miércoles, 25 de septiembre de 2024

¿Por qué quieren matar a Trump?

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Que un hombre armado ingrese al campo de golf de la casa de Mar-a-Lago de Donald Trump en la ciudad de Palm Beach, Estado de Florida; que se esconda doce horas entre los arbustos esperando el momento en el que por allí pase el ex presidente, quien a esa hora se encuentra disputando una partida de golf con unos amigos; que ese sospechoso sea sorprendido portando un fusil AK47 con mira telescópica, y que además, cuando los agentes del Servicio Secreto lo intenten detener, se dé a la fuga disparando su rifle contra los objetivos que lo persiguen; no debe ser motivo alguno de escándalo para los adeptos al Partido Demócrata de los Estados Unidos ni para los medios de comunicación afines a dicho partido, que, de paso, son los medios hegemónicos de ese país.

     Simplemente el hecho es tomado por ese sector como una noticia más, un atentado como cualquier otro, en medio de una campaña feroz por la presidencia de la potencia occidental más poderosa: un hecho que no reviste ningún análisis sociopolítico, ninguna trascendencia, ningún cambio en el rumbo de la vida de la nación, pues al fin y al cabo Trump se ha salvado otra vez, y ya la noticia de los atentados contra su vida les parece más un asunto de locos y fanáticos, tal vez adeptos a él, que se quieren convertir en protagonistas negativos de la Historia, pero que son apenas unos lastimeros “lobos solitarios” que nunca podrán lograr su objetivo.

     Repito, este asunto ha sido zanjado de esta manera porque quienes así lo reseñan pertenecen al bando de los opositores a Trump, de los que no desean que él sea presidente, y de los que están interesados en minimizar y ocultar un hecho de una gravedad inusitada que, de concretarse, cambiaría el rumbo de la Historia mundial. Y ese hecho es que, en Estados Unidos, considerada la democracia más sólida del mundo, estén tratando de dar de baja a un candidato presidencial y expresidente de la República, y a nadie parezca importarle, salvo a él mismo y a los simpatizantes de su figura. ¿Por qué lo quieren matar?




     Supóngase, por un momento, que no sea a Trump al que quieran borrar del mapa, sino a su contrincante, Kamala Harris. ¿Qué dirían los noticieros, los periódicos, los medios del establishment? Que existe una conspiración de parte de los republicanos para acabar con la vida de la actual vicepresidente Harris y candidata a suceder en el trono a Joe Biden; que Trump ordenó atentar contra su vida y de paso darle un golpe a la democracia. Dirían que fue algún extremista seguidor de Trump, desequilibrado mentalmente, el que lo hizo azuzado por su ídolo político. Dirían que la derecha estadounidense, o más bien la ultraderecha conservadora que representa Trump, es la que ejerce la violencia sobre los ciudadanos y no respeta las reglas del juego democrático. Sería un escándalo mundial que haría levantar nuevos cargos contra el magnate por una supuesta conspiración. Luego se desbordarían en las calles los grupos violentos que responden a los intereses de los demócratas y globalistas, camuflados entre los supuestos activistas pacíficos que luchan por los derechos de las minorías, aunque muy bien financiados por ese poder invisible de las ONG’s y fundaciones regentadas por metacapitalistas interesados en romper el orden de la nación desde adentro, todo para provocar su incendio acostumbrado, como cada que vez que las izquierdas necesitan hacerse sentir.

     Sólo que esa violencia estaría justificada porque un hipotético atentado contra Kamala Harris lo harían pasar como un atentado contra los derechos humanos, no importa que en la ejecución de su protesta se lleven por delante los derechos humanos de sus contradictores. Porque, para quienes siguen la ideología política de la New Left americana, sólo valen los derechos de los izquierdos.




     Pero como se trata de Donald Trump, el candidato que más detesta la élite globalista, temerosa de que este retorne al poder y les haga nuevamente papilla sus planes de consolidar el "Nuevo Orden Mundial" de corte eugenésico y antinatalista, pues no se hace bulla, no se produce más noticia que la de informar por encima una “noticia convencional”, no se genera ninguna protesta de importancia ni se sospecha de persecución alguna contra su vida de parte de sus enemigos. Los medios de comunicación del Establecimiento, que le rinden cuentas a eso que Trump llama el Deep State, no le darían el despliegue justo a la noticia del atentado, aun si el asesino consiguiera su objetivo. Saben que no pueden darle publicidad gratis a Trump, y que nada es tan contraproducente para sus intereses como el hecho de que salga ileso de los intentos de homicidio.

     Porque, si por desgracia, en una de esas acometidas muere el expresidente, los globalistas celebrarían con furor, porque se habrán quitado la piedra en el zapato que les impedía proseguir con sus planes de dominación global para destruir la soberanía de las naciones y controlar a los seres humanos. Por eso lo quieren matar, por eso lo pintan como un tirano, un líder que conduciría a su país a la guerra. Se les olvida a los demócratas y contradictores que Trump ya gobernó una vez, con resultados económicos y geopolíticos que no obtuvieron presidentes de toda una vida de carrera política: pleno empleo, reducción de impuestos, economía en el tope de su productividad, y ningún inicio de un conflicto bélico internacional bajo su mandato. Por el contrario, bajo el cuatrienio Trump, entre 2016 y 2020, soplaron vientos de pacificación mundial amparados en la demostración de la fuerza disuasiva antes que en la violencia de la invasión armada.




