sábado, 24 de abril de 2021

Hay que ser muy bruto

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Hay que ser muy bruto, o muy mal intencionado, o estar a punto de explotar, como para promover un Gran Paro Nacional en medio del peor pico de una pandemia que nos está dejando ya quinientos muertos diarios. Yo digo que son las tres cosas juntas: a punto de explotar está el pueblo; mal intencionados los políticos oportunistas que promueven la anarquía con su grito de “resistencia, resistencia”; y brutos los que saldrán a la calle a gritar la consigna el próximo 28 de abril, cuando vayan en oleadas a contagiarse y a esparcir el virus que luego llevarán para sus casas.

    Hay cosas que son de sentido común. El incremento de las muertes y los enfermos que está arrojando el Covid debería ser una muy buena razón para posponer la protesta, que por cierto parece ser el único derecho fundamental en este país, por encima del derecho a la vida, a la salud, y a la libre movilización.



    Hay que ser muy bruto, o un muy descorazonado, o no importarle una pizca el pueblo, para salir a proponer al Congreso una reforma tributaria con disfraz de “Ley de Solidaridad” en la que se grava con IVA todo lo que no tiene ese impuesto, se persigue al pequeño empresario, y se arruina a la clase media trabajadora, y a la población en general con la consecuente carestía que implica gravar la canasta familiar, aumentar el precio de la gasolina, del transporte, de los servicios públicos, los arriendos, y en general todo el costo de vida. Pobreza y más pobreza es lo que propone el gobierno como solución, y justo en este momento en que la gente apenas trata de asomar la cabeza después de lo que ha sido y sigue siendo esta terrible pandemia que nos ha golpeado a todos, y que llevó al hambre y a la ruina a muchos ciudadanos, como para decirles ahora que tendrán que pagar más impuestos. Lo digo, hay que ser muy bruto.




    Hay que ser muy bruto, o vivir en el país de las maravillas de Alicia, como para prometerle al país una Copa América en un momento en el que el fútbol es lo de menos. Se nos muere la gente, señores del gobierno, y en lugar de fútbol lo que se necesitan son vacunas.

    Hay que ser muy bruto, o muy inconsciente, o importarle un bledo la familia como para seguir saliendo a reuniones y a beber trago, y a estar en francachelas y comilonas, y asistir a conciertos y recibimientos multitudinarios de cantantes de poca monta cuando la realidad nos está sobrepasando. Es que la cifra no es menor: quinientos muertos. Quinientas familias que están hoy pasando el dolor que yo llevo pasando desde noviembre, cuando esta maldita tragedia se llevó a mi padre. Ya suficiente es con que nos tengamos que arriesgar en el transporte público por tener que salir a trabajar; allí donde no hay distanciamiento ni bioseguridad porque eso es tierra de nadie, y los gobernantes apenas improvisan, inferiores como fueron al reto que supuso este virus. Y sin embargo los ciudadanos no aprendemos, y ni siquiera somos aptos para llevar un simple tapabocas de la manera correcta. Y el personal médico, cansado y a punto de desfallecer, nos suplica que por el amor de Dios nos cuidemos y salgamos solamente a lo más elemental.




    Hay que ser muy bruto, o un desconectado de la realidad, o un perverso para calcular que una docena de huevos vale mil ochocientos pesos. El ministro Carrasquilla selló aquí la derrota de su reforma porque también sería muy bruto, o muy corrupto el Congreso, si se la aprueba.

    Y vaya que la brutalidad le podría salir cara a este gobierno cuando el próximo miércoles salga el pueblo a las calles y lo ponga contra la pared. Sólo espero que la protesta sea pacífica y al menos se avance con cierto distanciamiento entre las personas para disminuir el riesgo de contagio, ya que no vamos a poder persuadir a los organizadores del Paro de que lo pospongan unos días. No crean, yo también estoy en contra de la Reforma Tributaria y me uno al clamor, pero ojo con lo que puede pasar, y sobre todo ojo a los políticos que desde sus cuentas de Twitter se quieren apropiar del sentimiento patrio para después mostrarse como los grandes redentores.



