sábado, 29 de julio de 2023

Un gobierno para cerdos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Amigo colombiano: si usted es de aquellas personas que se levantan temprano a trabajar, honradas, respetuosas de la ley y la autoridad, cumplidoras de su deber, leales a su país, amorosas con sus semejantes, nobles de corazón; en fin, si usted se considera una persona medianamente correcta, un buen ciudadano que no le hace mal a nadie ni tampoco se lo desea, quiero decirle que el gobierno que comenzó a regir hace casi un año en el país cafetero (o más bien cocalero), no es para usted.

    No sé si ya se habrá dado cuenta, y en tal caso sepa que lo siento mucho, pues yo también soy colombiano y temo que algo muy malo le depara a mi país. Aquí a la persona buena no se le defiende, no se le valora ni es tenida en cuenta para nada positivo, a no ser para que pague sus impuestos, cada vez más onerosos, pues estos se necesitan para mantener a los parásitos. Por el contrario, este gobierno defiende el crimen, el hampa, el modelo del mal ciudadano, el del pillo, el del ventajoso, el del resentido, el del fracasado. Este es el gobierno que promueve la envidia, la división social, el vicio, la impuntualidad, la sinvergüencería, el irrespeto, el odio de clases, la pereza, la cobardía, la rosca, la ineptitud, la estupidez; entre otras tantas cosas que nos destruyen como individuos. Todo lo que alguna vez nos enseñaron que era bueno hay que olvidarlo bajo la lógica de este gobierno: aquí todo debe ser al revés de ahora en adelante.



    Quiero decirle que, aunque está en el gobierno equivocado, pudiera estar en el país correcto. Colombia es un hermoso territorio lleno de gente buena al que una caterva de bandidos con poder está desangrando, está disolviendo en la pobreza y la desesperanza. Así es, mi querido compatriota: nos están quitando nuestro país y no estamos haciendo nada por impedirlo.

    Porque si algo nos ha dejado claro este gobierno durante su primer año de mandato, es que en realidad no le importa sacar adelante a la nación. Al contrario, lo que pretende es hundirla en el fango del “decrecimiento”. Aquí subyace una tácita intención de entregarle el país a los grupos terroristas y al globalismo. Entregar, por un lado, el Estado de derecho a la delincuencia que, amparada en los “derechos” que sólo a ella se le han concedido, gozará de privilegios, de impunidad, de total libertad para asesinar y continuar cometiendo fechorías, de modo que cada día incrementen las masacres para derivar en una cultura de la muerte en donde la vida no valga nada. Al parecer, somos muchos colombianos emitiendo dióxido de carbono por el mundo y la única manera de controlar nuestra población es haciendo que nos matemos los unos a los otros. Precisamente, a esta política se le conoce bajo el lema de “potencia mundial de la vida”. En manos de los delincuentes se da inicio al reinado de la anarquía, se acrecienta el silencio de los buenos ciudadanos ante el miedo de ser asesinados, y finalmente se sella con el diablo un destino de perdición para este país.



    Por otro lado, buscan entregar la soberanía a ciertas élites internacionales interesadas en que la devastación sea una realidad para entrar a comprar nuestros suelos a precio de remate, si es que antes el presidente no se ha encargado de adelantar esta transacción con una repartición de tierras en donde no se tenga en cuenta la propiedad privada. Socializando el país, sin propietarios ni tenedores de por medio, a los bloques internacionales como el Partido Comunista Chino, por ejemplo, les queda de maravilla apoderarse de nuestra nación con la excusa de que van a realizar inversiones, aunque solamente quieran llevarse nuestros recursos. Sería una nueva colonización, sólo que esta vez desde el Lejano Oriente, como para mencionar el caso más probable. O tal vez una colonización corporativa en donde el nuevo explotador no sea una nación imperial, sino un magnate meta capitalista. En cualquiera de los dos casos, el propósito de quebrar al país y arruinar moralmente a sus ciudadanos sirve a ese otro propósito mayor del nuevo orden mundial.

    Por eso uno entiende que el presidente que tenemos esté más interesado en destruir el país que en sacarlo adelante. Él, que quizás se odia a sí mismo, también odia a esta nación y a sus habitantes; está dispuesto a empobrecerla, a humillarla, a rebajarla y hacerla quedar en ridículo, porque cada vez que habla en nombre de Colombia no queda mal él, sino la nación que sufre por tener a un líder que da pena. De ahí que no nos extrañe el por qué propone las reformas que propone o nombra a los ministros que nombra, o por qué genera temor a los inversionistas con los discursos que pronuncia al tiempo que le pone todo en bandeja de plata a la criminalidad. Entendamos que el presidente tiene un propósito deconstructivista con el cual busca implantar su mentado “cambio”. Y deconstruir es igual que destruir.



    Mientras a usted —estimado compatriota que devenga un salario mínimo o un poco más— le toca esforzarse por ganar su pan (y eso dándose por bien servido de que por lo menos tiene trabajo), un “padre de la patria” se gana el equivalente a cuarenta veces lo que usted gana, y muchas veces sin asistir a las plenarias ni cumplir con su obligación de legislar, o en su defecto legislando para atentar contra la persona de bien. Por ejemplo, se acaba de aprobar un “pequeño aumento” de cinco millones de pesos al salario de cada uno de nuestros honorables congresistas, incluyendo el respectivo retroactivo. Pero no crean que eso sale así no más. Para poder pagar dicho aumento de sueldo a los políticos hay que aumentar el precio de la gasolina, de los peajes, de los impuestos, de la comida. Hay que incrementar las tarifas de los servicios, de la ropa y la recreación; ponerle trabas al buen ciudadano, que es el que paga todo. Asimismo, es él quien pagará los subsidios a los delincuentes para que “no maten más”. Es la doble vacuna: la que cobran los bandidos y la que por derecha cobra el gobierno para darle a los bandidos. Así, no hay ciudadano honesto que resista.



    Y ni qué decir de ese mecanismo que sirve para comprar las conciencias de los más pobres: el subsidio. Invento que ha funcionado en todos los gobiernos y que en este no podía ser la excepción. Con este instrumento se encarga el poder de mantener a sus votantes y a sus aduladores para perpetuarse indefinidamente. Para completar la estrategia, se compra a miles de activistas prepago que trabajan a veces dando la cara y a veces desde el anonimato, con centenas de dispositivos desde los cuales manipulan la opinión. En otros casos crean cuentas falsas que automáticamente interfieren para generar ruido en cuanta información no les conviene. Porque si de algo sabe este gobierno, es de desprestigiar al contrario y ensalzarse a sí mismo, igual que se viene haciendo en política desde hace muchos años, cuando ni existían las redes sociales. Sólo que muchos creyeron ingenuamente en un "cambio" para bien, y resultó ser un cambio para mal.

