sábado, 29 de octubre de 2022

Entender lo contrario

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Hay palabras que uno escucha en los medios que, lejos de producir el efecto deseado al que apunta su verdadero significado, ya no nos dicen nada. Pareciera que su repetición incesante en los discursos de los políticos, de los periodistas, de los activistas y de las organizaciones internacionales, las hubieran vaciado de contenido.

    La palabra “paz”, por ejemplo. La escucha uno todos los días como parte del plan central del mandatario de turno; como una búsqueda infinita que nos conduciría a un país mejor, pero el término de por sí ya no significa lo que debiera significar. Entonces la narrativa dominante obliga a ponerle un apellido a esa palabra para darle una resonancia efectista, y así ya no sólo se habla de “paz”, sino de “paz total”. Este, al parecer, es el nuevo embeleco del gobierno colombiano, o diríamos, más bien, el eufemismo benévolo para disfrazar otras palabras cuyo impacto en la conciencia popular no es de tan buen agrado: “impunidad”, “ilegalidad”, “abuso”, “subversión”, “injusticia” “pillaje”; quebrantamiento de la ley puro y duro avalado por quienes imponen esas mismas leyes. Desde luego, leyes promulgadas para que las cumpla sólo el pueblo raso, no la criminalidad. Se sabe que toda criminalidad está por fuera de la ley, incluyendo aquella que preside en el trono presidencial.

    De modo que nada hay tan falto de sentido como la “paz total”, cuando la sola acepción es una utopía. ¿Ha habido en la Historia de la humanidad algún período donde se haya respirado siquiera por un breve lapso de tiempo algo parecido a los aires de la paz total? Pero tenemos en Colombia a un mesías que dice tener la clave para imponerla: la paz total por decreto, como si así funcionara. Igual que su amigo Santos, los adalides de la paz se sienten con el derecho de autoproclamarse los únicos dueños de ella, y por tanto los llamados a cambiar el rumbo de la Historia. Cuánto narcicismo cabe en un cuerpo humano, cuánto delirio de grandeza.



    “Justicia social”, por ejemplo, es otra frase mágica para motivar incautos. Escuchan esas dos palabras y se activan como un felino al que se le muestra la comida. Y los gobernantes hacen de esa frase su caballo de batalla y la usan como bandera de campaña para supuestamente representar a aquellos oprimidos ávidos de que la justicia social obre en favor de ellos. Sin embargo, si tuviéramos que definir el término, nos encontraríamos con un problema: ya de por sí es un oxímoron la frase. La justicia no puede estar encaminada a resolver las diferencias de clase. La justicia, entendida como principio moral, es aquello que “se inclina a obrar y juzgar respetando la verdad y dando a cada uno lo que le corresponde”. Si se le agrega el componente “social”, se estaría haciendo referencia a la igualdad social (cosa que no existe ni existirá jamás en el mundo de lo real), al Estado de bienestar, a la distribución de la riqueza, a la prevalencia de los derechos de los pobres. Suena muy bien, y está perfecto que se luche por superar la pobreza y por establecer la igualdad ante la ley, que es la única igualdad que deberíamos tener los seres humanos, pero no es en este caso la justicia la que establezca la igualdad de oportunidades. De hecho, una justicia social encaminada a la distribución de la riqueza es completamente injusta.

    Así, cuando desde las esferas de la gobernanza nos hablan de “justicia social” como un programa de obligatorio cumplimiento, lo que debemos entender es lo contrario: que el Estado meterá la mano en la libertad de las personas, en sus bienes, en su capacidad de generar riqueza, en su independencia, en la autonomía para valerse por sí mismos porque quiere repartir lo que hay entre los que no tienen. Algo que a la luz de los postulados humanistas podría parecer muy equitativo, pero que a mí me parece muy injusto. ¿Por qué alguien debe repartir el fruto de su trabajo entre los que no han participado de él? ¿Es razonable aplicar la justicia para la igualdad de resultados en lugar que para la igualdad de oportunidades? Pero ya sabemos que ese es uno de los principios fundamentales de la doctrina socialista, que consiste en ser generoso con la riqueza ajena.  

    Partiendo de la idea del resentimiento social, azuzando el encono de los pobres contra los ricos, a quienes se culpa de su situación, un ideólogo como Marx pretendió cambiar el mundo proponiendo una nueva teoría económica en la que decía establecer un sistema justo. En ningún sentido lo fue. La división, el odio de clases, la violencia, nada de eso ha servido a ningún país socialista para tener mejor justicia. Lo único que hizo fue fundar una nueva religión (la del Estado), y alentar a unos feligreses tan fanáticos y radicales como insensatos e irracionales.



    Pero vuelvo al sentido vacuo y a veces opuesto que adquieren las palabras cuando se las refuerza de manera indiscriminada. La palabra “verdad”, otra más de las quimeras que nos pintan desde el establishment para seguir ocultándonos todas sus intenciones. Que qué importante es la verdad de los hechos; que las víctimas tienen derecho a saber la verdad de lo que ocurrió en el pasado; que sólo a través de la verdad se podrá lograr la justicia y la reparación, etc. No obstante, nada se cuenta como es. Las “comisiones de la verdad” resultan a la postre lo más falaz que se han podido inventar. Ellas cuentan las versiones a medias, tergiversadas, dulcificadas en algunos casos para beneficiar a unos actores a quienes no conviene delatar. Las sombras de esa “verdad” nunca son esclarecidas totalmente, y así el vacío de las dudas se va llenando con narrativas direccionadas para que al final prevalezca una sola “verdad”. ¿Cuál?, la que manipulan desde las ONG’s, los gobiernos, las instituciones, los medios de comunicación. Al final ellos nos muestran “su verdad”. No la que es objetiva, que es la única que existe.

    “No existe la verdad, cada quien tiene su propia verdad”, me decía una amiga progre, y yo tenía que escuchar su sandez colmándome de paciencia para no mandarla al demonio. Juicios semejantes son producto de toda esa corriente posmoderna y relativa que lo único que logró fue engendrar criaturas de cristal que se quiebran con el primer aluvión de realidad. La verdad, entonces, se convierte en una posverdad, en algo que está “detrás de” o “después de”; en lo contrario a ella, es decir, en la mentira.

    En otras palabras, para entender bien de qué es lo que se habla en este lenguaje cifrado, basta interpretar las menciones más reiteradas que están contempladas como puntos centrales de la agenda pública a la luz de sus propios antónimos, y con eso ya se hace uno a la idea de por dónde es que van las verdaderas intenciones del poder.



     Así, como en el mundo orwelliano, en nuestro mundo cada vez se copian más sus disfuncionalidades. A la mentira se le llama verdad; a la guerra se le llama paz; al miedo, a la incertidumbre y al sentimiento de pérdida, hay que llamarlo felicidad; a la escasez toca decirle abundancia; y así por el estilo.

    Cuando el presidente dice que hay que poner impuestos saludables, el trasfondo que se agazapa allí es el hambre, pues los pobres son los que más sufren con los impuestos a la comida, por muy poco nutricional que esta sea. Cuando se nos habla del derecho a la “salud sexual y reproductiva”, lo que hay que entender es el derecho a matar a un no nacido, que va en contravía contra toda salud, y desde luego, es anti reproducción. Si el presidente dice que quienes compran dólares perderán su dinero porque él mantendrá la estabilidad cambiaria, hay que entender lo contrario: a comprar dólares, pues secretamente está implementando medidas para acabar con nuestra moneda y someternos a un empobrecimiento sin precedentes, buscando beneficiar a quién sabe qué agentes externos que parasitarán nuestro país. Si se ensalza la cocaína y se satanizan el carbón y el petróleo, nuevamente, hay que entender lo contrario: los minerales energéticos representan nuestro progreso y la coca es la ruina y la muerte del ser humano; el verdadero veneno. Como este es un mundo al revés, aconsejo que entendamos todo al contrario de la manera como los gobernantes y las élites pretenden inculcarnos, haciendo exactamente lo opuesto a lo que ellos dicen.



