martes, 26 de mayo de 2026

De cómo intentan robarse las elecciones en Colombia

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna política)







     Así como la dictadura de Maduro se robó las elecciones en Venezuela hace dos años, y hace poco se orquestó un fraude en Perú contra López Aliaga, el candidato de derecha conservadora, patriota y provida; la izquierda petrista comenzó a poner en marcha el que será el fraude más vergonzoso de la historia nacional: la nueva Operación Morrocoy a la colombiana, en donde el régimen de Gustavo Petro está haciendo todo para robarse las elecciones.

     Recordemos qué fue la llamada Operación Morrocoy en Venezuela y cómo sirvió para que el chavismo usurpara la voluntad popular en más de una ocasión. Su nombre proviene de la tortuga terrestre venezolana llamada morrocoy, que es un símbolo de lentitud y se usa irónicamente para describir el fraude electoral basado en la ralentización del proceso adrede. En zonas donde se sabe que la oposición es mayoría, se utilizan estrategias para desincentivar a los electores de ejercer su derecho al voto, tales como reducir las máquinas, los puestos y el personal de las entidades encargadas de realizar el conteo y el registro, retrasar la apertura de mesas y el proceso de verificación de cédula hasta límites insospechados, boicotear el sistema informático para hacer todavía más engorroso el proceso, y hacer tedioso y complicado el trayecto hacia la mesa de votación para generar cuellos de botella en las filas. Mientras tanto se le facilita el avance y el rápido acceso a aquellos votantes en las zonas donde el oficialismo es fuerte, con ayuda incluso de agentes irregulares que interfieren mediante la coacción y el engaño para favorecer al régimen.

     Ya se veía venir que los socialistas que nos gobiernan no están dispuestos a entregar el poder bajo ninguna circunstancia, y por ello comenzaron a ponerle palos en la rueda al proceso electoral. 




     Las votaciones en el exterior, por ejemplo, estaban programadas para que comenzaran a partir del lunes 25 de mayo hasta el domingo 31 a las cuatro de la tarde, pero tal amplitud de horario no se ha cumplido como debiera cumplirse. La afluencia de colombianos queriendo votar alertó a los funcionarios petristas de los consulados de que realmente hay un fervor nacional para votar por el candidato más fuerte de la oposición, el señor Abelardo de la Espriella, lo cual los hizo replantear la logística de las elecciones, quién sabe por órdenes de quién.

     En ciudades como Miami y Atlanta no dieron abasto los tarjetones. En Miami tuvieron que hacer filas hasta de cinco horas para que los colombianos residentes allí pudieran depositar su voto. En Atlanta se agotaron los certificados electorales, demoraron el ingreso procurando que el reloj diera las cuatro de la tarde y cerraron la jornada con mucha puntualidad. Mucha gente protestó afuera porque no los dejaron entrar a votar a tiempo. La respuesta “satisfactoria” que recibieron de parte del cónsul fue una burla desafiante.

     En Nueva York solamente está habilitado el Consulado de Colombia en Manhattan para votar durante la semana, pero los puestos complementarios de Queens y Connecticut como escuelas, centros comunales, polideportivos u otros, sólo serán habilitados el domingo, de modo que quienes no puedan desplazarse hasta Manhattan tendrán que esperar hasta ese día para ir a votar, con el consecuente caos que se producirá por la aglomeración de personas. A las cuatro en punto cerrarán las urnas y miles que se alinearon en la fila se habrán quedado sin ejercer su derecho ciudadano. Otros, por falta de tiempo o por cansancio ante la espera, se devolverán por donde vinieron y se perderán la oportunidad de sufragar. Todo hecho adrede, por supuesto, porque la idea del régimen es que nadie vote: se saben perdidos, ya que el pueblo los repudia. 




     Lo raro es que estas anomalías no se habían presentado antes en las votaciones de los colombianos en el exterior, caracterizadas por ser limpias, fluidas y tranquilas. Tenía que ser un gobierno de izquierda el que contribuyera a alterar el buen desempeño histórico de las mismas.

     Es parte del fraude, desde luego, y es la anticipación de lo que se verá el domingo en todas las mesas de votación en el país. De ahí la importancia de salir a votar temprano en la mañana, y sobre todo prepararse mentalmente para vivir una jornada extenuante, tediosa, conflictiva y de largas filas, como le gusta al socialismo.

