libertad; o morir de hambre, igualmente esclavo, igualmente reducido y sometido, como un disidente controlado. Porque nada se les escapará de su dominio. Allí estará nuestra elección si seguimos siendo parte del rebaño. El problema es ¿cómo salirse del redil si hace rato que nos metieron en él?


Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...