sábado, 30 de agosto de 2025

Toda contienda política es, ante todo, una contienda moral

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Ensayo)







     La historia de todas las civilizaciones que se han gestado desde que el ser humano tiene uso de razón, o más bien desde que decidió transformarse en Homo sapiens, hace por lo menos unos 200.000 años, es la historia de las batallas culturales. Todo nuevo imperio parte de una de esas confrontaciones que se da primero en el campo ideológico antes que en el militar. Cuando un país busca invadir a otro, lo más relevante que pretende imponerle al invadido no es su poderío bélico, sino su grandeza cultural, su tradición, sus símbolos, sus valores, su historia fundacional.

     De esta forma es como las grandes civilizaciones han absorbido a las más pequeñas, las han deglutido hasta la extinción y han reinado por los siglos de los siglos en algunos casos, dejando una huella perdurable para cientos de generaciones que se sucedieron portando el estandarte de la victoria de su legado territorial. 

     Así sería hasta que se vislumbrara en el horizonte un nuevo imperio, mucho más poderoso y aclamado, producto también de siglos de guerras ideológicas que lo encumbraron para destronar el orden anteriormente establecido por sus enemigos. En otros casos, civilizaciones opuestas han coexistido superponiéndose en el tiempo, pero en territorios separados, librando cada una, a su modo, sus propias batallas teóricas y militares. Ejemplo de ello lo podemos encontrar en los sumerios; los egipcios; el Imperio Babilónico; Asiria; las dinastías Shang, Zhou, Qin, Han y todas las demás que conformaron el Imperio Chino; los fenicios; los persas; La Grecia Antigua; El Imperio Helénico, El imperio Romano; el Imperio Bizantino; el Imperio Turco-otomano; el poderío de la Iglesia Católica en la Edad Media, la Corona Española, la Corona Británica, el Imperio Ruso, la República Francesa con su Imperio Napoleónico incluido, el Imperio Austro-húngaro, la Unión Soviética, los Estados Unidos, y la actual República Popular China.




     Es en ese mismo escenario germinado de las luchas por la hegemonía cultural en el que la humanidad ha permanecido constantemente. Los tiempos actuales no son la excepción. Hoy día asistimos a nuestros propios enfrentamientos por la cultura, de los cuales no estamos saliendo bien librados los del bando más conservador. En la actualidad encontramos diversas contiendas de este tipo. Unas son al nivel de las ideas políticas. Otras son por los sistemas económicos. Está la lucha por los símbolos y las representaciones. Se habla de la lucha por el lenguaje, porque quien controla el lenguaje controla la mente. Y no menos importante, sino más bien la más importante a mi juicio, se encuentra la batalla por los valores: la moral, que no es otra cosa que la distinción entre el bien y el mal. De esto último es de lo que quiero hacer una reflexión en este apartado. 

     El principal problema que surge es cuando no nos podemos poner de acuerdo entre qué es lo bueno y qué es lo malo, sobre todo en estos tiempos posmodernos que han desacralizado hasta la idea de un Dios Creador. Los filósofos en la historia que se encargaron de estudiar este aspecto de la condición humana tampoco han podido llegar a un acuerdo unánime, pero lo que sí han dejado es un montón de enfoques sobre lo que para ellos es bueno o malo, dejando entrever que en últimas eso es un asunto que cada hombre definiría en su fuero interior.




     En la edad moderna, por ejemplo, que la podríamos ubicar con la aparición de La Ilustración, se quiso condensar la moral en la razón. De ahí que la elección racional supuso el máximo bien para el individuo. Todo quiso fundamentarse en la razón al punto que, si el individuo elegía actuar bajo los dominios de su propia racionalidad, se deducía que entonces estaba obrando bien, tomando la decisión acertada, pensada y razonada. Pero en el Siglo de las Luces, por andar pensando en la razón, la ciencia y el conocimiento, se olvidaron de esa zona vedada del ser humano que sale a flote bajo las condiciones más extremas, o quizás por su simple naturaleza: los sentimientos, las pasiones, la lógica enrevesada del corazón. Mucho más cuando se trata de las ciencias humanas. Para el humanismo no sólo es importante lo que pasa por el filtro de la razón. Es aún más importante lo que se encuentra en el campo de los sentimientos, que es lo que en últimas se torna en el motor del ser humano.

     En política ocurre lo mismo. Se mueven muchas más pasiones cuando se apela al sentir más que al pensar. Los políticos, en especial los dominados por el hemisferio izquierdo del cerebro, saben cómo funciona el mecanismo, y por ello sus campañas se dirigen más a tocar los sentimientos humanos que los argumentos basados en cifras concretas y en hechos comprobados. 

     De ahí que la izquierda, aplicando hábilmente la estrategia para ganar la batalla de las ideas, se comprometa a ofrecer la redención de los oprimidos, la reivindicación de los pobres, las mujeres o los homosexuales; la incorporación de los desarraigados y los que no han podido triunfar en la vida por la supuesta culpa de los poderosos que “no los han dejado brillar”. Les dice que están donde están porque otros les han quitado a ellos las oportunidades. Eso conmueve más que presentarles propuestas para aumentar el empleo, reducir el déficit fiscal y reformar las cortes.




     Y en parte tienen razón, pero hasta cierto punto. Sólo que esas denuncias que constituyen casos particulares expuestos ante la opinión pública, las convierten en generalidad. Es el caso del empresario corrupto que se aprovechó de sus nexos con el Estado para sacar ventajas que lo hicieran enriquecer aún más a costa del detrimento patrimonial de los más desfavorecidos. Para la izquierda el modelo del empresario ladrón se hace extensivo a toda la sociedad, deduciendo de allí que todos los empresarios no sólo son ricos, sino ladrones. Bajo este supuesto insufla en el ánimo de sus electores, faltos de acceso a la información y a la educación, que si están mal es por culpa de los ricos empresarios. Por tanto, es malo ser rico y es malo ser empresario, no importa que la gran mayoría de estos hayan adquirido su riqueza trabajando arduamente en pos de un proyecto que a la vez les hizo sacrificar su tiempo y gran parte de su calidad de vida.

