sábado, 30 de abril de 2022

El suicida no es cobarde

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Rupertino Díaz mira hacia el horizonte con la esperanza de encontrar su redención. El puerto en el que se encuentra está colmado de pequeñas embarcaciones que aún no se deciden a zarpar. Ninguna es tripulada. Todas ondulan solitarias al vaivén de las olas que chocan contra el muelle de madera. El zarandeo hace que se espante una gaviota que tampoco se ha lanzado al vuelo. Luego se entrega al cielo con un movimiento presuroso, aunque lo que en realidad pretende la gaviota es llamar la atención del observante. Es como si el tiempo estuviera suspendido. Es un cuadro hermoso, un paisaje idílico el que está siendo registrado por Rupertino, a pesar de no ser consciente de la belleza exterior que lo rodea en ese puerto de ciudad vieja y melancólica.

    Mientras la gaviota y la brisa intentan hacer mella sobre la abstracción del meditabundo, él solo malgasta su energía entregándose a su duelo personal: el que lleva adentro, el que no puede curarse con un deleite de la naturaleza o con una de sus catastróficas manifestaciones. Porque en cuestión de segundos el mar podría ascender en forma de columna y volcarse con furia sobre la costa en la que se encuentra Rupertino, llevándose todo a su paso; y el cielo descargar miles de rayos a lo largo del muelle, y el sol incendiar la ciudad con una de sus tormentas de fuego hasta que todas las cosas ardan en un sopor maldito. En cualquier momento esa belleza que se torna tan apacible podría transformarse en un infierno de devastación. Rupertino lo imagina por un segundo, y hasta desearía transformar la paz y la afabilidad del puerto en una marejada de destrucción para así no tener que suicidarse.  



   
Porque en eso está pensando Rupertino. Siempre lo ha pensado y se justifica diciéndose a sí mismo que no halla un momento propicio para ello, o no cuenta con el arma adecuada o el elemento disponible con el cual infligirse la muerte; digamos por ejemplo una soga áspera, un veneno efectivo o un precipicio lo bastante hondo para arrojarse y no sobrevivir a la caída. Ahora tiene el mar a su disposición, pero Rupertino siempre encuentra una excusa para no hacerlo: es un cobarde que desearía gozar de la paz eterna del sepulcro sin tener que pasar por dolor del trance.

    Rupertino se sabe derrotado. Hasta para emprender la acometida de su propia muerte se reconoce perdedor. Él quisiera evaporarse de la tierra como por arte de magia, simplemente desaparecer sin dejar rastro. No necesariamente muriéndose. Si por él fuera seguiría respirando, disfrutando del paisaje bajo otra perspectiva, pero está tan desesperado en su derrota que no quiere imponerse más la tarea de seguir viviendo. Morirse sería un descanso. Sobre todo, morirse para el resto de la humanidad así él tenga que migrar a una vida en otro planeta o en un tiempo en el que no hubieran nacido ninguno de sus conocidos. Rupertino quiere borrarse incluso del pensamiento de los otros. No quiere que nadie se acuerde de él para tenerle lástima o para burlarse de su suerte. Tampoco para alegrarse en secreto por lo que le pasa. No quiere seguir alimentando el concepto del hombre perdedor en la mente de ninguno, porque no quiere recibir de los demás la compasión.

    A pesar de todo Rupertino es orgulloso, aunque se siente un miserable, se ve como un miserable y sabe que los demás lo ven como un miserable: es un miserable.

    Dicen que el suicidio es una decisión irracional, loca, impulsiva. Que es un estado del alma en que el Hombre está cegado por la locura y la prisión de su espíritu. Sin embargo, Rupertino es consciente de que necesita la muerte para que los hombres se olviden de él, o al menos para olvidarse él mismo de su condición perdedora. Rupertino quiere elegir libremente el suicidio, no porque esté loco, ni nublado, ni desesperado: simplemente porque no puede con la vida que el destino le ha impuesto. Necesita liberarse de la condición de ser él. Pero no liberarse siendo otro, cambiando, como aconsejarían los pragmáticos de la existencia, sino liberarse del cuerpo. Nadie, mientras viva, podrá jamás ser otro, siempre será él mismo o ella misma. Ni siquiera cambiándose de identidad, de sexo, de color de piel, de especie, de órganos internos, de ciudad, de planeta, de tiempo. Siempre seremos nosotros, la esencia es inmutable. Y ese es el problema para Rupertino: necesita ser otro, no él. Otro cuerpo con mayor energía y dinamismo, otro físico con mejor apariencia y atractivo, otra mente con más inteligencia y lucidez, otro carácter más recio y asertivo, otro corazón con sentimientos más nobles. ¿Cómo transformarse en otro sin dejar de existir? Imposible, sólo se puede ser uno. Somos el espíritu que sopló Dios al momento de unirse las dos células que dieron origen a nuestra corporeidad, y ese espíritu es inmutable.




    Ya entendiendo Rupertino que no podrá jamás dejar de ser él, que tendrá toda la vida que convivir consigo mismo y pasar la vergüenza pública de ser un fracasado y un alienado, sopesa las dos opciones que tiene a la mano: la primera, aprovechar que está el agua ahí tan cerca, a tan solo un salto, para arrojarse y ahogarse definitivamente. Sería solo cuestión de subir un pie en la baranda e impulsarse hacia adelante. El agua llega en un ángulo recto, no hay que adentrare en ninguna profundidad: en ese punto está lo suficientemente profundo como para caer al mar y no ser encontrado por nadie. A esa hora está vacío el puerto, cuando los marineros y trabajadores están en su jornada de descanso.

    La otra opción de Rupertino es la misma que ha elegido durante años: no matarse, y en cambio continuar viviendo resignado a su suerte y con la frustración de no ser lo que sueña. Porque sabe que nunca lo será. Sabe que por más esfuerzos y propósitos nuevos que se haga nadie le creerá, todos lo seguirán viendo como un pelele hasta que no obtenga los grandes logros por los cuales la sociedad lo reconozca. Y él tampoco puede engañarse a sí mismo. No se tiene compasión. Se odia tanto que merece en verdad morirse.