     Habrá que estar dispuesto a regalarle el domingo entero al ejercicio democrático si acaso queremos salvar la democracia. No nos consolemos con que esto será cuestión de ir diez minuticos a depositar el tarjetón, compatriotas, como se hacía otrora, sino más bien mentalicémonos para vivir toda una experiencia traumática, similar a la aventura de una atención médica de las EPS en los tiempos del petrismo. Es posible, incluso, que al igual que salen los pacientes de los dispensarios de medicamentos con las manos vacías, nosotros tengamos que salir del puesto de votación con la cédula en la mano sin siquiera haberla usado cuando nos digan que no han instalado las mesas aún, que no hay suficientes jurados y no pueden hacer nada, que no encuentran su número de cédula, que usted no está inscrito allí, que debe ir a otra zona, o quizás a otro país, como les ha pasado a muchos, que alguien más votó por usted, o que no ha llegado el material electoral como tarjetones, formularios y certificados. Si el día de las elecciones nos encontramos con este tipo de situaciones generalizadas en el grueso de los centros de votación, no lo dudemos, que ya está obrando el fraude. 




     Si además de lo anterior se hacen públicas las denuncias de camiones saliendo con cajas sospechosas de los centros de votación que son trasladadas a bodegas misteriosas, tarjetones rasgados en los basureros públicos o quemas de material electoral de dudosa procedencia, tampoco lo dudemos, porque ahí está la culminación de la Operación Morrocoy a la colombiana. 

     Y si no es suficiente con esto, contemos con que la página de la Registraduría se va a estar cayendo cada tanto, y que, a diferencia de las elecciones pasadas, es posible que los votos tengan que seguirse contando durante la madrugada del lunes, justo cuando la gente ha tenido que irse a dormir cansada de esperar el boletín final. En una de esas la página se reactiva y un nuevo líder que ha repuntado misteriosamente será el que se perfile como el ganador de la elección. Alguien podría ingresar a la plataforma que en un momento dado se mostró vulnerable y cambiar un poco desde afuera los resultados de la elección. A propósito, ¿al fin Petro pudo conseguir los códigos de acceso al software de la Registraduría que estaba solicitando con tanto ahínco?

     Ya comenzaron, por ejemplo, convocando solo a aquellos testigos electorales que se habían inscrito previamente y que pertenecen al Pacto Histórico. Muchos inscritos para ser testigos electorales provenientes de otras vertientes políticas distintas a las del gobierno, ni siquiera fueron convocados. Bajo este supuesto, no será difícil perpetuar el fraude a través de un proceso de verificación y registro de actas con personal estrictamente oficialista. ¿Quién puede confiar en un petrista? A ello añadamos que la mayoría de los jurados hacen parte del gremio de Fecode, que agrupa a los maestros del sector oficial, "para nada sectarios y adoctrinadores de izquierda". 




     Pero hay un plan B, que es peor todavía, por si ven difícil lo del fraude: alegar ellos mismos el fraude. Desde el mismo presidente se dirá que no reconocen las elecciones que de pronto un tal Tigre gane en franca lid. Se culpará a la Registraduría, se llamará al “pueblo” (minga y primeras líneas) a las calles, se azuzarán las turbas violentas bajo el manto de la protesta social y la marcha “pacífica”. Harán que incendien el país de tal modo, que al abyecto presidente no le quede de otra que decretar “Estado de Conmoción”, de paso para evitar hacer una segunda vuelta presidencial con la excusa de que la extrema derecha no permite establecer las garantías para unas “elecciones libres”. 

     Así las cosas, Petro no tendrá necesidad de abandonar la Casa de Nariño el 7 de agosto. Comenzará a aplazar y aplazar, haciendo que el orden público sea de tal magnitud que se esté ad portas de una guerra civil. Ya me lo imagino llamando a la nueva Constituyente sin tener que empacar maletas. Ya me imagino el país en llamas y los nuevos constituyentes aprobando el artículo que revive la reelección, Petro convocando a nuevas elecciones, Petro lanzándose como candidato, Petro siendo reelegido porque tendrá tan diezmada y comprada a la oposición que no tendrá ningún empacho en volver a ser el presidente, mientras el candidato del pueblo sería encarcelado u obligado a exiliarse. Lo sé, es el peor de los escenarios, pero no subestimemos a esta gente que una vez que ha olido el poder no dejará que se lo arrebaten de las manos.