        Tanto es así, que en el discurso ante la preocupación por el cambio climático le endilgan la culpa exclusivamente al hombre (sobre todo si es hombre blanco nacido en el mundo industrializado) y lo condenan ojalá a desaparecer con tal de que se salve el planeta. Pero es al revés. Hay que procurar luchar por la supervivencia de la humanidad, que el planeta lleva aquí millones de años y no es tan estúpido como para dejarse destruir por el hombre. Somos tan poca cosa que no podríamos siquiera devastar este universo, porque él tiene la capacidad de renovarse. Los que sí podríamos destruirnos como especie somos los humanos, en esa egoísta pretensión de acaparar los recursos naturales por parte de algunos pocos privilegiados que quieren quedarse con la tierra y con el agua, sometiendo al resto a una vida de exterminio en nombre del cambio climático. Habría que ponerse a sembrar, inundar el mundo de comida, continuar el desarrollo agrícola. No es decreciendo, como pregonan los regresionistas. Es trabajando y yendo hacia adelante, avizorando el futuro. Sólo así podríamos garantizar que este mundo se vuelva a enderezar alguna vez para así no tener que entender lo contrario a lo que nos dicen.

sábado, 22 de octubre de 2022

El silencio de los (pe)tristes

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Una reforma tributaria que golpeará directamente el bolsillo de la clase media y todavía más el de la clase pobre; serios problemas de orden público, tanto por causa de invasores de tierras, como por actos vandálicos atribuidos a comunidades indígenas; devaluación sin precedentes del peso colombiano frente al dólar como resultado de los anuncios del gobierno a través de twitter o de las declaraciones de los ministros que están generando el peor pánico financiero en la historia; una inflación galopante que comienza a provocar la ira del jinete del hambre; empresas que anuncian el desmonte de sus operaciones en Colombia por falta de garantías para su inversión; amenazas de expropiación o gravámenes a los capitales golondrina y a quien decida sacar su dinero del país; la más preocupante incertidumbre financiera por el temor a la futura recesión económica y al decrecimiento celebrado por la ministra filósofa; un panorama aciago muy propicio para espantar la inversión extranjera; un respaldo canalla e incondicional a los miembros de los grupos delincuenciales y a las organizaciones de narcotraficantes que se disfrazan de grupos revolucionarios en virtud de una falsa “paz total”; una posición favorable y benévola con la coca, casi que poniéndola al nivel de un producto de primera necesidad; fiestas de 52 millones de pesos con el dinero del erario público en las que se reparten, entre otros, canapés de mariscos y rollitos de jaiba mientras la gente pobre tiene que sobrevivir, ya no con dos comidas al día, sino muchas veces con una, y de mala calidad; cifras de atracos y homicidios disparadas; anuncios de alzas a la gasolina; inminente encarecimiento de la energía por la declaración de guerra del presidente al petróleo y al gas; violaciones contra la propiedad privada auspiciadas por un mandatario amigo de los delincuentes; debilitamiento intencionado de las instituciones de seguridad como la Policía Nacional y el Ejército, a los que no se les permite actuar en consonancia con sus deberes; la creación de un Ministerio de la Igualdad que no sirve para nada y que sólo representará burocracia en un momento en que se nos habla de austeridad mientras ellos derrochan el dinero público a manos llenas; viajes costosos en avión privado de una vicepresidenta que no tiene voz ni voto (y mejor que no lo tenga), pero que se dedicó a pasear; de una primera dama que cree tener la dignidad del Papa, o tal vez un poco más; de un presidente que le carga al pueblo el costo de movilizar un avión Kfir sólo por el gusto de darse un paseíto; etc., etc.

    Hechos como los anteriormente descritos son los que verdaderamente están situando al país al borde del estallido social: del real estallido social. Un estallido que es una bomba de tiempo cuya cuenta regresiva ya comenzó y al parecer no piensa detenerse de seguir en esta tónica. Y vuelvo a utilizar esa palabra que estuvo tan de moda durante la toma guerrillera que vivió el país en 2021. En esa ocasión, quien hoy se sienta en la silla presidencial, azuzó un movimiento que desencadenó toda una serie de actos vandálicos, de hechos criminales, de narrativas en contra de las autoridades. Para nada estas acciones estaban representando el sentir de una sociedad cuyo deseo era que la dejaran trabajar en paz y no le subieran los impuestos. Igual que ahora, con la diferencia de que los impuestos y la asfixia económica son promovidos por aquel que en el pasado se opuso a todo ello incitando a la violencia.



    Hoy, todo eso que se ha descrito como síntomas de una anarquía paradójicamente planificada, se lo debemos al gobierno que no lleva ni tres meses en el poder, pero que ya tiene como objetivo el comienzo de la devastación de Colombia.   

    A todas estas, ¿qué dicen los obnubilados e idiotizados que votaron por esa propuesta con la convicción de que el país necesitaba un cambio? ¿Estarán todavía convencidos de que nos encaminamos por un sendero de prosperidad, de paz y de amor para vivir sabroso? ¿Serán conscientes de que si en el pasado hubo corrupción, coimas, clientelismo, peculados, apropiaciones indebidas de los recursos públicos y malversación de fondos; con el gobierno actual se está profundizando todavía más el robo y el despilfarro? Porque la izquierda, que se jacta de ser honesta y buena, resulta ser un espectro mucho más corrupto y derrochador que su contraparte. Ella sí llega a arrasar con todo, a depredar, a exprimir los frutos de una prosperidad lograda con las políticas de sus antecesores hasta que no quede nada.



    Para anticiparse a las consecuencias de sus fechorías, como un modo de justificarse, la cúpula gubernamental tiene que decir que encontraron la olla raspada y que no les dejaron presupuesto. O tienen que decir, antes de que ocurra la catástrofe, que la culpa es de Estados Unidos, que es el que está arruinando las economías en el mundo. Una vez que se consuma la tragedia, los idiotas útiles saldrán a decir que sí, que el caudillo tenía razón, que fue el imperio el que nos arruinó.

    Cómo goza la izquierda construyendo mitos, señalando responsables, inventando excusas, justificando su fracaso. En todas las naciones donde se aplican sus políticas perversas el resultado es el mismo: miseria, desolación. Su verdadero lema es “socialismo y muerte”, porque no dan a elegir la otra opción.

    Pero bastante se advirtió durante la campaña presidencial que algo así iba ocurrir. Claro, ni los más pesimistas pensábamos que la implementación forzada del Socialismo del Siglo XXI en Colombia iría a ser tan a prisa: el presidente está corriendo como si necesitara cumplirle a alguien. No obstante, esta receta ya la conocemos de hace tiempo, y es la misma que en Colombia nos quieren preparar.

    ¿Queda alguna duda de que este socialismo de Petro apunta a ser todavía más duro que el de Chávez? ¿Los petristas furibundos entenderán que su mesías —el mismo por el cual se rasgaron las vestiduras tildándonos de uribestias a todos los que nos oponíamos al ex guerrillero— es un hombre de mala entraña que busca socavar los cimientos de la nación colombiana para entregarnos al globalismo de la ONU con el discurso del cambio climático? Porque este sujeto no es tan autónomo en sus decisiones, no se crea. En el fondo está haciendo su trabajo para los patrones de la élite, y él no quiere quedarse por fuera de ella.



