Estamos en capacidad de resolver muchos
asuntos con tan sólo tomar el aparatico y ponerlo a funcionar para lo que fue
creado originalmente. El problema no es de medios, sino de voluntad.
No hay excusa. El teléfono se inventó para eso.
Que con la tecnología y el internet se le haya dado valor agregado al medio de
comunicación, eso es otra cosa. Lo cierto es que las circunstancias nos han obligado
a toda hora a vivir conectados y a no soltar ese dispositivo que ahora le
llaman Smartpohne.
No obstante, hemos perdido capacidad de comunicarnos.
A pesar de contar con una herramienta tan sofisticada a nuestro alcance, somos tan
mezquinos los seres humanos del actual momento, que preferimos enviar mensajes
con emoticones en lugar de llamar al otro, escucharle su voz y preguntarle cómo
está. Nos agarramos a ese poderoso artefacto como si fuera nuestra tabla de
salvación, guardamos allí lo más recóndito de nuestra intimidad, el registro
completo de nuestra vida, pero nos da terror entrar en contacto directo con un
prójimo que a lo mejor está sintiendo lo mismo, y de este modo perdemos la
oportunidad de que con una sola llamada, se le pueda tachar al mundo un problema
más de la larga lista.
A mí, por ejemplo, me llena de terror tener que marcar un número y pensar que un ser de carne y hueso me contestará al otro lado de la línea. Me pone ansioso saber que voy a tener que afrontar un intercambio verbal con una persona real aunque solo sea para pedir un domicilio; la posibilidad de que ese alguien pueda estar ocupado y no necesite o no quiera mi llamada, o que se ponga en una posición superior por aquello de que quien llama es porque necesita algo. Y no digamos cuando es mi teléfono el que suena y yo dudo entre contestar o no: me aturde el temor de que sea una mala noticia.
No es chiste: pertenezco a la generación
que, según los estudios, sufre de telenofobia,
o pánico a hablar por teléfono. Y cuando digo pánico no me refiero al que se
genera por la presión de tener que sostener conversaciones de alto calibre, de
esas en donde uno tiene que ser un sujeto muy aplomado y bien puesto. No. El
solo hecho de saber que alguien escuchará mi voz dubitativa y desentonada me
pone tan inquieto como si fuera a presentarme en una cita de la embajada
americana.
Jamás llamo a nadie: el repique que indica
que el teléfono del otro está timbrando intensifica los latidos de mi corazón;
la espera se hace mortal, sobre todo cuando no tengo preparado ni el saludo.
Porque nos hemos acostumbrado tanto interactuar
por medio de chats, mails y audios; a enviar mensajes con emoticones y gif animados, que vemos inútil el
encomiable deber de hacer una llamada que nos implica confrontarnos con otro y
con nosotros mismos.
Hay personas a las que les gusta conversar
mucho por teléfono, no podemos negarlo. Afortunadas ellas porque, repito, yo
soy de aquellos que le tienen pavor al artilugio.
Dirán ustedes que es absurda esta disertación sobre la importancia de llamar por teléfono en una sociedad que se dedicó a los mensajes y ya no quiere conversar, pero es que me pongo en los zapatos de otras personas que en el pasado hubieran dado la vida por haber tenido un aparato de los de ahora y no alcanzaron. Hasta con uno de los de tercera generación les hubiera bastado para solucionar sus inconvenientes. Nosotros, que tenemos todos los medios habidos y por haber a nuestra disposición, preferimos dilatar la solución de los pequeños problemas que se pudieran resolver con una llamada, pero no queremos hacerlo.
En el pasado, cuando la gente no tenía
estas facilidades de hoy, se escribían cartas que a veces se tardaban tres
meses en llegar, pero aun así se comunicaban mucho mejor. Las personas no
perdían tres horas de su vida chateando porque en esos tiempos de añoranza
existía algo que se llamaba “la visita”, y esta por lo general venía acompañada
de pan con queso y chocolate. Buenos tiempos aquellos.
Un poco más avanzada la tecnología, cuando
apenas existían los teléfonos fijos, de esos “de meter el dedo” en un disco,
muchas personas vieron en ello la oportunidad de hablar y hablar sin tener que
salir de casa, como si estuvieran en pandemia. De modo que los primeros
usuarios se pegaron al aparato durante horas hasta que les llegó el primer
recibo de la cuenta que en ese entonces se facturaba según los impulsos electrónicos,
y el de mayor autoridad en la familia ponía el grito en el cielo y advertía que
“el teléfono era sólo para acortar distancias”, acabando así con la magia de
conversar indefinidamente. Fue solo hasta que llegaron los celulares
inteligentes, compatibles para recibir señal de internet, que pudimos tener una
variedad infinita para comunicarnos, y hasta gratis. Sin embargo, ahora es
cuando menos llamamos.
