sábado, 27 de septiembre de 2025

¿Invasión extranjera o asunto de seguridad?

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Fue por allá en el año de 1823 cuando James Monroe, presidente de Estados Unidos, proclamó lo que luego se conocería como la Doctrina Monroe, un principio de la política exterior americana que establecía, entre otras cosas, que “cualquier intento de intervención o colonización en América sería visto como una amenaza a la seguridad y a la paz de Estados Unidos”. En pocas palabras, el manido lema de “América para los americanos”, que tanto nos enseñaron en clase y que tantas polémicas suscitó.

     Hoy, Estados Unidos apela a la vieja doctrina para luchar por la defensa de su seguridad nacional, no contra una potencia europea, sino contra un cartel del narcotráfico: el Cartel de los Soles, comandado nada más ni nada menos por el que usurpa el poder en Venezuela, el dictador y presidente ilegítimo Nicolás Maduro. 

     Bien mirada la cuestión, no se trata solamente de la seguridad de los Estados Unidos, sino de la del continente entero. Si las repúblicas bolivarianas con sus gobiernos alcahuetes del narcotráfico no quieren hacer nada para combatirlo vehementemente y antes bien propician las condiciones de su expansión, es lógico que un proyecto patriota y serio como el de Donald Trump se apersone de la situación y decida instalar sus barcos en el Mar Caribe, muy cerca de aguas venezolanas, que es por donde está pasando la mayor cantidad de lanchas cargadas con droga, con el objetivo de destruir cualquier intento de envío de cocaína a su país.




     Cabe mencionar que de ninguna manera los barcos norteamericanos han invadido territorio ni mar continental venezolano, sino que se encuentran apostados en aguas internacionales, desde donde tienen toda la capacidad de disparar a quienes ellos comprueben que transportan cocaína en su interior, sin preguntar siquiera. Saben que la interdicción no funciona, pues a lo sumo detienen a unos narcotraficantes menores que van en esas lanchas y que si acaso serán juzgados por una justicia manejada por los propios jefes de la mafia. Todas las instituciones en Venezuela están cooptadas por dicha mafia. Por eso el mejor disuasivo resulta ser la destrucción de la lancha con sus funestas consecuencias para los transportadores, de modo que lo piensen dos veces la próxima vez que vayan a salir con un pequeño embarque. Cuando los barcos de guerra estadounidenses detonan una embarcación es porque ya tienen todas las pruebas recolectadas de que no son barcos de pescadores, precisamente. Ya es cuestión de los narcotraficantes si se atreven a seguir pasando por allí, o si abandonan su empresa criminal. El escarmiento hace parte de las estrategias de disuasión. 

     Mal mirada la cuestión, no cabe duda de que es una política expansionista de una potencia militar que puede hacerlo porque tiene con qué, y que utiliza su poderío para enseñar los dientes y advertir que quienes quieran seguir inundando a su país de droga les va a ir muy mal. Puede ser que la política haga parte de ese espíritu colonialista que reina en la tierra del Tío Sam desde su fundación; que a muchos no les gusta porque abre la posibilidad de atentar contra la soberanía y la libre determinación de los pueblos, pero que a veces se torna necesaria cuando esos pueblos que eligieron mal en el pasado ya no son libres para autodeterminarse a causa de un poder siniestro los tiene secuestrados.




     Es el caso de Venezuela o Cuba, cuyas dictaduras tienen azotados a sus ciudadanos y han propiciado que se genere un éxodo masivo de cubanos y venezolanos hacia los Estados Unidos, por su puesto. Cuba parece ser un caso perdido, y aunque Estados Unidos tiene un embargo económico contra la isla, esta es libre de comerciar con los países con los que le de la gana. Si el régimen castrista detesta tanto al imperio, ¿para qué quieren su comercio? 

     Venezuela, por su parte, está tomada por una dictadura, con el agravante de que ese régimen exporta cocaína hacia los Estados Unidos. La cadena es muy larga y compleja, y aunque Trump debiera buscar también los eslabones de la distribución en su propio país, quiere asegurarse desde el inicio de que ese cartel no lo siga perjudicando. Excelente decisión. Ese, que sí es un bloqueo militar, le va a cortar el oxígeno al régimen, pues es sabido ya que desde hace rato este sobrevive gracias al narcotráfico. Los imperios en la historia no han llegado a ser grandes dejando pasar el crimen al interior de sus fronteras. Al contrario, las han protegido de los invasores extranjeros con celo y con furia. Por ello este imperio tiene todo el derecho a proteger sus fronteras, pero también tiene la obligación moral de liberar a los que en otro tiempo fueron sus aliados. Porque una cosa tiene que quedar clara en este despliegue de fuerzas navales al Caribe: Estados Unidos no busca capturar a Maduro en tanto que dictador, sino en tanto que jefe de un cartel del narcotráfico que está flagelando a su nación. Lo del problema político se lo deja a los venezolanos, pero es cierto que, al perseguir a los narcotraficantes, si acaso los puede capturar o dar de baja, también están liberando a Venezuela de la dictadura. Un cartel de la mafia es lo que ha tenido suplantada a la democracia de este país por alrededor de veinticinco años.




