(Ensayo)
La historia de todas las civilizaciones que se han gestado desde que el ser humano tiene uso de razón, o más bien desde que decidió transformarse en Homo sapiens, hace por lo menos unos 200.000 años, es la historia de las batallas culturales. Todo nuevo imperio parte de una de esas confrontaciones que se da primero en el campo ideológico antes que en el militar. Cuando un país busca invadir a otro, lo más relevante que pretende imponerle al invadido no es su poderío bélico, sino su grandeza cultural, su tradición, sus símbolos, sus valores, su historia fundacional.
De esta forma es como las grandes civilizaciones han absorbido a las más pequeñas, las han deglutido hasta la extinción y han reinado por los siglos de los siglos en algunos casos, dejando una huella perdurable para cientos de generaciones que se sucedieron portando el estandarte de la victoria de su legado territorial.
Así sería hasta que se vislumbrara en el horizonte un nuevo imperio, mucho más poderoso y aclamado, producto también de siglos de guerras ideológicas que lo encumbraron para destronar el orden anteriormente establecido por sus enemigos. En otros casos, civilizaciones opuestas han coexistido superponiéndose en el tiempo, pero en territorios separados, librando cada una, a su modo, sus propias batallas teóricas y militares. Ejemplo de ello lo podemos encontrar en los sumerios; los egipcios; el Imperio Babilónico; Asiria; las dinastías Shang, Zhou, Qin, Han y todas las demás que conformaron el Imperio Chino; los fenicios; los persas; La Grecia Antigua; El Imperio Helénico, El imperio Romano; el Imperio Bizantino; el Imperio Turco-otomano; el poderío de la Iglesia Católica en la Edad Media, la Corona Española, la Corona Británica, el Imperio Ruso, la República Francesa con su Imperio Napoleónico incluido, el Imperio Austro-húngaro, la Unión Soviética, los Estados Unidos, y la actual República Popular China.
Es en ese mismo escenario germinado de las luchas por la hegemonía cultural en el que la humanidad ha permanecido constantemente. Los tiempos actuales no son la excepción. Hoy día asistimos a nuestros propios enfrentamientos por la cultura, de los cuales no estamos saliendo bien librados los del bando más conservador. En la actualidad encontramos diversas contiendas de este tipo. Unas son al nivel de las ideas políticas. Otras son por los sistemas económicos. Está la lucha por los símbolos y las representaciones. Se habla de la lucha por el lenguaje, porque quien controla el lenguaje controla la mente. Y no menos importante, sino más bien la más importante a mi juicio, se encuentra la batalla por los valores: la moral, que no es otra cosa que la distinción entre el bien y el mal. De esto último es de lo que quiero hacer una reflexión en este apartado.
El principal problema que surge es cuando no nos podemos poner de acuerdo entre qué es lo bueno y qué es lo malo, sobre todo en estos tiempos posmodernos que han desacralizado hasta la idea de un Dios Creador. Los filósofos en la historia que se encargaron de estudiar este aspecto de la condición humana tampoco han podido llegar a un acuerdo unánime, pero lo que sí han dejado es un montón de enfoques sobre lo que para ellos es bueno o malo, dejando entrever que en últimas eso es un asunto que cada hombre definiría en su fuero interior.
En la edad moderna, por ejemplo, que la podríamos ubicar con la aparición de La Ilustración, se quiso condensar la moral en la razón. De ahí que la elección racional supuso el máximo bien para el individuo. Todo quiso fundamentarse en la razón al punto que, si el individuo elegía actuar bajo los dominios de su propia racionalidad, se deducía que entonces estaba obrando bien, tomando la decisión acertada, pensada y razonada. Pero en el Siglo de las Luces, por andar pensando en la razón, la ciencia y el conocimiento, se olvidaron de esa zona vedada del ser humano que sale a flote bajo las condiciones más extremas, o quizás por su simple naturaleza: los sentimientos, las pasiones, la lógica enrevesada del corazón. Mucho más cuando se trata de las ciencias humanas. Para el humanismo no sólo es importante lo que pasa por el filtro de la razón. Es aún más importante lo que se encuentra en el campo de los sentimientos, que es lo que en últimas se torna en el motor del ser humano.
En política ocurre lo mismo. Se mueven muchas más pasiones cuando se apela al sentir más que al pensar. Los políticos, en especial los dominados por el hemisferio izquierdo del cerebro, saben cómo funciona el mecanismo, y por ello sus campañas se dirigen más a tocar los sentimientos humanos que los argumentos basados en cifras concretas y en hechos comprobados.
De ahí que la izquierda, aplicando hábilmente la estrategia para ganar la batalla de las ideas, se comprometa a ofrecer la redención de los oprimidos, la reivindicación de los pobres, las mujeres o los homosexuales; la incorporación de los desarraigados y los que no han podido triunfar en la vida por la supuesta culpa de los poderosos que “no los han dejado brillar”. Les dice que están donde están porque otros les han quitado a ellos las oportunidades. Eso conmueve más que presentarles propuestas para aumentar el empleo, reducir el déficit fiscal y reformar las cortes.