     El plan C es todavía más espeluznante. No dejar que hagan segunda vuelta en caso de que El Tigre Abelardo pase, y eso lo lograrían a través de un atentado contra su vida o la de su vicepresidente en una de tantas manifestaciones públicas a las que estos asisten. Si sucede algo así, Petro ordena un Estado de Sitio, el caos de seguridad volverá a ser incontrolable y nuevamente, la solución de aplazar las elecciones será implementada. Como sea, el sinvergüenza estará en procura de la conflagración del país antes de entregar el poder, y los colombianos debemos estar preparados para lo peor.

     Por eso hay que salir a votar en masa, como nunca, para que a estos bandidos les quede muy complicado robarse las elecciones o tratar de tomarse el poder por la fuerza. Hay que darle un golpe de muerte al petrismo, cosa que entiendan que no tienen el apoyo del pueblo. Lo mismo a la vieja clase dirigente y estéril que representa Paloma Valencia. Hay que hacerles saber que el país está cansado de los políticos, de la izquierda, del progresismo, del wokismo y la victimización. Hacerles saber que no somos el mismo país de 2021 y que este movimiento popular que se levanta no está dispuesto a tolerar la violencia en las calles porque estamos dispuestos a defender la patria.

     A votar por el único candidato que en este momento podría hacerle frente a la lacra zurda: Abelardo de la Espriella. No es perfecto, pero es el mejor para los tiempos que corren.







sábado, 16 de mayo de 2026

Mis pronósticos de las elecciones

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Siendo muy pesimista, me atrevo a pronosticar que Iván Cepeda podría ganar en primera vuelta. Siempre ha estado liderando las encuestas que, aunque ya sabemos cómo se hacen, no deja de ser inquietante que un sujeto que tiene todo el respaldo de los criminales y los más corruptos de Colombia aparezca encabezando las preferencias de votación, mucho más después de lo nefasto que ha sido el gobierno de Petro, del cual Cepeda sería su continuador. Peor todavía, el profundizador de la debacle que comenzó el 7 de agosto de 2022.

     Me temo que a Cepeda no le quedaría difícil ganar, puesto que cuenta con el apoyo económico y logístico de su mentor; con el respaldo financiero de la Internacional Comunista y con el brazo armado de los grupos narcoguerrilleros, cualquiera que sea su filiación. También con el beneplácito de los regímenes de izquierda de la región, que no han dudado en inyectarle dinero, darle asesoramiento y hacerle propaganda, como el caso de Claudia Sheinbaum en México, y todavía de la dictadura Bolivariana de Venezuela, que se mantiene latente y más viva que nunca, a pesar de que ya no esté Maduro.

     Iván Cepeda tiene la chequera para comprarse las elecciones en las regiones más apartadas y pobres, donde existe una gran cantidad de población instrumentalizada, adoctrinada y amenazada, y con ellos puede obtener la mayoría de los votos. Chequera que, por cierto, le pertenece al pueblo colombiano, pero es administrada por Petro. Así que Cepeda tiene licencia para usarla en su campaña, pues al no tener un respaldo orgánico del electorado, lo tiene que comprar. No es fortuito que en sus eventos de campaña siempre haya buses, refrigerios, papayeras, estudiantes y contratistas del Estado, y además lo acompañe a todos lados la minga de alquiler. Por si fuera poco, recordemos que la mayor votación en el Senado la sacó el Pacto Histórico, de modo que es muy probable que esos votos redunden en su elección. 




     Quien no esté dispuesto a vender su voto, al menos sí estará dispuesto a preservar su vida, y para ello tendrá que votar por la hiena Cepeda, no sea que algún comandante guerrillero dé la orden de halar el gatillo sobre la cabeza de los que quieren otra cosa. El modus operandi es simple: la gente de la periferia del país, de las poblaciones apartadas que yacen bajo el control total del narcoterrorismo, no tendrán siquiera que salir a votar. Los mismos subversivos le recogen a cada uno la cédula en su casa, la llevan al puesto de votación, y a través del jurado petrista, igualmente vendido o coaccionado, validan el voto del ciudadano amenazado. El voto cuenta como legítimo, aunque la opinión real del sufragante no sea tenida en cuenta.

     Siendo un poco menos pesimista que en el primer escenario, me atrevo a decir que Cepeda y Paloma van a pasar a segunda vuelta, lo cual sería un golpe devastador para la gente, porque nos esperaría un sino oscuro debatiéndose entre el socialismo y el progresismo woke. En ese caso me tocaría votar por Paloma con la nariz tapada, eligiendo el mal menor, pero lamentándome de que El Tigre no haya llegado a segunda, o más bien no lo hayan dejado llegar. Sería un fraude cantado, porque el apoyo de la gente demuestra que a él lo acompaña la mayoría del pueblo. Abelardo no puede quedar de tercero en franca lid, de ninguna manera, pero sí podría quedar de tercero con el concurso del fraude. Por eso el Establecimiento político está asustado, ya que por más que intentan desprestigiarlo y sacarlo del camino, las encuestas y el entusiasmo de la gente los desmienten. 




