sábado, 31 de mayo de 2025

Del otro lado

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Cuento)







     ¿Qué se sentirá estar del otro lado? Me pregunto si será cierta esa paz de la que tanto hablan; ese descanso del alma por toda la eternidad. Imagino el sufrimiento que debe sentirse allá también, viendo dar tumbos a los vivos y descubriendo los secretos de aquellos a los que se conoció por años y que sólo hasta esa instancia se han podido develar como consecuencia del saber que se adquiere desde la omnisciencia.

     Supongo que también la omnipresencia faculta al ausente para descubrir las traiciones que se urdieron en su contra, mientras estaba en el mundo de los vivos. Desde allá se puede dimensionar cuán ruin es la naturaleza humana que disfraza siempre sus verdaderas intenciones. Porque los seres de la carne se aferran a las máscaras, se ocultan tras los disfraces de la multiplicidad personal. Y así andan todos, usando su doble cara, pero sobre todo su doble moral.

     El ser invisible, en cambio, ya no necesita máscaras ni rostros para ocultarle nada a nadie. Allá donde están, las actitudes y los actos pecaminosos han sido purgados y extinguidos, porque la muerte es fuego que purifica. Bien sabe el hombre que el pecado es una facultad exclusiva del cuerpo. Sin cuerpo no hay pecado, porque hasta para el pensar y el sentir se necesita de la intermediación del organismo. Yo me imagino que los seres del otro lado no piensan, no reprochan, no juzgan en absoluto, pero sí observan… lo observan todo. Lo saben todo de nosotros.




     Si acaso algo han de sentir, ese sentimiento responde a la impotencia. Impotencia de no poder tocar a sus amados seres, ni advertirles del peligro, ni aconsejarles sobre cómo deben obrar en esa esfera tangible que es apenas una efímera estación desde la que se partirá hacia un lugar mejor: el destino de los hombres. Pero intuyo que ellos, los que están del otro lado, no quieren continuar el viaje. No quieren abordar el tren que los lleva a ese rumbo desconocido de la eternidad.

     Todo ser viviente quiere lo contrario: vivir. Es lo natural, lo instintivo. Estúpido aquel que diga que quisiera pernoctar en las nebulosas solamente por el hecho de no poder aceptar el papel que le asignaron en la representación teatral de la vida. Estúpido, aunque temerario, si acaso no es la misma cosa. Sólo los que ya han abordado el tren sin retorno pueden dar fe de lo hermoso que se siente estar en aquella estación transitoria de la materia. Quisieran regresar, pero no pueden, limitándose simplemente a observar como si estuvieran detrás de un vidrio o de una pantalla, contemplando el mundo animado de los hombres que aún están en la caverna de la ignorancia. Como han visto la luz, poseen la clarividencia necesaria para repetir su recorrido a la perfección si les fuera concedido el milagro de volver. Como cuando uno medita sobre una situación del pasado y dice: “Yo debí haber hecho esto en lugar de aquello”.




     Me sucede a menudo que quisiera estar allá, ingrávido, insustancial, disperso como el aire, pero comprendiendo hasta el último detalle cada uno de los vericuetos de la mente humana; entendiendo la pequeñez del hombre con respecto a la galaxia y riéndome de su estulticia, su vanidad y su narcisismo. ¡Ah, qué miserable el ser humano!, deberé decir cuando esté del otro lado. ¡Qué miserable criatura!, que está más hecha a imagen y semejanza del demonio que a imagen del Dios Todopoderoso y Creador. No parece su creación, o en todo caso ésta se pervirtió de tal modo que tocará amasar un nuevo barro para comenzar de cero, como cuando en el principio todo era oscuridad.

     Entonces sueño con mi padre, al que he abandonado en una clínica y se ha marchado solo. Sueño que lo busco, que lo reclamo. Extraño su presencia y necesito suplicarle su perdón. Sueño con que yo también estoy allí, en la esfera de las tinieblas, buscando su alma para que camine con la mía. Y lo sueño porque sé que estoy en deuda por las cosas que dejé de hacer en esta triste vida real en la que me tocó representar un papel de reparto insignificante; de personaje de trastienda que no tiene peso ni parlamento importante en la historia. Aparte, con una muy mala ejecución actoral. El director podría prescindir de mí en cualquier momento, y la función continuaría como si nada.

     Sueño con mi padre porque seguramente él sueña conmigo. Él quiso que yo estuviera allí, en su lecho de muerte para resarcir yo mi mal proceder en el último minuto. Hubiera bastado una palabra y él se hubiera ido en paz; si no orgulloso, al menos satisfecho de haber cumplido. Porque en verdad cumplió. En cambio, he sido yo quien no ha estado a la altura de la misión que me encomendó el destino.




     Después de vagar por los intrincados pasajes de mi sueño, oí a mi padre llamándome para que fuera con él a la región desconocida. Me hacía señas desde lejos… tan demasiadamente lejos que dudé de la posibilidad de alcanzarlo. Tanto, que no podía medirse la distancia que nos separaba por kilómetros, sino por años luz. Distábamos uno del otro exactamente cuarenta y tres años luz: los mismos cuarenta y tres años que él me llevaba al momento de partir. Si yo emprendía la travesía y apresuraba el paso, tal vez llegase a él en unos cuarenta años luz o un poco menos. Con suerte llegaría en treinta, quizá veinticinco: demasiada distancia para conservar indemne su recuerdo sin que se me pierda en los meandros del mundo paralelo.