Y en parte tienen razón, pero hasta cierto punto. Sólo que esas denuncias que constituyen casos particulares expuestos ante la opinión pública, las convierten en generalidad. Es el caso del empresario corrupto que se aprovechó de sus nexos con el Estado para sacar ventajas que lo hicieran enriquecer aún más a costa del detrimento patrimonial de los más desfavorecidos. Para la izquierda el modelo del empresario ladrón se hace extensivo a toda la sociedad, deduciendo de allí que todos los empresarios no sólo son ricos, sino ladrones. Bajo este supuesto insufla en el ánimo de sus electores, faltos de acceso a la información y a la educación, que si están mal es por culpa de los ricos empresarios. Por tanto, es malo ser rico y es malo ser empresario, no importa que la gran mayoría de estos hayan adquirido su riqueza trabajando arduamente en pos de un proyecto que a la vez les hizo sacrificar su tiempo y gran parte de su calidad de vida.
Lo importante es dejar en el elector raso la sensación de que su circunstancia no puede ser superada sino a través de la mano interventora de un Estado que le quitará a los “poderosos” lo que ha debido ser para el conjunto de la sociedad, casi que por justicia divina. Porque se vende la idea de que todos los hombres nacen iguales y deben seguir siendo iguales, no ante la ley, como debiera ser, sino iguales en resultados, por el atenuante moral de que todos merecen las mismas retribuciones.
Sé que suena cruel expresarlo en esos términos, pues pareciera que uno estuviera de acuerdo con las desigualdades estructurales del sistema, pero realmente lo que es desigual es la naturaleza humana, y por ello vivimos bajo un sistema a todas luces disímil y a veces hasta inequitativo, que por más que el aparato estatal intente equilibrar, lo único que generará es aumentar las brechas.
El problema es que no entendemos que los hombres nacemos con diferentes talentos, diferentes capacidades, unos mejor dotados que otros para ciertas actividades, lo cual hace posible la división social del trabajo. La izquierda, al intentar ampliar las demandas de igualdad en una sociedad política, lo que está logrando es que se coarten las libertades para desarrollar los talentos. La verdadera derecha, por el contrario, tiene como derrotero ampliar el espacio de operaciones del individuo con respecto al Estado que lo regenta. Es decir, elige la libertad antes que la igualdad, a sabiendas de que muchos hombres incapaces no sabrán que hacer con esa libertad.
En esto continúa centrándose la batalla política y cultural de nuestro siglo XXI. Están los que siguen pensando que por la autoridad del gobernante hay que distribuir “de cada uno, según sus capacidades, a cada uno, según sus necesidades”. Están, por el contrario, los que no quieren ser coaccionados por un Estado al que sólo bastaría pagarle una porción mínima de impuestos, aunque sean injustos, para que brinde seguridad y garantice la justicia, y más nada. Y paradójicamente los primeros son partidarios de que se les permita vivir sin sujeción a reglas morales ni a religiones, porque quieren una autoridad que los sostenga, pero que les permita comportarse de acuerdo con sus propios criterios; mientras que los segundos, que son partidarios de la libertad, son más proclives a sujetarse a una autoridad moral que les impida convertir esa libertad en libertinaje, porque son conscientes del peligro que ello acarrea. Generalmente sí quieren sujetarse a las reglas de una religión cristiana, mas no a la religión del Estado. Ahí, en esos dos puntos tan simples en apariencia, radica el fondo de la batalla cultural a la que hoy asistimos y en la cual estamos involucrados consciente o inconscientemente, porque somos producto de ella.
Entonces, están los que prometen el paraíso a expensas de lo que tienen los otros, lo cual se convierte en un arma de doble filo: de ello no se deriva progreso, sino un sentimiento tan insano como la envidia. Es típico de los socialistas, que no quieren que a los de abajo les vaya bien, sino que a los que están arriba les vaya mal para que se igualen todos por lo bajo. La plácida zona de confort de los mediocres. Eso es moralmente malo.
Y están los que prometen no interferir, no meterse con la riqueza ajena, ni coartar las capacidades para generar esa riqueza. Promueven, sí, la competencia, que es aquello que nos hace emerger del fango por obligación. Y al trabajar por esa mejora, siguiendo los pasos de los que están arriba de nosotros, intentando alcanzar su bienestar, así sea que no lo logremos al instante, podemos llegar a convertirnos en mejores personas. La vía del esfuerzo, la autosuperación, el trabajo duro, el cumplimiento de las metas trazadas, lo cual es moralmente bueno.
De ahí que toda contienda política sea, ante todo, una contienda moral, producto de la batalla que se haya emprendido culturalmente por sostener dicha moral.





