    Pese a ello, Rupertino no quiere suicidarse porque desprecie la vida. Sólo se desprecia a él. Si se analiza desde una óptica objetiva, no ha tenido una vida tan mala. Ha sido, de hecho, un privilegiado. Sus padres supieron cuidar de él y darle todo lo necesario y más. Nunca se ha enfermado de nada grave, nunca ha padecido de aterradores dolores, ni le ha faltado techo, ropa ni comida. Ha podido darse medianos lujos y conocer alguno que otro país. Ha estudiado alguna carrera universitaria sin muchos pergaminos, pero por lo menos tuvo acceso a una educación superior en un país subdesarrollado que le pudo haber servido para no morirse de hambre. Eso ya es un privilegio. Además, ha podido leer lo que ha querido leer en una sociedad que no lee porque muchas veces no se tiene acceso a los libros o porque sencillamente las personas no cuentan con el tiempo para hacerlo. Rupertino, en cambio, ha tenido todo el tiempo del mundo, tanto que ha podido dedicar horas y horas desde su juventud a planear su muerte, y ahora tiene tiempo de ejecutarla mientras está en un muelle que pinta un lindo atardecer. No ha sido tan mala su vida, después de todo. ¿Qué se le podría endilgar como fracaso? ¿Acaso su malograda experiencia sentimental, su mala suerte para con las mujeres? ¿Acaso no haber tenido un currículo profesional aceptable que lo convirtiera en una persona interesante y con posibilidades de ascenso? Salvo por esos dos aspectos, el del amor y el del dinero, Rupertino habría tenido una vida envidiable, más ello no es motivo para desear su muerte. Su vida es tan cómoda, que el mismo Epicuro se sentiría complacido con tanta ausencia de sufrimiento.

    Pero Rupertino no se va por lo que ha vivido, que no ha sido mucho en intensidad, sino por lo que presiente que vivirá: el futuro. Él no quiere comparar el pasado de bonanza y libertad con el futuro de incertidumbre, pobreza, soledad y esclavitud. Desea conservar la facultad de ser libre para elegir lo que quiere y no quiere vivir. Muy en el fondo, el suicida conserva el sentido del honor. 



    Alguna vez yo pensé y me sentí como Rupertino. También he pensado en suicidarme. Siempre le he tenido temor a lo venidero por la desconfianza que me inspira mi propia persona. Ya ven que hasta ahora la divina providencia ha sabido cuidarme, y aunque tuve la pérdida más dolorosa que se puede imaginar un hijo, que es la muerte de su padre, de alguna forma he llevado este dolor a cuestas y me he mantenido vivo a pesar de mi zona oscura que tiende de vez en cuando a traicionarme. No es desprecio por la vida lo que uno siente. Al contrario, la amo tanto, que elijo seguir vivo hasta donde el destino lo disponga para quedarme con el recuerdo de mis seres queridos y mis momentos de felicidad. Es manteniéndome vivo como hago honor a esos seres y a esos momentos que en el pasado o en el presente le dieron el soporte a mi existencia, no importa que en el futuro nada de eso se mantenga. De hecho, no está mi padre, y mi esperanza cercana es morirme para estar nuevamente con él, aunque sea en espíritu. No morirme por mano propia, sino esperar lentamente a que pase el tiempo y me llegue la hora, y mientras tanto vivo porque así es como tiene que ser. Ya lo de sentirme derrotado o perdedor me importa tan poco, que no le hago caso a nadie ni tomo en consideración los consejos de familiares y amigos. Que ellos arreglen su vida como quieran, que yo me ocupo de lo que a mí me corresponde, no me pidan más.

    Mientras tanto vivo como puedo, con lo que puedo y lo que no puedo.



    Ahora la tarde ha caído en el puerto. Rupertino sigue al pie de la baranda. Las gaviotas se han ido a sus nidos y las embarcaciones han zarpado comenzando el anochecer, llevando consigo a unos marineros gozosos luego de disfrutar un jolgorio que los dejó listos para cruzar nuevamente los mares. A lo mejor Rupertino está esperando la oscuridad para lanzarse al agua. Ya tiene un pie apoyado en la baranda, ya su cuerpo está inclinado hacia adelante, ya su otra pierna sube por encima y flexiona las rodillas para impulsarse. Sólo un movimiento le daría el pasaje a la libertad. Ya está. Se impulsa, brinca, se lanza. El vacío lo llama.

    Pero cae de espaldas sobre al pavimento. Por esta noche Rupertino no se suicidará. Lo dejará mejor para otra ocasión en la que haya más valor. El suicida puede ser cualquier cosa, menos un cobarde. Rupertino sí lo es.

sábado, 23 de abril de 2022

La verdad os hará libres

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






Y conoceréis la verdad,

y la verdad os hará libres

(Juan 8:32 Reina-Valera 1960)

 


    Parece una pesadilla. Pero no lo es. En la China comunista, que ya se ha declarado como el país más capitalista del mundo con su economía abierta al mercado, sigue habiendo un régimen antidemocrático y antirreligioso.

    El mundo comercial depende de China, sus productos nos han invadido por doquier y su consolidación como el nuevo imperio llamado a dominar este planeta es irreversible. Es una realidad y nada podemos hacer. El hecho no nos sorprende, no es nuevo. Siempre se ha sabido que China era un gigante dormido y que en cualquier momento podía despertar. Pues bien, ya despertó el gigante y nos está devorando a todos.

    Tampoco sorprende que su forma de gobierno, es decir, el comunismo, es un sistema ateo y totalitario que no concibe la libertad de creencia porque se niega a Dios en sus preceptos.

    Claro, me dirán los que ya han ido a China y creen que se la conocen —o los que han estudiado un poco más la historia y costumbres de este país— que no es cierto, que en China existe total libertad para profesar la religión que a cualquiera se le dé la gana profesar. Que el Estado no se mete en los fueros internos de la persona, y que de hecho allí tiene cabida un cristianismo oficial que es reconocido por el gobierno a pesar que esa creencia no está inscrita en los estamentos oficiales de la cultura china. Lo comprendo. Al parecer la posibilidad de insertarse en el comercio y la esfera geopolítica mundial ha hecho que el gobierno chino sea más abierto y tolerante con los credos occidentales en aras de obtener la aprobación de Naciones Unidas y los estamentos supranacionales. Pero eso sólo es de puertas para afuera. Al bajar la persiana, en la realidad de unos ciudadanos que han sido cooptados por el imperio más radical y poderoso del mundo, ninguna libertad es permitida, ni siquiera la de pensamiento.