     Siendo bastante optimista, me atrevo a pronosticar que Abelardo ganará en primera vuelta. Sería el escenario más deseado. Él sí tiene el fervor del pueblo, y sus eventos de campaña así lo han demostrado a donde quiera que ha ido. Hay un voto silencioso que no han registrado las encuestas y que se está haciendo cada vez más elocuente al paso que Abelardo va subiendo en la intención de voto. El pueblo ha depositado en él una esperanza que no ofrece ningún otro, pero sobre todo ve allí un sentido de justicia que está en mora de impartirse. El daño que le hizo la izquierda a este país tiene que cobrarse. Los criminales, los narcos, los que se robaron el presupuesto de la nación, Petro, Benedetti, todos los secuaces de ese pacto de hampones tienen que ir a la cárcel. Colombia no resiste otros cuatro años más de izquierda radical, y menos si el riesgo es la perpetuación en el poder a través de la Constituyente que proponen.

     Si el pueblo sale en masa a votar por Abelardo, convencido de que en este momento es la única fórmula para salvar a la nación, se le podría ganar a los fusiles, a la compra de votos, a la maquinaria, al fraude que planean hacer, a la mafia del Foro de Sao Paulo y a los enceguecidos que ven en Cepeda a un líder, pero tienen el corazón lleno de odio por causa de la mala educación política que recibieron, a la cual muy seguramente contribuyó FECODE. 




     Pero para lograr ese sueño se necesita una conciencia colectiva muy grande, un acuerdo tácito en el alma de cada colombiano sobre qué clase de líder es el que requiere el país en este momento. Para ello toca desprenderse de las nimiedades y obviar los detalles de la forma, como que De la Espriella defendió alguna vez a criminales en el ejercicio de su profesión, o que es un fantoche, un showcero, o que abusa de su saludo marcial; en fin. Si esperamos ver en él al candidato perfecto, nunca estaremos conformes con el representante que la providencia nos envíe. Eso sí, nos queda siempre la posibilidad de disfrutar el tormentoso infierno comunista; ese que aún hoy se niegan a creer a pesar de los espejos que tenemos.

     Por desgracia existe una división entre los que sabemos cuáles deben ser los principios fundantes de una sociedad, y los que todavía piensan que no se necesitan principios sino alianzas. Empeñado en recalcar esa división, está el periodismo colombiano, que se jacta de hacer análisis profundos y se queja por la pelea entre los supuestos candidatos de derecha, advirtiendo que esa división podría poner a Cepeda como ganador en primera vuelta. Ignoran, o pretenden hacerlo, que no hay tal división de la derecha, porque la verdadera derecha está con El Tigre. El resto son tibios infecundos y burócratas que están más pendientes de sus prebendas y de mantener sus puestos que del futuro del país.

     Hay iletrados políticos que todavía piensan que Paloma Valencia es otra candidata de derecha por el solo hecho de ser apoyada por Uribe. Craso error. Ni siquiera se puede ubicar en el centro, pues sus coaliciones y sus compañías indican que, si alguna vez tuvo ideales, ya se ha desprendido de ellos. Está volcada a la izquierda progre. Si no llega a segunda vuelta, una pequeña parte de sus votos se van con Abelardo, pero gran parte de ellos se irían con Cepeda, o votarían en blanco, beneficiando doblemente al heredero. 




     Siendo realista, pienso que esto se va a segunda vuelta entre Cepeda y Abelardo. A Cepeda no le alcanzaría el respaldo popular, a no ser que el fraude y la coacción sean monumentales, y Abelardo tiene muchas trampas en su contra. Ese intento de fraude que le deben de tener preparado no tiene precedentes. La izquierda sabe que, si no es así, no podrían ganar limpiamente. Estas serán, sin duda, las elecciones más sucias y violentas de la historia.