     Sólo había una forma de llegar a él en menos tiempo, pero esa forma implicaba saltar el alambrado, tomar un atajo. La nada está llena de atajos. Y yo, en mi deseo de volver a ver a mi padre para repetir las escenas en las que extravié a mi personaje -y esta vez hacerlas bien-, estaba dispuesto a asumir el riesgo.

     Me pedía que lo siguiera y yo le obedecía ciegamente. No le pregunté a dónde iba, como se lo preguntaba en vida. No cuestioné su invitación a seguirlo, como en las tantas veces que me insistió para que anduviera con él y las tantas veces que objeté sus peticiones. Perseguí su sombra por escarpados montes y terroríficos paisajes en que la luna se perdía por momentos. Crucé un boscaje montañoso y lleno de peligros vegetales y animales en los que me topé con no pocas trampas y espejismos que supe sortear con dificultad. Esquivé un hoyo mimetizado en la hojarasca en el que estuve a punto de caer, escapé de las garras de unos simios asesinos que buscaban obstaculizar mi paso, y me enfrenté a una víbora gigante que pugnaba por inyectarme su veneno a toda costa. Hice gala de una agilidad imposible para mí en el mundo de las leyes físicas, de tal modo que podía flotar en ese universo nebuloso en el que me era posible dar saltos descomunales y levitar con solo mover mis pies cual si estuviera nadando en el agua. Así escapé de los simios y la víbora, pero no me sirvió para dilucidar las sombras.




     Mi padre me llamaba por mi nombre, y en la lejanía yo escuchaba su voz con un hálito de desespero. “Ya voy, padre”, le respondía sin atinar la dirección en la que se encontraba. “Ya voy, mi padre, ya voy”. Entonces corría y volaba, y en ocasiones sólo caminaba para orientarme. Fue así como superé el escenario de la selva y llegué a un árido desierto. De estar a oscuras por el tupido follaje, pasé a una luz cegadora que tampoco me permitía ver más allá del horizonte. Tuve que cerrar los ojos para percibir su eco que volvía a llamarme por mi nombre. “Ya voy, padre, dime dónde estás”.

     Desconsolado ante la idea de perder su rastro, de no volver a oír su voz, me senté sobre una duna hirviendo y dejé que la arena calcinara mis posaderas temblorosas. Fue ahí que comprendí que atravesaba yo el mismo infierno, pero mi padre no andaba por allí. Ardor, dolor, calor, delirio. De todo ello fui presa hasta que supe que el sentido se me iba. Resulté en un risco imposible de alcanzar. Alguien me tuvo que haber puesto allí porque mi debilidad no me hubiera permitido conseguir la cima. Sé que no fue mi padre, pues él continuaba su llamado desde la ultratumba, pidiéndome auxilio, pidiéndome que lo rescatara de ese estado de humo en el que se encontraba. Mi padre esperándome con semblante triste porque yo no aparecía; yo diciéndole que resistiera: “Allá voy, padre”, le gritaba una y otra vez. Él derramando sus lágrimas de desespero; yo sin poder llegar a él para abrazarlo. Apenas había avanzado cinco años luz desde que lo vi por última vez. Las sombras, a veces dando tregua, me permitían delinear su silueta por momentos en el firmamento, pero no quería conformarme con aquello. Con mucha más vivacidad escuché su llamado, urgido de que tuviera con él una caridad: la caridad de no dejarlo solo. Comencé a llorar de impotencia porque escuchaba la voz en una dirección, pero veía su rostro en otra. No lo ubicaba. Lloraba por temor a extraviar la estela de sus pasos.




     Me aferré como pude al suelo rocoso y me asomé por el desfiladero. Entonces lo vi allá abajo, ya no en las alturas, sino descendiendo a lo profundo del abismo. Mis poderes sobrenaturales del inicio se habían trastocado en incapacidad. ¿Cómo descender sin lastimarme? Si lo perdía de vista esta vez, no volvería a encontrarlo en un sueño nunca más. La única solución: aventarme a la negrura del despeñadero, arriesgarme al dolor, enfrentar el pánico a morir, hacer la transición definitiva: borrarme por mi propia cuenta desafiando la ley del Creador.

     En ese pensamiento me concentré. Si me lanzaba al abismo de las siete oscuridades podría encontrarme con él y abrazarlo nuevamente. Sólo eso deseaba. Así podría yo también descansar en paz. Mi cuerpo se desgonzaba como una gelatina, mis piernas comenzaron a temblar y mis pies a resbalarse en la humedad de la roca. Mi frente era un mar de sudor. Mediaba apenas una débil rama de la que me sujetaba con una mano entre el abismo y yo, pues ya balanceaba medio cuerpo afuera. Mi padre me llamó por última vez, o eso pensé. Ya no era su voz grave imperiosa, sino una voz aguda suplicante.