     Así las cosas, el hecho de que el presidente Trump esté dispuesto a hacer lo que sus antecesores y él mismo cuando fue presidente la primera vez no hicieron para derrotar al narcotráfico, justifica ese despliegue de tropas muy cerca del área marítima de Venezuela como una medida de presión para ahogar al Cartel de los Soles. Algo había que hacer, y Trump no podía seguir ignorando el problema en vista de la poca colaboración que encuentra por parte de los gobiernos adscritos al Socialismo del Siglo XXI (léase Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua, y ahora Colombia, entre otros). Si Maduro cae, Colombia recupera la esperanza de no rodar al mismo infierno de su vecino, y Petro quedaría totalmente debilitado para las elecciones presidenciales del próximo año, si acaso se celebran. De hecho, el próximo en la lista podría ser el mismo presidente colombiano, que cada vez más se hace acreedor a ganarse un indictment por ser el presunto socio de Maduro en la empresa criminal del narcotráfico. Ya empezó por ganarse la desertificación. Vaya si caería bien que también pusieran la lupa sobre Petro… ¡las cosas que encontrarían! 

     Estados Unidos asume la tarea de defenderse del narcotráfico del Cartel de los Soles a su manera, y de paso nos hace un favor inmenso tanto a venezolanos como a colombianos. En la medida en que les vaya mal a esos dictadores bananeros y no puedan salirse con la suya, al pueblo le va bien. Repito, si cae Maduro, cae Petro, o por lo menos queda bastante apabullado. Ya será cuestión de darle el zarpazo final en las elecciones.




     En cuanto al problema democrático, los Estados Unidos consideran que el presidente legítimo de Venezuela es Edmundo Gonzáles, y que Maduro es un usurpador. Si cuentan con el apoyo de María Corina Machado y Edmundo, que son los representantes reales de más del 70% de la población venezolana, el día que entren por Maduro no estarán perpetrando ninguna invasión. De ahí que Trump tenga que ser paciente. La idea no es tocar tierra para matar a los ancianos que el infame dictador pretende poner como carne de cañón, pero tampoco es esperarlo toda la vida hasta que se entregue. En algún momento irán por él, y tal vez sea una operación mucho más sutil y meticulosa que la que el 20 de diciembre de 1989 llevó a cabo el ejército de los Estados Unidos en tierras panameñas, cuando finalmente el 3 de enero de 1990 lograron la captura del dictador Manuel Antonio Noriega. 

     ¿Qué tal que este año las fechas coincidan y la operación de captura o muerte de los tiranos bolivarianos comience el 20 de diciembre? Sería muy bueno para la región que Maduro, Diosdado Cabello o Padrino López no puedan comer natilla este año, a ver si dejan en paz a Venezuela de una vez por todas. Sería muy bueno que los gringos se llevaran una encima: les regalamos a Petro y a Benedetti, por ejemplo.




sábado, 20 de septiembre de 2025

Cuando las bestias matan a las bellas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Crónica)







La bella

     Acababa de terminar su extenuante jornada laboral en Zeppedie’s Pizzeria. Se dirigía a su casa a descansar para volver al día siguiente recargada de energías y con los deseos intactos de ahorrar el dinero suficiente para cumplir sus metas de convertirse en asistente veterinaria, pues amaba a los animales. Aun vestida con su uniforme de trabajo, la gorra y la camiseta negras con el logo del modesto local, se dirigió a la estación Scaleybark, a pocos kilómetros del centro de Charlotte, para abordar el tren ligero Linx, específicamente la Línea Azul que la llevaría hasta su hogar, donde seguramente la esperaban su madre y su hermano. Para relajarse un poco decidió colocarse sus audífonos y revisar su celular después de sentarse en uno de los puestos dobles del lado izquierdo del primer vagón. Pero cometió un error: no se percató de que se sentaría justo delante de su verdugo, a quien seguramente ella tomaría por un viajante más de los que a esa hora se desplazaban para llegar a sus distintos destinos. A simple vista, la situación no tenía por qué revertir ningún peligro. Eran las 9:55 de la noche del 22 de agosto de 2025. Se llamaba Irina. Irina Zarutska. 