    Otra aclaración: ese poco cristianismo que pueda existir en el país del dragón es un credo totalmente subordinado por el poder oficial. Es realmente una iglesia subterránea. No nos digamos mentiras ni se las digamos al mundo. El Estado chino —como todos los imperios que han sido— encarcela, tortura, mutila y asesina a todos aquellos que creen en algo distinto a la oficialidad. Los cristianos son el plato predilecto de su persecución.




    No entiende uno cómo es que uno de los principales amos del universo, el director del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab, dice sonriendo que el modelo que debería seguir el nuevo orden mundial es el modelo chino. Y lo dice con el cinismo que lo caracteriza, esbozando su sonrisa diplomática de hombre preocupado por el futuro de la humanidad. No por nada Xi Jing Ping fue el invitado de honor a la reunión anual en 2021, justo después de habernos tirado la pandemia, cuando lo que se merecía era el escarnio del planeta entero. Y mientras todos los mortales volcamos nuestras sospechas a la real procedencia del virus, que con toda seguridad fue creado o manipulado artificialmente, y en nuestro interior deseamos que al Partido Comunista Chino se le haga justicia marcial, el lobby internacional le hace venias y le da palmaditas en la espalda al director de la macabra orquesta.

    En Oriente Medio no es distinta la cosa. El islam no permite dentro de sus fronteras la utópica libertad religiosa.

    Lo raro es que en Occidente, la cuna del cristianismo, sea en donde se está presentando uno de los mayores ataques contra la fe que se haya visto jamás. Claro, todavía no estamos en la gravedad en la que están en China, pues no se tiene pena de muerte para el cristiano, pero se está viendo, con el surgimiento de las nuevas ideologías de la secularización, que se quiere realizar también el reseteo en materia teológica y espiritual. Aquí también se están metiendo con el hijo del carpintero.



    “Es que la Iglesia cometió muchos crímenes en nombre de Cristo en la Edad Media, y ahora se les está devolviendo”, dirían los que no simpatizan mucho con ella y que aún queriendo creer en Dios reniegan de la fe católica o la cristiana. Aquí salen a relucir los pecados de  una institución conformada por seres humanos igualmente pecadores que dejaron un mal legado para la posteridad. Sí, nadie lo va a negar: la Iglesia también persiguió y mató en nombre de la fe, y fue el poder instigador más influyente en siglos pasados, cuando detentaba el monopolio de la educación, la cultura y la política. Hoy ya no es así y hasta el Papa mismo en alguna ocasión pidió perdón por ello.

    Sin embargo, no es lo mismo Iglesia católica que cristianismo, así como no es lo mismo religión que fe. Y tampoco se puede confundir a Dios con el dogma. La civilización cristiana es un concepto mucho más amplio, y a él pertenecemos tanto católicos como evangélicos; tanto creyentes como no creyentes; practicantes o no practicantes. Porque nos encierra a los de esta parte del mundo que fuimos cobijados con la cosmovisión de las enseñanzas de Jesús, independientemente, repito, del credo que se profese. Y contra esa civilización es que va el ataque.

    Así como en la China existen políticas de estado que cercenan las libertades individuales para imponer la ideología del Partido Comunista sin importar que los valores de esa ideología sean contrarios a los valores de la fe; así mismo está comenzando a ponerse en práctica la persecución a la religión en Occidente.  




    Por lo general la práctica de la fe está asociada a los principios ultraconservadores considerados por la cultura moderna como antiderechos, así como a las ideas radicales religiosas que suponen discriminación y atraso desde la orilla progresista, que es la que tiene la facultad en este momento de definir qué es bueno y qué no lo es, ya que consideran que los argumentos religiosos no son válidos en la discusión por su carácter ideológico, como si ellos no tuvieran también sus ideologías.

    Así las cosas, los que apoyamos la cosmovisión occidental, bíblica y cristiana somos los malos del paseo, los retrógrados, los que no entendemos que el mundo cambió, y por ende su moral.

    Ahora lo correcto es irse lanza en ristre contra lo cristiano, lo religioso, lo ético, lo racionalmente coherente; cualquier cosa relativa a esa virtud que los romanos llamaban la Fides. (fe, fidelidad, confianza mutua entre los hombres). Lo ideal es aceptar la distorsión de la realidad que se nos propone como ideal de pensamiento: eso de que lo importante es lo que la persona sienta que es correcto hacer, aunque no lo sea. Porque de lo que se trata es de naturalizar lo que hasta hace poco eran trastornos mentales, de normalizar las conductas que desde siempre se han considerado repugnantes.

    Quienes seguiremos lidiando contra ese modelo invertido que propende por justificar una venganza conformando nuevos perseguidos, sabemos que en este momento la lucha es más intensa, y de afrontarla depende nuestra supervivencia como civilización. Como siempre, uno tiene que seguir dando la batalla por sus ideales y estar dispuesto a morir por ellos. No a matar, como equivocadamente se ha hecho al llevar las cosas al extremo.




    Y sólo una virtud nos podría salvar dela esclavitud a la que nos está sometiendo el ideal progresista que ve con buenos ojos todo lo que sea nuevo. Esa virtud, que es un filtro para aquello que hace daño al espíritu, es la misma de la que hablaba el apóstol Juan en su evangelio cuando escribía que la verdad nos haría libres. Porque conociéndola era posible esa libertad.

    También lo decía Cristo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Y si la verdad es Cristo, ¿qué más queda entonces por hacer en una sociedad mundial que ha aceptado la mentira como su dogma oficial?

sábado, 16 de abril de 2022

Derecha sin vergüenza

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Uno se asoma al panorama político del país y ve que en el espectro de la derecha no queda mucho quien la represente, por no decir que nadie. Escasamente veo a dos candidatos a la presidencia cuyos movimientos tienen la fuerza de un suspiro en comparación con el tren a toda máquina que resulta ser la ultra izquierda.

    La centro-izquierda, por su parte, tarde o temprano se le terminará subiendo a la locomotora zurda: sus representantes posan de moderados, aunque en el fondo son tan progresistas como los de la izquierda radical. Sus propuestas no parecen estar calando en el sentimiento del pueblo que ya se muestra decidido a dar el viro definitivo, aunque no sepa muy bien a dónde.