     -Quédate aquí -me dijo alguien a mi espalda-. No te vayas de mi lado.

     Giré mi torso para mirar en el último momento el rostro de mi madre, quien me imploró que no me apartara de la vida. ¿Con quién quedarme entonces?

     Mi destino, por ahora, es ser parte de los seres mortales. He tenido que separarme para siempre de mi padre y dejarlo que siga su viaje a la inmortalidad. Todavía no es mi tiempo. Me queda la otra mitad de mi existencia en la tierra, aunque albergo la esperanza de que él me haya perdonado y que me recibirá con un abrazo cuando llegue mi turno de convertirme en un ser del más allá. La despedida es demasiado triste, pero el director de esta obra quiere que yo siga de este lado. Por el momento.



sábado, 24 de mayo de 2025

Esas pregunticas...

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Reflexión)







     Con cierta frecuencia se ve uno envuelto en esta situación: alguien pregunta por los proyectos personales, por la vida laboral, por la pareja, por las actividades a las que uno dedica el tiempo libre; y uno, que no es muy propenso a hablar de sí mismo en público, tiene que verse obligado a hacer el ejercicio mental para sacarse del sombrero la mejor respuesta. 

     Entonces, como no es tan fácil hablar de uno cuando se es un ser introvertido y cuando se sospecha que lo que uno va a decir no va a causar gran impresión en el público, un corto circuito se produce en el cerebro y comienzan a aflorar los sentimientos de vergüenza. ¿Por qué las convenciones sociales nos someten a esta tortura de tener que explicarle a otro quién es uno y qué hace cuando ni siquiera uno se lo ha podido explicar a sí mismo? 

     En mi caso soy demasiado tímido para responder a las preguntas sobre mi propia persona y quisiera salir huyendo, o que un meteorito caiga en la tierra en el momento justo en el que tengo que responder acerca de un ser al que no conozco tan bien. Porque es cierto: yo, a mis 45 años, no tengo ni puñetera  idea de quién soy. Hablar sobre mi vida me remite a una gran disertación filosófica de la que después salgo exhausto, como si hubiera tenido que atravesar reptando un largo túnel. Porque en medio de la conversación me percato de dos cosas: o que estoy diciendo mentiras para salirme del paso, o que estoy diciendo la verdad, pero desnudando a la vez mis grandes debilidades, y eso es darle las armas al contendor para que después me ataque.




     Porque a no ser que uno comience a fanfarronear y a inventarse una historia de su vida para impresionar al contertulio, que de por sí ya ha hablado de la suya en la reunión y ha resultado ser, a leguas, mucho más interesante que la vida de uno; el ego propio se repliega atrincherado ante la exposición inevitable a la que uno mismo lo va a someter nada más para responder una pregunta formulada por la pura cortesía social.

     De repente uno titubea cuando se ve enfrentado consigo mismo, porque una parte de esa realidad no es coherente con la imagen que uno quiere proyectar. A mí, por ejemplo, me toca maquillar un poco las frustraciones y convertirlas en asuntos pendientes, en propósitos aplazados, pero factibles de realizar para no admitir que fracasé en todo aquello que ostenté como proyecto en alguna conversación pasada. Y lo malo es que la gente tiene memoria, y después de un tiempo, en esas reuniones sociales en donde se guardan las apariencias, le vuelven a sacar a uno el tema a flote, y de nuevo "vuelve la mula al trigo" tratando de disimular que uno no hizo lo que tenía que hacer por razones de "fuerza mayor". Yo siempre debo tener una excusa, ojalá muy valedera, para poder justificar mi inoperancia humana, y todo por verguenza a quedar mal y no estar a la altura de lo que de mí se espera.




      Uno debería poder admitir con facilidad que a uno no le dio la gana de hacer las cosas y "san se acabó", y "de malas", que es lo que el mal educado que uno lleva adentro quisiera expresar ante la pena que los demás saben que uno está viviendo. Porque en el fondo el que pregunta ya sabe lo que a uno le sucede, pues se ha enterado por boca de otros, pero morboso e indiscreto, quiere enterarse de primera mano solamente para corroborar que las impresiones que se había formado de uno cuando le fueron con los comentarios eran ciertas. Por eso me fastidian un poco los periodistas y los preguntones. Es que hay preguntas que debieran ser prohibidas, porque en ocasiones es mejor ahorrarse las explicaciones.

     Eso sí, cuando ven que uno no la tiene clara, aparecen como por arte de magia los consejeros: otro gremio al que también pongo en el mismo costal de los preguntones de oficio. Esos que tienen una inclinación natural a dar opiniones sobre la vida de los demás, pues resolver las circunstancias ajenas es mucho más sencillo que lidiar con las propias. 

     Eso me recuerda el famoso pasaje bíblico de Mateo 7:3-5, el que habla de ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el ojo propio. Tal cual son los criticones, que a la larga son los mismos opinadores, sólo que estos últimos son más sutiles, pues se abrigan con el manto de los buenos consejos. ¿Quién quiere consejos en un mundo donde todas las respuestas ya se pueden encontrar por internet? Además, no olvidemos que para ello hay profesionales de la psicología que cobran por dar consejos sin hacerlo sentir a uno tan mal.