   De manera, mi querido compatriota honesto, que aquí no seremos tenidos en cuenta los defensores de la “libertad y el orden”. Vamos viendo para dónde es que tendremos que movernos, pues será cuestión de meses para que comience la estampida colombiana: por ahora no hay forma de que este gobierno sea removido del poder, ya que ha cooptado las instituciones y tomado control de las fuerzas militares. Las próximas elecciones regionales, aunque nadie en el país vote por ellos, serán ganadas por los candidatos del gobierno. Ya lo veo venir con el pesimismo tan realista que me caracteriza. Acaba de pasar en España, donde nadie quiere al gobierno socialista de Pedro Sánchez, pero los partidos de oposición fracasaron y ganó nuevamente el socialismo. Lamentablemente ocurrirá en Colombia, y espero equivocarme. 



    Si no elegimos bien en octubre, y vuelven las regiones a quedar en manos de esta izquierda progre-socialista, no tiene caso seguir dando la batalla por este país que habrá sellado su ruinoso destino. No tiene caso que yo continúe con una columna política semanal, ni que se siga poniendo en evidencia la farsa petrista. A menos que haya un fraude, el cual debe ser investigado para comprobarse, y en caso tal resistirnos a aceptar los resultados; a menos que pase eso, pensaré que esto es lo que la gente quiere, que nos gusta vivir sin libertad, dominados por el miedo, chantajeados por un subsidio, entregados al mal y resignados a vivir en dictadura. O si no pregúntenle a los hermanos cubanos y venezolanos lo que es disfrutar de las mieles del socialismo.

    Dinero para los malos, garrote para los buenos: esa es la política del gobierno comunista de Gustavo Petro. En un país así no se puede salir adelante obrando correctamente. Nadie querrá portarse bien: aquí todos quieren convertirse en cerdos.

sábado, 22 de julio de 2023

Un buen ciudadano

Por Juan Felipe Giraldo Trejos



    La dependiente de la aerolínea estatal le hizo señas a Rupertino para que avanzara en la fila y pasara a su ventanilla. Rupertino Díaz, pasaporte en mano y con unas ganas inmensas de viajar a los Estados Unidos para reencontrarse con su madre, se presentó con su mejor sonrisa a la señorita que revisaba los documentos.

    —Buenos días —saludó él.

    — ¿Para dónde viaja? —le preguntó la muchacha sin quitar los ojos del computador ni corresponder a la sonrisa ni al ánimo del viajero.

    —Nueva York —respondió.

    Ella tomó el pasaporte, corroboró algunos datos en su pantalla, lo revisó frente a una luz ultravioleta y se lo devolvió desganada.

    —Lo siento, señor Díaz. No puede viajar.

    — ¿Qué pasa? —preguntó Rupertino sintiendo que se caía al piso. Ya presentía que la felicidad por la expectativa de su viaje traería como resultado un terrible golpe de realidad, porque a cada felicidad le sucede siempre un dolor ineluctable.

    —Señor Díaz —le dijo ella, ahora sí mirándolo a los ojos, como quien se apresta a dar un gran consejo—. No es la primera vez que esto ocurre, no es un caso nuevo para nosotros, pero seguramente lo será para usted y le voy a explicar de qué se trata. Las políticas de nuestra empresa se ajustan a las nuevas leyes sobre el sistema de crédito social para combatir el cambio climático y reducir la emisión de gases de dióxido de carbono en la atmósfera. Por su historial social me sale en la pantalla que a usted no le está permitido por el momento realizar un viaje en avión superior a mil millas, o sea que solo puede viajar al país vecino más cercano con el cual tenemos convenio, pero de ninguna manera para los Estados Unidos ni para ningún otro lugar del extranjero que no sea la República Bolivariana Popular Comunista.



    —Pero… ¿cómo me dice eso, señorita? —protestó Rupertino—. Yo tengo un viaje planeado hace muchos días. Logré ahorrar para comprar el tiquete, mi madre me está esperando con ansias, no puede decirme que no puedo viajar por no sé qué ley absurda, cómo es eso, ¿yo qué he hecho?

    —Señor Díaz, aquí me sale que usted no ha hecho buen uso de su ciudadanía durante el último año. Puede ser que no haya contribuido lo suficiente con el medio ambiente, puede ser que haya realizado más viajes de lo permitido en avión, que sus desplazamientos en automóvil hayan excedido el límite de distancia, o que haya utilizado demasiado el aire acondicionado u otros aparatos electrónicos. También se restan puntos por consumir más de un kilo de carne en el mes o comprar artículos que para su fabricación demanden más de veinte litros de agua potable, incluyendo lo que se gasta para el empacado y el transporte. Otra causa puede ser la frecuencia con la que se baña, lava su patio o la forma como puede mal utilizar el preciado líquido, pues recuerde que estamos en racionamiento. Cualquier acto que vaya en detrimento del medio ambiente le va a restar muchos puntos a su crédito social, y por eso hoy no le está permitido viajar hasta que no tenga un mínimo de dos mil puntos positivos, y en este momento está en menos doscientos.

    — ¡¿Qué me está diciendo usted?! —chilló Rupertino desencajado, imprudente de que su tono de voz elevado le ocasionara una sanción por gritarle a una funcionaria de turismo, que además, como era mujer, le podría costar a él una acusación de machismo y violencia de género, cuyo castigo no se resolvía con el pago de una fianza onerosa, sino una condena de siete años en prisión.



     —Baje la voz, señor Díaz —lo reconvino la funcionaria amablemente—. Entiendo que se ofusque, pero este no es el momento ni el lugar. Recuerde que tenemos sensores de ruido que miden los niveles de contaminación auditiva producida por los gritos y el tono de voz alta, además de que graban con precisión lo que usted y yo estamos conversando. Si usted se atreve a contradecir el informe de su currículo social se podría ver avocado a una pena mucho peor que la de gritarle a una mujer.

    —Pero entiéndame, señorita —suplicó Rupertino intentando moderarse—, yo no he tenido mal comportamiento social ni ecológico. He sido un buen ciudadano, pago mis impuestos a tiempo, cumplo con las leyes, nunca he violado las cuarentenas mensuales ni he encendido la calefacción a más de los niveles permitidos; reciclo mi basura, que jamás pasa de los dos kilos, y jamás boto ni un papel en la calle. Puedo demostrar que mi consumo promedio de agua es de menos de veinte litros al mes, además de que también la reciclo hasta dos veces. Mi consumo de electricidad es menor a 50 kilovatios, ando en bicicleta, pues ni siquiera poseo vehículo automotor, y no uso ningún combustible fósil para preparar mis alimentos, puesto que ingiero todas las frutas y las verduras crudas, como dicta el catálogo, y los granos secos los trituro para no someterlos a cocción. Tampoco como carme porque no me alcanza para comprarla y mucho menos he hecho viajes en avión. Este será el primero después de varios años porque necesito reunirme con mi madre. Hago todo lo que dicta la ley ambiental, entonces no veo por qué es que me están restando tantos puntos en mi crédito.