    No olvidemos que en política lo que más engancha al electorado son las posiciones firmes, y el centro es una ciénaga de tibiezas que no convence a nadie. En las instancias definitivas, por todas las fisuras centristas se termina filtrando esa izquierda extrema y victimista en su ascenso hacia el poder. Pasó en Venezuela, pasó en Argentina, pasó en México, pasó en Perú, pasó en Chile. Va a pasar también en Colombia. No sé si en las elecciones de 2022 o en las de 2026, pero que va a pasar, eso es seguro.

    Porque la fuerza de la izquierda es consecuencia de la debilidad y de la falta de carácter de la derecha. Es más, me parece que aquí hace mucho no dirige un gobierno de verdadera derecha, y dudo que algún día lo haya hecho. Si contamos desde los días del Frente Nacional, nos vamos a encontrar con una cantidad de socialdemócratas de corte conservador o liberal que lo único que han hecho es acentuar el neoliberalismo económico, beneficiar los monopolios, hacer la repartija del Estado, procurar amañar las leyes para su beneficio y enriquecerse a como dé lugar. Total, de la corrupción se ha bastado la Humanidad desde que fue creada.

    Por el lado de la educación y la cultura, esos tales gobiernos de derecha que dicen que existieron no hicieron más que regalarle el escenario a la izquierda para que esta germinara allí su propio mal: hoy están recogiendo los frutos de lo que vienen sembrando por lo menos desde la década del sesenta.

    Así que puestos a analizar lo que hoy se nos presenta como alternativas políticas, no encontramos sino izquierdas recalcitrantes y centros babosos y desangelados; unos más inclinados hacia un lado o hacia otro, pero al fin y al cabo centros en los que no fluye la energía y que terminan siguiendo los mismos lineamientos de los poderes externos a los que han obedecido todos los gobiernos desde hace por lo menos cincuenta años, como para no irme tan atrás.




    Ya habrá tiempo de estudiar un poco más a fondo la Historia, pero un rumor que ha corrido a voces en este país, es que desde que se fundó la República, aquí no habido partidos políticos con principios sólidos. La mayoría de sus militantes lo son por razones de sangre, por deseos de venganza o por intereses clientelistas. Cualquier político hoy puede ser de derecha, mañana de centro, y pasado mañana de izquierda. En Colombia tienen infinidad de partidos para pertenecer, pues hay más partidos que ideales. 

    Lo que uno no ve, por ejemplo, es un partido con principios firmes de derecha. Los candidatos a la presidencia de los movimientos de Salvación Nacional y de Colombia Justa Libres son los que más se le acercan, aunque con ciertas reservas, porque todavía les hace falta moldear un programa consolidado en el tiempo que no se tambalee al vaivén de los acontecimientos. Es eso precisamente lo que son los ideales: aquello que no fluctúa de un lado a otro según las circunstancias o las coyunturas de la época.

    De cualquier forma, estos partidos representan muy poco de la población, casi nadie conoce a sus candidatos y si los conocen no están dispuestos a "desperdiciar" el voto en ellos cuando saben que al frente está la amenaza socialista y empobrecedora. El colombiano de a pie prefiere en este momento ejercer el voto útil antes que el voto de opinión. Es por ello que un candidato como Federico Gutiérrez, ex alcalde de Medellín, muestra una tendencia a crecer en las encuestas. Parece que fuera de derecha, pero no lo es. Él todavía no entiende de qué se trata todo este juego; lo veo aún muy viche. Si le preguntan cómo va a combatir el globalismo, seguro que no tiene ni idea y responderá con la corrección política que caracteriza a los súbditos de los organismos multilaterales y las grandes corporaciones (Iván Duque es una clara muestra de esos súbditos). Porque el mismo Fico, como le dicen, piensa y afirma que esto no es un problema de derechas ni de izquierdas, sino que hay que unir al país. Y todavía nos tragamos el cuento de que sí, de que no hay que polarizar, de que no hay enemigos ejerciendo presión desde afuera y que somos nosotros los únicos responsables de nuestro destino.

    Yo creo que se equivoca: en esta instancia de la carrera por la presidencia sí se debe reconocer que el problema es claramente un problema de izquierdas y derechas, no nos engañemos, no lo neguemos. Porque mientras los que queremos un país productivo en el que se respete la vida, la libertad y la propiedad privada, no seamos conscientes de la batalla que nos está planteando el progresismo en todos sus frentes y sigamos pensando que esto es cuestión de unión y de abrazarnos todos; la izquierda extrema nos seguirá comiendo vivos y vamos a seguir perdiendo la batalla. Para ellos sí se trata de una guerra contra la derecha, contra los valores, contra la fe, la familia y la libertad. Ellos sí están combinando todas las formas de lucha, ponen en práctica la inversión revolucionaria y se adueñan del discurso que los hace víctimas a ellos y verdugos a los demás. Basta ver la forma de expresarse de una señora como Francia Márquez para darse cuenta de todo el odio que tienen reprimido adentro y que quieren desatar el próximo 7 de agosto, cuando Dios no lo quiera, lleguen al poder.

    Son ellos los que dicen que los de este lado tenemos un discurso de odio para refrenarlos, mientras llevan años trabajando para posicionarse en las mentes de los colombianos (en especial las mentes más jóvenes) como los únicos representantes del pueblo; los buenos y honorables, los que no se van a robar un peso y van a acabar con la violencia. Ellos sí que han vivido toda su vida de la teta del Estado, y muchos proceden de los grupos criminales cuyo pasado terrorista no podrán borrar por más que quieran ahora hablar de perdón.

    Mientras que para la derecha tibia esto de los ideales es apenas una manera de alargar los problemas, para la izquierda obstinada no hay nada más importante que imponerlos por la razón o por la fuerza. Ya sabemos las consecuencias de ese nefasto lema que ha provocado tanto dolor: “socialismo o muerte”.

    Entonces, frente a un panorama en el que hay un sector que quiere extender la mano a un enemigo de alcance internacional, pero sin ser capaz de vislumbrar las reales intenciones de ese enemigo, y en el que hay otro sector dispuesto a dejar la sangre en la arena por imponerse, no queda de otra que abogar por una nueva derecha en Colombia. No una derecha tibia ni mercachiflera, apenas orientada a las políticas económicas para mejorar las estadísticas, sino una verdadera derecha con principios y valores capaz de enfrentarse directa y contundente a la enemiga de la izquierda. Esta última aboga por convertirnos a todos en limosneros de un Estado que nos seguirá quitando libertades. Porque cuando dependes del Estado para comer, no tienes derecho a hablar mal de él, ni a escribir columnas de opinión.