     Hagas lo que hagas siempre te criticarán. Siempre habrá quien opine de tu vida y te aconseje cómo solucionarla de la mejor manera, aunque el consejero en cuestión aún tenga pendientes más delicados por resolver en la suya propia. Este hábito, lejos de ser un ejercicio de reflexión genuina, termina convirtiéndose en un juicio imprudente que interfiere con el derecho de cada individuo a decidir sobre su propio destino. 

     Pero el punto central que quería expresar en esta reflexión no se refiere al rol de los que preguntan sino de los que no sabemos cómo responder. Porque hasta en las entrevistas de trabajo a uno le van a preguntar por su vida, y siempre tendremos que responderle a alguien que pregunte de una manera muy educada. Dicen que la clave es ser muy sincero, pero si uno es sincero en sus respuestas, termina quedándose sin amigos y sin trabajo. 

     Ojalá uno pudiera decir todo lo que piensa de algo o de alguien, pero estamos en un mundo de corrección política que no lo permite. Y el problema es que también habrá alguien que querrá decir todo lo que piensa acerca de uno, con lo cual obtenemos el caldo de cultivo para engendrar enemistades al por mayor. A veces por evitar el conflicto uno se vuelve empático, pero lo cierto es que lo que hay que ser es asertivo, que es la cosa más complicada de lograr, sobre todo para los que somos tímidos sociales. Eso requiere carácter y autoestima.




     Todo esto de las preguntas incómodas que uno no quiere responder para no poner en evidencia sus yerros me hace recordar una entrevista que le hicieron una vez al cantante Juan Gabriel cuando le preguntaron de manera directa si era gay o no. La respuesta no pudo ser mejor: "Mijo, lo que se ve no se pregunta".

     Es verdad. Hay cuestiones que ya traen implícita su respuesta nada más con observarlas y analizarlas un poco. Si uno conoce la batalla que el otro está librando, ¿para qué llevarlo mentalmente a ese campo que ha sido todo un suplicio para el prójimo? Es mejor dejar que sea él quien nos cuente su experiencia por su propia voluntad, y limitarnos a escuchar sin ser jueces, sino simplemente acompañantes de su historia. Evitar, eso sí, un consejo a destiempo y una crítica que pueda destruir su autoestima.

     Por eso, tal como le dijo Juan Gabriel al periodista aquella vez, lo que se ve no se pregunta. Y algunas veces lo que no se ve tampoco. ¿Para qué queremos saberlo nosotros? ¿Curiosidad o interés genuino? 



miércoles, 21 de mayo de 2025

Nada que celebrar

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     El pasado 14 de mayo, la mayoría de los colombianos que estamos en contra del actual “gobierno” (por llamar de alguna forma esta payasada) de Gustavo Petro y su propuesta de “consulta popular” (que no es otra cosa que una consulta populista para adelantar su campaña presidencial así esté prohibida la reelección), tuvimos una pírrica alegría, porque esta consulta se hundió en el Congreso de la República por un estrecho margen.

     Celebramos, aplaudimos, felicitamos a los congresistas que no se dejaron comprar y votaron a conciencia, pues al fin el Congreso había demostrado ser un poder independiente. Sólo que no contábamos con que esa alegría sería pasajera y hasta mentirosa. Nada se ha ganado, y más bien en los próximos días la celebración podría convertirse en una tristeza infinita, pues a falta de reforma laboral, ahora tendremos las dos: reforma y consulta.

     Porque todo hay que decirlo: el hundimiento se produjo más bien por la negligencia de los mismos petristas, que hasta para votar sus propios proyectos son perezosos e incompetentes, ya que a última hora “les salió el tiro por la culata” cuando estaban seguros de que iban a ganar. Perdieron sólo por dos votos: el de la senadora Martha Peralta, que se ausentó del recinto, y el del senador Richard Fuelantala, del movimiento AICO (Autoridades Indígenas de Colombia), que tampoco se presentó a votar. Tal parece que ambos estaban distanciados con el gobierno porque no les nombraron a ciertos amiguitos en ciertos cargos, o no les dieron lo que estaban pidiendo y condicionaron su voto con la excusa de “no haber podido llegar a tiempo porque el presidente del Congreso cerró la votación demasiado pronto”.

     Ayudó también la astuta, pero legal jugada de la senadora de la oposición, Paloma Valencia, que radicó una proposición para cambiar el orden de la agenda legislativa y poder revivir el debate por la reforma laboral, dejando sin piso la posterior votación por la consulta. ¿Qué sentido tendría apoyar la consulta si de todos modos el Congreso volvería a discutir la reforma? Por eso no pasó la consulta popular. De lo contrario, habrían arrasado.




     De cómo terminó la jornada no vale la pena ni decirlo. Ya sabemos que somos un país del cuarto mundo en el que muchos de nuestros dirigentes, comenzando por el ministro de Gobierno, son unos gamines con corbata. Faltó poco para que se fueran a los golpes. Esta es nuestra democracia.