     Con la mano en el corazón, votaré por Abelardo de la Espriella pensando que nunca hemos tenido un mejor candidato y probablemente no volvamos a tener esa oportunidad. Quisiera que ganara en primera, pero todo apunta a que habrá segunda vuelta y que serán unas elecciones bastante reñidas, definidas por escasos dos o tres puntos porcentuales, quizás menos. Espero equivocarme y que gane de una vez con la mayoría de los votos este 31 de mayo. Lo reconoceré felizmente, pero soy consciente de que la izquierda y el Establecimiento son dos enemigos muy poderosos que harán lo que tengan que hacer para impedir que El Tigre gane. Él tiene lo más importante, que es el apoyo del pueblo.

     Sólo espero que Dios le regale una mirada a Colombia y la premie con el mejor presidente posible. Si en esta ocasión no gana la derecha con El Tigre, pensaré que fuimos nosotros mismos, los colombianos, los que le dimos la espalda al país.









sábado, 9 de mayo de 2026

Entre el bien y el mal

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Entre todas las posibilidades que existen para las elecciones presidenciales del próximo 31 de mayo, sólo hay dos que están fijas, ya sea para ganar en primera vuelta, o en segunda: Iván Cepeda, del lado de los comunistas, o sea del mal; y Abelardo de la Espriella, del lado de la vida, la libertad y la propiedad; es decir, del bien. No insistan, colombianos, no hay más opciones. La tercera en disputa que hasta hace poco tenía alguna posibilidad era Paloma Valencia, pero esa candidatura se cayó, así de sencillo. Eso no va, no tiene pies ni cabeza, no tiene alma, no es fría ni caliente porque es el extremo tibio, como quien dice, no es nada. Aquellos a quienes no les gusta la polarización, les tengo que decir: bienvenidos a la Real Politic.

     ¿Quién dijo que la política es de grises matizados? ¿Quién dijo que la política no debe ser de blancos y de negros absolutos ni de posiciones encontradas, sino de conciliaciones fingidas que solo benefician a los dueños del sistema? Desde que tengo uso de razón he sabido que la política es pasión, confrontación, fervor, compromiso, identidad, involucramiento total de la personalidad y del ser fundidos con unos principios fundantes, sean estos edificantes y altruistas, o destructivos y mezquinos. No por nada nos hemos matado en Colombia desde que inició la vida republicana; desde la división primaria entre centralistas y federalistas que dio paso a la división entre liberales y conservadores hasta bien entrado el siglo XX, y que despunta el siglo XXI con una división todavía más etérea: izquierda versus derecha.

     ¿Está bien que nos matemos por política? De ninguna manera, no estoy normalizando ni mucho menos justificando la violencia.

     ¿Está bien que la política sea polarizante? Tal vez no esté del todo bien, pero es lo que en realidad sucede, porque de eso se trata la democracia: la opinión de unos frente a la opinión de otros. 




     Desde luego que esas opiniones a veces coinciden en algunos puntos en común durante el ejercicio político, no digo que no, pero cuando se establece el juego electoral se tienen que marcar primero las divisiones para establecer luego las alianzas. En este caso, identificar las posiciones más alejadas la una de la otra para mirar quiénes se alinean de un bando o quienes del otro. Aquellos que se quedan en la mitad, generalmente indecisos y temerosos de comprometerse con una postura radical, son los que peor suelen gobernar, si acaso llegan a ganar, porque por lo general se convierten en los candidatos perdedores.

     La historia de Colombia muestra claramente que siempre hay un candidato que representa una manera de gobernar basada en unos lineamientos establecidos en su programa o en sus declaraciones, y siempre está su antípoda. Quienes gravitan entre esas dos posiciones terminan absorbidos por uno de los dos bandos con el cual se sienten más identificados, o repelidos por aquel por el que sienten más aversión; de ahí que a la final tengan que tomar partido por alguna de las dos propuestas en contienda, especialmente cuando se hace efectiva esa instancia de casi todas las democracias occidentales llamada Segunda Vuelta.

     La otra posibilidad es que los candidatos “moderados” que no se identifican con ninguno de los extremos ideológicos voten en blanco o se vayan a ver ballenas, desdeñando con ello el futuro del país. En ese caso el pueblo les cobra su cobardía en las siguientes elecciones y pasan a la historia como mercenarios y oportunistas de la política, a los que apenas les interesa la reposición de votos. Ellos nunca llegarán a ganar ninguna elección presidencial, como el caso del señor Sergio Fajardo, quemado y requemado en el contexto electoral y desvanecido por la falta de inspiración en sus viejos electores, que al final encuentran otro prototipo que la coyuntura del momento les hace ver como imparcial, sobrio, de buenas maneras, de avanzada; en fin. 