     Nacida en Kiev el 22 de mayo de 2002, Irina llegó a los Estados Unidos en compañía de su madre, su hermana y su hermano; todos en calidad de refugiados de la guerra de Ucrania que tuvieron que salir huyendo de las bombas de Putin para encontrar la paz en el país de la libertad y las oportunidades. No encontró Irina la tan ansiada paz, ni logró cumplir el sueño americano. En lugar de eso encontró la muerte de la manera más atroz.




     Irina fue conocida por ser una artista talentosa, graduada en Kiev con un título en arte y restauración. Venía de una familia decente y acomodada en Ucrania que tuvo cómo pagarle sus estudios hasta que las circunstancias de la guerra de su país con Rusia la llevaron a migrar a la capital del Estado de Carolina del Norte, Charlotte, la segunda ciudad bancaria y financiera del este de Estados Unidos después de Nueva York.

     Era escultora, diseñadora de ropa, modelo, amante de los animales, pero más allá de eso, se le recuerda por ser una joven muy alegre y perseverante. Fruto de su capacidad fue el dominio del inglés en muy poco tiempo, lo cual la proyectaba como una persona apasionada por aprender y salir adelante. Irina era una de esas mujeres que estaría encaminada a tener éxito en el futuro, y su trabajo en la pizzería sería el trampolín para saltar a otros menesteres más propios de su capacidad.
  
     Se encontraba estudiando en el Rowan-Cabarrus Community College para aspirar a un título de asistente veterinaria, y de ahí ir adquiriendo una mejor posición e independencia económica. Ya estaba cómodamente adaptada a la sociedad americana, disfrutando de eventuales paseos turísticos con sus amigos cercanos, pero también en su hogar, rodeada de los suyos. El miedo por las bombas había quedado atrás, y aunque extrañaba su país, sabía que a su favor tenía su juventud y su buena disposición para sobresalir en ese nuevo espacio donde seguramente encontraría todo lo que le habría hecho falta en su pequeño paraíso perdido. Con algo de suerte, y en especial con la ayuda de Dios, regresaría a Ucrania cuando la guerra hubiese terminado y ella hubiera acumulado los ahorros suficientes para ayudar a emprender la reconstrucción de su casa y su terruño devastado. Sería cuestión de tiempo, pero sobre todo de paciencia, porque ella era una joven llena de sueños y de metas a futuro; y el futuro, allí donde se estableció la democracia más sólida del mundo, seguramente le sonreiría.




     Pero, al parecer, ese día ni Dios ni la suerte la acompañaron. Desde el cielo debe estarse preguntando Irina por qué razón aquella bestia de casi dos metros le arrebató la vida de forma tan salvaje sin mediar palabra. ¿Qué había hecho ella para merecer semejante condena? ¿A quién le había hecho daño si precisamente ella y su familia habían sido víctimas de la guerra y la insensatez de los tiranos? Irina apenas alcanzó a disfrutar de cuatro minutos de su viaje en paz, escuchando su música y mirando su móvil, hasta que el pasajero sentado detrás suyo, que fingía ir durmiendo recostado contra la ventana, se levantó de su asiento para apuñalarla por la espalda con total sevicia. Así, sin más, la asesinó porque sí. Porque al hombre le pareció que ella le estaba leyendo el pensamiento. Porque cree que los que están mal en este mundo son los demás, y no los que apuñalan como él.

     Cuánto hubieran dado Irina y su familia porque todo se hubiera tratado de un robo, de entregar resignadamente su dispositivo y que todo terminara allí. No habría sido nada en comparación con lo que pasó. Pero en la mente de la bestia no estaba el interés material, sino el odio por el prójimo. Se acababa de consumar un verdadero crimen de odio, y hasta hoy los adalides progres de la superioridad moral que fungen como los autores del término, no han salido a manifestarse. ¡Hipócritas!




La bestia

     Detrás de Irina, al lado de la ventana, se hallaba sentado Decarlos Brown Jr. Vestía sudadera roja de capucha y llevaba el pelo largo a la usanza de los rastafaris. No está de más decir que el hombre es de origen afroamericano, porque puede ser relevante para el caso: Irina era rubia, de ojos claros y piel blanca, como el fenotipo clásico de las ucranianas, cuya belleza es extraordinariamente fuera de serie. Brown, en cambio, era de piel oscura; café, como su apellido, o si se quiere negra, porque el negro es un color como cualquier otro si no se cae en lo políticamente correcto en este mundo de cancelación. Pero lo oscuro de Brown no está tanto en su piel o en su apellido, como en su alma. Es un sujeto con el alma diabólicamente tenebrosa. Y es racista a rabiar, porque después de cometer el brutal asesinato comenzó a gritar “yo maté a la chica blanca” (I got the white girl). Me pregunto si los Black Lives Matter y los Antifa ya no estarían quemando el país entero si se hubiera dado el caso contrario. Es decir, que la víctima, en lugar de una mujer blanca, hubiera sido una mujer negra, y en lugar de un afroamericano, el asesino hubiera sido un hombre blanco, cristiano, de familia tradicional, “privilegiado”. Estarían gritando como energúmenos su insulto de cabecera: ¡Racistas! 