    ¿Seguirán escuchándose esas voces enfebrecidas gritando “resistencia, resistencia”? Estarán ocultos en sus trincheras, sabiendo que los opositores les vamos a hacer tragar cada una de las palabras que decían cuando osaban defender al mitómano. Ahora parece que quieren pasar desapercibidos, como si la cosa no fuera con ellos. Estarán comenzando a arrepentirse, sospechando que fueron utilizados, o empeñados en seguir defendiendo lo indefendible y utilizar las mismas tácticas de su dios ebrio: responsabilizar a los demás por la debacle que se avecina.

    El silencio que guardan los petristas es apenas lógico. Votaron por la peor opción movidos por un rencor ciego que no los dejó ver el panorama con claridad. Ahora estamos pagando las consecuencias todos. Sólo que no les importa, pues el resentimiento los induce a alegrarse por el mal ajeno, así sea el mismo mal que los agobia a ellos.  



    Y al parecer guardan silencio porque en el fondo saben que la han embarrado y no lo quieren admitir, o lo admiten con el argumento cínico de que los gobiernos anteriores no fueron mejores. Tal vez esta gente no sabe de cifras, de realidades, de resultados medibles. Las estadísticas dicen que desde que asumió el nuevo gobierno los índices económicos van en picada, la inflación está imparable, al igual que el dólar, y la propuesta de subir impuestos y otorgar subsidios respaldados con emisión monetaria parece que se va a convertir en un hoyo negro que se tragará el futuro del país. Pero guardan silencio ante los datos porque esta gente sólo conoce de utopías y de otros entuertos ideológicos que la sagaz izquierda les ha hecho comprar. Es el mismo silencio de los que otorgan, de los que tienen la conciencia sucia, de los hombres tristes; en fin, el silencio de los petristes. 

sábado, 15 de octubre de 2022

La feria del libro: emoción por el gusto de leer, decepción por la inclinación de los que escriben

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    La semana pasada se llevó a cabo la VIII versión de la Feria del Libro del Eje Cafetero: Paisaje, Café y Libro, en la ciudad de Pereira. Como siempre, la Feria dejó una impresión muy positiva en materia de asistencia, de ventas, de reconocimiento del evento y consolidación de los escritores y artistas participantes. Positivo también fue el resultado para las editoriales, las librerías y la misma organización de la Feria que cada año se esmera por ofrecerle al público interesado un programa de calidad. Y desde luego, positivo fue el balance para los lectores que una vez más concurrieron a un espacio en el que pueden sentirse plenamente felices al encontrar allí todo tipo de novedades literarias, de ofertas editoriales, culturales y educativas, y de temáticas diversas que posibilitan seguir cultivando este bello hábito de la lectura.



    En cuanto a los productos exhibidos, la feria contó con una enorme cantidad de libros, revistas, juegos, pasatiempos, secciones de dibujo, fotografía, artes plásticas, y demás formatos entre los que el público pudo elegir. En materia de libros, específicamente, se dio cabida a los autores de todos los géneros, tanto de ficción como de no ficción: poesía, cuento, novela, comic, biografías, ensayo político, derecho, crónica, filosofía, autoayuda, mercadeo, gestión empresarial, salud, historia, libros testimoniales, de concursos literarios, infantiles, libros álbum, libros interactivos, audiolibros, en fin, libros de todos los colores y sabores.    



    No podían faltar, por supuesto, los stand de café y productos derivados para hacerle honor al lema de la feria, en los que se pudo degustar de la bebida cuyo grano recién molido motiva el olfato, despierta el ánimo y se vuelve ideal para acompañar la lectura. El café como impronta de una región en la que cada vez se lee más. Por estos aspectos, la Feria del Libro puede seguir anotándose puntos.

    Pese a ello, no resultó tan positiva para quienes se quedaron por fuera de algunos eventos que estuvieron a rebosar y en los que por cuestiones de aforo no pudieron ingresar. La organización no previó que para algunas presentaciones tendría que haber habilitado escenarios con mayor capacidad, lo cual es un indicativo del crecimiento mismo que está teniendo este festival del libro, cobrando relevancia no sólo en la ciudad, sino a nivel nacional. Por ello se espera que para las próximas ediciones se cuente con una logística capaz de albergar una mayor cantidad de público, en especial en las conferencias que presentan a los escritores y a las personalidades más reconocidas a nivel nacional.



    Ejemplo de ello fue la ponencia del escritor bogotano Mario Mendoza, a la que asistieron alrededor de mil personas y en la que nos quedamos por fuera al menos unas cien. O la presentación del libro de Héctor Abad Faciolince, que hubiera requerido un aforo similar al de Mario, pero solamente se habilitó uno de los salones principales del recinto de Expofuturo, mientras que en el salón contiguo, a la misma hora, una señora le hablaba a “cuatro gatos” tomando posición sobre un tema que ni debiera ser parte de una feria del libro, pero que mejor no menciono para que no me crucifique la corrección política. Hubo allí un error de programación o de cálculo, porque para la presentación de Abad hubieran tenido que unir los dos salones, como se hace cada que hay una conferencia importante. Tal parece que la organización no esperaba la asistencia masiva a los eventos de los escritores nacionales.

    Dato curioso: fueron menos los escritores famosos que tuvo esta versión de la feria en comparación a la versión, por ejemplo, de 2019. Y pocos invitados internacionales. A lo mejor el presupuesto no daba para tanto, o a lo mejor nos estamos localizando más de lo necesario, pues en esta feria se notó el predominio de los escritores regionales. Unos novatos, otros ya con experiencia, pero poco reconocidos más allá de las fronteras de la ciudad. Desde luego, no se puede juzgar la calidad de su pluma sin haberlos leído, o sólo por el hecho de no contar con el respaldo de una editorial poderosa que los potencie en el mundo de las letras, pero no nos digamos mentiras, y es que para un evento que involucra personalidades de talla nacional o extranjera, se pierde el interés por escucharlos. Y es lamentable, pero así es este negocio: el gancho de las ferias siempre son las figuras del momento. Habría que pensar en una feria regional donde verdaderamente los escritores locales y aquellos que recién comienzan tengan su propio espacio y no tengan que competir contra los consentidos de las grandes editoriales que la misma gente pone en el podio de los aclamados.



    Más este es un detalle sin importancia. Mucho nos han recalcado que un buen libro no se valora por la fama de su autor, sino por la calidad literaria que posee la obra en sí misma. Estoy seguro que los escritores jóvenes y experimentados de la región irán poco a poco copando lugares de importancia a nivel nacional y ganando renombre. No es fácil en esto de las letras hacerse a un lugar, pues como en la vocación sacerdotal, en la escritura también se aplica eso de que “son muchos los llamados y pocos los elegidos”.

    Pero aparte de la emoción de asistir a una feria del libro por el gusto de leer y la posibilidad de encontrarse con gente que comparte gustos en común (aunque esta vez no encontré a nadie); por conocer qué es lo que se está escribiendo, y por todo lo que rodea a la feria, lo que me llamó la atención esta vez, y lo digo desde mi óptica personal, no sin cierta decepción, fue un rasgo común que hallé tanto en figuras de la cultura nacional como en escritores locales que no trascienden más allá de su comarca. Lo detecté también en parte de los asistentes, en los ponentes y en los intelectuales que asistieron a esta muestra. Encontré que al parecer, esta, como todas las demás, es una feria del libro de tendencia progre.



    Entiendan, es sólo una percepción, y a lo mejor estoy equivocado. Reconozco que puede ser una estupidez de mi parte desinflarme por la amalgama de personajes, estereotipos, identidades, estilos, temáticas, comentarios, relatos, posiciones políticas, ideologías, argumentos, símbolos, reclamos sociales y demás elementos discursivos y culturales que identifiqué en este programa. La culpa es mía por estar en el lugar equivocado. ¿Qué quería? Estoy en un evento cultural diseñado por gente de la cultura para gente de la cultura: ni modo que allí vaya a encontrarme con gente que piense exactamente como yo.  