     Lo importante es dejar en el elector raso la sensación de que su circunstancia no puede ser superada sino a través de la mano interventora de un Estado que le quitará a los “poderosos” lo que ha debido ser para el conjunto de la sociedad, casi que por justicia divina. Porque se vende la idea de que todos los hombres nacen iguales y deben seguir siendo iguales, no ante la ley, como debiera ser, sino iguales en resultados, por el atenuante moral de que todos merecen las mismas retribuciones. 

     Sé que suena cruel expresarlo en esos términos, pues pareciera que uno estuviera de acuerdo con las desigualdades estructurales del sistema, pero realmente lo que es desigual es la naturaleza humana, y por ello vivimos bajo un sistema a todas luces disímil y a veces hasta inequitativo, que por más que el aparato estatal intente equilibrar, lo único que generará es aumentar las brechas.




     El problema es que no entendemos que los hombres nacemos con diferentes talentos, diferentes capacidades, unos mejor dotados que otros para ciertas actividades, lo cual hace posible la división social del trabajo. La izquierda, al intentar ampliar las demandas de igualdad en una sociedad política, lo que está logrando es que se coarten las libertades para desarrollar los talentos. La verdadera derecha, por el contrario, tiene como derrotero ampliar el espacio de operaciones del individuo con respecto al Estado que lo regenta. Es decir, elige la libertad antes que la igualdad, a sabiendas de que muchos hombres incapaces no sabrán que hacer con esa libertad. 
     
     En esto continúa centrándose la batalla política y cultural de nuestro siglo XXI. Están los que siguen pensando que por la autoridad del gobernante hay que distribuir “de cada uno, según sus capacidades, a cada uno, según sus necesidades”. Están, por el contrario, los que no quieren ser coaccionados por un Estado al que sólo bastaría pagarle una porción mínima de impuestos, aunque sean injustos, para que brinde seguridad y garantice la justicia, y más nada. Y paradójicamente los primeros son partidarios de que se les permita vivir sin sujeción a reglas morales ni a religiones, porque quieren una autoridad que los sostenga, pero que les permita comportarse de acuerdo con sus propios criterios; mientras que los segundos, que son partidarios de la libertad, son más proclives a sujetarse a una autoridad moral que les impida convertir esa libertad en libertinaje, porque son conscientes del peligro que ello acarrea. Generalmente sí quieren sujetarse a las reglas de una religión cristiana, mas no a la religión del Estado. Ahí, en esos dos puntos tan simples en apariencia, radica el fondo de la batalla cultural a la que hoy asistimos y en la cual estamos involucrados consciente o inconscientemente, porque somos producto de ella.




     Entonces, están los que prometen el paraíso a expensas de lo que tienen los otros, lo cual se convierte en un arma de doble filo: de ello no se deriva progreso, sino un sentimiento tan insano como la envidia. Es típico de los socialistas, que no quieren que a los de abajo les vaya bien, sino que a los que están arriba les vaya mal para que se igualen todos por lo bajo. La plácida zona de confort de los mediocres. Eso es moralmente malo.

     Y están los que prometen no interferir, no meterse con la riqueza ajena, ni coartar las capacidades para generar esa riqueza. Promueven, sí, la competencia, que es aquello que nos hace emerger del fango por obligación. Y al trabajar por esa mejora, siguiendo los pasos de los que están arriba de nosotros, intentando alcanzar su bienestar, así sea que no lo logremos al instante, podemos llegar a convertirnos en mejores personas. La vía del esfuerzo, la autosuperación, el trabajo duro, el cumplimiento de las metas trazadas, lo cual es moralmente bueno.

     De ahí que toda contienda política sea, ante todo, una contienda moral, producto de la batalla que se haya emprendido culturalmente por sostener dicha moral.





sábado, 23 de agosto de 2025

Esto sí es de izquierdas y derechas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Ensayo)








     En medio de la polarización política inevitable que vive el país, está poniéndose de moda la tendencia de la despolarización. Es el deseo por abordar la política desde una óptica tan neutral y desprendida de las ideologías, que pareciera que la mentalidad que germina ahora en el ciudadano es la de la anti política, la de la anti-ideología, la de la no adhesión.

     Todo esto, desde luego, es producto del hastío y el asco que nos vienen generando los que se hacen llamar servidores públicos, pero que sólo se sirven a sí mismos, cada que hay elecciones prometiendo cambios y no cumpliendo. Esos cambios, que no son otra cosa que las mismas promesas de siempre, nunca obran para bien de la sociedad, sino por el contrario, para seguir privilegiando a una élite minoritaria y enchufada, y para dejar por fuera de los beneficios a los ciudadanos de a pie, que son los realmente afectados por las decisiones que se toman desde el poder.

     Yo entiendo que, muy parecido a lo que se vivió en la época de La Violencia entre liberales y conservadores, el país político nunca ha estado tan dividido ni tan polarizado como ahora. Habría qué preguntar quiénes fueron los que lo llevaron a esta situación de extrema gravedad, hasta el punto de que hoy, los que estamos más politizados, ya no seamos capaces de considerar a un petrista furibundo como un amigo de la vida, sino como a un adversario político, y quizás hasta personal. 




     Los que estamos más a la derecha, por ejemplo, optamos por alejarnos cada vez más de los guetos izquierdistas y de los focos de infección en donde estos germinan, y verlos finalmente con el recelo con el que se ve a un enemigo; mientras que los que están más a la izquierda aplauden como focas la “gestión” del peor presidente de la historia colombiana al tiempo que siguen echándole la culpa de su fracaso a los gobiernos anteriores, porque en algo tienen que escudar su incapacidad. Ellos también albergan la misma animadversión que han albergado siempre por sus contradictores políticos, con la diferencia de que van un poco más allá del debate o de la ofensa verbal. Si les toca eliminar al opositor lo hacen “combinando todas las formas de lucha” posibles. La muestra fehaciente de esto es que acaban de matar a un candidato presidencial de un partido de oposición, mientras que cuando ellos eran la oposición del gobierno al que consideraban como un asesino, nunca fueron tocados, y en cambio sí bastante protegidos, incluso hasta más protegidos que los mismos actores afines al gobierno de turno. No se pueden quejar que para ellos la democracia funcionó, pues les dieron todas las garantías habidas y por haber, y así fue como llegaron a gobernar.