     Una vez cometido el homicidio, y cuando el tren se detiene en la siguiente estación, Brown sale caminando, habiéndose quitado la sudadera manchada de sangre y guardado el puñal con el que le arrebató la vida a Irina. Al cambiarse de ropa, no pareció demostrar que estaba muy loco, sino por el contrario, que sabía perfectamente lo que hacía. Con 34 años, Decarlos Brown tenía el antecedente no menor de catorce entradas a la cárcel desde 2007 por diversos delitos, desde robo a mano armada, allanamientos, lesiones personales, y hasta un mal uso de la línea 911, cuando hizo una llamada en la que insistía en que un material extraño fabricado por el hombre le estaba controlando sus funciones básicas como comer, caminar o hablar. Fue observado bajo vigilancia psiquiátrica a petición de su familia con diagnóstico de esquizofrenia, pero nunca fue recluido.




     A Brown le imputaron cargos por asesinato en primer grado que conllevaría a la posibilidad de la pena de muerte. El mismo presidente Trump ha pedido esa condena, porque el castigo tiene que ser ejemplar y no es para menos. Las bestias de este tipo, que no tienen posibilidad de regeneración, no deben tener cabida en la sociedad. Para la alcaldesa de Charlotte, del Partido Demócrata, sin embargo, hay que tener empatía por el “sospechoso” y abordar más bien la situación de las personas sin hogar que padecen enfermedades mentales. Por dirigentes como esta señora es que la sociedad norteamericana está en semejante declive. Lo cierto es que casi todo el país está enfermo mentalmente, y el consumo de drogas ha ayudado a ello, pero cuando suceden esta clase de actos aborrecibles, no hay duda de que los criminales deben ser tratados como tal y hacerlos pagar con la condena máxima que determina la ley, incluyendo la pena capital. ¿A quién queremos engañar?

     El asesino, que según su familia sufre de alucinaciones y paranoia, afirmó que el gobierno le había implantado un chip en el cerebro. Tiene además antecedentes por atacar a su propia hermana. Purgó una pena de cinco años por asalto a mano armada y quedó libre en 2020, de donde se afirma que salió con serios problemas mentales. Del crimen contra Irina Zarutska confesaría después que fue por causa de una sustancia en su cuerpo que lo obligó a cometer el asesinato, y porque “ella estaba leyendo su mente”. La bestia está totalmente paranoica. ¿Cómo es que la han dejado suelta?




El sistema

     El sistema judicial de los Estados Unidos, específicamente del Estado de Carolina del Norte, es el mismo que ha capturado 14 veces a Decarlos Brown Jr. y lo ha liberado otras 14 veces. Esta reincidencia, que es propia de los países tercermundistas en donde campea la impunidad, es la que está llevando a la Unión Americana al atraso y a una violencia sistemática en donde no se aplica la justicia con rigor.

     Desde luego, las políticas progresistas han colaborado mucho para ello. Su filosofía se centra en culpar a la sociedad por los delitos que comete el delincuente antes que al delincuente mismo. El resultado es esto que vemos: un desequilibrado con libertad “condicional” matando salvaje e impunemente a una joven inocente por el solo hecho de ser blanca. 

     Hay que decirlo: A Irina Zarutska la mataron por ser blanca. Es un crimen racial, de odio, pero que a los colectivos de derechos humanos no les importa. Tampoco a los colectivos feministas; esos mismos que sacan a sus energúmenas instrumentalizadas a pintar las paredes y a destruir los bienes públicos dizque para defender a la mujer. Tampoco a ellas les importó el asesinato de Irina. Ninguna se pronunció. Todas guardaron silencio. No les convenía gritarlo a los cuatro vientos, pues la mujer no era una mujer negra, ni LGBT, ni indígena, ni palestina, ni militante de ninguna minoría. Nada de eso. Ella era una mujer blanca, trabajadora, desconectada de las ideologías woke que esos colectivos apoyan. Y ni siquiera como mujer refugiada de la guerra salieron a brindarle apoyo. El feminismo voltea la cara y hace oídos sordos. Su causa es solamente para defender mujeres afines a la ideología que les conviene a sus mentores. Su discurso, como el discurso de los teóricos críticos de la raza, es uno de los grandes culpables de este asesinato.




