Rupertino Díaz mira hacia el
horizonte con la esperanza de encontrar su redención. El puerto en el que se
encuentra está colmado de pequeñas embarcaciones que aún no se deciden a
zarpar. Ninguna es tripulada. Todas ondulan solitarias al vaivén de las olas
que chocan contra el muelle de madera. El zarandeo hace que se espante una
gaviota que tampoco se ha lanzado al vuelo. Luego se entrega al cielo con un
movimiento presuroso, aunque lo que en realidad pretende la gaviota es llamar
la atención del observante. Es como si el tiempo estuviera suspendido. Es un
cuadro hermoso, un paisaje idílico el que está siendo registrado por Rupertino,
a pesar de no ser consciente de la belleza exterior que lo rodea en ese puerto
de ciudad vieja y melancólica.
Mientras la gaviota y la brisa intentan hacer mella sobre la abstracción del meditabundo, él solo malgasta su energía entregándose a su duelo personal: el que lleva adentro, el que no puede curarse con un deleite de la naturaleza o con una de sus catastróficas manifestaciones. Porque en cuestión de segundos el mar podría ascender en forma de columna y volcarse con furia sobre la costa en la que se encuentra Rupertino, llevándose todo a su paso; y el cielo descargar miles de rayos a lo largo del muelle, y el sol incendiar la ciudad con una de sus tormentas de fuego hasta que todas las cosas ardan en un sopor maldito. En cualquier momento esa belleza que se torna tan apacible podría transformarse en un infierno de devastación. Rupertino lo imagina por un segundo, y hasta desearía transformar la paz y la afabilidad del puerto en una marejada de destrucción para así no tener que suicidarse.
Rupertino se sabe derrotado. Hasta para emprender la acometida de su propia muerte se reconoce perdedor. Él quisiera evaporarse de la tierra como por arte de magia, simplemente desaparecer sin dejar rastro. No necesariamente muriéndose. Si por él fuera seguiría respirando, disfrutando del paisaje bajo otra perspectiva, pero está tan desesperado en su derrota que no quiere imponerse más la tarea de seguir viviendo. Morirse sería un descanso. Sobre todo, morirse para el resto de la humanidad así él tenga que migrar a una vida en otro planeta o en un tiempo en el que no hubieran nacido ninguno de sus conocidos. Rupertino quiere borrarse incluso del pensamiento de los otros. No quiere que nadie se acuerde de él para tenerle lástima o para burlarse de su suerte. Tampoco para alegrarse en secreto por lo que le pasa. No quiere seguir alimentando el concepto del hombre perdedor en la mente de ninguno, porque no quiere recibir de los demás la compasión.
A pesar de todo Rupertino es
orgulloso, aunque se siente un miserable, se ve como un miserable y sabe que
los demás lo ven como un miserable: es un miserable.
Dicen que el suicidio es una
decisión irracional, loca, impulsiva. Que es un estado del alma en que el
Hombre está cegado por la locura y la prisión de su espíritu. Sin embargo,
Rupertino es consciente de que necesita la muerte para que los hombres se
olviden de él, o al menos para olvidarse él mismo de su condición perdedora.
Rupertino quiere elegir libremente el suicidio, no porque esté loco, ni
nublado, ni desesperado: simplemente porque no puede con la vida que el destino
le ha impuesto. Necesita liberarse de la condición de ser él. Pero no liberarse
siendo otro, cambiando, como aconsejarían los pragmáticos de la existencia,
sino liberarse del cuerpo. Nadie, mientras viva, podrá jamás ser otro, siempre
será él mismo o ella misma. Ni siquiera cambiándose de identidad, de sexo, de
color de piel, de especie, de órganos internos, de ciudad, de planeta, de
tiempo. Siempre seremos nosotros, la esencia es inmutable. Y ese es el problema
para Rupertino: necesita ser otro, no él. Otro cuerpo con mayor energía y
dinamismo, otro físico con mejor apariencia y atractivo, otra mente con más
inteligencia y lucidez, otro carácter más recio y asertivo, otro corazón con
sentimientos más nobles. ¿Cómo transformarse en otro sin dejar de existir?
Imposible, sólo se puede ser uno. Somos el espíritu que sopló Dios al momento
de unirse las dos células que dieron origen a nuestra corporeidad, y ese
espíritu es inmutable.
Ya entendiendo Rupertino que no podrá jamás dejar de ser él, que tendrá toda la vida que convivir consigo mismo y pasar la vergüenza pública de ser un fracasado y un alienado, sopesa las dos opciones que tiene a la mano: la primera, aprovechar que está el agua ahí tan cerca, a tan solo un salto, para arrojarse y ahogarse definitivamente. Sería solo cuestión de subir un pie en la baranda e impulsarse hacia adelante. El agua llega en un ángulo recto, no hay que adentrare en ninguna profundidad: en ese punto está lo suficientemente profundo como para caer al mar y no ser encontrado por nadie. A esa hora está vacío el puerto, cuando los marineros y trabajadores están en su jornada de descanso.
La otra opción de Rupertino es
la misma que ha elegido durante años: no matarse, y en cambio continuar
viviendo resignado a su suerte y con la frustración de no ser lo que sueña.