    Una derecha que no tenga miedo de decir lo que está mal, que no dependa del poder global para tomar medidas, que no se deje imponer la voluntad maléfica de la Agenda 2030 o del Foro Económico Mundial, pues estas políticas camufladas que hablan tanta belleza no son más que el mecanismo que tienen para quitarnos la patria y la libertad. No es una Teoría de la Conspiración: ellos mismos ya han dicho de frente qué es lo que quieren hacer con este mundo, y mientras tanto son muy pocos los que se atreven a objetarlos.

    La nueva derecha que pensadores como Alain de Benoist, Agustín Laje y otros proponen; materializada en partidos como Vox de España, el ala trumpista del partido republicano en Estados Unidos, o el gobierno del primer ministro Orbán en Hungría. Es el conjunto de principios que debiéramos defender. Esta derecha debe plantear una fractura con la vieja derecha, entrar en un nuevo contexto para entenderlo y dominarlo. Saber que hay que ir más allá de lo meramente económico y permear lo ideológico. Debe ser confrontativa, no entregar el discurso tan fácilmente, imponerse por el convencimiento de las personas de que se están defendiendo las causas elementales como la vida. Una derecha que revalide otra vez el sentido común, que se inserte en las articulaciones tecnológicas, en las redes sociales para que abomine el globalismo. No como lo que hoy se cree que es la derecha, que posa de inclusiva y deja pasar por alto la amenaza que plantean para la democracia las llamadas minorías excluidas o los grupos sociales de carácter violento, que hasta se dan el lujo de impedir el ejercicio de la fe en las iglesias.




    La nueva derecha que desde ya se está gestando en Colombia es hoy una ínfima parte, pero poco a poco irá creciendo en la medida en que nos demos cuenta de la trampa que nos ha tendido la izquierda victimista. Debe plantearse, como lo sugirió alguna vez el escritor Nicolás Márquez, como una articulación entre “libertarios no progresistas, conservadores no radicales religiosos, y patriotas no nacionalistas”, así como de cualquier otro sector de la sociedad que quiera defender los valores y los principios éticos que los estamentos mundiales quieren eliminar.

    Porque los valores nunca son un asunto de moralidad; son un asunto de la ética que debe regir una sociedad. No admiten el camino del medio. Por eso, para combatir esta laxitud que ha promovido el progresismo, se necesita una nueva derecha que no nos haga sonrojar cuando se nos pregunta por nuestra filiación política. Que podamos decir sin miedo que nos identificamos con el espectro de la derecha, así como los zurdos se enorgullecen en decir que son de izquierda. No serán ellos los que nos van a definir en su discurso para que nos sigan tratando cínicamente de fascistas. Esa narrativa se la tendremos que quitar.

    Por mi parte, me suscribo a una nueva derecha sin vergüenza de lo que me puedan decir. Es lo mismo que han hecho muchos que se declaran de izquierda sin que sean juzgados. Ellos, los de la izquierda sinvergüenza.


 

jueves, 14 de abril de 2022

Un Rincón en el corazón de Colombia

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Fue en 1990 cuando escuché por primera vez su nombre. Yo tenía diez años y recuerdo que durante las vacaciones de mitad de año se estaba jugando el mundial de Italia. Colombia regresaba a un mundial de fútbol de mayores después de 28 años de ausencia, y dentro de mi ignorancia de las cosas de la vida no entendía mucho por qué tanto despliegue de la radio y la televisión por ese torneo, o por qué el desmedido entusiasmo de la gente ante la participación de nuestro país en la cita deportiva.

    La verdad era que a mí no me interesaba mucho el fútbol por esos días en que todavía jugaba con muñecos de colección, inventándome mis propios campeonatos de super héroes. Ahora tampoco es que me apasione demasiado, salvo cuando juega Colombia los partidos definitivos. Después comprendí lo importante que es para un país que su Selección se clasifique y juegue un mundial de fútbol.

    Así fue durante la década de los noventa, cuando se consiguieron tres clasificaciones consecutivas a tres mundiales distintos con aquella generación dorada que le abrió las puertas al fútbol colombiano a nivel internacional. Luego vino la desastrosa época de los años dos mil, y del mismo modo nos quedamos por fuera de otros tres mundiales consecutivos. Hasta que una nueva camada de futbolistas dirigidos por el profesor Pekerman apareció enhorabuena y nos clasificó a los mundiales de Brasil y Rusia, antes de retornar nuevamente a la decadencia y el estancamiento futbolístico en que se sumió dicha generación, a la que también le pasó su cuarto de hora. Recién hemos quedado por fuera de Qatar 2022 con uno de los peores equipos jamás vistos en la historia, que hasta ostentó el récord del mayor número de partidos sin anotar un solo gol. Aún así estuvimos cerca de clasificar, pero el destino fue justo en dejarnos eliminados. Claro que esa es otra historia de la que podré hablar luego, porque en lo que me quiero centrar ahora es en la Selección del noventa: ese mítico equipo que muchos jóvenes de la actualidad no vieron, y que jugaba tan bien que se dio el lujo de poner en aprietos al que finalmente fue campeón del mundo en esa edición del mundial: el temible equipo alemán.   



    Antes de comenzar Italia 90 no se hablaba de otra cosa en la calle, en la televisión, en el colegio, que no fuera lo que podía hacer Colombia frente a los rivales que le correspondió enfrentar en primera ronda. Alemania era la favorita y la clave sería vencer o empatar con Yugoslavia y ganarle a Emiratos.

    Desde que el equipo clasificó jugando el repechaje contra Israel tuve muy presente los nombres de los que hasta ese momento eran los jugadores más brillantes: El Pibe Valderrama, nuestro eterno capitán; El Loco Higuita, el arquero cuya locura nos pasó factura en ese mismo mundial frente a Camerún; Albeiro, El palomo Usuriaga, que fue figura clave para la clasificación al mundial y que a última hora el técnico Maturana dejó por fuera del certamen; Leonel, el aguerrido mechudo que se batía en la mitad del campo para quitar pelota; Redin, el talentoso volante del Cali que hacía excelente pareja con El Pibe; y cómo no, el Guajiro Iguarán, un veterano goleador que asistiría a su primer y último mundial, porque no le alcanzó para clasificar a México 86, y en el que depositamos todas nuestras expectativas.