     Hasta que el poder del globalismo conjuró para lanzarle una pandemia al mundo y estropear la escasa armonía que se había logrado en Occidente de la mano de un Estados Unidos que era respetado y ponía condiciones. Fueron los enemigos, y no Trump, los que patearon el tablero y se quitaron la máscara para hablarnos sin vergüenza del reseteo, del nuevo gobierno mundial, del cambio de paradigma, de la llegada al poscapitalismo, de la reorganización basada en sus agendas de la vigilancia del comportamiento, la ingeniería y el adoctrinamiento social, todo con la participación de las grandes corporaciones tecnológicas y de los grandes capitales a los que el mundo les ha quedado pequeño para colonizar, y que por ello necesitan derribarle sus fronteras políticas, ya que no pueden agrandar el planeta.

     “El mundo será de los patriotas, no de los globalistas”, fue la frase que dijo Trump en uno de sus mítines políticos, y con ello selló su enemistad contra los que no quieren que prevalezca el concepto de Estado-nación.

     “Hagamos a América grande otra vez”, es su lema de campaña, y esa frase es toda una declaración de principios para fortalecer el territorio y sus fronteras, cosa que los partidarios de la ciudadanía mundial desprecian, porque si el poder se concentra en la fortaleza de una nación con unas leyes y unos principios regidos por una Constitución Política, y así se sigue perpetuando el modelo para todos los países en democracia, a los globalistas les quedará muy difícil establecer su nefasta gobernanza, que no es otra cosa que una dictadura corporativa, tal como lo es el modelo del Partido Comunista de China: un modelo capitalista para sus gobernantes, y un modelo comunista para el pueblo.




     Porque no es lo que es Trump como persona, sino lo que representa. Ese viejo gruñón en apariencia, que vocifera y levanta el cuello con soberbia y desafía a la prensa y a sus opositores y provoca el desagrado con su particular estilo de tintes autoritarios, es el que puede darle mayor libertad económica a los ciudadanos estadounidenses en cuanto a que los conmina a participar del libre mercado, a tener iniciativa empresarial, a buscar sus propios horizontes por sus propios medios en lugar de estarlos condicionando con las ayudas estatales que se prolongan en el tiempo y no le resuelven la vida a nadie.

     Porque esa cultura del buenismo y la victimización que se implementó en el mundo a través del wokismo, que es esa ideología atomizadora y al mismo tiempo fragmentaria, no es compatible con el programa de Trump, que apela a los valores conservadores y a una referencia de sentido mucho más importante como la patria, en lugar de los atributos divisionistas de la raza, el sexo, la etnia, la orientación sexual, entre otros; que son los tópicos propios sobre los que trabaja la cultura woke, que hace de la victimización su negocio. El odio hacia Trump parte de allí: Trump es antisistema, antiglobalista, anti agenda LGTB, anti aborto, antiprogresista.

     Lo cierto es que es Trump, al que quieren matar, el que supuestamente no cree en la democracia. Qué raro, que siendo el único candidato político que en los últimos 50 años haya recibido dos intentos de asesinato, sea considerado el malo del paseo. Y que los demócratas con Harris a la cabeza, que sí han sugerido tácitamente la idea de que a Trump hay que frenarlo de alguna manera, sean los tipos buenos, los conciliadores, los pacifistas.

     Si matan a Trump, que no quede duda de que sería un crimen de Estado, organizado por alguna de sus agencias de seguridad, valiéndose para ello de un supuesto extremista alienado al que estarían entrenando todo este tiempo. Sería un magnicidio que costaría una guerra civil.




     Pero si no consiguen detenerlo por la vía violenta, harán todo lo posible para robarle las elecciones en noviembre, y será Estados Unidos otra república bananera en donde también los muertos votarán y el algoritmo del voto electrónico podría estar alterado en favor de Kamala Harris. No creamos que ella va tan bien en las encuestas que muestra CNN o los medios de la élite, porque a Kamala la están inflando para dar la impresión de que es la más opcionada, y de paso influir en el votante.

     Y si al final gana el titán, por esas sorpresas que nos da la vida, que se prepare el pueblo estadounidense para sufrir la arremetida de la izquierda violenta, que no querrá dejar gobernar y no se quedará de manos cruzadas. Un nuevo brote de violencia se cernirá sobre la Unión, y tal vez el globalismo lance una nueva pandemia o se invente la tragedia del siglo para destruir a los Estados Unidos. ¿una catástrofe natural provocada? ¿la explosión misteriosa de algún reactor nuclear? ¿Un asteroide intergaláctico sobre La Casa Blanca? No sé, no se me ocurre mucho, porque los de las conspiraciones son ellos. Siempre se ingenian una idea más macabra que la anterior.

     Por lo pronto, que Dios bendiga a Trump y no permita que lo asesinen. Si sus enemigos lo hacen le abrirían la puerta al desmembramiento de la Unión Americana. Sería la desaparición definitiva de la potencia, para regocijo de China, Rusia, Irán, y todos los interesados en la caída de Occidente.