Porque sabe que nunca lo será. Sabe que por más esfuerzos y propósitos nuevos
que se haga nadie le creerá, todos lo seguirán viendo como un pelele hasta que
no obtenga los grandes logros por los cuales la sociedad lo reconozca. Y él
tampoco puede engañarse a sí mismo. No se tiene compasión. Se odia tanto que
merece en verdad morirse.
Pese a ello, Rupertino no quiere
suicidarse porque desprecie la vida. Sólo se desprecia a él. Si se analiza
desde una óptica objetiva, no ha tenido una vida tan mala. Ha sido, de hecho,
un privilegiado. Sus padres supieron cuidar de él y darle todo lo necesario y
más. Nunca se ha enfermado de nada grave, nunca ha padecido de aterradores
dolores, ni le ha faltado techo, ropa ni comida. Ha podido darse medianos lujos
y conocer alguno que otro país. Ha estudiado alguna carrera universitaria sin
muchos pergaminos, pero por lo menos tuvo acceso a una educación superior en un
país subdesarrollado que le pudo haber servido para no morirse de hambre. Eso
ya es un privilegio. Además, ha podido leer lo que ha querido leer en una
sociedad que no lee porque muchas veces no se tiene acceso a los libros o
porque sencillamente las personas no cuentan con el tiempo para hacerlo.
Rupertino, en cambio, ha tenido todo el tiempo del mundo, tanto que ha podido
dedicar horas y horas desde su juventud a planear su muerte, y ahora tiene
tiempo de ejecutarla mientras está en un muelle que pinta un lindo atardecer.
No ha sido tan mala su vida, después de todo. ¿Qué se le podría endilgar como
fracaso? ¿Acaso su malograda experiencia sentimental, su mala suerte para con
las mujeres? ¿Acaso no haber tenido un currículo profesional aceptable que lo
convirtiera en una persona interesante y con posibilidades de ascenso? Salvo
por esos dos aspectos, el del amor y el del dinero, Rupertino habría tenido una
vida envidiable, más ello no es motivo para desear su muerte. Su vida es tan
cómoda, que el mismo Epicuro se sentiría complacido con tanta ausencia de
sufrimiento.
Pero Rupertino no se va por lo
que ha vivido, que no ha sido mucho en intensidad, sino por lo que presiente
que vivirá: el futuro. Él no quiere comparar el pasado de bonanza y libertad
con el futuro de incertidumbre, pobreza, soledad y esclavitud. Desea conservar
la facultad de ser libre para elegir lo que quiere y no quiere vivir. Muy en el
fondo, el suicida conserva el sentido del honor.
Alguna vez yo pensé y me sentí
como Rupertino. También he pensado en suicidarme. Siempre le he tenido temor a
lo venidero por la desconfianza que me inspira mi propia persona. Ya ven que
hasta ahora la divina providencia ha sabido cuidarme, y aunque tuve la pérdida
más dolorosa que se puede imaginar un hijo, que es la muerte de su padre, de
alguna forma he llevado este dolor a cuestas y me he mantenido vivo a pesar de
mi zona oscura que tiende de vez en cuando a traicionarme. No es desprecio por
la vida lo que uno siente. Al contrario, la amo tanto, que elijo seguir vivo
hasta donde el destino lo disponga para quedarme con el recuerdo de mis seres
queridos y mis momentos de felicidad. Es manteniéndome vivo como hago honor a
esos seres y a esos momentos que en el pasado o en el presente le dieron el
soporte a mi existencia, no importa que en el futuro nada de eso se mantenga.
De hecho, no está mi padre, y mi esperanza cercana es morirme para estar
nuevamente con él, aunque sea en espíritu. No morirme por mano propia, sino
esperar lentamente a que pase el tiempo y me llegue la hora, y mientras tanto
vivo porque así es como tiene que ser. Ya lo de sentirme derrotado o perdedor
me importa tan poco, que no le hago caso a nadie ni tomo en consideración los
consejos de familiares y amigos. Que ellos arreglen su vida como quieran, que
yo me ocupo de lo que a mí me corresponde, no me pidan más.
Mientras tanto vivo como
puedo, con lo que puedo y lo que no puedo.
Ahora la tarde ha caído en el
puerto. Rupertino sigue al pie de la baranda. Las gaviotas se han ido a sus
nidos y las embarcaciones han zarpado comenzando el anochecer, llevando consigo
a unos marineros gozosos luego de disfrutar un jolgorio que los dejó listos
para cruzar nuevamente los mares. A lo mejor Rupertino está esperando la
oscuridad para lanzarse al agua. Ya tiene un pie apoyado en la baranda, ya su
cuerpo está inclinado hacia adelante, ya su otra pierna sube por encima y
flexiona las rodillas para impulsarse. Sólo un movimiento le daría el pasaje a
la libertad. Ya está. Se impulsa, brinca, se lanza. El vacío lo llama.
Pero cae de espaldas sobre al
pavimento. Por esta noche Rupertino no se suicidará. Lo dejará mejor para otra
ocasión en la que haya más valor. El suicida puede ser cualquier cosa, menos un
cobarde. Rupertino sí lo es.




