    Hay que ser muy bruto, lo admito, para pensar que el Paro será pacífico o será una manifestación espontánea del pueblo que se quiere hacer sentir. La experiencia nos dice que el cien por ciento de las últimas jornadas de protesta terminó con disturbios. Ya vamos viendo cómo se están manejando los hilos de esta nueva convocatoria a paro: se anuncian bloqueos, se vaticinan ataques a los bienes y al transporte público, se convoca a una parálisis total del país para orquestar lo que podría ser un movimiento vandálico y violento que ponga en vilo a la Policía y al Ejército, quienes muy seguramente utilizarán sus armas contra aquellos que puedan atacarlos, corriendo el riesgo de que las utilicen mal, con el consecuente saldo de muertos y heridos que podrían resultar justo ahora en que no hay capacidad hospitalaria para atender a nadie. Por favor, no seamos brutos.  




    Todo esto lo digo porque veo a políticos, a periodistas, a profesores y a dirigentes sindicales calentando el ambiente, y mucho cuidado que el colombiano de a pie es una caldera a punto de estallar. Claro, el gobierno será el gran responsable si algo llega a suceder, pues su embeleco de Reforma Tributaria ha sido una bofetada para un pueblo cansado de tanta humillación. Pero por favor, moderación ante todo; no seamos tan brutos para llevar este país a una destrucción que después tendremos que pagar los mismos ciudadanos para su reconstrucción, y adivinen con qué… con impuestos.


sábado, 17 de abril de 2021

Algo hay podrido en Nueva York

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    “¿Dónde está la gente bonita de Nueva York?, ¿Qué pasó con la magia de este lugar?”, le pregunto a mi madre un tanto decepcionado cuando caminamos por la 42 street de Manhattan, extrañado de no ver a los turistas que siete años atrás, cuando estuve por primera vez, pululaban como hormigas por esas calles; ni las rubias neoyorquinas, tan agraciadas y elegantes que pasaban al lado y lo dejaban a uno derretido de las ganas; ni la variedad de luces, distracciones, artistas, guías turísticos y demás que se encuentran como arroz en esta zona de la ciudad. Sí había algunos, no digo que no, pero faltaban, y uno está acostumbrado a que en Nueva York todo se produce en abundancia.

    “Por una parte, estamos saliendo del invierno…”, me dice mi madre, “…y en esta época esto es más bien solo. Por otra parte, la pandemia pegó muy duro y apenas están comenzando a reabrir los parques y el comercio. Hay que esperar al verano, cuando ya la gente va a querer salir”.



    Pese a la razonable explicación, yo no dejaba de preguntarme: “¿Dónde está la alegría, el espíritu de fascinación que despierta la ciudad que nunca duerme y que parece muerta?”, continuaba cavilando en silencio, sintiendo que había en el ambiente algo más que la inactividad que suscita el frío y la animadversión que dejó el virus.

    Sí, a lo mejor había llegado en la época equivocada, y varias veces se lo recalqué a mi madre: “Aquí hay que venir, pero a mitad de año. En este tiempo de frío no vale la pena”, le dije cada que me sentí vapuleado por la baja temperatura, y más de una vez ella me respondió: “¿Frío?, pero si 50 grados Fahrenheit es un clima muy bueno. Estamos en primavera, ya no hace tanto frío como en enero o en febrero”, me dijo intentando convencerme además de que era conveniente que yo probara Nueva York en todas sus variaciones climáticas, y no solamente en el verano, que también es otro extremo. Como para irme adaptando por si algún día… me toca.

    De modo que acepté las dos razones que me produjeron el sinsabor: la del invierno, que en esta ciudad golpea como con un mazo de hielo; y la de la pandemia, que sigue azotando por todo el mundo como un demonio maligno, aprovechándose de los más débiles y dejando un reguero de muerte.

    Hace apenas un año New York era el epicentro que hoy es India, pero no se ha podido recuperar del todo. Por fortuna la emergencia hospitalaria se ha superado, aunque en todo Estados Unidos no se rebaja de mil muertos diarios. Se está vacunando a dos manos, y el que no tenga la vacuna es porque no quiere. Podrá no ser una garantía para no contagiarse, pero al menos se vive con la conciencia de que se está haciendo lo que se tiene que hacer.