    La mujer movió la cabeza de un lado a otro. No estaba dispuesta a ayudarlo, cansada como siempre de recibir tantas quejas a diario por lo mismo. Las cosas eran más graves de lo que Rupertino suponía, así que ella le dio el ultimátum. 



    —Lamento decirle, señor Díaz, que estando las cosas en este punto, usted ya es deudor del sistema, pues tiene una multa de siete mil trescientas nuevas unidades Mao que se está incrementando cada día si no la cancela cuanto antes. Y todo por su mal comportamiento social. Algo grave tuvo que haber hecho para tener tan mal crédito. Si no es consciente de lo que hizo, le recomiendo que vaya a la Oficina de Recaudo y se ponga al día, no sea que también pierda los puntos para poder realizar compras de víveres y agua ahora que comenzará el tercer racionamiento de la temporada.

    —Le repito que yo no he tenido mal comportamiento, debe haber un error. ¡Esto es un abuso! —manoteó Rupertino con la baja tolerancia a la frustración que lo caracterizaba. Se había olvidado por un momento con quién estaba tratando.

    El vidrio polarizado del cubículo donde atendía la señorita de la aerolínea estatal, que ahora se le conocía como Funcionaria Pública de Turismo, se interpuso entre Rupertino y ella. La ventanilla se cerró como advertencia de que la mujer podría estar eventualmente en peligro. Los agentes se pusieron en guardia. Eso significaba que cualquier intento que hiciera Rupertino por alargar la conversación para justificarse, o incluso el solo hecho de tocarle la ventanilla, podría ser interpretado como acoso, lo cual era aún más grave. Una ventanilla cerrada por una mujer o una zona violeta de protección contra la violencia de género eran símbolos que no se podían trasgredir por nada del mundo, y Rupertino lo sabía. Por eso se dirigió inmediatamente a la Oficina de Recaudo, a una hora de distancia del aeropuerto. Estaba frustrado por haber perdido su vuelo, pero a esas alturas el viaje era lo de menos: lo que le preocupaba era que ni siquiera tuviera la posibilidad de adquirir alimentos y otros bienes con semejante récord que estaba al límite de quedar inhabilitado para continuar la existencia bajo la Gobernanza. 



    Tuvo que hacer una fila de dos cuadras para ser atendido al cabo de tres horas por una mujer entrada en años, quien era la encargada de dar un informe más detallado sobre las puntuaciones del sistema. Miró la pantalla con paciencia mientras Rupertino pensaba en lo triste que se encontraría su madre cuando no lo viera llegar en el vuelo de las ocho. Ni modo de avisarle que no podría estar con ella hasta que no le facilitaran un teléfono en la Oficina de Comunicaciones. Debía reservar uno. Cuando le contara sobre su mala puntuación social se derrumbaría. La distancia entre ambos sería insalvable.

    Así las cosas, Rupertino no visitaría a su madre por lo menos en dos años, pues con semejante saldo negativo de su crédito social sería muy difícil lograr los dos mil puntos requeridos para ir a los Estados Unidos. Eso equivaldría a no salir nunca de la casa ni comprar ningún producto por lo menos en seis meses; es decir, quedarse sin comer, sin bañarse, sin trasportarse, sin utilizar la calefacción ni el aire acondicionado: no vivir durante ese tiempo, lo cual resultaba técnicamente imposible.

    La madre de Rupertino tampoco podía viajar desde el país del norte. Ella ya había gastado sus puntos ecológicos con el viaje que había realizado el año anterior a su país de origen, de modo que madre e hijo no tendrían más remedio que comunicarse utilizando las dos horas de video llamada que el Estado otorgaba gratis, cada mes, en una de las pantallas viejas que prestaba a los ciudadanos en la Oficina de Comunicaciones. Ya para ese momento la ley había prohibido la tenencia de dispositivos de cómputo o teléfonos inteligentes, y la Gobernanza los había mandado a recoger todos para evitar más contaminación generada por la radiación de esos aparatos. Los seguimientos se hacían por el transmisor cerebral que cada individuo debía tener inserto en su cerebro con el fin de acabar con la proliferación de celulares, que entre más día, más obsoletos.



    La anciana de la Oficina de Recaudo giró la pantalla e hizo que Rupertino viera la liquidación de su crédito social:

    — ¿Ve usted la razón por la que su récord está en rojo?

    —No, ¿qué es?

    —En efecto, señor Díaz, usted no ha hecho un mal uso de los recursos ambientales y energéticos. Tampoco ha comido ningún tipo de carne de animal vacuno, ovino, porcino ni ovíparo en los últimos seis meses, y las compras de sus bienes y servicios han estado ajustadas a lo que dicta el manual de racionamiento. Por otra parte, no me sale aquí que haya viajado ni que haya violado las cuarentenas, y tampoco tiene denuncias ni infracciones al código ambiental. Hasta el consumo de pornografía ha bajado en los últimos meses, y aunque no parezca, eso le podría ayudar para ganar puntos positivos.

    —Sí, yo sé —confesó apenado Rupertino—. Es que ya no puedo pagar el canal de suscripción.  

    —Mejor aún —dijo la mujer ajustándose sus gafas y continuando la explicación—: pero el problema está en sus redes sociales. Y es un problema cojonudo.

    —Pero señora, escasamente tengo la red social que permite la Gobernanza, y como usted verá casi no tengo seguidores. Prácticamente soy invisible para el mundo.

    —No son sus seguidores, sino los artículos que usted publica allí.

    — ¿Cómo? —se sorprendió Rupertino de ver cuánto sabía el sistema de él.



    Era cierto. Para desaburrirse, Rupertino escribía un blog panfletario desde uno de los computadores que le prestaban en la Oficina de Comunicaciones. Luego publicaba en su cuenta para ver si alguno leía su escrito. Como era previsible, nadie leía sus columnas, tan llenas de errores como de desaciertos e imprecisiones, y con un estilo de aprendiz imperdonable. La inteligencia artificial las reconocía y de inmediato las mandaba a censura, y así, cada que Rupertino publicaba algo, el algoritmo por defecto le iba bajando los puntos hasta acumular cifras negativas en su crédito social y ganarse la sanción pecuniaria.