     A un delincuente menor como George Floyd, que no debieron haberlo matado, pero al fin y al cabo delincuente que se resistió a un arresto, le hicieron monumentos, carteles, murales, marchas, y en su honor provocaron la desestabilización del país. Por un sujeto al que no mataron por racismo, sino por una brutalidad policíaca que nunca debió ocurrir y que en parte fue motivada por su actitud. ¿Hubo algún apoyo para Irina? No. ¿Dejarán los medios y las universidades de esparcir su basura ideológica con la cual le ponen una lápida en la cabeza a los blancos o a los conservadores cristianos, como en el caso de Charlie Kirk, cuya única arma de defensa era la palabra?

     Entre tanto, de Irina Zarutska hay que decir que nadie hizo nada por ayudarla. Nadie tuvo el valor de defenderla. Nadie la socorrió, ni tuvo el valor siquiera de acercársele y tomarle la mano al menos para que no muriera tan desamparada. A su alrededor había otras personas que vieron lo ocurrido, también afrodescendientes, y no movieron ni un dedo. Nadie, ni siquiera los medios de comunicación, hicieron mayor cosa por divulgar la tragedia de su asesinato, que ocurrió el 25 de agosto y el hecho solo se vino a conocer a la luz pública el 5 de septiembre, tras publicarse el video de las cámaras del tren. Esos medios hegemónicos que han hecho todo por ocultar el caso de Irina, porque las circunstancias de su asesinato no se corresponden con su narrativa progre-wok, son grandes cómplices de este crimen.

     Pregunto: ¿se dejará la sociedad seguir asesinando por basuras humanas como Brown o va a poner a los delincuentes en su lugar aplicando la ley, no importa si tiene que deshacerse de estas escorias?




sábado, 13 de septiembre de 2025

Pregonar la palabra de Dios: motivo suficiente para ser asesinado

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Han asesinado a Charlie Kirk, activista político conservador estadounidense, fundador de la organización TPUSA (Turning Point USA), en la que promovía la defensa de la familia nuclear como modelo ideal, los valores tradicionales y cristianos y la lucha contra el aborto, entre otras causas conservadoras.

     Además de sus posiciones constitucionalistas originales, se apoyaba, sin ningún complejo, en pasajes bíblicos para sustentar sus argumentos, pero ya sabemos que nada que tenga que ver con Dios puede ser tomado en la discusión pública por los enemigos de la fe. De la fe en un Dios Padre, que sobrepasa toda capacidad humana. De ahí que lo considerasen un fanático religioso de extrema derecha.

     Han asesinado a un hombre de fe cristiana, de familia tradicional, defensor de la moral. ¿Es eso causal de asesinato en estos tiempos? Y lo hicieron simplemente porque se atrevió, no solo a pensar diferente, sino a exponer su pensamiento abiertamente, a promoverlo y a debatir sus ideas, haciendo cambiar de opinión, no pocas veces, a sus contendores ideológicos a través de la discusión sana y respetuosa. 
     
     Sin embargo, quienes se opusieron radicalmente a su pensamiento desde un principio, hoy se mofan de su asesinato vil y cobarde, y han salido a las redes sociales a celebrarlo. Lo han gritado pletóricos de dicha, porque siempre vieron en la figura de Charlie Kirk a un enemigo que puso a tambalear sus ideologías enrevesadas y carentes de sentido común. Les hicieron creer que un hombre que apenas podía defenderse con su voz podía constituir una amenaza para sus “derechos conquistados” a través de las luchas sociales.




     Están también los medios de comunicación con sus mal disimulados pseudo periodistas opositores al mensaje de Charlie que, si bien no lo celebraron tan de frente, sí se atrevieron a insinuar que lo asesinaron por tener ideas misóginas, incitadoras de violencia y propagadoras de división. Lo acusaban de ser detentador de un discurso de odio por el hecho de que su tendencia política no coincidía con el pensamiento de la progresía.

     Ahora enlodan su nombre sobre su cadáver, pisotean su reputación, distorsionan sus enseñanzas, lo ponen a decir lo que no ha dicho, porque ya no puede refutar esas mentiras, y lo exhiben en la palestra de los más extremistas activistas de derecha. Porque sí, Charlie Kirk era de derecha, pero no ultraderecha, como hoy aseveran los noticieros. Y tampoco derecha vergonzante, sino derecha conservadora, patriota, defensora de la vida, la fe, la propiedad y la tradición. 