    Había algo más —aparte de la desolación en las calles y la falta de alegría— que me ensombrecía el ánimo, sin saber exactamente qué era. Lo noté en una esquina mientras esperábamos a que el semáforo cambiara, inspirando profundo, pues estaba sofocado por el tapabocas. Entonces el viento me dio la respuesta para explicar ese ánimo lúgubre que sentí caminando por las calles de Manhattan. Era el olor a marihuana.

    Por alguna razón que desconozco, a lo mejor porque un antepasado mío de otra vida fue un marihuanero rehabilitado, el olor a esa hierba alucinógena es uno de los olores que más detesto en la vida. Me dirán que hay olores peores, como el del sahumerio o el del Cirio Pascual que se enciende en las iglesias católicas, pero al menos este sirve para invocar la presencia de Nuestro Señor Jesucristo. El humo de la marihuana, en cambio, es el medio para invocar al Diablo. Al menos para mí no hay cosa más abominable que ese aire de descomposición humana. Es algo personal, lo sé.



    Hay olores que nos evocan buenos sentimientos, buena vibra, como dirían los psíquicos: el olor del sexo de la mujer amada, por ejemplo, es algo que me extasiaría hasta la locura (si tuviera una, por supuesto). El olor del pan recién horneado me despierta el apetito y me alborota la devoción que tengo por ese alimento tan poco dietético; y si es con un café recién molido, cuyo aroma es símbolo de un hermoso amanecer en el campo, mucho mejor. El olor de un libro nuevo me embarga de una sed de sabiduría, y el de la fruta fresca me transporta al trópico de mi país. El de la madera seca me instala en la casa de mi infancia, en la que aún habito como un fantasma triste; y el olor a gasolina, que aunque no es tan agradable, me recuerda mucho a mi padre, que vivió entre los automotores.



    Pero ese repugnante olor a marihuana que me persiguió por las calles de Manhattan me hizo pensar solamente en el olor al hampa. Es el olor de la miseria y la decadencia, y que me perdonen los que son asiduos consumidores del producto, pero no conozco a nadie, que sea aficionado a fumar la hierba, que tenga una vida medianamente equilibrada. No nos digamos mentiras: el que es adicto a la marihuana, o a cualquier otra sustancia psicoactiva, no puede tener una buena vida. Ni siquiera una vida normal. Basta ver el ansia con que se quieren evadir de la realidad. Basta verlos en sus pantomimas delirantes para comenzar a temer el peligro que representarán cuando les pase el efecto de la alucinación y sobrevenga la abstinencia.

    Claro, me dirán que estoy cayendo en el error de satanizar algo que a los ojos de todos ya es normal; incluso legal, porque en el Estado de Nueva York ya está legalizada la marihuana con fines lúdicos, como si eso fuera un juego de mesa inocente. Pero mi rechazo hacia la droga me lleva a estar en contra de su legalización, no importa que ello contraríe la opinión de una sociedad que en aras de ser moderna y liberal, avala el vicio que indefectiblemente conduce a una perdición. 




    Y es paradójico, porque hace poco desistí de tomarme un traguito de whisky con un amigo mientras íbamos en el bus turisteando por el Downtown. Es que está prohibido ingerir licor en la vía pública. Es una contravención muy delicada y yo evito meterme en problemas con la Ley. Lo mismo no aplica para la marihuana: si te prendes un bareto en Central Park no te molestarán las autoridades para nada. Eso sí, no vayas a destapar una lata de cerveza, porque ese es un pecado mortal. Al menos así lo percibí aquella tarde en que el olor a la hierba de la discordia me contaminó el ambiente.