    A mí me encantan las ferias del libro, amo el ambiente de los libros, soy un apasionado por la literatura, pero lejos de sentirme como un pez en el agua en este evento, me sentí como un infiltrado.

    Me dirán que soy un prejuicioso que juzga a la ligera, que tengo una mente cerrada y oxidada, que no evolucioné con la llegada del siglo XXI. Lo admito, todo eso puede ser cierto, pero sé que hay algo más que no me quita el sinsabor. No sé por qué, pero me da la sensación de que el 80% de los que asistieron a la feria del libro comparten el pensamiento generalizado que no ve del todo con simpatía las palabras “propiedad privada”, “libre mercado”, o “religión”, por ejemplo. O se han comprado el discurso del cambio climático por el cual apoyan la descarbonización de la economía, aunque esto suponga regresar a la edad de las cavernas; o apoyan el mito de la educación “gratuita y de calidad”, o aquel otro de “mi cuerpo, mi decisión"; o el más reciente, el de la “paz total”. Ustedes más o menos me entienden por dónde va la cosa: me encontré con un predominio general de cierto espectro del pensamiento, con lo cual ya tengo un motivo para decepcionarme. 



    No decepcionarme porque haya gente que piense diferente, sino porque el mundo en el que alguna vez creí sentirme a gusto, libre, infinitamente dueño de mi vocación literaria, ya ha sido colonizado por una tribu marcadamente opuesta a lo que a mí me identifica. Ya es un gueto extraño, un territorio ajeno y lejos de mis posibilidades. No sé qué es lo que tiene en general la gente del ámbito de la cultura, si es algo en su forma de vestir, en su mirada, en sus tatuajes, en sus mechas pintadas, en su androginia, en sus palabras, en su aire de superioridad intelectual, en su postura posmoderna que me dice que con ninguno de estos personajes yo me llevaría bien, pero cada vez que los escucho me doy cuenta de que no tengo nada en común con este nicho. Y sin embargo lo busco como aquel hombre que persigue a una mujer perversa que sabe que lo hará sufrir. Paradojas de la condición humana.

    Creo que el problema está en la visión del mundo que nos muestran los escritores y los artistas. Su idealismo los inclina a las revoluciones y a las utopías, cuando no a las distopías. Se alimentan de ello, y eso está bien para la literatura, pero no dimensionan que tras su obra está la posibilidad de que haya seguidores que les crean ciegamente todo lo que inventan. Entonces lo trasladan a la realidad, y ahí es cuando germina toda la caterva de soñadores que exigen un mundo ideal, al mejor estilo del Mayo del 68, cuando decían “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Son intelectuales que germinan la semilla de una corriente ideológica que con el tiempo se vuelve bastante nociva para la sociedad hasta el punto de incidir en la política y el destino de un país: tal vez hasta el punto de terminar en un totalitarismo sin retorno.  



    El escritor best seller, por ejemplo, dice que la vanguardia de la humanidad la tiene el tercer mundo y que hacia allá se dirigen todas las sociedades. Lo malo es que pareciera gustarle que ese caos se esté produciendo, pues eso le da material para sus libros; y entre más catastrófico nos pinta el panorama, más le aplauden los asistentes (yo entre ellos, lo admito). Culpa al capitalismo de la debacle mundial, habla de una vuelta al primitivismo, de una degradación irreversible del ser humano, como si le estuviera sonando la idea. En el fondo intuyo que apoya el otro mito: el de la lucha de clases.

    Otro dice que no cree en las conspiraciones, cuando a todas luces ya nos han dicho hacia dónde nos quieren llevar y a través de qué métodos, pero sigue afirmando que esos son cuentos de los teóricos de la conspiración, como el cuento del castrochavismo en las elecciones pasadas. Y ya ven, el castrochavismo quedó corto para lo que nos tienen programado.



   Otros hablan de los abusos de la policía, de las corrupciones de gobiernos pasados, de los crímenes de estado en la década del dos mil, de la resistencia, de los asesinatos de los líderes sociales en la era Duque, de los parapolíticos… pero por una cuestión acomodaticia no se quieren referir a nada del presente, ahora que supuestamente se ha entronizado el cambio, como si de verdad dicho cambio fuera a ser para bien. Callan impunemente cuando ven que vamos enrutados hacia el precipicio. Apenas dan a entender muy sutilmente lo que piensan, y los áulicos se las cogen en el aire al tiempo que aprueban con la cabeza y sonríen con la complicidad de quien escucha exactamente lo que quiere escuchar.

    Y así por el estilo, cada cual va aportando su cuota de lamentación contra “el sistema que provoca el descontento social” y la consiguiente “protesta pacífica”. No como las marchas que se están programando ahora, que para ellos no son más que una actitud resentida e inútil de sectores derechistas que no representan a la sociedad.



     Esa fue la sensación que me quedó del entorno de las letras en la pasada feria del libro, además del gusto por leer. He confirmado cuánto ha pesado la influencia del mainstream cultural en el pensamiento izquierdizado de la sociedad. Cuán culpables son los intelectuales de haber insertado sus ideas en unas mentes tan aparentemente inteligentes y a la vez tan manipulables. Su superioridad moral no los exime de su responsabilidad, pero ya su público los ha absuelto. Son ídolos, y a los ídolos se les perdona todo.



viernes, 7 de octubre de 2022

El hombre Simp

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





  Alguna mañana en que se despertó abrazando la almohada con la pasión con que hubiera abrazado al amor de su vida, Rupertino Díaz entendió en que ya iba siendo hora de encontrar una mujer que lo curara de su soledad irrevocable. Era un designio de la vida, un mal necesario, como le decía en vida su padre, quien, por cierto, después de separarse de la madre de Rupertino, jamás volvió a casarse ni a conseguir esposa. Pero a Rupertino, pasado ya de sus cuarenta y cinco años, le estaba haciendo falta experimentar aquello de la vida en pareja. Lo soñaba despierto, lo idealizaba, y a veces hasta le asignaba un rostro y un cuerpo a esa desconocida que se imaginaba bajo formas deseables e imposibles, lo que confirmaba una fantasía irrealizable, teniendo en cuenta que este hombre no tendría en la vida real la más mínima posibilidad de entablar una relación con la mujer de sus sueños. Rupertino lo sabía, y por ello fantaseaba con mujeres que, ni siendo el último hombre sobre la tierra, se fijarían en él.

    No es que quisiera casarse por la iglesia y tener una familia como lo dictan los cánones de la sociedad religiosa para quedar reducido después a un ente sin libertad. De hecho, le encantaba estar solo, vivir solo, leer solo, escuchar su música sin que nadie se la criticara y comer en la más absoluta soledad, viendo sus programas favoritos, que por lo general eran las repeticiones de las telenovelas mexicanas de TV Azteca o de Televisa. Lo que él quería era simplemente contar con la compañía de esa mujer ideal al momento de terminar de comer, de cerrar el libro, de apagar el televisor y silenciar el reproductor de música. Es decir, cuando se cansara de sus actividades solitarias.



    El problema era en las mañanas, al despertarse, o quizá en las noches, cuando iba a la cama. Allí era donde añoraba una buena fémina para entrepernarla y consentirla, y que ella lo consintiera, ya que ni siquiera la posibilidad del sexo lo trastornaba, pues desde hacía muchos años que él sufría de inapetencia, y eso era algo a lo que ya no le buscaba remedio por vergüenza de tener que confesárselo a un doctor, el cual ya no lo vería con el respeto con que se mira a un paciente, sino con algo de risa y menosprecio. Estaba resignado a no disfrutar del mayor placer sobre la faz de la tierra. Había aceptado su fracaso, y sólo quería una mujer con la que pudiera abrazarse hasta fundirse en un sueño apacible y despertar con la certeza de ser amado, justo en esos instantes donde las ganas de dormir se sacian y se pretende seguir soñando despierto, imaginando tener el amor entre los brazos. Se conformaba con apenas unos minutos efímeros de calor: así de poco esperaba de la vida.