     Pero los progres energúmenos que quieren borrar toda historia y toda tradición de la faz de la tierra, lo único que hicieron fue haber convertido a Charlie en un mártir. Han despertado todo un movimiento para mantener viva la llama de sus ideas, porque ahora más que nunca los que no lo teníamos muy referenciado, estamos buscando sus debates en internet y nos estamos poniendo en la tarea de conseguir sus libros y leerlos para pregonar el pensamiento de este batallador. Ahora no está Charlie Kirk con su esposa y sus pequeños hijos de uno y tres años, porque un violento, seguramente inducido e instrumentalizado por un poder mayor, borró su cuerpo de un balazo, pero sus ideas se están esparciendo por todo el mundo, como un perfume beatífico que es aspirado para deleitar el sentido del olfato. En este caso, para deleitar el pensamiento con las ideas de la verdad.




     Así, Charlie ahora es más popular, más seguido, más escuchado, pero, sobre todo, más aceptado en el corazón de las personas que no temen defender sus principios e ideales basados en su sentido de lo que es correcto. Saben que esto, más que una guerra de opiniones políticas es una guerra entre el bien y el mal.

     Tal parece que en estos tiempos (más que en los tiempos anteriores) creer en las enseñanzas cristianas, en la familia, o en la defensa de la patria, constituye todo un peligro para la ideología reinante con la que nos quieren uniformizar a la fuerza. 

     Si Charlie Kirk era un extremista por sus ideas, cuando nunca atentó contra nadie, ni mucho menos mató a ningún ser humano, y sus batallas siempre se dieron en el escenario del debate público, ¿qué son entonces los que acabaron con su vida y los que hoy celebran que se haya destruido a una familia, se haya dejado huérfanos a unos niños y viuda a una esposa? ¿Qué son los que hoy, desde las redes sociales y hasta canales reconocidos de información, se burlan y celebran abiertamente ante un hecho tan violento como lo es el asesinato a sangre fría? ¿Son esas las personas que dicen que el amor es el amor, que piden que el discurso de odio debe ser erradicado, que todos tenemos que vivir en aras de la paz y la tolerancia? ¿Cómo se les llama entonces a los que responden con un tiro en el cuello frente a los argumentos sólidos que no encuentran cómo rebatir? ¿Son esos los pacifistas, los que luchan por los “derechos humanos”, los promotores de la inclusión y la diversidad? ¿Son esos los que piden respeto cuando se expresa un pensamiento que no va acorde con su forma de ver la vida, pero responden con bala cuando ya se les han agotado sus escasos argumentos?




     En cuanto al asesino, es muy poco lo que sabemos de él. Que venía de familia republicana, que fue una oveja descarriada que se salió del redil y que fue su propio padre el que lo denunció. Que en el rifle y en las municiones que hallaron abandonados en un bosque cercano había escritas consignas de ideología trans e izquierdista, igual que el asesino de los niños en la escuela en Minneapolis. Aquí hay algo que no cuadra. ¿Fueron esas pruebas sembradas convenientemente por el mismo FBI? ¿Hay una intención tácita de desatar la guerra civil por ideologías en los Estados Unidos para desmembrar la Unión Americana desde adentro? ¿Está el sionismo detrás de todo esto? ¿Será entonces el próximo asesinado un importante influenciador de la orilla contraria para azuzar el fuego? ¿Serán ahora los fanáticos irracionales de Charlie Kirk, que los debe de haber como en todo movimiento, los que tomarán represalias para vengar su muerte? No hay pruebas de nada, y lo que se diga solo serían teorías de conspiración, pero lo cierto es que quedan más dudas que certezas, y todo esto pareciera una puesta en escena.




     Ahora, no es menos cierto que los dueños de la narrativa en los medios hegemónicos de comunicación, en la farándula, en las universidades, en los colegios, en el Estado, son las izquierdas. Este asesinato también es producto de docentes adoctrinadores que engendraron resentidos sociales con su retórica de los derechos humanos, las diversidades, los oprimidos y demás causas de falsa bandera en nombre de la democracia y la igualdad. Es producto de intelectuales o académicos, llámense como se llamen, que utilizaron sus títulos, sus libros, sus contactos y su influencia para tirar línea y tergiversar la historia, contándola convenientemente a ciertos intereses, ocultando los pecados de su doctrina y camuflándolos con el nombre de “revolución”. Este asesinato se debe al periodismo vendido al globalismo y a las grandes corporaciones dueñas de sus espacios, para poner sus micrófonos al servicio de ese asqueante relato de la corrección política, en el que no se puede criticar nada porque enseguida te tildan de derechista, facho, ultraconservador, antiderechos, homofóbico, misógino y cuantas otras cosas más sirvan para satanizar al espectro ideológico contrario, al cual muchos renunciaron públicamente para no verse comprometidos. Se debe también a los influenciadores y figuras de reconocimiento que utilizaron su imagen para denigrar la labor de un hombre que promulgaba una verdad que no gustaba a los incapaces, mediocres y fracasados que no supieron darle un buen cauce a su vida. En fin, este asesinato es consecuencia del odio puesto a rodar por la izquierda política y cultural. Su motivación proviene de los sicarios con micrófono, con cierta autoridad intelectual. Esa gente es la que está llevando a matar a los líderes de derecha en el mundo que les están desnudando su mentira. El problema es que como toda ideología crea adictos y fanáticos, lo más probable es que del otro lado respondan, creando así las condiciones para un enfrentamiento violento que trascienda el debate de las dieas.