    —Así es —corroboró la funcionaria—. El sistema sabe que usted es columnista de opinión, y aunque no tiene medio de difusión, usted se ha valido de la red social estatal para hacerla conocer. Es cierto que a nadie le importan sus artículos, y que de hecho ninguna persona de carne y hueso ha leído lo que usted escribe allí, pero la automatización de la inteligencia artificial se encargó de borrar todos sus puntos por considerar sus escritos como “material disidente”. No siga escribiendo esas cosas, señor Díaz. Mire que ahora debe una multa y podría perder el derecho a habitar la casa que la Gobernanza le otorgó para tener que irse a vivir a los suburbios.

    —Por favor ayúdeme señora —imploró Rupertino—, mire que yo no tengo forma de conseguir nada sin el crédito social, no me hagan ese mal, bórrenme los puntos malos, que esos artículos no son serios, sólo es un juego que yo hago porque me gusta escribir estupideces, pero ya ve usted que ni mi madre las lee.

    —Lo siento mucho, señor Díaz—, dijo la mujer cerrando la ventana polarizada, lo cual significaba que el hombre no podía hacer el intento de insistir ni replicar. Antes de cerrar completamente le dijo estas palabras:

    —Usted está condenado a vivir en los suburbios, señor. Ha cometido un delito mayor que el delito ambiental, y es el delito de opinión. A la Gobernanza no le gustan los opinadores, y menos si son en contra suya. Más le hubiese valido estarse callado, porque ahora la inteligencia artificial lo está perfilando para eliminarlo del sistema de manera definitiva, de modo que usted no podrá volver a comprar ni a vender, ni a transportarse, ni a recibir la renta universal. Ya lo considera un peligroso delincuente, y tiene que saber que en este nuevo orden los algoritmos son los que mandan.

sábado, 15 de julio de 2023

¿Dónde está mi millón de pesos?

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

Clamor de un “joven en paz” a un gobierno que lo quiere comprar por una miseria.




    ¿Dónde está mi millón de pesos? Prometo que si me los dan no vuelvo a matar, no vuelvo a robar, no vuelvo a delinquir. Pero un momento, señor presidente; señores del gobierno. ¿Por qué sólo un millón de pesos? ¿Acaso no sabe el presidente lo cara que está la vida y que con el equivalente a casi un salario mínimo no alcanza para comer, mucho menos para estudiar? ¿Cómo puede ser de inhumano este gobierno, de indolente, que piensa que uno va a pagar la renta con un millón de pesos?  

    La verdad, los “jóvenes en paz” necesitamos mucho más que un millón de pesos para dejar de matar, porque eso no alcanza para cubrir todos nuestros gastos. Necesitamos más: que sean dos millones. No, tampoco… si el gobierno es el que fabrica los billetes, ¿por qué no nos puede dar como mínimo cinco millones? ¡Qué más da! La misma máquina que hace un billete puede hacer cinco de una tirada, ¿o no? Es injusto que nos quieran comprar por un millón de pesos; que con eso nos quieran tranzar como si uno no tuviera también obligaciones que cumplir y una mejor aspiración salarial. ¿Les parece que su vida vale un millón? ¿Verdad que no? Entonces necesitamos mucho más que esa cifra propuesta para dejar de asesinar, o de lo contrario aténganse a las consecuencias. No estamos pintados en la pared. Los “jóvenes en paz” exigimos una renegociación para que en verdad podamos vivir en paz, tanto ustedes como nosotros. ¿Qué se están creyendo?



    Ahora, si ustedes lo que quieren es que dejemos de matar, el pago debe ser por anticipado (de ninguna manera mes vencido), dentro de los cinco primeros días de cada mes, y que nos lleven el dinero a la casa. Nada de hacer colas, ni llenar formularios, ni hacer inscripciones ante ninguna oficina estatal. Nosotros hemos estado dispuestos a matar a domicilio, incluso matando al interior de la casa de nuestras víctimas, así que no vayan a ponernos a rogar por esa miserableza de un millón de pesos. Ya saben: como mínimo cinco millones, y ahí veremos si estamos dispuestos a ir hasta una sucursal bancaria a reclamar el pago. Que sea algo que valga la pena, ¡por Dios!, ¿acaso no ven que nuestras necesidades son ilimitadas? ¿Piensan que nuestro vicio y nuestras borracheras son gratuitas?, ¿que alguien nos da para la marihuana, la cocaína o el chorro así porque sí? Desconsiderados, agradezcan que no matamos más porque somos jóvenes que “queremos vivir en paz”, que necesitamos de una oportunidad, pero tiene que ser una oportunidad que valga la pena. Maldito pueblo indolente, y encima nos vienen a criticar.

    Sí, nos merecemos esos cinco millones, y no pedimos diez para no parecer tan agalludos, pero ya era hora de que un gobierno nos tuviera en cuenta. Algunos amigos míos se conforman con el millón y yo les digo que eso es muy poquito. Ellos me argumentan que “algo es algo” para empezar, pero que, si en las próximas elecciones votamos por los candidatos del partido del presidente y luego lo reelegimos, entonces que nos suben del millón a los dos millones, y así sucesivamente hasta llegar a los cinco. Yo espero que eso sea ligero. Si siguen subiendo el precio de la gasolina a los “blanquitos ricos”, muy pronto habrá dinero para todos los que queremos dejar de matar. Luego no nos salgan con que hicieron mal los cálculos y que se despiporraron, porque si nos llegan a echar para atrás ese millón de pesos, les hacemos paro, y ya saben ustedes cómo son nuestros paros. No es que uno quiera matar, sino que ustedes, “ciudadanos de bien”, son los que se hacen matar por nada. ¿Por un millón de pesos están formando tanta alharaca?



    Luego salen con que la ley hay que cumplirla porque es la ley. Olvídense de eso. La ley se cumple porque hay un incentivo para cumplirla, o si no ni sueñen con que va a haber paz. Recuerden que el ladrón es ladrón por culpa de la sociedad, lo mismo que el corrupto, el narco, el guerrillero, el asesino, el estafador, el jalador de carros, el violador. Y a todos nos tienen que pagar, porque es una deuda que tienen como sociedad para con los que fuimos oprimidos.

    Si tanto odian el crimen, pues que nos paguen lo que nos merecemos. ¿Ustedes creen que matar es muy fácil? Se equivocan: afilar los puñales es engorroso, conseguir las balas y las pistolas cuesta un ojo de la cara, atravesar vísceras y músculos con el arma cortopunzante es un arte que requiere constancia. Hay que tener pericia para eso. Untarse de sangre no es para nada agradable, así como tampoco escuchar las súplicas de las víctimas pidiendo por su vida; llorando, gimoteando, moqueando.

    Pero nuestro trabajo es matar y nada podemos hacer. Somos casi profesionales. La sociedad no nos dejó otra salida, y ahora pretenden que dejemos de ser lo que somos por un mísero millón de pesos.



