sábado, 29 de marzo de 2025

La plaga humana

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Ensayo)








     ¿Creería el lector si le digo que existe algo llamado Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria con el propósito de hacer que los humanos nos extingamos de la faz de la tierra por los siglos de los siglos? ¿Es tan estúpido el individuo promedio como para formar parte de un grupo que lo conducirá al camino de su propia destrucción? Pues sí, sí lo es. Casos se han visto, y si ya existen el feminismo y el wokismo, que destruyen a sus militantes, ¿por qué no darle cabida ahora al extincionismo?

     Pero el movimiento existe hace casi 35 años, y su propósito es claro: que nos desaparezcamos. Fue fundado por Les U. Knight en 1991, un residente de Portland, Oregón, quien fue criado en una familia numerosa. Opera bajo la consigna de que toda persona es libre de adscribirse al movimiento, porque para ello cuenta con autonomía y libertad, y sobre todo con una gran conciencia ambiental para asegurar la sostenibilidad del planeta.

     En realidad, este movimiento es sólo un reflejo del activismo intelectual de otro movimiento cultural mucho más amplio, complejo y bien estructurado, que es el Ecologismo. El escritor y filósofo argentino Horacio Giusto lo define en su obra El Libro Negro del Ecologismo como una ideología de la nueva izquierda:

El ecologismo, que es en sí mismo una expresión más (entre tantas otras) de la nueva izquierda, posee discursos que varían según el contexto, aunque mantiene un patrón común latente en sus mensajes a lo largo de la historia: el Hombre es artífice principal de la destrucción del Planeta y en consecuencia todo desastre natural es su culpa. Por ello es que actualmente, en una cultura fuertemente marcada por la paranoia ambiental y que hereda la noción contractualista de Rousseau, se está volviendo en forma silenciosa a considerar válida la teoría del pastor protestante y economista Thomas Malthus.[1]




     En su canal de Youtube[2], aparecen nombres de filósofos y científicos tales como Peter Singer, David Attenborough, Garret Hardin, Paul Ehrlich, Eric Pianka o Jared Diamond; todos suscritos a la ideología ecologista que, al igual que el movimiento de Knight, plantea que la población humana es mucho mayor a la capacidad de la tierra para soportarla. Por tanto, el objetivo sería equilibrar la biósfera terrestre a través de una reducción importante de seres humanos. Si estos deciden desaparecer por cuenta propia, mucho mejor. Lo que uno no ve es que alguno de estos científicos haya dado primero el ejemplo. Como quien dice, que se mueran los demás.

     Ya por allá en las postrimerías del siglo XVIII, un clérigo anglicano muy influyente llamado Thomas Malthus hablaba en favor de una tesis similar, afirmando que la población tendía a crecer en forma exponencial mientras los alimentos lo hacían de forma aritmética, por lo que los medios de subsistencia siempre iban a ser limitados y el hambre cada vez más iría en aumento. No contaba con que menos de un siglo después una revolución tecnológica producida por la invención de la máquina de vapor lo cambiaría todo, y con el paso del tiempo la producción de alimentos se multiplicaría a un ritmo vertiginoso.

     Peter Singer, un filósofo utilitarista y activista por los derechos de los animales, considerado el padre del animalismo, escribiría en 1998 su libro llamado Ética Práctica, en el que sostenía una tesis muy similar a las planteadas por Malthus hace 227 años y por Knight hace apenas 30 años, entre las cuales el aborto inducido constituía una de sus principales causas de lucha.

     Más tarde, en 2013, aparece en escena el naturalista David Attenborough, que dijo textualmente: “Los seres humanos son una plaga sobre la tierra”, e “instaba a controlar el crecimiento de la población para que la tierra fuera sostenible”[3], evitando así la reproducción de la especie humana. Todos esos filósofos y científicos alimentaron el mito de la superpoblación y activaron las alarmas para decir que la multiplicación de los hombres estaba poniendo en riesgo el planeta.




     Pero el bioestadístico y médico sueco Hans Rosling, quien en su libro promovió una visión del mundo basada en los hechos y los datos antes que en las teorías especulativas, refutó el mito de la superpoblación demostrando estadísticamente que toda la población del mundo podría caber tranquilamente en el territorio del Estado de Texas, en los Estados Unidos, sin necesidad de hacinarse como en los grandes centros urbanos de la actualidad. Según su investigación, lo que hay es una alta densidad demográfica por la concentración de la población en las ciudades, y no debería confundirse esta con sobrepoblación. Aún así, el discurso ecologista fomenta el mito de la sobrepoblación para impulsar una agenda de control natal en el mundo por medio de los organismos internacionales. Estos, a su vez, cuentan con un gran peso sobre los Estados dominados por dicha agenda ecologista, la cual contiene el germen de una revolución política y económica para transformar de manera obligatoria el modo de vivir de la gente en el mundo.

     Pero no es una revolución contra los grandes conglomerados económicos ni contra los gobiernos detentadores del poder para explotar los recursos indiscriminadamente, sino contra el hombre común y silvestre, quien individualmente no llega a contaminar una milésima parte de lo que contaminan las industrias de las élites que dominan la economía mundial. Así, el objetivo de la nueva religión ecologista no es tanto proteger el medio ambiente como hacer desaparecer al hombre junto con todas las instituciones que lo acogen desde el nacimiento: la familia, la religión, la comunidad, su propia individualidad, su sentido de pertenencia a algo, en fin.