    Durante el resto del día ni siquiera pensaba en ello, y mucho menos a la hora de dedicarse a sus quehaceres. Allí sí que no hubiera deseado por nada del mundo ser un hombre casado, con una esposa discutiendo por todo: porque no lavó la losa a tiempo o porque se demoró más de lo necesario frente a la pantalla del televisor, o tal vez porque se gastó unos pesos de más en unos libros o en una borrachera de amigos. Su dinero no sería su dinero si el compromiso fuera ahorrar para un viaje familiar o realizar un cambio de mobiliario, aunque los muebles estuvieran en perfectas condiciones, porque las mujeres se encaprichan con cosas como estrenar enseres. Por motivos como esos él valoraba su soltería irredenta, la libertad de hacer lo que le diera la gana sin el peligro de ganarse una cantilena insoportable. Pero cuando llegaba la noche y el golpe de la desolación lo atosigaba, entonces ahí sí se acordaba de que debía hacer todo lo posible por no quedarse solo, así fuera nada más para poder abrazar un cuerpo caliente y tierno bajo las cobijas.

    ¿A quién buscar, a quién llamar en esos momentos de desespero? Y si a lo mejor existía alguna amiga deseosa, ¿cómo le respondería Rupertino a la hora de ir con ella a la cama, desnudarla y pretender otorgarle placer para tener luego la posibilidad de abrazarse y retozar juntos si ni siquiera él podía comportarse como un macho? ¡Ah!, desgraciada vida la de este pedazo de hombre que no tenía derecho a amar ni ser amado. Ni siquiera de abrazar ni ser abrazado. A Rupertino le hubiera bastado con eso.



        Cuando le comentó a su experimentado amigo Diego Faciolince acerca de su vacío sentimental —en medio de una nutrida ronda de cervezas en un antro donde se confundían viejos quejumbrosos amantes del tango y los boleros con jóvenes universitarios que transpiraban rock y música de culto electrónico—, este le habló sin anestesia, como siempre solía hacerlo, razón por la cual se había ganado un poco su mote de El Facho Lince.

    — ¿Para qué quiere tener una mujer si se pueden tener varias al tiempo?

    —La soledad, hermano. La soledad golpea duro. A mí con una que me quisiera y que me comprendiera me bastaría —respondía Rupertino urgido de cumplir su deseo.

    —No sea pendejo —decía El Facho —. Los únicos que se casan o se comprometen o dejan su vida por una mujer son los hombres Simp. No sea uno más de esos y más bien aprenda de los maestros.

    ¿Hombres qué?

    —Hombres Simp, señor, ¿no conoce lo que son? Un hombre Simp es un tipo que se esfuerza demasiado por llamar la atención y por impresionar a todas las mujeres. Les quiere satisfacer sus demandas dejando que sus propias necesidades sean relegadas. Mejor dicho, es ese pobre diablo que solo vive por las mujeres y para las mujeres. A donde llega siempre está mirando para todos lados, sopesando las posibilidades que tiene de cotizar, fijándose en cada mujer que hay en el lugar, ilusionándose con que esa noche sí se le va a hacer el milagro de que alguna lo encuentre atractivo y se le lance en picada. A veces es él el que se lanza convencido de su éxito, pero siempre falla en el intento, pues ellas huelen su necesidad. Desde que el hombre entra en el escenario las féminas ya lo han escaneado a través de su máquina cerebral intuitiva que no falla. Ya lo han descartado con solo ver sus ademanes, su forma de mirar y de caminar; de actuar y de interactuar, sin darle la oportunidad al pobre de que diga una sola palabra. Él está pendiente de ellas y procura siempre ganar su aprobación. Al final se vuelve complaciente, comprensivo, atento, cariñoso, detallista, sumiso, protector; en fin, un candidato seguro para estar en la friendzone por los siglos de los siglos, o un futuro cornudo. Eso sí, tenga mucho cuidado, que a la corrección política no le gusta que se use la palabra Simp, porque eso es prácticamente para referirse a perdedores. Por eso le digo, viejo, no sea Simp y dedíquese a vivir su vida sin pensar en tanto en las mujeres. ¡Sea hombre, carajo!



    Rupertino bebió su cerveza y le pareció que estaba pasando el trago más amargo de la noche, pero al final le halló razón a su amigo El Facho. Por algo a Diego no le faltaban las mujeres revoloteando a su alrededor, y Rupertino se preguntaba cómo carajos hacía este amigo suyo para salir siempre victorioso sin mover ni un dedo. De hecho, esa noche, en el antro ecléctico, una universitaria con pinta de hipster lo miraba desde una mesa cercana con ganas de “pasarlo por las armas”, pero Diego ni siquiera la volteó a mirar.

    —No me gustan tan alternas— le dijo a Rupertino, quien estaba que se moría porque esa mirada fuera para él.

    Así, Rupertino Díaz comprendió que él era irremediablemente uno de esos hombres Simp que su amigo le había descrito. A donde quiera que iba siempre estaba tratando de llamar la atención de una mujer, así no fuera muy atractiva; procurando que cualquiera se fijara en él, y al final ninguna se percataba de su existencia. Lo veían tan pobre, tan aburrido, tan insignificante, tan poca cosa. Ninguna de las cualidades que poseía Rupertino (si acaso poseía) se configuraban interesantes para las mujeres modernas, independientes, sofisticadas, y muy bonitas, por demás. Las mujeres querían un hombre líder, un varón con estatus, un alfa que las llevase al cielo y les hiciera despertar emociones como en un cuento de hadas; que estuviera en capacidad de ofrecerles el paraíso. Rupertino no tenía nada de eso.



    De modo que se prometió a sí mismo que iba a mejorar: se volvería un hombre más interesante, más divertido, más sociable, con mucho estatus que le permitiera ser admirado, con muchas experiencias para contar y mucho mundo para compartir, y sobre todo mucho dinero para tener una seguridad económica que ofrecer. El dinero, especialmente, es lo que llama la atención de las mujeres atractivas, según le dijo su amigo meses después en el mismo antro, porque es en ese aspecto donde ellas ven qué tanta protección les puede brindar el hombre en tiempos de crisis, o qué tan buen estilo de vida tendrían ellas a su lado. ¿Qué podía hacer el pobre? Esa era la realidad y había que aceptarla tal cual. Era lo más difícil de obtener, y para ello requeriría de un gran plan de superación. Conseguir dinero implicaba mejorar las relaciones sociales: aumentar el número de amigos y conocidos que lo enrutasen por el camino del éxito, pero Rupertino era un jugador solitario. O ser un emprendedor con visión, pero él ni siquiera tenía idea de dónde estaba parado ni hacia dónde se dirigía. O trabajar y ahorrar mucho, pero a él lo mandaban a volar de todos los empleos por su temperamento desafiante con los patrones. O meterse a la ilegalidad, al mundo de las drogas, por ejemplo, pero para eso había que tener las gónadas bien puestas y no temerle a la muerte, y ser un atravesado dispuesto a matar o morir, pero ya se sabía que si este badulaque no tenía sangre para lo legal, mucho menos para lo ilegal.

    Al final Rupertino no consiguió cambiar y ahora ya no clasificaba ni siquiera para ser un Simp, pues desvió su atención de las mujeres y no volvió a determinarlas ni por error. Le seguían gustando, pero perdió a propósito todo interés en ellas por aquello de que le sería imposible conquistar hasta a la más horripilante.