     Pero si Trump llega, le harán la guerra a él. De cualquier modo, habrá violencia, pero habrá que dar la pelea, no dejarse imponer el relato, no dejarse quitar la libertad de pensar por sí mismo. 
     
     Que Estados Unidos vuelva a ser la patria grande que ha sido conviene a todo Occidente, hoy a punto de ser devorado por un dragón.

lunes, 23 de septiembre de 2024

Nos dijeron mentiras, como siempre

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






     Nos dijeron, hace muchos años, que la extrema izquierda nunca llegaría al poder en Colombia: eran los tiempos en que se presentaban a elecciones y sacaban apenas un puñado de votos, quedando en un cuarto, quinto, sexto lugar, porque eran minoría, mientras el asunto electoral en Colombia se zanjaba entre dos partidos importantes que después perdieron todo protagonismo y sus fragmentos fueron recogidos por las banderas de otros partidos y movimientos que, en lugar de un ideal político, representaron el ideal de un político. Así fue como los apellidos fueron tomando la forma de los ismos: el Uribismo, el Santismo, el Duquismo, el Petrismo, todos encarnando el culto a la personalidad.

     Fue solamente cuestión de dos elecciones para que, finalmente, en 2018, el candidato que lideraba las encuestas, con un pasado “revolucionario” que más bien tuvo tintes de pasado criminal, se metiera a la segunda vuelta para disputarse la presidencia con un contendor que en aquel entonces era considerado como el de la extrema derecha uribista, aunque para desilusión de los derechistas, fue un tibio centrista que dejó con un mal sabor de boca a sus electores.

     Aun así, nos dijeron en esa ocasión que los zurdos no tenían forma de llegar al poder porque las oligarquías en Colombia eran tan poderosas que siempre iban a encontrar la manera de atajarlos, a pesar de que aquellos prometieron desde junio de 2018 que harían una férrea resistencia, y vaya que la hicieron. Vencerían para el siguiente período con ayuda de la tibieza y la falta de gallardía que emanaban del mandatario en ejercicio, quien le abrió el camino a la izquierda más radical, representada por un exguerrillero que convenció a los incautos con el discurso de la victimización. Él, que en algún momento había sido victimario y nunca dejaría de serlo, se vislumbraba como el candidato más opcionado a ocupar el trono de la Casa de Nariño. Pero los porfiados todavía repitieron: “Ese nunca será presidente de Colombia porque la élite política tiene cooptada a la nación y de alguna forma le harán perder las elecciones”.




     El temor de los escépticos, como yo, se cumplió el 19 de junio de 2022, cuando Colombia torció su camino de progreso para elegir el regresionismo. Algunos lo hicieron por ignorancia, otros porque se dejaron seducir de la fábula paradisíaca que la izquierda ya venía montando con décadas de anterioridad y ahora era el momento de recoger los frutos. Apenas el ilegítimo presidente se instaló en su poltrona (ilegítimo, porque llegó con votos comprados con plata de la mafia y los grupos narcoterroristas), comenzó a activar el veneno de su ponzoña con una disertación resentida y divisionista que paralizó a la nación y la llenó de incertidumbre. Habló de la distribución de la riqueza, de no explotar los recursos minero-energéticos, de repartir la tierra, de subir los impuestos a “los blanquitos ricos” que resultamos siendo todos, de nacionalizar el ahorro pensional, de estatizar la salud; atacó a la prensa, a los empresarios, a las instituciones de defensa y seguridad bajo su control; compró a cuanto parlamentario se le quiso vender, manipuló las pruebas que comprobaban el fraude de su elección, desvió recursos públicos, lanzó cortinas de humo para tapar los escándalos, actuó como un drogadicto, un alcohólico y un inmoral, se victimizó inventándose conspiraciones y golpes de Estado en su contra, además de irse lanza en ristre contra las demás ramas del poder público para intentar ser un gobernante soberano.

     Nos dijeron “Ese no podrá hacer lo que le dé la gana, pues afortunadamente tenemos instituciones muy sólidas que no permitirán que se atente contra la democracia”. Pero eso nos dijeron porque en el pasado ningún presidente se había atrevido a destruirlas. El exguerrillero de la casa presidencial las atacó, demostrando así que estas no son tan fuertes como se creía, y que nuestra democracia es débil y quebradiza.




     Desastres aparte, ató de pies y manos a la Policía y al Ejército, cuya obligación es asumir la defensa de la nación, pero en vez de eso se los sirvió en bandeja de plata a los terroristas para que los masacraran. Puso su Fiscal de bolsillo con la intención de frenar todas las investigaciones en su contra, amedrentó a los magistrados de la Corte Constitucional, y ahora presiona al Consejo Nacional Electoral para que archive la investigación por volarse los topes de financiación de su campaña política. Amenaza constantemente al pueblo con sus mal llamadas “guardias indígenas”, “fuerzas populares” o “jóvenes en paz”, que no son otra cosa que grupos violentos que están por fuera de la ley para ejercer presión e infundir miedo a quienes no estén con él. En otras palabras, son los paramilitares de su gobierno. Obra en favor de los delincuentes y en contra del pueblo de a pie, insulta a la prensa que denuncia sus pillajes, y está echando abajo el futuro de la nación en todos los órdenes como si fuera un rey Midas de la mierda enloquecido y paranoico, porque en eso se convierte todo lo que el ilegítimo toca.