    Como en todo, siempre hay gente envidiosa y dañina que se opone a que los “jóvenes en paz” recibamos un subsidio para poder tener otra alternativa. Esa gente está llena de odio, de resentimiento, de violencia, y todo porque uno mata o roba. Como si la vida en este país valiera algo. Dicen que eso es un incentivo perverso, que es la capitulación del Estado de derecho. ¿Cuál Estado? ¿Cuál derecho? El único derecho que nos han otorgado a los “jóvenes en paz” es el de matarnos. Ninguna ley está por encima de nuestras peticiones, ninguna libertad. El único derecho que debe tener la gente de este país es a pagar para que no matemos más.  

    Menos mal tenemos un presidente que se acordó de nosotros. Nos comprende, fue de los nuestros. En algún momento él también quiso hacer la revolución y empuñó las armas. Claro que él no asesinaba, no. Lo de él era apenas simbólico. A nosotros sí nos ha tocado matar, pero no por gusto, sino por necesidad. En su momento, él también entendió que el camino de la honestidad no sirve en este país. Yo, por ejemplo, intenté el camino de la rectitud y por muchos años me negué a formar parte de pandillas y de bandas delincuenciales. Quería ser un “joven de bien”. Pero cuando escuché de esta propuesta vi que aquí estaba la solución. Lo mejor era ser un mal ciudadano y salirse del camino de la ley, porque cuando uno es malo al final le salen dando la mano, y ver que ahora uno tiene la posibilidad de ganarse un dinerillo extra por dejar de matar. Donde yo no fuera asesino, no me hubieran hecho de ninguna manera el ofrecimiento. A un compañero mío, que nunca alcanzó a matar a nadie, lo sacaron de la base de datos y se quedó sin el millón. Pobre buen ciudadano.



    En fin, que el gobierno promete mucho y de pronto no da nada. Por eso no hay que confiarse. Habrá que recibir el millón y seguir matando y atracando, porque si uno deja de delinquir lo sacan del programa y no vuelve a llegar el subsidio. El día en que uno les haga caso y se porte bien, entonces pierde los beneficios. Además, como les dije, esa plata no es suficiente. Los buenos se conforman con poco y por eso hacen el bien. A los pillos, en cambio, nunca nos alcanza y por eso necesitamos que nos paguen cada día más. No nos parece justo un millón, pero aceptaremos esa propuesta sólo para comenzar. Tendrán que darnos más después, mucho más, ahora y siempre, porque nunca dejaremos de matar.

 

    Atentamente,

    un joven que no se va a dejar comprar.






 


Sonidos de censura progre

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






     Sound of Freedom (Sonido de Libertad) es una película que estrena la pequeña productora Angel Studios, aunque ya llevaba varios años de haber sido realizada sin poder salir a la luz. Es protagonizada por el actor norteamericano Jim Caviezel (el mismo protagonista de La Pasión de Cristo), dirigida por el mexicano Alejandro Monteverde y producida por el también mexicano Eduardo Verástegui (quien además participa en la actuación). A pesar de ser una película realizada con bajo presupuesto y despreciada por el gran emporio hollywoodense, hoy se encuentra en boca de todo el mundo, no sólo gracias a la persecución de la que ha sido objeto, sino gracias a la polémica que suscitado su temática.

    Y es que son precisamente algunos medios de comunicación poderosos, reconocidos y ampliamente difundidos como CNN, la revista Rolling Stone, Wall Street Journal, The New York Times, entre otros, los que han puesto en tela de juicio la película que en tan solo diez días ha batido récords de audiencia desde que se produjo su lanzamiento el pasado 4 de julio.

    La crítica de la izquierda no ha tenido compasión con este film y se ha ido lanza en ristre contra los productores, contra el protagonista, y hasta contra el propio Mel Gibson, el afamado actor y director que la ha estado recomendando y a quien han señalado de conservador extremo por su postura ideológica.


     Disney, una de las cadenas más importantes del mundo, es la que más rabiosa se encuentra con Sound of Freedom, no sólo porque no trata las temáticas inclusivas que tanto le gustan a la empresa que adoctrina niños, sino porque la misma Disney tuvo en sus manos esta película y malbarató la posibilidad de haber ganado muchos dólares al haberla dejado ir. En un principio los derechos los tuvo la cadena Fox, pero Fox fue vendida a Disney, y esta, aunque tenía los recursos y la capacidad suficiente para apadrinar la obra, le dijo a su productor, Eduardo Verástegui, que no era apta para su conglomerado de medios. Así las cosas, Verástegui se fue con su cine a otra parte, tocó las puertas de otras cadenas y plataformas reconocidas como Amazon y Netflix, pero en ninguna de ellas se las abrieron. Y por fortuna, porque no habría sido justo que una cinta realizada para concientizar sobre la lucha contra la esclavitud sexual infantil hubiera caído en manos de las compañías que más han insistido en “fritarle” el cerebro a los niños y despertarles su sexualidad temprana de manera trasgresora. En otras palabras, son las empresas que más han hecho por adoctrinar a la niñez en ideologías tan perniciosas como la de género, la cual redunda en confusión sexual y en un inicio prematuro y desbocado de la sexualidad infantil sin reglas, que claramente se vuelve el objetivo mayor de los pedófilos y los violadores. 

    Gracias a Dios estos monstruos de las plataformas no se interesaron en la película, pues ellos mismos la habrían hecho añicos al ver la recepción del público. Y gracias también que fue una productora pequeña de Utah como Angel Studios quien se la jugó por la propuesta de los mexicanos Verástegui y Monteverde, porque verdaderamente se les apareció un ángel cuando más lo necesitaban, luego de llevar más de cuatro años tratando de lanzarla.



    Pero ¿cuál es la razón para que medios como CNN o los portales y las cadenas de izquierda quieran torpedear a toda costa la exhibición de la película a pesar de que ofrece un mensaje que va claramente en defensa de la niñez? ¿Hay un trasfondo que esos medios quieren ocultar o existen personalidades a las que quieren proteger?

    Bueno, para nadie es un secreto que hay una intención deliberada desde el mainstream por combatir ciertas posturas, predisponer de mala manera a la audiencia y hacer extensivo un ánimo para considerar que este tipo de cine (o de cualquier otro arte) tan solo fomenta “pánicos morales”, o que son “películas de superhéroes para papás con gusanos cerebrales”[1], como afirma la revista Rolling Stone. Y aunque reconocen que el comercio de seres humanos, y en especial de niños existe en el mundo, no consideran que tenga una justificación moral válida para que los cineastas hagan de esta problemática un espectáculo visual y que además “se lucren” con ello. Qué raro, porque eso es justo lo que hacen las grandes compañías de entretenimiento con las causas infinitas que abraza la nueva izquierda.