     El peligro es que, gracias a esa jugada de la oposición, les revivieron la reforma a los petristas, corriendo el riesgo de que la próxima vez los congresistas vendepatrias sí estén mejor aceitados y hayan aprendido la lección: se asegurarán Benedetti y el ministro de trabajo de que todos voten a su favor, así tengan que torcer a los parlamentarios más indecisos. Se venderán mucho más caro, pero eso a Petro no le importa, acostumbrado como está a comprar y acallar conciencias y a permear el poder público a su antojo.

     Por eso pienso que no hay nada que celebrar. Es una victoria pírrica por la cual los colombianos vamos a tener que pagar el alto precio de ser castigados con la aprobación de una reforma laboral que dejará a millones de ciudadanos sin empleo, porque así es la lógica del progresismo. El debate está abierto nuevamente, como si se fuera a empezar de cero, como si aquí no hubiera pasado nada; como si el archivo de la reforma y el posterior hundimiento de la consulta no hubieran existido. Para colmo de males, Petro radicó de nuevo la propuesta de consulta popular a través del infame ministro de Salud, quien ofició como presidente encargado mientras el sinvergüenza estuvo paseando en China y en Italia.

     Sí, porque en lugar de habernos quitado el problema de encima, ahora lo vamos a tener al doble, y con una bancada de gobierno más preparada, más alerta, más dispuesta, más generosa en sus ofrecimientos. Ya se encargará el hampón del ministro de gobierno que tenemos de no fallar esta vez. El Pacto Histórico y los partidos que dicen ser independientes, pero que votan a favor del gobierno, son clara mayoría dentro del Congreso. Sólo un milagro podría salvarnos de que aprueben esa nefasta reforma. La han revivido, y viene recargada.




     Lo mismo con la consulta popular, que volvió a ser radicada y volverá a ser sometida a votación. Ya veremos que antes de que se termine la legislatura a final de junio, esa consulta estará aprobada y reaprobada. La hacen porque la hacen, no importa a quién tengan que salir a comprar o a perseguir. No nos olvidemos que estamos gobernados por un cartel de corrupción, y para ellos la ley y las buenas formas son lo de menos.

     Esto es igual que un partido de fútbol en el que gana el equipo contrario al que el mafioso de turno estaba patrocinando, pero este le ordena al árbitro repetir el partido hasta que su equipo salga victorioso. Así estamos con la consulta y con la reforma. Una consulta que es una trampa para que el sinvergüenza de Petro y sus secuaces se roben más de setecientos mil millones de pesos con el objetivo de comprar votos, y muy posiblemente para intentar una reforma a la Constitución en la cual revivan el artículo de la reelección presidencial, que a última hora se querrán sacar de la manga.

     Una consulta que, además, añade cuatro preguntas relativas a la salud de los colombianos, indagando si quieren que les sean entregados los medicamentos, o si están de acuerdo en que el país los pueda producir. ¿Quién va a decir que no? ¿O quién no quiere ganar más dinero y trabajar menos? ¿Quién se opone a vivir una vida sin sufrimiento, sin enfermarse y hasta de pronto sin morirse? Es una consulta tipo Aladino, el genio de la lámpara, que le asegura a los colombianos que les va a conceder 16 deseos si la votan, aunque todos sabemos que eso no es verdad. Se van a robar la plata, porque así los cincuenta millones de colombianos la voten positivamente, las reformas para poner en marcha las propuestas no nos van a solucionar nuestros problemas, sino, por el contrario, nos los va a agravar.




     Aquí el que ganó fue Petro, pero no nos dimos cuenta. Por un lado, su reforma laboral, por obra de la oposición, fue resucitada en el Congreso para no tener que ir a una consulta. Por el otro lado, él vuelve a radicar la consulta, como si no importara que de todos modos la reforma puede ser aprobada. Como sea, gana con cara y con sello.

     Porque de lo que se trata aquí no es de los derechos de los pacientes ni de los trabajadores. Eso a Petro y sus secuaces les tiene sin cuidado. De lo que se trata es de permanecer en el poder, no importa si para ello tiene que convocar a una consulta, a una movilización, a un paro general, a una guerra o a una revolución. Al sinvergüenza le da lo mismo si tiene que prender en llamas su propia tierra, al mejor estilo neroniano, con tal de reinar para siempre sobre sus cenizas. Si el futuro dictador no sale por las buenas en poco más de un año, ¿quién será el valiente que se atreva a sacarlo y a encarcelarlo?




sábado, 10 de mayo de 2025

Un león en el Vaticano

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Robert Francis Prevost Martínez, 69 años, estadounidense, de la orden de los agustinos, será conocido a partir del 8 de mayo como el Papa León XIV, el papa número 267 de la Iglesia Católica. Hasta ahora los expertos están analizando sus tendencias y se siguen devanando los sesos para saber en qué corriente encasillarlo, porque en aras de la honestidad, casi nadie lo tenía en la mira.