     En el fondo se trata de promover una guerra entre los hombres, de manera que prevalezcan los más fuertes sobre los más débiles, como en los postulados de la Selección Natural, bajo el pretexto de que los humanos depredamos el planeta. Una extinción voluntaria, aunque en la mayoría de los casos obligatoria: despojar al hombre de todo su sentido para dejarlo sin nada que perder más allá de su miserable vida.




     La tesis, por ejemplo, de un biólogo como Erik Pianka, sostiene que la población humana debe desaparecer en un 95% del planeta.[4] No importa si para esto se tiene que recurrir a un ataque por medio de un virus como el ébola. Bastante amorosos para con la humanidad han resultado ser los científicos que promueven el ecologismo como ideología. Lo complicado del caso es que si están sobrando tantas personas en el mundo, ¿cómo saber cuáles son los que están en el bando de los llamados a desaparecer? ¿Quién decide qué vidas merecen la pena vivirse y cuáles no?

     Culturalmente, el afianzamiento de estas ideas de los “eco-fascistas”, que más que ecologistas parecen ser ideólogos movidos por el principio eugenésico de la supervivencia, ha generado una nueva forma de configurar a la humanidad bajo una visión confrontativa de la sociedad: la del individuo compitiendo por sacar del camino a su semejante; pero sobre todo bajo una visión egocéntrica de concebirse a sí mismo como una partícula indivisible y atomizada que no puede ni quiere reproducirse para “no traer hijos al mundo a sufrir”. Se romantiza la vida en soledad, la aparente ventaja de no tener ataduras y ser libre en este mundo de cargas pesadas, porque lo que se requiere es ser un ciudadano del mundo que consuma, viaje, disfrute de los placeres de la vida en aislamiento, y ante todo, jamás se reproduzca. Pensando así, los humanos encontramos la mejor forma de extinguirnos voluntariamente sin necesidad de la aniquilación en masa que proponían los del movimiento de Knight.

     De esta forma, la extinción opera por la cultura antes que por la guerra nuclear, biológica o armamentista, con tasas de natalidad por debajo de 2 hijos por mujer que van en camino de reducirse ostensiblemente. El discurso ecologista no es más que una agenda antinatalista en nombre del cuidado de la “casa común”.




     Pero al tiempo que se desincentivan los propósitos de tener hijos, se fomenta la tenencia de mascotas para reemplazarlos, al punto de que se equiparan a estas con los hijos que no llegaron al seno del hogar. De ahí que no es extraño hablar del perrijo, del gatijo, o del nuevo miembro de la familia que hasta heredó los apellidos y se consolida como un habitante especial de la casa con privilegios y derechos particulares.

     Mucho cuidado con lo que puede derivarse de este amor desmedido por las “mascotas-hijos”. Lo dijo Chesterton una vez: “donde hay adoración animal, hay sacrificio humano”. Pero también lo hay donde existe una adoración desmedida y alienada por la creación antes que por el Creador; es decir, cuando se endiosa a la tierra y sus fenómenos, porque entonces la fe se constituye en fetiche, como aquel que cree que el milagro obra por haber tocado al santo. Recurrir de nuevo a la adoración del sol, de la luna, de la naturaleza y sus componentes, es simplemente retroceder en nuestra evolución. Depositar la esperanza en la energía de las piedras, en el poder de los duendes, de los astros, de los extraterrestres, o qué sé yo qué tipo de criatura se esté invocando ahora, es retornar a un oscurantismo mucho peor que el que había en la Edad Media.

     Hoy, cuando navegamos por las aguas de la adoración planetaria, tal como en la antigüedad lo hicieron nuestros antepasados con los astros y los fenómenos naturales en general, nos encontramos con que somos los seres humanos los demonios de la alegoría. De un lado, la “madre naturaleza”; la tierra que respira y se lamenta por la falta de conciencia, y del otro, el hombre depredador; destructor de su propio paraíso, incendiario de su propia casa, representante del mal en la tierra.




     Por este pensamiento la especie humana entera queda metida en la bolsa de los saqueadores, no diferenciando que un gran número de seres humanos todavía pueden obrar con la conciencia necesaria para cuidar el planeta sin necesidad de verlo como a un dios, y sobre todo, sin necesidad de auto infligirse el castigo que les hicieron pensar que se merecen por haber usufructuado el suelo que tienen el privilegio de pisar. De continuar con la tendencia de la desestimación del Dios personal por adorar al dios que puede estar en cualquier cosa (le llaman a eso panteísmo), el hombre se procurará su autodestrucción hasta ser reducido a una especie sin capacidad cognitiva o hasta quedar a la par de las bestias más feroces, como no hubo alguna en la tierra.