     Tiene en sus manos la libertad, la seguridad y la tranquilidad de los ciudadanos que vivimos todos en una completa incertidumbre, esperando que cese la horrible noche sin saber que estamos bajo el dominio de un déspota tirano que no dudará en utilizar su aparato de represión con la excusa de que somos unos asesinos que lo queremos matar solamente por la necesidad de expresarnos gritando “¡Fuera Petro!”.

     Aquellos que nos dijeron que la izquierda nunca llegaría al poder, que si llegaba sería una izquierda “humana” que buscaría reivindicar los derechos y abogaría por acabar con las desigualdades en lugar de ser otra pata más del Socialismo del Siglo XXI, estaban completamente equivocados, como lo están ahora que nos dicen que esto sólo es cuestión de cuatro años y que faltan poco menos de dos.




     Hoy nos dicen, los que nos dijeron que no podría pasar nada, que ya toca esperar hasta 2026 para que vuelva a recuperarse la confianza en el país; para que renazca de nuevo la esperanza y olvidarnos para siempre de este capítulo aciago de la historia patria en el que, por brutos, ignorantes o mal intencionados, a muchos colombianos les dio por beber de las hieles amargas del socialismo, y que eso será justo cuando se opere el cambio de gobierno. Nuevamente se equivocan, piensan con el deseo o no quieren activar las malas energías: cuando el socialismo llega a un país es para quedarse para siempre. ¿Acaso no tenemos suficientes espejos en la región que dan cuenta de ello?

     Nos dicen que hay que activar el Artículo 109, nos embolatan con cantos de sirena pidiendo el juicio del presidente, y este, mientras tanto, anuncia que le quieren dar un golpe de Estado para blindarse así ante la ley que tiene en contra. De modo que si lo condenan no será un fallo en justicia, sino un golpe a la democracia, y he ahí el propósito de alimentar las jaurías rabiosas que este financia con el dinero de los contribuyentes: los colectivos petristas, al mejor estilo de la dictadura de su amigo y vecino, saldrán a incendiar el país en su nombre, como ya hicieron una vez, y esta vez sin nadie que los detenga.

     Nos siguen alimentando la falsa esperanza de nuestra tradición democrática; otra vez que las instituciones, que los gremios, que los grupos económicos, que la oposición, que los medios de comunicación, que, en últimas, el Ejército.

     Pero yo no veo tal democracia, si esta quedó rendida cuando la corrompieron con la plata de la mafia, que hasta hubo confesión del hijo del presidente, pero jamás una investigación ni un fallo en firme. Cuál democracia, si quedó probado que el dinero corrupto la puede comprar.




     No veo tampoco la fortaleza de las instituciones que ya fueron feriadas a los simpatizantes del régimen y están haciendo lo posible por despojarlas de su autonomía. La Fiscalía es ya un enemigo peligroso que usurpó la Constitución, la Procuraduría no tiene voz ni voto, la Contraloría menos, y la Defensoría del Pueblo es una oficina de adorno.

     No veo a los gremios uniéndose, sino cada cual luchando por separado por sus propios intereses, señales de que algunos todavía respaldan la podredumbre de este gobierno.

     Los empresarios a lo mejor están negociando su salida, dejándole algunas empresas al aparato petrista y sacando del país todo el dinero que puedan sacar.

     La oposición, por su parte, está más preocupada por anunciar candidaturas que por hacer lo que corresponde en su ejercicio público. Los veo muy mansos, muy conformes con lo que está sucediendo, o muy resignados a perder el país. ¿Estarán negociando también para convertirse en una falsa oposición que apenas da discursos y nada más? Ya saben a cuál oposición se está pareciendo la nuestra. Por ahí gritan, manotean, hacen declaraciones, dan entrevistas, pero todo se queda en meras palabras. La oposición sólo está pensando cómo retomar el poder, y por ello, posiblemente, lo volverá a perder en 2026.




     Así las cosas, espero equivocarme al dar este pronóstico tan pesimista. Pero como sabemos, un pesimista no es otra cosa que un optimista bien informado. El problema es que aquí estamos en este blog para decir las cosas como son, no para decir lo que la mayoría queremos escuchar, como aquello de que la izquierda saldrá en 2026. No, no se irá más nunca hasta que no tengamos un proyecto de país diferente al del caudillismo que nos viene acompañando desde la época de La Violencia, tal vez desde mucho antes.

     Petro no lleva treinta años dando bala y otros treinta viviendo de la teta del Estado y buscando llegar al poder solamente para gobernar cuatro años. No seamos tan ingenuos, que el tipo se va a hacer reelegir, en cabeza propia o ajena, por la razón o por la fuerza, por votación popular o por fraude cantado, por la vía de la democracia o la vía de la anarquía violenta, como le gusta a él. Como sea, intentará prolongarse en el poder el tiempo que estime conveniente. ¿Acaso un dictador de izquierdas entrega el mando pacíficamente? Mucho menos lo hará Petro, que ha demostrado ser un ególatra, un narcisista y un psicópata capaz de cualquier cosa.