     Lo cierto es que cada vez menos la gente quiere hablar de política, y ni pensar en que declaren abiertamente si le van a la derecha o a la izquierda. Para ellos ese debate está obsoleto, equivocado, clausurado. Nadie quiere etiquetarse, ni los mismos candidatos presidenciales. Nadie quiere tomar partido por un bando o por el otro porque consideran que esa división hace más mal que bien, y que de lo que se trata es de sacar el país adelante, no importa de dónde proceda la afinidad política del programa de gobierno que eventualmente llegare al poder. 




     Les tengo una mala noticia a esos que piensan así: nunca en la historia de nuestra patria ha estado tan vigente el debate político entre izquierdas y derechas. Esa díada está más viva que cuando se gestó en el siglo XVIII, y aunque ya no representa los mismos postulados con que la categoría izquierda/derecha se originó en el seno de la Revolución Francesa, o se reavivó en el culmen de la Guerra Fría, hay que saber qué es lo que representa a la izquierda y qué es lo que define a la derecha en el contexto político de nuestra actualidad.

     Desde luego que esto se trata más que nunca de ideologías, aunque no lo queramos reconocer. Siempre se ha tratado de eso la política, porque por algo es política. En algún momento de la historia se mataron entre centralistas y federalistas en tiempos de la Independencia; luego entre bolivaristas y santanderistas al conformarse La República; después entre liberales y conservadores desde el ocaso del siglo XIX; más tarde entre capitalistas y comunistas a nivel mundial; se siguió adelante con la pelea entre socialistas del siglo XXI y socialdemócratas latinoamericanos; y ahora la división en el planeta se centra entre globalistas y patriotas. Y aunque quisiéramos que el espectro político se definiera en otro campo, lo siento mucho, pero la realidad es apabullante: en todas y cada una de estas categorías se puede reconocer bajo la agudeza de un buen entendedor, en dónde está la izquierda y en dónde está la derecha.

     La dicotomía entre ser de uno u otro bando se mantiene, y más vale elegir una orilla, no porque haya que politizarse, sino porque el que se queda en el limbo político es arrasado, silenciado, vituperado, y, sobre todo, contribuye a inclinar la balanza hacia la peor opción. 




     Me refiero a los centristas biempensantes, tibios, que no son de un lado ni del otro porque dicen defender el justo medio, y al final la polaridad de los elementos más negativos los termina absorbiendo, convenciendo, o simplemente restándoles fuerza para hacerlos desaparecer del escenario político hasta la siguiente elección.

     En últimas, la indefinición los lleva al menosprecio, porque no hay nada más desdeñable que esos individuos que se acomodan dependiendo de la dirección del viento, que no tienen ideales fuertes, sino gelatinosos, pues van al vaivén del mundo, y que se piensan intelectuales y contestatarios por el solo hecho de rechazar la política como una forma de organización de la sociedad. Denigran de la democracia porque les parece siempre una farsa, pero no entienden que, de todos los sistemas, es el menos malo que el Hombre en el devenir de la Historia se haya podido idear. Dicen que no pertenecen a un bando ni al otro para quedar bien por si en el futuro tienen que posar de independientes, y así les va. Hasta la misma Palabra de Dios advierte que “los tibios serán vomitados”. No por nada las peores dictaduras de izquierda, hoy vigentes en América Latina, se han filtrado en el poder por culpa de un sector político centrista que no se compromete con un ideario político sólido, sino que se acomoda para tener contento a todo el mundo. 




     ¿Las consecuencias? Corrupción rampante, debilidad de las instituciones, pérdida del sentido de pertenencia por la nación, desgobierno, anarquía e inconformismo de parte del pueblo que ve que la politiquería triunfa mientras las personas del común continúan en el fracaso económico, moral y social. Es ahí cuando llegan los caudillos promeseros que hablan por los pobres y les insuflan el odio por las élites, culpándolas de ser las responsables de su desgracia. Es ahí cuando los socialistas pescan en el río revuelto del descontento para prometer, esta vez para siempre, la reivindicación de sus derechos, la igualdad, la justicia social, el paraíso en la tierra y todas esas sandeces propias de la ideología socialista, que es con la que se identifican en últimas las izquierdas, estableciendo un reinado nuevo en cabeza del dios Estado.

     Comprendo que hoy existe rabia contra la política, contra las ideologías, contra los asuntos de país. Entiendo que nadie quiera hablar del tema, que hasta se haya prohibido el debate en las reuniones de amigos porque no se quieren herir susceptibilidades, y que en las familias no se hable de política en la mesa bajo el argumento de que la política, como la religión, nos desune. Mala cosa, les digo, porque el problema aquí no es la política, sino los políticos. No son tanto los ideales, como los farsantes que dicen encarnarlos. El tema hay que tocarlo, examinarlo, debatirlo, llegar a acuerdos en lo fundamental o a desacuerdos irreconciliables, no importa que para ello se tenga que renunciar a ciertas amistades con las que no encontremos puntos en común. Al final todo se reduce a lo mismo: se es más de izquierda o más de derecha. Se es más conservador o progresista. Se tienen valores morales, o se relativiza el albedrío mismo según las propias conveniencias. Al final todo se ciñe a una lucha entre el bien y el mal. 




     Estamos en una batalla cultural y espiritual, y hay guerras que no se pueden evitar. Ponerse del lado del bien es saber en qué posición política ubicarse, pero para ello hay que conocer los principios que rigen las ideologías de izquierdas y de derechas.