    Pero nada de eso hay en Sonido de Libertad, pues esta película no trata de vender un enfoque ideológico de ningún tipo, no asume posiciones políticas y mucho menos pretende lucrarse como si fuera ese su objetivo principal. Esto lo digo porque así lo han manifestado otros críticos con posturas menos parcializadas, y yo les creo. De hecho, la película contó con un presupuesto de 14 millones de dólares, que es poco si se le compara con el presupuesto, por ejemplo, de una cinta como Indiana Jones, que tuvo a su disposición unos 200 millones. Nunca se imaginaron los gestores de esta idea que romperían récord de taquilla en la primera semana, pues la producción se tenía pensada para recuperar escasamente lo invertido y sembrar conciencia en los espectadores. El fenómeno Sound of Freedom se ha vuelto imparable contra todo pronóstico y contra los poderes que la quieren detener.



     Es que cuando se trata de combatir las redes internacionales de pornografía infantil, de pedofilia, de aborto, de reclutamiento de menores para la guerra y la esclavitud sexual de infantes, entonces el mensaje se tergiversa y se hace ver como un escándalo sin fundamento que promueven quienes trabajan para este tipo de causas. Cuando se trata defender los derechos reales de la niñez, entonces ahí sí se minimiza la lucha social y más bien se pone el énfasis en un discurso de conflictividad agravada a propósito para “apelar a la conciencia de un boomer conspirativo”[2] por parte de la “derecha conspiracionista”. En otras palabras, quieren hacernos pensar que es una película que no refleja la realidad, que exagera, que es moralista y descaradamente maniquea.[3]

    Lo que verdaderamente les molesta a los mass media del progresismo no debe ser la película como pieza de cine (buena o mala, eso lo decide el público), sino la postura ideológica de quienes participaron en ella: Caviezel es abiertamente apoyador del partido republicano y simpatizante de Trump; Verástegui es provida y activista político de derecha; Monteverde es católico, en fin. Tal vez lo que les incomoda es que a través de la película se corra el riesgo de que se difunda un mensaje ideológico que favorezca ciertas posturas antiprogresistas, como cuando —en sentido contrario— son los progresistas los que sí celebran sus causas ideológicas en sus propias películas. Tal vez es que algún ex miembro de CNN como el productor John Griffin fue condenado a 19 años de prisión por tocamientos indebidos a una menor de nueve años y no se quieren abrir viejas heridas en este medio.[4] Tal vez a algún antiguo colaborador de la revista Rolling Stone y periodista de ABC News, de nombre James Gordon Meek, le allanaron la casa y le encontraron material pornográfico infantil, y la revista ocultó el hecho diciendo que se trataba de una persecución por su labor como periodista.[5] Ustedes saben, esos pecadillos que este tipo de medios tienen y que no se pueden decir porque tienen rabo de paja.



    Para ser justos, no hay en el film un tinte de política, y sí mucho de denuncia y obsesiva preocupación por rescatar a unos niños que están siendo usados como mercancía. Al menos eso opinan la mayoría de quienes han visto Sonido de Libertad.

    Como aún no llega a Colombia, no he tenido la oportunidad de ver la película en una sala de cine, pero sé que está basada en hechos reales; inspirada en la vida del ex agente del FBI, Timothy Ballard.[6] Por ello no puedo decir si el mensaje me llegó, si solamente es una pose para captar espectadores de sesenta años, o si por el contrario es una cinta que merece la pena mirarla. Lo que sí leí fue la crítica de la revista Rolling Stone en la que se hizo alusión a que es el mismo agente Ballard quien (en la vida real) maquilla y engrandece su misión con tal de darle espectacularidad y llamar la atención de la audiencia acerca de la causa que él lidera en el rescate de niños desaparecidos. Lo paradójico es que la misma revista intenta imitarlo al darle espectacularidad a su crítica y exagerarla para llamar la atención de los espectadores y conminarlos a que no vean la película. En ese caso, ¿es mejor auto elogiarse siendo un héroe o un crítico que boicotea al héroe?



    Todos los asistentes saben que esto no pasa de ser cine, aunque sea inspirado en la vida real. Que no tienen la obligación de ser como Ballard ni pensar que le están salvando la vida a los niños esclavizados por el sólo hecho de asistir a la sala de proyección. La película no intenta empoderar a nadie (aunque sí concientizar) y la audiencia no es estúpida. La gente sabe bien lo que quiere ver y por qué lo ve. Antes bien, cuando se tacha a la audiencia de ignorante y retrógrada por querer ver una película como esta, los críticos no logran desprestigiar el trabajo cinematográfico que los convoca, sino que, por el contrario, lo que logran es despertar la curiosidad de los que ni siquiera sabían de qué se trataba todo esto.       

    Es el típico caso de la censura a las obras que denuncian los horrores sociales porque no quieren que se hable de ellos, como si bastara con ignorarlos para que desaparecieran. En ese nivel de minimización de la realidad es que los grandes medios ponen a la audiencia para infantilizarla, tratarla como estúpida y direccionar su mente sólo a aquellos asuntos que les conviene direccionar.



    En fin, que Sonido de Libertad es una película que ya camina sola en las salas de cine estadounidenses y se espera que para septiembre llegue a Colombia, país en donde se realizó la mayor parte del rodaje: en Cartagena, para ser precisos. Sin embargo, con apenas diez días de cartelera, es un éxito en recaudación y tiene una gran expectativa por delante.

    No soy muy amante del cine, pero espero poder ver la película. Algo bueno debe de tener una vez que el progresismo la ha repudiado tanto. Seguro que al menos deja un mensaje de reflexión que motive a hacer algo positivo por este mundo. Muy diferente de las películas hegemónicas que la corrección política nos quiere imponer y que siempre son un fracaso de taquilla.

    ¡Que se escuchen los sonidos de la libertad y no los de la censura progre!



[1] Miles Klee. (7 de julio de 2003). Sound Of Freedom es una película de superhéroes para papás con gusanos cerebrales. Rolling Stone. 

https://web.archive.org/web/20230707193304/https://www.rollingstone.com/tv-movies/tv-movie-reviews/sound-of-freedom-jim-caviezel-child-trafficking-qanon-movie-1234783837/

[2] Ibíd.

[3] Para Miles Klee, autor del artículo en la revista Rolling Stone, el tráfico sexual infantil es una “epidemia groseramente exagerada”. Ahí se puede ver el talante de los críticos de la película.