    Pero la legalización no sólo fue para poder fumar, sino para hacer apología de todo tipo de productos comestibles y souvenirs que giran alrededor de la maracachafa, como la llamamos en Colombia. Es una industria en crecimiento, publicitada, y muy rentable. Casi la muestran como un ejemplo a seguir. En cada cuadra de Manhattan la empresa Weed World Candies tiene estacionadas varias furgonetas en las que se venden dulces y todo tipo de golosinas con sabor y olor a marihuana, aunque no contienen THC, que es el principal componente activo del cannabis. Es más bien para ir familiarizando al consumidor con la hierba y ofrecerle un pequeño simulacro de la sensación que podría experimentar consumiendo la verdadera, como un placebo que a lo mejor puede enviciar más y convertirse en la nueva droga falsa para reemplazar la droga real, y que luego se convertirá en otra droga real. En otras palabras, los dulces saben a marihuana, se publicitan con una mata de marihuana, no contienen marihuana, pero al fin y al cabo los componentes que traen te podrían enviciar más que la marihuana.



    El asunto es que desde que la hierba es legal, y desde que la pandemia alteró la normalidad, Nueva York tiene otra cara. No es la cara bonita que brinda una sonrisa amable al turista, sino la cara hostil de una ciudad sumida en la locura colectiva y en el conflicto con el otro. No es la misma percepción de seguridad la que acompaña al caminante, sino al contrario, se percibe una energía pesada, desagradable; una sensación de peligro acompaña en cada calle al visitante o al ciudadano de bien. Y es una lástima, porque leyes como las que adoptaron las autoridades en el Estado para legalizar la marihuana, son las que golpean el corazón de las instituciones que propenden por mantener algún grado de rectitud moral en la sociedad: la iglesia y la familia. Investiguen ustedes la vida de un adicto, y se darán cuenta de que carece de uno de estos dos refugios, o de ambos.

    Y desde luego, a los gobiernos progresistas que tanto están pululando en esta era, les conviene un ciudadano sin moral y sin principios: de esa manera se apoderan de su voluntad y se hacen dueños de su miedo, máxime si el individuo está entregado al laberinto de una droga.

    Bueno, de esto no entenderán mucho los jóvenes pro-legalización, quienes consideran más peligroso un cigarrillo convencional que uno de marihuana. El asunto es que yo no veo a fumadores de cigarrillo andando entre las nubes, distorsionando la realidad y dispuestos a matar por una probadita de su vicio. Porque como dijo alguien una vez: “la droga no es el derecho al libre desarrollo de la personalidad, sino de la animalidad”. 



    Animales son los que piensan que la marihuana es inocua, los que la promueven, los que la industrializan y los que la consumen. Será sólo cuestión de poco tiempo para que la cocaína y las drogas sintéticas también tengan su porción de mercado legal. Esa parece ser la tendencia de este mundo post-moderno. Algo debió de corromperse en el espíritu de los legisladores que rigen la sociedad.

    Por ahora camino por las calles evitando respirar y esperando volver a ver la gente linda de Manhattan. Creo que ellos ya salieron espantados, porque no por nada miré a mi alrededor, y me di cuenta de que el más lindo y el más íntegro era yo. Y si eso pasa aquí, es porque algo hay podrido en Nueva York.


 

 

 





viernes, 9 de abril de 2021

Un ícono peligroso

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






  Conocí una de las estructuras más inverosímiles y controversiales que se hubieran podido levantar en los últimos años en Nueva York. No es un edificio de oficinas, un centro comercial, un monumento histórico, un parque, un puente, un escenario deportivo, aunque hay quienes lo han utilizado para hacer deporte extremo y mortal; no es una estación de tren, ni un hotel cinco estrellas. Es una de esas rarezas arquitectónicas como sólo saben construir aquí, y que se ha convertido en el nuevo ícono del barrio de Hudson Yards, al oeste de Manhattan.




    Lo definen como “mitad obra de arte, mitad atracción turística”, y lo llaman The Vessel, que en español vendría a traducirse en algo así como “La vasija”, o “El vaso”. Es que en realidad tiene forma de vaso si se mira desde afuera. Desde adentro, en cambio, se asemeja más a una colmena, y cuando lo recorren, los turistas dicen que es un laberinto de escaleras interminables, como debe ser la Escalera al cielo (Stairway to heaven) que compusieron Jimmy Page y Robert Plant por allá en 1970, y que marcó un punto culminante en la historia del rock, inmortalizando así a la banda Led Zeppelin.