     Solucionó su problema de soledad haciendo lo que debió haber hecho desde el principio: se consiguió una muñeca inflable. La bautizó con los nombres de todas sus fantasías, según como estuviera motivado en ese momento, y así, cada noche, ella se podía llamar de diferentes maneras: Lina María, Sandra Yulieth, Paola Andrea, Ivonne, Claudia Patricia, Mónica Viviana, Diana Marcela, Jenny Alejandra, y la que más le gustaba de todas, Angélica María.


sábado, 1 de octubre de 2022

Un hombre, una profecía y nueve tiempos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos



 

    En agosto del 2021 me encontré con la historia del señor Enrique Castillo, el ingeniero costarricense radicado en Colombia que fue abducido presuntamente por seres extraterrestres por allá en el año de 1973, y quien ya había sido célebre mucho tiempo atrás, pero que yo no conocía.  
    A propósito de la pandemia, algunos canales independientes volvieron a remover los escritos de Castillo para ponerlos en contexto con lo que estaba aconteciendo en la órbita terrestre.
    Veníamos de un año muy difícil en el que el mundo yació bajo el poder nefasto del Covid-19, y apenas se estaba dando inicio al proceso de vacunación, ensombrecido por las dudas de los escépticos y de los que no aún no se explican cómo fue que la Ciencia encontró una vacuna en tan poco tiempo para actuar contra un virus que supuestamente no se conocía. 
    La coyuntura de una pandemia, que no le tocó vivir a ningún habitante actual de la Tierra, nos hizo pensar en los "últimos tiempos" de los que hablan las Escrituras; nos puso a hablar del fin de un mundo convulsionado en el que de repente comenzaríamos a vislumbrar la posibilidad de un nuevo orden mundial. 
    Todo ese catastrofismo se ha venido manifestando a cuotas desde 2020, y en los últimos dos años los ojos de la humanidad no se despegan de los sucesos que vienen ocurriendo, temiendo por la inminencia de una guerra nuclear y la entrada de la civilización a un período de desolación, miseria y muerte. 
    Tal parece que sí estamos viviendo los "últimos tiempos", si no de este mundo, al menos de este sistema de cosas que muchos se han dado en bautizar como "el fin del capitalismo" y la llegada de la cuarta revolución industrial con la que se dará inicio al "Gran Reseteo" del que nos hablan las élites dominantes.
    La historia de Enrique Castillo, aunque es difícil de concebir, y aunque su libro goza de poca credibilidad en las esferas de los sucesos paranormales, la traigo a colación, no tanto por lo fantástico de la historia, como por las profecías que de ella se desprenden. 
    Luego de un año de haber escrito esta crónica, basada en la investigación de un corresponsal del periódico El Tiempo, de nombre Cristian Ávila, la desempolvo y la pongo a consideración de los lectores de este blog con el fin de tomar conciencia de que los hechos que se describen en el libro de Castillo, titulado Ovni, la gran alborada, así como las profecías bíblicas que nos hablan del "fin de los tiempos", guardan una estrecha relación con lo que está sucediendo hoy en el planeta: una pandemia de dudosa procedencia, amenazas de nuevos virus que atemorizan a la gente, una guerra en Europa del Este que parece una puesta en escena, el surgimiento económico y político de un imperio milenario que se vislumbra mucho más "terrorífico" que la multipolaridad de los países de Occidente, una inflación desbordada en todo el mundo como mecanismo de empobrecimiento, la escasez de alimento y de materias primas, la vuelta de los estados al socialismo y de allí a la implementación de un comunismo manejado por las grandes corporaciones que serán finalmente las detentoras del poder mundial, además de un caos generalizado y un ambiente de zozobra por la subversión de la moral y los valores que pareciera no tener límites. 
    Por todo ello, y encontrándonos ya bajo la advertencia de una posible tercera guerra mundial para inicios del año próximo (o finales de este, Dios quiera que no), de unos tiempos difíciles que se avecinan y del paso del "ángel exterminador" que nos anuncian con su reguero de dolor y muerte, hago visible de nuevo la experiencia de Enrique Castillo y el mensaje de los pleyadinos, para ver qué tanto de ello se ha cumplido y qué podría llegar a cumplirse. Desde luego, no puedo transcribir aquí todas las profecías, pero dejo el enlace en las citas para que los lectores interesados ubiquen el libro del ingeniero Castillo y decidan por su propio criterio si darle credibilidad o no.
    En mi caso, siendo un escéptico de esas historias fantásticas, pero un convencido de que el destino del mundo está totalmente guionizado y de que la conspiración sí existe -no como teoría, sino que ya lo han venido demostrando los hechos-; le doy el beneficio de la duda al extinto señor Castillo, quien en su presunto encuentro del tercer tipo dejó consignado lo que vendría para el mundo en su libro a través de un ciclo que él denominó como "Los nueve tiempos".
    A continuación me remito a la crónica que escribí hace un año y que hoy publico antes de que sea demasiado tarde. El lector juzgará.





    Todo habría empezado en 1968, a falta de un año para que el hombre llegara a la Luna”. Así comienza su crónica el corresponsal de Nación, Cristian Ávila Jiménez, publicada el 2 de junio de 2021 por el periódico El Tiempo de Colombia, aunque ya había sido publicada originalmente en junio de 2019.[1] La historia, que hace parte del especial Archivos X de Colombia, refiere la experiencia relatada por el ingeniero costarricense Enrique Castillo Rincón, quien era un estudioso apasionado de los fenómenos extraterrestres, y que según lo relata, fue elegido por ellos para dar un mensaje al mundo.

    Fue uno de los casos más difundidos en América Latina acerca de los encuentros del Tercer Tipo. Ocurrió en 1973, aunque desde hacía cinco años Castillo venía siendo asediado por pensamientos y visiones premonitorias, y encaminado por personas que lo pusieron en la ruta de su aventura insospechada.

    El ingeniero afirmó haber sido abordado por una mujer que decía ser emisaria de las Pléyades (uno de los cúmulos estelares más cercanos a la tierra), y le manifestó ser portadora de un mensaje crucial sobre los nueve tiempos que atraviesa la Humanidad. La mujer le comunicó que estaban buscando personas interesadas en el tema, así como él, para que difundieran dicho mensaje. Al parecer, después de esto, el ingeniero Enrique comenzó a tener sueños con visiones holográficas en los que le daban pistas del sitio donde sería contactado por los Pleyadinos. Tendría que ser de noche, en una laguna del departamento de Boyacá, en una fecha precisa, 3 de noviembre; vestido con ruana y sombrero para que pareciera un aldeano de la zona. Tenía que encontrar una esfera oculta bajo una piedra cerca de un árbol. Si encontraba la esfera del tamaño de una pelota de golf y la levantaba y la movía, podría establecerse el contacto, que según Castillo, se produjo a las 8:25 de la noche, cuando escuchó un estruendo y vio en el relampagueo del cielo dos naves grandes, muy raras y sorprendentes. Contó que dos seres, muy rubios, altos, blancos, de estilo nórdico, descendieron de una de las naves y se acercaron, lo tomaron de las manos, lo subieron, y posteriormente se comunicaron con él por telepatía.



    Así fue como el ingeniero Enrique Castillo tuvo su primer encuentro del Tercer Tipo con los seres de las Pléyades para recibir el mensaje que luego él mismo consignaría en dos libros que escribió para dejar sentado su testimonio: Los nueve tiempos que cambiarán al mundo, y Ovni, gran alborada humana.