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[1] Horacio Giusto, Ignacio Vossler. El libro negro del ecologismo. (Santiago de Chile: Legado Ediciones, 2024), p. 38. Recuperado de https://archive.org/details/el-libro-negro-del-ecologismo/page/n37/mode/2up

[2] Horacio Giusto. (22 de junio de 2021). ¿Promoviendo la extinción humana? [Video]. Youtube. https://www.youtube.com/watch?v=6PODU8Q3aDE&list=PL18sLbvMjYxdti0xqa7zn8TS6V3bj0QfT&index=4

[3] https://elpais.com/sociedad/2013/01/23/actualidad/1358942572_869278.html

[4] Ricardo Andrés Roa Castellanos. (Julio 6 de 2015). Ciencia versus Pseudociencia: El Mortal Mito de la Sobrepoblación. Universidad del Rosario. Recuperado de https://urosario.edu.co/revista-nova-et-vetera/columnistas/ciencia-versus-pseudociencia-el-mortal-mito-de-la-sobrepoblacion

sábado, 22 de marzo de 2025

La lucha por el sentido común

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Ensayo)







     Cuando uno oye la expresión "el sentido común es el menos común de los sentidos", indefectiblemente tiene que concluir que algo anda mal en el mundo. Porque lo que tiene sentido es aquello que es considerado prudente, sensato, lógico, válido, razonable, etc. Y lo que se entiende por común es eso que predomina en el colectivo humano, en la sabiduría popular, en el constructo de los conocimientos fundamentados en la experiencia de la comunidad; en fin, en lo que identifica a los grupos sociales y que ha sido clave para su desarrollo. Lo común es lo compartido a nivel del sistema de creencias y de valores: lo que nos identifica como cultura.

     Hablar entonces de una pérdida de sentido común es hablar de una pérdida de identidad, de coherencia y objetividad. Hablar de lo poco que hay de común en el sentido es reconocer que estamos inmersos en la cultura de la insensatez, la imprudencia, la irracionalidad y la individualidad exacerbada, o lo que es lo mismo, del egocentrismo.

     Hoy, cuando las malas ideologías nos abruman y se han vuelto tan populares los gurús de internet que aconsejan a otros sin haber podido resolver su propia vida, asistimos al ocaso del sentido común gracias a una ideología que ha cobrado vida en los últimos años y que se ha derivado del modo de pensar progresista tan caro a esta sociedad posmoderna. Esa ideología tiene nombre propio: el wokismo.




     La profesora Mamela Fiallo, en un artículo de prensa para el PanamPost nos dice que el término woke tiene su origen (si no lingüístico, sí pragmático) en la década de los setenta, coludido con la revolución sexual y sobre todo con el consumo de drogas psicotrópicas. “En nombre de una supuesta expansión de la conciencia, las principales corporaciones de la actualidad [pretendían] cambiar el lenguaje para lograr una reforma social”.[1] Recordemos que las consignas de aquella época por parte de la juventud eran mayoritariamente en contra la Guerra Fría y sus guerras satélites en todo el mundo ante la amenaza de una Tercera Guerra Mundial, por lo cual el llamado era a la paz, a la práctica del amor libre y la fraternidad entre los pueblos. Eran consignas idealistas que pretendían bajar el paraíso a la tierra, pero que eran tan imposibles de poner en marcha para la coyuntura que se vivía en ese tiempo, que al final no pasaron de ser retóricas de hippies trasnochados.

     También pedían una revolución y un cambio de sistema, alineándose mucho más con el bloque de las izquierdas socialistas (esas mismas que eran responsables de más de 160 millones de muertos en URSS y en China), a quien miraban con cierta simpatía, en razón de que la cultura consumista que había traído el capitalismo les parecía la causa de la infelicidad humana. El capitalismo también había dejado sus propias víctimas, y ellos, como hijos de ese sistema, eran los primeros afectados por no poder vivir en un planeta en paz: las primeras víctimas de un sistema de opresión. Ahí se fundamenta lo medular de la narrativa del wokismo, que no es más que la exacerbación del victimismo en todas las relaciones del hombre con sus semejantes y del hombre con su entorno. Una relación que deja como resultado dos bandos: el de los opresores y el de los oprimidos, y de ahí que haya que buscar alguna forma de pertenecer a los segundos mediante la fragmentación de los relatos sociales y la intersección de todos los "sistemas opresivos" que puedan llegar a determinar.




     El problema se agrava cuando el wokismo, al dividir a la sociedad entre opresores y oprimidos, absolutiza las particularidades de cada uno. Al que se le ha metido en la bolsa de los opresores se le juzgará por sus condiciones raciales, sexuales, económicas, religiosas, políticas, étnicas, culturales y demás, en lugar de juzgársele por sus hechos determinados en un tiempo determinado y en un lugar determinado. De la misma manera sucede con el que se encuentra en el bando de los oprimidos, sólo que dicho juzgamiento se hará de manera benéfica. Recordemos que el “oprimido” tiene rotulado el cartel de “víctima” en la frente. No hay lógica en este discernimiento al que la ideología le ha dado por catalogar como “discriminación positiva”, lo cual sería como una discriminación al revés. Una vez más, una pérdida de sentido común desconsiderada.

     En tanto que opresor, todo lo que este haga se torna malo. En tanto que oprimido, sus actos son buenos per se, justificables y hasta encomiables. El oprimido es la envidia de la sociedad porque su condición le ha valido para ganar privilegios a través de leyes y políticas estatales. El Estado es su medio para equilibrar las cargas. El woke no exige igualdad ante la ley, sino igualdad mediante la ley, o a costa de la ley.