     Ese otro estereotipo hoy se encuentra en la campaña de la candidata del Establecimiento, y se llama Juan Daniel Oviedo, convocante de ese nuevo tipo de zurdaje que en el habla coloquial se conoce como la social vacanería: aquello que le gusta al elector relajado, despreocupado, orientado al goce, a la simpatía, la convivencia agradable y el rechazo a los dogmas que conllevan alguna rigidez de pensamiento. Son, por lo general, zurditos de caviar, tibios sin compromiso cuyos problemas económicos están resueltos y pretenden representar a un país que sufre los embates de la pobreza y la descomposición social que estas personas pretenden arreglar con significantes vacíos y distantes de la realidad; con símbolos, utopías buenistas y poca profundidad para solucionar los problemas tangibles del diario vivir de las personas.

     Por eso no me extraña que la campaña electoral colombiana se haya decantado por dos extremos irreconciliables que hasta el momento están representados por los dos candidatos que picaron en punta en las encuestas. El uno es el heredero del poder, consentido de los criminales más perversos del país, amigo de los terroristas, pupilo de la escuela comunista, odiador de corazón que solamente vende promesas de venganza: Iván Cepeda. El otro quiere hacer un pacto con el pueblo, ayudarle a generar riqueza, defender al ciudadano de la delincuencia, devolverle la seguridad, enseñarle a amar la patria, afianzarle sus lazos familiares. Este, por el contrario, vende esperanza y la promesa de una patria milagro, como él la llama: Abelardo de la Espriella. 




     Si se han dado cuenta, hay dos caminos claramente marcados que no se encuentran ni en un millón de años luz. Si se percibe la abismal diferencia, no hay necesidad de definir esto como una elección de extrema derecha frente a la extrema izquierda. Basta identificar a la una con el bien y a la otra con el mal. Ya el lector decidirá cuál es cuál, pero el sentido común apunta a lo obvio.

     Por fortuna, el daño que hizo el gobierno del sinvergüenza no alcanzó para destruir la democracia por completo, y hasta el sol de hoy todavía podemos ir a depositar el voto en la urna. Puede que dentro de cuatro años no tengamos esa posibilidad si nos equivocamos eligiendo ahora. Pero como salta a la vista, nunca ha sido tan fácil tomar la decisión de por quién votar en estos comicios presidenciales.

     Si lo que se quiere es salvar la patria, no hay duda de que hay que votar por el bien. Si lo que se quiere es condenarla, destruirla y convertirla en un satélite de la Cuba comunista de la falsa revolución, tampoco hay duda de que debe escogerse la propuesta del mal. Así de claro está el panorama político nacional.

     El resto, lo que queda en el aparente medio, tarde o temprano terminará plagándose a la opción con la cual se sienta más identificado. Por lo general el centro es barrido, devorado en su propio centro, para ser redundante, porque allí no hay una base que lo sostenga. No existe como propuesta ideológica, sino como puerta de salida para quienes no se quieren comprometer con unos principios que implican sacrificio. Por lo general el centro termina plagándose a la izquierda, porque en el fondo es una izquierda biempensante y bienintencionada, pero, al fin y al cabo, izquierda errática y destructiva. 




     Como sea, palabrería o no, no se trata de apoyar a una persona, sino una propuesta. Si la persona que de momento la encarna resulta que no salió tan leal a lo que decía defender, no es motivo suficiente para cambiar de ideales. Lo que hay que cambiar es de líder. En mi caso, me identifico con los postulados fundantes que defiende la ideología de derecha. Hoy puede llamarse Abelardo de la Espriella, mañana Pepito Pérez, no importa, con tal que dirija guiado por aquello que abanderó durante el período de campaña.

     Toda doctrina que enseñe sobre el bien y la fe en Dios es provechosa. Los hombres fallan, pero los principios perduran. De ahí la importancia de tener una ideología definida, firme, inamovible. Quien no la tiene, cualquier camino le sirve, con cualquiera se junta y a cualquier parte llega.










sábado, 2 de mayo de 2026

El mejor candidato posible

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Nunca había sido tan fácil votar en Colombia para los que defendemos el sentido común. Ni siquiera en los tiempos de Álvaro Uribe, que hoy no es ni la sombra de lo que fue en su esplendor, se vislumbraba un candidato que le generara a uno fervor, amor de patria y esperanza. Ese señor es Abelardo de la Espriella, un tipo con ardentía, como él mismo lo ratifica cada vez que puede.