     Y es que el cardenal Prevost era como el número diez en la lista de los cardenales papables. Por encima de él estaban otros más opcionados, como los italianos Pietro Parolin y Mateo Zuppi, o el filipino Luis Antonio Tagle, o el húngaro Peter Erdö, o el guineano Robert Sarah, o el otro norteamericano aliado de Trump, Raymond Burke. Cualquiera de ellos, sobre el papel, tenía más opciones de ocupar el trono de San Pedro que el cardenal Prevost, pero a veces la Iglesia también te da sorpresas, y ya sabemos que en esto de los cónclaves cualquier cosa puede suceder.

     Del nuevo Papa León XIV, ya comienzan a decirse cosas, a investigarse su currículo, a analizarse sus trinos y sus discursos. Ya se sabe que también tiene nacionalidad peruana porque ejerció allí gran parte de su ministerio en la formación de sacerdotes y en la labor pastoral y de ayuda a las comunidades marginadas. De él se dicen cosas buenas y cosas malas, dependiendo de dónde provengan, y lo que más nos intriga a los católicos es saber si León XIV será la continuidad de su predecesor Francisco, o si por el contrario le dará un nuevo aire a una iglesia que se encuentra tan contaminada en los actuales momentos.




     De entrada, nos encontramos con el nombre que eligió el cardenal Prevost para ejercer el papado: León XIV, dando a entender que va por la línea del último papa de ese nombre, que fue León XIII, y que fue papa en el siglo XIX, entre 1878 y 1903. A este se le recuerda por su enfoque en la justicia social y también por su discurso anticomunista, que recién en aquel tiempo un señor barbudo de nombre Karl Marx había instaurado en la mente de los obreros bajo la forma de la revolución proletaria. Pero al mismo tiempo León XIII, en su encíclica Rerum Novarum, publicada en 1892, abordó los derechos de los trabajadores, la relación entre el capital y el trabajo, y la necesidad de una sociedad más justa. Es decir, se opuso al comunismo como forma de gobierno, pero sin olvidar las necesidades de los obreros que urgían de una remuneración y condiciones más justas. Como dato curioso, de León XIII es del primer papa que se tienen documentos fílmicos, por lo que se podría decir que con él comenzó la era moderna de la Iglesia en cuanto a las tecnologías de la comunicación.

     Volvamos al nuevo León, el número XIV, que ya con el nombre y con la indumentaria de su posesión dejó claro que no sería el sucesor del papa Francisco. A este sí le gustan los ornamentos eclesiales; de hecho, se pudo ver gran cantidad de simbolismo en ellos. Para muchos, esto es una clara muestra de reivindicación del poder, la opulencia y el control que ha tenido la institución religiosa más antigua del mundo. Para otros, esto simplemente hace parte de la magnificencia protocolaria de una iglesia que ha perdurado por siglos. Que también ha sido la más importante, por lo que ha ayudado a construir la civilización occidental, pero cuyos ritos no pasan de ser las formas sublimes de engalanar sus tradiciones, lo cual no le veo nada de malo.




     Para León XIV no basta con hablar en favor de los pobres y dar muestras de sencillez y austeridad, como lo hizo Francisco, sino que es más importante llevarles el evangelio con el mensaje de Cristo, porque de lo que se trata es de que tanto pobres como ricos lo lleven en sus vidas de manera verdaderamente impactante, con sentido de trascendencia, y no simplemente quedándose en la compasión por los hermanos que nada pueden hacer para salir de su pobreza si no tienen a Dios en su corazón. Al menos así lo dejó claro en su primera homilía pronunciada en la Capilla Sixtina.

     Pero otros aspectos sobre lo que podría ser el pontificado de Prevost no son tan halagüeños, ya que él ha demostrado tener unas posiciones que irían en concordancia con un progresismo light que a veces hace pensar que la Iglesia es una institución tan cambiante, que en uno de esos vientos de cambio podría perder su esencia y derrumbarse por completo hasta desaparecer. Siendo cardenal, por ejemplo, escribió varios mensajes en favor de los migrantes y condenando las políticas del presidente Donald Trump. Lo paradójico es que nunca un alto jerarca del Vaticano ha salido a abrir las puertas de sus palacios históricos para demostrar compasión por los migrantes africanos. ¿Qué pasaría si varios de ellos se saltasen por encima de los muros del Palacio Apostólico, del Palacio de la Cancillería o del Palacio de Belvedere? ¿Los mantendrían en las fronteras de su pequeño país y los nacionalizarían como ciudadanos vaticanos?




     Se le acusa también de haber encubierto a varios cardenales envueltos en escándalos de abusos sexuales, y un sector de la prensa asegura que es un agente de Soros, o que es un papa puesto por los Clinton y el globalismo. Habrá que ver si dirige su papado en concordancia con las medidas globalistas, como en efecto sí hizo Francisco, apoyando abiertamente la Agenda 2030, o si por el contrario decide mantener a la Iglesia firme en el mensaje cristiano por encima del mensaje laicista. Si León XIV actúa en la misma dirección, bien podrá irse despidiendo la Iglesia de otros tantos millones de fieles que saldrán despavoridos y decepcionados por confirmar que definitivamente el progresismo seglar se ha tomado a su institución religiosa desde adentro y que Cristo ha desaparecido de él.