Toda esta palabrería se me ha ocurrido porque a diferencia de la realidad, la ficción literaria sí que se ha beneficiado de los grandes problemas de comunicación. Acabo de leer dos cuentos de García Márquez en donde la falta de teléfono, específicamente de celular, jugó un destino marcadamente trágico en la vida de los personajes. Me refiero a dos que hacen parte de su libro de los “Doce Cuentos Peregrinos”. Uno es aquel titulado “Sólo vine a hablar por teléfono”, aclarando desde el título la obviedad del problema, y el otro es “El rastro de tu sangre en la nieve” (aquí viene el spoiler), en el que al protagonista, Billy Sánchez, le hizo falta un miserable celular para al menos haber podido comunicarse con alguien en aquella mansarda de París y contarle su infortunio, y haber pedido ayuda ante esa situación en la que no sabía qué hacer, mientras su amada Nena Daconte se desangraba en el hospital de enfrente. Un celular le hubiera bastado a ella también para informarle de su estado, pedirle lo que necesitara, indicarle cómo hacía para verla, o simplemente despedirse cuando estuviera exhalando su último aliento. Mientras soportaba las angustiosas horas de espera, Billy se enteró de lo ocurrido al cabo de una semana, cuando ya todo estaba consumado. A él tampoco lo pudieron localizar, ni la Prefectura de Policía de París, ni el funcionario de la embajada, ni sus familiares. Y todo por falta de celular.
En el primer cuento, el de “Sólo vine a
hablar por teléfono” (va el otro spoiler),
la cosa fue igual o peor de trágica, pues si la protagonista, María de la Luz
Cervantes hubiera tenido su celular así fuera con un punto de batería, le habría
podido avisar a su esposo Saturno el Mago que se había varado en la carretera y
que más bien fuera a recogerla, en lugar de haberse quedado recluida durante años
en un sanatorio sin tener ningún tipo de problema mental. Y nuevamente, todo
por la falta de celular. (Fin del
spoiler).
Pero así fue para todo el mundo antes de que se lo inventaran, de modo que los casos en los que el dispositivo hubiera jugado un papel decisivo, de haber existido, se cuentan por centenas de millones.
Por fortuna (o por desgracia) el celular es
un invento moderno, propio de un tiempo en el que ya casi no se produce buena
literatura. De lo contrario habría echado a perder las grandes obras; los
desencuentros y las confusiones que sellan el destino inquietante de los
personajes no hubieran podido acaecer, y al final las historias se habrían
resuelto de una forma tan práctica que no hubieran merecido ni escribirse.
Si Romeo y Julieta, por ejemplo, hubieran
sido de esta época, no se hubiera suicidado ninguno de los dos por amor. Les
habría bastado un simple mensaje de WhatsApp:
“Romeo, me hice la muerta, pero ahora
despierto. No te preocupes. Nada de hacer tonterías, tq.”, y así la trama hubiera
terminado en un final feliz. Bueno, cuando Romeo y Julieta se casaran y se
dieran cuenta de que no eran compatibles y que no podían vivir juntos por venir
de familias con costumbres tan diferentes, la pareja más romántica de la
literatura habría resultado un fiasco, pero esa ya es otra historia.
O qué tal por ejemplo Penélope esperando a
Ulises con un celular en la mano. Primero le quemaba el aparato a punta de
llamadas perdidas que Ulises no hubiera querido contestar. En segundo lugar le enviaba
un mensaje acompañado con el emoticón de la carita roja muerta de la rabia en
donde le ordenaba que regresara de inmediato si no quería tener problemas con
ella. Y Ulises no habría podido participar en la guerra. Bien se sabe que es
preferible desobedecer la orden de un general que desobedecer la orden de la
mujer.
Definitivamente el celular habría sido un
atentado para la literatura antes del siglo XX: sin grandes obstáculos de
comunicación como los de antes, los desenlaces hubieran sido aburridos, planos,
y tan automáticos como se resuelven las situaciones de hoy.
Pero gracias al avance tecnológico se crean otros novelones dignos de contarse: por ejemplo el drama del hombre cuyo celular cayó en manos de su pareja y allí se selló su suerte, o el de la chica que intentó suicidarse porque en un momento dado su Apple dejó de funcionar. Qué le hacemos, si de ese talante son las historias modernas.
Y precisamente, como ya no hay que realizar
proezas heroicas en nombre del amor o en defensa de la patria, como no hay que
correr desesperados detrás del avión, ni cruzar los mares, ni llegar a tiempo
para salvar una causa perdida en el último minuto, ni vivir en la aventura
perpetua; basta con que realicemos esa llamada que le estamos debiendo al ser
querido, a nosotros mismos, al mundo entero: no sabemos si de eso dependerán
otros destinos.
No sabemos tampoco si algún día, cuando
toda esta proliferación incesante de artilugios al fin cese, lleguemos a lamentarnos
por no haber marcado a tiempo para decir “te quiero” o para otorgar el perdón, porque
a lo mejor todo se deberá a la falta de celular.
