     Se trataba de que no llegara el virus socialista a Colombia. Ya ha llegado, ya está actuando en el cuerpo de la patria; ya prácticamente hemos perdido el país. Lo que queda será marcharse o aguantar la arremetida. Nos dijeron que no íbamos a ser como Venezuela porque supuestamente ya estábamos así en el gobierno anterior. Falso, nunca lo estuvimos, pero también nunca hemos estado tan cerca de serlo con este gobierno. Nos dijeron mentiras, como siempre.



domingo, 8 de septiembre de 2024

El capitán que no se hunde con su barco

Por Juan Felipe Giraldo Trejos








      Ha huido Edmundo Gonzáles a España. Se ha exiliado, se ha fugado. Ha abandonado a quienes se jugaron la vida por él y por María Corina Machado en la misión suicida e imposible de derrotar la dictadura a través de la senda democrática. Sabiendo que una dictadura como la del asesino Maduro y su corte de criminales nunca se doblega por las buenas, sino por las balas.

     Pero María Corina, a través de Edmundo, quiso jugar el juego ingenuo de la democracia, y con una perseverancia y un impulso al borde del heroísmo le demostró al mundo que, en efecto, Venezuela sólo desea ser libre del tirano. Lo demostró por la vía de los votos, pero no logró cambiar nada.

     Sí, Edmundo Gonzáles es, a la luz del mundo libre, el presidente electo de Venezuela, porque la comunidad internacional democrática reconoce que le han robado las elecciones. Sólo que este reconocimiento es tan simbólico y estéril como las medallas que le dan a los perdedores por participar.

     Anticipo que el 10 de enero de 2025 el tirano Maduro se posesionará nuevamente ante las “ramas independientes” que él mismo rige, y que seguirá fungiendo como eterno dictador. Y Edmundo, ya exiliado en España, difícilmente querrá regresar a pelear por lo que le robaron. No tiene alientos para hacerlo, no tiene la edad, no tiene la valentía. Se juramentará como el nuevo presidente de Venezuela a través de una pantalla, a la distancia, y el mundo dirá que ese es, pero todos sabremos que no será; que ello simplemente es un protocolo simbólico y que nuevamente Venezuela tendrá dos presidentes: el tirano de siempre, que es el que en realidad manda a su antojo, y el elegido por el pueblo, el que lo es apenas con el deseo, pues carece de poder y ya ni siquiera estará presente, como un padre que escapa de su responsabilidad.




     Ha huido Edmundo Gonzáles porque sencillamente es un abuelito cansado, al que se le nota que le quedó grande la misión. El pobre no sabe en la que se metió, en la que lo metió María Corina pensando que de verdad la transición sería un asunto mediado por la voz del pueblo. Pero Venezuela es un pueblo que se quedó sin voz, que no tiene quién la represente. Pudo ser que Edmundo negoció con el régimen su exilio para que no lo fueran a capturar. Él, que es un viejecito acostumbrado a los buenos tratos, no habría resistido la prisión, y si tenía que elegir entre morir allí o reunirse con los suyos lejos de la hoguera, pues lo lógico era que hubiera preferido salvar su pellejo.

     María Corina, por su parte, ha debido estar enterada, pero no ha debido estar muy contenta con la noticia. Se habla de estrategia, de posibilidades de restablecer la democracia desde afuera, que para eso Edmundo salió a buscar el apoyo internacional. Pero no nos digamos mentiras, que la oposición venezolana nunca tuvo una estrategia, un plan B. Si Edmundo como capitán del barco fue el primero que lo abandonó, las vidas de los manifestantes que se perdieron fueron en vano. ¿Qué decirles a los familiares de los 23 valientes que salieron a pelear por la libertad y que fueron vilmente asesinados? ¿Qué decirle a los más de dos mil quinientos que hoy están presos y torturados en las mazmorras del régimen, suplicando que alguien se apiade de ellos, mientras Edmundo, el elegido, se va a dormir a un país socialista, por demás, a disfrutar de una cama caliente y una buena comida?




     Y realmente fue valioso lo que en su momento hicieron María Corina y Edmundo al poner en evidencia el fraude, y muy loables los llamados a las marchas, y muy admirable la actitud con la que salieron a pelear el resultado de las elecciones manipuladas que dieron a Maduro como ganador cuando en realidad no fue así. Pero, al parecer, no fue más que eso, impulsos repentinos para gritar que “vamos hasta el final”, que “la dictadura va a caer”, que “Dios está de nuestra parte”, sin dimensionar que Dios de pronto ayuda a los que tienen un objetivo férreamente trazado, un empeño ciego en no desfallecer incluso si eso significa morir en el intento. A la oposición se le acabó la gasolina. Su determinación no fue más que flor de un día que no tuvo la suficiente fuerza en sus pétalos para resistir el vendaval chavista. No dio para más, pudo más el miedo a la muerte.