     Como se ve, el wokismo no tiene límites, no cesa de esparcirse como un virus maléfico; en todo busca una relación opresiva como si quisiera encontrar oro con el cual poder dinamitar los cimientos de las relaciones humanas. Es cierto que históricamente el progreso de la humanidad es una resultante de batallas entre vencedores y vencidos, dominadores y dominados, explotadores y explotados, pero siempre al nivel de las grandes gestas, las conquistas de territorio, las fundaciones de las civilizaciones, el establecimiento de los reinos, los imperios y las naciones. Así es como eternamente ha sido. Los individuos siempre diferentes, nunca iguales, y en esa división que la naturaleza propuso entre fuertes y débiles, la ideología woke irrumpe para tratar de equilibrar las cargas a través de la autoridad de turno: como el débil no se pone al nivel del fuerte, lo que se hace es debilitar a este último.

     ¿Saben los lectores cuál es el trasfondo de esta mecánica igualitaria? La distribución de la riqueza, los bienes, los servicios, la propiedad: socialismo puro y duro. Todo woke en el fondo es socialista y todo woke quiere que se le de a él, a través del Estado, lo que por sus propios medios no ha sabido ganarse para sí.







[1] Mamela Fiallo, Manual trans para prensa: “lenguaje inclusivo” fuera de control en AP. Panam Post. Julio 23 de 2022. Disponible en https://panampost.com/mamela-fiallo/2022/07/23/manual-trans-para-prensa-lenguaje-inclusivo-ap/ Última visita: 05/08/22


sábado, 15 de marzo de 2025

La estafa popular

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






     ¿Será posible que alguien piense que en los momentos actuales que atraviesa la nación la propuesta de una “consulta popular” es solamente para preguntarle al pueblo si está de acuerdo o no con que se apruebe la reforma laboral o la reforma a la salud? ¿Todavía hay alguien que crea que el interés del gobierno es conocer la opinión del “pueblo” acerca de sus discutidas reformas? ¿Se justifica gastar alrededor de 800 mil millones de pesos en una consulta que no genera ningún tipo de mandato jurídico, puesto que eso lo tiene que decidir el Congreso de la República, sino que apenas genera una suerte de compromiso político, que es más bien un mandato moral?  

     Aparte de los furibundos petristas, que ya sabemos que son un caso perdido, sea porque están ciegos o porque reciben prebendas y se hacen los ciegos, tiene que ser uno muy estúpido o muy mala persona para querer que un país con el déficit presupuestario que tiene este, se gaste casi un billón de pesos solamente para preguntarle a la gente la obviedad de si quiere “ganar más y trabajar menos”. Es decir, tiene que ser uno igual de petrista que los que abierta y cínicamente se declaran petristas, que son aquellos individuos en los que se conjugan la maldad y la estupidez en un solo cuerpo, para apoyar el embeleco de la consulta popular sólo porque al mesías le dio por proponerla en vista de que no le aprueban sus nefastas reformas, como si el ejercicio del Poder Legislativo no valiera nada en esta república de opereta.




     Y es que no crean que la reforma laboral propuesta por este gobierno es solamente una cuestión de si la jornada nocturna empieza a las seis de la tarde, o si los dominicales hay que pagarlos dobles como anteriormente. El transfondo del asunto es mucho más complejo. Habría que leer el borrador del proyecto[1] presentado a la Comisión encargada en el Congreso para darse cuenta de que lo que está en juego es el futuro laboral y productivo del país. Las consecuencias serían significativamente devastadoras, tanto para las empresas como para los mismos trabajadores que este desgobierno dice proteger. Lo que va a lograr es que estos pierdan su trabajo ante el cierre de miles de negocios. De aprobarse la reforma laboral, se estima que lo único que se va a acrecentar serán las cifras del desempleo y la pobreza. 

     Más del 90% de las empresas en Colombia son pequeñas y medianas empresas que tenderían a desaparecer por su incapacidad para asumir los sobrecostos que la reforma impone. Como resultado de ello, el fenómeno de la informalidad se incrementaría en proporciones alarmantes. Las grandes empresas, por el contrario, son las únicas que pueden asumir los sobrecostos laborales sin incurrir en quiebra. Estas se verían altamente beneficiadas si el gobierno les saca del camino a sus competidores más pequeños. Monopolio y más monopolio a la vista, que supuestamente es lo que el gobierno de izquierda dice detestar. Pero es contradictorio que esta reforma, en lugar de apoyar a la clase media y al empresario pequeño, beneficie a los más ricos y a un reducido sector de trabajadores privilegiados que trabajan para ellos. 




     La reforma laboral pareciera datar del siglo XIX y haber sido escrita por el propio Marx. De la misma manera lo será la Consulta Popular, cuyas preguntas, me figuro una estratagema populista para engañar incautos a los que se les preguntará, no si están de acuerdo con puntos específicos de las reformas, sino si están de acuerdo con la dignidad, la retribución justa, la defensa de los derechos de los trabajadores, la lucha contra la explotación por parte del gran capital financiero y el empresariado rico y todas esas sentencias hipnotizantes que por su significado no se podrían rechazar, pero que esconden una intención maquiavélica disfrazada con el velo de los lugares comunes y las consignas que aparentemente claman por una reivindicación del trabajador.
 
     Más tonto el que piense que es bueno preguntarle al pueblo cuando la pregunta viene formulada y previamente manipulada por un prospecto de dictador. Más miserable el que promueva el engaño para catapultar las aspiraciones de reelección de su dios de barro y le haga gastar al Estado casi un billón de pesos como si este fuera un país que se puede dar ese lujo. ¿Acaso no dijeron que no había plata y que por eso no cumplían con el mandato que por ley tienen de girarle el dinero a las EPS, por cuya negligencia la gente está muriéndose por falta de medicamentos? Sólo hay plata en este gobierno si se trata de regalársela a los malhechores, o si se trata de la campaña política que desde ya se está ambientando con un asunto que debiera estar descartado de antemano a la luz de la Constitución Política: la reelección.