    Aunque esta escalera no conduce al cielo. Ni siquiera sobrepasa a ninguno de los rascacielos que la rodean. Apenas tiene una altura de 45 metros desde el suelo y está formada por 154 tramos de escaleras que conectan con pequeños descansos para tomar impulso y subir más escaleras. En total hay 2500 escalones repartidos en toda la estructura, pero bastará con subir como mucho unos 250 para llegar al último nivel. El problema es que cuando se llegue al nivel dieciséis, el más alto de todos, se corre el riesgo de alcanzar la cúspide tan exhausto —luego de haber deambulado infructuosamente por el laberinto—, que es posible entonces que el visitante encuentre allí su cielo. Por eso The Vessel no requiere tener una gran altura para imponerse como desafío.  



    Y es que en verdad es atrayente este monumento desde que uno lo ve desde abajo y siente de inmediato un irreprimible deseo quedar atrapado en él. Es una estructura tan atípica que uno quisiera entrar allí, así como se quiere entrar al corazón de una de esas mujeres cuya belleza es extraña e inasible, pero absolutamente envolvente.

    Es una lástima que a este cuerpo lleno de niveles tampoco pude introducirme. La tarde en que fui con mi madre no nos permitieron el ingreso porque estaba cerrado. Pensé que era por la pandemia, y en cierta forma esa era una razón, pero había otra razón de mucho más peso que a los neoyorquinos no les gusta mencionar, y que cuando le explican la verdad al visitante, lo hacen entre dientes, como si sintieran una gran pena ajena: “Lo cerraron temporalmente por los suicidios”, expresan con honda desazón.

    De manera que aquí en Nueva York también padecen el mismo problema que hemos padecido los pereiranos desde que construyeron El Viaducto, por allá en 1997, guardadas las proporciones. Qué irónica es la vida, pensé, que hasta en el primer mundo la gente tira a matarse, cuando se supone que la existencia debiera ser más amable en estos países; que no debería haber motivos para aburrirse, ¿o sí?




    Recuerdo que recién inaugurado el Viaducto de Pereira se lanzó el primer desesperado al vacío, y aquello fue una noticia que trascendió en la ciudad. Veintitrés años después, el puente se sigue utilizando como instrumento para esta clase de ejecutorias mortales: más de cien tentativas hasta la fecha, y creo que me quedo corto porque tomé el dato de un estudio de hace varios años. En el 98% de los casos el resultado ha sido lamentable, solamente exitoso para quienes cumplieron su cometido. Y eso a pesar de que hace unos trece años decidieron hacerle un cerramiento con barandas de hierro, como para disuadir a los suicidas de cometer su acto, o al menos para complicarles un poco más la vida que de por sí ya tienen complicada. Digamos que la medida ha sido efectiva porque en realidad se disminuyó el índice de muertes, pero de todas maneras, si de vez en cuando alguien quiere irse de este mundo con espectacularidad, encuentra la forma de burlar el cerramiento y trepa por la misma baranda hasta el techo, y desde allí salta, o se cuelga, como hizo hace poco un humilde vendedor de fruta.

    En Nueva York, The Vessel también quedó marcado por el sino trágico, con la diferencia de que aquí bastaron solo tres casos de suicidio desde su inauguración en 2018 para que decidieran tomar medidas. ¡Sólo tres casos! No sé qué tan efectivas vayan a ser esas medidas.




    Primero, los tickets para ingresar a la estructura ya no serán gratis, sino que los cobrarán. Como quien dice: el que se quiera matar, que pague por su derecho a hacerlo, ni más faltaba que estando en la meca del capitalismo las cosas vayan a salir regaladas. Aquí todo es plata.

    Segundo, se triplicó la cantidad de personal de seguridad especializado que estará vigilando de incógnito a los visitantes, a ver cuál da señas de quererse lanzar, o a ver quién tiene cara de aburrido. Al que vean con tendencias raras lo bajan de inmediato; es decir, por el ascensor.