    Todavía queda la valiente María Corina hasta que el régimen también la obligue a salir antes de ir por ella. Porque con toda la tecnología satelital que tiene el tirano, proporcionada por la China; con todos los medios a su alcance para dar con una persona, uno no entiende por qué María Corina todavía no ha sido arrestada. Y no es que yo quiera que eso pase, pero conociendo el alcance de los hampones que manejan Venezuela, ninguno de sus enemigos tiene chance de salvarse de la muerte o de la cárcel si realmente lo consideran un peligro. Como sucedió con el piloto Óscar Pérez en 2018. ¿Acaso hay otra negociación de por medio? ¿Será que lo que hemos visto en estos días han sido simples chispazos de una falsa oposición que solamente se prestó para hacerle el juego al régimen? No sorprendería si así fuera. Ya otros nombres hemos escuchado en Venezuela que se han doblegado a la dictadura, ya sea por temor, o porque la oferta de dinero era imposible de rechazar: Leopoldo López, Juan Guaidó, Enrique Capriles. Espero que Corina no sea otra de las mismas. No sería justo que a la hermana república la traicionen una vez más, eso ya es demasiada felonía.




     Y qué bien le cae este exilio al régimen, cuánto peso se quita de encima, cómo le ayuda esta huida a lavarles la cara. Porque ya no tienen la presión de capturar a Edmundo, lo cual los habría hecho ver como unos tiranos absolutos. Y esperan que María Corina haga lo propio. Debe ser que por eso le están dando tiempo: Maduro quisiera arrestarla, torturarla, pero más le conviene que se vaya. No quiere cargar con otro desprestigio internacional, aunque si piensa que es absolutamente necesario, no dudaría en hacerlo.

     Así las cosas, sin plan B a futuro, sin una esperanza de salir de la dictadura, Venezuela se prepara para otros cinco años más de hambre, desplazamiento, miseria. Y de paso se lleva puesta a Colombia, porque la libertad de Venezuela era la libertad de Colombia, también en garras de un megalómano comunista y artero. Entonces volverá la oposición en cinco años a presentar un candidato o candidata, y volverán a decir que ahora sí se dará la transición. Y los venezolanos estarán tan acostumbrados a la derrota moral que les ha propiciado el socialismo, que ya no querrán creer en renovados vientos de libertad. Su pensamiento se habrá convertido en parte del problema, porque al no operar la transformación moral y espiritual que necesita un pueblo para superarse, no sobrevendrá la ansiada transición. Ya ni les importará su propia suerte, como sucede con los habitantes de la desvencijada Cuba, que le apunta a celebrar 70 años de dictadura.




     Lo otro es que si cae Maduro y se encumbra un nuevo gobierno, ¿qué va a ser este con todos los chavistas? ¿Cómo cambiar la mentalidad de un pueblo condicionado a recibir subsidios y migajas? ¿No intentarán nuevamente los viejos partidarios del chavismo, acostumbrados a estirar la mano, enseñados a vivir del gobierno, ya sea porque no quieren o porque no pueden trabajar, armar otra revolución violenta para retomar un poder que los venía alimentando en forma parasitaria? Porque no basta con que cambie el gobierno si no se cambia la cultura del pueblo al que le han inculcado que es pobre exclusivamente por la culpa de otros y que no hay manera de salir de allí si no es a través de un Estado benefactor. Si alguna vez llega un nuevo líder a Venezuela que quiera quitar los planes y los privilegios de algunos, lo van a rechazar con encono. No querrán aceptar las herramientas sustitutas para salir de la miseria, como la educación y el trabajo. Preferirán armar otra revolución hasta que regrese nuevamente el chavismo a prometerles la “reivindicación” de sus derechos.

     Es que así es la enfermedad del socialismo: ataca a aquellos pueblos que no se han concientizado de su deber de trabajar y sembrar para el futuro. Por eso, si alguna vez se restituye la democracia en Venezuela, hay que hacer toda una campaña de educación y concientización cultural a la par con la restitución del poder para comenzar a trabajar por un país diferente.

     Por ahora no se puede esperar nada con la actitud cobarde de un señor que más bien se marcha para no molestar al régimen. Queda en manos del pueblo sublevarse, o terminar de marcharse también.

miércoles, 4 de septiembre de 2024

Paro sobre ruedas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Mi padre fue camionero gran parte de su vida. Su pasión fueron los carros desde muy joven, cuando aun siendo un imberbe salió del campo a la ciudad para desempeñarse como latonero, y después como pintor en el taller de un concesionario. No solo fue su primer trabajo al jornal, sino también el primer peldaño de una extensa trayectoria en la que tuvo que escalar a punta de esfuerzo y trabajo duro. Más tarde alguien le enseñó a mover los vehículos dentro del taller; a parquearlos hacia adelante y en reversa para facilitar las labores al interior. Otro día se quedó viendo embelesado cómo el mecánico armaba un motor y luego lo ponía a trabajar ya instalado, revolucionándolo y explicándole a mi padre el funcionamiento de la mecánica de motores de combustión. Con el paso de los meses y algo de curiosidad y astucia de su parte, algún día resultó manejando un camión sin que nadie le enseñara formalmente, o apenas con unas cuantas instrucciones básicas. Y entonces se lanzó a la carretera y se descubrió en el nuevo oficio de chofer, como se le conocía en ese entonces a los conductores sin que se ofendieran por ello. Primero condujo un camión sencillo, pero cuando llegaron las primeras tractomulas al país, mi padre dio el salto y se desempeñó como chofer de tractomula durante muchos años.