     Esa es la real consulta. Aquí no se crea que van por una profunda reforma laboral o de salud. La consulta popular es el ardid para tantear los ánimos y empezar a familiarizar a la plebe con la idea de la reelección, en caso de que el pueblo muerda el anzuelo y dentro de un año tenga que aceptar nuevamente la cara del sinvergüenza en el tarjetón. 

     Ventana de Overton, le llaman a eso: ir incorporando de a poco en el conjunto de valores que guían el comportamiento de los individuos y las organizaciones sociales (ethos) lo que en un principio parecía descabellado, hasta llegar al punto de que la opinión pública se haya familiarizado tanto con la idea, que termine aceptándola como un hecho ineluctable, y en muchos casos hasta deseándola.

     Ya he escuchado por ahí a varios analistas, periodistas y politiqueros planteando el escenario de la consulta popular: que si saca un umbral de tanto, entonces la reforma pasa; o que si tal cantidad de personas salen a votar, Petro toma un respiro así sea que los votantes en su mayoría digan no, porque esto le reivindica su postura falsa de gobernante demócrata. No faltará el que salga a decir que en la consulta de Petro ganó el No, pero como fue por un estrecho margen, se sobreentiende que es un Sí, y al final termina imponiéndose el Sí a como dé lugar. Para eso están los maestros en inventarse los mecanismos rápidos (fastrack); para eso Petro cuenta en sus filas con un depredador político que se llama Armando Benedetti, experto en estas cuestiones del "trabajo sucio" que tiene la política. 




     Por Dios, señores, ¿cómo dejamos que este sujeto de la Casa de Nariño, a quien nadie le tiene el mínimo respeto en este país, y mucho menos aprecio, nos dicte la agenda que a él le conviene? Porque el tema está puesto sobre la mesa para ver quién pica, y ya estamos tan metidos de lleno en la consulta popular, que no faltan quienes digan que la van a salir a votar negativamente para ejercer su derecho democrático. ¡Estúpidos! Le están haciendo el juego al sinvergüenza. A él le conviene que salgamos en masa a avalarle su gran estafa, porque así sea que gane el No, él de todas maneras va a ganar. 

     ¡Qué gran demócrata es este Petro!, saldrán a decir sus lavaperros influenciadores, pero lo cierto es que quien pierde con esto es el país entero. Con la consulta Petro tanteará su caudal electoral y podrá ajustar las tuercas de cara a la elección presidencial. Pero ese es su plan B, en caso de que no pueda quedarse por la mala. El plan A siempre ha sido el mismo desde que él decidió lanzarse a la presidencia: quedarse indefinidamente sin posibilidad de ser removido, como todo un dictador caribeño. No olvidemos que los socialistas del siglo XXI llegan al poder por la vía democrática para no irse nunca más. Petro no será la excepción.

     Así que, si el Senado aprueba que se haga consulta, el pueblo sólo tiene que hacer una cosa: no salir a votarla, ignorarla, desdeñarla, no publicitarla, abstenerse de participar; es decir, abstenerse de jugar el juego que Gustavo Petro quiere que juguemos.



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[1] El Universal. (15 de marzo de 2023). Últimos retoques: este es el nuevo borrador de la Reforma Laboral.

https://www.eluniversal.com.co/colombia/2023/03/15/ultimos-retoques-este-es-el-nuevo-borrador-de-la-reforma-laboral/

sábado, 8 de marzo de 2025

Ocho de marzo, Día Internacional de la Mujer... de izquierda

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Otros eran los tiempos en que el Día Internacional de la Mujer era una celebración a nivel mundial para agasajar a los maravillosos seres humanos que pueblan esta tierra y que le hacen tan dichosa la existencia a la otra mitad de los humanos que conviven con los primeros en el mismo planeta; es decir, celebrar que las mujeres existen y que son la razón de ser de nosotros, los hombres.

     Por lo menos así era en mis tiempos, cuando un hombre obsequiaba a la mujer con una rosa, un chocolate, o quizás una sencilla invitación que halagara el corazón femenino e hiciera sentir especial a la mujer en su día, porque siempre lo fueron, lo son, y lo seguirán siendo, y es parte de su naturaleza esa necesidad de sentirse amadas.

     Sólo que el feminismo radical les ha robado su celebración, contaminándosela  con política y causas opresivas que ya no tienen lugar en pleno siglo XXI por más que pretendan convencer a la sociedad con el discurso del “patriarcado”. Eso ya está mandado a recoger. Han entorpecido la magia del ocho de marzo con la consigna aquella de que esa fecha no debe ser motivo de ninguna celebración, pues no hay nada que celebrar. “El ocho de marzo no se celebra, se conmemora”, remarcan las feministas adoctrinadas sin dejar de demostrar ese tono de enfado que les afea el alma y el rostro, porque ellas han desnaturalizado el rol esencial de la mujer para revestirlo con el manto de la agresividad, la rebeldía, el inconformismo, el resentimiento y el sentimiento de superioridad moral sobre los hombres y las demás mujeres que no piensan como ellas.