     En mi caso, por ejemplo, no me da pena decir que soy de derecha. Nueva derecha, y no derecha vergonzante, y menos ultraderecha, en la que no se puede encasillar a nadie si no se tiene también en cuenta a la ultraizquierda, aunque de esa nunca se oye hablar en los medios. Lo ultra se asocia a lo violento, y nada de eso tengo. Raro que a los que queman el país bajo la excusa de una protesta social no se les catalogue de ultraizquierdistas.

     No hay por qué ocultar las preferencias políticas si ya hasta las sexuales las quieren ventilar a toda hora y por todos lados. Con mayor razón hay que ventilar las diferencias de pensamiento, que es donde está la verdadera diversidad. Dándole la espalda al debate continuaremos en las mismas sombras. Negándonos a tomar partido le dejamos el camino libre a la ambigüedad, que a la larga es el camino ancho que conduce al mal.

     Porque no vamos a poder cambiar la realidad de nuestro país si no tenemos un ideario de virtudes, valores, creencias, directrices, modelos a seguir. Si simplemente seguimos nuestra intuición por lo que creemos de momento sobre qué es lo bueno y lo malo. Si, incluso, nos atrevemos a pensar que el mal no existe, sino que lo que hay son diferencias. Se necesita de la ideología, sobre todo en la política, sea para abrazarla o rechazarla. Así como el creyente necesita su religión. Por lo demás, no olvidemos que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.






sábado, 16 de agosto de 2025

Otro magnicidio

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)








     Otro magnicidio. Otra vez Colombia se convierte en el torrente de todas las sangres. Miguel Uribe no falleció esta semana. A él lo mataron. Desde el 7 de junio, cuando atentaron contra su humanidad. Lo mataron en vida. El pasado lunes fenecieron todas las esperanzas y el milagro no se dio. Las posibilidades de que todo volviera a ser como antes eran muy remotas, y sabíamos que probablemente Miguel no volvería a hacer política si acaso lograba levantarse de esa cama. Temíamos que Miguel no fuera más Miguel, aunque algo nos animaba a que Dios preservaría su espíritu, su lucidez y su inteligencia. La Divina Providencia se lo ha llevado con sus dones intactos: nos dejó su legado, pero se llevó su presencia. 

     Lo mataron, y como dijo su padre en la ceremonia de su sepelio, ya sabemos quiénes fueron, aunque nos lo prohíban decir. Porque la sola insinuación bastará para que los que están detrás de todo esto utilicen la justicia en nuestra contra. Nos meterán a la cárcel por la supuesta difamación, porque no tenemos pruebas, porque estas también han sido asesinadas y los testigos han desaparecido. Aquí sí puede aplicarse esa máxima que los zurdos hicieron célebre hace algunos años, cuando también acusaban sin pruebas, aunque a ellos nadie los censuró por ello: “no tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas”.




     Otro magnicidio, porque si no se considera que el senador que más votos obtuvo en las pasadas elecciones legislativas, y uno de los que más le hizo oposición a este gobierno, incluso atreviéndose a llamar sinvergüenza al sinvergüenza; si no se le considera una persona importante para la vida política nacional, entonces nada es magnicidio en este país. Tal vez para la justicia cooptada por los enemigos de la patria solamente sean considerados como magnicidios aquellos que se hacen en contra de las personalidades de la izquierda. El resto no vale para ellos, no les duele. 

     El país ha tenido que despedirse de un hombre bueno. Un hombre que tuvo el privilegio de ser el nieto de un expresidente y nacer en un hogar con ventajas económicas para proveerse su educación. Gracias a Dios tuvo las oportunidades, como las deberían de tener todos los niños de Colombia. Pero las oportunidades no son simplemente una cuestión de tenerlas de antemano, sino de saberlas aprovechar. Y Miguel Uribe supo aprovechar lo que le brindó la vida: criarse en un hogar acomodado, pero también supo capitalizar y superar la tragedia de haber crecido sin su mamá, porque la violencia tocó a su puerta desde que era un niño. Hay que ver que la vida te da y te quita, pero ¿acaso no es más valioso tener la oportunidad de crecer al lado de la madre que contar con apellidos y abolengo?




     Para Miguel también fue difícil la vida; también tuvo que hacer sacrificios y pasar penurias para llegar a donde llegó. No como los resentidos piensan, queriendo hacerlo ver como un hijo de papi bien portado al que todo se le dio fácil. De ninguna manera. Aunque era todo lo que la izquierda detesta (la disciplina, los valores, el juicio, el talento, la dedicación), también fue víctima de la violencia, como mucha gente humilde. Pudo haber tomado el camino del odio y la venganza, pero no lo hizo. Le quitaron lo más importante que puede tener un niño a la edad de cuatro o cinco años: su mamá. En lugar de pasarse lamentando toda la vida por ello, se preparó y se superó, y en honor a ella voló alto. 

    Sólo que no creyó que el país había retornado a una guerra peor que la vivida por su madre, en donde reinaba el narco y resultaba peligroso denunciar a los asesinos. Hoy, los enemigos están en el poder de manera oficial: campea el crimen, gobierna el terror. Ellos son la ley ahora. Han ganado la batalla a costa de convertir en mártires a hombres como Miguel, al que registraron como el líder social asesinado número 97 en lo corrido del año. Podría apostar a que a ninguno de ellos se le ha hecho justicia. Así, Miguel Uribe es víctima por partida doble, y lo peor es que quien es el responsable político de este asesinato amenazó con denunciar a quienes osen decirlo en voz alta. El velo de la mordaza, propio de las dictaduras, acaba por imponerse para que todos enmudezcamos al respecto. No siempre se mata disparando el gatillo. A veces también se mata señalando con el dedo.