     Nunca la Iglesia Católica perdió tantos fieles como cuando decidió dejarse llevar por los vaivenes del mundo moderno. Al dejar permear en su seno el influjo del progresismo, muchas personas abandonaron la fe católica, desencantados más de la laxitud que de la rigurosidad de sus dogmas. Al contrario, cuando se ha comportado como una iglesia firme en sus creencias y confirma las enseñanzas de Cristo, ha ganado más respeto e influencia que cuando ha querido expandirse a los sectores más liberales, que por más que demanden una iglesia inclusiva, nunca serán verdaderos católicos por aspectos relacionados con su estilo de vida y sus ideologías que chocan frontalmente con el Evangelio. Porque todos quieren recibir las bendiciones de Cristo, pero muy pocos están dispuestos a pagar el precio que implica cambiar.




     La Iglesia necesita renacer, y eso sólo se dará cuando ella deje de darle la espalda a Cristo y se centre en el Evangelio más que en la política y en la connivencia con el mundo.

     Habrá que dejar a León XIV ejercer su pontificado, desarrollar sus ideas, conducir a sus fieles. Hay que darle tiempo. Al menos el mensaje de su primera homilía es claro y positivo al poner a Cristo como el único salvador del mundo, pero si el Papa no confirma la fe católica a través del Evangelio, que no dude el Vaticano que se quedará solo oficiando como Estado político, perdiendo la gracia de ser una religión de salvación.

     Esperemos pues que este papa sea el león que ruja fuerte contra el enemigo que quiere demoler la fe en Cristo con sus ideologías perversas, su contubernio con el mundo, su inmoralidad y su relativismo. Que sea el líder que esté dispuesto a defender el bien y la verdad. De lo contrario, que Dios se apiade de él.







sábado, 3 de mayo de 2025

Liberar al país de la dictadura comunista

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Acabamos de escuchar los dos discursos más  recientes pronunciados por el sinvergüenza que tenemos como mandatario para desgracia de los colombianos. El primero lo dio el pasado jueves, 1 de mayo, desde la Plaza de Bolívar de Bogotá, luego de la fallida manifestación que convocó aprovechando la tradicional marcha del Día Internacional del Trabajo por parte de los trabajadores y las centrales obreras. Se aprovechó de la fecha para hacer gala de un apoyo popular que ya no tiene. Para dicha convocatoria llenó la plaza con diez mil indígenas de la minga (que están por fuera del sistema laboral), muchos de los cuales fueron llevados allí por medio de un jugoso pago para los líderes de sus movimientos. Otra cantidad similar se hizo presente en la plaza, de la cual hicieron parte los empleados estatales y los contratistas del gobierno, todos ellos obligados a marchar para no perder sus puestos ni sus contratos.

     El segundo discurso lo realizó ayer viernes, y en él reafirmó su posición beligerante contra el pueblo colombiano al sentenciar que el Congreso de la República tenía que aprobarle su consulta popular a como diera lugar, o de lo contrario él la sacaría por decreto, no importándole si tiene que pasar por encima del Poder Legislativo. El sinvergüenza le ha declarado la guerra a un sector de senadores y representantes que no lo apoyan, pero sobre todo le ha declarado la guerra al pueblo colombiano que, en su mayoría, no está con él.

     Desde hace mucho tiempo vengo sosteniendo la tesis de que Petro no es un mal presidente. No, no se alarmen. Permítanme explicar. Un mal presidente podría ser Duque o Pastrana, si se quiere, porque fueron presidentes que tuvieron en sus manos la oportunidad de hacer cosas diferentes por el país y no se atrevieron a tomar las decisiones que había que tomar por su tibieza. Santos, incluso, fue un muy mal presidente, porque no sólo fue inepto, sino además malvado. Con él se agudizó la polarización política gracias a que le lavó la cara a los criminales a través de su fracasado proceso de paz con las Farc. Es un sátrapa, un traidor, un hombre de doble faz, y eso supera con creces la categoría de ser “mal presidente”.




     Pero Petro es un caso perdido. A este dictadorzuelo ni siquiera se le puede llamar “mal presidente”, ni decirle presidente traidor o presidente espurio. Petro ha roto todos los calificativos posibles para que quepan en la definición de lo que es un “mal presidente”. Ni siquiera se le puede llamar presidente. Es realmente un enemigo, y uno muy peligroso. Su misión nunca ha sido gobernar, sino perpetuarse en el poder. Si para ello tiene que usurparlo, no tiene ningún escrúpulo en hacerlo. Su objetivo está muy claro: destruir a Colombia a través del odio, que es lo único que el sinvergüenza tiene para ofrecer.

     Evocando la figura de Bolívar con su espada en la mano como símbolo de la guerra a la que nos quiere llevar, Petro apela a la dicotomía que pronunció alguna vez el Libertador: “libertad o muerte”, igual que como lo hacía Chávez agitando las masas con su “socialismo o muerte”, pero es sólo cuestión de cambiar una palabra. Petro realmente no ofrece ninguna libertad como la entendemos los hombres libres en democracia, sino como la entiende él en medio de sus delirios de prócer. Su libertad es sólo para elegirlo únicamente a él y hacer aquello que el caudillo disponga. De lo contrario, recaerá sobre el ciudadano una condena a muerte sin mediar palabra, porque todo aquel que se oponga a Petro es un traidor a la patria. Eso es lo que nos está ofreciendo este déspota tirano del Socialismo del Siglo XXI.