     Anularon el encanto de la fecha para quedarse con el reclamo airado. Renunciaron al motivo de celebración para convertirlo en una lucha política que ya debía de haber sido superada. Pero el feminismo, como movimiento ideológico-político no lo quiere así. Nunca lo querrá: el día en que los asesinos y maltratadores de mujeres reciban su real merecido y el mundo cambie para bien, el feminismo habrá perdido su razón de ser. Por ello necesita de los asesinos, los violadores y los machistas.




     Sí, porque estamos en un mundo hostil que mata a hombres y mujeres casi que por igual (de hecho, mueren más hombres asesinados a manos de otros hombres, pero nunca se habla de masculinicidio), sólo que el feminismo necesita aumentar sus víctimas para seguir justificando su movimiento.

     Y claro, uno entiende que El Día Internacional de la Mujer tiene sus raíces en el movimiento obrero de mediados del siglo XIX, en un momento de gran expansión y turbulencias en el mundo industrializado, en el que la mujer comenzó a alzar cada vez más su voz para reclamar derechos justos e iguales ante la ley; que además el sistema político y social, que en ese tiempo sí era totalmente patriarcal, no les permitía el derecho al voto, ni a la educación, ni a la herencia, ni a manejar su propio dinero, ni a tener independencia ni opinión propia; limitadas solo a la procreación e incluso a morir a raíz de las malas condiciones en que tenían que dar a luz.

     Uno entiende que había que organizar movimientos en esos años que se preocuparan por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Pero estamos hablando de los años 1800, cuando una revolución industrial dio paso a un cambio tecnológico en el modo de producción y se consolidó el sistema basado en el capital. Los cinturones de miseria que este sistema acarreó en las viejas ciudades inglesas, por ejemplo, fueron producto de ello. Pero no porque el capitalismo per se lo provocara, sino porque se produjo una reorganización que en un principio conllevó a todas estas problemáticas. Las ciudades se vieron atiborradas de obreros, y especialmente obreras que fueron contratadas en las fábricas en condiciones de hacinamiento e insalubridad, pero en el campo la gente se moría de hambre. Esos cinturones de miseria que describía Charles Dickens en sus novelas con tanta congoja al final fueron la esperanza de vida para muchos hombres y mujeres que emigraron a los centros urbanos buscando un plato de comida: la economía comenzaba a tener otro dinamismo, pero todo sería cuestión de organización y nuevas legislaciones. La explotación laboral que se produjo en esos años de industrialización era algo que se veía venir con el auge de las factorías y la producción en masa, pero también era un fenómeno reversible, o al menos susceptible de poder mejorarse. Claro, no fue de la noche a la mañana y tuvieron que presentarse muchos movimientos, muchas marchas, muchas protestas, pero al final los obreros, como la clase social emergente, fueron obteniendo logros que les permitieron reivindicar con más justicia sus derechos.




     Entonces, esos movimientos obreros terminaron siendo cooptados por nuevas ideologías que surgieron en el seno del nuevo sistema de producción. Así, Marx capitalizó las injusticias y habló en nombre de la clase obrera, a la cual pertenecían también las mujeres obreras que exigían mejores tratos. Si el marxismo convocaba a los proletarios a exigir por sus derechos, de igual manera agrupaba a las mujeres obreras que pedían lo mismo. De ahí que los movimientos de reivindicación femenina hayan nacido en el seno de lo que más adelante adquirió el nombre de socialismo. No nos extraña, pues, que hasta el sol de hoy el feminismo siga estando estrechamente vinculando con las izquierdas, con la revolución, con la violencia.

     El mundo Occidental ahora es muy distinto al que había posterior a la Revolución Industrial. Por fortuna, la mujer ya goza de iguales o más derechos que los hombres en todas las legislaciones de los países socialdemócratas. En el siglo XXI se ha instalado un discurso en pro de la mujer con sus correspondientes instituciones y engranajes para defender y garantizar sus derechos. A pesar de todo esto, el germen socialista aparece cada año en lo que ya no se llama el Día Internacional de la Mujer, sino una abstracción a la que le dicen el 8M, cual nombre de movimiento guerrillero. Si antes exigían reclamos tan válidos como el derecho al sufragio y la igualdad ante la ley con respecto a los hombres, hoy exigen el derecho de matar a sus hijos en gestación y a terminar con la brecha salarial por lo alto aun cuando por lo bajo, y en un promedio mucho mayor, los empleos más mal remunerados los ocupan los hombres.




     Ningún feminismo es bueno para como se presentan las condiciones de vida del siglo XXI. Aquellos movimientos que en el siglo XIX luchaban por los derechos de las mujeres ya no existen. Estamos en 2025, no hay ningún derecho, por lo menos en la civilización judeocristiana, al que tenga acceso un hombre y que no pueda disfrutar una mujer. Y si lo hay, habría que denunciarlo, porque es seguro que se estaría violentando alguna ley que prohibiría la discriminación contra la mujer. Eso sí, si hablamos del mundo occidental. Otra cosa son las leyes islámicas que no tienen en cuenta los mínimos derechos de las mujeres y que paradójicamente son las feministas las primeras en salir atiborradas con la bandera de Palestina a defender el islamismo. ¿Se habrá visto cosa más incoherente?

     De modo que el feminismo en estos tiempos no tiene cabida, a no ser que lo que defienda ya no sea la causa de la mujer, sino la causa de la ideología izquierdista. Eso ya es otra cosa.