     Concluyo reiterando que, desde la cultura, la educación y los medios, se ha acusado a quienes no se arrodillan ante la agenda progresista. Ellos, los dueños del poder, del discurso, de la hegemonía, han sido los que les han llenado la cabeza a las nuevas generaciones de odio y confusión. De ahí que lo único que tengan para dar la batalla cultural sea la difamación, el victimismo, la falsa pose, y en últimas, la aniquilación del otro, porque la izquierda, al haber perdido la guerra por las ideas, no tiene más que acudir a la presionada del gatillo. La derecha no puede caer en lo mismo en que alguna vez cayó, porque si ceden a las provocaciones y responden con las mismas armas, habrán desatado nuevamente el terror. Si no sabemos cuál es el lado correcto de la historia, basta identificar de qué lado proviene la violencia. Entonces ahí es cuando nos tenemos que cambiar de bando: cambiarnos al bando que pone en práctica el mensaje de Jesucristo.




sábado, 6 de septiembre de 2025

Nada pasa

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Un día el sinvergüenza que usurpa La Casa de Nariño da a entender que el abuelo de un candidato presidencial que fue presidente en 1978 "torturó a diez mil jóvenes” detenidos en la cárcel, y a los pocos días asesinan a este candidato. Nada pasa.

     Otro día, en una incursión armada, los grupos narcoterroristas acribillan a varios militares y policías, y el sujeto, en lugar de solidarizarse con nuestros héroes de la patria, se solidariza con los asesinos diciendo que esto no habría sucedido si esos “jóvenes” alzados en armas hubieran tenido mejores oportunidades antes que meterse en el narcotráfico. Nada pasa.

     Otro día sale en plena alocución presidencial manoseando y acosando a una de sus funcionarias y haciéndole comentarios fuera de lugar, y ninguna mujer de izquierda pone el grito en el cielo. Luego, tal vez fantaseando con su misma funcionaria, va y dice que una mujer libre puede hacer lo que quiera con su clítoris y con su cerebro, y que si sabe acompasarlo puede ser una gran mujer, y tampoco esas feministas que dicen ser defensoras de los derechos de las mujeres salen a quemar el Palacio de Nariño, que sería lo mínimo que uno espera conociendo su forma violenta de proceder ante comentarios sexistas y faltos de respeto. No pasa nada. 

     También se da el lujo de ser racista discriminando a un funcionario de su propio gabinete y exalta a otro con un pasado sexual turbio e inmoral, como si la pornografía fuera una actividad edificante, encubriéndose con la máscara de la inclusión y la diversidad. Nadie pone el grito en el cielo, como si las buenas costumbres y el decoro se hubieran perdido en este país. Igual, no pasa nada.




     Un día pelea con el presidente de los Estados Unidos, hace todo lo posible para quedar descertificado y pone en un altísimo riesgo económico y diplomático al país, y sigue tan orondo destruyendo lo poquito bueno que se ha construido, y otro día sale a justificar las drogas, a echarle la culpa al gobierno anterior por el aumento de los cultivos ilícitos y a decir que las lanchas que estalla la armada de Estados Unidos en el Mar Caribe no son lanchas de narcotraficantes, sino de pobres pescadores y estudiantes que están buscando un sustento para sus familias. Solo le faltó de decir que los alijos de cocaína no eran cocaína, sino los útiles escolares. Tampoco pasa nada.

     Y hablando de ilícito, hace poco resolvió el problema con una de sus genialidades cocainófilas: basta con quitarle la letra i a la palabra, y el asunto se resuelve. Así, lo ilícito queda lícito, lo ilegal queda legal y lo ilegítimo se legitima. Porque este tipejo se nutre de todo lo inmoral, lo ilógico, lo indecente. 

     Nunca antes habíamos estado en manos de un borracho y un drogadicto, dicho por sus mismos exfuncionarios, pero nada pasa en Colombia, porque este no es un país serio, sino una república bananera. Así lo estamos demostrando. Si Petro trabajara en la más humilde de las corporaciones privadas, en el más pequeño de los negocios que representan el 90% de las empresas colombianas, hacía rato los dueños lo habrían puesto de patitas en la calle, no sólo por vago e incompetente, sino por degenerado.