     Así las cosas, y con la máscara levantada, los colombianos venimos desde hace rato asqueándonos del verdadero rostro de Gustavo Petro, que no es más que el que ya nos venía mostrando desde sus épocas de guerrillero, y luego desde sus tiempos como embajador, congresista, o alcalde, porque el sinvergüenza no ha sabido hacer otra cosa en su vida que vivir del pueblo. ¿En qué estaban pensando los ignorantes que votaron por este tipejo? 




     Y eso si solamente nos atenemos a calificar su recorrido como servidor público, porque sin conocer muy a fondo los pormenores de su vida personal, ya nos hemos dado cuenta de que como ser humano es lamentable. Pero si en esos tiempos su discurso despertaba simpatías, hoy su discurso despierta terror, y ya sabemos cómo se les llama a los que generan terror en la sociedad: terroristas. Petro, pues, es el primer terrorista de Colombia; urge eliminarlo políticamente antes de que se perpetúe en el poder y después no haya cómo. Porque está claro que el guerrillero no se va a ir por la vía de la democracia, y de eso no nos quepa duda. 

     Hoy, cuando ingenuamente todavía soñamos con unas elecciones limpias en 2026, desde ya se está preparando el gobierno para cometer el fraude. Los colombianos hace rato que vivimos bajo una dictadura y no nos hemos dado cuenta. Falta poco para que textos como este ya no se puedan escribir de ahora en adelante y opositores como quien suscribe este blog tengamos que desterrarnos del país. Es inminente que este enemigo de la patria se va a hacer reelegir. Tal vez ni siquiera tenga necesidad de eso: basta desatar una guerra civil y declarar un Estado de Conmoción Interior para no tener que convocar a elecciones. Le basta sacar a sus mingas prepago, a sus vándalos de la Primera Línea, a sus bodegas para que azucen el odio y a los enchufados de su gobierno que han vendido su dignidad por unas migajas. Y le basta, sobre todo, que sus amigos de los grupos guerrilleros y narcoterroristas lo sigan respaldando en las zonas marginadas en donde no es posible el ejercicio del voto libre, pues el ciudadano tiene que salir a votar con un fusil en su cabeza. Le basta todo el dinero del presupuesto público que se está robando este gobierno a través de los impuestos, la burocracia, los desfalcos: con eso se compra otra presidencia para por lo menos veinte años más. 




     Siendo así, este sinvergüenza que en mala hora llegó a ser presidente tiene que ser combatido, defenestrado, echado a patadas de un cargo en el que no se merece estar. Él y toda su corte de focas que lo aplauden a sabiendas de que van a estrellar el avión, y ellos son los únicos que tienen paracaídas. 

     Un paro nacional no es suficiente, pero hay que comenzar a hacerlo. Ya no basta con salir a marchar, porque las marchas son para hacerse oír, y este presidente no quiere oír a nadie. Tocará emplear medidas más drásticas. Es el pueblo y no los políticos los que finalmente podremos torcer el mal rumbo que llevamos. No hay que esperar nada del Congreso, ni de las cortes, ni de la Comisión de Acusaciones, ni de la Fiscalía, ni de la oposición. Lo que hay es que organizarnos y unificar un solo propósito: el de no permitir que Petro ni la dictadura socialista que nos tienen preparada continúe en el poder. 

     Tenemos que estar vigilantes y desatar un primer frente de batalla en las redes sociales, no sólo ante la amenaza de Petro, sino también exigiéndole a la oposición que se una y nombren ya un solo candidato que represente los intereses de la mayoría ciudadana en caso de que sí haya elecciones el próximo año. Hay que saber que intentarán robárselas y toca estar dispuestos a defendernos en las calles si es necesario.




     Lo que se viene es muy complicado, porque los ciudadanos hoy estamos solos mientras este gobierno tiene maniatados a la Policía y el Ejército. Y son ellos, en últimas, los que tienen las armas para defendernos; los que tendrán que sublevarse, comenzando por los soldados y policías rasos a los que este régimen está dejando que masacren. Que se jodan los generales y oficiales de mandos altos y medios, pero si no se adhieren a la causa para liberarnos de la futura dictadura, que sea la misma base de sus subordinados la que los sacrifique, porque las fuerzas de seguridad tienen la obligación constitucional de defender al pueblo antes que a una camarilla de viciosos y ladrones que ya ni ideología tienen.

     Es hora de unirnos y actuar como nación antes que nos metan una consulta popular, una constituyente, una reelección, o una autoproclamación como dictador eterno y supremo. Para allá vamos con toda seguridad, y por ende lo que se necesita es una figura de mano dura que no tema enfrentar a estas mafias izquierdistas, porque a este país le urge una pronta pacificación, y eso, muchas veces, se logra con el cometido de las armas. Después ya veremos.




Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...