    Se podría pensar que esta historia se parece más a una película de Spielberg que a un caso de la vida real, pero no tengo pruebas para decir que don Enrique Castillo no fue un abducido, o que es un fantaseador del carajo que se inventó toda esa locura con el ánimo de ganar protagonismo y vender unos cuantos libros. (Por cierto, esa podría ser una estrategia muy rentable para los escritores que algún día aspiramos a ser reconocidos: primero enfrascarse en una aventura espectacular, ojalá imposible de comprobar, hacerse famoso, y luego, ahí sí, convertirse en escritor, que es lo último que debería hacerse, y no lo primero, como en mi hipotético caso). Total, que aunque lo narrado por el ingeniero Castillo a simple vista puede parecer descabellado, no tengo duda de que la profecía de los Nueve Tiempos, como él los llama, se ha venido cumpliendo de manera lamentable para los seres humanos; no en la forma en que él lo pronosticó, sino en la forma más elemental y lógica de aquella sentencia bíblica que dice: “¿de qué le sirve al hombre si gana el mundo y se destruye o se pierde a sí mismo?”[2]. Ya lo estamos viviendo. El hombre cada día se inventa mecanismos que a la postre lo terminarán aniquilando. Es la profecía más fehaciente que tenemos, aunque no sabemos cuándo se terminará de cumplir.

    Lo que pongo en tela de juicio es sobre todo la forma como se dan a conocer los sucesos: el modus operandi de los extraterrestres pareciera muy simple, muy repetido y muy poco imaginativo. Y para colmo de males, que los extraterrestres resultaran ser un modelo calcado de una raza que en otros tiempos se consideró aria y predominante, es redundar en el lugar común de la cinematografía gringa. Algo de eso les hemos leído a los autores de ciencia ficción. Creo que el ingeniero Castillo debió ser un lector asiduo de este tipo de literatura.  



    Por otro lado, si lo de Enrique Castillo eran ganas de llamar la atención o la pura verdad, no hay cómo saberlo. Lo que me parece más interesante no es la experiencia del mensajero, muy inverosímil, por demás, sino el mensaje en sí mismo. Porque a lo mejor todo pudo haber sido un mal sueño del ingeniero Enrique, pero un sueño muy premonitorio.

    Muy pocos le creyeron y siguen sin creerle. Él se sometió al escarnio, a la calumnia, a la indignidad por difundir el mensaje que le dejaron los seres extraños que lo contactaron al menos en cinco oportunidades. Es difícil para una persona que gozaba de cierta ascendencia en su profesión contar al mundo una historia como aquella, ¿qué ganaba?, ¿qué interés personal lo movía? Ni modo de decir que lo que quería era vender libros, pues estos nunca encabezaron las listas de Best Seller, y además el ingeniero liberó los derechos para que todo el mundo tuviera acceso a su obra de manera gratuita.

    Pero más le hubiera valido si continuaba con su profesión de ingeniero electrónico y no arriesga su prestigio. Enrique Castillo sabía que no le creerían. Él mismo no sabe por qué específicamente lo eligieron a él para esa “ingrata tarea”, como lo afirmó. Fue tachado de charlatán, pero él insistió con la misión que creyó que tenía que cumplir, y así fundó un grupo llamado Instituto Colombiano de Investigación de Fenómenos Extraterrestres (ICIFE) y otros institutos por Latinoamérica.



    La hija de Enrique, Daiyaini Castillo, fue la que continuó con el legado de su padre, quien murió en 2013. Viene apareciendo en programas especializados sobre el tema, advirtiendo que los mensajes que le dieron “los hermanos de las Pléyades” a su progenitor son reales y que las pruebas de lo que a este le pasó se evidencian en los libros que escribió y en las profecías cumplidas hasta el momento. ¿Qué dicen exactamente estas profecías? Bueno, hablan de la convulsión del planeta, de temblores, de huracanes, de cambios bruscos de clima, de cambios geológicos, de pestes que asechan al hombre, de revueltas, de incertidumbre, de crisis financieras, de guerras, de hambre, de muerte, en fin, nada bueno que no hubiésemos escuchado antes. De hecho en la Biblia se advierte sobre las señales de los “últimos días”.[3] 

    Según Daiyiani, en el especial de conversatorios concedidos al informativo G24[4], su padre hace parte de los archivos clasificados de los Estados Unidos. Dice que fue el primer contactado al que le dieron información sobre una raza alienígena que habita en el planeta Tierra, cuya misión es apropiarse y destruir la humanidad: “una raza que lleva milenios arrasando con las civilizaciones del sistema”. Son seres mimetizados entre los hombres que hacen parte de las esferas del poder del nuevo orden mundial. En esa época dicho orden aún no se vislumbraba como ahora, pero a Enrique Castillo ya le estaban hablando de ello en sus encuentros.

    El ufólogo colombiano William Chávez afirmó que el ingeniero Castillo fue investigado por la CIA, el FBI, le aplicaron el suero de la verdad, y no encontraron incoherencias en sus testimonios. El año pasado fueron desclasificados unos archivos por parte de la CIA y el Pentágono en los que se admitía la presencia de Ovnis sobrevolando el cielo.[5] Es posible entonces que lo que relataba el señor no fuera del todo falso. Él mismo aportó un material que se consideró veraz por parte de la comunidad científica y que sólo se le entregó a 50 personas. Ese material, conocido como “Informe Matrix”, contendría los mensajes acerca de los Nueve Tiempos de la Humanidad.



    También el año pasado, mientras el mundo estaba confinado a raíz de la pandemia, CNN publicó una noticia en la que advertía que se estaba produciendo un “incremento drástico en Norteamérica de avistamientos de ovnis”[6]. Pareciera, entonces, que la posibilidad de que los seres humanos no estemos solos en el universo es cada vez mayor.

        El libro Ovni, la Gran Alborada Humana, habla de una profecía que le fue comunicada a su autor, Enrique Castillo, llamada Los Nueve Tiempos que Cambiarán al Mundo, que se iniciaría al año siguiente de haber terminado la Segunda Guerra Mundial, es decir, en 1946, y abarcaría alrededor de 63 años. Los hechos de esta profecía ya debieron haberse cumplido en su totalidad hacia el año 2009, en donde debimos haber visto días aciagos y terribles marcados incluso por una tercera guerra mundial para luego vivir unos “años de gran felicidad y justicia” a partir de dos siglos venideros, es decir, a partir del año 2.200. Como quien dice, ninguno de los que estamos vivos en este momento en la Tierra veremos nada de esto, salvo las cosas malas.






    Pero estamos en 2021 y no ha habido una tercera guerra mundial. Puede que la haya, pero no sabemos si la habrá. Tal parece que por algún condicionante que tenía la profecía lanzada en 1976, los sucesos se han retrasado alrededor de treinta años. Falta que acontezcan los hechos más escabrosos, pues según Daiyiani, estaríamos apenas entrando al Séptimo Tiempo. No deja de parecer extraño que a un abducido se le haya comunicado una profecía en una fecha en la que ya estaban aconteciendo la mayoría de esos sucesos, si se tiene en cuenta que todo comenzó a contar a partir de 1946 y el primer contacto fue en 1973. Claro que las profecías no se han cumplido dentro de la cronología exacta que señala el libro. Daiyiani admite que la razón es que los humanos no estamos sincronizados con la medición de los seres Pleyadinos. Nuestro calendario podría distar mucho del tiempo que ellos señalan. Otra razón es que existen condicionantes para que estas profecías se cumplan. Si el planeta aumenta su vibración energética podemos minimizar los efectos de algunos de estos episodios desastrosos que nos anuncian, o incluso estos se pueden retrasar. Si por el contrario, la humanidad continúa vibrando con la carga tan negativa con la que lo está haciendo, los anuncios se concretarán en un tiempo no muy lejano. No obstante, los hechos se han ido presentando paulatinamente y esto es algo que no se puede desconocer. 




    En mi humilde opinión, yo me adhiero a lo que decía Jesucristo a los apóstoles cuando éstos le preguntaban por el tiempo en el que acontecerían los “últimos días” de los que él hablaba: “nadie sabe ni el día ni la hora, ni aún los ángeles de los cielos; sólo el Padre”.[7] Porque generalmente los que se han atrevido a pronosticar fechas han fallado, y esto sólo ha servido para causar pánico y zozobra a la humanidad. 