     Yo escucho a Abelardo y de inmediato pido que me traigan una urna, que ya quiero depositar mi voto. Las cosas hay que decirlas como son. 

     Dicen que es populista, pero el populismo per se no es malo, porque es un método de hacer política consistente en llegar al pueblo. Si a eso vamos, de alguna manera todos los candidatos que han ganado han sido populistas, porque han conquistado la mayoría de los votos. Chávez fue populista, Petro igual lo es. Pero también lo son Trump en Estados Unidos o Javier Milei en Argentina: supieron llegar al pueblo, de la misma forma como lo está haciendo El Tigre.

     No es solo el fondo de lo que contiene el discurso de Abelardo, que en sí son propuestas en donde impera la lógica por encima de la promesa utópica, sino la forma directa y contundente como lo dice: sin tratar de quedar bien con nadie que no sea el pueblo de a pie, que es el que sufre los embates de la corrupción politiquera y la criminalidad. Por ello propone mano dura contra los delincuentes, cárcel para los corruptos, el Estado funcionando como una empresa para que genere ganancias y no pérdidas, volver los ojos a Dios y a la familia, impulsar la iniciativa privada para recortar la dependencia estatal, fomentar la propiedad, fulminar el adoctrinamiento en la educación, recuperar el modelo de salud antes que nacionalizarlo, utilizar las armas del Estado cuando sea necesario imponer la fuerza. En resumen, hacer este país viable para que deje de ser la narcodemocracia que es. ¿Por qué este estilo de propuestas causa tanta roncha en la izquierda revolucionaria y en la élite de politiquera? Porque ambos parasitan del Estado. 




     Abelardo mismo lo dice: “lo que necesita Colombia no se resuelve cambiando las leyes, sino aplicando bien las que ya existen”. Para eso no hay que ser un mago ni nada por el estilo, sino tener voluntad. Obvio, no todo se resuelve con voluntad, pero es lo mínimo que se requiere para operar un cambio. Ni siquiera eso hemos podido tener como país. Todos los políticos saben qué es lo que hay que hacer, pero ninguno ha tenido la decisión de hacerlo.

     Aún si uno no ha estudiado el programa de gobierno de El Tigre, o no ha tenido tiempo de ver sus entrevistas, en donde básicamente se reafirma en lo mismo, basta escucharlo una vez para saber de qué lado está y qué es lo que piensa con respecto a muchas cuestiones que dejan duda en el electorado colombiano. En caso de que resulte ser otro promesero que tampoco cumpla con sus promesas de campaña, al menos podemos esperar que Abelardo no nos va a terminar de insertar en la ola del Socialismo del Siglo XXI, ni nos va a cambiar la Constitución, ni nos va a entregar a los que la quieren cambiar. Lo mínimo que uno pide es que no dejen el país peor de lo que lo encontraron, aunque ya bastante destruido lo va a encontrar Abelardo el 7 de agosto si gana la presidencia.

     Yo veo a El Tigre y no solo veo a un abogado costeño que habla hasta por los codos y no se deja apañar de sus contradictores tan fácilmente, sino que veo a un ganador. En un solo hombre confluyen el abogado, el empresario, el inversor, el padre de familia, el profesional, el negociante, el visionario, el artista, el parrandero, el líder de la manada, el hombre inquieto que siempre está buscando nuevas formas de ganarse la vida, porque no está esperando que otros hagan por él lo que él mismo tiene que hacer. Es un constructor de imperios, y para hacerlo no solo tiene que buscar su propio beneficio, sino procurar el bienestar de quienes lo rodean. Por eso esa clase de líderes enérgicos y decididos son más confiables que aquellos que trabajan exclusivamente por su proyecto personal, porque contagian a los demás su ánimo vigoroso. 




     Que sí, que su estilo puede parecer algo folclórico, sobrador, barnizado con tintes de arrogancia, e incluso puede resultar demasiado confrontativo a muchos que se las dan de pacifistas, pero es que esos son los hombres que necesita el mundo real, porque no vivimos en un cuento de hadas: hombres fuertes, sin complejos ni culpabilidades, que vayan siempre para adelante, aunque sus contradictores se paren en las pestañas, que no duden en defender sus principios con uñas y dientes y luchen por lo que tanto esfuerzo les ha costado conseguir. En fin, hombres con un ideario que constituye lo que él llama los “principios fundacionales” y que no se rindan por miedo o vergüenza al señalamiento. Mientras todo se haga a la luz de las leyes que legitiman la República, ¿cuál es el problema de tener un presidente de línea dura para con los bandidos y holgazanes si eso beneficia a la mayoría de la población?