     El ocho de marzo pasó a ser, en los últimos años, una fecha temida en donde reina la violencia y el ridículo. Fecha de destrucción de los bienes públicos y privados, en la que la peor faceta de lo femenino, que tiende a ser la conducta masculinizada, sale a las calles con un furor tan descontrolado que ni el hombre más energúmeno demostraría. No solo porque quienes encabezan estas protestas son seres llenos de odio y de violencia, sino porque además se humillan a sí mismos. Ya dan pena en vez de ira, porque ni siquiera eso infunden. La mayoría de las mujeres no se sienten representadas por el feminismo, al que cada vez le hacen menos caso. Han implosionado su propio movimiento desde adentro, cansando a la población, convirtiéndose en una cuadrilla de locas subversivas que nadie quiere y ganando cada vez más antipatía porque al fin la gente está entendiendo que son una minoría ruidosa y adoctrinada. Ya ninguna de sus demandas es legítima, ni son tomadas en serio; por ello sólo pueden recurrir a la violencia. ¿Qué otra cosa les queda?




     En lugar de ser una fiesta esperada a nivel mundial para reivindicar a la mujer, a la madre, a la esposa, a la hermana, a la trabajadora, a la mujer en su esencia más pura, el ocho de marzo se convirtió en una fecha temida para las plazas públicas, las estatuas y los bienes públicos y privados a raíz de una cáfila de vándalas que dicen representar a las mujeres, pero al mismo tiempo les dice cómo deben comportarse, juzgándolas porque en lugar de “empoderarse”, algunas han decidido optar por el camino de la maternidad y la conformación de una familia tradicional. Eso, desde luego, no es ninguna defensa de las mujeres, a no ser que sean las mujeres de izquierda, que son las que se sienten identificadas con la rebeldía, el libertinaje, la vulgaridad y el espíritu destructivo.




sábado, 1 de marzo de 2025

Hay guerras imposibles de ganar

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Hay guerras en las que no se puede entrar y peleas que es mejor no cazar por más respaldo que se tenga de un aliado poderoso. Volodímir Zelensky lo tenía que haber entendido desde el principio: no haberse prestado para que Rusia le declarara la guerra y lo invadiera en 2022, por un lado; y por el otro no haber llegado con la actitud soberbia con la que llegó a La Casa Blanca esta semana para intentar firmar un acuerdo de paz mediado por el presidente Trump, con quien al final salió cazando una pelea innecesaria. No entendió que no podía entrar en guerra con Rusia y que tampoco podía pelearle al presidente de los Estados Unidos, máxime cuando el respaldo del “poderoso” Estados Unidos regido por el otrora presidente Biden ya no existe. Ha llegado un nuevo alguacil a la comarca del planeta, y Zelensky lo debió haber entendido.

     Pero también los medios de comunicación hegemónicos debieron de haberlo hecho. Parece que no supieran de geopolítica, o más bien se hicieran los que no saben. Claro, a ellos los financian grupos poderosos a quienes les conviene cambiar la percepción de las cosas para poder seguir en su empeño de perpetuar la guerra: una guerra que en tres años ya ha costado alrededor de 12.162 muertos, incluyendo 169 niños. Por eso exhiben titulares como “Trump humilla a Zelensky”, o “Trump ataca a Zelensky llamándolo dictador sin elecciones y se pone de parte de Putin”. Toda una verdad a medias, lo que equivale a decir que es una mentira.




     Luego el espectador desprevenido y sin formación política se come el cuento de que ahora Estados Unidos es pro-Putin y que apoya al tirano de Leningrado, y que abandonó a la pobre Ucrania en su guerra contra la poderosa y desalmada Rusia. Desde luego que Trump se refirió en esos términos de Zelensky, cosa que no está bien, pero no porque ahora tenga una alineación especial con el dictador ruso, sino porque entiende que hay guerras que no tiene sentido pelearlas, como esta guerra aupada por el globalismo. Y mucho menos él, como presidente de los Estados Unidos, continuará financiando el desangre en Ucrania, como al parecer sí quieren los de la Unión Europea.

     Sabe que la guerra hay que pararla a toda costa, porque la historia ha demostrado que aquellos a quien la primera potencia del mundo ha apoyado en sus conflictos contra los rusos, después se vuelven contra ella. Baste nombrar el caso de los talibanes, en un principio armados y financiados por los Estados Unidos en la lucha contra el comunismo soviético, y posteriormente sus más encarnizados enemigos.

     Trump no quiere que eso se le devuelva. De hecho, le ha reclamado a Zelensky que varios misiles norteamericanos que el gobierno anterior de los Estados Unidos envió a Ucrania como parte del paquete de ayuda militar hayan resultado en poder de los grupos terroristas como Hamás o de los narcos mexicanos. ¿Qué pasó entonces con la ayuda militar? ¿Están vendiendo las armas gringas a los enemigos de los gringos? ¿En qué han invertido los más de 350 mil millones de dólares que Estados Unidos (en cabeza del senil) le ha enviado a Ucrania para continuar la guerra sin que a la vista haya redundado en un parte de victoria para el pueblo ucraniano?