     Otro magnicidio. Se olvidará el hecho al término de este artículo, cuando ya los medios lo hayan reseñado hasta el cansancio; cuando los políticos se saquen la foto instrumentalizando la tragedia de una familia para sacar partido de su imagen, y todo el mundo haya hablado de ello. Después otra noticia acaparará el interés nacional, porque estamos en el mundo de la inmediatez y la desmemoria. ¿Cuál será entonces la noticia de la semana que viene? Ojalá no sean más muertos, ni más escándalos. Ojalá no sean más presos políticos, ni más vergüenzas de Palacio, ni más reclutamientos de niños a las huestes guerrilleras, ni más desplazamientos forzosos de campesinos, ni más guerras de falsa bandera, ni más candidatos a la presidencia, ni tampoco otro magnicidio. La gente está cansada de clamores, de cadenas de oración infructuosas, de marchas estériles, de reclamos no escuchados, de quejas diarias por lo mismo. Pero nada cambia, o más bien todo cambia para peor. Ya no se trata de la muerte de una sola persona de relevancia, sino de muchas anónimas que no tienen acceso a la salud, ni derecho a vivir dignamente. El magnicidio mayor es el que se está cometiendo contra el pueblo.




     Otro magnicidio, como hacía muchos años no se cometía uno en Colombia, lo cual no quita que la muerte de los otros colombianos, a quienes han matado por pensar diferente, no sea importante. Aquellos infames que desdeñan la muerte de Miguel, o hasta se burlan de ella, comenzando por el despreciable ser de Gustavo Petro, tienen el descaro de decir que hay que bajarle al tono: que hay que desescalar el lenguaje para que no haya más muertos ni se desate un conflicto nacional. Nos piden apaciguar nuestros sentimientos de ira y frustración cuando la guerra ya ha sido declarada. Nos piden guardar silencio cuando ha sido el presidente de la República el que en al menos en 43 mensajes de internet atacó de frente a Miguel, se metió con su familia, con su abuelo expresidente y le puso una lápida sobre su cabeza en un país en el que el crimen y el terrorismo están empoderados y gozan del contubernio con un gobierno que los tolera, los recibe y los sienta a conversar de paz. Son los socios mayoritarios de este régimen inmoral. Por eso no es momento de callar, ni de bajarle al tono. Antes bien, hay que seguir preguntando a todo pulmón ¿Quién dio la orden?




     Que la izquierda no nos pida “paz total” para escurrirle el bulto a la justicia. La izquierda no es el contradictor, sino el enemigo, como bien lo indicó el presidente argentino Javier Milei, cuando decía que a los zurdos no se les podía dar ni un milímetro porque si no te llevan puesto. Por tanto, no hay que sentarse a manteles con estos sinvergüenzas, ni salir en fotos con sus representantes, y ni siquiera darles la mano. Ni el saludo se le debe dar a esos bellacos que azuzan, matan o dejan que maten mientras nosotros apenas podemos hacerles repudio social, porque no utilizamos las mismas armas. No entiendo qué hacían algunos candidatos de derecha tomándose una foto con los enemigos después del funeral. Han acabado de sepultar por esto sus aspiraciones.

     Esta nación hay que sacarla de ese fango pestilente y recuperarla de nuevo, o más valdrá no haber nacido en ella. Si los colombianos no nos unimos en torno a unos valores comunes que nos identifiquen a la mayoría en nuestras luchas diarias, habremos perdido la patria para siempre. Paz en la tumba de Miguel.




sábado, 9 de agosto de 2025

La recompensa

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Cuento)







     Cuando vio el cartel en las noticias, Rupertino Díaz tuvo un sobresalto que casi le fulmina el corazón. El Departamento de Estado de los Estados Unidos había doblado la recompensa por el dictador Nicolás Maduro a cincuenta millones de dólares; por información que condujera a su captura y posterior condena por los delitos de conspiración, narcoterrorismo y todo el largo prontuario que ya se le conoce de sobra.

     Cincuenta millones no eran poca cosa. Había que ver que se constituía en la suma más alta de la historia ofrecida por la captura o muerte de un criminal internacional de parte de Estados Unidos. Y no solamente Maduro. Diosdado Cabello o Vladimir Padrino López también les servían a los norteamericanos vivos o muertos, siempre y cuando se comprobara que eran los verdaderos y no unos dobles para engañar a la DEA. 

     Con tan solo los quince millones que ofrecían por Padrino le habría bastado a Rupertino para solucionar sus problemas económicos por el resto de su vida, y hasta para hacer alguna que otra obra de caridad. Hacía cuentas: quince millones de dólares eran casi como sesenta mil millones de pesos, ¿para qué más? Con eso se podría comprar la casa de sus sueños, que todavía no había pensado en dónde tenía que estar ubicada; el carro de sus sueños, que tampoco había pensado qué marca debía ser; y casarse con la mujer de sus sueños, que estaba deseoso de que fuera Angelina, la mujer que él llevaba queriendo hacía diez años y con la cual no había podido concretar una relación estable y duradera. Luego se compraría una biblioteca con unos mil mil ejemplares, que sería lo máximo que podría leer en los 20 o 30 años que le quedaban de vida, y se pondría a hacer cursos, maestrías y diplomados para formarse en los temas que tanto le gustaban: Literatura, Filosofía-Política, Historia, Ciencias Humanas y Psicología de masas. Y el tiempo que le quedara libre lo dedicaría a escribir y a viajar a los lugares más tranquilos de la esfera terrestre para adquirir experiencia y llenarse de inspiración.




     Mucho temía que no le alcanzaría la vida para gastarse esos cincuenta millones de dólares. A lo sumo podría gastarse un millón dándose sus gustos tan moderados y llevando ese estilo de vida tan sobrio que solía llevar, porque, aunque tuviera mucho dinero, Rupertino era de esos hombres que no sabría qué hacer con tanta plata. Cualquiera se la podría quitar en un dos por tres y dejarlo sin nada. Por eso pensaba que los cuarenta y nueve millones que le iban a sobrar serían una buena cantidad como para que Angelina lo aceptara de una vez por todas, y así ella pudiera darse la gran vida que creía que se merecía.