     Así fue hasta que un día logró hacerse a su propio vehículo. De ahí en adelante le sonrió la prosperidad después de muchos trasnochos y jornadas interminables recorriendo las carreteras del país, resistiendo los embates del sueño y sorteando los obstáculos y los peligros en esas faenas sin horario en las que se tenía en mente el propósito de llegar a un destino sin saber exactamente con qué se iría a encontrar en la siguiente curva. Trabajó, ahorró, tuvo una meta, y en menos de lo que creyó posible, dejó de ser camionero y pasó a ser transportista. Los años ochenta lo sorprendieron con una mini flotilla de tractomulas que le permitieron amasar una pequeña fortuna con la que ni siquiera soñó siendo niño. No fue un hombre rico, pero era más de lo que podía esperar.




     Eso sí, siempre se mantuvo dentro del gremio del transporte, que fue el negocio que nos dio de comer a todos en nuestra familia y gracias al cual mi padre nos pudo sacar adelante. De manera que estoy muy familiarizado con el ambiente y el lenguaje que habla sobre fletes, planillas, despachos, cargues y descargues, repuestos, ACPM, talleres de mecánica, liquidaciones, traspasos, revisados; en fin, todas las palabras y conceptos que conciernen al transporte de carga, gremio en el que mi padre se desenvolvió con éxito la mayor parte de su vida.

     Por esa razón conozco de sobra los motivos que angustian a un transportador, cuáles son sus más agobiantes presagios, cuáles sus más hondas preocupaciones.

     Y aunque el transportador se vea avocado a amanecer algún día varado en carretera en un país en donde es común el asedio de los grupos criminales que se deleitan quemando tractomulas para infundir terror; aunque tenga que lidiar con vías en mal estado o arriesgarse a pasar por caminos estrechos, resbalosos, rodeados de precipicios salvajes en los que en una mala noche puede sucumbir en el vacío; aunque tenga que abusar del cuerpo porque muchas veces necesita llegar a tiempo a su destino pasando por alto el hambre y el cansancio, luchando contra el microsueño que lo lleve a un final fatal, exponiendo su vida a los accidentes que son el pan de cada día en las carreteras del país; aunque tenga que bajarse a cambiar una llanta en plena tormenta en el páramo o bajo una resolana de sol insufrible en la costa, y revolcarse en un pavimento áspero y quemante para salir de una emergencia ocasional mientras llega a un taller; aunque tenga que mantener en vilo la respiración cada vez que pasa por un lugar en donde sabe que lo pueden abordar los saqueadores de mercancías, y vaciarle la carrocería en cuestión de segundos sin saber si le dejan la opción de huir o tener enfrentarse a ellos para no ser tomado como un cómplice del robo; aunque tenga que luchar en las empresas por conseguir la mejor carga y luego verse sometido a tener que aceptar el flete más barato, rozando casi que con un viaje al límite de la pérdida porque seguramente su vehículo no es de un modelo nuevo y la carga que le dan es la más engorrosa de llevar; aunque tenga que exponer su camión, su capital sobre ruedas, a los riesgos de un negocio en el que en un mal cálculo se puede ir todo al diablo y quedar en la ruina; a pesar de todo eso, no hay amenaza más contundente para un transportador, y a nada le tiene tanto miedo, como al aumento del precio del combustible.




     Ese es el fantasma que ronda su alma, y su anuncio en las disposiciones económicas del gobierno es aquello que le hace descomponerse hasta el punto de dejarle salir algunas lágrimas. Nada más escuchar en las noticias que “el gobierno autorizó un alza en el precio del galón”, y el ánimo del transportador de carga cae al piso, como derribado por un gancho propinado por un contendor inexpugnable. La gran derrota del camionero es que le suban el precio al insumo principal de su actividad: en este caso, el ACPM.

     Porque el camionero, aquel que hace circular la economía del país en su vehículo seriamente estigmatizado por contribuir de modo significativo a l tráfico en las carreteras y a contaminar el medio ambiente, no quisiera subir el importe de su actividad más allá del aumento que cada año determina la Ley en lo relativo al costo de vida. El camionero quisiera que el precio del flete fuera justo, tanto para él como para los empresarios que despachan sus mercancías, y que no tuviera que subirlo más de una vez al año, sino que fuera un elemento de permanencia para poder tener la tranquilidad suficiente que se necesita para ser un buen transportador. Sólo que si se produce una subida desmedida en el precio de su materia prima, este también tendrá que cobrar más por llevar las mercancías de un lugar a otro, pues no puede trabajar a pérdida. Y en últimas, quien tiene que asumir el costo de esas alzas de combustible no es otro que el consumidor final: aquel parroquiano como cualquiera de nosotros que tiene que pagar más por los alimentos y los bienes de todo tipo.

     En este sentido recuerdo a mi padre cuando se quejaba cada vez que le subían el precio a las llantas, a los repuestos, a los parqueos, a los peajes, al rodamiento, pero sobre todo al ACPM. Y luego las empresas se negaban a subirle el precio a los fletes porque aquello aumentaba los costos de su producción. De esta forma, por mucho tiempo, los transportadores tenían que tragarse el aumento y trabajar recibiendo menos utilidades, hasta que se unían a través de sus agremiados y exigían al gobierno aumentar los fletes o que les bajaran el combustible. Llegado el momento, en muchas ocasiones hubo que ir al paro: no prestaban más el servicio hasta que sus condiciones mejoraran.