     Pero los colombianos, que hemos demostrado hasta la saciedad que no sabemos elegir bien, no solo no estudiamos a profundidad las propuestas, sino que nos dejamos ganar por la opinión mediada de los medios hegemónicos y los rumores de cafetería. Entonces uno encuentra comentarios del tipo: “es el abogado de la mafia”, o “es ateo”, o “es homofóbico”, entre otros. Cuando se ha llegado a esta conclusión es porque se ha creído en juicios que alimentan el sesgo de confirmación. Detrás de estas opiniones está el interés de los contradictores suyos que ven cómo El Tigre les está quitando sus electores, o de los enemigos de la orilla opuesta que temen que este les arrebate su poder. 




     También nunca ha sido tan difícil tratar de salvar el país del infierno comunista al que nos quieren seguir llevando los zombis, los enchufados y los comemierda de este gobierno. Porque para uno querer votar por la misma fórmula de muerte, es porque es un funcionario público, un contratista, un mercenario, un resentido, una mala persona, un vendepatria, o quizás todas las anteriores. Es decir, está dentro de la cofradía del mal. O lo están obligando a hacerlo con el arma en la nuca, ya se sabe cómo es.

     El candidato del gobierno es todo lo contrario a lo que inspira De la Espriella. Mientras Abelardo es original y gusta o choca por su autenticidad, el segundo es un lobo disfrazado con piel de oveja. Proyecta una imagen de hombre sabio, mesurado, pacífico y bondadoso. Tras la máscara a veces trata de salirse la gran bestia que es. En Iván Cepeda uno puede ver la turbiedad, la desidia, la falta de amor por el país, el desgano, la negligencia, la antipatía, la desesperanza, el odio, la sed de venganza, la dejadez, la intención oculta de arrasar con la propiedad privada y hasta la estética del terror revolucionario, pues copia la vestimenta de angelitos como Stalin, Mao, Pol Pot y Maduro.

     Iván Cepeda representa el mito del perdedor, pues, aunque gane, seguirá siendo un perdedor, porque es un tipo que no inspira, no infunde pasión, no despierta admiración. No ha generado nada propio, solo ha sabido vivir del Estado y por ello es el faro de los que están acostumbrados a estirar la mano, pues no quieren hacer algo mejor por sus vidas. Está anclado a la ideología marxista, a la doctrina muerta, pero es nulo en los saberes prácticos y científicos que requiere un país para salir adelante. Con Cepeda no importa el progreso real, ni el conocimiento, ni la iniciativa, ni el bienestar, ni la apariencia. Bajo el modelo comunista los ciudadanos no requieren nada de eso. Ellos apenas son fichas que se usan para que le den su apoyo al líder cambio de continuar viviendo en la zona de confort, porque así la vida pasa y los envuelve en la espiral socialista hasta el fin de sus días.

     Con Abelardo hay posibilidades de libertad, pero con Cepeda tendremos una esclavitud segura. ¿Acaso cuatro años de Petro no han permitido vislumbrar que el pueblo cada vez está más dependiente del gobierno y por lo tanto menos libre? 




     Y en el centro, tirada a la social-democracia biempensante, la Paloma indecisa con todo su palomar sin saber dónde volar, pero que, en caso de una crisis, anidaría en donde se le garantice su status quo. Y esa posición no la encontrará con aquel que sabe que para que las cosas mejoren toca incomodarse, ensuciarse, esforzarse y comenzar de cero. La paloma y sus palomitos poco acostumbrados al barro no querrán perder sus privilegios y más bien estarán dispuestos a acomodarse con el “heredero” que no tendrá reparo en sostenerlos mientras no amenacen su poder. Mientras tanto los entretiene con todas esas causas que ellos piden para darles la falsa seguridad de que son personas libres y de pensamiento de avanzada: legalizaciones, despenalizaciones, inclusiones y diversidades.

     Como yo veo las cosas, Abelardo de la Espriella es el mejor candidato posible, y votaré por él con gusto, no como cuando me tocó hacerlo por Duque porque no había más. Ahora tenemos a un tigre que parece dispuesto a hacer lo que toca hacer, y eso ya es un buen comienzo en un país que necesita urgentemente recuperar la seguridad y pacificarse con la acción contundente del Estado para ver cómo puede recuperar la senda del crecimiento que alguna vez tuvo. Y eso no será precisamente con la farsa de la “paz total” ni con los periodicazos inocuos.









Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...