     “La mujer del César”, decía Plutarco, “no solamente debe serlo, sino parecerlo”. Con mayor razón debe parecerlo el propio César. Pero a este emperadorcito de cuarta que nos desgobierna le valen dos pepinos las formas, porque ni siquiera se preocupa por parecer un hombre bien portado. Exhibe su miseria con orgullo, y se justifica cuando hasta la misma mujer lo ha abandonado por cochino y sinvergüenza. Le da lo mismo. La dignidad del presidente de la República es un inodoro en el que el espurio se regodea todos los días. De paso se caga en el país y en los colombianos, y nada pasa en esta patria. 

     ¿Por qué los colombianos, siendo gente tan buena, nos tenemos que aguantar a un sujeto tan malo? ¿por qué las instituciones como el Congreso y hasta el Ejército mismo no han hecho nada para destituirlo? ¿Por qué se permite que un gobernante que está conduciendo al país a la miseria continúe impune en su trono, haga lo que le dé la gana y no podamos hacer algo para evitar la tragedia anunciada? ¿Qué fuerza extraña es la que mantiene a Petro en el poder? ¿Qué turbio negocio o personaje está detrás de toda esta humillación que nos están haciendo a los colombianos? ¿A quién le interesa que aquí nos impongan el Socialismo del Siglo XXI y está comprando conciencias a dos manos? Uno más o menos ya sabe esas respuestas, pero lo que preocupa es que quienes deberían frenar a la extrema izquierda, que son los líderes de la oposición, no están ejerciendo realmente esa función. Hacen una buena y dos malas, como si en el fondo esto ya estuviera arreglado de antemano.




     Muy raro que un sujeto que hoy no llega ni al 30% de popularidad se sostenga en el cargo. Muy extraño que un presidente que tenga que pagar y constreñir a funcionarios y contratistas para que lo apoyen en sus llamados a las calles siga siendo reconocido como tal. Le permitimos que aliente la propaganda en los canales del Estado con nuestros impuestos y utilice las instituciones para realzar su imagen sin que pase nada, sin que ningún tribunal se pronuncie ni ninguna autoridad lo ponga en cintura. Porque no hay petrista gratis. Quien apoye a este sujeto en pleno 2025 es porque alguna migaja del Estado está recibiendo a través de un puesto público, un contrato, un subsidio, o un apoyo interesado. O porque es un estúpido irredento. Es la distorsión de la democracia en su máxima expresión. Y son tan culpables los que se dejan comprar como el que los compra. Ser petrista en este momento no solamente es una vergüenza, sino una demostración de antipatriotismo. 

     Si esto fuera Perú o Ecuador, Petro hacía rato habría dejado de ser presidente de Colombia. Mucho debemos de aprenderle a nuestros hermanos del sur que han tenido la valentía de sacar jefes de Estado cuando el pueblo se rebela. Pero esto es Colombia, un país en el que los buenos guardamos silencio y dejamos que la voz cantante la lideren las minorías de izquierda, que son las más ruidosas y beligerantes. Un país que, al contrario de lo que sugiere la mala prensa, no es violento por naturaleza, porque su gente es tan paciente que se ha aguantado malos gobernantes por decenios. Escasamente hemos tumbado a un dictador en toda nuestra historia, y eso que fue más por la presión de los partidos oligárquicos que del mismo pueblo.




     Colombia es un país de abnegados, de gente que resiste, que estira la tolerancia hasta el límite, pero creo que eso nos ha hecho mucho daño. Cada cuatro años nos seducen con vacuas promesas, y debemos reconocer que si hoy hemos llegado hasta este punto, fue porque en el pasado no supimos exigir lo que nos merecemos como nación.

     Y mientras no construyamos un proyecto serio, a largo plazo, que nos unifique, nos pasaremos toda la vida al vaivén del péndulo: un día eligiendo a la derecha, otro día a la izquierda, y otro día estancándonos en lo peor del punto medio, que no es “justo medio”, sino justa tibieza.

     Habrá que reaccionar entonces y cambiar esa mentalidad acomodaticia que nos ha traído a este sitio de deshonra. Al sinvergüenza con su plan de imponer el comunismo no lo sacamos si no cambiamos la mentalidad de “comida para hoy y hambre para mañana”. Lo que tenemos que comenzar a hacer es cultivar el país que queremos para recoger la cosecha en el futuro. Y eso solo se logra a través de un plan concreto que necesariamente conlleva sacrificios y pérdida de privilegios para muchos. ¿Estaremos dispuestos a jugárnosla por la patria en las próximas elecciones o seguiremos dejando que los pillos hagan lo que quieran y no pase nada?






Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...