    Pero fue un muchacho de apellido Rincón, que en un principio fue suplente, y que a punta de trabajo y talento se ganó el puesto en la Selección desplazando a figuras tan importantes como Alexis García o al mismo Redín; el que quedó en la retina de los colombianos en aquel mundial gracias al icónico gol que le convirtió a Alemania en tiempo de reposición, y que sirvió para el empate uno-uno y la clasificación a segunda ronda. Freddy y su gol quedaron inmortalizados en la historia del fútbol colombiano. Quienes vimos ese partido y gritamos con alegría el empate como si hubiera sido un triunfo, sabemos que este es hasta ahora el gol más importante que ha conseguido Selección Colombia alguna en un mundial. Incluso más importante que el gol olímpico de Marcos Coll en el empate 4-4 contra la Unión Soviética en el mundial del 62, aun siendo el único gol olímpico en la historia de los mundiales; o el gol de James Rodríguez contra Uruguay en Brasil 2014, aun siendo elegido el mejor gol del mundial.

    Y no sólo por lo que representó el gol de Rincón, que fue clasificar por primera vez a Octavos de final de un mundial como uno de los mejores terceros; sino por el orgullo de haberle empatado al que finalmente fue el campeón de ese certamen jugándole de tú a tú, como dicen los comentaristas de fútbol.



    Sí, ese gol de Freddy contra Alemania marcó un antes y un después en la historia de la Selección Colombia: nos hizo ver que cuando hay entrega, humildad, voluntad de lucha, y sobre todo convicción, se pueden lograr las cosas; se puede dar la pelea, incluso frente al campeón. Es el gol que siempre estará guardado en un rincón del corazón de Colombia. En el mismo rincón donde también permanecerá Freddy.

    Hoy, cuando el mundo del fútbol despide al “Coloso de Buenaventura” a sus 55 años, caemos en cuenta de que se nos fue una leyenda, y de las grandes. Y se nos fue trágicamente, en un accidente automovilístico absurdo que nunca debió ocurrir. El destino tenía preparada esta celada para llevarse al “Coloso”, al que le estaremos eternamente agradecidos por tantas alegrías que nos dio. Porque no solamente fue su gol contra Alemania, sino los innumerables goles que marcó durante toda su carrera y que lo convirtieron en uno de los volantes ofensivos más contundentes del mundo. Parecía otro delantero más cuando se iba al ataque con su zancada larga, tanto así que fue gracias a él que muchos comentaristas de fútbol comenzaron a utilizar el término volantero en relación a Freddy y el papel fundamental que desempeñaba en la cancha.

    Pero no sólo se hizo presente en el momento de ir al ataque y marcar goles. También en los pasajes complicados de la Selección de los noventa, al enfrentarse a equipos superiores, Rincón se retrasaba para ayudar a Barrabás y a Leonel a recuperar balones cuando estos no daban abasto. Freddy era de esos jugadores completos que se apreciaban por el remate, la potencia, la anotación frecuente, el espíritu de sacrificio que piden los técnicos del fútbol moderno. Si hoy jugara, Rincón sería una pieza fundamental en la estructura de cualquier equipo. Fueron muchos los partidos que jugó dejándolo todo en la cancha, no sólo con la Selección, sino con el América de Cali, el Santa Fe, el Nápoles de Italia y los equipos brasileros en los que estuvo. Por algo en Brasil la torcida pedía que lo nacionalizaran.




    Así, a vuelo de pájaro, recuerdo goles importantes que marcó aparte del empate contra Alemania, como los dos que hizo en otro partido trascendental de Colombia: el 5-0 contra Argentina; o el gol que le marcó a Perú en Lima en la eliminatoria para USA 94, o el que le marcó a Paraguay en la Copa América 95 y que le sirvió a Colombia para empatar el partido y luego clasificar por penales. O el que le hizo de taco al Deportivo Cali jugando con el América. Y otro que le marcó a Argentina en la Copa América de Ecuador que nos salvó de una derrota.

    En fin, fueron muchos los momentos de satisfacción que nos dio este grande y mítico jugador que hoy se ha ido de este mundo y al que no podemos menos que despedir con un sincero agradecimiento por todas las alegrías futbolísticas que le regaló a este país. Pero sobre todo por la humildad, el compañerismo, la simpatía, la entrega, la constancia, que son los legados más importantes que un ser humano puede dejar a su paso por el mundo. Muchas gracias, Freddy, ya dejaste tu nombre inscrito entre los grandes. Ahora puedes descansar en paz, que aquí se te recordará siempre con cariño.


sábado, 9 de abril de 2022

Era nuestra la tierra

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    El titular de la noticia no podía ser más inquietante para esa clase de desconfiados como yo, que en todo encuentran suspicacias: “Jeff Bezos está en Colombia. Anuncia apoyo económico para la conservación de las áreas marítimas y terrestres protegidas”.  Una gran foto acompañaba la noticia, y en ella se veía al presidente Duque luciendo su sombrero de expedicionario junto al magnate. El alopécico millonario, al parecer, escucha la explicación del presidente sobre un área natural que se divisa a lo lejos, aunque seguramente pensando en cuál será su siguiente paso para quedarse con todo aquello sin que le cueste un solo dólar, o al menos sin que le cueste mucho.

    El paisaje de fondo que se aprecia en la foto es nada más y nada menos que el Parque Natural Serranía de Chiribiquete, ubicado en la Amazonía colombiana, entre los departamentos de Caquetá y Guaviare, y que constituye el área protegida más grande del sistema de parques naturales en Colombia. Todo un patrimonio de los colombianos y de la Humanidad. Y Bezos lo sabe. 