     Por cosas como estas es que Trump entiende que esa guerra hay que detenerla, y lo mejor para Estados Unidos y para la preservación de la paz mundial es cortarle su financiación. No más armas para Ucrania, no más dinero, no más insultos para Putin, no más leña para el fuego. Ya Rusia puso sus condiciones de negociación y espera que Ucrania se las acepte sin revirar: el tiempo en el que Putin solamente pedía neutralidad, que fue a las tres semanas de haber iniciado la guerra, ya pasó. Esa oportunidad de detener el derramamiento de sangre y el desplazamiento de la población se perdió cuando Zelensky, la Unión Europea y los Estados Unidos de Biden se empeñaron en azuzar la candela y hacer que el conflicto escalara a proporciones irreversibles. Ahora Putin, el poderoso, el que cuenta con apoyo popular y armamento nuclear, ya está en la fase de exigir territorios, áreas de influencia y reparación de daños, además de poner nuevo gobierno en Ucrania que sea afín a sus intereses.

     En cambio para Zelensky, con la llegada de Trump, se perdió la guerra. Es tiempo de sentarse a negociar con la cabeza gacha y saber que ha sido derrotado. Ucrania nunca estuvo si quiera cerca de ganar la guerra, pero eso era lo que los noticieros hacían creer para que los fabricantes de armas se siguieran llenando los bolsillos y la “ayuda” continuara. Zelensky se presentaba a cuanto evento público se realizaba en el mundo de la farándula y del espectáculo político y era aplaudido como un líder de paz, aunque en el fondo era a él a quien más convenía que la guerra se prolongara con semejante cantidad de dólares que recibía su gobierno. Pero el "chorro" se le acabó y el grandulón que antes lo respaldaba ahora le pide que más bien arregle con el matón de la cuadra, y no porque lo apoye, sino porque sabe que hay peleas que no se pueden dar.




     Esto fue lo que Trump trató de hacerle entender a Zelensky, ayer viernes 28 de febrero, durante la conferencia de prensa que sostuvieron en el Despacho Oval de la Casa Blanca en compañía del vicepresidente JD Vance, y de la cual resultó una confrontación en la que el único derrotado fue el presidente ucraniano, quien optó por la actitud de insultar a Putin, poner cara de pocos amigos, vestir un traje como para invocar el luto, levantar la voz, enfrascarse en un careo con Vance y después con Trump delante de los medios, para luego quedar como una víctima ante la prensa mediática, que no dudó en ponerlo en el bando de los oprimidos. Sólo que Trump le puso las cosas muy en claro: “con nosotros tienes una carta. Sin nosotros no tienes nada”. Y reiteró que no está de parte de uno ni de otro, sino un poco tratando de entender ambos puntos de vista: “si no me alineara con ambos, nunca obtendría un acuerdo”, respondió cuando le preguntaron por qué había ido a negociar con Putin.

     Desde luego, no se firmó ningún acuerdo de paz por el momento. Zelensky salió casi que echado de la Casa Blanca por haber ido bravear al presidente de los Estados Unidos, que al parecer es el único interesado en que el conflicto termine, no sólo por el bien de su nación y del mundo, sino también porque necesita que Ucrania le pague a través de los minerales todo lo que el gobierno anterior le envió en dinero. Porque esa plata, según Trump, no es un regalo del gobierno americano, sino que Ucrania se la tiene que pagar.




     Lo que de pronto Trump ignora es que Zelensky no tiene cómo devolvérsela. Ya se gastó la plata y ni él mismo sabe en qué. Ya firmó acuerdos de explotación de sus minerales con Reino Unido[1] y la Unión Europea, y no puede echarse para atrás. Si firma la paz y le cede parte de su territorio a Rusia, los neonazis en Ucrania, que en un principio lo apoyaron, lo terminarán asesinando. Si le paga a Trump con sus minerales y “tierras raras”, los ingleses se pondrán muy molestos y tomarán otras represalias económicas. Si hace la paz, tendrá que irse del poder por orden de Putin y terminará en la cárcel, porque sabe que van a investigar la destinación de los recursos para la guerra con los que él posiblemente se ha usufructuado, además de que ya no tiene apoyo popular.

     Sí, Zelensky está perdido porque se metió a dar una pelea que no podía dar, a una guerra imposible de ganar, azuzado por el fortachón de turno que al final lo dejó solo, porque hasta ese peso pesado entendió que, dadas las circunstancias, lo mejor era retirarse.

     La única carta que le queda a Volodímir es Trump. Más le vale ceder, porque en toda negociación siempre hay algo que perder. Pudo haber perdido menos si hubiera firmado un acuerdo a tiempo. Pero ahora, ad portas de la Tercera Guerra Mundial, cuando ya no tiene ni gente para pelear porque ha tenido que reclutar hasta ancianos a la fuerza, la única salida que les queda, tanto a Zelensky como a Putin, es firmar la paz que les garantiza Trump.

     Habría sido muy bueno que Ucrania hubiera vencido, que le hubiera dado una lección al peligroso Putin, pero no hay nada que hacer. Por desgracia, está condenada a ser parte de la antigua Rusia y por tanto a ser considerada bajo un área de influencia de la que no se puede salir y en la que hay un actor poderoso al cual se tiene que subordinar.



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[1] Associated press. (16 de enero de 2025). El líder británico llega a Ucrania para mantener conversaciones de seguridad con Zelensky antes de la investidura de Trump. CNN. https://cnnespanol.cnn.com/2025/01/16/mundo/reino-unido-starmer-ucrania-zelensky-pacto-ap






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