    Tercero, se está planteando la posibilidad de hacerle un cerramiento a la estructura, así como hicieron con El Viaducto de Pereira, pero esto alteraría significativamente el diseño y la funcionalidad de la atracción. Ya no sería un laberinto de escaleras sino una prisión de máxima seguridad. Los desesperados, en lugar de un pasaje directo a la muerte, encontrarían un tipo de fortaleza psiquiátrica para tratar a locos y suicidas, y si hay algo que no puede hacer un personaje de este estilo, es acudir donde el psiquiatra.

    Cuarto, ya no se permitirá subir a nadie en solitario a partir del segundo nivel. Quien quiera conocer The Vessel, tendrá que hacerlo acompañado de un adulto responsable y que no esté tampoco aburrido con la vida. Así, si son dos personas, es posible que la una le impida a la otra arrojarse al vacío. Me pregunto yo si en caso de que un grupo de visitantes decida hacer un suicidio colectivo exista una medida para identificarlos y evitar el hecho.

    Lejos de parecer un chiste, lo cierto es que el flagelo del suicidio es una epidemia grave en todas las sociedades del planeta Tierra. Para evitar que se siga presentando no basta con “vender el sofá”, como reza la metáfora, sino atacar sus verdaderas causas, que pueden anidar en el vacío existencial del ser humano, quien presionado por las deudas, los problemas sentimentales, la economía, el desvarío, la soledad, las malas relaciones familiares e interpersonales, se ve atrapado en una red asfixiante que lo lleva lamentablemente a acometer contra su humanidad. Es decir, que el problema no es culpa de las estructuras físicas ni de los puentes, que a lo mejor acrecientan el morbo ante la inminencia de una muerte aparatosa, sino de una sociedad enferma que no ha sabido encontrar su cura y que padece las consecuencias de la falta de sentido.




    No pocas veces he pensado en la posibilidad de terminar mi vida por mano propia, si las circunstancias me obligan a ello. Aunque no creo ser tan osado como quienes se han atrevido a tanto, porque para hacerlo hay que tener la sangre hirviendo. Yo le rehúyo al dolor y le temo a la muerte como el peor de los cobardes. Lo único que sé es que no utilizaría una estructura física para perpetrar mi acto. Sería tan discreto, que primero moriría en vida sin darme cuenta.

    Mientras tanto, el mundo sigue sin enfrentar su sinrazón y algunos suicidas continúan haciendo de su muerte un gran teatro, para que no quede duda de la locura de nuestro tiempo. De ahí que lugares tan representativos como The Vessel de Nueva York o El Viaducto de Pereira estén destinados a forjar un destino de íconos peligrosos.

sábado, 3 de abril de 2021

Encuentro con Nueva York

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Nueva York es una ciudad que siempre simbolizará la libertad aunque la mayoría de sus habitantes se sientan atrapados en un espejismo de la nostalgia. Ellos no tienen otra salida que seguir el camino que se trazaron.

    Nueva York, como todas las ciudades de inmigrantes, está llena de palomas que se comen el rastro hecho con migajas: los transeúntes dejan sus señales para guiarse, pero al regreso encuentran que estas han sido borradas. También se han perdido entre el manto de la nieve y la humedad del verano. Muchos de ellos ya no pueden retornar.

    Nueva York es viento que golpea el rostro y hace helar la sangre ante el temor del extravío, la incomunicación, la hostilidad, el desamparo o la deportación. Es también la caldera donde se cuece el desarraigo, la estación eterna en la que se espera por el vagón que conduce al futuro de los sueños abismales. Y en ese recorrido abordan y descienden los que después irán a dar a la trastienda del olvido. Es la réplica del planeta caótico compactada en mil doscientos catorce kilómetros cuadrados.




    Nueva York es una especie de crecimiento doloroso; una segunda adolescencia en la que se adquieren experiencias y conocimientos, se cultivan amistades, se cosechan desencantos y traiciones, o se desarrollan fobias a cosas que antes nadie imaginaba que pudieran existir. La ciudad en la que se encuentra lo peor y lo mejor del mundo al mismo tiempo, a la misma hora y en el mismo tren.