    ¿Qué le podría interesar a este multimillonario fundador de Amazon de nuestro parque natural? Según el gobierno colombiano, durante la visita se mostraron los resultados de los programas ambientales, buscando que la organización Bezos Earth Fund realice aportes al país para que se siga en pro de la lucha contra el cambio climático, que por cierto es el nuevo mito del globalismo con el que pretenden culparnos del hambre y la miseria que está por acaecer sobre este planeta escriturado a la élite. Según la Presidencia de la república, el empresario está interesado en apoyar las políticas para combatir el flagelo que azota al medio ambiente. En otras palabras, lo que quiere es meter su dinero aquí para tener injerencia sobre nuestros recursos naturales, y el gobierno le recibirá ese dinero con beneplácito, supuestamente para proteger las áreas marinas y terrestres de nuestra esquilmada nación. ¿O será acaso que con esos aportes que estará haciendo el señor Bezos ya le habremos adjudicado la propiedad sobre nuestras zonas de protección ambiental más importantes? Bueno, no me culpen por ser mal pensado. A lo mejor el señor sólo vino a ayudar en la conservación de los parques naturales para el bienestar de los colombianos y del mundo. No olvidemos que él es un filántropo, y los filántropos más pudientes todo lo hacen desinteresadamente, ¿verdad?


    No seamos tan caídos del zarzo ni nos creamos el cuento rosa de la conservación del medio ambiente que tanto le preocupa a tipos como Bezos, Gates, Soros, Schwab, y toda la camarilla de poderosos que son los que tienen arrodillado el mundo a su voluntad. Si uno de ellos vino por estos pagos y estuvo explorando las zonas forestales más significativas, es porque seguro vio algo, y algo muy grande que el gobierno no dudará en entregar a cambio de una contraprestación jugosa. Ahora ya no nos arrodillamos solamente frente a la intimidación de potencias extranjeras que intervienen en nuestra soberanía, sino frente a los particulares que parecen ser mucho más poderosos.

    Y sí, estos multimillonarios están sumamente interesados en este momento en una cosa que no se puede fabricar por mucho que avance la ciencia, por la sencilla razón de que el espacio es limitado: a los magnates se les está haciendo agua la boca cuando ven tierra productiva. Sobre todo tierra de países como el “nuestro”, que es fértil, rica en agua, apta para el cultivo. Como en los viejos tiempos del feudalismo, la tierra vuelve a ser la fuerza de producción más importante, y desde luego los amos del mundo son los que la poseerán.

    No es sino ver cómo están estos reyezuelos comprando terrenos cultivables a dos manos en el planeta, porque saben que quedándose con el control alimentario pueden rendir a la población a sus pies. No por nada el costo de vida, especialmente el de los alimentos, está por las nubes. Hay un temor generalizado por la subida de los precios de la comida y se prevé un tiempo de escasez y hambruna. No quiero ser alarmista, no me gusta apelar al recurso de los malvados de generar pánico. Sólo que me revuelve el estómago la posibilidad de que unos pocos multimillonarios, y además extranjeros, se queden con nuestra soberanía alimentaria.



    Sería una contradicción exacerbada que Colombia, un país con la capacidad de ser la despensa del mundo, ahora que se vive una escasez de alimento por la guerra en Europa y la crisis de los contenedores; no pueda disponer de sus tierras como a bien tenga que hacerlo porque comprometió sus recursos naturales a la voluntad de una fundación filantrópica con la excusa de luchar contra el fantasma del calentamiento global. Se cumpliría entonces el pronóstico de la FAO, cuando en febrero anunció a los cuatro vientos que nuestro país estaba en riesgo de una crisis alimentaria para este año 2022. Claro, es una total mentira si tenemos en cuenta que el informe se lanzó con su carga ideológica y electorera, pero sería una lamentable verdad si por ahí en esos acuerdos ambientales que exigen el cumplimiento de compromisos para dar satisfacción a unos lineamientos impuestos desde las organizaciones internacionales, terminemos empeñando el sector agrícola con todo lo que ello implica: los recursos naturales, la producción de alimento y el beneficio de las fuentes de agua potable. Siendo este el panorama, la preocupación por lo que se viene es abrumadora.

    Ya conocemos cómo es la historia del imperialismo con todos sus pecados. Alguien pone sus ojos en una fuente de riqueza, la codicia, la ambiciona, y finalmente termina llevándose por delante lo que sea con tal de hacerse con su control. No importa si para ello tiene que recurrir a la guerra, al despojo, a la matanza de inocentes. Si un poderoso como Bezos ya puso sus ojos sobre Colombia y desenfundó su chequera, tengámonos duro, que lo que se viene puede ser la peor desgracia. Si los acuerdos ambientales que atentan contra la soberanía y la integridad de un país en nombre de la conservación ambiental se ponen en marcha, hagamos de cuenta que no tenemos país y que somos parias en nuestra propia tierra.


    La codicia humana es insaciable, y yo no le creo a estos filántropos que dicen querer salvar el planeta. Todo apuntará siempre a favorecer sus unidades productivas. Porque ellos no se mueven al ritmo de los cambios que dicta el progreso tecnológico. Es el mundo el que se mueve a lo que dictan ellos. Si estos califas ahora se quieren meter con el negocio de la tierra, la comida y el medio ambiente, es porque saben que con el hambre someten a cualquier nación. Durante la pandemia hicieron su ensayo y les dio resultado. Y un pueblo con hambre es un pueblo que tiene que rendirse.

    No vaya a ser que esa financiación para la conservación de las tierras y los mares, y las áreas protegidas, nos la cobren luego con creces, cuando al fin vengan a reclamarlas como suyas. 


sábado, 2 de abril de 2022

Otra vez por el menos peor

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Un país amenazado por un sistema ruinoso de gobierno que probablemente sea el que se implemente a partir del 7 de agosto de 2022, es lo que es hoy Colombia: la amenaza de un nuevo mandato que nos llevaría a saltar al abismo nada más por la quimera del tan anhelado cambio.

    Ante la amenaza se pueden tomar dos actitudes: la del que asume que esto no va a ocurrir y entierra su cabeza como el avestruz, negando de plano toda realidad, creyendo en la imposibilidad de una debacle; y la actitud del que le hace frente y se prepara para ello.

    En el primer caso no hay caso. Quiero decir, no tiene sentido discutir con aquel que es incrédulo y considera que no va a suceder nada. “Todo seguirá igual”, dicen algunos. “Esto ya lo habíamos vivido antes”. “La Historia se repite cíclicamente, así que no hay razón para alarmarnos”. Suelen ser sus argumentos, tan pobres como escépticos, pero al mismo tiempo tan ilusos. No sé si pecan por desconocimiento o porque en el fondo alientan un oscuro deseo para que la amenaza se concrete. Por ello será que no fomentan la mala publicidad del aspirante al trono que la representa, como queriendo hacerlo pasar desapercibido. Pero no se puede deducir, como si fuera un patrón constante, que si en el pasado se presentaron hechos similares a los que estamos viviendo ahora, el desenlace será el mismo. En todo caso, si hay algo que permanece en la Historia, es el cambio, así creamos que nada va cambiar.