    Extraigo a continuación un fragmento que sintetiza parte de La Profecía del libro citado, como para sembrar la inquietud en los lectores apasionados por estos temas; aclarando que lo más indicado es dirigirse a la fuente primaria, que es el libro de La Gran Alborada escrito por Enrique Castillo, donde además se detallan los episodios de cada Tiempo de la profecía que por cuestiones de extensión y de Derechos de Autor no puedo transcribir completamente aquí. También existen otros libros muy importantes que tratan acerca de seres de otros mundos, basados en investigaciones, testimonios y documentos públicos que han dado a conocer la CIA y otras agencias de inteligencia. El Project Blue Book (Proyecto Libro Azul), por ejemplo, es un libro recopilado por el historiador John Greenewald, documentado con más de cien mil páginas de investigaciones internas de la Fuerza Aérea Norteamericana y la NASA acerca de ovnis; basado en el Project Blue Beam[8], que es una teoría conspirativa sumamente peligrosa elaborada por el periodista canadiense Serge Monast (muerto misteriosamente), la cual contempla la posibilidad de que los eventos ufológicos no sean tales, sino que estén siendo dirigidos por grupos poderosos para confundir a la humanidad con el supuesto de una inminente invasión extraterrestre contra la que habría que luchar. El propósito sería alterar el pensamiento de las personas, falsear la realidad acerca de los alienígenas y lograr implantar así un Nuevo Orden Mundial con el que todos estén alineados bajo un gobierno único para defenderse de las “fuerzas invasoras”. La vieja táctica del enemigo externo.



    Cada quien sacará sus propias conclusiones y creerá lo que quiera creer. Yo pienso que las visiones sobre el futuro son las advertencias conocidas que durante años nos han recalcado para mantenernos en guardia, aunque no me cabe duda de que este berenjenal de mundo algún día se tendrá que acabar. Al fin y al cabo nada dura para siempre. Aquí unos apartes del mensaje de Enrique Castillo:  

 

La humanidad mirará impertérrita sin poder hacer nada.

Las Organizaciones Humanitarias Mundiales

 y los hombres de bien estarán maniatados.

Los gritos y quejas no llegarán a oídos de los Gobernantes (…)

 

La especulación, carestía y corrupción estarán a la orden del día. Las familias de bien,

junto con sus hijos, orarán y pedirán en silencio.

Las religiones se tambalean,

solo la fe del justo las mantiene.

Violencia, huelgas, ultrajes, robos, asaltos,

secuestros, asesinatos, hambre y enfermedades,

ríos desbordados, deslizamientos, fuertes lluvias, heladas, muertes por calor y frío como nunca se vio (…)

 

Nuevas enfermedades aparecerán y azotarán como peste por todo el mundo sin esperanza de solución (…)

 


Se levanta El Carnicero. ¡Cuidado! Le dan a beber sangre... Y se embriagará, marca a sus seguidores

 y harán su voluntad; será el tiempo.

Las pisadas del guerrero no dejarán nada a su paso.

Ha llegado el tiempo para la guerra pues no hay otro camino, los hombres ciegamente la han buscado,

 y se despierta la bestia..

La tierra quedará vacía y estéril (…)

 

Ha llegado la guerra con su mortífera carga.

Se ensayan nuevos métodos destructivos

que asolarán la tierra con sus frutos

 y ésta gemirá de dolor. (…)

 

Caerá del cielo la Gran Tribulación

 revestida de enfermedad,

escoriando y llenando de llaga los cuerpos,

muriendo sin remedio: los asesinos tuvieron éxito. (…)

 

El hedor y podredumbre asfixia y contamina el aire

 y la terrible plaga se paseará por las nubes

 y los vientos, sembrando su veneno en los animales

y campos también. (…)

 

¡Se ha cumplido la Profecía!

¡El humilde y el justo heredan la Tierra!

Los hijos crecerán en la verdad, los llantos cesarán.

Surgen los líderes de espíritu renovado y puro.

¡Oid... oíd y escuchad!

Se ha iniciado la nueva Era Terrestre.

El calendario Cósmico marca la 4ª Era.

El Terrestre: 2.023...[9]

 

    Esa última fecha que se menciona, 2023, es la que me deja inquieto porque todavía no se ha cumplido. ¿Será esa "cuarta era" la cuarta revolución industrial de la que tanto se ha especulado que vendrá? ¿La de la peligrosa Inteligencia Artificial aplicada a todas las áreas del conocimiento para controlar la mente humana? ¿Será una guerra nuclear?

    No sé si los últimos días ya son una realidad para los terrícolas, pues no se puede negar que las profecías del fin del mundo, tan generalizadas, se vienen cumpliendo sistemáticamente con los desastres naturales que se han presentado cada vez más devastadores y continuos, con los conflictos  políticos, económicos, sociales, religiosos y raciales; con la contaminación, y últimamente con la pandemia del Covid-19 que fue la tapa de la olla. Pero tampoco podemos desconocer que las tragedias, el cambio climático y las pestes, así como la violencia y las guerras, han estado presentes en todas las épocas de la humanidad. Somos una raza en permanente estado de destrucción, de modo que nos queda muy difícil saber en qué momento nos asaltará el final definitivo, aunque presentimos que se acerca.



    No sé tampoco si esa historia de Enrique Castillo sea cierta, pero es infortunado que a uno, simple mortal, no le sucedan esas cosas tan extraordinarias. A mí, para engrandecer mi tarea de escribir, me serviría mucho que un ser planetario me contactara, que un lagarto me hablara, que un alma de la otra vida se me apareciera, que uno de los dioses antiguos de la creación se fijara en mí para inspirarme, o que el mismo Jesús se me manifestara en carne y hueso, así fuera para reprenderme por mi actitud de olvido para con él. Cualquiera de esas experiencias me daría valor para ejecutar una misión parecida a la del señor Castillo aunque me tacharan de loco, no me importa. Por lo menos hallaría un propósito trascendente para creer en mí mismo y servir a los demás.

    Pero nada, no me pasa nada. Debe ser que no estoy llamado a figurar en la historia; que sigo siendo tan normal y silvestre como la mayoría de los ocho mil millones de habitantes anónimos de esta tierra en la que todavía esperamos un milagro.



Fecha de escritura: agosto 1 de 2021
Fecha de publicación:   octubre 1 de 2022



[1] https://www.eltiempo.com/colombia/otras-ciudades/historia-de-enrique-castillo-contactado-por-extraterrestres-en colombia-377012

 [2] Lucas 9:25, Biblia Reina Valera, 1960.

[3] Mateo 24:7; Mateo 24:12; Revelación 6:4; Lucas 21:11; Daniel 8:19; 2 Timoteo 3:1; Daniel 12:4; 2 Pedro 3:3; Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras. www.jw.org/es/enseñanzasbíblicas/preguntas/profecia-ultimos-dias/

[4] www.youtube.com/watch?v=Sdll-1izqSI&t=399s

[5] www.infobae.com/america/mundo/2021/01/14/la-cia-desclasifico-toda-la-informacion-que-tiene-sobre-los-ovnis-esta-disponible-para-su-descarga/

[6] https://cnnespanol.cnn.com/2020/01/13/incremento-drastico-en-norteamerica-de-reportes-de-avistamientos-de-ovnis-en-el-2019/

[7]Mateo 24:36, Biblia Reina Valera, 1960.

[8] https://culturizando.com/teorias-conspirativas-que-es-el-proyecto-blue-beam/

[9] Enrique Castillo Rincón, Ovni, Gran Alborada Humana, La verídica historia de un hombre-contacto, Tomo I, Editorial Norte y Sur, C.A., Venezuela, Primera Edición, Abril, 1995, pág. 191.

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