     Lo único que esperaba Rupertino, es que esa gran vida se la quisiera dar ella con él, y no con algún aparecido que la sedujera al ver que ella ya era millonaria. Porque Angelina aún le era esquiva, mucho más cuando su familia lo desdeñaba y ella estaba realmente urgida de un hombre que le resolviera sus problemas económicos. Solo que Rupertino no tenía nada que ofrecerle aparte de amor puro, que es una dádiva que resulta poca cosa para la mujer del mundo moderno. 

     Pero si podía hacerse con los cincuenta millones que daban por Maduro, o la cantidad menor que daban por los otros dos; si podía ayudar a la DEA a que los capturaran o los dieran de baja, entonces él sería un hombre rico, muy rico, y quizá Angelina ya lo vería con ojos de enamorada.




     La información que poseía Rupertino sobre el dictador venezolano era muy valiosa. Consideraba que el hecho de haber tenido contactos con ex agentes de ese país en Colombia le había valido para conocer cómo funcionaba el esquema de seguridad del dictador y cómo se le podía atacar. Uno de esos contactos había sido policía de la Guardia Nacional Bolivariana hasta 2019, cuando dimitió durante las manifestaciones en el puente Simón Bolívar, ocasión aquella en que el dictador no dejó pasar los camiones que iban para Venezuela cargados con comida y ayuda humanitaria, sino que más bien les prendió fuego, y el presidente Duque, en ese entonces, dijo que Maduro tenía las horas contadas, pero se fue primero él. Este ex policía fue acusado junto con su compañero de traición a la patria por el régimen, cuando estrellaron una patrulla contra las barricadas y se pasaron del lado colombiano. Nunca más pudo regresar a Venezuela, pero este amigo le contó muchos secretos de la GNB y de Maduro con los que Rupertino podría convencer al Departamento de Estado para ganarse la recompensa. 

     Sabía que arriesgaría su vida si algo no salía bien, sobre todo cuando del lado colombiano Maduro contaba con un aliado en el poder (el sinvergüenza), el cual haría todo lo posible por entorpecer la misión secreta de Rupertino Díaz. Pero no había por qué temer. Confiaba en los americanos, que se veía que eran gente seria, y que si ofrecían una recompensa era porque estaban dispuestos a pagarla. Solo un valiente como él, que se atrevería a entregar a Maduro y a sus secuaces, sería digno merecedor de esa recompensa. Soñaba con la posibilidad de ser un héroe anónimo, y lo único que lamentaba de esa acción valerosa para con el pueblo venezolano y colombiano, porque en la medida en que cayera Maduro caería el otro sinvergüenza, era no poder decir que él era quien había ayudado a poner preso al dictador, pero Venezuela en silencio se lo agradecería. Todo tenía que hacerse bajo el más estricto secreto.




     Sin pensarlo más se comunicó con el número que aparecía en el cartel. Le contestaron en inglés, pero Rupertino solicitó que le hablaran en español. Había de por medio cincuenta millones de dólares que no podían arriesgarse en un malentendido idiomático.

     -Buenos días, ¿en qué le puedo ayudar? -le contestó un operador en perfecto español y con acento americano.

     -Gracias, estoy llamando por lo de la recompensa -respondió Rupertino.

     -¿A qué se refiere exactamente? -le preguntó el funcionario.

     -La recompensa que están ofreciendo por Maduro, los cincuenta millones. Yo tengo información.

     -¿Cuál es su nombre y de dónde nos está llamando?

     -Mi nombre es Rupertino Díaz, llamo desde Colombia, pero no les puedo decir más porque esto debe ser muy confidencial.

     -Y dígame, señor Rupertino, ¿tiene usted información que nos permita dar con el paradero del jefe del Cartel de los Soles? -le preguntó el agente con interés.

     -Por supuesto, si no, no hubiera llamado. ¿Con quién hablo yo?

     -Habla con el agente John Smith, de Inteligencia. Permítame un momento…

     Mientras el agente Smith dejaba en la línea a Rupertino, este no tenía la más mínima idea de que estaban rastreando su llamada. En menos de cinco segundos ubicaron satelitalmente la casa de Rupertino.

     -¿Señor Díaz? -retornó el agente.

     -Sí, sí, aquí estoy. ¿Qué garantía me da de que me van a pagar la información que tengo? -preguntó impaciente Rupertino. 

     -Vamos a validar su información, señor Díaz. Si su colaboración es útil, uno de nuestros agentes se encargará de contactarlo a un número cifrado que le vamos a asignar a partir del momento en que el sistema lo valide y podrá seguir comunicándose con él por ese medio. Ya no se usará nuevamente este teléfono. ¿Es conducente su información a la captura de Nicolás Maduro Moros?




     -Claro, claro, yo les voy a decir cómo lo capturan. Con esta información no se les vuela. -aseguró Rupertino-. Pero dígame, agente Smith, ¿la recompensa me la pagan en efectivo, o en cheque? ¿Y me la podrían enviar en pesos colombianos a mi cuenta de Bancolombia? También me sirve al Nequi.

     -No señor, así no es como funciona. Ya le informaremos de eso con nuestro agente encargado a través del número cifrado. Primero debemos validar si la calidad de su información nos conduce a un operativo judicial exitoso.

     -No se preocupe, señor agente -dijo Rupertino-, pero respóndame otra cosita, ¿Ustedes me pagan los cincuenta millones completicos, o me hacen descuento de ganancia ocasional?

     -Señor Díaz, esta llamada está siendo grabada. Le advierto que si usted está jugándole una broma a nuestra agencia de seguridad, podría afrontar cargos federales. -le advirtió el agente Smith con enfado. Ya un poco más calmado, agregó-: a partir de este instante, comience a declarar lo que sabe de la manera más elocuente posible para que esta sea cualificada. Dígame, señor Díaz, ¿cómo podemos capturar al terrorista internacional Nicolás Maduro o a cualquiera de sus esbirros?

     -Anote este número, agente -le dijo Rupertino, y entonces comenzó a dictarle la cifra despaciosamente-: 10.508088° Latitud Norte, y -66.919359° Longitud Occidente.

     -¿Qué significa eso? -preguntó el agente con estupor.