    Como un pesimista en realidad es un optimista muy bien informado, los pesimistas creemos que no importa qué tan mal estemos, siempre se puede estar peor. Y para la situación política, que es tema preocupante de este artículo, sí que resulta cierta la frase.



    Y es que gracias a una mayoritaria juventud que se ha dejado seducir por el canto de sirenas de los idealistas trasnochados y fracasados con sus discursos de lamentaciones y sus reclamos ancestrales, estamos al borde de perder el país para dejárselo a unas huestes tan violentas, tan mafiosas y tan corruptas, como las que nos han venido gobernando durante dos siglos. Sólo que estas tienen un agravante, y es que si las primeras al menos dejaban abierta la posibilidad de elegir un proyecto de vida personal, o expresar nuestra ínfima opinión; con esta clase que se enfila a gobernar esta república no va a quedar república sobre la cual volver a construir: el socialismo, como bien nos lo decía Winston Churchill, es “la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia y la prédica a la envidia; su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria”.  

    ¿Y qué otro modelo político y económico es el que está proponiendo el candidato presidencial de la extrema izquierda si no es el modelo socialista? Analicen su discurso y se encontrarán con todas las señales que estamos pretendiendo pasar por alto. Analicen quién lo rodea y lo apoya, y se darán cuenta de que a esos áulicos les importa tan poco este país como a él mismo. Analicen su pasado, su origen, sus amistades, sus propuestas, sus ganas de ensanchar el aparato burocrático y mantener un control aún más rígido sobre la población. ¿De dónde va a sacar el dinero para pagar los 500.000 nuevos cargos públicos que dice que va a crear? Pues de los de siempre, de los que pagan los impuestos de este país para que otros beban la leche de esa vaca que se llama Estado y que todos la quieren ordeñar.

    Con otro agravante más, y es que no es solamente un modelo que avala la planificación central estatal como único mecanismo de gobernar la sociedad, sino que es también la planificación estatal de la vida privada del ciudadano. Porque sin medios de subsistencia independientes a los que pueda proporcionar el Estado, y sin libertad para decidir el futuro propio, la amenaza no es solamente la destrucción del país económico, sino también del país moral.



    Desde luego, el zurderío juvenil nunca lo verá así. A ellos les vienen diciendo desde hace por lo menos treinta años que el capitalismo es malo; que el sistema basado en el “libre mercado” es el responsable de la miseria, de la ruina existencial del hombre moderno, y sobre todo de una palabrita que ellos utilizan como su frente de batalla principal: la desigualdad.

    Porque ignoran que las sociedades más prósperas del mundo conocido hasta antes de que entrara en vigor el plan maquiavélico de la ONU con sus ambientalistas extremos y sus justicieros sociales, no eran las sociedades igualitarias, sino precisamente las más desiguales. La diferencia es que en esas sociedades la desigualdad alcanzaba para vivir bien bajo un modelo de producción y consumo de bienes y servicios, que no siendo el modelo ideal, era el menos injusto de los que había implementado la humanidad en materia económica, y que llegó de la mano de la democracia. Allí los más pobres podían llevar una vida con dignidad sin importar que existieran otros mucho más ricos que ellos. Porque tampoco sirve de nada el sistema de producción amparado en el capital bajo un régimen dictatorial, al mejor estilo chino. Desde luego, el sistema político en el que se supone que decide el pueblo es a mi juicio el que garantiza mejor las libertades del ciudadano. Repito, sin ser perfecto.


    La otra actitud que se puede tomar frente a la amenaza estatista, que a la larga es también una amenaza globalista, es hacerle frente y prepararse para lo que pueda ocurrir. Ya en otros lados se concretó la pesadilla. Nuestros vecinos de La Alianza del Pacífico están comenzando a sufrir las consecuencias de su decisión. Como ellos nos llevan unos meses de ventaja, podemos ir vaticinando lo que se nos viene. Chile y Perú, sin necesidad, dieron el viro hacia la izquierda ignorando cuánto les va a pesar esta decisión. Su experiencia nos debe servir para que estemos atentos por si la amenaza se hace realidad, lo cual es muy probable. Y una de las formas de contrarrestarla es tomando acción.

    Para comenzar, aunque pareciera que ya todo está arreglado de antemano, y en las elecciones legislativas se dio el primer campanazo de que algo hay podrido en la Registraduría, todavía tenemos la “oportunidad” de elegir, así esta sea apenas una democracia en el papel. Puede ser que en muchos aspectos esté viciada, pero cuando el pueblo se pronuncia en masa, a los tramposos les queda muy difícil torcer un resultado. Eso se hizo evidente en el Plebiscito de 2016, ¿recuerdan? Por ello la invitación es a votar en masa el próximo 29 de mayo: a que los viejos que fueron los que trabajaron y construyeron este país por el que sus nietos no quieren trabajar y más bien lo quieren llevar al despeñadero, salgan a votar y hagan valer su opinión. Que los que todavía creen en los principios cristianos, en los valores, en la familia y en la tradición, no se dejen amilanar por el discurso imperante. Que ese día contribuyan a robustecer la democracia.

    Como siempre, el principal enemigo es la abstención y el escepticismo. Tomar esa actitud es lo mismo que entregarnos a las manos de un futuro aparato represor. Que después no nos pese.




    ¿Votar por quién? Otra vez por el menos peor, como hace cuatro años. Todavía seguimos en la encrucijada de elegir entre la libertad y el derecho a prosperar, o de elegir la sujeción total al poder del Estado que nos quiere esclavos. Porque a pesar de lo que muchos digan; que ya lo hemos perdido todo, que no hay libertad ni democracia, y que estamos peor que Venezuela; no es cierto. Todavía queda un país por salvar. Todavía podemos perder mucho más de lo que nos imaginamos. Ya sabemos por experiencias ajenas lo que puede pasar cuando un gobernante de ideas de cambio extremo toma las riendas de un país: lo conduce por el camino del infierno, y muchas veces con la intención de hacerlo.

    Porque no se trata del cambio por el cambio. Porque a veces los cambios también suelen ser para peor.

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...