     Pero en los tiempos de mi padre los paros eran realmente para parar. Las tractomulas y camiones se quedaban detenidos en sus parqueaderos y todos los camioneros dejaban de trabajar. Mi padre tampoco sacaba sus vehículos, no sólo por solidaridad, sino por el peligro de que los carros que salían a prestar el servicio y que no se acogían al paro eran apedreados por los mismos compañeros de su gremio.

     Sin embargo, en Colombia hizo carrera la costumbre de que los paros sean violentos. Una forma de violentarlos es a través del bloqueo de las carreteras, en este caso, con los mismos tractocamiones. Y no sólo lo han hecho los transportadores, sino también los taxistas, los indígenas, los sindicatos, los mineros, los cocaleros, y cualquier gremio o grupo que se sienta con algún poder en este país. Con el poder no sólo de privar de su servicio a la comunidad, sino también de paralizarla y limitarle su libre movilidad, lo cual es atentatorio de la Ley, y además, una injusticia latente.

     Sé que mi padre, solidario con el paro, habría guardado su vehículo cuando el gremio diera la orden, pero jamás se habría prestado para obstaculizar con él la salida de una ciudad, la vía pública por donde otros, con otras urgencias y otras necesidades, también tienen que movilizarse: viajeros que deben llegar al aeropuerto a abordar un vuelo programado con meses de antelación, enfermos que necesitan llegar a un examen médico, también programado desde hace varios meses, y muchos con situaciones que no dan espera, como pacientes que necesitan hacerse su diálisis, padres de familia que van a recoger a sus niños que salen del jardín infantil, trabajadores que requieren llegar a su sitio de trabajo y no se pueden permitir la excusa del paro camionero, en fin. Como sea, tienen que llegar, y la opción de caminar horas y horas, tras de que es la más peligrosa, es la más inhumana.




     Hoy, cuando los camioneros con toda razón protestan por la infame subida de $1900 al galón de combustible, el país está a las puertas de un nuevo “estallido social”, y esta vez sí que sería social, no como en 2021, que fue una toma violenta de grupos criminales urbanos de diversa índole alentada por quienes hoy están en el poder y que ya no ven con buenos ojos la protesta que en aquella ocasión decían que era “pacífica”.

     Y me sigo sosteniendo en que ninguna protesta que tenga por objeto bloquear el paso de los ciudadanos puede ser pacífica, como no la está siendo la protesta de los camioneros actualmente, a pesar de que tienen toda la razón para protestar. Apoyo su causa, pero no la forma de hacerlo si tienen que impedir la libre circulación de las demás personas que están igual o más afectadas por la situación.

     Seguramente muchos de los que protestan votaron por el sujeto que hoy funge como presidente, creyendo en sus promesas y en que los iba a representar porque “era un hombre que venía del pueblo”. Muchos taxistas también lo hicieron; muchos arroceros, paperos, sindicalistas. Ya que el presidente en cuestión ha resultado ser un fraude, no sé si se arrepientan de haberle dado su apoyo. El hecho es que ahora que necesitan ser escuchados, probablemente el gobernante de turno les dará la espalda.




     El problema es que ahora que tocan el ACPM, los transportadores sí se decidieron a protestar, pues están tocando sus propios intereses. ¿Por qué, si su gremio es tan fuerte, no iniciaron la protesta cuando comenzó la subida de la gasolina y de paso hubieran apoyado a los taxistas, motociclistas y ciudadanos del común que requieren trabajar por medio de un vehículo? Más hubiera valido la unión de muchos gremios para hacer una protesta conjunta, donde todos los sectores del país dejaran oír su voz, y no la de un solo sector que seguramente terminará negociando con el gobierno, aceptando alzas graduales y extendidas en el tiempo para que el golpe sea menos duro de asimilar.

     Así, el paro sigue sobre ruedas. Defiendo a la mayoría de los transportadores, porque al igual que le tocó a mi padre, ellos trabajan bajo las condiciones más adversas. No así a los grandes potentados del transporte que hicieron del sector otro monopolio en el que sacaron del camino a los que otrora eran los humildes camioneros como mi padre, e hicieron su fortuna convirtiéndose en otra especie de mafia.

     Hay algo que no me convence del todo, y es esa terquedad por bloquear las vías que son para el uso público, perjudicando a los demás. Sospecho que los que dirigen el paro también tienen sus propios intereses, y a lo mejor no representan al camionero raso; ese que sólo tiene su carrito para trabajar, sino a un grupo poderoso que terminará pactando con el gobierno, cooptado por la magia de la chequera y la repartija, mientras en el mediano plazo el camionero de abajo, una vez más, tendrá que tragarse el sapo del aumento del ACPM, y los ciudadanos que no andamos en camión, sino a pie, tendremos que racionar nuestro consumo ante la carestía que está por venir. Al fin y al cabo, el que “paga el pato” siempre será el pueblo.


Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...