     -Son las coordenadas del Palacio de Miraflores en Caracas. Maduro está ahí adentro, búsquenlo ahí.

     -Señor Díaz, eso lo sabe todo el mundo. Esa información no es conducente a la captura del criminal -respondió el agente Smith indignado.

     -Claro que sí, señor -replicó Rupertino-, porque si ustedes mandan un dron a esas coordenadas y lo detonan dentro del Palacio de Miraflores, mínimo le quiebran las gafas a Cilia. Y ahí seguro cae el elefante ese, que no puede correr de lo gordo que está. Bueno, ya les di la ubicación donde se encuentra, ahora venga acá mi recompensa. ¿Cuándo y cómo me la pagan?




     Se produjo una interferencia intempestiva en la comunicación. Rupertino oyó un ruido molesto y agudo que no le permitió escuchar las últimas palabras del agente. Se hizo un breve silencio y al cabo de un rato la transmisión falló.

     -Aló, agente Smith, ¿me escucha? 

     Algo hizo remecer el techo de su casa, que se bamboleó como si estuviese temblando. Entonces Rupertino, alarmado, oyó el rumor lejano de un motor, cual si fuera el zumbido de un enjambre. El rumor creció hasta convertirse en un ruido aparatoso que hizo vibrar los cristales de la ventana. De repente un estallido lo puso en guardia. Vio un potente helicóptero sobrevolando el patio de ropas de su casa. La vibración generada por las hélices reventó las pesadas tejas de Eternit, y al instante un revoltijo de polvo y hojas secas entró movido por el aire como si una legión de demonios acechara. Rupertino intentó huir, pero ya un grupo de hombres uniformados bajaba por una cuerda hasta el techo mismo de su casa e ingresaban por una claraboya.




     -¡Deténgase! -le gritaron apenas alcanzaron el interior de la vivienda. Rupertino se paralizó por un instante, no entendiendo lo que sucedía, pero infiriendo que su momento había llegado, pretendió lanzarse por la ventana. Varios agentes con uniforme azul y cascos de metal se abalanzaron sore él y lo inmovilizaron.

     -Señor Rupertino Díaz, queda usted detenido por traición a la patria y conspiración -le gritó uno de ellos.

     -Yo no hice nada -alcanzó a decir Rupertino antes que lo amarraran de un arnés y comenzaran a subirlo por las mismas cuerdas hacia el helicóptero que permanecía suspendido sobre su vivienda destrozada-. Yo solamente les estaba colaborando a ustedes, los de la DEA, para que capturaran a Maduro, ¿por qué me capturan a mí? ⸺suplicó.

     -No somos la DEA, señor Díaz -le comunicó el comando que lo subió hasta el helicóptero y lo aventó al interior como si fuera un bulto de basura-. Somos de la Guardia Nacional Bolivariana -agregó.

     -No me pueden detener así -se defendió Rupertino en un impulso inusitado de valentía-. Yo soy ciudadano colombiano, no venezolano. Las leyes de su país no operan en mi país.

     -Cállate, coño e’ tu madre- le dijo el uniformado asestándole un golpe en la cara y dándole al piloto la orden de partir. Luego se dirigió al capturado cuando ya sobrevolaban a una altura considerable, rumbo a Caracas:

     -Venezuela y Colombia ya son la misma cosa por la Zona Binacional. El presidente de su país es aliado nuestro, y ya autorizó su extradición.


sábado, 2 de agosto de 2025

Más uribista que nunca

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

Columna







     Nunca he sido uribista, nunca voté por el expresidente Uribe ni lo apoyé para ningún cargo de poder; ni cuando fue elegido presidente de la República por primera vez en 2002, ni cuando fue reelegido en 2006, ni para su aspiración al Senado en 2014.

     En tiempos en que fue presidente estaba yo muy joven y no me interesaba para nada la política. Digamos que en ese momento era un mal ciudadano, o un ciudadano irresponsable que no ejercía su deber de votar ni de informarse bien. Ese escepticismo con que lo contagian a uno desde niño lleva en muchas ocasiones a tornarse apático frente a los temas de país. Pero entonces uno envejece y le aflora el sentimiento patrio, o simplemente se vuelve más responsable.

     Cuando se lanzó al Senado para el período 2014-2018 ya venía yo decepcionado de los políticos, porque Santos demostró con creces ser un traidor y la gente, inexplicablemente, iba por su reelección; todo el mundo esperanzado en un proceso de paz al que nunca le aposté y en el que nunca creí. Más de diez años después el tiempo demostró que tenía razón.

     Uribe también la tenía cuando defendía una inocencia que, desde entonces, ya estaba siendo puesta en tela de juicio por sus contradictores más vehementes, pero nadie le quería creer. Muchos pensábamos que a lo mejor el expresidente sí podría estar relacionado con nexos con el paramilitarismo, o que tenía alguna responsabilidad política en los llamados falsos positivos, que tampoco fueron una política de Estado como decía la izquierda, pero que por la gravedad de los hechos y la cifra contundente que poco después la justicia dio a conocer (sin poder reivindicarla hasta hoy), a uno lo acometían las dudas sobre la conducta del expresidente y más bien le dejaba eso a los jueces, porque los ciudadanos tenemos mucho que hacer. Uno continuaba informándose a medias con los noticieros sensacionalistas y los periodistas que por apoyar la paz de Santos indujeron a pensar en la culpabilidad de Álvaro Uribe. Supuestamente el que no estuviera con el proceso de paz, era un enemigo de ella; o sea, un guerrerista. Ese fue el relato que nos vendieron.