[4] Christina Maxouris. (11 de diciembre de 2021). Productor de CNN John Griffin arrestado por intentar persuadir a menores de edad para que participen en actividades sexuales ilegales. CNN.

https://edition.cnn.com/2021/12/11/us/john-griffin-charged-arrested-minors-unlawful-sexual-activity/index.html

[5] Nicolás Morás. (11 de julio de 2023). Revelado el Peor Secreto del Boicot a Sound of Freedom. Caviezel, Morás y Verástegui Exponen Todo. [Video]. Los Liberales. Youtube. Minuto 18:17

https://www.youtube.com/watch?v=h9A-Ax8PzWA

[6] Nicolás Morás. (14 de julio de 2023). La Película Prohibida por Netflix y Disney. No Quieren que Vean Sound of Freedom. Resumen. [Video]. Los liberales. Youtube.   

https://www.youtube.com/watch?v=A0Legd-Ki0g


sábado, 8 de julio de 2023

Retazos de un país al revés

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Un país que se cae a pedazos, un gobierno que crea sus propias autodefensas, unos gobernantes que odian la patria que dicen representar. Esa patria, como nunca antes, está en peligro. Más que el peligro que suponen los grupos alzados en armas, es el peligro que representan sus dirigentes, aliados incondicionales de los primeros y con los cuales pactan la entrega de la soberanía en los próximos tres años. Lo que pensábamos que ya habíamos superado retorna después de dos décadas en versión recargada; es decir, en versión empeorada. Colombia es una colcha de retazos de un país al revés.

    Los victimarios son las víctimas y las víctimas son los culpables. Aquí la culpa siempre será del buen ciudadano, del que sienta su voz de protesta, del que no está de acuerdo, del que informa, del que denuncia, del que trabaja, del que aspira, del que sueña. Los delincuentes son “ángeles redimidos” gracias a un ministro que los defiende, un presidente que los excusa, un plan de gobierno que los acoge. Que viva la guerra en nombre de la paz. Los verdaderos señores de la guerra ahora son los que dan cátedras de convivencia, los que con la misma mano con la que han degollado señalan al ciudadano honesto y le echan la culpa por interponerse en el camino de las balas. ¿Qué tiene que estar haciendo en la mitad del conflicto un parroquiano del común cuyo único pecado es ser un inocente? ¡Qué imprudencia haber nacido!, ¡que irresponsable el acto de aferrarse a la vida y existir!



    La lógica de un país al revés es la lógica que está al servicio del hampa. Sálvense los que puedan, ciudadanos. Si a ustedes los secuestran o los matan, según nuestro ministro de Defensa, será culpa de ustedes mismos por cometer la indelicadeza de llamarse colombianos y pretender ejercer su derecho a la “libre movilidad”. Esta es la misma lógica que justifica y celebra que abusen de la muchacha que ha salido de fiesta en una falda sensual sólo por el hecho de no cuidar de su moral: ella se lo buscó, juzgan a la ligera los que no se ponen en los zapatos del vecino, pero asimismo habría que decir que nosotros, los colombianos, también nos hemos buscado nuestro destino.

    Es la lógica que encarcela al que hace uso de su legítima defensa frente al ataque de los homicidas cuando estos últimos han fallado y han pagado justamente con sus vidas, o simplemente han salido ilesos y exigen la compensación a la víctima por no haberse dejado asesinar.

    Es una lógica que reprende al padre de familia que salió de madrugada a buscar el sustento para sus hijos en una zona de peligro y nunca más volvió. ¿Qué tenía que estar haciendo ese señor irresponsable enfrentando la vida en un territorio que ya tiene dueños? ¿Acaso no pensó en los suyos? ¿Por qué tenía que estar viviendo allí en un barrio desgraciado en lugar de desplazarse a uno de los tantos remansos de paz que hay en el país? Porque si hay víctimas de los grupos terroristas no es culpa de los asesinos, sino de los asesinados. En Colombia la culpa es de los muertos, de los inocentes. Los malvados son simplemente “almitas nobles” que “luchan” por un “ideal para el pueblo”.



    Estamos solos, colombianos. No hay Estado para defendernos, sólo para atosigarnos con decretos que nos asfixian y cercenan nuestra libertad. No hay leyes para garantizarnos la justicia porque los malos son la ley: dinero para los bandidos, impuestos para la gente de bien, a la que encima le endilgan el estigma del clasismo.

    Congraciarse con el mal no es un despliegue de bondad que conlleva a creer que la sociedad se puede cambiar si se le da la mano al delincuente. No es un gesto de pacifismo ni mucho menos un acto de fe. Al mal se le reprueba, se le condena y se le castiga; el delincuente debe ser repudiado y puesto tras las rejas, como tiene que ser. Pero cuando una sociedad se ufana de su degradación y hace escarnio de un sistema de valores al que ya considera inútil, entonces esa sociedad está perdida.

    Así, se llega al punto en el que al asesino hay que pagarle para que no asesine más. Nos obligan a ser partícipes de una extorsión, a aliarnos con el crimen, a comprar al delincuente por los siglos de los siglos para que este siga apoyando con su voto al gobernante que lo empoderó, creándose un proceso de democracia fallida: la delincracia o la criminalocracia.



    Esta es la “paz total” soñada, compatriotas; es el reino del antivalor, de la subversión, de la rebeldía, de la desviación, de la división que se produce cuando la siniestra toma el control. Es un acto fríamente calculado para financiar y conformar grupos paramilitares con la plata del pueblo para que atenten contra el mismo pueblo si se llega a rebelar. Un acto, también, para comprar conciencias. El subsidio y la dádiva para los “jóvenes en paz” con tal de que no nos asesinen es el corolario de una sociedad resignada a la derrota y entregada al miedo. Los ceses al fuego de parte de los cuerpos que debieran brindar seguridad son excusas para que no podamos defendernos. Mientras los ciudadanos tenemos que escondernos debajo de la cama, los criminales tienen licencia para asesinar, ya desde la legalidad que les otorgó el Estado. Ellos son los que hacen los paros, los que exigen sus derechos, los que imponen su ley. El pueblo, sumiso y doblegado, tiene que silenciar su voz.

    Mientras tanto, una conciencia de patria está despertando. Tarde o temprano esa conciencia se levantará para emprender el camino de una contrarrevolución. Será un camino largo y tortuoso, atestado de muerte y desolación, pero al final será el camino que marcará el inicio de una esperanza nueva. Cada vez serán más los que despierten, los que intenten tomarse las calles en un gran clamor nacional, los que marchen por su libertad, los que rechacen toda esta anarquía atizada adrede. El pueblo unido, de la mano de Dios hará sentir su voz. Tendrán que matarnos a todos si pretenden continuar su oprobio, pero en esa guerra del bien contra el mal también nos llevaremos a muchos de sus esbirros por delante. Este país no lo podemos perder, y si ya comenzaron a ganarlo los delincuentes, entonces habrá que vender cara esa derrota hasta que no queden sino los retazos esparcidos de la patria y entonces tengamos que reconstruirla, pero al derecho.

sábado, 1 de julio de 2023

Y no pasó nada

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    El presidente Greco no ha podido superar su adicción a la cocaína y al whisky. Cada vez está llegando más tarde a los eventos que le tienen programados en su agenda, e incluso a veces ni se presenta a ellos.