    Nueva York es el águila viva —que está en el centro de su bandera— que lo vigila todo con sus ojos inquisidores y enemigos. El monstruo, por momentos imponente, que se torna en majestuosa belleza. Pero la mayoría de las veces vuelve a ser el ave de rapiña que a todos quiere devorar, que los devora y los regurgita sobre el asfalto frío de sus calles y en ocasiones sobre la superficie del helado East River para convertirlos en alimento perenne, porque los habitantes de Nueva York se complacen en ser presa creyendo que son cazadores.  



    Nueva York es una ciudad para la despedida más que para la bienvenida. Sus aguas circundantes, las del río y las del océano, ponen distancia de por medio, lo que significa el dolor punzante del adiós: hay quienes llegan para quedarse allí y nunca regresar; otros que se marchan sin poder volver, dejando en los parques prodigiosos y en los puentes colosales un sartal inabarcable de recuerdos, y un pasado que se convierte en añoranza. Los más afortunados son los que logran salir del laberinto porque no se adaptan o porque son deportados, y aun así no pueden ser indiferentes al embrujo de esa Nueva York que yo prefiero seguir pronunciando en español aunque me censure el establecimiento gringo.

    Hay quienes aprendieron a amar a Nueva York como si fuera un ser querido que les enseñó a escapar de sí mismos o a encontrar una segunda vida, porque la primera fue dilapidada tratando de conseguir las grandes metas materiales, el reconocimiento, el estatus, la aprobación exterior.

    No lo sé de primera mano, pero intuyo que si en Nueva York y en cualquier metrópoli no aprende el habitante a ser feliz con las pequeñas cosas y a servir a su prójimo, las expectativas de la gran urbe no serán satisfechas. Se harán humo, igual que el que sale de las alcantarillas.     



    Estoy en Nueva York, maravillado con sus obras inconmensurables y al mismo tiempo prevenido con sus ratas gigantes del Subway. Un poco sintiéndome como Fran Sinatra cuando cantó que quería ser parte de ella. Mis zapatos de vagabundo anhelan desviarse, pero el sentido común me apunta que es allí donde debo quedarme, y la verdad me da temor enfrentarme al monstruo.

    No es bueno ser parte de la ciudad que nunca duerme si de por sí eres insomne. Los desvelados lo somos porque encontramos en la noche la complicidad del silencio, pero ¡ay de aquel noctámbulo que se queda en Nueva York! Las luces y el ruido de la ciudad lo delatarán, y este no tendrá a dónde escapar, porque la ciudad misma anula toda voluntad. 

    Y aún si lograse escapar, ¿a dónde iría? ¿Devolverse a su pueblo pequeño, allá donde otros recuerdos y el pasado feliz lo esperan para tenderle una celada? Ese pueblo que seguramente verá más pequeño y más insignificante cuando se haya quedado por una veintena de años en la capital del mundo. Y luego regresará, pero entonces notará que las personas del pasado lo miran con extrañeza, casi con decepción y un poco de repudio porque decidió volverse paria. Sabrá que todos han seguido con su vida y que nadie lo ha extrañado tanto como él creía. Será un extranjero en su propio pueblo, colonizado igualmente por foráneos de otras latitudes.



    Aquí veo a Nueva York; sus edificios como el juego de un niño que pone bloquecitos de Lego perfectamente organizados al lado de un estanque, presto para recibirlos cuando la mano del niño los derribe, cansada ya de armar edificaciones de mentiras. Y también veo en los ojos cansados la esperanza de un porvenir que a veces está construido de esas mentiras, o quizá de sueños que no se cumplen y se vuelven tan idílicos como esta ciudad, semejante a una mujer bonita y hostil de la que no podemos esperar nada pero a la que le entregamos todo.

    He sabido que muchos migran por diversos motivos como los económicos, o el ansia de conocer el mundo y adquirir experiencia. Es una suerte, de todos modos, que para ellos exista Nueva York, donde tienen la posibilidad de lograr todo aquello que sueñan.




    De golpe recuerdo una de las frases de la canción más famosa de Sinatra y me cuestiono si yo también debo ir tras esos sueños, o si solo es una celada que me quiere tender el destino para alejarme de mis instintos naturales: “Si puedo conseguirlo aquí, lo puedo encontrar en cualquier parte”.

    El dilema es ¿encontrar qué?

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...