     Pero a pesar de las investigaciones, las denuncias y los escándalos que le sacaron al expresidente en estos quince años, digamos, desde que dejó de ser presidente, nada se ha podido probar en su contra. Nunca, ni siquiera hoy, que ha sido declarado culpable y le han dictado una sentencia de doce años de prisión domiciliaria, lo pudieron vencer en juicio probatorio. Lo han condenado, aunque las pruebas nunca aparecieron; aunque la juez se haya pronunciado en el sentido contrario a la lógica de un proceso que, para los que seguimos las audiencias con interés, mostraba una película muy distinta: un resiliente Álvaro Uribe defendiendo su inocencia por medio de dos monstruos de abogados que en un par de interrogatorios le desbarataron el montaje a las supuestas “víctimas”. En otras palabras, para nadie era un secreto que Uribe estaba venciendo en el juicio, demostrando su inocencia y haciendo caer a los testigos que estaban en su contra. Era casi seguro que iba a ganar, que ahí no había nada de soborno ni de fraude procesal, sino más bien que fue a él al que le violaron todas sus garantías procesales y hasta su intimidad. Un juez sensato no habría necesitado de tantos interrogatorios inútiles ni desgastar de tal modo el sistema judicial por algo que evidentemente es producto de una persecución política. 
     
     Pero al frente no había un juez sensato ni ecuánime, sino la juez Sandra Liliana Heredia, de filiación progresista y feminista, demostrada por ella misma hasta en el fallo, y nadie mejor para hacerle el mandado al régimen que un personaje de este pelambre.




     Y es que ningún juez se había atrevido a llevar las cosas tan lejos como la juez Heredia, por la sencilla razón de que no encontraban mérito para hacerlo. Fue ella la que tuvo que imponer una condena basada en sus suposiciones personales o en sus impresiones, muy seguramente sesgadas por su ideología política para hacer ver a Uribe como el más peligroso de los criminales. Para ello se dedicó diez horas a leer su propio fallo terriblemente mal, que no se entiende tampoco cómo fue que lo escribió en dos semanas si tenía una extensión de alrededor de mil páginas. Era la forma de garantizarle a la lacra petrista la continuación en el poder por muchos años más, tal vez indefinidamente, pues simbólicamente, este fallo es el pasaje a la reelección.

     De una vez lo digo, con las ganas infinitas que tengo de equivocarme: con Uribe preso, Petro tendrá el camino despejado para ser reelegido y habremos perdido el país para siempre. Es que en una contienda política los símbolos importan mucho, y el expresidente Uribe, aunque no es de derecha pura, es un símbolo muy fuerte que agrupa a los que nos ubicamos en este espectro del ideario político: un peso pesado, un contrapeso que sigue vigente para frenar las intenciones del Foro de Sao Paulo como efectivamente las frenó cuando fue presidente. Destruido este símbolo, desacreditado, derruido moral y físicamente, a la “derecha”, que no tiene una figura fuerte de liderazgo, le va a quedar muy difícil recuperar el poder, a no ser que haya una coalición que abarque a todos los partidos y candidatos del centro, la centro derecha y la derecha pura. En otras palabras, que no hay espacio para la tibieza, ni el buenismo, ni las formas “correctas” para hacer la batalla política, que en el fondo es una batalla cultural.

     Si no queríamos polarización en Colombia, ya es demasiado tarde: fue la vil izquierda la que se encargó de polarizar el país robándose un plebiscito en el que la mayoría dijo “no” al acuerdo de Santos, aunque fuera una estrecha mayoría. Polarizó cuando el sátrapa que nos gobierna, siendo candidato, mandó a incendiar el país por una medida errática del presidente anterior, y ya siendo presidente agrede en forma constante a sus opositores y los tacha de fascistas.




     Gracias a ese sicariato de tarima es que tenemos a un candidato presidencial debatiéndose entre la vida y la muerte. El candidato del expresidente Uribe, con el mismo apellido, para más señas de que todo es una orquestada persecución. Con Miguel Uribe en una unidad de cuidados intensivos, ya fuera del combate electoral, y con Álvaro Uribe purgando una condena de doce años sin poder participar en política, y ahora con la división en que anda la oposición, cada quién queriendo ser presidente por su cuenta, olvidémonos de que aquí vuelve a haber democracia. De hecho, posiblemente no haya ni elecciones, pero sí nos van a ofrecer el plato de la reelección, o cuando menos una propuesta para ampliar el período presidencial a seis años.

     Así las cosas, Petro ya no terminaría su período (según la Constitución) en 2026, sino en 2028, para tal vez darle paso al pupilo Iván Cepeda, que hoy está rebosante de popularidad en el corazón de los zurdos, y para que entonces, en 2034, el sinvergüenza del Palacio de Nariño retorne al sillón presidencial, ya no por otros seis años, sino por un período indefinido: vitalicio. De aquí a ese tiempo ya han tenido el espacio y el apoyo para implementar la Constituyente que tanto quieren convocar.



     A uno puede o no gustarle el expresidente Uribe; haberlo apoyado o preferir otras opciones, pero lo cierto es que si esto hicieron con el presidente que ha tenido el mayor índice de popularidad en la historia del país, el que más hizo por la seguridad, por aumentar la inversión extranjera y por controlar el déficit fiscal; el que le dio el gran impulso a Colombia en materia de lucha contra el terrorismo y crecimiento económico, porque este era un país que crecía al 5%; y sí, el que más subsidios le dio a las clases populares, muchos de ellos petristas que lo siguen reclamando, y eso que a mí no me gusta la subsidiaridad; si esto hacen con el presidente más querido, repito, ¿qué no podrán hacer con nosotros, pobres ciudadanos de a pie que no tenemos relevancia en esta republiqueta?

     Por eso hoy soy más uribista que nunca. Uribe era el muro de contención de esta plaga comunista que hoy nos gobierna, y un actor fundamental de la lucha política. Sin él en el escenario, la izquierda celebra a rabiar. Pero se equivocan. Los zurdos son tan brutos que lo único que conseguirán es hacer que la derecha se una. Sin saberlo, van a robustecer al enemigo.
     
     Por eso siempre es mejor una democracia imperfecta que una perfecta dictadura, como he escuchado por ahí. La democracia frágil era lo que nos ofrecía el uribismo con todos sus yerros y tribulaciones. La dictadura atroz es lo que tenemos de presente con el petrismo, que ya empezó a matar y a encarcelar opositores.



Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...