    La semana pasada dejó esperando a un grupo de concejales en su visita a La Guajira, desde donde solicitó poderes especiales con el fin de atender la crisis humanitaria por el hambre que sufren las personas allí, especialmente los niños, que literalmente se mueren de hambre. A inicios de esa misma semana, mientras estuvo de visita en Francia, se le desapareció al grupo de prensa durante dos días. Nadie supo en dónde estuvo el presidente en ese lapso, ni cuáles fueron sus actividades, ni la razón de su ausencia. Se sabe que no estuvo en el hotel, pero nadie sabe qué estuvo haciendo o con quién se reunió.

    Los rumores que intentan esclarecer sus constantes incumplimientos y desapariciones apuntan a que el presidente no soporta el malestar producido al día siguiente de sus excesos con el alcohol y las drogas que consume. El pobre presidente sabe que es un alcohólico, un cocainómano; que en su casa no lo quieren si no es por la dignidad que ostenta, pero tampoco está dispuesto a rehabilitarse. Si para algo ha llegado al poder, piensa, es para tener la potestad de drogarse a su gusto, de hacer lo que le venga en gana. No tiene que ser ejemplo de nada. Los periodistas no tienen por qué meterse en sus asuntos privados. Él es el presidente elegido democráticamente y punto.



    Los escándalos que destapó la revista 7 Días y que probablemente iban a deteriorar su imagen de primer mandatario, no pasaron de ser eso: simples escándalos que se olvidan con el tiempo o que a la opinión pública dejan de importarle cuando aparecen otras noticias más amables que acaparan su atención. La gente está harta de política, y eso al presidente le conviene: que no vean noticias, que nadie quiera saber de él (en cuanto a cosas malas se refieren los medios), que se produzcan otros hechos para que se olviden del gobierno. Ruega porque comiencen cuanto antes los partidos de fútbol, que retornen los espectáculos de los grandes artistas, que se dé inicio a las fiestas de medio año en los pueblos. Él, por su parte, viaja a Europa dos veces en menos de diez días para ir a hablar a Alemania o a Francia de cambio climático, y así se la pasa metido en un avión emitiendo dióxido de carbono y contaminando más que cualquier colombiano promedio. Tampoco el presidente quiere saber del país que gobierna y que tanto detesta.

    Pero aún con escándalos, con señalamientos y entredichos a la integridad del presidente, con marchas de una mayoría ciudadana rechazándolo, con suicidados dudosos y convenientes, con maletas extraviadas llenas de dineros sospechosos, con declaraciones de cancilleres también borrachos y drogados, con la popularidad por el piso, con los escándalos pasados y olvidados de los familiares del presidente; aún con todo eso, al presidente Greco no le va a pasar nada porque al final no pasa nada de lo que la mayoría de los colombianos desea que pase.



    Y ese deseo es que Greco renuncie por dignidad y vergüenza. Desde luego, no lo hará. No tiene ninguna de las dos cosas. Aparte de que es un indigno y un desvergonzado, no va a renunciar al poder por un simple escándalo luego de haber luchado tanto para llegar a la Casa de Nariño. Tiene en mente que jamás se irá de allí, y para eso permite que la primera dama gane en protagonismo: es ella la que lo puede reemplazar cuando se cumpla su período en caso de que no aprueben la propuesta de reformar la Constitución para aspirar a una reelección. Si la Nueva Constituyente no se aprueba, el plan B es revivir algún artículo sacado de la manga a última hora para permitir nuevamente la reelección, o el plan C es delegar el poder en la señora Mónica Alcázar, para que el mandato quede en familia. En cualquier caso, su intención no será irse nunca derrotado por unas elecciones en las que ya no lo podrán derrotar jamás, aunque el pueblo vote en masa: la reforma electoral se asegurará de aprobar el voto electrónico, y con ello el fraude perpetuo.



    Mientras tanto, el equipo de colaboradores virtuales del presidente, o de los llamados bodegueros, se encarga de mantener su imagen a salvo para que nada de lo del escándalo aquel de las chuzadas a la empleada de su ex jefe de gabinete, incluyendo la misteriosa y oportuna muerte del teniente-coronel implicado, lo salpique. Todo ha sido preparado minuciosamente para que la Fiscalía no pueda saber la verdad, para que ningún colombiano sepa la clase de mafia que nos gobierna. Al final, la culpa se la echaron al muerto y aquí no pasa nada.

    El muerto, el que se suicidó con una pistola ajena sin tener motivos para ello, el que tenía miedo de hablar con la prensa porque literalmente “lo acababan”, fue el que aparentemente dio las órdenes de chuzar el teléfono de la niñera. Y no sólo de chuzarla, sino de implicarla en un caso de terrorismo, adjudicándole un alias de bandida al servicio de un jefe de un grupo narcoterrorista y montándole un caso judicial en el que hasta expediente armaron. Cómo no, el muerto tuvo la culpa. El teniente coronel se levantó una mañana con ganas de intervenir la línea de la empleada de Aura Saavedra sin que nadie le diera la orden, sólo porque a él le pareció que de pronto podría ser la responsable del robo de un dinero que al fin de cuentas no se sabe cuánto es, ni de quién es, ni cómo se obtuvo. Conveniente suicidio el del teniente coronel, quien se llevó la verdad a la tumba, o al que le quitaron la verdad de su boca. Conveniente silencio al que se acogieron los policías subordinados y la misma Aura Saavedra, y el mismo Vendetti, quien por cierto regresó de Turquía y ratificó su silencio. A él le fue prorrogado su contrato como embajador por un mes más, y la misma Aura Saavedra, la mano derecha del presidente, fue nombrada en un cargo diplomático en Alemania. El presidente Greco no los podía sacar así no más. Había que hacer un pacto y respetarlo con la vida. Ese pacto fue conocido como “el pacto del silencio”.



   Así, a Greco no le pasó nada, ni le pasará nada. No pasa nada en Colombia. El desgobierno continúa, la impunidad campea, el crimen se robustece, el pueblo paga los platos rotos.

    Mientras tanto, el mismo presidente se sienta en su sillón presidencial y cavila la manera de desquitarse de todos aquellos que han puesto a tambalear su gobierno: medios de comunicación, políticos, periodistas y columnistas de oposición, reservas activas, sociedad civil, organizaciones católicas y cristianas, influenciadores de derecha, contradictores y críticos. La arremetida contra sus enemigos tendrá que ser despiadada. Eso piensa el presidente mientras sorbe un trago de whisky y aspira un hilillo de cocaína cien por ciento colombiana, la más pura del mercado.

 

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...